El Rebote Eterno
En un mundo donde las nubes eran castillos de algodón y los ríos, senderos de plata
líquida, vivía un niño llamado Elías. Su mayor tesoro era una pequeña pelota de
colores, regalo de una estrella fugaz. No era una pelota cualquiera, pues en su
interior resonaba una magia antigua y poderosa.
Cada vez que Elías lanzaba la pelota al aire, esta no caía como cualquier objeto.
Se elevaba, giraba y volvía a sus manos con una fuerza que parecía desafiar las
leyes de la gravedad. Era como si la pelota estuviera conectada a un hilo invisible
que la atraía de vuelta a su dueño. Pero lo más asombroso era el lugar al que la
pelota lo llevaba en cada rebote.
Con cada brinco, Elías se encontraba en un mundo diferente. A veces, era un
valiente caballero que luchaba contra dragones en un castillo medieval. Otras
veces, era un explorador intrépido que navegaba por mares desconocidos en busca de
tesoros perdidos. Y en ocasiones, era un mago poderoso que conjuraba hechizos y
encantamientos.
En uno de sus rebotes, la pelota lo transportó a un jardín flotante, donde las
flores hablaban y los árboles tocaban melodías celestiales. Allí, conoció a una
hada de cabellos de luna que le reveló el secreto de su pelota: era un fragmento de
una estrella que había caído del cielo, y su magia era capaz de abrir portales
hacia cualquier lugar imaginable.
Elías comprendió entonces que su pelota no era solo un juguete, sino una llave que
le permitía explorar infinitas posibilidades. Con cada rebote, su imaginación se
expandía y su corazón se llenaba de asombro.
Sin embargo, la magia tiene un precio. Un día, mientras jugaba en un bosque
encantado, la pelota rebotó con tanta fuerza que se rompió en mil pedazos. Elías
sintió un dolor en el pecho, como si una parte de él se hubiera ido.
Desesperado, buscó la ayuda de la hada de luna. Ella le explicó que la magia de la
pelota se había dispersado por todo el mundo y que para recuperarla, debía
encontrar todos los fragmentos.
Así comenzó una nueva aventura para Elías. Viajó por tierras lejanas, resolvió
enigmas y superó obstáculos para reunir los fragmentos de su preciada pelota. Con
cada fragmento que encontraba, su conexión con la magia se fortalecía y su
capacidad para imaginar nuevos mundos se agudizaba.
Finalmente, después de un largo viaje, Elías logró reunir todos los fragmentos y
reconstruir su pelota. Con un corazón lleno de alegría, la lanzó al aire una vez
más. La pelota rebotó con una fuerza inigualable y lo transportó a un lugar más
allá de sus sueños más salvajes.
En ese lugar, Elías se dio cuenta de que la verdadera magia no estaba en la pelota,
sino en su interior. Era la capacidad de imaginar, de soñar y de creer que todo es
posible lo que le permitía vivir aventuras extraordinarias.
Y así, Elías continuó sus viajes, explorando nuevos mundos con su pelota mágica,
sabiendo que la aventura nunca terminaría.