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Masculinidad hegemónica y sus efectos

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4.1.1.

MODELO DE MASCULINIDAD HEGEMÓNICA

Connell (1997) define la masculinidad como un posicionamiento genérico manifiesto a través de la


personalidad, el cuerpo y la cultura. Dicho posicionamiento está condicionado por la tradición y la
cultura, y es socializado a través de los entornos primarios y secundarios: familia, escuela, grupos
de iguales y medios de comunicación, entre otros. Desde estos entornos de socialización se refuerza
un tipo de masculinidad hegemónica, la cual ha sido tradicionalmente aceptada, valorada y
estimulada desde la cultura patriarcal, en detrimento de otros tipos de masculinidades alternativas
coexistentes (ibid.).
Para Connell (2012), el modelo de masculinidad hegemónica occidental se caracteriza, sobre todo,
por el uso del poder y la violencia, que da como resultado una posición dominante por parte del
hombre. En este sentido, Kaufman (1997) y Kimmel (1997) afirman que, aunque se debe hablar
masculinidades en plural (debido a las diversidades culturales), la masculinidad hegemónica en
occidente tiene particularidades propias, pero a la vez lógicas de funcionamiento compartido.
Además, estos autores coinciden con Bourdieu (2000) al sostener que desde este tipo de
masculinidad se ha ejercido dominación bajo la creencia y naturalización de la superioridad
masculina, y bajo estereotipos que retratan al hombre como proveedor, trabajador, padre y jefe del
hogar, heterosexualmente activo, racional, fuerte, con dominio emocional sobre sí mismo, dominio
sobre las mujeres y dominio sobre otros hombres.

En este mismo sentido Connell (2012) sostiene que la masculinidad hegemónica se reproduce
través de modelos de actuación en los cuales prevalece el vigor y la fuerza, la indiferencia ante el
dolor físico, la búsqueda de aventura, la ostentación heterosexual, la competencia y el
enfrentamiento, la ocultación de los sentimientos, el espíritu de conquista y seducción. Por lo cual,
en este modelo es altamente valorado el éxito, el honor, el poder y el despertar la admiración entre
los mismos hombres, cuando es reconocida su independencia, autonomía, fortaleza, e incluso su
violencia. No obstante, aunque este modelo ha mantenido una posición dominante, estos autores
consideran que no tiene un carácter fijo e inmutable, porque no obedece a una esencia biológica,
sino de un proceso de construcción sociocultural.

En esta misma línea, Fernández de Quero (2005) también afirma que existe una mercantilización de
la masculinidad hegemónica a través del cine, puesto que la mayoría de películas siguen
perpetuando roles de género tradicionales, mitos sexuales, ideales de hombre y mujer inexistentes,
motivaciones en torno al deseo sexual consumista. Así, desde el cine se presenta un modelo
masculino determinado por el hombre viril, seductor y fuerte; héroe solitario que afronta el temor y
el peligro con agresividad y violencia, resistiendo el dolor y la tortura. Así, según este autor, desde
la empresa del entretenimiento de Hollywood este modelo ha penetrado todos los países y culturas
contemporáneas.

Desde esta cosmovisión, las lógicas de la masculinidad hegemónica, ampliamente extendidas en


toda la sociedad occidental, estimulan la construcción de una identidad masculina que se ve
amenazada cuando los hombres expresan rasgos de debilidad, cobardía, inseguridad, temor, fracaso;
características atribuidas a la identidad femenina, fuertemente rechazada en este modelo
hegemónico (Gilmore, 2008). Por ello, para Kaufman (1997), la gran paradoja del patriarcado
radica en que este tipo ideal de masculinidad es dañina y perjudicial, no solo para las mujeres, sino
también para los mismos hombres, debido a la imposibilidad de su realización, y la consecuente
frustración y sentimientos de fracaso que ésta produce.

Además, Según Kaufman (1997), este arquetipo de masculinidad genera presión, tensión y
conflictos internos por la imposición cultural externa de patrones que no están siempre acorde con
las necesidades y deseos de muchos hombres. Razón por la cual Kaufman sostiene que en la
actualidad se están empezando a asumir nuevas formas de masculinidad, que están más a tono con
los cambios modernos y las demandas entre los géneros. Cambios no solo representados en los
nuevos roles que están asumiendo hombres y mujeres, sino también en el manejo de los recursos
materiales, a los cuales ahora tienen mayor acceso las mujeres. Incluso, para este autor, la crisis en
el mercado laboral global, por la cual muchos hombres tienen menos ingresos o están sin trabajo,
está influyendo en la pérdida de uno de los elementos identitarios clave de la masculinidad
hegemónica, como lo es el rol de proveedor.

Por otra parte, para Bergara, Riviere & Bacete (2008) los actuales cambios socioculturales han
generado grandes transformaciones en las concepciones de masculinidad, especialmente desde el
plano simbólico y discursivo1. Todo ello obedece a que desde el ámbito jurídico, político y ético se
acepta la igualdad entre hombres y mujeres como parte de los derechos humanos reconocidos
universalmente; así como parte de los factores que contribuye a mejorar el bienestar y calidad de
vida en toda la sociedad. No obstante, según estos autores, desde el plano de la práctica, el discurso
sobre igualdad de derechos, oportunidades y responsabilidades entre hombres y mujeres no alcanza
aun a concretarse.

En este sentido, Bergara et al (2008), citando a Bonino (2001), afirman que algunos estudios en
España han calculado que los hombres que asumen el igualitarismo en la teoría y en la práctica
equivaldrían a un 5% de la población, los que se consideran reaccionarios frente al cambio
corresponden al 35%, y el 60% hace parte de una mayoría desorientada que asume la igualdad
como “valor y principio”, pero no lo ponen en práctica de forma sostenida y consciente. Así, para
estos autores, el surgimiento de nuevas masculinidades igualitarias, aunque es aún minoritario,
representa una opción frente a los daños y perjuicios 2que producen las masculinidades hegemónicas
tradicionales. Además, consideran que a partir de los años 80s han surgido movimientos y
colectivos sociales de hombres (especialmente en el ámbito académico, asistencial y educativo), que
están a favor del igualitarismo, y en contra del machismo, la dominación y la violencia contra la
mujer.

Por otra parte, desde el plano de la atracción afectivo-sexual, diversos investigadores han hallado
evidencias de la atracción que despierta entre algunas adolescentes y jóvenes la masculinidad
hegemónica tradicional. En dichas investigaciones se ha encontrado una relación directa entre
violencia masculina (agresividad, dominación, control, insensibilidad, desprecio hacia la mujer,
etc.) y atractivo. Por lo cual estos estudios coinciden en concluir que muchas jóvenes son atraídas
por los “chicos malos” porque los consideran pasionales y sexualmente más excitantes que los
“chicos buenos”; es decir, los chicos que poseen valores positivos hacia la mujer. Flecha (2012),
atribuye este fenómeno a la socialización que sobrevaloriza el modelo de masculinidad hegemónica
(promovido desde los diversos medios de socialización) y desvaloriza otro tipo de masculinidades
alternativas.

4.1.2. Masculinidades y relaciones afectivo-sexuales

1
Según Bergara et al (2008), encuestas realizadas en 2004 demuestran que en el país Vasco el 77% de los hombres estaba
a favor de la igualdad genérica (a nivel simbólico y discursivo). No obstante, cuando se consultaba sobre participación de
ambos géneros en tareas doméstica los hombres dedicaban 1.32 horas diarias, mientras las mujeres invertían 3.50; y a
nivel de la Unión Europea, mientras los hombres dedicaban 7 horas semanales, las mujeres invertían entre 24 y 35 horas,
lo cual evidencia una doble o triple inversión de las mujeres, laboralmente activas, en las tareas domésticas, en
comparación a los hombres.
2
Según estos autores los daños y perjuicios generados por la masculinidad hegemónica están relacionados con la
obstaculización del desarrollo afectivo que dificulta el manejo adecuado de emociones, la propensión a la realización de
actos autodestructivos como los deportes extremos, la vinculación a grupos violentos, la mayor propensión a la
delincuencia y drogo-dependencia, a la accidentalidad, al fracaso y abandono escolar, etc. donde las cifras de hombres
duplican, y a veces triplican a las de las mujeres.
Flecha, Puigvert & Ríos (2013), Gómez (2004), así como diversos investigadores del CREA, a
partir de sus investigaciones teóricas y empíricas con adolescentes y jóvenes, sostienen que hoy día
muchos hombres jóvenes ya no se identifican con los modelos de masculinidad hegemónica.
Especialmente, debido al surgimiento de nuevas identidades alternativas más acordes con los
actuales estilos de vida y de relacionalidad entre la juventud. Además, teniendo en cuanta que la
masculinidad no es una esencia biológica, sino una construcción sociocultural, estos autores definen
tres tipos de masculinidad, que en el mundo contemporáneo operan en las relaciones afectivo-
sexuales entre adolescentes y jóvenes. Así, para estos autores en la actualidad la masculinidad
puede ser vivida desde tres modelos a saber:

 Masculinidad tradicional dominante

Según Flecha et al. (2013), bajo este modelo los adolescentes y jóvenes asumen las relaciones de
pareja desde una posición de poder, control y dominio sobre las mujeres. Aprenden a suprimir sus
emociones para mantener la dominación y evitar ser vulnerables. Tienen muchas mujeres para
aumentar su prestigio, y generalmente, luego las menosprecian. Muestran deseo sexual por la
mayoría de mujeres y tienen relaciones sexuales frecuentes e impersonales (Hearn, citado por
Flecha et al, 2013). No obstante, para estos autores no todos los hombres con una masculinidad
hegemónica dominante son violentos, pero reconocen que todas las violencias contra la mujer son
generadas por este tipo de arquetipo masculino.

 Masculinidad tradicional oprimida

Contrario al modelo anterior, bajo este tipo de masculinidad los hombres se caracterizan por no ser
sexistas ni agresivos, son fieles, igualitarios, complacientes, respetuosos y tratan bien a las mujeres.
Pero, pese a ello, no tienen éxito porque les resultan aburridos y pesados al sexo opuesto; es decir, a
pesar de todas sus cualidades no les despiertan deseo y pasión. Ante esta situación algunas veces
reaccionan sintiéndose acomplejados, y para tener éxito con las mujeres se vuelven peores que los
dominantes. Según Flecha et al (2013) este tipo de masculinidad no ejerce ningún tipo de violencia
contra la mujer, pero contribuye a la doble moral, porque las jóvenes suelen buscar estabilidad con
hombres de masculinidad oprimida, pero buscar la pasión fugaz con los de masculinidad dominante,
estimulando así la infidelidad.

 Nueva masculinidad alternativa

Flecha et al (2013), caracterizan bajo este modelo de masculinidad a los chicos que tratan bien a las
chicas y tienen éxito con ellas; debido a que éstas aprecian a la pareja que no sólo despierte deseo y
pasión, sino que también posea valores que garanticen una relación constructiva. Por el contrario,
rechazan a los chicos que generan relaciones destructivas, producidas por valores asociados a la
masculinidad tradicional dominante. Así, resultan más atractivos los chicos respetuosos, solidarios,
amables, sensibles, con seguridad y confianza en sí mismos, que no optan por la dominación, sino
por la complementariedad en la pareja. De este modo, los hombres que se identifican con una
masculinidad alternativa rechazan la dominación y la violencia hacia la mujer, y al mismo tiempo,
optan por el dialogo igualitario, el consenso y la negociación entre iguales (Giddens, 2000; Beck
and Beck y Beck-Gernsheim, 2001, Habermas, 1993)

Este nuevo modelo, según estos autores, está alineado a los cambios sociales actuales donde la
dominación masculina hegemónica está siendo paulatinamente reemplazada por relaciones
horizontales, complementarias y consensuadas entre los géneros. Desde este nuevo contexto social
se configuran nuevas formas de ser hombres y mujeres en condiciones de igualdad sexual,
emocional, cognitiva, social y económica. Se libera a los hombres de las cargas impuestas por el
modelo dominante y oprimido, constituyéndose, según lo planteado por Gómez (2004), en la nueva
revolución sexual del siglo XXI, liderada por ambos géneros.

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