v2 Cuentos Derechos
v2 Cuentos Derechos
Maguaré y MaguaRED
Hortensia nació en medio de un jardín lleno de lores. Allí, poco a poco,
empezaba a ganar altura en su camino a ser una planta saludable, inteligente
y buena moza.
Geranios,
Ge pensamientos, margaritas y hasta estiradas rosas rojas, con sus
tallos llenos de espinas, convivían armónicamente en la fachada de una casa
como cualquier otra. Había lores ancianas, llenas de experiencia y cuentos
increíbles que Hortensia escuchaba atentamente, junto con sus amigos los
clavellines y la suculenta que nació unos días después que ella. Había madres
y padres diligentes que se pasaban los días enteros transformando la
energía solar en nutrientes y las plantas más jóvenes los observaban con
admiración y aprendían lo que podían sobre esa complicada labor de la que
admi
empezaban a ser parte.
Todas esas plantas convivían con cientos de insectos de muchos tipos que
revoloteaban entre su follaje, husmeaban entre los pétalos de sus lores y, sin
saberlo, transportaban las sustancias llenas de vida que hacían posible que
nuevas hortensias, rosas, geranios, pensamientos, clavellinas, margaritas y
suculentas ijaran sus raíces jóvenes en la tierra y extendieran sus tallos y
hojas hacia la luz.
Aunque parecía una vida apacible a primera vista, varias historias de terror
nutrían el repertorio de las plantas viejas: ellas narraban cuentos sobre
temibles podadoras que arrasaron con muchas lores en un verano
interminable o narraban cuentos sobre una terrible fumigación con
pesticidas que acabó con la peor plaga de caracoles de la que se tiene
memoria y, de paso, acabó con toda una generación perdida de plantas
prometedoras.
Con solo escuchar una de esas historias Hortensia descubrió lo que
signi icaba sentir miedo y sus temores se convirtieron en pesadillas. Muy
pronto su mamá se dio cuenta de las ojeras de Hortensia y detuvo su
fotosíntesis matutina para conversar con ella. Aunque sentía un poco de
vergüenza por su cobardía, Hortensia se atrevió a preguntarle qué pasaría si
volvieran los caracoles que destrozan las plantas o si una manada de conejos
destruyera la verja, o si al niño de la casa vecina lo dejaran jugar con las
lores una tarde entera o entrara la hiedra que todo lo cubre o si la lluvia
lo
cayera sin cesar hasta hundirlo todo.
Su madre, enternecida, tranquilizó a Hortensia, le acarició las hojas y le
explicó que ella y su padre y todos sus tíos y tías, así como las plantas vecinas
estaban ahí para darle sombra, para evitar que el viento la destruyera, para
cuidarla y ayudarla a crecer. También le contó que, aunque en ese jardín
todos eran seres vulnerables y habían pasado algunas cosas di íciles, los
pasos de las plagas, las inclemencias del clima, los errores de los humanos y
hasta el último intento que hizo un extraño roedor para entrar el mes
anterior,
an les habían enseñado a estar organizados para que ella y sus amigos,
los más pequeños, curiosos e inquietos, tuvieran la oportunidad de crecer y
lorecer.
Si alguno llegara a enfermarse ahí estaban las plantas medicinales para
ayudarlo. Si ella o la clavellina traviesa fueran mordidas por la babosa los
más grandes se ofrecerían para alimentar a esos seres horrorosos. Si se
aproximara el ilo de la podadora, los más grandes estirarían sus tallos y
siempre buscarían la mejor forma de protegerlos.
Hortensia se fue quedando dormida, arrullada por la melodía de la voz de su
mamá y, cuando estuvo profunda, sus padres hablaron con las plantas viejas.
Desde entonces, en ese jardín, las historias reales sobre el peligro, que tanto
sirven para buscar soluciones a los problemas, se escriben para que las lean
las plantas maduras y las niñas y niños. Hortensia, la suculenta y el clavellín
escuchan de los viejos historias maravillosas sobre cómo los habitantes de
ese jardín se convirtieron en la primera nación vegetal organizada, capaz de
cuidar a todos sus habitantes, incluidas las plantas y hasta los insectos más
pequeños.
“laMeact
pareció clave el momento del día que se eligió para hacer
actividad que fue de 7:00 am a 9:00 am, a esa hora los niños están con
toda la disposición y la atención. Es distinta la manera en que se les
presenta el libro, nosotros trabajamos con el libro álbum y la actividad
permitió que ellos hicieran la construcción de la imagen a partir de la
información previa sin que hubiese un referente a seguir; la actividad les
gustó. Se evidencia que en la primera lectura hay mayor dedicación y más
intención, en la segunda se perdió un poco la novedad. El cuento debe
in
interpretarse a más voces caracterizando a los personajes y teniendo
mucho contacto visual con los niños para que sigan la lectura. Resultó una
actividad muy interesante en la medida en que llegaron personas externas
al colegio a leer y eso causó expectativa y sorpresa porque no es siempre
la profe Aleida la que lee.
Dibujo
Dibujode
de Isabella Quiroga,7 7
Isabella Quiroga, años.
años.
Pintura de Santiago, 2 años.
Dibujos de los niños del Nivel 5: Osos Polares en el Centro Educativo Libertad (CEL), en Bogotá.
“Les cuento que con anticipación grabé el cuento con música,
forré la caja y luego sí dibujamos, o bueno, Santiago lo trató de
hacer jajajaja...
mayor, Emmanuel, de 9 años, dijo del cuento que los
Mi hijo m
juguetes sí tienen sentimientos y que todos deben tener un
nombre. Por eso como niños deben ponerle nombres a los
muñecos para que no estén tristes y jugar mucho con ellos para
que tengan historias para contar.
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Dibujos de los niños del Nivel 6 en el Centro Educativo Libertad - CEL.
Lo primero que Mateo recordaba era una sábana blanca, in lada por el viento,
como una inmensa nube que atravesaba el patio trasero de la casa en que
creció junto a su abuela, su mamá y sus dos hermanos. Cuando era un cachorro
muy pequeño pasaba las horas de vigilia entre ese patio y la cocina cubierta del
hollín que despedía la estufa de leña. Podía pasar horas contemplando sus
paredes adornadas con ollas y platos relucientes que colgaban de múltiples
ganchos; tal vez por eso le gustaba tanto oler y tocar telas y latas, jugar con
ellas, arrastrarlas y hasta morderlas –cosa que le causaba problemas cada vez
que su mamá lo encontraba saltando para alcanzar la ropa que se estaba
secando o para tumbar las olletas. Su abuela, en cambio, era muy comprensiva,
hasta un poco alcahueta y escondía en su cama, sin que su hija lo supiera, un
calcetín de toalla y una pañoleta de seda que misteriosamente desaparecieron
de las cuerdas del patio.
Mateo era feliz corriendo y ladrando por toda la casa, acompañando el vaivén
de la escoba y el trapero los sábados en la mañana durante las brigadas de aseo.
Observando la forma en que crecían las plantas medicinales, los tomates, las
espinacas y las acelgas en la huerta que su abuela cuidaba con gran recelo y
atrapando los ovillos de lana o de hilo que accidentalmente caían al suelo en las
largas tardes de tejido con ganchillo.
Para hacer breve este cuento: Mateo era un perrito feliz... Hasta que una tarde
entró en la casa un hombre que dejó en la puerta sus botas pantaneras junto a
una caja de cartón. Mateo escuchó su voz grave sin comprender lo que decía y
sintió mucho miedo cuando su madre y su abuela empezaron a ladrar en voz
baja. La dueña de la casa contempló al cachorro y a su familia con ternura y un
poco de resignación. El cuerpo de Mateo empezó a temblar.
El hombre de las botas y la dueña de la casa se acercaron a la cama de la
abuela, ella y la mamá de Mateo ladraron con fuerza para impedir que se la
llevaran; eran animales nobles y leales, por eso nadie mordió a la dueña de
la casa cuando introdujo su mano entre las cobijas de la cama. Era terrible,
pero al parecer era el destino de todos los perros. Silvia, la dueña de la casa,
miró a Mateo a los ojos y no pudo evitar que una lágrima rodara por su
rostro. Le dio un beso. Segundos más tarde el perrito chillaba, muerto de
miedo, mientras pasaba por varias manos humanas y lo depositaban en la
caja que fue su transporte hacia la que le presentaron como su nueva casa,
una que no le gustaba.
Todo habría sido muy distinto si lo hubieran acompañado su mamá o su
abuela, o si al menos lo hubieran dejado crecer otro poco. El dueño de la
nueva casa planeaba convertirlo en un perro guardián y estuvo tratando de
enseñarle cómo morder a los intrusos, ladrarle a los desconocidos y atacar a
otros animales. Pero Mateo había aprendido todo lo que sabía del mundo
con su madre y su abuela y por eso era tan noble y leal como ellas; le batía la
cola a todos los visitantes, se frotaba contra las piernas de los que cruzaban
la cerca y hasta escondía en su caja a un ratón que encontró debajo de una
cama. Su nuevo dueño, que era un tipo muy práctico, notó rápidamente que
ese cachorro nunca iba a servir para lo que necesitaba y, resignado, habló
por teléfono con su antigua dueña antes de llevarlo de vuelta a su casa.
Los ojos de su mamá y su abuela se llenaron de lágrimas cuando lo vieron
llegar, parecía que ellas y sus hermanos iban a quebrar sus cinturas con
semejante batir de colas. Mateo gimió, ladró, se revolcó y lamió a todos los
que se atravesaron en su camino: a ese hombre noble que supo
comprenderlo, a su mamá, a su abuela y hasta a su hermano insoportable.
Tuvieron suerte: la dueña de la casa rompió en llanto al verlos juntos a todos
de nuevo y decidió conservar la camada, sin importar lo que le costara. Por
eso Mateo y sus dos hermanos crecieron felices en esa casa, aprendiendo de
su mamá y su abuela todo lo que los perros deben saber sobre la vida. Se
convirtieron en perros tan comprensivos que hoy son recordados por haber
sido los primeros egresados de la escuela de entrenamiento de perros guía
para ciegos que fundó a inales del siglo pasado Silvia, la humana que supo
entender
en lo mucho que ellos, como todos los cachorros del mundo,
necesitaban estar con su familia.
Dibujos de los niños del Nivel 6 en el Centro Educativo Libertad - CEL.
Dibujos de los niños del Nivel 6 en el Centro Educativo Libertad - CEL.
“Es importante
importan poder contar con espacios de
lectura que están anclados con programas como
Maguaré y Maguared, de quienes no tenía
conocimiento. Los cuentos fueron adecuados
para los niños, los entendieron e hicieron
después el dibujo.
A futu
futuro se puede trabajar la literatura desde la
imagen, ya que en la primera infancia se captura
así más la atención”.
Carolina Montoya Mogollón, profesora del Nivel 6 en el Centro Educativo Libertad - CEL
Carlota había nacido ciega, sorda y sin pelo, tal como llegan al mundo todos los
canguros. Había trepado con sus poderosas manos de recién nacida por el
vientre peludo de su mamá, siguiendo el rastro que ella dejó con su saliva, tal
como lo habían hecho desde tiempos remotos todos sus parientes. Había
entrado como pudo en la bolsa donde encontró la fuente de leche tibia que
tanto le sirvió para calmar su hambre y sus temores. Allí permaneció instalada
en el marsupio de su madre durante los ocho meses reglamentarios,
concentrada
concent en crecer, fortaleciendo sus patas traseras y su columna vertebral,
acicalándose los pelos que le fueron creciendo, preparando sus ojos y oídos
para enfrentarse al universo que se imaginaba, del que tenía vagas ideas
construidas a partir de los sonidos que cada vez percibía con mayor precisión y
de las ráfagas de luz que entraban cada vez que su mamá se asomaba para ver
cómo estaba.
Afuera, su hermano Rodolfo conversaba con su madre mientras ella le
enseñaba lo fundamental: principios del salto de canguro, cómo emplear la cola
para mantener el equilibrio en carrera, qué hierbas mordisquear, cuáles evitar
y cómo mantenerse distante de los humanos en la llanura.
Carlota,
Ca que era muy inteligente desde chiquita, iba registrando todo lo que su
mamá le explicaba a Rodolfo y planeaba sorprenderla cuando estuviera allá
afuera, demostrarle que había comprendido un montón de cosas con solo
escucharla.
Pasaron los meses y Rodolfo estaba casi listo para dejarlas e ir en busca de una
novia y explorar el mundo; Carlota contaba los días y las horas. Y entonces
ocurrió el accidente:
Rodolfo se quebró una pata y la cola en el camino de las rocas y su mamá, que
era muy buena y gozaba de gran reputación entre las canguras por no haber
dejado nunca abandonada a una de sus crías, decidió cuidarlo hasta que se
recuperara y por eso la estadía de Carlota en el marsupio tuvo que prolongarse.
Su mamá tuvo que repartir su tiempo entre los cuidados a Rodolfo y su
estrategia para avanzar en la educación de Carlota.
Fue así como la pequeña cangura escuchó lo que su madre quiso contarle. Le
habló sobre la ruta corta para atravesar el desierto, la deliciosa hierba verde
que se podía encontrar cruzando la llanura, las rocas que escondían arbustos
cargados de frutillas al comienzo del verano, le habló de los ríos y pozos en que
podría tomar agua, de otros animales, los de temer y los con iables, de los
atardeceres de soles naranja, de las precauciones que debería tener cuando
saliera para evitar que pasara algo... ¡Y Carlota cada vez tenía más ganas de
estrenar el mundo!
est
Pero a mamá no le parecía conveniente, temía que no pudiera defender a dos
crías de los depredadores, que descuidara la formación de Carlota por estar
atendiendo a Rodolfo o que la pequeña se accidentara como su hermano
mayor.
De nada sirvieron los ruegos de Carlota, lo máximo que logró fue asomar su
cabeza por la abertura de la bolsa en un momento de distracción de su
madre. La intensa luz del sol la deslumbró, un fuerte olor a tierra húmeda
penetró en su nariz y el canto nítido de un pájaro se instaló en su cabeza.
Después de ese incidente Carlota intentó por todos los medios salir de la
bolsa. Su madre llegó a perder la paciencia y a alzarle la voz en un par de
ocasiones, ¿no se daba cuenta de que todo esto lo hacía por su bien y por el
de su hermano? La pequeña cangura lo sabía, pero algo en su interior la
impulsaba hacia afuera y el corazón de su madre supo entenderla cuando un
buen día saltó y empezó a caminar mientras repetía en voz alta las
instrucciones que su mamá le había dado a Rodolfo para usar la cola y
mantener el equilibrio.
man
Conmovida por lo que vio y escuchó su mamá aceptó que saliera y explorara
el mundo bajo su atenta mirada. Contempló con orgullo sus aprendizajes, se
sorprendió con su primer salto alto, contuvo un grito cuando Carlota tropezó
con una raíz y se golpeó la frente, sonrió satisfecha cuando la vio levantarse
para continuar con su camino, se tragó sus palabras cuando pilló a la cría por
una senda más segura para llegar al río y hasta lloró un poco de la emoción
cuando le trajo frutillas de los arbustos para Rodolfo, que ya se había
recuperado
recupe y estaba listo para dejarlas. En ese momento supo que sus hijos,
cada uno en su medida, habían conquistado su derecho a ser libres de tomar
pequeñas (o grandes) decisiones para sus vidas.
“¡Este cuento fue fantástico! Iniciamos
observando en video del nacimiento de un
canguro, luego leímos el cuento y hubo
manifestaciones como “¡Este cuento es el mejor!”.
Y la gran conclusión: los niños podemos tomar
pequeñas decisiones”.
Mariela Bohórquez Pérez, profesora de la Escuela Superior de Oiba, Santander.
Creaciones de los niñas y niñas en la Biblioteca Comunitaria El Paraíso con Talleres Nómadas.
Creaciones de los niñas y niñas en la Biblioteca Comunitaria El Paraíso con Talleres Nómadas.
En la jaula reinaba el caos. Todos graznaban, chillaban, cacareaban, gorjeaban,
trinaban, piaban, ululaban y hasta daban alaridos. Nadie quería estar ahí,
venían todos de lugares diferentes y el espacio era muy estrecho para tantos
pájaros. Los había de plumas rojas, verdes, amarillas y marrones. Algunos muy
estirados, como el lamenco que batía sus alas rosa; otros muy pesados como la
guacamaya que no paraba de moverse y de rascarse las plumas rotas; los había
modestos como el periquito que intentaba buscarse un espacio entre una
jacana y un loro de orejas negras y, en medio de ese escándalo Martín, un
zunzuncito cubano, batía sus alas desesperadamente y volaba en tramos muy
cortos, intentando ocupar el campo visual de los que parecían liderar el
movimiento por la libertad de esta bandada de aves caídas en desgracia.
Martín, que era un colibrí muy pequeñito, había llegado a ese lugar hacía muy
poco. Un par de semanas atrás cayó en la trampa que le tendieron los
coleccionistas de aves exóticas. Lo habían transportado hasta esa jaula hacía
dos días y, como todos, estaba desesperado con la situación.
Cuando llegó tuvo mucho tiempo para escuchar las quejas de todos sus
compañeros de cautiverio, para saber que estaban ahí esperando el turno para
que un ilustrador demente y despiadado los retratara; también supo que se
iban a reunir esa mañana para planear cómo escapar de la prisión.
Martín, que era pequeñito y pasaba desapercibido para muchos de sus nuevos
compañeros, no pudo participar de las animadas charlas en que varios grupos
de aves diseñaban estrategias de fuga, pero como era un colibrí de armas tomar,
se había pasado horas enteras revisando, centímetro a centímetro, las mallas
de alambre con que estaban hechas las paredes de aquella cárcel. Por eso batía
sus alas con mucha fuerza tratando de llamar la atención del único que parecía
lograr que se silenciara aquella gritería por pequeños instantes: el búho; él, de
vez en cuando, ululaba con su voz grave y gracias a su fama de pájaro sabio
lograba que algo de lo que se intentaba proponer quedara registrado en su
memoria, puesto que a él lo habían elegido para tomar la decisión inal sobre lo
que iban a hacer.
Pero además de sabio, el búho era bastante ciego y se estaba quedando sordo,
de modo que solo lograba escuchar las propuestas de los que tenían voces
agudas o muy potentes e ignoraba por completo el leve zumbido de las alas de
Martín, que llevaba un buen rato tratando de decirlo: ¡Había descubierto un
pequeño agujero en la trama de la jaula, solo necesitaba la ayuda de alguno más
grande para forzar un alambre y salir!
Desesperado por no ser escuchado, Martín optó por rondar las orejas del
búho, con la esperanza de captar su atención, pero tuvo la mala suerte de ser
confundido con un molesto zancudo y estuvo a punto de morir aplastado por
las inmensas plumas del anciano. Martín cayó al suelo impulsado por la
ráfaga de viento que creó el batir de las alas del búho y ahí abajo se encontró
con un pequeño cucarachero que ya se había resignado a su mala suerte y
guardaba silencio, en el fondo de la jaula. Después de ayudarlo a
incorporarse
incorpo el cucarachero le sugirió calmarse, los pequeños como ellos no
tenían posibilidades de participar en estas decisiones tan importantes.
Martín, que no podía creer lo que escuchaba, le agradeció y le preguntó por
qué creía semejante cosa. El cucarachero le señaló a todos los pequeños que
estaban ahí, entre las patas de los grandes y le dijo que él no era el único que
había llegado a esa conclusión.
Martín, que era un colibrí de armas tomar, conversó con todos y los condujo
al agujero. Y fue así como el perico australiano, el gorrión, el cucarachero, un
azulito de Senegal, un pico coral y Martín forzaron el alambre y pudieron
salir de la jaula sin que las demás aves se dieran cuenta. Pensaron en huir de
inmediato, pero eran aves amantes de la libertad. Por eso se ocultaron,
observaron lo que hacían sus captores y esperaron a la noche. Cuando todos
dormían, cantaron en coro su plan. Y lo hicieron desde afuera. En el interior
de la jaula, nadie podía creer
c lo que escuchaban, era un plan perfecto pero…
¿Quiénes eran esos que cantaban?
Los pequeños volvieron a entrar por el agujero que habían usado para salir
y con toda la información que recolectaron con sus ojos, oídos, alas y patitas
les contaron a los demás el plan que convenció al búho, para el que muchos
trabajaron, que algunos corrigieron y que, tres días más tarde, los condujo a
todos a la libertad.
A pesar de ser una de las más pequeñas del grupo, Silvia era muy hábil
usando herramientas. Cortaba las ramas delgadas para rascarse el interior
de las orejas, aprendió a golpear las nueces con las piedras para comer su
contenido o sabía introducir en los hormigueros las cáscaras alargadas para
el postre favorito de su padre: suculentos bocados de hormigas, de esas que
tanto le gustan a los chimpancés de su tropa.
Por la noche ella y todos los demás subían a los árboles y se acurrucaban
muy juntitos para dormir; en las mañanas ella se levantaba a buscar frutas,
hierbas dulces, lores y semillas y a ver cómo se organizaban los adultos para
cazar cuando había oportunidad.
Las tardes eran su momento favorito: las horas en las que los miembros de la
manada se dedicaban a escarbar en los pelos de los otros para librarlos de
pulgas y piojos, para besarse unos a otros y para caminar tomados de la
mano con sus simios más queridos.
Fue justamente en las tardes cuando empezó a escuchar rumores sobre los
humanos, esos primos indeseables e incapaces de adaptarse al mundo a los
que evitaban acercarse. Los chimpancés pequeños hablaban sobre la
prohibición de ir al poblado de los monos lampiños y fantaseaban con la idea
de entrar en sus casas y averiguar todo lo que ignoraban sobre sus vidas.
Silvia
Si decidió conversar sobre los humanos con su padre, que estaba
particularmente cansado después de un enfrentamiento con el clan vecino, y
él no pudo responder sus dudas; su madre tampoco pudo cuando Silvia le
preguntó por la forma en que estaban organizados y buscaban su comida y,
sin pensarlo, le dijo lo mismo que le habían dicho cuando era chica:
“No hace falta saber gran cosa sobre los humanos para saber que son un
peligro”.
Silvia habló con otros micos y obtuvo algunos datos adicionales: los
Si
humanos eran capaces de arrasar bosques enteros, lanzaban objetos a
grandes distancias y cualquier animal que se les acercaba corría el riesgo de
convertirse en uno de ellos. Silvia los había visto de lejos un par de veces y
no entendía cómo podía ser cierto todo eso, ¡si se parecían tanto a ellos!
Sonreían y emitían sonidos, las madres humanas alzaban y consentían a sus
crías y hasta se daban besos, como lo hacían sus padres al atardecer.
Cansada de no encontrar respuestas y sin pensarlo demasiado hizo un plan
para averiguar por su cuenta. En compañía de otros dos monos de su edad,
aprovechó el desorden de una cacería matutina y emprendieron el camino
hacia la aldea de los humanos. Al regreso de la cacería las tres madres
corrieron angustiadas en busca de sus crías ausentes siguiendo su olfato.
Si
Silvia y sus amigos habían trepado a un gran árbol a las afueras del poblado
humano y observaron las cosas que hacían con grandes palos; veían a los
hombres que removían la tierra para hacer surcos en los que metían granos
de maíz; analizaron los juegos de las crías con objetos esféricos que
rebotaban en el suelo; y se sorprendieron con los movimientos rítmicos de
las manos de las hembras que convertían extrañas ibras en objetos como los
que se ponían encima para ocultar la vergüenza que seguro sentían por no
tener pelos.
Era tan fascinante lo que estaban viendo que se fueron olvidando del peligro
y siguieron conversando. Sus voces llamaron la atención de los humanos
más pequeños, que se acercaron a la base del árbol y alcanzaron a verlos.
Asustados, Silvia y sus amigos subieron a las ramas altas esperando a que se
cansaran de mirar hacia arriba, pero los niños trataban de treparse al árbol
y lanzaban piedritas. Silvia y sus amigos gritaron por el pavor y así fue como
las hembras de la tropa de chimpancés supieron en dónde estaban.
La madre de Silvia, desesperada, propuso atacar de inmediato, pero sus dos
compañeras la detuvieron: era mejor esperar un momento más adecuado,
todavía no sabían dónde estaban los humanos más grandes. Sólo estaba a la
vista una anciana que tomaba el sol en una mecedora, una abuela que se
despertó con el ruido y se interesó por el agite de los niños. Ella caminó
lentamente hacia el árbol y levantó la cabeza para buscar el motivo de tanto
escándalo. Los ojos de Silvia hicieron contacto con los de ese humano de
pelos blancos y sintió un escalofrío. La mujer entendió lo que estaba
pasando y le sonrió compasivamente. Silvia conocía ese gesto, por eso le
correspondió con su sonrisa de simio.
En ese momento las mamás chimpancés, que miraban de lejos, quedaron
tiesas de miedo. Con la paciencia que tienen los de su edad, la anciana
explicó a los niños los motivos por los que debían dejar que aquellas
criaturas regresaran al bosque, era algo que había aprendido cuando uno de
esos monos quedó huérfano por culpa de los aldeanos y una mujer lo adoptó.
El pequeño simio creció entre ellos, corría y saltaba con los niños y aprendió
cosas asombrosas, sólo le faltaba hablar. Pero en las tardes se sentaba a
mirar hacia el bosque y le salían algunas lágrimas. Por eso intentaron
mi
devolverlo al bosque, pero él siempre regresaba y se quedó con ellos. Fue así
como supieron que los chimpancés son tremendamente parecidos a los
humanos y merecen vivir con sus familiares.
Los niños se conmovieron con la historia, miraron hacia arriba, se
despidieron de Silvia y de sus amigos y aceptaron alejarse del árbol. La
mujer los invitó a sentarse a una buena distancia para verlos bajar. Los niños
aplaudieron cuando lo hicieron y los miraron cuando corrieron hasta que se
perdieron en el bosque.
Desde entonces la madre de Silvia siempre tiene tiempo, ánimo y
disposición para escuchar sus preguntas y, si es necesario, busca a otros
miembros del clan para encontrar las respuestas que le ayuden a su hija a
comprender el mundo y tomar decisiones correctas. También le recuerda
que no todos los humanos son temibles y que no todo es tan cierto en la
historia o icial que cuentan los líderes de la tropa.
Los niños de cero a cinco años de la sede Frailejonal hasta ahora se
acercan a la biblioteca y normalmente aquí se hace lectura de libro
álbumes, que llevan más imagen que texto. De manera que con
#CuentosDerechos fue la primera vez que se acercaron a la literatura
únicamente desde el texto. En la hora del cuento y lectura en pañales
mostramos más imagen y el texto es corto, por eso en algunos momentos
se pierde la atención.
A
Ingrid Ardila, bibliotecaria
Biblioteca Amadeo Rodríguez, sede Frailejonal
Dibujos de los niños y niñas en la Biblioteca Amadeo Rodríguez, sede Frailejonal
Leonardo llegó con su mejor sombrero y una bufanda. Movía sus tentáculos
coloridos y trataba de ocultar su acento el primer día del nuevo año de clases.
Recorrió silencioso el camino de entrada y sintió cómo los ojos de todos los
demás animales marinos monitoreaban su avance hacia el salón del colegio. Su
madre tuvo que inscribirlo allí porque a su padre, célebre odontólogo, conocido
en todo el mundo por sanar las dolencias dentales de cachalotes, del ines,
ballenas y tiburones, había encontrado el trabajo de sus sueños en la Antártida,
al sur del planeta, un verdadero paraíso al que pocos animales pueden aspirar:
con exclusivos condominios de pocos habitantes y hermosas vistas de paisajes
submarinos; prácticamente libre de la molesta presencia de humanos y otros
depredadores, de esos que caminan por la tierra y sumergen objetos y patas en
las aguas del océano para pescar incautos animales acuáticos.
Cuando le ofrecieron el trabajo, el papá de Leonardo no dudó en aceptar;
aunque su esposa tuvo dudas: toda la vida habían vivido en aguas cálidas,
rodeados de crustáceos, peces y corales que, como ellos, estaban
acostumbrados a hacer todo juntos (y es bien sabido entre los peces de todo el
mundo que los habitantes de la Antártida son fríos como las aguas que los
rodean, tiesos e impenetrables como el hielo, animales solitarios).
Lo cierto es que Leonardo estaba sentado en su nuevo salón porque pesó más
la idea de tener un futuro mejor y de ser parte de los privilegiados. El mismo
color naranja de su cabeza y sus brazos que lo avergonzaba en la otra escuela,
porque no era un rojo contundente y encendido, ahora resaltaba entre sus
compañeros grises, negros y transparentes. Y la verdad es que no se podía
culpar a nadie por mirarlo tanto.
Lo que sí estuvo mal fue la carcajada que estalló en el salón cuando
respondió a las preguntas de la maestra. Leonardo arrastraba las eses, como
todos los de las aguas en que nació; cantaba un poco al hablar y usaba
palabras que nadie en su clase comprendía. La maestra, una ballena yubarta
muy estricta, le ordenó a los demás guardar silencio y le pidió a Leonardo
que les contara de dónde venía. Muy apenado, él intentó describir los
corales, habló de peces de colores que los demás no conocían y de cálidas
corrientes
corrien que ninguno de ellos alcanzaba a imaginarse. Al terminar la clase
tuvo que responder muchas preguntas en el recreo; realmente había
despertado la curiosidad de sus nuevos compañeros y no pudo evitar
sentirse incómodo cuando algunos se rieron de sus historias, se burlaron de
los peces de aguas calientes y se alejaron haciendo gestos.
La yubarta notó que Leonardo estaba triste al inal del día y, como era una
ballena sabia que también era muy recorrida, le contó que ella misma había
visitado en su juventud esas regiones marinas; allí habían nacido sus cuatro
hijos y sabía perfectamente lo di ícil que podría resultar para Leonardo
convivir con los pulpos, peces y cetáceos de esta parte del mundo. Le explicó
que todos nos confundimos cuando vemos por primera vez personas que no
conocemos y le pidió un poco de fortaleza y paciencia.
En la tarde la ballena esculcó en sus álbumes de fotos y encontró viejos
recortes de periódico y rescató un par de grabaciones que ella, gran
a icionada al canto, hizo en las aguas tropicales cuando las visitó por
primera vez.
Leonardo,
Leona por su parte, tosió y se quejó todo lo que pudo para no ir al colegio
el segundo día de clases y solo hasta el tercer día pudo disfrutar de lo que la
yubarta planeó para él y sus compañeros: un experimento para que se
pusieran en los zapatos de Leonardo; lo que sirvió para que todos
conocieran colores fulgurantes, escucharan sonidos increíbles y para que los
tres peces que se habían burlado de Leonardo le pidieran en el recreo que les
diera clases secretas de baile.
Un experimento que repitieron porque los niños lo pidieron tanto que
muchos cefalópodos y ballenatos de aguas frías aprendieron a hablar, bailar,
vestirse, comer y cantar como lo hacen sus primos de aguas calientes.
¡Nunca antes se vieron en la Antártida animales más felices!
“escuchaban
Maguaré nos visitó con esta actividad en la que los niños
atentamente la lectura en voz alta, que es muy
importante en la vida cotidiana de ellos, mientras se imaginaban
los personajes para luego recrearlos en el papel.
La gran mayoría de los cuentos que hemos tenido con Luciana tienen
ilustraciones que apoyan el relato verbal. Ella está acostumbrada a ver esas
imágenes como complemento fundamental en el seguimiento de las historias
–estamos en el proceso de leer contenidos que no tengan dibujos. El hecho de
que este cuento no tenga ilustración supuso un reto particular, al exigir su
imaginación. Es muy interesante que su interpretación del cuento es en este
caso la generación de una imagen que será vista por otros niños; así, su rol
tradicional de escucha y de empezar a leer cuentos por sí misma se amplía, al
tr
ser ella la ilustradora que genera una imagen que complementará la lectura de
este cuento.
Queremos ver el resultado final y sin duda el compendio de los cuentos y los
dibujos realizados por los otros niños. Queremos disfrutar y analizar las
decisiones que tomaron los otros niños a partir de cada cuento. Nos complace
haber hecho parte de este proceso y nos preguntamos cuál será la recepción de
Luciana para con el resultado final, de su labor y la de todos los niños.
Finalmente, será muy interesante charlar a profundidad sobre los derechos de
los niños, y nos proponemos hacerlo en al menos dos momentos: una vez se
adelante, para ver qué tan claro es el tema en un
publique y unos meses más adelan
futuro cercano y más adelante. Entonces podremos evaluar la fuerza del
proceso”.
Luis Carlos Urrutia Parra y Claudia Patricia Rodríguez Gil, padres de Luciana (5)
Alejandro Parada Moreno, 5 años.
“cuento
Se me ocurrió volver un poco más vivencial la historia, por lo que conté el
a Alejandro agregándole diálogos a los personajes y detalles de las
situaciones que podían ayudarle a imaginar nuevos detalles.
Buscamos materiales
ma distintos para crear y quisieron usar
piedras y algunos condimentos de la cocina para darles color y
vivieron el cuento. Se dieron cuenta de que se pueden hacer las
cosas de manera distinta y que esas formas distintas pueden
detonar cosas muy bonitas”.
Camilo Hernán Pinzón Martínez, cuidador de Nicolás (6), Santiago (5), Marc (7) y Federico (8)
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Marc Jiménez, 7 años
“imágenes
Normalmente habíamos hablado sobre temas complejos usando
para que Rebeca contara historias sobre lo que veía. El ejercicio
de dibujar a partir de lo que escucha no es tan común para ella y es muy
interesante que haya dibujado, por ejemplo, el huevo del que salió Manolo,
que haya escrito el número 12, que después lo haya pintado grande y
como visto desde arriba. También me gustó mucho que haya usado una
hoja entera de papel para dibujar a la tortuga de dos metros (que fue un
sorprendió mucho) y, por otra parte, Rebeca se alegró de
personaje que la sorp
saber que los mayores del grupo supieran aceptar a los niños cuando
juegan, sobre todo porque le pareció que era muy difícil ser un niño entre
tantos viejos y opinó que a todos los niños les deben permitir jugar, hacer
cosas con palitos, piedras, agua, arena y hojas secas y que lo mejor es
cuando los grandes los acompañan y se nota que les gusta jugar con ellos”.