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02 - If You Want Me - Helena Hunting

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¡Cuidémonos!
Traducción

Mona

Corrección

Niki26

Diseño

Bruja_Luna_
IMPORTANTE _______________________ 3 CAPÍTULO 24 ____________________ 222
CRÉDITOS __________________________ 4 CAPÍTULO 25 ____________________ 234
ELENCO DE PERSONAJES ______________ 7 CAPÍTULO 26 ____________________ 238
SINOPSIS _________________________ 10 CAPÍTULO 27 ____________________ 244
CAPÍTULO 1 _______________________ 12 CAPÍTULO 28 ____________________ 250
CAPÍTULO 2 _______________________ 13 CAPÍTULO 29 ____________________ 257
CAPÍTULO 3 _______________________ 18 CAPÍTULO 30 ____________________ 268
CAPÍTULO 4 _______________________ 28 CAPÍTULO 31 ____________________ 273
CAPÍTULO 5 _______________________ 38 CAPÍTULO 32 ____________________ 278
CAPÍTULO 6 _______________________ 51 CAPÍTULO 33 ____________________ 291
CAPÍTULO 7 _______________________ 65 CAPÍTULO 34 ____________________ 300
CAPÍTULO 8 _______________________ 72 CAPÍTULO 35 ____________________ 307
CAPÍTULO 9 _______________________ 78 CAPÍTULO 36 ____________________ 310
CAPÍTULO 10 ______________________ 85 CAPÍTULO 37 ____________________ 315
CAPÍTULO 11 ______________________ 98 CAPÍTULO 38 ____________________ 324
CAPÍTULO 12 _____________________ 101 CAPÍTULO 39 ____________________ 331
CAPÍTULO 13 _____________________ 112 CAPÍTULO 40 ____________________ 340
CAPÍTULO 14 _____________________ 116 CAPÍTULO 41 ____________________ 348
CAPÍTULO 15 _____________________ 128 CAPÍTULO 42 ____________________ 357
CAPÍTULO 16 _____________________ 141 CAPÍTULO 43 ____________________ 371
CAPÍTULO 17 _____________________ 154 CAPÍTULO 44 ____________________ 380
CAPÍTULO 18 _____________________ 167 CAPÍTULO 45 ____________________ 389
CAPÍTULO 19 _____________________ 181 CAPÍTULO 46 ____________________ 397
CAPÍTULO 20 _____________________ 189 CAPÍTULO 47 ____________________ 408
CAPÍTULO 21 _____________________ 197 EPÍLOGO ________________________ 414
CAPÍTULO 22 _____________________ 206 ACERCA DE LA AUTORA ____________ 420
CAPÍTULO 23 _____________________ 217
IF YOU WANT ME
THE TORONTO TERROR
HELENA HUNTING
Hollis Hendrix
Toronto Terror número 55
Mejor amigo de Roman Hammerstein
Hermanos: Micha (menor), casada con Michael/Mike, hija Elsa, hermana
mayor Emilia, tiene una hija universitaria.

Roman Hammerstein
Portero de los Toronto Terror
El padre de Hammer
El mejor amigo de Hollis

JUGADORES DE LOS TORONTO TERROR


Dallas Bright
Mejor amigo de Ash

Ashish Palaniappa
Esposo de Shilpa (abogada del equipo Terror)
Mejor amigo de Dallas

Phillip “Flip” Madden


Hermano de Rix
Mejor amigo de Tristan y vecino/amigo platónico de Dred.

Tristan Stiles
Novio de Rix
El mejor amigo de Flip
Hermanos: Nate (en la universidad) Brody (último año del colegio)

Peggy Aurora “Hammer” Hammerstein


Hija de Roman Hammerstein, portero del equipo
Apodos:
Peggy – su papá la llama así, y Hollis al principio
Aurora – su madre, Hollis más adelante en la historia
Hammer – el equipo y su escuadrón de chicas
Princesa – Hollis

LA BRIGADA DE NENAS RUDAS: El equipo de chicas de Hammer


Beatrix Madden
Compañera de piso de Hammer
Hermana de Flip Madden
Novia de Tristan Stiles
Apodos:
Rix – más común
Beat – apodo de la infancia
Bea – solo Tristan la llama así

Wilhelmina Reddi-Grinst
Relaciones públicas para los Terror
Mejor amiga de Shilpa
Apodos:
Hemi – Equipo, amigos, familia la llaman así
Willy/Wills – solo Dallas la llama así

Tallulah Vander Zee


Hija del entrenador de los Terror
Practicante para Hemi
Actualmente cursa el último año del colegio
Apodos:
Tally/Talls – su escuadrón de chicas, el equipo, amigos

Shilpa Palaniappa
Mejor amiga de Hemi
Casada con Ashish Palaniappa
Abogada de los Terror
Apodo: Shilps
Mildred Reformer
Vecina de Flip, amiga platónica de Flip.
Apodo: Dred
No hay nadie más fuera de los límites que la hija de mi mejor amigo.

Peggy Aurora Hammerstein. La princesa no oficial del equipo


Toronto Terror. Nunca haría nada que interfiriera en la dinámica de nuestro
equipo a estas alturas de la temporada de hockey, pero verla trabajar en la
oficina cambió algo en mí.
La veo como es ahora: una mujer poderosa con ambiciones kilométricas.
Cuando la tengo contra mí, encaja perfectamente.
Sus pequeños coqueteos y burlas me sacan de quicio, si no se detiene, mi
control podría romperse.
Pero nunca podré cruzar esa línea.
Nunca podré saber lo que podría ser llamarla mía.
Nunca he querido a nadie más que a Aurora y nadie puede saberlo nunca.
A mis increíbles lectoras, gracias por confiarme su corazón, aunque lo ponga
a prueba cada vez.
Hammer
De todas las estupideces que podría hacer, esto gana la medalla de oro.
Tan, tan estúpida. ¿Qué me llevaría a hacer algo tan insondablemente idiota?
Se supone que debo cuidar de los gatos de Hollis mientras el equipo está
de viaje, no sucumbir a mis fantasías de adolescente.
Debería estar saliendo con alguien de mi edad, un buen chico de una de
mis clases de la universidad. Pero tener como padre a un jugador profesional de
hockey no ha ayudado mucho a mi vida amorosa. Peor aún, mi flechazo por su
compañero de equipo empezó como algo pequeño e inofensivo que intenté
ignorar. Lo intenté y fracasé.
Lo sabía mejor, lo sabía mejor, pero estaba bien acurrucada y fui débil, y
mi vibrador estaba allí, en mi bolso. Nuevo, mágico y esperando a ser probado...
¿Qué se supone que debía hacer?
No probarlo en la cama de Hollis Hendrix.
Pero es demasiado tarde, el error ya está cometido.
Yo, Peggy Aurora Hammerstein, me masturbé en la cama del mejor amigo
de mi padre.
Hammer
—Esta es mi pesadilla literal. —Golpeo el botón con el pulgar hasta que
llega el ascensor. Siento como si mi alma hubiera abandonado mi maldito
cuerpo. Me lanzo dentro y lucho por calmar mi respiración mientras los números
suben hasta la planta del penthouse. Se me revuelve el estómago, tengo la boca
seca y me sudan las palmas de las manos—. Tienes tiempo para deshacerte de
las pruebas. Todo irá bien.
El equipo nunca remonta una serie fuera de casa tan pronto. Excepto hoy.
Pensé que tendría horas después de mi reunión de clase. Las sábanas aún
necesitan ser lavadas. Necesito deshacerme de la evidencia. Y dejé mi maldito
vibrador. ¿Cómo diablos pude haberlo dejado? En todos los meses que llevo
cuidando de los gatos de Hollis, siempre me he mantenido en el lado correcto
de la línea del enamoramiento. Hasta ahora. Y mira el lío en el que me he metido.
Me paseo por la pequeña caja de acero mientras el ascensor asciende
cuarenta y cuatro pisos. Tarda una eternidad. Por fin se abren las puertas y me
lanzo al pasillo.
Nunca volveré a hacer algo tan estúpido. El sensor de la puerta de Hollis
se pone verde cuando paso el mando por delante. Inmediatamente me abordan
Postie y Malone. Los ignoro mientras tecleo el código de la alarma.
Una vez hecho esto, les rasco la cabeza a los necesitados gatos de rescate
atigrados naranjas.
—Tengo que ocuparme de unas cosas y luego les daré un dulce. Su padre
llegará pronto.
El suelo cruje desde algún lugar del penthouse. Los gatos levantan las
orejas. Me quedo inmóvil un momento y me asomo por el respaldo del sofá
cuando Hollis dobla la esquina.
Esto es peor que malo. Esto es una mierda a nivel de emergencia. No
puedo borrar la evidencia si él ya está en casa. Casi se me salen los ojos de la
cabeza y ruedan por el suelo. Porque acaba de salir de la ducha y se ha pasado
una toalla por la cara. Otra toalla le rodea la cintura. Está raída y es más pequeña
que las enormes sábanas de baño que suele usar. Porque las limpias están en la
lavandería. Y también las sucias.
Debería taparme los ojos, darme la vuelta o anunciar mi presencia. Pero
estoy demasiado ocupada teniendo un maldito ataque de pánico. Apenas puedo
respirar. Solo oigo los rápidos latidos de mi corazón. Además, la posibilidad de
que me muera de vergüenza es real. Aparentemente, todavía puedo apreciar el
deleite visual que es un Hollis Hendrix casi desnudo.
Su cuerpo de hockey es un espectáculo para la vista. Sus bíceps resaltan
su tatuaje de media manga mientras se pasa la toalla por el cabello oscuro y
húmedo. Es una obra de arte que no se puede dejar de admirar. En su bíceps, un
jugador de hockey patina sobre un lago helado, con el sol brillando sobre él. Al
fondo, enormes pinos enmarcan el borde del agua. A medida que se elevan hasta
su hombro, la escena invernal cambia a otoñal. Los árboles de hoja perenne se
convierten en arces con sus vistosas hojas amarillas, naranjas y rojas. Hojas
sueltas y vibrantes revolotean sobre su hombro y su pecho. Los músculos se
flexionan y ondulan, las gotas de agua caen en cascada sobre sus pectorales,
dignos de baba, antes de que él se las lleve.
Tengo tantos problemas ahora mismo. Tantos problemas. Desde su lugar
al otro lado de la habitación, estoy oculta por el sofá. Pero el maldito Postie, el
idiota ruidoso que es, me delata maullando de forma detestable.
Me pongo en pie.
Hollis se sobresalta y se lleva la toalla que lleva en la mano al pecho.
—¿Qué demonios?
—¡Lo siento mucho! —grito.
Postie maúlla y salta por encima del sofá como un olímpico. Malone hincha
la cola, cruza la habitación y desaparece en el dormitorio de Hollis. La esquina
de la cama es visible desde donde estoy. Considero la posibilidad de seguirlo,
pero no soy tan rápida como un gato, y habrá preguntas.
—¿Qué haces aquí? —Hollis gruñe mientras se ajusta la toalla,
asegurándosela alrededor de la cintura. Sigo mirando descaradamente su
glorioso pecho, sus abdominales y sus abultados bíceps, así como el otro
excitante bulto oculto por la toalla.
Intento apartar la mirada, pero mis ojos siguen desviándose en su
dirección.
—Yo, uh-uh yo... pensé que tenía tiempo... —No puedo ser sincera—. No
sabía que ibas a volver pronto. Tengo que lavar tus sábanas. Los gatos estaban
por todas partes. Quería hacerlo esta mañana. Puedo hacerlo ahora. —Si puedo
llegar a la lavandería, puedo lavar la evidencia.
Hollis levanta una mano y mi mirada se dirige de nuevo al bulto de su
cintura.
—Puedo ocuparme de ello.
Me relamo los labios, buscando desesperadamente una razón para correr
a su habitación que no incluya tirarme encima de él, cosa que me encantaría
hacer, pero que no he hecho por razones obvias. No encuentro nada.
—Claro. Sí. —Asiento y mis ojos recorren el apartamento antes de volver
a su pecho desnudo.
Tengo mucho calor ahora mismo. Y me siento sudorosa. Se me pasan por
la cabeza muchos pensamientos muy inapropiados. Escenarios con los que he
fantaseado más veces de las que me gustaría admitir, como Hollis acortando la
distancia que nos separa, cogiéndome en brazos y besándome como el demonio
antes de llevarme a su dormitorio, donde me desnuda y me dice exactamente lo
que va a hacerme.
—Debería irme. —Me paso el pulgar por encima del hombro y doy un
paso hacia la puerta—. Me voy a ir. —Sigo mirándolo mientras busco a tientas
detrás de mí el pomo de la puerta en. Mis dedos lo rodean—. Lo siento mucho.
Lo siento mucho. Debería haber llamado. —Salgo al pasillo.
La expresión confusa de Hollis y su cuerpo caliente como la mierda
desaparecen al cerrarse la puerta. Me apresuro hacia el ascensor y aprieto el
botón hasta que se abre.
—Mierda, mierda, triple mierda. —Prácticamente me meto dentro y pulso
el botón de la duodécima planta, agarrándome la nuca mientras doy golpecitos
furiosos con el pie—. Quizá no se dé cuenta. Quizá no lave la ropa hoy y yo pueda
escabullirme mañana por la mañana, echar una colada y recoger mi... —Ni
siquiera puedo terminar la frase.
Quizá Postie o Malone tiraron mi vibrador de la mesilla y rodó bajo la
cama. Esos dos siempre están tirando cosas del mostrador. Este es el único caso
en el que sus travesuras serían bienvenidas. El ascensor se detiene en mi planta
y me bajo, con el estómago revuelto por la ansiedad mientras vuelvo a mi
apartamento.
Entro y me apoyo en la puerta, con la sensación de que voy a desmayarme,
vomitar o ambas cosas.
Mi compañera de piso, Rix, está en la cocina. Lleva el cabello largo y
oscuro recogido en una coleta, unos leggings y una sudadera con capucha. Es la
hermana del pívot de los Toronto Terror, Flip Madden, y sale con su mejor amigo,
Tristan Stiles, que también juega en el equipo.
—¿Lo has solucionado todo?
—Hollis ya está en casa. No pude con nada. Y acababa de salir de la ducha.
Lo vi casi desnudo —digo.
Sus cejas se disparan y su boca se abre y cierra dos veces antes de
preguntar:
—¿Qué tal la experiencia?
—Fue... fue... tiene un bulto significativo. Como, realmente significativo. Y
me quedé mirándolo. Probablemente durante más tiempo del que debería. —
Me paso una mano por la cara—. Esto es tan malo. Tan, tan malo.
—Esas cosas pasan. Estoy segura de que irá bien —me asegura—. Lo has
visto en traje de baño después de que él y tu padre salen de fisioterapia. No es
muy diferente, ¿verdad?
—Bien. Sí. No muy diferente.
—Al menos no te llenaste los ojos de polla.
—Sí. Nada de polla.
Ella inclina la cabeza.
—¿Pasó algo más?
Me muerdo los labios para no decir la verdad, pero la suelto de todos
modos.
—Olvidé poner sus toallas y sábanas a lavar.
Sus cejas se levantan.
—¿Por qué es para tanto?
Me muerdo el labio inferior. Es mi compañera de piso y mi amiga. Puedo
ser sincera. Puedo contarle lo que ha pasado y quizá ella pueda ayudarme a
solucionar esto.
—¿Uno de los gatos se cagó en su cama? —pregunta.
Sacudo la cabeza.
—Peor.
Una sonrisa lenta curva el lado derecho de su boca.
—¿Te echaste una siesta en su cama mientras no estaba?
Me escondo detrás de las manos.
—Es mucho peor que eso, Rix. Mucho, mucho peor.
Su sonrisa cae.
—¿Peor que cuando tu padre nos descubrió accidentalmente a Tristan y a
mí? Roman le puso ojitos muertos en el vestuario durante una semana después
de eso.
Dejo caer las manos.
—En realidad, podría estar bastante cerca.
—Oh, mierda. —Se agarra al borde del mostrador—. ¿Qué has hecho?
—Probé mi nuevo vibrador mientras estaba allí antes. Y lo dejé en su
mesita de noche —susurro—. Y no pude recuperarlo, y él lo encontrará. —
Levanto las manos—. Me moriré de vergüenza. Nunca podré volver a mirarlo a
los ojos.
—Oh, chica.
Mi teléfono vibra en mi bolsillo, dándome un susto de muerte.
—Dios mío. ¿Y si lo ha encontrado? ¿Y si es él y quiere saber por qué
demonios me estaba masturbando en su maldita cama? —Podría desmayarme de
la mortificación.
Rix chasquea los dedos.
—¡Sabía que te gustaba!
—¿Qué? ¿Cómo demonios lo sabías?
Agita una mano.
—Fue una sensación.
No sé cómo lidiar con eso, así que lo dejo pasar por ahora.
—¿Qué voy a hacer? —Saco el teléfono del bolsillo trasero—. Oh, gracias
a Dios. Es solo mi padre. —Abro el mensaje con manos temblorosas.

Papo
¡Casa de los Panqueques en quince conmigo y Hollis!

Por supuesto que se une a nosotros precisamente hoy.


—Hollis viene a la Casa de los Panqueques —le digo—. A lo mejor no lo
ha visto todavía y me lo puedes buscar mientras estoy allí. —De lo contrario, las
cosas están a punto de ponerse aún más incómodas.
Hollis
Sigo de pie en el pasillo, mirando la puerta por la que desapareció Peggy.
Postie se enrosca entre mis piernas.
—La cena será incómoda.
Postie maúlla y trota hacia su plato. Deja caer el culo y golpea el cuenco
con la pata. Malone sale corriendo de su escondite para unirse a su hermano.
Sacudo unas cuantas croquetas para mis chicos antes de cruzar a mi dormitorio.
Debería haber avisado a Peggy de que llegaba pronto a casa. Menos mal
que no había salido con el culo al aire. Ya parecía bastante conmocionada.
Probablemente se avergonzará de todo. Se sentirá obligada a sobre compensar
pidiendo perdón un millón de veces y enviando mensajes de texto
repetidamente para asegurarse de que es seguro venir. No quiero que se sienta
mal cuando me toca a mí avisarle. Conozco su rutina. Pasa a ver cómo están los
gatos a primera hora de la mañana y de nuevo cuando vuelve de clase. Recojo el
móvil de la cama con la intención de enviarle un mensaje de disculpa.
Malone salta sobre la mesilla de noche y algo cae al suelo. Aúlla y salta
como si tuviera muelles en los pies, con la cola desplegada, mientras sale
corriendo de la habitación.
—¿Qué te tiene tan asustado? —Frunzo el ceño mientras me agacho a
recoger el objeto—. ¿Qué demonios?
Tardo varios segundos en procesar lo que tengo entre manos. Y cuando
por fin me doy cuenta, mi cerebro casi se licua. Estoy sujetando un vibrador de
superhéroe. Más concretamente, estoy sujetando el vibrador de superhéroe de
Peggy. No puede pertenecer a nadie más porque, aparte de su padre, es la única
persona con acceso a mi penthouse. Y es la única mujer que ha estado aquí en
mucho, mucho tiempo, aparte de mi hermana menor y mi sobrina.
Surgen tantas preguntas. Tantas malditas preguntas.
Como, ¿por qué demonios está su vibrador en mi maldito dormitorio? En
mi mesita de noche.
Se me seca la boca mientras miro fijamente mi cama con los dos bultos en
forma de gato cerca de las almohadas. Luego miro a través de la habitación a una
de las dos cámaras para gatitos que instalé pero que no controlé durante mi
ausencia. Se me había olvidado mencionar que estaban ahí.
Joder. Joder. Joder.
¿Se masturbó en mi cama? ¿Por qué se masturbaría en mi cama?
¿O lo dejó aquí a propósito para tentarme? No. Podría tener a cualquiera.
Es imposible que Peggy quiera algo de mí. Y ella no puede saber lo que ha
estado pasando en mi cabeza en los últimos meses.
Durante los últimos años, Peggy ha estado en la periferia del mundo del
hockey, asistiendo a la universidad, viviendo en un apartamento fuera del
campus, por ahí los fines de semana cuando viene a visitar a su padre. Yo solo la
veía de vez en cuando. Empezó a cuidar de mis gatos y me hizo compañía durante
mi lesión de la temporada pasada, pero incluso esas cosas se ajustaban a unos
límites muy concretos. Nos hicimos amigos. Todo estaba bien.
Al menos hasta que en septiembre aceptó un puesto de becaria a las
órdenes de Hemi, la jefa de relaciones públicas del equipo. Y entonces todo
cambió, aunque he intentado no dejarlo.
Nunca olvidaré el momento en que doblé la esquina y la vi moviendo las
caderas por el pasillo, con el puño en alto. Al principio no me había dado cuenta
de quién eran las curvas que estaba admirando. Hasta que se dio la vuelta y me
dirigió una amplia sonrisa. Fue un momento condenatorio. Había estado mirando
a la hija de mi mejor amigo. Desde entonces, he hecho todo lo posible para
compartimentar ese evento. Para obligarme a verla como se supone que debo
verla. Pero ahora aquí estoy, con toda una nueva batalla que enfrentar.
Porque esto... es exactamente lo que no necesito.
Intento que no arraigue ningún pensamiento invasivo e inapropiado. De
verdad que lo intento. Pero mi imaginación es un imbécil gigante. No es la
primera vez que se me viene a la cabeza la imagen de Peggy tumbada en mi
cama, con el labio entre los dientes. Solo que esta vez está sujetando el vibrador
de superhéroe. Sacudo la cabeza para ahuyentarla.
¿Tengo imágenes de esto almacenadas en mi nube? Mi autodesprecio es
inmediato y justificado. Suelto el vibrador como si estuviera ardiendo. Cae sobre
la cama y se queda ahí. Parece tan inofensivo. Pero no lo es. El dispositivo de
silicona recargable se burla de mí, un horrible faro de esperanza insostenible.
Ella te desea. Empujo ese pensamiento hacia abajo. Es imposible.
—Es la hija de Roman, cabrón —le digo.
Me froto el labio inferior. No puedo permitirme el lujo de volver a tener
este tipo de fantasías con ella, de esas en las que sustituyo el maldito vibrador de
superhéroe por la maldita parte de mi cuerpo. Ya es bastante malo cuando está
fuera de mi control y ocurre en mis sueños. Aprieto los puños y aparto esos
pensamientos traicioneros. Quiero equivocarme. Quiero que esto sea una broma
de mal gusto. Pero han cambiado las sábanas. Las de color azul oscuro estaban
puestas cuando me fui, y estas son de un azul más claro. Huelen como mi
detergente.
Me dirijo a la lavandería. Un cesto lleno de toallas y sábanas está en el
suelo, delante de la lavadora. Se me hace un nudo en la garganta cuando recojo
la toalla que hay encima. Está húmeda. ¿Se ha duchado aquí? No te la imagines
desnuda en la ducha.
Debajo de la toalla están mis sábanas azul marino. Por razones que no
entiendo, las saco. ¿Quizá para demostrar que me equivoco? ¿Que este escenario
que he conjurado está todo en mi cabeza? La sábana de arriba está cubierta de
cabello de gato en. A Postie y Malone les gusta meterse debajo del edredón y
echarse allí la siesta como un par de bichos raros.
Pero entonces mi puño se cierra alrededor de una sábana húmeda. Frunzo
el ceño al ver que la parte delantera de la toalla que me envuelve la cintura está
semienterrada. Mi mano se levanta sin mi permiso y hago algo de lo que
probablemente me arrepentiré el resto de mi vida. Huelo la sábana.
Y casi se me doblan las rodillas.
Capto una pizca del champú característico de Peggy, una combinación de
miel, plátano y coco. Pero más prominente es un segundo aroma distintivo que
subraya lo que ya sé que es cierto: usó mi cama para auto gratificarse.
—No seas pervertido. —Saco con rabia la carga anterior y meto las
sábanas en la lavadora.
Tengo que ocuparme de esta situación. Pongo las sábanas a lavar,
enciendo la secadora y vuelvo a mi dormitorio para poder vestirme. Pero mi
erección es excesiva y muy inconveniente. Por no decir inapropiada. Necesito
mantener la cabeza fría cuando se trata de la hija de Roman. Quererla en secreto
es una cosa, pero considerar la posibilidad de que podamos ser algo más que
amigos es ridículo. Cualquier hombre sería afortunado de amarla, y no puedo
ser yo.
Me pongo unos jeans, una camisa y una sudadera con capucha, sin hacer
caso de mi erección, y abro el portátil para ver los vídeos de las cámaras de los
gatitos. Una apunta al sofá del salón, donde los gatos suelen echarse la siesta. La
segunda está en mi cómoda, enfocada a mi cama. Solo graba cuando detecta
movimiento. No me sorprenden las imágenes de mis hijos holgazaneando.
Tampoco me sorprende cuando capta a Peggy entrando en mi dormitorio con el
bolso gigante de plátanos y patos que le compré el año pasado por Navidad
colgado del hombro. Detengo la grabación inmediatamente, las muevo a la
papelera y pongo el dedo sobre el botón de borrar para siempre. Estoy
indignado conmigo mismo por haber dudado siquiera. Le doy a borrar y cierro
el portátil.
Si puedo hablar con Peggy antes de la cena, hará esto menos incómodo.
Eso espero. Incluso puedo zafarme de acompañar a Roman y Peggy. Decir que
ha surgido algo. Dejar que pasen tiempo juntos en vez de unirme a ellos. No
quiero admitir que ha sido a propósito. Un recordatorio constante de que ella es
su orgullo y cualquier sentimiento que tenga debería guardármelo para mí.
Envío un único mensaje, cuidando mi redacción. Es de ella. Ella lo sabe.
Yo lo sé.

Hollis
Creo que dejaste algo en mi casa.

Los puntos aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer. Esto sucede


media docena de veces antes de que se detengan por completo.
Será una conversación incómoda, sobre todo cuando le cuente lo de las
cámaras, pero puedo tranquilizarla diciéndole que ya no hay pruebas y que
somos los únicos que sabremos lo que ha pasado. Saco una bolsa de regalo del
armario de la habitación de invitados y una de mis sábanas de baño limpias, de
las que al parecer es fan, y la doblo para que sea lo bastante estrecha como para
meterla en la bolsa. Enrollo el vibrador dentro de la gran toalla, convirtiéndolo
en un rollo de Maki incomestible, y luego lo meto en la bolsa de regalo,
añadiendo papel de seda para cubrir la toalla.
Estableceré unos límites muy claros y luego olvidaré que esto ha pasado.
O al menos lo intentaré. Pero Roman está de pie junto al ascensor cuando entro
en el vestíbulo. Joder.
—Oh oye, pensé que ya estabas en la Casa de los Panqueques —le digo.
—Hace poco derramé café en mi camisa, así que subí a cambiarme
primero. —Su mirada se posa en la bolsa de regalo que tengo en la mano—. ¿Qué
es eso?
—Uh... es, eh... para Peggy. —Doble mierda. ¿Por qué no mentí?—. Un
regalo por cuidar de Postie y Malone. —Me paso el pulgar por encima del
hombro y me dirijo a la puerta—. Lo dejaré en su casa más tarde.
—No. No hagas eso. Tráelo. Se reunirá con nosotros allí. —Las puertas del
ascensor se abren, y él cubre el sensor, esperando a que me una a él.
Planteará más preguntas si no la traigo, así que la sigo a regañadientes.
—¿Qué tal la reunión con el entrenador? —le pregunto mientras pulsa el
botón del vestíbulo.
—Bien. Están evaluando opciones para porteros suplentes el año que
viene, preparándose para lo inevitable, ¿sabes?
—¿Qué te parece? —No me encantaría, pero los porteros necesitan mucho
entrenamiento.
—He tenido una buena racha, y hay otras opciones que explorar una vez
fuera del hielo —responde.
Me limito a asentir.
—Sé que tienes algo de tiempo, pero la retransmisión deportiva sería una
buena opción para un chico guapo como tú —dice Roman.
—No estoy seguro de que mi personalidad encaje bien —refunfuño.
Roman tiene una mentalidad muy diferente a la mía respecto al retiro. Es
el jugador más veterano de la liga, ha tenido una carrera sólida, no ha sufrido
lesiones graves y le queda un año de contrato.
Yo, sin embargo, me dejé la piel tras mi lesión de rodilla del año pasado
para poder volver al hielo esta temporada. A diferencia de Roman, que roza los
cuarenta, yo solo tengo treinta y tres, y estoy teniendo una gran temporada de
regreso. Si mantengo mis estadísticas, Toronto podría prolongar mi contrato un
par de años más.
Llegamos al vestíbulo y salimos a la fría tarde de invierno. Estamos a
mediados de enero y la nieve cubre la acera. Respiramos en ráfagas de niebla
que desaparecen como fantasmas. Cruzamos la calle hasta la cafetería. El olor
familiar y reconfortante del tocino fresco y los panqueques con mantequilla me
hace la boca agua al entrar.
Se me revuelve el estómago cuando miro las mesas y veo a Peggy, sentada
en una cabina. Está escribiendo furiosamente en su teléfono, con el labio inferior
entre los dientes. Parece estresada. Y estoy seguro de que la razón es el
contenido de la bolsa que llevo en la mano. Me identifico. Aplasto las imágenes
que me vienen a la cabeza. Sé que no quiero eso.
Ojalá hubiera dejado la bolsa en casa, pero no puedo deshacer mi
estupidez. Roman probablemente me arrancaría la cabeza si supiera lo que hay
dentro y dónde se ha utilizado. Y con razón, ya que soy más de una década mayor
que Peggy y es la hija de mi mejor amigo.
Roman toma asiento frente a Peggy y yo me dejo caer a su lado.
Los ojos de Peggy rebotan entre Roman y yo. Sus mejillas se sonrojan y se
le dibuja una sonrisa de estreñimiento, como si intentara ser amable, pero
alguien acabara de soltar un pedo de niebla verde.
—Hola. Hola. ¿Qué tal el viaje de vuelta?
—Bien. Nos adelantamos a la tormenta. Parece que no nos alcanzará por
aquí. —Roman se quita la chaqueta.
—Me alegro de que no se quedaran atascados. Me habría preocupado. —
Su mirada se desvía hacia mí durante una fracción de segundo. Sus mejillas
vuelven a encenderse y se tira del cuello de la sudadera. Lleva el nombre de su
universidad.
—Yo también —dice Roman.
Rainbow, que empezó a trabajar aquí hace unas semanas, se detiene a
saludarnos. Su cabello hace juego con su nombre. Se lleva la mano al pecho.
—¡Qué bonito! Me encanta que tus padres te saquen a pasear —le dice a
Peggy.
—Solo somos amigos —murmuro.
—Por supuesto. —Ella guiña un ojo—. ¿Qué les pongo de beber? ¿Café?
¿Té?
Pedimos bebidas y comida, y Rainbow se larga.
—¿Qué tal la primera semana de clases? —Roman pregunta.
—Estuvo bien. —La voz de Peggy es aguda, y sigue retorciéndose las
manos—. Me gustan mis cursos.
—¿Estás segura? ¿No son demasiado estresantes? Sé lo mucho que te
gustó trabajar con Hemi en las prácticas el semestre pasado. De seguro que es
un cambio volver a las aulas a tiempo completo.
Peggy esconde las manos bajo la mesa.
—Sí, lo es. Pero tengo algunos amigos en mis clases. Además, soy la
encargada de la gala para mi proyecto de Gestión de Eventos. Hemi se ha
portado muy bien dejándome hacerme cargo. Solo un semestre más y termino.
—No puedo creer que mi niña vaya a ser licenciada universitaria en
cuestión de meses. —Roman sonríe con orgullo.
—También cumpliré veintiuno dentro de unos meses, papá. —Sus ojos se
deslizan hacia mí, se muerde la uña y vuelve a mirar el móvil. Está muy nerviosa.
Toso sobre mi codo.
Roman levanta las manos.
—Estoy orgulloso de ti, cariño. Ya eres mayor, casi has terminado la
universidad, vives sola con una compañera de piso. Grandes pasos. ¿Cómo está
Rix? Tristan no pudo salir del aeropuerto lo bastante rápido.
Rainbow nos deja los cafés y nos dice que la comida estará lista en breve.
La compañera de piso de Peggy y nuestro compañero de equipo, Tristan
Stiles, llevan saliendo varios meses. Él vive en las unidades de condominio por
encima de la Casa de los Panqueques.
—Uh... ella está bien. —Comprueba su teléfono de nuevo—. Y sí, Tristan
pierde la calma después de los partidos de visita. Esperemos que Rix llegue a su
casa antes de que se le agote la paciencia. —Hace una mueca—. Solo necesito...
—Envía un mensaje.
Roman cambia de expresión y arquea las cejas.
—No los habrás vuelto a pillar haciéndolo en la cocina, ¿verdad? —Se
cruza de brazos—. Tiene su propia maldita casa. No es justo ponerte en una
situación tan incómoda. ¿Por eso estás tan inquieta?
Deja el teléfono en el suelo y nos mira.
—Oh, eh... sí. Eso es uh... Son realmente uno al otro. En serio. Él se olvida
de sí mismo cuando no la ha visto en un tiempo.
Peggy acaba de tirar a Tristan debajo del autobús. Fría como el hielo,
Princesa.
—Bueno, tiene que aprender a controlarse delante de otras personas. —
Roman se vuelve hacia mí—. ¿Por qué no le das a Peggy su regalo? Seguro que
la hará sentir mejor.
Joder. Esperaba que se olvidara de que lo había traído.
—Papá, en serio, ¿puedes no llamarme así? No estoy canalizando a mi
octogenaria interior. Llámame Hammer o Aurora.
Estoy bastante seguro de que Aurora es su segundo nombre...
—Peggy es un nombre bonito —protesta Roman.
—No cuando la gente espera que tenga el cabello azul o lo usa para
inventarse apodos horribles. Como cuando me rompí la pierna en séptimo curso
y me llamaron Pata de Palo Peggy, o cuando un idiota en noveno grado me llamó
Peg-Me Peggy durante todo un semestre. —Pone los ojos en blanco.
Roman levanta una mano y tose.
—Entendido. Dale a Aurora su regalo, Hollis. —Me da un codazo en el
brazo.
Me toca sudar. Dejo la bolsa sobre la mesa.
—Puedes abrirla más tarde.
Lo mira como si fuera una bomba, no una bolsa de regalo azul brillante
rellena de papel de seda blanco.
—¿Para qué es esto?
—Es un agradecimiento por cuidar de mis gatos. Y por asegurarte de que
mis toallas fueran lavadas —le digo secamente.
Levanta la mirada y sus mejillas se sonrojan.
Intento dar marcha atrás, pero me sale un refunfuño:
»No es para tanto.
—Adelante, Pegs. Ábrelo —insiste Roman.
Peggy se muerde el labio y no vuelve a corregir a su padre.
De repente siento que voy a vomitar. Literalmente no hay forma de
explicarle a Roman el contenido de esa bolsa. Ninguna buena, al menos. Lo que
deja mucho espacio para sacar conclusiones precipitadas. Y hasta hace veinte
minutos, tenía imágenes de lo que sea que haya pasado en mi cama. Gracias a
Dios que la borraron. Me preparo mentalmente para lo peor, que sería que
Roman me matara en un restaurante público por regalarle a su hija un vibrador
de superhéroe.
Peggy deja la bolsa en el asiento de al lado.
—No hacía falta que me regalaras nada. Ya me pagas bastante, y me
encanta pasar tiempo con Postie y Malone.
Una gota de sudor me recorre la espalda. Mis preocupaciones sobre lo
que pasará cuando acabe mi contrato parecen insignificantes si mi mejor amigo
me mata a golpes con un vibrador. O sus puños.
Peggy saca la toalla de la bolsa. Es de rayas marineras y grises. Espero
que compense darle lo que esconde dentro delante de Roman.
Su expresión es una mezcla de alivio, sorpresa y confusión.
—Me encanta. —Lo abraza contra su pecho.
Por un segundo creo que estoy a salvo, hasta que lo sostiene delante de
ella y se desenrolla un poco.
Sus ojos caen sobre su regazo y se abren de par en par.
—Muchísimas gracias, Hollis —se atraganta—. De verdad, es increíble. Lo
mejor. Tan considerado.
Ha mencionado de pasada lo bonitas que son las toallas, y que si no las
dobla enseguida, Postie y Malone saltarán al cesto de la ropa sucia y se echarán
una siesta sobre ellas.
Roman frunce el ceño.
—¿Es una toalla de baño?
—Es una sábana de baño —decimos Peggy y yo al mismo tiempo.
—¿Cuál es la diferencia? —pregunta Roman—. ¿Por qué es tan grande?
—Son más grandes que las toallas. Uso las toallas para el cabello y las
sábanas de baño para el cuerpo —explica Peggy. Su voz se vuelve cada vez más
aguda y abraza la mullida tela contra su pecho.
Intento que no se forme en mi cabeza la imagen de ella envuelta
únicamente en esa sábana de baño. Cuando no lo consigo, mi autodesprecio
alcanza su punto álgido. Hasta hoy, he hecho un buen trabajo manteniéndola en
la casilla de no ir nunca. Casi siempre.
—¿No teníamos de esas cuando tú crecías? ¿No teníamos toallas? ¿Tengo
sábanas o toallas de baño? —Roman entra en una espiral de mal padre.
—Teníamos unas toallas estupendas, papá —le tranquiliza Peggy-Aurora—
. Estas son enormes y suaves y muy bonitas, pero no hay nada malo con tus toallas
de ahora, ni con las que teníamos cuando era niña.
Si eso fuera cierto, probablemente se habría duchado en su casa, no en la
mía.
Rainbow llega con la comida y Peggy se apresura a meter la toalla en la
bolsa. Sus ojos se abren de par en par al oír un tump.
Roman está demasiado ocupado dándole vueltas a su falta de juego de
toallas, y Rainbow es todo chispa y sol, mientras Peggy y yo nos agachamos bajo
la mesa. Los dos agarramos la super polla al mismo tiempo, nuestros dedos se
superponen. «Hablaremos de esto más tarde» articulo silenciosamente. Me
arrebata el vibrador y gruñe como si estuviera canalizando su Gollum interior.
Mete el aparato en su bolso de plátanos-patos y se levanta con una sonrisa
casi maníaca.
—He volcado el bolso sin querer. —Recoge la servilleta enrollada y los
cubiertos, que repiquetean ruidosamente sobre la mesa—. Esto tiene una pinta
deliciosa.
Roman le pasa el sirope de arce, que ella vierte sobre sus panqueques de
plátano y nueces y sus salchichas. Apuñala una con el tenedor y muerde el
extremo, gimiendo de agradecimiento.
—Estas salchichas son las mejores.
La miro.
Me devuelve la mirada.
Roman quiere saber de qué marca son mis toallas.
Su teléfono suena cada pocos segundos, así que está muy distraída durante
toda la comida.
Porque ese vibrador de superhéroe está en su bolso, a centímetros de mi
pie, y no puedo dejar de pensar en el intercambio que acaba de ocurrir.
Tampoco puedo reconocer que me siento como si se hubiera abierto la caja de
Pandora y no supiera cómo cerrarla.
Hammer
Mi vergüenza está lejos de terminar cuando mi padre y yo tomamos el
ascensor hasta mi apartamento. Le abrazo cuando llegamos a mi piso, le doy las
gracias por los panqueques y le digo que lo veré luego. Me pregunta por
septuagésima quinta vez si estoy bien. Le digo que estoy preocupada porque
tengo que entregar un proyecto el lunes. No es mentira, pero está terminado en
un noventa y cinco por ciento. No suelo mentir a mi padre a menos que sea para
no herir sus sentimientos, pero en este caso no puedo decirle la verdad. Es mejor
que crea que es estrés estudiantil.
Me siento aliviada cuando las puertas del ascensor se cierran,
permitiéndome el ataque de nervios contra el que me he pasado toda la comida.
No sé por qué Hollis pensó que era buena idea llevar mi vibrador al restaurante
disfrazado de regalo. Sinceramente, me parecería bien que eso siguiera siendo
un misterio eterno, pero evitarlo para siempre va a ser todo un reto.
Intento no pensar en el hecho de que Hollis tocó mi Batipene cuando lo
enrolló en esa toalla. Pero ahora la idea está en mi cabeza, y mi mente se hunde
en la cuneta. Me pregunto si alguna vez se habrá follado a alguien con su
vibrador. Intento apartar de un parpadeo la repentina imagen de mí extendida
en su cama, desnuda, y él con una toalla demasiado pequeña, sujetándola.
—Esto tiene que acabar —murmuro mientras entro en mi apartamento.
Rix dejó de contestar mensajes hace unos veinte minutos, así que
probablemente esté con Tristan. Echando un polvo. Suspiro. Ojalá tuviera a
alguien que me enviara regalos todo el tiempo y quisiera estar desnudo
conmigo. Tristan adora el suelo que pisa. Han pasado meses desde mi última cita.
Con un padre jugador profesional de hockey, los universitarios no entienden mi
vida.
—Joder. —Casi tropiezo con las zapatillas gigantes de Tristan porque las
ha dejado en medio del suelo.
Tengo el tiempo justo para orinar por ansiedad antes de que Hollis llame
a la puerta. Sé que es él porque golpea tres veces rápidamente, luego hace una
pausa y llama dos veces más. Me limpio las palmas húmedas en los jeans, respiro
hondo y abro la puerta de un tirón. La chaqueta de invierno de Hollis está
desabrochada, dejando ver su sudadera negra con capucha de los Toronto
Terror con el emblema del ganso canadiense enfadado. Sus jeans resaltan sus
increíbles muslos de hockey.
Ojalá no estuviera tan bueno. También me gustaría no haber dejado mi
vibrador en su mesita de noche como una idiota, porque dice más de lo que me
gustaría sobre lo que siento por él. Pero no puedo volver atrás, así que la única
forma de avanzar es afrontarlo. Esto no significa que vaya a ser sincera, solo
significa que tendremos esta incómoda conversación. Con suerte, una vez que
termine, podré olvidarlo por el resto de mi vida. No es probable.
Esto es probablemente lo más mortificada que he estado en mi vida. Y eso
es mucho decir, ya que he visto accidentalmente la salchicha de mi padre dos
veces en los últimos seis meses.
—Explícate. —Hollis entra y se cruza de brazos.
Su tono ronco y su orden de una sola palabra provocan todo tipo de
conflictos en mi cuerpo. Estoy sudorosa, ansiosa y ahora cachonda. Todo
empeora aún más con su delicioso ceño fruncido y sus labios carnosos.
Dejo que la puerta se cierre y mentalmente deseo que el rubor que sube
por mi pecho se detenga antes de llegar a mis mejillas. A juzgar por el nivel de
calor de mi cara, no lo consigo.
—No pretendía olvidar a Batipene en tu casa. —O referirme a él como
Batipene. Pero no puedo retractarme de ninguna de las dos cosas.
—Joder, espero que no —refunfuña Hollis.
—No se lo dirás a mi padre, ¿verdad? —Vomito un poco en la boca ante la
posibilidad.
Me mira fijamente, pero no dice nada.
Me subo a mi caballo pro-autoexploración.
—Soy adulta y tengo necesidades. —Inmediatamente quiero arrancarle
esas palabras de las orejas y volver a metérmelas en mi ridícula boca.
Su mejilla tiembla.
—¿Por qué te ocupas de ellas en mi maldita cama?
Está tan bueno cuando se enfada. Cruzo los brazos y suelto más tonterías.
—No puedes estar seguro de eso al cien por ciento.
Inclina la cabeza.
Si las bragas fueran de azúcar, las mías se derretirían solo con su
expresión.
—Tal vez se cayó de mi bolso mientras jugaba con los gatitos.
Se pincha el labio superior con la lengua.
—¿En mi mesita de noche?
Trago diez litros de saliva de ansiedad.
—A Postie le gusta entrar ahí y buscar croquetas.
—¿Y una de esas croquetas era tu vibrador? —Levanta una mano cuando
abro la boca.
»Necesito decirte algo importante. —Sus fosas nasales se agitan al
exhalar—. Puse cámaras para gatitos en el penthouse la semana pasada y olvidé
decírtelo.
—¿Cámaras de gatitos? —repito.
Se pasa una mano por el cabello.
—Se activan con el movimiento. Ash y Shilpa las tienen para sus perros.
Pensé que sería bueno para los partidos de visita.
Ashish Palaniappa es uno de los compañeros de equipo de mi padre y
Hollis, y Shilpa, su mujer, es la abogada del equipo y una de mis amigas.
Parpadeo.
—¿Dónde están?
—La sala de estar y mi dormitorio.
Se me corta la respiración. Me agarro al borde del mostrador para
apoyarme.
—¿Me has grabado?
—Se suponía que iba a grabar Postie y Malone —me recuerda.
Tiro del cuello de mi sudadera con capucha.
—¿Lo... lo viste?
Se echa atrás.
—¡Claro que no! Lo borré inmediatamente.
Una pequeña parte de mí está decepcionada. El resto de mí se siente
aliviada. O quizá sea al revés. No puedo leer su expresión ni saber si la idea le
perturba o qué.
—Así que en realidad no sabes si pasó algo. Esa es tu hipótesis. —Esto es
bueno. Puedo negarlo—. Tal vez fui a tu habitación a buscar a los chicos.
Su voz baja hasta convertirse en un gruñido que me recorre todo el cuerpo.
—Los dos sabemos que es mentira porque olvidaste lavar mis sábanas.
Abro y cierro la boca dos veces mientras nos miramos fijamente. Me
invade otra oleada de humillación. Lo cual es muy contradictorio teniendo en
cuenta todas las demás cosas que suceden en mi cuerpo. Intento mantener los
ojos en el suelo, pero son unos imbéciles desobedientes y se levantan de todos
modos.
—Es la primera vez que pasa —suelto.
—Explícate —exige Hollis.
—¿Quieres... que te diga qué hice exactamente?
Le rechinan los dientes.
—No, Peggy. No quiero detalles. Es la primera vez que pasa.
—Todo eso. Todo. —Explicar esto es como tropezar con minas terrestres.
No puedo mostrar mi mano. Lo único peor que estar enamorada del mejor amigo
de mi padre sería que él se enterara—. Estaba leyendo un libro picante y
acurrucándome con los gatitos, y acababa de comprar mi nuevo amigo de
silicona, y una cosa llevó a la otra, y lo siento mucho. —Aprieto los labios, pero
eso no detiene el vómito de palabras—. Quería lavar las sábanas. Se suponía que
no debías saberlo. No volverá a ocurrir.
Se pasa la lengua por el labio inferior. Son tan llenos. Tan besables.
Tengo que dejar de notar estas cosas. Hace que me palpite la vagina a
pesar de lo incómodo que es esto, ¿o quizá por eso? Probablemente esté mal que
medio desee que no haya borrado el vídeo. Definitivamente mal.
—Eso no explica por qué acabaste en mi ducha. —Su tono grave y ronco
hace que mis estúpidos pezones se tensen.
Mi ansiedad se apodera de mí y suelto más sinceridad de la que pretendo.
—Estaba toda sudada después de... —Hago un gesto con la mano—. Y
debería haber vuelto a mi casa, o a la de mi padre, pero la ducha estaba justo
ahí, y la colocación de tu chorro es perfecta para... —¿Por qué no puedo mentir?
Arquea una ceja oscura y sexy. Que le den a él y a su calentura. No, no, no.
Nada de darle al mejor amigo de mi padre, que es más de diez años mayor que
yo. El pensamiento ya está en mi cabeza, y mi estúpida imaginación está
formando una escena que probablemente utilizaré como fantasía sexual más
tarde, cuando Batipene y yo estemos solos.
—¿Perfecta para qué? —gruñe.
—Es más bonita. —Gracias a Dios que no fui completamente honesta por
una vez.
Su voz es seda cruda arrastrada sobre la piel desnuda.
—¿Y es la primera vez que haces esto? ¿Cuidar de tus... necesidades en
mi cama?
Me paso la lengua por el labio inferior. Tengo la boca muy seca. Ya se lo
he dicho. A lo mejor está intentando pillarme en una mentira.
—Sí.
Sus fosas nasales se dilatan. Aprieta y afloja los puños. Sus ojos se cierran,
y sus palabras apenas se oyen cuando murmura:
—Si las cosas fueran diferentes...
Mi aliento me deja en un suspiro. ¿Qué significa eso? Si las cosas fueran
diferentes, ¿entonces qué? ¿Me desearía como yo lo deseo a él? ¿Le excitaría la
idea de que me corriera en su cama en lugar de hacer que las cosas fueran
incómodas entre nosotros? ¿Y si las cosas fueran diferentes?
—Hollis. —Su nombre es apenas un sonido.
Sacude la cabeza y abre los párpados. De un segundo a otro, cambia por
completo de actitud.
—Tienes tu propio apartamento. ¿Por qué no te ocupas de tus necesidades
allí? O tu antigua habitación en casa de Roman. Habría sido mejor que mi cama.
—Has visto mi habitación en casa de mi padre. Dejé la Barbie a los nueve
años. —Pero no tengo valor para decírselo a mi padre—. No hace un buen trabajo
de ambientación.
—¿Qué hay de malo con tu propio apartamento, entonces? —Vuelve a la
desaprobación.
—Tengo una compañera de piso, y a veces es agradable dejarse llevar y
no preocuparse de cuánto ruido hago, o de si Rix puede oírme a través de la
puerta. Es difícil relajarse cuando ella está en casa, y entonces se hace eterno y
hay rozaduras. —¿Por qué no puedo dejarlo cuando voy ganando? ¿Por qué sigo
vomitando honestidad excepcionalmente contundente?
Hollis levanta una mano. Su cabeza parece a punto de explotar.
—Detente.
Al menos no soy la única mortificada aquí.
—Oh, Dios. —Levanto la mano delante de mi boca—. ¿Esos vídeos tenían
sonido? —Realmente me solté en todo el sentido de la palabra cuando hice lo
impensable en su cama.
—No. Al menos no creo que haya sonido. Y como dije, los borré sin mirar.
—Su voz es severa cuando declara—: Eso no puede volver a pasar. Jamás.
Estoy a punto de asentir —aunque no lo diga en serio— cuando un largo y
fuerte gemido femenino se filtra por el pasillo. Obviamente, Tristan y Rix están
llegando a la parte buena.
Los ojos de Hollis se desorbitan mientras mira hacia el ruido. Está a punto
de hablar cuando otro gemido más largo y fuerte lo interrumpe. Cierra la boca y
espera a que termine antes de decir:
—Tristan está aquí.
—Sí.
—¿Por qué no van a casa de Tristan?
—Para ser justos, salí por panqueques, y Tristan sabe que hacemos esto,
así que probablemente pensó que era seguro. —Basado en los sonidos, se están
acercando al final. De la primera ronda. La mayoría de las veces van a casa de
Tristan, pero de vez en cuando he llegado a casa en medio de una de sus
excepcionales folladas—. Las paredes son más delgadas de lo que creen. —Y
tienen sexo telefónico todas las noches cuando tienen partidos fuera. No le he
dicho lo finas que son las paredes porque no quiero hacerla sentir mal.
Normalmente, subo a ver a los gatitos o a limpiar la casa de mi padre hasta que
terminan.
Los ojos de Hollis se dirigen al techo.
—Bueno, mierda. —Sacude la cabeza y se relame los labios—. Usa mi casa
si la necesitas.
—¿En serio? —Este es un giro que no esperaba.
Levanta una mano y me mira de reojo.
—No quiero saberlo ni ver pruebas de ello.
Mis partes femeninas se aprietan.
—Sí, señor.
Sus ojos se entrecierran.
—Y solo el dormitorio de invitados.
—Sí, porque supongo que un vídeo mío tocándome es probablemente
bastante conflictivo —murmuro.
Frunce sus labios aterciopelados.
Me acobardo.
—Lo siento. Olvidemos lo que he dicho. ¿Quieres que te devuelva la
toalla?
—No. Quédate con ella.
—De acuerdo. Genial. Gracias. Siento que hayamos tenido esta
conversación súper incómoda.
—No vuelvas a hablar de ello.
—Me parece bien. —No sé qué hacer con las manos, así que las cierro y
las dejo caer a los lados.
—Me voy —anuncia Hollis.
—De acuerdo. —Lo sigo hasta la puerta—. Estamos bien, ¿verdad? —Me
muerdo el interior de la mejilla.
Su rostro se suaviza.
—Sí. Por supuesto, Princesa.
—¡Necesito hidratarme antes de que vuelvas a convertirme en un pretzel
sexual! —Rix dobla la esquina y se detiene bruscamente. Tristan casi la derriba.
—Hola, Hollis. Hammer. —La mirada de Tristan revolotea entre nosotros.
—Tristan. —Hollis les saluda a él y a Rix y desaparece en el pasillo.
Rix abre mucho los ojos. Se vuelve hacia Tristan, que solo lleva un par de
calzoncillos negros.
—Tienes que vestirte e irte a casa.
Le lanza una mirada incrédula.
—Pero si acabo de llegar. Tenemos cinco días que recuperar. Te he
echado de menos.
—Hammer y yo tenemos algo de lo que ocuparnos.
Se queda de pie, con cara de pocos amigos.
—Si te vas ahora, lo que hicimos hace dos semanas está sobre la mesa más
tarde.
Se da la vuelta y desaparece por el pasillo.
—Tan predecible. —Espera a que se cierre la puerta de su habitación—.
¿Qué acaba de pasar? ¿Tengo que llamar a una reunión de emergencia de
chicas?
—Probablemente. —Me froto las sienes—. Eso fue tan jodidamente
incómodo.
—Déjame sacar a Tristan de aquí. Entonces podremos hablar.
Un minuto después, reaparece con cara de oso descontento.
—Siento de antemano la conversación que mi padre va a tener contigo
mañana en el entrenamiento. Te he utilizado como chivo expiatorio, no a
propósito —le digo mientras se calza los zapatos.
—No debe ser fácil equilibrar tener a tu padre cerca todo el tiempo y en
cada parte de tus asuntos personales. —Cómo gruñe esa frase entera es una
maravilla. Se vuelve hacia Rix y le rodea suavemente el cuello con la mano
mientras se inclina para rozar su nariz con la de ella—. Bea, tu culo es mío más
tarde. Te amo. —Se escabulle por la puerta. Es la única persona que la llama Bea.
Rix saca su teléfono del bolsillo trasero.
—Siento haberme perdido un montón de mensajes. Ya sabes cuán
impaciente se pone Tristan.
Teclea enérgicamente con el pulgar y, unos segundos después, mi
teléfono suena con un mensaje de texto. Pasan unos minutos antes de que se meta
el teléfono en el bolsillo trasero.
—¿Esto requiere nachos y margaritas?
—Sí. Margaritas extras.
Veinte minutos más tarde, llegan Hemi Reddi-Grinst, la directora de
relaciones públicas del equipo con la que hice prácticas durante mi semestre de
otoño; Tally Vander Zee, la hija del entrenador; y Dred Reformer, que vive en el
apartamento de enfrente de Flip. Dred se ha convertido recientemente en una
habitual de nuestro grupo. Ella y el hermano de Rix también han empezado a
pasar el rato juntos y, para nuestra sorpresa, son completamente platónicos. Ella
tiene algún tipo de superpoder que hace que Flip sea una persona racional.
De todos modos, estas señoritas son mi escuadrón de chicas. A menudo
también incluye Shilpa, pero ella está fuera con Ashish esta noche. Tengo amigas
del colegio, pero no me entienden como estas mujeres.
—De acuerdo. ¿Qué demonios ha pasado? Parece que estás al borde del
colapso. —Hemi hace un movimiento circular alrededor de su cara.
Les explico la situación: había planeado volver más tarde, pero el equipo
llegó antes a casa. Pero omito la parte de la cámara de gatitos.
—¿Por qué no fuiste al otro lado del pasillo, a casa de tu padre? Todavía
tienes un dormitorio allí —pregunta Hemi.
—Porque lo decoró mi padre, y no tengo valor para decirle que ya no soy
rosa chicle.
Hemi se encoge de hombros.
—Es muy dulce que lo intentara —dice Tally.
Se esforzó mucho y no quiero que se entristezca porque ya no me guste.
Es uno de esos casos en los que no seré sincera con él. Mi padre es la persona
más importante de mi vida.
—¿Pero ustedes dos están bien? ¿No le dirá nada a Roman? —pregunta
Hemi.
—¿Qué podría decir? Oye, colega, tu hija se ha corrido en mi cama.
¿Quieres hablar con ella de ello? —pregunta Dred.
—Roman lo asesinaría —dice Rix—. Con sus propias manos.
—Hollis no dirá nada. —Probablemente yo tampoco debería haber dicho
nada. Me paso las manos por los muslos—. Quizá deberíamos hablar literalmente
de cualquier otra cosa.
Las chicas intercambian una mirada, pero se dejan llevar.
—¿Qué tal la lista de invitados para la gala? —Hemi sugiere.
—¡Sí! —Me doy palmadas en los muslos. La gala es mi bebé de este
semestre y una forma de demostrar que tengo las habilidades necesarias para
organizar y gestionar un evento a gran escala. Es una empresa ambiciosa, pero
si lo consigo, será una adición increíble a mi currículum y me dará un
sobresaliente en Gestión de Eventos—. Tengo una gran idea.
—Todas tus ideas han sido geniales hasta ahora —elogia Hemi—. No sabes
cuánto te agradezco que te hayas hecho cargo de esto. Ha sido una transición
dura pasar de dos pares de manos extra a cero.
Tally y yo trabajamos con Hemi el semestre pasado, y fueron las prácticas
de mis sueños. Lo único que quiero es volver a trabajar en la organización de los
Terror.
—¿Necesitas que me encargue de algo más? ¿Además de la gala? —Me
encanta canalizar mi energía nerviosa en algo constructivo.
—La gala es un proyecto a tiempo completo por sí sola, pero agradezco la
oferta. Tendré las cosas bajo control. —Hemi da un sorbo a su agua—. ¿Dijiste
que tenías una idea?
—Sí. Sí. Entonces, Dallas y Flip asistieron a la Academia de Hockey,
¿verdad?
—Sí. Fueron al programa de verano cuando estaban en el instituto.
—¿Y si invitamos a su personal? Está dirigido por un equipo de leyendas.
¿No sería genial que Alex Waters y Rook Bowman vinieran a la gala? O mejor
aún, Kodiak Bowman. Va camino de ser el MVP este año. Puede que eso sea
disparar a las estrellas, pero sería increíble contar con apoyo fuera del equipo
para este acto benéfico.
—Me encanta. ¿Quieres que llame? —Hemi pregunta.
—Puedo manejarlo. Si necesito algún seguimiento, te lo haré saber. —
Tengo que demostrar que soy capaz de manejar esto por mi cuenta. De lo
contrario, solo parece nepotismo. Mi padre trabajó muy duro para su carrera, y
no quiero que nadie piense que yo no hice el trabajo.
—Suena bien. —Hemi sonríe cálidamente—. Esto se perfila para ser
nuestro mejor evento hasta ahora.
Hammer
Esta noche jugamos de locales y estamos todas en nuestro palco para ver
el partido entre Toronto y Nueva York. Flip Madden, el hermano de Rix que juega
de pívot, acaba de recibir un penalti, lo cual no es sorprendente, ya que su
némesis personal, Connor Grace, juega en Nueva York. Pero un segundo estoy
cabreada por el penalti de Flip, y al siguiente me asusto porque Scarlet Reed, la
actriz, está sentada tres filas más atrás del centro del hielo. Está con otra estrella
de cine. Ni siquiera puedo asimilarlo.
—He oído que iba a salir por aquí. —Hemi se golpea el labio
pensativamente y saca su teléfono—. Me pregunto cuánto tiempo se quedará.
—¿Está filmando localmente? —pregunto—. Me pregunto si vendrá a más
partidos mientras esté aquí. ¿No sería genial?
—¿De qué la conozco? —Tally pregunta.
—Últimamente ha salido en un par de películas, pero The Way We Weren't
fue mi serie favorita durante mi adolescencia. —La veía todas las semanas como
si fuera mi religión, y me llevé una gran decepción cuando la terminaron hace
un año y medio. Pero tengo todos los episodios descargados, así que puedo
darme un maratón cuando quiera.
—¡Oh, sí! Empecé a verla este verano —dice Tally.
A Hemi se le saltan los ojos mientras escanea la pantalla.
—Oh guau. Está aquí filmando hasta principios de junio.
—Me pregunto en qué parte de Toronto estarán rodando —cavilo. Si los
Terror llegan a las eliminatorias, ella podría venir a uno de esos partidos.
—High Park seguro. —La cara de Hemi se ilumina—. Sabes lo que esto
significa, ¿verdad?
—¿Que podría conocerla y hacerme una foto con ella y fangirlear como
una completa perdedora y avergonzarme de mi fangirlismo? —pregunto.
—Sí, y además, estará en la ciudad para la gala —dice Hemi.
La agarro del brazo.
—¿Crees que asistiría?
—Es aficionada al hockey y se trata de un acto benéfico. No estaría de más
extenderle una invitación —dice Hemi—. Además, tenemos la noche con una
subasta de jugadores de hockey, y sabes que será un gran éxito.
—No quiero hacerme ilusiones, pero sería genial. ¿Qué tan difícil sería
conseguir un número de contacto para ella?
—Me pregunto si Hollis todavía habla con ella. Solían salir cuando él
jugaba en Los Ángeles —reflexiona Shilpa—. ¿Tal vez podrías pedirle un favor?
—Sí, pero no sé mucho sobre cómo terminó. —Sé que salieron, pero él
nunca la mencionó y yo nunca pregunté. Es una regla no escrita. Su vida ya es
bastante pública y sé que no debo entrometerme. Ni siquiera sabe que soy su
mega fan. Los medios lo presentaron como una ruptura amistosa, pero ¿quién
sabe si es verdad?
—Veré qué hilos puedo mover para conseguir un contacto —dice Hemi.
—¿Puedo probar primero? —pregunto—. Está relacionado con la gala, y
quiero quitártelo de encima ya que tienes bastante. —Conseguir que Scarlet
asista sería la cereza del pastel de la gala.
—Absolutamente. Me encanta que hagas esto tuyo. —Me aprieta el brazo.
Vuelvo a concentrarme en el partido, la mente me da vueltas mientras
reflexiono sobre este nuevo giro. Hollis entra en el hielo y Tristan le da unas
palmaditas en el hombro en, sentándose en el banquillo. Hollis falla un pase fácil.
Por su expresión y la tensión de sus hombros, está claro que se siente frustrado.
Especialmente cuando Nueva York toma posesión del disco.
—Oh, mierda. Eso no es genial. —Ya estamos abajo por un gol. Apuesto a
que mi padre está cabreado por dejarlo pasar.
Hollis se dirige hacia el pliegue, pero Kodiak Bowman sigue la misma
trayectoria. Hollis gira, dando a Bowman su lado izquierdo en lugar del derecho
cuando chocan. Los palos vuelan y Hollis recibe un codazo en la cara. Cae, y su
casco golpea el hielo con un crujido que resuena por todo el estadio. Me pongo
de pie, junto con el resto de las chicas, mientras se detiene el partido.
—Eso no tenía buena pinta —dice Rix.
—Fue un golpe duro —coincide Hemi.
Me tapo la boca con la mano.
—Realmente espero que esté bien.
Mi padre está justo ahí, arrodillado junto a Hollis con la mano en el pecho
mientras el árbitro se acerca patinando.
El médico del equipo sale al hielo y, tras otro minuto de idas y venidas,
Hollis se pone en pie y patina hasta la puerta con la ayuda del médico del equipo
y de un árbitro. Desaparece por el pasillo. Espero que no esté completamente
fuera del partido.
Bowman recibe una penalización, quitando su juego de poder. Pero es
cinco contra cinco, lo que significa que están trabajando extra duro en el hielo.
El primer periodo se convierte en el segundo, pero no es hasta el comienzo del
tercero que Hollis vuelve al banquillo. Sin embargo, no lo rotan.
Sacudo la cabeza.
—Espero que sean precavidos y no se haya vuelto a fastidiar la rodilla.
El año pasado fue duro para Hollis. Estuve en muchas cenas con él y con
mi padre para hablar de la rehabilitación y de los pasos a seguir si no podía
volver al hielo. Está interesado en ser entrenador de hockey universitario, pero
mi padre cree que sería un gran presentador deportivo. Sin embargo, espero
sinceramente que no tenga que tomar esa decisión ahora. No cuando ha
trabajado tan duro para volver al hielo esta temporada.
La expulsión de Hollis también parece afectar a la moral del equipo. No
pueden mantener el disco lejos de la red, y Bowman marca un gol en los dos
últimos minutos del partido, dando la victoria a Nueva York.
Mientras la arena se despeja, nos quedamos en el palco, todas
preocupadas por Hollis y la pérdida.
—Siento que caminar mañana será una hazaña para la eternidad. —Rix
lanza un trozo de palomitas al aire e intenta atraparlo con la boca, pero se le cae
en la camisa.
Hemi pone sus manos sobre las orejas de Tally.
—Nada como un buen golpe de ira, ¿eh?
Tally pone los ojos en blanco.
—Todavía puedo oírte.
Rix se encoge de hombros.
—O eso, o tendré que usarlo para consolarlo. En cualquier caso, después
de un partido como este, será un monstruo.
—Eres realmente la líder del comité de corrupción —dice Hemi con una
sonrisa burlona.
—Disfruto haciendo que Ash se sienta mejor después de un mal partido —
dice Shilpa con una mirada lejana en los ojos.
—Algún día espero tener a alguien que quiera hacerme feliz después de
un mal día —dice Tally con un suspiro.
Le doy una palmadita en el hombro.
—Tú y yo. —Daría mi teta izquierda por ser yo quien consolara a Hollis
después de un partido así.
Echo un vistazo a los aficionados de la sección de los cien que salen del
estadio. Veo a Scarlet y a su compañero de reparto mientras avanzan por su fila.
Scarlet lleva el número 55 en la espalda y HENDRIX en los hombros.
—Hmm... Tal vez Hollis y Scarlet todavía hablan —musita Hemi cuando sus
ojos siguen los míos—. Podría ser más fácil de lo que piensas conseguir esa
información de contacto.
—Tal vez. —Pero esa es una línea de privacidad que no quiero sobrepasar
con Hollis. Tampoco me gusta la opresión en el estómago, ni la emoción que
identifico como celos. Ella ha aparecido en uno de sus partidos, vistiendo su
camiseta después de más de siete años. ¿Son amigos? ¿Sigue interesado en ella
?
El teléfono de Rix suena con mensajes.
—Parece que los chicos quieren ir al Watering Hole, lo que significa que
puedes venir, Tally. —El Watering Hole es un pub relativamente cercano al lugar
donde viven muchos de los chicos del equipo. Los lugareños que van allí son
respetuosos con el equipo, y los dueños nos atienden muy bien. Es muy diferente
de los clubes a los que Tally no puede ir porque es menor de edad.
—Deberíamos ir allí ahora. Reservar una mesa y pedir una ronda de
bebidas. —Hemi se levanta—. ¿Se apuntan, chicas? Tally, ¿quieres consultarlo
con tu padre primero?
—Sí, déjame mandarle un mensaje.
Salimos del palco y nos dirigimos al estacionamiento del personal, donde
está aparcado el todoterreno de Hemi. Suele ser la conductora designada, ya que
vigila a jugadores como el hermano de Rix, que suelen tomar malas decisiones
en noches como esta.
Llegamos antes que el equipo y separamos una mesa cerca de la barra.
Uno de los camareros habituales, que nos conoce a todas por nuestro nombre,
toma nuestra orden de bebidas. Pero sigo preocupada por el golpe de Hollis en
el hielo. Le envío un mensaje a mi padre para que me ponga al día, pero no
siempre se acuerda de comprobar los mensajes después de un partido. Podría
enviarle un mensaje a Hollis, que suele responder más rápido, pero las cosas
siguen pareciéndome raras. Espero que esté bien.
Tristan, Flip y Dallas aparecen primero. Flip y Dallas se dirigen a la barra,
mientras Tristan se dirige a Rix. Tan pronto como la alcanza, sus dedos se
deslizan por el borde de su mandíbula hasta el hueco detrás de su oreja, y su
pulgar se desliza en la dirección opuesta. Parece como si la tomara por el cuello,
suavemente, y luego se inclina y roza su nariz con la de ella.
Cada vez que lo hace, Rix se convierte en un charco gigante, y Tally
parece a punto de morir. Hemi sonríe. Los observo fascinada.
—Ese partido fue una mierda —murmura.
—Fue una estupidez —coincide Rix.
Sus fosas nasales se agitan y suspira.
—¿Un trago y nos vamos, Bea?
—Ya veremos.
Tan pronto como la suelta, salto.
—¿Cómo está Hollis?
Tristan se vuelve hacia mí.
—Tiene una conmoción cerebral leve, pero por lo demás, creo que está
bien. Él y Roman se fueron a casa directamente del partido.
—¿No van a salir? —pregunto. Incluso después de un mal partido, mi
padre suele salir con el equipo.
—No. Hollis tiene dolor de cabeza, y Roman se ofreció a estar de guardia
esta noche, así que se lo saltaron.
—¿Tan malo fue?
—Estuvo callado en el vestuario, pero tu padre probablemente sabe lo
que pasa —ofrece Tristan.
—De acuerdo. Gracias por ponerme al día. —No quiero exagerar, pero
Hollis es bueno aguantando el dolor. Que se haya ido directo a casa me hace
preguntarme si está más herido de lo que dice.
—¿Necesitan algo, chicas? —Tristan pasa el pulgar por encima de su
hombro—. Voy a ver si puedo evitar que Flip tome decisiones que acaben con
sus campañas promocionales.
—Te lo agradezco, Tristan —dice Hemi—. Tengo más que suficiente para
manejar sin Flip añadiendo incendios que apagar.
—Recuerda que dijiste eso cuando necesites a alguien que se disfrace de
payaso. —Besa a Rix en la mejilla y se une a Flip y Dallas.
Rix suspira.
—Al menos no está tratando de conquistar el mundo con su polla esta
noche.
—¿Por qué suele ser tan puto? —le pregunto.
—Tu suposición es tan buena como la mía —dice—. Tenemos unos padres
estupendos y nuestra infancia fue estable. Tuvo una novia durante casi toda la
secundaria, pero después de llegar a profesional... —Sacude la cabeza—. No sé
lo que ha estado intentando demostrar, pero seguro que no es bueno para quien
acabe con su corazón. Cuando finalmente se enamore, tendrá que lidiar con las
consecuencias de años de sexo sin sentido al por mayor. Tengo la sensación de
que se trata menos de que le encante el sexo así, sino que está literalmente
ahogándose a sí mismo en otras personas. Los dos hemos empezado terapia,
pero no quiero hablar de ello con él. Cada uno está en su camino, ¿sabes?
—Hmm, es una teoría interesante —reflexiona Hemi.
Tally pincha el hielo de su bebida, con aire triste.
Por fin suena mi teléfono con un mensaje de mi padre.

Papo
Lo siento, acabo de ver esto ahora. Hollis y yo nos estamos relajando, y
estoy en vigilancia por conmoción cerebral. Hasta ahora parece estar bien,
pero tiene un dolor de cabeza infernal.

Aurora
¿Es solo una conmoción cerebral?

Papo
Crucemos los dedos, pero veremos cómo se encuentra mañana.

Aurora
¿A qué hora es el entrenamiento por la mañana?

Papo
No es hasta las nueve.

Tengo clase por la mañana temprano. Quiero hablar con mi padre antes
de que se vaya a la cama.

Aurora
Me dirijo a casa ahora. ¿Puedo subir a verte antes de que te vayas a la
cama?

Papo
Por supuesto.

Aurora
Nos vemos.

Papo
Cuídate, te quiero.

Aurora
Lo haré, te quiero.

—Voy a tomar un Uber. Mi padre está en alerta por conmoción cerebral —


les digo a las chicas.
—Puedo llevarte —ofrece Hemi—. Tally necesita estar en casa pronto, de
todos modos.
Dejo mi copa a medias y abrazo a las chicas. Rix acaba quedándose con
Tristan porque Flip está en pleno modo de autoflagelación y también borracho,
algo que no hace a menudo. Está claro que se siente como un saco de mierda
gigante. Aunque no quiero echarle la culpa a nadie, si hubiera mantenido la
compostura y no hubiera dejado que Grace se metiera en su piel, quizá Hollis no
tendría una conmoción cerebral. Pero no conozco la historia de Flip con Grace.
Y claramente hay una. Dos personas no se odian tanto sin una maldita razón.
Hemi me deja y, una vez en el ascensor, envío un mensaje a mi padre para
avisarle de que estoy subiendo.
Me recibe en la puerta, vestido con su típica ropa de cama: unos
pantalones de franela a cuadros y una camiseta blanca.
—Hola, chica. Lamento no haber visto tu mensaje antes. —Parece cansado
cuando abre los brazos y yo me meto en ellos, rodeándole la cintura con los míos.
Nunca ha tenido una lesión grave en sus veinte años de carrera y, hasta el año
pasado, Hollis había estado igual. Es aterrador ver cómo alguien a quien aprecio
se lesiona, sobre todo por segunda vez.
—¿Cómo estás? ¿Cómo está Hollis? —pregunto.
Me da un apretón, da un paso atrás y se pasa la mano por el cabello.
—Estoy bien. Odio perder, pero forma parte del juego. ¿Y Hollis? Los
dolores le llegarán mañana. Volví a ver el golpe cuando llegué a casa. Cayó con
fuerza.
—¿Y la conmoción cerebral? ¿Es grave? —Si es grave, podría afectar a
algo más que a la posibilidad de jugar. No estar en el hielo con su equipo y tener
que quedarse atrás cuando viajaban después de su lesión afectó más que el
cuerpo de Hollis el año pasado. Durante un tiempo, estuvo deprimido. Pasé
mucho tiempo en su casa, ordenando, asegurándome de que estaba bien, de que
comía adecuadamente y de que no se ahogaba en preocupaciones y «y si...»
Sobre todo, cuando se quedaba en su casa y el equipo estaba fuera. Entonces
estábamos más juntos. Pasar todo ese tiempo con él alimentó mi enamoramiento.
Papá se frota la nuca.
—El médico del equipo sugirió que lo despertemos cada pocas horas.
Las conmociones cerebrales no son tan raras como nos gustaría.
—¿Cuánto tiempo ha estado fuera?
—No mucho. Iré a verlo a las tres y luego a las seis —dice.
—Puedo tomar el turno de las seis. Estaré fuera a las siete y media. Así
podrás dormir un poco más y ver cómo está antes de irte a entrenar —le ofrezco.
—¿Estás segura de que es suficiente sueño para ti?
—Me levantaré sobre esa hora de todos modos, y puedo quedarme en mi
antigua habitación esta noche para hacerlo más fácil. —No puedo esperar hasta
mañana por la noche para ver por mí misma que está bien, pero no puedo
decírselo a mi padre, sobre todo después de lo que hice. Me preocupa que me
descubra. Tiene una norma estricta de no involucrarme con jugadores de
hockey, y no soporto la idea de que se decepcione conmigo.
—Si estás segura de que no te importa —concede papá.
—En absoluto. Bajaré a mi apartamento y buscaré lo que necesito.
—De acuerdo. Gracias, chica.
Vuelvo a mi apartamento, lleno una bolsa de viaje y me dirijo a casa de mi
padre.
—Me alegro de tenerte aquí esta noche, aunque las circunstancias no sean
las ideales. —Papá me abraza—. ¿Cenamos juntos mañana?
—Eso suena genial, Papo. Puedo hacer mis macarrones con queso caseros
especiales. —Es su favorito después de una gran pérdida.
—Eso sería increíble. Hollis también lo apreciaría.
Lo mando a la cama y me detengo en la cocina para servirme un vaso de
agua y poner los pocos platos que hay en la encimera en el lavavajillas. Echo un
vistazo a la nevera y veo que le faltan algunos productos básicos. Sobre la
encimera hay una lista. Intento constantemente que use una aplicación, pero es
un poco chapado a la antigua. Somos un equipo de dos, incluso con sus listas de
papel.
Una vez me he ocupado de las cosas de la cocina, camino por el pasillo
hasta mi antiguo dormitorio y suspiro mientras me deslizo entre las sábanas de
color rosa intenso. ¿Cómo se enfadaría papá si supiera lo que hice en casa de
Hollis? ¿Cómo se enfadaría con Hollis por darme permiso para usar su casa para
auto gratificarme? No quiero ni imaginarme su reacción. Nada de jugadores de
hockey es la única regla que ha hecho cumplir. No necesitábamos otras. Soy su
chica, y él es mi padre. Siempre hemos sido una unidad de dos. Yo cuido de él y
él cuida de mí. Es muy protector. Toda su energía la ha puesto en el hockey y en
mí. Lo quiero, pero a veces me gustaría no ser la única mujer de su vida. Tiene
un gran corazón, pero a veces toda esa atención puede resultar un poco
abrumadora. Me siento obligada a ser perfecta todo el tiempo, siempre
queriendo hacerlo feliz.
Pongo el despertador y me acomodo para descansar. A las dos y cincuenta
y dos, me despierto con el sonido de la puerta del apartamento abriéndose y
cerrándose, y de la alarma al sonar. A las seis suena el despertador. Me cepillo
rápidamente los dientes y el cabello y cruzo el pasillo para ir a casa de Hollis.
Postie y Malone maúllan de emoción mientras tecleo el código de la alarma.
Antes de ir a ver a Hollis, les doy a los dos una generosa ración de comida
húmeda.
Se me humedecen las palmas de las manos y se me seca la boca al
acercarme a la puerta de su habitación. Se me revuelve el estómago de
vergüenza y mis partes íntimas se estremecen al recordar lo que hice la última
vez que estuve aquí. Me frustra pensar en eso en un momento como este. Hollis
tiene una conmoción cerebral. Necesita que lo cuiden, no que lo miren.
Abro la puerta. Está tumbado boca arriba y el edredón se ha hecho a un
lado, dejando al descubierto una pierna desnuda. Las sábanas le rozan la cintura,
con el pecho desnudo y los tatuajes a la vista. Aunque lo he visto muchas veces
en bañador, suele ser el tipo que se pone una camiseta cuando sale del agua.
Sin embargo, la última vez que lo vi sin camiseta fue la semana pasada,
recién salido de la ducha y envuelto solo en una toalla. Una línea de luz se filtra
por un hueco en las cortinas y atraviesa su vientre, resaltando unos abdominales
ondulados y su pecho definido, marcado con tinta vibrante. Anhelo trazar el
contorno de esas hojas con la punta de los dedos.
—Deja de mirarlo y asegúrate de que está bien, idiota —susurro.
Respiro hondo para calmarme y cruzo la habitación, pronunciando su
nombre en voz baja. Me parece ilícito estar en su espacio privado con él. Ya me
he ocupado de él antes, pero lo que he hecho aquí lo cambia todo. Sobre todo,
porque él lo sabe.
Vuelvo a llamarle, esta vez más alto, pero lo único que consigo es un
pequeño ronquido. Me siento en el borde de la cama para sacudirle el hombro.
—Hola, Hollis. Despierta un momento.
Gime y rueda hacia mí.
Así es más fácil empujarlo.
—Vamos, Hollis. Despierta. —Su piel es cálida y suave, y no debería dejar
que mis dedos se quedasen, pero el zumbido que viaja por mi brazo hace que
sea difícil apartarse.
Gruñe.
—Vamos, Hollis. Abre los ojos para mí, por favor. —La ansiedad hace que
mi corazón se acelere. Necesito que esté bien.
Se pone boca arriba y me agarra la mano. Me veo obligada a inclinarme
hacia él para apoyar mi palma en su pecho y la mantiene cautiva.
Exhalo un suspiro, insegura ante la intimidad involuntaria. Echo de menos
lo fáciles que solían ser las cosas entre nosotros, pero no puedo volver atrás en
el tiempo. Todos esos sentimientos que había mantenido enterrados han salido a
la luz, y siguen creciendo. Su corazón tamborilea con fuerza bajo mi mano. Lo
que más deseo es estirarme a su lado, apoyar la cabeza en su pecho y decirle lo
asustada que estoy, por él, por mí, por lo que le está pasando a mi corazón. Por
la horrible y maravillosa esperanza que se enrolla en torno a esa única frase: «si
las cosas fueran diferentes». Esas cinco pequeñas palabras han inclinado mi
mundo. Se trata de algo más que excitarme pensando en él. Más de una vez, me
he sorprendido soñando despierta con ser su novia. En acurrucarme con él en el
sofá. Ser su persona. Cuidando de él, como hago ahora.
—Hollis —mi voz se quiebra por la emoción.
Su mano callosa me recorre el antebrazo y sube por el bíceps hasta el
hombro. Está claro que no está despierto. No tiene ni idea de lo que está
haciendo, de que está jugando directamente con la fantasía que he tejido. Pero
me quedo helada cuando sus cálidos dedos rozan la columna de mi cuello y se
deslizan bajo mi cabello.
Hollis hace un ruido, bajo y profundo.
«Si las cosas fueran diferentes...»
Su mano me rodea el cuello mientras abre los ojos. Me quedo sin aliento
cuando parpadea en la oscuridad. Aún falta una hora para que salga el sol, así
que solo la luz ambiental de los edificios de enfrente atraviesa la oscuridad.
La mano que tengo al lado del cuello se mueve, los dedos recorren el
borde de mi mandíbula. Es vergonzoso la cantidad de veces que he deseado
esto. He deseado que Hollis me deseara como yo lo deseo a él. Imaginarlo
tocándome así. Sentir sus labios sobre los míos.
Muchas cosas cambiaron tras su accidente sobre el hielo el año pasado.
Dejó de ser solo el mejor amigo de mi padre y una estrella del hockey que yo
deseaba en secreto. Nos hicimos amigos fuera de mi padre. Vi a Hollis
vulnerable, inseguro de su futuro. Las líneas empezaron a cambiar. Me confiaba
sus preocupaciones sobre su futuro en el hielo, su miedo a lo desconocido. Me
dijo que quería robarme parte de mi entusiasmo y emoción por lo que tenía
delante. Se convirtió en más, y nosotros nos convertimos en más. Al menos para
mí.
Su mirada desenfocada se encuentra con la mía.
—Necesito dejar de soñar contigo.
Mi respiración se entrecorta y mi corazón tartamudea. Le sujeto la mano.
—No estás soñando. Estoy comprobando que estás bien.
—¿Princesa? —Sus cejas se juntan.
Secretamente me encanta cuando me llama Princesa.
—Ey, hola. Lamento despertarte.
—No deberías estar aquí. —Su mirada recorre mi rostro y desciende hasta
mi pecho, sus ojos se oscurecen antes de levantarse de nuevo.
Le suelto la mano, que cae sobre la cama y sus dedos rozan mi rodilla.
—Anoche sufriste una conmoción cerebral. Tengo clase temprano, así que
le dije a mi padre que te vería. ¿Recuerdas lo que pasó?
—¿Qué ha pasado? —Se pasa la lengua por el labio inferior.
—En el partido. ¿Te acuerdas? —presiono.
Parpadea varias veces.
—Scarlet.
—¿Reed? ¿La actriz? Estaba en el partido. —Mi estómago se aprieta. Mi
fantasía se disuelve. Tal vez él la invitó. ¿Y si vuelve a interesarse por ella? Es
guapa, culta y mucho más cercana a su edad. Odio estar celosa.
Asiente una vez y suspira.
—Me desconcertó. No esperaba que estuviera allí.
El alivio es un yunque y un problema.
—¿Recuerdas lo que pasó después de verla?
Sus ojos se cierran.
—Recibí un golpe. Joder. —Abre los ojos y se incorpora de golpe. Se lleva
la mano a la sien y hace una mueca—. Mi cabeza.
Salto de la cama y doy un paso atrás. Me retuerzo las manos y cruzo los
brazos para ocultar los pezones.
—Puedo conseguirte un analgésico. Deja que te traiga un analgésico.
Se quita las sábanas y descuelga las piernas por encima de la cama.
—No pasa nada. Me las arreglaré. —Respira hondo y se levanta. Se
balancea un segundo, con la mano en la frente.
Le apoyo la palma de la mano en el hombro. Pesa unos cuarenta kilos más
que yo. No podré detenerlo si cae.
—Por favor, Hollis. Déjame ayudarte.
Sus dedos me agarran la muñeca. La energía eléctrica me recorre las
venas y convierte mi cuerpo en un cable en tensión. Exhala con dureza y su
mirada tarda en levantarse del suelo. Se detiene en mi pecho, donde mis pezones
traidores se agudizan contra la fina tela. Su mandíbula tiembla, y su garganta se
sacude.
Sus ojos se cierran de nuevo.
—Necesito que te vayas, Princesa.
—Pero yo... —Mi mirada cae, y mi aliento me abandona—. Oh. —Suena
como un gemido.
Hollis solo lleva un par de calzoncillos bóxer. Calzoncillos blancos. Y no
hacen absolutamente nada para ocultar la erección matutina que está luciendo.
—Ahora, por favor. —Su voz es áspera mientras suelta mi muñeca.
—Sí. Bien. Me voy. Lo siento. —Salgo a toda prisa de su habitación. Me
tiemblan las manos cuando activo la alarma y salgo en silencio. También me
tiemblan las manos cuando vuelvo a entrar en casa de mi padre. No vuelvo a
activar la alarma. En lugar de eso, recojo todas mis cosas de mi antigua
habitación y me pongo una sudadera con capucha para ocultar mis pezones.
Tomo el ascensor hasta mi apartamento.
No debería perderme en mi Batipene. No debería dejarme llevar por la
fantasía de Hollis llevándome a la cama con él. Besándome. Tocándome.
Llenándome. Pero lo hago.
Hollis
—¿Calentando el banquillo durante dos semanas por una contusión leve?
¿Es necesario? —Me molesta que esto sea siquiera una conversación.
—Prefiero tenerte fuera dos semanas ahora que durante las eliminatorias
porque no tomamos la decisión correcta —dice el entrenador—. ¿Por qué no lo
volvemos a evaluar la semana que viene?
Golpeo el brazo de la silla. Es difícil discutir su lógica, sobre todo porque
me siento como si me hubiera atropellado un camión.
—Una semana.
La expresión del entrenador se vuelve empática.
—Sé que esto es frustrante, Hollis, pero no quiero correr riesgos
innecesarios.
—Se lo agradezco. —Y escucho todas las cosas que no dice. Que yo esté
en el hielo ahora mismo es un lastre. No quiero fastidiar a mi equipo, pero esto
es un gran paso atrás. He trabajado demasiado para volver esta temporada en
plena forma—. ¿No debería Doc tener la última palabra sobre cuando estoy listo
para el hielo?
—Así será.
—Bien. Tengo fisioterapia en veinte, y quiero aprovecharla al máximo, así
que a menos que haya algo más, me voy.
—Estamos bien aquí.
Paso dos horas en fisioterapia, seguidas de una sesión con el masajista y
el acupuntor mientras el resto del equipo práctica. Estoy rígido, dolorido e
incómodo. Me duele el hombro y el cuello.
Después de eso, me encuentro con Flip mientras espero a Roman. Parece
un saco de mierda, y probablemente soy la última persona a la que quiere ver,
pero de todos modos se dirige directamente hacia mí.
—Lo de anoche fue culpa mía —dice inmediatamente—. Dejé que Grace
se metiera bajo mi piel, y debería saberlo mejor. Lo siento, hombre.
Levanto una mano.
—Tu sanción no es la razón por la que estoy lesionado. —Sin embargo, es
un factor que contribuye.
—Si yo no hubiera estado en el banco, quizá tú no habrías estado en el
hielo —argumenta, decidido a hacerse el mártir.
—Estaba distraído. —Gracias a que mi ex apareció por sorpresa—. Nueva
York explotó una debilidad. Cualquiera que sea tu problema con Grace, hazte a
la idea para que no afecte a tu juego en el futuro.
Se frota la nuca.
—Ese tipo habla todo el tiempo.
Asiento.
—No permitas que te afecte. Bloquea el ruido. Agacha la cabeza y céntrate
en el partido.
—Solo sabe cómo golpear mi talón de Aquiles. ¿Cuánto tiempo estarás
fuera del hielo? —pregunta cambiando de tema.
—Esperemos que solo una semana.
—¿Estás bien?
—Sí, he tenido lesiones peores. —Se supone que es una broma, pero no
sale bien. Todo esto me sacude. No quiero entrar en pánico, pero me recuerda
al año pasado.
Roman y Tristan aparecen y nos invitan a comer algo, pero estoy cansado
e incómodo, así que declino la invitación. Roman me sigue y nos dirigimos al
estacionamiento.
Él capta la forma cuidadosa en que me deslizo en el asiento del pasajero.
—¿Sientes el golpe?
—Sí. Ya sabes cómo es el día después. Es cuando las cosas se endurecen.
—¿Quieres ir al jacuzzi cuando lleguemos a casa? Puede que te ayude a
recuperarte —sugiere.
—Buena idea. —Saco el móvil del bolsillo y frunzo el ceño al ver los nuevos
mensajes. Mi ex es la última persona con la que quiero tratar.
—¿Recibiste una noticia que no te gustó? —La preocupación de Roman es
genuina.
—Scarlet envió un mensaje.
—¿Ah, sí? Está en la ciudad filmando por un tiempo, ¿no?
—Aparentemente. Era noticia para mí. —Dejé de prestar atención a
Scarlet y su carrera cuando fui traspasado a Toronto.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?
—Han pasado algunos años. —Tres, según la fecha del último mensaje que
envió.
—¿Qué está diciendo? —Roman no tiene ni idea de lo que pasó con ella,
solo que salimos, y nuestra relación terminó cuando me mudé aquí.
Me rindo y compruebo el mensaje. Evitarla indefinidamente será difícil si
sigue apareciendo en mis partidos.

Scarlet
Supongo que ahora sabes que estoy en la ciudad. Había planeado
enviarte un mensaje antes del partido, pero perdí los nervios. Fue un duro
golpe el que te diste. Espero que estés bien. ♥ Tal vez cuando te sientas bien
podríamos tomar algo y ponernos al día.

—Quiere ponerse al día, sea lo que eso signifique. —Scarlet y yo tenemos


una historia complicada y dolorosa que no me interesa revisar. Su repentina
reaparición en mi vida es desconcertante. Especialmente considerando que
verla en el juego me desconcentró. Además, la forma en que me he despertado
esta mañana, con Peggy sentada en el borde de mi cama, añade otra capa que
no quiero examinar demasiado de cerca.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste? —Roman pregunta.
—No desde que me fui de LA. —Me propuse no estar nunca disponible
después de un partido fuera de Los Ángeles, y ella tuvo un novio durante varios
años, lo que hizo que no verla fuera fácil. Pero desde entonces se han separado.
—¿Sería tan malo tomar algo con ella? Ha pasado mucho tiempo desde que
rompieron. Los dos están en diferentes momentos de sus vidas. Podría ser
catártico al menos tener una conversación en lugar de evitarla mientras está en
tu ciudad durante los próximos meses. Al final acabaran en el mismo sitio a la
misma hora.
Dejo caer la cabeza contra el respaldo del asiento, con cuidado. Tiene
razón. Dejarla colgada hará que sea más incómodo cuando por fin nos
encontremos. Vuelvo a mirar el móvil.
Hollis
¡Hola! Me alegro de saber de ti. Veré los próximos partidos desde el
banquillo, pero por lo demás estoy bien. ¿Cuánto tiempo estarás en la ciudad
filmando?

Lo envío antes de que me dé tiempo a recapacitar y cambiar la última


frase, lo que lo deja abierto a una respuesta. Pero vuelvo a guardar el dispositivo
en el bolsillo, reacio a continuar la conversación de inmediato. No quiero darle
una impresión equivocada.
Siento que ya hice eso con Peggy esta mañana. Estaba fuera de mí,
convencido de que debía estar soñando. Últimamente me pasa mucho: Peggy se
infiltra en mis sueños en situaciones no sexuales. Especialmente desde que
encontré lo que encontré en mi habitación. Pero se trata de algo más que mis
hormonas. A veces me sorprendo pensando en estar con ella de maneras que
son imposibles. Inocuas como ver una película juntos con ella en mis brazos, o a
veces algo más primario. No sé cómo lidiar con la forma en que las cosas han
cambiado entre nosotros. Ya no la veo como antes, antes de que empezara a
hacer prácticas con Hemi para el equipo, y eso me está fastidiando. No estaba lo
suficientemente alerta como para impedirme tocarla como lo hago en mi
subconsciente. Al menos mi cerebro se conectó antes de que hiciera algo
realmente estúpido.
—Oye, hermano. ¿Estás bien ahí? —Roman pregunta.
—Sí. ¿Qué pasa?
—Estamos en casa.
—Oh, mierda. —Estamos estacionados en su lugar, al lado de mi auto.
Después del jacuzzi, Roman me invita a comer macarrones con queso con
él y Peggy, pero declino la invitación. Me toca esquivar y evadir.

Ver el próximo partido desde el banquillo apesta. Pero al menos ganamos.


Una vez más, Scarlet está aquí, llevando una camiseta con mi nombre en la
espalda. Es sábado por la noche, así que cuando los chicos sugieren una
discoteca, digo que sí. Llevo días encerrado y vuelvo a sentirme yo mismo.
Necesito desahogarme un poco.
Nos duchamos, nos cambiamos y dejamos los vehículos en casa, y luego
Roman, Tristan, Flip, Dallas, Ashish y yo tomamos un Uber para ir a uno de los
exclusivos clubes del centro. Según Tristan, las chicas, es decir, probablemente
Rix, Peggy, Shilpa y Hemi, ya están allí.
—Es el segundo partido en el que ha estado Scarlet en la última semana —
dice Roman de camino.
—Sí. Ya sé a dónde va con esto, y no estoy de humor.
—Rix veía ese programa en el que participaba durante toda la secundaria
—dice Flip.
—Querrás decir The Way We Weren't —ofrezco a regañadientes. Fue un
alivio cuando por fin terminó la serie y ya no tuve que ver anuncios de ella.
—Ese mismo.
—¿En serio? ¿No era como un drama adolescente? Ella es más de películas
de acción —dice Tristan, frotándose el labio inferior para ocultar una sonrisa—.
Eso es lo que vemos juntos.
—Vete a la mierda. Borra esa mirada de tu cara. —Flip le da un puñetazo
en el brazo.
—¡Ay! ¿Qué demonios? ¡Yo no he dicho nada!
—No tenías que hacerlo. Llevas esa sonrisa y sé lo que significa.
Tristan se encoge de hombros, con la sonrisa aún en la cara.
—No es culpa mía que Bea elija películas de acción.
—Deja de hablar o te daré un puñetazo en las pelotas. —Flip se vuelve
hacia mí—. Ella y Essie veían ese programa cada maldita semana. Se apoderaban
de la sala de estar y chillaban cada maldito episodio. Solíamos pelearnos porque
ella quería verlo mientras había un partido, y solo teníamos un televisor.
—A Peggy le pasaba lo mismo con ese programa —dice Roman.
—¿En serio? —Nunca la vi verlo. Aunque, cuando Peggy era adolescente,
casi siempre era torpe y callada, o se encerraba en su habitación si no salía con
sus amigos.
Roman se encoge de hombros.
—Había una televisión en el dormitorio de invitados. Solía pasar mucho
tiempo allí cuando llegó a la adolescencia. Scarlet era su actriz favorita.
—Ja. —No debería importar que a Peggy le encantara esa serie o Scarlet
como actriz. Tampoco debería importar que yo no lo supiera, pero, por alguna
razón, todo esto me molesta. Desde mi accidente del año pasado, Peggy había
empezado a confiar mucho más en mí, sobre todo cuando me quedaba en casa
mientras el equipo viajaba. Pero últimamente hemos tenido algunas
interacciones incómodas.
Cuando llegamos al club, nos saltamos la cola y encontramos a las chicas
en la sección VIP. Levantan un surtido de vasos cuando nos acercamos. Hemi
probablemente esté bebiendo agua con gas, ya que no se suelta durante la
temporada normal. Shilpa a veces se permite una o dos copas, dependiendo de
la noche. Rix y Peggy, sin embargo, parecen haber decidido que esta noche es
la noche del martini. Peggy tiene la constitución de un atleta y suele aguantar
bien, pero los martinis tienen un estrecho margen de error.
—¡Por fin! Han tardado bastante. —Rix se desliza fuera de la cabina, su
martini chapoteando peligrosamente. Llevaba jeans y camiseta en el partido,
pero ha cambiado la camiseta por un crop top.
Peggy se desliza tras ella. También ha cambiado de vestuario, pero el suyo
es mucho más drástico. Llevaba jeans y una camiseta, lo cual me parece bien,
sobre todo porque oculta su cuerpo atlético. Pero ahora lleva tacones de tiras y
un vestido negro ceñido que le sube por los muslos y acentúa todas sus curvas.
Lleva los ojos delineados en negro para resaltarlos, y los labios de un rosa
brillante y pecaminoso. Es un puto problema que me dé cuenta de lo guapa que
está. Y es aún más problemático que esta noche quiera cambiar mi papel de
guardaespaldas en la pista de baile. Quiero ser el hombre que la estreche contra
sí. Verla vestida así me hace querer llevármela a casa y meterla en mi cama.
—Hola, Papo. —Gracias a los tacones, no tiene que ponerse de puntillas
para besarle la mejilla.
Él frunce los labios.
—¿De dónde salió este vestido?
—Una tienda. —Pone los ojos en blanco—. Y si no tienes nada bueno que
decir, no digas nada. —Su mirada se desplaza brevemente hacia mí, pero sus
ojos no se elevan por encima de mi barbilla—. Hola, Hollis. —Golpea a Roman
en el pecho—. Vamos a bailar y no necesitamos guardaespaldas. —No es que
importara, porque nadie del equipo tendría las pelotas suficientes para
coquetear con la hija de Roman Hammerstein.
Hemi se desliza fuera de la cabina. Lleva un vestido azul hielo y tacones a
juego, siempre representando al equipo. Hemi aprieta el hombro de Roman.
—La vigilaré.
—Te lo agradezco —dice Roman.
Hemi señala a Flip con un dedo manicurado.
—Por favor, intenta que mañana no sea una pesadilla de relaciones
públicas para mí. Realmente no tengo tiempo para ello.
Levanta la vista del teléfono.
—Me comportaré lo mejor que pueda.
—Eso es cosa mía. —Le hace una seña a Dallas al pasar a su lado.
—Siempre es agradable ver tu hermosa sonrisa, Willy. —Dallas es el único
que acorta Wilhelmina a esto en lugar de Hemi, probablemente porque le
molesta.
—Cómete tu propia polla, Dallas. —Hemi desaparece en la multitud
palpitante de cuerpos.
—¿Soy yo, o te odia más de lo normal esta semana? —Ash pregunta.
Dallas se mete las manos en los bolsillos del pantalón.
—Siento que se está ablandando un poco. La semana pasada me dijo que
había soñado que contraía un herpes genital tan grave que se me caía la polla.
Así que decirme que me la coma parece una mejora menor.
—Guau. Eso es un odio serio, ¿no?
Dallas asiente.
—Sí, pero hay una delgada línea entre el amor y el odio, así que quizá al
final se canse de odiarme.
Roman sigue mirando hacia la pista de baile, con el ceño fruncido y
preocupado.
Le doy una palmada en el hombro.
—Estará bien. Y con Rix ahí fuera, Tristan estará de guardia.
Todos miramos alrededor buscando a Tristan, pero se ha ido,
probablemente haciendo exactamente lo que dije. Gracias a Dios. Si veo a
alguien ponerle las manos encima, perderé la puta cabeza.
Roman suelta un suspiro.
—Necesito un trago.
Nos acomodamos en el reservado y el camarero aparece inmediatamente
para tomarnos nota. A Dallas no le gustan los licores fuertes, así que pide una
cerveza.
Es el tipo de club que frecuentan las estrellas y las figuras del deporte para
evitar las hordas de admiradores, a veces demasiado entusiastas. Voy por la
mitad de mi whisky con hielo cuando veo a Scarlet. Está con una coprotagonista
que me resulta familiar.
—¿Lo publicaste en las redes sociales? —le pregunto a Flip.
—Sí, ¿por qué? —Su mirada sigue la mía—. Oh, mierda.
—Oh, mierda es verdad —murmuro cuando su amiga señala en nuestra
dirección y una amplia sonrisa se dibuja en el rostro de Scarlet. Supongo que si
tengo que verla, mejor que sea con amigos y en un lugar público.
—¿Sigues interesado en ella? —Flip pregunta mientras se acerca.
Le lanzo una mirada en blanco.
»¿Eso es un no o un sí?
No tengo tiempo de responder, porque la tenemos delante.
—¡Hola! ¡Me preguntaba si saldrías esta noche! —grita por encima de la
música.
No quiero ser un idiota maleducado, así que me deslizo fuera de la cabina
para saludarla.
—Hola. ¿Cómo estás?
Es impresionante. Eso no ha cambiado. Pero por la forma en que me
revuelve el estómago, aún no me gusta cómo terminaron las cosas entre nosotros
hace tantos años.
—Estoy bien. Me alegro mucho de verte. —Sus ojos se mueven sobre mí
de una manera apreciativa, y su expresión se vuelve tímida.
Antes me parecía sexy, pero ahora no siento nada.
—Te ves estupendo. —Sus manos se posan en mi pecho y me besa la
mejilla.
—Tú también. —Le doy unas torpes palmaditas en la espalda y agradezco
que deje de tocarme.
Pero no dura mucho. Me agarra del antebrazo, con expresión seria.
—No sabes cuánto me alegro de verte. Es que... hace tanto tiempo que
quería hablar.
Arrancar la tirita es la mejor manera de evitarlo.
—Estábamos destinados a encontrarnos, en algún momento.
—Especialmente viéndote en el hielo. ¿Volverás pronto al juego?
—Esperemos. —Dios, esto es incómodo—. ¿Por qué no te presento a mis
compañeros de equipo?
—¡Oh! ¡Sí! Por favor. —Agarra el brazo de su amiga—. Y esta es Candice
Claymore. Estamos trabajando juntas en una nueva película.
—He oído hablar mucho de ti —dice Candice—. Es genial conocerte por
fin. —No estoy seguro de querer leer demasiado en su sonrisa.
—Encantado de conocerte, también. —Mi voz es inflexible.
Tras una ronda de presentaciones, Flip, como es Flip, intenta ligar con las
dos. Pero Scarlet no se molesta, y Candice parece más interesada en Dallas, que
se concentra en la pista de baile y no en ella.
Scarlet se pega prácticamente a mi lado, preguntándome cómo he estado,
qué hago, si salgo con alguien. La conversación en resulta forzada e incómoda.
No es la primera vez esta noche que mi mente y mi mirada divagan.
Finalmente, Rix, Hemi y Peggy vuelven a la mesa con Tristan a remolque,
con el ceño fruncido como si estuviera dispuesto a cometer un asesinato. Shilpa
y Ashish todavía podrían estar por ahí. Nadie existe fuera de su burbuja de dos
cuando están juntos en la pista de baile.
Hemi agarra a Peggy del brazo y se inclina para decirle algo. De repente,
sus ojos se abren de par en par y se queda boquiabierta. Levanta la mano para
tapársela mientras observa la mesa. Rix se fija en Scarlet y se agarra al otro brazo
de Peggy. Rix chilla y Hemi sonríe.
Espero que Peggy tenga una reacción similar después de lo que ha dicho
Roman, pero su mirada se fija en la mano de Scarlet, que está apoyada en mi
antebrazo. Tiene las piernas cruzadas y se inclina hacia mí, lo que significa que
su pie me roza la espinilla.
La repentina ola de culpabilidad es chocante e inesperada. Peggy está
fuera de los límites. No puedo permitirme tener sentimientos por la expresión de
su cara. Pero el pecho se me retuerce incómodo ante el destello de dolor.
Decirle que está bien que use mi casa para tener intimidad cuando estoy
fuera de la ciudad me parece una línea que no puedo cruzar. También lo fue
ponerle las manos encima cuando estaba en mi habitación la otra mañana. Y el
hecho de que no pueda dejar de pensar en ella es mi propio problema.
—Scarlet, esa es mi hija, Peggy, en el medio. Es una gran fan. —Roman
señala a las chicas.
Los ojos de Scarlet se amplían.
—¿Hija?
—Yo era una adolescente hormonal. Bueno, su madre y yo éramos dos
adolescentes hormonales que no leímos la letra pequeña sobre la combinación
de píldoras anticonceptivas y antibióticos. Pero fue el mejor “ups” de la historia.
—Roman sonríe con cariño a Peggy.
Scarlet se lleva la mano al pecho.
—Ooh... Me encanta que salgan juntos. Es tan divertido.
—Peggy probablemente piense un poco diferente al respecto.
Hemi y Rix flanquean a Peggy, cada una sujetando un brazo mientras la
arrastran hacia delante. Tiene los ojos muy abiertos y se le ha ido el color de la
cara.
Scarlet se desliza fuera de la cabina y me agarra de la mano, tirando de mí
con ella.
—¡Preséntame!
Me limpio las manos húmedas en los pantalones.
—Scarlet, este es Hemi Reddi-Grinst, nuestra encargada de relaciones
públicas del equipo.
—¡Es un placer conocerte! —Se dan la mano.
—Me encantan todas las organizaciones benéficas que apoyas. Soy una fan
incondicional de la promoción de tu equipo —dice Scarlet.
Hemi, siempre serena, acepta amablemente el cumplido.
—Esta es Beatrix Madden, la hermana de Flip. Es planificadora financiera,
pero también nos prepara la comida a algunos miembros del equipo. Es una
experta en dietas equilibradas y tenemos suerte de contar con ella —le digo.
—¡Oh, me encanta! Es increíble. —Scarlet dice.
Rix se sonroja y rechaza el cumplido.
—Es algo que hago para divertirme. Me alegro mucho de conocerte. Soy
una gran fan. Muy grande. Intento mantener la compostura, pero me cuesta. Uno
pensaría que tener a todas estas estrellas del hockey alrededor insensibilizaría
a una chica, pero aparentemente no.
Scarlet se ríe.
—¡Oh, te comprendo! Casi me desmayo cuando conocí a mi actor
unicornio el año pasado en los premios.
—Todos tenemos un unicornio, ¿no? —Rix y Scarlet comparten una
carcajada.
Trago saliva por el enorme nudo que se me hace en la garganta al hacer
la presentación final.
—Y ella es Peggy, la hija de Roman. —No sé qué me pasa, pero toda esta
situación es más que incómoda.
—Hammer… Soy Hammer. La mayoría de la gente me llama Hammer,
excepto la familia de mi padre —corrige.
—¡Oh! ¿Como Hammer, diminutivo de Hammerstein, porque creciste
rodeada de jugadores de hockey? —pregunta Scarlet.
—Básicamente, sí. —Peggy mira hacia donde Scarlet me acaricia el
brazo—. ¿Hollis y tú no salían juntos?
Los ojos de Scarlet se encienden de sorpresa, pero se recupera
rápidamente.
—Sí. —Pasa su brazo por el mío y apoya la mejilla en mi bíceps—. Pero yo
era joven y estúpida y no me di cuenta de lo bueno que tenía. Él es el que se
escapó.
—Y ahora estás aquí. En Toronto. Y él también. —La voz de Peggy es casi
robótica.
Esto no podría ser más incómodo.
—Sí. —Su sonrisa se vuelve suave y esperanzadora—. Parece que los
destinos se han alineado.
—Sí. Sin duda. —Peggy sigue asintiendo, con una sonrisa tensa que solo
yo notaría cuando añade—: Sobre todo porque los dos están solteros y listos para
mezclarse.
—No me importaría sacar a este tipo del mercado otra vez. —Scarlet me
aprieta el brazo.
O tal vez puede ser más incómodo. Estoy a punto de decir algo para poner
fin a este momento cuando capto la mirada de Hemi.
Hemi me mira a mí, a Scarlet, a Peggy, cuya sonrisa es tan rígida que
podría estar pegada a sus labios.
—Necesito usar el baño de damas. Hammer, ven conmigo. —Hemi pasa su
brazo por el de Peggy—. Si nos disculpan un momento. Fue un placer conocerte,
Scarlet. Espero que nos veamos pronto en otro partido.
—Desde luego. Pienso asistir a todos los que pueda.
—Estupendo. —Hemi hace un gesto con los dedos y guía a Peggy hacia el
baño.
Rix se encoge de hombros y se vuelve hacia Scarlet.
—Estaba muy emocionada por conocerte. Y nerviosa. Eres totalmente su
unicornio. —Corre detrás de las chicas.
Scarlet me dedica una sonrisa cómplice.
—Creo que alguien podría estar un poco enamorada de ti.
Me río, pero siento que voy a vomitar.
—Peggy es básicamente de la familia.
Me palmea el pecho.
—Para ti, tal vez. ¿Cuántos años tiene?
—Veinte. —Casi veintiuno. No es que el hecho de que tenga veintiuno
cambie lo inapropiado que es para mí tener sueños con ella. Especialmente los
más recientes.
Se muerde el labio.
—Esa es la edad que tenía cuando empezamos a salir. Fui tan estúpida de
dejarte ir.
—Éramos jóvenes. —Ese horrible nudo en mi garganta sigue creciendo—
. Y tenías razón, no podría haber funcionado. Vivimos en extremos opuestos del
país.
—En retrospectiva, sin embargo. —Su sonrisa se suaviza y se disculpa—.
Lamento la forma en que manejé las cosas.
—Es agua pasada. —En realidad no lo es. Lo que pasó con Scarlet tuvo un
efecto dominó que ha enmarcado mis relaciones. Solo una vez en los últimos siete
años he estado involucrado con una mujer por más de un puñado de meses.
Como todas las demás, esa también ardió en llamas. Solo que dolió un poco más.
Inclina la cabeza.
—¿Pero lo es?
—Fue hace mucho tiempo, Scarlet.
—Tal vez podríamos ir a tomar un café. Me encantaría tener la oportunidad
de disculparme. Sé que te lastimé.
—Tengo partidos de visita. —Me gusta evitar conversaciones dolorosas,
sobre todo con la cabeza en otro sitio y mi carrera inestable.
—Cuando vuelvas, entonces. Estaré aquí unos meses. —Me aprieta el
brazo—. Solo piénsalo, ¿de acuerdo? —Me besa en la mejilla, y ella y Candice
se excusan ya que tienen que madrugar en el set.
Shilpa y Ash se detienen en la mesa.
—¿Estoy viendo cosas, o estabas hablando con Scarlet Reed y Candice
Claymore? —pregunta Shilpa.
—No estás viendo las cosas. —Me bebo el resto de mi whisky.
—¿Fue invitada o simplemente apareció? —Shilpa es demasiado buena
leyendo a la gente.
—Apareció.
Tararea pero no hace más comentarios.
—¿Quedamos mañana para hacer yoga por la mañana? —Ashish pregunta.
—Sí. —Lo añadí a regañadientes a mi rutina después de que tanto mi
fisioterapeuta como mi quiropráctico me lo sugirieran.
—Excelente. Iré hacia ti. —Aprieta el brazo de Shilpa, que está
entrelazado con el suyo—. ¿Listo para irnos, mi amor?
—Más que listo. —Le besa en la mejilla.
Nos dan las buenas noches y se van tomados del brazo. A veces siento
celos de su fácil unión. Siempre están tan envueltos el uno en el otro, como si el
mundo fuera de su cosmos fuera intrascendente. Las chicas vuelven unos minutos
después para decirnos que se van a casa. Sorprendentemente, Flip no se lleva a
nadie esta noche. Tal vez esté pasando página. Los cuatro pedimos un Uber a
casa.
—¿Qué le pasaba a Hammer esta noche? Parecía apagada —dice Tristan.
—Yo también lo pensaba. —Roman pone su expresión de padre
preocupado—. ¿Tal vez sorprendida por las estrellas?
—Probablemente. Rix dijo que casi se mea en los pantalones —ofrece
Tristan.
—Tiene sentido, ya que es su actriz favorita —añade Flip.
Me quedo callado.
De camino al penthouse, Roman se cruza de brazos.
—Scarlet parecía feliz de verte.
—Sí.
—¿Pidió volver a verte?
Me froto el labio inferior y asiento.
»Deberías aceptar. Las cosas son diferentes ahora, Holl. Ella es mayor, más
madura, y tú también.
Suspiro.
—Por algo no funcionó la primera vez. —Y alguien que no debería ocupar
espacio en mi cabeza vive allí sin pagar alquiler.
—Porque los dos eran básicamente niños. Al menos tómate un café con
ella. Aclara las cosas. Suelta algo del equipaje que has estado cargando todos
estos años. No has tenido una relación seria desde ella. Eso debe significar algo.
Me froto el espacio entre los ojos.
—Sí, que no me gusta el desamor.
—Piénsalo, Hollis. Te mereces la felicidad y tener a alguien en tu vida.
Quizás ella sea ese alguien.
No creo que lo sea, pero la persona con la que no puedo dejar de soñar
tampoco es alguien con quien pueda estar.
—Tal vez.
Hammer
Hollis
Pasaré a dejarte la llave en un rato.

Me quedo mirando el mensaje durante un tiempo irrazonablemente largo


antes de armarme de valor para redactar una respuesta. ¿Quiero ver a Hollis? Sí
y no. Quiero echarle un vistazo a su atractivo rostro. Y lo echo de menos. No solo
su sonrisa, o lo dulce que es con Postie y Malone cuando puede ser tan brusco
con todos los demás, o la forma en que se le ablanda la cara cuando me llama
Princesa. Sobre todo, echo de menos lo fáciles que solían ser las cosas. Echo de
menos hablar de hockey y de la escuela y de las clases y de lo que me ilusiona
después de la graduación.
Y aunque una parte de mí quiere que las cosas vuelvan a ser como antes,
otra parte no quiere. Esta nueva versión es incómoda, pero también parece otra
cosa.
Aunque no sé si está todo en mi cabeza.
Así que, por mucho que quiera una dosis de Hollis, no quiero lidiar con
todos los sentimientos que acompañan a verlo en tres dimensiones. Y he estado
evitándolo de nuevo desde que conocí a Scarlet. Estuve super rara con todo el
asunto. Durante las dos últimas noches, he rechazado cenar con mi padre,
citando reuniones de estudio en grupo. Ha sido comprensivo, pero aún me siento
como una mierda por ello. Nunca se me ha dado bien ocultarle las cosas, pero
ahora mismo no sabría cómo ser sincera sobre mis sentimientos.
Estoy tan fuera de mis cabales que tardo una eternidad en redactar un
mensaje.

Aurora
Puedes dejarla en casa de mi padre.
Pulso enviar justo cuando llaman a la puerta.

Hollis
Ahora estoy aquí, así que...

Mis hombros se hunden y mi estómago da varias vueltas de campana


cuando cierro el pestillo de seguridad y abro la puerta. Odio que se me acelere
el corazón al verlo en el pasillo, vestido con un traje azul marino y guapísimo.
—Hola. —Sonrío, pero es forzado.
Su mirada me recorre, se detiene en mi camiseta antes de subir a mi cara,
con una ceja arqueada.
—Hola.
Mierda. Estoy sin sujetador. Me lo quité en cuanto entré por la puerta
porque era una pesadilla con aros. Ahora llevo una camiseta fina. Hay un
cincuenta por ciento de posibilidades de que mis pezones lo estén saludando. Le
tiendo la mano.
—¿Alguna instrucción especial?
Me mira la palma de la mano abierta, pero no hace ademán de dejar caer
su llavero en ella.
—¿Puedo entrar un momento?
—Claro. —Doy un paso atrás a regañadientes. Huele tan bien. A loción
para después del afeitado, a gel de baño y al producto que usa para domar su
cabello grueso, oscuro y ondulado. Me muero de ganas de aspirar sus sudaderas
mientras no está. Necesito ayuda.
—¿Está Rix en casa?
Sacudo la cabeza.
—Está en casa de Tristan. Probablemente le esté dando duro por última
vez. —Me encojo, porque ¿qué demonios?—. Lo siento. No necesitaba decir eso
último. Se da por hecho.
Asiente con la cabeza y recorre el apartamento con la mirada. Su mirada
se detiene en el sofá. Mi sujetador cuelga del brazo.
—¿Quieres ponerte una sudadera o algo?
Cruzo los brazos sobre el pecho para ocultar mis pezones, que se alegran
estúpidamente de ver a Hollis.
—Estoy bien.
No estoy ni remotamente bien. Se ha vuelto evidente, al menos para mí,
que tengo muchos sentimientos hacia Hollis. Son reales e inconvenientes y un
gran dolor en mi trasero. Lo peor es lo obsesionada que he estado con esa frase
que pronunció sobre si las cosas fueran diferentes y su admisión de que no puede
dejar de soñar conmigo. En mi cabeza, nos he convertido en algo. Una pareja.
Novios. Marido y mujer, incluso. Es vergonzoso.
Tiene un tic en la mandíbula.
—¿Es eso lo que llevabas hoy a la escuela?
Frunzo el ceño.
—Sí. ¿Por qué? —Llevo una camiseta corta, jeans anchos y, hasta que entré
por la puerta, sujetador. También llevo una sudadera con capucha encima, una
chaqueta y una bufanda porque es invierno y odio estar congelada.
Sus fosas nasales se agitan.
—Estamos en febrero. Podrías congelarte.
—¿Qué edad tienes? ¿Ochenta años? Estoy en mi apartamento. La mitad
de mis clases parecen un viaje al Sáhara y la otra mitad el interior de un
congelador, así que me visto como corresponde, aunque no es asunto tuyo lo que
me pongo y dónde me lo pongo, papá Hollis. —Me enfurece que lo primero que
haya hecho haya sido juzgarme como un padre y hacerme sentir como una
maldita niñita. Lo cual no soy. Soy una mujer, y no voy a ser tratada de otra
manera.
Siento un escalofrío al ver cómo sus ojos se oscurecen y sus labios se
curvan.
—Últimamente te dedicas a apretar botones —refunfuña.
—¿Qué significa eso? —Él es el que juzga mi maldita ropa. Como si tuviera
derecho.
—Joder. —Se pasa una mano por el cabello—. Me has estado evitando otra
vez.
—¿Por qué piensas eso? —Oh sí, me estoy zambullendo de cabeza en el
río de la negación.
—Porque te has perdido la cena las dos últimas noches.
Lo que significa que ha estado en casa de mi padre si sabe esto.
—He estado ocupada. —Evitándote.
—Nunca te pierdes las cenas con tu padre antes de una serie de juegos de
visita —señala.
Construyo muros tan rápido como puedo, tratando de evitar que mi
verdad se derrame. —
Hay una primera vez para todo, supongo.
Hace girar su llavero alrededor de su dedo.
—Tenemos que hablar de las cámaras de gatitos.
—¿Qué pasa con ellas? —Cada vez que pienso en ellas, me entran
sudores.
—¿Estás bien con ellas, o quieres que las apague? Porque lo haré. No
quiero que te sientas incómoda en absoluto.
—Están bien.
—¿Segura? Me siento mal por haber olvidado mencionarlas la última vez.
—Ahora lo sé. Y no necesitas mi permiso para vigilar a tus mascotas. —
Aunque supongo que ahora también puede vigilarme a mí. Eso hace que me suba
un zumbido por la espalda.
—Eso no es... —Suspira—. No sé qué te pasa, y no puedo arreglarlo si no
quieres hablar conmigo.
—No pasa nada. —Me abrazo a mí misma con fuerza, como si eso fuera a
evitar que el dolor se apoderara de mi pecho. Pero no funciona.
—Mentirosa —responde.
Estar cerca de él es como mirar mi tarta favorita a través de una vitrina
irrompible. Echo de menos hablar con él y pasar el rato como solíamos hacer. Lo
deseo más de lo que pensaba. Pero no puedo tenerlo. Y Scarlet ya lo tiene. Y lo
quiere de vuelta. Pero no puedo admitir ninguna de esas cosas. Nunca
sobreviviría a la humillación.
—No lo soy.
—Lo eres. —Recorre toda la cocina antes de detenerse frente a mí—. ¿Esto
es por Scarlet?
—Parece bastante interesada en volver a tenerte con todo el comentario
de “él es el que se escapó”. —No quería decir eso en voz alta.
Deja de caminar y se vuelve hacia mí. Pero no puedo mirarlo. No puedo
ver su expresión porque temo lo transparente que soy.
—No pasa nada entre Scarlet y yo —dice en voz baja.
Es exactamente lo que quiero oír, pero la razón por la que lo dice no es la
que yo quiero. Quiero que mis ojos se queden fijos en sus lustrosos zapatos
negros, pero se levantan, absortos en su mirada. Lleva la corbata que le regalé
el año pasado por su cumpleaños. Siempre le regalo una corbata por su
cumpleaños y él siempre me regala calcetines ridículos. Esta corbata es ridícula
y totalmente suya. Lleva un pato plátano, que también lleva corbata. Estúpidas
semillas estallan con pequeños brotes de esperanza, hasta que mis ojos alcanzan
los suyos.
Me mira con dolor y hace un gesto entre nosotros.
—Pero aquí tampoco pasa nada.
Veo la mentira en su cara. Eso es lo peor de todo esto. Nos conocemos tan
bien. Quizá demasiado bien. Su negación me hace sentir como si me hubiera
metido la mano en el pecho y me hubiera arrancado el corazón. Estoy
confundida, dolida y enfadada, porque está muy claro que aquí pasa algo. Tal
vez él no quiera que lo haya, pero últimamente siento el peso de la atracción
cada vez que estamos solos. Lo sentí cuando admití lo que había hecho en su
cama mientras él no estaba, y de nuevo la semana pasada cuando fui a verlo
después de su conmoción cerebral. Y lo siento ahora.
—¿A qué te referías cuando dijiste: «si las cosas fueran diferentes»?
Su mandíbula se tensa.
—No vayas por ahí, Princesa.
Odio que haya emparejado mi apodo favorito con una orden. Si me va a
acusar de apretar botones, haré todo lo posible por apretar sus malditos botones.
—Tú eres quien lo ha dicho. Solo pido una aclaración.
Se pasa una mano áspera por el cabello.
—Tu padre es mi mejor amigo y compañero de equipo.
Brilla la luz sobre ese ridículo brote de esperanza.
—¿Y si no lo fuera?
—Aún estás en la universidad.
—Por unos meses más. —Argumentar esto me hace sentir estúpida y
patética, pero quiero que me confirmen que no estoy sola, que no me estoy
imaginando esta nueva tensión entre nosotros.
—Tienes veinte años y todo por delante. —Su voz es grave, arenosa, pero
las palabras suenan ensayadas, como un mantra que repite una y otra vez.
—Y aun así sigues soñando conmigo. —Las palabras salen antes de que
pueda repetirlas.
Sus ojos se encienden.
—¿Cómo demonios...?
Su expresión se apaga y sé que he pulsado el botón equivocado. Abro la
boca para disculparme, pero me corta.
—No voy a jugar a esto contigo. Lo siento si te has tomado a mal lo que he
dicho, pero sea cual sea la idea que tengas... —Hace un gesto entre nosotros—.
Esto no va a pasar. Jamás. Cuanto antes lo aceptes, más fácil será para los dos.
La humillación es rápida y cortante. Siento que el pecho se me hunde.
Tengo que mantener la compostura, pero se me saltan las lágrimas y me tiembla
la barbilla.
—Lo entiendo. —Se me quiebra la voz.
—Por favor, no llores. —Se acerca, su mano aparece en mi visión
periférica y, por un breve instante, sus dedos rozan el borde de mi mandíbula.
Quiero sentir el contacto, pero por razones equivocadas, sobre todo por lo que
dice a continuación—. Tienes que saber lo imposible que es esto.
—No lo hagas. —Le aparté la mano—. No me aplaques.
Parece tan desgarrado, como si toda esta conversación le doliera.
No puedo soportarlo. Ni mis propios sentimientos, ni su falta de voluntad
para admitir su existencia, ni las razones legítimas por las que esto no puede y
no va a funcionar.
—Tienes razón, no hay nada. Esto no es nada. —Agito una mano desdeñosa
hacia él.
—Escucha, eso no es...
—Definitivamente deberías darle otra oportunidad a Scarlet. Es obvio que
todavía está interesada. —Si está con alguien más, tal vez deje de quererlo—.
Ustedes harían una buena pareja. —Y lo serían. Están a la par. Su experiencia en
el mundo es mucho más extensa que la mía. Aun así, decirlo en voz alta me da
ganas de vomitar—. De todos modos, deberías irte.
Permanece allí unos largos segundos más antes de suspirar y dejar caer la
llave sobre el mostrador.
—Me preocupo por ti —dice en voz baja.
Oír eso lo hace mucho peor. Me está apaciguando, dejándome tranquila.
Diciéndome sin decir las palabras que cualesquiera que sean mis sentimientos,
los suyos no coinciden. Es el rechazo que siempre supe que estaría ahí, pero que
nunca quise oír.
—Por favor, vete. —Echo la cabeza hacia atrás y me esfuerzo por no llorar.
Afortunadamente, Rix irrumpe por la puerta.
—Chica, creo que Tristan literalmente me acaba de romper la vag-oh,
hola, Hollis.
—Hola, Rix.
—Tris y Roman los esperan a ti y a Flip en el vestíbulo. —Ella señala con
el pulgar sobre su hombro, su mirada se mueve entre nosotros.
—Estoy bajando ahora. —Se vuelve hacia mí—. Te veré en unos días.
—Sí. —Me fuerzo a sonreír.
Rix espera a que se haya ido antes de susurrar:
—Parecía tenso.
—Necesito helado. Y tiempo de chicas —suelto. Y enseguida rompo a
llorar.
Rix me rodea con sus brazos.
—¿Qué demonios acaba de pasar?
—Nada. Me está bajando la regla.
—No seas mentirosilla. Tuviste la regla la semana pasada. —Se echa hacia
atrás, y su expresión es toda empatía.
Solo me hace llorar más.
Hammer
—¿Quién necesita rellenar su bebida? —Traigo una botella de prosecco
fresca al salón, junto con otra sidra espumosa.
Sigue un coro de «yo».
Doy una vuelta por la habitación, llenando vasos con la bebida apropiada.
Hemi, Tally, Shilpa, Rix y Dred han venido a ver el partido de esta noche. Es un
buen descanso de toda la angustia que tengo en la cabeza.
—Es un comienzo fuerte del partido —observa Hemi.
—Roman está arrasando en la red esta noche —añade Shilpa.
—Estaba preocupado por este partido, así que me alegro de que esté
jugando sin problemas. —Su objetivo siempre ha sido salir victorioso, y hasta
ahora lo está consiguiendo.
—¿Cómo estamos de aperitivos? ¿Alguien necesita algo más? —Examino
la mesa—. ¿Debería rellenar las patatas?
—Deberías sentarte y relajarte cinco minutos. —Rix palmea el cojín del
sofá a su lado.
Dejo las botellas en la cubitera y tomo asiento. La cámara se desplaza al
banquillo, donde Hollis mastica su protector bucal. Le doy un buen trago a mi
prosecco y me siento aliviada cuando, en, el partido entra en la pausa
publicitaria, ya que no puedo apartar la vista.
Silencio el televisor.
—¿Cómo va todo con tu concurso de baile, Tally?
—Bien. Es una rutina complicada, pero si lo logramos, será un gran final
para mi último año.
—Lo harás, eres muy aplicada —dice Hemi con orgullo.
—¿Hay algún chico en tu equipo de baile que te interese? —pregunta
Dred.
Tally se ríe.
—En su mayor parte, esos chicos están interesados el uno en el otro. Pero,
sinceramente, el año pasado dos de las personas de mi grupo principal
empezaron a salir, y luego hubo un drama y todo se volvió incómodo cuando
rompieron. Pasamos mucho tiempo juntos, así que estamos todos muy unidos, y
me doy cuenta de lo fácil que sería caer en esa tentación, pero las consecuencias
son terribles para todos.
—Me identifico con esa incomodidad —dice Rix.
—Probablemente por eso Roman siempre te ha insistido en que nunca
salgas con los jugadores —dice Hemi con una risita.
—Sí, eso es parte de ello. —Tomo otro sorbo de mi prosecco y lucho contra
el rubor que se abre paso en mis mejillas. Sentir algo por uno de los jugadores
ya sería bastante malo, pero esto que siento por Hollis es algo totalmente
distinto—. Sobre todo, quiere que acabe con alguien normal, para que tenga
estabilidad. Lo cual entiendo, pero la otra cara de la moneda es que los chicos
normales no entienden realmente mi vida. Solo quiero a alguien que aparezca
por mí como lo hacen todos ustedes. —Y tengo que dejar de querer que esa
persona sea Hollis.
—¿Va en ambos sentidos no? —Dred reflexiona mientras sus agujas de
tejer tintinean suavemente unas contra otras. Está haciendo gorritos y suéteres
para los desamparados que frecuentan la biblioteca donde trabaja. Es
increíble—. Apareces por todos nosotros.
—Y realmente apareciste por mí. —Rix me abraza el brazo.
—Eres una nena ruda —declara Hemi.
—Exacto —está de acuerdo Shilpa.
—Por las nenas rudas. —Hemi levanta su copa, y todas seguimos.
—Deberíamos tener camisetas de la Brigada de Nenas Rudas —pienso.
—Haré que las diseñen —responde Hemi.
—Seremos nuestro propio equipo —dice Tally con una sonrisa—.
Oficialmente.
—Sí, lo haremos.

Estoy medio desnuda, gracias a todo el prosecco, y luchando por ponerme


los shorts de dormir cuando Hollis manda un mensaje.
Hollis
Hola, ¿alguna novedad?

Olvidé dar de comer a los chicos. Podrían esperar hasta mañana, pero
aumenta el riesgo de que Postie se cague de rabia en la cama de Hollis. Con el
pijama arreglado y el teléfono en la mano, salgo al pasillo. La puerta de Rix está
cerrada y la luz apagada. Me detengo, haciendo rodar el labio inferior entre los
dientes. Una parte de mí quiere usar su habitación libre para ser una mocosa.
Vuelvo a mi dormitorio, meto a Batipene en el bolso, meto los pies en un
par de pantuflas mullidas y salgo del apartamento con la llave de Hollis. Dos
minutos después, entro en su penthouse. Una sola luz ilumina el salón. Como
había previsto, se olvidó de cerrar la puerta de su dormitorio. Dejo el bolso en
el pasillo y me asomo al interior. Postie y Malone están acurrucados sobre la
almohada.
Busco en la habitación la cámara del gatito. La veo en su cómoda, frente a
su cama. Está junto a una pila de libros y un dibujo enmarcado de su sobrina.
Se me revuelve el estómago y se me seca la boca. La cámara tiene una
vista perfecta de la cama y de la puerta que da al pasillo. Le creo cuando dice
que borró el vídeo sin verlo. Hollis es honorable y cumplidor de las normas. Si
su fisioterapeuta le dice que se siente en el jacuzzi durante media hora, lo
cumple. Si el médico del equipo le dice que tiene que aumentar sus proteínas
magras, le pide a Rix que adapte sus comidas en para alcanzar ese objetivo. Pero,
por una vez, me hubiera gustado que dejara de seguir las normas y viera el vídeo,
en lugar de borrarlo.
Postie se estira y Malone mueve la cola. Paso la mirada de ellos a la
cámara. Es tarde. Hollis probablemente esté en la cama, ya dormido. ¿Qué daño
haría si me uniera a los gatitos durante un minuto o dos? Solo les daría los mimos
que les faltan antes de darles la merienda. Inhalo la almohada de Hollis. Incluso
podría robarle una para una posible sesión de auto gratificación en su habitación
de invitados. Me subo a la cama. Malone levanta la cabeza y Postie me da un
cabezazo.
—Hola, chicos. Siento llegar tan tarde para un poco de cariño y unas
croquetas. —Les rasco bajo la barbilla.
Mi teléfono vibra desde el pasillo, donde está escondido dentro de mi
bolso.
Lo ignoro.
—¿Echan de menos a su papá? —Apoyo la cabeza en la almohada e inhalo
profundamente. No me decepciona. La colonia de Hollis impregna la tela.
Mi teléfono vuelve a vibrar. Y otra vez.
Postie trota hasta el final de la cama y salta al suelo. Malone se sube a mi
pecho y me da un cabezazo en la barbilla.
Mi teléfono vuelve a sonar. Esta vez con una llamada.
—Vamos, colega, probablemente sea tu padre perdiendo la cabeza
porque estoy otra vez en su cama. —Lo quito de mi pecho y ruedo hasta el borde
del colchón, poniéndome de pie.
El corazón me retumba en el pecho y de repente me siento ansiosa. No sé
por qué actúo así. ¿Quizá porque estoy herida? ¿Quizá porque no puede hacer
nada al respecto mientras esté a un vuelo de distancia?
La llamada termina, pero vuelve a empezar unos segundos después.
Contesto al segundo timbrazo.
—Te estás pasando —gruñe Hollis al teléfono.
Todo se tensa ante su tono grave.
—Solo estaba acariciando a los chicos. —E inhalando tu almohada—. Si
cerraras la puerta de tu dormitorio, no tendría que acurrucarme con ellos antes
de atraerlos fuera de tu cama con croquetas.
—Si agitas las croquetas, vendrán corriendo —dice—. Al parecer, hay un
micrófono en la cámara.
Trago saliva y me dirijo a la cocina.
—Okey, de acuerdo. —Le pongo en altavoz y dejo el teléfono sobre la
encimera mientras los chicos maúllan emocionados.
—Me arrepentiré de decírtelo —murmura.
—Tú eres el que pone cámaras de gatitos en tu casa sin decírmelo, Hollis.
—Es más fácil presionarlo cuando no está delante de mí.
—Tú eres la que se masturba en mi cama —responde.
Todo mi cuerpo se contrae. Ojalá le hubiera grabado diciendo la palabra
masturbarse.
—Creía que no íbamos a volver a hablar de eso.
—Sin embargo, ahí estabas, revolcándote en él de nuevo, vestida casi con
nada.
Miro hacia abajo.
—Llevo pijama, no casi nada.
—¿Estabas vestida así en el ascensor? ¿Alguien más te vio? —me espeta—
. Los hombres pueden ser realmente asquerosos.
No puedo decir si esto es una reprimenda al estilo papá o qué.
—Sí, Hollis. El ascensor estaba lleno de gente a las once de la noche. De
hecho, un equipo entero de jugadores de rugby cachondos estaba en él
conmigo. Algunos de ellos también estaban súper buenos. Me pidieron mi
número, y pensé, por qué no, ¿verdad?
—No me jodas ahora, princesa —advierte.
Mi vagina se excita y toma las riendas.
—¿O qué, Hollis? ¿Qué vas a hacer al respecto cuando estás en Nashville
y yo en tu cocina, llevando casi nada puesto?
Estoy medio borracha de prosecco. Esa es la única explicación para la
mierda que estoy vomitando.
—Necesitas una lección de respeto a los límites, pequeña.
Enciendo la luz de la cocina y rebusco en la nevera la comida de los gatos.
Estoy enfadada, cachonda y drogada con la adrenalina, así que me tiemblan las
manos. Dejo caer accidentalmente la lata al suelo, lo que hace que Malone salte
y se tambalee por el pasillo. Postie no se deja disuadir tan fácilmente.
—¿Es eso lo que quieres hacer? ¿Darme una lección? —No puedo dejar de
provocarlo. Todo este empuje probablemente me morderá en el culo.
Gruñe.
—Deja de golpear las cosas. Estás asustando a Malone.
—Deja de espiarme como un papá pervertido —me pregunto dónde
estará el mío.
—Un papá per... —resopla—. ¿Qué intentas conseguir, Peggy?
—Vine a dar de comer a los gatos antes de acostarme. Y ya está. Tú eres
el que usa sus cámaras espía y me echa la bronca por mi ropa de dormir. ¿Qué
intentas conseguir, Hollis? —Me doy cuenta de que estoy actuando como una
niña malcriada, como la niña pequeña que me ha acusado de ser. Quizá porque
intenta mantenerme en la caja de Peggy cuando yo quiero ser otra persona para
él. Pongo la comida en los dos platos y muevo a Postie a su cuenco cuando va
primero por la comida de Malone.
—Quiero que respetes mis límites.
Silbo y llamo a Malone, pero no viene. Probablemente porque le he dado
un susto de muerte con mis golpes y mis voces.
—Malone está bajo mis sábanas —dice Hollis.
—¿Tengo permiso para recuperarlo? —Soy toda sarcasmo con un montón
de actitud.
—Sí, tienes permiso para recuperarlo.
Dejo el teléfono en la encimera de la cocina y vuelvo al dormitorio de
Hollis. Solo tardo un momento en sacar a Malone de debajo de las sábanas. Lo
llevo como a un bebé hasta su cuenco y cierro la puerta de la habitación de Hollis
tras de mí. Postie, como era de esperar, ya se ha comido la mitad de los dos
cuencos. Relleno el plato de Malone y distraigo a Postie con caricias para que
Malone pueda comer en paz.
—¿Peggy? —La voz de Hollis viene del mostrador.
—Sí. —Medio esperaba que colgara ya, ya que estoy siendo antagonista.
—Hay un par de sudaderas con capucha en el armario de la entrada.
—Todavía no me voy. Y literalmente no había nadie en el ascensor cuando
subí.
—Agarra una, por favor.
Recorro la habitación en busca de la cámara del gatito. La veo al otro lado
de la habitación, junto al televisor. Pongo los ojos en blanco, pero cruzo hasta el
armario del vestíbulo y abro las puertas dobles. Hollis tiene una colección
excepcional de zapatos y chaquetas. Mis rodillas se convierten en gelatina
cuando aspiro el aroma de su colonia.
Elijo una con cremallera, la saco de la percha y me la pongo. Es la que
llevaba el otro día cuando fuimos a la cafetería. Me giro hacia la cámara.
—¿Ya estás contento?
—Inmensamente. —Su voz es gutural.
Recojo mi teléfono de la encimera antes de cruzar la habitación y recoger
mi bolso de donde lo dejé junto a la puerta de su habitación.
—¿Qué haces ahora?
—Lo que dijiste que podía. —Me dirijo por el pasillo a la habitación de
invitados—. Dulces sueños, Hollis. —Termino la llamada antes de que pueda
responder.
Hollis
Me arrepiento.
Me arrepiento de no haber apagado las putas cámaras de los gatitos.
Me arrepiento de haberle dicho a Peggy que podía usar mi habitación
libre como su espacio de placer personal.
Me arrepiento de haberla llamado cuando la pillé otra vez en mi cama.
Me arrepiento de haberle dicho que se pusiera una de mis sudaderas
porque sus pezones eran dos faros que no podía dejar de mirar.
Y me arrepiento de haberla visto desaparecer por el pasillo hacia la
habitación de invitados mientras me colgaba.
Pero sobre todo, me arrepiento de lo que hice después de que colgara.
Prometo mantenerme alejado de las cámaras de gatitos durante el resto
de nuestra serie fuera de casa.
Lo que debería hacer es apagarlas. Pero no lo hago, y las alertas de
movimiento son una tortura especial. Es una prueba de mi moderación personal
que ni siquiera paso el cursor por encima de la carpeta de la cámara del gatito.
Mis conversaciones de texto con Peggy son cortas y directas después del
incidente más reciente. Casi formales. A juzgar por las largas visitas nocturnas y
las fotos de los chicos en el sofá mientras suena el partido en la tele, Peggy pasa
al menos una hora al día en mi casa.
Cuando vuelvo a casa, la habitación de invitados está impecable. Pero las
sábanas están cambiadas. Es lo que le pedí, así que no puedo enfadarme. Pero
joder, me da vueltas la cabeza y mi imaginación bucea donde no debería.
Dejó mi llave en la encimera con una nota en la que decía que se me
estaban acabando las croquetas favoritas de Postie en su bonita y pulcra letra
cursiva. También me trajo de Rix las comidas de la semana, así que las únicas
veces que la veo en la semana siguiente son durante la comida tradicional de la
Casa de los Panqueques cuando volvemos, y dos veces cuando cena conmigo y
con Roman. Hasta mi lesión del año pasado, solo venía de vez en cuando. Ahora
es la única vez que la veo. Cuando estamos en la misma mesa, es educada y
amable, pero apenas me mira a los ojos. Joder, lo odio, aunque sea lo mejor.
Peggy necesita sacarse de la cabeza que entre nosotras hay algo más que
amistad. Y yo también. Últimamente, cada vez que hablamos, espero que me
presione. Lo cual es un maldito problema.
Estamos sentados en la mesa del comedor de Roman en nuestros sitios
habituales, con Roman a la cabeza y Peggy y yo una enfrente del otro.
—¿Qué te parece el próximo fin de semana? ¿Crees que tendrás muchos
quehaceres? —pregunta Roman.
—Lo de siempre, cuidar de Postie y Malone mientras están fuera. —Su
mirada se desplaza hacia mí por un segundo antes de volver a Roman—. Debería
ser calmado. ¿Qué pasa? ¿Por qué? ¿Me necesitas para algo?
—Jugamos contra Vancouver el sábado, y Tristan mencionó llevar a Rix al
partido para que pueda ver a su mejor amiga, Izzy. —Frunce el ceño—. ¿Me
equivoco de nombre?
—Es Essie. Sí, Rix lo mencionó ayer. —Peggy pincha una zanahoria con el
tenedor.
—¿Quizás tú también quieras venir? Has estado trabajando mucho
últimamente. Estaría bien tener un fin de semana fuera, a menos que ya tengas
planes, una cita o algo. —Roman está totalmente pescando información.
—Oh, uh, no tengo una cita o planes.
—¿Qué pasa con ese chico Jameson? Últimamente te manda muchos
mensajes. Además, es un chico normal. Podría ser bueno para ti —presiona
Roman.
Eso es nuevo para mí. No me gusta la punzada de calor que me recorre la
espina dorsal. Odio la idea de que esté con alguien más, pero ¿qué esperaba?
Las reglas de Roman sobre que su hija salga con jugadores de hockey son
bastante claras.
—Tenemos proyectos de grupo juntos. ¿Qué pasa con Postie y Malone?
¿Quién cuidará de ellos? —Sus ojos se vuelven hacia mí.
—Mi sobrina probablemente podría manejarlo —le digo—. Le encantaría
tener un motivo para quedarse en mi casa. —Tengo dos hermanas, una mayor y
otra menor. Mi hermana mayor, Emilia, tiene una hija casi de la edad de Peggy,
mientras que mi hermana menor tiene un niño en edad preescolar. Mi sobrina
mayor está en su primer año de licenciatura y es estudiante de medicina, así que
lo único que hace es estudiar. También es introvertida, así que su idea de un
buen rato es ver una película con un amigo o, en este caso, con dos gatos.
—¿Quizás deberías comprobarlo primero, para asegurarte? —Peggy se
mete un bocado de solomillo de cerdo en la boca.
—Está bien. Si quieres venir a Vancouver, me aseguraré de que los chicos
estén cubiertos. —Me niego a reconocer que prefiero tenerla cerca en
Vancouver que sola en casa.
—Déjame hablar con las chicas y ver cuál es el plan —dice Peggy con una
sonrisa—. Sería un fin de semana divertido.

El fin de semana siguiente, le pateamos el culo a Vancouver. Es casi


injusto. Yo marco dos goles, Madden marca otros dos, con Stiles ganando dos
asistencias, y Hammerstein los congela. Es un infierno de victoria. Hemi trajo a
Tally para un fin de semana de chicas, así que lo celebramos en el bar del hotel.
Todo va genial hasta que aparece un grupo de amigos de Essie, un grupo
de jóvenes veinteañeros. Tristan actúa como guardaespaldas personal de Rix
mientras Roman y yo pasamos el rato con Ash, Flip y Dallas. Shilpa no pudo venir
el fin de semana porque tenía una función familiar, y Flip está
sorprendentemente discreto esta noche.
Estamos hablando del partido y de dónde creemos que se equivocó
Vancouver cuando me fijo en que una de las amigas de Essie está hablando con
Peggy. En el partido llevaba una camiseta de Toronto y unos jeans. Ha cambiado
la camiseta por una camisa entallada que realza sus curvas atléticas. El cabello
hasta la barbilla le enmarca la cara y lleva un brillo que resalta sus labios
perfectos y carnosos. No debería fijarme en todas estas cosas. Y definitivamente
no debería fijarme en lo bien que le quedan esos jeans.
Lo peor es que este amigo de Essie se come su atención. Le pone la mano
en la espalda cuando alguien se acerca. Le dice algo y ella echa la cabeza hacia
atrás, con los ojos iluminados, una amplia sonrisa y una risa cálida. Sonríe para
él. Ríe para él. Él la toca y ella se deja tocar. De hecho, parece que disfruta de la
atención. Que es exactamente como debería ser, excepto que me está
cabreando.
Tal vez porque todo lo que he recibido desde aquella llamada telefónica
durante nuestra última serie de partidos de visita han sido sonrisas almibaradas
y excesiva cortesía.
Ya no hablamos ni nos mandamos mensajes como antes. Apenas puede
mirarme estos días, la pongo tan nerviosa. La lógica dice que eso es bueno, pero
no soporto haberle hecho daño. Y odio lo mucho que la echo de menos aunque
esté al otro lado de la habitación, odio tener pensamientos que ya no puedo
controlar. Me corroe que la forma en que la veo haya cambiado. Es la única mujer
que no puedo tener.
Nunca debí abrir una puerta que no sé cómo cerrar. Y esa frase «si las cosas
fueran diferentes» me da vueltas en la cabeza desde que la dije estúpidamente
en voz alta.
Si fuera cinco años mayor, si no estuviera todavía en la universidad, si no
fuera la puta hija de mi mejor amigo. Si yo no fuera más de una década mayor
que ella con suficiente equipaje de relaciones para llenar un camión volquete.
Pero todas esas cosas son ciertas. Por desgracia, eso no me impide querer
romperle los dientes a esa niña por tocarla, por hacerla sonreír y reír. Cualquier
chico sería afortunado de tener su atención. Pero no quiero que sea ese chico,
quiero que sea yo.
—Hollis, ¿estás bien, hermano?
Arrastro la mirada de nuevo a la mesa.
»¿Estás bien? —Los ojos de Roman se posan en mi mano, que en ese
momento está empuñando un posavasos.
Lo dejo caer sobre mi regazo, dejando que el posavasos caiga al suelo.
—Estoy bien.
Roman parece escéptico.
—Tal vez deberíamos remojarnos en el jacuzzi mañana antes de volar.
Por supuesto que cree que está relacionado con el dolor. La mayoría de
las veces me va bien con los dolores después del partido. Paso mucho tiempo en
el jacuzzi o en la sauna y aún más estirando la rodilla. Además de todos los
entrenamientos y prácticas, tengo por lo menos dos horas más al día de
acondicionamiento que cualquier otra persona del equipo. Pero estoy de vuelta
en el hielo, así que aceptaré el trabajo extra.
—Si. Probablemente sea una buena idea.
Miro más allá de Roman y veo cómo el tipo le pasa el cabello a Peggy por
detrás de la oreja. Tengo que salir de aquí antes de hacer algo de lo que me
arrepienta. Como romperle todos los dedos.
—Me voy a dormir. Mándame un mensaje cuando te levantes, ¿sí? —Me
bebo de un trago el resto de la copa y salgo de la cabina.
—Me quedaré un poco más —dice Roman.
Le doy una palmada en el hombro.
—Nos vemos por la mañana.
Hemi y Essie flanquean a Tally cuando paso junto a las chicas, lo cual es
bueno. Aún tiene diecisiete años y tienen que vigilarla. Los ojos de Peggy se
mueven en mi dirección mientras cruzo la barra. No sonríe, no me mira como el
día que salí de la ducha en toalla. Se había escandalizado, sí, pero también había
hecho otras cosas. Cosas que no debería querer ni gustarme, pero que me gustan.
¿Seguiría todo igual si no hubiéramos tomado un vuelo más temprano esa
mañana? No sabría lo que había pasado en mi cama mientras yo estaba fuera. No
tendría esa imagen grabada a fuego en mi cerebro, y seguro que no le habría
ofrecido mi habitación de invitados.
Hago un breve contacto visual con el tipo que coquetea con Peggy. Se
queda boquiabierto y se inclina para preguntarle algo. Ella le pone la mano en
el brazo y niega con la cabeza.
Sigo avanzando hacia los ascensores. Doy gracias cuando las puertas se
abren y nadie más se une a mí. En cuanto llego a mi habitación, me quito el traje
y me pongo unos joggers. Estoy sudoroso y agitado. Mañana tomaremos un avión
a Winnipeg y Peggy volverá a casa. Tendré dos días más antes de volver a verla.
Será más fácil cuando estemos en casa. Cuando los amigos de Essie no estén
coqueteando con ella. Al menos eso es todo lo que pasará esta noche, me digo.
Solo un poco de coqueteo inofensivo. Ella no saldrá con este tipo. Pero
eventualmente saldrá con alguien. Se enamorará. Pero no seré yo.
Camino por la habitación, con la cabeza dándome vueltas. No puedo
permitirme sentirme así. No puedo permitirme sentirme de ninguna manera.
Sería bueno que saliera con alguien de su edad, alguien que fuera a su
universidad. Sería mejor para ella y para mí. Si tiene novio, puedo volver a
ponerle la etiqueta “no para mí”.
Oigo a alguien moviéndose en la puerta de al lado. Roman y yo solemos
compartir habitación, pero esta vez tenemos suites comunicadas y dejamos la
puerta contigua abierta antes del partido. Tal vez debería ir al jacuzzi del hotel
ahora. Puede que así sea más fácil dormir. Aunque, con Peggy durmiendo en la
cama supletoria del salón, puede que siga siendo un reto.
Me dirijo hacia la puerta, con intención de cerrarla, pero oigo que algo se
mueve. Es Peggy. Está sin camiseta. Está de espaldas a la puerta mientras se
desabrocha el sujetador. Me quedo paralizado, incapaz de moverme, de
parpadear, de hablar, mientras el sujetador se desliza por sus brazos y ella lo tira
en la maleta antes de recoger una camiseta de tirantes y ponérsela por la cabeza.
—¿Por qué no cerraste la puerta? —Estoy de pie en el umbral, con los
dedos enroscados alrededor del marco.
Jadea y se lleva las manos al botón de los jeans mientras gira.
—Mierda. No me había dado cuenta... —Se pasa la lengua por los labios
mientras me mira el pecho.
Estoy sin camiseta. En su camiseta se lee REINA DE LOS SUEÑOS. No se
me escapa la ironía.
—Me viste entrar en el ascensor. —Soy todo acusación y frustración.
Hasta este último año he estado al margen de su vida. Siempre ha sido la
hija de mi mejor amigo. Incluso el año pasado, después de estropearme la
rodilla, los límites seguían ahí. Pero entonces la vi en la oficina principal de los
Terror y la reconocí como la mujer en la que se ha convertido. Ese día selló mi
destino. Y la verdad es que se me está metiendo en la cabeza. Quiero cosas que
no debería. Cosas que debería borrar de mi cerebro, pero no lo hago. No puedo.
No quiero.
—¿Por qué no cerraste la puerta? —Su voz es suave mientras se acerca a
mí—. Podrías haberla cerrado.
Tiene razón. Podría haberlo hecho. Entonces, ¿por qué demonios no lo
hice? ¿Por qué estoy aquí de pie con el corazón martilleándome en el pecho y un
motín en la cabeza? Porque quiero lo que no puedo tener.
—¿Sabe Roman que estás aquí arriba?
—No, me acerqué a hurtadillas mientras él no prestaba atención porque
quiero quedarme con las chicas esta noche. Le estaba dejando una nota.
—¿Y el chico con el que hablabas? ¿Dónde está ahora? —Intento mantener
la mirada por encima de su cuello.
—No lo sé. Él fue al baño y yo subí aquí. —Se pasa la lengua por el labio
inferior—. Y ahora estoy aquí y tú estás aquí, y parece que estás a punto de
estallar. ¿Por qué estás tan enfadado? —Levanta la mano, como si quisiera
tocarme.
Lo cual es una idea colosalmente mala.
No sé en qué demonios estoy pensando cuando la sujeto de las dos manos
y entro en su habitación. El zumbido eléctrico entre nosotros es casi
insoportable. Tocarla cuando ambos estamos a medio vestir es peligroso.
También lo es hacerla girar y enjaularla contra la pared, pero lo hago de todos
modos: le suelto las manos y me agolpo en su espacio. Es lo único que veo.
—¿Por qué sigues presionando mis botones, Princesa? —Debería darle
algo de espacio. Tener algo de perspectiva. Sus ojos se posan en mi pecho. Si
Roman entrara, esto se vería más que mal. Y aun así no parezco capaz de tomar
la decisión inteligente y lógica. Que sería marcharme.
Aprieto los dientes cuando sus cálidos dedos rozan mi antebrazo. Esa
suave caricia enciende un jodido fuego en mis venas. Debería detenerla, pero
que Dios me ayude, no quiero.
—¿Qué está pasando, Hollis? —Su garganta se sacude con un trago
grueso—. Ya no sé lo que está pasando. —Sus dedos recorren mi brazo, suben
por mis bíceps—. Esto no parece nada. —Cuando levanta la cabeza, nuestras
narices se rozan.
—¿Qué se siente, princesa? —Este es un juego estúpido y peligroso.
Quererla es totalmente egoísta. Su estrella está subiendo, y la mía está bajando.
Ella se merece algo mejor que yo.
—Me duele. —Sus dedos rozan mis clavículas—. Podrías hacer que
desapareciera.
Podría darle eso. Ceder a la tentación. Tomar algo para mí. Solo una
probada. Un beso.
Exhala un suspiro tembloroso mientras levanta la cabeza. Y entonces me
llega el olor a tequila. Ha estado bebiendo. No piensa con claridad. Mañana,
cuando esté sobria, se arrepentirá. Se sentirá avergonzada. Tendremos otra
conversación incómoda.
La lógica y el deseo luchan en mi cabeza. Muevo una palma frustrada
contra la pared y Peggy se sobresalta.
—Vete a la cama, pequeña.
Me alejo de la pared y siento cómo se me encogen los hombros. Pero no
puedo darle lo que quiere. Una cosa es haber abierto la caja de Pandora y otra
muy distinta tirarse de cabeza. Sobre todo, cuando los dos hemos bebido.
La rodeo y desaparezco en mi habitación, cerrando la puerta contigua tras
de mí. Ha estado cerca. Demasiado cerca. No me gusta lo fácil que me resulta
perder la cabeza con ella. Y ya no sé cómo arreglarlo.
Hammer
Han pasado cuatro días desde que Hollis me enjauló contra la pared.
Cuatro días desde que sentí el calor de su aliento en mis labios. Dios, era
glorioso. Frustrado y sexy y con cara de querer devorarme.
En mis fantasías, no me dice que me vaya a la cama. En lugar de eso, me
sujeta la cara con las manos y explora mi boca con la suya. Luego me folla contra
la pared. He tenido no menos de diez orgasmos con esa fantasía en particular. Se
me está yendo de las manos. Pero entonces, todo sobre esto lo está.
—¿Aurora? ¿Estás bien? —Jameson me da unas ligeras palmadas en el
hombro.
—¿Eh? —Nos reunimos después de clase para trabajar en una de nuestras
tareas de grupo. Los otros dos miembros se fueron hace unos diez minutos, ya
que van a ser las seis y media. Estaba a punto de terminar esta sección, así que
decidí quedarme. También vuelvo a evitar cenar con mi padre y Hollis.
Tiene las cejas fruncidas, los ojos preocupados.
—Estás muy sonrojada. ¿Te encuentras bien?
Me presiono la mejilla con el dorso de la mano. Mi piel está caliente al
tacto.
—Oh. Uh, quizás debería irme a casa. —Aquí estoy, sentada en medio de
la cafetería de la universidad con mi compañero de clase, pensando en el mejor
amigo de mi padre. Otra vez.
—Espero que no te estés enfermando de algo. Uno de mis amigos de la
reserva me ha dicho que hay una gripe por ahí y ha sido una auténtica pesadilla.
—Jameson cierra su portátil y lo mete en su bolso.
Revuelvo mis notas.
—Los baños comunales y la gripe suenan como un infierno especial.
—Viví en ellos durante el primer año. Con eso me bastaba. —Jameson
cierra la cremallera de su mochila mientras yo hago lo mismo.
—Aunque de seguro que ha sido divertido. —Deslizo mi botella de agua
en el bolsillo exterior de mi mochila.
—Siempre has vivido fuera del campus, ¿verdad?
—Sí. A mi padre le preocupaba la fiesta constante en la residencia.
—Podría ser así, pero sobre todo era divertido estar con gente de mi edad.
Nos ponemos las chaquetas y Jameson me pasa la mochila. Salimos del
café y nos dirigimos al metro. Hoy hace mucho viento, pero el aire frío me sienta
bien en la piel acalorada. Cuando llegamos al metro, Jameson se quita el gorro
y se pasa una mano por el cabello.
—Unos cuantos vamos a ir de fiesta al centro este fin de semana. No sé si
es lo tuyo o no, pero puedes unirte, si te encuentras bien. —Se frota la nuca.
—Depende un poco del club, pero ¿podrías enviarme los detalles? —
sugiero.
—Claro. —Se revuelve nervioso—. Si no funciona, podríamos quedar para
tomar un café o algo la semana que viene.
—Sí, claro. Sería estupendo. Te veré mañana en clase.
No es hasta que estoy en el metro de vuelta a casa cuando me pregunto si
Jameson me estaba invitando a tomar un café independientemente de nuestro
grupo de estudio. Creo que me lo perdí por completo. Estoy acostumbrada a
estar rodeada de atletas de élite machos alfa. No inciertos universitarios.
Mi teléfono vibra mientras espero mi parada.

Mamá
¡Hola, cariño! Oye, ¿cómo estás?

Estos son los momentos en los que desearía que fuera ella y no mi padre a
quien se lo contara todo. Es como si hubiera un bloqueo que me impide
desahogarme con ella. No estoy acostumbrada a estar tan sola con mis
pensamientos. Suelo enviarle mensajes de texto a mi padre cinco veces al día y
viceversa, pero no lo hemos hecho tanto en los últimos meses.

Aurora
¡Estoy bien! De camino a casa desde la uni. Probablemente voy a hacer
la cena esta noche para papá.
Mamá
Le encantan tus macarrones con queso. A mí también. Estamos
reservando tickets para tu cumpleaños. ¿Hay algo que quieras?

Aurora
Estoy emocionada por verte a ti y a North. ¿Crees que me traerá el té
que hizo la última vez?

Mamá
Seguro que lo hará. Le preguntaré por ti. Te manda saludos, por cierto.

Aurora
¿Tienes planes para este fin de semana?

Mamá
Tenemos un retiro de acampada de una semana con unos sanadores que
me hace mucha ilusión. Estaré fuera del alcance del móvil, así que quería
enviarte un mensaje y decirte lo mucho que te quiero y te echo de menos antes
de irnos.

Aurora
Yo también te quiero y te echo de menos. ¡Que te diviertas! Solo que no
demasiado jajaja No puedo esperar a verte en un par de meses.

Amar a mi madre es fácil. Es libre y salvaje. Es una de las cosas que más
me gustan de ella, pero también significa que nunca tendremos una relación
madre-hija normal. Mi padre es mi persona.
De camino a casa, consulto su agenda. Esta noche tiene masaje, lo que
significa que Hollis también tiene masaje. Es parte de su rutina. Alguien viene al
penthouse. Hollis siempre tiene el suyo primero y luego mi padre, seguido de
tiempo en el jacuzzi. Tal vez es hora de salir del modo de evasión.
Cuando llego a casa, Rix está lavando los platos de su negocio de
preparación de comidas. Un nuevo ramo de peonías se sienta en la isla. Tristan
ataca de nuevo. Mira el reloj.
—Llegas tarde.
—Estaba trabajando en un proyecto de grupo. —No le conté lo que pasó
con Hollis en Vancouver, pero mi llegada tarde toda la semana dice lo que no
diré.
Inclina la cabeza.
—Me voy a casa de Tristan pronto para preparar la cena juntos, ¿a menos
que necesites un poco de tiempo de chicas?
—Disfruta de que te den duro hasta la semana que viene. Estaba pensando
en ir a la piscina a nadar. —Es lo que hago cuando necesito pensar.
Enjuaga un bol y lo coloca en la rejilla de secado.
—¿Todo bien?
—Sí, solo necesito quemar algo de energía. Tanto estar sentada es
demasiado. —Echo de menos el ajetreo que suponía trabajar en la oficina junto
a Hemi y Tally. Éramos un gran trío y siempre estábamos en movimiento. Bajo
por el pasillo hasta mi dormitorio para cambiarme.
Rix me echa una mirada apreciativa cuando vuelvo a aparecer unos
minutos después en bikini, con el bañador colgado del brazo.
—Menuda elección de bañador para nadar.
—¿Es demasiado? —Me siento inquieta y ansiosa, como si mi piel estuviera
demasiado tensa.
—Si estás nadando con tu padre, sí. Si no, no.
—Genial. —Deslizo mis brazos a través de mi tapado—. Mándame un
mensaje si la paciencia de Tristan se agota y viene aquí.
—Oh, eso no sucederá. Ya le he dicho que bajo ningún concepto venga
por aquí, o si no…
—¿Cómo se tomó esa amenaza?
—Todo lo bien que se puede esperar. —Sonríe tortuosamente—. Disfruta
de tu baño.
—Gracias. —Me echo la bolsa al hombro, salgo del apartamento y bajo en
ascensor hasta la piscina. Está vacía cuando llego. Nadar vueltas en bikini no es
lo más práctico, pero está claro que tenía un plan cuando tomé esta mala decisión
de vestuario.
No estoy decepcionada. A la media hora de nadar, entra Hollis. Cuando
llego al final, me doy la vuelta y empiezo a nadar de espaldas. Él camina por el
borde de la piscina al compás de mis brazadas medidas. Al igual que en la
habitación del hotel, está sin camiseta, con todos esos músculos definidos y su
media manga tatuada a la vista. Está de pie frente a mí cuando llego al final.
Me subo las gafas, apoyándolas en mi sonriente gorro de natación de
plátano, y me agarro al borde. Los dedos de sus pies se acercan a los míos. Echo
la cabeza hacia atrás y dejo que mi mirada ascienda por sus piernas gruesas y
musculosas. El calor florece en mi vientre, sube por mi columna vertebral y llega
a mis mejillas cuando recuerdo la forma en que me enjauló contra la pared en la
habitación del hotel. El roce de su nariz con la mía. Su mirada impregnada de
lujuria. El intenso dolor en mi pecho y entre mis muslos.
Es un tema común en estos días, y solo se agrava cuando Hollis está
físicamente cerca. Llevaba toda la noche mirándome mientras el amigo de Essie,
—¿Brandon? ¿Brayden? Ni siquiera recuerdo su nombre— coqueteaba conmigo.
Ese tipo era bastante agradable, pero no era la atención que yo quería.
—¿Qué tal el masaje? —pregunto.
—Probablemente me dolerá mañana, pero era lo que necesitaba. —La
mirada de Hollis se mueve sobre mi cara, luego se sumerge más abajo, bajo el
agua—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí abajo?
Levanto un hombro.
—Media hora tal vez.
—No es el bañador más práctico para hacer largos —observa.
—Me gusta el reto de intentar que no se caiga —respondo.
Su ceño se arquea.
—Eres un maldito problema, Princesa.
—Lo sé. —Extiendo una mano. La escalera está a solo unos metros, pero ni
siquiera tengo que pedir ayuda. Su caballerosidad entra en acción y sus dedos
se cierran alrededor de los míos.
El zumbido eléctrico me corta la respiración y se me pone la carne de
gallina en el brazo. La misma reacción resuena en su piel. Apoyo un pie en el
borde de la piscina y una mano en su hombro mientras me saca del agua con un
movimiento suave. En cuanto estoy de pie, me suelta.
Ninguno de los dos se mueve. Nos quedamos ahí, con los ojos fijos, con
todas las palabras que quiero decir atascadas en la garganta.
—Vamos. —Inclina la cabeza hacia el jacuzzi.
Cruzo los brazos, como si eso fuera a protegerme de lo que venga. Me
muerdo el interior de la mejilla, sintiéndome joven y estúpida y como si llevara
el corazón en la manga.
Hollis y yo solo hemos estado solos unos minutos cada vez desde que todo
esto empezó hace semanas, y a menos que alguien baje a usar la piscina,
tendremos cuarenta y cinco minutos completos de él, yo y el elefante gigante en
forma de mi enamoramiento descontrolado. Debe leer mi incertidumbre en mi
cara.
—Por eso estás aquí nadando en bikini en vez de en bañador de una pieza,
¿no? —Por supuesto que sabe qué traje de baño suelo usar para nadar. Hemos
estado aquí muchas veces juntos en el pasado. Pero el peso de las últimas
semanas hace que el aire sea pesado y que la energía entre nosotros esté
cargada.
Me quito el gorro de baño y me paso los dedos por el cabello para no
retorcerme las manos.
Suspira suavemente, pero su expresión permanece estoicamente neutral.
—Ven a hablar conmigo.
Se da la vuelta y camina hacia el jacuzzi. Mi mirada recorre hambrienta su
ancha espalda. Por un momento, imagino lo que sentiría al clavar mis uñas en su
sólido trasero de hockey mientras él se hunde en mí. ¿Sería un amante tierno?
¿Posesivo? ¿Dominador? ¿Todo eso?
Lo sigo y me meto en el agua burbujeante. Está deliciosamente caliente.
Extiende los brazos por el borde y yo me siento a su izquierda, a unos
centímetros de sus dedos.
—¿Cómo va la escuela? —pregunta.
—Bien.
—¿Simplemente bien?
—Sé lo que quiero hacer y estoy lista para empezar mi carrera —digo.
—No desees que se acabe el semestre —dice suavemente.
—No. He terminado con la vida universitaria. —Podría solicitar un máster,
pero quiero estar donde mejor encajo, y eso es trabajando para la liga.
—La universidad fueron unos de los mejores años de mi vida —dice Hollis.
—Sí, porque jugabas en el equipo de la universidad y todas las chicas
querían acostarse contigo. Yo soy hija de un jugador profesional de hockey. Para
mí es muy diferente —le recuerdo.
Hemos hablado de esto muchas veces, sobre todo durante mi primer año,
cuando aprendí por las malas que mi popularidad estaba ligada a la fama de mi
padre. Salí con un chico que tenía amigos en el equipo de hockey del colegio
durante un par de meses. Pensé que estaba bien porque no era jugador, hasta
que empezó a insistir en conocer a mi padre, y entonces me di cuenta de que no
era conmigo con quien quería salir. Era mi apellido.
—¿Te ha resultado difícil últimamente? —pregunta.
—Este año se celebra el vigésimo aniversario de papá en la liga, así que
ha recibido mucha atención mediática. La mayoría de las veces mis compañeros
son simpáticos, pero siempre hay alguna incomodidad cuando alguien se pone
en plan fanático. Trabajar con Hemi ha sido estupendo, porque me ha dado
rienda suelta en proyectos de ayuda a la comunidad. Pero volver a las clases
normales... —Arrastro los dedos por la superficie del agua y suspiro. Es un
recordatorio de lo diferente que es mi vida—. Antes tenía tantas ganas de encajar
con mis compañeros de clase.
—¿Ya no? —pregunta.
—No es realista. No sé lo que es crecer en una casa normal con una madre
y un padre que tienen trabajos normales. Mi madre vive su vida nómada y trabaja
como curandera. Mi padre siempre ha sido jugador profesional de hockey.
Siempre he vivido esta vida, pero la mayoría de mis compañeros no pueden ni
lo entienden. No puedo ser mi yo más auténtico cerca de mis compañeros, pero
cuando estoy con las chicas, o contigo, o con cualquiera del equipo, puedo ser
simplemente yo.
—Sin embargo, es bueno tener gente en tu vida fuera de este mundo. Te
da perspectiva y te ayuda a mantener los pies en la tierra.
—Lo sé. Y tengo unos cuantos amigos en mis clases a los que todo les
parece genial, pero este año tenemos muchos proyectos en grupo, y cuando todo
el mundo habla de sus planes para el fin de semana, es a qué club van, o una
fiesta en casa de alguien, y yo estoy aquí volando por capricho a Vancouver con
mis amigas para un partido. No tiene nada que ver.
Al principio del semestre, cometí el error de hablar del club al que
habíamos ido por el nuevo año. Es un lugar exclusivo, y las entradas eran caras.
Eso fue todo lo que necesité para cambiar la forma en que la gente me ve.
—¿Qué hay de ese tipo que mencionó tu padre? ¿James o algo así? Está
interesado en ti, ¿verdad? —Los ojos de Hollis están fijos en sus dedos, que
repiquetean agitados contra el borde del jacuzzi.
No quiero hablar de Jameson. No con Hollis.
—Todo lo que los universitarios quieren hacer es ir al club, ir a fiestas, o
Netflix and chill. Y cuando digo Netflix and chill, en realidad no me refiero a ver
un programa y relajarse.
Hollis entrecierra los ojos.
—Lo sé.
—Así que puedes ver por qué no estoy saltando ante la oportunidad de
salir con universitarios.
—Sería mejor que mi habitación de invitados, ¿no crees? —Hollis cierra la
boca, como si no hubiera querido decir eso. Casi me hace reír.
He hecho exactamente lo que me ha pedido. Cambio las sábanas, y lavo y
guardo el juego usado antes de que vuelva a casa de los partidos fuera. No dejo
ninguna prueba.
—Al menos sé lo que me gusta y siempre puedo llegar a donde necesito.
Los veinteañeros tienen un ego frágil. No están acostumbrados a ser
dirigidos, ni guiados, ni a una mujer que pide exactamente lo que necesita. Ven
demasiado porno y no leen suficientes novelas románticas.
Se mueve, como si estuviera incómodo. Sin embargo, sacó el tema.
Cambio de tema y le suelto el rollo.
—Has estado jugando limpio, pero sé que trabajas duro fuera del hielo
para que sea así.
Sus hombros se relajan un poco.
—Sé lo importante que es mantener la rodilla en buenas condiciones
después de esa operación. Todavía me queda un año de contrato, y espero una
prórroga.
Este es el tipo de conversación al que estoy acostumbrada. Siempre
hemos hablado de objetivos personales y expectativas profesionales.
—Te esforzaste el verano pasado.
—Gracias a que siempre me arrastras hasta aquí para nadar vueltas.
Odiaba verlo tan decaído tras su operación de rodilla, así que me propuse
ayudarle en todo lo posible.
—Todas mis molestias fueron efectivas. Estás teniendo una temporada
increíble.
—Nunca fuiste una molestia. Eras la patada en el culo que necesitaba. —
Sonríe irónicamente, probablemente recordando cómo le robaba el mando de
la tele y me negaba a devolvérselo a menos que moviera el culo y se uniera a mí
en la piscina. Todo era diferente entonces. Mi amor secreto seguía siendo un
secreto y no le ocultaba nada a mi padre.
—Has tenido una remontada increíble. Si sigues jugando como lo estás
haciendo, seguro que ampliarán.
Asiente con la cabeza.
—Ése es el objetivo. Solo necesito asegurarme de no volver a lesionarme.
—Sigues todas las reglas, haces todo el trabajo y algo más. E incluso
cuando estés listo para colgar los patines, eres más que una cara bonita increíble
sobre el hielo, Hollis. Decidas lo que decidas, siempre tendrás opciones.
Sonríe de verdad, genuinamente, y eso le hace tan hermoso que mi
corazón apenas puede soportarlo.
—Siempre mirando el lado bueno.
—No se puede ir por la vida escondiéndose de las nubes de lluvia. —
Apoyo la mejilla en los nudillos—. Pero también entiendo la preocupación por
cómo podría ser la vida con una segunda lesión grave.
Asiente con la cabeza.
—Ya no tengo veinte años. Las cosas ya no se curan como antes —
responde.
—Aunque solo tienes treinta y tres años.
—Lo dice la universitaria de veinte años —señala con mordacidad.
Suspiro. Sabía que al final volveríamos a lo mismo.
—He visto a novatos convertirse en estrellas. He visto carreras que suben
y bajan. Entiendo que no puedo entenderlo exactamente, pero puedo empatizar
de una manera que mucha otra gente no puede. —Siento que estoy tratando de
presentarme ante él, lo cual es estúpido, pero aun así añado—: Ya no soy una
niña pequeña, Hollis.
Sus ojos se mueven por mi cara.
—Soy muy consciente.
No quiero que me digan, una vez más, por qué no puedo tener lo que
quiero. Empiezo a levantarme, pero los dedos de Hollis se cierran alrededor de
mi muñeca.
—Dime algo real y verdadero. —Su voz es profunda, arenosa. Como si esto
también fuera una lucha para él. Como si le doliera lo mismo que a mí. Solíamos
jugar a esto el año pasado, pero ahora parece diferente.
Me hundo de nuevo en el agua y me pongo frente a él.
—Echo de menos lo fácil que solía ser entre nosotros. Pero todo ha
cambiado, y no hay forma de volver atrás. —Y aunque pudiera, no sé si querría—
. He echado de menos esta parte de nosotros.
Su expresión se suaviza y todo lo que siento se refleja en mí. Antes de que
pueda responder, continúo.
»Estoy cambiando. He cambiado, y a veces ya no sé cómo encajar en mi
propia piel. —Me trago mis miedos y digo las cosas que quiero, porque
aferrarme a ellas empieza a ser doloroso—. La familia de mi padre me llama
Peggy, y el equipo y mi equipo de hockey me llaman Hammer, lo cual entiendo.
Es un recordatorio de que soy hija de Hammerstein, pero ninguno de los dos se
siente como yo. Son partes de mí, pero no se sienten auténticas. Siempre me he
sentido como Aurora. Y tal vez sea una tontería, porque es solo un nombre. Pero
Peggy era mi bisabuela, a la que todos queríamos, pero no quiero ser un
homenaje a la memoria de otra persona. No quiero que me definan como la
bisnieta continuadora de un nombre, o como la hija de Hammerstein. Solo quiero
ser yo, y quiero que eso sea suficiente.
Y cuando estoy con Hollis, así es como quiero sentirme. Visto. Como el yo
que quiero ser importa.
Sus ojos son cómplices mientras asimila mis palabras.
—¿Quieres que te llame Aurora?
—O Princesa. Eres el único que me llama así. —Secretamente me hace
sentir especial, pero me preocupa que si lo digo, deje de hacerlo. Especialmente
ahora, con lo incierto que se siente todo—. Es tu turno de decirme algo real y
verdadero.
Se frota el labio inferior, con los ojos fijos en el paisaje urbano al otro lado
de las ventanas.
—Me resulta difícil separarte ahora de la adolescente que solías ser. Sé
que ya no eres la misma, que ya no eres aquella chica, en absoluto. Pero siento
que se supone que así es como te veo, y eso me está jodiendo la cabeza.
—Soy adulta. Lo soy desde hace tiempo —digo en voz baja.
—Lo sé. Llevo un rato intentando no darme cuenta. —Esta vez, su mirada
se detiene en mis labios.
—No te lo he puesto fácil últimamente. —Me muerdo la punta de la uña.
—No, la verdad es que no —acepta.
—Lo siento.
—No, no lo sientes para nada.
Sacudo la cabeza.
—Tienes razón. Para nada. Y lo siento mucho.
Me pasa el cabello por detrás de la oreja. Me inclino hacia él y giro la
cabeza, rozando su muñeca con los labios. No a propósito, pero a propósito al fin
y al cabo.
—Princesa. —La palabra es gutural. Sufrida.
—Por favor, Hollis. —Apoyo la mejilla en su cálida palma y él no se aparta.
Me duele el pecho y me palpita entre los muslos.
Sus ojos se cierran y, por un momento, temo que me rechace. Pero cuando
se abren... Pero cuando se abren, hay tanto anhelo. Y conflicto. Tanto conflicto.
Pero se acerca y se inclina hacia mí.
—No debería —murmura.
Sus dedos callosos son suaves contra mi mejilla. Sus ojos recorren mi
rostro y mi corazón rebota en mi pecho. No me atrevo a moverme, ni a respirar,
ni a decir una palabra.
Esto está pasando de verdad. Hollis va a besarme. Por fin.
Sus labios rozan los míos y me derrito y ardo al mismo tiempo. Ese
insidioso dolor se dispara entre mis muslos. El calor me recorre las venas cuando
me aprieta el labio inferior entre los suyos. Me inclina la cabeza y me separa los
labios con un suave movimiento de lengua. Y gimo. Dios, gimo. Por el calor
aterciopelado de sus labios y la seguridad con la que me besa. Mi pierna choca
con la suya bajo el agua y su otra mano me acaricia la cara mientras me acerca.
Ninguna fantasía puede compararse a esto. Con él. Seductoras caricias de
lengua, sus cálidos y suaves labios moviéndose contra los míos. Es tan tierno y
dulce. Tan perfectamente correcto. Es el beso que pone fin a todos los besos.
Nunca volveré a ser la misma después de esto. Su gemido profundo y necesitado
me produce un delicioso escalofrío. Rozo sus costillas bajo el agua con dedos
tímidos, temerosa de romper el hechizo, pero desesperada por tocar más de él.
Me inclina aún más la cabeza y su lengua recorre mi boca en ondas rítmicas que
hacen que se me enrosquen los dedos de los pies. Nunca me habían besado así.
La oleada de deseo es vertiginosa.
Le rodeo la nuca con la mano, lo necesito más cerca. Quiero subirme a su
regazo y envolverme en él. Quiero sus manos sobre mi cuerpo, nuestra piel
desnuda tocándose. Quiero sus dedos entre mis muslos, aliviando el horrible y
glorioso dolor que se expande a cada segundo que pasa. Quiero más. De él. De
esto. Chupo su lengua y gimo cuando me responde. El sonido que hace —parte
gemido, parte gruñido animal— hace que mi cuerpo zumbe de necesidad.
Le rozo el dorso de la mano y recorro su brazo.
—Por favor, por favor. —No sé lo que pido, pero necesito algo. No me
canso de sentir la atracción de sus labios, la delicadeza con la que me sujeta la
cara y, sin embargo, domina mi boca con la suya.
Me acerco y aprieto una pierna contra la suya. Me siento electrizada,
desesperada por que me toque. Deseo que me alivie este latido enloquecedor y
abrumador que se amplifica con cada magistral roce de lengua y mordisco de
dientes. Estoy a punto de subirme a su regazo.
Y de repente sus labios ya no están sobre los míos.
Abro los ojos y su expresión me revuelve el estómago. La lujuria y el
anhelo siguen muy presentes, pero la culpa es un yunque para mi corazón de
colibrí.
—Joder. —Su mirada se mueve a un lado—. Eso no fue...
—Está bien, Hollis. No estamos haciendo nada malo. —No importa si tengo
razón, que ambos somos adultos que pueden tomar decisiones adultas. Estamos
leyendo del mismo libro, pero estamos en páginas diferentes. Él todavía me ve
como la hija de su mejor amigo, y yo lo veo como el hombre a cuya cama y
corazón quiero ser invitada.
—Eso fue un error, Aurora. —Sale del agua—. No puede pasar. Nunca.
Deseo desesperadamente encontrar la forma de arreglarlo, pero al
contemplar su cuerpo húmedo y tenso, y la impresionante erección que cubre la
parte delantera de su bañador, sé que no puedo.
Sin embargo, lo peor es que cualquier duda que tuviera sobre mis
sentimientos por Hollis se ha disipado. No puedo precisar cuánto tiempo hace
que me siento así, pero el horrible y paralizante dolor de mi pecho lo confirma.
Estoy enamorada de él.
Me siento en el jacuzzi varios minutos después de que se haya ido,
intentando procesar lo ocurrido. Empezó como el mejor beso de mi vida y
terminó como el peor. No por el beso, sino por la forma en que Hollis parecía
haber pisado un montón humeante de arrepentimientos a los pocos segundos de
terminar.
Hammer
Abro los ojos al oír el despertador. Los siento como si tuvieran arena
dentro de tanto llorar. Anoche me desperté llorando más de una vez. Me
estremezco cuando veo mi reflejo en el espejo. Tengo los ojos ridículamente
hinchados. En mis sueños, Hollis volvía con Scarlet y no paraba de besarla
delante de mí.
Más vale que no sea una premonición.
Rix ya se ha ido a trabajar, así que arrastro el culo hasta la ducha. No me
ayuda con la hinchazón. Mientras estoy tumbada en el sofá con bolsitas de té en
los ojos —la recomendación de Internet para aliviar mi problema—, mi padre
entra en mi apartamento. Es una mala costumbre suya.
—Eh, chica, ¿qué haces?
Mierda. No puedo decirle que pasé la noche llorando por su mejor amigo.
Busco una mentira plausible. Me quito una bolsita de té y parpadeo para
enfocarme en él.
Papá frunce el ceño.
—¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? Has estado llorando.
—Estoy bien —murmuro. Miento fatal—. Me he puesto a ver The Way We
Weren't, y ya sabes lo emotiva que me pone esa serie.
—Oh, sí. Me asustaste por un segundo. Pensé que iba a tener que patearle
el culo a alguien.
Solo el de tu mejor amigo porque dijo que besarme fue un error.
—No. No hay que patear traseros, papá.
—Muy bien. Muy bien. Estaba pensando que podríamos pedir comida
tailandesa para cenar esta noche en tu sitio favorito. ¿Te parece bien?
—Sí. Claro. Sería genial.
—Perfecto. Traeré todos tus favoritos. ¿Te viene bien a las seis y media?
—Sí, a las seis y media está bien.
—Estupendo. Nos vemos, cariño. —Se inclina para besarme en la frente—
. Que tengas un buen día.
—Tú también, papá.
Cuando se va, miro el móvil. Tengo mensajes de mis amigos del colegio y
otro de Rix preguntándome cómo me fue la natación.

Aurora
Pasaron cosas.

Rix
¿¿¿¿¿Qué tipo de cosas?????

Aurora
Cosas no recuperables.

Rix
Por favor, explícate.

Aurora
Cosas de labios.

Rix
(O_o) (O_o) (O_o)

Suena mi teléfono.
—Estoy a punto de tomar el metro, pero dime qué ha pasado y si tengo
que comprar limas frescas y los ingredientes para los nachos de esta noche —
dice Rix.
—Quizá sí sobre las limas, pero para más tarde esta noche, tengo que
cenar con mi padre. —Me froto la sien, deseando haber dicho mañana. ¿Y si
invitaba a Hollis?—. Ese chico que me gusta me besó y luego me dijo que había
sido un error. Fue el mejor beso, Rix. El mejor beso de toda mi vida, y luego fue
el peor.
—Oh, pastelito. Siento que no pueda lidiar con sus sentimientos.
—Admitió que siente que debería seguir viéndome como la adolescente
que conoció cuando llegó a Toronto, pero no es así, y eso le está dando vueltas
en la cabeza.
Rix suspira.
—Puedo ver por qué lo haría. Te ha visto crecer y ahora eres una mujer
guapa y decidida por la que se siente atraído. Obviamente se preocupa por ti,
pero está en la fase de la espiral de culpa.
—¿Y si nunca sale de la espiral de culpa?
—Entonces no merece tu corazón.
El mayor problema es que ya lo tiene, así que ¿cómo demonios lo
recupero?
Hollis
Duermo como una basura. Me lo merezco por ser un imbécil egoísta.
Besé a la hija de mi mejor amigo.
Sabía que no debía ponerme en el camino de la tentación. Especialmente
con lo tensas que han sido las cosas entre nosotros. En vez de arreglar el
problema, lo empeoré infinitamente.
Ceder fue el peor error. Porque ahora sé cómo se sienten sus labios. El
recuerdo está grabado en mi cerebro para el resto de mi puta vida. Era tan suave,
flexible, y el sonido que hacía... La forma en que sus dedos se sentían en mi piel.
Como si pertenecieran. Como si nunca tuviera suficiente. Como si debiera ser
mía para quedármela. Completamente perfecta.
Aprieto los puños. Mi polla se tensa. Me duelen las pelotas. Anoche me
negué a ocuparme de mi situación, pero estoy alcanzando una masa crítica. Si no
hago algo pronto, acabaré teniendo un sueño húmedo como un adolescente.
Cruzo a mi cuarto de baño, pero Aurora está estampada por todo este
espacio. Tal vez controle mejor mis pensamientos el cuarto de baño principal.
Tomada la decisión, avanzo por el pasillo.
Pero me detengo al llegar al umbral. Juro que huele a Aurora. Peggy dejó
de existir después de aquel beso. Nada de lo que haga en me hará verla como
antes. Me trago la culpa y entro. Estoy a medio camino de la habitación cuando
veo algo en el suelo. Me agacho a recogerlo y gimo al darme cuenta de lo que
es. Una goma del cabello.
«Se llama coletero, Hollis.»
Lo froto entre los dedos. Es de tela suave con un estampado de plátanos.
Solo se echa el cabello hacia atrás cuando cocina, o a veces cuando está
trabajando en un proyecto y no quiere que el cabello le moleste en la cara.
Mientras agarro el coletero, se me ocurre una idea horrible. Es enfermiza.
Una mierda. Pero me dirijo a la cama y tiro del edredón de todos modos. Las
sábanas están limpias. El juego de repuesto está en el armario de la ropa blanca.
Es la única prueba de que usa esta habitación.
Recojo uno de los cojines decorativos y me lo acerco a la nariz, gimiendo
ante el leve aroma de su perfume. Fue un regalo de su ex-novio, y pensó en
tirarlo después de romper, pero decidió no hacerlo porque es caro y también su
favorito. Y solo se lo compró porque Roman se lo mencionó.
Odio querer aporrear a su ex con mi palo de hockey por haberla tenido
de una forma que yo no puedo.
En lugar de meterme en la ducha e intentar ahogar las imágenes de Aurora
desnuda en mi habitación, me estiro en la cama. Me bajo los calzoncillos y deslizo
el coletero sobre la cabeza de mi polla, con los ojos cerrados mientras la suave
tela se desliza por mi pene.
—Idiota de mierda. —Incluso cuando la culpa me invade, no lucho contra
el recuerdo de besarla. Dios, sus labios eran perfectos. Me dejó guiar... al
principio. Tentativas caricias de lengua mientras aprendíamos la boca del otro.
Luego me mordió el labio, me chupó la lengua y me mostró ese lado descarado
que tanto me gusta. Quería rodearme la cintura con sus piernas y llevármela a mi
penthouse para hacer desaparecer el dolor del que se quejaba.
Me arrepiento de haberla dejado allí, con la mirada tan perdida. Pero si
no lo hubiera hecho, habría hecho algo infinitamente más estúpido. Algo de lo
que es imposible volver. Quizá ya lo he hecho.
Fuera de control, dejo que la fantasía juegue detrás de mis párpados,
reinventando el beso, convirtiéndolo en algo más. En lugar de apartarla, acerco
a Aurora mientras nuestras lenguas se deslizan una contra otra. Se sienta a
horcajadas sobre mis muslos y me pasa los dedos por el cabello y los hombros
mientras la agarro por las caderas y la aprieto contra mí, rozando toda esa piel
cálida y suave mientras la acuno contra mi polla. Ella me consume mientras yo la
penetro. Sus suaves gemidos son jadeos cálidos contra mis labios.
El orgasmo me atraviesa y me corro en toda la mano y en el coletero de
Aurora. Supongo que no se lo devolveré pronto.
Todavía estoy intentando recuperar el aliento cuando la voz de Roman
llega desde el interior de mi apartamento.
—Oye, ¿Hollis? ¿Estás listo para irnos, hermano? Te mandé un mensaje.
¡Tenemos que movernos!
—Mierda. —Salgo de la cama, con la mano todavía cubierta de semen—.
¡Sí! Dame dos minutos. —Corro al baño y cierro la puerta de un portazo, haciendo
saltar la cerradura.
Enciendo la ducha, me quito los calzoncillos cubiertos de semen, dejo el
coletero en el tocador y me meto bajo el chorro de agua fría. No me molesto en
enjabonarme para quitarme la culpa y los fluidos corporales. Se me revuelve el
estómago cuando agarro la toalla que cuelga de la barra. Huele a Aurora. Y ahora
cada ducha tiene un recuerdo de ella desnuda. Y cada cama.
Estoy tan jodido. Tan, tan jodido.
Me envuelvo la cintura con la toalla, intento respirar para contener las
náuseas y salgo al pasillo.
Roman está de pie en mi cocina, con el ceño fruncido mientras me mira.
—¿Todo bien, hombre?
—Sí. Eh... Dame un minuto. —Me visto a toda prisa y vuelvo a la cocina,
cogiendo el recipiente de magdalenas de harina de almendras—. Puede que
necesite parar a tomar un café por el camino.
—¿Tú también estás raro esta mañana? —pregunta.
—¿Qué quieres decir? —Meto los pies en las zapatillas, me encojo de
hombros, me pongo la chaqueta de invierno y me meto la billetera, el llavero y
el teléfono en el bolsillo mientras le sigo al vestíbulo.
—Peggy estaba tumbada en el sofá con bolsitas de té en los ojos esta
mañana. Dijo que vio demasiado The Way We Weren't, y que siempre la hace
llorar. —Se frota la barbilla—. No sé. Algo le pasa últimamente. ¿Estuvo en la
piscina anoche? Mencionó que podría ir a nadar.
Ya me siento mal por el beso, y por masturbarme con el coletero de Aurora
con imágenes de ella a horcajadas sobre mí, pero esta noticia me aplasta de una
forma que no sé cómo afrontar. Siento que no puedo respirar, joder. Esto es lo
que pasa cuando soy un imbécil egoísta.
A lo largo de los años, he visto llorar a Aurora un puñado de veces: una
vez, cuando era adolescente y recibió un pelotazo en el pecho durante un partido
de vóley, que nos dio un susto de muerte a Roman y a mí. El año pasado, el
mierdecilla con el que salía rompió justo antes de San Valentín, así que la consolé
y acabamos pasando el rato viendo películas de Batman. El equipo estaba fuera,
y yo estaba atrapado en casa curando mi lesión. Hice que me trajeran todos los
ingredientes para los helados de brownie y ella, además de estar triste, casi se
pone enferma. Pero ser la causa de sus lágrimas... eso es un golpe en las tripas.
—Uh, ella estaba saliendo cuando yo estaba entrando. —Mentirle en la
cara a Roman es un nuevo punto bajo además de mi épica traición.
—¿Parecía estar bien cuando la viste? ¿No parecía disgustada? —
pregunta.
—Tal vez un poco al límite. —Porque la besé y le dije que había sido un
error.
Si alguna vez he deseado volver a hacerlo, es por ese maldito beso.
Conozco a Aurora. Sé exactamente cómo reaccionará a mi reacción. Se
destrozará a sí misma por ello.
Tristan, Flip, Dallas y Ash se reúnen con nosotros en el gimnasio para un
entrenamiento matutino.
—¿Todo bien con Hammer? —Tristan pregunta a Roman una vez que
hemos establecido nuestra rutina y todo el mundo está en su puesto designado.
Roman frunce el ceño.
—¿Por qué lo preguntas?
Tristan continúa con su combo de curl de bíceps y press de banca mientras
habla.
—Se supone que Bea se quedaría a dormir esta noche. Íbamos a preparar
juntos una nueva receta en la que estaba trabajando y yo tenía muchas ganas de
pasar tiempo con ella, pero me ha dicho que quizá tenga que cancelarlo porque
Hammer está pasando por algunas cosas. Aunque no quiso dar más detalles.
Roman me mira preocupado.
—Dijiste que parecía estar bien cuando la viste en la piscina anoche. Me
pregunto qué le habrá pasado.
Me encojo de hombros, con las tripas revueltas.
—Como dijiste, ha estado apagada últimamente. Tal vez esté relacionado
con la escuela.
Miro a Tristan de reojo. Frunce el ceño en mi dirección. ¿Y si Rix sabe lo
del beso? ¿Aurora se lo dijo? ¿Se lo diría Rix a Tristan? Un error podría hacer
saltar por los aires casi una década de amistad.
El hecho de que me preocupe por mí en esto me hace aún más idiota.
Porque no solo le estoy mintiendo a mi mejor amigo, Aurora también le está
mintiendo a su padre. Tienen una gran relación. Claro, puede ser autoritario y
sobreprotector, pero son muy unidos. Y ahora me estoy interponiendo entre
ellos. Ella se merece algo mucho mejor que esto. Que yo.
—Hemi echa mucho de menos tenerla a ella y a Tally cerca —dice Ash.
—Ni siquiera ha sacado los escritorios extra de su oficina. —Dallas gruñe
en cuclillas.
—Shilps a veces hace su papeleo en el antiguo escritorio de Hammer para
hacer compañía a Hemi —añade Ash.
—No me había dado cuenta. —Añado cinco kilos para la siguiente serie de
pesas.
—Hemi pasó de tener dos asistentes a no tener ninguna. Y Hammer estuvo
increíble, sobre todo por la forma en que acogió a Tally bajo su tutela y le ayudó
a gestionar las campañas de apoyo —dice Flip—. Hammer es un genia de la
programación. Apuesto a que Hemi está sintiendo la presión sin ella, y esas
chicas están juntas todo el tiempo fuera del trabajo, así que estoy seguro de que
se echan de menos.
—Shilpa dice que la oficina se siente vacía sin ellas —Ash está de acuerdo.
Roman añade placas a una barra.
—Tal vez eso es lo que está pasando con Peggy. Ha estado distante
últimamente. Falta a las cenas más a menudo. —Se vuelve hacia mí—. Tú también
lo has notado, ¿verdad?
Mantengo la vista en mis pesas.
—Lo achaqué al trabajo del curso. —El problema con una red de mentiras
es que al final, estoy obligado a quedar atrapado en ella. ¿Y entonces qué pasará?
—Es una pena que sus prácticas no fueran este semestre. Sobre todo,
teniendo en cuenta que la gala es en abril —dice Dallas.
—¿Hemi te metió en la subasta de nuevo este año? —Flip pregunta.
—El año pasado ni siquiera me lo pidió —se queja Dallas—. Pero este año
se lo propuso a Hammer, y yo no iba a decir que no.
—Me alegro de tener un pase este año —murmura Tristan—. Y espero que
por el resto de mi vida.
—Me divertí el año pasado —dice Flip secamente.
La subasta «Noche con un Jugador de Hockey» suele ser bastante familiar.
Suele ser una oportunidad para que el ganador pase un rato con su jugador
favorito. A veces consiste en pasar un rato en el hielo, retribuir a la comunidad
de forma significativa y una cena privada con un grupo reducido, pero el año
pasado la cita de Flip fue en una dirección menos apta para el público.
Dallas le lanza una mirada.
—Estoy poniendo en el universo que me gustaría tener una noche con
alguien menos de tres veces mi edad esta vez.
El año pasado opté por no participar debido a mi lesión. Este año no tenía
motivos para decir que no. Sigo sin tenerla. Pero ojalá lo hubiera hecho. Hay que
ser simpático, cosa que no siempre se me da bien.
Después de entrenar, vamos a comer. Tenemos entrenamiento a primera
hora de la tarde, así que tengo una hora libre. Debato mis opciones. Una parte
de mí quiere pedir consejo a mi hermana pequeña. Conoció a su marido cuando
estaba haciendo un máster. Es profesor y quince años mayor que ella. En su
momento fue escandaloso y desconfiamos un poco de Mike, pero después de
conocerlo quedó claro que estaban hechos el uno para el otro. Sin embargo, esto
no es lo mismo. Roman es mi mejor amigo y compañero de equipo. Aurora ni
siquiera ha terminado la universidad. No importa lo perfecto que fuera ese beso.
Ella no es para mí. No puedo arreglar esto, pero puedo disculparme.
Envío un único mensaje:

Hollis
Lo siento.

Aurora lo lee casi inmediatamente, pero no responde hasta pasada media


hora.

Princesa
¿Por qué disculparte si fue un error?

Hollis
No quería molestarte.

Me responde mientras deslizo los pies dentro de los zapatos.

Princesa
Olvidémoslo.

No creo que eso sea posible. Pero por ella, lo intentaré.

Esa noche, Roman no me deja escaparme de la cena. Paramos en el


restaurante tailandés favorito de Aurora. También se detiene en la panadería y
le compra un surtido de postres. Mientras está dentro, llamo a mi hermana
mayor, Emilia, para saludarla y ponernos al día. Roman vuelve y yo le sostengo
los pasteles, poniéndolos en mi regazo para que no se golpeen en durante el
viaje de vuelta.
Se me revuelve el estómago cuando Aurora entra por su puerta a las seis
y media. Se hunde aún más cuando su mirada se cruza con la mía y su expresión
se vuelve plana.
—¡Tengo todos tus favoritos de Spicy Thai! ¡Y postres! Puedes llevarte las
sobras a casa. —Roman la abraza y luego la mantiene a distancia—. ¿Estás bien?
Pareces cansada. ¿Es por la universidad?
Sonríe, pero parece forzada.
—Estoy bien. No he dormido muy bien. Probablemente demasiada
cafeína.
Nos sentamos a la mesa y nos repartimos los recipientes de comida para
llevar. Aurora se quita de la muñeca un coletero rosa y amarillo con dibujos de
plátanos y se recoge la mitad del cabello.
—Parece nuevo —observa Roman.
—Sí, no puedo encontrar el azul. Espero no haberlo perdido. Es mi
favorito.
Me atraganto con el sorbo de agua y toso en el pliegue del codo.
—Puedo conseguirte otro —ofrece Roman.
—Hay algunos lugares que tengo que comprobar primero. Es el coletero
perfecto.
Evita mirarme a los ojos y empuja la comida por el plato, sin apenas
tocarla.
—¿No tienes hambre? ¿Me he equivocado? Creía que el curry de
tamarindo era tu favorito —se queja Roman—. ¿Te encuentras mal? Eso podría
explicar por qué llorabas anoche. De niña siempre llorabas cuando estabas
enferma, y las universidades son focos de enfermedades estacionales.
Se encoge de hombros y me mira.
—The Way We Weren't siempre me pone de los nervios. —Pincha su
ensalada de mango—. Y Tristan le envió a Rix otro pastel, y estaba en la encimera
cuando llegué de clase. Pensé que un trozo no me haría daño, pero luego volví
por el segundo, y sí... voy a disfrutar totalmente de esto como sobras. —Come
un pequeño bocado de curry de tamarindo.
Aparto la mirada, porque ver desaparecer ese tenedor entre sus labios me
hace pensar en lo que pasó anoche. Y a pesar de saber que está mal a muchos
niveles, egoístamente quiero volver a hacerlo.
Me pregunto si esto es lo que sentían Tristan y Rix cuando le ocultaban a
Flip lo que estaba pasando. ¿Sentía que la culpa se lo iba a tragar entero porque
estaba mintiendo a su mejor amigo? Mientras estoy sentado frente a ella, con
Roman en espiral por las lágrimas que le hice llorar, deseo desesperadamente
que las cosas sean diferentes. Y por un momento me planteo soltar la verdad.
¿Pero entonces qué? ¿Hago saltar por los aires años de amistad y creo una
ruptura irreparable? Tampoco sería justo para Aurora.
—¿Así que no tiene nada que ver con las clases? —pregunta Roman. No
puede dejarlo pasar.
—Dan mucho trabajo, pero de momento van bien —le asegura—. Solo
estoy preocupada, y tengo una reunión de grupo esta noche.
—¿Ese chico que se interesó por ti el año pasado está en tu grupo? —
presiona Roman.
—Sí. —Sus ojos se posan brevemente en los míos—. Jameson está en mi
grupo.
—¿Sigue interesado? —Roman pregunta.
—Um, sí. Él... me invitó a tomar un café el otro día —murmura.
¿Es este el chico que quiere hacer Netflix and chill con ella? Los celos me
dejan un sabor amargo en la boca. Que es otro problema. Ella debería estar toda
Netflix and chill con su compañero de clase.
—¿Has dicho que sí? —pregunto.
Sorpresa y dolor cruzan su rostro antes de que su mirada vuelva a su plato.
—Eh... Esta semana ha sido demasiado ajetreada.
—¿Y un café es qué? ¿Un compromiso de una hora? —presiono. Cada
palabra se siente como una hoja de afeitar. Necesito dejar de lado lo que quiero.
Es mejor así. Ella debería estar saliendo, y este tipo ha estado interesado durante
meses. No debería estar pensando en mí, y yo no debería estar pensando en ella.
—¿Te gusta? ¿Es simpático? No juega al hockey, ¿verdad? —Roman
pregunta.
—Es simpático y no, no hace deporte. Se va a dedicar a la gestión
deportiva —confirma.
—Eso es bueno. Las carreras deportivas profesionales no son estables. Un
contador o gerente es un lado mucho mejor para estar. Entonces, ¿qué te retiene?
—Roman deja el tenedor y presta toda su atención a Aurora.
Se pica el arroz.
—Yo, eh, yo como que... me gustaba otra persona, y eh, no es... Él no...
El quiebre en su voz me hace querer apuñalarme en el ojo.
Ella respira hondo, con los ojos en su plato.
—Él no está interesado en mí de la misma manera.
—Él se lo pierde si no puede ver lo increíble que eres —dice Roman
amablemente—. Tal vez un café con Jameson es exactamente lo que necesitas.
Solo quiero verte feliz con un tipo normal, viviendo tu vida.
—Sí. —Ella suspira—. Probablemente debería decir que sí. Al menos no
tiene miedo de ir por lo que quiere.
Esa espada corta profundo, porque ella tiene razón. ¿Y no es eso lo que se
merece? Alguien que se arriesgue por ella. Alguien que no la bese y le diga que
es un error cuando siente lo contrario.
Roman sonríe, completamente ajeno —gracias a Dios— a la horrible
tensión.
—Esa es mi chica. No esperes a que un hombre se dé cuenta de lo que se
pierde. Ve por lo que quieres.
—Gracias, papá. Creo que lo haré. —Sonríe, pero parece dolida, al menos
para mí.
Se excusa unos minutos después, con el plato todavía medio lleno, para ir
a prepararse para la reunión de su grupo.
Roman espera hasta que ella se ha ido antes de volverse hacia mí.
—Sabía que había algo más. No sé por qué sintió que tenía que
ocultármelo. Siempre he intentado mantener una política de puertas abiertas
entre nosotros.
—Tal vez lo estaba procesando, especialmente si se enteró de que este
otro tipo no estaba interesado en ella tan recientemente como anoche. —Que sea
capaz de mantener la voz uniforme es un milagro. Mentirle a Roman se siente casi
tan mal como empujar a Aurora a los brazos de alguien mucho más apropiado
para su edad.
—Sí, podría ser. No nos ocultamos muchas cosas. —Golpea el borde de la
mesa—. Hablando de citas, ¿has pensado en salir con Scarlet?
Me froto el labio inferior. Mi ex es la última persona a la que quiero ver.
—Estamos de viaje la mitad del tiempo.
—Son solo bebidas, sin embargo. Como dijiste, es un compromiso de una
hora. Podría darte algún cierre por lo menos. No lo sabes si no lo intentas,
¿verdad?
—Sí. Supongo.
—Envíale un mensaje. A ver si está disponible. Solo estará en la ciudad
unos meses. Consigue un cierre, si eso es lo que necesitas, pero aprovecha la
oportunidad como lo que es.
Saco mi teléfono del bolsillo, molesto porque su norma de no usar
teléfonos en la mesa parece haber caído en saco roto últimamente.

Hollis
Hola. ¿Sigues interesado en tomar esa copa?

Pulso enviar y siento que voy a vomitar.


—¿Feliz?
—Sí, así es. Gracias.
Estoy a punto de volver a meterme el teléfono en el bolsillo, pero zumba.
Roman me da un toque con la barbilla, así que compruebo la pantalla a
regañadientes.

Scarlet
Absolutamente. ¿Estás libre esta noche?

Exhalo una bocanada de culpa y pavor. No quiero verla, pero sé que debo.
No porque tenga reparos en volver con ella. No es a ella a quien quiero.
—¿Dijo que sí?
—Me preguntó si estoy libre esta noche.
Él asiente.
—Dile que sí y vete de aquí.
—Voy para conseguir un cierre, Roman. Eso es todo lo que es. —Scarlet
ya ha hecho suficiente daño. No le daré el poder de hacer más.
Me hace preguntarme si es así como Aurora sentirá por mí algún día. ¿Y
no sería eso exactamente lo que merezco?
Hollis
—Me alegro mucho de que hayas dicho que sí. —Scarlet me hace pasar al
penthouse que ha alquilado.
—Pensé que tenía sentido contigo en la ciudad por un tiempo. —Me quito
el abrigo y los zapatos. No me siento del todo cómodo en su espacio personal,
pero tras un breve intercambio de impresiones, éste me pareció el mejor lugar
para evitar acabar en los tabloides. No puedo herir a Aurora más de lo que ya lo
he hecho al ser visto con mi ex la noche después de besarla. Estar con Scarlet ya
me hace sentir mal.
—Es difícil escapar de mí cuando estoy en todas partes, ¿eh? —Su sonrisa
es irónica y pícara.
—Debe cansar que te sigan dondequiera que vayas. —Los tabloides
locales tienen un reportaje diario, y últimamente ha sido Scarlet tomando su café
matutino, o destacando su chaqueta o zapatos de diseño, o a quién demonios le
importa qué más. Estoy acostumbrado a la fama de ser jugador profesional de
hockey, pero nadie me sigue de casa al estadio.
Hace un gesto despectivo con la mano.
—En mi trabajo, uno se apunta a ello. —La sigo a la cocina—. ¿Qué te sirvo?
Tengo vino, whisky y cerveza.
—La cerveza estaría bien. —Estoy conduciendo, y algo más fuerte sería
una mala idea.
—Claro. —Abre una botella de mi marca preferida, obviamente
preparada—. ¿Quieres un vaso?
—Solo la botella.
Las yemas de sus dedos rozan los míos cuando me la pasa. No provoca
nada excepto más culpa.
—Gracias. —Doy un largo trago—. ¿Cómo llevas el invierno canadiense?
—Sip, definitivamente luchando por la conversación si ya estoy hablando del
tiempo.
—¡Qué frío hace aquí! No sé cómo lo soportas.
—Cuesta un poco acostumbrarse. Pero viajo durante los peores meses, así
que tengo muchos descansos. No puede ser fácil para una chica de California.
—No debería quejarme. Este papel es increíble, y estoy encantada de
tener la oportunidad. Además, puedo verte jugar. —Se sirve un vaso de vino
blanco—. Me alegro de verte de nuevo sobre el hielo. ¿Cómo te encuentras?
—Bien. La conmoción cerebral fue un contratiempo menor.
Me lleva al salón. Me siento en una esquina del sofá. Ella se sienta en el
cojín del medio e inclina su cuerpo hacia mí. Lleva jeans y un suéter corto que le
cae por un hombro. Lleva el cabello rizado y se ha maquillado. Parece preparada
para la cámara. Probablemente lo esté, me doy cuenta, por si salimos juntos de
su piso.
—Te queda otro año de contrato con Toronto, ¿no?
Enuncia cada sílaba del nombre de la ciudad. Yo lo hacía cuando me
trasladaron a los Terror, y a Aurora le parecía divertidísimo. Mi pecho se aprieta
cuando pienso en lo que está haciendo ahora. ¿Hizo planes con ese chico James?
¿Cómo se sentiría si supiera que estoy aquí?
—Hollis, ¿estás bien? —Scarlet me pone la mano en la rodilla.
—Es que... últimamente tengo muchas cosas en la cabeza. —Cambio de
posición y cruzo una pierna sobre la otra para cortar el contacto.
Su sonrisa se vuelve empática.
—Seguro que debe ser duro, salir de una lesión y volver a estar fuera de
juego. Pero has vuelto y estás mejor que nunca, ¿verdad? Quién sabe lo que
puede pasar a finales del año que viene. Quizá vuelvas a California. O incluso a
Las Vegas.
Es poco probable.
—Espero que Toronto renueve por un par de años más.
—¿No echas de menos el sol y el buen tiempo todo el año? —pregunta.
—Tengo la familia cerca y me gustaría terminar aquí mi carrera. —Me
encanta mi equipo, estoy a gusto y las personas que más me importan están
cerca.
—Es emocionante, ¿verdad? Tendrás treinta y tantos años y empezarás tu
segunda carrera. ¿Has pensado en qué será lo próximo para ti?
Me encojo de hombros.
—Estoy más centrado en el partido que en lo que viene después. ¿Y tú? Tu
estrella sigue subiendo.
—Los últimos siete años han sido un torbellino —admite.
—Debe ser un reto tener tu vida expuesta todo el tiempo. —Pero, aunque
diga eso, no estoy seguro de que lo sea para ella. Nuestros diferentes puntos de
vista sobre este tema fueron una gran parte de la razón por la que rompió. Le
gusta la atención de los medios. Cuando éramos novios, publicaba fotos nuestras
constantemente, exponiendo nuestra relación de un modo que a mí me
incomodaba.
Ella sonríe y baja la mirada.
—Puede ser difícil en las relaciones, como sabes.
—Lo sé. —Se me retuerce el estómago. Nuestro final fue público y
doloroso. Nuestra última pelea fue grabada por una cámara para que el mundo
especulara sobre ella. Por eso ahora soy extremadamente reservado y he
evitado las relaciones serias y públicas.
Deja su copa de vino sobre la mesa y se pasa las manos por los muslos
mientras levanta los ojos.
—Siento cómo sucedieron las cosas, Hollis. Lo siento mucho. Ojalá lo
hubiera manejado mejor.
Estoy a punto de decirle que está bien, pero entonces ¿cuál era el
propósito de venir aquí?
—Pensé que estábamos en la misma página —digo en su lugar—. Creía
que ambos queríamos lo mismo. —Habíamos hablado de matrimonio y de sentar
la cabeza. Más de una vez.
Sus dedos se deslizan sobre sus labios.
—Todo sucedió muy rápido. The Way We Weren't estaba despegando, y
tú acababas de ser intercambiado. No creí que pudiera soportar ese tipo de
distancia, especialmente contigo, que querías mantener nuestra relación en
secreto.
—Solo quería un poco de privacidad —contesto—. No quería que
estuviéramos bajo el microscopio todo el tiempo. —Estaba seguro de que
podríamos manejar la distancia. Claro, habría sido agitado con nuestras
carreras, pero yo había estado tan jodidamente enamorado. Tan dispuesto a
amarla por el resto de mi vida. Y ella me había arrancado el corazón. Al menos
no le había propuesto matrimonio. Pero ella se enteró de mi plan después del
hecho.
Se frota el dedo anular desnudo.
—Ahora lo sé. Era tan joven entonces. No pasa un día sin que desee haber
hecho las cosas de otra manera.
—Pero no lo hiciste. —Interpretó mi falta de interés por ser carne de
prensa como una falta de apoyo y terminó nuestra relación.
Se acerca y me sujeta la mano.
—Sé que te hice daño, Hollis, y no puedo retractarme. Pero es lo que más
lamento de mi vida. Debería haberme dado cuenta de que intentabas proteger
nuestra relación manteniéndola fuera del foco mediático. Tenía miedo de toda
esa distancia y de lo que significaría para nosotros. Sé que una conversación no
arreglará las cosas, pero estoy aquí unos meses más. Quizá podríamos pasar
algún tiempo conociéndonos de nuevo.
Lo correcto sería salir con alguien de mi edad. Pero la idea de tener una
relación con el mundo mirando, otra vez... Todavía no quiero que mi vida esté
más disponible para el consumo público de lo que está. Y la idea de volver a
poner mi corazón en juego, especialmente con alguien que ya lo ha destrozado
una vez, me parece una estupidez. Pero más allá de todo eso, no quiero a la mujer
sentada frente a mí.
Sin mencionar lo que le haría a Aurora. Estar aquí se siente como una
enorme traición a una mujer que ni siquiera es mía. Nunca sería capaz de arreglar
lo que he roto si volviera a tomar este camino con Scarlet. Y a juzgar por el peso
en mi estómago, no es algo con lo que pueda vivir.
Me lamo los labios, con la boca seca y el pecho apretado.
—Ahora somos personas muy distintas, Scarlet. Lo que me hiciste, cómo
dejaste las cosas... Tienes razón, una conversación no lo arreglará. Y tampoco sé
si pasar más tiempo contigo lo arreglará. Acabas de salir de una relación...
—Las cosas no fueron bien allí durante un tiempo —interviene—. Se
suponía que debía esperar hasta que empezáramos a rodar aquí, pero
simplemente... no funcionábamos.
—Estuvieron juntos dos años, según la prensa sensacionalista, que es el
tiempo que estuvimos juntos. No había superado lo nuestro después de tres
meses. —Me pongo de pie—. Agradezco la oportunidad de hablar y tu
sinceridad, pero no sé si esto es lo que necesito. —Pero sí lo sé.
Desgraciadamente, la persona que quiero no la podré tener nunca.
Hammer
—¿Qué aspecto tengo? ¿Debería cambiarme? No sé qué tal esta blusa.

Aurora
¿Qué te parece esta camiseta? Tengo una cita para tomar un café con
un chico de la uni.

Me hago una selfie y se la envío a mi madre. Ha vuelto a Internet y me ha


enviado unas fotos de las montañas. Se supone que me aportan serenidad cada
vez que las miro. Tiene razón, me tranquilizan.
—Si asistieras a una reunión de la iglesia con personas mayores, esa blusa
sería fantástica. Te sugiero un escote en V y el sujetador que sueles llevar al club
para esta cita —dice Rix.
—Estoy de acuerdo —añade Hemi mientras suena mi teléfono.

Mamá
Me encanta este color en ti, pero siento que no estás cómoda en él. Si
no te sientes lo mejor posible, deberías ponerte otra cosa que te ayude con tu
energía.
P.D. Más vale que te trate bien o le diré a tu padre que le ponga cara de
susto.
P.D.D. Envíame su signo zodiacal si crees que merece la pena.

Aurora
¡Gracias, mamá! ¡Crucemos los dedos para que vaya bien!
—Nunca he visto tu sujetador de club, pero en poco más de un año tendré
uno propio —anuncia Tally.
—Tampoco he visto nunca el sujetador del club, pero confío en la
recomendación de Rix para resaltar los activos. —Dred siempre está dispuesta a
ir al Watering Hole y a pasar el rato en nuestros locales, pero el club no suele ser
lo suyo.
—El infierno tiene un lugar especial para nosotros. —Rix me da una
margarita.
Que necesite una copa antes de una cita para tomar un café dice mucho de
mis expectativas para la hora inminente. Ni siquiera debería ser un gran
problema. Veo a Jameson todo el tiempo. Tenemos clases juntos, y siempre
estamos trabajando en proyectos de grupo, pero por alguna razón etiquetar esto
como una cita me tiene toda angustiada y nerviosa. Es el tipo de chico que mi
padre quiere para mí.
—El infierno desplegará la alfombra roja para ti, querida —dice Hemi
secamente—. Tristan estaba de muy buen humor hoy, lo que supongo que
significa que algún vegetal tuvo un final prematuro anoche.
—Esta mañana, en realidad. Pepino QDEP. —Rix sonríe.
—Pensé que estabas bromeando sobre los vegetales. —Tally parece
horrorizada.
—Sí, es broma.
—Es broma.
Hemi, Rix y yo estamos en perfecta armonía.
Dred arquea una ceja.
—Dios mío. No es broma. —Tally mira a Hemi—. ¿Puedo tomar un sorbo
de eso?
—No. —Hemi deja su margarita sobre la mesa y mira hacia otro lado.
Rix y yo hacemos lo mismo. Más o menos sobre el tema y con mi confianza,
aprovecho la oportunidad para decirle la verdad acerca de lo delgadas que son
las paredes.
—Hablando de tu vida sexual, no quería decírtelo, pero siento que si no lo
hago... —le susurro al oído.
—Oh, Dios. —Sus ojos se abren de par en par—. ¿Qué he hecho?
—Resulta que las paredes son más delgadas de lo que pensábamos.
Durante los partidos de visita... —Toso—. Puedo, uh, puedo oírte llegar a la parte
buena.
—No. —Se tapa la boca con la palma de la mano.
—No es para tanto.
Me agarra del brazo y me sorprende ver que está a punto de llorar.
—Pero es así. Mi hermano solía... —Sacude rápidamente la cabeza—. Lo
siento mucho, Hammer. Llevas meses lidiando con esto.
—Subía a casa de mi padre o de Hollis. Me daba tiempo con sus gatos.
—Pero nunca más. —Se golpea el pecho—. Esperaré a que salgas. O seré
más callada. Lo siento mucho.
La abrazo.
—No pasa nada. No estaba enfadada contigo en absoluto. Pero quiero que
tengas tu intimidad y te sientas libre.
—Si alguna vez te incomodamos, tienes que jurar decírmelo —susurra.
—Lo juro. —Y enlaza los meñiques—. Solo quiero que seas feliz. Orgullosa
de ti misma. —Le golpeo el hombro.
Tally bebe otro sorbo a hurtadillas. La broma es para ella, porque la
margarita de Hemi es como Tally: virgen. Pero la hace sentir mal cuando piensa
que la dejamos tomar sorbos de bebidas alcohólicas a escondidas. Bendito sea
su adorable y dulce corazón de diecisiete años.
—Me cambiaré de blusa. —Me dirijo a mi dormitorio.
—Cámbiate el sujetador. Tengo una camiseta genial que te puedo prestar.
—Rix desaparece en su dormitorio.
Un minuto después vuelvo al salón, llevando solo mi sujetador favorito.
—¡Oh, vaya! —Los ojos de Tally se abren de par en par.
—Ese sujetador es un ganador, y necesito seis. —Dred me da un doble
pulgar hacia arriba.
—El sujetador hace que parezcan más sustanciosas. Soy una modesta copa
B menos. Excepto cuando tengo la regla, que entonces sí que soy una copa B —
le explico.
Tally se da golpecitos en los labios.
—¿Podemos ir a comprar sujetadores algún día? Solo tengo sujetadores
deportivos y sujetadores negros y cremas bastante simples.
—Por supuesto. Planearemos un viaje. —Soy muy parecida a mi madre,
con el ridículo metabolismo de mi padre. Eso significa que soy delgada, sin
muchas tetas. Cuando estaba en el instituto, algunas chicas se burlaban de mí
porque era delgada y tardía. Esperaba que la pubertad ayudara a las chicas,
pero mis tetas nunca se adaptaron a mi cuerpo. Tengo culo, gracias a Dios.
—Tienes la constitución de un atleta. No hay nada malo en ello —dice
Hemi. Tiene curvas para días.
—Nuestros cuerpos son hermosos exactamente como son. —Es lo que
siempre dice mi madre. Sé que tiene razón, aunque me cueste. El sujetador hace
un buen trabajo haciendo que lo que tengo funcione para mí. Y siempre puedo
ir sin sujetador, si quiero. Excepto cuando hace mucho frío y mis pezones pueden
cortar vidrio.
—Tengo dos opciones. —Rix hace una doble toma—. Santo cielo, ese
sujetador es realmente mágico.
—Lo sé. Es mi favorito de siempre. —Debería hacer acopio de unos
cuantos por si dejan de fabricarlos.
Rix se echa las camisas al hombro.
—¿Puedo? —Levanta una mano ahuecada.
—Sí, adelante. —Le hago un gesto para que se adelante.
Ella palpa la tela.
—Qué bonito. Es un acolchado suave.
Tally levanta la mano.
—¿Puedo sentir también?
—Sí. Por supuesto. ¿Hemi? ¿Dred? ¿Quieren tocar?
Dred se encoge de hombros.
—Más vale.
—Maldita sea, no hay nada mejor que un sujetador suave que se ajuste de
verdad. —Los ojos de Rix se abren de asombro.
—Chica, estoy tratando de frenar a estos bebés de forma regular. —Hemi
hace un gesto a su amplio escote.
Dred comenta el excelente soporte mientras comprueba las correas.
Tally salta del sofá y me da un tímido toquecito en el sujetador.
—¡Toc! ¡Toc! Vengo a ver cómo van las cosas antes de la cita del café. —
Mi padre irrumpe en el apartamento.
Tally, Rix y Dred se congelan con sus manos junto a mis tetas.
—¿Pero qué...? —Mi padre se da la vuelta y se dirige a la puerta.
—Papá, tienes que esperar hasta que yo diga que puedes entrar.
—No sé lo que está pasando, y no quiero saberlo. Te enviaré un mensaje
más tarde. —La puerta se cierra tras él.
Rix, Hemi y Dred estallan en carcajadas. Tally se tapa la boca con la mano
y suelta una risita. Entonces sus ojos se abren de par en par.
—¿Crees que se lo dirá a mi padre?
—No. Definitivamente no. Además, literalmente no tiene ni idea de lo que
ha entrado. Y le he dicho al menos media docena de veces que no entre.
—Me alegro de que estuviéramos practicando sexo normal en la cocina
cuando él entró aquella vez —dice Rix.
—Uno pensaría que ha aprendido la lección.
—En serio. —Rix me da una camiseta y me la pongo por encima de la
cabeza.
Es una especie de suéter negro de manga larga, de punto holgado y cuello
en V.
—No necesitas probarte el otro. Este es perfecto. Estás sexy y linda y
pareces la cita perfecta —me asegura Rix.
Mi teléfono vibra. Miro la pantalla.
—Oh, Dios. Está aquí. Estoy nerviosa.
—No lo estés. Olvídate del otro tipo que es demasiado estúpido para ver
algo bueno cuando lo tiene delante y diviértete —dice Rix señalando.
—Monedero. —Hemi me lo entrega.
—Zapatos. —Rix me guía hasta la puerta principal, donde me esperan mis
bonitos y poco prácticos zapatos planos.
Mando un mensaje diciendo que voy a bajar y llamo a Jameson para que
espere en el vestíbulo.
—Todas estaremos aquí cuando vuelvas, a menos que nos digas que nos
vayamos para que puedas tener algo de tiempo privado. Entonces estaremos en
casa de Tristan. O mándanos un mensaje si necesitas que te salve y allí estaremos
—me asegura Rix.
—Ya lo tienes. Diviértete. —Hemi me da un abrazo.
—Va a ser genial. —Tally me da un pulgar hacia arriba.
—Ese sujetador es una maravilla. —Dred me choca los cinco—. Pásalo
bien.
Me voy antes de hacer algo estúpido, como cambiar de opinión. Tengo el
estómago lleno de mariposas mientras tomo el ascensor hasta el vestíbulo.
Jameson está sentado en el sofá cuando salgo del ascensor. Es un tipo
guapo. Realmente atractivo. Tiene el cabello castaño oscuro, la piel ligeramente
bronceada y los ojos marrones oscuros enmarcados por gruesas pestañas. Mide
más de metro ochenta, es delgado y corredor. No juega al hockey y participa en
muchas actividades extraescolares. Es, sin duda, uno de los buenos.
—Hola. —Se pasa las manos por los muslos mientras se levanta. Sus ojos
se iluminan y esboza una amplia sonrisa mientras me mira. Es una mirada
apreciativa.
—Hola. —Le devuelvo la sonrisa y me ajusto el bolso.
Se acerca para darme un abrazo, que le devuelvo torpemente.
—Tienes muy buen aspecto —me dice después de soltarme. Su mirada
baja un segundo antes de volver a mi cara—. Me gusta tu suéter.
—Gracias. Tú también tienes buen aspecto. —Lleva una sudadera
universitaria con capucha, unos jeans, botas, un abrigo de invierno y una gorra
de béisbol. Así que va vestido como cualquier estudiante normal.
—Oh, uh, vine directamente del campus. —Señala el vestíbulo—. Este
lugar es agradable.
—Sí. La piscina y la sala de ejercicios son muy buenas. Y hay un montón
de tiendas y restaurantes alrededor. —No sé qué hacer con las manos, así que
me las meto en los bolsillos—. Podemos ir al restaurante de enfrente, si te parece
bien.
—Sí, absolutamente. —El lado derecho de su boca se inclina hacia
arriba—. Me alegro mucho de que hayas dicho que sí al café, Aurora.
Dios, es dulce. Y le gusto. No hay frío y calor con él. Es consistente, a
diferencia de un chico que conozco.
—Sí, yo también.
Pero se me aprieta el estómago cuando se abren las puertas delanteras y
ese tipo las atraviesa, trayendo consigo un remolino de aire frío y un reguero de
nieve. Hollis se quita el gorro y se pasa una mano por sus espesas y oscuras
ondas. Lleva unos jeans que le abrazan los muslos de hockey por todas partes, la
ridícula sudadera con capucha de pato bananero que le compré hace dos años
por Navidad y su chaqueta de invierno. Su atuendo y el de Jameson son
prácticamente iguales, pero por alguna razón Hollis lo hace parecer sexy sin
esfuerzo.
—Mierda —murmura Jameson.
Debería haberle dado el encuentro a Jameson en la Casa de los
Panqueques.
La expresión de Hollis se suaviza al verme, hasta que sus ojos se desvían
hacia Jameson, cuya mano está apretada contra la parte baja de mi espalda. La
mirada de Hollis se vuelve asesina y mi vagina se excita estúpidamente.
—¿Es Hollis Hendrix? —Jameson pregunta.
Hollis se mete el gorro en el bolsillo y se dirige hacia nosotros.
—Hola, princesa. —Me sorprende cuando me abraza.
Me quedo allí, rígida, intentando no apreciar su olor ni lo bien que me
siento entre sus brazos, aunque estoy muy confundida y justificadamente
cabreada. Al final, me repongo y le doy un codazo en las costillas.
Me suelta. Lo miro. Sonríe.
—¿No nos vas a presentar? —pregunta Hollis expectante.
—Sí. Sí. —Miro entre ellos—. Jameson Grover, este es Hollis Hendrix.
Juega de lateral derecho en Toronto, y es el mejor amigo de mi padre. Hollis,
este es Jameson, uno de mis amigos de la universidad.
Hollis extiende una mano. Espero seriamente que no aplaste la de
Jameson.
—Es increíble conocerlo —dice Jameson y le da la mano—. Soy un gran
admirador suyo. Tengo su camiseta en casa. Y su tarjeta de novato. He seguido
su carrera desde que era un niño.
—¿Ah, sí? ¿Juegas al hockey? —pregunta Hollis con una sonrisa tensa,
hecha para la televisión.
—Durante unos años, de niño, pero... me gustaba más verlo. Está teniendo
una gran temporada. Ese golpe que se dio fue una mierda. Hombre, nos
preocupaba que estuviera fuera otra vez, pero les ha demostrado que no, ¿eh?
—Jameson finalmente suelta la mano de Hollis.
Hollis se pasa la mano por el cabello.
—Sobre todo estaban preocupados por la conmoción cerebral.
—Oh sí, puedo verlo totalmente.
Necesito alejarnos de Hollis.
—Bueno, Jameson y yo probablemente deberíamos irnos.
—Fue un placer conocerlo, Sr. Hendrix —dice Jameson—. Buena suerte
mañana por la noche.
—Gracias. Te veré más tarde, Princesa.
—Claro, Hollis.
Agarro a Jameson del brazo y lo arrastro hacia las puertas del vestíbulo.
Maldito Hollis.
Jameson me saluda por encima del hombro y salimos a la fría tarde de
febrero.
—Mierda. Me acabas de presentar a Hollis Hendrix.
Jameson es un buen tipo. Amable, trabajador, educado. Tiene todo el
sentido que esté en modo fanboy. Yo me puse así cuando conocí a Scarlet Reed.
—Sí.
—Una cosa es saber que tu padre es jugador profesional de hockey, pero
la realidad no se impuso hasta entonces. —Pasa el pulgar por encima de su
hombro—. ¿Fue extraño para ti? Supongo que estás acostumbrada a estar
rodeada de jugadores de hockey profesionales todo el tiempo. —Frunce el
ceño—. Te llamó princesa. Él y tu padre son hermanos, ¿verdad? ¿Tan unidos?
Eso es lo que dicen los medios. Debes conocerlo muy bien.
Sé lo que se siente al tener su lengua en mi boca. También he fantaseado
un número irrazonable de veces con que me folle. Pero dudo seriamente que
Jameson se refiera a eso.
—Conozco a Hollis desde que estaba en la secundaria.
Jameson asiente pensativo.
—Entonces es como de la familia, ¿no? ¿Como un tío o algo así?
Ahogo una carcajada histérica.
—¿Sí y no? Sobre todo, es este grupo gigante de amigos que se cubren las
espaldas unos a otros.
Cuando cambia el semáforo, cruzamos la calle hacia la cafetería.
—Claro, sí. Es como tener un montón de hermanos mayores. Como un
montón de hermanos que podrían patear algunos culos.
—Pueden ser protectores como hermanos.
—En cierto modo Hendrix me dio esa impresión. Espero haber causado
una buena impresión.
—No te preocupes por Hollis. Es un gruñón en un buen día. —Sigo
mirando por encima del hombro, medio esperando encontrarlo siguiéndonos.
No puedo creer que me abrazara. Él fue quien dijo que besarme era un
error. Me dijo que debería tener una cita. Seguro que la próxima vez que estemos
solos se va a llevar una bronca.
—Las citas deben ser muy duras, ¿eh? —Me abre la puerta de la cafetería.
Murmuro gracias y saludo a Rainbow con la mano, dirigiéndome a un
reservado cerca del fondo.
—A veces. Estoy acostumbrada a estar rodeada de tipos alfa de alto nivel,
motivados y super competitivos. —Tarde me doy cuenta de que probablemente
se refería a que era difícil salir con tantos tíos que se preocupaban por mí.
Rainbow se acerca para tomar nuestra orden de bebidas.
—¡Eh! ¿Te has deshecho de tus padres hoy? —pregunta.
No me molesto en corregirla. Me parece divertidísimo que crea que mi
padre y Hollis son algo.
—Claro que sí. Rainbow, este es mi amigo Jameson. Jameson, esta es
Rainbow. Es la primera vez que Jameson está aquí.
—Oh, qué bueno. Recomiendo cualquiera de los batidos, y los gofres de
galleta y nata están para morirse.
—Puedo dar fe de ello —digo.
Ambos pedimos café y agua, y Rainbow nos deja para mirar el menú.
—No te sientas obligado a comer si no tienes hambre, pero los gofres y los
batidos son realmente impresionantes.
—Siempre tengo hambre —dice Jameson con una sonrisa.
—Es una frase que estoy acostumbrada a oír.
—Espero no haber sido demasiado fan de Hendrix. Quería ser genial, pero
soy fan del hockey y de los Terror, y no esperaba conocerlo. Ni a nadie, en
realidad, excepto a ti. —Sonríe tímidamente—. Gracias por decir que sí al café.
—Gracias por preguntar. —Su expresión debería hacer que mi corazón se
derritiera y mis partes femeninas se excitaran. En cambio, me encuentro
comparándolo con Hollis. Lo cual no es justo. Ni siquiera juegan en la misma liga,
mucho menos en el mismo campo.
Quiero sentirme atraída por él. Quiero que me guste como algo más que
un chico de mi clase que ha mostrado interés por mí. Pero mi cabeza está
enfrente con Hollis, aunque esté cabreada con él por soltar esa estupidez.
Rainbow nos trae las bebidas. Yo pido panqueques de plátano y nueces
con salchichas y Jameson gofres con tocino.
—¿Qué planes tienes para después de graduarte? ¿Has solicitado algún
programa de posgrado? —pregunta Jameson.
Sacudo la cabeza.
—Ya he terminado los estudios. He querido trabajar para la liga desde el
instituto, y puede que haya un puesto de asistente de relaciones públicas en
primavera. —Hemi mencionó hace unos días que había presentado una
propuesta con la ayuda de Shilpa. Estoy cruzando los dedos para que salga
adelante. Los Terror son como de la familia. No puedo imaginarme una vida en
la que no esté en el estadio o forme parte de ese equipo de alguna manera, sobre
todo ahora que mi padre se jubila pronto. Trabajar para ellos tiene sentido. Es
mi sitio—. ¿Qué hay de ti?
—Solicité unos cuantos programas de máster: dos en Toronto, uno en
Ottawa y dos en el oeste.
—El Oeste es hermoso. —Aunque casi siempre lo he visto desde el interior
de un estadio de hockey.
—Lo es —está de acuerdo.
—Así que podrías estar viviendo en BC el año que viene por estas fechas.
—O podría estar aquí.
—O en Ottawa.
Asiente con la cabeza, y así de fácil se cierra la puerta a lo que esto podría
haber llegado a ser. Si Jameson se muda al otro lado de la provincia, o del país,
no tiene sentido intentar empezar algo con él. Al menos esa es la excusa que me
invento. El hecho de que esta revelación no vaya seguida de una punzada de
decepción, sino de alivio, es revelador.
Rainbow se detiene para rellenar nuestras tazas de café y avisarnos de que
pronto saldrá nuestra comida.
Jameson golpea el borde de la mesa.
—Voy a usar el baño antes de que llegue nuestra comida.
—Claro.
En cuanto se levanta de la mesa, saco el móvil y envío un mensaje a las
chicas y luego a mi madre.

Aurora
No estoy segura de que haya una segunda cita.
Mi madre responde primero.

Mamá
Qué pena, cariño. La persona adecuada está ahí fuera. ¡La encontrarás
cuando esté lista para ti!

Cambio a mis mensajes privados con Rix.

Aurora
Los veinteañeros no me gustan.

Mi mensaje de grupo sale primero:

Rix
¿Empuja la comida al tenedor con los dedos en lugar de con el cuchillo?

Hemi
¿Pidió hígado con cebolla? Sabes secretamente que es un abuelo por
dentro si lo hace.

Dred
¿Ya le crece el vello facial?

Tally
¿Por qué hay hígado con cebolla en el menú del restaurante?
Quizá esté nervioso.

Mis mensajes privados con Rix me llaman la atención.


Rix
No sé si es justo compararlo con un jugador profesional de hockey.

Aurora
*Ha solicitado plazas en universidades de todo el país.

Bajo a mis mensajes con Hollis:

Aurora
¿Qué carajos fue esa mierda?

Suena el timbre de la puerta, levanto la vista y me deslizo por la cabina


hasta que prácticamente me como la pared. Esto no puede estar pasando.
Hammer
—¿Peggy? Creía que ibas a tomar un café. —Papá se acerca a la mesa—.
¿Dónde está tu amigo? ¿Se ha ido ya?
Hollis se queda atrás, con el teléfono en la mano. Frunce el ceño y se lo
vuelve a meter en el bolsillo sin responder a mi mensaje. Se me revuelve el
estómago de culpa por los secretos que le oculto, pero la rabia se apodera de
mí.
Las chicas siguen dándome el coñazo.
—Está en el baño.
—Así que te dejó aquí por tu cuenta —dice Hollis.
Le echo una mirada. ¿Cómo si no iba a ir al baño, Hollis? Tiene el descaro
de seguir siendo guapísimo a la vez que engreído.
—Quizá deberían ir a otro sitio —sugiero, pero llego demasiado tarde.
—Oh, dios. Roman Hammerstein. —Jameson se limpia la mano en los
pantalones y la extiende—. Jameson Grover. Soy amigo de Aurora. —Su sonrisa
es bastante maníaca—. Señor, es un honor.
Dios mío. Esto no está pasando.
Los ojos de Hollis se deslizan hacia Jameson, y si las miradas mataran, mi
cita para tomar café no sería más que un montón de ceniza.
—Jameson, es un placer. Peggy tiene cosas muy bonitas que decir de ti.
—Papá —advierto.
—¿Qué? Has hablado de Jameson muchas veces en la mesa. Siempre cosas
bonitas que decir. ¿Verdad, Hollis? —Papá le da un codazo en el brazo.
—Ajá. —Hollis se golpea la mejilla con la lengua.
—¿Quieren unirse a nosotros? —Jameson pregunta—. Hay sitio más que
suficiente.
—Sí, claro, ¿por qué no? —Hollis se desliza en la cabina frente a mí.
—Genial. Fantástico. Esto es simplemente... guau. —Jameson está a punto
de eyacular en sus pantalones.
Hollis parece estar tramando asesinatos y cosas malvadas, y me cabrea
muchísimo, pero también está tan bueno que lo odio. Mi padre parece realmente
encantado de conocer a mi cita y completamente ajeno a lo incómodo que se ha
vuelto todo.
Envío otro mensaje al grupo:

Aurora
Mi padre y Hollis se colaron en mi cita.
Y mi cita los invitó a unirse a nosotros.
Y dijeron que sí.

Pateo la espinilla de Hollis por debajo de la mesa. Vamos a tener palabras


después de esto. Palabras furiosas. ¿A qué demonios está jugando?
Se quita la chaqueta, se la pone sobre el regazo y sonríe.
Rainbow viene con nuestras comidas.
—¡Oh! ¡Tus padres están aquí! ¿Qué lindo es esto?
—Solo somos amigos —dicen Hollis y mi padre al mismo tiempo.
—Por supuesto. —Rainbow me guiña un ojo y se vuelve hacia mí, bajando
la voz a un susurro—. Son tan lindos juntos.
Hago un corazón con los dedos.
»¿A que no lo son?
Hago un corazón con mis dedos.
—¿A que sí?
Rainbow devuelve el gesto del corazón.
—Yo shipeo 1 a tus papás con todas mis fuerzas.
Me gustaría shipear con el mejor amigo de mi papá con todas mis fuerzas.
Jameson parece súper confundido.

1
Ship: Es una abreviatura de “relationship” y se utiliza para expresar el deseo de ver a dos
personas (reales o personajes de ficción) juntos como pareja.
—Les traeré café y menús —les dice—. A menos que ambos quieran lo de
siempre.
—Lo de siempre está bien —dicen papá y Hollis al unísono.
—Aunque tomaré una cerveza en vez de café —añade Hollis.
—Que sean dos —acepta papá. Me mira con desaprobación cuando ella
se va.
Pongo los ojos en blanco.
—Déjala tener su fantasía.
—No sabía que eran... —Jameson se detiene.
—No lo somos —dice papá.
—Me encantan los coños —dice Hollis rotundamente.
—Hollis. —Roman le da un codazo.
Casi le rocío con mi café. Lo juro, Hollis está totalmente desquiciado ahora
mismo, y ni siquiera sé qué hacer al respecto.
Le doy una patada debajo de la mesa, fuerte. Excepto que soy yo la que se
estremece porque llevaba un estúpido par de bonitos zapatos planos y no unas
prácticas botas de invierno como sugeriría el tiempo.
Ni siquiera pestañea.
—Eso fue grosero. Soy un hombre heterosexual cisgénero. No puedo
hablar por Roman, pero somos amigos desde hace mucho tiempo.
—Sí. Sí. Aunque sería genial que fueran gay. Tengo un hermano menor
que lo es. Y mi tía está casada con una mujer —dice Jameson.
—Hemi tiene dos madres —añado. Solo para formar parte de la
conversación, supongo.
—Ustedes dos deberían clavar el diente. No nos esperen. —Papá sonríe y
se reclina en su asiento.
Hollis estira la pierna hacia mi espacio. Estoy a punto de darle otra patada,
pero entonces recuerdo que es la derecha, y que a menudo hace esto porque es
más cómodo después de la operación.
—¿Quieren gofres? Podemos conseguir más platos para que no tengan
que esperar —ofrece Jameson.
Está entusiasmado por comer con Roman Hammerstein y Hollis Hendrix.
Esto confirma aún más que Jameson y yo estamos destinados a ser solo amigos.
No es lo suficientemente arisco, ni lo suficientemente viejo, ni lo suficientemente
Hollis.
Estoy jodida.
Mi padre y Jameson empiezan a hablar de hockey, por supuesto. No es
que no me guste hablar de hockey, pero ahora mi cita está adulando a mi padre.
Es molesto.
Y mi teléfono está que explota. Tengo veintisiete mensajes nuevos en el
chat de la Brigada de Nenas Rudas.
Varios de ellos son GIF sorprendidos y moribundos.
Rix me mensajea en nuestros textos privados:

Rix
Si él te va a joder, tú deberías joderlo a él.

Tiene razón.
Hollis está arruinando mi cita. Probablemente a propósito.

Aurora
No puede darle un mordisco a su tarta, decirle que ha sido un error y
negarse a que nadie más se la coma.

Rix
De acuerdo. ¿Qué vas a hacer al respecto?

¿Qué voy a hacer al respecto?


Mi padre y Jameson siguen charlando. Vierto sirope de arce sobre las
salchichas y pincho una con el tenedor.
Hollis me mira divertido. Doy un mordisco furioso.
—Cariño, tu cuchillo —murmura papá, y luego vuelve a hablar con mi cita
sobre las primeras elecciones del draft de esta temporada. Normalmente me
encanta hablar del draft, pero ahora estoy más que frustrada. Porque, por un
lado, le estoy ocultando cosas a mi padre y, por otro, el jugador de hockey que
está sentado frente a mí es la persona con la que me encantaría tener una cita y,
en cambio, Hollis está saboteando la cita a la que me dijo explícitamente que
fuera.
Como estaba previsto, las comidas de mi padre y Hollis aparecen un
minuto después de sus cervezas. Son clientes habituales, a todos les encantan y
Rainbow los envía. Hollis se zambulle en su orden tipo desayuno de huevos
escalfados, mientras yo corto mis salchichas en pequeños bocados y de vez en
cuando ofrezco mis pensamientos cuando me los piden mi padre o Jameson.
Hollis está de acuerdo con todo lo que digo, especialmente si contradice
a Jameson. Es irritante.
Dejo caer el zapato al suelo y deslizo el pie por su pantorrilla. Levanta la
mirada de su plato. Sigo subiendo por el interior de su muslo. Y mientras tanto,
mi cita y mi padre siguen parloteando sobre quién sabe qué. Una parte de mí se
pregunta si Jameson realmente quería salir conmigo o si era una excusa para
conocer a mi padre y quizá conseguir entradas para un partido. No sería la
primera vez.
Mi dedo gordo roza la chaqueta de Hollis, que sigue sobre su regazo. Y
sigo adelante. No sé en qué demonios estoy pensando, pero me he
comprometido a seguir este estúpido y peligroso curso de acción.
Hollis mira a mi padre y a Jameson —ninguno de los dos nos presta
atención— y vuelve a mirarme cuando su mano desaparece bajo la mesa. Espero
que me empuje con el pie, pero eso no es lo que ocurre. En absoluto. En lugar
de eso, lo mete entre sus muslos calientes, gruesos y fuertes y lo presiona contra
el bulto excepcionalmente prominente que tiene detrás de la bragueta.
Su abrigo le cubre el regazo. Estamos metidos en un reservado en la
esquina trasera de la cafetería. Nadie puede ver lo que pasa debajo de la mesa.
No puedo creer lo que está pasando debajo de la mesa.
Será mejor que Hollis no tenga un fetiche por los pies. Al menos espero
que no tenga un fetiche por los pies. Quiero decir, no me opongo a los masajes
de pies, pero no quiero darle la versión de pies de un manoseo. O que trate de
meter su pie en mis partes femeninas. Esa no es mi manía. Pero que me sujete el
pie contra su polla dura debajo de la mesa con mi padre y mi cita justo al lado
puede que sí lo haga para mí, por la forma en que mis pezones se tensan y todo
se aprieta por debajo de la cintura. Además, se me encogen los dedos de los
pies.
—¿Qué piensas, Pegs?
—¿Eh? —Mi mirada se dirige a mi padre.
—Bowman está haciendo una gran temporada con Nueva York, pero
Grace también. ¿Quién es un intercambio más probable?
—Grace. Es un exaltado en el hielo, y Bowman es metódico y sensato. Si
están dispuestos a cambiar a un jugador, será a Grace, pero solo si es a partes
iguales.
—Pero Grace tiene más años sobre el hielo —argumenta Jameson.
—Eso es un factor. —Hollis da su opinión—. Pero se trata de algo más que
experiencia. Bowman es todo sobre el equipo, y Grace ha sido conocido por
hacer movimientos estúpidos porque su ego lo exige. —El pulgar de Hollis se
desliza entre mi pie y su bulto, y lo recorre con firmeza a lo largo de mi empeine.
Toso en el pliegue del codo para disimular mi gemido. Sus manos son
enormes.
—Hollis tiene razón. —Papá mira mi plato—. ¿Todavía no tienes apetito,
cariño?
Miro hacia abajo. Todo lo que he conseguido comer es una salchicha
empapada en jarabe de arce.
—Oh, uh, no. Solo saboreando el día de hoy, supongo.
Hollis me da un golpecito en el pie. Su mano reaparece cuando suelto el
pie y lo vuelvo a meter en el zapato, pero no antes de que mi dedo aterrice en
una mancha húmeda en el suelo.
Me paso el resto de la cita intentando comer mientras mi estómago se
revuelve por todas partes. Definitivamente se avecina una conversación con
Hollis. Mi padre paga toda la comida y, como no puede evitarlo, invita a Jameson
a un partido de local. Jameson es todo sonrisas y entusiasmo. Cuando
terminamos, Hollis se queda a un lado con las manos en los bolsillos, tan molesto
como yo.
Cuando salimos de nuevo a la acera, Jameson me abraza, pero por suerte
no me da ningún beso en la mejilla con mi padre y Hollis haciendo guardia.
—Te mando un mensaje luego, ¿sí? —Vuelve a sonreír tímidamente.
—Sí. Suena bien.
Le saludo con la mano mientras desaparece por las escaleras hacia el
metro.
—Es un joven agradable —dice papá.
—Sí, ustedes dos se llevaron como una casa en llamas. —Él es ajeno a mi
irritación, y todo lo demás aparentemente, pero tengo mayores problemas que
tratar. Mejor dicho, su mejor amigo.
—Tengo que ir a la tienda y recoger algunas cosas. ¿Alguno de ustedes
necesita algo?
—No —respondemos Hollis y yo al mismo tiempo.
—Okey. Si se te ocurre algo, mándame un mensaje.
Se aleja a grandes zancadas y Hollis y yo caminamos en silencio de vuelta
a nuestro edificio. Nos abre la puerta y no decimos nada hasta que estamos solos
en el ascensor.
—¿Qué mierda, Hollis?
Se apoya en la barandilla.
—No sabía que iban a la cafetería.
—Esto es mucho más que la cafetería. —Cruzo los brazos—. ¡No puedes
besarme, decirme que es un error y empujarme a los brazos de otra persona que
consideras más apropiada para mi edad, y luego actuar como un imbécil
territorial y arruinar la maldita cita a la que me enviaste! —Me enfado.
—Tú...
Levanto una mano.
—No he terminado. —El ascensor se detiene y las puertas se abren.
Una adorable pareja de ancianos nos acompaña. Como de costumbre,
hablamos del tiempo. Cuando llegamos a mi planta, miro a Hollis de reojo y él
se baja conmigo.
—¿Tienes un fetiche con los pies o algo así? —susurro una vez que las
puertas se cierran tras nosotros.
Levanta una ceja.
—¿Tú sí?
—¿Qué? No. Tú eras el que frotaba mi pie en tu polla, no al revés. —Odio
lo bien que se sentía que me tocara.
—Me estabas tocando con los pies debajo de la mesa —me recuerda.
—¡Te colaste en mi cita, Hollis! —Estoy tan furiosa, y excitada, y
confundida—. O me quieres o no me quieres.
La sonrisa se le borra de la cara.
—No es tan simple, Princesa.
Camino por el pasillo y él me sigue.
—¿No es así? No puedes jugar conmigo. No es justo.
—Eso no es lo que intento hacer.
—Dices una cosa y haces la contraria. Estoy bastante segura de que esa es
la definición de juegos mentales.
—No querrás salir con ese chico —refunfuña.
Me molesta que lo llame chico cuando Jameson y yo tenemos la misma
edad.
—Quieres decir que no quieres que salga con él. —Me detengo al llegar a
mi apartamento, entonces recuerdo que las chicas siguen allí, esperando un
informe. No puedo invitar a Hollis a entrar para continuar una discusión que
probablemente no lleve a ningún sitio bueno.
Hollis cruza sus deliciosamente gruesos antebrazos sobre su igualmente
grueso pecho.
—Tienes razón. No quiero que salgas con él. Está demasiado enamorado
de la fama y no lo suficiente de ti.
No se equivoca. Jameson se pasó toda la comida hablando con mi padre y
no conmigo. Ni siquiera trató de incluirme mucho en la conversación. Eso era
todo de mi padre, y solo de vez en cuando. Mientras tanto, Hollis estaba allí
sentado, siendo guapísimo y haciendo cosas malas por debajo de la maldita
mesa con su mejor amigo justo al lado y mi cita enfrente. Las putas agallas de
este tipo.
—Entonces, ¿cuál es tu plan? ¿Vas a investigar a cada chico con el que
salga hasta que consideres que merece mi atención?
—Si eso es lo que hace falta para que no acabes con un idiota, entonces sí.
Apoyo el puño en la cadera y me inclino hacia él, con los ojos
entrecerrados. Mi enfado empeora cuando me veo obligada a susurrar con rabia
porque aún estamos en el maldito pasillo de mi apartamento.
—Hay una manera infalible de asegurarte de eso.
Me lanza una mirada sombría.
—Sabes que eso no puede pasar.
Levanto las manos. Mi frustración no tiene límites.
—¡No puedes seguir diciendo eso y luego soltar la mierda que has hecho
hoy!
Su expresión cambia y sus brazos caen a los lados. La vergüenza acecha
tras sus ojos.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué lo hiciste en primer lugar? —Me duele tanto el
corazón. Está justo aquí, delante de mí, pero está tan lejos de mi alcance. Claro,
le estoy mintiendo a mi padre y los jugadores de hockey deberían estar en mi
lista de citas prohibidas. Hollis parece tan serio mientras me mira. Y estoy tan
enfadada con él por ponernos en una caja etiquetada que no se abre cuando está
claro que siente algo.
—Joder, no lo sé, ¿de acuerdo? —Se pasa una mano áspera por el cabello,
despeinándolo, y se amasa la nuca—. Te vi con ese pendejo pretencioso, y te
estaba tocando, y tenías este aspecto. —Lanza una mano frustrada en mi
dirección.
—¿Qué aspecto? —Será mejor que no me avergüence. Me veo bien, y mis
tetas son mágicas.
—¿En serio? —Le tiembla el labio—. ¿Necesitas que te lo deletree?
—Aparentemente.
Sus ojos me recorren, calientes como lava fundida.
—Te ves como todos los pecados que quiero cometer, princesa. Así que,
sí, actué sin pensar.
De todas las cosas que esperaba que dijera, esa no estaba en la lista. Pero
lo único que hace es avivar mi ira.
—¿Se supone que eso me hará sentir mejor porque arruinaste la cita a la
que me enviaste? —Él me quiere, yo lo quiero. ¿Por qué no puede ser tan simple
como eso?
—Sí. No. No lo sé. Intento ser sincero sin reventar mi puta vida. —Sus fosas
nasales se dilatan—. Tienes que dejar de hacerme admitir este tipo de mierda.
No nos hace ningún bien.
Se está cerrando de nuevo, y sé que no debo seguir presionando cuando
se pone así, pero mi corazón medio roto no me permite quedarme callada. Es el
peor hombre del que podría enamorarme, pero aquí es donde estoy. Sé que no
podemos ser nada, pero eso no cambia lo que quiero.
—No puedes seguir saboteando mis citas y diciendo mierdas como esta,
Hollis.
—Estamos en puntos muy diferentes de nuestras vidas, Aurora.
Y aquí viene la racionalización.
—Eso suena como otra excusa de mierda. ¿De qué tienes tanto miedo? —
Doy un paso más—. Estoy aquí, diciéndote que te deseo.
—Es lo que crees que quieres ahora. —Suspira.
No hay nada más exasperante que tenerlo usando la carta de la
experiencia vital como si supiera lo que es mejor para mí.
—¿Y qué hay de ti, Hollis? ¿Qué quieres?
Sus ojos se mueven por mi cara como una caricia.
—Me estás matando, Aurora.
—Bien, porque esto es una agonía, Hollis. —Mi voz se quiebra. Querer a
alguien tan desesperadamente, pero tenerlo tan lejos de tu alcance. ¿Por qué un
buen chico como Jameson no puede ser suficiente?
—Por favor, no llores. Por favor. —Su mano se levanta y se queda flotando
un segundo antes de ceder y sus dedos rozan mi mejilla.
Me inclino hacia él y levanto la mano para rozar el dorso de la suya. Cada
parte de mí zumba de deseo y anhelo. Me duele desearlo.
—¿Sientes esto como yo?
—Sí —susurra.
—Entonces, ¿por qué te resistes?
Se inclina hacia mí y mi corazón falla cuando su aliento choca contra mis
labios. Cambia de rumbo y me roza la mejilla con la boca de camino a la oreja.
Su voz es un susurro dolorido.
—Estoy intentando con todas mis fuerzas no cagarla más de lo que ya lo
he hecho hoy, y créeme cuando te digo que sé que la he cagado en muchos
aspectos. Estoy luchando aquí. Y sé que no es justo para ti. Me está matando,
Aurora. Pero estoy perdiendo la batalla con mi autocontrol. Así que, por favor,
antes de que haga o diga algo que joda aún más las cosas, o peor aún, que diga
algo que te haga llorar otra vez, necesito que entres en tu apartamento.
—Per…
Deja caer la mano y me roza el brazo con el pulgar, como un beso
fantasma.
Me inclino lo suficiente para verle la cara. Tiene un tic en la mandíbula.
—¿Hollis?
—Por favor. —Su mirada se desvía—. Necesito esto de ti.
Su mirada es la razón por la que dejo de empujar. Porque veo todo lo que
siento: la frustración, el anhelo, el miedo, el deseo. Y el eco de la agonía. Al
menos no estoy sola.
—De acuerdo. Entraré. —Busco a tientas mi llavero.
Hollis no se mueve, solo cierra las manos en puños y me observa con una
intensidad que hace que me tiemblen las rodillas.
La paso por el sensor y abro la puerta.
—Sé buena y quédate en casa esta noche —murmura en voz baja.
—Sí, papá Hollis. —Me deslizo dentro, pero no antes de ver sus ojos
rastrear mi cara por última vez.
Rix, Tally y Hemi están sentadas en el salón. Dred tiene turno en la
biblioteca, así que habrá que sustituirla más tarde. Levanto un dedo y me doy la
vuelta, acercando el ojo a la mirilla.
No me decepciona. Hollis se agarra al marco de la puerta y me fulmina con
la mirada. Sacude la cabeza y mi cuerpo arde por dentro. Respira hondo y suelta
las manos, con las fosas nasales aún dilatadas. Finalmente retrocede y
desaparece por el pasillo.
Dios, eso fue intenso. Me dirijo a mis amigas.
—¿Y? ¿Qué demonios ha pasado? —Hemi pregunta.
—Mi padre quiere a Jameson, y él quiere a mi padre, y creo que sería
mejor que simplemente salieran el uno con el otro en este momento.
Rix intenta no reírse.
—¿Así que no hay segunda cita?
Sacudo la cabeza y suspiro.
—¿Quién estaba en la puerta? —Tally pregunta.
Intento encontrar una mentira plausible. No quiero mentir a Hemi y Tally,
pero no puedo decirles la verdad sobre la situación de Hollis. No cuando todo es
tan... incierto. Así que les doy la versión censurada.
—Me peleé con Hollis por colarse en mi cita.
—¿Te peleaste con Hollis? —Los ojos de Tally son enormes—. Da un poco
de miedo.
—No cuando lo conoces desde hace tanto tiempo como yo.
—¿Se sentía mal? —Rix pregunta.
—No lo suficiente como para captar la pista e irse. —Me dejo caer en el
sofá—. Debería haber ido a cualquier sitio menos a la Casa de los Panqueques.
—Tal vez inconscientemente fuiste allí porque había una posibilidad de
que tu padre hiciera lo que hizo, y ya sabías que esta cita sería un fracaso —
sugiere Hemi.
—Mierda. —Me abrazo a la almohada ¡Puck Yeah! del sofá. Me la ha
regalado Hollis. Puto Hollis. Puta mierda complicada—. No sé por qué intento
salir con universitarios. Nunca funciona.
Tally se muerde la uña.
—¿Porque tu padre y Hollis siempre se cuelan en tus citas?
—Ojalá esa fuera la razón. —Suspiro—. No creo que Jameson tuviera malas
intenciones, pero estaba tan impresionado. Y ahora él me mirará diferente, y yo
lo miraré diferente.
—Encontrarás a un chico al que le gustes por ti —dice Hemi.
Todas nos relajamos un rato, pero Tally aún tiene deberes y tiene que
madrugar para el ensayo de baile, así que Hemi la lleva a casa.
Rix se deja caer en el sofá a mi lado una vez que se han ido.
—¿Debería preguntar qué pasó realmente, o es una de esas situaciones en
las que cuanto menos sepa, mejor?
—Ni siquiera sé lo que está pasando. Es como si fuéramos planetas
orbitando uno alrededor del otro, pero la trayectoria no es la correcta y estamos
condenados a no encontrarnos o a estrellarnos y arder.
Ella asiente.
—¿Tenía una explicación de por qué se coló en la cita?
—Dijo que lucía como todos los pecados que quiere cometer.
—Maldición. Está luchando contra verdaderos demonios.
—Quiero que valga la pena el riesgo porque, ¿y si funcionara? —admito.
—Lo vales. No lo dudes nunca. Los hombres y el miedo son una
combinación difícil.
—¿No es verdad? —Me siento como en una montaña rusa que no termina.
Decidimos ver una película —una comedia sin romance, porque no puedo
lidiar con corazones y sentimientos—, pero mi mente está por todas partes.
Jameson me manda un mensaje para decirme que se lo ha pasado muy
bien. Lo dejo sin leer. Tengo que dejarlo así. Que tenga planes de mudarse a
varias horas de distancia es una buena razón para que sigamos en la zona de
amigos.
Más tarde, mientras me preparo para ir a la cama, mi teléfono vibra con
un nuevo mensaje. Se me revuelve el estómago al abrirlo.
Hollis
Alejarme de ti es lo más difícil que he hecho en mi vida.
Hollis
Esta noche jugamos contra Florida, y ha sido un partido duro. Perdemos
por dos goles y ya llevamos cinco minutos del tercer periodo. Con solo seis
semanas para el final de la temporada regular, estamos buscando victorias y
goles, no esta mierda.
El estadio está lleno, las chicas están sentadas en el palco y cada vez es
más difícil no fijarse en lo bien que se ve Aurora estos días. No importa que hayan
pasado semanas desde nuestro beso; lo tengo constantemente en la cabeza.
Aparto los ojos de la caja, agradeciendo que Hammerstein esté en la red para
que no pueda verme observando a su hija.
Stiles y Madden salen, y yo entro con Bright. Nos hacemos con el control
del disco a los pocos segundos, pero Florida está en su juego, lo que hace difícil
ponerse a tiro. Bright patina hacia el pliegue y pasa a Spencer. Me coloco en
posición y me lanza el disco, pero rebota en el extremo de mi palo antes de que
pueda protegerlo.
Florida se acerca en una loca lucha, los palos chocan entre sí mientras
luchamos por la posesión. Pierdo el disco y Spencer lo persigue por el hielo,
haciéndose de nuevo con el control. Son otros treinta segundos de patinaje a
gran velocidad, Bright y yo pasándonos el disco de un lado a otro, Florida
pisándonos los talones. Disparo, pero estoy mirando a la derecha, en lugar de a
la izquierda, así que voy medio segundo demasiado lento al girar en el pliegue
y un jugador de Florida choca contra mí.
No debería ser el tipo de golpe que hace daño. Oigo el estallido y siento
el chasquido, seguido de una agonía que me roba la visión. Caigo de espaldas
sobre el hielo. El rugido de dolor me consume mientras suena el silbato. El
público grita y abuchea.
Respirar parece una tarea imposible. Duele mucho.
—Hendrix, hombre, oye, oye, mírame. Mírame. —Bright está justo ahí, su
enorme cuerpo creando una barricada entre mí y todo lo demás.
Parpadeo y trato de incorporarme.
—Quédate abajo. —Me pone una mano enguantada en el pecho—. Lo he
oído. He oído el chasquido. —Sacude la cabeza—. No intentes levantarte. No
querrás empeorarlo.
—Es la misma puta rodilla —grito mientras el pánico se apodera de mí.
—Lo sé, amigo. Lo siento. —Se vuelve hacia el árbitro—. Llama al médico.
No puede salir del hielo.
Estoy rodeado por mis compañeros de equipo. El partido se detiene
mientras me estabilizan la pierna, lo que provoca más dolor que me roba la
visión. Me trasladan a una camilla y me sacan del hielo. Un miedo aturdidor se
instala bajo mi piel. Puede ser un golpe que acabe con mi carrera. No quiero
creer que este ha sido mi último partido. No quiero.
Me llevan al hospital y me hacen radiografías y escáneres. Mi teléfono se
llena de mensajes de mi familia. Pero aún no puedo responder. No cuando no
tengo ni idea de lo que está pasando. Los médicos murmuran entre ellos mientras
examinan las radiografías. Por sus caras, sé que las noticias no son buenas.
—Tengo que volver a operarme —digo apretando los dientes.
Agradezco que el médico del equipo haya venido conmigo, porque
prefiero oír lo que haya que decir de él que de un tipo al que no conozco.
—Lo siento, Hollis.
—Mierda. Mierda. —Me paso una mano por el cabello—. ¿Qué tan malo es
esta vez?
—La buena noticia es que es una reimplantación directa —dice.
—El tiempo de curación es mejor en eso, ¿verdad? Más rápido. —Podría
estar de vuelta en el hielo en cuestión de semanas.
—Técnicamente, sí. Pero ya has tenido una cirugía, y no sabemos cómo tu
cuerpo va a manejar esto. Sabremos más una vez que entremos y te arreglemos.
—Pero podré volver a jugar, ¿verdad? —No estoy preparado para que
esto sea el final. No puede serlo.
—Haremos todo lo posible para que así sea, Hollis.
Oigo lo que no dice: que tengo que estar preparado para cualquier
resultado, incluido el final de mi carrera.
—¿Cuándo es la cirugía?
—Están preparando una habitación ahora. Así que en la próxima hora más
o menos. Si quieres hacer unas llamadas, tranquilizar a tu familia de que estás
bien, ahora es el momento.
Mi hermana Micha ya ha llamado tres veces. Es cinco años más joven que
yo y tiene una hija que se llama Elsa. Ella y Mike viven a un par de horas, en
Niágara. Contesta al primer timbrazo.
—¿Estás bien? Por favor, dime que estás bien y que ese golpe parecía peor
de lo que es. —La voz de Micha tiembla.
—Estoy bien, pero pronto me operarán. —Mi estómago se retuerce y se
revuelve mientras lo verbalizo.
—No. Oh no, Hollis. Lo siento, Hollis. ¿Voy? Puedo conseguir una niñera e
ir. Necesitas a alguien contigo para esto.
—Está bien. Roman estará aquí. Tienes un hijo y un marido que cuidar, y
yo tengo todo un equipo.
—¿Es la misma rodilla? —pregunta en voz baja.
—Sí.
—Oh, Hollis, ¿qué significa eso? ¿Podrás jugar después de esto?
¿Deberías?
—Primero cirugía, y luego iremos a partir de ahí.
—¿Me llamarás cuando salgas?
—Sí, por supuesto. O haré que Roman mande un mensaje. Pero te haremos
saber cómo va.
—Siento mucho que esto esté pasando otra vez.
—Yo también.
—¿Quieres que me comunique con Emilia?
—Sí. Está de noche esta semana, así que probablemente aún no lo sepa. Y
podemos esperar a decírselo a mamá y papá porque están de crucero. —Nuestra
hermana mayor es enfermera de la UCIN en Bobcaygeon.
—Se supone que mañana estarán en las Islas Caimán, así que podemos
intentar ponernos en contacto entonces —sugiere.
—Sí, mejor esperar hasta que salga de cirugía.
—De acuerdo. Espero que salga bien.
—Lo mismo. Te quiero, hermanita.
—Yo también te quiero, Hollis.
Termino la llamada y la preocupación me consume por completo. Es una
bendición cuando vienen a anestesiarme.
Me retienen toda la noche después de la operación. La intervención ha ido
bien, pero los médicos me han advertido que me lo tome con calma. Tengo la
rodilla hinchada al doble de su tamaño, y el dolor me pone de mal humor y
propenso a quebrarme.
Me mandan a casa a la mañana siguiente, una vez que he visto al
fisioterapeuta del equipo y el médico me ha dado el alta. Lo único que quiero es
mi cama, mis gatos y escapar de los pitidos incesantes y del olor a desinfectante.
Roman me saca y me ayuda a subir al asiento trasero de su auto, ya que no podré
doblar la pierna en los próximos días.
—Esto era lo único que no quería que pasara —digo una vez que estamos
de camino a casa.
Su mirada se cruza con la mía en el retrovisor.
—Lo sé, hombre. Lo siento.
Al menos no me dice tonterías de que todo va bien. Los médicos son
cautelosamente optimistas, una frase que odio. Pensé que tenía tiempo para
prepararme para la jubilación, y ahora puede que esté aquí.
Pasar del vehículo al ascensor es una faena, y el trayecto hasta el
penthouse me hace nadar la cabeza. Cierro los ojos y apoyo la cabeza en el
cristal espejado.
—¿Estás bien? —Roman me abre las puertas y yo recorro con las muletas
la corta distancia hasta mi penthouse.
—Solo cansado. —Quiero dormir durante las próximas semanas, hasta que
se me cure la rodilla y se acabe esta tormenta de mierda mental. Solo son un
puñado de horas de postoperatorio, me recuerdo. Puede que esté bien. Pero es
una gran posibilidad.
Roman me ayuda a entrar en mi casa. Los cojines que Aurora añadió al sofá
el año pasado, después de mi primera operación, están en las esquinas. La manta
cuidadosamente doblada en el centro tiene dos hendiduras en forma de gato.
Estoy bastante seguro de que no es así como dejé las cosas.
Los chicos salen trotando de mi habitación, maullando ruidosamente. Me
detengo en medio de la habitación mientras se enroscan alrededor de mis
piernas. Ni siquiera puedo agacharme para acariciarlos.
—Hola, Postie. Hola, Malone. Siento haberlos dejado tanto tiempo. Espero
que no se hayan cagado en mi cama.
—Peggy pasó por aquí anoche y otra vez esta mañana —ofrece Roman.
—Tendré que agradecérselo. —Malone se frota contra mi pierna—. ¿Te
importaría darles un par de croquetas? Primer armario a la derecha, el de la tapa
amarilla. Aunque solo unas pocas.
—No hay problema. ¿Quieres tumbarte en el sofá o en tu cama?
—A la cama. Estoy agotado.
—Han sido veinticuatro horas de mierda. —Encuentra las croquetas, y
Postie y Malone se acercan tambaleándose a sus platos y depositan sus traseros.
Recorro cojeando la corta distancia que me separa de mi dormitorio. Ya
he bajado las sábanas y las he cambiado. En la mesilla de noche hay dos botellas
de agua, el libro que estaba en la mesilla del salón y dos revistas de hockey. Es
tan considerada y yo estoy aquí saboteando sus citas porque no puedo
controlarme. Y masturbándome su coletero como un asqueroso porque no puedo
tenerla.
Miro hacia mi cómoda. Puse su coletero allí después de lavarlo, y ahora no
está. A la mierda.
Esa es una conversación que no quiero tener.
Dejo las muletas en la mesilla de noche y me siento con cuidado en el
borde de la cama. Me cubro la cabeza con la sudadera y la tiro a un lado mientras
me estiro sobre las sábanas limpias.
Roman aparece en la puerta.
—¿Necesitas algo antes de que me vaya?
—Estoy bien. Gracias por traerme a casa.
—No hay problema. Me voy a entrenar, pero si necesitas algo, mándame
un mensaje. Y Peggy dijo que se pasaría después de sus clases para ver cómo
están tú y los chicos.
—No necesita hacer eso —le digo.
—Está preocupada. Ha tenido una noche dura. Quería estar aquí cuando
llegaras a casa, pero tiene una reunión con uno de sus profesores. No creo que
haya dormido bien, así que ya sabes, déjala hacer lo suyo.
—Está bien. —El año pasado, cuando me operaron de la rodilla, lloró
sobre mí en el hospital. Pero no he estado a solas con ella desde que arruiné su
cita. Un movimiento tan estúpido.
Roman da un golpecito en el marco de la puerta.
—Volveré más tarde para ver cómo estás.
Postie y Malone saltan a la cama y se acurrucan a mi lado cuando Roman
se va. Sus cálidos cuerpecitos son lo único que me sostiene en estos momentos.
Postie no deja de asomar la cabeza y luego se acerca para asegurarse de que
estoy bien. Siempre tiene un sexto sentido para saber si estoy mal.
Dejo un mensaje en el chat familiar para que todos sepan que estoy en
casa y que les llamaré más tarde. Micha se ha portado muy bien informando a
todo el mundo y anoche, cuando salí de la operación, le envié un mensaje para
decirle que todo había ido bien. Estoy agotado, así que no tardo mucho en volver
a desmayarme. Me despierto varias horas después con un horrible dolor
punzante en la rodilla y el sonido de Aurora hablando con los chicos.
—Les he traído su favorito, chicos. Sé que se nos acabó y tuvieron que
conformarse con pollo en vez de salmón. Estoy segura de que fue duro —dice
suavemente. Le sigue una risita—. Yo también te quiero, Postie, y a ti, Malone. —
Unos maullidos excitados acompañan el sonido de una lata al abrirse.
Tengo que tomar los antiinflamatorios recetados y controlar este dolor. Me
siento y aparto las sábanas. Me veo obligado a respirar hondo varias veces antes
de mover las piernas sobre el borde de la cama. El dolor se intensifica con el
movimiento y mi estómago se revuelve incómodo. Respiro. No quiero vomitarme
encima. Hoy solo he comido tostadas con mantequilla.
Cuando se calman las náuseas, agarro las muletas, pero no tengo
coordinación. Caen al suelo, fuera de mi alcance.
—Puta madre.
—¿Hollis? ¿Estás bien? —Aurora entra corriendo.
Levanto una mano.
—Bien, solo torpe.
Recoge las muletas.
—¿Qué necesitas? ¿Qué puedo ofrecerte?
La miro un segundo, pero la cabeza me da vueltas y las náuseas me
invaden, así que vuelvo a mirar al suelo. Lleva unos jeans holgados y unos
calcetines con gatos. Se los regalé el año pasado por su cumpleaños.
Le tiendo una mano.
—Necesito mis muletas.
Odio volver a estar donde estaba hace menos de un año. Y esta vez me
siento peor, el dolor es más intenso. Pero acabo de salir de una operación y los
primeros días son siempre los peores. Odio no ser capaz de arreglármelas solo.
No quiero que Aurora vuelva a verme así.
—¿Necesitas ir al baño? Puedo ayudarte a llegar —dice suavemente.
—No necesito el baño, y no necesito ayuda. —Soy un imbécil mordaz.
—Estás sudando, tienes la cara verde y, aunque siempre tienes un calor
de mil demonios, también tienes un aspecto de auténtico infierno, Hollis. Estoy
aquí de pie, preguntándote qué necesitas. Déjame ayudarte, por favor. —Su voz
se quiebra.
Levanto lentamente los ojos. Está al borde de las lágrimas.
—Lo siento. Me duele mucho.
—Hay una receta en el mostrador. ¿Puedo dártela? —pregunta.
—Sí, sería estupendo —admito. Aparte de mis hermanas y Roman, no he
tenido a nadie que me cuidara como ella. Debería hacer que se vaya, poniendo
más límites que desearía poder superar.
Me deja sentado en el borde de la cama y vuelve un momento después
con mi receta. Abre el frasco y me da dos pastillas en la palma de la mano, luego
le quita el tapón a una botella de agua y me la pasa. Me tomo las pastillas y la
mitad de la botella de agua.
Se retuerce las manos.
—¿Tienes hambre? ¿Te traigo algo de comer?
—No necesito que hagas de niñera, Aurora.
—Acaban de volver a operarte de urgencia de la rodilla, Hollis. Estoy
segura de que las últimas veinticuatro horas han sido bastante horribles para ti,
pero también lo han sido para todos los que estamos al otro lado. Vi cómo
sucedía, y luego te llevaron al hospital, y yo tenía una estúpida presentación, y
una reunión a la que no podía faltar hoy, y obviamente no dejaron entrar a nadie
anoche en el hospital. No es que quisieras que fuera a visitarte, pero estaba
preocupada. —Le tiembla el labio inferior, pero sus ojos están llenos de
frustración y miedo—. Sé que mis sentimientos por ti son un inconveniente, pero
no puedo apagarlos. Son míos y son reales, y créeme, ojalá no sintiera lo que
siento. Pero las últimas veinticuatro horas realmente me asustaron. Así que si me
dejaras cuidarte un poco, aunque solo sea para hacerte unas tostadas que no te
vas a comer, sería estupendo.
Debería darle una tarea. Algo que la ocupe. En lugar de eso, le hago señas
para que se acerque.
—Ven aquí.
—¿Qué necesitas?
Extiendo una mano.
—Necesito que vengas aquí.
Ella desliza tímidamente sus dedos en mi palma. Se me eriza el vello de
los brazos. Esto no ocurría antes del beso, pero ahora, cada vez que nos tocamos,
se siente cargado. Como si estuviéramos canalizando una corriente eléctrica a
través de, pero al mismo tiempo me tranquiliza.
Sus manos son mucho más pequeñas que las mías y tiene los dedos largos
y finos. Tiene las uñas pintadas de azul pálido con pequeños logos de hockey. La
empujo hacia delante y separo las piernas para que quepa entre ellas. No es lo
correcto. Ya lo sé. Sé que estoy enviando más señales contradictorias, pero me
siento impotente ante sus lágrimas y la pura necesidad de consolarla prevalece
sobre la convicción de que debemos mantener los límites.
—¿Qué haces? —susurra.
—Abrazarte, porque creo que lo necesitas, y yo también.
Ella asiente.
—Me gustaría.
—Solo cuidado con mi rodilla.
Acorta la distancia que nos separa. La rodeo con los brazos y sus manos se
posan en mis hombros, tímidas al principio.
—¿Te parece bien? —me pregunta.
Asiento y le doy un suave apretón. Todo mi cuerpo se relaja con ella entre
mis brazos. Tenerla tan cerca es lo que necesito. Por un momento casi creo que
somos personas diferentes y que esto puede ser real.
Me rodea con los brazos y se inclina hacia delante hasta que su cara se
apoya en mi cuello. Su suave suspiro despierta partes de mi cuerpo que no tienen
nada que ver.
No debería sentirse tan bien abrazarla. No debería sentirse tan perfecto.
Pero así es. He abrazado a Aurora a lo largo de los años. No... he abrazado a
Peggy. Celebré sus victorias y la consolé por sus derrotas. Pero esto es diferente.
No siento que yo la esté consolando. Ella es un bálsamo, un refugio, algo seguro
cuando todo lo demás parece lo contrario. No sé cómo manejar el cambio entre
nosotros. La quiero, quiero esto, pero hay mucho en juego. Ya he cometido el
error de entregar mi corazón a alguien que no lo quería. Ella es joven. Puede que
me quiera ahora, ¿pero dentro de dos años, cinco? ¿Qué perderé si cambia de
opinión?
—Tenía tanto miedo —susurra, sus labios se mueven contra mi piel.
—Todo irá bien. —Le froto círculos en la espalda.
No sé hasta qué punto eso es cierto, en cualquier capacidad. Siento que mi
vida se está desenredando. Todo lo que creía saber está cambiando más rápido
de lo que puedo soportar. La inspiro, deseando que fuera cinco años mayor, que
mi carrera no pendiera de un hilo, que su padre no fuera mi puto mejor amigo.
Que no la hubiera arrastrado a este engaño. Que no tuviera el recuerdo de ese
beso.
Ese maldito beso.
Su sabor. La sensación. La necesidad desesperada de tener más de ella.
Toda ella. Toda ella. Estoy aquí pensando en siempre, y ella no tiene ni idea de
cuánto equipaje llevo encima.
Cuanto más la sostengo, más me cuesta soltarla, pero al final le doy una
palmadita en la espalda y ella hace caso, poniendo espacio entre nosotros.
Se retuerce las manos y luego se cruza de brazos, como si no supiera qué
hacer ahora.
—¿Puedo hacerte algo de comer?
—Tengo bastantes náuseas por el dolor.
—Unas galletas ayudarían. Los medicamentos te pudrirán los intestinos si
los tomas con el estómago vacío.
Tiene razón, y le hace sentir mejor ser útil. Al menos esa es la excusa que
me invento.
—Okey, sí. Eso estaría bien.
Una media sonrisa inclina la comisura de sus labios y hace aparecer el
hoyuelo bajo su ojo derecho.
—Ahora vuelvo.
Me tumbo y me concentro en respirar y bloquear el dolor.
Aurora vuelve un minuto después con galletas de soda con mantequilla.
Me pone otra almohada detrás de la cabeza para levantarme y acaricia a Postie,
que se ha acercado a ver si tengo algo interesante.
—Tengo algunas cosas en las que trabajar. Podría pasar un rato con los
chicos en el salón —me ofrece cuando he terminado con las galletas—. Y si te
entra hambre, podría prepararte algo más.
Hizo lo mismo cuando me lesioné la última vez: se quedó con los gatos, me
hizo la comida y se ocupó de mi colada cuando yo no podía. Soportó mi actitud
de mierda cuando estaba deprimido y me dio un poco de sarcasmo para evitar
que me revolcara. Pero las cosas han cambiado entre nosotros desde entonces.
Darle la espalda ahora le hará daño. Y yo la quiero aquí, a pesar de todo.
—Sí, claro, eso estaría bien.
Sonríe de nuevo, esta vez con cara de alivio.
—Bien. Estaré en el salón. Grita si necesitas algo. —Cierra casi por
completo la puerta de la habitación al salir.
Me vuelvo a quedar dormido, porque cuando abro los ojos está oscuro y
se acerca la hora de cenar. Los medicamentos hacen efecto y el dolor es
soportable. Me incorporo, tomo las muletas y me dirijo con cuidado al baño para
hacer mis necesidades antes de ir al salón.
Aurora está sentada con las piernas cruzadas en el sofá, el cabello
recogido en una coleta corta en lo alto de la cabeza con su coletero. El que ha
recuperado. Postie está estirado a lo largo del respaldo del sofá detrás de ella, y
Malone está acurrucado a su lado. Parece que está en casa.
—Hola, hola. —Deja el portátil a un lado, se levanta y se pasa las manos
por los muslos—. ¿Cómo te sientes?
—Bien. Mejor ahora que el dolor está bajo control de nuevo. —No entiendo
cómo puede sentirse a la vez bien y mal tenerla aquí.
—¿Puedo prepararte algo de comer? Rix y yo hemos hecho ese picadillo
de desayuno que tanto te gusta. Sé que es la cena, pero nunca es mal momento
para desayunar hachís, y podría ser más fácil para tu estómago.
—Eso sería genial. Puedo ayudar.
—Solo hazme compañía o pasa el rato en el sofá con los chicos.
—Necesito estar de pie un rato. Llevo muchas horas tumbado.
La sigo hasta la cocina y me apoyo en la encimera mientras ella saca una
sartén y el recipiente de picadillo para el desayuno. Es tan jodidamente guapa.
Y lista y talentosa. En lugar de estar en una cita con algún chico de su clase, está
aquí, cuidando de mí. Dudo que se dé cuenta del honor que supone ser deseado
por alguien como ella, aunque no deba ni pueda ir a ninguna parte.
—Mi padre me ha dicho que los médicos tienen esperanzas —dice.
Exhalo un suspiro.
—Veremos cómo va la rehabilitación.
Ajusta la temperatura del quemador y se vuelve hacia mí.
—Lo siento mucho, Hollis. Quería cualquier cosa menos esto para ti.
—Yo igual. Puede que tenga que empezar a mirar lo que sigue, y pensé
que tenía más tiempo.
—¿Te preocupa cómo te afectará esta lesión a largo plazo? —Se suelta el
coletero y se pasa los dedos por el cabello—. Toda una vida de tratamiento del
dolor a cambio de un par de años más sobre el hielo es un compromiso difícil.
—No mucha gente lo entiende como tú. —La mayoría de los jugadores
jóvenes ni siquiera se dan cuenta de lo duro que es este trabajo para un cuerpo.
Incluso sin lesiones graves, es intensamente físico. Pero con ellas... No puedo
permitirme otra operación de rodilla. Dos dentro de un año tendrá un impacto
de por vida. Y luego estuvo esa conmoción cerebral. Claro, esta vez fue leve.
—He visto cómo las lesiones sacan a los jugadores del juego —dice
Aurora, sacudiendo la cabeza—. Sobre todo, si intentan apresurar la
recuperación. Mira a Alex Waters. —Se vuelve hacia el hachís, le da la vuelta y
ajusta el calor de nuevo—. Estaba en la cima de su juego. Podría haber vuelto
después de esa conmoción cerebral, pero si hubiera recibido otro golpe como
ese...
—Es una leyenda. Pero dejar el juego cuando lo hizo fue una decisión
inteligente. —Waters sorprendió al mundo del hockey cuando colgó los patines.
Vi sus entrevistas posteriores, hablando del impacto de su conmoción cerebral
y de cómo sus prioridades habían cambiado. Tenía mujer y familia. Yo aún no
tengo eso, pero lo deseo. Tal vez más de lo que estoy dispuesto a admitir.
Especialmente en la compañía actual—. Otra conmoción cerebral podría haber
cambiado su vida para siempre. No quiero arriesgarme a no poder andar para
poder jugar unas temporadas más, pero tampoco quiero abandonar mi carrera
prematuramente. Es una auténtica locura, eso está claro.
La sonrisa triste de Aurora está llena de empatía.
—Aunque un día a la vez, ¿no?
—Es todo lo que puedo hacer.
Aurora me pide que le pase la mantequilla, y yo lucho por no intervenir y
ayudar solo para poder tocarla. Pongo como excusa que me duele la rodilla y me
voy al salón mientras Aurora termina el hachís. Malone, siendo el bicho raro que
es, empieza a amasar la manta a mi lado, y entonces empieza la joroba de aire.
Es fijo, pero le hace el amor a esa manta todas las noches. Lo ignoro y enciendo
la tele para que haga ruido de fondo.
Aurora trae una bandeja cuando la comida está lista y empuja a Malone
para que se aparte. A regañadientes, se acurruca de espaldas a nosotros en la
silla frente al sofá. Nuestros dedos se rozan cuando me pasa los cubiertos y, de
nuevo, me sorprende lo diferente que es esta vez. Cuánto me gusta que me
cuide, cuánto me gustaría poder hacer lo mismo. Le pregunto por el colegio
mientras como. Quiero saber qué pasó con ese chico Jameson, pero sacar el tema
es invitar a más problemas. Ya le he dado suficientes señales contradictorias hoy.
Cuando se sienta en el sofá a mi lado, Postie se sube a su regazo y le da
una pequeña embestida en la barbilla con la nariz, luego se estira. Pone una pata
en cada hombro y su motor se pone en marcha.
—Hombre, no te controlas—murmuro con la boca llena de hachís.
Le sujeta las patas y se ríe cuando él le da un cabezazo en la barbilla. Se
vuelve hacia mí, con una sonrisa amplia y hermosa. Su expresión se suaviza y su
voz es apenas un susurro.
—Echaba de menos esto.
—Yo también. —Una cosa tan simple de decir. Pero es demasiada
honestidad. Demasiada verdad. Especialmente cuando estar con ella así es tan
fácil. Hace que mantenerse dentro de las líneas sea tan jodidamente difícil.
Me planteo cómo sería si cediera a ese deseo que parece crecer cada día
que pasa. Podríamos estar bien juntos. Es inteligente, descarada y no soporta mi
mierda de. Es despreocupada y le encanta una buena noche de cine tanto como
a mí. Mis gatos la adoran. Yo la adoro. Que yo empiece mi segunda carrera
mientras ella empieza la primera podría jugar a nuestro favor. Podría ser difícil
al principio, pero la gente cercana a nosotros podría superar la brecha. Ella ha
sido parte de mi vida durante años. Pero, ¿alguna vez Roman entraría en razón?
No lo sé. Ella es su mundo.
Se emiten resúmenes deportivos y noticias sobre mi accidente en el hielo.
—Puedo cambiar esto —dice Aurora.
—No, está bien. Estoy acostumbrado al forraje.
Pero no espero ver a Scarlet salpicando la pantalla. No me había dado
cuenta de que estaba otra vez en el partido. Primero aparece su expresión
horrorizada, luego su espalda con mi número y mi nombre bordados en la
camiseta, y después una presentación de imágenes de hace más de siete años,
cuando éramos novios. Ella tenía veintidós años y yo veintiséis.
La realidad es una hoja afilada. Aurora es más joven de lo que Scarlet era
cuando terminó las cosas y rompió mi maldito corazón. Estaba tan seguro de que
lo nuestro funcionaría. La vida que había estado planeando con ella se fue de
repente, y con ella se fue mi capacidad de confiar en alguien. No quería volver a
sentirme tan vulnerable. Sería un idiota si invitara a ese tipo de dolor a volver a
mi vida, especialmente cuando ya está patas arriba. Aurora es joven, y puede
que yo le parezca una buena idea ahora, pero con el tiempo encontrará a alguien
mejor. Alguien ya cambió de opinión sobre mí una vez y las cicatrices de eso me
han impactado de maneras que ni siquiera puedo empezar a descifrar. Aurora
tiene toda la vida por delante y no necesito que ninguno de los dos pasemos por
ese infierno.
—¿Sabes qué? Estoy muy cansado. Necesito volver a tumbarme. No hace
falta que te quedes ni que limpies esto. Me ocuparé más tarde. —Apago la tele y
recojo mis muletas.
—¿Seguro? Puedo poner los platos en el lavavajillas. —Se retuerce las
manos.
—No. Deberías irte. Tienes tareas en las que trabajar. Gracias por pasar y
por el hachís. Te lo agradezco. —No puedo mirarla mientras me giro hacia mi
dormitorio.
—¿He hecho algo mal, Hollis? —pregunta.
—No, Princesa. Tú no eres el problema. Es mejor que te vayas. —No puedo
seguir haciéndole esto. A mí mismo. Odio seguir lastimándola, pero no puedo
hacerme pasar por eso otra vez. Estoy encaprichado. Eso es todo. Si dejo de
complacerla, ella seguirá adelante. Estoy seguro de ello.
Hammer
—Necesito otro martini. —Vuelvo a inclinar la copa y me bebo lo que
queda. Esta noche estoy tomando malas decisiones, como beber demasiado. Los
últimos días he estado revolcándome y analizando lo que ha pasado entre Hollis
y yo.
He deducido que estamos calientes el uno para el otro, pero Hollis es
aparentemente un masoquista con mal control de los impulsos ya que sigue
haciendo cosas que dice que no debería. Esos límites que impone y luego
pisotea me están cabreando.
—Yo también necesito otra copa. —Rix se asoma por detrás de la cabina,
presumiblemente buscando a su novio.
—¿Qué tipo de bebida crees que me gustaría? —Tally reflexiona.
Rix vuelve a mirar a Tally con expresión sombría.
—No tengas prisa por crecer, Talls. Está bien disfrutar de tu vida en la fase
en la que estás.
—Además, beber no es la gran cosa y las resacas son estúpidas. —Dred le
da una palmada en el hombro.
—Siempre añado soda a mis bebidas para evitar la resaca —dice Shilpa.
—El agua es el elixir de la vida. —Hemi asiente.
Veo a Hollis en la barra con Dallas.
—Voy por otra ronda.
—¿No eres la más dulce? —Rix me lanza una mirada cómplice.
—¿Todas quieren otro? —Salgo de la cabina.
Dred da un golpecito a su botella.
—Tomaré otra cerveza.
—Estoy bien. —Shilpa agita el hielo en su vaso medio lleno.
—Yo también estoy bien —responde Hemi.
—Un día de estos te tomarás más de una copa —le digo.
—Se acerca tu cumpleaños, ¿verdad, Hemi? —Tally pregunta.
Hemi la mira.
—¿Cómo lo sabes?
—Dallas lo mencionó la semana pasada.
—Maldito Dallas —murmura Hemi.
Como si nos oyera hablar de él, mira hacia nosotras, nos levanta la barbilla
y le guiña un ojo a Hemi. Ella lo rechaza.
Esta noche es la primera vez que Hollis sale de su penthouse desde el
accidente. No hemos hablado de lo que pasó el otro día, cuando Scarlet salió en
la tele y él me mandó rápidamente a casa. Pero desde entonces, he investigado
mucho sobre ellos como pareja. No hace falta ser un genio para ver que esa
relación le dejó cicatrices en el corazón. No cuando en un momento me da largos
abrazos en los que siento que hay mucho más que un simple consuelo envuelto
en ellos y me deja que lo cuide, y al siguiente me dice que me vaya. Conflicto
parece ser su principal emoción cuando se trata de mí. Eso me pone angustiada,
y también me inclino a ser una malcriada, la que aprieta los botones, como le
gusta llamarme Hollis.
Mañana el equipo tiene un partido de visita, así que esta noche están
hablando de estrategia de juego en el Watering Hole. Mi padre está hablando
con Ash y Dallas acaba de ir al baño, así que Hollis está solo en la barra. Me siento
a su lado y pido una ronda de bebidas.
Me mira de reojo.
—Esta noche pareces problemática.
Esto ya lo sé. Elegí mi atuendo para apretar al máximo el botón. No lo miro
cuando respondo.
—No puedes decir cosas así y no esperar que las interprete.
Le da un sorbo a su cerveza. Debe haber dejado los analgésicos.
—No puedes venir a un bar sin sujetador y esperar que no me dé cuenta.
Mi suéter está fuera del hombro, que está desnudo.
—Parece que últimamente prestas mucha atención a mis elecciones de
vestuario.
—Intento mantenerme en el lado correcto de la línea, pero es difícil
cuando quiero arrancar a cada par de ojos que se fijan en lo bien que te ves igual
que yo —refunfuña en su vaso.
Me encanta el maldito gruñón de Hollis. Me encanta cuando parece que
está pensando en hacerme cosas traviesas.
—¿Así que admites que te gustan mis tetas, Hollis? —Sale muy jadeante.
—Te estás pasando, princesa.
Creo que me gusta más el Hollis «sigue haciendo eso y habrá
consecuencias» que el Hollis gruñón.
—Apuesto a que te encantaría darme una lección o dos sobre eso, ¿eh? —
Dios, estoy patinando el borde aquí.
Rechina los dientes.
El camarero me pone delante una margarita, un martini y una cerveza.
—Yo pago. —Hollis pasa su tarjeta.
—Gracias. —Mi hombro roza el suyo cuando me inclino hacia él, bajando
la voz—. Por cierto, melancólico y sexualmente frustrado es un buen aspecto en
ti. Estoy deseando tocarme más tarde recordando exactamente esa expresión
facial. —Le guiño un ojo, recojo las bebidas y le dejo con el ceño fruncido.
Me gustaría decir que no sé qué demonios me pasa. Pero estoy
cachondísima, probablemente esté por venirme la regla, o estoy caliente por lo
bueno que está Hollis, frustrada por su falta de voluntad para abandonar su
postura de “no podemos ir allí” y puede que un poco borracha. Definitivamente
un poco borracha, ya que es mi tercer martini en menos de dos horas.
—¿Por qué Hollis parece extra intenso? —Tally pregunta mientras pongo
las bebidas en la mesa.
—El médico del equipo ha dicho que tiene que quedarse en casa y
descansar durante las próximas series de visita —afirma Hemi.
—¿En serio? —Eso es nuevo para mí—. ¿Cuándo se enteró? —le pregunto.
—Justo antes de que llegara esta noche —explica Hemi—. No fue la
conversación más tranquila por lo poco que pude oír.
—¿No está la oficina de los entrenadores al otro lado del pasillo? —Rix
pregunta.
—Sí. —Hemi sorbe su agua.
—Estar sentado en un banco durante tres horas en el frío probablemente
no sea lo mejor para una rodilla en proceso de curación —reflexiona Dred.
—Me siento mal por él, aunque me da miedo. Es tan intimidante y serio
todo el tiempo. Juro que solo le he visto sonreír unas cinco veces —dice Tally—.
Estaba teniendo una temporada tan buena.
—No ha sido fácil para él. —Es como si estuviera reviviendo el año pasado
de nuevo, y aquí estoy siendo antagonista—. Pero ladra más que muerde. —Le
robo una mirada, y él estrecha la suya antes de volver a Dallas.
—Puedo dar fe de ello. Siempre ha sido agradable conmigo —coincide
Shilpa.
—Me enamoré de él cuando era adolescente —admito. Y eso seguro que
no ha cambiado.
—¿En serio? —A Tally se le iluminan los ojos—. Yo estaba enamoradísima
de uno de mis profesores de baile. Pero tenía trece años. —Cruza las manos
sobre la mesa y me mira expectante—. Quiero saber más sobre tu flechazo por
Hollis.
No debería haber dicho nada. Que me jodan.
—¿Cómo es que es la primera vez que oigo hablar de esto? —pregunta
Hemi.
Trabajamos juntas todos los días durante tres meses. Compartimos
muchas anécdotas y aprendí mucho sobre los chicos del equipo, incluido su odio
hacia Dallas. Pero no compartí esto. Nunca compartiría esto.
—No lo sé. Estoy en modo borracha, supongo. —Me encojo de hombros—
. Fingí ser mala en álgebra una vez porque descubrí que a Hollis se le daba bien.
—¿Fingiste ser mala en álgebra? —Rix lo hace sonar como si hubiera
cometido un crimen atroz.
—Sí. Reprobé intencionadamente un examen en noveno curso y todo.
Tenía todo un plan. —En ese momento pensé que era genial.
—Tenemos que oír hablar de este plan —anima Hemi.
¿De verdad voy a contarlo?
—Había venido una noche mientras yo hacía los deberes y le había pedido
ayuda a mi padre. Las matemáticas no eran lo suyo, pero aparentemente sí lo
eran para Hollis. En mi cabeza se me había ocurrido el plan maestro de que él
sería mi tutor y yo podría sentarme con él durante horas ininterrumpidas
mientras me explicaba el teorema de Pitágoras. Y me ayudó. Pero solo una vez.
Durante esa sesión me quedé mirando su perfil e imaginando cómo sería
si me besara. Y ahora lo sé de primera mano. Daría mi pezón izquierdo por volver
a sentir sus labios sobre los míos. Oírlo gemir, tener su lengua barriendo mi
boca.
—¿Por qué solo una vez? —Tally pregunta.
—Mi padre contrató a un tutor de verdad que no era guapo ni divertido.
—¡Te salió el tiro por la culata! —Rix se ríe.
—Totalmente. Subí mis notas a toda prisa, pero hizo falta un mes de
sesiones dos veces por semana para que mi padre me dejara en paz. —Y nunca
volví a hacer algo tan estúpido. Hasta el Fiasco del Batipene, en cualquier caso.
—¿Hollis sabe esto? —Hemi pregunta.
—¿Que fingí ser mala en álgebra? Por supuesto que no.
—¿Qué pasa con tu enamoramiento adolescente? ¿Lo sabe? —pregunta
Dred.
—Oh, Dios, no. —Ya es bastante malo que sepa que ahora estoy loca por
él. No necesita saber de mi enamoramiento adolescente, o que nunca se fue. Yo
lo admiraba desde una distancia segura. Pero siempre fue amable conmigo
cuando era adolescente. Amable. Gentil. Suave, cuando podía ser todo lo
contrario con los demás. Y siempre fue Princesa. Pero como todo lo demás, ese
apodo ha cambiado últimamente.
—Me pregunto qué diría. Apuesto a que se sentiría halagado. Eres tan
guapa, divertida e inteligente —dice Tally.
—Gracias, Talls. Eres impresionante, dulce y brillante, y deberían
decírtelo a menudo. Además, preferiría no saber nunca lo pensaría sobre mi
enamoramiento adolescente.
—¿Quién piensa qué de tu enamoramiento adolescente? —Tristan
pregunta.
—Esa información no es necesaria —dice Rix.
—Bea estaba colada por mí cuando tenía catorce años, pero yo era
demasiado idiota para verlo, menos mal, porque entonces lo habría fastidiado
mucho. —Inclina la cabeza—. Eres una maldita santa, y te amo.
Rix sonríe.
—Yo también te amo.
—Necesito que te quedes a dormir en mi casa esta noche, así podré
demostrarte lo mucho que te amo con... —Su mirada salta a Tally por un momento
antes de volver a Rix—. Todas las partes de mi cuerpo.
—Que alguien esconda los pepinos. —Tally se tapa la boca con una mano
y se hunde en su asiento, con los ojos cómicamente abiertos.
Shilpa parece confundida y se inclina para susurrarle algo a Hemi, que
niega con la cabeza y murmura:
—Más tarde.
La boca de Tristan se abre y se cierra. Sus mejillas se sonrojan. Es la
primera vez que le veo sonrojarse.
Le doy una palmadita en el brazo.
—Ya sabemos que iremos al infierno; al menos el viaje será divertido.
Se aleja y juro que tiene las puntas de las orejas de color rojo vivo.
—Uy, lo siento —susurra Tally.
Rix ignora la disculpa.
—Sobrevivirá a su vergüenza.
—Sabes de qué deberíamos hablar... —Hemi cambia de tema con gracia.
—¿No mi vida sexual? —Rix ofrece.
—No estoy de acuerdo. Creo que definitivamente deberíamos hablar de
la vida sexual de Rix —argumenta Shilpa.
—Algunas cosas es mejor dejarlas a la imaginación. —Hemi apoya la
barbilla en los dedos—. Hablemos de la gala.
—Recibí tu correo electrónico esta mañana. Estoy al tanto de todo —le
aseguro. Tenemos reuniones semanales de planificación. Saco mi lista más
reciente del teléfono—. Esta semana me reúno con la Academia de Hockey.
—¿Segura que no quieres que llame? ¿O incluso Phillip o Dallas? —Hemi
ofrece.
Esta será la segunda llamada de seguimiento, pero quiero ser yo quien
asegure a los asistentes. Necesito que esto sea mi bebé, y necesito ser yo quien
lo haga increíble.
—Puedo manejarlo, pero te haré saber si necesito tu apoyo.
—No hay problema. Por lo general, estoy en un goteo de café por vía
intravenosa en este punto con todos los malabares. Y está demostrando más que
nada que necesito un ayudante. Mi papel ha cambiado mucho en los últimos dos
años.
—Eso es porque eres eficiente y te encanta el reto de emprender cosas
nuevas —dice Shilpa.
—Esto es exacto. —Hemi suspira—. ¿Qué hay de los paquetes de citas?
¿Necesitas ayuda con alguno de ellos?
—No. Casi he terminado de crear los paquetes para la subasta, y todos los
restaurantes están compensando las comidas. —Ha sido divertido crear estas
experiencias y adaptarlas al jugador.
—Son increíbles. Y tener todo esto preparado antes de la subasta me hará
la vida mucho más fácil cuando acabe el evento. Con suerte, una agenda
organizada evitará que Flip se acueste con quien compre una noche con él —
refunfuña Hemi.
—Quiero decir... ha estado mejor últimamente, así que podemos esperar
lo mejor —dice Rix, probablemente cautelosamente optimista.
Tally pincha en su cal.
—¿Cuánto costó el año pasado? —pregunto.
—Setenta y cuatro mil —ofrece Tally. Mira alrededor de la mesa, con las
mejillas sonrojadas—. Eso creo. Y Dallas fue por cincuenta y dos.
—Fue condenadamente mágico ver a la bisabuela de Fielding besarle de
lleno en los labios. —Hemi se ríe malvadamente.
—Tu odio hacia él es enorme e inflexible —reflexiono.
—Como el desierto, brutal e implacable —murmura Shilpa.
—Es una comparación excelente. —Hemi da un sorbo a su agua—. ¿Sigue
Hollis a bordo?
Se lo pedí hace meses, antes de... todo. Entonces no me hacía mucha
ilusión que tuviera una cita, pero ahora me hace aún menos ilusión.
Especialmente porque la cita que diseñé para él es mi fantasía personal.
—No ha dicho nada de echarse atrás.
—Genial. —Hemi se inclina y baja la voz—. ¿Y extendiste la invitación a
Scarlet y sus compañeras de reparto?
—Lo hice, y volveré a hacer el seguimiento esta semana. —Sentí que iba a
vomitar todo el rato, pero hablé con su ayudante.
—Si no contesta, puedo hacer un seguimiento. Si dice que sí, podemos
hacer una promoción cruzada genial. Elevará el evento.
Una parte de mí espera secretamente que haya un conflicto de agenda y
Scarlet no pueda asistir. Pero la parte que quiere que sea la mejor gala que
hayamos tenido nunca sabe que sería fantástico que pudiera estar allí. Me quito
el coletero de la muñeca y toco la tela. La encontré el otro día en la habitación de
Hollis cuando di de comer a los gatos. Huele ligeramente a su detergente y a su
gel de baño. Me lo vuelvo a poner en la muñeca antes de ceder al impulso de
olerlo delante de mis amigas.
Rix me agarra de la muñeca.
—¡Has encontrado tu coletero favorito! ¿Dónde estaba?
—En casa de Hollis. Debe haberse caído de mi bolsillo. —Me pregunto
cuándo lo encontró. ¿Y por qué estaba en su tocador?
El teléfono de Tally zumba sobre la mesa y ella mira la pantalla con un
suspiro.
—Tengo que irme a casa.
Es noche de colegio y se acercan las diez. Tiene toque de queda a las diez
y media entre semana.
—Te llevaré —ofrece Hemi.
—¿Estás segura? Sé que es temprano.
—Absolutamente. Tengo una cita para tomar un café mañana por la
mañana.
—¿Cita de café? —pregunto mientras todas nos animamos—. ¿Con quién?
—Solo un tipo que conocí online. Necesito una cita para esto del verano,
así que empiezo pronto con la misión. —Hemi se encoge de hombros dentro de
su chaqueta.
—¿El verano? Pero para eso faltan meses —dice Rix.
—El primo de Ash podría ser una buena opción —ofrece Shilpa.
—Te quiero, y me encanta la oferta, pero soy mucha mujer, y no quiero
esa clase de incomodidad si él decide que no soy su tipo. —Hemi abraza el brazo
de Shilpa.
—Creo que eres la mujer perfecta, pero también lo entiendo. —La mirada
de Shilpa se desplaza por la habitación hacia donde Ash y Dallas están charlando.
—Necesito una buena ventaja. Las citas online son una pesadilla —dice
Hemi—. Cero sobre diez, no lo recomiendo.
—Lo intenté una vez. Fracaso épico. —Rix también recoge su chaqueta—.
Hablando de pesadillas potenciales... Tristan lleva media hora haciéndome un
agujero en un lado de la cabeza. Probablemente debería llevarlo a casa antes de
que me arrastre al baño.
—¿De verdad haría eso? —Tally pregunta mientras salimos de la cabina.
—Me gustaría pensar que no, pero nunca puedo estar segura.
Tristan, que estaba al otro lado de la barra hace tres segundos, está de
repente al lado de Rix.
—¿Nos vamos a casa, cariño?
Ella le palmea el pecho.
—Sí, nos vamos a casa.
—Gracias, joder. —Le besa la mejilla y la ayuda a ponerse la chaqueta—.
Señoritas, que tengan una buena noche. Despídanse de los demás por mí. —
Sujeta la mano de Rix antes de que pueda ir por abrazos de despedida y la
arrastra hacia la puerta.
—Quiero que alguien me quiera tanto. —Tally tiene una mirada soñadora
y lejana.
—Todas queremos eso. —Hemi le da unas palmaditas en la espalda.
—Yo tengo eso, y es glorioso —declara Shilpa.
Nos despedimos, y Hemi está a punto de ofrecerse a llevarme, pero mi
padre también está a punto de salir. Al parecer, Hollis se fue hace un rato. Antes
del Batifiasco, siempre se paraba a darnos las buenas noches a todos antes de
marcharse. Pero como todo, supongo que eso ha cambiado.
Estoy mareada mientras sigo a mi padre hasta el ascensor de casa, no tanto
como para no poder andar en línea recta, pero tengo el cerebro empapado y
solo puedo pensar en Hollis y en aquel beso.
—¿Vigilarás a Hollis esta semana? —Papá pregunta.
—Sí, por supuesto. —El equipo parte por la mañana para la serie partidos
de visita.
—Gracias, cielo. Está mejor, pero creo que le duele más de lo que parece.
—Esperamos a que llegue el ascensor—. No quiero que esté solo y deprimido
toda la semana.
Me trago la repentina oleada de culpabilidad y me pregunto cuánto peor
debe de ser para Hollis. Me besó. Deseaba que sucediera más que mi próximo
aliento. Pero las consecuencias no son nada de lo que había planeado. O lo
horrible que es ocultarle este secreto a mi padre. Me fuerzo a sonreír, pero la
sonrisa me pesa.
—Realmente quiere terminar esta temporada.
El año pasado fue duro para él. Me duele el corazón de pensar en los
lugares oscuros que su mente puede ir esta vez.
Papá asiente, su expresión se suaviza, tal vez malinterpretando mi culpa
por empatía.
—Podría volver al hielo si llegamos a las eliminatorias.
—Podemos cruzar los dedos. —Cambio de tema—. ¿Necesitas que me
ocupe de algo más que de la compra y la colada mientras estás fuera? ¿Y me
dejaste una lista?
—La lista está en el mostrador.
—¿Debería sacar tu vestuario de primavera?
—Sé que tienes mucho trabajo con la escuela y todo lo demás.
—No me importa. —Si no rota su guardarropa, su armario es una pesadilla.
—Solo si tienes tiempo. Aún nos quedan algunas semanas con nieve. Antes
de que se me olvide, ¿cómo está ese chico Jameson? ¿Planeas una segunda cita?
—Creo que estamos mejor como amigos. —Aunque es el tipo de hombre
que mi padre quiere para mí.
Me besa la parte superior de la cabeza.
—Qué pena, chiquilla. Te mereces lo mejor. No lo olvides nunca.
Abrazo a mi padre y le deseo suerte cuando el ascensor se detiene en mi
piso. El apartamento está vacío cuando entro. Rix pasará la noche en casa de
Tristan. A menos que tengan entrenamiento temprano, es donde ella duerme
cuando él no está de viaje. Es solo cuestión de tiempo que ella se mude a su casa.
Abro el pestillo, cierro la puerta tras de mí y me dirijo a mi dormitorio.
Como tengo la casa para mí sola, puedo hacer todo el ruido que quiera. Me
desnudo y tiemblo cuando el aire fresco acaricia mi piel desnuda y acalorada.
Saco Batipene del cajón de la mesilla de noche y el frasco de lubricante; dudo
que lo necesite, pero es mejor estar preparada que buscarlo a tientas cuando
estoy a punto de llegar al orgasmo. También agarro la sudadera de Hollis de la
cómoda y la pongo sobre la almohada.
Estoy un poco obsesionada.
Me meto en la cama y abro una de las carpetas de mi teléfono. Está
etiquetada como MATERIAL DE ESTUDIO. En realidad, está llena de fotos y
vídeos de partidos de Hollis. Hace tiempo hice una recopilación en vídeo de
todos mis momentos favoritos de Hollis. En muchos, se echa agua a la boca. Me
paso la mano por la barriga mientras me acomodo, luego me doy cuenta de que
aún tengo el coletero en la muñeca y lo libero.
Mientras suena mi vídeo recopilatorio, me paso la suave tela por los labios.
El aroma de Hollis se desvanece poco a poco. Mientras lo veo secarse el sudor
de la cara y mordisquearse el protector bucal —no debería ser sexy, pero lo es—
, vuelvo a preguntarme cuándo encontró el coletero y por qué no me lo había
devuelto. Sobre todo sabiendo que era mi favorito.
Pongo el vídeo en pausa y, antes de que pueda replanteármelo, sostengo
el coletero delante de mis rodillas desnudas, hago una foto y se la envío.
Aurora
¿Por qué estaba esto en tu tocador?

Contengo la respiración mientras aparecen los puntos.

Hollis
¿Por qué estabas en mi habitación? Otra vez.

Aurora
Dando amor.

Estoy siendo intencionadamente sugerente. Los puntos aparecen y


desaparecen varias veces.

Hollis
Pensé que habíamos acordado que mi cama no era tu patio de recreo.

Me muerdo el labio y aprieto las rodillas.

Aurora
Me refería a Postie y Malone. Aunque es bueno saber dónde tienes la
cabeza.
He sido una buena chica y solo he usado tu habitación de invitados. Y
nunca dejo pruebas.

Hollis
No es verdad. Te dejaste el coletero, y el cambio constante de sábanas
me dice todo lo que no me dices, lo cual es una locura.
Su honestidad es inesperada y me anima.

Aurora
¿Qué le has hecho a mi coletero, Hollis?

Hollis
Lo lavé.

Aurora
¿Por qué había que lavarlo?

Hollis
Lo encontré en el suelo.

Aurora
¿Por qué acabó en tu tocador?

Los puntos aparecen y desaparecen varias veces.

Aurora
¿Le has hecho cosas malas a mi coletero?

Hollis
Vete a dormir, pequeña. Tienes clase por la mañana.

Eso es tan bueno como un sí.


Aurora
¿Puedes repetirlo en un mensaje de voz?

Contengo la respiración mientras espero a ver si responde. Un minuto


después, aparece una nota de voz.
Su orden ronca me produce un escalofrío.
—Deja de provocarme, princesa.
Lo escucho en repetición mientras pongo a Batipene a trabajar. Y corro
dos veces.
Hollis
Princesa
¿Necesitas algo de la tienda?

Hollis
Es tarde y está oscuro. ¿Por qué vas a la tienda?

Princesa
Es una caminata de dos minutos. Necesito patatas fritas.

Hollis
¿Qué tipo de patatas fritas?

Princesa
De las que no tengo en mi apartamento.

El equipo se marchó hace dos días y Rix voló a Carolina del Norte esta
mañana, lo que significa que Aurora estará sola este fin de semana. No me gusta
la idea de que vaya andando a la tienda en la oscuridad.

Hollis
Puede que tenga lo que necesitas.
Lo envío antes de considerar cómo se lee.
Los puntos aparecen y desaparecen varias veces antes de que aparezca
un mensaje.

Princesa
Creo que ya lo hemos establecido, pero en cuanto a las patatas fritas,
¿tienes las de vinagreta o panceta ahumada?

Hollis
Tengo las dos.

Son sus favoritas, así que siempre guardo algunas en la despensa para
cuando cuida de Postie y Malone.

Princesa
Subiré en un rato.

Compruebo que mi desodorante hace su trabajo y que mi cabello no es un


desastre. No debería importarme mi aspecto ni mi olor. Tampoco debería estar
tan emocionado por verla. Pero ha estado ocupada con la universidad los dos
últimos días, así que las interacciones han sido breves y cargadas de tanta
tensión sexual que siento que me ahogo.
Menos de dos minutos después, llama a la puerta. Postie y Malone me
siguen hasta la puerta. Aurora está de pie en el pasillo con su bolsa de plátano
colgada del hombro, con el aspecto problemático que tiene. Lleva puestas unas
zapatillas y unos pantalones cortos para dormir que apenas se ven porque lleva
puesta mi sudadera favorita. La tiene desde hace semanas.
—Hola. —Su mirada se desplaza sobre mí. Llevo una camiseta y
pantalones de jogging.
Intento y no consigo que aflore el recuerdo de cómo se sintieron esos
labios sobre los míos. Me aclaro la garganta antes de hablar.
—Hola. Pasa. —Me hago a un lado. Sigo con muletas al menos una semana
más.
—Traje algunas comidas del congelador. Puedo guardar esto, tomar las
patatas y quitarme de en medio. —Desvía la mirada y se recoge el cabello detrás
de la oreja.
Odio que lo haya hecho así entre nosotros. Soy yo quien sigue cruzando la
línea y retrocediendo. Podemos pasar el rato un par de horas. Puedo controlar
mis hormonas y mis impulsos y evitar hacer algo que haría que Roman me cavara
una tumba poco profunda.
—Iba a ver una película, si quieres quedarte a hacerme compañía —
digo—. A menos que tengas otros planes. —La posibilidad de que vuelva a salir
con ese chico James me da ganas de pegarle un puñetazo a algo.
Sus ojos se amplían.
—No tengo planes.
Mi alivio es instantáneo y problemático, pero es demasiado tarde para dar
marcha atrás y, de todos modos, no quiero hacerlo. Luchar contra la atracción es
agotador. Estoy cansado de intentar mantener todos estos muros cuando es tan
condenadamente fácil para ella derribarlos.
—Bien. Vamos. —Me arrastro hasta la cocina—. Vamos a asaltar mi
armario de aperitivos.
Aurora mete las comidas en el congelador, excepto dos, que van a la
nevera. Me sigue hasta la despensa. Es lo bastante grande para los dos, pero mis
muletas la hacen estrecha.
Echa un vistazo a las estanterías y pincha un envase medio vacío de
bombones de caramelo salado.
—Parece que alguien se ha estado comiendo sus sentimientos.
—No estaré en el hielo durante un tiempo, así que aflojé las riendas de mi
dieta.
Desenrosca la tapa y saca un bombón, mordiéndolo por la mitad antes de
ofrecerme el resto.
—Están muy buenos, pero son muchos.
Me meto la otra mitad en la boca mientras ella devuelve el envase a la
estantería.
Escoge una bolsa de patatas fritas de tocino ahumado y otra de gusanos
de gominola.
—¿Algo más te parece tentador?
Mi mirada la recorre. Sí, esta noche va a ser un ejercicio de moderación.
—No deberías mirarme así si no quieres que se me ocurran ideas, Hollis.
—¿Y cómo te estoy mirando, Princesa?
Me roza.
—Como si yo fuera la merienda.
Últimamente vivo para estos momentos, en los que toda la incertidumbre
y la incomodidad desaparecen y Aurora vuelve a ser ella misma.
Luego se vuelve y su expresión cambia. Parece preocupada.
—Lo siento. Es que... ya no sé dónde están las líneas. No paran de
moverse, y siento que siempre voy dos pasos por detrás.
—No estás sola, princesa. Sigo intentando quedarme dentro de ellas. Es
jodidamente imposible.
—Porque estoy presionando tus botones —susurra.
—Sí. —No se da cuenta de que no necesita tratar de llamar mi atención.
Siempre la tiene. Me agarro las muletas para no estirar la mano y pasarle el
cabello por detrás de la oreja—. Pero me gusta cuando lo haces.
Sus ojos se levantan, con la esperanza que no debería querer acechando
en ellos.
—Vamos a pasar el rato y ver una película y no discutir lo que sea esto —
sugiero.
—De acuerdo. Eso suena bien.
Aurora se sirve un bol de patatas fritas y llena otro con gusanos de
gominola. Luego echa un vistazo a la nevera, examinando mis opciones de
bebida.
—Hay una botella de riesling ahí —digo.
—¡Oh! Mi favorito. —Ella lo va a buscar—. ¿Quieres un vaso?
—Tomaré una cerveza. —Prefiero el tinto al blanco, pero de nuevo, suelo
tener una botella a mano para Aurora.
—¿Ya no tomas analgésicos? —pregunta mientras saca una copa de vino y
destapa una botella de cerveza.
—Sí. Solo un antiinflamatorio ocasional cuando llevo mucho tiempo de pie.
—Me duele la rodilla, pero prefiero usar compresas frías para controlar lo peor.
—Qué bien. Empezaste fisioterapia esta semana, ¿verdad?
—Sí, iré mucho a la piscina. —Los ejercicios de bajo impacto son la mejor
manera de recuperar mi amplitud de movimiento y fortalecer los músculos
alrededor de la lesión.
—¿Quieres que evite la piscina, entonces?
—Debería.
Me mira de reojo.
—Parece que eso tiene un pero.
—No quiero que me evites. —Echo de menos mi tiempo con ella. La echo
de menos. Se ha convertido en una de las personas más importantes de mi vida.
—Yo tampoco quiero evitarte. —Recoge la bandeja de aperitivos y la lleva
al salón.
El año pasado, cuando no podía viajar, venía a ver los partidos. Me
contaba lo emocionada que estaba por trabajar con Hemi y el equipo, y que para
entonces yo estaría de vuelta en el hielo, jugando como si la lesión nunca hubiera
ocurrido. Durante un tiempo, tuvo razón en todo.
Apoyo las muletas en el respaldo del sofá y tomo asiento. Aurora se acerca
con una almohada y la coloca debajo de mi pierna herida.
—¿Quieres una compresa fría? —Su mano se apoya en mi espinilla.
El tacto quema a través de mis joggers, la conciencia despertando el resto
de mi cuerpo.
—Estoy bien por ahora. —Palmeo el cojín a mi lado.
Aurora deja un palmo de espacio entre nosotros, cruzando sus piernas
desnudas. Los shorts desaparecen bajo el dobladillo de mi sudadera.
Aparto la mirada, recojo el mando a distancia y busco el canal de
películas.
—¿Qué te apetece ver?
Se pasa las manos por los muslos, los dedos se enroscan sobre las rodillas
desnudas.
—Um... acción sería probablemente lo más seguro. O quizás algo de
terror.
—No soportas las películas de terror. Te dan pesadillas.
—No todas.
Le doy un golpecito en el dorso de la mano que tengo más cerca, donde
sus uñas se clavan en la rodilla.
—Ya te estás preparando para los sustos. Vamos a ver qué es lo que te
atrae.
—Claro. —Sigue pasándose las manos por los muslos. Me cuesta apartar
la vista de ellos. Soy hiper consciente del espacio que hay entre nosotros, de
cómo huele, de lo cerca que estuve de ceder a las ganas de besarla después de
arruinar su maldita cita.
Al final nos decantamos por una película de acción, con muchas
persecuciones y motores revolucionados. Pero hacía mucho tiempo que no la
veía, y había olvidado cuánto sexo hay. Tanto puto sexo.
Cada vez que otra escena picante, como las llama Aurora, aparece en la
pantalla, cruza y descruza las piernas. También se bebe el vino de un trago. Y
vuelve a la cocina por un segundo vaso. Acepto su oferta de una segunda cerveza
para tener algo a lo que agarrarme.
Postie y Malone saltan de la silla y la siguen, esperando croquetas.
Mientras ella nos refresca las bebidas, yo me acomodo, metiendo mi
erección en la cintura de mis joggers y ajustándome la camiseta para que oculte
mi problema. Estiro el brazo sobre el respaldo del sofá, intentando relajarme.
Probablemente debería parar la película o cambiarla por otra cosa. Pero
entonces tendría que admitir que se me está metiendo en la piel.
Cuando Aurora regresa, la sudadera con capucha está desabrochada,
dejando ver una camiseta ajustada con la palabra Princesa en la parte delantera.
Es increíble que aún la conserve, ya que se la compré hace años. Se deja caer a
mi lado, esta vez más cerca, y estira las piernas, apoyando los pies cubiertos de
zapatillas en la mesita. Apoya la nuca en mi antebrazo. Alarga la mano por
encima del hombro y roza el mío con los dedos.
—¿Está bien mi brazo ahí? —pregunto.
—Está bien.
Postie y Malone se unen a nosotros, pero Malone decide hacer su
movimiento de joroba de aire en el brazo estirado sobre el respaldo del sofá.
—No, hombre. ¿Por qué no puedes ser normal? —Me muerde cuando
intento moverme.
—Debe de haber algo en el aire esta noche —murmura Aurora. Se levanta
de un salto, acerca la manta a su silla y la acaricia—. Vamos, Malone. Tu sexy
novia está aquí, esperando tu amor.
—Es un bicho raro.
—Al menos no se está tirando a su hermano —dice Aurora con una sonrisa
burlona.
Malone muerde el anzuelo y Postie se sube al brazo de la silla,
imperturbable ante las payasadas de Malone.
Aurora vuelve a su sitio junto a mí. Cada vez que uno de los dos se mueve
o pasa junto a los aperitivos, gravitamos más cerca. Mis dedos rozan su hombro.
Los suyos rozan mi muslo cuando recoge el mando a distancia para ajustar el
volumen. Cada roce accidental me hace desear más.
Un hombre mejor pondría algo de espacio entre nosotros. Alguien menos
egoísta pondría fin a esto y le diría que se fuera a casa. Pero yo no soy ese
hombre. En lugar de eso, cuando se pasa el cabello por detrás de la oreja y
nuestros dedos vuelven a rozarse, enlazo los míos con los suyos y la acerco más.
Su piel es cálida contra la mía y siento cada inhalación temblorosa cuando se
acomoda contra mí. No quiero abandonar este momento en el que de repente es
mía. Podría hacer esto con ella todas las noches: acurrucarme en el sofá, ver
películas, hablar. Podría ser la persona con la que vuelve a casa. La persona junto
a la que duerme.
Giro la cabeza y respiro su champú de miel, plátano y coco.
—¿Me estás olfateando? —susurra Aurora.
—Shh... Solo mira la película.
Capto su sonrisa por el rabillo del ojo mientras se acurruca más a mi lado.
Encaja perfectamente contra mí. Me estoy pasando de la raya, pero tenerla tan
cerca me hace olvidar todo lo demás.
Otra escena de sexo aparece en la pantalla. Son manos y bocas frenéticas,
desgarros de ropa, empujones, tirones, respiraciones agitadas y besos
desesperados.
Aurora desliza una mano entre sus muslos.
—¿Recordabas que hubiera tanto sexo?
Me aclaro la garganta.
—Hace mucho que no lo veo.
—Yo tampoco. Probablemente no la veo desde la secundaria.
Tengo en la punta de la lengua hacer una broma, pero ella me pincha en
las costillas.
—Sin comentarios sarcásticos sobre cómo eso probablemente se siente
como ayer. Me he graduado de la secundaria hace caso media década.
—Llevo más de década y media con el bachillerato.
Hace un sonido de fastidio y empieza a alejarse, pero le rodeo los hombros
con el brazo y la atraigo hacia mí. El movimiento la pilla desprevenida y su mano
se posa en mi muslo. Acerco los labios a su oreja, disfrutando de la proximidad.
—No quiero ser un imbécil, Aurora. Solo expongo los hechos.
Aflojo el agarre, pero sus dedos me rodean el antebrazo. He perdido la
voluntad de luchar contra ella.
Sus dedos se deslizan por mi antebrazo y se me pone la piel de gallina
cuando recorren el dorso de mi mano.
—¿Está bien? ¿Estamos bien? —susurra.
—Estamos bien. —Enrosco mis dedos alrededor de los suyos.
La película termina y el servicio de streaming ofrece un avance de la
segunda entrega de la serie.
Sus labios rozan mi muñeca.
—La película ha terminado.
Le acaricio el borde de la mandíbula.
—Puedes quedarte a otra, si quieres.
Exhala un suspiro tembloroso.
—No quiero presionar tanto que hagas algo de lo que te arrepientas y
vuelvas a decirme que es un error.
—No debería haber dicho eso. —Dejo caer la cabeza—. Soy responsable
de mis propios actos.
—¿Qué significa eso? —Inclina la cabeza, ofreciéndome acceso a su piel.
Y lo tomo. Siento su pulso martilleando contra mis labios. Huele tan bien,
se siente aún mejor así contra mí. Así que le digo la verdad, aunque sea
condenatoria.
—Significa que podría haber tomado mil decisiones diferentes, pero elegí
besarte.
—Porque te empujé. —Su respiración es más rápida, inestable.
—Porque te dejé. —Tuve todas las oportunidades para alejarme, pero no
lo hice. Seguí diciéndole que no, pero todo lo que he hecho contradice mis
palabras. La atracción eléctrica es imposible de negar.
Barro el contorno de su labio inferior con el pulgar y su lengua asoma.
La siguiente película ha empezado, pero ninguno de los dos le presta
atención.
Una parte de mí se da cuenta de que si no paro esto, podría estar haciendo
explotar casi una década de amistad. Pero mi carrera se está yendo al garete, mi
cuerpo es un puto desastre, y Aurora es lo único que tiene sentido. Y ella está
aquí, tan cálida, y viva, y hermosa. Quiero esta única cosa buena. A la mierda lo
que es correcto. A la mierda con mi vida.
Deslizo mi pulgar entre sus labios entreabiertos mientras sus ojos se
levantan.
Estoy jodido.
Ambos gemimos cuando sus labios se cierran alrededor de mi pulgar.
Mi polla patalea en mis joggers. Sus uñas se clavan en mi muslo.
Chupa, pasando la lengua por la almohadilla. Recuerdo cada momento de
ese beso. Recuerdo lo suave que era. Lo perfecta que era. Que es. Me condené
besándola. Nunca lo olvidaré, y nunca habrá otro que pueda compararse.
Gime mi nombre mientras paso el pulgar por su labio inferior.
Aprieto mis labios contra su sien. Ya la he rechazado demasiadas veces.
La he herido más de lo que quería. No puedo volver a hacerlo. No quiero hacerlo.
—¿Qué necesitas, princesa?
—No lo sé. —Su mano se desliza entre sus muslos—. Me duele mucho.
—¿Quieres que te ayude con eso? —A la mierda las consecuencias. Daría
cualquier cosa por tocarla ahora mismo.
Inhala pesadamente.
—¿Hollis?
Me muevo y dejo caer los pies al suelo. Tengo la rodilla agarrotada de
tanto tiempo estirada. Me acaricio el regazo.
—Ven aquí.
Se vuelve, con los ojos muy abiertos e inseguros, como si no confiara del
todo en mí. Tiene sentido, teniendo en cuenta lo caliente y frío que he estado.
Le rozo la parte exterior del muslo izquierdo. Su piel vibra bajo mi
contacto.
—¿Esto está bien?
Ella asiente, sus ojos buscan los míos.
Acaricio el espacio junto a mi cadera derecha y rodeo con la mano la parte
posterior de su pierna, por encima de la rodilla, tirando suavemente. Ella sigue
la señal y se sienta a horcajadas sobre mi regazo.
—¿Estoy bien aquí? —pregunta.
Asiento.
—Eres perfecta y jodidamente hermosa. —Tiro de la cremallera hasta el
final de la sudadera.
—Tú también. —Se quita la sudadera y la deja caer en el sofá junto a
nosotros—. ¿Y tú rodilla?
—No pasa nada —le aseguro. Ahora solo puedo sentirla a ella. Nada más.
Otra vez sin sujetador. Su camiseta es ajustada, se adapta a todas las curvas
y está raída. Sus pezones se ven a través de la tela pálida y desgastada. Subo la
mano por su pierna desnuda y la poso en su cadera.
—Dime dónde te duele.
Se pasa un dedo por el pecho.
—Aquí.
Le rozo el apretado capullo a través de la tela. Cierra los ojos y gime. Es
el mismo sonido que hizo cuando la besé. Y es jodidamente adictivo. Quiero ser
la única persona por la que gima así.
—¿En algún otro sitio?
Abre los ojos y arrastra un dedo tembloroso por su vientre, deteniéndose
en el vértice de sus muslos.
—Aquí.
Tiro de ella hasta que se acomoda sobre mi erección.
—Oh. —Sus ojos se encienden—. Te siento.
—No dudes nunca de que te deseo, Aurora. —Es tanto disculpa como
honestidad—. Déjame deshacerme de ese dolor por ti.
Ella asiente.
—Por favor.
Nuestras miradas caen mientras la muevo arriba y abajo por mi polla a
través de la barrera de nuestras ropas. No debería sentirme tan bien, pero joder,
si no quiero más de sus gemiditos y quejidos.
—No puedo creer que esto esté pasando de verdad. —Me pasa la mano
por el cabello mientras encontramos el ritmo—. Creo que no he follado en seco
desde la secundaria.
Mis dedos se clavan en la parte blanda y carnosa de su culo mientras la
fulmino con la mirada.
—No hables de otras pollas mientras te froto la mía. —Estoy loco de
posesividad cuando se trata de ella.
Una sonrisa tímida inclina un lado de su boca y se inclina hasta acercar sus
labios a mi oreja.
—Me gusta cuando estás celoso.
No tiene ni idea. Deslizo los dedos por el cabello de su nuca, tirando de él
mientras la balanceo sobre mí.
—Eres una malcriada, ¿verdad?
Aurora se inclina hacia atrás hasta que nuestras miradas se cruzan.
—Te encanta.
—Joder, sí.
—Es mejor de lo que imaginaba —susurra.
Hago un ruido en el fondo de la garganta cuando me arrastra las uñas por
el cuello y me apoya las manos en los hombros. Podría morir con sus manos
sobre mí, sabiendo que es a mí a quien quiere.
—Pienso en ti todo el tiempo. En ti tocándome —admite—. En la ducha, en
este sofá, en tu cama, en la encimera de tu cocina.
—¿En qué más piensas?
—Sobre tu boca en mí. —Se desliza alto, y la cabeza empuja contra ella a
través de las capas de ropa—. Lo bien que me sentaría tener tus dedos dentro de
mí. —Mueve las caderas—. Lo que sentiría al ser follada por ti.
Si supiera todas las cosas que he soñado en la tranquila oscuridad de la
noche.
Le agarro el pecho y tiro de su pezón.
Cubro la otra con la boca, chupando el apretado capullo a través de su
camiseta.
—Dios mío, sí. —Me agarra el cabello por la coronilla y gime—. Por favor,
oh Dios, creo... creo... que estoy tan cerca, Hollis. Tan cerca.
Intenta moverse más rápido, así que aprieto el agarre, manteniendo el
control.
—Deja que crezca. —La muerdo a través de la tela húmeda, y ella gime.
—Es tan bueno —respira—. ¿Cómo puede sentirse tan bien?
Sé lo que quiere decir. No debería estar cerca de ningún límite, pero su
mirada me está desquiciando. Sus mejillas están sonrojadas, mis manos se
amoldan a sus suaves curvas, el calor de su coño se frota sobre mi polla, sus
dedos en mi cabello. Su cálido aliento me baña la cara con cada gemido. Es mía.
Me pertenece.
—¿A ti también te sienta bien? —me dice.
—Mejor que bien, Princesa.
Sonríe ante el elogio.
—Eres una maldita visión. —Mía. Ajusto mi agarre, ahuecando su culo, las
yemas de los dedos se encuentran con la piel caliente, cerca de todo lo cálido y
húmedo.
Sus ojos se ponen en blanco mientras sus muslos empiezan a temblar.
—Necesito, necesito... —Su ritmo decae y yo tomo el relevo, moviéndola
más rápido y con más fuerza sobre mi cuerpo. Ajusto mi posición para que mi
pierna buena soporte el peso.
Se agacha y echa la cabeza hacia atrás, con una mano enredada en mi
cabello y la otra agarrando agresivamente su pecho.
—Eso es. Persíguelo. —No hay vuelta atrás de esto. Es mucho más grande
que cruzar la línea. Lo estoy borrando. Deslizo una mano alrededor de su nuca y
presiono mi pulgar contra su barbilla—. Mírame. Mírame a los ojos.
Baja la mirada, nebulosa y desenfocada al encontrar mi cara.
—Eso es. Buena chica.
Abre la boca y un profundo gemido sale de sus labios mientras se sacude
y tiembla. Siento el palpitar de su coño mientras la deslizo por mi polla.
Y yo estoy justo ahí con ella, conteniéndome porque quiero absorber cada
momento de esto, grabarlo en la memoria por si es la única vez que ocurre.
Porque debería ser una cosa de una sola vez. No repetirlo nunca. Pero se siente
tan bien, tan bien. No quiero que nadie más la vea así.
Su mirada se agudiza. Sus ojos buscan los míos y es como si percibiera lo
cerca que estoy. Me aprieta la polla, con mi cara entre sus palmas. Tiene el
cabello húmedo en las sienes.
Su aliento me roza los labios. Pero ninguno de los dos hace ademán de
besarse. O de ir más lejos.
—¿Piensas en mí cuando te coges la mano, Hollis? ¿En lo que hice en tu
cama, y en tu ducha?
—Todo el puto tiempo. No puedo sacarte de mi cabeza —admito. Meses
de imágenes y fantasías sucias me inundan.
—Yo tampoco, así que dejé de intentarlo.
El orgasmo me atraviesa de golpe, robándome el aliento y la visión. Mis
caderas se sacuden y mis dedos se clavan en su piel.
Aurora me agarra la barbilla con la mano.
—Déjame verte.
Mis ojos se abren. Sus labios están a un suspiro de los míos. Pero aun así,
no reclama mi boca. Su mirada recorre mi rostro, absorbiéndome como yo lo
hice con ella. Toda la tensión abandona mi cuerpo y me derrito en el sofá. Aurora
se hunde contra mí, los dos respiramos con dificultad, la película sigue
reproduciéndose de fondo.
La realidad se filtra.
Acabo de follarme en seco a la hija de mi mejor amigo. Y me corrí en los
pantalones. Como un adolescente. Debería sentirme como una gran bolsa de
mierda. Y una parte de mí lo hace, la parte que se preocupa por lo que Roman
haría si se enterara. Pero una parte más grande quiere hacerlo de nuevo. Sin toda
la ropa. Tomarla. Reclamarla. Quedármela.
Aurora es la primera en moverse. Suspira y me acaricia la mejilla mientras
se echa hacia atrás.
—Gracias.
—Au…
Me pone un dedo en los labios.
—Shh... No digas nada. —Me aprieta los labios—. Me voy para que puedas
arreglar el desastre que has hecho. —Está tan satisfecha de sí misma que me da
unas palmaditas en el pecho y se baja de mí con cuidado.
Se agarra al brazo del sofá para estabilizarse un segundo.
—¿Está bien tu rodilla?
—Está bien. Me duele, pero eso es cosa mía. Deberías agarrar la
sudadera.
Sus ojos siguen los míos hasta su pecho. Su pezón izquierdo es visible a
través de la camiseta, gracias a la enorme mancha de humedad.
—Tomaré una del armario del pasillo cuando salga.
Empiezo a levantarme del sofá.
—Puedo acompañarte.
Levanta una mano.
—Es mejor que no lo hagas. Ambos sabemos que abrirás tu bonita boca y
dirás algo que arruinará mi arrebato.
Me froto el labio inferior y lucho contra una sonrisa.
—Gracias por la película, Hollis. —Cruza hasta el armario y ojea mis
sudaderas hasta que encuentra una que le gusta. Huele la tela antes de ponérsela
y subir la cremallera.
Me gusta cómo le queda. Mucho. También me gusta que quiera
impregnarse de mi olor. Se detiene en la puerta y se quita el coletero de la
muñeca, lanzándolo por la habitación. La atrapo en el aire.
—Compré uno extra, así que puedes hacerle cosas traviesas a ese hasta
que deje de oler a mi cabello. —Y con eso, se da la vuelta y sale de mi
apartamento.
Abrir la caja de Pandora no tiene nada que ver con el enorme cráter que
acabo de hacerme.
Hammer
Hollis y yo follamos en seco. Como un par de colegiales. Si no fuera por el
estado de mis bragas el otro día, podría creer que fue un sueño febril. Hollis ni
siquiera me tocó en ningún sitio ilícito, aparte de chuparme el pezón a través de
la camiseta. Dios, fue tan caliente. Tenía tan buen aspecto, la mandíbula
desencajada, los ojos oscuros de lujuria, las manos en mis caderas moviéndome
sobre él. Y luego me ordenó que lo mirara cuando me corriera. Cada vez que
pienso en ello, siento que mi vagina está a punto de explotar.
Y luego está el hecho de que hice que Hollis se corriera. En sus malditos
pantalones. Sin siquiera poner mis manos en las partes que cuentan.
Sinceramente, mi ego es enorme. Mi cabeza es un globo inflado. Y
últimamente estoy muy distraída. Ayer entregué un trabajo y se me olvidó
adjuntar la cita bibliográfica. Volví a entregarlo, pero espero que no afecte a mi
nota. Con todo lo que ha estado pasando, un par de mis calificaciones han bajado,
y si no tengo cuidado, no voy a tener el promedio necesario para graduarme con
honores.
—¿Segura que estás bien? —pregunta Hemi por décima vez, afirmando mi
distracción. Quedamos en un restaurante entre la universidad y el estadio para
poder comer y hablar de la gala.
Parpadeo y vuelvo al presente.
—Sí. Estoy bien. Estupendamente. Genial.
Se echa hacia atrás en la silla, se cruza de brazos y me pone la cara que
suele ponerle a Flip cuando ha hecho algo que lo ha vuelto a poner en su libro
de los malos, o a Dallas por ser Dallas.
—Tienes la cara roja y estás algo sudada. Si te estás enfermando de algo,
por favor avísame. No quiero agobiarte, y menos ahora que se acerca la gala.
Además, no tengo tiempo para ponerme enferma.
—Te prometo que no estoy enferma. —Hago rodar mis hombros hacia
atrás. No puedo defraudar a Hemi, no cuando soy yo quien pidió tomar la
iniciativa en este evento—. Estoy aquí y concentrada.
—¿Segura que te encuentras bien? —pregunta escéptica.
—Totalmente positiva. —Me vuelvo a mi hoja de cálculo—. Las donaciones
para la subasta silenciosa están todas contabilizadas, y todos los chicos han
firmado sus paquetes de citas.
—¿Incluso Dallas? —Hemi pregunta.
—Incluso Dallas. Y la Academia de Hockey se puso en contacto conmigo
esta tarde. —Que esto no fuera lo primero que saliera de mi boca cuando me
senté demuestra lo distraída que estoy. No puedo permitirme ser una tonta
enamorada ahora mismo—. Van a asistir, e incluso podrán hacerlo Kodiak
Bowman y su mujer.
—¡Es fantástico! ¿Por qué no empezaste con eso, jefa? —Me choca los
cinco.
—No lo sé. En mi cabeza ya lo había mencionado, ¿quizás? —Me encojo
de hombros—. De todos modos, Alex Waters y su esposa también vienen, y
posiblemente su hijo y la novia de su hijo. Tenemos una mesa entera reservada
para ellos.
—Me lo pones muy fácil para adaptar un puesto solo para ti. —Se echa
hacia atrás en su silla, todo sonrisas.
—No quiero que me lo den. —O siempre estaré preocupada por no
merecerlo como si cada susurro en la sala de descanso fuera cierto.
—No te lo van a dar, Hammer. Tú sola te has hecho cargo de toda la gala
mientras asistías a la escuela a tiempo completo. Tienes un currículum
impresionante, y cualquiera que viera lo que has conseguido te elegiría en un
santiamén. —Chasquea los dedos.
—Me alegro de oírlo. Demostrar que no soy solo la princesa del equipo,
que puedo trabajar con la liga y ser un activo, era algo que necesitaba para mí,
no para nadie más.
—Solo necesitamos que asista Scarlet, y tendremos una lista de invitados
de lujo —dice Hemi.
—Tengo una llamada de seguimiento esta semana.
—Excelente. —Se inclina y hace un movimiento circular alrededor de su
cara—. Ahora puedes decirme qué está pasando, porque estás sonrojada de
nuevo.
—Tengo que mejorar mi cara de póquer —murmuro.
Levanta una mano.
—Si no quieres hablar de ello, no pasa nada. Que sepas que siempre estoy
aquí si me necesitas.
Hemi es una auténtica ruda. No tiene pelos en la lengua y no se anda con
chiquitas. Pero también es una gran amiga, y nos hemos acercado desde que
hice prácticas con ella.
—Tengo un problema. —Me tranquilizo un momento—. No es diferente al
de Rix. Menos el odio. Y no te lo estoy ocultando intencionadamente, pero no sé
qué está pasando, y ha sido un poco lioso.
Los ojos de Hemi se entrecierran y luego se ensanchan.
—Oh. Oh, mierda. Oh, mierda. Si se trata de quien yo creo que se trata...
Puta madre.
Nos miramos fijamente durante unos largos segundos.
»Estoy aclarando que no te gusta Flip, ¿verdad?
Pongo cara de asco.
—Oh, Dios, no. Quiero decir, es un buen tipo, pero no gracias a la
pesadilla que sería toparse con la interminable ristra de mujeres con las que ha
estado. Me siento mal por él y por la chica de la que finalmente se enamore. Su
agujero de arrepentimientos será profundo y horrible para salir de él.
—Okey. No lo creía. —Ella exhala un suspiro—. Y no es Dallas, ¿verdad?
—No. Definitivamente no es Dallas. —Además, estoy bastante segura de
que Dallas tiene una erección por Hemi que rivaliza con su odio. A veces lo
sorprendo mirándola como yo miro a Hollis.
—Me imaginé que era poco probable. Dallas tiene miedo a los payasos,
ya sabes. —Lo dice como si hubiera cometido un crimen imperdonable.
—Los payasos pueden ser espeluznantes. —Estoy con Dallas en esto.
—Supongo —dice de mala gana.
—Realmente no le soportas —musito.
—No me fío de él ni un cabello. Lo conozco desde hace mucho tiempo.
Siempre llega tarde a todas las campañas de apoyo. Le digo que esté allí al
menos una hora antes de lo requerido para que no llegue ridículamente tarde
cada maldita vez.
—No lo sabía.
—Es parte del trabajo. —Baja la voz hasta un susurro—. Es el número
cincuenta y cinco, ¿no?
Asiento.
Da un manotazo en la mesa.
—¡Lo sabía!
—¡Shh! —Le doy un golpecito en el brazo—. Baja la voz.
—Lo siento. Así que ustedes dos han... —Hace un círculo con el pulgar y
el dedo y mete el índice de la otra mano por el agujero.
Sacudo la cabeza.
—¿Pero pasa algo?
Me encojo de hombros.
—Creo que sí. Pero es muy complicado.
La espalda de Hemi se endereza y palidece.
—¿Esto ha estado sucediendo durante algún tiempo? Llevas años
enamorada de él.
De repente entiendo el conflicto de Hollis de una forma que antes no
entendía.
—Dondequiera que haya ido tu cabeza, eso no es lo que está pasando aquí.
Él siempre, siempre ha sido nada más que apropiado conmigo. Él ha tratado de
permanecer en el lado derecho de la línea. Pero es como... abrí una puerta, y
ambos la atravesamos, y ahora no sé si podremos volver a cerrarla. Y no quiero,
pero me preocupa que siga varios pasos por detrás de mí.
Exhala un suspiro de alivio y asiente.
—Es un buen tipo. Un poco nube negra a veces, pero nunca percibí
ninguna vibra entre ustedes hasta esta temporada.
—Quieres decir después del Batifiasco. —El Fiasco del Batipene.
Hemi sacude la cabeza.
—No, quiero decir desde el año pasado al principio de la temporada,
cuando empezaste a hacer prácticas conmigo.
Me toca enderezarme.
—¿Qué quieres decir?
—Fueron pequeñas cosas. Lo pillé mirándote como... si te viera por
primera vez. —Me dedica una pequeña sonrisa de empatía—. Tiene sentido. Ibas
vestida de negocios. Eres lista, espabilada, te desenvuelves con naturalidad en
este sector. Todo el mundo vio lo competente que eres. Él incluido. Te ha visto
convertirte en esta mujer segura de sí misma y ambiciosa.
—Todo es un desastre. —Me froto el labio inferior.
Ella asiente.
—Así es. —Da unos golpecitos en el borde de la mesa—. Mira, no estoy
diciendo esto para hacer las cosas más difíciles, pero quiero ser honesta contigo.
Si yo estuviera en tu lugar, tendría cuidado. Salir con jugadores está muy mal
visto. La oficina central se lo toma muy en serio. Sé que no quieres que nadie
piense que tu padre es la razón por la que conseguiste el puesto de ayudante y
esa es una de las razones por las que has intervenido y te has hecho cargo de la
gala. Procede con cautela, ¿sí? El corazón quiere lo que el corazón quiere, pero
odiaría que te estallara todo en la cara. Solo porque sé lo duro que trabajas, no
significa que todos los demás vayan a verte como eres.
—¿Por qué están tan serias? —Rix se desliza sobre el taburete vacío y se
estremece.
—Qué manera de sentarse —observa Hemi.
—De hecho, me hice un moratón en el culo, y no por la razón que piensan
—dice antes de que ninguna de nosotras pueda intervenir—. Me subí a la
encimera para sacar algo del estante de arriba y me caí, literalmente, pero en el
proceso tiré al suelo uno de esos bloques gigantes de papel Post-It y caí encima
de él. Me dolió de verdad. Duele. Todavía duele.
—Le conté a Hemi sobre la situación. —Guardármelo para mí ha sido una
molestia de todos modos. Hemi es como una bóveda. ¿Me siento un poco mal de
que Tally, Shilpa y Dred no sepan los detalles? Sí, pero creo que menos gente
sabiendo es mejor por el momento.
Los ojos de Rix se amplían.
—¿Pasó algo más mientras estábamos fuera?
—¿Algo más? ¿Han pasado cosas? —Hemi vuelve a estar en alerta.
—Sabía que pasaba algo. Cuéntamelo. —Rix hace un movimiento.
Miro a mi alrededor para asegurarme de que nadie me presta atención,
luego me inclino y susurro:
—Hemos follado en seco.
Las cejas de Hemi y Rix intentan tocarse en medio de la frente.
—No sabía que era posible correrse en seco. —Juro que la mirada de
Hollis me puso al borde del abismo. Parecía dispuesto a comerme vivo.
—No tengo experiencia en esto, pero ahora tengo ganas de probarlo —
admite Hemi.
A Rix se le iluminan los ojos.
—¿Y Hollis? ¿Lo dejaste colgado?
—Probablemente debería haberlo hecho, ¿no?
—Se lo merece después de toda la tontería del sabotaje de la cita y el
asunto del beso. —Rix pone los ojos en blanco.
—¿Asunto del beso? —Hemi pregunta, luego levanta una mano—. No te
sientas obligada a contármelo. Entiendo perfectamente si no quieres volver a
contarlo todo.
—Está bien. —Le hago un resumen con todos los altibajos.
—Oh, deberías haberlo dejado colgado. Quiero decir, el tío necesita
cagar o salirse del tiesto. —Aprecio la molestia de Hemi en mi nombre.
—Aunque exacta, esa frase no es muy atractiva visualmente —observa Rix.
Los ojos de Hemi se iluminan como si hubiera tropezado con una venta de
zapatos.
—Creo que tenemos que apreciar adecuadamente su rudeza por un
momento.
—¿En qué sentido? —pregunto.
—Hiciste que un jugador profesional de hockey se corriera en sus
pantalones como un chico de secundaria, mientras estaba completamente
vestido. Eres una puta reina. —Hemi sonríe con orgullo.
—Me quedé bastante sorprendida, para ser sincera. —Sonrío—. Y en
cuanto terminó y pude andar, me fui. No quería darle la oportunidad de arruinar
mi resplandor.
—Sí, lo hiciste. —Hemi me choca los cinco.
—¿Has hablado con él desde entonces? ¿Cuánto hace que ocurrió? —Rix
pregunta.
—No hemos hablado, y ya han pasado dos días. —Normalmente
quedamos en la cafetería cuando mi padre vuelve de una serie fuera, pero llegó
mientras yo estaba en clase, así que vino al campus y comimos allí. Sin Hollis—.
Pero me mandó un mensaje hoy.
—¿Qué dijo? —Rix pregunta.
—Que tenía cita con el médico y no podía ir a la Casa de los Panqueques.
Hemi asiente.
—Es cierto. El entrenador Vander Zee y Fielding se reunieron con él
después. Estaba en su agenda.
—Sí, mi padre lo dijo. Le envié un GIF de buena suerte.
Hemi se echa hacia atrás en su silla, asintiendo.
—Bien por ti por permanecer indiferente. No tiene control cuando se trata
de ti.
Rix se da un golpecito en los labios.
—Es un seguidor de las reglas, y está acostumbrado a tener el control todo
el tiempo, pero tú se lo estás haciendo perder constantemente. Sigue haciendo
lo que estás haciendo. Creo que ustedes dos estarían bien juntos.
No sé si mi corazón podrá soportarlo si seguimos dando un paso adelante
y dos atrás.
—Sin embargo, creo que podemos ayudar a que las cosas avancen. A su
favor, por supuesto. —Hemi piensa un minuto—. Así que… soy consciente de que
la dirección está planeando una fiesta de cumpleaños para mí.
Rix y yo intercambiamos una mirada.
—Se supone que es una sorpresa.
—Es difícil que se me escapen las cosas cuando soy responsable de
programar la promoción en torno a los partidos. Para ser justos, intentaron usar
palabras clave en el calendario, pero este año mi cumpleaños cae en sábado y
es entre partidos, así que era bastante obvio. —Agita una mano—. No les he
dicho que lo sé. Según mis pesquisas, creo que vamos a organizar una cena para
que Tally pueda participar en los festejos. No hace falta que confirmes ni niegues
nada, pero sería una buena oportunidad para ir a comprar vestidos.
—Sí a ir de compras —estoy de acuerdo.
Sacamos nuestros teléfonos y Hemi envía un mensaje a Tally, Dred y Shilpa
para ir de compras con toda la brigada.
Un vídeo de Scarlet entrando en un auto pasa por la pantalla del televisor
frente a nuestra mesa. Mi buen humor se desinfla como un globo reventado y
miro rápidamente hacia otro lado.
Hemi inclina la cabeza.
—¿Cómo te sentirás si ella es capaz de venir?
Exhalo un suspiro ansioso.
—Será una gran publicidad para el evento. —Y buena para mi currículum,
pero probablemente no para el bienestar de mis palmas sudorosas.
—Esa no es una respuesta real.
—Lo sé. —Me muerdo el interior de la mejilla—. Ella ya ha sido invitada.
No podemos retractarnos, y ni siquiera sé qué pasa entre Hollis y yo. Supongo
que esperaremos y veremos.
Tampoco es una respuesta, pero no puedo admitir que esté celosa de su
ex. Está claro que ambos tenemos sentimientos, pero eso no significa que
acabemos juntos. No si él no puede salir de su propio camino. O peor, si decide
que Scarlet merece una segunda oportunidad.
Hammer
Es tarde cuando llego a casa. Rix se queda en casa de Tristan, como es
habitual cuando no está de viaje. Se acerca el final de la temporada, lo que
significa que pronto me quedaré sin compañera de piso. Y solo tengo el
apartamento hasta noviembre, ya que es un subarriendo, a menos que la
propietaria decida prolongar su estancia.
En el momento justo, mi teléfono empieza a sonar. Es como si mi madre
supiera cuándo necesito saber de ella.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. Echo de menos a mi chica. ¿Cómo va la uni?
Compaginar las clases y todo lo demás ha sido duro, pero no quiero que
se preocupe.
—Ha sido genial, mis proyectos van bien y todos los miembros de mi
grupo tiran del carro este año.
—Me alegra oírlo. Sé que no siempre es así. ¿Necesitas algo? Puedo
conseguirte una cita con el sanador de baños de sonido que te guste, solo para
centrarte y ayudarte con algo del estrés —ofrece mamá.
Esta es una de las formas en que me demuestra que me quiere.
—Podría ir la semana que viene por la tarde si está disponible.
—Pediré la cita. Estoy deseando verte. Siento que nuestra última visita no
funcionara. —Oigo la sinceridad en su voz.
Eso es lo que pasa con mi madre, que siempre se esfuerza al máximo, pero
es difícil que sea una constante en mi vida cuando siempre está en de un lado
para otro. Sin embargo, hace tiempo que aprendí la importancia de aceptar a las
personas tal y como son. Ella me quiere lo mejor que puede.
—No pasa nada, mamá. North estaba enfermo y luego tuviste ese viaje a
las montañas, estaba fuera de tu control.
—Aun así, no quiero estar lejos de ti tanto tiempo. Puedo reservar un vuelo
si me necesitas antes de tu cumpleaños.
—No pasa nada. Tengo muchas cosas en la cabeza. Y estarás aquí muy
pronto.
—Si necesitas hablar de algo, siempre estoy aquí —dice.
—Lo sé, mamá. Te prometo que estoy bien.
—Bien. Te quiero, cariño.
—Yo también te quiero, mamá. ¿Hablamos pronto?
—Por supuesto. Te enviaré los detalles de la cita.
Al subir, miro el buzón y encuentro un paquete. No recuerdo haber pedido
nada, así que el contenido sigue siendo un misterio mientras tomo el ascensor
hasta mi apartamento. Una vez dentro, abro el pestillo de seguridad: Rix irá
directamente al trabajo desde casa de Tristan por la mañana. Dejo las llaves en
el cuenco, me quito los zapatos y cuelgo el abrigo en el armario antes de abrir el
paquete y dejar el contenido sobre la encimera. Dentro hay tres coleteros
idénticos. Son iguales al que le dejé a Hollis el otro día, azul marino con un
estampado de plátanos amarillos.
Me llevo los dedos a los labios. Son más de las once. Hollis es muy estricto
con el sueño y no suele trasnochar, sobre todo porque pasa muchas horas en
rehabilitación.
Igual le envío una foto de los coleteros junto con un mensaje:

Aurora
¿Son de tu parte?

Responde inmediatamente.

Hollis
Sí. Así tienes repuestos en caso de que uno vuelva a perderse.

Aurora
Estás despierto tarde.

Hollis
Tú también. ¿No tienes clase por la mañana?

Aurora
¿No tienes fisioterapia?

Me sobresalto cuando suena el teléfono y casi se me cae al contestar.


—Sé cómo suenas y qué aspecto tienes cuando te corres, y es todo lo que
puedo ver y oír cuando cierro los ojos. —Su voz es una ronca seducción.
—A mí me pasa lo mismo —admito.
—Has estado callada desde la otra noche —dice.
Mi conversación con las chicas me da la confianza para ser sincera.
—Sentí que necesitabas el espacio, y no quería que me dijeras que no
puede volver a pasar.
Su trago es audible.
—Probablemente no debería.
—Pero tampoco puedes dejar de pensar en ello —termino mientras cruzo
hacia mi dormitorio.
—Realmente no puedo. —Suspira—. ¿Estás en la cama?
—Acabo de llegar a casa. Salí con Rix y Hemi, pero ya me voy a acostar.
¿Y tú?
—Sí. ¿Está Rix en casa de Tristan esta noche?
—Ajá. —Pongo el teléfono en altavoz y lo dejo caer sobre la cama.
—Así que estás sola. —Su voz es grave.
Casi le sugiero que venga y folle en seco en mi sofá, pero es demasiado
pronto. Hollis no puede soportar una repetición todavía.
—Sí, lo estoy. —Bajo la voz hasta un susurro sensual—. No hay nadie cerca
que me oiga gemir.
Se queja.
—No puedes decirme cosas así, princesa.
—Si no soportas la tensión, Hollis, sal de mi habitación. —Me subo la
camiseta por la cabeza. Anticipo totalmente otro escarmiento, secretamente se
están convirtiendo en mis favoritos, y luego que me cuelgue.
—¿Te estás desnudando?
—¿De verdad quieres saberlo? —Me desabrocho el botón de los jeans,
pero recojo el móvil de la cama y lo mantengo cerca mientras arrastro la
cremallera hacia abajo.
—Joder. Sí. —Exhala un suspiro áspero—. ¿Qué te has quitado ya?
Mis pezones se tensan.
—Solo mi blusa.
—¿Llevas sujetador?
—Sí.
—¿Eso de andar sin sujetador es todo para mi beneficio, entonces?
—Y para sacarte de quicio.
—Qué malcriada.
—Probablemente necesite que me den una lección. —Me llevo los dedos
a los labios y espero.
—Debería bajar y darte unos azotes.
—Sí, por favor.
Hace un sonido en el fondo de su garganta.
—Esta noche no. Quítate los pantalones. —Me quito los jeans y los tiro al
cesto.
—¿Qué quieres que me quite después?
—Primero aparta las sábanas y métete en la cama —ordena.
Bajo el edredón a toda prisa, las almohadas caen al suelo y me subo al
colchón.
—Estoy en la cama.
—Buena chica. ¿Qué te queda por quitar?
—Mi sujetador, bragas y calcetines. —Me froto los muslos. Estoy bastante
segura de que estamos a punto de tener sexo telefónico.
—Hmm... Háblame de tu sujetador y tus bragas. —Su voz es
deliciosamente convincente.
Miro hacia abajo. Podría mentirle y decirle que llevo un conjunto de encaje
a juego, pero sinceramente, no creo que eso sea lo que él quiere oír.
—Llevo el mismo sujetador que llevaba el día que te colaste en mi cita.
Exhala pesadamente.
—Todavía no me arrepiento de eso. ¿Y tus bragas?
—Son tipo bóxer. Sin costuras con un estampado de guepardo azul y
blanco.
—¿Y tus calcetines?
—Colores del equipo.
—Quítate el sujetador y las bragas, pero déjate las medias puestas.
Le echo una mirada al teléfono, que él no puede ver, pero hago lo que me
pide.
—Estoy desnuda aparte de los calcetines. ¿Y ahora qué, Hollis?
—¿Por dónde empezar? —Tararea suavemente.
Parece que se está moviendo en la cama. Me lo imagino sin camiseta, con
una mano detrás de la cabeza y la otra empuñando su generosa erección.
—¿Dónde están tus manos? —pregunta en voz baja.
Miro mi cuerpo desnudo.
—La derecha está ahuecando mi pecho.
—¿Y la izquierda?
—Está sujetando las sábanas en un puño.
—Quiero que te lleves esa a los labios.
—¿Qué dedos?
Se ríe entre dientes.
—Los tres del medio.
Sigo la orden.
—¿Y ahora qué?
—Arrástralos suavemente por tu garganta.
Lo hago, estremeciéndome ante la sensación, un suave gemido sale de mis
labios.
—Qué buena chica —elogia—. Ahora sigue tus clavículas hasta llegar a tu
pecho.
Hago lo que me pide.
—Estoy allí.
—¿Tienes los pezones duros?
—Sí.
—La otra noche no pude resistirme —admite—. Rodea el izquierdo con la
punta del dedo y pellizca el derecho.
Respiro entrecortadamente mientras la sensación recorre todo mi cuerpo.
—Eso es. Hazlo otra vez. Ese es el puto sonido que no puedo sacarme de
la cabeza —gruñe.
Pellizco y tiro, rodeo y gimo.
—Necesito más.
—Baja la mano derecha por el estómago —ordena—. Pero despacio.
Gimo y sigo su orden, deslizando los dedos sobre mi vientre, con los ojos
cerrados, imaginando que son sus manos sobre mi cuerpo, sus dedos tirando de
mi pezón, rozando mi vientre.
—Para antes de tocarte el coño.
—Me duele mucho, Hollis.
—Lo sé, princesa. Vamos a arreglarlo —engatusa.
Vibro de expectación. No me canso de oír su voz. Mi respiración se acelera
mientras espero la siguiente orden.
—Arrastra un dedo por tu apertura, pero solo uno. —Ahora respira con
dificultad.
Gimo mientras rozo mi clítoris.
—¿Debería agarrar mi vibrador?
Se ríe entre dientes.
—Nena, te corriste frotándote en mi polla completamente vestida. No
necesitas tu vibrador para correrte.
Tiene razón. Es mucho más fácil con ayuda.
—Pero no estás aquí para ayudar.
—No te preocupes, te llevaremos hasta allí. Rodea tu clítoris, despacio, y
dime cómo se siente.
Froto círculos perezosos alrededor de la carne húmeda e hinchada.
—Bien. Se siente bien.
—¿Te ayuda con el dolor? —Su voz es tan suave en mi oído.
—Necesito más —gimoteo.
—Desliza dos dedos en ese dulce coñito.
Gimo ante el timbre grave de su voz y sus palabras. Enrosco los dedos y
emito un sonido líquido.
—Ah, joder. Puedo oír eso —gruñe.
Enrosco los dedos de nuevo.
»Sí. Eso es. Buena chica. Ahora frota tu clítoris de nuevo, antes de añadir
otro dedo.
—Deseo que seas tú. Quiero que seas tú —gimo mientras rodeo mi clítoris
con, esta vez más fuerte, más rápido, persiguiendo la ola de felicidad. Estoy
jadeando, con el cuerpo cubierto de sudor mientras las sensaciones aumentan y
se vuelven espirales.
—Tres dedos, princesa. Llena ese coño para mí —gruñe.
Empiezo con dos, enroscando una, dos veces, antes de añadir el tercero.
Me muerdo el labio, acostumbrada a amortiguar los ruidos que hago.
—Deja de intentar estar callada. Quiero oírte.
Me lo imagino, con los músculos tensos y tensos, la expresión severa, la
mano deslizándose arriba y abajo por su polla. Y me imagino cómo sería ser
llenada por él, tener sus manos en mis caderas desnudas, moviéndome sobre él.
Follándome. Llenándome. Jadeo cuando encuentro ese punto en mi interior que
hace que el fuego corra por mis venas. Presiono el clítoris con la palma de la
mano y giro las caderas mientras enrosco los dedos. Y gimo, largo y fuerte,
mientras el orgasmo se acumula como una tormenta.
—Eso es. Ese es el sonido que quiero más.
—Voy... VOY... VOY A... —Pierdo las palabras cuando la felicidad me
inunda, me agobia y me hace sentir que floto al mismo tiempo. Estoy cantando
oh, Dios, mi cuerpo temblando, mis caderas rodando.
—Ah, joder. —Hollis respira rápido y fuerte—. Dulces sueños, princesa.
—Espera, ¿qué...?
Termina la llamada.
Sigo jadeando. Mis dedos siguen dentro de mí. Mi clítoris sigue
palpitando.
Utilizo voz a texto para enviarle mensajes.

Aurora
¿Te has corrido?
Tarda un minuto en responder.

Hollis
No.

Aurora
¿Por qué colgaste entonces?

No hay respuesta. No es una sorpresa. Me pongo el sombrero de mocosa


malcriada y envío dos más antes de dejarlo solo.

Aurora
Intenta no ser demasiado duro con mi coletero. O contigo mismo.
Dulces sueños húmedos.
Hollis
Es el cumpleaños de Hemi y todo el equipo está de fiesta. La gerencia nos
llevó a cenar para que Tally pudiera ser parte de las festividades, pero ahora
estamos en un club para que el resto de las chicas puedan bailar. Aurora parece
la tentación personificada esta noche. Su vestido me está matando. Me está
matando. Igual que la erección incesante que he tenido desde que entró por la
puerta, con el aspecto de la princesa más sexy que he visto jamás. Su vestido azul
pálido de gasa llega hasta el suelo. El corpiño está adornado con encaje y
pedrería, y por los finos tirantes que puedo romper con los dedos, no lleva
sujetador. Tiene una abertura en el lado derecho que deja ver sus muslos
cremosos y atléticos. Que he tenido en mis manos, que se ha sentado a
horcajadas sobre mi regazo mientras frotaba su coño cubierto de algodón por
toda mi polla.
Como si el hecho de que estuviera completamente vestida hiciera que lo
que hice fuera menos traición.
Y ahora no puedo quitarme de la cabeza la otra noche. No puedo borrar el
recuerdo de sus gemidos suaves y profundos, de los sonidos húmedos, de mi
nombre en sus labios cuando se corrió.
Pensé que estaba jodido después del beso. Luego pensé que estaba aún
más jodido después del polvo seco. Pero el sexo telefónico. Dios, el puto sexo
telefónico.
—¿Estás bien, hombre? Pareces un poco fuera de sí esta noche. ¿Los
niveles de dolor están bien? —Roman pregunta, como el buen amigo que es.
—Estoy bien. —Me duele la rodilla, pero no demasiado. Estoy
acostumbrado a la rigidez cuando camino por primera vez, al dolor familiar que
se desvanece al cabo de un par de minutos. Con cuatro horas de fisioterapia al
día, masajes regulares, quiropráctica, osteopatía y mucho tiempo en la piscina,
mi amplitud de movimiento está volviendo. ¿Significa esto que podré volver a
patinar pronto? Quién sabe.
—¿Algo más te preocupa entonces? —Roman presiona.
Me follé en seco a tu hija mientras estabas fuera y luego tuve sexo telefónico
con ella hace tres noches y no puedo dejar de pensar en lo mucho que me gustaría
volver a hacerlo. Pero no por teléfono.
No me ha mandado mensajes desde entonces, y me está comiendo vivo.
Ella parece estar manejando esto mucho mejor que yo. No sé qué decir, y siento
que cada conversación cava mi agujero más profundo. Pero no quiero salir de él.
—Solo estoy preocupado, eso es todo.
—Cruzo los dedos para que te den el visto bueno a tiempo para las
eliminatorias. —Me da una palmada en el hombro.
Una mujer nos reconoce y me invita a la pista de baile, pero declino
cortésmente.
—¿Por qué la rechazaste? Parecía... divertida.
—Realmente no estoy buscando diversión. —La única mujer que quiero,
no debería tenerla.
—¿Significa eso que has cambiado de opinión sobre cierta estrella? —Está
claramente pescando información.
Por supuesto que eso es lo que piensa.
—No, mis sentimientos al respecto no han cambiado. —Me ha mandado
varios mensajes desde que la vi. Una vez me sugirió que la visitara en el set.
Roman estaba cerca cuando recibí ese mensaje y me ha estado presionando para
que le dé otra oportunidad. No tiene ni idea de que estoy obsesionado con su
hija y ya tengo las manos ocupadas. Definitivamente estoy compitiendo por el
premio al peor mejor amigo del año.
—¿Te preocupa la gala? —pregunta Roman.
—¿Por qué iba a preocuparme la gala? —He participado en la subasta
suficientes veces como para saber qué esperar. Aunque este año me siento
conflictuado al respecto. Normalmente, estas citas acaban siendo con la abuela
de alguien, o con una pareja que solo quiere hablar de hockey. La forma en que
terminó la cita de Flip el año pasado es una excepción, y no la regla.
Me mira.
—¿No leíste el correo electrónico de Hemi? Lo envió esta mañana.
—Uh, no. ¿Por qué? —Tenía fisioterapia esta mañana, seguida de un
aluvión de otras citas, todas destinadas a ayudarme a sanar.
—Scarlet y algunos de sus compañeros de reparto asistirán.
Aprieto con fuerza mi whisky. Necesitaba algo más fuerte que la cerveza
esta noche, con Aurora pareciendo la tentación personificada.
—No me había dado cuenta. —Eso no es lo ideal en absoluto. No quiero a
Aurora y a Scarlet juntas en la misma habitación, y ahora es inevitable.
Miro hacia la pista de baile, donde están Aurora y el resto de las chicas.
Todas van vestidas de princesas. Aurora ya debe saber que Scarlet viene a la
gala. Quizá por eso ha estado callada esta semana. No sé cómo definir lo que está
pasando con Aurora. Pero sí sé que cada vez es más difícil mantenerme alejado.
Ya me está rompiendo, poco a poco, sin siquiera intentarlo.
—¿Estás seguro de que no tienes sentimientos no resueltos? Estás bastante
tenso al respecto. No quiero presionarte. —Roman da un sorbo a su bourbon.
Me paso una mano por el cabello. Roman y yo nos hicimos amigos
rápidamente cuando me traspasaron a Toronto hace siete años. A él no le
gustaban las fiestas como a tantos otros jugadores de mi edad. Tenía una hija
adolescente, ninguna pareja y muchas responsabilidades. Yo estaba cuidando
un corazón roto y no tenía interés en una serie de aventuras sin sentido. Utilizar
el sexo para superar que me arrancaran el corazón me parecía la peor idea
posible.
Siempre había sido reservado sobre mi vida amorosa, pero aún más
después de que Scarlet y yo nos separáramos. Sobre todo, porque el mundo fue
testigo en primera fila de esa ruptura. Habíamos salido a cenar y la discusión fue
grabada por una cámara. Dos días después, ella hizo una declaración en la que
decía que habíamos roto y que había sido de forma amistosa, pero circularon
más fotos de la discusión, además de especulaciones. Mi falta de comentarios no
hizo más que alimentar los rumores. Entonces me mudé a Toronto. Bajé la cabeza
y canalicé toda mi energía en el hockey.
—No tengo sentimientos no resueltos hacia ella —corrijo—. Tengo
sentimientos no resueltos sobre cómo fueron las cosas cuando fui traspasado a
Toronto.
Lo peor había sido verla del brazo de otro menos de dos meses después
de mudarme. La ruptura ya había sido un puñetazo en el estómago, pero que ella
hubiera superado lo nuestro tan rápido... eso fue un golpe en el corazón que no
me esperaba. Saber que la amaba mucho más de lo que ella me había amado a
mí...
—Eran jóvenes. Ahora están en sitios diferentes.
—Estará aquí unos meses y luego volverá a Los Ángeles. —Además, en los
sitios de hockey ya se habla bastante de su asistencia a los partidos. Siempre está
en el ojo público, y con esta nueva película, eso no cambiará. No es que importe,
ya que no estoy interesado en reavivar nuestra relación fallida.
—De acuerdo, lo dejaré. —Da un sorbo a su bebida—. Necesito planear
algo para Peggy. Su cumpleaños está a la vuelta de la esquina. No puedo creer
que cumpla veintiuno. Es como si acabara de graduarse del colegio.
No estuve en su ceremonia, pero lo celebré después con su familia. Ya la
habían aceptado en la universidad de su elección, con una beca. Entonces las
cosas eran diferentes. Aún era una niña.
—¿Te ha dado alguna pista sobre lo que quiere hacer para celebrarlo? —
Sea lo que sea, querrá que Tally participe.
—Su madre vendrá de visita, pero lo mantendré como una sorpresa, a
menos que Zara no pueda contener su emoción y acabe contándoselo. Hace unos
meses que no la ve.
—¿Viene sola o trae a North con ella?
—Seguro que viene —dice.
—¿Se quedan contigo?
—Si son solo ellos dos, sí.
—Todavía me sorprende que tu ex y su pareja se queden contigo cuando
te visitan.
Se encoge de hombros.
—Es fácil porque ella y yo no estábamos hechos el uno para el otro. Si no
hubiéramos tenido una separación amistosa, sería diferente. Es una madre
estupenda para Peggy, y nos llevamos mejor como amigos que como pareja.
Además, su estilo de vida y el mío no encajan. No soy de los que comparten.
—Sí, yo tampoco. —Doy un sorbo a mi bebida.
Zara es un espíritu libre total. Tiene una relación abierta con North desde
que conozco a Roman. A veces, cuando vienen de visita, traen a un amigo más y
se quedan en un hotel. No pretendo entender la dinámica, ya que la mitad de las
veces el “amigo” extra es una mujer y la otra mitad es un hombre, pero parece
que les funciona. Personalmente, la idea de compartir a Aurora con otra persona
me hace sentir homicida. No es que sea mía.
Dallas se deja caer en la silla de al lado y bebe una botella de agua. Tiene
el cabello de las sienes húmedo de sudor y la camisa de vestir abierta por el
cuello.
—Roman, pareces un guardaespaldas. Hammer está a salvo ahí fuera.
Todo el equipo sabe que no hay que meterse con ella.
—De todas formas, ella nunca saldría con un jugador. Nunca lo permitiría
—añade Roman.
Me atraganto con mi whisky.
Roman me da una palmada en la espalda.
—¿Estás bien?
—Se fue por el caño equivocado. —Hace seis meses, estaba haciendo de
guardaespaldas junto con Roman.
Tristan está ahí fuera con Rix, apretando su cuerpo contra el suyo. Cuando
ella intenta girar, él la agarra por la cadera y le acerca la boca a la oreja. Ella se
derrite contra él. Aparto la mirada y la poso en Shilpa y Ash. Están bailando
despacio, incluso, aunque es una canción con mucha energía, ajenos a todos los
que les rodean. Lo que daría por poder tocar así a Aurora.
—¿Por qué no estás ahí fuera? —Dallas pregunta, sacándome de mi
cabeza.
Me señalo la pierna. Es la única excusa que tengo ahora mismo para no
hacer algo que no debo.
—Yo no bailo. —Roman se acaba el resto de su bebida.
—No es cierto. Te he visto antes por ahí. —Dallas termina su agua.
—Corrección: No bailo a menos que esté borracho, y mañana tenemos
entrenamiento, así que me voy a emborrachar.
—Como quieras. —Dallas se levanta de un salto y se dirige a las chicas.
Roman saca su teléfono del bolsillo y frunce el ceño.
—Mierda. He perdido una llamada de mi agente. Tengo que comprobar
mi buzón de voz. ¿Te importa mirar lo del bolso de Peggy? —Empuja el diminuto
bolso de mano azul pálido hacia el otro lado de la mesa.
—Claro, no hay problema. Tómate tu tiempo.
Se dirige hacia la salida y yo me acomodo en mi silla, observando la pista
de baile mientras suena la canción favorita de Aurora. Su mirada se posa en la
silla vacía de su padre y me señala con el dedo, invitándome a unirme a ellas.
Sacudo la cabeza. No importa que sea lo único que quiero: acercarme a
ella. Tocarla libremente.
Se inclina y le dice algo a Hemi, que asiente. Y entonces se escabulle entre
la multitud, zigzagueando entre los cuerpos mientras se dirige hacia mí. Tiene el
cabello húmedo en las sienes y la piel brillante. Es jodidamente hermosa.
Se inclina y sus labios rozan la concha de mi oreja.
—¿Por qué estás solo?
Giro la cabeza y nuestras mejillas se rozan.
—Tu padre necesitaba comprobar un mensaje. Ha llamado su agente.
—Ven a bailar con nosotras. —Se echa hacia atrás y me mira a la cara. Ha
estado bebiendo, pero no está borracha.
Me paso la lengua por el labio inferior.
—No es una buena idea, princesa.
—No te estoy pidiendo que me folles en la pista de baile, Hollis. Solo ven
a bailar una canción. Diviértete un poco. Sabes que si es su agente, tardará un
rato. Siempre solías bailar con nosotras. Es mi canción favorita. Por favor. —Ella
pestañea.
Soy tan débil por ella.
—Solo esta canción.
Me toma de la mano y me levanta del asiento. Es algo que ya había hecho
en el pasado. Pero la inocencia ha desaparecido, sustituida por una conciencia
que antes no existía. Nos movemos entre el pulso de cuerpos calientes, el sudor
y el perfume y la colonia mezclándose, pero aún puedo oler su champú. Le pongo
una mano protectora en la cintura mientras avanzamos entre los cuerpos. Se
detiene y me roza con los dedos mientras mira a su alrededor. Incluso con
tacones, no es lo bastante alta para ver por encima de las cabezas de los demás.
Me inclino hasta acercar mi boca a su oreja.
—Están a unos seis metros a la derecha.
Se mueve hasta que su espalda está a ras de mi pecho.
—¿Pueden vernos?
—Si estuvieran mirando hacia aquí, podrían. —El corazón me retumba en
el pecho. Debería dar un paso atrás, pero no quiero perder esta conexión,
aunque sea un juego peligroso el que estamos jugando.
—¿Pero no lo están?
—Por el momento, no.
Mueve mi mano hacia su cadera, su culo apretado contra mi creciente
erección. Mis dedos la agarran automáticamente. Noto su calor a través del
vestido.
—Es un lugar demasiado público, Princesa. Lo que sea que estés
pensando, no es una buena idea. —Pero joder si no quiero que lo sea. Quiero
besar mi camino hasta la columna de su garganta. Quiero llevármela a casa,
quitarle el vestido y hacer que se corra otra vez. Quiero hacerla mía y no dejarla
ir nunca. Pero las palabras de Roman se clavan en mí. Ella nunca saldría con un
jugador. Nunca lo permitiría.
—Si te quitaras de en medio, sería una idea excelente. —Me suelta la
mano. La sigo mientras se desliza por a través de estrechos huecos e intento
agarrar su muñeca, pero está justo fuera de mi alcance.
Cuando llegamos al grupo, Aurora aparta a Rix de Tristan y los dos
empiezan a bailar juntos. Es casi obsceno. Que es el punto.
Tristan está a mi lado con los brazos cruzados.
—No puedo decidir si esto es venganza o juego previo.
—Probablemente ambos. Pero ustedes dos están bien, ¿no? Y tú y Flip
volvieron a la normalidad.
Me mira de reojo.
—Sí, a todo lo anterior. Es más fácil ahora que Flip y yo no vivimos en el
mismo espacio. Los dos estamos en terapia, así que eso es bueno. Él y yo aún no
hemos vuelto a la normalidad, pero es mejor que no pueda ver lo que hace. La
mayoría de las veces es conflictivo, ¿sabes? —Se vuelve hacia mí—. En realidad,
probablemente no, ya que Roman y tú no han hecho la clase de mierda que Flip
y yo hemos hecho. —Suspira y se frota el labio inferior—. Es una situación difícil
de manejar. Flip sabe más de mí y de lo que me gusta de lo que debería, y yo sé
más de él de lo que debería. Pero quiero a Bea más que a nada, y él lo sabe, así
que el resto intentamos ignorarlo o pasarlo por alto.
—Es bueno que estés solucionando las cosas.
—Sí, lo es. Yo era mi propio problema. A veces aún lo soy.
—Todos lo somos. —¿No es eso lo que Aurora quiso decir cuando dijo que
debería salir de mi propio camino? Tal vez tenga razón.
Observo cómo Rix y Aurora se mecen al ritmo de la música, riendo, con
las manos de Aurora en los hombros de Rix y las de Rix en las caderas de Aurora.
Lo que daría por cambiar de lugar con Rix. Quiero creer que Roman lo superaría
como lo ha hecho Flip, pero no lo sé. En cierto modo, que Rix acabe con Tristan
es más jodido, teniendo en cuenta su historia con Flip. Esos dos han visto lados
del otro que complican las cosas. Pero Aurora es tan joven. Lo que ella quiere
ahora podría cambiar, debería cambiar con el tiempo y la experiencia. No quiero
complicar su relación con Roman.
—Oh, joder, hombre.
Miro a Tristan. Me mira con algo parecido a: comprensión, empatía y
lástima. La última vez que vi esa expresión en su cara fue cuando me sacaron del
hielo hace unas semanas.
—¿Qué?
—Ahora todo tiene sentido.
—¿Qué tiene sentido? —Tal vez está más borracho de lo que parece.
—No cometas el mismo error que yo. Causé mucho más daño del que
necesitaba.
El pánico me hace un nudo en la garganta. Cuando Tristan y Rix seguían
ocultando lo que pasaba, Roman le llamó la atención. No me enteré hasta
después de que la mierda golpeara el ventilador de que él ya lo sabía, pero
espero que esto no sea Tristan diciéndome que cree que sabe lo que está
pasando entre Aurora y yo. Ni siquiera sé lo que está pasando. Solo que se ha
vuelto imposible permanecer en el lado correcto de la línea.
—¿Qué estás...?
Me sobresalto cuando la mano de Roman se posa en mi hombro.
—Oye, hombre, ¿tienes el bolso de Peggy? ¿Va todo bien?
Levanto el bolsito y señalo a Aurora y a las chicas.
—Sí, solo echando un ojo a las cosas.
—Gracias por asegurarte de que no se meta en líos. —Roman pone cara
de rana René estreñida cuando Aurora empieza a bailar twerking con su vestido
de princesa—. Tengo que irme. He quedado con mi agente por la mañana.
—¿Va todo bien?
—Sí, solo un par de cosas que tenemos que discutir. ¿Te quedas un poco
más o quieres volver conmigo?
Me empieza a doler la rodilla, y quedarme significa que Tristan puede
interrogarme. No quiero cometer una estupidez, como confiar en él. Y estar tan
cerca de Aurora sin ponerle las manos encima, sin besarla, me está llevando al
límite. La ola de culpa es más de lo que puedo soportar. Estoy jodido del todo.
—Estoy listo para irme —digo, aunque en realidad no es cierto.
Nos despedimos y dejamos a Tristan, Flip y Dallas cuidando de las chicas.
Roman le dice a Aurora que le mande un mensaje cuando llegue a casa. Se
desmaya mientras volvemos a casa, probablemente en por culpa del bourbon.
En el trayecto hasta el penthouse, murmura buenas noches mientras entra en su
casa.
Doy de comer a Postie y Malone en cuanto entro por la puerta. Luego me
meto en la ducha y me masturbo pensando en Aurora, sintiéndome culpable
cuando me corro. Me pongo una camiseta y unos pantalones de correr, enciendo
la tele, cojo una bolsa de hielo y me siento en el sofá, cambiando de canal hasta
que encuentro las noticias. Postie me amasa las piernas hasta que las considera
adecuadamente ablandadas, mientras Malone monta su manta y yo navego por
las redes sociales, comprobando el feed de Hemi. Hace media hora, publicó una
foto de ella y las chicas en el Casa de los Panqueques de enfrente.
Rix se quedará en casa de Tristan esta noche. Aurora ya debe estar en
casa. Hago la guerra conmigo mismo para quedarme donde estoy. Para no
ceder. Para no ser débil.
Hollis
Pierdo la batalla por quedarme en el sofá, donde debo estar, y la llave. No
pienso en las consecuencias mientras entro en el ascensor y pulso el botón de la
planta de Aurora. Si no contesta, vuelvo a mi casa, me hago otra paja y me
acuesto.
Pero lo hace.
La puerta solo se abre unos centímetros porque el pestillo de seguridad
está enganchado. Todavía lleva puesto el vestido de princesa.
—¿Hollis? —Ella mira hacia el pestillo—. Será mejor que no vengas a
darme un discurso sobre por qué lo que hice en la pista de baile fue una mala
idea. Nadie pudo verme.
Sacudo la cabeza.
—No estoy aquí por eso. —Claro que eso es lo que piensa. Es lo que he
hecho cada vez que he perdido el control: dejar que se sienta responsable de mi
incapacidad para manejarme a su lado. Es su manera. Adueñarse de cosas que
no son suyas. Necesito recordar eso.
—Espera. —Cierra la puerta y la abre del todo—. ¿Está todo bien?
Me agarro a la jamba.
—Sí. No. No lo sé. —Cierro los ojos un segundo—. Puedes decirme que
me vaya.
—No pasa nada. —Su expresión se suaviza y da un paso atrás—. ¿Quieres
entrar?
—¿Está Rix en casa de Tristan? —Estoy al borde del abismo. Que Rix esté
aquí me salvaría de tomar más decisiones que no puedo deshacer.
—Por la noche, sí.
Sigo de pie en la puerta, intentando hacer lo correcto. Debería decirle que
quería asegurarme de que llegaba bien a casa e irme. No debería complicarle la
vida así. Quiero que me rechace; quiero que me pida que me quede más.
Me separa suavemente los dedos de la jamba.
—Por favor, entra.
La oleada de alivio es fulminante. Cruzo el umbral y ella cierra la puerta
detrás de mí, la bloquea y vuelve a poner el pestillo de seguridad.
—Háblame.
Y a pesar de todo lo que le he hecho pasar estas últimas semanas, me
acaricia el borde de la mandíbula, su tacto es tierno y exactamente el bálsamo
que necesito.
—No poder tocarte, besarte, estar cerca de ti es una tortura.
Exhala sorprendida y se acerca hasta que nuestros cuerpos casi se tocan.
—Estoy aquí.
Acaricio su mejilla con la palma, el contacto es electrizante y relajante.
—¿Esto está bien?
—Por supuesto que está bien. Esto es lo que estaba esperando. —Sus
dedos recorren el lateral de mi cuello—. Deseando.
—Te ves tan hermosa esta noche. Mantenerme alejado de ti me está
destrozando. —Rozo sus labios con los míos y, como la primera vez, se me pone
la piel de gallina.
Aurora me mete las manos en el cabello e inclina la cabeza, separando los
labios para mí mientras la acaricio por dentro. Quiero que sea suave, pero en el
momento en que nuestras lenguas se encuentran, los dos gemimos. Son semanas
de tensión contenida, deseo y necesidad que chocan. El hambre se apodera de
mí y el deseo de devorar, poseer y reclamar me domina.
Le doy la vuelta y la aprieto contra la puerta. Mi rodilla buena se abre paso
entre sus muslos y ella mueve las caderas con un gemido lascivo. No debería
sentirme tan bien. Pero que Dios me ayude, la quiero, quiero verla deshacerse
para mí otra vez, quiero el sonido de mi nombre en sus labios cuando se corra.
Deseo es todo lo que soy cuando estoy cerca de ella.
El beso se vuelve frenético, acalorado, volcánico. Una de las manos de
Aurora abandona mi cabello y pasa por encima de mi hombro, deslizándose
hasta mi antebrazo. La mueve para acariciar su pecho, arqueándose al contacto
mientras se frota contra mi muslo.
—Por favor, Hollis —gime mientras encuentra el dobladillo de mi camisa
y me sube una mano por el costado. Su tacto me quema la piel.
No puedo llegar a su pecho sin dañar su vestido, así que rozo la curva de
su cadera hasta llegar a su muslo, que se engancha alrededor de mi pierna. Subo
y bajo, le aprieto el culo desnudo y vuelvo a bajar la mano hasta llegar al pliegue
de su rodilla. Doy un tirón, pero ella está decidida a seguir enroscada en mí,
posiblemente intentando correrse en mi muslo con la forma en que lo monta.
Rompo el beso y presiono con el pulgar en el punto blando bajo su barbilla
hasta que levanta la cabeza. Rozo sus labios con los míos.
—Deja que me ocupe de ti.
El deseo hace que sus ojos se calienten. Esta vez no se resiste cuando le
doy un tirón de la rodilla y vuelvo a apoyar el pie en el suelo. Arrastro las yemas
de los dedos por la parte exterior de su muslo desnudo.
—Tú con este puto vestido. —Le chupo el labio inferior, arrastrándolo
entre los dientes—. Me ha estado rompiendo las bolas toda la noche.
—¿Te gusta, entonces? —La palma de Aurora se desliza por mi espalda.
Le acaricio el borde de la mandíbula.
—Gustar es quedarse corto. Eres demasiado para resistirte. Me robas el
aliento. —Rozo el interior de su muslo con la otra mano hasta llegar al vértice y
rozar el satén.
Se le cierran los ojos.
—Oh, por favor.
La acaricio a través de las bragas.
—Dime lo que quieres, Aurora.
—Lo que siempre he querido. A ti. —Atrae mi boca hacia la suya, la lengua
empujando mis labios, ávida y desesperada.
La rozo a través de las bragas, con caricias apenas perceptibles que la
excitan ligeramente, pero que no la llevan al límite. La tela se humedece y sus
uñas se clavan en mi piel.
—Por favor, tócame. —Me muerde la lengua y chupa—. Por favor. Oh,
Dios. —Sus caderas ruedan y se sacuden de nuevo.
Aparto la tela, rozando la piel lisa, suave y húmeda hasta encontrar su
clítoris hinchado. Aurora pone los ojos en blanco y se le doblan las rodillas. Se
agarra a mis hombros mientras le rodeo la cintura con la otra mano. Cuando está
asegurada, le doy un golpecito en la parte exterior del otro muslo.
—Rodea mi cintura con esto, princesa.
—¿Qué pasa con tu rodilla? —pregunta, incluso mientras cumple.
—No te preocupes, está bien. —Capas de satén y tela de gasa se deslizan
sobre mi brazo mientras ajusto su postura, ahuecando su culo para mantenerla
en su sitio y abrirla para mí.
Su protesta cesa cuando la acaricio entre los muslos y echa la cabeza hacia
atrás, con los ojos cerrados.
—Dios, qué bien te sientes. Sabía que así sería.
Beso un camino por su garganta.
»Abre los ojos. Quiero verte.
Su mirada brumosa e impregnada de lujuria se cruza con la mía.
—Buena chica. —Se estremece cuando bajo los dedos y rodeo su
entrada—. Dime cómo se siente.
—Como... como... —Una mano se curva alrededor de mi nuca y la otra se
mueve sobre mi hombro y baja de nuevo por mi brazo—. Por favor, no pares.
Necesito más.
—Te daré más. —Sigo rodeando su entrada. He soñado con lo que sentiría
bajo mis caricias—. Solo dime cómo se siente y lo que necesitas.
—Ya estoy al límite, y apenas me has tocado. Nunca tendré suficiente de
tus manos sobre mí. Las quiero por todas partes. Te quiero dentro de mí,
llenándome, follándome.
—¿Así? —Le meto un dedo, gimiendo de lo suave, caliente y húmeda que
está. Está tan apretada alrededor de ese único dedo. ¿Cómo de apretada se
sentiría alrededor de mi polla? Nunca he deseado a nadie como deseo a Aurora.
Me clava las uñas en la nuca y se queda boquiabierta cuando me enrosco
una, dos y tres veces.
—Dios mío, sí.
Me suelto y ella me agarra de la muñeca.
»No pares. Por favor, no pares —gime.
—No hasta que te corras sobre mis dedos. —Vuelvo a rodear su clítoris
con suaves caricias que la vuelven loca. Quiero adueñarme de su coño.
Me agarra con fuerza de la muñeca.
—Más. Más fuerte.
—Tan exigente. —Deslizo dos dedos en su interior y los enrosco,
encontrando el punto que hace temblar sus piernas mientras aprieto la palma de
mi mano contra su clítoris—. ¿Así está mejor?
—Mejor —jadea—. Pero todavía quiero más.
Tiene la cara enrojecida y los ojos ardientes de necesidad. Lo necesito
tanto como ella. Tal vez más. Me encanta verla así, completamente desinhibida,
exigente, necesitada. Disfruto viéndola, cómo su pecho se agita con cada
respiración jadeante, cómo su mirada se mueve entre mi cara y la mano que
trabaja entre sus muslos. ¿Qué bien me sentiría dentro de ella? ¿Estar rodeado
de ella? ¿Qué jodido estaría entonces?
Su cabeza se apoya en la puerta, pero su mirada permanece fija en la mía.
Se pasa la lengua por el labio inferior.
—Más, por favor.
—Qué golosa. —Añado un tercer dedo, y ella gime, moliéndose sobre mi
mano, sus jugos goteando en mi palma. Me pregunto qué más me dejaría
hacerle. Cómo se doblaría y gemiría solo para mí.
—Oh, joder, eso es... —Ella aspira un suspiro mientras yo enrosco mis
dedos—. Se siente tan bien, Hollis.
Me acerca la boca a la suya y me suelta la muñeca. Se oye el ruido de una
cremallera bajándose y ella tira de su corpiño, liberando su pecho. Rompo el
beso con los ojos caídos cuando se pellizca el pezón con fuerza.
Me sumerjo y chupo el apretado pico.
Su mano se desliza por mi cabello y me agarra con fuerza.
—Oh, Dios... Oh Dios mío... No puedo... Voy a... —Las palabras se pierden
en un gemido mientras ella tiembla y se aprieta contra mis dedos. Cierra los ojos
mientras su cuerpo se estremece.
Le aprieto el culo, los dedos peligrosamente cerca de ese espacio entre
sus nalgas.
—Ojos en los míos, Princesa.
Se abren, con las pupilas dilatadas por el deseo. Me araña el brazo,
hundiéndose en mi mano mientras se entrega a la sensación. Ajusto mi agarre,
soportando su peso mientras se deja llevar y luego se hunde contra mí.
—Joder. —Ella palpita alrededor de mis dedos, el orgasmo disminuye
lentamente—. Eso fue... —Se lame los labios—. No es una experiencia que haya
tenido antes.
Le rozo el clítoris con el pulgar y ella se sacude.
»No puedo...
—¿No puedes qué? ¿Volver a correrte? —Suelto el muslo que me rodea la
cintura y dejo que se deslice hasta el suelo—. Yo creo que sí puedes. Veamos
quién tiene razón. —La rodeo con el brazo y empiezo de nuevo.
Rodeo su clítoris hinchado, recogiendo más de su humedad. Provocándola
y volviéndola loca con cada caricia.
—Los brazos alrededor de mi cuello —grazno con control destrozado.
Su olor está por todas partes. Se muerde los labios y me mira como si yo
dominara todo su mundo.
»No sueltes las manos. No las muevas. ¿Lo entiendes? —Me encanta el
asentimiento sutil, como si no pudiera hacer nada salvo sentir mis manos sobre
ella. El fuego me lame el pecho como si pudiera quemarnos a los dos desde
dentro.
Le paso la lengua por el cuello y le susurro al oído:
—Este coño es mío. ¿Sientes cómo te llenan mis dedos?
Escalofríos sacuden su cuerpo con cada palabra. Le froto el clítoris con
movimientos fuertes y concentrados, y aumento la intensidad. Respiro con más
fuerza.
»¿Te imaginas lo fuerte que te follaría? ¿Cómo te enjaularía y te agarraría
fuerte para que no pudieras escabullirte de cada orgasmo que quiero darte?
¿Cómo no dejaría ninguna parte de ti sin tocar? —Pensamientos de lamerla,
acariciarla, poseerla se agolpan en mi mente. Ella inclinada con las muñecas
sujetas a la espalda. Ella debajo de mí mientras la machaco como si fuera lo único
que me importara.
—Dios mío. —Los ojos de Aurora se desorbitan y me araña los hombros,
tratando de agarrarme mientras la follo con los dedos hasta un segundo orgasmo.
Sobre todo, porque quiero la satisfacción de tener razón.
Es una muñeca de trapo en mis brazos cuando salgo suavemente de entre
sus muslos, me limpio la mano en los pantalones, me agacho y deslizo el brazo
por detrás de sus rodillas.
Se agarra a mi cuello.
—¿Qué haces? ¡Bájame! Tu rodilla.
—Mi rodilla está bien. —Y Aurora no es especialmente pesada. No llega
al metro noventa, es delgada y atlética, pero yo puedo levantar más peso. ¿Se
enfadaría mi fisioterapeuta si se enterara de que he estado levantando 65 kilos?
Probablemente, pero mi medidor de «me importa un carajo» está a cero.
—Estás cojeando. Puedo caminar totalmente a donde sea que me lleves.
Abajo. Ahora.
Le pongo los pies en el suelo. Me sujeta por los hombros mientras pone a
prueba sus piernas. Se tambalea y tropieza conmigo.
Apoyo la mano en su cintura. La mitad de su pecho derecho sigue al
descubierto, asomando un pezón.
—¿Qué decías de poder andar?
—Me estoy orientando. —Me mira y me toca el pecho—. Deja de parecer
tan impresionado contigo mismo.
Le sostengo la cara con las manos y deslizo la boca sobre la suya. Se inclina
hacia mí y gime cuando siente mi erección presionando su vientre. Se aparta,
con los ojos llenos de lujuria. Su mano se desliza por mi pecho y me abraza a
través de mis joggers.
—Quiero eso.
Sujeto sus dos manos entre las mías y me las llevo a los labios.
—Esta noche no.
Se le cae la cara de vergüenza.
—¿Por qué no?
Beso las yemas de sus dedos.
—Porque esta noche se trata de hacerte sentir bien. —Y si me pone las
manos encima, me pondré en ridículo—. Vamos a meterte en la cama.
Baja la cabeza y me mira a través de las pestañas.
—¿Te vas?
Dormir aquí no es una buena idea. No cuando Roman podría entrar en mi
casa y darse cuenta de que no he podido ir muy lejos con las llaves del auto y el
teléfono en la mesita. Así no es como quiero que se entere de esto.
—Puedo quedarme hasta que te duermas. ¿Qué te parece?
—De acuerdo. —Une nuestros meñiques y me lleva a su dormitorio.
He visto el de la casa de su padre. Parece como si la Barbie drogada lo
hubiera decorado. Su habitación actual no podría ser más diferente. Tiene un
cuadro abstracto de una mujer mirando por encima del hombro en la pared
frente a su cama. Sus muebles son de madera oscura y la combinación de colores
es azul y gris pálido. Es femenino y sexy.
Cierra la puerta, mete la mano por detrás y se desabrocha la cremallera.
La tela le rodea los pies y se queda en bragas azul claro a juego con el vestido.
Ella es una maldita visión. Tonificada, fuerte y con curvas. No sé qué le ha
pasado a la chica insegura con la que estaba lidiando en enero, pero se ha
transformado, y tras ella hay esta mujer segura de sí misma de la que no me
canso. Acorta la distancia que nos separa y me toca el dobladillo de la camiseta.
—¿Qué estás haciendo?
—Preparándome para ir a la cama. —Me tira de la camiseta—. Y quiero
dormir con esto. —Levanto los brazos y ella se adelanta, con los pechos desnudos
rozándome el pecho.
Tengo que contenerme para no cogerla, envolverla y desnudarme con
ella. Pero estoy mucho más metido de lo que nunca quise estar. Y no quiero ceder
a la atracción, solo para tener que escabullirme en mitad de la noche, dejándola
que se despierte sola.
Que lo reconozca, que ya esté planeando una manera de pasar una noche
entera con ella, es revelador. Quiero esto. La quiero a ella. Y no solo por una
noche, o una semana, o un mes. Estoy más allá de las relaciones casuales. Quiero
a alguien en quien pueda confiar. Permanecer.
Pero es demasiado joven para cargar con lo que yo tendría que darle. Un
corazón y un cuerpo cubiertos de cicatrices sin idea de lo que le depara el futuro.
Y entonces volveré a estar donde estaba cuando me traspasaron a Toronto. No
estoy preparado para afrontar esa realidad cuando todo lo demás sigue tan
inestable.
Así que en lugar de decirle lo que quiero, hacia dónde me gustaría que
fuera esto, dejo que me quite la camiseta y se la ponga por encima de la cabeza.
Está nadando en tela. Las mangas casi le llegan a los codos y el dobladillo
termina por encima de las rodillas.
Arqueo una ceja.
—¿Esperas que me vaya de aquí sin camiseta?
Se muerde el labio y se dirige al armario. Un momento después, vuelve
con otra camiseta. Ésta tiene el logotipo del equipo.
—Puedes ponértela. —Se la pega al pecho—. Pero ahora no. Antes de que
te vayas.
—¿Quieres que me ponga una de las camisas de tu padre?
Agacha la cabeza, con las mejillas sonrojadas.
—No es de mi padre.
—Has estado robando mis camisetas. —Joder. Eso me hace algo, me hace
desear el mundo de fantasía donde ella usa solo mis camisetas cada noche.
—Siempre las regreso a su sitio. Después de que dejan de oler como tú.
Recorto la distancia que nos separa y levanto su barbilla hasta que sus ojos
se encuentran con los míos.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?
Su mirada se desvía hacia un lado.
—Unos meses.
—¿Antes o después de que descubriera que te masturbabas en mi cama?
—Antes. Y eso solo pasó una vez, es decir, eso de masturbarme en tu cama.
—Has sido traviesa, ¿verdad?
Ella asiente, con una sonrisa tímida.
Exhalo con fuerza, intentando controlar mis hormonas. Un día de estos me
romperé y le daré lo que me pide. Le quito la camiseta, le doy un azote en el culo
y la empujo hacia el baño.
—Lávate los dientes y prepárate para ir a la cama, pequeña.
—De acuerdo. —Se apresura a cruzar la habitación, cerrando la puerta del
baño tras de sí y girando la cerradura.
Chica lista.
Cruzo la habitación hasta su cómoda. Hay un pequeño cuenco con una
colección de coleteros. Recojo uno y me lo llevo a la nariz. No huele a Aurora,
pero mis dedos sí. Lo dejo en su sitio y echo un vistazo al pequeño grupo de fotos
enmarcadas. Hay una reciente de ella y las chicas en un partido, y otra de Aurora
con su madre y Roman. Saqué la foto el año pasado, cuando cumplió veinte años.
La tercera es una foto mía, de ella y de Roman en la cafetería. Esta fue tomada
antes del Batipene. Me invade una aplastante ola de culpabilidad.
Se trata de algo más que esconder mierda. Estoy tan metido, y estos
sentimientos... no tengo ni idea de si solo estoy encaprichado de ella. Descubrir
cómo se siente realmente es como saltar de un acantilado y estoy jodidamente
aterrorizado. Ni idea de si estamos en la misma página. Diablos, todavía estoy
luchando con la página en la que estoy yo. Si pudiera darle la estabilidad que
Roman quiere para ella, ¿le parecería bien? ¿O me estoy engañando a mí mismo
creyendo lo imposible?
Aurora me rodea con sus brazos por detrás, con la mejilla apoyada en mi
espalda.
—Por favor, por favor, por favor, no me digas que ha sido un error.
Me doy la vuelta y acuno su rostro entre mis manos. Me deja inclinarla
hacia arriba, pero tiene los ojos cerrados.
—Por favor, Hollis. —Su voz es un susurro entrecortado.
Prefiero que la mujer que tengo delante me arranque el corazón del pecho
antes que hacerla llorar otra vez. Es una realización condenatoria. No hay forma
de salir de esto sin que alguien que me importa salga herido. Pero prefiero ser
yo que ella.
Le acaricio la mejilla y aprieto mis labios contra los suyos.
—Cariño, mírame.
Abre los ojos, y el miedo que hay en ellos hace que sienta como si me
hubieran apretado el corazón.
Así que le doy toda la honestidad que puedo.
—Esto debería parecer un error, pero no lo parece. En absoluto. —Se
siente exactamente correcto. Y eso me asusta muchísimo. La beso suavemente,
despacio, pero rompo antes de que nos dejemos llevar demasiado—. Hora de
dormir, princesa. Tienes una reunión con tu grupo en menos de ocho horas, y
ambos sabemos que te pones de mal humor cuando has dormido menos de seis
horas.
—Sabía que no debía haberte dado acceso a mi agenda —se queja.
Lo hizo cuando empezó a cuidar de Postie y Malone. Apaga las luces,
excepto la lámpara de la mesilla. Retiro las sábanas, ella se mete y yo la sigo.
Programo una hora en el reloj, apago la luz y me tumbo boca arriba. Aurora se
acurruca a mi lado, apoyando la cabeza en mi pecho y la mano en mi corazón.
Enrosco los dedos a su alrededor, por si se le ocurre algo.
Me besa el dorso de la mano y luego apoya la mejilla en mi pecho.
—¿Hollis?
—¿Sí, Princesa?
—Tu mano huele como mi coño.
Me río.
—Lo sé.
—No vas a lavarla, ¿verdad?
—No.
—Eres un poco sucio, ¿no?
Sonrío en la oscuridad.
—Sí.
—Bien. Yo también. —Se gira, y sus labios encuentran el borde de mi
mandíbula, subiendo hasta mis labios—. Gracias por follarme con los dedos
contra mi puerta.
—De nada. Ahora vete a dormir.
—De acuerdo. —Vuelve a acomodarse contra mi pecho y unos segundos
después susurra, tan bajo que casi no lo oigo—: Viejo.
—Te estás pasando, princesa. Buenas noches.
—Lo sé. Buenas noches, Hollis.
Pasa la pierna por encima de la mía e intenta liberar su mano, pero yo
entrelazo nuestros dedos. No tarda mucho en dormirse. Me quedo tumbado un
buen rato, mirando al techo, escuchando su respiración constante, deseando
poder ver el futuro y saber con certeza que este camino es el correcto. Esto no
parece fugaz, pero ya me he equivocado antes. Y hay tanto en juego para los dos.
Pero ya no puedo mantenerme al margen.
Hammer
—¡Dios mío! Sí. —Bombeo mi puño en el aire, entonces me doy cuenta
exactamente de lo que esto significa—. Oh, mierda.
—¿Qué está pasando? —Rix pregunta—. Primero parecías encantada,
ahora parece que alguien te ha robado tu vibrador favorito.
—Ja, ja. Hollis tiene el visto bueno para viajar con el equipo de nuevo.
—Lo que es estupendo para su moral, pero no tanto para los besuqueos y
las sesiones de manoseo —concluye.
Me encanta que me entienda y que pueda contarle cosas. Y aunque se lo
cuente a Tristan, él es bueno callándose la boca.
Había un cero por ciento de posibilidades de que pudiera guardarme lo
sucedido para mí. Además, mi humor boyante era demasiado evidente. Y Hollis
debió de ir a la tienda de comestibles de veinticuatro horas en medio de la puta
madrugada, porque dejó mis cupcakes favoritos en el mostrador. Sin una nota.
Pero aun así. Fue un gesto dulce.
Me dejo caer en el sofá.
—Esperaba que tuviéramos cuatro días sin nadie para poder meterle
mano por fin a su polla.
—Todavía no puedo creer que no lo hayas tocado. Como... —Ella hace el
gesto de volarse la cabeza.
La puerta del apartamento se abre unos centímetros, sobresaltándonos,
pero el seguro está puesto.
—¿Quieres dejarme entrar, Pegs?
Salto del sofá y empujo la puerta para cerrarla, echando el pestillo antes
de volver a abrirla.
—Sabes que llamar a la puerta es algo, ¿verdad, Papo? —Entonces veo a
Hollis, de pie detrás de mi padre con el teléfono en la mano. Pasar tiempo con
ellos dos es difícil estos días. Una parte de mí quiere acabar de una vez y
contárselo, pero la otra, la más grande, tiene tanto miedo de lo dolido que se
sentirá. Enojado y decepcionado también, probablemente. Lo mucho que podría
cambiar las cosas.
—Lo siento. Sí. Se me sigue olvidando. Tenemos buenas noticias, y Hollis
y yo íbamos a cenar a Watering Hole para celebrarlo. ¿Quizás quieras unirte a
nosotros? —Papá es todo sonrisas.
—¿Qué clase de buenas noticias? —Finjo que Hollis no me envió un
mensaje de texto hace cinco minutos. Lo que significa que me lo ha dicho antes
que mi padre. El corazón se me encoge y las partes bajas se me ponen a cien
mientras el cubo de la vergüenza por todas las reglas rotas y las mentiras que le
estamos contando se me hace un poco más pesado.
—Hollis tiene permiso para viajar con el equipo. Todavía no ha vuelto al
hielo, pero es un paso en la dirección correcta. —Le da una palmada en el
hombro a Hollis.
—¡Es increíble!
—¿Verdad que sí? Será agradable tener de vuelta a mi compañero de piso.
—Papá sonríe a Hollis.
Asiente con la cabeza.
—Será bueno volver a una rutina normal. O tan normal como pueda ser,
por ahora.
—Entonces, ¿qué me dices? ¿Vienes por nachos de celebración?
—Sí. Por supuesto. —No había estado con mi padre y Hollis juntos durante
mucho tiempo desde el dedo-follada y que me abrazara para dormirme. Lo cual,
oh Dios mío, fue literalmente mi forma favorita de dormirme en la historia de mis
casi veintiún años. Pero no tengo ni idea de cómo manejar esta situación ahora
que sus dedos han estado dentro de mí.
—¿Y tú, Rix? ¿Quieres unirte a nosotros? —Papá pregunta.
—Eh... —Ella mira de mi padre a mí.
—Sí, por favor. Únete a nosotros. —Si alguna vez he necesitado refuerzos,
es ahora.
—Genial. Me pondré algo que no sea esto. —Rix señala su sudadera raída
y su vieja camiseta de tirantes que claramente pertenecen a Tristan, basándose
en la talla.
Me miro. Estoy sin sujetador y llevo pantalones de correr y una camiseta
vieja. Por suerte no es la de Hollis. Duermo con eso.
—Yo haré lo mismo. ¿Quieren que nos encontremos allí, o...? —Lo dejo
colgando.
Hollis comprueba su reloj.
—Pediremos una mesa.
—Genial. Sí. —Les doy el pulgar hacia arriba—. Estaremos justo detrás de
ustedes.
—Estupendo. Pero no tardes mucho —dice papá.
—Hasta pronto —añade Hollis con una sonrisa tensa.
Cuando se han ido, abro la cerradura y el pestillo y me vuelvo hacia Rix,
que sigue de pie en la cocina.
—Oh, chica. —Sacude la cabeza.
—¿Es obvio? ¿Estoy siendo obvia?
—Estás un poco rara, pero para ser honesta, has estado un poco rara
durante los últimos meses, así que tu padre probablemente lo achacará a trabajar
tanto para el equipo y al estrés académico... —Es más una pregunta que una
respuesta directa.
Me paso las manos por el cabello.
—¿Cómo demonios hiciste esto con Tristan durante dos malditos meses
mientras vivías en el mismo maldito espacio que tu hermano?
Rix me dedica una sonrisa empática.
—Nunca fue fácil. Estuvimos odiándonos durante semanas antes de que
ese odio se convirtiera en no-odio. Ustedes dos como que ya están enamorados
y han estado luchando contra los sentimientos.
—No está enamorado de mí —le digo. Aunque no niego que
probablemente yo lo esté.
Abre y cierra la boca un par de veces, luego cruza la habitación y me
sujeta por los hombros.
—¿Necesitas creer eso para que esto sea más fácil de manejar?
Frunzo los labios.
—No lo sé.
—Veo la forma en que te mira cuando piensa que nadie está mirando.
Tendremos cuatro días para diseccionar todo esto mientras no están.
—Gracias por ser tan buena amiga. —La atraigo para darle un abrazo.
Me devuelve el apretón.
—Tú harías lo mismo por mí. Has hecho lo mismo por mí. —Me toma de la
mano y tira de mí hacia mi dormitorio—. Venga, vamos a ponerte algo sexy para
que tenga una erección incómoda toda la noche.
Todo el equipo acaba en el Watering Hole, así que la posible incomodidad
queda diluida por toda la gente. Rix y yo nos metemos en un reservado con las
chicas y hablamos de la gala. Estoy aún más nerviosa por la asistencia de Scarlet
ahora que este asunto con Hollis ha pasado a otro nivel. Pero lo disimulo como si
no pasara nada, porque su asistencia es otra marca en mi currículum, y ¿qué otra
cosa puedo hacer?
No es hasta que estoy en casa y me preparo para acostarme cuando mi
teléfono vibra con un nuevo mensaje.

Hollis
Cena mañana por la noche en mi casa.

Aurora
¿Una cita? Con mi padre al otro lado del pasillo.

Hollis
Tiene una cena con su agente.

Últimamente ha tenido muchas. Cuando termine su contrato, tiene previsto


colgar los patines y pasar a la siguiente fase de su carrera.

Aurora
¿A qué hora?

Hollis
Tienes clase hasta las cinco y media, ¿verdad?

Aurora
Sí.

Hollis
La cena de Roman es a las seis, así que ven a cualquier hora después.

Aurora
¿Puedo llevar algo?

Hollis
Solo tu hermosa persona.
Hammer
A la noche siguiente, cuando me dirijo a casa de Hollis, Rix ya está en casa
de Tristan. Le envío tres mensajes de texto para asegurarme de que mi padre
realmente se ha ido a cenar. Se decepcionó cuando le dije que tenía demasiados
deberes para ir con él, pero fue comprensivo, sobre todo con los exámenes a la
vuelta de la esquina y los proyectos finales a punto de terminar. Mi cubo de la
vergüenza está a punto de rebosar, pero decírselo ahora... es más presión de la
que puedo soportar. No es que se lo admita a nadie más que a mí misma. Claro,
es un poco sobreprotector y a veces tiene problemas con los límites, pero se ha
pasado toda la vida poniéndome a mí primero, y yo estoy conspirando y
deseando a su mejor amigo. Un hombre que está tan expresamente fuera de los
límites. He oído «no salgas con jugadores de hockey» toda mi vida. Es una mierda,
especialmente porque no tengo ninguna intención de parar, o ser honesta. No
sobre esto. Todavía no.
Me pongo la sudadera por encima. Llevo unos pantalones de vestir negros
de cintura alta, una camisola con tirantes y detalles de encaje y una blusa azul
claro vaporosa por encima. No llevo sujetador, porque la falta de uno parece
excitar mucho a Hollis. Nunca superaré saber que me desea. Agarro el bolso y
el recipiente de cristal para hornear, miro mi reflejo una última vez, me calzo los
zapatos planos y salgo del piso. Mi corazón se acelera cuando llego al penthouse.
Miro la puerta de casa de mi padre. Una punzada de culpabilidad me revuelve
el estómago. Respiro hondo y llamo a la puerta de Hollis. Casi espero que la
puerta de mi padre se abra y me pille in fraganti. Pero la puerta de papá
permanece cerrada y Hollis abre la suya. Se me seca la boca. Lleva pantalones
de vestir negros, una impecable camisa blanca abotonada que abraza cada uno
de sus músculos deliciosamente definidos y la corbata que le regalé por su
cumpleaños el año pasado.
—Hola —respiro.
—Hola, tú. Pasa. —Agarra el plato, cerrando la puerta detrás de mí—. No
necesitabas traer nada.
—Es postre y un señuelo por si me encuentro con alguien al subir. Solo
cubriendo todas las bases. Oh, genial. —Miro alrededor del penthouse. Ha
bajado las luces y ha puesto una mesa para dos. El vino se enfría en un cubo y las
velas parpadean—. ¿Así que trajiste tu mejor juego? —Me tiemblan las manos al
desabrocharme la sudadera.
Su mirada se calienta mientras se mueve sobre mí.
—Algo así.
Postie y Malone se acercan, maullando de emoción. Me agacho para
acariciarlos mientras ellos se enroscan alrededor de mis piernas.
—¿Cómo están mis peludos favoritos? Me hace mucha ilusión ver el
partido con ustedes la semana que viene.
Me abandonan y se dirigen a la cocina, condicionados a creer que estoy
aquí por amor y croquetas. Cuando me levanto, Hollis está justo delante de mí.
No sé qué hacer con las manos, ni con ninguna parte de mí. Vibro de nervios y
vuelvo a tener dolor en la vagina.
Exhalo parte de mi ansiedad y me recuerdo a mí misma que compartimos
una atracción mutua muy real. Hollis no se habría tomado la molestia de
concertar esta cita si no estuviera interesado en ver a dónde podría llegar todo
esto.
Paso la mano por su corbata, envolviendo la suave tela con mi mano.
—Estás estupendo.
Su mano se posa en mi cadera, acercándome suavemente.
—Tú también.
Levanto la barbilla y él baja la cabeza hasta que nuestros labios se
encuentran. El suave contacto me recorre con un zumbido familiar y suspiro en
el suave y pausado beso. Es un baile de lenguas, una promesa de lo que está por
venir.
Desgraciadamente, acaba con él antes de que vaya a más.
Entrelaza nuestros dedos y me besa los nudillos.
—La cena está casi lista.
Lo sigo hasta la cocina, donde hay dos copas de vino sobre la encimera.
Me pasa una.
—Por las primeras citas.
Mi estómago se revuelve mientras chocamos.
—Por las primeras citas.
Bebemos un sorbo de vino y Hollis me da un beso casto en los labios.
Dejo el vaso sobre la encimera, preocupada por si ve que me tiemblan las
manos. Además, los nervios me han dejado ridículamente sedienta, así que estoy
dispuesta a bebérmelo de un trago. Me dirijo hacia los armarios, pero él levanta
una mano.
—Lo que necesites, déjame que te lo traiga.
—Solo un poco de agua, por favor.
Llena un vaso y, cuando me lo pasa, lo rodeo con las dos manos para
disimular mi inestabilidad. Intento sorberlo, pero acabo tragándomelo todo.
Hollis me quita el vaso e inspecciona mi mano temblorosa. Su mirada
preocupada se cruza con la mía.
—¿Qué ocurre?
Por primera vez, siento de verdad la diferencia de edad. Tiene mucha más
experiencia en citas. Mi cita con más clase ha sido una cena en Earl's, una cadena
local de pubs. Llevaba jeans y una camisa bonita.
Hollis sabe cómo seducir. Y atender las necesidades de una mujer. La
dedo-follada de la puerta principal es prueba de ello. Mi repertorio sexual se
limita a chicos universitarios. ¿Y si el polvo seco fue una casualidad? ¿Y si todo el
sexo de la película me hizo más atractiva? ¿Y si todo eran fantasías mías y
angustia adolescente acumulada?
—¿Princesa? —Me toma la mejilla con la mano—. Háblame.
Estoy al borde de la emoción. Será mejor que no llore.
—Estoy tan nerviosa.
—¿Sobre qué? —Se apoya en el mostrador, con la postura abierta—. ¿Esto
es demasiado para ti?
—No. Quiero esto. —Tanto. He querido esto durante tanto maldito tiempo,
y ahora que lo tengo, estoy aterrorizada. Enrollo su corbata alrededor de mi
puño. La tela se desliza entre mis dedos una y otra vez—. Es que... no sé qué
esperaba, pero supongo que... pensé que pediríamos la cena y luego... —Hago
un gesto hacia su dormitorio. Eso era un montón de verdades que no quería
decir.
Su pulgar recorre el borde de mi mandíbula, calmándome y
encendiéndome.
—No tengo ninguna expectativa sobre lo que pase después de cenar,
Aurora. Solo quiero pasar tiempo contigo. Eso es todo.
—Okey —susurro.
Separa las piernas, me rodea la cintura con los brazos y me atrae entre
ellos.
—¿Qué es lo que no me dices?
—Es un poco molesto que puedas leerme tan fácilmente. —Pero también,
tan, tan agradable.
Me sube las palmas por la espalda y me baja por los brazos, moviendo mis
manos para que se enlacen detrás de su cuello.
—Solías compartirlo todo conmigo. Pero eso va en ambos sentidos, ¿no?
Dime qué más te preocupa.
Suspiro y miro al techo. ¿De verdad voy a admitirlo?
—Tienes mucha más experiencia que yo en ciertas áreas.
—Eso no hace falta decirlo, Aurora. Sé más específica.
Resoplo, con los ojos en su barbilla, mientras suelto:
—Tú tienes mucha más experiencia en el sexo.
Me vuelve a sujetar la cara entre las manos.
—Mírame.
Levanto la mirada.
—Uno, tenemos una química endiablada, de esas que es jodidamente
imposible ignorar. Dos, tú me pides lo que necesitas y yo te escucho, y tres, sé
cómo leerte, Aurora. Francamente, te presto más atención de la que debería. Lo
que no hayas obtenido del sexo en el pasado no se debe a que haya algo malo
en ti. ¿Entiendes?
Asiento. Todo mi cuerpo tiembla con la tensión sexual contenida. Ya
llevamos tres nudillos de conversación. Será mejor que se lo cuente todo.
—Lo que me preocupa no es tu experiencia ni tu capacidad para hacerme
sentir bien. Lo que me preocupa es mi capacidad para complacerte.
—Me corrí en los pantalones por un polvo seco —dice fríamente.
—Pero todo fue fricción, y no me dejaste tocarte después de la dedo-
follada. —Quiero volver a meterme las palabras en la boca y tragármelas.
Aprieta la mandíbula y flexiona la mano que tengo en la cadera.
—No dejé que me tocaras después de la... —Se aclara la garganta—,
porque no quería avergonzarme a mí mismo. Otra vez.
Parpadeo y él me devuelve el parpadeo. Tardo unos segundos en
procesar su admisión.
—¿No querías que te tocara porque creías que no podrías... mantener el
control?
—Es una bonita forma de decirlo.
—Oh. —Bueno, eso es un infierno de un aumento de ego.
Entrecierra los ojos.
—No hagas que me arrepienta de ser honesto.
Le toco el extremo de la corbata. Que está cerca de la hebilla de su
cinturón.
—Intentaré no hacerlo.
—Eres un verdadero problema, ¿lo sabías?
Lo miro a través de las pestañas.
—Eso me dices.
—Joder, Aurora. ¿Por qué tienes que ser tan jodidamente tentadora todo
el tiempo? —Clava sus manos en mi cabello y reclama mi boca en un beso
abrasador. Me tiemblan las rodillas y el calor me inunda por dentro. Pero se
acaba tan rápido como empezó.
Exhala una bocanada de aire que me tranquiliza. Al menos estamos
luchando por mantenernos a raya juntos.
—Igual que tú me dijiste lo que necesitabas, yo te diré lo que necesito.
Cuando lleguemos a ese punto. Que no es ahora, porque lo que necesito es que
me dejes hacerte la cena y tratarte como la princesa que eres, al menos durante
las próximas dos horas, ¿de acuerdo?
—Haré lo que pueda.
Me da mi vino y bebe un buen trago del suyo.
—¿Puedo hacer algo para ayudar con la cena? —Cuanto antes comamos,
antes podremos volver a que me diga qué más necesita.
—Puedes hacerme compañía mientras termino.
—¿Qué vamos a comer? —Es la primera vez que me doy cuenta de lo
delicioso que huele aquí.
—Panecillos frescos de Best Buns Bakery, una ensalada verde mixta con
ese aliño balsámico que hacen Rix y tú, vieiras a la sartén y fettuccine Alfredo, y
lo que hayas traído de postre.
—Esos son mis favoritos. —Cada vez que vamos a cenar a Greystones,
pido las vieiras o sus fettuccine a la pimienta.
—Sé lo que te gusta. —Me besa suavemente en la mejilla.
Corro el riesgo de derretirme en el suelo. Las citas con universitarios no
son así. En absoluto.
—¿Qué hay aquí? —Toca el plato que le he traído.
—Rix y yo hicimos cheesecakes individuales de merengue de limón.
—El merengue de limón es mi favorito.
Sonrío.
—Es como si nos conociéramos.
Pone la sartén de hierro fundido en el fuego y saca las vieiras de la nevera,
junto con la mantequilla. Me apoyo en la encimera, feliz de verlo trabajar.
—¿Estás emocionado por volver a viajar con el equipo?
—Estar con mis compañeros es bueno, pero estar sentado en el banquillo,
viendo la acción y sin poder participar, es un espacio mental difícil de gestionar.
También lo hizo el año pasado. No sé qué fue peor, si verlo desde el sofá
conmigo o desde la pista.
—¿Crees que estarás listo para las eliminatorias?
—Eso espero. Me estoy recuperando bien y la movilidad es buena. Pero
mi fisioterapeuta está centrado en lo que viene, y las eliminatorias son diferentes
a la temporada regular.
Asiento.
—Son mucho más intensas.
—Lo son, así que necesito estar en plena forma física para ser valioso para
mi equipo como me gustaría. Por ahora es un día a la vez.
Hollis echa un buen puñado de mantequilla en la sartén y se remanga hasta
la mitad de los antebrazos mientras se derrite. Esta es una imagen que nunca
olvidaré mientras viva.
Gruño.
—En serio, Hollis, ¿cómo se supone que voy a sobrevivir dos horas cuando
estás sacando el porno del antebrazo?
Arquea una ceja.
—¿El porno de antebrazos existe?
—Uh, sí, es totalmente una cosa. —He estado obsesionada con los
antebrazos de Hollis durante mucho tiempo. Mira la carpeta de MATERIALES DE
ESTUDIO en mi teléfono como prueba.
—Interesante. —Mueve la mantequilla en la sartén y añade dos dientes de
ajo machacados—. ¿Cómo van las clases? Tienes proyectos finales y exámenes.
—La mayoría de mis proyectos finales son presentaciones, lo cual es
bueno. —Aunque solo fue un semestre con Hemi a tiempo completo, me falta
práctica con los exámenes escritos, y mi concentración últimamente no ha sido
la mejor para memorizar datos—. Aprendí mucho sobre cómo crear dinámicas,
tratando de conseguir que la dirección de los Terror haga o apruebe cosas.
Sonríe.
—Eso es estupendo. Ya sabes, todo lo que te propongas, puedes tenerlo.
Las estrellas son tuyas. Solo tienes que estirar la mano y agarrarlas.
—¿Y si ya he elegido a mi estrella? El equipo es mi familia. Aquí es donde
quiero estar. El trabajar con Hemi y Tally lo ha demostrado. Tally y yo nos
entendemos. Nos hemos pasado la vida junto al hielo.
—Tiene sus ventajas y sus inconvenientes, ¿verdad?
—Todo lo hace. Mi vida habría sido muy diferente si hubiera vivido con mi
madre. —Fui a tres colegios distintos en el primer ciclo de jardín de infantes. Mi
madre intentó establecerse en un lugar cuando empecé el último año de jardín,
pero no era feliz atada a un sitio, así que solo duró un puñado de meses. De niña
era difícil de entender, pero si mi madre hubiera sido tan infeliz y hubiera estado
tan estresada mientras intentaba por todos los medios que funcionara para mí,
no habría salido bien. Nuestra relación habría sido tóxica y ella se habría
derrumbado. Ahora, tengo a alguien vibrante que me quiere lo mejor que puede,
aunque a veces anhele lo que otras personas tienen.
—No hay mucha estabilidad para ti con la forma en que se mueve.
—No. Me negué a decorar mi habitación durante el primer año que viví
con mi padre. Creo que él creía que era porque no quería estar con él. Pero no
quería acomodarme demasiado por si no funcionaba.
—No estabas acostumbrada a estar en un solo lugar. —Hollis voltea las
vieiras.
Me alegro de que tenga otra cosa en la que centrarse.
—No. Pero después del primer año, me asenté y fue mejor, al menos para
mí. Mi madre es ahora una persona infinitamente más sana. Mi padre me puso
por delante de todo y de todos. —Aún tardé dos años en dejar de guardar una
maleta en el armario.
La mirada de Hollis se cruza con la mía, y capto un destello momentáneo
de culpabilidad.
—Siempre has sido su prioridad.
—Ha dejado de lado sus propias necesidades por lo que yo pasé de niña.
—¿Te refieres a las relaciones? —pregunta.
—Sí. Pero también todo. Mis padres son opuestos. Mi padre ha tenido dos
novias en toda mi vida, al menos que yo haya conocido. Una fue cuando jugaba
para Calgary. Pero luego fue traspasado. Eso fue duro para los dos. Intentó salir
con otra mujer un año después de mudarnos a Toronto, pero no funcionó. Aún no
ha cumplido los cuarenta. He sido todo su mundo aparte del hockey. Sería genial
que saliera con alguien.
—Ha dicho lo mismo de ti —dice Hollis.
Pongo los ojos en blanco.
—La última vez que intenté tener una cita, alguien la estropeó.
Parece culpable, pero no tanto.
»Solo fui porque me dijiste que debía, y pensé que esto nunca pasaría. —
Hago un gesto entre nosotros.
Su expresión se suaviza.
—No fue porque no quisiera esto, Aurora. —Me mete un solo dedo bajo la
barbilla y roza suavemente sus labios sobre los míos—. Lo quiero, pero es
complicado.
—Lo sé. —Aún me preocupa que las complicaciones puedan más que su
deseo de que esto funcione. Hay mucho en juego para ambos.
—Y sinceramente creí que hacía lo correcto cuando te sugerí que salieras
con ese chico. —Sus ojos se oscurecen.
—Estaba tan cabreada contigo. —Doy un sorbo a mi vino para ocultar mi
sonrisa.
—Fui un idiota territorial.
—Absolutamente.
—No parecías odiarlo —observa.
Aunque el celoso y posesivo Hollis está bueno.
—¿Me estás diciendo que salga en otra cita?
—Joder, no. —Su labio se curva—. ¿Qué pasó con James, de todos modos?
¿Te invitó a salir otra vez?
—Te refieres a Jameson. Y no. Lo puse en la zona de amigos donde
pertenece.
—Bien. Parecía demasiado interesado en Roman ese día. Debería haberte
querido solo para él.
Postie salta a la encimera y me da un cabezazo en la mano. No debería
estar aquí, pero le acaricio su sedoso pelaje.
—La mitad de mis citas acaban con chicos preguntándome por mi padre y
sus compañeros de equipo. Es la fama por poderes, supongo. Y entiendo la
fascinación. Pero pone de relieve hasta qué punto no soy una estudiante
universitaria normal. Intenté serlo, Hollis. De verdad. Intenté salir con
universitarios y hacer lo de la fiesta del barril, que es un semillero de terribles
decisiones.
Hollis se ríe entre dientes.
—Recuerdo aquellos días.
—Siempre terminaba siendo la persona sobria designada, porque uno. —
Levanto un dedo—. Odio la cerveza. —Levanto un segundo dedo—. Y dos, lo
último que quería era acabar en la cama de un tipo cualquiera con resaca y un
montón de remordimientos. —He visto a bastantes de mis amigos hacerlo, y
estoy bien sin esa experiencia.
Frunce el ceño.
—¿Sucedió alguna vez?
Lo miro mal.
—¿Dónde pasaba los fines de semana? —Destinaba un fin de semana al
mes a quedarme en mi apartamento fuera del campus, sobre todo para apaciguar
a mi padre, que pensaba que era una buena experiencia vital. Estaba agradecida
de que el complejo fuera mayoritariamente de estudiantes de medicina y de que
la mayoría de la gente solo quisiera estudiar.
—En los partidos de hockey o con Roman.
—Me gusta estar con el equipo. Me encantan Hemi, Shilpa, Rix y Tally, y ni
siquiera Dred se queda embobada con los jugadores de hockey. Siempre me he
sentido protegida y cuidada. Sobre todo, por ti —admito.
Él asiente.
—Me gusta cuidar de ti.
Pincha una media vieira con un tenedor y la levanta, colocando la palma
de la mano debajo para recoger la mantequilla que gotea.
—¿Quieres probar?
—Por favor.
Desliza el tenedor entre mis labios separados y yo libero la vieira con los
dientes, gimiendo cuando los sabores golpean mi lengua.
—Está en su punto.
Me pasa el pulgar por el labio inferior y me limpia una gota de
mantequilla. Le rodeo la muñeca con los dedos y le muerdo la punta del pulgar,
pasándole la lengua. La última vez que hice esto, acabamos follando en seco.
Los ojos de Hollis se oscurecen y la sonrisa que se dibuja en su rostro es
francamente lasciva. Me rodea la cintura con un brazo y tira de mí.
—Cuidado, pequeña. Me estás dando ideas con esa boca tan dulce que
tienes.
Le paso la mano por el pecho y le muerdo el borde de la mandíbula.
—Espero que te refieras a tu polla, Hollis, porque me encantaría ponerme
de rodillas para ti.
Apaga la hornilla y retira la sartén del fuego. Luego me agarra por la
cintura y me hace girar, apretándome contra la encimera. Me aprieta con las
caderas y su erección me roza el culo. Gimo y me arqueo, empujando contra él.
El brazo que me rodea la cintura sube hasta que me cruza el pecho. Me muerde
el cuello.
—¿Quieres ensuciarte, princesa?
—Sabes que sí.
Se desplaza y me azota el culo una, dos y tercera vez. No tan fuerte que
duela, pero el pinchazo hace que me duela y palpite el clítoris. Vuelve a
colocarse en su sitio, me aprieta la polla en el culo y me separa del mostrador.
Su mano serpentea entre mis muslos y me acaricia, presionando con los dedos
mi entrada a través de los pantalones. Su otra mano se desliza por mis clavículas
y el borde de mi mandíbula. Me gira la cara hacia él y me reclama la boca.
Cuando se retira, sus ojos están llenos de lujuria.
—¿Puedes ser una buena chica y comportarte durante la cena?
—¿Qué consigo si soy buena?
—Las chicas buenas vuelven a correrse en mis dedos. —Sus labios rozan
mi mejilla—. Y si eres muy buena, tal vez incluso mi lengua.
El latido entre mis muslos se intensifica.
—Seré buena. Seré la chica más buena de todas.
—Eso ya lo veremos. —Me suelta, por desgracia, y se acomoda—. Por
favor, ¿podemos cenar sin que intentes que te folle cada cinco minutos? —Pero
oigo la risa que intenta ocultar en su voz.
—Fueron más bien veinte minutos, pero claro.
Me mira.
Sonrío.
Se vuelve hacia la estufa.
Hollis emplata nuestra cena y la lleva a la mesa, apartando mi silla antes
de sentarse a mi lado. Me pone la servilleta en el regazo y espero a que él haga
lo mismo antes de probar bocado.
Gimo de agradecimiento.
—Esto es tan bueno como el plato de Greystones.
Sonríe una auténtica sonrisa Hollis. Es la sonrisa de los mitos y las
leyendas.
—No sé si iría tan lejos, pero me alegro de que te guste.
—Gracias por hacer mis favoritos. Sé que es difícil —digo mientras giro
los fideos en mi tenedor.
—Estar contigo es fácil, Aurora. Lo difícil es todo lo demás. —Hollis se
concentra en su plato. Alarga la mano y me pasa el cabello por detrás de la oreja,
con los dedos sobre mi piel. Parece tan desgarrado—. Ya no sé en qué creo. Pero
no puedo alejarme de ti en, por mucho que lo intente. Quería pasar tiempo
contigo antes de irme a los partidos fuera. Es egoísta.
Lo dejo por ahora. No quiero arruinar esta hermosa cena.
—Me encanta cuando eres egoísta.
Se inclina y vuelve a besarme. Le rodeo la nuca con la mano y separo los
labios. Me da unos cuantos lengüetazos antes de acomodarse en la silla.
Exhalo un suspiro.
—Esto parece un juego previo.
—Eso es porque lo es. —Me agarra la mano y me besa la punta de los
dedos—. Me gustaría que estuvieras lo más excitada posible para cuando
acabemos con el postre.
Malone intenta saltar sobre la mesa y Hollis extiende el otro brazo para
impedirlo.
—Parece que mi coño no es el único excitado —murmuro.
Hollis suelta una carcajada. Me encanta verle así de desprevenido. Me
siento especial al ver lo que nadie más ve. La mayoría de la gente solo conoce al
Hollis serio, pero yo tengo esas partes sagradas de él.
La cena es la tortura más exquisita, llena de ligeros toques y besos suaves.
Y me hago una idea de lo que podría ser salir con Hollis. Bajo ese exterior rudo
y tranquilo, es devastadoramente romántico, y solo puedo imaginar cómo se
traduce eso en el dormitorio. ¿Será amable? ¿Mandón? ¿Me susurrará cosas
sucias al oído mientras me folla dulcemente? ¿O cosas dulces mientras me folla
sucio? ¿Las dos cosas?
Ayudo a Hollis a llevar los platos a la cocina. Sus dedos rozan el pliegue
de mi columna y sus labios rozan el borde de mi mandíbula cuando me rodea.
Siento su erección contra mi cadera cuando se inclina para recoger el paño de
cocina. No hay forma de que pueda sentarme a comer el postre sin arder
espontáneamente. Le agarro de la corbata e intento acercar su boca a la mía,
pero él levanta la barbilla y me mira con ojos ardientes y cómplices.
Su sonrisa salaz hace que todo por debajo de la cintura se apriete.
—Todavía tenemos postre.
—Dejémoslo para después. —Me muevo para que su pierna esté entre las
mías.
—¿Hasta después de qué, exactamente?
—De desnudarme. Entonces mi lista es bastante interminable.
Me acerca más.
—Me gustaría escuchar más sobre esta lista.
—Te lo contaré todo si me llevas a tu dormitorio. —No estoy por encima
de la negociación.
—¿Ah sí?
—Incluso te lo enseñaré.
La alarma suena, sobresaltándonos.
Hammer
—Hollis, amigo, ¡tengo noticias! —grita mi padre.
Tiene la mala costumbre de presentarse sin llamar a la puerta o de enviar
mensajes de texto con antelación y esperar una respuesta.
Nos quedamos inmóviles durante medio segundo, mi pánico resuena en
los ojos de Hollis. Pero los suyos también contienen muchas otras emociones,
como culpa y vergüenza. Se me revuelve el estómago.
—Ve a la habitación de invitados, ahora —ordena. Atraviesa la cocina
gritando—: Eh, hombre. Ya hemos hablado de esto.
Doy la vuelta a la esquina y salgo corriendo por el pasillo. Tengo el
corazón en un puño y el estómago hecho un nudo. Estuvimos a segundos de que
nos pillaran. Si hubiéramos estado en el comedor, lo habríamos hecho.
—Oh, mierda. ¿Estás en una cita? ¿Cambiaste de opinión y decidiste
volver a ver a Scarlet? —pregunta papá.
El nudo en mi estómago se convierte en un ladrillo.
La mención de la ex de Hollis y de mi antigua actriz favorita me pone los
pelos de punta. Y entonces las palabras se me quedan grabadas. ¿Otra vez? ¿La
ha vuelto a ver? ¿Desde cuándo?
—Sí, estoy en una cita. No con Scarlet. ¿Crees que podemos hablarlo más
tarde? —La voz tensa de Hollis se filtra por el pasillo.
—Claro, sí. Absolutamente. Lo siento, hermano. Bien por ti. Deberías
habérmelo dicho.
—¿Qué tal si te mando un mensaje más tarde?
—O te veré por la mañana. Podemos hablar en el avión. Que pases buena
noche.
Tiemblo de ansiedad y rabia. El sudor me recorre la espalda y el corazón
me retumba en el pecho. Él tenía razón. Antes nos lo contábamos todo.
Hollis aparece en la puerta.
—Se ha ido, y he puesto el pestillo de seguridad.
Cruzo los brazos.
—¿Ver a Scarlet otra vez?
—No es lo que piensas.
—¿Cómo sabes siquiera lo que pienso? ¿Cuándo la viste? ¿Antes de
besarme? ¿Después? —Sabía lo de Jameson. Estuvo ahí durante toda esa cita del
infierno. Por eso siempre me siento descentrada con Hollis.
Un millón de emociones cruzan su rostro, pero es el remordimiento lo que
hace que se me hundan el estómago y el corazón.
—Aurora.
—¿Antes o después, Hollis?
—Después. —Se pasa una mano por el cabello.
Bien podría arrancarme el corazón.
—¿Qué demonios? —Intento rodearlo, pero bloquea la puerta.
Levanta una mano, como si intentara calmarme. Como si yo no tuviera
derecho a estar enfadada.
—¿Me dejas explicarte?
—¡No me atrincheres en esta habitación para poder contarme una historia
de mierda sobre por qué fuiste a ver a tu maldita ex-novia después de besarme
y decirme que fue un error!
—Eso no es lo que estoy haciendo. —Pero se aparta y yo salgo al pasillo.
Él sigue.
—¿Te la follaste? —Estoy al borde de las lágrimas.
Palidece.
—Por supuesto que no.
Giro para mirarle.
—¿La besaste?
No puedo leer su expresión, pero parece casi... decepcionado de que le
pregunte eso.
—No.
Odio el lavado de alivio y lo desesperada que estoy por que haya una
buena razón por la que me ocultó esto.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque tú estás aquí y ella no.
Es una respuesta sencilla. Directa.
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué tuve que enterarme por mi padre?
—Debería estar más molesta por casi ser atrapados, pero este es un giro que no
vi venir.
Sus ojos se suavizan, al igual que su voz.
—Porque no quería disgustarte.
Porque él no creía que yo pudiera manejarlo. Y tal vez tenga razón, pero
nunca lo sabremos con seguridad.
—¿Cuándo la viste?
—Después de que dije que deberías tener una cita con ese chico James.
Se me cae la boca y juro que corro el riesgo de vomitar la comida. Ni
siquiera me molesto en corregirle el nombre.
—¿Por qué me mandaste a una cita y luego fuiste a ver a tu ex? ¿Qué
intentabas conseguir?
Da un paso adelante.
Le tiendo una mano.
—No me toques ahora.
Su expresión es de dolor.
—Intentaba hacer lo correcto y no joder mi vida ni la tuya. No quería verla,
no como ella quería verme. Pero sentía algo por ti que no podía controlar. Y
entonces ella empezó a aparecer en los partidos. Necesitaba un cierre. Me
rompió el maldito corazón cuando me mudé aquí. No quiero volver a pasar por
eso. Fue hace mucho tiempo, pero necesitaba lidiar con ello. La única manera de
hacerlo era tener una conversación. No pasó nada, Aurora. Solo hablamos. Nada
más. No la he visto desde entonces.
Me rodeo con los brazos, como si eso fuera a evitar que me desmorone.
—¿Has hablado con ella desde entonces?
—Me mandó un mensaje después del último accidente para ver cómo
estaba, pero eso es todo. No pasa nada. Te lo prometo.
Creo que dice la verdad, pero aun así me escuece. Me hace sentir fuera
de mí otra vez.
—No quiero ser una distracción conveniente de para ayudarte a superar
lo que sea que haya pasado con ella. —Sin embargo, me doy cuenta de que lo
que haya pasado debe haberle dolido mucho. Y tal vez eso es parte de la razón
de su vacilación con nosotros. Pero no está bien que me lo haya ocultado.
—Eres muchas cosas, Aurora, pero no una distracción de otra persona.
¿Qué puedo hacer para arreglar esto? Dime qué tengo que hacer. —Parece tan
inseguro. Vulnerable.
—Esto duele. —Me froto la sien—. Necesito tiempo para procesarlo. A
solas. —¿Pero cómo demonios voy a llegar a mi apartamento sin encontrarme
con mi padre? Qué desastre de noche.
—Puedo ir a casa de Roman. Darte algo de tiempo a solas. ¿Entonces
podemos hablar?
—Me gustaría procesar en mi propio espacio. Te enviaré un mensaje
cuando esté lista para tener una conversación.
—Okey. Lo entiendo. —Él asiente, cruza y descruza los brazos—. Lo
siento. Lo último que quería era hacerte daño otra vez.
—¿Estás seguro de que no intentabas protegerte a ti mismo? —Espero a
que aproveche la oportunidad para abrirse, para compartir lo que hizo tan
dolorosa aquella ruptura, pero lo único que hace es suspirar.
—Tal vez. Iré a ver a Roman para que tengas tiempo.
Se marcha, dejándome con la duda de cómo la cita más increíble se ha
convertido en la peor, y todo por culpa de su ex.
Hollis
Debería estar cagándome en los pantalones porque casi me pillan en una
cita con la hija de Roman. Y parte de mí lo está. Me siento como una bolsa gigante
de basura. Lo estoy engañando cada día. Pero la parte más grande y reveladora
de mí está preocupada por cómo Aurora está manejando esto. Porque además
del estrés que estoy poniendo en su relación con su padre, le oculté información.
Durante un tiempo he vivido en el país de la negación, creyendo que podía
encerrar esos sentimientos. Decirle que había visto a Scarlet, y asegurarle que
los sentimientos que una vez tuve habían desaparecido, habría significado
admitir que quiero algo más con Aurora. No estaba preparado para hacerlo, y
ahora la he disgustado. Otra vez.
Herirla es como apuñalarme a mí mismo. Cuando sufre, me pica la
necesidad de arreglarlo todo por ella. ¿Verla sonreír, ser parte de lo que la hace
feliz, tenerla cerca? Esas son las cosas a las que quiero dedicar mis días y mis
noches.
Dejo el móvil en mi casa y voy a casa de Roman. Cuando me pregunta qué
ha pasado con mi cita, le digo que tiene que trabajar temprano, y está tan
preocupado con sus noticias que no lo cuestiona. Acabo quedándome una hora
y media mientras me explica sus opciones tras la jubilación. Intento mantener el
interés. Intento ser un buen amigo de y compartir su emoción, pero se me
revuelve el estómago. Las palabras de Aurora siguen dando vueltas en mi
cabeza. ¿A quién estaba protegiendo realmente? ¿A ella o a mí?
Es tarde cuando por fin me voy. Postie y Malone me esperan en la puerta
y me siguen hasta la cocina, maullando insistentemente. Los ignoro y miro el
móvil, con el estómago revuelto por la falta de mensajes de Aurora.
No quiero forzarla a una conversación para la que no está preparada. Pero
también quiero asumir mis errores.

Hollis
Sé que necesitas algo de tiempo, pero por favor no me dejes fuera.
Aunque no pueda arreglarlo ahora, no quiero subir a ese avión sin verte antes
de irme.

Espero unos minutos, pero no obtengo respuesta. Me cambio y me


preparo para ir a la cama, hago la maleta para mañana y elijo mi traje, luego
limpio el resto de la cena y meto las tartas de queso en la nevera. Cuando estoy
listo para irme a la cama, Aurora no me ha enviado ningún mensaje, así que lo
tomo como una señal de que aún está procesándolo.
Duermo como una basura, dando vueltas en la cama. Postie sigue
intentando recolocarse cerca de mí. A las cinco y media de la mañana, mi
teléfono vibra en la mesilla de noche. Mi ansiedad aumenta cuando veo un
mensaje de Aurora.

Princesa
Manda un mensaje cuando estés despierto.

Hollis
Ya estoy despierto. ¿Puedo bajar?

Los puntos saltones aparecen y desaparecen dos veces.

Princesa
Sí.

Hollis
Bajaré en cinco minutos.

Salgo de la cama, me cepillo los dientes y me pongo un par de joggers y


una sudadera con capucha. Agarro el llavero extra y desearía haber hecho algo
inteligente anoche, como comprarle flores a Aurora. Pero eso solo se me ocurre
ahora.
Se me hace un nudo en el estómago mientras llamo a la puerta. Unos
segundos después, la puerta se abre. Aurora no parece muy contenta de verme,
pero sus ojos hinchados y enrojecidos son el mayor revulsivo. Quiero estirar la
mano y atraerla hacia mí, pero ella retrocede y se cruza de brazos, indicando
que el contacto no es bienvenido.
Todo se siente demasiado apretado.
—Gracias por aceptar verme.
—Tenías que darme tu llave, de todos modos. —Sus ojos se quedan fijos
en mi barbilla.
Ambos sabemos que podría haberla dejado en casa de Roman.
—Debería haberte dicho que vi a Scarlet. Mi ruptura con ella no fue
amistosa. No fue solo porque yo terminé aquí y ella estaba en Los Ángeles. Yo
quería que la distancia funcionara, pero ella no se sintió apoyada porque yo no
quería que nuestra relación fuera carne de escándalo público, así que terminó
las cosas. —Hay más, pero esa conversación debe esperar.
—¿Todavía sientes algo por ella? —La voz de Aurora es baja y áspera.
Sacudo la cabeza.
—No. No románticas. La vi porque está en mi ciudad unos meses y
necesitaba intentar aclarar las cosas entre nosotros.
—Pero aún siente algo por ti —dice Aurora en voz baja.
—Tiene recuerdos de lo que fuimos, pero hay muchos años entre entonces
y ahora. No soy la misma persona. —Definitivamente soy más cauto con mi
corazón, quizá demasiado—. Y estoy bastante embobado por ti. Cuando vuelva,
si sigues teniendo preguntas, lo que quieras saber sobre mi relación con Scarlet,
te lo contaré... si no he jodido esto más de la cuenta.
—No lo has jodido más de la cuenta. —Le tiembla la barbilla al levantar la
cabeza—. Es mucho para mí. Tienes una historia con ella. Ella es consumada y
pulida, y te ha tenido en formas que yo no, y lo odio. Especialmente porque sería
mucho más fácil para ti estar con ella que conmigo.
—Pero ella no es a quien quiero, Aurora. Eres tú. —Ojalá pudiera decirle
lo profundos que son esos sentimientos. Que ella es lo único en lo que he podido
pensar durante meses. Que he arriesgado más de mí por ella que por nadie
desde Scarlet.
He confiado mucho en Aurora desde mi accidente del año pasado, pero
nunca sobre Scarlet. Y eso tiene que cambiar.
—¿Podemos hablar cuando vuelva?
Ella asiente.
—¿Puedo abrazarte? —La necesidad de consolarla es una compulsión
física.
—Por favor. —Su voz se quiebra.
Abro los brazos y ella se adelanta. Sus manos se deslizan alrededor de mi
cintura y las mías se curvan en torno a sus hombros; con una mano le acaricio la
nuca y ella apoya la mejilla en mi pecho.
Presiono mis labios contra la parte superior de su cabeza.
—Dormí como una mierda anoche, Princesa.
—Yo también. Debería haberte mandado un mensaje antes de acostarme,
pero estaba hecha mierda —murmura.
—Siempre eres hermosa. Joder. Odio cuando te lastimado —admito.
—Tengo muchas emociones cuando se trata de ti —dice suavemente.
Tomo su cara entre mis manos, estudiando cada aleteo de sus pestañas.
—A mí me pasa lo mismo, Aurora. Ojalá anoche hubiera sido diferente.
Quizá cuando vuelva podamos repetirlo.
—Me gustaría eso. Excepto que probablemente deberíamos poner el
pestillo de seguridad, para que mi maldito padre no venga irrumpiendo como el
papá de Timmy Turner. ¿Cómo ha ido? ¿Crees que sospecha algo? —Tira de su
labio entre los dientes.
Sacudo la cabeza y reprimo la culpa, no quiero que vea lo mucho que me
pesa. No cuando tengo que dejarla después del desastre de anoche.
—Estaba demasiado emocionado. Apenas preguntó por mi cita. —Lo cual
agradecí. Me sentía como en una de sus espirales, consciente de que había
hecho daño a Aurora. Si supiera la verdad sobre cómo debía acabar la noche
anterior, probablemente me desquitaría. Y tendría derecho—. Quería mandarte
un mensaje, pero le recordé que tienes clase temprano esta mañana.
—Crisis evitada —murmura.
—Por ahora, sí. —Esa es otra conversación que debemos tener. Pero todo
depende de lo que ella quiera de esto. Estoy aterrorizado sobre lo que podría
ser y lo que significaría.
Suspira y juguetea con el cordón de mi sudadera.
—Tengo que irme. He quedado con mi grupo antes de clase. Tenemos una
presentación esta mañana y queremos repasarla una vez más.
Y ahora me siento aún peor. Está bien que duerma como una basura. Todo
lo que estoy haciendo es sentarme en un avión y un banco, pero esto podría
estropear sus notas.
—Siento que vayas a esto sin dormir.
—Estoy en la universidad, Hollis. Puedo funcionar con cinco horas de
sueño de mierda.
—Aunque es culpa mía que fuera una mierda.
—Podría haber sido menos mierda si hubiera mandado un mensaje
anoche en vez de preocuparme por los ojos hinchados. —Me palmea el pecho.
Cubro su mano con la mía y me la llevo a los labios.
Ella toca el suyo con un dedo.
—Los quiero aquí, por favor.
Le acaricio la cara y rozo ligeramente sus labios.
Basta un suave roce de lengua para que sus uñas se claven en mi nuca y la
apriete contra mí. Rompe el beso y me tapa la boca con la palma de la mano
cuando intento recuperar la suya. Su boca es el paraíso.
—Todavía tengo que prepararme, y tengo que salir en menos de media
hora.
—¿Te mando un mensaje esta noche?
—Sí, por favor.
—Y compensaré la cita de mierda cuando vuelva.
—También sí, por favor.
La beso por última vez y me empuja hacia la puerta.
Salgo del ascensor cuando Roman abre la puerta. Frunce el ceño cuando
me ve.
—¿Dónde has estado?
—Estaba dejando mi llave para Aurora. —No es una mentira completa,
pero todavía me siento como una bolsa de mierda. Sobre todo, porque puedo
saborear su pasta de dientes de menta en mi lengua. ¿Y si hubiera llegado dos
minutos antes? ¿Qué tan rápido se daría cuenta? ¿Cómo se lo explicaría? ¿Cómo
podría dejar a Aurora con las secuelas de eso?
Su ceño se frunce.
—¿Ya se ha levantado?
—Tiene una presentación de grupo esta mañana. Se dirige al campus
temprano para que puedan practicar. Habría dejado mi llave anoche, pero
estuvimos hablando hasta tarde.
—Claro, sí. ¿Aún está en casa? —Saca su teléfono y empieza a teclear con
el pulgar.
—Se estaba preparando cuando dejé mi llave hace un minuto. —Una gota
de sudor me recorre la espalda.
—Bajaré a despedirme ahora, entonces.
—Me parece bien. —Doy un paso hacia mi puerta mientras él se dirige a
los ascensores—. Debería estar listo para irnos en veinte.
Asiente con la cabeza, con la mirada fija en su teléfono, mientras entra en
el ascensor. Desaparezco dentro de mi penthouse, el peso en mi pecho crece
con cada mentira que le digo a mi mejor amigo.
Hollis
Le envío a Aurora un ramo de gerberas, deseándole suerte en su
presentación, antes de que Roman y yo partamos hacia el aeropuerto. Duermo
en el avión y veo los entrenamientos desde el banquillo. Han empezado a rotar a
nuestro portero suplente durante los entrenamientos para preparar el inevitable
cambio cuando Roman cuelgue los patines.
El entrenador toma asiento a mi lado mientras el equipo patina.
—El doctor dice que tu rodilla se está curando bien.
—La fuerza está volviendo más rápido esta vez. —Cruzo los dedos para
que eso signifique que volveré antes al hielo.
—Sé que es frustrante estar de baja por otra lesión —afirma.
—Es importante darle el tiempo que necesita para curarse. —Sé que es la
respuesta correcta, aunque la odio—. Estoy haciendo todo lo posible para volver
al hielo antes de las eliminatorias.
—Un paso a la vez, Hendrix. Con suerte, pronto tendrás el visto bueno para
entrenar.
Cuando terminan en el hielo, me uno a los chicos en la sauna y almuerzo
con el equipo. Roman y algunos de los chicos planean volver a ver los dos últimos
partidos del Seattle cuando regresemos al hotel. Pero mis alertas de la cámara
del gatito muestran actividad en mi penthouse. Y tengo nuevos mensajes de
Aurora.
—Tengo que llamar a mi hermana, pero te veré dentro de un rato, si no te
importa —le digo a Roman cuando volvemos. Las mentiras parecen arenas
movedizas estos días. Pero quiero ver cómo está Aurora, asegurarme de que está
bien, y para eso necesito intimidad.
—¿Todo bien por ahí? —Roman pregunta, siempre el padre preocupado.
—Oh sí, solo nuestra llamada semanal. —Tenemos una cita permanente a
la que rara vez faltamos. Solo que no es ahora.
—De acuerdo. Estaremos en la habitación de Dallas y Ash. Dieciséis-trece.
—Nos vemos en un rato. —Cierro el pestillo de seguridad cuando se va y
compruebo mis mensajes.

Princesa
Alguien me envió flores hoy. Sin tarjeta. Son preciosas.

Va acompañada de una foto de ellas en su tocador.

Princesa
Lástima que estés en el entrenamiento porque estoy a punto de visitar
a los gatitos.

Sigue otra foto, ésta de ella tumbada en mi cama con mis gatos. Postie está
estirado sobre su pecho, y Malone está acurrucado junto a ellos, con cara de
disgusto. Fue enviada hace media hora.
Sigo desplazándome, con la mandíbula apretada mientras ojeo los
siguientes mensajes.

Princesa
Ahora que has metido tus dedos en mi coño, ¿tengo permiso para usar
al Batipene en tu cama?
Supongo que lo averiguaré más tarde.
Puede que quieras comprobar las cámaras de tus gatitos.
Te estás perdiendo toda la diversión.

Disparo una respuesta.

Hollis
¿Qué cosas malas haces en mi cama sin mí, princesa?
Sin respuesta.
Recojo el portátil, lo abro y me pongo los auriculares para ver los vídeos.
El salón está vacío. Y me confundo momentáneamente cuando miro la cámara de
mi dormitorio. Estoy viendo mi ducha en lugar de mi cama. El cristal está
empañado, pero se ve la silueta desnuda de Aurora. Tiene las manos apoyadas
en la pared y la cabeza baja. El sonido del chorro de agua golpeando el azulejo
amortigua sus palabras hasta que gime con fuerza.
—Joder, sí. Justo ahí. Tan cerca.
Lo que daría por estar allí con ella. Pero como estoy a horas de distancia,
lo único que puedo hacer es mirar y desear. Las cosas deberían haber sido
diferentes antes de irme, pero al menos Aurora parece haberme perdonado. Veo
su teléfono en el borde del tocador y vuelvo a mandarle un mensaje.

Hollis
Alguien es una chica muy traviesa.
Corriéndote en mi cama y mi ducha de nuevo.
Recuerda que llevo la cuenta.

Oigo el ping, ping, ping de cada mensaje que se registra en su teléfono.


Aurora sonríe tímidamente mientras abre la puerta y sale de la ducha.
Admiro su cuerpo desnudo, resbaladizo y húmedo, todas sus curvas a la vista
mientras gotea agua sobre el suelo del baño. Se limpia las manos en una toalla y
levanta el teléfono para desbloquearlo.
Dice algo que no capto, pero un segundo después suena mi teléfono.

Princesa
Será mejor que lo digas en serio.
¿Lo estás viendo ahora mismo?

Hollis
Estás desnuda en mi baño.
Así es como nuestra cita debería haber terminado.

Princesa
¿Quieres ver por qué me gusta tanto tu ducha?

Hollis
Enséñamelo.

Vuelve a sonreír, deja el teléfono en el suelo, le lanza un beso a la gatita y


se mete en la ducha, dejando la puerta abierta. Abre bien las piernas, apoya una
mano en el azulejo y ajusta el ángulo del chorro de la pared. Y ahora todo tiene
sentido. Inclina la cabeza hacia delante y apoya las palmas de las manos en la
pared. Cuando gime, deslizo la mano dentro de mis joggers y me acaricio al
ritmo de sus caderas.
—Tan cerca, tan cerca. —Se aprieta el labio inferior entre los dientes y se
agarra a la barandilla. Le tiemblan las piernas y acelero el ritmo, acariciando
agresivamente mi polla mientras su espalda se arquea y su cabeza cae hacia
atrás.
A juzgar por el tono de sus gemidos, está a punto de correrse. Y yo estoy
a su lado. Se arrodilla y se aparta del chorro para que le dé en la espalda. Su
mano se desliza entre sus muslos separados mientras aguanta el orgasmo. Se
frota repetidamente el clítoris, gimiendo mi nombre mientras sus caderas se
sacuden. No me suelto hasta que se desploma contra la pared de la ducha. Pero
antes recojo un puñado de pañuelos para no tener que cambiarme de camisa. O
los pantalones.
Se levanta lentamente y cierra el grifo. Agarra una toalla del perchero y
envuelve con ella su hermoso cuerpo.
Qué no daría por estar allí secándola con la toalla, llevándola a la cama,
besando cada centímetro de ella, tocándola en todos los lugares que la hacen
gemir mi nombre.
Agarro mi teléfono y la llamo.
Responde al primer timbrazo, un poco sin aliento.
—Hola.
—Nos ducharemos juntos cuando llegue a casa. —¿Aurora mojada,
desnuda y enjabonada? Joder, sí.
—Será mejor que hagamos mucho más que ducharnos, Hollis.
—Oh, lo estaremos, lo prometo. —Me quito uno de los auriculares y me
aseguro de que no haya ruido—. Pero primero, creo que tengo que azotar ese
travieso culito tuyo por todas las cosas malas que haces cuando no estoy en casa.
Sus ojos se iluminan mientras se acerca a la cámara del gatito.
—Ahora sí que no puedo esperar. —Lleva la cámara al dormitorio y apunta
a la cama. Luego cruza hasta mi armario, encuentra una camiseta y se la pone por
encima de la cabeza—. ¿Qué tal el vuelo y el entrenamiento? ¿Cómo está tu
rodilla?
Más allá de la insoportable tensión sexual que crece exponencialmente,
mi deseo de volver a confiar en ella también va en aumento.
—El vuelo estuvo bien. Dormí casi todo el vuelo. Aparte de verlo desde el
banquillo, el entrenamiento fue bien. Cruzo los dedos para que me den el visto
bueno la semana que viene. Puede que no tenga que esperar a las eliminatorias.
Me dolía un poco la rodilla de tanto estar sentado, pero he pasado un rato en la
sauna, la piscina y el jacuzzi, así que ya estoy mejor. ¿Qué tal la presentación?
¿Te fue bien?
—Uh, tuvimos un fallo con PowerPoint, pero yo tenía una versión impresa,
así que hablé de los puntos y usé la pizarra mientras lo solucionaban.
—Así es mi chica, siempre al tanto de todo.
—Me gustaría estar encima de ti... o debajo de ti.
Me río entre dientes.
—Ambas cosas se pueden arreglar cuando esté en casa.
—Dios, estoy tan cachonda que es ridículo, Hollis. Ya he ensuciado tus
sábanas y tu ducha, y aún estoy dolorida.
—¿Necesitas que te hable durante otra ronda? —Decirle exactamente
cómo sostendría sus caderas mientras se sentara a horcajadas sobre mí. Cómo
le pellizcaría el clítoris y le empuñaría el cabello para mantenerla cerca.
—Lo que necesito es que me folles contra un colchón. Rix estará en casa
de Tristan todo el fin de semana. —Se pasa un cepillo por el cabello—. Ya está
medio mudada.
—Así que podría ir a la tuya. —Cuando estamos solos ella y yo es fácil
olvidar lo complicado que es todo esto fuera de nuestra burbuja de dos.
—Sería más fácil que colarme en tu casa. —Se muerde el labio.
Tenemos que hablar de esta parte. Todo esto de andar a escondidas no
puede continuar indefinidamente. A menos que ella no esté en el mismo lugar
que yo. Incluso si lo está ahora, nada está garantizado.
—¿Hollis?
—Lo siento, sí, estoy de acuerdo. Sería más fácil.
La puerta de mi habitación de hotel se abre, pero solo unos centímetros,
gracias al pestillo de seguridad.
—Oye, Hollis, ¿puedes abrir esto? Tengo que sacar mi iPad.
—Mierda —murmuro—. ¡Ya voy! Un momento. —Cierro de golpe el
portátil, pero no antes de captar la expresión de pánico de Aurora.
—¿Es mi padre? —susurra.
—Sí. Hablamos mañana. —Termino la llamada antes de que pueda
responder y salgo de la cama, metiendo los pañuelos bajo la almohada antes de
correr a dejar entrar a Roman.
Me lanza una mirada interrogante.
—Lo siento. No quería dejarte fuera. ¿Vuelves a la habitación de Dallas y
Ash?
—Sí. ¿Todo bien?
—Sí, todo bien. Déjame ponerme una sudadera rápidamente. —Me doy la
vuelta y respiro hondo, calmando mi ritmo cardíaco. Ya van dos veces. Me tapo
la cabeza con una sudadera mientras él busca su iPad y lo sigo hasta el vestíbulo,
agradecido de haber puesto el pestillo.
Hollis
—Pareces mucho más descansada que antes de irme. —Roman mantiene
a Aurora a distancia en la Casa de los Panqueques, inspeccionándola.
Me muero de ganas de abrazarla, respirar su aire y decirle cuánto la he
echado de menos. En lugar de eso, me meto las manos en los bolsillos y me siento
culpable por querer lo que quiero.
—Estoy bien, papá, solo que tengo mucho trabajo con la gala y los finales.
—Le da unas palmaditas en el brazo y él la suelta.
—¿Necesitas que te quite algo del plato? Puedo hacer la compra y lavar la
ropa cuando vuelva de jugar fuera —ofrece.
—Hago tus compras cuando hago las mías, así que no es gran cosa. Y los
dos sabemos cómo eres con la colada. —Ella se desliza de nuevo en la cabina.
Ya ha pedido por nosotros, probablemente tan ansiosa como yo por acabar de
una vez con esta comida. Pero no estoy seguro de que nuestras razones sean las
mismas. Todo lo que me gusta de nuestra tradición culinaria es ahora un
recordatorio de las mentiras en las que estoy inmersa.
—Podría mejorarlo. —Frunce el ceño—. Debería hacerlo mejor. No
puedes lavar mi ropa para siempre. Podría conseguir un ama de llaves.
Me dejo caer en el banco frente a Aurora, al igual que Roman. Me mira y
sonríe como si fuera cualquier otro día, como si no tuviéramos planes de volver
a su casa después de esto.
—O podrías empezar a salir con alguien —dice Aurora con descaro.
Roman pone los ojos en blanco.
—Deja de enviarme aplicaciones de citas.
Da un sorbo a su café y cambia de marcha.
—Esta semana has dado una buena paliza. Dos victorias sólidas, y contra
equipos de alto nivel. ¿Cómo te sientes para el partido del lunes contra Los
Ángeles?
Mientras hablan de estrategia de juego, intento desesperadamente no
pensar en todos sus mensajes de los últimos días.

Princesa
Estoy reacomodando mi tocador para que mi espejo quede pegado a la
cama, en caso de que quieras verte cogiéndome.
Probablemente debería estar arriba por el bien de tu rodilla.
A menos que estés más inclinado a follarme contra la puerta principal.
Supongo que veremos hasta dónde llegamos dentro del apartamento.

El pie de Aurora me golpea la espinilla por debajo de la mesa. La miro. No


vamos a volver a jugar a los pies. Sus ojos se dirigen a la mesa. Tengo la comida
delante.
—Hoy estás preocupado —observa Roman.
—Tengo una cita con mi médico mañana. —Es verdad, pero no por eso
estoy distraído.
—¿Crees que te darán el visto bueno para los entrenamientos? —Aurora
pregunta.
—Esa es la esperanza.
—¿Has vuelto a pensar en la retransmisión deportiva o sigues
considerando la opción de ser entrenador cuando cuelgues los patines? —
pregunta Roman.
Me froto el labio inferior.
—Tengo al menos otra temporada antes de tener que pensar en eso.
—Serías genial dirigiendo un equipo. —Roman me palmea la espalda.
—Serías un gran entrenador —coincide Aurora—. Eres un profesor
paciente y se te da muy bien dar instrucciones directas.
Estoy jodidamente seguro de que no está hablando de hockey.
—Todavía no estoy fuera de juego —refunfuño. Roman cambia de tema,
probablemente confundiendo la tensión con el estrés profesional.
Terminamos de comer y salimos de la cafetería. La nieve se está
convirtiendo en aguanieve marrón.
—Necesito comprar un par de cosas del supermercado. ¿Alguno de
ustedes necesita algo? —pregunto una vez que hemos cruzado la calle.
—No que yo sepa —dice Roman.
—Ayer fui de compras, así que yo también estoy bien —responde Aurora.
—Genial. Hasta luego. —Entran en el edificio y yo hago el corto trayecto
hasta la tienda. Recojo los dulces favoritos de Aurora y me detengo en la
floristería local a la vuelta.
Cuando vuelvo al edificio, Aurora ya me ha avisado de que no hay moros
en la costa.
Me empiezan a sudar las palmas de las manos cuando entro en el ascensor.
La línea que pisamos hoy cambiará las cosas de nuevo. Durante medio segundo,
me pregunto si debería seguir adelante con esto. Pero no puedo negárselo
después de toda la mierda que le he hecho pasar. Se trata de algo más que cómo
le afecta a ella, sin embargo. También me afecta a mí. No puedo seguir sentado
en la valla con ella. No quiero hacerlo.
Suena el ascensor y salgo al pasillo. Casi espero que Roman esté delante
de su puerta, pero está libre de guardaespaldas y se abre antes de que pueda
llamar. Aurora asoma la cabeza y mira a ambos lados antes de agarrarme por la
parte delantera de la camisa y empujarme hacia su apartamento. La puerta se
cierra y ella intenta atraer mi boca hacia la suya.
Inclino la cabeza hacia atrás.
—Hola.
—Hola, por favor, bésame antes de morir. —Se pone de puntillas y frunce
los labios.
Me río y dejo caer la cabeza, separándome cuando me acaricia la comisura
de los labios. Sus manos ya están en movimiento.
Rompo el beso y murmuro:
—Ponle el seguro.
—Sí. Sí. —Ella suelta mi camisa y asegura la puerta.
Cuando se da la vuelta, le tiendo las flores.
—Para ti.
Su expresión se suaviza cuando se los lleva a la nariz e inhala
profundamente.
—Son preciosas. Gracias.
—Igual que tú, y de nada.
—Los pondré en agua más tarde. —Las pone sobre la mesa auxiliar, me
quita la bolsa de la compra y no se molesta en mirar dentro antes de dejarla caer
al suelo—. Sé que tenemos mucho de qué hablar, pero me gustaría dejar la parte
de la conversación importante para más tarde.
—¿Te sientes impaciente, Princesa? —Le acaricio la mejilla.
—Extremadamente, sí. Y aunque quería masturbarme esta mañana, no lo
hice, porque sabía que la espera valdría la pena. Pero luego tuve que aguantar
esa comida contigo con ese aspecto tan apetitoso. —Me empuja la chaqueta por
los hombros y me pasa las manos por los brazos mientras cae al suelo.
—¿Crees que para mí fue diferente? —Trazo el borde de su mandíbula y
rozo su mejilla con mis labios—. Quería envolverte en mis brazos, así. —La
atraigo hacia mí—. Y decirte cuánto te he echado de menos. —Tomo el lóbulo de
su oreja entre mis dientes—. Y que no he podido dejar de pensar en todas las
formas en que quiero hacerte sentir bien.
—Yo también quiero todas esas cosas —susurra Aurora.
—Llegaremos, en algún momento. —Muerdo a lo largo de su mandíbula.
Tenemos horas ininterrumpidas por delante. Esta es mi oportunidad de
demostrarle exactamente cuánto la deseo, de darle lo que nos he negado
durante las últimas semanas. Quiero ser exactamente lo que ella necesita—. Pero
planeo saborear cada momento de esto. Sin prisas.
Levanto la barbilla y la miro: ojos delineados, pestañas largas, labios
carnosos y brillantes. Lleva una de las muchas camisas que le he comprado para
diversas ocasiones a lo largo de los años y unos jeans que le he regalado. Si
mirara hacia abajo, vería que lleva unos calcetines que le regalé.
—Por favor, bésame —susurra.
Acerco mi boca a la suya y ella se ablanda contra mí. Durante un minuto,
se deja llevar por mí. Pero entonces sus manos empiezan a vagar, sus dedos
recorren ligeramente mi columna vertebral hasta que llega a mi culo y me
aprieta.
—Estoy deseando hacerlo cuando estemos desnudos y tú dentro de mí.
—Te estás adelantando, ¿no crees?
—Pensar es lo único que he hecho durante meses, Hollis. —Sus dedos
recorren mi cintura—. En poner mis manos sobre ti, exactamente así. —Me
desabrocha el botón de los jeans.
—Dime en qué más has estado pensando. —No se trata solo de distraerla
y ralentizar el ritmo; quiero saber qué la mueve en el dormitorio. Pero más que
eso, quiero averiguar si estamos en esto por las mismas razones. No quiero ser
una fantasía pasajera para ella.
—Tantas cosas. —Se baja la cremallera—. Sobre lo bien que me sentiré al
tocarte. —Me mete los dedos en la cinturilla y se deslizan de una cadera a la
otra—. Lo mucho que me gustó cuando me follaste con los dedos, y lo mucho
mejor que será cuando sea tu polla la que me llene.
—Qué boquita más sucia tienes, princesa.
La mirada ardiente de Aurora se cruza con la mía cuando su mano se
desliza dentro de mi bóxer. Las yemas de sus dedos rozan la cabeza y rozan
suavemente la longitud.
—Creo que te gusta mi boca traviesa.
—Mierda —gimo cuando su cálida y suave palma me envuelve. Nos doy la
vuelta hasta que su espalda se encuentra con la puerta y apoyo el antebrazo
izquierdo sobre su cabeza.
—Te sientes tan bien en mi mano. —El pulgar de Aurora recorre la cabeza.
—Tu mano se siente tan bien en mí —gruño.
Pongo los ojos en blanco y chasqueo los dientes cuando ella invierte el
movimiento. Le sujeto la barbilla con la mano para volver a besarla. Sus caricias
son lentas, una suave exploración. Cada vez que llega a la corona, su pulgar
recorre la raja y rodea la cabeza antes de volver a bajar el puño. Es un jodido
placer.
Su mano libre se desliza bajo mi camiseta, las yemas de los dedos se
deslizan por mis abdominales y suben por mi pecho hasta rodear un pezón. Es
toda dulzura sensual mientras se pasa la lengua por el labio inferior.
—¿Puedes quitarte la camiseta, por favor, Hollis? No quiero dejar de
tocarte.
—Ya somos dos. —No me canso de sentir sus manos en mi piel, sus dulces
suspiros y sus ojos llenos de lujuria. Me quito la camiseta por la cabeza y la tiro
al suelo. Su mirada ávida me recorre y me hace sentir como un puto dios, sobre
todo por la forma en que sus dedos recorren mi piel tatuada y sus ojos siguen el
movimiento.
Me libera de mis calzoncillos y un lado de su boca se levanta.
—Lo sabía.
—¿Sabías qué? —Mi voz es toda grava.
Su sonrisa se vuelve pícara.
—Que tendrías una polla de novio.
Gruño cuando su pulgar rodea la corona.
—Explícame eso, por favor.
—Es bonita, como el resto de ti. —Acaricia hacia arriba—. Y gruesa. —
Rodea la coronilla—. Y grande. —Acaricia hacia abajo—. Querré montarla todo
el tiempo.
—Quieres decir que querrás montarme todo el tiempo. —Mis dedos se
crispan en su cadera. Quiero ponerle las manos encima, desnudarla. Pero temo
perder el control y acabar follando en el suelo del salón. Y no quiero que esto
acabe así.
Mueve mi mano para cubrir la suya.
—Enséñame lo que te gusta. Quiero aprender.
—Ah, joder, Princesa. —Y como un neandertal, quiero castrar a todos los
tipos que ha tocado antes. Afortunadamente, ese pensamiento se queda en mi
cabeza.
Entrelazo mis dedos con los suyos, estrechando nuestro agarre. Su mirada
fluctúa entre mi cara y nuestras manos entrelazadas, que se mueven sobre mi
polla. Aprieta con cada movimiento hacia abajo, aflojando el agarre al llegar a la
cabeza para poder pasar el pulgar por la coronilla. Se siente demasiado bien.
Cada toque me lleva más arriba. Demasiado pronto estoy al borde del abismo.
—No duraré mucho más —advierto.
—Pero puedes ir otra vez, ¿verdad? —dice entre jadeos.
—Sí. Por supuesto. —¿Qué clase de pregunta es esa?
Ella asiente.
—Bien. Bien.
Desenredo nuestros dedos.
—Necesito que pares o...
—Quiero ver. Necesito ver lo que te hago —suplica.
No hace falta más. Mi cuerpo se pone rígido cuando me tenso en su mano,
y mis caderas se sacuden, persiguiendo su contacto. Me agarro al pomo de la
puerta para no acabar de rodillas.
Cuando mi visión se aclara, veo la mano cubierta de semen de Aurora que
aún rodea mi polla.
—Bueno, joder. —Le toco el dobladillo de la camiseta, que no ha salido
indemne de este suceso.
Sus ojos se iluminan y su sonrisa es radiante.
—Tan orgulloso de ti mismo, ¿verdad?
Sostiene el pulgar y el índice separados por un cabello.
—Quizá un poco. —Su sonrisa se vuelve tímida—. Quiero ser lo que
necesitas.
—Lo eres, Princesa. Lo eres todo y más. —Esta mujer me pone de rodillas.
—¿Ahora me toca a mí? —pregunta mientras mis labios rozan los suyos.
—Creo que primero tenemos que limpiarte. —Le meto un dedo bajo la
barbilla—. ¿Por qué no me enseñas todas las travesuras que haces en la ducha
cuando piensas en mí?
Hammer
Está ocurriendo de verdad. Esto está pasando de verdad. Por fin, por fin
pude ponerle las manos encima a Hollis. La sensación de tenerlo en mis manos,
la expresión de su cara, los sonidos que emitía, el increíble subidón de saber
que yo era la razón por la que le hacía sentir así. Lo llevé al límite. Y ahora vamos
a desnudarnos juntos y a ducharnos. Y luego vamos a acostarnos. ¿Follar? Tal vez
acostarnos y follar. Ojalá. Siento que ambas cosas son posibles con Hollis.
Me paso la camiseta por la cabeza y me limpio la mano en la tela. Hollis
me mira el pecho desnudo. Y de repente sus manos están sobre mí,
acariciándome, apretándome. Baja la cabeza y cubre con la boca el apretado
pico. Sus labios son suaves, su lengua cálida y húmeda mientras me lame el
pezón. Luego hunde los dientes y chupa con fuerza.
Meto la mano en su cabello y agarro las hebras satinadas, como si
realmente fuera a ser capaz de mantenerlo ahí. Sus dedos rodean mi muñeca y
encuentran el punto de presión que me hace aflojar el agarre.
Me besa el pezón y vuelve a morderlo, como si no pudiera evitarlo. Hollis
se endereza, con los ojos encapuchados. Señala hacia mi dormitorio. —A la
ducha contigo.
Me tiemblan las rodillas ante el fuego de sus ojos. La excitación nerviosa
de hace que se me seque la boca y se me humedezcan las palmas de las manos
y las bragas. He fantaseado con esto innumerables veces, he pensado en estar
con él de esta manera. Y ahora está aquí. Y me desea del mismo modo que yo a
él. Me apresuro a cruzar el apartamento y Hollis me sigue a paso lento,
metiéndose la erección en los calzoncillos por el camino.
Desaparezco en el baño y abro la ducha. La mía no es ni de lejos tan
impresionante, de ahí que usara la suya. Esta tiene dos chorros de pared, pero
la colocación no es ideal. Sin embargo, tiene un cabezal de ducha extraíble.
Enciendo el agua y ajusto la temperatura. Luego me pongo a desabrocharme los
jeans con manos inestables.
Hollis se acerca y los cubre. Su expresión es intensa, sus ojos rebosan
necesidad.
—Yo lo haré.
Esto es lo que me ha estado faltando. Él es lo que he estado echando de
menos. Hollis sabe exactamente lo que está haciendo. Más que eso, me conoce.
Puede leerme. Es autoritario, pero gentil cuando aparta mis manos.
Completamente en control.
Una cosa es correrme en su ducha mientras él mira por la cámara de gatito,
pero esto es muy diferente. Los muros han caído entre nosotros. Al menos por
ahora. Es parte de la razón por la que quería esperar hasta después para hablar.
Prefiero estar en la oscuridad si él no quiere lo mismo que yo. Puedo aferrarme
a la fantasía de nosotros un poco más.
Aparto esos pensamientos. Quiero permanecer en el momento. Quiero
recordar cada segundo de esta primera vez con él.
—Hola. —Hollis me acaricia la cara con la palma de la mano—. Solo dilo y
pararé. Si hago algo que no te gusta, dímelo, ¿de acuerdo?
Asiento. Confío en él implícitamente, con mi corazón, con mi cuerpo.
—¿Puedes besarme, por favor?
—Por supuesto. —Sus labios rozan los míos. Suaves, dulces.
Me acerco hasta que estamos piel con piel de cintura para arriba. Me pone
una mano en la mejilla y me rodea la cintura con la otra. Me sumerjo en el beso,
en la sensación de su brazo rodeándome posesivamente, su cuerpo apretado
contra el mío.
—Enséñame lo que pasa cuando no estoy aquí para cuidarte —dice
cuando nos separamos.
Me mete los dedos en la cinturilla de los jeans, me desabrocha el botón y
me baja la cremallera. Roza el borde de mis bragas azules de encaje. Son del
mismo color que la camiseta de su equipo. Que también es su color favorito.
—Estas son bonitas. —Se hunde en el suelo sobre su rodilla buena y tira
de mis jeans por encima de mis caderas y hacia abajo por mis muslos—.
Esperemos que sobrevivan.
Mi corazón corre el riesgo de salirse del pecho. Me he puesto el bañador
delante de él muchas veces, pero desnudarme ante él es algo íntimo. Nunca me
había mirado así; como si quisiera apreciarme y devorarme al mismo tiempo.
Apoyo una mano temblorosa en su hombro y levanto el pie para que pueda
deslizar una pierna y luego la otra. Luego me quita los calcetines y me deja solo
en bragas.
Me pasa la mano desde el tobillo hasta la cadera, deslizando los dedos por
la cintura.
—¿Quieres que te las quite, princesa?
Estoy temblando de anticipación.
—Por favor.
Engancha los dedos en la tela de cada cadera y la arrastra lentamente por
mis muslos, sin apartar los ojos de los míos. Me quita las bragas, que están tan
exageradamente húmedas que casi me da vergüenza. Lo único que ha hecho
hasta ahora es besarme y chuparme un pezón.
Sin apartar la mirada, se inclina y me da un beso en el vértice de los
muslos.
Estoy segura de que voy a entrar en combustión espontánea antes de que
lleguemos a la parte sexual. Sus manos se mueven hacia mis caderas, sus ojos se
cierran mientras inhala profundamente. ¿Se está tranquilizando?
¿Respirándome? ¿Intentando no tirarme al suelo? Es increíblemente humilde
tener a este hombre enorme e intimidante de rodillas ante mí. Le paso una mano
temblorosa por el cabello y espero a ver qué hace a continuación.
Se levanta despacio, arrastrando los labios por mi vientre, entre mis
pechos y a lo largo de la columna de mi garganta hasta que se cierne sobre mí,
con los ojos oscuros de lujuria. Mi mano, que había estado apretándole el
cabello, se suelta y cae sobre su hombro. Mis piernas están a punto de ceder. Mi
respiración es tan agitada como la del resto de mí.
Pero no puedo apartar la mirada. Es tan guapo, y feroz, y parece que
quiere comerme viva.
La mano en mi cadera derecha se mueve hacia dentro y dejo de respirar.
El dorso de sus dedos recorre mi piel desnuda y luego su dedo índice se desliza
entre mis pliegues. Estoy tan mojada. Tan preparada para él. Gimo, con ganas,
sin vergüenza, en voz alta.
Su boca se curva en una sonrisa salaz que hace que me tiemblen las
rodillas, ya de por sí débiles, y me duela el clítoris. Retira los dedos y yo me
agarro a su muñeca.
—¡No, no, por favor!
Su otra mano me acaricia la mejilla.
—Primero dúchate, luego me ocuparé de ti. —Me besa castamente y me
mira expectante.
—Debería ayudarte a quitarte esto. —Tiro del lazo de sus jeans.
—Si quieres. —Su otra mano se levanta, y sus ojos se quedan fijos en los
míos mientras se lame el dedo índice y tararea con aprobación.
Estoy tan fuera de mí, totalmente sobrepasada. No sé si es más probable
que me desmaye, que me corra espontáneamente o que me convierta en un
charco. Lucho por mantener las manos firmes mientras le muevo los jeans por el
culo de hockey y se los bajo por los muslos.
Caigo de rodillas sobre la fría baldosa y, con cuidado, tiro de ellas para
que pasen por encima de su rodilla vendada. Se levanta de una pierna y apoya
la mano en la ducha detrás de mí mientras hace lo mismo con la pierna no herida.
Y entonces se queda en calzoncillos y con la venda alrededor de la rodilla para
estabilizarla.
—¿Debería quitarte esto? —Paso mi mano sobre el vendaje.
—Puedo hacerlo —dice.
—Déjame, por favor. —Encuentro el velcro del lateral y lo despego con
cuidado. Los puntos de la operación ya se han disuelto, así que solo unos
pequeños puntos rojos marcan las incisiones.
Una vez retirada la venda, meto los dedos en su cinturilla y libero con
cuidado su polla que vuelve a despertar antes de arrastrar los bóxers por sus
muslos. Se los quito y los tiro a un lado. Estoy a la altura de su pene. Si me inclino
hacia delante, puedo acariciarlo, besarlo o chuparlo. Mis pensamientos deben
de estar escritos en mi cara, porque se inclina y desliza las manos por debajo de
mis brazos, levantándome.
—Mantendré esa dulce boca tuya ocupada más tarde.
Abre la puerta de la ducha y pongo la mano bajo el chorro, probando el
agua antes de entrar. Hollis me sigue y cierra la puerta. El vapor nos envuelve
mientras el agua cae en cascada sobre su pecho y sus abdominales. Le paso las
manos por los hombros y por el brazo tatuado, y luego nos besamos, con los
cuerpos resbaladizos apretados el uno contra el otro. Su erección se hincha
contra mi vientre y muevo las caderas, deseando más, deseando sus manos
sobre mí, sus dedos dentro de mí, su lengua sobre mi piel.
Se echa hacia atrás y me mira a la cara antes de tocar el chorro de la pared.
—Ya veo por qué prefieres mi ducha.
—Mi cabezal de ducha hace el trabajo.
—Pero es más trabajo —señala—. Así que debería ayudar.
Se echa un chorro de jabón en la palma de la mano y se frota las manos,
haciendo espuma. Y entonces sus manos se ponen en movimiento, deslizándose
por mis brazos y subiendo por mis costillas, rozando la parte inferior de mis
pechos y bajando por mi espalda, apretándome el culo antes de darme la vuelta,
de espaldas a su pecho. Gira el cabezal de la ducha hacia la pared del fondo y
abre la puerta. El ventilador del cuarto de baño está encendido, así que el espejo
se empaña casi por completo.
Miro nuestro reflejo al otro lado de la habitación y es como si me viera a
mí misma por primera vez. Hollis mide casi 1,90 y yo 1,75, así que la parte
superior de mi cabeza le llega a la barbilla. Pero es tan ancho y grueso y tan
intensamente guapo que me deja sin aliento. Su mano enjabonada me sube por
el vientre, los tatuajes de sus bíceps ondulan mientras me acaricia el pecho. Me
besa por el cuello.
—El número de veces que me he llevado la mano a la imagen de ti desnuda
en mi ducha es obsceno.
—El número de veces que me follé con mi vibrador en tu cama la semana
pasada fue igualmente obsceno.
—Lo sé. Vi los vídeos antes de borrarlos. —Alcanza el cabezal de ducha
desmontable—. Ahora muéstrame.
Sus admisiones me infunden valor, al igual que la mirada ardiente y
expectante de su rostro. Abro las piernas y me apoyo en él, dejando que mi
cabeza descanse sobre su pecho mientras guío el cabezal de la ducha entre mis
muslos. Solo tardo unos segundos en encontrar el punto que hace que se me
pongan los ojos en blanco y me tiemblen las rodillas.
—Eso es, princesa. —El brazo de Hollis me rodea la cintura y sus labios se
mueven a lo largo de mi cuello, mordisqueándome, besándome—. Te tengo.
Juega con mi pezón con la otra mano, haciendo rodar el pico rígido,
tirando, pellizcando. Y mientras tanto, miro nuestros reflejos en el espejo y él me
mira a mí. Mi vientre se agita, cada músculo se tensa a medida que aumenta la
sensación, irradiando a través de mí. Y Hollis murmura palabras calientes de
aliento, diciéndome que soy preciosa, que le encanta ver cómo me corro.
Cuando mi cuerpo empieza a temblar y mi coordinación falla, él se encarga de
mantener la presión donde la necesito. Cuando el orgasmo se apodera de mí, él
soporta casi todo mi peso, me rodea con el brazo y me acaricia el cuello con los
labios. Cuando el temblor disminuye, vuelve a colocar con cuidado el cabezal
de la ducha en el soporte y espera a que mis piernas recuerden cómo hacer su
trabajo antes de darme la vuelta y besarme de nuevo.
No puedo acercarme lo suficiente, no puedo saciarme de sus manos sobre
mí, de las mías sobre él.
—Por favor, Hollis.
Me sostiene la cara entre las manos y me recorre con su mirada fundida.
—¿Por favor qué?
—Llévame a la cama. —Tengo el estómago lleno de mariposas. Lo quiero
todo de él. Cada parte, incluso la que no admito en voz alta. Especialmente esa.
Cierra la ducha y agarra una toalla, me seca y luego a sí mismo. Vuelve a
estar empalmado, grueso y listo, y lo único que quiero es saber qué se siente al
tenerlo dentro de mí. Lo tomo de la mano y tiro de él hacia mi dormitorio. No
puedo llegar lo bastante rápido, medio asustada de que cambie de opinión sobre
esto. Sobre nosotros. Sobre mí.
Rebusco entre los condones del cajón de la mesilla. El de arriba brilla en
la oscuridad, debe de ser por el tema de Halloween o algo así. Escojo otro y,
cuando me doy la vuelta, Hollis está detrás de mí.
Me quita el paquete de papel de aluminio y me besa suavemente.
—Está bien si no estás lista para esto.
—Estoy lista. —Lo deseo con una ferocidad que roza la desesperación. Si
su culpa se apodera de mí y ésta es la única vez que lo consigo, quiero
aprovecharla al máximo.
—Si eso cambia, dilo, princesa —murmura.
—No lo hará.
Esboza una leve sonrisa y me besa sin aliento antes de subirme a la cama.
Me deslizo hacia atrás mientras él se une a mí.
—Acuéstate para mí, princesa.
—¿Pero no debería estar yo encima? —Ojalá no estuviera tan nerviosa.
Una sonrisa divertida curva sus labios, y sus ojos se calientan.
—Ya veremos. Su mirada se desplaza hacia la almohada, una orden
silenciosa.
Me encanta que pueda decir tanto sin pronunciar palabra. Me estiro sobre
las sábanas frías, con las mejillas acaloradas mientras él se acaricia
perezosamente mientras recorre con la mirada mi cuerpo desnudo. Se estira a
mi lado y arrastra un solo dedo por mi mandíbula, baja por mi mejilla, recorre
mi pecho, rodea un pezón antes de continuar su descenso.
—Hay tantas cosas que quiero hacerte. —Su lengua recorre el labio
inferior—. Hacer contigo.
Y entonces su boca está sobre la mía, labios suaves y seguros mientras sus
dedos bajan. Separo las piernas automáticamente y él me acaricia, rodeando mi
clítoris una vez antes de deslizar un dedo en su interior. Se retira, con los
párpados caídos de lujuria. Gimo cuando retira el dedo y gimo cuando lo desliza
entre sus labios y emite un sonido gutural.
—¿Me dejarás probarte?
Asiento y consigo susurrar:
—Sí, por favor.
Me mete la rodilla buena entre las piernas, se apoya en el antebrazo y se
cierne sobre mí. Sus labios rozan los míos, y entonces empieza a bajar
besándome por el cuello, deteniéndose en el punto sensible de mi clavícula
antes de mordisquear el oleaje de mis pechos. Me chupa un pezón, luego el otro,
provocándome con la lengua y haciéndome jadear cuando usa los dientes. Presta
atención a cada punto sensible en su descenso.
—Tan jodidamente hermosa. —Se acomoda entre mis muslos—. Cada
parte de ti. —Me besa el interior del muslo y luego su lengua recorre el punto de
unión, cerca, pero no donde quiero su boca.
Y me encanta. Me encanta la seguridad con que me toca, la sensación de
sus manos callosas pero suaves abriéndome las piernas, la suavidad de su boca
cuando explora. Me provoca con mordiscos y besos suaves. Su lengua es
terciopelo húmedo entre mis muslos, me lleva más alto, me hace girar en órbita.
Me enredo las manos en su cabello, incapaz de apartar la mirada de él, que me
rodea los muslos con los brazos y los mantiene abiertos mientras me besa el
clítoris. Me lame de arriba abajo, provocándome. Cada terminación nerviosa
está viva con el calor de su boca.
Sus ásperas palmas se deslizan por el dorso de mis muslos y sus pulgares
se clavan en el pliegue de mis rodillas mientras las empuja hacia mi pecho,
abriéndome más. Su expresión es deliciosamente carnal mientras me chupa el
clítoris y luego arrastra la lengua por mi humedad, follándome con ella antes de
bajar más. El calor de su lengua me corta la respiración. Nadie me había tocado
nunca ahí, y mucho menos como me está tocando Hollis.
—Dios mío, ¿qué estás haciendo? —Incluso cuando mis mejillas estallan
de color, un calor inesperado inunda mi centro.
—Comiendo tu dulce culo. —Vuelve a lamerme el agujero y gimo por la
sensación. Nunca me había sentido tan expuesta o deseada. Su lengua me frota
y me tantea, arremolinándose antes de pasar de mi clítoris a mi culo.
—Pero…
Mi protesta muere al sentir el calor de su lengua presionándome,
despertando un deseo totalmente nuevo.
—Mantén las rodillas contra el pecho —ordena.
Rápidamente engancho mi brazo bajo ellas, y él se ríe entre dientes.
—Estás deseando que te coman el culo, ¿verdad, mi traviesa princesita?
Asiento y me muerdo el labio, luego gimo cuando sus dientes se hunden
en mi culo, seguidos de un suave beso.
—Ya somos dos. —Desplaza una mano para acariciarme el clítoris,
mientras alterna la penetración con lengua con el beso negro—. Seré el único
que te toque aquí. —Es sucio, caliente e inesperadamente bueno sentirle
follándome así.
Casi jadeo cuando cambia de posición. Sus ásperas manos me sujetan
mientras mis piernas empiezan a temblar. Mi corazón se acelera cuando su
lengua encuentra todas las formas de darme placer. Sus dedos me penetran con
facilidad. Arrastra algunos de mis jugos antes de deslizar un grueso dedo en mi
culo. Siento la plenitud a medida que profundiza hasta el nudillo, se retira antes
de empujarlo más adentro.
Cada latido de mi corazón se acompasa con los espasmos que me hacen
apretar su lengua en mi coño y mi culo intenta hundir más su dedo. Me corro con
tanta fuerza que el mundo se convierte en una lluvia de estrellas.
Y entonces su preciosa cara está justo delante de la mía, y su enorme
cuerpo se extiende sobre mí. Me enmarca la cara con las manos.
—Que Dios me ayude, te deseo. Ahora vuelvo.
Le acaricio la mejilla con dedos temblorosos. El deseo hace que mi cuerpo
se electrice.
—Por favor, Hollis. Te necesito.
—Yo también te necesito, princesa. —Me besa la punta de la nariz—. Pero
espera un segundo. —Se levanta de la cama con un movimiento suave y
desaparece en mi cuarto de baño. El grifo se abre y contengo una sonrisa. No
puedo creer lo que acaba de ocurrir. Regresa un minuto después, agarra el
preservativo de la mesilla, abre el paquete y lo desliza por su cuerpo.
La anticipación hace que me cueste respirar mientras él se encaja entre
mis muslos. Lo deseo tanto, quiero estar conectada a de la forma más primitiva e
íntima, y me aterra no ser lo que él necesita. Ya estoy muy metida.
Completamente enamorada de él.
—Oye. —Me acaricia la mejilla, su aliento es menta fresca sobre mi piel—
. Quédate aquí, conmigo.
Asiento y apoyo la palma de la mano en su cuello, con el pulso
martilleándole bajo la piel.
—Dime qué necesitas y cómo lo necesitas —murmura.
—Tú, solo tú. —Él es todo lo que quiero. Es todo lo que deseo.
Introduce la mano entre nosotros y arrastra la cabeza sobre mi clítoris,
deslizándola hasta que roza mi entrada. Nuestras miradas se sostienen mientras
él empuja, despacio, suavemente, estirándome, llenándome centímetro a
centímetro hasta que sus caderas se apoyan en las mías.
—¿Estás bien, princesa?
Asiento. Su intimidad me abruma, pero no puedo apartar la mirada. Exhalo
una respiración temblorosa, ya al borde de algo.
—Te sientes tan bien. —Demasiado bien.
—Como la perfección —murmura.
—Esto se siente diferente. —No es una primera vez torpe. No hay
incomodidad. No quiero cerrar los ojos para escapar de su mirada. En todo caso,
quiero ahogarme en las emociones que nadan detrás de sus ojos. Paso las manos
por su cabello y por los lados de su cuello, adicta a su tacto—. Es como que... ¿no
puedo acercarme lo suficiente? ¿Y esto es... más? —Siento que estoy conectada
a él más allá de lo físico. Es como si todo lo que siento por y acerca de Hollis se
enrollara a nuestro alrededor, a través de nosotros. Como si él tamizara mis
emociones y las instara a salir a la superficie.
Su sonrisa se suaviza y me pasa el pulgar por el labio inferior.
—Es más.
Mis dedos recorren su espalda, sobre músculos tensos, mientras me
deleito en la plenitud y el peso de su cuerpo sobre el mío. En la sensación de
estar rodeada por él, de rodearlo. Cuando llego a su culo, lo aprieto.
—Tengo que empezar a moverme —murmura.
—Por favor.
Llevo de las caderas hacia atrás y yo gimo por la pérdida. Solo dura un
momento, pero la sensación es infinitamente trágica hasta que vuelve a empujar.
Cada golpe es lento, medido, me lleva más arriba. Su mano desciende por mi
muslo y se engancha en el pliegue de mi rodilla. La engancha en su cadera,
cambiando el ángulo y profundizando la penetración. Yo hago lo mismo con la
otra pierna, fijo los pies en la parte baja de su espalda y le rodeo con todo el
cuerpo.
No necesito decirle lo que necesito o quiero, porque él ya parece saberlo.
—Se siente tan bien, Hollis. —Apenas hemos empezado y ya es el mejor
sexo de mi vida. Es todo lo que quería que fuera y mucho más.
—Eres jodidamente perfecta, princesa. —Roza sus labios con los míos—.
Estás hecha para mí.
Esas palabras se asientan en mi pecho, todos los meses de incertidumbre
se derriten con su convicción. En este momento me siento curada. Completa.
Como si él fuera mi lugar.
Se mueve sobre mí, moviendo las caderas, sin apartar los ojos de los míos.
Murmura palabras de elogio, diciéndome que soy suya. Que nunca tendrá
suficiente de mí.
Quiero que sea verdad. Lo siento como si lo fuera, como si él fuera la pieza
que me faltaba, y ahora por fin estoy completa. Quiero que esto dure para
siempre, permanecer en esta burbuja con él, donde encajamos perfectamente y
nada puede interponerse entre nosotros. Donde soy suficiente. Vale la pena el
riesgo.
Estoy perdidamente enamorada de él. Nunca querré a nadie más como lo
quiero a él, con cada fibra de mi ser, con todo mi corazón.
El orgasmo se apodera de mí, no como una ola que rompe, sino como una
ola que me arrastra y me hace girar en un interminable éxtasis. Las caricias de
Hollis se vuelven erráticas, empuja hasta el fondo y se detiene, con un gemido
bajo y desesperado vibrando contra mis labios.
Juro que veo todo lo que siento por él reflejado en sus ojos. Como si por
fin estuviéramos de acuerdo.
Nos da la vuelta con un movimiento suave, aún dentro de mí, y yo me
tumbo encima de él, con los cuerpos resbaladizos por el sudor. Apoyo la mejilla
en su pecho y la frente en su cuello. Sus brazos me rodean y sus labios tocan mi
sien.
El miedo me recorre la espalda. ¿Y si se siente culpable? ¿Y si piensa que
ha sido un error? ¿Y si me deja de lado?
Su dedo recorre el borde de mi mandíbula y me levanta la barbilla. La
ansiedad me aprieta el estómago. Sigue dentro de mí. ¿Y si veo algo que no
quiero ver en sus ojos? ¿Y si el mejor sexo de mi vida se convierte en el peor?
Me besa suavemente.
—Oye, preciosa.
—Oye, tú. —De repente me siento tímida e insegura.
—Creo que podríamos necesitar otra ducha.
Me río, aliviada, mientras contemplo la cálida expresión de su hermoso
rostro. Sin remordimientos. Ni culpa. Solo satisfacción que resuena en mi pecho.
—Y un vaso de agua.
—Preferiría una cerveza. Y quizá un snack. Y luego me gustaría meterte de
nuevo en esta cama y mantenerte aquí el resto del día, menos el descanso
ocasional para repostar.
Sonrío y agacho la cabeza.
—¿Estuve bien?
Se le encienden los ojos y se levanta para llevarme con él. Espera a que
mi mirada se cruce con la suya.
—Bien nunca es una palabra que usaría para describirte. Llevo luchando
contra esto desde enero, y no solo por la atracción que compartimos, Aurora. Es
mucho más que eso. Esto, tú y yo, lo que está pasando aquí. —Hace una pausa,
sacude la cabeza y aprieta sus labios contra los míos—. Eres increíble. Eso fue
increíble. Para mí, al menos.
—Para mí también. —Por fin entiendo lo que significa hacer el amor.
Porque eso es lo que sentí, estar llena de su amor. Pero no se lo digo, demasiado
asustada para admitir esos sentimientos. Quizá me abruma la lujuria y lo bueno
que fue el sexo.
Me besa por última vez.
—¿Ducha, merienda y mimos, y luego de vuelta a la cama?
—Suena perfecto.
Hammer
Me despierto con el desayuno en la cama. Tostadas francesas con canela
y fruta fresca, y café exactamente como me gusta. Ayer, anoche y esta mañana
han sido sin duda las mejores primeras veces que he vivido.
—Tenemos que hablar de cómo queremos que sea esto entre nosotros —
dice Hollis cuando ya he comido casi toda mi tostada francesa.
Quiero que dure. Quiero que esto sea real fuera de este dormitorio y de
mi apartamento.
—Quiero más de esto contigo —le digo.
Asiente lentamente.
—¿Qué quieres decir exactamente?
Ojalá me hubiera atrevido a sacar el tema antes, para saber cuál es su
postura. Tengo miedo de poner mi corazón en juego después de todos los
altibajos desde enero. Para mí, esto no es una aventura.
—Más citas, más tú y yo.
—Para que esto funcione, debemos hablar con Roman.
Dejo el tenedor y se me pasa el apetito. Retiro la bandeja de mi regazo y
me giro hacia él.
—Se enfadará. —No creo que esto salga bien. Odio disgustarlo. Ni siquiera
le digo a mi padre cuál es mi color favorito. ¿Cómo voy a ser sincera?
Estaría tan decepcionado de mí. Por romper su única regla, y con la última
persona en la tierra que debería querer. Por todas las mentiras que le he dicho.
Por los secretos que guardo. Pensar en ello me da ganas de vomitar.
—Al principio, sí. Pero si sabe que vamos en serio, lo aceptará. —Hollis
toma mi mano entre las suyas, los ojos en mis dedos—. A menos que no tengas
la cabeza en eso.
Hablar de ello hace que todo sea muy real. Siento como si sudara todo el
cuerpo. Entiendo su punto de vista y me alivia que podamos querer lo mismo,
pero ¿y si mi padre se entera y eso cambia todo?
—Quiero ver si podemos funcionar como pareja. Hemos pasado los
últimos meses luchando contra esta conexión y me gustaría tener tiempo para
explorarla. Pero si se lo decimos a mi padre ahora... —Respiro ansiosa. ¿Y si no
funciona? ¿Y si Hollis cambia de opinión? ¿Y si mi padre no me perdona?—.
Entonces también tendremos que ocuparnos de eso. Se acercan las
eliminatorias. Quedan pocas semanas de semestre, y éste ha sido más duro de
lo que esperaba.
Su ceño se frunce.
—¿Más duro cómo?
—El regreso a las clases, la carga de trabajo, asumir la gala. Ha sido
mucho, y he estado en la lista del decano todos los semestres. Pero ahora estoy
en la cúspide. —Me he estado esforzando, pero tengo que ser sincera. Quiero
demostrar que puedo manejar la presión de ser asistente de Hemi una vez que
me gradúe. Pero si de repente estoy saliendo con un jugador y luego me dan el
trabajo, ¿cómo se verá eso? Nadie me tomará en serio.
—Por mi culpa. —Hollis me aprieta la mano.
—Por muchas cosas. Mi madre viene de visita la semana que viene. —
Siempre tengo muchos sentimientos cuando veo a mi mamá, y decirle que estoy
saliendo con el mejor amigo de papá no es... una sorpresa de cumpleaños ideal.
Solo puedo imaginar cómo se sentirá al respecto—. Todavía estás esperando que
te permitan regresar a los entrenamientos. Es mucho para los dos. ¿Quizá
podríamos tomarnos las próximas semanas para ser solo nosotros? —La mayor
preocupación que no expreso. ¿Qué pasa si mi padre se vuelve loco y Hollis no
me elige? ¿O si mi padre se enfada tanto que estropea nuestra relación? Él es la
persona más importante de mi vida y yo soy la suya. Mi cubo de vergüenza ya
está bastante lleno, no quiero añadirle también los sentimientos de mi padre.
—¿Cómo va a cambiar el resultado esperar? —Hollis pregunta
suavemente.
Me trago mi ansiedad.
—Se enfadará pase lo que pase... Es solo que no quiero que repercuta
negativamente en mis notas finales, o en la gala, o en el final de tu temporada. Es
el potencial efecto dominó, Hollis. Desde la universidad, a mi potencial trabajo,
y mi padre, y las eliminatorias. Hay tanto en juego. —Estoy al borde de las
lágrimas, pensando en lo mal que podría salir todo esto. Pero no quiero llorar ni
darle a Hollis una razón para cuestionar si puedo manejar esto.
Asiente lentamente y me besa el dorso de la mano.
—Cuando termines los exámenes, se lo decimos, independientemente de
mi estado de hielo. ¿De acuerdo?
Exhalo un suspiro de alivio.
—De acuerdo. Solo quiero un poco de tiempo para disfrutar de esto. —
Solo son unas semanas. Con suerte, es tiempo suficiente para pensar la mejor
manera de decírselo a mi padre. Y la gala habrá terminado para entonces.
—Para que quede claro, somos nosotros los que salimos —dice Hollis.
Me llevo los dedos a los labios y asiento. En secreto, pero estamos
saliendo.
—No sabía si alguna vez llegaríamos aquí —susurro.
Me recoge el cabello detrás de la oreja.
—Siento haber tardado tanto en darme cuenta, princesa.
—Sé que te lo he puesto difícil. —Me inclino hacia el tacto, hacia él.
—No te eches la culpa. Si alguien lo puso difícil, fui yo. —Me mueve para
que me siente a horcajadas sobre su regazo—. Y por eso, lo siento. Pero te lo
compensaré como quieras, tantas veces como necesites.
—Puedes empezar por besarme —murmuro, deslizando los dedos por su
cabello.
—Todo por ti. —Acerca mi boca a la suya.
Acabamos celebrando nuestro recién establecido estatus de relación
secreta, lo que significa que voy con mucho retraso. Nunca he llegado tarde a
clase, pero esta mañana es inevitable.
—¿Y si te llevo en auto? ¿Llegarás a tiempo? —me pregunta Hollis mientras
meto las cosas en la mochila y me aseguro de que tengo el cargador del portátil,
ya que la batería solo dura unas horas.
Le miro.
—No puedes llevarme a la universidad, Hollis.
Ni siquiera hemos hablado de lo que pasará cuando dejemos este
apartamento. ¿Cómo serán las citas en secreto? El festival de sexo que tuvimos
anoche y esta mañana no es para sacarnos de encima al otro. Pero él sigue siendo
el mejor amigo de mi padre, y yo sigo siendo una estudiante universitaria. Es
jodidamente complicado.
Se cruza de brazos.
—Por supuesto que puedo llevarte.
Sigue sin camiseta. Y yo le he robado la sudadera con capucha que llevaba
ayer y ahora la llevo puesta junto con unos leggings. Le doy la vuelta al cierre de
seguridad y meto los pies en mis zapatillas de correr.
—Eres muy amable por ofrecerte, pero el metro es más rápido. Ya he
enviado un correo a mi profesora para avisarle de que voy con retraso. —Es una
clase de seminario, así que llegar tarde será embarazoso, pero al menos he
hecho lo que he podido.
—Lo siento por esto.
—No te disculpes por comerme el coño en el desayuno. —Le doy un beso
rápido—. Probablemente deberíamos hablar más tarde.
—Lo haremos.
Me giro y veo con horror cómo gira el pomo. Se me revuelve el estómago
cuando se abre la puerta. No hay explicación que pueda darle a mi padre que
tenga sentido con Hollis de pie y sin camiseta en mi vestíbulo. De repente me
aterroriza la cara de Hollis. Y por su vida. Adopto una postura protectora frente
a él. No sé por qué. No es como si pudiera detener a mi padre si quisiera patearle
el culo a Hollis. Sobre todo, porque su rodilla aún se está curando.
—¿Qué mier...?
Mi alivio es instantáneo y tan abrumador que casi rompo a llorar.
Tristan frunce el ceño al entrar en el apartamento. Lleva una caja de
postres. Lo hace a menudo: deja pasteles o dulces para Rix con mensajes
escritos. Deja la caja en la mesa de entrada y levanta una mano.
—Ni digan que esto no es lo que parece.
—No se lo digas a mi padre —suelto.
Tristan parece sorprendentemente empático.
—No quiero recibir la ira de Roman más que tú. —Vuelve su mirada
preocupada hacia Hollis—. Ya hemos hablado de esto.
—Es complicado...
Tristan levanta la mano.
—¿Crees que no lo sé? Ocultarlo no va a hacer que lo sea menos. No estoy
aquí para darles un sermón. Son adultos y pueden tomar sus propias decisiones.
Tengo que recoger el portátil de Bea y volver a casa antes de que se despierte.
—Hace una pausa de camino a la habitación de Rix—. Sé que no es la misma
situación, pero por favor no cometan los mismos errores que yo. —Desaparece
por el pasillo hacia la habitación de Rix.
—Todo irá bien. Hablaremos esta noche —me asegura Hollis.
Confío en que Tristan no se lo dirá a mi padre, pero tiene razón. Cuando
la mierda se fue de lado con esos dos, realmente se fue a la puta mierda. No
quiero que eso nos pase a nosotros. Pero no hay manera de salir de esto sin que
alguien salga herido.
Hammer
—Tengo las pantorrillas muy tensas —anuncia Tally. Está tumbada en el
suelo del salón del apartamento de Hemi, con las piernas estiradas contra la
pared y los dedos índices alrededor de los dedos gordos de los pies.
—Eres ridículamente flexible —observa Rix.
—Y estoy dolorido. Ayer estuvimos ensayando cuatro horas y aún no
hemos dominado la rutina. —Da una voltereta hacia atrás y cruza las piernas,
sentándose erguida—. Pero estamos cerca. Solo quiero terminar bien mi último
año. —Tally asiste a una escuela de arte y es bailarina de competición. Aparte de
asistir a partidos de hockey, ir a la escuela y pasar tiempo con nosotras, eso
ocupa la mayor parte de su tiempo libre.
—Lo harás estupendo —dice Hemi con convicción—. Estamos impacientes
por ver cómo quedó todo.
—No tienen que venir —dice Tally.
—Pfft. —Hemi hace un movimiento circular con su dedo para abarcar a
nuestro grupo—. Somos tu Brigada de Nenas. Te apoyaremos al ciento diez por
ciento, el cien por ciento de las veces.
—Exacto —estoy de acuerdo.
—¿Significa eso que vendrán a visitarme a los dormitorios el año que
viene? —Tally pregunta descaradamente.
—Oh chica, te vamos a ayudar con la mudanza —dice Dred.
—Estoy muy emocionada por ti —añade Rix.
—Hablando de la universidad, ¿te han contestado ya sobre el programa
que solicitaste? —le pregunto a Rix.
Ella niega con la cabeza.
—Todavía no. Pero lo solicité tarde y hay lista de espera, así que ya
veremos. —Tras mucho insistirle Tristan, Rix finalmente solicitó plaza en el
programa de alimentación y nutrición de la Universidad de Toronto—. Pero voy
a tomar otra clase con Eliza Van Horn esta primavera, así que algo es algo.
—Espero que entres para que podamos estar juntas en la universidad —
dice Tally.
Rix sonríe.
—Sería muy divertido.
—Francamente, estoy deseando que te gradúes, para que por fin puedas
convertirte en mi ayudante a tiempo completo. —Hemi me señala con el dedo.
—Aunque todavía tengo que solicitar el puesto.
—Eres la candidata perfecta —me asegura Shilpa.
Expreso una de mis mayores preocupaciones.
—No quiero que parezca que lo conseguí gracias a mi padre. —Me guardo
para mí la parte de salir con un jugador.
—Este semestre te has metido literalmente en el papel al ocuparte de
todos los aspectos de la planificación de uno de nuestros mayores actos
benéficos. Estás muy cualificada. Pero si crees que sería mejor trabajar en otro
sitio, lo entenderé —dice Hemi amablemente.
—He mirado otras opciones para mis prácticas, y otras ofertas de trabajo,
por si el puesto no resulta, pero sinceramente, solo quiero formar parte de los
Terror.
—Para mí tiene sentido —dice Shilpa—. Ya estaba casada con Ash cuando
me uní a la organización, pero son muy de familia.
—Sí. —Me paso las manos por las piernas, pensando en cómo será trabajar
para el equipo y al mismo tiempo estar involucrada con Hollis. Parece imposible
que eso pueda suceder. Todas las mentiras y escabullidas han sido tan
necesarias hasta ahora. Y con tantas cosas fundamentales sucediendo en mi vida,
no puedo imaginar cómo mi padre va a manejar todos los secretos que le he
estado ocultando estos últimos meses. Las posibles consecuencias me ponen
enferma.
—¿Te preocupa algo más? —Hemi mira mis manos ansiosas.
Miro a Rix, que me da ánimos con la cabeza. Son mis mejores amigas. Si
no puedo decírselo a ellas, ¿a quién?
—Todas tienen que jurar por la salud de sus partes femeninas que lo que
les voy a contar se queda aquí con nosotras.
Rix ya lo sabe. Sobre todo, porque mi habitación olía a látex y vagina y
había un número irracional de condones usados en mi basura. Además, Tristan
habló con Rix después de pillar a Hollis sin camiseta en nuestro apartamento. Me
aseguró que no dirá nada. No quiere estar presente cuando mi padre pierda la
cabeza.
—¿Va todo bien? —La inquietud de Hemi es evidente en la inclinación de
su frente.
—Sí. No. Solo necesito que prometan que no saldrá de este espacio.
Todas lo prometen.
Me trago los nervios.
—Es sobre Hollis.
El equipo está en una serie de dos partidos de visita, regresan mañana.
Antes de que se fueran, Hollis y yo tuvimos sexo todos los días e incluso nos
quedábamos a dormir. El sexo con él es una experiencia para el corazón, la
mente y todo el cuerpo, y soy totalmente adicta al subidón. Mi vagina y el resto
de mí lo echan de menos. Nos hemos estado enviando mensajes de texto sin
parar, y las cámaras de los gatitos sirven para mucho más que para vigilarlos.
—Dios mío, ¿estás embarazada de él? —Hemi pregunta.
—¿Qué? ¡No! ¿Qué demonios? Lo último que haría sería repetir ese pedazo
de historia. Mi padre perdería la cabeza si lo hiciera abuelo a los cuarenta.
—Serías mayor que él cuando te tuvo, pero lo entiendo. —Hemi cruza una
pierna sobre la otra—. Procede.
—Creo que está enamorado de ti —anuncia Shilpa.
Rix asiente con la cabeza.
—Uh, no sé nada de eso. —Definitivamente está profundamente flechado
y lujurioso de mí. Estoy segura a un cien por ciento que lo amo, sin embargo.
Pensar en él me da mariposas. También me envió flores después de nuestra
primera noche juntos. Están en mi habitación. Es un ramo extravagante. Ayer me
envió bombones.
—Te mira igual que Ash me mira a mí —añade Shilpa.
Eso es nuevo para mí, y un poco preocupante que otras personas lo hayan
notado, aunque Ash y Shilpa sean objetivos de pareja. Mira a Shilpa como si
hubiera colgado la luna y las estrellas para él.
—Okey, de acuerdo.
Rix me lanza una mirada de «te lo dije».
—Finalmente están juntos, ¿no? —pregunta Hemi. Oigo la inquietud en su
voz.
—¿Están saliendo en secreto? —Tally abre mucho los ojos.
—Sí, más o menos. Aunque solo hasta que acaben los exámenes. Entonces
planeamos salir abiertamente. —Me retuerzo las manos y me siento sobre ellas.
—¿Eso qué? ¿Dentro de unas semanas? ¿Por qué mantenerlo en secreto?
—pregunta Dred.
—Tengo proyectos y exámenes finales, y la gala, y a Hollis le han dado el
visto bueno para volver a entrenar con el equipo. —Lo celebramos con el equipo
en el Watering Hole y más tarde, los dos solos—. Quiero quitarme algunas cosas
de encima antes de decírselo a mi padre. —Me muerdo el interior de la mejilla y
echo un vistazo a la habitación.
Rix ya ha expresado su preocupación por este plan. Shilpa hace una
mueca, pero Tally asiente en señal de comprensión. Dred frunce los labios y
Hemi suspira.
—Son solo unas semanas —les aseguro.
—Aparte de romper su regla de no salir con jugadores, ¿es porque Roman
no estará de acuerdo con que su mejor amigo salga con su hija? —Hemi lo pone
sobre la mesa, como es su costumbre.
—Es un poco sobreprotector —digo a la defensiva. Me aterra su reacción.
Cuanto más lo pienso, más aumenta mi ansiedad.
—¿Pero no estará menos de acuerdo cuando descubra que se lo has estado
ocultando por un tiempo? —pregunta Dred.
—Eso. —Rix se cruza de brazos.
—No quiero el estrés de que pierda la cabeza cuando tenga exámenes.
Tendré un expediente perfecto si entro en la lista del decano este semestre, lo
que solo ayudará a mi currículum para el puesto de ayudante. —Parecen
excusas, incluso para mí. Pero estoy a medio punto porcentual de perder mi
plaza. Mi padre está muy orgulloso de que lo haya conseguido todos los
semestres. Sería como defraudarlo. Y Hollis y yo seríamos un golpe suficiente.
—La lista del decano es un buen premio. Pero ya has demostrado que eres
más que capaz de manejar el puesto de asistente —dice Hemi—. ¿Quizás salir
oficialmente antes de conseguir el puesto sería mejor? Shilps, tápate los oídos.
Shilpa mira a Hemi mientras habla.
—No estoy diciendo que eso podría ser una solución, pero tampoco estoy
diciendo que salir con él antes de tener el trabajo sería infinitamente mejor en lo
que respecta a la política y el papeleo. Porque esto no es asesoramiento legal y
yo nunca he dicho nada de esto, ¿de acuerdo?
—Cierto. Nunca te oí a ti ni a nadie sugerir nada para evitar el papeleo o
las normas de la empresa. —Se me escapa un profundo suspiro—. Es que ahora
mismo no me apetece decir nada que tenga sentido. Aunque la gala es el
próximo fin de semana. No quiero que esto eclipse el evento. He trabajado
demasiado duro para hacer esto mío como para que todo me estalle en la cara
por culpa de con quién salgo.
—¿Crees que Roman estaría tan molesto? —Shilpa pregunta.
—¿Quizás? Probablemente. No lo sé. Pero mi cumpleaños es este fin de
semana, y mi madre viene de visita. Hay muchas cosas. —Amo a mi mamá, y
pasar tiempo con ella siempre me hace extrañarla. También me recuerda que yo
era demasiado para que ella me cuidara y que mi padre tuvo que hacer
sacrificios por mi bienestar. Es un ciclo extraño—. Y luego el equipo se dirige a
las eliminatorias. Hay tanto que hacer. ¿Y si mi padre enloquece y arruina su
juego? ¿Y si les cuesta las eliminatorias? —He tenido sueños terribles el último
par de noches donde pierden. Por mi culpa. Mi padre ha renunciado a tanto por
mí, y está tan entusiasmado con esta temporada y con la posibilidad de que
Toronto llegue hasta el final. Dejar al equipo sin la posibilidad de ganar la Copa,
especialmente tan cerca del final de la carrera de mi padre... La culpa sería
aplastante. ¿Y si mi padre me culpa? ¿Y si le hago tanto daño que ya no nos habla
ni a mí ni a Hollis? La espiral de vergüenza es demasiado abrumadora.
—¿Y si le parece bien? —Shilpa pregunta.
La miro.
—Teniendo en cuenta que solo he tenido una regla de hierro y es nunca
salir con un jugador, simplemente no puedo verlo. Especialmente porque ese
jugador es también su mejor amigo.
—Como alguien que aprecia la importancia de las reglas, también
señalaré que eres una adulta. Y que cuanto más esperes, más difícil será —dice
Shilpa suavemente, haciendo eco de lo que dijo Tristan.
—Solo necesitamos un poco de tiempo —les aseguro—. Pasaremos la gala
y los exámenes. Luego se lo diremos a mi padre.
Hammer
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —Mamá entra en el penthouse de papá y me
envuelve en un abrazo.
—Hola, mamá. —Respiro el aroma de salvia y pachulí y levanto una mano
para saludar a North, su compañero de vida, que está de pie detrás de ella con
sus mochilas.
Mamá es la encarnación de una hippie, desde el cabello largo hasta la
cintura trenzado en la coronilla, pasando por la falda vaporosa y la camiseta de
Grateful Dead teñida con lazos y sin hombros, que es más vieja que yo.
—Te he echado tanto de menos. —Me aprieta.
—Yo también te he echado de menos. —No la veía desde Navidad, cuando
fui a visitarla a un retiro de Reiki.
Inhala profundamente y me toma las manos mientras da un paso atrás.
—¿Llevas un perfume nuevo?
Hace una hora, mi padre salió corriendo a recoger una cosa u otra de
última hora —no especificó nada— y yo corrí a casa de Hollis para un rapidito de
cumpleaños. Probablemente huelo como su colonia. Tengo pensado volver esta
noche.
—Oh, uh, me quedé sin mi jabón habitual. —Mentirle a mi padre ya es
difícil, pero mi madre es inquietantemente observadora.
—Tu energía es... —Inclina la cabeza y mira detrás de mí, donde está
papá. Sus ojos se hacen preguntas cuando vuelven a los míos, pero sonríe—.
Están pasando muchas cosas, ¿verdad? Tu cumpleaños, la gala del próximo fin
de semana, los exámenes finales, la graduación, la vida.
—Sí. —Aprieto sus manos—. Están pasando muchas cosas.
Mi madre es muchas cosas, y una de ellas es muy intuitiva. Practica Reiki
y enseña quiromancia. Es tan espiritual como se puede ser, y adoro eso de ella.
Que ella y mi padre acabaran juntos, aunque fuera brevemente, es un misterio.
La culpa la tienen las hormonas y el carisma.
—Tendrás tiempo de sobra para contármelo todo.
Asiento.
—Por supuesto. —Ya tengo el estómago revuelto.
Se deja abrazar brevemente por mi padre y yo hago lo mismo con North.
Lleva el cabello largo y rubio sucio recogido en una coleta, una camisa antigua
de los Beatles, pantalones de lino con cordón y un par de sandalias con calcetines
de lana. Huele como si se hubiera fumado un porro justo antes de entrar.
Me da unas palmaditas en la espalda.
—Me alegro de verte, Aurora.
—Tú también, North.
A continuación, él y mi padre se abrazan, porque North es todo afecto y
buen rollo. Acomodo a North y a mi madre en la habitación de invitados mientras
mi padre sirve bebidas y se asegura de que todo esté listo para la fiesta. Está
previsto que los invitados lleguen en media hora.
Mamá pasa su brazo por el mío y cierra la puerta del dormitorio detrás de
North. Siempre tarda media hora en acomodarse cuando vienen de visita.
Necesita equilibrar sus energías.
—¿Le diste rienda suelta a Roman en la decoración de la fiesta?
—No sé si se lo di tanto como para que tomara las riendas y corriera con
ellas. —Mi padre quería organizarme una fiesta y yo no podía negarme.
—Oh guau. Esto es otra cosa. —Mamá me aprieta el brazo mientras evalúa
el arco de globos metálicos rosas, blancos y plateados que hay delante de las
ventanas. También hay una pancarta con la inscripción “FELIZ CUMPLEAÑOS,
PEGGY” colgada a lo largo con un lugar para fotos.
—Sí. Realmente lo es.
—¿No son tus colores favoritos el azul y el amarillo? —Echa un vistazo a mi
atuendo.
Llevo una falda larga de tul blanco roto que casi toca el suelo y una blusa
azul claro sin hombros. Mi sujetador es del mismo color.
—No me importa el rosa.
Me aprieta el brazo.
—Cuando te gradúes, haremos un plan para irnos de viaje a algún sitio.
Las dos solas, adonde tú quieras. Incluso me atreveré a ir a cualquier gran ciudad
que quieras. Además, antes de que te instales en un nuevo trabajo, puedes
visitarme a mí y a North durante una semana. Tenemos un retiro de un mes en
Arizona el mes que viene. Creo que te encantaría.
—Suena divertido —acepto. Mi madre es una de las personas más sinceras
que conozco. Tal vez por eso las cosas se sienten complicadas con ella.
—Y quizá puedas traer al dueño de la colonia que llevas —susurra. Se me
revuelve el estómago.
—Zara, te he servido un vino blanco. —Papá le da una copa.
—Peggy, tengo prosecco para ti. —Me pasa una copa acanalada con
“CUMPLEAÑERA” grabado en bonita cursiva—. Y te he traído algo especial. —
Papá sale corriendo y vuelve un momento después—. ¡Ta da! —Me tiende una
tiara de oro rosa en la que también puede leerse CUMPLEAÑERA.
—¡Oh, vaya! Eso es... ¡tan divertido! —Gracias dulce bebé Jesús que la
cena viene a nosotros y no tengo que salir con una corona de cumpleaños.
—Pensé que te gustaría. —Papá sonríe.
—Me encanta, Papo. Me encanta. —Intento igualar su sonrisa, pero me
corroe la culpa plagada de mentiras. Lo adoro y lo mucho que se esfuerza, pero
creo que sigue viéndome con nueve años y no con veintiuno.
—¿Tal vez Zara pueda ayudarte a ponértela?
—Por supuesto que puedo hacerlo. —Mamá me aprieta el hombro.
—Genial. —Papá nos da dos pulgares arriba—. Llamaré al sitio tailandés
y me aseguraré de que aún estamos a tiempo para la entrega de las seis y media.
Los invitados deberían llegar en cualquier momento.
—Mamá y yo podemos encargarnos de la puerta. Tú haz lo que haga falta
—le aseguro.
En cuanto desaparece por el pasillo, mamá se vuelve hacia mí.
—¿Cuántas veces ha llamado al restaurante hoy?
—Tres, creo. Pero ayer dejé un montón de mercancía firmada para poder
darles las gracias y avisarles por adelantado. Solo quiere que todo sea perfecto.
—Te quiere con locura. —Me ayuda a sujetarme la diadema al cabello—.
Aunque creo que alguien olvidó decirle que cumples veintiuno, no doce.
Me encojo de hombros.
—Soy su único amor. —El esfuerzo que ha hecho por mi cumpleaños lo
demuestra.
Asiente pensativa.
—Sería bueno que encontrara a alguien.
—Concuerdo. He estado intentando que tenga citas, pero no estoy
teniendo mucha suerte. Quizá quien pague la noche con él en la subasta de gala
acabe siendo la mujer de sus sueños.
Mamá y yo nos reímos. El año pasado, en la subasta, lo compró una mujer
a la que le habría encantado algo más que un beso en la mejilla al final de la
noche, a pesar de que estaba más cerca de la edad de mi abuela que de la de mi
padre.
—¿A qué espera? —Se pregunta mamá.
—No lo sé. ¿Tal vez a que termine la universidad y esté solo? Está muy
centrado en lo que vendrá después de colgar los patines. Quizá quiera asentarse
en la siguiente fase de su carrera.
—Suena como una excusa para no dejar entrar a nadie en su corazón
excepto a ti —dice—. ¿Se da cuenta de la presión que eso ejerce en tu relación
con él?
—Renunció a mucho por mí —digo a la defensiva.
Su sonrisa se vuelve triste y cómplice.
—Siempre te ha elegido a ti, cariño. Desde el momento en que naciste,
fuiste su primer y único amor.
Esta conversación se está volviendo pesada, como ocurre a veces con mi
madre, y ya estoy cargando bastante con la culpa. Así que cuando suena el
timbre, me apresuro a contestar. Rix, Hemi, Tally y Tristan están en el pasillo.
Tristan sostiene una caja de postres, y todas las chicas tienen regalos envueltos.
—Se suponía que esta iba a ser una noche sin regalos —digo con las manos
en las caderas.
—Pfft. Como si hubiera tal cosa. —Hemi pone los ojos en blanco.
—Yo no he tenido nada que ver con tu regalo. Solo recogí el pastel —me
asegura Tristan.
Entran de uno en uno, abrazando a mi madre. Hemi ya la conocía, pero
Rix, Tally y Tristan no habían tenido el placer.
Cuando aún estamos parcialmente en el pasillo, Hollis abre la puerta con
una caja grande en la mano. Lleva pantalones negros de vestir, una camisa azul
abotonada y otra corbata que le regalé. Tiene un aspecto delicioso, como el
regalo de cumpleaños que más me apetece desenvolver. Vuelvo a repetirlo. En
su casa hay otros regalos para mí, lo sé. Pero esos son para más tarde, después
de que todo el mundo se vaya a casa y mis padres estén en la cama.
—Me gusta la tiara —dice con una sonrisa burlona.
—Adivina quién me la regaló.
Su sonrisa se ensancha.
—Oh, yo estaba allí cuando se compró.
Pongo los ojos en blanco.
—Claro que sí.
—¡Hollis! Ha pasado demasiado tiempo. —Mamá le da un abrazo.
Su ceño se frunce cuando su mirada se desliza hacia mí. La ansiedad me
hace galopar el corazón. Estoy siendo paranoica. Es imposible que sepa lo que
está pasando.
—Zara, siempre es un placer. ¿Ha venido North contigo? —pregunta Hollis
mientras levanta la caja que lleva en la mano.
—¡Sí! Solo se está centrando, pero saldrá en breve.
Papá se pone en plan anfitrión, sirviendo bebidas y asegurándose de que
todo el mundo sepa que hay una tabla de embutidos veganos y sin gluten.
También hace que todos los invitados nuevos se coloquen conmigo bajo el arco
de globos para hacerse una foto. Es ridículamente exagerado, y lo adoro por
ello.
Cuando North aparece por fin casi dos horas después, está muy claro que
se centró con un porro gigante por la ventana, porque huele como si se hubiera
enrollado en un campo de marihuana ardiendo. Inmediatamente bebe dos litros
de agua y carga un plato con el cincuenta por ciento de la tabla de embutidos
veganos.
Casi todo el equipo está aquí. Shilpa y Ash han traído a Dred, Flip y Dallas.
Suena música y hay una ridícula pila de regalos en una esquina de la habitación.
Ayer salí con mis amigos de la uni para una comida de cumpleaños. Fue fácil salir
de fiesta con mi madre en la ciudad.
—¿Así que North es tu padrastro? —Tally da un sorbo a su cóctel y observa
cómo él charla con uno de los novatos del equipo.
—Um, supongo, ¿algo así? Él y mi madre no están casados, pero se
consideran compañeros de vida. Tienen una relación abierta. —El año pasado
trajeron a un amigo e invitaron a Flip y Dallas a unirse a ellos en el jacuzzi. Papá
se puso firme y le dijo a North que no podía atraer a sus compañeros a la cama
con ellos—. Se quieren, pero también les gusta la variedad. No es para todo el
mundo, y desde luego no para mí, pero a ellos les funciona. Tendrías que ver su
capacidad de comunicación —le explico.
—Nunca compartiría a Ash —declara Shilpa.
—Siento lo mismo por compartir a Tristan —dice Rix. Su vida sexual era
prolífica y extensa antes de enamorarse de ella. Tampoco me lo imagino dejando
que otro la toque.
—Yo lo he hecho, pero no creo que lo convirtiera en parte de mi vida
amorosa como lo han hecho ellos —dice Dred.
—¿En serio? —pregunta Hemi.
Dred se encoge de hombros.
—Fue durante mi época universitaria. Duró unos meses. Fue divertido,
pero la dinámica puede ser difícil.
—Estás llena de sorpresas debajo de ese suéter, ¿verdad? —musito.
—Aparentemente. —Dred sonríe.
Encuentro a Hollis al otro lado de la habitación. Su mirada se fija en la mía
durante un segundo antes de volver a centrarse en su conversación con Dallas y
Tristan.
—Sí, a mí tampoco me gusta compartir.
Rix me da un codazo.
—Para con los ojos de lujuria.
—Lo siento. —Me bebo el resto de mi prosecco.
A pesar de pasar la mayor parte de la velada en el lado opuesto de la sala,
al final Hollis y yo acabamos juntos en la cocina. La cena ha terminado y el pastel
es lo siguiente, pero nos tomamos un breve descanso para refrescar las bebidas.
Echo un vistazo por encima del hombro para asegurarme de que estamos solos.
—Estás impresionante —dice en voz baja—. Mantenerme alejado de ti me
está matando.
Vivo para estos momentos robados mientras recojo su corbata y dejo que
se deslice entre mis dedos.
—Ni siquiera podemos estar cinco minutos a solas.
—Más tarde, cuando todos estén en la cama, me ocuparé de mi
cumpleañera —murmura mientras me ajusta la tiara—. Y esto no debe quitarse.
—Suelta la mano apresuradamente y da un paso atrás, pasando la mirada por
encima de mi hombro—. Oye, Zara, ¿puedo traerte algo?
Me doy la vuelta y veo a mi madre de pie al borde de la cocina.
—Solo a mi niña. —Sus ojos pasan de Hollis a mí—. Tu padre quiere servir
el pastel y tú has desaparecido.
—Estaba buscando otra botella de prosecco —le digo.
—Roman tiene champán para ti. —Me tiende la mano y la tomo.
—No olvides tu copa. —Señala el mostrador, donde está vacía.
Agarro eso también y miro a Hollis, pero su expresión no delata nada.
Gracias a Dios no he intentado besarlo. Lo único que hizo fue ajustarme la
diadema. Fue totalmente inocente.
Mamá no dice nada, así que cruzo los dedos.
Todo el mundo canta «Cumpleaños feliz» y yo corto el pastel. Luego mi
padre me hace abrir los regalos que me ha comprado, que incluyen dos sábanas
de baño rosas de Barbie personalizadas con Peggy en enorme cursiva.
—Vaya, Papo, son geniales.
Su sonrisa es enorme.
—Son muy suaves. Me aseguré de que fueran como las que tiene Hollis.
Tristan se atraganta con su cerveza. Rix le da una palmada en la espalda.
Hollis da un sorbo a su whisky.
Casi me muero.
—Son perfectas.
Y luego, como no tengo suficientes cosas rosas, mi padre también me
compró una bata fucsia, un pijama a juego, unas zapatillas peludas y un nuevo
juego de maletas rosa metalizado. Es mucho. Me mima y me hace sentir muy
querida, pero agradezco no tener que abrir el resto de los regalos delante de
nuestros invitados.
La fiesta continúa hasta bien pasada la medianoche. Es la una y media de
la madrugada cuando mi padre, mi madre y North se acuestan por fin. Espero
veinte minutos antes de escabullirme por el pasillo hasta casa de Hollis. Le
prometí a mi padre que me quedaría con él mientras mamá estaba de visita. Es
una tradición.
Hollis se ha quedado dormido en el sofá esperándome, con Postie y
Malone dormidos a su lado.
Me despojo en silencio de la blusa y la falda, dejándome puesto el
conjunto de sujetador y bragas de encaje azul que Hollis me compró y la
diadema. Tiene la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y los labios ligeramente
entreabiertos. Me inclino hacia él, apoyando una mano a cada lado mientras le
susurro:
—Hollis, despierta.
—Princesa —murmura somnoliento. Sus dedos se deslizan por mi cabello
y sus labios se mueven contra mi mejilla—. ¿Ya es la hora?
—Es tarde. —Beso su mandíbula hasta llegar a sus labios—. Quiero
desenvolver mi regalo favorito —ronroneo mientras encuentro el dobladillo de
su camisa.
—Todavía no. —Se echa hacia atrás, con los ojos ya cargados de deseo
mientras me agarra suavemente la muñeca—. Déjame verte. —Me enderezo y
siento sus ojos como una caricia—. Tan jodidamente hermosa. —Sus dedos
recorren la parte exterior de mi muslo—. Date la vuelta para mí.
Le doy la espalda, mirándolo por encima del hombro mientras sus dedos
suben por la parte exterior de mis piernas y se sienta hacia delante.
—Este jodido culo. —Me aprieta una nalga y me muerde la otra con un
gemido bajo—. Saber que llevabas esto debajo de ese bonito conjunto esta
noche ha sido una tortura. —Me gira para que lo mire—. Las cumpleañeras
traviesas se merecen unos azotes, ¿no crees?
Todo se tensa por debajo de la cintura. Hollis espera, tal vez para evaluar
mi reacción.
Me trago mis nervios.
—Luego voy a hacer que te corras tantas veces como puedas soportar,
princesa. —Se echa hacia atrás y se palmea los muslos—. Sé una buena chica y
trae ese culo aquí.
El corazón me martillea en el pecho mientras me estiro sobre su regazo.
Su erección me aprieta el costado y él exhala un fuerte suspiro mientras me pasa
suavemente la mano por la columna.
—Princesa. —La voz de Hollis es una aspereza profunda y áspera que hace
que me pique el clítoris.
Levanto el codo y apoyo la mejilla en el puño mientras giro la cabeza en
su dirección. Al mismo tiempo, doblo las rodillas y cruzo los pies.
—¿Sí, papá Hollis?
Se pasa la lengua por los dientes, con los ojos entrecerrados.
—Haces eso para meterte bajo mi piel, ¿no?
Sonrío y pestañeo.
—Absolutamente.
—Qué mocosa. —Me pega en el culo. No con fuerza. Solo una ligera
palmada seguida de un áspero amasamiento.
La sonrisa se me borra de la cara y gimo.
—¿Te gusta la sensación? —Su voz es grave y su expresión se ensombrece
mientras me frota el culo en círculos relajantes.
—Sí —susurro.
Me empuja las pantorrillas hacia abajo hasta que los pies me cuelgan del
borde del sofá y me pasa la mano por la parte posterior del muslo. No me espero
la siguiente palmada. Grito.
Aprieta la palma de la mano contra la carne que le escuece.
—Dime si es demasiado, o si no te gusta, y pararé.
Me encuentro con su mirada ardiente. Su mirada es embriagadora,
adictiva.
—Puedo soportarlo.
—Joder, princesa. —Me sostiene la barbilla con la palma de la mano y me
besa con rudeza, luego me chupa ligeramente el labio inferior—. Eres tan
perfecta para mí.
Asiento.
—Solo para ti.
—No pararé hasta que me lo ruegues o te corras en mis dedos, lo que
ocurra primero.
—Sí, por favor.
Dos palmadas rápidas siguen.
Suelto un grito ahogado y gimo cuando su mano se desliza entre mis
muslos y sus dedos rozan mi clítoris.
—Tan jodidamente húmeda para mí —murmura.
Gimo cuando su mano desaparece de entre mis muslos y chillo cuando me
da una palmada en el culo. Y entonces sus dedos vuelven a estar entre mis
muslos. Empujo contra ellos, deseando más. Pero desaparecen y su mano se
desliza por mi culo. Apoyo la mejilla en el brazo y observo su cara. Su sonrisa se
ensombrece cuando levanta la mano y la baja. Con fuerza. Mi jadeo se convierte
en gemido cuando sus dedos vuelven a llenarme, a follarme.
—Tan perfecta. —Hollis posa su otra mano en la parte baja de mi espalda
para mantenerme quieta mientras me folla con los dedos. Esta vez no los quita
cuando me azota.
El tacto áspero de sus pantalones sobre sus muslos roza mi piel. Cada roce
me produce una sobrecarga sensorial. Solo puedo pensar en él. Cada presión de
la palma de su mano es como si me moldeara para convertirme en algo hermoso
a punto de hacerse añicos.
Estoy tan cerca, al borde del abismo, y él lo sabe. Me masajea el clítoris,
luego añade otro dedo, me estira y entonces caigo, vuelo mientras el orgasmo
me atraviesa.
—Eso es, persíguelo. —Hollis murmura palabras de elogio y aliento
mientras yo tiemblo y me estremezco.
Jadeante y sudorosa, me derrito en el sofá, luchando por recuperar el
aliento.
Hollis me aparta el cabello de la cara.
—¿Aurora? ¿Estás bien?
—Entonces... —Me muerdo el labio—. Es seguro decir que soy un fan de
la dedo-follada con azotes.
Se ríe y me coloca a horcajadas sobre su regazo.
—Yo también. —Me acomoda la diadema—. Ahora déjame ser dulce
contigo. —Me agarra suavemente por detrás de los muslos y me pone de pie.
Me agarro a sus hombros y le rodeo la cintura con las piernas mientras me
lleva a su dormitorio.
Mientras me tumba en el edredón, miro a mi alrededor. Las velas
eléctricas parpadean por toda la habitación y la cama está cubierta de pétalos
de rosa amarilla.
—Hollis, esto es increíble.
—Igual que tú.
Froto uno de los delicados pétalos entre mis dedos mientras él se quita la
ropa y se estira a mi lado.
—No tenías por qué hacer todo esto.
—Por supuesto que sí. Es tu cumpleaños y te mereces que te trate como la
princesa que eres. —Me besa con reverencia y me quita el sujetador y las
bragas. Me besa por todo el cuerpo y me lleva al orgasmo con su boca antes de
acomodarse entre mis muslos.
»He esperado todo el día para poder tocarte así —susurra contra mis
labios mientras me llena.
—Yo también. Me moría por estar cerca de ti esta noche —admito.
Me hace el amor con dulzura y suavidad, llevándome al borde del éxtasis
una y otra vez hasta que los dos deliramos de agotamiento. Quiero quedarme a
dormir en sus brazos, pero mi madre es muy madrugadora, así que vuelvo a casa
de mi padre a las cinco y media de la mañana.
Cierro la puerta con cuidado y pongo el pestillo de seguridad. Y luego casi
me muero de palpitaciones cuando llego a la cocina y mi madre está sentada en
la isla con una taza de té.
—Joder, mamá, me has dado un susto de muerte.
Lleva un camisón en el que se lee NAMASTE en la cama.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?
Mis ojos recorren la cocina.
—¿Cuánto tiempo ha...?
Me mira.
Me muerdo los labios.
—¿Cuánto tiempo, cariño? —Su voz vacila con ansiedad y algo más.
—Desde enero más o menos.
Ella asiente una vez y exhala lo que parece ser un suspiro de alivio.
—¿No pasó nada entre ustedes antes de eso?
Sacudo la cabeza.
—Quiero decir, he tenido un enamoramiento por un tiempo. Pero no fue
hasta esta temporada que me vio como algo más.
—¿Esto es una aventura?
—No.
Me mira durante unos largos segundos antes de preguntarme:
—¿Significa eso que lo de ustedes va en serio? ¿Que busca la
exclusividad?
—Sí. Vamos en serio. —La exclusividad es evidente. Ni siquiera pudo
soportar que yo fuera a tomar café con otra persona.
—Y Roman no es consciente de lo que está pasando. Conoces sus reglas
sobre salir con jugadores. —Es una afirmación, no una pregunta.
—Vamos a decírselo. Solo quiero terminar con los exámenes y la gala
primero. Ya sabes cómo puede ser papá.
—Eres su bebé.
—En tres semanas me habré graduado de la universidad. Soy su bebé,
pero no soy una bebé.
—Sé que este mundo en el que has crecido te ha hecho madurar más
rápido que a la mayoría. Pero aún te queda mucho por aprender y crecer. —Me
tiende la mano y yo la apoyo en la suya—. Confío en que tomes decisiones
informadas sobre con quién quieres estar. Tu padre es un fantástico ejemplo de
buen hombre. Puede ser sobreprotector, y a veces inconsciente cuando se trata
de cómo te ve frente a quién eres realmente. Pero que ocultes esto me preocupa.
¿Por qué ese secretismo?
Miro por encima del hombro para asegurarme de que estamos solas.
—Él quiere decírselo a papá, pero le he pedido que espere. Papá se
enfadará. No estará de acuerdo con esto. Al principio no, pero espero que sí con
el tiempo. Solo necesito que esto no afecte a mis exámenes ni al final de su
temporada. —Mi padre ya ha renunciado a tanto por mí, y ahora esto. ¿Y si es
demasiado? ¿Y si esto es lo que le hace darse cuenta de que todos sus sacrificios
fueron inútiles?
—Ni siquiera le estás dando a Roman la oportunidad de manejar sus
sentimientos en esto.
—Pero no son solo sus sentimientos, mamá. También son los míos. No creo
que pueda soportar que se enfade conmigo. Peor, ¿y si me dice «no estoy
enfadado, estoy decepcionado»? Pensar en ello es... —Sacudo la cabeza—. Me
pone enferma. Nunca nos peleamos. Esta es su penúltima temporada, y tengo
que terminar el año con fuerza. Además, ¿y si no puede perdonarme por esto?
¿Y si me odia por ello? ¿Y si cambia nuestra relación y no puedo arreglarlo?
—Cariño, tu padre nunca te odiaría, ni podría odiarte. Y sí, podría muy
bien cambiar tu relación con él. Pero estás permitiendo que tus miedos al «qué
pasaría si» dicten tus acciones. Quizá sería mejor hablar con él ahora.
El pánico se apodera de mí.
—No se lo dirás, ¿verdad?
Me dedica una sonrisa triste.
—No es mi responsabilidad. Es de ti y Hollis. Pero no puede sentirse bien
estar en la misma habitación y mantener la distancia. Ocultar todos esos
sentimientos que tienes por él, y él por ti. Mentir. —Me toma la mejilla con la
mano—. Cariño, eso es muy duro para tu corazón y tu alma.
—Hollis ha tenido un año muy difícil. Acaban de permitirle para que vuelva
al hielo. No quiero estropear la dinámica del equipo. —Podría arruinarlo todo.
—El amor siempre es complicado, Aurora. Pero si tiene tus mejores
intereses y tu corazón en mente, tiene que ponerte en primer lugar en lugar de
mantenerte en secreto. Te quiero mucho, mi dulce niña. Solo quiero lo mejor
para ti.
Hollis
La ventaja de que Aurora se quede en casa de Roman mientras Zara está
de visita es que lo único que tiene que hacer es cruzar el pasillo cuando todos
estén en la cama. La desventaja es la posibilidad de que me pillen colándome de
nuevo —Zara ya lo ha hecho una vez— y la creciente conciencia de que estoy
engañando a Roman. Pero eso no me ha impedido ver a Aurora. O de meterme
dentro de ella. Soy un adicto, siempre buscando una dosis, preocupado de que
la próxima vez sea la última. La última vez para tocarla, besarla, abrazarla.
Vuelvo de la tienda de comestibles porque me he quedado sin la comida
favorita de Postie y Malone. También he comprado unas golosinas para Aurora y
una botella de su vino favorito. Tenemos planes para esta noche, cuando todo el
mundo esté en la cama.
Mi teléfono vibra, lo saco del bolsillo y compruebo el nuevo mensaje de
Aurora.

Princesa
Tengo una hora antes de irme a clase y te necesito.

Compruebo la hora. Roman y yo vamos a casa de Tristan a entrenar dentro


de media hora. Acelero el paso al doblar la esquina.

Hollis
¿No puedes esperar hasta esta noche?

Princesa
*GIF con cara de puchero*
Lo sigue con una foto del Batipene tumbado en su cama, en su propio
apartamento, basándose en la falta de rosado.

Princesa
Supongo que me ocuparé de ello por mi cuenta.

Tengo tiempo suficiente para que se corra antes de reunirme con los
chicos.

Hollis
No empieces sin mí.

Camino a toda velocidad el resto del trayecto y su puerta se abre cuando


llego al final del pasillo. Aurora lleva una bata corta de satén azul ceñida a la
cintura y un par de calcetines del equipo, las puntas de su cabello están
húmedas.
—Hola.
—Hola, tú.
Ella echa el pestillo mientras yo me quito la chaqueta, me descalzo y dejo
la compra en la mesa auxiliar. En cuanto tengo las manos libres, la atraigo hacia
mí y le rozo el culo con la palma de la mano.
—¿Estás desnuda ahí debajo?
Asiente mientras enlaza sus manos detrás de mi cuello.
—Sé que tienes un entrenamiento pronto, así que quería estar preparada.
—Siempre tengo tiempo para ocuparme de ti. —Agarro la parte de atrás
de sus piernas, levantándola, los dedos cerca de todo lo apretado, suave y
húmedo.
Me rodea, engancha sus pies en mi espalda y me pellizca la mandíbula.
—No me canso de ti.
—El sentimiento es mutuo. —La llevo a su habitación, cierro la puerta de
una patada y me muerde el cuello.
El Batipene está tumbado en su cama. Me subo con Aurora todavía
envuelta alrededor de mí.
Le doy un golpecito en el muslo.
—No puedo ayudarte así a menos que tu plan sea montarme el estómago.
Se desengancha de mí y se deja caer en la cama. Se lleva las manos a la
hebilla de mi cinturón.
Agarro sus muñecas con las mías y la miro de reojo.
—Qué mocosa. ¿Crees que te mereces mi polla ahora mismo?
Su labio inferior sobresale.
—Pero te deseo.
Nada sonará tan bien como ella diciéndome lo mucho que me desea, que
me necesita. Deslizo los dedos por el cabello de su nuca y cierro los labios sobre
los suyos.
—¿Cómo debería follarte? —Tiro del lazo de su cintura y su bata se abre.
—Como quieras. Solo necesito que me hagas venir, Hollis. Nunca es tan
bueno cuando lo hago yo misma.
Le rozo el pezón con un nudillo y ella gime.
—¿Te lleno con los dedos? —Los deslizo por su vientre, deteniéndome
cuando llego al vértice de sus muslos—. O quizá con la lengua.
—Por favor, sí. —Sus dedos acarician mi muñeca e intenta guiarla entre
sus muslos.
Rozo mis labios con los suyos.
—Recuéstate para mí.
Ella obedece y se deja caer sobre las almohadas. Le rozo el clítoris con el
nudillo.
—Tan húmeda y lista.
—Estoy así cada vez que pienso en ti. —Sus piernas se abren para mí y yo
le acaricio la abertura.
Batipene rueda hacia su pie cubierto de calcetines, y yo se lo arrebato
antes de que pueda.
—Creo que es hora de que averigüe por qué estás tan enamorada de esto.
Sus ojos se encienden por un momento, pero su sonrisa se vuelve tímida.
—Pero si estás aquí. ¿Por qué iba a necesitar a Batipene cuando puedo
tenerte a ti?
—Me tendrás luego. —Me subo las mangas hasta los codos y observo la
flecha en la parte inferior del dispositivo. La giro y el vibrador empieza a zumbar.
—Puedo enseñarte. —Aurora se mueve para sentarse.
—Creo que puedo averiguarlo. —Me coloco entre sus muslos abiertos y
presiono la cabeza zumbadora contra su clítoris. Grita y sus rodillas se aprietan
contra mis caderas.
Cuando intenta zafarse, le pongo el antebrazo sobre el vientre,
inmovilizándola contra la cama, pero reduzco el zumbido. Vuelve a abrir las
piernas y pone los ojos en blanco. Respira entrecortadamente mientras deslizo
el vibrador en su interior, viéndolo desaparecer centímetro a centímetro.
—Oh, joder. Sí, por favor... —Gime cuando lo inclino hacia arriba y lo saco,
resbaladizo y cubierto de sus jugos.
Empiezo un ritmo lento y fácil. Del tipo que la mantendrá al borde,
necesitando más.
—Esta noche, cuando estemos solos, primero llenaré esta linda boquita
con mi polla, y luego follaré este coño goloso hasta que te corras sobre mí.
—Oh, Dios, hazlo ahora, por favor. —Mete una mano entre los muslos, pero
le agarro la muñeca.
¿Cuánto me gustaría mandarla a clase con los labios hinchados? Pero no
quiero precipitarme. Sacudo la cabeza.
—Las chicas malcriadas tienen que esperar para que las follen como es
debido. —Me agacho y le muerdo el interior del muslo, cerca de la rodilla.
—Necesito más —gimotea.
—Tendrás más cuando esté listo para dártelo. —Cambio el ángulo y
encuentro el punto que hace que vuelva a poner los ojos en blanco y que esos
gemidos profundos que tanto me gustan broten de sus labios. Me rindo a sus
ganas de saborearla, empujo el vibrador hasta el fondo mientras capturo su
clítoris hinchado y lo chupo. Al mismo tiempo, arrastro el pulgar de mi mano
libre por el borde del vibrador, bajando aún más, hasta que rozo con el pulgar
la puerta número dos, como a ella le gusta llamarla, mientras se sonroja.
Suelta un jadeo agudo mientras masajeo suavemente la estrecha abertura.
Levanto la mirada hacia la suya y la aprieto, poniéndola a prueba.
—Hollis —su voz es suave y entrecortada.
—¿Quieres más, princesa? —Le acaricio el clítoris.
—Por favor, sí —gime.
Sigo follándola con el vibrador mientras rodeo su clítoris con la lengua y
le meto el pulgar en el culo, hasta el primer nudillo.
—Oh Dios. Dios mío. —Se agarra un pecho y se arquea.
Empujo más adentro, con la polla palpitando ante las posibilidades. De lo
divertido que será mostrarle todas las formas en que puedo hacerla sentir bien.
—Me siento tan llena. Eso es... Oh, yo... —Sus manos se deslizan por mi
cabello y gime mi nombre, con las caderas girando y sacudiéndose mientras sus
muslos se cierran en torno a mi cabeza. Se estremece violentamente e intenta
apartar mi boca, pero yo vuelvo a succionar, adicto al sonido de mi nombre en
sus labios, a la sensación de su latido contra mi lengua.
La lamo por última vez y levanto la cabeza mientras sus manos caen de mi
cabello. Primero saco el pulgar, luego apago el vibrador y lo retiro lentamente.
Abre los ojos y sonrío al ver su cara de aturdimiento.
—¿Te encuentras mejor?
—Inmensamente —murmura—. Puedes follarme con Batipene cuando
quieras. Y haz eso con el pulgar. —Sus mejillas se sonrojan.
Le doy un beso rápido, deseando poder follármela exactamente como
quiero, y luego miro el reloj de su mesilla.
—Me tengo que ir. Te veré esta noche.
—Pero tienes una erección ridícula. —Me echa una mano a la entrepierna.
Los pantalones de jogging no ayudan a mi situación.
—No te preocupes, me calmaré. —La dejo tirada en la cama y me apresuro
a meter los pies en los zapatos y agarrar la chaqueta del suelo. Me ajusto la
capucha para que cubra mi problema y me dirijo a los ascensores. Las puertas
se abren y Roman levanta la vista de su teléfono.
—Oye, hombre, te estaba mandando un mensaje. —Su mirada se desplaza
hacia el número del ascensor—. ¿Estabas en casa de Peggy?
Me apresuro a buscar una buena razón para estar en casa de su hija que
no incluya follármela con su maldito vibrador.
—Sí. Me quedé sin croquetas para gatos y le compré a Aurora unas patatas
fritas con tocino ahumado porque me dijo que no las había encontrado cuando
fue a comprar a principios de semana. Las estaba dejando.
El ascensor no parece un buen lugar para decirle la verdad, ya que aquí
no hay forma de escapar de su ira, pero ¿no es lo que me merezco de todas
formas? Odio ver a Aurora tan ansiosa por ello, y me dan ganas de arreglarlo.
Casi abro la boca para decir algo, pero las palabras se me atascan en la garganta.
Me ha pedido expresamente que espere. Que le diera tiempo. Necesito confiar
en que el todavía no se convertirá en ahora. Es más difícil de lo que quisiera. Mi
pasado se cuela en mi presente, el miedo a que cambie de opinión clavándome
sus garras. Podría alejarla si digo algo ahora. Y la idea de perderla... es una
herida de la que no estoy seguro de poder curarme. No puedo dejarla ir.
Sonríe y me da una palmada en el hombro.
—Te agradezco que siempre estés pendiente de ella, incluso de las
pequeñas cosas, hermano.
Me froto los labios, intentando camuflar mi culpabilidad, pero mis dedos
siguen oliendo a Aurora. Me los meto en los bolsillos.
—No es para tanto.
—Es bueno saber que puedo contar contigo para que me apoyes cuando
se trata de mi niña. No podría pedir un mejor amigo.
La vergüenza es una pesada roca en mi estómago mientras fuerzo una
sonrisa. Sé que no será fácil, pero Aurora y yo tenemos que averiguar cómo
decírselo antes de que sea demasiado tarde.

Roman tiene que hacer un par de recados después del entrenamiento. Me


invita, pero me siento como una bolsa de basura, así que vuelvo a mi casa.
Cuando entro en mi penthouse, Zara asoma la cabeza por la puerta de Roman.
Lleva una falda larga, un top vaporoso y el cabello largo recogido en una
trenza sobre el hombro. Veo a Aurora en su esbelta figura, sus ojos oscuros y su
suave sonrisa.
—Hola, Hollis. ¿Tienes un minuto?
—Sí. Por supuesto. Pasa. —Me hago a un lado y ella cruza a mi lugar.
Llevaba esperando esto desde que pilló a Aurora volviendo a hurtadillas
el día de su cumpleaños, hace dos noches. Según Aurora, prometió no decirle
nada a Roman. Le sugerí que tal vez ahora era el momento de decírselo. Pero
Aurora casi rompe a llorar, preocupada por cómo afectaría al resto de la visita
de Zara, así que cedí. Espero que Zara no haya cambiado de opinión.
—¿Puedo traerte algo? ¿Algo de beber?
—Un vaso de agua estaría bien, gracias. —Echa un vistazo a mi casa. Uno
de los coleteros de Aurora está en el suelo. Malone ha decidido que son su nuevo
juguete favorito.
Le ofrezco asiento en el salón y me excuso para servirnos agua a los dos.
Me da tiempo a serenarme. Zara es tranquila, pero me imagino cómo se ve esto
desde su punto de vista.
Cuando vuelvo, Postie ya se ha acomodado en su regazo en el sofá. Malone
está acurrucado a su lado. Me siento en el sillón frente a ella y Malone se
acomoda en mi regazo. Por suerte, no empieza a tirarse a su manta. Es como si
supiera que es inapropiado en su compañía.
—Creo que eres un gran tipo, Hollis, y creo que tratarás bien a Aurora.
Pero tengo algunas preocupaciones reales.
Vamos directo al grano, aparentemente.
—Planeamos hablar con Roman.
—Aurora mencionó eso. —Acaricia a Postie, que ronronea como una loca,
ajena a la tensa conversación que está teniendo lugar—. Permíteme ser muy
clara. Entiendo que todo el mundo me vea como una hippie amante de la
libertad, que lo soy. Pero es la franqueza de mi relación con North, y nuestra
voluntad de comunicarnos y establecer límites claros, lo que permite esto.
¿Cómo crees que le sentará esto a Roman? ¿Cómo se sentirá sabiendo que has
estado saliendo con nuestra hija a sus espaldas? —Su tono no es de confrontación
o combativo; es una pregunta que quiere que le respondan.
Me quedo con la honestidad.
—Creo que estará muy molesto.
Ella asiente lentamente.
—Sobre todo porque se lo ocultas intencionadamente.
—Prefiero soportar la ira de Roman que crear más estrés para Aurora.
Sobre todo, con todo lo que le pasa. La idea de que se enfade me desquicia —
respondo.
Zara vuelve a asentir.
—¿Y por eso te empeñas en esperar? ¿Porque crees que no puede
soportar más estrés?
Estas razones son convenientes y ocultan mis miedos más profundos: que
Aurora se dé cuenta de que puede hacerlo mejor, que el equipaje que llevo
encima es más de lo que está preparada para soportar. Me paso las manos por
los muslos, meditando cuidadosamente mis palabras.
—Aurora está acostumbrada a cuidar de Roman tanto como él cuida de
ella. Ella es la que lo anima en un mal día. Se ocupa de él cuando está enfermo o
recibe un golpe fuerte en el hielo. Él es tanto su mundo como ella el suyo. Le
preocupa la reacción de Roman y cómo afectará a la dinámica del equipo de cara
a las eliminatorias. Roman es mi mejor amigo. Odio admitirlo, pero no se
equivoca. Va a estropear las cosas en el hielo.
Arquea una ceja.
—¿De verdad crees que esa es su única razón?
—El miedo a lo desconocido y a herir a Roman encabezan su lista. —Hay
un nivel de codependencia entre ellos, pero parte de eso está directamente
relacionado con el papel de Zara en su vida. No quiero ir más allá de lo que
quiero bucear en mi propia mierda.
Ella frota la mejilla de Postie mientras yo hago lo mismo con Malone.
Gracias a Dios por los gatos egoístas que quieren que los acaricien. Es lo único
que calma mi ansiedad.
—No puedo obligarte a decírselo antes a Roman, y desde luego
comprendo tu preocupación por su reacción. Es increíblemente protector con
nuestra hija. Aprecio que quieras apoyar las necesidades de Aurora. Creo que
puedes ser muy bueno para ella, pero es joven. Tú tienes mucha más experiencia
en la vida. ¿Cómo te asegurarás de que sea una persona sana? Es más fácil
manipular a tu pareja cuando hay tanta distancia entre ustedes. —Levanta una
mano cuando empiezo a intervenir—. No creo que sea algo que harías
intencionadamente, pero ella te buscará para que la guíes. Depende de ti
asegurarte de que le ayudes a desarrollar todo su potencial. Sería fácil para ti
abalanzarte sobre ella y cuidarla, darle todo lo que pueda desear. Pero como
compañero, también tendrás que asegurarte de que sigue el camino que quiere,
y no el que tú le marcas.
Asiento, asimilando sus palabras. Son cosas en las que he pensado, pero
quiero tranquilizarla de todos modos. Quiero su aprobación y su apoyo, no solo
para mí, sino para Aurora.
—Yo estoy en los últimos años de mi primera carrera, y ella está a punto
de empezar la suya, así que emprenderemos juntos un nuevo camino. Es
ambiciosa y motivada. Quiero estar ahí para apoyar sus sueños y ayudarla a
alcanzarlos.
Zara sonríe.
—Solo recuerda que como su amante, tus consejos y tus palabras tendrán
más significado que la mayoría. Aurora siente algo increíblemente profundo por
ti, e intuyo que tú también. Creo que por eso le sigues la corriente con Roman.
Pero depende de ti demostrarle que ella vale el riesgo que ambos corren.
—Lo vale. Absolutamente.
—Ahora mismo, creo que crees que la estás poniendo a ella primero al
respetar su petición de secreto. Pero, ¿a quién estás protegiendo realmente al
no decírselo a Roman? ¿El corazón de quién estás arriesgando? A veces, tratando
de no herir a alguien, terminamos haciendo el mayor daño.
Hollis
—Eres tan bueno en esto. Sí. Querido Señor en el cielo. Justo ahí. ¡Ah!
¡Dulce fu-Postie! ¡Ahora no! —Una de las manos de Aurora abandona mi cabello
mientras empuja a Postie lejos. Por cuarta vez en los últimos diez minutos—. ¿No
ves que Hollis está ocupado con otro gatito?
—Te dije que deberíamos haber cerrado la puerta —murmuro contra su
piel, sin dejarme intimidar por la insistencia de Postie en que él es el gatito al
que debería prestar atención.
—Solo maúllan a la puerta. Me distrae —se queja.
—¿Más distracción que Postie intentando tumbarse en tu pecho mientras
te follo con la lengua? —Desengancho el brazo de su muslo y busco el ratón de
juguete que tanto le gusta a Postie. Lo rodeo con los dedos y lo arrojo al otro lado
de la habitación.
Postie maúlla y se lanza al aire.
Chupo el clítoris de Aurora y ella se inclina sobre la cama.
—¡Ah! Mierda. Hazlo otra vez.
—¿Qué ha sido eso? —Deslizo un solo dedo dentro de ella, pero no me
enrosco.
—Otra vez, otra vez. Hazlo otra vez —me pide. Me encanta lo vocal que es
en la cama. Su confianza entre las sábanas, o en la ducha, en el sofá, en la
encimera de la cocina, crece cada día, y es jodidamente sexy verla descubrir su
lado intensamente sensual. No tiene miedo de contarme lo que quiere y necesita
con todo lujo de detalles.
Intenta girar las caderas, pero le paso el otro antebrazo por el bajo vientre,
sujetándola.
—¿Hago qué otra vez? —La golpeo suavemente.
—Hollis —se queja.
—Dime lo que quieres, princesa. —Levanto la mirada y me encuentro con
la suya, frustrada.
Postie salta de nuevo a la cama y deja caer el ratón de juguete junto a su
cabeza.
No puedo evitarlo. Sonrío.
Me fulmina con la mirada, agarra el ratón de juguete y lo lanza por la
habitación. Luego su expresión se suaviza, al igual que su voz.
—Por favor, chúpame el clítoris, Hollis.
Lo hago, pero con cuidado.
»Más, por favor, con dientes. —Me acaricia la mejilla—. Y más dedos, por
favor, para que esté lista para tu polla.
Podríamos pasar todo el día en la cama, y nunca sería suficiente. Ni para
ella, ni para mí. El equilibrio de poder es adictivo. A veces es complaciente y
dulce; a veces es exigente y necesitada. Y a veces me presiona hasta que me
rompo, que es lo que más me gusta. No creo haber tenido tanto sexo ni siquiera
cuando tenía veinte años.
Añado un segundo dedo, pero sigue sin rizarse. Y chupo, pero aún no
como ella quiere.
—¿Así?
—Todavía más, por favor. —Añado un tercer dedo y rozo su clítoris con los
dientes.
—Sí. Dios. Gracias. —Su mano se aprieta en mi cabello—. Más, por favor.
—Ya estoy usando tres dedos, princesa —murmuro.
—Puedo aguantar más… Tristan pone toda su mano en la vagina de Rix —
jadea.
Levanto la cabeza. No he podido oírlo bien.
—Lo siento, ¿qué?
Sus ojos se encienden y susurra:
—Hacen el Chasing Amy.
—¿Te refieres a la película de Kevin Smith de los noventa? —
Probablemente la vi de adolescente.
—Sí. —Hace un círculo con el pulgar y el dedo medio y luego desliza la
otra mano por él hasta sujetarse la muñeca.
—¿Esa es toda su mano? —Mi mirada baja hasta donde tres dedos están
enterrados dentro de ella. La física de eso no parece la ideal. Rix es pequeña, y
las manos de Tristan son como guantes de béisbol.
—Quizá deberíamos hablar de esto más tarde. —La cara de Aurora es de
un adorable tono rojo mientras intenta empujar mi cabeza hacia abajo.
—O quizá no deberíamos. —Enrosco los dedos.
Jadea. Le lamo el clítoris y luego la agarro, viendo cómo pone los ojos en
blanco.
Se agarra el pecho derecho y tira con fuerza del pezón.
—Sí, sí, sí —canta, arqueando la espalda mientras le tiemblan las piernas
y el orgasmo la invade.
No le doy tiempo a que se le pase el subidón. Me coloco un condón, me
estiro sobre ella y cambio los dedos por la polla, que introduzco de un solo
golpe. Me abraza con fuerza, con las piernas enganchadas a mi espalda y los
brazos rodeándome el cuello.
Su orgasmo se prolonga, su cuerpo se estremece y en mis labios zumba
un quejido. Me aparto para poder verla. Las uñas de Aurora se clavan en mi
hombro, los dedos de su otra mano tiemblan contra mi mejilla, mi nombre es un
susurro casi insonoro en sus labios.
—Dios, eres preciosa cuando te corres por mí —murmuro.
—No quiero que se acabe —jadea mientras se retuerce debajo de mí.
Cada vez es mejor que la anterior. Siento la conexión que tenemos en algo
más que nuestros cuerpos. La siento en la suavidad de sus ojos, en la forma en
que susurra mi nombre. Estoy a punto de decirle lo que siento, lo profundamente
arraigada que está en mi corazón, pero otro orgasmo la atraviesa. Aurora abre la
boca y sus ojos se cierran mientras su cuerpo se contrae. Y entonces caigo con
ella.
Media hora más tarde, estamos sentados en el salón, Aurora lleva una de
mis sudaderas con capucha y sus piernas descansan sobre las mías. Le paso una
mano por la pantorrilla desnuda.
—¿Cómo te sientes respecto a la gala? Faltan pocos días.
—Bien. Genial, de hecho. —Se le iluminan los ojos—. Tenemos una mesa
entera para la Academia de Hockey, que es increíble. Han confirmado que
vendrán Kodiak Bowman y su mujer.
—Es una gran noticia. —Es el nuevo “chico dorado” del hockey. Está en
camino de pulverizar muchos récords.
—Hemi cree que ésta será nuestra mejor gala hasta la fecha. Me encanta
esta faceta del mundo del hockey y cómo podemos devolver algo a la comunidad
que nos apoya.
Su entusiasmo es contagioso.
—Me encanta tu pasión por esto.
—Siento que he encontrado mi vocación, ¿sabes? —Me pasa las uñas por
la nuca—. Hemi dice que la subasta es donde solemos ganar más dinero.
—Puedo retirarme, decirle a Hemi que no puedo participar. —He estado
pensando mucho en esto. En parte porque Scarlet asistirá, y aunque le he dicho
que no estoy interesado en reavivar nuestra relación, me preocupa que puje por
mí de todos modos.
—La mayoría de las citas suelen acabar siendo una noche para pasar el
rato con un jugador de hockey, como la que Dallas acabó pasando la suya en el
pueblo de jubilados con la abuela del entrenador —dice—. Además, si te echas
atrás habrá preguntas. Y la gente podría pensar que es por Scarlet.
Puedo sentir su aprensión al respecto, que es la única razón por la que no
presiono más.
—No quiero a nadie más que a ti.
—¿Scarlet todavía te quiere?
La única manera de tranquilizarla es ser honesto con ella sobre mi historia
con Scarlet. Si quiero que esto funcione, tengo que abrirme.
—Ella sabe que no estoy interesado. No soy la misma persona que era
cuando salíamos. Su vida es muy pública, y aunque ser jugador profesional de
hockey significa que partes de mi vida están disponibles para el consumo
público, nunca estuve de acuerdo con que mi relación personal salpicara todas
las redes sociales.
Aurora duda, parece insegura.
—Sé lo reservado que eres con tu vida, pero ¿me contarás lo que pasó?
Debería habérselo ofrecido en cuanto volvimos de la serie de partidos de
visita, como dije que haría. Pero hemos estado tan preocupados el uno por el
otro. Y hablar de esto arroja luz sobre cómo Scarlet afectó mis puntos de vista
sobre las relaciones y el amor.
—¿Has tenido miedo de preguntar?
Se encoge de hombros.
—Tu vida ya es suficientemente pública y he querido respetar tu
intimidad. Pero también soy consciente de que la cobertura mediática y la
realidad no siempre coinciden.
Es un sí disfrazado de despreocupación. Mantener esta parte de mí aislada
de Aurora no nos ayudará a entendernos.
—Tienes razón, no lo hacen. —Entrelazo nuestros dedos, necesitando la
conexión.
Me aprieta la mano y nuestras rodillas rebotan. No quiero que esto nos
haga descarrilar, pero dejarla en el limbo de los “y si...” no mejorará las cosas.
—Antes de ser traspasado a Toronto, había planeado pedirle a Scarlet que
se casara conmigo. Incluso había llegado a comprar el anillo, pero ella rompió la
relación.
Las emociones revolotean por el rostro de Aurora. Primero la sorpresa,
luego la conmoción, los celos, el dolor, el miedo y la tristeza. Y finalmente
empatía.
—Pero ¿por qué? Está claro que ahora se arrepiente de esa elección.
—Realmente se redujo a que yo quería que mi vida privada siguiera
siendo privada y Scarlet quería lo contrario. —Estaba tan seguro de que
podríamos superarlo. Que con el tiempo ella vería el beneficio de estar fuera del
centro de atención cuando no estaba filmando. No entendía el compromiso, ni
cómo escuchar lo que realmente necesitaba. Tardé en darme cuenta de que yo
había contribuido al fracaso de la relación.
La mano de Aurora se estrecha alrededor de la mía.
—¿Sabía que planeabas pedirle matrimonio?
Sacudo la cabeza.
—No hasta más tarde. Pero ella no quería las mismas cosas que yo. Así que
cuando me mudé a Toronto, hizo una declaración diciendo que habíamos roto
por la distancia. Me deseó lo mejor, y eso fue todo. —Había sido desgarrador ver
con qué facilidad desechaba una relación de dos años.
—Pero en realidad, te rompió el corazón —dice Aurora suavemente.
—Sí.
—Y ahora se arrepiente de su decisión. —No puedo leer el tono de Aurora
ni su expresión.
—No puedo pretender saber cómo se siente, o si nos ve como una
oportunidad perdida que quiere volver a visitar solo porque estamos en la misma
ciudad durante unos meses.
Me suelta la mano y desliza los dedos entre los muslos, como si intentara
no inquietarse.
—¿La has superado?
—Sí. Pero la forma en que manejó las cosas dolió. Mucho. —Tanto que he
evitado hablar de ello durante los últimos siete años. Y las únicas personas que
saben lo que pasó son mi familia, y ahora Aurora. Incluso Roman solo tiene los
detalles más escasos—. Ha enmarcado la forma en que he lidiado con las
relaciones, y me doy cuenta de que no he puesto mi corazón en juego en mucho
tiempo. —Por miedo a que lo aplasten. Estuve a punto de pedirle matrimonio a
la persona equivocada. No es un error que volveré a cometer.
»Cualquier sentimiento que tuviera por ella, está en el pasado —añado—.
La vi solo porque necesitaba un cierre. —Y tal vez no lo había visto en ese
momento, pero hablar con Scarlet me hizo darme cuenta de lo invertido que
estoy en la mujer sentada frente a mí—. Quiero esto contigo, Aurora. —Puedo
ver un futuro desarrollándose con ella. Y es aterrador, en parte porque es muy
joven. Pero no quiero cometer el mismo error dos veces escondiéndola del
mundo. Puedo hacer estos compromisos con ella. Nunca le quitaré autonomía.
Será una toma de decisiones en pie de igualdad, aunque me cueste seguir la línea
que Aurora quiere que siga.
—Yo también quiero esto contigo. —Hay alivio en su suave sonrisa.
Las cosas que dijo Zara tienen mucho sentido. Tiene razón. Tengo
experiencia de vida que Aurora no tiene, y debo tener cuidado de usarla
sabiamente y hacernos avanzar.
—Tal vez podría tantear a Roman antes de la gala, tener una idea de dónde
está. —Cada día es más difícil mentir y mantenerla en secreto, y entonces sería
fácil apartarme de la subasta. Decírselo sería algo real. Algo tangible para
asegurarme de que no cambiará de opinión sobre mí todavía.
—¿Antes de la gala? —Su voz está llena de pánico.
¿Y si no está preparada para esto como yo quiero? ¿Y si está indecisa sobre
lo nuestro y obligarla a tomar una decisión ahora nos lleva en la dirección
equivocada? Le acaricio la mejilla.
—¿Qué es lo que más temes, princesa?
—El efecto dominó para él, y para el equipo, y para mí, y para ti, y... —Le
tiembla el labio inferior y exhala un suspiro tranquilizador—. Tal vez debería ser
yo en su lugar. Puedo decirle algo. No decírselo, pero... ¿ves?
—No quiero empujarte a esto. —Pero, Dios, la deseo. Nunca he deseado
nada tanto. Su incomodidad es una estocada aguda, una advertencia para que
tenga cuidado con ella.
—Lo sé.
La estrecho entre mis brazos y se acomoda de buena gana. Ya no sé cuál
es la respuesta. No quiero seguir ocultándolo, pero tampoco quiero hacerle más
daño. Y odio hacerla llorar. Pero más que eso, no quiero moverme demasiado
rápido y acabar con esto antes de que hayamos tenido la oportunidad de
empezar. No pude darle a Scarlet lo que necesitaba; no quiero repetir la historia
con Aurora.
—Esto ha sido tan bonito y no quiero arruinarlo —susurra.
—Lo entiendo. —Le levanto la barbilla y la beso.
Quiero creer que éste es uno de esos casos en los que debo tener cuidado
de no tomar decisiones por ella. Pero es imposible no preocuparse por las
próximas semanas y por lo difícil que será evitar que estalle esta burbuja.
Hammer
—¿Cómo estás, chica? —pregunta papá mientras lo acompaño a mi
apartamento—. Parece que estás un poco ocupada.
Mi portátil está abierto en el sofá, rodeado de bocadillos, papeles, notas
adhesivas y mi lista para la gala. Que es dentro de tres días. Aún no he
conseguido reunir las agallas femeninas para abordar el tema de Hollis y yo. No
hay una manera fácil de deslizarlo en la conversación. «Oye, Papo, ¿qué te
parecería si empezara a salir con tu mejor amigo?», no parece la opción más
suave. Tampoco lo es decir: «¿Y si salgo con un jugador de hockey? Ya lo conoces.
Es un buen tipo, no te preocupes».
—Solo estoy comprobando los detalles de última hora. ¿Qué pasa?
Saca una bolsa de regalo de su espalda.
—Te he traído algo.
—¿Para qué? No necesitabas hacer eso. Acabo de cumplir años.
—Para la gala. Hemi no para de hablar de cómo has dado un paso al frente.
Estoy tan orgulloso de ti. Ni siquiera te has graduado todavía, y ya estás haciendo
todas estas cosas increíbles. Quería darte algo para celebrar todo lo que has
logrado.
—No hacía falta. —Aquí está él, comprándome regalos y siendo un padre
increíble, y yo ando a escondidas con Hollis. El cubo de la vergüenza se hace
más pesado cada día que pasa.
Me sujeta por los hombros, con expresión seria.
—Eres la única para mí, Peggy. Quiero celebrarte siempre que pueda. Sé
que no es fácil crecer en este mundo y que no siempre ha sido un camino de
rosas, pero te has convertido en una joven increíble. Es un honor ser tu padre.
Agito las manos delante de mi cara.
—Me estás haciendo llorar.
Me atrae contra él y me aprieta con fuerza.
Quiero apreciar su amor y su apoyo, pero lo estoy engañando cada día.
Tengo que arreglar esto. Mantener los límites con Hollis cuando estamos con las
personas que más nos importan se está convirtiendo en un reto. Más de una vez
he estado a punto de acercarme a él delante de mi padre.
Hollis tiene razón; no podemos mantener esto en secreto para siempre.
—Vamos. —Papá extiende la bolsa—. Ábrela.
Me tiemblan las manos cuando tiro de la cinta y quito el papel de seda y el
pequeño joyero. Ya sé lo que hay dentro. Cada vez que acompaño a mi padre a
una de sus pruebas de traje —que son todas las que ha hecho desde que yo era
adolescente—, miro los escaparates de la exclusiva joyería cercana y me quedo
embobada con un par de pendientes en concreto. Son increíblemente caros y no
los necesito. Y mucho menos me los merezco.
Abro la tapa e intento no llorar. Dentro están los pendientes de diamantes
que he admirado durante años.
—Papá, esto es demasiado.
—Considéralo un regalo de graduación anticipado si quieres, pero pensé
que quedarían preciosos con tu vestido. Deberías ponértelos, y el vestido. Solo
he visto fotos.
—Gracias. Te quiero. Eres el mejor padre. —Lo rodeo con mis brazos y él
me devuelve el abrazo.
—Te quiero muchísimo, cariño. Y sé que a veces puedo ser mucho, pero
es solo porque quiero lo mejor para ti.
—Lo sé. Y te quiero por ello.
Espera en el salón mientras me pongo el vestido de gala, los zapatos y los
pendientes.
Respiro hondo varias veces, tratando de controlar mis emociones. Tengo
tanto miedo de su reacción, de la posibilidad de que Hollis no me elija si a mi
padre no le parece bien que salgamos juntos. Pero no lo sabré si no tanteo el
terreno.
Abro la puerta de mi habitación y la expresión de la cara de mi padre casi
me hace perder la compostura. Se lleva la mano al pecho y parece al borde de
la emoción, como yo.
—Estás lindísima.
—Los pendientes son perfectos. Me encantan.
—¿Van bien con el vestido? —pregunta.
—Son increíbles, y solo compraré vestidos a juego con ellos. —Son
diamantes amarillos anillados en diamantes blancos e increíblemente
indulgentes.
—Has trabajado muy duro para esto. Sé que este semestre ha sido
estresante para ti, pero ya casi lo has conseguido. La línea de meta está a la vista.
Y sé que el puesto de asistente de relaciones públicas con el equipo aún no es
tuyo, pero estoy encantado de tenerte de vuelta en la oficina. A todos nos
encantaba tenerte allí. Y aunque no es el trabajo que imaginé para ti, me encanta
que acabe mi contrato contigo en la casa.
—Yo también. —Crucemos los dedos para que no encuentren a alguien
mejor cualificado.
—Simplemente no salgas con ninguno de los jugadores y estaremos bien
—añade papá con una sonrisa.
Se me revuelve el estómago.
—Son buenos chicos, sin embargo. Quiero decir, sé que Flip puede ser un
problema, pero incluso él ha estado ahí para cuidar de mí.
—Son jóvenes y están llenos de hormonas.
—Lo sabrías, ya que estoy aquí de pie.
—Touché —murmura.
Esta es la oportunidad de sentar algunas bases. De plantar la semilla. Para
finalmente ser honesta con él y aliviar parte de esta culpa que he estado
cargando durante meses. Puedo ser valiente.
—Mira a Tristan. Fue un desastre el año pasado fuera del hielo, y ahora
está locamente enamorado de Rix. Está desesperado por que se mude con él. Sé
que hubo algunos problemas con él y Flip durante un tiempo, pero lo han
solucionado. Ahora Rix y Tristan están enamoradísimos, y Flip y Tristan siguen
siendo mejores amigos.
Papá aprieta la mandíbula y su expresión se ensombrece.
—Asesinaría a Hollis y lo enterraría en una tumba muy profunda si alguna
vez te pusiera las manos encima.
Siento como si me hubieran apretado el corazón. Así de fácil, cualquier
esperanza que tuviera de no destruirlo todo hablándole de mí y de Hollis arde
en llamas.
Hollis
Dos días antes de la gala, mi hermana menor, mi cuñado y mi sobrina
hacen una visita sorpresa. Mike es profesor y a veces da conferencias invitado
en la universidad local. De vez en cuando, cuando tiene un viaje, se trae a Micha
y a mi sobrina Elsa, de casi tres años. Viven a un par de horas, en Niágara.
—¡Tío Ha-liss, mira mi pecito! Y mi toruga. —Elsa sostiene un pez arco iris
de peluche y una tortuga verde de peluche.
—¡Son increíbles! ¿Te lo has pasado muy bien hoy en el acuario? —La
cargo en brazos y resoplo en su mejilla.
—¡Ah! ¡Tío Ha-liss! —Me empuja el pecho y suelta una risita—. ¡Hazlo otra
vez! ¡Hazlo otra vez!
Le doy otro resoplido y estalla en una carcajada.
Llaman a mi puerta. Miro el reloj y me doy cuenta de que probablemente
sea Aurora. Roman ha empezado a entrenar con el portero suplente un par de
veces a la semana, así que algunas tardes está fuera unas horas. Ayer, Aurora me
dijo que había intentado tantear a Roman y que no le había ido bien. Me explicó
lo sucedido entre lágrimas de pánico. No puedo decidir si su reacción tuvo más
que ver con lo que sabemos sobre las inclinaciones de Tristan, o con que
realmente saliera con Rix. En cualquier caso, decírselo a Roman antes de la gala
está descartado. Me ofrecí, de nuevo, a retirarme de la subasta, pero Aurora
teme que conecte los puntos y me falten algunos dientes, o la cabeza.
—Solo déjame abrir la puerta, y luego les daré algo de beber. ¿Pueden
quedarse esta noche o tienen que volver? —Dejo a Elsa en el suelo y cruzo la
habitación.
—Mike imparte un seminario en casa mañana por la mañana. Pensé que
podríamos visitar el acuario, y luego a ti, antes de volver a casa. —Micha mira
con el pulgar por encima del hombro a Elsa, que se ha apresurado a acercarse a
la pared de ventanas con vistas a la ciudad, fingiendo hacer que sus peces y
tortugas naden en el reflejo—. Y si calculamos bien el tiempo, ésta se desmayará
en el viaje de regreso.
Abro la puerta y me encuentro a Aurora con la comida de esta semana
preparada por Rix. Parece cansada y ansiosa.
—Te he traído las cenas de la semana y... —Se le iluminan los ojos—. ¡Oh!
Tienes compañía. Lo siento mucho.
—Dios mío, ¿Peggy? —Micha prácticamente me empuja y la abraza.
Aurora articula un silencioso: «perdón» y me pone cara de «oh, mierda»
mientras le da unas palmaditas en la espalda a mi hermana.
—¡Hola! Hola, Micha. Me alegro mucho de verte.
—Dios mío. —Los ojos de Micha se abren de par en par mientras da un
paso atrás—. ¡Vaya! ¡Ya no eres una adolescente!
Aurora sonríe, con las mejillas sonrosadas.
—Eh, no. Ya soy una adulta hecha y derecha.
Micha le quita las bolsas.
—Bueno, pasa. Hollis estaba a punto de servirme un vaso de vino. Ya tienes
edad para beber, ¿no? ¿Por unos años?
—Sí, ahora puedo beber legalmente en Estados Unidos, pero no quiero
interrumpir el tiempo en familia.
—Tonterías. Mike y Hollis hablarán de hockey, y yo asentiré y sonreiré
porque todavía no entiendo bien las reglas. Creo que Hollis mencionó que ya
casi terminas la universidad. ¿Es cierto?
—Sí, solo quedan los exámenes finales y habré terminado la carrera.
—Es muy emocionante. Lo que daría por volver y revivir mis días de
universidad. Me divertí mucho durante mi licenciatura.
—Y entonces me conociste y cambiaste las fiestas en casa con cerveza
barata por una buena cena y un buen vino. —Mi cuñado sonríe con cariño
mientras da un sorbo a su cerveza.
—No me arrepiento de ninguna de las dos cosas —responde Micha.
—¡Hola! ¡Me llamo Elsa, y estos son mi pecito y mi toruga! —Mi sobrina
levanta sus peluches para que Aurora los vea.
Aurora se agacha, para que estén al mismo nivel.
—Hola, Elsa. Probablemente no te acuerdes de mí, porque hace mucho
que no te veo. Me llamo Aurora.
Elsa abre mucho los ojos.
—¡Me encanta la princesa Aurora!
—Y me encanta la reina Elsa. Frozen es una de mis películas favoritas.
—¡La mía también! —Elsa me sonríe—. Tío Ha-lis, me gusta mucho tu
amiga Aurora.
Micha le dedica a Aurora una sonrisa de disculpa.
—Lo siento mucho. No sé por qué pensé que te llamabas Peggy.
—Técnicamente es su nombre, pero ella prefiere su segundo nombre —le
explico.
—Oh, claro.
—Sin embargo, respondo ante ambos. Y el equipo me llama Hammer, ya
que es un mundo de apellidos para esos chicos —explica Aurora.
—¿Pero prefieres Aurora? —pregunta Micha.
—Sí.
—¡Papá, tengo que hacer pis! —anuncia Elsa.
—Yo puedo llevarla —ofrece Micha.
—Yo me encargo. —Mike besa a Micha en la mejilla y agarra la mano de
Elsa, llevándola por el pasillo.
Le tiendo a Aurora una copa de vino blanco.
Da un pequeño sorbo y sonríe.
—Es mi favorito. Gracias.
Micha me mira. Me entretengo abriendo una cerveza.
—Si no recuerdo mal, estás estudiando relaciones públicas, ¿no? ¿Cuál es
tu plan cuando te gradúes? —Micha pregunta.
—Hay un puesto de asistente para trabajar con la jefa de relaciones
públicas de los Terror al que me gustaría optar.
Micha asiente.
—Vaya, ¿no ves ya bastante a estos tipos? ¿Quieres trabajar con ellos
también?
Aurora se encoge de hombros y se sonroja, sus ojos se desvían hacia mí
por un momento.
—Hice las prácticas con la jefa de RP del equipo el semestre pasado, y me
fue muy bien.
—Es cierto. Hollis lo mencionó en otoño. ¿Viajaste con el equipo?
—Algunas veces, sí.
A Micha se le iluminan los ojos.
—Debió de ser divertido. Jets privados y jugadores de hockey famosos.
¿Qué le parece a Roman?
—Le encantó. El equipo es como una gran familia, en su mayor parte. —
Aurora sorbe su vino para ocultar su trago nervioso.
Micha asiente.
—¿No hubo algún drama a principios de temporada con uno de los
familiares de los jugadores saliendo con otro jugador? ¿Tristan Stiles? No fuiste
tú, ¿verdad?
—Uh, no. Es mi compañera de piso, Rix. Su hermano es Flip Madden —
explica Aurora, moviéndose incómoda.
—¡Sí! ¡Sí! Eso debe haber sido escandaloso.
—Ya está todo olvidado —interrumpo. Micha no tiene ni idea de que está
hurgando en heridas abiertas—. Voy a guardar estas cosas y podemos ir a pasar
el rato en la sala de estar —sugiero—. Debería tener algunas cosas para colorear
para Elsa en la habitación de invitados.
—Creo que está en el armario. ¿Quieres que lo compruebe? —Aurora
ofrece, probablemente feliz de escapar de esta conversación.
—Eso sería genial. Gracias, Princesa.
Micha espera hasta que desaparece por el pasillo.
—¿Qué demonios está pasando?
—¿De qué estás hablando? —Joder, joder, joder.
Señala hacia el pasillo.
—Hay una vibra entre ustedes dos.
La miro como si tuviera dos cabezas, pero se me hace un nudo en el
estómago. No puedo permitirme que Micha indague ahora. No cuando Aurora ya
está de los nervios.
Micha se cruza de brazos.
—¿Por qué sabe que tienes cosas para colorear para Elsa en el armario del
dormitorio de invitados?
—Porque cuida de Postie y Malone mientras estoy fuera, y a veces me pasa
las toallas y las mantas de los gatos por la lavadora, que van al armario del
dormitorio de invitados. —Miro hacia el pasillo, necesitando que Micha lo deje
caer.
—La llamaste princesa —dice con tono directo.
—Siempre la he llamado princesa, porque es la princesa del equipo. —
Pero no me doy cuenta de que lo hago delante de otras personas, y eso es un
problema.
—¿Por qué tienes su vino favorito en la nevera? —insiste mi hermana.
—Porque además de dar de comer a mis gatos, a veces ve el partido con
ellos mientras estoy fuera. —Se oyen pasos por el pasillo—. Necesito que lo
dejes. Y no te entrometas con Aurora. Tiene mucho estrés ahora.
—Dejaré el tema. —Levanta ambas manos—. Por ahora.
Le doy mucha importancia a que Elsa orine en el inodoro cuando vuelve a
la sala de estar dando tumbos con Mike a cuestas. Aurora vuelve con una caja
llena de libros para colorear, manualidades y pegatinas. Elsa la seduce para que
coloree con ella. Se sienta en el suelo con mi sobrina y la mantiene ocupada
durante media hora.
Hago todo lo posible por no mirarlas. Pero de vez en cuando me mira y lo
único que quiero es rodearla con mis brazos y decirle que todo irá bien. Es
imposible ocultar mis sentimientos. Solo necesito que crea que podemos
hacerlo.
Hammer
—Disfruta de la gloria de tu duro trabajo. —Hemi pasa su brazo por el mío,
con una amplia y orgullosa sonrisa en su rostro.
—No puedo creer lo bien que va. —Especialmente con lo ansiosa que he
estado desde mi fallida conversación de relación con mi padre. He sido un
desastre, aterrorizada por las posibles consecuencias. Así que, en los últimos dos
días, he puesto toda mi energía en asegurarme de que esta gala sea perfecta.
Hasta ahora, realmente lo es.
—Todo está en la planificación. Es tu bebé, Hammer.
Eso me hace sonreír. La velada ha transcurrido sin contratiempos. La
subasta silenciosa ha sido un gran éxito. La cena ha sido increíble. Sin embargo,
por maravilloso que sea, mi vestido se siente como una prensa alrededor de mi
pecho, porque la subasta de la noche con un jugador de hockey es la siguiente.
Quizás, debería haber aceptado que Hollis se echara atrás. No quería que las
preguntas o mis sentimientos se interpusieran en el éxito del evento. El
remordimiento es un peso en la boca del estómago que se hace más pesado con
cada hora que pasa.
—Hammer, Willy, ustedes dos sí que saben montar una buena fiesta. —
Dallas nos pasa una copa de champán rosa a cada una.
Hemi le lanza su mejor mirada de muerte y levanta una mano.
—No estoy bebiendo.
Dallas le dedica una sonrisa paciente.
—Es sobre todo cordial de fresa. Solo hay un chorrito de champán.
Bebo un sorbo con precaución. Como Hemi, estoy bebiendo agua con gas
con un trago de zumo de arándanos. La gente piensa que es un cóctel. Ambas
estamos de servicio, así que guardaremos nuestro burbujeante para cuando se
vayan los invitados.
—No está mintiendo.
Hemi acepta el vaso a regañadientes, pero no sorbe la bebida.
Essie y Rix aparecen, junto con Tally y Dred.
—Esto es todo un jolgorio. —Normalmente, Dred lleva pantalones caqui y
chaquetas de punto en tonos pastel. Esta noche lleva un vestido de noche rojo
sirena con una abertura en la pierna derecha. Hemi la trajo como su cita con la
esperanza de que Dred pudiera ayudarla a cuidar a Flip. Parece que ha
funcionado, ya que no ha desaparecido en el baño con nadie. Aunque ha estado
mejor los últimos meses.
—En serio. Nunca he visto tantos hombres guapos en una habitación en
toda mi vida —añade Essie. Es la mejor amiga de Rix desde la infancia. Vive en
Vancouver, trabaja como maquilladora y programó hábilmente su visita para que
coincidiera con la gala.
—Gracias. —Dallas le guiña un ojo.
—Ella no estaba hablando contigo —dice Hemi.
—Vaya, ¿no le vas a agregar cara de idiota o imbécil? Estamos haciendo
verdaderos progresos en nuestra relación, Willy. —Dallas se vuelve hacia Essie
y Dred—. ¿Han tenido la oportunidad de conocer a Alex Waters y su equipo?
—No —dicen Dred, Essie y Tally al unísono.
—Bueno, vamos a arreglar eso. —Dallas les hace un gesto para que lo
sigan.
Tally enhebra su brazo con el mío.
—No puedo creer que esté a punto de conocer a Kodiak Bowman.
—He oído que en realidad es súper dulce y muy tímido, y su mujer es
divertidísima —le aseguro.
—Siempre parece tan intenso.
Essie está escaneando a la multitud.
—¿Crees que Kodiak podría tener algún amigo soltero?
Mi padre y Hollis están charlando con Alex cuando nos acercamos a. Hollis
está delicioso con su esmoquin negro. Si la reacción de mi padre hubiera sido
diferente, quizá podría haber sido la cita de Hollis esta noche. Entonces él podría
haberse echado atrás en la subasta. Pero probablemente es mejor que lo
pospongamos. Hollis y yo tuvimos problemas al principio porque él priorizó su
amistad con mi padre sobre sus sentimientos por mí. Si vuelve a hacerlo, ahora
que tenemos algo entre nosotros, no sé cómo me recuperaré. No puedo añadir
eso a mi plato ahora mismo. Pero tampoco puedo alejarme de esto. Solo desearía
poder ver el camino a seguir con más claridad.
He tenido cuidado de evitar a Hollis la mayor parte de esta noche, pero no
ha sido fácil. Su mirada me recorre, familiar y reconfortante, mientras nos
acercamos a ellos. Su sonrisa se suaviza y yo se la devuelvo.
Hemi me da un codazo en el costado.
—Baja el tono con los ojos de corazón.
—Dallas, me alegro de volver a verte. —Alex Waters lo atrae para darle
una palmada en la espalda y un abrazo—. Este evento es increíble.
—Me alegro de que hayan venido. —La sonrisa de Dallas es brillante,
como su apellido, mientras nos señala a mí y a Hemi—. Y pueden agradecer a
este dúo por organizar un evento tan genial.
Hay otra ronda de presentaciones y conozco oficialmente a Kodiak
Bowman, que juega en Nueva York junto con Connor Grace, la némesis de Flip.
También conozco a la mujer de Kodiak, Lavender. Es pequeñita, pero claramente
la jefa de Kodiak por la forma en que no puede dejar de hacerle ojos de luna. O
de tocarla. También conozco a Maverick Waters, que es un calco de su padre, y
a su novia, Clover, que, si tuviera que adivinar, es unos años mayor que él.
Hemi y yo nos metemos en una conversación con Lavender, Clover y su
amiga, Sophia, que no tiene pareja.
Nos enteramos de que Clover y Maverick dirigen un lugar llamado Casa
Lavanda en la región de los lagos, en Wisconsin. Es el hogar de mujeres y
familias que huyen de relaciones abusivas mientras se recuperan. Sophia trabaja
con ellos como psicóloga principal.
—Tengo una pregunta para ustedes —nos dice Clover a Hemi y a mí.
—Dispara —dice Hemi.
—Ese hombre de ahí. —Clover señala a mi padre y a Hollis—. ¿Estará
disponible en la subasta?
—¡Clover! —Sophia le da un codazo en el costado. Parece tener unos
treinta años.
Sonrío.
—Los dos estarán.
La sonrisa de Clover se ensancha.
—Es una noticia fantástica.
Charlamos unos minutos más antes de que Hemi y yo nos excusemos para
prepararnos. Observo la sala y se me revuelve el estómago cuando veo a Hollis
hablando con Scarlet. La mano de ella se apoya posesivamente en el brazo de él
mientras uno de sus compañeros de reparto hace fotos. Odio lo bien que se ven
Hollis y ella juntos. Ella tiene aplomo y elegancia. Refinada.
Cuando la compañera de reparto de Scarlet mete su teléfono en el bolso,
Hollis da un paso atrás, cortando la conexión. Mi corazón se abre. Un poco.
—Todo irá bien. —Hemi me aprieta el brazo.
—Odio que ella pueda tocarlo y yo tenga que quedarme aquí mirando —
murmuro. Pero eso es la punta del iceberg.
—Lo sé.
Nos dirigimos al escenario, con el estómago revuelto mientras llamamos a
los jugadores elegibles. Todos se acercan al escenario, pero falta Dallas.
—Por supuesto. Pide ir primero y no está por ningún lado —se queja Hemi.
—Tal vez esté en el baño. Podría enviar a alguien a comprobarlo —le
ofrezco.
—Está bien. Lo subiré aquí. —Adopta una sonrisa y ajusta el micrófono—.
Buenas noches a todos y gracias por estar aquí. Me gustaría dar las gracias
especialmente a Aurora Hammerstein, que ha intervenido este año para
ayudarme a codirigir esta gala. —Se vuelve hacia mí—. No podría haberlo hecho
sin ti. Un aplauso para todos.
Me sonrojo y saludo con la mano, avergonzada y eufórica por los elogios.
Estoy acostumbrada a pasar desapercibida en a menos que publique en las
redes sociales de mi padre.
—Ahora, todos sabemos por qué todos están realmente aquí esta noche,
¡y tenemos una alineación ganadora de jugadores de hockey elegibles para
ustedes!
La sala estalla en silbidos y aplausos. Durante la subasta, el público puede
llegar a montar en cólera. El año pasado, Flip acabó arrancándose el esmoquin,
como si se hubiera unido a un equipo de strippers masculinos, y se plantó en el
escenario sin más ropa que un par de zapatos negros de vestir y una hamaca
bananera del equipo.
Una vez que la multitud se calma, Hemi cruza el escenario hacia la silla
vacía y se da golpecitos en los labios.
—Parece que nuestro primer jugador de hockey tiene un poco de miedo
escénico. ¡Oh, Dallas! —canta—. ¡Esta noche no hay tiempo para esconderte! Sal,
sal de donde quiera que estés.
Irrumpe por las puertas del otro lado de la sala, con la cara roja y
ligeramente despeinado, abrochándose la chaqueta del esmoquin mientras
avanza. Su pajarita está torcida.
—¡Ahí está! Un aplauso para nuestra elegantemente tardía primera cita,
Dallas Bright. —Hemi sonríe, pero parece que quiere asesinarlo, lo cual no es
inusual.
Dallas hace una pausa para murmurar una disculpa a Hemi, y le entrega
una pequeña tarjeta con una nota.
—No te preocupes, Dallas. Te haré quedar bien —le dice.
Nunca he visto la subasta desde detrás del podio, y Dallas parece estar
sudando mientras se dirige al centro del escenario.
Hemi mira la carta que tiene en la mano. Su sonrisa se congela por un
segundo antes de doblarla por la mitad, meterla entre sus pechos, y su expresión
se vuelve francamente malvada.
—Algunos datos curiosos sobre nuestro primer jugador. A Dallas le
encantan los largos paseos por la playa. Su comida favorita son los pierogis de
chucrut y, en su tiempo libre, se disfraza de payaso y hace increíbles animales
con globos. Le encantan los caballos y. Cuando Dallas no está en el hielo, juega
al Uno con su abuela y su programa de televisión favorito es Letterkenny. Su
noche con Dallas incluirá una noche en una feria, con un paseo en su noria
favorita y una sesión de fotos con los payasos favoritos de Dallas. La puja
comienza en dos mil dólares.
Dallas parece a punto de desmayarse. Las paletas se elevan por toda la
sala mientras los pujadores se vuelven locos, al menos hasta que Dallas alcanza
los cincuenta mil. Eso reduce las cosas a dos postores. Por primera vez en tres
años, la abuela del dueño del equipo es superada en la puja y gana una de las
compañeras de reparto de Scarlet.
—Felicidades, Candice. ¡Has ganado una noche con Dallas! Les daremos
un poco de tiempo para que se conozcan. —La sonrisa de Hemi es de madera
mientras Dallas es conducido fuera del escenario por la atractiva morena.
Mi padre es el siguiente. No necesito mirar su biografía.
—Roman Hammerstein es nuestro siguiente jugador —empiezo—, portero
titular de los Terror y el padre soltero más elegible de la alineación de esta
noche.
El público rompe a aplaudir masivamente.
»Si tienen la suerte de ganar una noche con mi padre, tienen garantizado
el mejor pollo a la parmesana de la ciudad. Es fan del rock de los noventa, pero
no se lo tengan en cuenta porque también es un Swiftie secreto. Yo lo sabría,
porque lo he visto bailar al ritmo de su música. Aprendió a coser y a tejer para
poder enseñarme a mí cuando pasé por una breve, pero intensa, fase de
manualidades de niña. Le encanta la naturaleza y adora las excursiones y los
picnics románticos. Las ofertas empiezan en dos mil por una velada con este
ardiente y sensible padre soltero.
Clover agarra la mano de su amiga Sophia y la fuerza en el aire, gritando
diez mil. Otras manos se alzan y se gritan pujas, pero finalmente papá va a Sophia
(a través de la mano de Clover) por el increíble precio de cuarenta y dos mil
dólares. La cara de Sophia se enrojece cuando se reúne con él al final del
escenario y él la acompaña de vuelta a su mesa.
Flip, por suerte, no se quita la ropa, pero, como era de esperar, acaba
provocando una guerra de ofertas entre la mujer que compró una noche con él
el año pasado y una de las compañeras de reparto de Scarlet. La compañera de
reparto de Scarlet' es la ganadora por cinco mil dólares al módico precio de
setenta y siete mil.
Se subastan más jugadores de hockey —todos por más de treinta mil cada
uno— y, finalmente, le toca el turno a Hollis.
Se me seca la boca mientras Hemi lee su biografía.
—Hollis Hendrix, número cincuenta y cinco. A Hollis le encanta pasar la
noche con sus adorables gatitos Postie y Malone, que le colman de afecto. Le
gustan las películas de acción, pero no le importa una buena comedia romántica.
Hace unas tostadas francesas buenísimas, y su noche ideal incluye un paseo por
la ciudad y una cena romántica en su restaurante favorito con vistas al puerto. La
puja empieza en dos mil por una noche con Hollis.
¿Lo peor de todo esto? La noche que organicé para Hollis es exactamente
donde querría ir con él. Lo cual, en retrospectiva, fue estúpido. Fui a ese
restaurante con él, mi padre y algunos del equipo por mi decimonoveno
cumpleaños. Lo que daría por ser yo la que levantara una paleta...
Mi madre tenía razón. Es difícil quererlo desde la distancia. Quererlo con
este muro entre nosotros. He estado tan preocupada por mi padre, la escuela y
mi solicitud de trabajo que no tuve en cuenta la parte más importante de mí. No
pensé en lo que la mentira le haría a mi corazón, ni en cómo manejaría esta noche
sin el escudo racionalizador de la ambición o la seguridad.
Se me revuelve el estómago cuando varias manos se alzan en el aire. La
ganadora anterior de Dallas puja, y luego alguien más al otro lado de la sala, y
finalmente Scarlet levanta la mano. Da vueltas y vueltas, la cifra va subiendo hasta
que Scarlet supera la puja de todos gritando:
—¡Cien mil dólares! —La sala se queda en silencio, con la sorpresa
claramente reflejada en los rostros de varias personas. Lo único que veo es la
nuca de Hollis.
Hemi pide las ofertas finales, pero todo lo que sigue es un gorjeo de risa
de Scarlet.
—¡A la una, a las dos, y una noche con Hollis Hendrix va para Scarlet Reed!
Scarlet se levanta de la silla y alisa las manos sobre sus caderas. Lleva un
sofisticado vestido negro que resalta sus curvas perfectas. Sonríe y saluda con la
mano, las cámaras hacen clic y parpadean mientras cruza la sala para reunirse
con Hollis al final del escenario. Siento que se me hunde el pecho cuando se
levanta de puntillas para besarle la mejilla. Y luego posan para las fotos antes de
que él la guíe de vuelta a su mesa.
Creo que estoy a punto de morir.
Esta es absolutamente mi peor pesadilla. Hemi debe de notar mi pánico,
porque da el discurso de clausura que yo tenía que dar y agradece a todos sus
generosas donaciones. Esbozo una sonrisa, pero siento todo el cuerpo
entumecido. Las luces que brillan en el escenario dificultan la visión de los
rostros de los asistentes, pero veo claramente a Hollis y Scarlet sentados en la
mesa a la derecha del podio.
Su cuerpo está inclinado hacia él, con las piernas cruzadas y el brazo
entrelazado con el suyo. Se inclina hacia él y le acerca los labios a la oreja. Él
sonríe y, para cualquier otra persona, probablemente parezca que está
realmente contento de llamar su atención, pero yo noto la rigidez de su lenguaje
corporal. Sin embargo, no me reconforta mucho. Tienen historia. Una historia
profunda. Planeó pedirle matrimonio, joder. Hace más de siete años. Y la primera
vez que oí hablar de ello fue a principios de esta semana. Porque era demasiado
doloroso hablar de ello.
¿Y si ella lo atrae de nuevo? ¿Y si sale con ella y cambia de opinión? ¿Y si
decide que quiere darle otra oportunidad porque estar conmigo es demasiado
complicado? Viéndolos así —ella tocándolo con afecto causal, mirándolo como
si le perteneciera— no es difícil creer que podría suceder.
Y ahora mi mente da muchas vueltas. Incluso si mi padre pudiera superarlo
y aceptarnos, ¿lo harían todos los demás? ¿Cómo reaccionaría la gente si fuera
yo la que estuviera de su brazo? ¿Susurrarían? ¿Dirían cosas horribles sobre él?
¿Sobre mí? ¿Dirían lo mismo que Hollis? Que soy muy joven. ¿Lo achacarían a
unas tetas turgentes y a divertirme en la cama? ¿Me compararán con ella?
Nosotras no nos parecemos en nada, pero ahora tengo la misma edad que ella
cuando empezaron a salir.
Hemi hace otro anuncio mientras las luces se atenúan y la música se filtra
por el sistema de sonido. Había olvidado esta parte. Todos los años, los
jugadores y sus parejas salen a la pista para el primer baile de la noche. Y
siempre es una canción lenta.
Hollis empuja su silla hacia atrás y se levanta. Le tiende la mano a Scarlet.
Siento como si me arrancaran el corazón del pecho con un cuchillo de
mantequilla cuando ella desliza la mano entre las suyas. Por supuesto, ella le
sonríe y él le devuelve la sonrisa. Por supuesto que la guía a la pista de baile.
—Estás bien. Vamos, Hammer. Vamos a traerte una copa de champán. —
Hemi me lleva suavemente al bar.
—¿Por qué hice esto? —Las palabras se me escapan.
—Porque querías la mayor cantidad de dinero para caridad con el mayor
impacto. —Me rodea el hombro con el brazo—. Entiendo que querer a alguien y
querer algo para uno mismo puedan ser tan diametralmente opuestos. Todo irá
bien.
Rix y Tally se reúnen con nosotras allí. Tristan me mira a la cara y luego a
la pista de baile. Casi espero un «te lo dije» pero se limita a darme una palmada
en el hombro y a besar a Rix en la mejilla.
—Gracias por aguantar mis idioteces —murmura mientras se aleja con su
vaso de whisky.
Estoy al borde de un ataque de pánico. ¿Y si lo he empujado a los brazos
de Scarlet? ¿Y si Hollis no me elige cuando cuenta?
Hemi me pasa un vaso. Lo sujeto con manos temblorosas y engullo el
líquido espumoso.
—Soy tan estúpida —susurro.
—No, no lo eres. —Rix me aprieta el brazo.
Echo un vistazo a la pista de baile, donde los jugadores y sus parejas se
contonean al ritmo de la música. Quiero apreciar lo guapos que están mi padre
y Sophia, sobre todo la forma en que ella no para de sonrojarse y cómo él sonríe
tanto que se le arrugan las comisuras de los ojos. Quiero apreciar el increíble
éxito de la subasta. Cómo hemos recaudado más dinero que nunca. Casi un
millón de dólares solo de la subasta. Hollis es el diez por ciento de eso. Pero no
puedo quitar mis ojos de Hollis y Scarlet. No puedo apartar la mirada de la mano
de ella alrededor de la de él. O la forma elegante en que se mueven juntos.
—Esa debería ser yo. —Es demasiado tarde para arreglarlo. Y me aterra
lo que esto significa. Apenas puedo verlo bailar con ella. ¿Cómo me las arreglaré
cuando pasen toda una noche romántica juntos?
Scarlet echa la cabeza hacia atrás y se ríe de lo que haya dicho. Las
cámaras hacen clic y saltan los flashes. Esto estará mañana en todos los sitios de
hockey. Que se ha comprado una noche con él. Lo bien que se ven juntos. Que
van a volver a estar juntos.
No puedo ver esto.
—Necesito ir al baño. —Me bebo el resto del champán y dejo la copa en
la barra.
—Iré contigo —ofrece Rix.
Sacudo la cabeza.
—Necesito un minuto a solas. Por favor.
Salgo corriendo de la habitación, desesperada por escapar de esta
pesadilla.
Hollis
—Espero que no estés enfadado conmigo por pujar por ti —dice Scarlet
con una sonrisa—. Es una causa que merece la pena. Sé que no quieres reavivar
la llama, Hollis, y lo comprendo perfectamente, pero solo estaré aquí un mes más
y no quería marcharme sin volver a verte. —Parece un poco avergonzada y
esperanzada. Acaba de gastarse cien de los grandes en una noche conmigo.
La gente saca fotos de las parejas en la pista de baile. Ya puedo predecir
cómo se verán las cosas cuando lleguen a las redes sociales. Habrá un sinfín de
especulaciones. ¿Volvemos a estar juntos? ¿Es este el comienzo de Hollis y
Scarlet 2.0? ¿Cómo demonios lo afrontará Aurora? ¿Cómo puedo hacerla pasar
por algo así?
La retrospectiva es una estupidez. Debería haberle dicho a Hemi que me
retiraba de la subasta, a pesar de las sospechas que pudiera levantar. Nos
habíamos dejado llevar por una falsa sensación de seguridad, creyendo que no
acabaría así. Debería haber hablado con Roman, haber admitido que siento algo
por su hija hace meses en lugar de andar a escondidas, dejar que me rompiera
algunos dientes si era necesario. Esta es la tormenta de mierda que he creado.
Escudriño la habitación en busca de Aurora, pero las luces se han atenuado.
La mano de Scarlet se desliza por mi hombro y se apoya en mi pecho.
—Sé que te hice daño en el pasado, pero han pasado años, Hollis. Esto
podría ser bueno para los dos.
La miro.
—¿En qué sentido, exactamente?
—Te retirarás del hockey en los próximos años y pasarás a la siguiente
fase. Serías muy bueno en la retransmisión de deportes. ¿Tal vez incluso quieras
probar suerte como actor?
Una fría comprensión me recorre la espina dorsal.
—¿Esto es un truco publicitario?
Me lanza una mirada suplicante.
—Podría ser bueno para tu carrera que te vieran conmigo, ¿no crees?
Podemos insistir en el ángulo platónico si eso es lo que quieres. Sé que el último
año ha sido un reto. Lesiones consecutivas, dos cirugías. No puede ser fácil.
Quiero ayudar. Solo quiero cosas buenas para ti. Intento disculparme por lo que
te hice pasar, compensarte de la única forma que sé, Hollis.
Por supuesto, así es como ella lo ve. Es la misma mujer con la que salí hace
tantos años, solo que mayor y más lista, pero aun intensamente centrada en su
carrera. Y aparentemente en la mía.
Sigo buscando a Aurora por la habitación. Tengo que decirle que he
terminado de ocultar lo que pasa entre nosotros. Me ocuparé de Roman y de las
consecuencias, sean las que sean. Debería estar en la pista de baile con ella esta
noche. Ella debería ser la persona en mis brazos.
Se me revuelve el estómago cuando la veo corriendo hacia la salida, con
la falda del vestido ondeando detrás de ella, la cabeza gacha y la mano
tapándose la boca.
¿Cuándo acabará esta puta canción?
—Hollis. —La voz de Scarlet vuelve a atraer mi atención hacia ella. Su
expresión es dolorosa, insegura.
—Aprecio sinceramente lo que intentas hacer, Scarlet, pero no quiero la
especulación mediática que esto traerá. Ahora mismo estoy saliendo con otra
persona. Ella sabe lo de la subasta, pero no puedo con los rumores y la prensa.
—No cuando estoy profundamente enamorado de ella. Si hubiera sido inteligente,
se lo habría dicho a Scarlet cuando le dije que no estaba interesado en intentarlo
de nuevo—. No creo que estar cerca de sea bueno para mí. —Mi voz sale mucho
más aguda de lo que pretendo.
—Lo siento. Yo solo... pensé que estaba ayudando.
—Lo sé. Te lo agradezco, de verdad. No es... —Suspiro—. Están pasando
otras cosas en mi vida.
—Comprendo. —Por un momento, veo a la joven de la que me había
enamorado todos esos años antes de que encienda su sonrisa de estrella de cine
antes de salir de mis brazos—. Nos vemos.
Por fin acaba la canción, menos mal.
Me excuso para poder encontrar a Aurora y me topo con Tristan a la salida
del salón de baile.
—Sea lo que sea lo que vayas a decir, no necesito oírlo —digo
bruscamente.
Levanta ambas manos.
—Ya he expresado mis preocupaciones. Hammer se esconde a la vuelta
de la esquina tratando de mantener su mierda, así que tal vez puedas ir a arreglar
lo que rompiste en lugar de preocuparte por mí.
Paso a su lado y salgo al vestíbulo. Algunos grupos pequeños se reúnen
con copas en la mano, otros se dirigen a los aseos. Voy en dirección contraria y
encuentro a Aurora metida en una estrecha alcoba, de espaldas a mí, con los
hombros temblorosos.
—¿Princesa?
Se da la vuelta y siento como si alguien me hubiera perforado la caja
torácica y me hubiera arrancado el corazón del pecho. Esto es lo último que
quería que pasara. Odio verla llorar. Odio haber podido evitarlo. Debería
haberlo hecho.
Agacha la cabeza.
—Estoy bien. No pasa nada. Es culpa mía. Soy tan estúpida.
Me acerco y le seco las lágrimas con los pulgares, pero siguen cayendo
nuevas.
—No es culpa tuya, y no eres estúpida. Eres tan lista que la mitad del
tiempo no sé qué hacer conmigo mismo.
—Yo nos hice esto. Intentaste zafarte de esto y te dije que no. Y ahora te
tendrá toda para ella toda la noche, como quería, y no hay nada que pueda hacer
al respecto. ¿Y si decides que quieres darle otra oportunidad?
—Eso no sucederá, Aurora. Eres la única mujer que quiero. —Rozo mis
labios con los suyos—. La única.
Me rodea la nuca con una palma y con la otra me aprieta la solapa del
esmoquin.
—Odio verlos juntos. Odio que puedas bailar con ella y no puedas hacerlo
conmigo. Que puedas tocarla, que ella pueda tocarte. Quiero ser a quien lleves
a tus citas.
—Yo quiero lo mismo. —Le acaricio la mejilla—. Y sé que no será fácil, ni
sencillo, pero lidiaré con Roman.
—Pero no le parecerá bien. Ya lo ha dicho. —Su voz vacila de miedo.
—Lo arreglaré. —Como debería haber hecho hace semanas—. No poder
celebrarlo contigo ha sido un infierno. Ya no puedo verte desde la barrera —
admito.
—Estoy tan asustada. —Prácticamente tiembla en mis brazos—. ¿Y si daña
mi relación con él? ¿O tu relación? ¿Y si no podemos arreglarlo y es demasiado
tarde? No quiero perderlo. Podría decidir que ninguno de los sacrificios valió la
pena. ¿Y si nunca me perdona?
—Tú eres su mundo, Aurora, nada cambiará eso. Pero arreglaré esto,
Princesa. Arreglaré todo. —Barro sus lágrimas—. Cuando estemos solos, te lo
compensaré —murmuro—. Te quitaré todo el dolor. —Y te diré exactamente lo
que siento por ti. Cuando tengamos intimidad—. ¿Te parece bien?
Ella asiente.
Vuelvo a rozar sus labios, impotente ante la atracción.
—¿Qué demonios? —La voz cargada de incredulidad de Roman es un cubo
de hielo derramado sobre nuestras cabezas.
Muevo a Aurora detrás de mí mientras giro para mirarlo. La persona a la
que he estado mintiendo durante meses. Con quien debería haber sido sincero
hace tiempo. A quien he traicionado de la peor forma posible.
Por supuesto que esto está sucediendo ahora. Como si esta noche no fuera
ya una mierda de proporciones épicas. Todo por lo que Aurora ha trabajado en,
todo lo que ha hecho para probarse a sí misma, será eclipsado. ¿Qué tipo de
daño duradero hará? ¿Qué efecto dominó le hará a ella, a Roman, a nosotros?
Su mirada salvaje se mueve de mí a Aurora, que está casi oculta detrás de
mí.
—¿Peggy? —Su voz es baja e inestable.
—Roman. —Levanto ambas manos. En rendición. En súplica—. Puedo
explicarlo.
Su confusión es sustituida por una fría comprensión y una rabia latente.
—Explícate. ¿Qué has hecho, Hollis? —Se acerca, con los ojos
desorbitados fijos sobre mi hombro—. Aléjate de mi hija.
—Roman.
—Ahora.
Alargo la mano hacia atrás y desenredo el puño de Aurora de mi chaqueta,
pero no lo suelto mientras me muevo dos pasos hacia un lado. Está blanca como
una sábana, le tiembla la barbilla y sus ojos oscilan entre Roman y yo. Su mirada
lívida está clavada en nuestras manos unidas.
—¿Peggy? —Su voz temblorosa está llena de furia y miedo apenas
contenidos—. ¿Qué está pasando aquí?
Se lleva la mano temblorosa a los labios.
—Queríamos decírtelo. Íbamos a decírtelo.
—Iban a... —Aprieta la mandíbula y gruñe. Su mirada oscura se clava en
la mía—. ¿Cuánto tiempo lleva pasando esto? ¿Qué está pasando?
Le aprieto la mano.
—Quiero mucho a Aurora. —Así no puedo decirle que estoy enamorado
de ella.
—¡Esa no es una puta respuesta! —grita—. ¿Cuánto tiempo, Hollis?
Me trago la culpa y poseo la verdad.
—Unos meses.
Sus ojos se estrechan y se precipita hacia delante. Aurora intenta ponerse
delante de mí, pero la bloqueo. El puño de Roman choca con la pared detrás de
mi cabeza y Aurora me agarra. Pierdo el equilibrio y caigo sobre mi rodilla mala.
El dolor me ciega momentáneamente. Me lo merezco, por mentir a Roman, por
enamorarme de su hija, por mantenerla en secreto.
—¡Hollis! —Las manos de Aurora están en mi cara.
—¡No lo toques! —Roman ruge.
—¡Papá! ¡Para! —Aurora suplica.
—Princesa, por favor, retrocede. Esto tiene que pasar —murmuro.
—Cabrón. —Roman me agarra por las solapas y me arrastra hasta
ponerme de pie—. ¿Has estado yendo a mis espaldas y saliendo con mi hija?
¡Tiene veintiún años!
—Los dos somos adultos, papá —suelta Aurora.
Me empuja contra la pared, pero me suelta mientras su mirada furiosa se
desvía hacia ella.
—Entonces, ¿por qué andan a escondidas como... como adolescentes?
—¡Porque sabía que reaccionarías así! —Aurora muerde.
—¿Qué esperabas? —Su expresión se vuelve incrédula—. ¿Que me
alegrara al descubrir que mi mejor amigo y mi hija me han estado mintiendo? —
Se restriega una mano por la cara—. Desde hace meses. Está en mi puto equipo,
joder.
—Hollis quería decir algo hace semanas, pero le pedí que esperara. Y
luego traté de sacar el tema contigo, pero dejaste claro que no ibas a estar de
acuerdo —dice Aurora en voz baja.
—Solo te he pedido una cosa, Peggy. Y era que no salieras con un jugador
de hockey. Nuestras vidas son demasiado inestables. Te mereces un compañero
que esté presente para ti todo el tiempo. —Se pasa una mano por la cara—. ¿De
esto iba toda la conversación de Tristan y Rix del otro día? —Su mirada lívida
pasa de ella a mí—. Cobarde de mierda. ¿Le pediste a mi hija que me lo dijera?
—Pensé que sería mejor viniendo de mí —dice ella—. Quería que acabara
la gala y terminaran mis exámenes antes de que pasara esto. —A Aurora se le
quiebra la voz—. Necesitaba que fuera un éxito para que el equipo quisiera
contratarme porque estoy cualificada y no porque eres mi padre, o no
contratarme porque salgo con un jugador.
La mirada de Roman vuelve a dirigirse a mí.
—¿La oyes? Tú has hecho esto. —Me señala con un dedo acusador—. Tú
eres la razón por la que mi hija está llorando y defendiendo tu mentiroso e inútil
culo.
—Lo último que quería era herir a Aurora. Ella me pidió que esperara hasta
el final de la escuela y de la temporada. Es la única razón por la que accedí a
esperar, pero debería haber acudido a ti antes. Debería haber sido sincero
contigo. —Busco una manera de arreglar esto, de deshacer lo que he roto.
—Pero no lo hiciste, y no fuiste. —Se pasea por el pequeño pasillo—. Qué
pinta tiene esto... —Se lleva las manos a la nuca—. Me estás haciendo cuestionar
siete putos años de amistad, Hollis. Nunca debí confiarte a mi hija.
—Yo nunca...
Lanza su mano al aire.
—¡Pero lo hiciste! —Tiene los ojos desorbitados y el pecho agitado—. ¿Se
acostaron? —Nos mira. La respuesta debe de estar escrita en nuestras caras,
porque la suya se vuelve de un rojo aterrador.
—Quiero a Aurora, Roman —digo suavemente.
—¿La quieres? —Hace un gesto hacia el final del pasillo, el ritmo de la
música de baile es una banda sonora discordante para esta pesadilla que se está
desarrollando—. Acabas de ser subastado a tu ex. Si tanto te importa Peggy,
¿cómo pudiste permitirlo? ¿Cómo pudiste subirte a ese escenario y dejar que
otra persona comprara una noche contigo cuando estás involucrado con mi
maldita hija?
—No pensé...
—No, no lo hiciste. Mira lo que has hecho. —Señala a Aurora, que ahora se
abraza a sí misma, con la cara llena de lágrimas.
—Intentaba protegerla. —Las palabras saben agrias, como una mala
mentira. ¿Cómo se supone que voy a explicar que estaba tratando de honrar sus
deseos? Que los dos nos estamos enamorando y estamos aterrados de lo que eso
significa.
—Vete a la mierda. Nunca debiste ponerla en esta situación. Te pusiste
entre mi hija y yo. Sabías cómo hacer esto bien. Sabías cómo me sentiría sobre
todo esto. Si me hubieras preguntado en vez de hacer lo que querías a mis
espaldas, quizá no habría perdido la puta cabeza. Pero nunca lo sabremos,
¿verdad? Esto es una traición masiva, Hollis. ¿Cómo pudiste hacerle esto a mi
hija?
—Dijiste que lo asesinarías si alguna vez me tocaba —dice Aurora en voz
baja.
—Hace días. Lo dije hace días. Eso no explica los meses de secretismo
anteriores. —Su voz tiembla de ira—. Como si fuera algo de lo que avergonzarse.
—Sé que estás enfadado, y tienes todo el derecho a estarlo, pero esta
conversación sería mejor en un lugar privado —le digo.
Me mira como si fuera yo la que ha perdido la cabeza.
—No puedo mantener una conversación. Estoy lívido. No siento que seas
mi amigo o mi compañero de equipo ahora mismo. —Hace un gesto entre
nosotros—. Esto. Ni siquiera sé si tiene arreglo. Mi preocupación es Peggy. No
se trata de ti ni de nuestra amistad. Necesito averiguar cómo ayudarla a
manejar... lo que sea esta mierda. —Extiende su mano—. Peggy, cariño, nos
vamos a casa.
—Hollis, por favor —susurra, su expresión implorante. Desgarrada.
Pero no quiero crear más disensiones de las que ya tengo. La relación con
su padre es lo más importante para Aurora. Le aprieto la mano, asintiendo.
—Deberías irte. Se lo diré a Hemi.
La forma en que su cara se desmorona me rompe el maldito corazón, pero
no vamos a resolver nada esta noche. Quiero ir a verla. Quiero arrastrarla y
decirle lo mucho que la amo. Que haría cualquier cosa por ella. Que sacrificaría
cualquier cosa para hacerla feliz.
En lugar de eso, la suelto y Roman le rodea el hombro con un brazo
protector. Sacude la cabeza, decepcionado por la rabia, me lanza una mirada de
odio y la guía por el pasillo.
Dejándome con un camión lleno de remordimientos.
Hammer
Mantengo la mirada en el suelo y no digo ni una palabra mientras mi padre
me conduce al auto. Su brazo protector alrededor de mi hombro tiembla. Solo lo
había visto así de enfadado una vez. Cuando tenía diecisiete años, salí con un
chico que conducía un deportivo. Era un idiota al volante y tuvo un accidente
conmigo en el asiento del copiloto. Yo acabé con un leve latigazo cervical, pero
mi padre perdió los papeles con él. Como era de esperar, rompí con él
inmediatamente después.
En aquel momento me dio vergüenza, pero ahora entiendo la reacción de
mi padre. Una cosa es ser imprudente con tu propia vida y otra con la de otra
persona.
Pero esto es tan diferente. Tan, tan diferente. Lo que yo temía ha sucedido.
Casi una década de amistad está en peligro, y también la salud del equipo, por
no mencionar el daño que he hecho a la relación con mi padre. He intentado ser
tan perfecta para él, hacerlo todo más fácil, no ser una carga para él. Ahora acabo
de arruinarlo todo.
—¿Estás bien para conducir? —pregunto cuando llegamos al auto.
—Me tomé una copa —dice papá entre dientes apretados.
—Pero estás muy enfadado. —Ojalá pudiera evitar que se me quebrara la
voz o que se me saltaran las lágrimas, pero estoy hecha un lío—. Y le diste un
puñetazo a una pared. Probablemente deberías hacerte mirar la mano. —Si se
ha roto algo, nunca me lo perdonaré. ¿Y si no puede jugar el resto de la
temporada por mi culpa? Todo esto es culpa mía.
—Estoy bien, y mi mano está bien. Entra en el auto, por favor, Peggy.
No discuto. No estoy en condiciones de ponerme al volante.
Me deslizo en el asiento del copiloto, deseando haber manejado esta
noche de otra manera. Es como si mi cubo de la vergüenza se desbordara y me
ahogara en el proceso. Si hubiera sido capaz de mantener la compostura, esto no
habría pasado.
El viaje de vuelta a casa es silencioso. No quiero enfadar a mi padre
mientras conduce. Todo lo que ha hecho es amarme incondicionalmente.
Sacrificó tanto durante tanto tiempo, ¿y así es como se lo pago? Follándome a su
mejor amigo. Soy una hija terrible.
Aparca el auto cuando llegamos, pero no hace ademán de bajarse.
—Necesito que seas sincera conmigo, Peggy. ¿Cuánto tiempo lleva
pasando esto realmente?
—Desde enero —admito.
—¿Y antes de eso? ¿Alguna vez Hollis hizo o dijo algo que te incomodara?
—¿Qué? No. —Pero hice muchas cosas que incomodaron a Hollis. Mi padre
estaría tan decepcionado conmigo si lo supiera.
—Cariño, está bien ser honesta. No tienes que mentir para protegerlo. —
Su expresión es de dolor, incluso de miedo.
—Papá, eso no es lo que estás pensando... —Sacudo la cabeza. No era a
Hollis a quien quería proteger. Era a mí, y quizá también a mi padre. De la ira,
del dolor, de esto—. Es Hollis, papá. Es tu mejor amigo.
—Ya ni siquiera sé quién es. Fue a mis espaldas y te puso las manos
encima. —Su mandíbula se aprieta.
Me retuerzo en el asiento, con el estómago hecho un nudo, mientras me
preparo para decir la verdad. Miedo del daño que pueda causar.
—Lo has entendido al revés, papá. Él intentó mantener los límites, pero yo
seguí presionando.
—¡Él lo sabe mejor!
Me sobresalto al oír su volumen. Me desabrocho el cinturón y salgo de
necesitando espacio. Él hace lo mismo.
—Entiendo que estés enfadado, pero soy adulta.
—¡Es más de doce años mayor que tú! Te has pasado meses
escabulléndote a mis espaldas. —El dolor en su cara ya es bastante malo, pero
la decepción es más de lo que sé manejar.
—Doce años no es una brecha irrazonable. —Y aunque es una pieza de
este rompecabezas de mierda, no es el mayor problema, y lo sé.
—¡Todavía estás en la universidad! —Se agarra la nuca—. ¡Ni siquiera se
trata de eso! ¿Por qué mentir al respecto?
—¿Porque y si no funcionaba? Además, sabía que no te parecería bien, ¡y
lo confirmaste cuando dijiste que lo asesinarías! ¿Cómo iba a decírtelo después
de eso? No quería estropear el final de tu temporada ni mis exámenes. —Me
dirijo al ascensor y mi padre me sigue.
—¡Pero tardaste meses en sacar el tema! Hollis debería haber venido a mí
primero. Antes de que pasara nada.
—¿Habría cambiado tu reacción? ¿Habrías dicho que estaba bien si lo
hubiera hecho? —Me presiono las sienes con los dedos.
—No me diste la oportunidad de estar bien con ello, ¿verdad? ¿En qué me
equivoqué? ¿Desde cuándo no confías en mí lo suficiente como para decirme la
verdad? ¿Y qué despistado soy de que esto estuviera pasando delante de mis
narices y yo ni siquiera lo supiera? —Se pasa una mano por el cabello—. ¿Sobre
qué más has mentido?
Agacho la cabeza, incapaz de mirarlo a los ojos. No quiero contarle lo de
la habitación rosa ni nada más de estos años. Que no me gustaba vivir en los
apartamentos fuera del campus tanto como decía, porque él quería que yo
tuviera la experiencia universitaria completa que él nunca tuvo. No quiero
decirle que durante los dos primeros años después de mudarme con él guardé
una bolsa en el armario con todas mis cosas favoritas por si decidía que era
demasiado para él. Pero guardar estos secretos ha sido muy duro para mi
corazón y no es justo para él. Ni para mí. Mentirle es lo que nos trajo aquí en
primer lugar y mi cubo de la vergüenza se está derramando. Antes de que pueda
hablar, me hace otra pregunta.
—¿Qué crees que pasará contigo y Hollis, Peggy? ¿Cuál es exactamente
tu plan?
Me encojo sobre mí misma, sintiéndome sin ataduras. Como si todo mi
mundo se estuviera desmoronando y estuviera a punto de deslizarme por una de
las grietas.
—Íbamos a salir como hace la gente normal… Salir juntos. Ser una pareja.
Contarlo a nuestros amigos. Esperar que lo entiendan. Esperar que mi padre
acabe entendiéndolo.
—No te has enfrentado a ninguno de los retos que conlleva salir con un
jugador de hockey profesional. Estará fuera la mitad del año, Aurora. ¿Qué clase
de vida tendrás si tu pareja nunca está? —señala papá—. Y Hollis ni siquiera
podría defender lo que quiere cuando importa. Ninguno de los dos podría.
—¡Perdiste los papeles! Ni siquiera nos estás dando una oportunidad —
argumento.
—¿Como si me hubieras dado una oportunidad? —Se cruza de brazos—.
Obviamente he hecho un trabajo de mierda criándote si sentiste la necesidad de
ocultarme una relación. Estoy tan... decepcionado de que sintieras la necesidad
de mentir. Que ambos lo hicieran. Porque significa que te he fallado de alguna
manera. No te protegí como debería haberlo hecho.
Me tapo la boca con la mano, las lágrimas caen ahora más deprisa ante esa
temida palabra. La que siempre he intentado evitar.
Le he hecho esto, le he hecho cuestionarse a sí mismo. Todo porque quería
que Hollis me eligiera a mí antes que a él. Porque quería que todo funcionara con
la escuela y las eliminatorias antes de arruinar nada. Porque no podía ser honesta
con él.
—No me fallaste, papá. Tenía miedo de decírtelo porque no quería ser
quien te fallara. Rompí tu única regla. —Me retuerzo las manos, deseando poder
salir de los zapatos en los que estoy metida—. No quería hacerte daño, ni
disgustarte, y sabía que esto pasaría. Entiendo que estés enfadado, sabía que lo
estarías, pero cómo me hace sentir... —Me ahogo con las palabras, con el
miedo—. No quiero que te sientas decepcionada conmigo y lo estás.
Las puertas se abren en el penthouse y papá espera, como si esperara que
bajara del ascensor con él. Pone la mano sobre el sensor.
—Tenemos que hablar de esto.
—Esta noche no, por favor. Todo está súper revuelto y estoy muy
preocupada por Hollis. —Estoy al borde de un completo colapso emocional.
La cara de papá se suaviza un poco.
—Peggy.
Mis ojos arden con la amenaza de más lágrimas. Odio no poder controlar
mis emociones. Todo lo que amo se me escapa entre los dedos y no sé cómo
detenerlo.
—No pretendía enamorarme de Hollis, papá. Y siento mucho haberte
hecho esto, pero ahora mismo mi corazón está hecho pedazos. Por favor, déjame
algo de tiempo para procesarlo y derrumbarme.
La alarma del ascensor empieza a sonar de forma detestable.
—Te quiero, cariño. Eso nunca cambiará. —Retira la mano y las puertas se
cierran antes de que pueda responderle.
Consigo llegar a mi apartamento antes de empezar a berrear de nuevo.
Saco el teléfono del bolso. He estado tan pendiente de mi padre y de su reacción
ante lo que probablemente era la peor forma posible de que se enterara de lo
mío con Hollis, que me he perdido más de cien mensajes.
El chat de grupo con las chicas ha explotado. Pero también hay algunos
mensajes privados.
Hemi
Hollis me dijo que tu padre te llevó a casa. No dio más detalles, pero la
expresión de su cara lo decía todo. Lo siento mucho. Espero que estés bien.
Y no te preocupes por la gala, todo estaba llegando a su fin. Pero si
necesitas algo, manda un mensaje.
Por favor, proporciona una prueba de vida a la mayor brevedad posible.

Le envío una foto de mis pies sobre mi mesita y paso al siguiente hilo.

Rix
Estoy de camino a casa por si necesitas apoyo moral/helado/abrazos.

Envió el mensaje hace unos veinte minutos, así que debería estar en casa
en cualquier momento. Eso provoca una nueva oleada de lágrimas. Gracias a
Dios por Rix. Es una gran amiga. Paso al último hilo, el que más miedo me da.

Hollis
Lo siento mucho, Princesa. Esto era lo último que quería que pasara.
Mándame un mensaje cuando puedas hablar.

No sé lo que eso significa, y tengo miedo de averiguarlo. Todo se está


desmoronando.
Cinco minutos después, Rix, Essie y Tristan entran por la puerta.
Tristan suspira.
—Ah, joder.
Rix le señala con el dedo.
—Si pronuncias las palabras te lo dije, Palmella y Fingerella serán tu única
fuente de placer durante el próximo mes.
Levanta las manos.
—Nunca soltaría un te lo dije. —Su rostro se suaviza cuando se vuelve
hacia mí y me pone la mano en el hombro—. Sé que las cosas están revueltas
ahora, y probablemente parezca imposible.
Rix se sienta en el sofá a mi lado y me pasa una caja de pañuelos.
Arranco un puñado y me seco la cara, aunque las lágrimas sigan brotando.
—No he podido hablar con Hollis desde que mi padre se enteró de lo que
pasa. Está muy enfadado y se siente traicionado. Es un desastre. —Le explico lo
que pasó, cómo mi padre nos encontró en la alcoba y lo perdió.
—¿Hollis dejó que tu padre te llevara a casa? —pregunta Tristan. No me
gusta que lleve la misma expresión de decepción que mi padre.
—No quería interponerse entre mi padre y yo, y no era el lugar ideal para
una conversación productiva —digo a la defensiva.
Tristan se pasa la mano por el cabello y sacude la cabeza.
—Pensé que lo sabía mejor.
—¿Qué quieres decir?
—Debería haber sido un hombre de verdad y haber luchado por ti.
Aunque yo también la cagué antes. Así que todavía hay esperanza —ofrece
Tristan, de alguna manera útil.
Pero las palabras de Tristan aprietan una herida que él no se da cuenta de
que nunca ha cicatrizado del todo.
Un golpe en la puerta hace que me dé un vuelco el estómago. Todo el
mundo me mira.
Tristan rompe filas primero.
—Si es Roman, no voy a contestar.
Puede que no quiera darme espacio, pero no le veo llamando ya a mi
puerta.
Tristan pone el ojo en la mirilla y, un momento después, gira la cerradura
y abre la puerta de golpe.
—Amigo.
—Lo sé. —Hollis está en el umbral, con la pajarita medio desabrochada y
el cabello alborotado. Parece preocupado, triste y roto, como yo.
—Bueno, tu cara sigue de una pieza, así que te has adelantado a mí y a Flip
—dice Tristan.
Nadie esboza una sonrisa.
No estoy preparada para lo que venga. Estoy aterrorizada.
—Aurora, ¿podemos hablar? —Hollis pregunta.
Un peso ominoso se instala en mi pecho cuando cuatro pares de ojos se
dirigen hacia mí.
Asiento, insegura de si mi voz se quebrará o no.
—Estaremos en casa de Tristan. Mándame un mensaje si necesitas algo. —
Rix se inclina y besa la parte superior de mi cabeza—. En serio, solo manda un
mensaje. Te apoyamos.
Essie, que ha sido una observadora silenciosa, me abraza.
—Mantente fuerte. Estamos aquí cuando nos necesites.
Hollis cierra la puerta y echa el pestillo de seguridad antes de acercarse
al sofá. Deja espacio entre nosotros y no hace ademán de tocarme. La falta de
afecto resquebraja mi frágil corazón.
—¿Estás bien? —Sus ojos se cierran—. Esa es una pregunta estúpida.
Claro que no estás bien. ¿Cómo están Roman y tú?
—Está disgustado y se culpa por ser un mal padre. Le dije que ambos
necesitábamos tiempo para procesarlo.
Se pasa las manos por las piernas.
—¿Así que está molesto contigo?
—Entiendo su enfado de una forma que antes no podía, pero soy una
adulta que puede tomar sus propias decisiones. Aunque algunas de ellas podrían
y deberían haberse hecho de otra manera. —Se me revuelve el estómago y tengo
la boca seca.
Ojalá Hollis me tomara de la mano. Quiero que me envuelva en sus brazos
y me diga que lo resolveremos todo. Que superaremos esto.
Se frota el labio inferior, con expresión de dolor.
—Debería haber sido sincero con él desde el principio. En cuanto me di
cuenta de que tenía esos sentimientos, debería haber acudido a él.
—Pero eso no es lo que pasó, así que ¿a dónde vamos desde aquí? —
pregunto.
Suspira, con los ojos fijos en sus manos, que están entrelazadas en su
regazo.
—Ambos estamos en un momento de transición en nuestras vidas, Aurora.
Eres tan joven y tienes tanto por crecer.
La fisura de mi corazón se hace más profunda. Lo estoy perdiendo. Este es
un discurso de ruptura. Me dejó ir a casa con mi padre para que pudiera tomarse
el tiempo para preparar esto. Para terminar con esto. No me está eligiendo.
Palabras como carga, demasiado, demasiado duro, ocupan demasiado espacio
en mi corazón y en mi cabeza. No confío en mi voz, así que lo único que hago es
asentir.
—Lo que siento por ti. No puedo... —Parece tan triste, como si supiera
exactamente lo que esto me hará—. Tal vez en un par de años cuando hayas
tenido tiempo de establecerte en una carrera... —Se levanta y recorre la
habitación—. Quizá sea eso lo que necesitamos.
Apenas puedo respirar por el dolor en mi pecho. Tenemos años de
amistad a nuestras espaldas. Nos preocupamos el uno por el otro, ¿y él ni siquiera
está dispuesto a intentar que esto funcione? Si él no cree que valga la pena el
esfuerzo, ¿entonces quién lo hará? Tal vez tenga razón. Sabe lo difíciles que son
las relaciones. Tal vez no estoy lista para esto. Él lo sabría mejor. Me siento tan
tonta y vacía.
Lucho por no derrumbarme delante de él.
—¿Por qué hicimos todo esto entonces, Hollis? ¿Qué sentido tenía?
Cuelga la cabeza.
—Pensé... quería que fuera el momento adecuado.
Entierro la cara entre las manos, incapaz de evitar que caigan las lágrimas.
—¿Por qué me dejaste amarte? —susurro contra mis palmas húmedas.
—Princesa. —Me quita las manos de la cara y se arrodilla.
Intento detener las lágrimas, pero soy demasiado débil. Siguen cayendo,
y mi corazón sigue rompiéndose.
—Lo siento mucho —susurra.
Lo empujo y me limpio las lágrimas.
—Guárdate tus disculpas, Hollis. No las quiero. —Quiero valer la pena.
Quiero ser suya, pertenecerle. Ser algo real y verdadero para él. Quiero que
luche por mí, por nosotros.
—Aurora.
—Deberías irte.
No se mueve, no de inmediato. Y estoy tan cerca de perderlo de verdad.
»Ahora, por favor. —No reconozco mi voz. Es fría, distante, vacía de
emoción.
Se levanta de un empujón. Yo mantengo la mirada en mis manos, cruzadas
sobre el regazo. No es hasta que oigo el suave chasquido de la puerta al cerrarse
tras él que agarro el cojín que tengo al lado, entierro la cara en él y lloro
desconsoladamente.
Hammer
Lo único que quiero es tumbarme en la cama y llorar, pero no tengo tiempo
para lamentarme. Tengo que entregar mi proyecto final independiente —que
incluye una presentación en la que describo mi papel en la organización de los
Terror y la ejecución de la gala—, así como dos proyectos de grupo. No importa
que duerma fatal y que la comida sepa a cartón. Tengo trabajo que hacer, así que
mi corazón roto se ve obligado a quedarse al margen hasta que tenga tiempo de
derrumbarme. La escuela y el trabajo con los Terror son todo lo que importa
ahora.
He pasado los dos últimos días en la biblioteca. Sobre todo, para no tener
que ocuparme de mi vida. Hollis me ha escrito dos veces para ver cómo estoy.
No he respondido. La verdad es que soy un desastre. He roto con chicos antes y
me han roto, pero ninguno me ha dolido tanto como esto. Pensé que Hollis era mi
persona. Pensé que estábamos empezando el camino hacia la eternidad, y ahora
hay este espacio en blanco, hueco en mi pecho donde ese sueño solía ser.
Un café aparece en la mesa mientras Jameson se desliza en el asiento de
al lado.
—Hola, Aurora. Supongo que te vendría bien... —Se le borra la sonrisa y
su expresión cambia a preocupación—. Mierda. ¿Estás bien? —Rebusca en el
bolsillo delantero de su mochila y saca un paquete de pañuelos. Me toco la
mejilla y me doy cuenta de que estoy llorando.
—Dios mío. ¿Qué demonios me pasa? —Acepto el pañuelo y me froto las
mejillas y los ojos. Gracias a Dios por el rímel transparente y resistente al agua.
—Hoy en día todos estamos sometidos a mucho estrés —ofrece.
La semana pasada me enteré de que a Jameson le habían ofrecido la
admisión en la escuela de posgrado de Columbia Británica y en el programa de
Toronto. Al final, aceptó la oferta del oeste.
—Sí. Sigo sin acostumbrarme a llorar en la biblioteca. —Me sacudo las
emociones y trato de compartimentar.
—¿Está relacionado con la escuela? ¿Puedo ayudar en algo?
—Es personal. Familia y esas cosas.
—Lo siento. ¿Quieres hablar de ello?
—La verdad es que no. Solo me hace sentir una mierda.
—Es justo. —Se reclina en su silla—. La gala parecía haber sido un gran
éxito. Quiero decir, basado en las cosas que vi en las redes sociales. Pudiste
conocer a Scarlet Reed. Como, guau. —Hace un gesto de asombro—. ¿Es
simpática en la vida real?
—Sí, lo es. —Y quiere robarme al hombre del que estoy enamorada. Tal vez
lo haga ahora que ha decidido que no estoy lista para una relación. «Quería que
fuera el momento adecuado». Parpadeo al ver la mirada de Hollis, como si se
hubiera dado cuenta de lo poco preparada que estaba. Pensaba que podría
manejarlo. Quería ser capaz, pero a juzgar por lo mal que me siento, quizá tenga
razón después de todo. No puedo tenerlo todo. Nadie puede.
Me saco de la cabeza.
—¿Qué tal tú? ¿Cómo fue tu evento?
—Bien. Estupendo. Hemos recaudado unos cincuenta mil, que es una
miseria si lo comparamos con tu gala. Creo haber leído que recaudaron cerca de
un millón para todas estas organizaciones benéficas.
—Hemos recibido grandes donaciones de algunos pesos pesados.
Cincuenta mil es increíble. Deberías sentirte muy bien por ello.
Por suerte, aparecen otros dos miembros de nuestro grupo y nos ponemos
manos a la obra. El dolor en el pecho es insoportable, pero al menos tengo algo
en lo que concentrarme aparte de mi maltrecho corazón.

De camino a casa, me llama mi madre. He pospuesto la conversación,


demasiado cruda para ocuparme de otra cosa que no sean mis propios
sentimientos.
—Mi dulce niña, dime qué pasa —son sus primeras palabras.
—¿Has hablado con papá?
—Llamó ayer. Quería darte tiempo, pero también quiero que sepas que
estoy aquí para ti, como me necesites.
Levanto la barbilla hacia el cielo. Es un hermoso día de primavera, pero
no puedo apreciarlo. No con lo pesado que se siente mi corazón.
—Está tan decepcionado de mí y eso es lo último que quería.
—Cariño, no está decepcionado contigo, está decepcionado consigo
mismo. —Mamá suspira—. Dime la verdadera razón por la que le ocultaste esto
durante tanto tiempo.
—Tuvo que sacrificarlo todo por mí —susurro.
Se queda callada un momento, y cuando habla su voz está cargada de
emoción.
—Mi pobre bebé, siento mucho haberle hecho esto a tu suave corazón.
—¿De qué estás hablando? —Empujo las puertas de mi edificio y me dirijo
al ascensor.
—Quería ser la mejor madre para ti, Aurora. De verdad que sí.
—Lo sé...
—Déjame terminar, cariño. —Ella respira hondo, estremeciéndose—. No
era la mejor versión de mí misma cuando eras joven. Y quería serlo. Intenté serlo.
Pero tu padre estaba... tan perdido sin ti. Y tú, Dios, estabas tan perdida sin él.
Cada vez que te recogía y te llevaba a casa... estabas tan triste hasta la próxima
vez que lo veías. Él te sostenía y tú lo sostenías a él. Él te hacía brillar de una
manera que yo no podía.
Quiero discutir, estar en desacuerdo, pero recuerdo lo duro que era
dejarlo cuando era pequeña. Lo emocionada que estaba por cada visita y lo
destrozada que me quedaba cuando terminaban. Las puertas se abren y entro,
agradeciendo que esté vacía porque estoy a punto de llorar.
—Sé que lo intentaste. —Pulso el botón de mi planta.
—Renunciar a tu custodia fue lo más difícil que he hecho en toda mi vida,
Aurora. Pero no podía soportar verte sufrir cada vez que tenías que venir a casa
conmigo o dejar a otro grupo de amigos. Sentía que te rompía el corazón todo el
tiempo. Sobre todo, después de tus veranos fuera. Seguía alejándote de donde
eras más feliz. Fue lo más doloroso que he hecho, pero era lo correcto, para los
dos. Roman podía darte todo lo que yo no podía. Podía amarte exactamente como
necesitabas ser amada. El sacrificio para él fue dejarme intentarlo tanto tiempo
como lo hizo. Y siento muchísimo no haber podido ser la madre que necesitabas
entonces, pero espero poder ser la que necesitas ahora. Te quiero, mi dulce niña.
Eres mi regalo más preciado.
—Te quiero. Creo que no me di cuenta de cuánto necesitaba oír esto.
—Eres un alma tan vieja que a veces olvido que necesitas las mismas
seguridades que el resto de nosotros.
Mi padre me espera fuera de mi apartamento cuando salgo del ascensor.
—Hola, papá —digo con la voz entrecortada por la emoción.
—Habla con él. Sé sincera. Te quiero. Estoy aquí cuando me necesites.
—Okey. Te quiero.
—Con todo mi corazón y más.
Termino la llamada.
—¿Zara? —Papá pregunta.
Asiento, el labio inferior ya me tiembla.
Abre los brazos.
Me meto en ellos.
—Siento haberte mentido —murmuro en su pecho.
—Siento haber hecho imposible que fueras sincera conmigo.
Nos quedamos allí en el pasillo durante largos minutos, yo llorando y él
abrazándome. Cuando por fin controlo mis emociones, me echo hacia atrás.
—No puedo irme mañana por la mañana sin asegurarme de que estás bien
y tener una conversación para asegurarnos de que estamos bien —dice. Les
espera una serie de dos partidos de visita.
—Podría volver a llorar —le advierto. Pero tampoco quiero que suba a un
avión con esta tensión entre nosotros.
—Soporto mejor las lágrimas que el silencio —responde. Parece cansado
y preocupado. Yo le hice esto. He trastornado su mundo. Un cubo de vergüenza
no es lo bastante grande, ¿quizás un lago sería mejor?
Pulsa el botón del ascensor y se gira para mirarme.
—¿Cómo estás?
—He estado mejor. —Más vale ser honesta ya que mentir es lo que nos
trajo aquí en primer lugar.
—La otra noche podría haber manejado las cosas con más elegancia —
dice mientras tomamos el ascensor para volver al nivel de la calle.
—Podrías haberlo hecho —concuerdo—. Pero también soy consciente de
que fue un shock.
Su expresión es triste.
—Solo quiero entender por qué sentiste que tenías que mentir. —Las
puertas del ascensor se abren y lo sigo de vuelta a la cálida tarde primaveral.
—Tantas razones. —Miro al cielo—. Estaba rompiendo la única regla que
realmente has hecho cumplir. Y no con cualquier jugador, sino con tu mejor
amigo.
Su mandíbula tiembla, y la oscuridad nubla su expresión.
—Debería haber acudido a mí. Habría sido lo correcto.
—Pero no lo hizo. Porque le pedí que esperara. —Y nos llevó meses
ponernos de acuerdo. Cuando finalmente lo hicimos, puso mis deseos por
delante de los suyos, porque le dije que eso era lo que quería. Pero bastó el enojo
de mi papá para que Hollis cambiara de opinión sobre mí, sobre nosotros.
Me abre la puerta del restaurante. Nuestra mesa preferida en, en la
esquina del fondo, está libre, así que agarramos los menús y nos metemos en el
reservado.
—¿Hoy están los dos solos? —pregunta Rainbow mientras deja café y agua.
Me fuerzo a sonreír.
—Solo nosotros dos. —Volvemos a ser como antes.
Pedimos lo de siempre y se va corriendo.
—¿Pero por qué le pediste que esperara? —pregunta papá.
Oigo el dolor. La ira aún presente.
—Porque tenía miedo. Aún lo tengo —admito.
—¿De qué? ¿Por qué ocultarme esto durante todos estos meses?
El cubo se inclina y la verdad se derrama.
—¿Y si me dejabas? ¿Y si era demasiado? ¿Y si me odiabas? ¿Y si todos los
sacrificios no valieron la pena y deberías haberme dejado con mamá? —Me
aterroriza que esto pueda ser lo que nos rompa. Que todo lo que he intentado
hacer para facilitarle la vida se borre con esta única traición—. ¿Y si me guardas
rencor por haberte quitado a tu mejor amigo junto con todo lo demás?
Su expresión cambia, la ira se desvanece en algo parecido al horror y
luego a la tristeza.
—Cariño, nunca podría estar resentido contigo, ni odiarte. Eres todo mi
mundo y nunca has sido demasiado para mí. —Sus ojos se cierran por un
momento y, cuando se abren, veo su dolor. Alarga la mano por encima de la mesa
y yo la pongo sobre la suya—. Quererte, llegar a ser tu padre, tener esta relación
contigo, estar en tu vida como lo estoy yo... Eso no fue un sacrificio para mí, fue
un sacrificio para Zara. Fue lo más difícil que ha hecho nunca, y estoy
jodidamente orgulloso de ella por ello, porque sé lo profundamente que te
quiere. Y ella haría cualquier cosa por ti, incluso si eso significara tener que
amarte desde la distancia.
—Nunca quise ser una carga para ti —admito suavemente—. Pensé que si
podía ser la hija perfecta...
—No espero que seas perfecta, cariño. Eso es pedirle algo imposible a
cualquiera. Tú eres un regalo. Siempre serás mi primera prioridad. Nuestro
vínculo es especial. Somos un equipo, tú y yo.
—Lo sé. —Alineo los cubiertos en mi servilleta, el alivio de oír esto de él
me da el valor para decir las cosas que necesito—. Pero entonces empecé a
trabajar con Hemi. Y dejé de ser una estudiante, y empecé a ser una profesional.
Dejé de ver a Hollis como tu mejor amigo, y él dejó de verme como la hija de su
mejor amigo.
—Entonces es cuando debería haber venido a mí.
Me trago los miedos.
—Intentaba protegerte, papá. Y a mí misma. Pensaba que podía con todo,
tenerlo todo. —Hago rodar el labio entre los dientes—. Y cuando intenté sacar el
tema, no estuviste especialmente receptivo.
Papá arquea una ceja.
—Si Hollis te hiciera lo que Tristan le hace a Rix, me costaría mucho no
ponerlo a dos metros bajo tierra.
Durante medio segundo, me planteo defender a Tristan, pero decido no
hacerlo.
—Okey. Me parece justo. Pero, ¿al menos puedes ver por qué tu reacción
me asustó para no decir nada?
—Pero fueron meses de esconderse.
—Solo me tienes a mí, al hockey, a tus compañeras de equipo y a Hollis,
papá. Estás tan centrado en mí que no dejas espacio para nadie más. Estaba tan
concentrada en probarme a mí misma, al equipo, a ti, a mí. Y me aterrorizaba tu
reacción y las consecuencias.
Su expresión se vuelve dolorosa.
—No hay nada que puedas hacer para que deje de amarte.
Se me escapan más lágrimas, y mi padre se mueve de su lado de la cabina
al mío y me rodea con sus brazos.
—Odio haberte decepcionado —murmuro.
—No lo has hecho, cariño. —Me besa la parte superior de la cabeza—.
Ojalá hubiera dejado espacio para ti, para ser sincera. Y no ayuda que solo sea
seis años más joven que yo.
Resoplo y me limpio la nariz con una servilleta.
—Eras un adolescente cuando me tuviste. Aunque yo saliera con alguien
de veintitantos, seguirán teniendo una edad muy parecida. Y una diferencia de
doce años no es algo inaudito. En absoluto —señalo—. La hermana de Hollis está
casada con un tío quince años mayor que ella.
—Puedes entender mi lucha aquí.
—¿Sinceramente, papá? No debería sorprenderte que acabara
enamorándome de uno de los chicos del equipo. Agradece que no fue Flip.
Se le abren los ojos como platos y las fosas nasales. Sería gracioso si no
estuviera tan emocional.
—¡Dallas aún está en sus veintes! —dice—. Es un buen tipo.
—Uh, él como que tiene algo con Hemi. —Esa es la sensación que tengo
de él, de todos modos. ¿Por qué si no aguantaría toda la mierda rara que ella le
hace hacer?
—No eres la primera persona que dice eso —reflexiona—. Y la mitad del
equipo sigue teniendo veinte años.
—Pero siguen siendo jugadores de hockey y no son Hollis. No es que
importe, porque ya no nos vemos, ni en secreto ni de ninguna otra forma. —El
dolor en mi pecho se vuelve casi insoportable con esa admisión. Se me saltan las
lágrimas.
Frunce el ceño.
—¿Qué? ¿Cuándo pasó eso?
—¿No has hablado con él?
—Estoy demasiado enfadado para hablar con él. ¿Es por cómo reaccioné?
—Sí. No. No lo sé.
Vuelve a parecer enfadado.
—¿Por qué ya no se ven?
Lucho contra las lágrimas, pero pierdo la batalla. Saco otra servilleta del
dispensador y me seco los ojos.
—No es el momento adecuado para nosotros.
—¿Es eso lo que dijo?
—¿Importa?
—Si no va a luchar por ti, no te merece —dice bruscamente papá.
Apoyo la cabeza en su pecho.
—Sé que sigues enfadado, pero me duele el corazón, y solo necesito que
seas mi padre y me quieras, y que no me eches mierda por enamorarme de
Hollis, ¿de acuerdo?
Me aprieta el hombro y me besa la cabeza.
—Bien. Siento que estés dolida, cariño. ¿Hay algo que pueda hacer para
que esto mejore?
—Solo sé mi papá.
—Siempre. —Suspira—. Podría patearle el culo, si quieres.
—Gracias, pero estoy bien.
—Me imaginé que dirías eso, pero pensé en ofrecértelo de todos modos
—dice suavemente—. ¿Hay algo más que me hayas estado ocultando que
debería saber?
—Mi color favorito es el amarillo, no el rosa.
Se echa hacia atrás y frunce el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
Sus ojos se clavan en mi bolso y en el lazo que llevo en la muñeca. Su boca
se abre y se cierra. Suspira.
—¿Podemos establecer una nueva regla?
—Depende.
—No más tratar de ser perfecta. Te quiero exactamente como eres.
—Aunque el rosa no sea mi color favorito.
—Incluso entonces. —Me besa la cabeza—. Te adoro.
—Yo también.
Hollis
Esta noche jugamos en Nueva York y yo sigo en el banquillo, aunque solo
por un partido más. A pesar de lo increíble que fue recibir esa noticia esta
mañana, el hecho de que no pueda celebrarlo con Roman o Aurora hace que sea
menos que una victoria. También me duele el hecho de que probablemente
habría jugado esta noche si no hubiera caído de rodillas en la gala. Por suerte, la
mano de Roman está bien. Veo a mis compañeros volar por el hielo. Como
siempre que jugamos contra Nueva York, Madden y Grace se dan mierda
mutuamente, aunque al menos se mantienen fuera del área. El partido está
empatado, pero aún tenemos doce minutos para marcar otro gol. Solo quedan un
puñado de partidos en la temporada regular. Nos dirigimos a las eliminatorias
pase lo que pase, pero cada punto cuenta. Grace golpea a Madden contra las
tablas, y Nueva York gana el control del disco.
—Ojalá entendiera por qué se odian tanto —murmura Palaniappa.
—Fueron juntos a un campamento de hockey cuando eran adolescentes.
Algo pasó allí por lo que tengo entendido —dice Bright.
—Debe de haber sido algo muy malo —responde Palaniappa.
No hago comentarios. Estoy medio aquí, medio todavía en Toronto,
preguntándome cómo le irá a Aurora. Rix vino a buscar mi llave antes de que me
fuera y me dijo que se ocuparía de los chicos. Me dijo que Aurora estaba tan bien
como cabía esperar. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes. Que lo hubiera
manejado mejor. Que no hubiera hecho implosionar mi relación con Aurora y mi
mejor amigo. Me siento jodidamente perdido. Tenía miedo de que pudiera
cambiar de opinión años después, pero ahora tengo miedo de haberla perdido
para siempre.
Bright y Palaniappa vuelven al hielo, y Madden y Stiles se retiran. Stiles se
coloca a mi lado.
—Tienes que mantener la cabeza en el siguiente turno, hombre —le dice
a Madden—. No puedo sostenerte de la mano durante las eliminatorias.
—Sabe cómo presionarme —refunfuña Madden.
—Y tú se lo permitiste —responde Stiles.
—Habla mierda —contesta Madden.
Stiles le da una palmada en el hombro.
—Eres mejor que él, en el hielo y fuera de él. Deja de permitir que te
moleste.
—Lo intento. —Sin embargo, la pierna de Madden va a mil por hora, así
que es difícil saber hasta qué punto será eficaz.
Palaniappa pasa el disco a Bright. Éste corre por el hielo, hacia la red, con
Nueva York pisándole los talones. Palaniappa se coloca y Bright le pasa el disco.
Spencer impide que otro jugador de Nueva York le robe el disco y Bright vuelve
a disparar a puerta. Rebota en el poste, pero Palaniappa está listo para el rebote.
Desliza el disco por el patín de su portero mientras se desplaza hacia el otro lado
de la red, dándonos el gol que necesitábamos para ponernos por delante.
El estadio enloquece: los aficionados neoyorquinos enloquecen, los
aficionados de Toronto gritan su aprobación. Mantenemos la ventaja durante el
resto del periodo y ganamos por uno.
Roman sigue ignorándome. Pensé que compartir habitación en este viaje
me obligaría a conversar, pero hasta ahora mis intentos se han saldado con
respuestas de una sola palabra y mucha frialdad. Después del partido, sigo a
Roman a la habitación del hotel, con la esperanza de que por fin podamos aclarar
las cosas. Soy incapaz de soportar toda esta puta nada.
—¿Cuánto va a durar la ley del hielo? —le pregunto.
Deja caer el abrigo sobre la cama.
—El tiempo que me lleve superar que tengas una relación con mi hija a
mis malditas espaldas. Puede que tarde un mes, puede que un año, o puede que
nunca lo supere. Lo sabías. Pusiste a Peg-Aurora en una posición de mierda.
Dependía de ti hacer las cosas de la manera correcta. Mi hija es un puto desastre,
y eso es culpa tuya. Su corazón está hecho pedazos porque eres un maldito
cobarde egoísta.
Empiezo a intervenir para explicarme, pero él me interrumpe.
»Tú no tienes una hija, así que no puedes comprender lo horrible que es
verla pasar por esto. Lo único que puedo hacer es ser alguien en quien pueda
apoyarse. Ella es mi prioridad, que es mucho más de lo que es para ti.
Todo lo que hice fue para protegerla del dolor, pero fracasé
miserablemente. Al menos no arruiné su relación con Roman. Eso es algo.
Suena su teléfono.
—Es Aurora. Me gustaría un poco de privacidad mientras hablo con ella,
así que si pudieras salir, sería genial. Uno de los chicos te mandará un mensaje
cuando acabe. —Cruza la habitación y abre la puerta, indicándome que salga—
. Hola, cielo. ¿Qué tal tu primer examen? ¿Te sentiste bien?
Recojo mi chaqueta y mi teléfono y salgo al pasillo. ¿Qué otra cosa puedo
hacer? Roman no quiere oír mi versión y yo no quiero enfadar a Aurora más de
lo que ya lo he hecho.
La puerta me da en las narices. Aún oigo su voz, pero las palabras están
demasiado amortiguadas para distinguirlas.
Llamo a la puerta de Flip y Tristan. Tristan abre. Va vestido con su uniforme
habitual de pantalones de correr y camiseta.
—¿Duermes en mi sofá esta noche?
—Tal vez.
—He estado allí más veces de las que puedo contar, pero sobre todo
porque Flip tiene problemas para mantener la polla en los pantalones. —Se hace
a un lado y me deja entrar.
—¿Dónde está ahora?
—Fue a buscar unos bocadillos. Ya le advertí que si se trae a un humano,
puede alquilar su propia habitación.
—Ha estado mucho mejor en los últimos meses —ofrece Ash.
—Sí, pero mis días de dormir en el sofá han terminado. Los tuyos, sin
embargo, probablemente acaban de empezar. —Su expresión refleja tanto
empatía como decepción.
Ash y Dallas ya están en el sofá. Dallas trajo su consola de juegos, así que
los dos están jugando.
—Así que tú y Hammer, ¿eh? —dice Dallas.
—Shilps lo predijo hace meses —dice Ash.
—¿Una de las chicas dijo algo? —Soy consciente de que Rix lo sabe desde
hace tiempo, y Tristan nos descubrió una vez...
Ashish pone los ojos en blanco.
—Es la forma en que la miras.
—¿En qué forma?
—Con anhelo.
Bueno, eso no es inexacto.
—No puedo creer que te hayas estado tirando a la hija de tu mejor amigo.
Eso tiene pelotas. Juego de palabras —dice Dallas—. Y estúpido.
—No soy un estúpido. No me estaba tirando a Aurora.
—Bien. Teniendo sexo. —Hace una pausa en el juego y sus cejas se
arquean—. O haciendo el dulce, dulce amor con la hija de tu mejor amigo.
—Te voy a dar un puñetazo en la puta cara si sigues hablando así de
Aurora.
—Oh, mierda. —Dallas deja su mando en el suelo—. Estás enamorado de
ella.
—En serio, ¿podemos cambiar de tema?
—Amigo. Estás enamorado de Hammer. Como Hammer, que básicamente
creció con todo el equipo como hermanos mayores-guardaespaldas. —Dallas
sigue hablando—. Maldición. Bueno, ahora lo que pasó ayer con Willy tiene
sentido.
—¿Qué pasó con Hemi? —Ash pregunta.
—Me apuntó a una sesión de fotos con una pitón antes de que voláramos
ayer, probablemente porque sabe que odio las serpientes, pero luego dijo que
le había surgido algo y la reprogramó. Ni siquiera me llamó por mi nombre ni
me dijo que me odiaba. Siempre me dice que me odia. Pero supongo que estaba
preocupada por lo que sea que esté pasando contigo y Hammer. Pensé que tal
vez querías un bocado de la fruta prohibida. Ya sabes, probar esa fresca manzana
prohibida.
—En serio, voy a estrangularte mientras duermes —le digo.
—Similar a como te gustaría morder la manzana de Hemi —dice Ashish.
—Oh no. No quiero morder la manzana de Hemi. Quiero hacer un maldito
pastel con ella.
Miro a Tristan en busca de algún consejo real, lo que claramente me coloca
en la categoría de altamente desesperada.
—Ya has pasado por esto antes, y Flip y tú resolvieron las cosas y Rix te
aceptó de nuevo.
—Eh, sí, pero solo porque Bea es la mujer más comprensiva del universo.
No creo que le duela que le proporcione orgasmos múltiples cada vez.
—Menos mal que Flip no está aquí para esta conversación —dice Dallas.
Tristan se encoge de hombros.
—Es consciente de mi capacidad sexual, que es otra razón por la que Bea
no debería estar interesada en ser mi novia, pero aquí estamos. Es la primera
persona con la que quiero hablar cada mañana y la última cara que quiero ver
antes de irme a la cama. Haría cualquier cosa por ser el bastardo afortunado que
consiga amarla. Sigue tu propio consejo, hombre. Si realmente amas a Hammer,
¿por qué no haces algo al respecto?
—No quiero interponerme entre ella y Roman —le digo—. Quizá dentro
de unos años, cuando sea mayor, podamos tomar mejores decisiones juntos.
—¿Va a pasar el resto de su vida viviendo con su papi? ¿Siendo su niñita?
—Tristan sacude la cabeza—. Me parece una excusa de mierda. Tal vez debas
preguntarte a qué le tienes realmente miedo y por qué te dejas marginar.
—Entiendo lo que dices, pero sabes que no es tan sencillo. Solo quería que
se sintiera segura y apoyada.
—¿“Segura” de qué? ¿De que Roman se enfade con razón? El amor nunca
es sencillo. Siempre es un riesgo. Tienes que decidir hasta dónde estás dispuesto
a llegar por Hammer, o tal vez no la amas tanto como crees. —Sus palabras me
golpean más fuerte que cualquier puño.

Paso la noche en el sofá de Dallas y Ash. A la mañana siguiente, subimos


al avión y volamos a Buffalo para otro partido de visita. Nos instalamos en el hotel
antes del entrenamiento y Roman sigue ignorándome. Echo de menos a Aurora.
Me había acostumbrado a mirar las cámaras de gatitos en busca de imágenes
suyas y a mantener una conversación constante a través de mensajes de texto.
Pero ahora todo me parece vacío.
Me pongo la ropa de entrenamiento y salgo a la pista con el resto del
equipo. Esta noche vuelvo a jugar por primera vez, así que tengo que aprovechar
al máximo el entrenamiento. El dolor punzante de mi rodilla se disipa
rápidamente estos días y, a pesar de que mi vida es una completa tormenta de
mierda, el entrenamiento transcurre sin problemas.
El entrenador me lleva aparte después para comprobarlo.
—Hoy has estado muy bien. ¿Te sientes preparado para el partido?
—Estoy listo para volver a salir con mi equipo.
—Es un buen equipo para enfrentarte a él en tu primera noche de vuelta
—afirma.
Anoche no habría sido inteligente con Madden y Grace encima. Pero
hemos vencido a Buffalo en todos los partidos de esta temporada, así que nos
sentimos fuertes por una victoria esta noche.
—Estoy de acuerdo.
Asiente y se frota la barbilla.
—¿Todo lo demás bien?
Seguro que ha notado la tensión entre Roman y yo. A diferencia de
Madden y Stiles, no nos batimos en duelo sobre el hielo, pero Roman no oculta
sus miradas asesinas.
—Estoy resolviendo algunos asuntos personales —le digo.
—¿Impactará eso en cómo juegues esta noche? No hay vergüenza en
necesitar un poco más de tiempo, Hollis.
Me está dando una salida, pero no estoy dispuesto a aceptarla.
—Estoy bien. Necesito concentrarme en algún sitio, y el hielo es el mejor
lugar para ello.
—De acuerdo. —Golpea el brazo de su silla—. Si eso cambia, házmelo
saber.
—Lo haré.
Evito mi habitación de hotel entre el entrenamiento y el partido y paso
unas horas con Flip y Tristan, ya que Dallas y Ashish están con Roman. No me
gusta la división que esto crea. Mi malestar me acompaña al vestuario cuando me
visto para el partido. Y no cesa cuando salimos al hielo o cuando me siento en el
banquillo. Lo que dijo Tristan no deja de darme vueltas en la cabeza. Cuando
terminé con Aurora, pensé que estaba haciendo lo correcto después de haber
hecho lo incorrecto durante meses. ¿He dado un paso atrás cuando debería
haber dado un paso adelante? ¿Me estoy dejando marginar?
—Lo tienes, hombre —dice Palaniappa—. Has jugado bien durante los
entrenamientos. Mantente fuera de tu cabeza y estarás bien. —Vemos a Stiles y
Madden pasar el disco de un lado a otro, patinando hacia la red de Buffalo. Esta
noche, están luchando para mantenerse fuera del fondo de las eliminatorias.
—Haré lo que pueda.
Madden y Stiles salen y yo entro con Bright. Spencer le pasa el disco y
patinamos hacia la red de Buffalo. Pierdo velocidad mientras me dirijo al pliegue,
no quiero repetir la historia, pero pierdo un pase fácil por ser demasiado
cauteloso. Nos peleamos por el control. Me sacudo y me recuerdo a mí mismo
que llevo una década como profesional en el hielo. Puedo jugar mejor.
Bright controla el disco, pero Buffalo juega como si sus vidas en
dependieran de ello, y su portero desvía todos los disparos, manteniendo el
marcador a cero. Rotamos, y Madden y Stiles rotan de nuevo. Hacen lo que
nosotros no pudimos y marcan el primer gol del partido. Buffalo está
desesperado por igualar la contienda, pero Hammerstein les cierra el paso, y la
defensa se mantiene firme.
Bright y yo volvemos a pisar el hielo. Dejo a un lado mis temores a una
nueva lesión e intento mantener la cabeza en el partido. Esta vez no reduzco la
velocidad al acercarme al pliegue. Hago el giro y el pase, pero casi choco con
un jugador del Buffalo. Evito el golpe, pero me golpeo contra las tablas y caigo.
—¿Estás bien, colega? —Palaniappa pregunta mientras me pongo de pie.
—Sí, solo juego como si fuera la primera vez que me pongo los patines. —
Me pruebo la rodilla para asegurarme de que todo va bien antes de perseguir el
disco por el hielo. Pero esa caída me costó unos segundos preciosos, de los que
no podemos permitirnos en un partido como éste, y mucho menos cuando
lleguemos a las eliminatorias.
Seguimos ganando 1-0 al final del primer periodo. Sigo a mis compañeros
por el pasillo hasta los vestuarios, con el peso de la verdad golpeándome. Estoy
distraído, preocupado por si hago algo que me fastidie la rodilla o el partido, y
entonces Aurora sentirá que es culpa suya. Estamos jugando contra un equipo
que lucha por salir de la última posición. Solo se pondrá más intenso.
Especialmente si mantenemos la ventaja, o la aumentamos.
—Tiene que sacarme del partido —le digo al entrenador Vander Zee
cuando estamos en los vestuarios.
—¿Necesitas que el médico te mire la rodilla? —pregunta, de repente en
alerta.
Sacudo la cabeza.
—Mi rodilla se siente bien, pero no puedo jugar como el equipo necesita
que lo haga esta noche, y no quiero ser la razón por la que los demás tengan que
jugar más duro y mejor. No estoy dispuesto a arriesgar este partido por mi ego.
—¿Quieres que te siente fuera este período? —Vander Zee pregunta.
—Necesito que me deje fuera el resto del partido. —Esto es lo que Aurora
temía, que la desavenencia entre Roman y yo jodiera nuestras posibilidades en
las eliminatorias. Pero el problema soy yo, porque lo he jodido todo. Porque no
tengo a la única persona que amo más que a nadie. Mantenerlo en secreto no
impidió que me enamorara de ella. No es tiempo lo que necesitamos, es que yo
saque la cabeza de mi culo. Aurora me fundamenta, me inspira. Es dueña de mi
corazón, y yo la he perdido. Porque me aterroriza que me hagan daño. Así que
rompí mi propio corazón antes de que ella pudiera. Como un maldito idiota. Me
he jodido a mí mismo, pero no puedo joder a mi equipo también.
—¿Tiene esto algo que ver con los asuntos personales que tienes entre
manos?
Empiezo a sacudir la cabeza, pero me detengo. No puedo separar lo que
me pasa a mí, a Aurora y a Roman. No podré dar lo mejor de mí hasta que arregle
esto. Se trata de tener a mi lado a la persona que me hace querer ser mejor,
hacerlo mejor, vivir una vida más plena. Eso lo he tenido con Aurora. Ha estado
ahí para levantarme cuando las cosas eran difíciles. Ha sido mi campeona
durante dos lesiones. Y quiero que vuelva. No en un par de años, como le dije,
sino ahora. Quiero recorrer el nuevo camino con ella. No me importa si acaba de
graduarse en la universidad. Me importa una mierda que haya más de una
década separándonos, o que la gente pueda tener opiniones. La quiero. Estoy
enamorado de ella, y no quiero esperar a que sea el momento adecuado. Esto es
lo mejor que puede pasar. La quiero ahora, y aceptaré con gusto cualquier reto
que eso suponga si puedo tenerla a mi lado.
—¿Hollis? —El entrenador pregunta.
—No puedo ser lo que el equipo necesita ahora mismo y no quiero
ponernos en desventaja —vuelvo a decir. No quiero dar más explicaciones.
Necesito recuperar a Aurora antes de poder ser útil a mi equipo.
Asiente con la cabeza.
—Nos reuniremos cuando estemos de vuelta en Toronto para hablar de
esto.
—Sí. Absolutamente. —Y necesito llamar a mi agente y tener la discusión
que he estado posponiendo. Necesito un plan de contingencia si esta temporada
es la última. Necesito empezar a planear mi futuro, y necesito que incluya a
Aurora.
Veo desde el banquillo cómo ganamos el partido por 3-2. Es un gran
impulso para el equipo. Es una gran inyección de moral para el equipo y, por
muy duro que fuera quedarme sentado en el banquillo, era lo que había que
hacer.
Los comentaristas deportivos están apostados fuera de los vestuarios
después del partido. Odio las entrevistas, pero cuando uno de los jóvenes
reporteros grita mi nombre, en lugar de no hacer ningún comentario, me vuelvo
hacia él. Sorprendido, me pone el micrófono en la cara.
—¿Qué ha pasado ahí fuera en el hielo?
—No podía ser lo que mi equipo necesitaba.
—¿Es por tu lesión de rodilla? ¿Crees que podrás con las eliminatorias?
—No es por mi rodilla —refunfuño.
—¿Crees que te irá mejor con la ventaja de jugar de local? Scarlet Reed ha
estado asistiendo a tus partidos. ¿Es tu amuleto de la buena suerte?
Lo fulmino con la mirada. Estoy harto de que me digan con quién debo
salir.
—Esto no tiene nada que ver con Scarlet. A pesar de las especulaciones
de los medios, no estamos juntos. Y nunca volveremos a estarlo, porque estoy
enamorado de la hija de Roman Hammerstein: Aurora.
Me quedo en silencio durante medio segundo antes de que me pongan
diez micrófonos en la cara.
—¿Sabe Hammerstein que estás enamorado de su hija?
—¿Están saliendo en secreto?
—¿Qué opina Scarlet de que salgas con otra persona?
—¿Qué opina Hammerstein de esto?
—No acepto más preguntas. —Entro en los vestuarios mientras me
persiguen a gritos.
Cuando la puerta se cierra detrás de mí, Roman está de pie, con una
mirada poco impresionada.
—Son solo palabras si no las acompañas de hechos. —Desaparece en las
duchas.
Dallas me da una palmada en el hombro al pasar.
—Willy te va a patear el culo por eso.
¿He cavado un agujero más profundo o me he construido una escalera de
cuerda?
Hammer
—Okey. Has terminado todos los exámenes escritos menos uno, tus
últimos proyectos importantes no se entregan hasta dentro de varios días y estás
viendo un reality show horrible. Vamos a salir esta noche, y no puedes decir que
no. —Rix se para frente al televisor con las manos en las caderas.
Tiene razón sobre los horribles reality shows. Encontré algunos de hace
una década que no tienen nada de trama, y el reparto está compuesto por los
seres humanos más frustrantes sobre la faz de la tierra. Para un programa que
subraya la importancia de la estrategia, no parece haber ninguna. A menos que
ser un imbécil molesto cuente.
Arrastro los ojos hasta su cara.
—Todavía no sé cómo sentirme, y sigo triste.
—Por supuesto que sí. Estás viendo a los mayores idiotas del mundo
competir por un cuarto de millón de dólares. Eso entristecería a cualquiera. —Se
deja caer en el cojín a mi lado—. Y se te permite estar en conflicto.
En una rara e impactante entrevista después del partido, Hollis declaró
públicamente que está enamorado de mí. Bueno, dijo que está enamorado de la
hija de Roman Hammerstein y añadió mi nombre al final. He visto el vídeo un
número irrazonable de veces. Lo he analizado. He intentado leer entre líneas. A
pesar de lo agradable que es saber que no estoy sola con mis sentimientos, que
se refiriera a mí como la hija de Roman me deja con muchas preguntas. ¿Cómo
puede funcionar entre nosotros si mi padre es el tercero en nuestra relación todo
el tiempo? Además, una cosa es que Hollis le diga al mundo lo que siente, pero
¿qué va a hacer al respecto? No sé si esto afectará a mi posible trabajo con los
Terror, pero hoy no puedo preocuparme por eso.
—Echo de menos a Hollis. —Miro al techo para evitar las lágrimas. Me
mandó un mensaje la otra noche, pero no le he respondido. Estoy aquí
trabajando en mi relación con mi padre y defendiéndome. No puedo hacer su
parte también. Necesito que Hollis haga un movimiento real. Quiero que me diga
esas palabras a la cara y que me diga cómo piensa demostrarme que va en serio.
—Lo sé. —Rix me rodea con su brazo—. Por eso tenemos que vestirte para
romper corazones e ir a menear el culo a la pista de baile. Y también deberíamos
hacer chupitos como si no fueran la peor idea que hemos tenido.
—Los chupitos son siempre una mala idea. Y sin embargo siempre les digo
que sí.
—La verdad. Le enviaré un mensaje a Hemi, Dred y Shilps.
—¿Qué pasa con Tally? Me da pena que la dejen fuera de las noches de
bar.
—Está de viaje de fin de curso y tendremos una noche de chicas cuando
vuelva. De seguro que tendrá todo tipo de dramas para contarnos, porque
adolescentes.
Rix envía el mensaje de texto, que rápidamente se convierte en una
algarabía. Shilpa y Ash tienen una cita, así que nos verán allí, pero Dred y Hemi
se acercan. Me encanta que Dred se haya convertido en parte de nuestro grupo
cuando estamos en nuestros apartamentos o en el Watering Hole.
Rix me levanta del sofá y me arrastra hasta mi armario. Entonces decide
que tenemos que mejorar mi atuendo, así que asaltamos su armario.
—Esta falda. —Me lanza una falda ceñida de cuero.
—Apenas me cubrirá el culo. —Tengo varios centímetros más que Rix, así
que esta falda ya corta será otra cosa.
—Si te opones a enseñar tanta piel, ¿qué te parece esto como alternativa?
—Me lanza un par de leggings negros con aspecto de cuero—. Son los
pantalones mágicos.
—¿Cómo es que nunca te he visto llevar esto? —pregunto.
—Porque si Tristan me ve con ellos, no salgo por la puerta.
—Ah, eso tiene sentido. —Me froto el pecho ante la repentina y aguda
puñalada—. Hace menos de una semana, me habría puesto pantalones de culo
mágico por Hollis. —Intento que mi respiración sea uniforme, para que no se me
salten las lágrimas.
—El dolor golpea fuerte, ¿verdad?
—Tan fuerte. Pero es más que eso. Echo de menos lo firme que me sentía
cuando estaba con él. Lo claro que empezaba a verse el futuro cuando
intentábamos que esto funcionara, y ahora, simplemente no lo sé.
Ella asiente.
—No tenemos que salir esta noche si no te apetece. Podemos comer
helado. Todo el helado del mundo.
Sacudo la cabeza.
—Si sigo así, tendré que comprar acciones en Kawartha. Necesito salir de
mi cabeza. —Y mi dolorido corazón también necesita un descanso.
—Okey. —Me pasa los pantalones de culo mágico y rebusca en su armario
una camisa—. Combínalo con esto. —Me lanza una camiseta de tirantes con
cuello redondo, sin espalda y con pedrería.
Quince minutos más tarde estoy vestida —si se puede llamar así— y
estamos en una videollamada con Essie, que funciona como nuestra guía tutorial
de maquillaje en directo.
—¿Cómo has sido mi mejor amiga desde el jardín de infantes y nunca has
dominado los ojos de gato? —pregunta Essie.
—Porque siempre estabas aquí para hacerlas por mí —dice Rix.
—Realmente necesito ese portal entre Vancouver y Toronto —suspira
Essie.
—Quizá pronto puedas trasladarte a Toronto —dice Rix con nostalgia
mientras sigue el vídeo tutorial que se reproduce en mi teléfono.
Están pasando muchas cosas a la vez.
—Estoy contratada aquí todo el verano, pero tengo vacaciones
acumuladas, así que volveré a visitarlas pronto.
Charlamos con Essie hasta que terminamos de maquillarnos. Hemi y Dred
aparecen unos minutos después. Hago una doble toma cuando Dred se quita su
enorme abrigo.
—Mierda.
Dred se mira a sí misma. Lleva un vestido negro de cuero con corsé que
se ata por delante y que hace un trabajo irreal mostrando todos sus activos, que
normalmente están ocultos bajo sus chaquetas de punto. Aunque el vestido que
llevó a la gala mostraba mucha personalidad y muslos, éste es de otro nivel.
—¿Demasiado? —Sus labios se fruncen—. Es demasiado, ¿verdad? Le
pedí consejo a Flip y me dio el visto bueno. Debería haberlo sabido. Fue un
disfraz de Halloween hace tres años.
—¿No pasa nada entre ustedes dos? —Hemi pregunta.
Dred pone cara de haberse comido un limón.
—Puaj. No. —Luego le da a Rix una mirada de disculpa—. No te ofendas.
Adoro a Flip. Es un maestro en Batalla Naval. Pero no. Es como un hermano.
—Es tan... interesante que no haya intentado ligar contigo —reflexiona
Hemi.
—Fui sincera desde el primer día. Él simplemente asintió y dijo que
genial. Ni una sola vez ha sobrepasado ese límite. Tampoco hay química. Es
agradable tener un amigo caliente que no quiera descubrir si esta bibliotecaria
abotonada es una pervertida entre las sábanas.
—Bueno, basándome en este atuendo, creo que ahora sabemos la
respuesta a eso —dice Rix.
—Realmente es demasiado, ¿no?
Dirijo sus ojos a mi atuendo, luego a los de Rix y Hemi.
—¿En serio? ¿Cómo puedes estar preocupada?
Rix lleva una falda que a mí me habría servido más como diadema y una
camiseta de tirantes roja. Hemi lleva un vestido azul real que se ajusta por
completo a sus increíbles curvas.
—Entonces, ¿me veo bien y no como si estuviera tratando de ser algo que
no soy?
Asiento.
—Estás increíble.
—Uf. —Sus hombros se relajan—. No estaba cien por cien convencida.
¿Nos vamos ya?
—Voto por una ronda de margaritas primero —anuncia Hemi—. Ya ha sido
una noche, y si te parece bien, podría dejar mi auto aquí y ponerme a beber. —
Saca una botella de tequila casi llena de su enorme bolso.
—Oh, mierda. ¿Qué ha pasado? —Rix le quita la botella—. Y siempre
puedes tomar mi habitación, y yo puedo dormir en casa de Tristan.
—Tuve la peor primera cita de la historia de las primeras citas.
—¿Por qué no sabíamos de esta cita?
Hace un gesto desdeñoso con la mano.
—Todavía estoy en el proceso de selección de una pareja para mi reunión
de la escuela secundaria en el verano. De ninguna manera voy a ir sin un
acompañante. Espero encontrar pronto un candidato viable.
—¿Qué pasó en esta cita para que fuera tan mala? —Rix pregunta.
—¿Sabes cuando hablas con alguien por Internet y parece normal, pero
cuando lo conoces en persona te das cuenta de que es lo más alejado de serlo?
—Ah, sí. Eso me ha pasado muchas veces —dice Dred.
—El perfil de este tipo dice que está en la industria del entretenimiento, lo
cual es bastante vago, ¿no?
—Siento que viene un pero. —Rix vierte la mitad de la botella de tequila
en la coctelera.
Estamos en una de esas noches.
—Es un payaso para fiestas de cumpleaños infantiles. Ese es su verdadero
trabajo. Que es... lo que sea. De acuerdo. Ser un payaso de cumpleaños es un
trabajo legítimo. Pero va por ahí en una furgoneta blanca. Una simple furgoneta
blanca sin ventanas. Me dio serias vibras de asesino en serie. Borré mi perfil del
sitio. Me alegro de que nunca intercambiáramos números de teléfono. —Hemi
levanta el tequila y bebe un trago directamente de la botella.
Rix le da una rodaja de lima.
—Caramba. ¿Qué tal si la próxima vez que tengas una cita nos avisas? —
sugiero—. Y todas deberíamos hacer esa cosa de seguimiento de aplicaciones
en nuestros teléfonos para que podamos acecharnos como amigos en situaciones
como estas.
Dred asiente.
—Flip me la puso en el móvil hace poco, después de enterarse de que tuve
un encuentro raro en el trabajo. También es genial cuando necesito que vigile a
Dewey cuando trabajo hasta tarde. —Dred tiene un erizo como mascota, y es el
pequeñín más lindo y apestoso, con muchos seguidores en las redes sociales.
—¿Flip vigila tu paradero? —Rix pregunta—. Ni siquiera hace eso
conmigo.
—Pero Tristan sí, ¿verdad? —pregunta Dred.
—Sí.
—Así que Flip no tiene que hacerlo. Empezó a hacerlo hace poco. A veces
estoy en la biblioteca hasta medianoche, y puede ser peligroso cuando reviso
los baños.
—¿Por qué los baños? —Hemi pregunta.
—Es un espacio público gratuito. A veces hay personas adictas que utilizan
los baños, sobre todo en invierno. La mayoría son inofensivos y quieren que los
dejen en paz, pero he tenido un par de interacciones que me han dado miedo.
Cuando no hay un guardia de seguridad disponible, llamo a un amigo o a Flip y
se quedan en la línea conmigo hasta que me aseguro de que todo está despejado.
—Vaya. No tenía ni idea. También puedes llamarnos. —Le toco el brazo.
—Lo mismo —responde Hemi.
—Me alegro de que Flip haga eso por ti. Ese es el tipo de hermano que sé
que puede ser —dice Rix con una amplia sonrisa.
Es amable por su parte, pero me duele un poco en el corazón que fuera un
idiota tan desconsiderado cuando Rix vivía con él.
Rix nos sirve unas margaritas muy fuertes y llamamos brevemente por
vídeo a Tally. Está en una habitación de hotel con tres de sus compañeras de
clase, dos de las cuales intentan escaparse y quedar con chicos. Tally no tiene
ningún interés en unirse, ya que una de las chaperonas del viaje es la mejor
amiga de su madre. El año pasado, los chicos que intentaron lo mismo fueron
enviados a casa en autobús a costa de sus padres. Le prometemos que nos
reuniremos en cuanto vuelva a casa para que nos cuente todo.
Una vez que terminamos nuestras margaritas, nos dirigimos al club.
Parece que Hemi ya ha organizado el servicio de botellas, así que tenemos mesa
y tequila en cuanto llegamos. Es una noche ajetreada, la pista de baile llena de
cuerpos palpitantes. Intenta no regodearte por una noche, me digo. Necesito
concentrarme en algo que no sea lo imposible que parece todo.
Al cabo de un rato, hemos creado nuestra propia pista de baile delante de
nuestra mesa. Intento perderme en la música, pero mi corazón y mi cabeza están
en otra parte.
Los ojos de Dred se abren de par en par.
—Oh, mierda.
—¿Qué pasa?
—¿Recuerdas esa aplicación de rastreo?
—Sí.
—Flip está aquí.
—Le dije a Tristan a dónde íbamos —ofrece Rix con una sonrisa
contrariada—. No a propósito. Estaba distraída cuando preguntó. —Todos
sabemos lo que eso significa realmente.
Escudriño el bar, buscando a Flip y Tristan entre la multitud. No es difícil
encontrarlos. Ambos miden más de metro ochenta, son anchos de hombros y
parecen los dueños del local. Llevan pantalones negros de vestir y camisas
abotonadas. Dallas aparece detrás de ellos y, para mi sorpresa, Hollis.
—Que me joda un pato. Hollis está aquí —murmuro. Como el resto de los
chicos, lleva pantalones negros de vestir, pero en lugar de una camisa clara, la
ha combinado con una camisa negra abotonada. Se me corta la respiración.
Busco a mi padre detrás de él, con la esperanza de que algo haya cambiado. Pero
no está.
Hollis me mira mientras los chicos se acercan. Me empiezan a sudar las
palmas de las manos.
—Puedo decirles que se vayan a otro sitio, si quieres —dice Rix.
—¿Vamos a ver qué hace primero? —Es más una pregunta que una
respuesta. Me duele el corazón de una manera que se ha vuelto incómodamente
familiar. Hemi y Rix se mueven para flanquear mis costados.
Tristan parece estar desnudando mentalmente a Rix mientras se acerca.
Su mirada se desvía un momento hacia la derecha y frunce el ceño.
—¿Dred?
—Hola. —Levanta la mano saludando.
—Joder. No pareces... tú.
—Um... ¿gracias?
—¡Estás muy guapa! —Él le da un torpe dos pulgares hacia arriba, a
continuación, hace un gesto detrás de él—. Hollis quería acompañarme. Pero si
necesitas que se vaya a la mierda, dímelo.
Asiento.
—Okey, gracias.
—Pero como alguien que la cagó estrepitosamente no hace mucho, quizá
no sería lo peor del mundo escucharlo esta noche. —Se frota la nuca—. Eso es
todo lo que diré al respecto.
Hollis está haciendo un movimiento al estar aquí, que es lo que necesito
de él. Así que asiento.
—Lo tendré en cuenta.
—Willy, estás impresionante —dice Dallas.
—Cómete un pastel de orinal, Dallas —responde Hemi.
—¿Necesitan algo del bar? —pregunta Flip. Choca los cinco con Dred una
vez que está más cerca de ella.
Dred señala la botella de tequila.
—Probablemente estemos más que bien por ahora.
Hollis rodea a los chicos y se acerca a mí, como lo haría un animal
acorralado. A medida que se acerca, noto ojeras e incertidumbre en su rostro.
Se mete las manos en los bolsillos y se inclina, con la boca cerca de mi oreja, lo
que significa que estoy aspirando su colonia. La música está alta, así que tenemos
que gritar para oírnos.
Se mete una mano en el bolsillo, con expresión llena de remordimiento.
—Si prefieres no estar cerca de mí, también lo entiendo, y me iré.
—No quiero que te vayas —suelto.
—Dime lo que quieres y haré todo lo posible por dártelo.
¿Qué quiero de Hollis? ¿No es esa la pregunta del millón? Está aquí, y eso
significa algo, pero ¿por qué ha tardado hasta ahora en llegar a este lugar?
—Ahora mismo no sé qué es, pero me alegro de que estés aquí.
Sus dedos rozan el dorso de mi mano e inclina la cabeza hacia la pista de
baile.
—Ve a divertirte con tus amigas. Estaré aquí cuando estés lista para
hablar.
Asiento y me uno a Hemi, Dred y Rix en la pista de baile principal. Tristan
está de guardia contra un poste a cuatro metros de distancia, observando a Rix.
Me toma de la mano y me arrastra hacia su círculo.
—¿Qué está pasando?
Me encojo de hombros y le doy un buen trago a mi margarita.
—Quiere hablar cuando esté lista.
—¿Vas a escucharlo? —pregunta Dred.
—Debería. —Suena como una pregunta.
—¿Qué quieres? —Rix pregunta.
Quiero que él me elija. Que me ponga en primer lugar. Que haga suyas
sus palabras y demuestre que las dice en serio.
Rix toma mi mano libre entre las suyas.
—Hablar no significa que tengas que tomar una decisión enseguida.
—Lo sé. Solo tengo miedo. —Pero preocuparme por cosas que no puedo
controlar no ayudará.
Mientras bailo con las chicas, me doy cuenta de que Hollis me mira. Y él
no aparta la vista cuando me encuentro con su mirada desde el otro lado de la
habitación. Saca su teléfono.
Unos segundos después, el mío vibra con un nuevo mensaje.

Hollis
¿Quieres bailar conmigo?
Me muerdo una sonrisa y asiento. Es algo que puedo hacer.
Se mueve entre la multitud sin apartar los ojos de los míos. Cuando me
alcanza, su mano se posa en mi cintura y acerca su boca a mi oreja. Como si se
sintiera cómodo tocándome en público. Como si yo fuera suya. Como si fuera
mío. Sus dedos bajan por mi otro brazo y se deslizan bajo mi palma. La levanta y
presiona sus labios contra mis nudillos.
—Llevo tanto tiempo queriendo hacer esto.
Es lo que yo quería. Lo que todavía quiero. Pero el miedo hace que sea
casi imposible moverse.
No se aparta, no mira a su alrededor para ver quién puede estar mirando.
En lugar de eso, me acerca.
—¿Esto está bien, Princesa?
—No pasa nada. —Cierro los ojos cuando el cariñoso gesto me golpea
justo en el pecho. Echaba de menos oírlo llamarme así.
Me acerco más, hasta que nuestros cuerpos quedan al ras, esperando a
que retroceda o me diga que es una mala idea. No lo hace. Todo este tiempo
luchando contra nuestra conexión, y ahora aquí estamos, rotos y asustados y
todavía tan atraídos el uno por el otro.
Besa la punta de cada dedo.
—Te echo de menos.
—Estoy aquí. —Pero hay un océano de dolor entre nosotros.
—¿Entonces por qué te sientes tan lejos?
Nuestra química crepita, pero aún queda todo lo demás por resolver.
Quererlo es una cosa. Seguir adelante es otra.
Baja la cabeza, su cálido aliento en mi cuello, los labios en mi oreja.
—Era una tortura tener que verte aquí en la pista de baile y no poder
tocarte nunca. —La mano en mi cadera se desplaza a la parte baja de mi espalda,
manteniéndome cerca—. No volveré a cometer el mismo error si me das la
oportunidad, Aurora.
Son las palabras adecuadas. Pero necesito más. Inclina la cabeza, como si
fuera a besarme, pero le aprieto los labios con el pulgar. Sus ojos se encuentran
con los míos y me tiemblan las rodillas al ver las emociones que hay en ellos. La
lujuria y el anhelo siempre están ahí, pero es la emoción más profunda —la que
no me he atrevido a abordar— la que me hace desear que podamos volver atrás
y hacer esto de nuevo, pero mejor, sin el engaño y el dolor. Pero él seguía detrás
de mí. Tal vez sea yo quien se ha quedado atrás esta vez. Todos mis miedos me
tienen secuestrada.
Sería tan fácil dejar que me llevara a casa y caer de nuevo en la cama con
él, conectarnos de la manera que se siente tan bien. Pero entonces volvemos al
punto de partida.
—Mi corazón está roto, Hollis.
Necesito que me demuestre que no volverá a alejarse, que ve por mí, y
que hará lo que haga falta. Porque yo valgo el riesgo. Solo entonces podré hacer
lo mismo. Si ambos nos escondemos de nuestros miedos, esto nunca funcionará.
Me besa el dorso de la mano.
—¿Podemos ir a algún sitio a hablar? ¿Si estás lista?
Si quiero todas estas cosas, tengo que darle la oportunidad.
—Estoy lista.
Hollis espera mientras abrazo a las chicas y les doy las buenas noches.
—No debería acostarme con él esta noche, ¿verdad? —le pregunto a Rix.
—Depende totalmente de ti —dice—. Sin embargo, el sexo y los
sentimientos van de la mano, así que sería mejor controlar la parte de los
sentimientos antes de volver a añadir el sexo.
Realmente la amo.
—Buena decisión.
—Mantente fuerte. —Me aprieta las manos—. Batipene hará su trabajo
hasta que Hollis arregle su cagada.
Cuando termino con los abrazos, Hollis enlaza nuestros dedos y me guía a
través del abarrotado club. Es abril, así que hace frío cuando salimos. Me rodea
con un brazo protector mientras esperamos su auto. Lo hace tan
despreocupadamente, como si fuera lo más natural del mundo. Como si no fuera
la primera vez que ocurre en público. Y como si no me hubiera roto el corazón
hace menos de una semana.
—¿Estás bien para conducir?
—Solo bebí agua con gas.
—Oh. —Eso es mucho más inteligente que mi noche de tres margaritas.
Definitivamente estoy achispada. Y caliente. Y emocional. Al menos me mantuve
alejada de los martinis.
Me pasa la mano por la espalda.
—Estás increíble, pero este conjunto no es muy práctico para el frío que
hace.
—El plan era la provocación, no la practicidad.
—Definitivamente has dado en el blanco. Todo en ti es provocador y sexy.
El aparcacoches llega con el deportivo azul de Hollis. Me abre la puerta y
me toma de la mano mientras subo al asiento del copiloto. Me tiemblan las
piernas al sentir el aroma de su colonia. Después de acomodarse al volante,
enciende los calentadores de los asientos y busca detrás de él una de sus
sudaderas con capucha para mí.
—Oh, gracias a Dios. —Paso los brazos por la tela cálida y suave que
también huele a él.
—¿Quieres volver a uno de nuestros apartamentos o prefieres comer algo?
Tener esta conversación en público hará mucho más difícil acabar en la
cama con él. También me vendrían bien algunos carbohidratos para absorber el
tequila.
—Comida estaría bien.
—¿Te apetece algo en concreto?
—No, donde sea está bien. Tal vez solo no la Casa de los Panqueques. —
Tiene demasiados recuerdos contradictorios.
—De acuerdo.
Es tarde, así que acabamos en una cadena de restaurantes a unos quince
minutos en auto de casa. Los ojos del anfitrión se abren de par en par cuando
entramos. Lleva una etiqueta con el nombre de Scott.
—¿Hollis Hendrix?
Hollis le dedica una sonrisa amistosa.
—Ése soy yo. Aunque te agradecería que no lo anunciaras demasiado alto.
—Echa un vistazo al restaurante medio lleno.
Estamos un poco fuera del distrito del club, pero cerca de una de las
universidades locales. En retrospectiva, esto podría no haber sido la mejor
ubicación.
—Sí, señor —susurra—. Es un honor tenerlo aquí. Espero que pueda
volver al juego para las eliminatorias.
—Gracias. Si pudieras sentarnos en algún lugar privado, sería estupendo
—dice Hollis, todavía con su sonrisa profesional.
—Por supuesto. —Scott agarra dos menús y nos hace un gesto para que lo
sigamos.
Nos sienta en una mesa del fondo y se va corriendo, diciéndonos que la
camarera vendrá enseguida. Aparece un segundo después. Pearl tiene unos
sesenta años y no pestañea ante Hollis. Ambos pedimos café y agua, y yo opto
por las crepes de plátano porque necesito comida reconfortante, mientras que
Hollis pide el especial de “desayuno todo el día”.
Estoy muy nerviosa. Aprieto los dedos en mi regazo, esperando a oír lo
que tiene que decir.
Su voz es cruda de emoción, y cuando se endereza, veo angustia en sus
ojos.
—Estoy jodidamente perdido sin ti.
Está tan triste y hermoso. Me tiemblan los dedos de ganas de tocarlo. De
deslizarme en la cabina junto a él y dejar que me envuelva en sus brazos y olvidar
todo lo que ha pasado desde la gala. Pero no puedo devolverle mi corazón
después de que él lo haya desechado. Tiene que hacerme creer que lo quiere.
—¿Entonces cómo pudiste dejarme ir tan fácilmente?
—Porque soy un idiota. Un idiota asustado. Y muchas otras cosas. Pero esas
dos encabezan la lista. —Se frota el labio inferior—. No sé si puedo arreglar esto,
pero voy a intentarlo, y no me voy a rendir sin luchar.
Esas son las palabras adecuadas. Mi corazón canta, pero luego tambalea.
Tengo miedo de confiar en él. Odio que mi cerebro vaya a mi padre ahora
mismo, pero creo que tiene razón. Sin acción, las palabras de Hollis no tienen
mucho sentido. Busco qué decir mientras el corazón se me sube a la garganta.
—¿Quieres hablar de la entrevista?
Suelta un suspiro.
—No era la forma ideal de que escucharas esas palabras de mí por
primera vez, pero las dije en serio. —Hollis pone la mano con la palma hacia
arriba sobre la mesa, con expresión esperanzada.
Acomodo mi mano en la suya e inmediatamente me siento más a gusto.
—Dime algo real y verdadero —susurro.
—Estoy jodidamente enamorado de ti, Aurora. Desesperada, estúpida e
irracionalmente enamorado de ti.
—Y aun así, te alejaste de mí.
—Dejé que el miedo se interpusiera en mi camino —dice suavemente—.
Pero no dejaré que eso vuelva a ocurrir, si me das otra oportunidad.
—¿De qué tienes miedo?
—Que me encapriché de ti. Que fueran cuales fueran tus sentimientos,
podían cambiar. Que lo harían.
—¿Por lo que pasó con Scarlet? —pregunto.
Asiente con la cabeza.
—Pensé que los protegía a ti y a tu relación con Roman, pero era mi
corazón lo que intentaba resguardar. Me interpuse en mi propio camino. Eres
una estrella tan brillante y no quería frenarte.
—¿Cómo podría pasar eso?
—El mundo es tuyo, Aurora. Lo que quieras, solo tienes que alcanzarlo y
tomarlo. Yo ya he alcanzado la cima de mi carrera, y tú acabas de empezar. —
Me pasa el pulgar por los nudillos, como si el contacto le sirviera de apoyo—.
Supongo que me convencí a mí mismo de que podías, debías hacerlo mejor que
yo, y con el tiempo te darías cuenta.
—Ella realmente te cagó, ¿no? —le digo.
Su sonrisa es triste.
—Sí. Vengo con cicatrices, Aurora.
—Bienvenido a la vida, Hollis. Todo el mundo tiene equipaje. Mi padre es
jugador profesional de hockey. Yo fui el resultado de un embarazo adolescente.
Viví en dieciocho ciudades diferentes en los primeros cinco años de mi vida. Mi
madre, a la que quiero mucho y que me quiere lo mejor que puede, tuvo que dar
un paso atrás y dejar que mi padre se hiciera cargo porque ella no podía criarme.
Y entonces crecí como la princesa del equipo. —Gracias a Dios por los buenos
terapeutas y porque mi padre es constante—. Estoy rodeada de atletas de élite,
alfas, que ganan más de medio millón al año como mínimo, y yo nunca me
acercaré a eso. Todo el mundo me pone en un pedestal, y yo solo quiero ser yo,
que eso sea suficiente. No puedo ser perfecta.
—Eres más que suficiente, Aurora. Solo me preocupaba no serlo yo.
—Bueno, somos dos gotas de agua, entonces, porque me preocupaba que
fueras a volver con Scarlet porque ella encaja mejor contigo que yo.
El dolor de mi corazón se refleja en los ojos de Hollis. Los cierra por un
momento, como si estuviera absorbiendo el dolor, absorbiéndolo y haciéndolo
suyo. Cuando los abre, la tristeza persiste, pero prevalece la determinación.
—No hay nadie más para mí que tú. Tendría que habernos defendido
desde el principio. Debería haber sabido desde el principio que tú eras para mí.
Sé que ahora mismo no confías en mí, y las palabras están vacías a menos que se
lleven a la acción. Pero sigo mirando a mi futuro y solo te veo a ti. —Su pulgar
recorre mis nudillos.
La vida con él que había estado construyendo en mi corazón y en mi
cabeza se siente aterradoramente posible de nuevo.
—¿Cómo puedo confiar en que lo que sientes por mí será suficiente? —A
eso se reduce todo esto. No se trata de mi padre ni de sus sentimientos, ni de
cómo los demás percibirán nuestra relación. Se trata de nosotros y de si
podemos defendernos el uno al otro cuando más importa.
—Tiempo, Aurora. Te pido tiempo y la oportunidad de demostrarte que
soy tuyo. Totalmente. Inequívocamente, eternamente tuyo. Te elijo a ti, Aurora.
Te amo. Tú vales todos los riesgos. Déjame demostrártelo.
Es tan sincero. Mi corazón blando y roto se repara con sus palabras. Pero
no puedo responderle. Todavía no. No cuando todo parece tan inestable. No
quiero que me rompan más el corazón, pero ¿de qué sirve soportar este dolor si
al menos no vemos si podemos arreglar lo que está roto?
No puedo tomar decisiones por miedo. Tengo que elegir ser la persona —
la adulta— que quiero ser. A mi padre no le pueden gustar mis decisiones y
seguir queriéndome. No necesito intentar ser suficiente, porque ya lo soy.
También tengo que creer que merezco el riesgo.
—Te dejaré intentarlo.
Hollis
Ahora que Aurora está dispuesta a darme otra oportunidad, me encuentro
muy motivado, y no solo en lo que a ella se refiere. Aunque me estoy dando
cuenta de que todas las partes de mi vida la incluyen, o al menos eso quiero. Y
eso significa que tengo cosas de las que ocuparme. Me reúno con mi agente para
discutir las opciones, incluida la jubilación anticipada si mi rodilla no puede
soportar otra temporada sobre el hielo. Le digo que tengo que empezar a
planificar mi vida más allá del hielo, porque ese día llegará, y quiero tener claro
adónde voy a ir cuando llegue.
Asiente con la cabeza.
—Tendré una lista de posibles opciones para ti en una semana.
—Quiero quedarme en Toronto. Entiendo que eso reduce las cosas. —
Roman está aquí, y Aurora tiene un sólido grupo de amigos y es querida por el
equipo. No quiero que tenga que elegir entre su sistema de apoyo y yo.
Arquea una ceja.
—¿Esto tiene que ver con la entrevista que diste?
Hago rebotar el puño en el brazo de la silla.
—Sí.
Asiente lentamente.
—Sabes que ahora tengo la bandeja de entrada llena de peticiones.
—No voy a dar una entrevista de seguimiento.
Sonríe.
—Si cambias de opinión al respecto, házmelo saber.
—No lo haré. —Hago una pausa a medio camino de la silla—. A menos que
Aurora quiera que lo haga.
—Tomo nota.
Una vez resuelta la conversación, me paso por el despacho de Hemi,
cruzando los dedos para que esté en el edificio. La encuentro en su mesa con
Shilpa.
—Hola, siento interrumpir —la saludo—. ¿Estarás por aquí más tarde,
Hemi?
—Estoy por aquí ahora mismo. ¿Qué necesitas? —Se quita un par de gafas,
las dobla y las deja sobre su escritorio—. Aparte de algo de formación sobre
medios de comunicación. Ya te he apuntado a un curso de actualización, para tu
información. —Esboza una sonrisa entrecortada.
—Uh... Gracias por eso. —Ahora me doy cuenta de que básicamente
entregué nuestros problemas de equipo a nuestra competencia en una puta
bandeja de plata. Un curso de actualización de medios suena horrible, pero
necesito la ayuda de Hemi, así que lo tomaré para apaciguarla—. Eh... puedo
volver más tarde, cuando no estés ocupada.
Shilpa recoge sus cosas y cruza la habitación, dándome una palmada en el
hombro al pasar.
—Estábamos hablando literalmente de cuánto tardarías en sacar la cabeza
del culo. Ahora le debo a Hemi un par de Louboutins.
—¿Perdón?
—Olvídalo. Me alegro de que tenga razón en este caso.
Ella se va, y me vuelvo hacia Hemi.
—¿Apostaste por mí?
—Sí. —Se echa hacia atrás en su silla, aparentemente sin disculparse—.
¿Cómo estás?
—Arreglando mi mierda.
—¿Significa esto que estás en modo arreglar-las-cosas-con-Hammer?
—Ese es mi plan, sí.
Se lleva las manos al pecho. Luego hace un corazón con ellas.
—Estoy totalmente en el equipo Hamollis.
—Es una horrible fusión de nuestros nombres, pero me alegra saber que
tengo tu apoyo.
—¿Hollimer? ¿Horora?
—No creo que ninguno de esos sea mucho mejor. Pero estoy buscando
ayuda.
Apoya la barbilla en sus manos en forma de corazón.
—¿En qué departamento?
—Primera pregunta, ¿he arruinado las posibilidades de Aurora de
conseguir el trabajo con el numerito que he montado?
Hemi mueve su bolígrafo entre los dedos.
—Si lo hubieras sacado antes de la gala, habría sido más problemático. La
gente siempre va a especular. Especialmente en circunstancias como estas. Pero
tengo los recibos que demuestran que ella organizó el evento por su cuenta, con
muy poca ayuda mía. Así que, aparte de las habladurías, de las que ya se ocupó
durante sus prácticas, estará bien.
Asiento.
—¿Tengo que hablar con la alta dirección sobre mi relación con ella?
—Aparte de lo que difundiste al mundo, no está de más pasar por los
canales adecuados, y podemos recurrir a Shilps para hacerlo todo oficial una vez
que se publique.
—Cualquier cosa que pueda hacer para que sea más suave.
—¿Significa esto que han vuelto juntos? —Arquea una ceja.
—Estoy trabajando en eso. Lo que me lleva al siguiente favor. Me gustaría
llevar a Aurora a una cita. Conozco sus restaurantes favoritos, pero me gustaría
llevarla a algún sitio especial.
Hemi sonríe.
—¿Quieres cenar con ella?
—Exactamente. Me gustaría tratarla como se merece, hasta el vestido y los
zapatos. —Y hacerlo público es otra forma de demostrarle a Aurora lo importante
que es para mí. No quiero esconderla a ella ni a mis sentimientos. Ni nunca más.
—Has acudido exactamente a la persona adecuada. —Hemi apaga su
ordenador, empuja su silla hacia atrás y recoge su bolso—. Vamos a elegir el
atuendo perfecto para Hammer.
—¿Ahora mismo?
—¿Tienes otro sitio donde estar?
—Supongo que no. —Tengo cosas que están siendo entregadas en el
penthouse, pero ya he mandado un mensaje a Rix, por si llegan mientras no estoy
allí.
—Le había echado el ojo a tres vestidos para la gala —me informa Hemi
mientras se dirige a la puerta—. Se alejó de su favorito por el precio. Como estás
en el territorio de las grandes fortunas, gastarte un par de miles en un vestido no
será un problema.
—Le compraría un puto unicornio, si eso la hiciera feliz.
Hemi sonríe.
—Excelente. Hagámoslo.
De camino, le mando un mensaje a Aurora. Siento que la estoy invitando
al baile de graduación. Es una verdadera ironía que le hiciera fotos con su padre
y su acompañante cuando asistió al baile de graduación del colegio. También
pasé la mayor parte de la noche asegurándole a Roman que podía cuidarse sola.
Le di un spray de pimienta después de que Roman la llevara a clases de defensa
personal para asegurárselo.

Hollis
¿Tendrías una cita conmigo?

Solo tarda un minuto en responder.

Princesa
¿Como las que teníamos en tu penthouse?

Hollis
Estaba pensando en salir. A menos que te opongas a que te vean
conmigo.

Princesa
No me opongo.

Hollis
¿Estás disponible mañana por la noche?
Debería tener tiempo suficiente para hacerlo. Tampoco tenemos partido
mañana por la noche, así que me viene bien.
Esta vez tarda más en responder.

Princesa
Mañana por la noche está bien.

Hollis
Excelente. Te prometo que no te arrepentirás.

Princesa
Ya veremos.

Hemi me lleva a la tienda favorita de Aurora y me enseña el vestido que


ha rechazado. Es precioso, pero veo otro que creo que le gustaría más.
—Aunque ni siquiera se lo probó —argumenta Hemi.
Compruebo el precio. Es más que el que ella abandonó.
—¿Se detuvo a mirarlo?
—¿Por dos segundos, tal vez? —Hemi no suena muy segura.
Si miró la etiqueta del precio, le garantizo que esa es la razón por la que
nunca se molestó en probárselo. Es todo lo que Aurora adora en un vestido,
desde el color hasta el corte y el ajuste. Se verá increíble en él.
—Este es el indicado.
Tres horas y varios miles de dólares después, tengo todo lo que necesito
para una cita con Aurora, y Hemi tiene un bolso nuevo como agradecimiento. Ella
insistió en que no necesitaba comprárselo; yo insistí en que sí.
Aurora sigue en la universidad cuando llego a casa. Me paso por su piso
de camino al mío. Rix abre la puerta.
Me recibe con los brazos cargados de bolsas.
—Oh, estamos en modo cortejar a la mujer, ¿no?
—A lo grande. Aurora aceptó una cita mañana por la noche. ¿Llegaron las
flores? —Encargué un ramo de flores amarillas y azules para ella mientras estaba
de compras.
—Hace una media hora. Las puse en su habitación. —Se hace a un lado
para que pueda entrar.
—¿Y el pastel? ¿Tiene buena pinta? —Es una delicia antes del examen
final.
—Es... Bueno, deberías verlo por ti mismo.
—¿No ha salido bien? —pregunto, repentinamente aterrada.
Rix levanta la mano.
—Oh, salió. Déjame mostrarte, y luego podemos descargar todas tus
bolsas.
Las dejo en el suelo y la sigo hasta la cocina. Rix abre el frigorífico, saca
con cuidado la caja de Just Desserts y la coloca sobre la encimera antes de abrir
la tapa.
—Es jodidamente cursi, ¿verdad? —Miro fijamente el elaborado diseño y
las palabras impresas en la parte superior.
—Sí, lo es, pero es perfecto. —Me da un apretón tranquilizador en el
brazo—. Le va a encantar. Así es como le demuestras a Hammer que la conoces.
Que le prestas atención, y que eres exactamente la persona adecuada para ella.
—Un pastel no arreglará lo que he jodido —refunfuño.
Pone los ojos en blanco.
—¿Por qué son tan malditamente literales todo el tiempo? El pastel no es
lo importante, Hollis. Es un maldito pastel de plátano con glaseado de coco y
unos malditos patitos de plátano en la que se lee «Estoy loco por ti». ¿Es ridículo?
Diez de diez, sí. Pero Hammer está obsesionada con las cosas que huelen y saben
a plátano. Y tiene un número irracional de cosas inspiradas en patos plataneros,
lo que demuestra que sabes lo que le gusta. Si no estuvieras obsesionado con
ella, no lo sabrías.
—No estoy obsesionado.
—Robas sus coleteros, Hollis. Estás obsesionado. —Me da una palmadita
en el hombro—. Y no pasa nada. Así es como debe ser. —Vuelve a poner el pastel
en la nevera—. Ahora vamos a prepararlo todo para la misión Recuperar a
Hammer.
—Suena bien. —Prefiero eso a averiguar cómo sabe Rix lo de los
coleteros.
Sigo a Rix hasta el dormitorio de Aurora y me quedo en el umbral,
sintiendo que no tengo derecho a entrar hasta que Aurora me invite.
Rix me dedica una sonrisa empática y cómplice.
—No pasa nada. No se enfadará con ninguno de los dos cuando vea lo
mucho que estás pensando en esto.
Cruzo la habitación y lo dejo todo sobre su cama. Donde le hice el amor
por primera vez. Aquello fue mucho más que sexo. La conexión me cambió la
vida, pero no me atrevía a decirlo.
—Quiero que Aurora sepa que voy en serio con ella, y no solo tirando el
dinero.
—Si le comprases una tarjeta regalo, sería una cosa, pero has ido de
compras por ella. Es como cuando Tristan me manda helado o hace la compra
cuando está fuera de casa. Es algo pequeño, pero significa mucho. —Señala el
conjunto de artículos—. Sabes lo que la hace feliz; sabes lo que necesita. Mimarla
es encantador, pero al hacer todo esto, le estás demostrando que es tuya y que
tú eres suyo.
—Gracias por tu ayuda. Te lo agradezco —digo mientras lo colocamos
todo.
—Me alegro de poder hacer algo que no sea comer bocadillos basura y
ver terribles reality shows con ella —responde Rix.
—Ella realmente los ama, ¿verdad?
—Sí, lo hace. —Me dedica una suave sonrisa—. Sé que mucha gente te ha
dado su opinión, Hollis. Si hubiera dejado que lo que pensaban los demás
interfiriera en mi relación con Tristan, él y yo no estaríamos donde estamos. No
habríamos trabajado en las cosas que necesitábamos para ser mejores el uno
para el otro. La amas, todos podemos verlo. Así que ámala. A la mierda todos los
demás. Excepto tal vez Roman: su opinión cuenta, así que no la jodas. —Ella se
encoge de hombros—. Ya sabes lo que quiero decir. De todos modos, esos son
mis dos centavos no solicitados.
Asiento.
—Eres una buena amiga, Rix. Gracias por estar ahí para Aurora cuando yo
estaba aquí jodiendo todo.
Se encoge de hombros.
—Ella ha hecho lo mismo por mí.
Una vez resueltas las cuestiones previas a la cita, me dirijo a mi penthouse
para empezar mi próximo proyecto. Miro la puerta de Roman al salir del
ascensor. Le he dejado espacio, pero no quiero avanzar sin hablar antes con él.
Así que toco el timbre.
Su voz llega a través del intercomunicador.
—¿Qué?
—¿Podemos hablar?
Se hace el silencio durante varios segundos antes de que finalmente diga:
—Habla.
Apoyo la mano en la pared y establezco contacto visual con la cámara.
—Cara a cara.
—Podría golpear la tuya.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
El interfono se silencia y, unos segundos después, Roman abre la puerta.
Se cruza de brazos y se apoya en la manija.
—Tiene dos minutos. Te sugiero que los uses sabiamente.
—Metí la pata y traicioné nuestra amistad.
Solo parpadea.
»Lo siento. Debería haberme sobrepuesto y haber sido sincero desde el
principio. Pero más que eso, nunca debería haberme echado atrás, y nunca
debería haber dejado que Aurora de lado en primer lugar. Puedes odiar lo que
he hecho, y a mí si lo necesitas, pero no dejaré que se me escape sin luchar.
Estoy enamorado de tu hija, Roman. Ella la indicada para mí. He cometido el
error de no ponerla por delante de todos y de todo lo demás una vez. No volverá
a suceder. Deberías saber que estoy intentando recuperar a Aurora. Me
encantaría tener tu bendición, pero no esperaré por ella. Y entiendo que eso
puede hacer que esta relación sea imposible de reparar. —Tomo aire—. Pero
ella merece absolutamente ese riesgo.
Enarca una ceja.
—¿Y si ella no quiere nada contigo?
—Entonces me echaré atrás, pero tengo que intentarlo, Roman. Le he
pedido que tenga una cita conmigo mañana por la noche, y ha dicho que sí. No
quiero interponerme entre ustedes. Pero no puedo dejar marchar al amor de mi
vida sin hacer un puto esfuerzo, y espero que lo respetes. —Espero a que me
pegue.
Me mira fijamente durante unos largos segundos.
—Ya era la puta hora. —Se frota el labio inferior—. Sigo muy cabreado
contigo.
—Lo sé.
—Sigue esforzándote por ella y al final se me pasará —refunfuña.
—No volveré a alejarme a menos que ella me lo pida —prometo.
Hammer
—Mi estómago se siente como si un ejército de mariposas marchara en él.
—La Brigada de Nenas Rudas está aquí para apoyo moral. Es como el día de la
marmota, excepto que esta vez soy yo la que se prepara para una cita en vez de
Rix.
—Respira hondo. Estás increíble —me asegura Rix.
—Tenía razón sobre este vestido —dice Hemi a regañadientes.
—No puedo creer que lo llevaras de compras. Odia ir de compras —
comento. La única vez que Hollis quiere ir de compras es cuando necesita un
traje nuevo. Y para eso pide cita, y él y mi padre van juntos. Lo acompaño, porque
a Hollis le encanta que le arreglen un traje. Siempre he sentido envidia de quien
le medía la entrepierna. Quiero que mi padre y Hollis vuelvan a un lugar donde
puedan hacer eso otra vez.
Le dije a mi padre que tenía una cita esta noche. Al parecer, Hollis ya había
hablado con él al respecto. No estoy segura de cómo fue esa conversación, pero
mi padre parece querer que sea feliz más que cualquier otra cosa, y eso es un
progreso, ya que la semana pasada quería darle una paliza.
Hemi se encoge de hombros.
—Me pidió ayuda, pero seré sincera, lo eligió todo él, desde el vestido
hasta los zapatos. Fue todo Hollis. Yo solo le di mi opinión, y al parecer no
siempre fue la mejor, ya que me equivoqué con este vestido.
—Es estúpidamente caro, por eso no me lo he probado —admito.
—Eso es lo que él dijo. El hombre presta atención. Se lo reconozco —dice
Hemi.
—Realmente lo hace. Ese pastel de plátano estaba increíble —asiente Rix.
—¿Pastel de plátano? —Dred se anima—. Mi abuela solía hacer un pastel
de plátano y nueces buenísimo. DEP, Gran. —Se persigna.
—Debería quedar algo. Todas menos yo deberían tener un trozo. Me lo he
comido en todas las comidas desde ayer. —Estallé en un ataque de risa que
rápidamente se disolvió en lágrimas cuando lo encontré en la nevera. Era dulce,
con queso y todo lo que no sabía que necesitaba.
—Estoy en ello —declara Rix.
—Debe llevarte a un lugar muy bonito —dice Tally—. Estás tan bonita,
Hammer.
—Tú eres muy bonita, Tally —decimos al unísono.
Se sonroja, como siempre.
—¿Sabes a dónde te lleva? —Shilpa pregunta.
Sacudo la cabeza.
—Pero debe ser elegante si este es el código de vestimenta.
—O quería vestirte como una princesa —dice Rix desde la cocina.
—En serio espero no estar demasiado vestida para esto. —No me
extrañaría que Hollis me vistiera con algo extravagante solo porque puede.
—No me imagino a Hollis llevándote al Watering Hole con estas pintas —
me tranquiliza Shilpa.
—Vamos, nena. Estás increíble —añade Dred.
Me paso las manos húmedas por las caderas. Son las siete menos cinco.
Hollis llegará pronto.
Cuando llaman a la puerta, mi corazón se acelera. Y entonces mi padre
asoma la cabeza en el apartamento. Sus ojos se abren más cuando se posan en
mí.
—¿Puedo pasar?
No quiero que mi padre esté aquí cuando Hollis venga a buscarme, pero
tampoco quiero herir sus ya de por sí grandes sentimientos por esto.
Asiento y él entra en el apartamento, saludando a mis amigas.
—Veo que tienes tu equipo de apoyo emocional. —Cruza los brazos, luego
los descruza y los deja colgando a los lados.
—Sí, son así de geniales.
—Estás preciosa. Hollis debe llevarte a algún sitio bonito —observa
papá—. No creo haber visto ese vestido antes.
—Hollis se lo compró —dice Hemi—. En realidad, le compró todo el
atuendo, hasta los zapatos.
Lo único que no compró fue la ropa interior que llevo puesta. Y estoy
segura de que lo habría hecho, si no pareciera un poco presuntuoso sobre cómo
quiere que acabe esta cita.
Papá casi parece estar luchando contra una sonrisa.
—Por supuesto que lo hizo.
Vuelven a llamar a la puerta.
—Está aquí. —Señalo a mi padre—. Por favor, sé amable. Sé que sigues
enfadado y dolido, pero ha sido tu mejor amigo durante siete años, y lo quiero,
y él me quiere.
—Lo sé. —Se mete las manos en los bolsillos—. Haré lo que pueda.
Respiro tranquilamente mientras abro la puerta. Y casi me derrito en el
suelo. Hollis lleva un traje negro. Lleva el cabello bien peinado, está recién
afeitado y huele de maravilla. La última sudadera con capucha que me prestó
casi ha perdido su aroma a Hollis. Inhalo profundamente, aspirándolo desde una
distancia segura de medio metro.
Su corbata hace juego con mi vestido y lleva un ramo de gerberas azules
y amarillas, mis favoritas. Sus ojos se mueven sobre mí en un barrido apreciativo
que siento por todas partes, especialmente entre mis muslos.
—Hola —murmuro.
Una sonrisa inclina una comisura de sus labios.
—Estás impresionante.
—El vestido fue excesivo, pero me encanta.
—Me encanta como te queda. —Extiende las flores—. Para ti.
—Son preciosas. —Las acepto y me las llevo a la nariz—. Las pondré en
agua y luego podremos irnos.
—Claro. ¿Quieres que espere aquí? —pregunta.
Estoy bloqueando intencionadamente su vista del apartamento. Bajo la
voz.
—Puedes entrar, pero las chicas están aquí, y mi padre también.
Una rara sonrisa se derrama por el lado derecho de su boca.
—Voy a entrar.
Se me revuelve el estómago mientras doy un paso atrás.
—Hola, Hollis —dicen las chicas al unísono.
—Hola. —Levanta una mano en un saludo torpe.
—Te las pondré en agua. —Rix coge las flores.
—Gracias.
Tally me pasa mi bolso de mano.
Papá cruza los brazos y adopta su postura de guardaespaldas.
—Hollis.
—Roman.
Esto es tan incómodo.
—He invertido veintiún años en mi hija. Espero que la traigas de vuelta en
las mismas condiciones en que la sacaste —dice papá.
—Un poco fuerte en el juego de papá, Roman —murmura Rix.
—De acuerdo. Gracias por eso, papá. Es nuestra señal para irnos. —
Agarro el brazo de Hollis con una mano y el pomo de la puerta con la otra.
Me cubre la mano con la suya y se vuelve hacia mi padre.
—Quiero a tu hija. Prometo tratarla como la gema preciosa que es.
—Qué bonito. —Dred se ríe.
La mano de Tally cubre su corazón.
Y ahora estoy toda derretida otra vez.
Hemi le da unas palmaditas en el hombro a mi padre mientras acompaño
a Hollis a la puerta. Al menos tiene a mi equipo de apoyo emocional como
respaldo.
Pulso rápidamente el botón de bajada del ascensor, deseando que llegue
de inmediato, por si mi padre quiere impartir alguna otra perla de sabiduría, o
darle un puñetazo a Hollis en su preciosa cara.
—Ha ido mejor de lo esperado —dice Hollis en tono de conversación.
—No estás sangrando, así que lo considero una victoria.
Las puertas del ascensor se abren y Hollis pone la mano sobre el sensor,
esperando a que cruce el umbral antes de seguirme. Pulsa el botón del
estacionamiento, las puertas se cierran y nos quedamos solos.
Se mueve hacia la esquina y se apoya en la pared de espejos.
—¿Estás bien?
Me encojo de hombros.
—Tengo muchos sentimientos.
—¿Quieres compartir lo que son?
—Estoy nerviosa, emocionada, asustada. —Cachonda.
Él asiente.
—Yo igual.
—¿De qué tienes miedo?
—Que he hecho demasiado daño y decidirás que no merezco los retos que
esta relación traerá consigo —dice.
—Ya nos estamos volviendo reales, ¿eh?
—Eso parece. —Su sonrisa es suave—. ¿De qué tienes miedo, Princesa?
—Que aún tienes mi corazón, y lo romperás de nuevo.
Sus ojos se cierran y exhala un suspiro de dolor.
—De todas las cosas que desearía poder deshacer, esa encabeza la lista,
Princesa. Espero probar que lo decía en serio cuando dije que nunca lo volvería
a hacer.
Asiento.
—Espero que tú también puedas.
Llegamos al estacionamiento y Hollis espera a que salga del ascensor para
seguirme. Sus dedos rozan el dorso de mi mano y yo deslizo los míos entre los
suyos, aunque tengo las palmas húmedas. Me aprieta.
—¿Quieres decirme por qué estás nerviosa?
—Tantas razones, pero sobre todo porque esta es nuestra primera cita real
en público, y la gente podría reconocerte.
—¿Tienes miedo de lo que piense la gente? —pregunta.
—No. Tengo miedo de que tengas miedo de lo que piense la gente.
Su auto emite un pitido al abrir la puerta y se vuelve hacia mí.
—¿Crees que tengo un problema con tu edad?
—Ya lo has dicho.
—Te refieres a todas las veces que te he dicho que tienes mucho que
crecer y que podrías cambiar de opinión sobre nosotros —dice.
Supongo que seguimos con lo difícil.
—Tú también podías cambiar de opinión. Lo hiciste.
Me sujeta las manos entre las suyas.
—Nunca cambié de opinión sobre ti, Aurora. Me metí en mi propio camino,
como tú dijiste. No puedo retirar el daño que he causado, pero tú lo eres todo
para mí. Mi corazón es tuyo.
Puedo sentir su arrepentimiento y ver su sinceridad. Aparto mis manos de
las suyas y su rostro decae, hasta que le rodeo la cintura con mis brazos. Los
suyos me rodean y siento sus labios contra mi coronilla.
—Te amo, Aurora. Y te lo seguiré diciendo hasta que lo aceptes como una
verdad.
Las palabras burbujean en mí, pero no estoy preparada. Todavía no.
Al final retrocedo, él abre la puerta del acompañante y me ayuda a subir
al auto. Se pone al volante y salimos del estacionamiento en dirección al puerto.
—¿Cómo han ido los exámenes? —pregunta.
—Todo bien. El lunes entrego el proyecto final de la clase de gestión de
las relaciones sociales y al final de la semana tengo otro examen. Claro que es el
último día, pero me sé el material. Estoy lista para terminar.
—Lo has estado durante un tiempo.
—Estoy lista para hacer lo que amo. —Miro descaradamente su perfil. He
echado de menos esta conversación fácil. Nos conocemos—. ¿Estarás en el hielo
el próximo partido?
—Sí. Ahora que tengo mi mierda en su lugar, puedo ser un activo para el
equipo. Estaba demasiado distraído para ser útil durante ese partido de Buffalo.
—¿Por lo que pasa entre nosotros?
—Porque no luché por lo que quiero, que eres tú. —Se detiene en el
semáforo en rojo y me mira—. No fue porque no quisiera, Aurora. Quería. Más
que nada. No luchar fue... tan jodidamente duro. Pero sabía lo asustada que
estabas, y quería proteger tu relación con Roman. Fue la elección equivocada,
pero me pareció la correcta en ese momento.
—Lo comprendo. Mi miedo también me impidió ser honesta. —Y me
impide decirle lo que siento por él ahora. Un paso y una revelación a la vez.
—Tú eres la pieza que falta, Aurora. Romper contigo fue una decisión
estúpida y reactiva. Una que no volveré a tomar.
Sonrío mientras entra en el estacionamiento de un restaurante. Me doy
cuenta de que conozco este sitio. Es el restaurante más bonito de la ciudad, muy
exclusivo, con preciosas vistas al puerto. Y Hollis me trae aquí para nuestra
primera cita. Está haciendo todo lo posible para demostrarme que va en serio.
Que quiere esto. Que me quiere a mí.
—Espera un momento —le dice Hollis al aparcacoches mientras abre la
puerta del conductor. Hollis sale de un salto, rodea el capó y me ayuda a salir del
asiento del copiloto. Se me revuelven el estómago, el corazón y los asuntos
femeninos cuando enlaza su brazo con el mío y me lleva escaleras arriba.
El anfitrión se dirige a él como Sr. Hendrix, y nos conducen a una mesa
privada con una increíble vista del agua. Más de una pareja parece reconocer a
Hollis, pero nadie se acerca ni lo pone incómodo. Pedimos bebidas y un aperitivo
y nos instalamos en una conversación fácil.
Hablamos de los equipos en las eliminatorias y de quiénes creemos que
serán los mejores elegidos para el draft.
—El hermano menor de Tristan es seleccionable este año —le digo—.
Tristan y Rix siempre van a sus partidos.
Hollis asiente.
—Tristan mencionó que va a ir a la universidad con una beca completa.
Debería darle el tiempo que necesita para desarrollar sus habilidades.
—Sigo pensando que serías un gran entrenador. —Escondo una sonrisa
detrás de la mano.
Hollis gime.
—Me estás matando aquí.
—No he dicho nada malo.
—Puedo leer tus pensamientos en tu cara, Aurora. —Pone la mano sobre
la mesa, con la palma hacia arriba, y yo deslizo mis dedos entre los suyos—. Y
no ayuda cuando pareces sacada de un cuento de hadas.
Me da un vuelco el estómago cuando se lleva mi mano a los labios. Me
encanta esta versión de Hollis: intenso, seductor, juguetón, cariñoso. En este
momento, lo siento mío y quiero quedármelo para siempre.
—Me encantaba tener toda tu atención cuando era adolescente. —Aunque
ahora me gusta más.
Inclina la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—¿Recuerdas la tutoría de matemáticas que me diste? ¿Después de que
reprobara aquel examen en noveno curso?
Me lanza una mirada interrogante.
—Te ayudé una vez, creo, ¿no? Luego tu padre te consiguió un tutor, pero
por lo que recuerdo no duró mucho.
—Tienes razón, no fue así. —Esta vez no intento ocultar mi sonrisa—. En
realidad, era bastante buena en álgebra, pero se me ocurrió este plan, pensando
que serías mi tutor, pero me salió totalmente mal.
Su ceño se frunce.
—¿Pero por qué?
—Quería ese tiempo contigo. Quería oler tu colonia, y escucharte explicar
conceptos, y soñar despierta con cómo sería estar aquí mismo.
Inclina la cabeza.
—¿Estabas enamorada de mí?
—Por supuesto que sí. ¿Te has fijado? Fue inofensivo durante muchos años,
hasta que dejó de ser un flechazo y se convirtió en algo más. —Arrastro mis
dedos por el interior de su palma—. Este año todo cambió. Sabía que estaba
sobrepasando límites y derribando muros. Empecé a verte de verdad, como tú
me veías a mí. Estás tan dedicado a tu equipo y a tu profesión. Tan comprometido
con estar en las mejores condiciones posibles sobre el hielo. Veo lo duras que
han sido estas lesiones, cómo te preocupas por defraudar a tu equipo. Nunca se
trata solo de ti y de lo que tú quieres; se trata también del impacto que tiene en
todos los demás.
—Ese rasgo en particular ha sido mi perdición últimamente.
—Estamos aquí, sin embargo, Hollis. Y eso significa algo. Ninguno de los
dos somos perfectos, y obviamente no siempre lo haremos bien, pero nos
estamos probando este nuevo nosotros, y me gusta cómo encajamos. —De
nuevo, quiero decir las palabras, decirle lo que siento, de verdad, pero necesito
más tiempo.
Es como si pudiera sentirlo en mí. Extiende la mano a través de la mesa,
con la palma hacia arriba y abierta.
—Estaba condenado desde el momento en que te vi bailando la victoria
en el pasillo de los Terror.
Deslizo mis dedos entre los suyos.
—¿Qué baile de la victoria?
—Cuando conseguiste tu primera práctica.
Mis ojos se desorbitan.
—¿En septiembre?
Asiente y se moja el labio inferior.
—Al principio no me di cuenta de que eras tú. Tu alegría era tan grande
que llenaba todo el espacio. Y eras tan jodidamente hermosa y entonces te diste
la vuelta y supe que estaba perdido. Abrí los ojos y te vi, te vi de verdad. No a la
hija de Roman, sino a ti. Esta gloriosa, impresionante, impulsada mujer que tenía
el mundo en la palma de su mano. Y simplemente... me enamoré. De cada parte
de ti. De tu dulzura. De esa puta boca descarada que tanto me gusta. De tu fuerza,
tu determinación y tu corazón gentil y perfecto. Caí tan fuerte. Y sigo cayendo.
Cada día sin ti ha sido una tortura y cada día contigo es el regalo más increíble.
¿Que puedo amarte? No hay sentimiento que se le compare, Aurora. A ti. —Me
levanta la mano y presiona el dorso con los labios—. Y te lo diré cada vez que
pueda, porque nunca ha habido nada más real y verdadero para mí que tú.
—No sabía cuánto necesitaba oír eso —susurro.
—Tengo algo para ti. Iba a esperar hasta después de la cena, pero quiero
que lo tengas ahora.
—¿Porque equiparme para esta cita no fue suficiente? —Me burlo.
—Acostúmbrate, princesa. Mimarte será uno de mis pasatiempos
favoritos. —Sonríe y se sienta a mi lado—. Sé que me llevará tiempo volver a
ganarme tu corazón. Pero cuando no pueda estar contigo, quiero que tengas este
recordatorio de que el mío es tuyo. Es tuyo mientras lo tengas. —Abre la caja.
Sobre un cojín de terciopelo azul hay un colgante en forma de corazón con
diamantes incrustados entrelazado con un símbolo de infinito en oro rosa.
—Hollis. —Me llevo los dedos a los labios—. Esto es precioso.
—Igual que tú. ¿Puedo ayudarte a ponértelo?
Asiento y me doy la vuelta. Se me pone la carne de gallina cuando sus
dedos rozan mi piel. Me lo pone con cuidado alrededor del cuello. Se calienta y
me pongo frente a él.
—Gracias. —Le rodeo la cintura con los brazos, sin importarme que
estemos en un restaurante—. Por esto, por esta noche. Necesitaba esto contigo.
—Es una muestra de lo que podría ser nuestro, no escondiéndonos tras puertas
cerradas, sino fuera de las paredes de su penthouse o de mi apartamento, y ya
soy adicta.
—Yo también, princesa. —Aprieta sus labios contra mi frente.
Suave. Dulce. Una promesa de lo que podría ser si soy lo bastante valiente
para dejarle entrar hasta el fondo.
Hammer
Durante la semana siguiente, Hollis y yo nos vemos todos los días.
Intentamos quedar para tomar un café entre las clases y los entrenamientos en
una de las tiendas locales, pero con Toronto en las eliminatorias, es imposible
que vaya a ningún sitio sin que lo reconozcan.
Terminamos en el Watering Hole la otra noche porque es seguro, pero
Tristan y Dallas aparecieron, y entonces se convirtió en una noche de todos. Era
la primera vez que salíamos con la pandilla desde que Hollis me llevó a la cita y
decidí darnos una oportunidad honesta. Nadie le dio importancia. No me había
dado cuenta de lo difícil que era ocultar esto a las personas que nos importan
hasta que ya no tuvimos que hacerlo. Que Hollis me pasara casualmente el brazo
por el hombro y me besara la sien fue liberador como siempre supe que sería.
Los abrazos de buenas noches son largos, y los besos en la frente, dulces.
Pero no ceder a la química me está agotando. Hollis ha establecido un límite claro
sobre volver a tener relaciones físicas hasta que esté preparada para
comprometerme a ser su novia. Mi cabeza está preparada, y mis partes
femeninas también, pero mi corazón sigue magullado y nervioso.
Sin embargo, cada día me lo cura un poco más con sus atenciones. Ha
empezado a traerme golosinas y regalos. A veces es tan sencillo como un
bocadillo de mi panadería favorita, o una bolsa de esos horribles pero deliciosos
plátanos de malvavisco. Sin embargo, mi regalo favorito hasta ahora es la
sudadera con capucha de los Terror en la que se lee Chica de Hollis en los
hombros. Me la puse para mi examen final, que acabo de entregar.
Esta noche he quedado con Rix, Tally, Hemi, Dred y Shilpa en el Watering
Hole para celebrar mi liberación de la vida universitaria. La semana que viene
sale el puesto de ayudante de relaciones públicas de Hemi y, obviamente, me
voy a presentar.
Estoy a punto de enviar un mensaje a las chicas cuando me doy cuenta de
que tengo otros nuevos de Hollis, preguntándome si he terminado el examen.
Aurora
¡Terminé!

Salgo a la calle y me estremezco con la fresca brisa primaveral. Estamos


en esa extraña época del año en la que Canadá aún no sabe si tiene frío o calor.
Hago una pausa para sacar la sudadera del bolso.
—¡Hola! ¡Aurora! —Jameson llama mientras se acerca—. ¿Cómo ha ido el
examen?
—Bien. ¿Y tú? —Me echo la bolsa al hombro.
Todavía estaba terminando cuando entregué el mío. Sin embargo, me
detuve en el baño antes de salir del edificio.
—Lo mismo. Creo que clavé la pregunta del ensayo.
Lo acompaño al doblar la esquina del edificio. Un estacionamiento nos
separa del patio y del bar del campus. Frunzo el ceño cuando veo una horda de
estudiantes reunidos en una esquina del estacionamiento.
—¿Qué demonios está pasando ahí?
—¿Tal vez un choque? —Jameson dice.
Al acercarnos, reconozco el auto. ¿Cómo podría no hacerlo? He estado en
el asiento del copiloto recientemente. También es un tono personalizado de azul
que se destaca.
—Dios mío, ¿en qué demonios está pensando? —Hollis es ostentoso con
dos cosas: su colección de sudaderas y su auto.
A medida que nos acercamos, observo que la mayoría de la excitada
horda lleva diversas prendas de Toronto Terror, como sudaderas con capucha y
gorras. Algunos incluso llevan parches en sus mochilas. Es un logotipo bastante
genial, así que es comprensible.
—¿En qué demonios estaba pensando quién? —Jameson pregunta.
—Hollis. —No sé si poner los ojos en blanco o reírme—. Necesito salvarlo.
¿Cómo manejaría esto Hemi? Alguna vez hemos salido con el equipo y uno
de los chicos ha acabado rodeado de fans enfervorizados. Ella siempre
interviene, y la mayoría de las veces les da un minuto para que se hagan una foto
y le firmen algo antes de dejarles ir. Sin embargo, se trata de un grupo numeroso,
lo que significa que tardará más de unos minutos. Hollis puede firmar gorras,
pero se pone nervioso cuando no hay control de multitudes. Ahí es donde entro
yo.
—¿Quieres ayudarme a manejar esta situación? —le pregunto a Jameson—
. Hay entradas para las eliminatorias para ti. —Yo no tengo autoridad para hacer
eso, pero Hollis sí. Y he aprendido recientemente que él hará casi cualquier cosa
para hacerme feliz.
—¿Hablas en serio? —Jameson parece que se va a mear en los pantalones.
—Absolutamente.
—¿Qué necesitas que haga?
—Calmar a esta multitud.
Un grupo de chicas gritonas —a juzgar por su aspecto, probablemente de
primer año— intentan abrirse paso hasta el frente.
Canalizo mi Hemi interior y me acerco al grupo silbando estridentemente.
—Todo el mundo, por favor, tres pasos atrás —grito—. Háganse a un lado,
por favor —les digo a las chicas que están enloqueciendo.
—¡Es alguien famoso! —exclama una de ellas.
—¿Ves hockey? —le pregunto.
Arruga la nariz.
—¿No?
—Es un jugador de hockey.
—Oh. —Eso me libra de cuatro chicas y me deja espacio para
escabullirme por un hueco entre la multitud.
Hollis me devuelve una gorra cuando le alcanzo.
Al verme, su rostro se ilumina de alivio, seguido de preocupación. Me
rodea la cintura con un brazo protector.
Sonrío.
—¿En qué estabas pensando para venir a un campus universitario en tu
llamativo auto deportivo?
Su sonrisa es tímida.
—Que quería recogerte de tu último examen para que pudiéramos
celebrarlo.
—Ha sido un detalle, pero deberías haber conducido tu otro auto. —Antes
de que pueda defenderse, le paso una mano por la nuca y atraigo su boca hacia
la mía. Incluso le acaricio con la lengua antes de separarme.
—Sabes que eso acabará en los sitios de hockey —dice, pero sigue
sonriendo.
—Sí. Tenemos que manejar esta situación que has creado. Luego podemos
ir a celebrarlo. —Le doy una palmadita en el pecho y me doy la vuelta, silbando
de nuevo como me enseñó Hemi.
Las personas más cercanas retroceden. Levanto la mano.
—Hola, me llamo Aurora. Soy la novia de Hollis, y entiendo perfectamente
su emoción de que esté aquí, porque la comparto.
Eso me provoca algunos gritos de sorpresa y algunas risas.
—Hollis tiene veinte minutos. Firmará gorras, camisetas o bolsos, pero no
partes del cuerpo. Por favor, tengan su teléfono con cámara listo para una foto.
Cualquier contacto o comentario inapropiado, y se irá inmediatamente.
Con la ayuda de Jameson y de los guardias de seguridad del campus, que
se han acercado para comprobar el alboroto, somos capaces de controlar a la
multitud mientras Hollis firma gorras y bolsas y se hace fotos con los fans. Pido
los datos de contacto a los guardias de seguridad y le prometo a Jameson que
este fin de semana le enviaré un mensaje con información sobre las entradas.
Una vez en el auto y fuera del estacionamiento, inclino el cuerpo hacia
Hollis.
—¿Estás bien?
—Sí. Eso fue... inesperado.
—Toronto está en la repesca, y un campus universitario es un hervidero
de emoción, sobre todo el último día de exámenes. —Tenemos suerte de que
más de la mitad del campus ya haya desalojado.
—Quería darte una sorpresa. —Su mirada me recorre de esa forma tan
ardiente que me hace mover los dedos de los pies—. Por cierto, estabas muy
sexy.
—Gracias. —Sonrío ante el cumplido.
—¿Lo decías en serio? —pregunta mientras se detiene en un semáforo en
rojo.
Me muerdo una sonrisa.
—¿Sobre ser tu novia?
—Esa parte, sí. —Su expresión es esperanzadora.
—Esperaba que tuviéramos un poco más de intimidad cuando dijera eso,
pero había algunas mujeres sedientas mirándote. —Cuando su cara empieza a
decaer, me apresuro a continuar—. Pero sí. Lo digo en serio. Te elijo, Hollis.
Llevo tiempo eligiéndote y sé que estás en esto conmigo. Estoy lista para esto,
para nosotros.
—¿Sí?
—Sí.
—Me alegro mucho de oír eso. —Su sonrisa es amplia, cálida y llena de
tanto amor que mi corazón y otras partes de mi cuerpo se llenan de emoción.
—Creo que deberíamos volver a tu casa y celebrar nuestra nueva
situación sentimental y que he terminado la universidad.
—¿Qué tipo de celebración tienes en mente?
—Hmm... —Me doy golpecitos en el labio—. ¿Qué tal del tipo que incluye
un vistazo a esa lista de fantasías que tengo?
Me besa el dorso de la mano y lo siento en mi vagina.
—Me encanta esa idea. Además, tengo una sorpresa esperándote en casa.
—El semáforo se pone en verde y él vuelve a centrarse en la carretera.
—Me encantan las sorpresas. Excepto cuando mi padre entra en mi
apartamento sin avisar, o cuando Tristan no puede esperar a que venga Rix y
acaban follando en nuestro apartamento en vez de su casa. —No lo han hecho sin
avisar desde que le mencioné a Rix que las paredes pueden ser finas. Tristan
incluso se disculpó por haberme hecho sentir incómoda. Creo que fue más
doloroso ver lo torpe que era que escuchar accidentalmente sus payasadas.
—Estaría justificado devolverle el favor antes de que se mude con él a
tiempo completo —reflexiona Hollis.
—Aunque somos más mansos que ellos con diferencia.
—Sí. De ninguna manera voy a poner todo mi puño en tu vagina.
—Tres dedos son siempre bienvenidos.
Hollis gime.
—Esperemos que pasemos la puerta principal.
—Espero que no.
Llegamos al siguiente semáforo en rojo y Hollis da golpecitos agitados en
el volante.
Me remuevo en el asiento y deslizo las manos entre los muslos.
—Estoy deseando quitarte esa ropa.
Me mira de reojo.
—¿Qué más no puedes esperar?
—Mm... Tantas cosas. He echado de menos besarte.
—Yo también lo he echado de menos.
—Y la sensación de tu boca sobre mí. Dios, me muero por tu lengua entre
mis muslos.
Hace un ruido profundo en el fondo de su garganta.
—Y ese sonido. Quiero más de eso. —Le rozo el dorso de la mano con las
yemas de los dedos y vuelve a gemir—. Me gusta tanto.
—¿Qué más quieres, princesa?
—Quiero estar debajo de ti. Quiero tu peso apretándome contra el
colchón, tu mano en mi garganta y tus ojos en los míos mientras me follas duro y
despacio.
Hollis casi se salta el giro hacia el estacionamiento. Los neumáticos
chirrían al girar bruscamente a la derecha. Apenas ha aparcado el auto, se
abrocha el cinturón de seguridad, me mete las manos en el cabello y me da un
beso abrasador que me derrite los huesos.
Cuando busco la hebilla de su cinturón, me cubre la mano con la suya.
—Por mucho que quiera tus manos sobre mí, Roman por fin vuelve a
hablarme, y que te pillen metiéndome mano en el auto cuando estamos a un viaje
en ascensor de una cama me parece innecesario.
—Me parece justo. —Retrocedo, y Hollis se reacomoda antes de que
salgamos del vehículo. El ascensor tarda una eternidad en llegar, pero está
vacío, así que me arrincona—. Me muero de ganas de tocarte —murmura
mientras me besa el cuello.
El ascensor suena y él pone distancia entre nosotros cuando se abren las
puertas. Lo cual es bueno, porque mi padre está en el pasillo, con una bolsa de
regalo gigante en la que pone Felicidades en cursiva.
—Oh, hola. Intenté dejar esto, pero obviamente no estabas, y el pestillo
de seguridad estaba puesto, así que supongo que Rix y Tristan sí.
—Es una apuesta segura.
Asiente, y su mirada se desplaza entre Hollis y yo.
—Pensé que querrías celebrarlo un poco, pero... ¿quizás más tarde?
Se me estruja el corazón. Lo está intentando de verdad. ¿Quiero celebrarlo
desnudándome? Sí. Pero primero quiero ayudar a reparar la relación de mi
padre con Hollis.
—Había quedado con las chicas en el Watering Hole dentro de un par de
horas, pero ¿podríamos ir ahora? —sugiero.
—No quiero interferir en los planes que hayas hecho. —Parece tan
inseguro de sí mismo, y triste.
—No estás interfiriendo, Papo. Este es un gran hito y un gran día. Quiero
que formes parte de él. Los dos queremos. —Aprieto la mano de Hollis.
—Vamos, Roman. —Hollis tira de mi padre hacia el ascensor con nosotros.
Pulso el botón del vestíbulo y envío un mensaje de grupo sobre el ligero
cambio de planes.
Cuando salimos del ascensor, Hollis entrelaza mis dedos con los suyos y
caminamos juntos por la calle. Nos sentamos en nuestra mesa favorita, pero en
vez de sentarse al lado de mi padre, Hollis se sienta a mi lado y estira el brazo
sobre el respaldo de mi silla. Aparece nuestra camarera habitual y Hollis me pide
un martini como a mí me gusta y cervezas para él y mi padre.
Papá mira entre nosotros.
—¿Recogiste a Aurora de su examen? —Últimamente ha empezado a
llamarme Aurora. No estoy segura al cien por ciento de que quiera que lo haga.
Ya no siento que luche por que me vean como una adulta como antes.
—Sí —dice Hollis.
De repente tengo la boca seca. No estoy segura de adónde va esto.
—¿Llevaste tu todoterreno o el Audi? —pregunta papá.
—El Audi.
Asiente y se frota el labio inferior con el pulgar.
—¿Cuánto tiempo antes de que te acosaran?
Hollis se ríe.
—En cuanto salí del auto.
—Ese fue un movimiento de novato.
—No estaba pensando.
—¿No recuerdas cuando recogimos a Aurora de uno de sus bailes del
colegio en mi Porsche? —pregunta papá.
Le doy un manotazo a la mesa. Era verde y exagerado e imposible no
darse cuenta.
—¡Estaba tan jodidamente avergonzada! Y luego tuve que meterme en el
asiento de atrás.
—Mierda. Lo recuerdo. Estabas cabreada con nosotros. —Hollis se ríe.
—Mis amigos solo hablaron de ustedes durante semanas. Fue tan molesto.
—Pongo los ojos en blanco, pero sonrío. No pasó mucho tiempo hasta que fallé
el examen de matemáticas e intenté que Hollis fuera mi tutor. Ni en mis mejores
sueños creí que acabaríamos aquí.
—Seguro que fue frustrante. —Hollis me dedica una sonrisa cómplice.
Le doy un codazo en el costado.
—Dios mío, comprueba tu ego.
—Tengo que ir al baño. Ahora vuelvo. —Hollis me besa en la mejilla y sale
de la cabina.
—No puedo creer que no lo viera —reflexiona papá.
—¿Ver qué?
—La forma en que se miran.
—Intentamos ocultarlo durante mucho tiempo. Y lo siento por eso.
Sacude la cabeza.
—Lo habría pasado mal pasara lo que pasara, Pe-Aurora. Sé que eres
adulta, pero siempre serás mi niña. Y Hollis es mi mejor amigo. No había forma
fácil de evitarlo.
—¿Sigue siendo tu mejor amigo? —pregunto.
—Sí. Me llevará un tiempo superarlo, pero veo cómo es contigo. Lo que
siente por ti está escrito en su cara. Que haya sido capaz de ocultarlo tanto tiempo
es un maldito milagro. Nadie iba a ser lo suficientemente bueno para ti, pero si
hay una persona en la que confío para ponerte en primer lugar, es él.
Cruzo la mesa y le aprieto la mano.
—Te quiero, Papo.
—Yo también te quiero, pequeña, con todo mi corazón.
Hollis
—Recuerdo haber ido a una fiesta de barriles cuando terminé mi examen
final. —Doy un trago a mi cerveza. Está tibia, ya que la he estado bebiendo
durante hora y media. Tengo planes para esta noche, y la cerveza no se interpone
en ellos.
Roman se ríe entre dientes.
—Probablemente fui a dos fiestas de barriles en la universidad.
—Fui a demasiadas fiestas de barriles —dice Flip.
—No me gusta la cerveza. —Ash da un sorbo a su ron con Coca-Cola—. O
las fiestas de barril.
—Suelen estar llenas de malas decisiones, vómitos y arrepentimientos —
dice Tristan.
Roman se excusa para ir al baño y Tristan echa un vistazo a su alrededor
antes de centrar su atención en mí.
—Parece que Roman lleva las cosas bastante bien, ¿no? Nunca terminaste
con un ojo morado.
—Somos conscientes de que pegarnos no resolverá el problema. Y sí, está
entrando en razón.
—La retrospectiva es una auténtica estupidez —observa Tristan.
—Eso es absolutamente cierto —estoy de acuerdo—. ¿Pero tú y Rix lo
llevan bien?
—Sí. Bea es un puto milagro.
—¿Estás deseando que se mude a tiempo completo? —le pregunto.
—Ya casi lo he conseguido, pero estoy deseando que ceda oficialmente el
segundo dormitorio, ¿sabes? Es como la confirmación de que estamos de
acuerdo. —Tristan escanea la habitación, tal vez para asegurarse de que nadie
más está prestando atención—. He estado mirando anillos. Sé que
probablemente es un poco pronto, pero Bea ha solicitado plaza en un par de
programas para otoño. Tendrá que tomar una decisión pronto.
—Pero eso es bueno, ¿no? ¿Eso es lo que quiere?
—Sí, y yo estoy a favor. Se le dan bien las finanzas… de hecho, muy bien,
pero no es lo que le apasiona. No hay razón para que se quede en un trabajo que
más o menos le gusta cuando yo puedo permitirme enviarla a la escuela para
algo que la haga feliz. Diablos, yo pagaría los cursos por el resto de su puta vida,
si eso la hace feliz. Pero no puedo mear un círculo a su alrededor todo el tiempo,
¿sabes?
—El olor sería mucho. Y Hemi no estaría contenta con los cargos de
indecencia pública —ofrezco.
—¿Verdad? Pero puedo ponerle una puta piedra enorme en el dedo para
que todos esos imbéciles potenciales sepan que es mía. Me imagino que al final
del verano habremos estado saliendo un año, y ella habrá vivido conmigo unos
meses, pero no tanto tiempo como para que esté totalmente harta de mi mierda…
así que puedo hacerla mía.
Me río entre dientes y le doy una palmada en el hombro.
—No sé si tienes que preocuparte por hacerla tuya. Está muy enamorada
de ti. No creo que se canse pronto de tu mierda.
—Realmente espero que no, porque Bea es todo para mí. Haría cualquier
cosa por ella. ¿Sabes?
—Sí, hombre. Lo sé.
Roman vuelve del baño con el ceño fruncido de padre preocupado. Mira
a las chicas.
—¿Cuántas jarras de margaritas se han tomado esas chicas?
—Las dos últimas han sido sin alcohol —le digo.
—Eso es un alivio.
Roman se acaba el resto de su cerveza.
—¿Te quedas por aquí?
—Hasta que Aurora esté lista para irse, sí. —Es difícil acostumbrarme a
esta parte. Es mi mejor amigo y el padre de mi novia. La he cuidado mucho a lo
largo de los años. Pero que se quede en mi casa, eso es nuevo.
—¿Quieres llamar a mi puerta por la mañana y podemos ir juntos al
entrenamiento? —me pregunta sin mirarme.
Es una rama de olivo. Hemos estado conduciendo por separado.
—Joder, por fin. Vamos en tu todoterreno, Hollis, y ustedes dos pueden
manejar mi culo durante las próximas dos semanas. —Tristan sacude la cabeza—
. Ha sido seriamente inconveniente para mí conducir mientras arreglaban su
mierda.
—Siento que tenía derecho —dice Roman.
—No digo que no lo hicieras. Solo digo que fue un inconveniente, y
ustedes dos pueden compartir la responsabilidad mientras me lo compensen. —
Tristan sonríe.
Sacudo la cabeza.
—Eres un idiota.
—Lo sé.
—Los veo por la mañana. —Roman deja su botella de cerveza en la mesa
detrás de nosotros y se detiene para abrazar a Aurora antes de irse.
—Hablando de gente que necesita una novia, ya es hora de que Roman
vuelva a tirarse a la piscina —dice Tristan.
—De acuerdo. Especialmente ahora.
—Ni siquiera sé cuál es su tipo —reflexiona Tristan.
—No habla con mujeres cuando Aurora está cerca —le explico.
—¿Y la de la gala? ¿Ha ido ya a esa cita?
—No que yo sepa. Vive en Illinois o Wisconsin, así que no sé si tiene
posibilidades reales.
—Parecían llevarse bastante bien en la pista de baile. Por lo menos antes
de que la mierda golpeara el ventilador. Hablando de eso, ¿qué diablos vas a
hacer con Scarlet? No creo que a Hammer le entusiasme que salgas con tu ex.
—Scarlet vio la entrevista y me dio un pase en la cita. Le reembolsé lo que
pagó.
Tristan carraspea con su cerveza.
—¿Le diste a la jodida Scarlet Reed cien mil dólares para librarte de una
cita con ella?
—Parecía lo correcto. No fue culpa suya que yo no pudiera cumplir mi
parte del trato. Si hubiera seguido tu consejo como debía y me hubiera
comportado como un hombre, no habría estado en la subasta. Aurora habría sido
y debería haber sido mi cita esa noche.
—Esa fue una lección cara.
—Y valió la pena desde que conseguí a la chica.
Los ojos de Aurora encuentran los míos desde el otro lado de la habitación.
Es tan jodidamente hermosa, y es mía. Pasaré el resto de mi vida amándola. Mira
a su alrededor, quizá para ver quién la observa por costumbre. Luego pone los
ojos en blanco y cruza la barra hacia mí.
—Y me voy. Hasta luego. —Tristan me da una palmada en el hombro y se
marcha.
Bebo la amplia sonrisa y la mirada pícara de su rostro mientras se acerca.
—¿Cómo va todo, princesa?
—¿Mi padre se fue? —pregunta para confirmar.
Asiento.
Enlaza su mano detrás de mi cuello.
—Me siento rara por ser cariñosa contigo delante de él —admite—. No
quiero echárselo en cara, pero también, bésame, por favor.
La acerco y aprieto mis labios contra los suyos. Qué bien sienta amarla sin
reservas.
Juguetea con el botón superior de mi camisa.
—Estoy sospechosamente sobria considerando el número de margaritas
que he consumido.
Paso mis dedos por la parte posterior de su brazo.
—Me pregunto por qué será.
Su labio inferior resbala entre los dientes.
—Cambiar a margaritas vírgenes fue inteligente.
Arqueo una ceja.
Se aclara la garganta.
—La cantidad de veces que me he masturbado con esa expresión facial es
obscena. Llévame a casa y méteme en la cama, por favor.
Le doy un ligero golpecito en el culo.
—Ve a despedirte de tus amigas.
—¡Okey! —Me besa la mejilla y salta por el restaurante hasta donde están
sentadas las chicas. Se dan una ronda de abrazos, enlazan sus meñiques y salimos
a la fresca noche.
Pasa su brazo por el mío y apoya su mejilla en mi bíceps.
—Por mucho que quisiera celebrarlo hoy en la cama, y por supuesto que
aún quiero, fue tan agradable salir con nuestros amigos.
Aprieto los labios contra su sien.
—Amarte sin escondernos se siente mucho mejor.
—Eres el mejor novio del universo. —Me aprieta el brazo—. Y mi papá
parece estar manejando las cosas.
—Lo es. —Abro la puerta de nuestro edificio y la acompaño fuera del frío—
. Mañana iremos juntos al entrenamiento.
Su cara se ilumina cuando pulso el botón del ascensor para subir al
penthouse.
—¿Ah, sí? ¿Quién lo ha sugerido?
—Él. —El ascensor sube a toda velocidad.
—Me alegra mucho oír eso. —Me pasa las manos por el pecho—. Tú y mi
padre han sido tan unidos durante tanto tiempo, y esto lo cambia, pero no quería
que el daño fuera permanente también.
—Los dos te queremos demasiado para dejar que eso ocurra. —La beso
suavemente.
Suena el ascensor, la suelto cuando se abren las puertas y le agarro la
mano.
En cuanto entramos en mi casa, Aurora arrastra mi boca hasta la suya. Por
desgracia, Postie y Malone están sobre nosotros, intentando ponernos la
zancadilla mientras se entrelazan entre nuestras piernas.
—Son adorables, pero son bloqueadores de pollas —dice Aurora contra
mis labios.
—Vamos a darles de comer. Luego tengo algo para ti.
—Te refieres a orgasmos, ¿verdad? Tienes muchos de esos para mí.
—Llevo toda la semana dispuesto a proporcionártelos —le recuerdo.
—Vinieron con estipulaciones. —Sus dedos se enroscan en la hebilla de
mi cinturón.
La agarro por las muñecas y la hago girar, levantándolas por encima de su
cabeza mientras la aprieto contra la puerta. Se abre de piernas y mi rodilla se
desliza entre ellas. Suspira y mueve las caderas.
—Con una estipulación. —Arrastro mis labios por el borde de su
mandíbula, inspirándola—. Y era razonable. Lo sigue siendo.
—Lo sé. No puedo separar el sexo de los sentimientos cuando se trata de
ti —susurra, con los ojos rebosantes de emoción—. Siento como si mi corazón y
mi alma ardieran cuando estás dentro de mí.
Su verdad alivia mis partes rotas.
—Yo siento lo mismo. —Le suelto las manos y deslizo los dedos por su
sedoso cabello—. Por eso necesitaba que estuvieras en esto conmigo antes de
que volviéramos a estar aquí.
—Gracias por ser paciente. —Apoya una cálida palma en mi mejilla. Todo
en ella en este momento es suave, abierto—. Te amo.
Su confesión me desvela y cura mi corazón. Memorizo este momento: la
dulzura de sus palabras, la verdad en sus ojos, lo hermosa que es, sus manos en
mi piel, enraizándome, atándome a la Tierra.
—He estado esperando oír esas palabras.
—He estado esperando para decirlas. Ahora devuélvemelas, por favor —
susurra.
Tomo su cara entre mis manos, la emoción hace que mi voz se vuelva
ronca.
—Te amo, Aurora.
Su sonrisa se ensancha.
—Con todo mi corazón —murmura y atrae mi boca hacia la suya.
Pero el beso dura cinco segundos, porque mis gatos vuelven a ser unos
parásitos.
—Vamos a alimentar a estos dos.
—¿Y luego orgasmos?
—Primero la sorpresa, luego los orgasmos.
Ella suspira.
—Yo traeré sus croquetas si tú traes la comida.
—En ello. —Me dirijo a la nevera.
Aurora reparte croquetas a los pequeños, que engullen en dos segundos,
mientras yo les sirvo la comida blanda. Una vez lavadas las manos, nos entrelazo
los dedos.
—Vamos.
—La guío por el pasillo, pasando por el dormitorio de invitados, hasta mi
despacho.
Los nervios me revuelven el estómago mientras enciendo la luz y empujo
la puerta para abrirla.
—Hollis —respira mientras entra en la habitación—. Esto está...
redecorado.
Antes había un solo escritorio y una bicicleta estática sin usar. En cuanto a
oficinas en casa, era bastante aburrida. Pero solía sentarme en la mesa del
comedor con mi portátil si tenía que revisar papeles o contratos. Si Aurora se une
a Hemi en la oficina de relaciones públicas, necesitará espacio para trabajar
fuera del horario de oficina, y quizá yo también lo necesite en el futuro.
—Quiero que este espacio también se sienta como tuyo. —Quiero que se
sienta como en casa. Como si ella perteneciera aquí conmigo.
—Esto es increíble. —Cruza hacia los escritorios dobles. Uno de los lados
tiene una silla negra de ejecutivo, que es la mía. La otra silla es azul bebé y de
felpa, diseñada para ser funcional y cómoda. Las paredes se han pintado de un
azul pálido y helado y están decoradas con nuevas obras de arte, entre ellas un
pato platanero. Dos tumbonas personalizadas dan a la ventana con vistas al
puerto—. Incluso has elegido cojines a juego —reflexiona.
Le rodeo la cintura con los brazos por detrás y le beso la mejilla.
—Pensé que este sería un buen lugar para tomar un café en los días de
trabajo desde casa.
—Me encanta. —Ella inclina la cabeza hacia arriba, y yo aprieto un suave
beso en sus tentadores labios—. ¿Por qué eres tan perfecto?
—Estoy lejos de ello. —Quiero seguir envolviéndola, pero este es solo el
principio, así que doy un paso atrás y enlazo nuestras manos—. Hay más. Ven.
—¿Más?
La guío por el pasillo hasta mi dormitorio.
—Ojos cerrados, princesa. —La pongo delante de mí, cubriéndole los ojos
con una mano mientras abro la puerta con la otra. Me sujeta el antebrazo mientras
la empujo hacia delante. Mi reflejo me mira desde el espejo de cuerpo entero
que hay al otro lado de la habitación. Aurora tiene las mejillas sonrojadas.
Los nervios me oprimen el pecho, pero necesito que vea lo serio que soy.
Dejo caer la mano sobre su cadera.
—Puedes abrir los ojos.
Se abren mientras sus uñas me clavan el brazo de la forma más deliciosa.
—Oh, Hollis. —Gira en mis brazos, con asombro en su perfecto e
impresionante rostro—. ¿Hiciste esto por mí?
—Por nosotros —corrijo—. Es decididamente egoísta.
—Es increíble. —Se levanta de puntillas para besarme y escudriña la
cama.
—Compraste cojines.
—Sé que te gustan. —Tiene un número ridículo sobre su cama. He
descubierto que pueden ser útiles y no solo una molestia.
Revolotea por la habitación y levanta la del medio.
—Me conseguiste una almohada de princesa.
—Lo hice.
—Te gusto mucho.
—Desde luego que sí.
Se pega la almohada al pecho con un brazo y me sigue por la habitación
hasta la cómoda nueva. Abro el cajón de arriba. Ya he doblado y guardado todas
las cosas que ha dejado aquí en los últimos meses.
—Son tuyas. No quería vaciar un par de cajones para hacerte sitio. Quiero
que esto parezca tan tuyo como mío. —Le rozo la mejilla, necesito el contacto
para conectarme—. Sé que todo esto es muy nuevo y que necesitamos tiempo
para entendernos, pero también soy consciente de que Rix se va a mudar y de
que tu subarriendo es solo de un año. Siempre que estés lista para estar aquí,
aquí está listo para ti. Pero sin presiones. Está bien si necesitas más tiempo que
eso.
Deja la almohada encima de la cómoda y apoya las palmas de las manos
en mi pecho, su suave sonrisa me calienta.
—Me has comprado una cómoda.
—Tienes mucha ropa —señalo. Espero que no sea demasiado.
—Esto es real. —Me pasa las manos por el hombro—. Vas muy en serio
conmigo, ¿verdad?
Trago más allá del nudo en la garganta.
—¿Demasiado serio?
Menea la cabeza.
—La cantidad perfecta de seriedad. —Su sonrisa se suaviza—. Dime algo
real y verdadero.
—Amarte es tan fácil. Pero ocultar ese sentimiento, negarte, ha sido lo más
duro y doloroso que he hecho en mi vida, y me alegro de no tener que volver a
hacerlo. —Le acomodo el cabello detrás de la oreja, trazando la delicada
concha—. Dime algo real y verdadero.
Le tiembla la barbilla mientras apoya la palma de la mano sobre mi
corazón.
—Tú asientas mi alma, Hollis. Tu corazón es mi hogar, y nunca quiero
abandonarlo.
Nuestros labios se encuentran, un suave roce, una promesa sin palabras.
El torrente de necesidad es repentino y nos consume cuando nos acercamos, las
manos agarrando el cabello mientras inclinamos la cabeza y profundizamos el
beso.
Me desabrocha la camisa y me la quita por encima de la cabeza, luego
hace lo mismo con la suya.
—¿Sabes lo que quiero hacer ahora?
—Tengo una idea bastante buena.
Se desabrocha el sujetador, lo tira a un lado y se abrocha el botón de los
jeans.
—Apuesto a que mis ideas son mejores. —Se baja los pantalones y la ropa
interior por las piernas y se las quita de una patada, quedándose en un par de
calcetines con una raya azul y negra en la parte superior.
Me mete los dedos en la cintura de los pantalones y me empuja hacia el
espejo de cuerpo entero.
—¿Piensas decirme cuál es esa idea mejor? —pregunto mientras ella
ajusta mi posición.
Niega con la cabeza mientras desliza mi cinturón por la hebilla y tira de él
para soltarlo de las trabillas, dejándolo caer al suelo a mis pies. Se pasa la lengua
por el labio inferior mientras abre el botón y baja la cremallera. Luego agarra la
almohada de princesa y la tira a mis pies, hundiéndose en el suelo.
Me sonríe.
—Voy a mostrarte con mi boca lo mucho que aprecio tu consideración.
Sonrío.
—¿A que no eres dulce?
—La más dulce. —Sonríe pícaramente, me libera de los calzoncillos y me
rodea con la palma de la mano. Tengo que cerrar los ojos un segundo y
recomponerme. Siento como si llevara una eternidad sin su suavidad, y no estoy
preparado para esto.
Le da un beso en la punta.
—Joder, princesa —gimo.
—Mi boca, Hollis —responde ella.
Abro los ojos cuando separa los labios. Su lengua se desliza por la punta
goteante y rodea la cabeza antes de metérmela en la boca. Una mano se dirige a
mi muslo y su mirada se desvía hacia un lado, hacia su reflejo desnudo,
arrodillada sobre una almohada, con los labios alrededor de mi polla.
Ella sale, los labios rozando la cabeza mientras habla.
—Me gusta este espejo. —Y entonces sus labios se deslizan por mi polla,
tirando de mí más profundamente. Gime a mi alrededor, una mano cae entre sus
muslos. Le acaricio la mejilla, mi mirada rebota entre la que tengo delante y su
reflejo en el espejo.
Mueve mis manos para acunar su cara, y sus ojos se elevan hasta los míos.
Arqueo una ceja.
Ella gime y desliza tres dedos en su coño.
Tiro de mis caderas hacia atrás hasta que el borde toca su labio inferior.
—Sí, por favor —murmura.
Vuelvo a introducirla, primero lentamente y luego cada vez más, hasta que
la cabeza golpea el fondo de su garganta y ella gime. Sus dedos se mueven entre
sus muslos y sus ojos miran entre mi cara y nuestro reflejo en el espejo. Estoy
cerca. Muy cerca. Empiezo a retirarme, porque estoy a un empujón de correrme.
Pero su mano libre de se levanta y me agarra el culo, clavándome las uñas
mientras tira de mí hacia delante hasta que se traga toda mi puta polla.
Me corro tan fuerte que me agarro al borde de la cómoda para
mantenerme en pie. Me saca las uñas del culo y yo me corro. Ella aspira
entrecortadamente y me sonríe.
—Siempre quise probarlo.
—Por el amor de Dios, Princesa. —Aplasto mi boca contra la suya.
Y entonces me tira al suelo con ella. Le meto la almohada bajo la cabeza y
entierro la cara entre sus muslos, follándola con los dedos y la lengua hasta que
me tira del cabello y grita mi nombre.
Y luego la llevo a la cama, me pongo un condón y me acomodo en la cuna
de sus caderas.
—Te necesito dentro de mí, Hollis —murmura, sus dedos temblorosos
rozando mi mejilla—. Por favor.
—Todo para ti, princesa. —Arrastro la cabeza por su humedad.
Aurora se arquea, inclinando las caderas hacia arriba, mientras la empujo
hacia la entrada. Hago una pausa, memorizando el momento, lo preciosa que está
con las mejillas sonrojadas y los ojos empapados de lujuria.
Y entonces empujo dentro de un solo golpe suave.
Ambos gemimos cuando toco fondo dentro de ella.
—Joder, te he echado de menos —gimo contra sus labios.
—Yo también te he echado de menos. —Me pasa los dedos por el
cabello—. Echaba de menos esta sensación.
Es mucho más que una conexión física. Estar entrelazado con ella es como
estar en casa. Le acaricio la mejilla.
—Yo también.
—No nos la quitemos nunca más, ¿de acuerdo? —murmura.
Sacudo la cabeza.
—Nunca.
—Soy tuya. —Sus manos se deslizan por mi espalda.
—Mío para siempre ahora —prometo.
—Cada parte de ti.
Muevo las caderas y ella gime suavemente.
—Solía imaginar lo bien que me sentiría tenerte dentro así. Aquí mismo,
en esta cama. Pero es mucho más que eso. —Pone su mano sobre mi corazón—.
Aquí también estás dentro de mí.
—No sabía lo que me estaba perdiendo hasta que llegaste tú —murmuro
contra sus labios.
Se envuelve a mi alrededor, con los pies enganchados en la parte baja de
mi espalda. Y nos movemos juntos, como una marea que sube lentamente, hasta
que nos baña, cubriéndonos de dicha. En una promesa de eternidad.
Hollis
Aurora mira el reloj de la mesilla y me da una palmadita en el pecho.
—Deberías vestirte. Mi padre llegará pronto. —Esta noche podría ser el
último partido de la temporada y, si el universo está de nuestro lado, nos
llevaremos la copa a casa.
Sonríe cuando la fulmino con la mirada.
—Estabas desfilando en bragas.
—Todavía estaba decidiendo qué ponerme esta noche.
—Estabas siendo una malcriada.
—Pero estás relajado, ¿no?
—Definitivamente estoy relajado —acepto y empiezo a incorporarme.
Ella se inclina y frunce los labios.
—Te amo.
—Te amo, incluso cuando eres una mocosa. —Le robo un último beso—.
Especialmente cuando eres una mocosa. —Salto de la cama y me pongo en pie.
Se pone de lado y apoya la mejilla en el puño.
—Eso fue increíblemente elegante.
Miro el reloj de camino al baño.
—Estamos cortando por lo sano.
—Te estás acercando mucho. Tengo una hora —dice.
—No puedes estar desnuda cuando tu padre llame a la puerta.
—Entendido. —Se levanta de la cama y levanta la mano mientras le tiendo
una toallita húmeda y caliente. Se limpia entre las piernas y la tira al cesto de la
ropa sucia que hay junto a la cómoda.
Los cuatro cajones de arriba están llenos de su ropa. Ahora, cuando Tristan
está en casa y Rix en la suya, Aurora se queda aquí. No estoy presionando para
que se mude todavía. Aún le quedan unos meses antes de que venza el
subarriendo, pero últimamente pasa más noches en mi cama que en la suya.
Me pongo rápidamente el traje mientras Aurora se pone unos jeans, una
camiseta de los Terror con la inscripción Chica de Hollis y mi número en la
espalda, y la camiseta de su padre por encima. Llaman a la puerta cuando
terminamos de vestirnos. Roman ha dejado de entrar por miedo a ver algo que
no quiere.
Se está acostumbrando a que Aurora y yo seamos pareja. Nada ha
cambiado en algunos aspectos, y en otros, todo. Mostrar abiertamente su afecto
en público ha sido un ajuste, pero uno bienvenido. Ella es mía y yo soy suyo, y
me niego a ocultar esos sentimientos a nadie, especialmente a Roman. Y aunque
nuestra amistad ha cambiado, ahora ambos tenemos la misma prioridad, y esa
es Aurora.
Nos encontramos juntos con Roman en la puerta.
—Hola. —Aurora le rodea con los brazos, se echa hacia atrás y le arregla
la corbata—. Estás estupendo. ¿Te sientes bien para esta noche?
—Listo para dejar fuera a Nueva York. —Su mirada se desplaza hacia mí—
. ¿Y tú?
—Sólido. Listo para salir al hielo. —He jugado todos los partidos de esta
serie y me he sentido fuerte. No estoy donde estaba al principio de la temporada,
pero tengo toda la temporada baja para volver a estar ahí.
Los tres entramos en el ascensor. Aurora besa a Roman en la mejilla
cuando nos acercamos a la duodécima planta.
—Te quiero. Buena suerte esta noche, Papo.
Le da un abrazo rápido.
—Yo también te quiero, pequeña.
La alcanzo justo cuando se vuelve hacia mí. Es así cada vez más estos días.
Estamos sincronizados. Le rodeo la cintura con un brazo y ella me rodea el cuello
con el suyo. Es automático y, por un segundo, me olvido de todo menos de su.
—Tú puedes. —Me besa el cuello y se echa hacia atrás para que pueda ver
su hermoso rostro—. Te amo.
Acaricio su mejilla con la palma de la mano.
—Yo también te amo. Te buscaré por ahí esta noche.
—Te estaré animando.
Rozo sus labios con los míos. Se abren las puertas del ascensor y la suelto
a regañadientes. Sale al pasillo y nos da otro beso a los dos.
—Patéenles el culo esta noche.
Roman se ríe y ella le guiña un ojo mientras las puertas se cierran.
—¿Estás bien? —pregunto una vez que estamos los dos solos.
Se apoya en la pared y cruza los brazos.
—Sabes, me preocupaba no poder soportar verlos a ti y a mi hija juntos.
Asiento. Entiendo que no es fácil, pero tiene que saber que siempre la
pongo a ella primero.
—Sé que es una transición, pero prefiero que te enfades conmigo a que le
niegues su afecto.
—Así es exactamente como debe ser. —Un atisbo de sonrisa inclina la
comisura de sus labios—. Ella es feliz contigo. Más feliz de lo que nunca la he
visto. No digo que sea fácil acostumbrarse a esto, pero la forma en que la quieres
hace que la incomodidad merezca la pena. Solo quiero que esté contenta y
amada, y eso es lo que veo cuando está contigo.
—Haría cualquier cosa por ella —admito.
—Lo sé.
Se abren las puertas del ascensor y salimos a la cálida tarde de mayo. Las
eliminatorias han sido intensas y ésta podría ser una noche histórica para
nosotros. Nos dirigimos al estadio en el todoterreno de Tristan y, cuando
llegamos, la energía del vestuario es electrizante. Todo el mundo vibra de
nervios y emoción. Y eso nos acompaña hasta el hielo.
Cuando llega la hora del partido, las chicas están todas detrás del
banquillo esta noche. Ashish acaba en la Jumbotron cuando le lanza un beso a su
mujer. Shilpa lo atrapa y se lleva los dedos a los labios. A principios de
temporada, le habría echado la bronca por eso, pero esta noche puedo apreciar
su compromiso mutuo. No es una vida fácil, y Shilpa es una estrella del rock.
Tristan busca a Rix en la fila y se golpea el corazón con el puño. Rix hace
un corazón con las dos manos y, cuando la cámara se aleja, lo deja caer sobre su
entrepierna.
Dallas se ríe.
Flip mira detrás de nosotros.
—¿Qué está pasando?
—Nada —decimos Tristan y yo al mismo tiempo.
Flip les hace un gesto con el pulgar hacia arriba, y la cara de Tally se pone
roja cuando las cámaras vuelven a su fila.
Aurora y yo hacemos lo que siempre hacemos cuando ella está en los
partidos estos días: al mismo tiempo, pronunciamos las palabras te amo y
hacemos los correspondientes gestos con las manos. ¿Es cursi de mierda? Por
supuesto. Pero siempre la hace sonreír. El público se ha dado cuenta, y
últimamente nos han sacado fotos en las páginas web de hockey. Me molestaba
cuando me pasaba con Scarlet, pero con Aurora es diferente. No hay agenda, no
estamos en exhibición. Y Aurora ha crecido en el mundo del hockey, así que está
acostumbrada. Eso hace que sea más fácil de llevar.
Stiles y Madden empiezan fuerte el partido, marcando un gol en los dos
primeros minutos. Pero Bowman empata al final del primer periodo. Grace marca
otro gol para Nueva York al principio del segundo periodo, y luego volvemos a
luchar por empatar hasta el final del segundo periodo. Es un partido intenso, con
Nueva York trabajando para alargarlo a los siete partidos. Pero al principio del
tercer periodo, Madden marca y empata de nuevo. Todo el mundo está jugando
duro, y Grace lo utiliza a su favor. A seis minutos del final del partido, Stiles
recibe un golpe. No parece que deba sacarlo del juego, pero se resiente de su
pierna derecha. Y estamos preparados para un cara a cara en la red de Nueva
York, poniéndonos en una posición ideal.
Hay un tira y afloja con los árbitros, y Stiles vuelve patinando al banquillo,
sacudiendo la cabeza.
—¿Estás bien, hombre? —le pregunto al pasar junto a él.
Levanta la barbilla, con una leve sonrisa en la comisura de los labios.
—Consigue ese gol, hermano.
Me coloco en el lateral derecho y cae el disco. Hay una lucha por el control
y Madden me lo pasa. Patino por detrás del pliegue y lo paso hacia atrás,
colocándome en posición. Vamos y venimos, alejando el disco de Nueva York,
buscando puntos débiles en su defensa. Madden dispara al arco, pero el disco
rebota en el poste. El rugido de emoción se convierte en un suspiro de
decepción.
Pero la defensa de Nueva York pierde la oportunidad de recuperar el
control, y Madden engancha el pase. Sin embargo, la defensa ya está en
posición, bloqueando su tiro a la red. Me pasa el disco y yo me acerco, listo para
disparar. El portero de Nueva York ajusta su posición y, en el último segundo,
engancho el disco y lo lanzo hacia arriba. Pasa por encima de sus almohadillas y
se estrella en el fondo de la red.
Toronto pierde la puta cabeza, y me encuentro aplastado contra Madden
y Palaniappa.
Intentamos serenarnos bastante rápido. Aún nos quedan cuatro minutos y
medio de juego. Vamos en cabeza, pero puede pasar cualquier cosa.
Nueva York lucha por volver al partido, pero Grace hace un movimiento
estúpido durante el siguiente turno con Stiles y es sancionado por zancadillas. La
penalización de dos minutos hace imposible que Nueva York marque el gol que
tanto necesita para mantenerse en la serie.
Ganamos el partido 3-2, y la Copa es nuestra. Es un final infernal para mi
temporada de regreso.
Después del partido, los vestuarios bullen y Tristan me da una palmada en
la espalda con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hombre. Has hecho historia.
Sacudo la cabeza, pero no puedo dejar de sonreír.
—Ese debería haber sido tu gol.
—¿Quién sabe qué habría pasado si yo hubiera estado allí en vez de ti?
Podría haber sido cualquiera de nosotros. Luchaste por esto, hombre. Yo lo sé;
tú lo sabes. Celébralo de una puta vez.
Una hora más tarde, cruzamos las puertas del Watering Hole. Roman está
a mi lado. No avanzo ni un metro antes de que Aurora me abrace. Todo su cuerpo
se enrolla alrededor del mío.
—¡Ha sido increíble! Has estado increíble. —Junta nuestras bocas—. Ya
me he tomado dos copas de champán, así que no puedo hacerme responsable
de las cosas que salgan de mi boca esta noche.
—Quizá puedas censurarlas delante de mí —dice Roman.
—Oh mier… —Se desenreda de mí—. Lo siento, Papo. —Se acerca
bailando y la abraza—. Tú también estuviste increíble.
Le da una palmadita en la espalda.
—Gracias, pequeña.
Se interpone entre nosotros y enlaza sus brazos con los nuestros.
En ese momento, me doy cuenta de que no importa lo que venga después,
si decido jugar la próxima temporada o colgar los patines e ir en otra dirección.
He hecho todo lo que quería en esta carrera. He tocado todas las notas altas. Esta
es la victoria de todas las victorias. Y es mucho más dulce porque puedo
celebrarlo con las personas que más me importan: mi mejor amigo y el amor de
mi vida.
Aurora es todo para mí.
Mi persona.
Y vale la pena cada riesgo.
Hollis
TRES MESES DESPUÉS
Atempero mis pasos al acercarme al despacho de Aurora y sonrío con
orgullo al ver la placa con el nombre de AURORA HAMMERSTEIN, Sub-directora
de Relaciones Públicas, pegada a la puerta. Lleva cuatro semanas en el puesto y
está demostrando rápidamente que éste es su sitio.
Me detengo al llegar al umbral. Hoy lleva pantalones de vestir negros y
una blusa azul pálido. El cabello le roza la mandíbula y deja ver la elegante curva
de su cuello. Es tan jodidamente guapa que a veces me duele el corazón. Y es
mía. Doy las gracias a los poderes fácticos y a los creadores de dispositivos de
placer de superhéroes por abrir esa puerta y darle las agallas de ser la primera
en cruzarla. Es una fuerza y una inspiración, y tengo suerte de haber valido la
pena arriesgarme por ella.
Cuando golpeo el marco de la puerta, levanta la vista del ordenador. Lleva
unas gafas de cristales azules que me encantan. Pero es que me gusta todo de
ella.
—Hola. —Su mirada se mueve sobre mí en un lento y apreciativo barrido—
. Te ves delicioso.
Miro por encima del hombro para asegurarme de que no hay nadie en el
pasillo antes de volverme hacia ella y sonreírle.
—¿Te apetece un bocado?
—Siempre, pero estoy en el trabajo. —Señala a su alrededor mientras
echa la silla hacia atrás.
Me acerco y me agarro a los brazos de su silla para darle un beso rápido.
Le muerdo el borde de la mandíbula.
—Hay muchos despachos vacíos y probablemente te toca comer.
Deberías dejarte las gafas puestas.
—Tenemos que estar en el rodaje en menos de veinte minutos.
—Es tiempo de sobra para atender todas tus necesidades, princesa. —
Toco el colgante de corazón que descansa en el hueco de su deliciosa garganta.
—No puedes ir a una sesión de fotos oliendo a vagina, Hollis. —Ella está
sin aliento, sin embargo, y no suena del todo convencida.
—¿Crees que sería mejor para mí presentarme a la campaña del
calendario con una erección furiosa?
—Eres una mala influencia. —Se ríe y me empuja el pecho.
—¿Estás diciendo que sí?
Un carraspeo detrás de mí.
—Hollis, deja de molestar a mi asistente.
Me ajusto el problema en los pantalones mientras me enderezo,
agradecido de llevar traje.
—Solo estaba saludando.
Hemi resopla desde la puerta.
—Nunca juegues al póquer, Hollis, a menos que quieras perder la
camiseta. —Levanta una mano—. Y, por favor, no uses eso como una invitación a
quitártela. Tendrás que hacerlo muy pronto. —Su teléfono suena con la marcha
de la muerte y ella pone los ojos en blanco—. Señor, dame fuerzas. —Comprueba
el mensaje y sacude la cabeza—. ¿Cómo diablos puede Dallas llegar tarde? ¿No
ha venido en auto con el resto de ustedes?
—Tristan dijo que conducía él mismo —ofrezco.
—¿Quieres que vaya a ver cómo está? —Aurora pregunta.
—No. Él es mi problema. Yo me ocuparé. —Me señala con el dedo—. Sé
un buen jugador de hockey y no intentes atraer a mi asistente a una habitación
vacía. Básicamente viven juntos a estas alturas, así que andar a escondidas como
adolescentes cachondos es completamente innecesario. —Se da la vuelta, pero
rápidamente da media vuelta—. Pero apruebo lo calientes que están el uno para
el otro, y lo a menudo que es capturado en las redes sociales por, literalmente,
todo el mundo. —Sus tacones chasquean en el suelo mientras cruza el pasillo y
entra en su despacho, acercándose el teléfono a la oreja—. ¿De verdad quieres
disfrazarte de payaso otra vez, Dallas? Porque eso es lo que te espera si sigues
con esta mierda. —Su puerta se cierra con firmeza.
Aurora apaga el ordenador y deja las gafas sobre la mesa.
Las tomo y las deslizo en el bolsillo del pecho de mi traje.
—Tengo un par de repuesto en casa. En la oficina.
Me hace gracia que use la palabra «casa» para referirse a la mía. La única
vez que utiliza su propio apartamento es cuando ella y las chicas se reúnen para
una de sus noches sin penes. Pero no se lo reprocho. Todo forma parte de mi
plan maestro: hacerla sentir cómoda y feliz, meter su ropa en el armario y en el
vestidor, una prenda cada vez, y cuando llegue noviembre y se acabe el
subarriendo, lo único que tendrá serán unas cuantas cajas de cosas para mudarse
al penthouse.
Devuelvo las gafas a su escritorio.
—¿Son las mismas?
—Son amarillas en vez de azules.
Le rodeo la cintura con un brazo, atrayéndola contra mí mientras le
susurro:
—Tengo planes para ti y esas gafas cuando lleguemos a casa.
—Ooh. —Se agarra a las solapas de mi chaqueta y presiona sus caderas
contra las mías—. ¿Debería ser una traviesa secretaria esta tarde?
Eso es luz verde para ponerla sobre mi regazo.
—Joder sí, deberías.
—¿Ya ningún lugar es sagrado? —La voz de Roman atraviesa la bruma de
lujuria y hormonas.
Doy un paso atrás y Aurora disimula una sonrisa, aunque sus mejillas se
pongan rosadas.
—Estábamos abrazados, papá.
Roman se queda en la puerta con los brazos cruzados.
—Eso es una estupidez, basándome en el color de sus caras. ¡Ahora
siempre llamo a la puerta! ¡Siempre! Incluso intento acordarme de mensajear
primero. No debería tener que preocuparme por ver cosas que nunca debería
ver en nuestro lugar de trabajo.
—Te vi el pene dos veces cuando vivía contigo el año pasado —señala
Aurora.
La miro.
Me pone los ojos en blanco.
Roman se lleva las manos a las caderas.
—Bueno, he visto tu dispositivo personal de superhéroe, ¡y no ha sido
culpa mía!
—Um, siento interrumpir, pero se supone que debemos estar en
maquillaje en unos cinco minutos —dice Tally desde la puerta. Está haciendo
prácticas con Hemi durante el verano.
La cara de Roman se vuelve del mismo color que la de Aurora.
—Lo siento mucho. —Se da la vuelta lentamente—. Si pudieras fingir... ¿Es
tu cumpleaños?
—No es hasta mañana. —Tally estrecha los ojos hacia Aurora, que se da
golpecitos en la parte superior de la cabeza.
Tally cierra los ojos y arruga la nariz, levantando la mano para tocar la
tiara.
—Olvidé que llevaba esto.
—Te queda bien —dice Roman.
Sonrío y le doy dos pulgares arriba, pero miro de reojo a Aurora.
—Hemi y yo se la compramos —murmura—. La mío está en casa.
Es un jodido alivio, ya que Aurora suele llevar su tiara de princesa por toda
la casa. Y solo su tiara.
—Deberías dejártela puesta. —Aurora se echa el bolso al hombro—. Esta
es la semana de tu cumpleaños, y vamos a aprovecharla al máximo.
Tally suspira.
—Dieciocho años es una edad estúpida. Soy legal para votar, pero no
puedo hacer ninguna de las cosas divertidas hasta dentro de un año, a menos
que vayamos a Quebec.
—Pero ya eres oficialmente adulta, y siempre podemos ir a un partido del
Montreal en otoño. —Aurora enlaza su brazo con el de Tally y nos hace señas
para que la sigamos—. Vamos, mis dos hombres favoritos. Es hora de hacer
historia en el calendario.
—No creo que debas planear llevar a la hija del entrenador a Montreal
para que beba —refunfuña Roman mientras da un paso a mi lado.
—Lo dice el hombre que dejó embarazada a su novia de diecisiete años —
llama Aurora por encima del hombro.
—Teníamos casi dieciocho años —se queja.
—Al menos estará con el equipo y podremos mantenerla a salvo —digo.
—Por supuesto que te vas a poner del lado de mi hija. —Pone los ojos en
blanco, pero sonríe.
Nos encontramos con Rix y Shilpa de camino al estadio. Hoy, Aurora ha
organizado una sesión de fotos del equipo para un calendario del año que viene.
Vamos a donar una parte de los beneficios a varias causas, entre ellas Comida
Para Vidas, un programa diseñado para ayudar a familias necesitadas, y la
Academia de Hockey, un programa local de hockey diseñado para niños con
necesidades especiales.
Al llegar, Aurora se excusa del grupo, llevándose a Tally con ella.
Flip, Tristan y Ash se unen a nosotros mientras se filtran los miembros del
equipo.
Tristan se ajusta la corbata y se mete las manos en los bolsillos.
—Hammer es una maldita jefa. No puedo creer que organizara todo esto.
—Es increíble —dice Roman con orgullo.
—Seguro que sí —estoy de acuerdo.
Hemi entra en la habitación como una reina, un Dallas sudoroso y
ligeramente despeinado sigue su estela.
Se detiene a llenar su botella de agua antes de unirse a nosotros.
—¿Estás bien, tío? —Tristan pregunta.
—Solo comí un burrito en mal estado o algo así. Todo bien. —Se frota la
frente con el dorso del brazo y procede a engullir el contenido de su botella de
agua.
Hemi silba con fuerza para llamar la atención de todos, pero es Aurora
quien se adelanta para organizarnos para la foto de grupo. No puedo dejar de
mirarla mientras ella y Hemi toman el control de un equipo de fanáticos del
hockey. Nos ponemos los uniformes para otra foto de equipo y luego nos
fotografían individualmente y por parejas: Roman y yo, Flip y Tristan, Dallas y
Ashish y algunos compañeros más. A continuación, los doce afortunados que
optamos a formar parte de la edición especial del calendario nos quitamos los
pantalones, los patines y las hombreras y agarramos los palos.
Aurora me da una larga y acalorada mirada.
Roman se pone a mi lado y señala con el dedo a su hija.
—Esa es una conducta poco profesional. Deja de mirar a mi mejor amigo
como si fuera un trozo de carne.
—Lo siento, Papo. Es mi novio. Se me permite mirarle así. —Hace una foto
con su teléfono.
—¿Qué estás haciendo?
—Mantener vivo el sueño de Rainbow.
—Ella sabe que estás saliendo con Hollis.
Fue un desayuno especialmente entretenido cuando Rainbow descubrió
con certeza que Roman y yo no éramos los padres de Aurora, y que yo me había
convertido en su novio.
—Todavía los shipea. —Aurora se mete el teléfono en el bolsillo.
El fotógrafo llama a Roman y me deja con Aurora.
Me mira de reojo.
—¿Deseando que me hubieras aceptado la oferta de la oficina vacía?
Lloriquea, y no es muy diferente del sonido que hace cuando estamos en
la cama.
—Eres un verdadero problema, ¿no?
—Lo sé. —Apoya su mejilla contra mis bíceps—. Pero soy tu problema
favorito.
—Desde luego que sí. —Le doy un beso en la coronilla—. Te amo,
princesa.
—Te amo, Hollis.
—No puedo esperar a llevarte a casa y mostrarte cuánto.
Su cara se ilumina con mi sonrisa pícara favorita.
—Yo tampoco puedo esperar.
Es imposible negar la atracción, así que no lo hago. Rozo sus labios con los
míos.
—Gracias por elegirme —susurra.
—Siempre.
Helena Hunting es autora de la serie PUCKED, éxito de ventas en USA
Today y NYT. Vive en las afueras de Toronto con su increíblemente tolerante
familia y dos gatos moderadamente intolerantes. Escribe desde comedias
románticas deportivas hasta novelas angustiosas para adultos.

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