CADA
RESPIRO
EQUIPO 1
Abraján Tlatempa Emiliano
Arce Villaseñor Valeria Elena
Galván Moreno Valeshka Desirée
Solano García Fabiola
Soriano Martínez Cinthya Itzel
Zamudio González Kathia Fernanda
CUENTO
BUSCA COMUNICAR...
Con este cuento esperamos reflejar
como las canciones con un discurso
machista, influyen en el comportamiento
y relaciones personales.
Juanita y Margarito, eran novios hacía un año, toda la relación era perfecta como un sueño
del que nadie quiere despertar.
Al principio, todo había sido mágico. Cuando iniciaron la relación, él le dedicó una canción,
Every Breath You Take. Le pareció el himno perfecto para expresar cuánto pensaba en ella,
cada minuto, cada instante. Ella se sentía tan amada, y, sin dudarlo, la aceptó como su
canción, una melodía que parecía sellar su conexión.
Con el tiempo, la canción se convirtió en un ritual. A menudo, cuando la ponían, él le tomaba
la mano y le decía que no podía dejar de pensar en ella, de cuidarla, de querer estar siempre
a su lado. En sus oídos, la letra repetía una y otra vez. Al principio, ella se sentía halagada,
creyendo que esa era la forma más linda para demostrar su amor y sus sentimientos, porque
para ella era muy importante compartir los gustos musicales.
Con los meses, esas palabras comenzaron a transformarse. Él no solo la miraba; la observaba. Se
había vuelto una necesidad, casi una obligación. Y mientras la canción seguía sonando en su
mente, su amor había empezado a volverse obsesión.
Una tarde, mientras ambos estaban en casa de Margarito, comenzó a sonar de nuevo esa
canción. Él, distraído, la tarareaba mientras miraba a su novia sentada frente a él, revisando su
teléfono. “¿Por qué no me contaste que ibas a salir con tus amigas ayer?”, preguntó, en un tono
que intentaba sonar casual. Ella lo miró, sorprendida y algo molesta. Nunca te ha molestado eso,
sabes que los viernes siempre voy con ellas, no me digas que te vas a molestar por eso.
Él le respondió tratando de sonar delicado, solo preguntaba cariño, pero sabes que te amo tanto
que me vuelve un poco inseguro pensar que había tantos chicos mirandote.
Al día siguiente como era usual, harían una pijamada igual que todos los domingos, para el lunes ir juntos a la
universidad.
Fue una noche como cualquier otra, hasta que él notó un mensaje en el teléfono de ella. No pudo evitar
preguntar:
—¿Quién es ese tal Carmelito? ¿Por qué te escribe a esta hora?
Ella suspiró, siempre tenían esa conversación. —Es solo un amigo de la carrera Ya te lo he dicho mil veces —
respondió, intentando mantener la calma.
Él se tensó, y, sin poder contenerse, su voz subió de tono. —¿Y por qué necesitas amigos si me tienes a mí? Yo soy
el único que debería estar a tu lado, cuidándote, preocupándome por ti. Los demás no importan, ¿no lo entiendes?
Eso es amor, ¿o no?
Ella lo miró, inexpresiva. —¿Cuándo cambiaste tanto? Amor no es vigilar cada paso que doy ni cuestionar cada
mensaje que recibo, y mucho menos pensar que los demás no importan. Eso ya no es amor, al menos para mí.
-Entonce ya no me amas como antes suspiro Margarito.
La discusión continuó, con él lanzando palabras que intentaban sonar dulces pero que cargaban una
amarga intención de control. Al final, ella se fue a dormir con la sensación de que el lazo que
imaginaba irrompible se había tensado mucho esa noche.
A la mañana siguiente, él la despertó con un ramo de flores y una caja de chocolates y una sonrisa
culpable en el rostro.
—Perdóname, amor. Todo esto es porque te amo tanto que me desespero de solo pensar en perderte
—le dijo, ofreciéndole los regalos. Ella dudó, pero, cansada y confundida, aceptó.
En su mente, sin embargo, las palabras de la noche anterior seguían latiendo, como un eco
inquebrantable de la canción: Every breath you take, I’ll be watching you.
Ahora las peleas empezaron a ser más frecuentes. En cada una de ellas, él encontraba una manera de
justificar su comportamiento, a veces recurriendo a recuerdos de su infancia, que utilizaba como
escudo y como arma.
Una tarde, después de que Juanita tuviera una entrevista de trabajo con su amigo, él estalló.
—¿Sabes qué? A ti no te importa lo que he pasado. Desde niño, mi papá me enseñó que la familia lo es
todo. Mi madre siempre estuvo allí para él, siempre lo cuidó, lo atendió y vivió para él y él se aseguró
de que estuviera protegida, ¿entiendes? Así es como debe ser.
Ella lo miró, tratando de comprender, pero también de hacerle entender que esas ideas no justificaban
su forma de actuar.
—Pero eso no significa que tengas que controlarme o que mis amigos no importen, no soy tu mamá ni
tú eres tu papá. Eso no es amor —respondió.
Él soltó una risa amarga, casi con desprecio. —Claro, porque no entiendes lo que es. Porque
a ti te dieron todo tan fácil, ¿no? Yo solo intento protegerte de todo lo que el mundo puede
hacerte. Pero parece que no valoras lo que hago, ni el esfuerzo que pongo en cuidarte.
Se hizo el silencio entre ellos, pero la canción seguía sonando en la cabeza de él,
envolviendo sus pensamientos en un eco que lo empujaba a no soltarla, a mantenerla cerca,
incluso si eso significaba herirla.
Él la miró, sintiéndose incomprendido, convencido de que el problema no era él. A pesar de
sus recuerdos dolorosos y su necesidad de "cuidarla", no quería, ni pensaba, cambiar.
El clima entre ellos había cambiado de manera irremediable. Ella, cada vez más distante, trataba de
buscar excusas para evitar las confrontaciones, mientras él, como siempre, no dejaba de vigilarla. La
canción ya no era solo un simple recordatorio de amor, sino un himno de control.
Esa noche, después de una llamada que él consideró "demasiado larga", las cosas explotaron.
—¡¿Quién es ese tipo?! —gritó, con la voz rota por los celos. —¡Te lo he dicho mil veces! ¡Nadie más
tiene que estar en tu vida!
Ella trató de calmarlo, pero él no la escuchaba. En su mente, la canción resonaba sin cesar: Every
move you make, every step you take, I’ll be watching you. Y en su locura, creyó que estaba haciendo lo
correcto.
—¡Basta! ¡Ya no puedo más con esto! —dijo ella, empujándolo con desesperación, buscando escapar.
Fue un movimiento instintivo. Él, cegado por la ira y la obsesión, la empujó de vuelta. Ella cayó al
suelo, golpeándose la cabeza contra el borde de la mesa. El dolor fue inmediato, pero lo que la
lastimó más fue la mirada en los ojos de él: una mezcla de arrepentimiento y furia, como si no
supiera cómo había llegado hasta allí, pero ya era demasiado tarde.
La canción seguía sonando en sus oídos, como si nada hubiera cambiado. Él la miró, desconcertado
por lo que acababa de hacer, pero no podía dejar de pensar que, de alguna manera, todo eso era
por ella, por su "bien", por protegerla.
Ella, con la mano en la cabeza y los ojos llenos de lágrimas, lo miró con una mezcla de miedo y
tristeza profunda.
—Esto ya no es amor, ¿lo entiendes? —susurró, mientras la sangre comenzaba a teñir su rostro. Y en
ese momento, él finalmente se dio cuenta de que, quizás, nunca lo entendió.
FIN