EL GRAN ESCAPE DEL EXAMEN FINAL
Era el último día de clases, y el examen de matemáticas nos esperaba como un monstruo
gigante. Jorge, mi mejor amigo, tenía una teoría: si lograbas fingir una enfermedad lo
suficientemente convincente, podías evitar el examen y salir sin problemas. Claro, esto
venía de alguien que una vez fingió ser un cactus en clase de biología porque "se sentía
plantado".
—Hoy es el día —me dijo, con una mano sobre la frente—. Estoy a punto de
desmayarme del calor… ¿o del frío? ¡Aún no decido!
Le miré, incrédulo. Jorge siempre tenía estas ideas locas, pero esta vez no parecía
dispuesto a rendirse.
—Te vas a meter en problemas —le advertí—. No puedes faltar a todos los exámenes
por siempre.
—¡Claro que sí! —respondió, sonriendo—. ¿Alguna vez has visto a un cactus hacer una
prueba?
Justo cuando Jorge comenzó a caminar hacia la enfermería, apareció la directora. Era
pequeña, pero imponía respeto. Nos miró fijamente, y Jorge, por alguna razón, empezó
a actuar como si estuviera a punto de desfallecer.
—¿Todo bien, chicos? —preguntó, con esa voz que sabía cuándo alguien tramaba algo.
Jorge no perdió la compostura.
—No, señorita directora, me temo que estoy… muy, pero muy mal. —Puso una mano
dramáticamente sobre su frente, como si fuera una estrella de telenovela a punto de
perder la memoria.
La directora lo observó con los ojos entrecerrados.
—¿De verdad? —dijo, arqueando una ceja—. ¿No será que estás intentando evitar el
examen de matemáticas?
Jorge hizo una pausa. Me miró como si estuviera buscando apoyo, pero yo no podía
contener la risa. Entonces, suspiró y soltó:
—Sí, es verdad… pero es que el álgebra es como un idioma alienígena, ¡y yo no tengo
ni diccionario!
La directora se echó a reír. Para nuestra sorpresa, no nos castigó. Solo nos dio una
advertencia amistosa y, antes de irse, nos dijo:
—Recuerden, muchachos: el verdadero escape no está en evitar los exámenes, sino en
aprender a resolverlos… o al menos intentarlo.
Jorge y yo nos quedamos ahí, en silencio, mirando la puerta cerrarse.
—Bueno —dijo finalmente—, tal vez no soy un buen cactus, pero al menos tengo
humor de sobra.
Y con eso, entramos al salón, listos para enfrentarnos al monstruo del álgebra… aunque
fuera con un par de bromas de por medio.
EL DÍA QUE FUI UN GENIO (POR ERROR)
Todo comenzó en clase de ciencias. La profesora decidió hacer un concurso de conocimientos y yo,
honestamente, sabía que no iba a ganar. Mi cerebro estaba lleno de información inútil, como el nombre
completo de Pikachu o cuántos sabores de pizza existen en mi pizzería favorita. Pero, ciencia… no era lo
mío.
Sin embargo, la suerte a veces juega sus cartas de formas misteriosas. La profesora lanzó la primera
pregunta:
—¿Cuál es la fórmula química del agua?
Fácil —pensé—. ¡Hasta yo sé esa! Así que levanté la mano con confianza.
—H2O —respondí.
La profesora asintió, y mis compañeros me miraron sorprendidos. Claro, sabían que yo no era
precisamente el Einstein del salón, pero ahí estaba, ganando el primer punto.
La siguiente pregunta fue un poco más difícil:
—¿Qué planeta es conocido como el Planeta Rojo?
Por alguna razón, mi cerebro estaba más rápido de lo habitual ese día.
—Marte —dije.
Otro punto. Los murmullos entre mis compañeros comenzaron a aumentar. “¿Es él?” “¿Desde cuándo
sabe tanto?”
La cosa se salió de control en la tercera pregunta:
—¿Cuánto es 9x9?
Por alguna razón que ni yo mismo comprendía, las palabras simplemente salieron de mi boca:
—81 —dije, sin pensar.
Para este punto, la clase entera me miraba como si fuera un genio subido a una nube de sabiduría. Y
yo… yo no sabía qué estaba pasando. ¿Estaba poseído por el espíritu de un matemático?
Las preguntas siguieron y, sorprendentemente, seguí respondiendo correctamente. Cada vez que decía
algo, más sorprendidos se veían mis compañeros, y más crecía la sensación de que estaba siendo parte
de algún experimento raro de inteligencia súbita.
Finalmente, la profesora lanzó la pregunta más difícil de todas:
—¿Cuál es la velocidad de la luz?
Ahí estaba yo, sudando y con el corazón acelerado. Mis manos temblaban. No tenía idea. Cero. Pero,
¿sabes qué hice?
Con voz seria y confiada, miré directamente a los ojos de la profesora y dije:
—Bueno, eso depende de si estás en el vacío o en un medio con densidad variable.
La profesora parpadeó, sorprendida. Mis compañeros estaban boquiabiertos. No tenía ni idea de lo que
acababa de decir, pero sonaba lo suficientemente complicado como para impresionar.
—Es… correcto… en parte —dijo ella, aún asombrada.
No gané el concurso, pero me quedé cerca. Y, por el resto del día, mis compañeros me llamaron “El
Genio” y me preguntaban cosas raras como "¿cuál es el sentido de la vida?" o "¿cómo sobrevivirías a un
apocalipsis zombie?". A veces, solo hay que sonar lo suficientemente confiado para parecer un genio,
aunque no tengas idea de lo que estás haciendo.
Y así fue como pasé un día entero siendo el Einstein falso del salón.
LA CARTA QUE NUNCA ENTREGUÉ
Siempre fui tímido, y aunque todos mis amigos me decían que debía ser más directo con
Sofía, no podía. La veía cada día en el instituto, siempre rodeada de amigos, sonriendo y
siendo ella misma, pero cada vez que intentaba acercarme, las palabras se me quedaban
atascadas en la garganta. Así que, en lugar de hablar, hice lo que mejor sabía: escribir.
Pasé semanas escribiendo una carta. No era una simple confesión de amor; quería que
supiera lo que sentía sin que sonara cursi o desesperado. En esa carta le contaba cómo
me alegraba el día con solo verla, cómo su risa me parecía el mejor sonido del mundo y
cómo, aunque no nos conocíamos mucho, sentía que había algo especial entre nosotros.
Le hablé de los pequeños detalles que notaba de ella, como cómo se mordía el labio
cuando estaba concentrada o cómo siempre ayudaba a los demás sin pedir nada a
cambio. Era perfecta, al menos para mí.
El problema vino cuando terminé la carta. Ahí estaba, guardada en mi mochila, doblada
con cuidado, esperando el momento adecuado para entregarla. Pero ese momento nunca
llegó. Cada vez que intentaba darle la carta, mi mente se llenaba de pensamientos
negativos: ¿Y si no siente lo mismo? ¿Y si la lee y se ríe de mí? ¿Y si se lo cuenta a
todos y quedo como un idiota?
Así pasaron los días, luego semanas. Cada vez que la veía, me decía: Hoy sí. Hoy se la
doy. Pero cuando llegaba el momento, el miedo me paralizaba. La carta seguía en mi
mochila, ya arrugada de tanto sacarla y volverla a meter, pero nunca la entregaba.
Entonces llegó el último día de clases. Ese era mi límite. Si no le daba la carta ese día,
sabía que probablemente no la vería más. Todos estaban felices, despidiéndose,
haciendo planes para las vacaciones de verano. Vi a Sofía, con su grupo de amigas, y
me armé de valor. Agarré la carta y, por primera vez, caminé directo hacia ella sin
dudarlo.
—Sofía… —dije, cuando estuve a solo unos pasos.
Ella se giró y me sonrió. Esa sonrisa que siempre me dejaba sin palabras.
—¡Hola, Dani! —me saludó, alegre—. ¿Cómo va todo? No puedo creer que ya sea el
último día.
Sentí cómo el corazón se me aceleraba. Ahí estaba, con la carta en la mano, lista para
entregársela. Pero en lugar de hacerlo, metí la mano en el bolsillo y la apreté fuerte.
—Sí, es una locura —dije, intentando mantener la calma—. Bueno, solo quería desearte
buen verano.
Sofía me dio un abrazo rápido y despreocupado, como si fuera lo más natural del
mundo. Mi corazón latía a mil por hora.
—Igualmente, Dani. ¡Nos vemos pronto! —dijo, antes de volver con sus amigas.
Me quedé allí, viendo cómo se alejaba. En mi bolsillo, la carta seguía intacta, sin
entregar. Nunca supe si hice lo correcto al guardármela. Quizás era mejor así, o quizás
me había perdido una oportunidad. Pero ese día aprendí algo importante: a veces, el
miedo te roba más que una carta no entregada.