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Fiebre

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Epitafios dibujados en el cielo

El lechero llegó con aciagas noticias, intentando sostener la absurda elongación de aquella sonrisa
circense, debajo de su optimismo falso y desagradable. Primero porque había aumentado
considerablemente el precio de la leche, y segundo porque se había declarado de forma drástica la
epidemia en la ciudad, y el pánico empezaba a apoderarse de la situación en todos los frentes.

La familia Caceres Cepeda desayunó en silencio, como si aún escuchasen la precaria voz de aquel
pobre narrador intentando explicar, con su particular estilo neolítico e inocente, algo que ni
siquiera una persona del todo civilizada podría llegar a comprender. La culpable del futuro
exterminio era, al parecer, una extraña enfermedad que teñía de un horrible color amarillo el
rostro de sus víctimas y cuyo origen y antídoto todavía nadie había logrado descubrir. Juan probó
sin apetito el café humeante que se debatía en su taza lamentando los hechos, pensando en que
apenas habían pasado unas semanas desde el final de la guerra, cuando con la sangre de Solano
López la nación vencida había firmado su capitulación. No había paz , o si la había, era para
suavizar la triste realidad épica de los hombres ocupados en asesinarse año tras año los unos a los
otros. La verdad es que no era muy difícil reconocer a simple vista a los soldados que habían
regresado maso menos enteros y victoriosos de aquel agujero, deambulando como sombras por
el mercado y por las calles, sobre todo por la pálida luz de sus extraviadas miradas y el
pronunciado relieve de las endurecidas costillas que se dejaba ver a través de sus roñosos
uniformes entreabiertos.

Una cuchara se precipitó con estrepito sobre el borde de la brillante bandeja de plata, y
desprendió de forma accidental un escándalo de diminuta proporción. La señora Margarita de
Cáceres Cepeda no podía dejar de sentir esa afilada puñalada en la mitad de su pecho, y no había
manera de ocultarlo.

-Sospecho que no van a alcanzar los rezos para aplacar la ira que se está desatando en estas tierras
malditas- dijo, remarcando con amargura las palabras más importantes, sin ocultar su sibilante
acento ibérico.

-Madre, la tierra no tiene la culpa , la culpa es más bien algo propio de quienes la cultivan; si
siembras tristeza durante el verano, cosecharas muertes después del invierno-contestó,
aproximando una de sus delicadas manos a las suyas.

Mientras tanto la niña Elisa practicaba en el piano una pieza de Brahms que circulaba a ciertas
horas de manera obligatoria en los más cuidados salones del centro. Desde el fallecimiento de su
padre salía muy poco de su estancia, y nadie la molestaba debido a su frágil condición, dejando
que cada tanto los inundase el eco de sus frescas ejecuciones. Los hijos de los sirvientes
aseguraban haberlo visto de nuevo a don Julián reflejado en los cristales de su despacho, o
vagando algunas tardes sin rumbo errante sobre las terrazas. Pero sus padres solo bajaban la vista
cuando alguien les preguntaba por aquellos rumores, y parecían olvidarse de la articulación del
lenguaje durante el resto del día, quizás para que nadie hablase de nada.

Movido por la música se dispuso a abandonar la alargada mesa, después de masticar la última
miga de su tostada con huevo revuelto, dejando un beso en la melancólica frente de su madre. Se
dirigió a su escritorio, donde pensaba aventurarse algunas horas en la lectura de Flaubert y los
simbolistas, para mejorar un poco más de su rudimentario francés. Las calandrias cantaban sobre
el paraíso que retrataba su ventana, y las nubes parecían viejas carabelas que se deslizaban a
través de un mar de aceite. Una telaraña de rosas chinas se destacaba arriba de los jazmines que
perfumaban la mañana, reflejándose con toda su belleza en el agua limpia de las fuentes.

El sonido del galope de un jinete quebró su inspiración, en aquel desdichado momento donde los
poetas descubren esas verdades que solo pueden traducirse entre estocadas de tinta y un
derrame de destacados sentimientos ocurrentes, y lo hizo precipitarse hacia la entrada con
impaciente velocidad. Un hombre alto y apuesto se apeo del caballo, con la elegancia de un militar
acostumbrado a demostrar valor , y dejo la huella de sus botas sobre las escaleras blancas. Le
basto la resta de tan solo un metro para volver a reconocerlo; se encontraba de nuevo frente a su
primo Enrique Medrano Thompson, testigo y sobreviviente de la batalla de Tuyuti y fiel amante de
lo exótico y lo moderno.

-No hay tiempo que perder, deben abandonar esta casa cuanto antes y refugiarse en el lugar más
lejano posible- exclamó, casi en un susurro, para mantener la calma de todos los allí presentes.

Narró con desgraciado lujo de detalles como los decesos aumentaban sin piedad con el paso de las
horas, entre horribles sufrimientos que ningún especialista parecía saber de qué forma aliviar, y
como ya ni siquiera la calamidad tenía el tupe de distinguir entre los miserables italianos recién
desembarcados en el puerto y los miembros de los mejores linajes. A pesar de que suene como
un cobarde, aclaró, escapar es la mejor opción en estas circunstancias. Sugirió que se dirigiera la
familia entera a la estancia que poseían cerca de las lomas de San Isidro, donde el aire era más
sano y a una distancia completamente prudente de aquel desastre. Se tomarían todo el resto de
aquella tarde para empacar sus objetos de mayor valor, y partirían a la mañana siguiente,
escoltados por una guardia que exigiría a la intendencia de forma inmediata.

A partir de entonces una especia de neblina cubrió la expresión del conjunto, y las tareas que
hacían falta fueron llevadas hacia adelante con una motivación tan silente como sepulcral a la vez.
Elisa recibió una carta escrita por su madre por debajo de la puerta, y las dulces melodías de
Chopin que estaba practicando se volvieron un poco más nostálgicas con el transcurso de las horas
hasta transformarse en un largo y desgarrado silencio. Y ninguna línea acudió en rescate del poeta
que, desolado como un niño perdido en el cuerpo de un gigante, se dedicó a observar desde la
ventana de su habitación las sugestivas curvas del rio argento.
2

El ladrido furioso de una jauría despertó a todos antes de lo planeado. Enrique salió a la calle
armado con su pistola y con el sable desenvainado , acompañado por dos criados negros de fiera
mirada pero de pobre aspecto. Bastó un disparo para que todo regrese a la calma, y Juan abrazó a
su madre para contenerla. Cuando regresó su primo, la palidez de los criados llamó su atención,
pero ninguna palabra oso escaparse del sello de sus labios.

La hora del desayuno fue adelantada, y los preparativos terminaron de completarse con inusitada
velocidad. Seis soldados se presentaron a caballo, y el cochero estacionó su reluciente carruaje
enfrente, delante de dos carretas que se fueron cubriendo de todo tipo de objetos. Margarita de
Caceres Cepeda a punto estuvo de quebrarse cuando vio de nuevo a Elisa, con su belleza intacta,
despojada de recuerdos de dolor en su rostro inmaculado. Sin embargo irguió otra vez su frente, y
se dirigió a su hijo.

-Nos veremos del otro lado del camino, pero ten cuidado de embrutecerte en compañía de tu
primo, la guerra siempre le borra a los hombres aquellos limites con que Dios intenta cuidarlos- le
dijo, apretando el paso al instante.

Creyó ver el asomo de una fantasmal sonrisa en su hermana, y la saludó inclinando levemente la
cabeza. Un latigazo sacudió su atención y la caravana se puso en marcha, achicándose cada vez
más hacia el final de la calle. Terminó de acomodar su baúl, colocándole libros a diestra y siniestra,
y algún que otro traje para no deambular desnudo por el mundo. Descendió al salón una vez
terminados sus preparativos, refregándose las ojeras de plomo, soltando un tímido bostezo. Se
sirvió unas frutas y aceptó un trago del licor que le ofrecía Enrique, y una ardiente sensación
invadió su garganta. Montó su caballo de un solo salto, y aferró las riendas con excesivo vigor. En
la esquina siguiente observó una mancha de sangre negruzca, y rememoró el incidente que lo
había despertado. Pasaron al trote por enfrente de un conventillo que ardía despacio, entre
desgarradores llantos de niños harapientos y palabras soeces pronunciadas en dialectos
ininteligibles, de rimbombante traducción. Se desviaron por calles laterales para evadir a
numerosas filas de fugitivos de aquella locura, y cruzaron alguna que otra procesión con ataúdes
recientemente cerrados, flotando entre sombrías letanías y brazos sudorosos. En algunas cuadras
la muchedumbre protestaba con todas sus fuerzas, y en otras la sutil presencia de la muerte los
obligaba a redoblar la carrera.

Indefectiblemente el trayecto se había dilatado, y resultaba casi imposible que llegasen antes del
anochecer a reunirse con el resto de la familia en la estancia.

-Siempre hay una opción para las ovejas descarriadas, aunque esto esté totalmente afuera de
nuestros planes tendremos que pasar una velada en la casa de un viejo amigo- exclamó Enrique,
disociando su actitud siempre imperiosa del suavizado relato de su discurso.

Ordenó que lo siguieran, y desviándose del curso que venían llevando, nadie se atrevió a
contradecirlo. Juan la consideró una estrategia del todo correcta; el hambre comenzaba a agotarlo
un poco, y la necesidad de un reposo digno y seguro, lejos de las locuras del mundo, eran al fin y al
cabo la única finalidad de la inusual travesía. A su paso la gente cerraba las ventanas, temerosos
de más sorpresas desagradables, y en los reflejos de las primeras velas que se encendían
comenzaba a notarse la tensa vacilación de las sombras detrás de las cortinas. Los pájaros
agitaban los arboles con su regreso, y la fina línea del horizonte se volvió violeta unos segundos
antes de que oscureciera. Hablaron con admiración de los aguerridos libertadores de la patria, de
los nuevos contornos que se iban a dibujar en las fronteras y de las maravillosas locomotoras a
vapor que acelerarían la percepción del tiempo de sus desdichados predecesores. A pesar de
algunos detalles, microscópicos según las palabras de Enrique , una conclusión única e ineludible
unió a las diferentes partes de sus discursos; el mundo evolucionaba, siempre, a pesar de la
muerte. Bebieron una y otra vez de la misma botella, hasta que la risa se transformó en la moneda
corriente de su comunicación. Sentía la necesidad de la aventura como nunca, y anhelaba conocer
de pronto el latido de los tambores salvajes que volvían prudente al jaguar y cobardes a las
serpientes. El inesperado arribo lo alejo de su ensoñación. Ignoró la imponente altura de los
muros, los detalles barrocos que coronaban a las afiladas rejas negras de la entrada, pero no así al
tétrico humor del casero que les dio la bienvenida. Una bienvenida de verdadero estilo protocolar,
que sonaba como si hubiese sido ensayada durante una aberrante cantidad de veces antes,
siempre con los mismos ademanes y la misma entonación.

-Pero ¿De dónde ha surgido esto? - preguntó, curioso y asustado a la vez.

-Es la casa de un viejo amigo, cuyo nombre prefiero omitir porque sería como nombrar a un lugar
en casi todos los idiomas explorados para que nadie los comprenda- contestó su primo, y por
primera vez sintió temor de las acusaciones que había escuchado en su contra.

Refirió entre líneas, a través de una síntesis realizada con hipérboles y anacronismos recortados, la
hermética biografía de la mansión. Un largo camino simétricamente rodeado de árboles los
acompañaba, y de a poco iba perdiendo validez la cuenta de metros y de hectáreas. Al parecer su
amigo no estaría allí, habiendo hecho hincapié en que se había extraviado en alguna parte del
mundo, por alguna razón que no valía la pena mencionar. El paso fatigado del casero llevaba el
ritmo de una procesión, lo que se acentuó cuando se detuvo ante aquel enorme monstruo y todos
inclinaron la cabeza hacia atrás para apreciarlo mejor. Se detuvo en las gárgolas apostadas en las
esquinas, recortándose negras en el cielo, en una altura casi inalcanzable. La servidumbre
deambulaba con inquietud, esquivando las miradas, apurando las acciones para pasar allí una
noche que ninguno había deseado. Siguieron con prudencia al mayordomo, no mucho más
simpático que el casero, y entraron cada vez un poco más hacia aquel interior de sorprendentes
dimensiones. Guiados por apenas un hilo de luz que crecía desde la vela no lograba medir el largo
interminable de la alfombra, ni contar los innumerables caireles que brillaban en las arañas
colgando como frutos tropicales. Hasta que después de un giro a la derecha y otro a la izquierda
desembocaron en una sala digna de aquel lugar. Una muchacha hermosa, de piel marfileña y de
mirada inescrutable, lo observó desde lo alto de su vestido de encaje rojo y le dedicó una sonrisa
resplandeciente. Su belleza era irreprochable, aunque no dejaba de sugerir algunos exóticos
detalles.

-Bienvenidos , admito que es toda una sorpresa volver a ver a uno de los grandes amigos de mi
extraviado hermano , y sobre todo, si observo con claridad que sigue siendo alguien apuesto a
pesar de los estragos del combate- dijo, brindándole la mano primero a uno, y luego al otro.
Tomó su lugar en la mesa y amoldo su cuerpo a la situación. Intentó adivinar cuantas palabras
debía utilizar para comenzar una conversación de manera correcta, capaz de inspirar un poco de
curiosidad en su monótono desarrollo, pero fatigado por la ardua tarea decidió desistir al instante.
Notó que la leña se consumía sin cesar en la chimenea, y así y todo noto como se entumecían sus
manos silenciosamente. Probó sin apetito la cena, planeando entre palabras ajenas. Cada tanto su
mirada se encontraba sin querer con la suya y durante el choque se producía una sensación muy
difícil de explicar, que lo hacía pensar en el vuelo de un pájaro dormido sobre una isla desierta. No
sabía por qué pero aunque realmente lo deslumbraba sus hermosos rasgos pero había una
misteriosa luz en su mirada que no podía dejarlo en paz. Las copas se llenaron de vino, y las bocas
calmaron su sed.

Se dilataron

Afuera la calamidad es infinita, hasta nuestros mejores médicos están dejando la vida para
encontrar alguna especie de salvación, que al parecer, tenemos que lamentar que todavía no
exista.

Las formas existen antes que nosotros mismos

Bienvenido, el tétrico sirviente, estiró la mano, ofreciéndole la vela con la que lo había guiado
hasta allí. Su figura se hundió un poco más en la oscuridad, dividida entre la luz y la ausencia total
de ella.

-Sírvase, conozco el camino de vuelta, que tenga buenas noches- le dijo, esforzándose en algo no
visible, y desapareciendo al instante, detrás de una reverencia y un sutil paso hacia atrás como si
nunca hubiera estado allí.

Encendió con paciencia un candelabro de bronce con destellos de plata que encontró erguido
sobre una mesada de mármol. El cuarto, ahora bañado en sepia, mostraba con orgullo su estilo
sobrio pero exquisito. Como si nada fuera al azar, se dio cuenta de que estaba rodeado de
antiguos volúmenes casi por completo, y sintió la angustia de no tener el tiempo de poder leerlos
en su totalidad. Repasó algunos títulos, olvido otros y escucho con desconfianza la sólida quietud
de la noche. Sin embargo un enorme cansancio lo derrotaba de a poco, y moría de ganas de
acostarse a dormir. Además noto que comenzaba a transpirar, y se desabrocho los primeros
botones de la camisa, preparándose para dormir sin reparo.

Ella es el amigo de su primo, y le dice que creo ese laberinto para que nadie lo descubra. Muere
horriblemente después de contar su secreto.

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