Moda rápida: la industria que desviste al planeta
Claudia Hernández
Ilustración: Eva Lobatón
La moda rápida tiene presencia en prácticamente cualquier
centro comercial y nos cautiva porque con ella podemos lucir
una apariencia moderna a precios accesibles. Sin embargo, se
trata de un modelo de negocios altamente contaminante y
controvertido.
Nuestra manera de vestir influye en cómo nos relacionamos con las
personas, nos da sentido de pertenencia y nos ubica en un determinado
estrato social, queramos o no. En diferentes lugares y momentos de la
historia se promulgaron leyes que dictaban los tipos, colores y
materiales de las prendas que se podían usar. El objetivo, de acuerdo
con la historiadora inglesa Aileen Ribeiro, era que nadie se vistieran por
encima de su clase social. Aunque hoy en día sigue habiendo códigos de
vestimenta, lo que escogemos para ponernos ahora depende más bien
de las tendencias de la moda y de nuestro presupuesto. Durante la
segunda mitad del siglo XX el precio de la ropa aumentó a un ritmo
menor que el de otros productos por el consumismo en este sector.
El Instituto de Recursos Mundiales (WRI por sus siglas en inglés) estima
que hoy en día compramos 60 % más ropa que en el año 2000. En 2017
la distribuidora Grupo AXO reportó un aumento de las ventas del 75 %
en México en comparación con 2013. Este aumento también obedece a
que hay más disponibilidad. Otro de los cálculos del WRI es que el
volumen de ropa que se produce anualmente alcanza para que todas las
personas del mundo compremos al menos 20 prendas cada año, más o
menos a razón de una prenda cada tres semanas.
Pero el ensueño de la ropa disponible y asequible se transforma en
pesadilla cuando echamos un ojo al panorama completo: desde lo que
tiene que suceder para que las prendas lleguen a las tiendas hasta lo
que hacemos con ellas después de que las compramos.
El impacto de la moda rápida
La moda rápida es un modelo de negocios acelerado que impulsa a la gente a
comprar más ropa motivada por precios bajos y múltiples microtemporadas por
año. Se estima que la industria de la moda rápida aumentará 50 % para el año
2030, no obstante la creciente demanda de prendas ya tiene un fuerte impacto
en el medioambiente.
La industria de la moda rápida es responsable del 10% de las emisiones
globales y de la producción del 20% de agua residual a nivel mundial.
Al lavar la ropa sintética se desprenden micropartículas; es así que 30%
de los desechos plásticos en el océano son microfibras textiles.
A escala mundial la siembra de algodón ocupa solo 2.4 % de la tierra
cultivada pero consume 6 % de los pesticidas y 16 % de los insecticidas;
actualmente menos del 1% es algodón orgánico.
En 2015 la industria de la moda rápida produjo 92 millones de toneladas
de desechos.
Reciclaje y uso
El proceso de reciclaje daña a las fibras textiles lo cual reduce sus usos (más
que para prendas nuevas se emplean para aislantes, etc.); es más barato
confeccionar prendas nuevas con fibras nuevas que reciclar ropa vieja.
12 años nos tardaríamos en reciclar 48 horas de producción de moda
rápida.
1 % de los textiles se recicla.
73 % de la ropa que reciben las organizaciones caritativas y los
pepenadores textiles del mundo se quema o entierra.
Utilidad fugaz
Para hacer una prenda artesanalmente, primero hay que ir a la toma de
medidas, luego hay que hacer o escoger un diseño, después hay que
elegir la tela y finalmente esperar a que la prenda esté lista para
probárnosla y enamorarnos de ella o hacer los ajustes pertinentes.
Podríamos decir que esta forma individualizada de producción constituye
una especie de moda lenta. Hoy en día, la ropa prácticamente ya no se
elabora así, sino bajo el esquema de ropa producida con medidas
estándar que espera en anaqueles a que vayamos a comprarla. La idea
de la rapidez en la moda rápida o fast fashion no se refiere solo a la
velocidad de los procesos de producción y venta de la ropa, sino
también a la brevedad del tiempo que la usamos. Este tipo de ropa suele
hacerse con materiales de mala calidad y con acabados pobres, así que
muy pronto se desgasta o se rompe. Aunque podríamos usarla por más
tiempo si hacemos algunas composturas, hay una segunda razón que
nos decide a desecharla: pasa de moda.
Las prendas, así como los zapatos, los accesorios, el estilo del pelo y el
maquillaje que complementan nuestra imagen, estarán a la moda o se
considerarán anticuadas en función de las tendencias de temporada. Las
tendencias siempre han cambiado, solo que hoy en día lo hacen a un
ritmo sin precedentes. Hasta hace unos 30 años la industria de la moda
se desarrollaba alrededor de dos grandes temporadas: primavera-
verano y otoño-invierno. Hoy, en cambio, el WRI ha llegado a
contabilizar más de 50 micro-temporadas al año, además de nuevos
ciclos como el regreso a clases y las graduaciones. Si no quieren
rezagarse, las tiendas tendrían que cambiar su surtido de ropa cada
semana.
Como otra característica de la moda rápida es que cuesta poco; para
mantener un buen margen de ganancia tiene que haber un volumen de
ventas muy alto todo el tiempo. Para conseguir esta meta, las campañas
de publicidad utilizan estrategias psicológicas para convencernos de
comprar ropa que no necesitamos: prendas preciosas a precios
increíbles que nos abren la puerta al mundo de la popularidad o al de la
clase social a la que aspiramos. Si el precio no fue gancho suficiente,
entonces utilizan la carta del descuento: ofertas inigualables que nos
brindan una segunda oportunidad de entrar en ese mundo. La realidad
es que su intención es sacar toda esa ropa para hacer lugar a la nueva
colección. Desde hace décadas, el modelo de negocios de la moda pasó
de “producir lo que se pueda vender” a “vender lo que se produce”.
El lado inhumano de la moda
La industria manufacturera emplea aproximadamente a 75 millones de
personas en todo el mundo, medio millón en México. Aunque en su mayoría
son mujeres de entre 18 y 24 años, esta industria ha protagonizado múltiples
escándalos por emplear a niñas y niños. Tampoco es secreto para nadie que a
estas personas se les explota con largas jornadas de trabajo y malas
condiciones laborales.
Uno de los eventos más infames ocurrió el 23 de abril de 2013 cuando el
edificio Rana Plaza en Bangladesh se desplomó, matando a más de 1 100
personas e hiriendo a otras 2 500. Durante los dos sismos del 19 de
septiembre en la Ciudad de México, cientos de costureras perecieron cuando
sus edificios de trabajo se desplomaron. A diferencia del derrumbe de
Bangladesh, aquí no sabemos con certeza quiénes ni cuántas eran.
Por si esto fuera poco, está el tema de los salarios. Dana Thomas, periodista
estadounidense especializada en moda y cultura, estima que a una persona se
le pagan apenas unos cuatro pesos por confeccionar una prenda de $400. La
moda rápida es una industria de 35 000 millones de dólares anuales que se
reparte de manera escandalosamente inequitativa: en 2017 la
revista Forbes estimó que una costurera tarda casi dos años en ganar lo que un
director gana en dos horas.
Emisiones de miedo
Es muy difícil tener cifras precisas del impacto ambiental de la moda
rápida porque se trata de una industria global cuyos procesos ocurren
en países diferentes. Aun así, se pueden hacer estimaciones. En 2017 el
foro para la sustentabilidad en la moda Global Fashion Agenda y la
consultoría estadounidense The Boston Consulting Group, publicaron un
reporte en el que estiman que en 2015 la industria de la moda fue
responsable de la generación de 1 715 millones de toneladas de
emisiones de CO2 equivalente, del consumo de 79 000 millones de
metros cúbicos de agua y de la producción de 92 millones de toneladas
de desechos. También estimaron que, si la industria de la moda no
cambia sus procesos, estos números aumentarían en un 50 % para
2030.
El CO2 equivalente es una medida de la emisión total de gases de efecto
invernadero y se calcula a partir de la producción directa o indirecta de
las emisiones. En el caso de las fibras naturales, se contabilizan las
emisiones de los combustibles fósiles que usan la maquinaria y los
sistemas de riego, así como las de los fertilizantes, las de las heces de
los animales y las de las quemas. Para las fibras sintéticas, que son
derivadas del petróleo, el contador de emisiones arranca desde la
búsqueda de depósitos de crudo.
Antes de continuar vale la pena recordar que nuestro sistema
económico es capitalista y, en consecuencia, las empresas se instalarán
en lugares donde los costos de producción se mantengan al mínimo para
poder maximizar la ganancia. En el caso de la industria de la moda, los
principales productores son China, Bangladesh, India, Vietnam,
Indonesia y Turquía; México aparece un poco más abajo en esta lista del
Banco Mundial de Datos. Los principales consumidores son Estados
Unidos, los países de la Unión Europea, China y Japón. No es nada
descabellado imaginar un escenario en el que una prenda que se vende
en Estados Unidos se haya hecho en China con algodón cultivado en
Egipto. Esto quiere decir que se necesitarán cientos de vehículos
terrestres, aéreos y marítimos para trasladar los insumos a todos estos
lugares, lo que representa otro montón de emisiones que contabilizar. Y
no hay que olvidar las emisiones generadas por los combustibles
necesarios para operar herramientas y máquinas de toda la cadena de
producción, y para generar la electricidad que ilumina las fábricas y los
puntos de venta. Un grupo de investigación del Instituto Tecnológico de
Massachusetts estimó en 2015 que la fabricación de una sola playera de
poliéster emite un aproximado de 5.5 kg de CO2 equivalente. A este
acumulado todavía hay que agregar las emisiones que se generan
cuando tiramos las prendas. La fundación Ellen MacArthur propone esta
imagen para poner el desecho mundial de ropa en perspectiva: cada
segundo se desecha o incinera un camión de textiles. Sí: mucha de la
ropa que no se vende se incinera para reducir el volumen de basura en
los tiraderos o para evitar que caiga en las manos equivocadas, como
declaró una marca de lujo en 2018 después de quemar mercancía
valorada en más de 38 millones de dólares. Las prácticas suntuarias ya
no son ley, pero las marcas de lujo prefieren quemar su inventario que
correr el riesgo de que sus productos se vulgaricen.
El asunto del agua
Los países más atractivos para las empresas de moda rápida son
aquellos en donde las normas sociales, ambientales y económicas son
menos estrictas.
La ropa requiere de agua en varios momentos de la cadena de
producción. Para estimar con mayor fidelidad cuánta, no hay que dejar
de considerar el agua con la que se regaron las plantas o la que se dio a
beber a los animales de los que se extrajeron las fibras. Para producir un
kilo de algodón, por ejemplo, se necesitan aproximadamente 10 000
litros de agua (suficientes para que una persona se mantenga hidratada
durante 13 años), y con esta cantidad de algodón apenas alcanza para
una playera y un pantalón de mezclilla. Las telas luego se sumergen en
baños de agua mezclada con diferentes productos químicos para
blanquearlas, hacerlas más maleables, dispersar y fijar los pigmentos y,
finalmente, lavarlas. Tan solo en India, en donde el agua potable es un
lujo, estos procesos húmedos requieren de 1 600 millones de litros de
agua diariamente.
Todos esos residuos acuosos se vierten en los ríos locales sin ningún
miramiento. En Indonesia, por ejemplo, unas 200 fábricas textiles
vierten sus aguas residuales en el río Citarum, considerado el más
contaminado del mundo. México no está exento de esta sucia realidad:
en 2012 Greenpeace denunció que las empresas fabricantes de mezclilla
Kaltex y Lavamex han contaminado los ríos San Juan en Querétaro y San
Pedro en Aguascalientes durante años. Mientras que en los países
desarrollados la contaminación del agua se considera un delito, en los
países en vías de desarrollo esta actividad parece pasar inadvertida.
El asunto de la contaminación del agua no acaba ahí, pues a los océanos
llega medio millón de toneladas de microfibras cada año, más o menos
lo equivalente a más de 50 000 millones de botellas de plástico. Estas
microfibras son prácticamente imposibles de limpiar y muy
probablemente entrarán en la cadena alimenticia, pues serán ingeridas
por los peces que luego comeremos.
Prácticas alternativas
Según la Organización de las Naciones Unidas, la industria de la moda
rápida es responsable del 1012 % de las emisiones globales y de la
producción del 20 % de agua residual a nivel mundial. Es una de las más
contaminantes y el reciclaje aún no es una alternativa real. De acuerdo
con la fundación Ellen MacAr- thur, el 60 % de la ropa que se produce
termina en los basureros o se incinera. Menos del 1 % de los materiales
que se usan en la ropa se reciclan para fabricar otras prendas y menos
del 13 % se utiliza para hacer otros productos. En diciembre de 2019, en
un artículo en la Revista del Consumidor, la Procuraduría Federal del
Consumidor (PROFECO) estimó que en México apenas se recicla el 0.5 %
de los textiles que se tiran al año. Estos bajos porcentajes se deben, en
parte, a que no hay muchas opciones para recuperar fibras reutilizables.
¿Qué hacer entonces? Dado que la dinámica de la moda rápida consiste
en comprar más y usar menos, algo que podemos hacer para frenar esta
tendencia es exactamente lo contrario: comprar menos y usar más. Así
que lo inmediato es evitar comprar ropa que no necesites. Usa la ropa lo
más que puedas y, cuando ya de plano no la quieras, considera dársela
a otras personas que puedan aprovecharla más tiempo o busca un
mercado de trueque. En la Ciudad de México existen varios bazares en
donde reciben prendas en buenas condiciones y, a cambio, recibes
créditos para comprar otras prendas en buenas condiciones. Si necesitas
comprar ropa que sabes que solo usarás una vez, como un vestido de
etiqueta o un esmoquin, considera que no necesitas comprarla, pues en
México existen varias empresas dedicadas a la renta de ropa.
Apoya a las empresas locales, a las que tienen estándares éticos, a las
que utilizan materiales sustentables y a las que producen prendas con
materiales compostables. Evita comprar en tiendas de marcas que
perpetúan este modelo de negocios insostenible: Bershka, C&A, Calvin
Klein, Espirit, Forever 21, Gap, Guess, H&M, Lefties, Levi’s, Old Navy,
Mango, Nike, Oysho, Pull & Bear, Shasa, Stradivarius, Benetton, Uterqüe,
Urban Outfitters, Victoria’s Secret y Zara, entre otras señaladas por la
PROFECO. Aunque la ropa sea hermosa, no olvides que las etiquetas no
reflejan su costo ambiental ni el impacto negativo que dejan en las
poblaciones donde se producen.