Tema IV
Tema IV
FILOSOFÍA Y HERMENÉUTICA.
Capítulo XIX. Vida y obras.
1. Vida
Aristóteles nació en el año 384 a.C. en Estagira, una ciudad en la región de Macedonia, de
donde proviene su sobrenombre "El Estagirita". Su padre, Nicómaco, era médico de la corte
del rey Amintas III de Macedonia, lo que familiarizó a Aristóteles desde joven con el
pensamiento científico y el estudio de la naturaleza. A los 17 años se trasladó a Atenas para
ingresar en la Academia de Platón, donde estudió durante unos veinte años, convirtiéndose en
uno de los alumnos más destacados del filósofo.
A lo largo de los siglos, varias listas de obras atribuidas a Aristóteles han sido recopiladas. La
más antigua es la de Andrónico de Rodas, quien hacia el siglo I a.C. organizó el material
existente y produjo una clasificación de los textos que constituye la base del "corpus
aristotelicum". Otro autor relevante que recopiló y clasificó las obras de Aristóteles fue
Díógenes Laercio, quien en el siglo III d.C. detalló una lista amplia de escritos, muchos de los
cuales han desaparecido. La cantidad y variedad de escritos es impresionante, abarcando
desde la metafísica y la ética hasta tratados de biología y política.
En general, las obras de Aristóteles se pueden dividir en tres tipos: los "exotéricos", que eran
tratados destinados al público general; los "acromáticos", que eran clases y apuntes para sus
estudiantes; y los "diálogos", de los cuales se conservan pocos fragmentos. El trabajo de
Andrónico de Rodas fue fundamental para la preservación de la mayor parte de las obras que
conocemos hoy.
3. El corpus aristotelicum
El corpus también contiene los "Analíticos", obras que establecen las bases de la lógica
formal, y los tratados biológicos, en los que Aristóteles demuestra su profundo interés por el
estudio empírico del mundo natural. La importancia del corpus aristotelicum radica en su
organización sistemática del conocimiento, lo que permitió el desarrollo de una metodología
de investigación científica que influiría en el pensamiento occidental durante siglos.
4. Autenticidad y cronología
La autenticidad y cronología de las obras de Aristóteles han sido objeto de debate desde la
Antigüedad. Muchas de las obras que se le atribuyen pueden no haber sido escritas
directamente por él, sino que son compilaciones hechas por sus alumnos a partir de sus clases
y discusiones. Este es el caso de muchos tratados del "corpus aristotelicum" que parecen ser
apuntes de sus conferencias en el Liceo.
En cuanto a la cronología, las obras se han dividido generalmente en tres etapas: una primera
etapa académica, durante su tiempo en la Academia de Platón; una etapa de transición, que
coincide con su estancia en Assos y Mitilene; y una última etapa, la más productiva,
correspondiente a su regreso a Atenas y la creación del Liceo. Sin embargo, la datación
exacta de muchas de sus obras sigue siendo incierta, lo cual dificulta la comprensión de la
evolución de su pensamiento.
1. Actitud de Aristóteles
Aristóteles adopta un enfoque teleológico, es decir, que todos los elementos de la naturaleza
tienen un propósito o fin (telos). Para él, comprender la realidad implica descubrir las causas
últimas que explican el porqué de las cosas. Esta búsqueda de las causas es el eje central de
su método filosófico y científico, y se expresa claramente en su teoría de las cuatro causas: la
causa material, la causa formal, la causa eficiente y la causa final. Esta perspectiva le
permitió desarrollar una visión orgánica y jerárquica de la realidad, en la que cada ser ocupa
un lugar determinado según su naturaleza y función.
2. La idea de orden y de jerarquía en el sistema aristotélico
La jerarquía de la realidad, para Aristóteles, no es solo un hecho descriptivo, sino que tiene
implicaciones normativas. Cada ser debe actuar de acuerdo con su naturaleza y cumplir con
su propósito para alcanzar la realización plena. Esto está íntimamente relacionado con su
ética y su concepto de eudaimonía, que sostiene que el bien supremo para el ser humano es
vivir de acuerdo con la razón y alcanzar la felicidad mediante la virtud. La idea de un orden
jerárquico también se aplica a la política, donde Aristóteles defiende que la organización de
la sociedad debe reflejar un orden natural, con los individuos y clases sociales desempeñando
roles específicos según sus capacidades y talentos.
1. El conocimiento científico
Para Aristóteles, el conocimiento científico (episteme) es aquel que tiene como objetivo
comprender las causas y principios fundamentales de la realidad. Este conocimiento difiere
del conocimiento común (doxa), ya que busca alcanzar una verdad universal y necesaria. El
conocimiento científico se obtiene mediante la observación sistemática y el uso de la razón,
lo cual permite identificar patrones y principios generales que explican los fenómenos del
mundo natural. Aristóteles establece que la ciencia debe basarse en la experiencia y el
razonamiento lógico, y que su finalidad es proporcionar una explicación racional de la
naturaleza.
Aristóteles define varias propiedades esenciales del conocimiento científico. En primer lugar,
el conocimiento científico debe ser demostrativo, es decir, debe poder probarse mediante un
proceso de deducción lógica que parta de principios verdaderos y evidentes. En segundo
lugar, debe ser necesario, lo que significa que las conclusiones alcanzadas deben ser siempre
válidas y no contingentes. Además, el conocimiento debe ser universal, aplicable a todos los
casos que cumplan con las condiciones establecidas. Estas propiedades permiten que el
conocimiento científico sea confiable y proporcionen una comprensión profunda de la
realidad.
Para Aristóteles, el conocimiento verdadero debe estar basado en causas primeras, y estas
causas deben ser necesarias y evidentes por sí mismas. De este modo, se asegura que la
ciencia tenga un carácter objetivo y universal, distinto de las opiniones subjetivas o los
juicios particulares.
Este tipo de conocimiento abstracto es lo que distingue al ser humano de otros seres vivos. La
capacidad de razonar y de crear conceptos universales permite a los seres humanos formular
leyes científicas que describen el comportamiento de la naturaleza. Para Aristóteles, el
proceso de abstracción es clave para llegar al conocimiento científico, ya que nos permite ir
más allá de lo particular y comprender los principios universales que rigen la realidad.
Aristóteles divide las ciencias en tres grandes categorías: teoréticas, prácticas y productivas.
Las ciencias teoréticas son aquellas que buscan el conocimiento por el conocimiento mismo,
como la física, la matemática y la metafísica. Estas ciencias se ocupan de investigar los
principios y causas fundamentales de la realidad sin un propósito práctico inmediato. La
física estudia los seres naturales y el cambio, la matemática se ocupa de las entidades
abstractas y la metafísica se centra en el ser en cuanto tal y en los principios últimos.
Las ciencias prácticas, por otro lado, tienen como objetivo guiar la acción humana y están
orientadas hacia la consecución del bien. La ética y la política son ejemplos de ciencias
prácticas, ya que se ocupan de cómo los seres humanos deben comportarse y organizarse para
alcanzar la virtud y la felicidad. Estas ciencias proporcionan pautas para la vida individual y
social, buscando el bien tanto para el individuo como para la comunidad.
Finalmente, las ciencias productivas son aquellas que tienen como finalidad la creación de
objetos útiles o bellos. Estas incluyen la retórica, la poética y la técnica. Se ocupan de cómo
llevar a cabo una producción efectiva, y su valor reside en la capacidad de transformar el
mundo de acuerdo con ciertas finalidades humanas. Para Aristóteles, la distinción entre estas
tres categorías refleja la diversidad de los objetivos del conocimiento y la variedad de
actividades que definen la vida humana.
La filosofía primera, también conocida como metafísica, es la disciplina que se ocupa del
estudio del ser en cuanto ser, es decir, la realidad en su totalidad y las causas y principios más
fundamentales. Aristóteles la considera la ciencia más elevada, ya que se enfoca en lo que
está más allá de la física y busca el conocimiento absoluto de la existencia y la naturaleza de
las cosas.
2. Objeto
El objeto de la filosofía primera es el ser en su sentido más amplio, abarcando todas sus
formas y manifestaciones. Aristóteles distingue entre los diferentes sentidos del ser y se
centra en entender los principios y causas últimas que subyacen a la existencia de todo lo que
es. Este objeto de estudio hace que la filosofía primera sea una ciencia que engloba y
fundamenta a todas las demás.
3. Esencia
La esencia es lo que hace que una cosa sea lo que es. Para Aristóteles, la esencia es la
naturaleza fundamental de un objeto, aquello sin lo cual dejaría de ser lo que es. La
metafísica, como filosofía primera, se ocupa de investigar la esencia de las cosas,
diferenciando entre la sustancia y los accidentes, y estableciendo una jerarquía en función de
la capacidad de cada ser para alcanzar su finalidad.
4. La analogía
Las propiedades del ser son aquellos atributos que pertenecen necesariamente a todo lo que
es. Entre estas propiedades se encuentran la unidad, la verdad y la bondad. Aristóteles
considera que el ser posee ciertas cualidades que lo definen en su totalidad, y que estas
propiedades están presentes en todos los entes de manera inherente. La metafísica estudia
cómo estas propiedades se manifiestan en los distintos tipos de ser.
Aristóteles identifica varios modos del ser, que se corresponden con las diferentes categorías
de la realidad. Estos modos incluyen el ser por sí mismo (sustancia) y el ser por accidente
(cualidades, relaciones, etc.). Cada uno de estos modos tiene su propia manera de ser, y la
filosofía primera se ocupa de estudiar cómo se relacionan entre sí y cómo contribuyen a la
estructura de la realidad.
7. Acto y potencia
8. Categorías
Las categorías son las diferentes maneras en las que se puede predicar el ser. Aristóteles
identifica diez categorías fundamentales: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar,
tiempo, posición, estado, acción y pasión. La categoría de la sustancia es la más importante,
ya que todos los demás tipos de ser dependen de ella. Las categorías permiten clasificar los
distintos aspectos de la realidad y entender cómo se estructuran los entes.
9. Sustancias
La sustancia es el ser por excelencia, aquello que existe en sí mismo y no en otro. Aristóteles
distingue entre sustancias primeras, que son los individuos concretos (como un hombre o un
caballo), y sustancias segundas, que son las especies y géneros a los que pertenecen esos
individuos. La sustancia es el fundamento de la realidad, ya que todo lo demás existe en
relación a ella.
10. Accidentes
Los accidentes son las cualidades o propiedades que existen en una sustancia, pero que no
son esenciales para su ser. Un accidente puede cambiar sin que la sustancia deje de ser lo que
es. Por ejemplo, el color de un objeto es un accidente, ya que puede variar sin alterar la
naturaleza del objeto en sí. La filosofía primera se ocupa de entender cómo los accidentes se
relacionan con las sustancias y cómo contribuyen a la diversidad de la realidad.
11. Postpredicamentos
Los postpredicamentos son conceptos adicionales que ayudan a clarificar las distintas
maneras en que se puede hablar del ser. Entre estos conceptos se encuentran la oposición, la
prioridad, la simultaneidad, el movimiento y la posesión. Estos términos permiten una mejor
comprensión de cómo se relacionan los distintos tipos de ser y cómo se organizan dentro del
esquema general de la realidad.
Aristóteles identifica cuatro tipos de causas que explican el ser de las cosas: la causa material
(de qué está hecho algo), la causa formal (qué es), la causa eficiente (quién o qué lo produce)
y la causa final (para qué sirve o cuál es su propósito). La filosofía primera se ocupa de
investigar estas causas en su sentido más profundo, buscando entender los principios últimos
que explican la existencia de todo lo que hay.
1. El ente móvil
Aristóteles define al ente móvil como aquel que posee la capacidad de experimentar cambio.
Según Aristóteles, el movimiento no es solo desplazamiento, sino cualquier tipo de cambio,
ya sea cualitativo, cuantitativo o local. La clave de la física aristotélica es entender cómo todo
en el mundo natural está en continuo cambio, moviéndose de la potencia al acto, es decir,
pasando de una capacidad a la realización de esta. Así, el movimiento se convierte en el
principio fundamental para entender la realidad física.
El ente móvil está sometido a las leyes de la naturaleza y su estudio requiere analizar las
causas del movimiento. Aristóteles distingue cuatro tipos de causas para comprender el
movimiento de los seres: la causa material (la sustancia de la que está hecho el objeto), la
causa formal (la forma o naturaleza del objeto), la causa eficiente (el agente que produce el
movimiento) y la causa final (el propósito o fin al que tiende el movimiento). Estas cuatro
causas ofrecen una explicación integral de cualquier fenómeno físico, desde el origen hasta el
propósito.
2. El lugar
El universo aristotélico está finito y lleno de cuerpos, lo que implica que no hay un "vacío" en
el sentido que se entiende en la física moderna. Cada cuerpo tiene un lugar natural hacia el
cual tiende de acuerdo con su composición: los elementos terrestres tienden hacia abajo (la
tierra y el agua), mientras que el fuego y el aire tienden hacia arriba. Esta idea de lugar
natural permite explicar el movimiento de los elementos hacia sus posiciones específicas
dentro del cosmos.
3. El tiempo
Las sustancias están compuestas por dos principios fundamentales: la materia (hylé), que es
el sustrato potencial de las cosas, y la forma (morfé), que es lo que define la esencia de cada
ser. El compuesto es el resultado de la unión de la materia y la forma, que otorga a los seres
sus características y su identidad concreta. La materia, sin la forma, es indeterminada,
mientras que la forma sin la materia no puede existir en el mundo sensible.
Aristóteles sostiene que todos los cuerpos terrestres están compuestos por cuatro elementos
fundamentales: tierra, agua, aire y fuego. Cada uno de estos elementos tiene cualidades
específicas que los distinguen: el fuego es caliente y seco, el aire es caliente y húmedo, el
agua es fría y húmeda, y la tierra es fría y seca. Estos elementos están en constante
transformación, siguiendo el ciclo de generación y corrupción, según se combinen sus
cualidades predominantes.
Los mixtos son sustancias compuestas de una combinación de los cuatro elementos.
Aristóteles describe cómo la mezcla de los elementos da lugar a una amplia variedad de
sustancias, cada una con sus propias características específicas. La generación de mixtos está
regida por las proporciones y el predominio de ciertos elementos sobre otros, lo que permite
la gran diversidad de cuerpos y fenómenos en el mundo terrestre.
Los mixtos no son simplemente la yuxtaposición de los elementos, sino que tienen una nueva
forma que determina su naturaleza específica. La capacidad de los elementos para
combinarse en distintas proporciones explica la gran variedad de formas y propiedades que se
observan en el mundo natural. Los mixtos incluyen tanto seres vivos como sustancias
inanimadas, y su estudio es esencial para comprender la diversidad de la naturaleza.
5. La generación y la corrupción
La generación y la corrupción son dos procesos fundamentales en la física de Aristóteles
que explican la transformación de las sustancias. La generación implica el paso de la no
existencia a la existencia de un nuevo ser, mientras que la corrupción es el proceso inverso.
Ambos procesos están basados en la interacción de los elementos y su capacidad de
combinarse y separarse.
6. El individuo sustancial
El individuo sustancial es la unidad concreta de materia y forma, un ser particular que existe
independientemente. Cada individuo sustancial es un compuesto de materia y forma que lo
define y lo distingue de otros seres. En la física aristotélica, el individuo es considerado el
sujeto de todos los cambios y transformaciones, ya que es el ente concreto que posee la
capacidad de cambiar.
1. Noción de vida
La vida, según la concepción aristotélica, es entendida como una cualidad que distingue a los
seres vivos de los inertes. Esta cualidad se caracteriza por la capacidad de automovimiento,
crecimiento, reproducción y, en algunos casos, percepción y razonamiento. Aristóteles
establece que la vida implica una relación íntima entre materia y forma, donde el alma actúa
como el principio organizador del cuerpo. La vida está presente en los seres vivos como una
potencia activa que impulsa a cada organismo a desarrollar sus funciones esenciales. Para
Aristóteles, el alma es aquello que da vida y esencia a un ser, por lo que cada tipo de ser vivo
tiene un tipo de alma que le permite realizar sus actividades propias. Así, el alma de una
planta difiere de la de un animal y de la de un ser humano. La vida se entiende en términos de
dinamismo y finalidad; cada ser vivo tiene un propósito interno que se expresa en la
búsqueda de su propio desarrollo y perfección. Además, Aristóteles concibe la vida como un
proceso jerárquico, donde las funciones básicas, como la nutrición, dan paso a funciones más
complejas, como el pensamiento y la reflexión en el caso del ser humano.
2. Grados de vivientes
Aristóteles distingue tres grandes grados de seres vivos: las plantas, los animales y el ser
humano. Cada uno de estos grados se diferencia por la complejidad de sus capacidades:
Para Aristóteles, el alma no es una sustancia separada del cuerpo, sino que es la forma del
cuerpo, es decir, el principio que da organización y vida a la materia. El alma y el cuerpo
mantienen una relación intrínseca e indisoluble; el alma no puede existir sin el cuerpo, ya que
depende de éste para manifestar sus funciones. Esta relación es analizada en términos de acto
y potencia: el cuerpo es la potencia y el alma es el acto que perfecciona y actualiza al
organismo. En otras palabras, el cuerpo ofrece la base material sobre la cual el alma ejerce su
función vital. Aristóteles critica la noción platónica de la separación entre cuerpo y alma,
argumentando que no tiene sentido pensar en el alma sin el cuerpo, pues el alma se manifiesta
siempre a través de la materia. Es el alma la que le otorga al cuerpo la capacidad de actuar de
manera ordenada y finalista, dándole una dirección a sus actividades.
El alma, según Aristóteles, se caracteriza por tener diversas potencias o facultades, cada una
de las cuales se relaciona con diferentes aspectos de la vida del ser vivo. Estas potencias se
dividen según los tres tipos de vida:
Es la potencia más básica y está presente en todos los seres vivos, tanto plantas como
animales y seres humanos. La vida vegetativa incluye las funciones necesarias para el
mantenimiento de la vida: nutrición, crecimiento y reproducción. Estas funciones son
automáticas y no requieren consciencia. La vida vegetativa permite al ser vivo absorber
nutrientes del entorno y transformarlos en energía para crecer y perpetuarse. Estas
actividades, aunque básicas, son fundamentales para la subsistencia y continuidad de la
especie.
Esta potencia está presente en los animales y los seres humanos, e implica la capacidad de
percibir el entorno a través de los sentidos. También incluye el deseo, ya que las percepciones
generan impresiones que llevan al animal a actuar en busca de placer o para evitar el dolor.
La vida sensitiva permite el movimiento y la reacción a los estímulos externos, facilitando la
adaptación y supervivencia. Además, Aristóteles distingue varias facultades dentro de la vida
sensitiva: los sentidos externos (vista, oído, olfato, gusto y tacto), la imaginación y la
memoria. Estas facultades permiten al animal no solo percibir el mundo, sino también
procesar la información para adaptarse mejor a las circunstancias cambiantes del entorno.
4.3. Vida intelectiva
Esta facultad es exclusiva del ser humano. Consiste en la capacidad de razonar, reflexionar y
comprender conceptos abstractos. La vida intelectiva no solo permite al ser humano analizar
y conocer el mundo, sino también cuestionar su propia existencia y tomar decisiones basadas
en el juicio racional. Esta facultad se desarrolla mediante la interacción de la experiencia
sensible y la capacidad de abstracción. La vida intelectiva está compuesta por dos partes,
según Aristóteles: el intelecto pasivo, que recibe las impresiones del mundo, y el intelecto
activo, que es capaz de abstraer y generalizar esas impresiones para formar conceptos. Es
gracias al intelecto activo que el ser humano puede tener conocimiento universal y trascender
la información particular que recibe de los sentidos.
4.4. Voluntad
Aristóteles concibe el alma humana como un principio que muere con el cuerpo, ya que el
alma está vinculada intrínsecamente a éste. Sin embargo, algunas interpretaciones sugieren
que el intelecto activo (una parte del alma) podría ser inmortal, ya que no depende del cuerpo
para su funcionamiento. Este intelecto activo sería el encargado de procesar el conocimiento
de una manera universal y abstracta, lo que lo haría independiente de las funciones
corporales. Esta idea fue desarrollada posteriormente por los comentaristas neoplatónicos y la
escolástica medieval, como un intento de conciliar el pensamiento de Aristóteles con la
noción de la inmortalidad personal. La inmortalidad del intelecto activo ha sido objeto de
numerosas discusiones a lo largo de la historia de la filosofía, especialmente en la Edad
Media. Intelectuales como Averroes y Tomás de Aquino elaboraron sus propias
interpretaciones sobre este punto, tratando de aclarar si la inmortalidad era algo personal o se
refería a un principio común a todos los seres humanos. La idea de que el intelecto activo
podría tener una existencia separada del cuerpo se presenta como una posible conexión entre
la visión aristotélica y las creencias religiosas sobre la inmortalidad del alma. Para
Aristóteles, la inmortalidad no se refiere a la totalidad del alma, sino únicamente a esa parte
intelectual que no depende de la materia para su actividad, lo que la haría trascendente y
eterna.
Según Aristóteles, el mundo celeste está compuesto por sustancias que son fundamentalmente
distintas de las sustancias terrestres. Mientras que el mundo sublunar (es decir, el mundo que
incluye la Tierra) está compuesto por los cuatro elementos básicos: tierra, agua, aire y fuego,
el mundo celeste está formado por un quinto elemento conocido como éter o quintaesencia.
Este éter es una sustancia pura, inalterable y perfecta, distinta de los elementos terrestres que
son corruptibles y sujetos a cambio. Las sustancias celestes, al estar formadas por éter, tienen
movimientos circulares y eternos, lo cual refleja su naturaleza divina y su perfección.
Aristóteles afirma que los cuerpos celestes, como las estrellas y los planetas, son seres
divinos que poseen una perfección que los diferencia de las sustancias del mundo sublunar.
Estos cuerpos siguen un movimiento perfecto y constante, lo cual es muestra de la armonía y
orden que caracterizan al cosmos.
Los cielos, entonces, son concebidos como una esfera de perfección inmutable, donde cada
cuerpo celeste tiene un lugar y un propósito específicos dentro del orden universal. Este
movimiento circular y eterno de las sustancias celestes representa, para Aristóteles, el ideal
de la existencia perfecta, en la que no hay principio ni fin, sino una continuidad infinita que
trasciende la corrupción y la muerte, características del mundo terrestre. Así, las sustancias
del mundo celeste están íntimamente conectadas con lo divino, ya que reflejan el orden y la
eternidad del primer principio.
2. El Primer Motor
El Primer Motor es, para Aristóteles, el fundamento de todo el orden cósmico. No tiene
composición material, y su actividad consiste en contemplarse a sí mismo en un acto puro de
intelección. Es un ser completamente autosuficiente cuya existencia y actividad son la causa
de la armonía en el universo. El movimiento de los cuerpos celestes, según Aristóteles, no es
causado de manera mecánica, sino que es provocado por el amor y la atracción hacia el
Primer Motor. Esta idea confiere un carácter teleológico al movimiento del cosmos, donde
cada cuerpo busca alcanzar la perfección representada por el Primer Motor.
Además, el Primer Motor es considerado como el ser más digno de adoración y estudio, ya
que su naturaleza es la de la perfección misma. Como el principio del movimiento y la causa
última de la existencia de los cuerpos celestes, el Primer Motor se convierte en la base de la
metafísica aristotélica, ofreciendo una explicación unificada del orden del universo y
proporcionando una visión de lo divino como algo íntimamente relacionado con el
movimiento y la finalidad de todas las cosas.
La sustancia divina, descrita como "acto puro" (actualidad sin potencialidad), es eterna,
inmutable e incorruptible. A diferencia de las sustancias físicas, que pueden ser móviles o
corruptibles, Dios es una realidad autosuficiente y perfecta que trasciende todas las cosas. No
es una "forma" como otras, ya que Aristóteles evita usar el término "entelequia" en este
contexto debido a su uso más común en el ámbito de la naturaleza física. Su divinidad
consiste en su capacidad de autocontemplarse, siendo el objeto y sujeto de su propio
pensamiento. No tiene un conocimiento externo, porque eso implicaría una imperfección y
una dependencia de algo fuera de sí.
Aristóteles ofrece varias pruebas de la existencia de Dios, cada una de ellas con enfoques
distintos pero complementarios:
● Por el orden del mundo: Esta prueba se basa en la observación del orden y la
armonía del cosmos. Aristóteles señala que la existencia de un orden tan complejo y
perfecto en el movimiento de los astros y el desarrollo de la naturaleza solo puede
explicarse por la existencia de un ser superior que ordena todas las cosas, rechazando
la idea de que el universo pudiera haberse formado por azar.
● Por los grados de perfección: En la naturaleza existe una jerarquía de seres con
distintos grados de perfección. La presencia de estos grados indica la existencia de un
ser que posee la perfección absoluta. Aristóteles deduce que tiene que haber un ser
que sea perfectísimo y este es Dios. Este ser perfecto es inmutable y no puede cambiar
ni para bien ni para mal, pues ya posee todas las cualidades en su máxima expresión.
● Por el movimiento: La prueba más característica de Aristóteles. Parte de la existencia
del movimiento en el mundo, que considera eterno. Cada movimiento tiene una causa,
y esa causa debe ser, a su vez, movida por otra. Sin embargo, esta cadena de causas
no puede prolongarse indefinidamente; debe haber una causa primera que sea el
origen de todo movimiento y que no sea movida por nada más. Este "motor inmóvil"
es lo que Aristóteles identifica como Dios.
En la Física, Aristóteles presenta al primer motor como una causa mecánica inmanente que
se encuentra en la periferia del universo, asociado al movimiento circular continuo de los
cielos. Este primer motor es eterno, inmóvil, y único, siendo el responsable del movimiento
eterno y cíclico del universo. Actúa como el alma al cuerpo: su relación con el cosmos es la
de un principio activo que impulsa el movimiento. Sin embargo, en la Física, Aristóteles aún
no lo describe como Dios en el sentido pleno de la palabra, sino más bien como un elemento
físico del cosmos que mueve a través del contacto físico y del impulso.
En esta etapa de la teoría aristotélica, el primer motor conoce al primer móvil y al mundo,
actuando sobre ellos por contacto. La idea es que el primer motor está íntimamente vinculado
al primer cielo, moviendo de manera mecánica, directa y física. Este primer motor inmóvil
representa la causa de todo el movimiento observable, aunque no se lo identifica todavía con
el Dios trascendente de la Metafísica.
Así, Aristóteles concibe a Dios no como un creador activo, sino como un principio
trascendente y perfecto, cuya existencia y perfección mueven a los demás seres hacia su
propósito. La influencia de Dios sobre el mundo se entiende en términos de causalidad final
y atracción, más que en términos de creación y causalidad eficiente
1. El Ser y el Bien Aristóteles define al bien como aquello a lo cual todas las cosas
tienden, una finalidad natural que define su esencia. Considera que el ser y el bien son
conceptos intrínsecamente relacionados, pues todas las acciones humanas y todo ser
en el universo apuntan a un fin considerado bueno. Este concepto se vincula al orden
natural y jerárquico del mundo, donde cada entidad persigue el bien específico de su
naturaleza. Para Aristóteles, el bien supremo del hombre se encuentra en la
realización plena de su ser, es decir, en la actividad racional que conforma su esencia.
2. El Sumo Bien El sumo bien es la finalidad máxima de la existencia humana, y
Aristóteles lo identifica con la felicidad (éudaimonía). La felicidad no es simplemente
un estado emocional, sino una actividad constante del alma de acuerdo con la virtud.
Esta actividad implica el uso pleno de la razón, que es lo que distingue al ser humano
de los demás seres vivos. El sumo bien debe ser autosuficiente, completo y deseado
por sí mismo, lo cual lo convierte en el fin último de todas las acciones humanas.
3. La Virtud La virtud, según Aristóteles, se entiende como una disposición del alma
hacia el bien, situada en un punto medio entre dos extremos viciosos (defecto y
exceso). Esta "doctrina del justo medio" implica que la virtud es un equilibrio
alcanzado a través de la razón y la prudencia. Aristóteles distingue entre virtudes
dianoéticas (relacionadas con el intelecto) y virtudes éticas (relacionadas con el
carácter). Las virtudes éticas se forman por la práctica repetida de actos justos,
mientras que las virtudes dianoéticas, como la sabiduría, se cultivan mediante el
estudio y la reflexión.
4. Criterio de Moralidad El criterio de moralidad para Aristóteles se encuentra en la
razón y en el logro del bien propio del ser humano. Cada acción debe ser juzgada por
su contribución al desarrollo de la vida racional y al ejercicio de la virtud. La
prudencia (“phronesis”) juega un papel esencial, ya que permite discernir el justo
medio en cada situación específica y guiar las acciones hacia el bien. La moralidad no
se basa en reglas externas, sino en el desarrollo interno de las facultades racionales del
individuo.
5. División de las Virtudes Aristóteles clasifica las virtudes en dos grandes grupos: las
virtudes éticas y las virtudes dianoéticas. Las virtudes éticas, como la justicia, la
valentía y la templanza, tienen que ver con la regulación de las emociones y los
deseos. Se forman a través del hábito y la experiencia práctica. Las virtudes
dianoéticas, como la sabiduría y el entendimiento, están relacionadas con el intelecto
y se desarrollan mediante la enseñanza y el aprendizaje. Ambas son necesarias para
alcanzar la felicidad plena, ya que el ser humano es un compuesto de razón y pasión,
y cada parte de su ser debe ser cultivada adecuadamente.