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TEMA IV. ARISTÓTELES: DEL CONCEPTO A LA ACCIÓN.

FILOSOFÍA Y HERMENÉUTICA.
Capítulo XIX. Vida y obras.

1. Vida

Aristóteles nació en el año 384 a.C. en Estagira, una ciudad en la región de Macedonia, de
donde proviene su sobrenombre "El Estagirita". Su padre, Nicómaco, era médico de la corte
del rey Amintas III de Macedonia, lo que familiarizó a Aristóteles desde joven con el
pensamiento científico y el estudio de la naturaleza. A los 17 años se trasladó a Atenas para
ingresar en la Academia de Platón, donde estudió durante unos veinte años, convirtiéndose en
uno de los alumnos más destacados del filósofo.

Tras la muerte de Platón en 347 a.C., Aristóteles abandonó la Academia y se trasladó a


Assos, donde colaboró con Hermías, gobernante del lugar, quien también compartía
afinidades filosóficas con él. Posteriormente, viajó a Mitilene y, en 343 a.C., aceptó la
invitación de Filipo II de Macedonia para convertirse en tutor de su hijo, Alejandro Magno,
durante varios años. Regresó a Atenas en 335 a.C. y fundó su propia escuela, el Liceo,
también conocida como el Perípato. En el Liceo, Aristóteles desarrolló la mayor parte de su
pensamiento filosófico y científico.

En 323 a.C., tras la muerte de Alejandro Magno, la oposición antimacedónica creció en


Atenas, obligando a Aristóteles a abandonar la ciudad para evitar el destino de Sócrates,
como él mismo afirmó. Se retiró a Calcis, en la isla de Eubea, donde murió al año siguiente,
en 322 a.C.

2. Listas de obras aristotélicas

A lo largo de los siglos, varias listas de obras atribuidas a Aristóteles han sido recopiladas. La
más antigua es la de Andrónico de Rodas, quien hacia el siglo I a.C. organizó el material
existente y produjo una clasificación de los textos que constituye la base del "corpus
aristotelicum". Otro autor relevante que recopiló y clasificó las obras de Aristóteles fue
Díógenes Laercio, quien en el siglo III d.C. detalló una lista amplia de escritos, muchos de los
cuales han desaparecido. La cantidad y variedad de escritos es impresionante, abarcando
desde la metafísica y la ética hasta tratados de biología y política.

En general, las obras de Aristóteles se pueden dividir en tres tipos: los "exotéricos", que eran
tratados destinados al público general; los "acromáticos", que eran clases y apuntes para sus
estudiantes; y los "diálogos", de los cuales se conservan pocos fragmentos. El trabajo de
Andrónico de Rodas fue fundamental para la preservación de la mayor parte de las obras que
conocemos hoy.

3. El corpus aristotelicum

El "corpus aristotelicum" es el conjunto de obras de Aristóteles que ha llegado hasta nuestros


días. Dicho corpus está compuesto por un total de alrededor de 47 obras, organizadas en
diferentes áreas del conocimiento. Entre los tratados más importantes se encuentran la
"Metafísica", donde trata la naturaleza del ser y la realidad; la "Política", donde examina la
organización de la sociedad; la "Ética a Nicómaco", dedicada a su hijo Nicómaco, que aborda
la cuestión de la vida buena; y la "Física", donde estudia los principios del movimiento y la
naturaleza.

El corpus también contiene los "Analíticos", obras que establecen las bases de la lógica
formal, y los tratados biológicos, en los que Aristóteles demuestra su profundo interés por el
estudio empírico del mundo natural. La importancia del corpus aristotelicum radica en su
organización sistemática del conocimiento, lo que permitió el desarrollo de una metodología
de investigación científica que influiría en el pensamiento occidental durante siglos.

4. Autenticidad y cronología

La autenticidad y cronología de las obras de Aristóteles han sido objeto de debate desde la
Antigüedad. Muchas de las obras que se le atribuyen pueden no haber sido escritas
directamente por él, sino que son compilaciones hechas por sus alumnos a partir de sus clases
y discusiones. Este es el caso de muchos tratados del "corpus aristotelicum" que parecen ser
apuntes de sus conferencias en el Liceo.

En cuanto a la cronología, las obras se han dividido generalmente en tres etapas: una primera
etapa académica, durante su tiempo en la Academia de Platón; una etapa de transición, que
coincide con su estancia en Assos y Mitilene; y una última etapa, la más productiva,
correspondiente a su regreso a Atenas y la creación del Liceo. Sin embargo, la datación
exacta de muchas de sus obras sigue siendo incierta, lo cual dificulta la comprensión de la
evolución de su pensamiento.

La autenticidad de algunos textos ha sido cuestionada, especialmente aquellos que contienen


discrepancias conceptuales respecto a otros tratados. No obstante, la mayor parte de los
escritos aceptados tradicionalmente como parte del corpus se consideran representativos del
pensamiento aristotélico, aunque su redacción final pudiera no haber sido llevada a cabo
directamente por él.

Capítulo XX: La Realidad (págs. 433-435)

1. Actitud de Aristóteles

La actitud de Aristóteles hacia la realidad se caracteriza por su profundo interés en


comprender la naturaleza desde una perspectiva empírica y sistemática. Aristóteles rechaza la
visión idealista de su maestro Platón, que concebía el mundo sensible como una copia
imperfecta del mundo de las Ideas. Para Aristóteles, la realidad es concreta y debe ser
estudiada mediante la observación directa y la experiencia. Él considera que el conocimiento
auténtico proviene de analizar el mundo físico y de buscar las causas y principios subyacentes
que explican los fenómenos observados.

Aristóteles adopta un enfoque teleológico, es decir, que todos los elementos de la naturaleza
tienen un propósito o fin (telos). Para él, comprender la realidad implica descubrir las causas
últimas que explican el porqué de las cosas. Esta búsqueda de las causas es el eje central de
su método filosófico y científico, y se expresa claramente en su teoría de las cuatro causas: la
causa material, la causa formal, la causa eficiente y la causa final. Esta perspectiva le
permitió desarrollar una visión orgánica y jerárquica de la realidad, en la que cada ser ocupa
un lugar determinado según su naturaleza y función.
2. La idea de orden y de jerarquía en el sistema aristotélico

La idea de orden y de jerarquía es fundamental en el sistema filosófico de Aristóteles. Él


considera que la realidad está organizada de manera sistemática, en la que cada ser tiene un
lugar y una función específica dentro del cosmos. Esta jerarquización se basa en el grado de
perfección y en la capacidad de cada ser para realizar su propósito natural. Así, Aristóteles
establece una distinción clara entre los diferentes niveles de seres, desde la materia inanimada
hasta los seres racionales, siendo el ser humano el más elevado dentro del mundo natural
debido a su capacidad de razonar.

En la visión aristotélica, el orden de la realidad refleja un propósito intrínseco, y cada ser se


encuentra orientado hacia la realización de su propia naturaleza. Los seres vivos, por ejemplo,
son jerarquizados según sus capacidades: las plantas tienen la capacidad de crecer y nutrirse;
los animales, además de esas capacidades, pueden sentir y moverse; y los seres humanos,
además de todas las capacidades anteriores, poseen la facultad de la razón. Este esquema
jerárquico también se extiende al ámbito cosmológico, en el que Aristóteles describe un
universo compuesto por esferas concéntricas, con la Tierra en el centro y los astros
moviéndose en torno a ella.

La jerarquía de la realidad, para Aristóteles, no es solo un hecho descriptivo, sino que tiene
implicaciones normativas. Cada ser debe actuar de acuerdo con su naturaleza y cumplir con
su propósito para alcanzar la realización plena. Esto está íntimamente relacionado con su
ética y su concepto de eudaimonía, que sostiene que el bien supremo para el ser humano es
vivir de acuerdo con la razón y alcanzar la felicidad mediante la virtud. La idea de un orden
jerárquico también se aplica a la política, donde Aristóteles defiende que la organización de
la sociedad debe reflejar un orden natural, con los individuos y clases sociales desempeñando
roles específicos según sus capacidades y talentos.

Capítulo XXI: La Ciencia (págs. 436-450)

1. El conocimiento científico

Para Aristóteles, el conocimiento científico (episteme) es aquel que tiene como objetivo
comprender las causas y principios fundamentales de la realidad. Este conocimiento difiere
del conocimiento común (doxa), ya que busca alcanzar una verdad universal y necesaria. El
conocimiento científico se obtiene mediante la observación sistemática y el uso de la razón,
lo cual permite identificar patrones y principios generales que explican los fenómenos del
mundo natural. Aristóteles establece que la ciencia debe basarse en la experiencia y el
razonamiento lógico, y que su finalidad es proporcionar una explicación racional de la
naturaleza.

El proceso de adquirir conocimiento científico comienza con la observación de los


fenómenos y la recolección de datos empíricos. A partir de ahí, se formula una hipótesis y se
lleva a cabo un análisis riguroso para identificar las causas subyacentes. Esta metodología es
la base de la filosofía natural de Aristóteles y se considera un antecedente importante del
método científico moderno.

2. Propiedades del conocimiento científico

Aristóteles define varias propiedades esenciales del conocimiento científico. En primer lugar,
el conocimiento científico debe ser demostrativo, es decir, debe poder probarse mediante un
proceso de deducción lógica que parta de principios verdaderos y evidentes. En segundo
lugar, debe ser necesario, lo que significa que las conclusiones alcanzadas deben ser siempre
válidas y no contingentes. Además, el conocimiento debe ser universal, aplicable a todos los
casos que cumplan con las condiciones establecidas. Estas propiedades permiten que el
conocimiento científico sea confiable y proporcionen una comprensión profunda de la
realidad.

Para Aristóteles, el conocimiento verdadero debe estar basado en causas primeras, y estas
causas deben ser necesarias y evidentes por sí mismas. De este modo, se asegura que la
ciencia tenga un carácter objetivo y universal, distinto de las opiniones subjetivas o los
juicios particulares.

3. Formación del concepto universal

La formación del concepto universal es un aspecto fundamental en el conocimiento científico


de Aristóteles. Él sostiene que el conocimiento comienza con la percepción sensorial de los
objetos particulares, pero que el verdadero entendimiento se alcanza cuando se abstraen los
elementos comunes de esos objetos para formar un concepto universal. Este proceso de
abstracción implica identificar las características esenciales que definen a una categoría de
objetos, y es lo que permite al ser humano desarrollar conceptos generales que trascienden los
casos individuales.

Este tipo de conocimiento abstracto es lo que distingue al ser humano de otros seres vivos. La
capacidad de razonar y de crear conceptos universales permite a los seres humanos formular
leyes científicas que describen el comportamiento de la naturaleza. Para Aristóteles, el
proceso de abstracción es clave para llegar al conocimiento científico, ya que nos permite ir
más allá de lo particular y comprender los principios universales que rigen la realidad.

4. División de las ciencias

Aristóteles divide las ciencias en tres grandes categorías: teoréticas, prácticas y productivas.
Las ciencias teoréticas son aquellas que buscan el conocimiento por el conocimiento mismo,
como la física, la matemática y la metafísica. Estas ciencias se ocupan de investigar los
principios y causas fundamentales de la realidad sin un propósito práctico inmediato. La
física estudia los seres naturales y el cambio, la matemática se ocupa de las entidades
abstractas y la metafísica se centra en el ser en cuanto tal y en los principios últimos.

Las ciencias prácticas, por otro lado, tienen como objetivo guiar la acción humana y están
orientadas hacia la consecución del bien. La ética y la política son ejemplos de ciencias
prácticas, ya que se ocupan de cómo los seres humanos deben comportarse y organizarse para
alcanzar la virtud y la felicidad. Estas ciencias proporcionan pautas para la vida individual y
social, buscando el bien tanto para el individuo como para la comunidad.

Finalmente, las ciencias productivas son aquellas que tienen como finalidad la creación de
objetos útiles o bellos. Estas incluyen la retórica, la poética y la técnica. Se ocupan de cómo
llevar a cabo una producción efectiva, y su valor reside en la capacidad de transformar el
mundo de acuerdo con ciertas finalidades humanas. Para Aristóteles, la distinción entre estas
tres categorías refleja la diversidad de los objetivos del conocimiento y la variedad de
actividades que definen la vida humana.

Capítulo XXII: Filosofía Primera (págs. 450-475)


1. Noción

La filosofía primera, también conocida como metafísica, es la disciplina que se ocupa del
estudio del ser en cuanto ser, es decir, la realidad en su totalidad y las causas y principios más
fundamentales. Aristóteles la considera la ciencia más elevada, ya que se enfoca en lo que
está más allá de la física y busca el conocimiento absoluto de la existencia y la naturaleza de
las cosas.

2. Objeto

El objeto de la filosofía primera es el ser en su sentido más amplio, abarcando todas sus
formas y manifestaciones. Aristóteles distingue entre los diferentes sentidos del ser y se
centra en entender los principios y causas últimas que subyacen a la existencia de todo lo que
es. Este objeto de estudio hace que la filosofía primera sea una ciencia que engloba y
fundamenta a todas las demás.

3. Esencia

La esencia es lo que hace que una cosa sea lo que es. Para Aristóteles, la esencia es la
naturaleza fundamental de un objeto, aquello sin lo cual dejaría de ser lo que es. La
metafísica, como filosofía primera, se ocupa de investigar la esencia de las cosas,
diferenciando entre la sustancia y los accidentes, y estableciendo una jerarquía en función de
la capacidad de cada ser para alcanzar su finalidad.

4. La analogía

La analogía es un concepto central en la filosofía aristotélica para explicar cómo el término


"ser" se aplica a diferentes entidades de manera no unívoca ni equívoca, sino análoga. Esto
significa que el ser se dice de muchas maneras, pero siempre en relación a un sentido
fundamental que sirve como referencia. La analogía permite conectar los distintos tipos de ser
y entender la relación entre ellos dentro de la jerarquía del cosmos.

5. Propiedades del ser

Las propiedades del ser son aquellos atributos que pertenecen necesariamente a todo lo que
es. Entre estas propiedades se encuentran la unidad, la verdad y la bondad. Aristóteles
considera que el ser posee ciertas cualidades que lo definen en su totalidad, y que estas
propiedades están presentes en todos los entes de manera inherente. La metafísica estudia
cómo estas propiedades se manifiestan en los distintos tipos de ser.

6. Modos del ser

Aristóteles identifica varios modos del ser, que se corresponden con las diferentes categorías
de la realidad. Estos modos incluyen el ser por sí mismo (sustancia) y el ser por accidente
(cualidades, relaciones, etc.). Cada uno de estos modos tiene su propia manera de ser, y la
filosofía primera se ocupa de estudiar cómo se relacionan entre sí y cómo contribuyen a la
estructura de la realidad.

7. Acto y potencia

El concepto de acto y potencia es fundamental en la metafísica de Aristóteles. Potencia se


refiere a la capacidad o posibilidad de ser, mientras que acto es la realización efectiva de esa
capacidad. Todo ser se encuentra en un proceso constante de pasar de la potencia al acto, y
esta dinámica es esencial para entender el cambio y el movimiento en la naturaleza. La
filosofía primera busca entender los principios que rigen este proceso y cómo se manifiesta
en la realidad.

8. Categorías

Las categorías son las diferentes maneras en las que se puede predicar el ser. Aristóteles
identifica diez categorías fundamentales: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar,
tiempo, posición, estado, acción y pasión. La categoría de la sustancia es la más importante,
ya que todos los demás tipos de ser dependen de ella. Las categorías permiten clasificar los
distintos aspectos de la realidad y entender cómo se estructuran los entes.

9. Sustancias

La sustancia es el ser por excelencia, aquello que existe en sí mismo y no en otro. Aristóteles
distingue entre sustancias primeras, que son los individuos concretos (como un hombre o un
caballo), y sustancias segundas, que son las especies y géneros a los que pertenecen esos
individuos. La sustancia es el fundamento de la realidad, ya que todo lo demás existe en
relación a ella.

10. Accidentes

Los accidentes son las cualidades o propiedades que existen en una sustancia, pero que no
son esenciales para su ser. Un accidente puede cambiar sin que la sustancia deje de ser lo que
es. Por ejemplo, el color de un objeto es un accidente, ya que puede variar sin alterar la
naturaleza del objeto en sí. La filosofía primera se ocupa de entender cómo los accidentes se
relacionan con las sustancias y cómo contribuyen a la diversidad de la realidad.

11. Postpredicamentos

Los postpredicamentos son conceptos adicionales que ayudan a clarificar las distintas
maneras en que se puede hablar del ser. Entre estos conceptos se encuentran la oposición, la
prioridad, la simultaneidad, el movimiento y la posesión. Estos términos permiten una mejor
comprensión de cómo se relacionan los distintos tipos de ser y cómo se organizan dentro del
esquema general de la realidad.

12. Las causas

Aristóteles identifica cuatro tipos de causas que explican el ser de las cosas: la causa material
(de qué está hecho algo), la causa formal (qué es), la causa eficiente (quién o qué lo produce)
y la causa final (para qué sirve o cuál es su propósito). La filosofía primera se ocupa de
investigar estas causas en su sentido más profundo, buscando entender los principios últimos
que explican la existencia de todo lo que hay.

13. El primer principio

El primer principio, también conocido como el Primer Motor Inmóvil, es el fundamento


último de toda la realidad. Según Aristóteles, debe existir un ser que sea causa de sí mismo y
que no esté sujeto al cambio, ya que, de lo contrario, no habría un punto de partida para
explicar el movimiento y la existencia del universo. Este Primer Motor es la causa final hacia
la cual tienden todas las cosas, y su existencia es necesaria para garantizar el orden y la
coherencia del cosmos.

Capítulo XXIII: Física (págs. 475-486)

1. El ente móvil

Aristóteles define al ente móvil como aquel que posee la capacidad de experimentar cambio.
Según Aristóteles, el movimiento no es solo desplazamiento, sino cualquier tipo de cambio,
ya sea cualitativo, cuantitativo o local. La clave de la física aristotélica es entender cómo todo
en el mundo natural está en continuo cambio, moviéndose de la potencia al acto, es decir,
pasando de una capacidad a la realización de esta. Así, el movimiento se convierte en el
principio fundamental para entender la realidad física.

El ente móvil está sometido a las leyes de la naturaleza y su estudio requiere analizar las
causas del movimiento. Aristóteles distingue cuatro tipos de causas para comprender el
movimiento de los seres: la causa material (la sustancia de la que está hecho el objeto), la
causa formal (la forma o naturaleza del objeto), la causa eficiente (el agente que produce el
movimiento) y la causa final (el propósito o fin al que tiende el movimiento). Estas cuatro
causas ofrecen una explicación integral de cualquier fenómeno físico, desde el origen hasta el
propósito.

2. El lugar

El lugar, para Aristóteles, no es simplemente una ubicación geométrica, sino el límite


inmediato del cuerpo contenedor. Es decir, el lugar es el límite del espacio que un cuerpo
ocupa. Este concepto es clave para diferenciar el enfoque aristotélico del espacio del
concepto moderno. Para Aristóteles, el lugar es inseparable del objeto que lo ocupa y no
puede ser considerado como algo vacío o independiente de la materia.

El universo aristotélico está finito y lleno de cuerpos, lo que implica que no hay un "vacío" en
el sentido que se entiende en la física moderna. Cada cuerpo tiene un lugar natural hacia el
cual tiende de acuerdo con su composición: los elementos terrestres tienden hacia abajo (la
tierra y el agua), mientras que el fuego y el aire tienden hacia arriba. Esta idea de lugar
natural permite explicar el movimiento de los elementos hacia sus posiciones específicas
dentro del cosmos.

3. El tiempo

El tiempo, según Aristóteles, es el número o la medida del movimiento según el "antes" y el


"después". El tiempo no puede existir sin cambio, pues se deriva del movimiento. Es un
fenómeno continuo, y la percepción del tiempo está asociada a la percepción del cambio. De
este modo, el tiempo es el marco en el cual se desarrollan los movimientos y las
transformaciones de los seres naturales.

Para Aristóteles, el tiempo es infinito en el sentido de que siempre existe un "antes" y un


"después", y su existencia depende de la existencia del movimiento. El tiempo es una
secuencia continua y lineal que permite medir el cambio, y su comprensión es fundamental
para entender la dinámica de los seres en la física aristotélica. Sin la referencia del
movimiento, el tiempo no tendría sentido ni podría ser percibido.

4. Las sustancias del mundo terrestre


En su estudio de las sustancias del mundo terrestre, Aristóteles se enfoca en las entidades que
componen el mundo sublunar, es decir, la parte del cosmos comprendida bajo la esfera lunar,
la cual está sujeta a cambio y corrupción. El mundo sublunar, a diferencia del mundo
supralunar (el ámbito de los astros), está caracterizado por la generación y la corrupción
constante de las sustancias.

4.1. Los principios: la materia, la forma y el compuesto

Las sustancias están compuestas por dos principios fundamentales: la materia (hylé), que es
el sustrato potencial de las cosas, y la forma (morfé), que es lo que define la esencia de cada
ser. El compuesto es el resultado de la unión de la materia y la forma, que otorga a los seres
sus características y su identidad concreta. La materia, sin la forma, es indeterminada,
mientras que la forma sin la materia no puede existir en el mundo sensible.

Aristóteles destaca la importancia de entender estos principios para comprender la naturaleza


de los seres materiales. La materia representa el potencial, mientras que la forma representa la
actualización de ese potencial en una entidad concreta y particular. Todos los objetos del
mundo terrestre son compuestos de materia y forma, y esta combinación explica tanto su
estructura como sus propiedades.

4.2. Los elementos

Aristóteles sostiene que todos los cuerpos terrestres están compuestos por cuatro elementos
fundamentales: tierra, agua, aire y fuego. Cada uno de estos elementos tiene cualidades
específicas que los distinguen: el fuego es caliente y seco, el aire es caliente y húmedo, el
agua es fría y húmeda, y la tierra es fría y seca. Estos elementos están en constante
transformación, siguiendo el ciclo de generación y corrupción, según se combinen sus
cualidades predominantes.

Estos elementos se encuentran en estado de continua transformación, lo que permite que se


formen nuevas sustancias a partir de sus combinaciones. Aristóteles afirma que cada uno de
estos elementos tiende naturalmente a ocupar su lugar específico dentro del cosmos: la tierra
tiende hacia el centro, el agua encima de la tierra, el aire por encima del agua y el fuego por
encima del aire. Esta jerarquía explica la estructura del mundo sublunar.

4.3. Los mixtos

Los mixtos son sustancias compuestas de una combinación de los cuatro elementos.
Aristóteles describe cómo la mezcla de los elementos da lugar a una amplia variedad de
sustancias, cada una con sus propias características específicas. La generación de mixtos está
regida por las proporciones y el predominio de ciertos elementos sobre otros, lo que permite
la gran diversidad de cuerpos y fenómenos en el mundo terrestre.

Los mixtos no son simplemente la yuxtaposición de los elementos, sino que tienen una nueva
forma que determina su naturaleza específica. La capacidad de los elementos para
combinarse en distintas proporciones explica la gran variedad de formas y propiedades que se
observan en el mundo natural. Los mixtos incluyen tanto seres vivos como sustancias
inanimadas, y su estudio es esencial para comprender la diversidad de la naturaleza.

5. La generación y la corrupción
La generación y la corrupción son dos procesos fundamentales en la física de Aristóteles
que explican la transformación de las sustancias. La generación implica el paso de la no
existencia a la existencia de un nuevo ser, mientras que la corrupción es el proceso inverso.
Ambos procesos están basados en la interacción de los elementos y su capacidad de
combinarse y separarse.

Aristóteles explica que la generación y la corrupción son posibles gracias a la potencia y el


acto: la materia posee la potencia de transformarse en diversas formas, y estas formas se
actualizan mediante el proceso de generación. Así, la constante transformación de la materia
es la causa de la existencia cambiante de los seres del mundo sublunar. Estos procesos
ocurren en el mundo sublunar y son una característica distintiva de las sustancias perecederas.

6. El individuo sustancial

El individuo sustancial es la unidad concreta de materia y forma, un ser particular que existe
independientemente. Cada individuo sustancial es un compuesto de materia y forma que lo
define y lo distingue de otros seres. En la física aristotélica, el individuo es considerado el
sujeto de todos los cambios y transformaciones, ya que es el ente concreto que posee la
capacidad de cambiar.

Aristóteles destaca la importancia del individuo sustancial como la base de la realidad


concreta. La materia proporciona el sustrato que permite el cambio, mientras que la forma es
la esencia que define al ser. La combinación de ambos en cada individuo es lo que hace
posible la existencia y el movimiento en el mundo natural. Cada ser individual tiene una
identidad única, y su estudio es clave para comprender la estructura y dinámica de la
naturaleza.

El individuo sustancial es el punto de partida del análisis filosófico de Aristóteles, ya que


todo conocimiento y toda ciencia se orientan hacia la comprensión de estos seres concretos y
de sus relaciones en el universo.

Capítulo XXIV: Biología y Antropología (páginas 487-503)

1. Noción de vida

La vida, según la concepción aristotélica, es entendida como una cualidad que distingue a los
seres vivos de los inertes. Esta cualidad se caracteriza por la capacidad de automovimiento,
crecimiento, reproducción y, en algunos casos, percepción y razonamiento. Aristóteles
establece que la vida implica una relación íntima entre materia y forma, donde el alma actúa
como el principio organizador del cuerpo. La vida está presente en los seres vivos como una
potencia activa que impulsa a cada organismo a desarrollar sus funciones esenciales. Para
Aristóteles, el alma es aquello que da vida y esencia a un ser, por lo que cada tipo de ser vivo
tiene un tipo de alma que le permite realizar sus actividades propias. Así, el alma de una
planta difiere de la de un animal y de la de un ser humano. La vida se entiende en términos de
dinamismo y finalidad; cada ser vivo tiene un propósito interno que se expresa en la
búsqueda de su propio desarrollo y perfección. Además, Aristóteles concibe la vida como un
proceso jerárquico, donde las funciones básicas, como la nutrición, dan paso a funciones más
complejas, como el pensamiento y la reflexión en el caso del ser humano.

2. Grados de vivientes
Aristóteles distingue tres grandes grados de seres vivos: las plantas, los animales y el ser
humano. Cada uno de estos grados se diferencia por la complejidad de sus capacidades:

● Plantas: Poseen solo funciones vegetativas, como el crecimiento y la reproducción.


No tienen percepción ni movimiento voluntario.
● Animales: Además de las funciones vegetativas, tienen percepción sensorial y la
capacidad de movimiento. Esto les permite interactuar activamente con su entorno.
● Ser humano: A diferencia de los animales y las plantas, el ser humano cuenta con la
capacidad intelectual, lo cual le permite razonar y desarrollar pensamiento abstracto.
Esto los coloca en un nivel superior en la jerarquía de los seres vivos.

3. Relaciones entre el alma y el cuerpo

Para Aristóteles, el alma no es una sustancia separada del cuerpo, sino que es la forma del
cuerpo, es decir, el principio que da organización y vida a la materia. El alma y el cuerpo
mantienen una relación intrínseca e indisoluble; el alma no puede existir sin el cuerpo, ya que
depende de éste para manifestar sus funciones. Esta relación es analizada en términos de acto
y potencia: el cuerpo es la potencia y el alma es el acto que perfecciona y actualiza al
organismo. En otras palabras, el cuerpo ofrece la base material sobre la cual el alma ejerce su
función vital. Aristóteles critica la noción platónica de la separación entre cuerpo y alma,
argumentando que no tiene sentido pensar en el alma sin el cuerpo, pues el alma se manifiesta
siempre a través de la materia. Es el alma la que le otorga al cuerpo la capacidad de actuar de
manera ordenada y finalista, dándole una dirección a sus actividades.

4. Potencias del alma

El alma, según Aristóteles, se caracteriza por tener diversas potencias o facultades, cada una
de las cuales se relaciona con diferentes aspectos de la vida del ser vivo. Estas potencias se
dividen según los tres tipos de vida:

4.1. Vida vegetativa

Es la potencia más básica y está presente en todos los seres vivos, tanto plantas como
animales y seres humanos. La vida vegetativa incluye las funciones necesarias para el
mantenimiento de la vida: nutrición, crecimiento y reproducción. Estas funciones son
automáticas y no requieren consciencia. La vida vegetativa permite al ser vivo absorber
nutrientes del entorno y transformarlos en energía para crecer y perpetuarse. Estas
actividades, aunque básicas, son fundamentales para la subsistencia y continuidad de la
especie.

4.2. Vida sensitiva

Esta potencia está presente en los animales y los seres humanos, e implica la capacidad de
percibir el entorno a través de los sentidos. También incluye el deseo, ya que las percepciones
generan impresiones que llevan al animal a actuar en busca de placer o para evitar el dolor.
La vida sensitiva permite el movimiento y la reacción a los estímulos externos, facilitando la
adaptación y supervivencia. Además, Aristóteles distingue varias facultades dentro de la vida
sensitiva: los sentidos externos (vista, oído, olfato, gusto y tacto), la imaginación y la
memoria. Estas facultades permiten al animal no solo percibir el mundo, sino también
procesar la información para adaptarse mejor a las circunstancias cambiantes del entorno.
4.3. Vida intelectiva

Esta facultad es exclusiva del ser humano. Consiste en la capacidad de razonar, reflexionar y
comprender conceptos abstractos. La vida intelectiva no solo permite al ser humano analizar
y conocer el mundo, sino también cuestionar su propia existencia y tomar decisiones basadas
en el juicio racional. Esta facultad se desarrolla mediante la interacción de la experiencia
sensible y la capacidad de abstracción. La vida intelectiva está compuesta por dos partes,
según Aristóteles: el intelecto pasivo, que recibe las impresiones del mundo, y el intelecto
activo, que es capaz de abstraer y generalizar esas impresiones para formar conceptos. Es
gracias al intelecto activo que el ser humano puede tener conocimiento universal y trascender
la información particular que recibe de los sentidos.

4.4. Voluntad

La voluntad es una expresión de la vida intelectiva, ya que está ligada a la capacidad de


deliberación y decisión consciente. La voluntad permite al ser humano actuar no solo movido
por el deseo, sino guiado por un razonamiento moral y racional. Esta capacidad es la que hace
posible la elección del bien y la consecución de fines propios, lo cual es esencial para la ética
aristotélica. La voluntad implica la libertad de elección, y para Aristóteles, la auténtica
libertad se alcanza cuando el individuo elige conforme a la razón y orientado hacia el bien.
La voluntad se ve influida tanto por el intelecto como por las pasiones, pero el dominio
racional sobre las pasiones es lo que permite actuar conforme a la virtud.

5. La inmortalidad del alma

Aristóteles concibe el alma humana como un principio que muere con el cuerpo, ya que el
alma está vinculada intrínsecamente a éste. Sin embargo, algunas interpretaciones sugieren
que el intelecto activo (una parte del alma) podría ser inmortal, ya que no depende del cuerpo
para su funcionamiento. Este intelecto activo sería el encargado de procesar el conocimiento
de una manera universal y abstracta, lo que lo haría independiente de las funciones
corporales. Esta idea fue desarrollada posteriormente por los comentaristas neoplatónicos y la
escolástica medieval, como un intento de conciliar el pensamiento de Aristóteles con la
noción de la inmortalidad personal. La inmortalidad del intelecto activo ha sido objeto de
numerosas discusiones a lo largo de la historia de la filosofía, especialmente en la Edad
Media. Intelectuales como Averroes y Tomás de Aquino elaboraron sus propias
interpretaciones sobre este punto, tratando de aclarar si la inmortalidad era algo personal o se
refería a un principio común a todos los seres humanos. La idea de que el intelecto activo
podría tener una existencia separada del cuerpo se presenta como una posible conexión entre
la visión aristotélica y las creencias religiosas sobre la inmortalidad del alma. Para
Aristóteles, la inmortalidad no se refiere a la totalidad del alma, sino únicamente a esa parte
intelectual que no depende de la materia para su actividad, lo que la haría trascendente y
eterna.

Capítulo XXV: Astrología (páginas 504-506)

1. Las sustancias del mundo celeste

Según Aristóteles, el mundo celeste está compuesto por sustancias que son fundamentalmente
distintas de las sustancias terrestres. Mientras que el mundo sublunar (es decir, el mundo que
incluye la Tierra) está compuesto por los cuatro elementos básicos: tierra, agua, aire y fuego,
el mundo celeste está formado por un quinto elemento conocido como éter o quintaesencia.
Este éter es una sustancia pura, inalterable y perfecta, distinta de los elementos terrestres que
son corruptibles y sujetos a cambio. Las sustancias celestes, al estar formadas por éter, tienen
movimientos circulares y eternos, lo cual refleja su naturaleza divina y su perfección.
Aristóteles afirma que los cuerpos celestes, como las estrellas y los planetas, son seres
divinos que poseen una perfección que los diferencia de las sustancias del mundo sublunar.
Estos cuerpos siguen un movimiento perfecto y constante, lo cual es muestra de la armonía y
orden que caracterizan al cosmos.

Los cielos, entonces, son concebidos como una esfera de perfección inmutable, donde cada
cuerpo celeste tiene un lugar y un propósito específicos dentro del orden universal. Este
movimiento circular y eterno de las sustancias celestes representa, para Aristóteles, el ideal
de la existencia perfecta, en la que no hay principio ni fin, sino una continuidad infinita que
trasciende la corrupción y la muerte, características del mundo terrestre. Así, las sustancias
del mundo celeste están íntimamente conectadas con lo divino, ya que reflejan el orden y la
eternidad del primer principio.

2. El Primer Motor

El Primer Motor, según Aristóteles, es el principio fundamental que pone en movimiento a


todo el cosmos. Este Primer Motor es un ser inmaterial, eterno e inmutable que no está
sometido a las leyes del cambio. Su función es ser la causa última del movimiento de los
cuerpos celestes sin necesidad de ser movido por otro. Aristóteles describe al Primer Motor
como el “motor inmóvil”, ya que, aunque causa movimiento en el universo, él mismo
permanece sin cambio alguno. Este motor inmóvil actúa como causa final, atrayendo a todos
los seres hacia sí, como si fuera un objeto de deseo o de amor. Los cuerpos celestes se
mueven eternamente en círculos debido a su aspiración hacia este principio divino y perfecto.

El Primer Motor es, para Aristóteles, el fundamento de todo el orden cósmico. No tiene
composición material, y su actividad consiste en contemplarse a sí mismo en un acto puro de
intelección. Es un ser completamente autosuficiente cuya existencia y actividad son la causa
de la armonía en el universo. El movimiento de los cuerpos celestes, según Aristóteles, no es
causado de manera mecánica, sino que es provocado por el amor y la atracción hacia el
Primer Motor. Esta idea confiere un carácter teleológico al movimiento del cosmos, donde
cada cuerpo busca alcanzar la perfección representada por el Primer Motor.

Además, el Primer Motor es considerado como el ser más digno de adoración y estudio, ya
que su naturaleza es la de la perfección misma. Como el principio del movimiento y la causa
última de la existencia de los cuerpos celestes, el Primer Motor se convierte en la base de la
metafísica aristotélica, ofreciendo una explicación unificada del orden del universo y
proporcionando una visión de lo divino como algo íntimamente relacionado con el
movimiento y la finalidad de todas las cosas.

Capítulo XXVI: Teología


1. La sustancia divina trascendente

Aristóteles desarrolla el concepto de la sustancia divina trascendente a partir de sus


reflexiones en la Física y la Metafísica. En la Física, menciona un primer motor inmóvil que
actúa como una causa mecánica y directa, inmanente al universo; sin embargo, en la
Metafísica, Aristóteles avanza hacia una visión más profunda, presentando a Dios como acto
puro. Este acto puro es una sustancia suprema, inmaterial y trascendente al universo, que
constituye la culminación de su sistema filosófico.

La sustancia divina, descrita como "acto puro" (actualidad sin potencialidad), es eterna,
inmutable e incorruptible. A diferencia de las sustancias físicas, que pueden ser móviles o
corruptibles, Dios es una realidad autosuficiente y perfecta que trasciende todas las cosas. No
es una "forma" como otras, ya que Aristóteles evita usar el término "entelequia" en este
contexto debido a su uso más común en el ámbito de la naturaleza física. Su divinidad
consiste en su capacidad de autocontemplarse, siendo el objeto y sujeto de su propio
pensamiento. No tiene un conocimiento externo, porque eso implicaría una imperfección y
una dependencia de algo fuera de sí.

2. Pruebas de la existencia de Dios

Aristóteles ofrece varias pruebas de la existencia de Dios, cada una de ellas con enfoques
distintos pero complementarios:

● Por el orden del mundo: Esta prueba se basa en la observación del orden y la
armonía del cosmos. Aristóteles señala que la existencia de un orden tan complejo y
perfecto en el movimiento de los astros y el desarrollo de la naturaleza solo puede
explicarse por la existencia de un ser superior que ordena todas las cosas, rechazando
la idea de que el universo pudiera haberse formado por azar.
● Por los grados de perfección: En la naturaleza existe una jerarquía de seres con
distintos grados de perfección. La presencia de estos grados indica la existencia de un
ser que posee la perfección absoluta. Aristóteles deduce que tiene que haber un ser
que sea perfectísimo y este es Dios. Este ser perfecto es inmutable y no puede cambiar
ni para bien ni para mal, pues ya posee todas las cualidades en su máxima expresión.
● Por el movimiento: La prueba más característica de Aristóteles. Parte de la existencia
del movimiento en el mundo, que considera eterno. Cada movimiento tiene una causa,
y esa causa debe ser, a su vez, movida por otra. Sin embargo, esta cadena de causas
no puede prolongarse indefinidamente; debe haber una causa primera que sea el
origen de todo movimiento y que no sea movida por nada más. Este "motor inmóvil"
es lo que Aristóteles identifica como Dios.

3. El primer motor inmóvil de la Física

En la Física, Aristóteles presenta al primer motor como una causa mecánica inmanente que
se encuentra en la periferia del universo, asociado al movimiento circular continuo de los
cielos. Este primer motor es eterno, inmóvil, y único, siendo el responsable del movimiento
eterno y cíclico del universo. Actúa como el alma al cuerpo: su relación con el cosmos es la
de un principio activo que impulsa el movimiento. Sin embargo, en la Física, Aristóteles aún
no lo describe como Dios en el sentido pleno de la palabra, sino más bien como un elemento
físico del cosmos que mueve a través del contacto físico y del impulso.

En esta etapa de la teoría aristotélica, el primer motor conoce al primer móvil y al mundo,
actuando sobre ellos por contacto. La idea es que el primer motor está íntimamente vinculado
al primer cielo, moviendo de manera mecánica, directa y física. Este primer motor inmóvil
representa la causa de todo el movimiento observable, aunque no se lo identifica todavía con
el Dios trascendente de la Metafísica.

4. El acto puro de la Metafísica


En la Metafísica, Aristóteles lleva el concepto del primer motor a una dimensión superior,
describiéndolo como el acto puro que es trascendente al universo. Esta sustancia es la
cumbre de la jerarquía ontológica aristotélica y está más allá del tiempo, del lugar y de todo
lo material. Es completamente inmaterial y su actividad es puramente intelectual: se
autocontempla eternamente y no tiene conocimiento de nada externo. En contraste con el
primer motor de la Física, que está vinculado al mundo y lo mueve directamente, el acto puro
es una causa final: mueve al universo no a través de un contacto físico, sino por atracción.
Los motores inferiores y el primer móvil se sienten atraídos por la perfección del acto puro,
que actúa "como amado", según el lenguaje aristotélico.

5. Causalidad de Dios sobre el mundo

La causalidad de Dios no es de tipo eficiente, sino final. Dios no interviene directamente en


el movimiento del mundo ni actúa como una fuerza mecánica. En lugar de eso, ejerce su
influencia como la causa final hacia la cual todos los seres se dirigen, similar a la idea del
Bien en Platón. Dios mueve el universo porque es objeto de deseo y atracción: los motores
celestes lo aman y, al buscar emular su perfección, generan el movimiento en sus propias
esferas. Este movimiento se transmite en cascada hacia el mundo sublunar, originando el
movimiento de las esferas inferiores y, en consecuencia, los procesos naturales en la Tierra,
tales como la generación y la corrupción.

Así, Aristóteles concibe a Dios no como un creador activo, sino como un principio
trascendente y perfecto, cuya existencia y perfección mueven a los demás seres hacia su
propósito. La influencia de Dios sobre el mundo se entiende en términos de causalidad final
y atracción, más que en términos de creación y causalidad eficiente

Capítulo XXVII: Ética (Páginas 515-535)

1. El Ser y el Bien Aristóteles define al bien como aquello a lo cual todas las cosas
tienden, una finalidad natural que define su esencia. Considera que el ser y el bien son
conceptos intrínsecamente relacionados, pues todas las acciones humanas y todo ser
en el universo apuntan a un fin considerado bueno. Este concepto se vincula al orden
natural y jerárquico del mundo, donde cada entidad persigue el bien específico de su
naturaleza. Para Aristóteles, el bien supremo del hombre se encuentra en la
realización plena de su ser, es decir, en la actividad racional que conforma su esencia.
2. El Sumo Bien El sumo bien es la finalidad máxima de la existencia humana, y
Aristóteles lo identifica con la felicidad (éudaimonía). La felicidad no es simplemente
un estado emocional, sino una actividad constante del alma de acuerdo con la virtud.
Esta actividad implica el uso pleno de la razón, que es lo que distingue al ser humano
de los demás seres vivos. El sumo bien debe ser autosuficiente, completo y deseado
por sí mismo, lo cual lo convierte en el fin último de todas las acciones humanas.
3. La Virtud La virtud, según Aristóteles, se entiende como una disposición del alma
hacia el bien, situada en un punto medio entre dos extremos viciosos (defecto y
exceso). Esta "doctrina del justo medio" implica que la virtud es un equilibrio
alcanzado a través de la razón y la prudencia. Aristóteles distingue entre virtudes
dianoéticas (relacionadas con el intelecto) y virtudes éticas (relacionadas con el
carácter). Las virtudes éticas se forman por la práctica repetida de actos justos,
mientras que las virtudes dianoéticas, como la sabiduría, se cultivan mediante el
estudio y la reflexión.
4. Criterio de Moralidad El criterio de moralidad para Aristóteles se encuentra en la
razón y en el logro del bien propio del ser humano. Cada acción debe ser juzgada por
su contribución al desarrollo de la vida racional y al ejercicio de la virtud. La
prudencia (“phronesis”) juega un papel esencial, ya que permite discernir el justo
medio en cada situación específica y guiar las acciones hacia el bien. La moralidad no
se basa en reglas externas, sino en el desarrollo interno de las facultades racionales del
individuo.
5. División de las Virtudes Aristóteles clasifica las virtudes en dos grandes grupos: las
virtudes éticas y las virtudes dianoéticas. Las virtudes éticas, como la justicia, la
valentía y la templanza, tienen que ver con la regulación de las emociones y los
deseos. Se forman a través del hábito y la experiencia práctica. Las virtudes
dianoéticas, como la sabiduría y el entendimiento, están relacionadas con el intelecto
y se desarrollan mediante la enseñanza y el aprendizaje. Ambas son necesarias para
alcanzar la felicidad plena, ya que el ser humano es un compuesto de razón y pasión,
y cada parte de su ser debe ser cultivada adecuadamente.

Capítulo XXVIII: Política (Páginas 536-554)

1. La Política en la Escala de las Ciencias Para Aristóteles, la política ocupa un lugar


fundamental dentro de la jerarquía de las ciencias prácticas. La política es la "ciencia
arquitectónica", la que organiza y coordina las acciones humanas hacia el bien común.
Es la ciencia más elevada dentro de las ciencias prácticas porque tiene una función
integradora y supervisora sobre las demás ciencias. La política no solo se preocupa
por la conducta individual, como hace la ética, sino que también considera la
organización de la vida en comunidad y la manera en que las personas pueden vivir
juntas de manera virtuosa. Esta ciencia no solo busca el bienestar de los individuos,
sino que también coordina la educación, la justicia, la economía y otras dimensiones
fundamentales de la vida social para alcanzar el bien común.
De este modo, la política establece un marco en el que se desarrollan las demás
ciencias prácticas, y guía tanto a los individuos como a la comunidad hacia la
felicidad colectiva. Aristóteles subraya que, así como la ética busca el bien del
individuo, la política busca el bien del conjunto de ciudadanos, lo que la convierte en
una ciencia más completa y relevante para alcanzar la felicidad en sociedad. La
política actúa como un regulador superior, dado que es la encargada de organizar las
instituciones y asegurar que la justicia y la virtud sean los principios rectores de la
vida pública. Además, es a través de la política que se establecen las leyes y normas
que permiten la convivencia armoniosa y el desarrollo del carácter cívico de los
ciudadanos.
2. El Ser de la Comunidad Política Aristóteles considera que el ser humano es, por
naturaleza, un animal político (“zóon politikón”). Esto significa que los seres
humanos tienen una tendencia natural a formar comunidades y a vivir en sociedad. La
comunidad política (“pólis”) surge de la necesidad de organizar la vida colectiva para
satisfacer las necesidades fundamentales del ser humano, que solo pueden ser
logradas en convivencia con otros.
Aristóteles presenta una visión gradual del desarrollo de la comunidad: comienza con
la familia, la primera asociación básica destinada a la supervivencia cotidiana, luego
se forma la aldea, una unión de varias familias, y finalmente culmina en la pólis, que
es la forma más perfecta de asociación humana. La familia cumple un papel esencial
al proporcionar los elementos básicos para la vida y la procreación, mientras que la
aldea facilita la cooperación en actividades cotidianas, como la producción de
alimentos y la defensa. La pólis, en cambio, es la institución que permite al ser
humano alcanzar su pleno potencial moral y ético.
La pólis no solo satisface las necesidades materiales, sino que tiene como finalidad
promover el bien común y el desarrollo completo de las capacidades humanas. La
existencia de la pólis permite que los ciudadanos alcancen su máximo potencial y
vivan una vida virtuosa, pues les proporciona un contexto en el cual se pueden
desarrollar plenamente sus capacidades racionales y sociales. En este sentido,
Aristóteles considera que la comunidad política es la culminación natural de la
sociabilidad humana. Solo en la pólis los individuos tienen la oportunidad de vivir
conforme a la virtud, ya que es allí donde se crean instituciones y leyes que fomentan
la justicia, la participación y la educación cívica. La pólis, por lo tanto, no es
simplemente una asociación para el intercambio económico, sino una estructura
orgánica destinada a permitir el desarrollo moral y espiritual de sus ciudadanos.
3. El Bien de la Comunidad Política El bien de la comunidad política está
directamente relacionado con la felicidad de sus ciudadanos. Aristóteles argumenta
que el objetivo último de la pólis es permitir a sus miembros vivir una vida buena y
virtuosa. Este objetivo no puede ser alcanzado de forma individual, ya que el ser
humano, al ser naturalmente sociable, necesita de la interacción y cooperación con
otros para lograr su realización plena. Por lo tanto, la comunidad política tiene como
misión crear las condiciones necesarias para que todos sus miembros puedan vivir de
acuerdo con la virtud.
La comunidad política debe crear las condiciones necesarias para el florecimiento de
las virtudes individuales y colectivas. Una vida plena solo se puede alcanzar mediante
la participación activa en la comunidad, donde se promueven las virtudes cívicas y la
justicia. Aristóteles enfatiza que el bien de la comunidad no se reduce simplemente a
la provisión de seguridad o recursos materiales, sino que implica un florecimiento
moral y cultural que proporciona un sentido profundo de realización personal y
colectiva. Para alcanzar este fin, la pólis debe garantizar que la educación esté
orientada hacia la formación del carácter virtuoso, y que las leyes fomenten las
prácticas que lleven a una vida buena. La educación y la ley se convierten en
herramientas esenciales para que los ciudadanos cultiven las virtudes y contribuyan al
bien común.
La participación política es fundamental en este proceso, ya que solo a través del
ejercicio de la ciudadanía se puede lograr el auténtico bien común. Participar en la
deliberación política y en la toma de decisiones no solo contribuye al bienestar de la
comunidad, sino que también es una vía por la cual los individuos desarrollan su
propia virtud. La implicación cívica, la solidaridad, y la cooperación son aspectos
esenciales que permiten que los ciudadanos alcancen la felicidad colectiva, que para
Aristóteles es la forma más alta de bienestar.
4. La Ley La ley, para Aristóteles, es el instrumento principal por el cual se rige la
comunidad política y se guía a los ciudadanos hacia la virtud. La ley debe ser racional
y estar orientada al bien común, lo cual la convierte en una expresión de la razón
humana que actúa como una fuerza unificadora en la sociedad. Cumple un papel
regulador, limitando los excesos individuales, y un papel formativo, moldeando el
carácter de los ciudadanos hacia el bien y la virtud.
Las leyes deben ser justas y equitativas, buscando siempre el bien común. Aristóteles
también destaca que una buena ley debe ser estable y clara, asegurando así la
coherencia y la justicia en la aplicación de sus preceptos. Sin embargo, reconoce que
la rigidez de la ley no siempre puede adaptarse a todas las circunstancias, por lo que
debe existir un margen de flexibilidad para que el juicio prudencial intervenga cuando
las situaciones particulares lo requieran. Este aspecto de la ley revela la importancia
de la prudencia (phronesis) como una virtud que los líderes deben tener, ya que les
permite interpretar las leyes con sensatez y actuar en beneficio de la comunidad
cuando las circunstancias lo exijan.
De esta manera, la ley no solo establece las normas para una convivencia justa, sino
que también actúa como un medio para educar a los ciudadanos en la práctica de las
virtudes. La ley tiene una función educativa que fomenta el desarrollo del carácter
cívico y de la responsabilidad individual. Aristóteles considera que la existencia de
leyes bien diseñadas es una condición indispensable para que la pólis cumpla su
misión de proporcionar un entorno en el cual los ciudadanos puedan vivir según la
virtud y alcanzar la felicidad. Las leyes moldean las costumbres y actitudes de los
ciudadanos, orientándolos hacia un comportamiento que beneficia tanto a ellos como
a la comunidad en general.
5. La Justicia La justicia es uno de los pilares de la comunidad política, según
Aristóteles, y se manifiesta en dos dimensiones fundamentales: justicia distributiva y
justicia correctiva. La justicia distributiva se refiere a la asignación de bienes, honores
y responsabilidades entre los ciudadanos de acuerdo con su mérito y contribución al
bien común. Este tipo de justicia asegura que los recursos y oportunidades se
distribuyan proporcionalmente, de acuerdo con las capacidades y necesidades de cada
individuo. Por lo tanto, la justicia distributiva se basa en el principio de equidad,
donde cada persona recibe lo que le corresponde de acuerdo con su aportación a la
sociedad.
Por otro lado, la justicia correctiva tiene como objetivo rectificar los desequilibrios y
perjuicios que resultan de las acciones injustas, como el fraude o el daño a otros. Esta
justicia tiene un carácter igualador y se aplica cuando se producen desequilibrios en
las relaciones entre los ciudadanos, buscando restablecer la igualdad. La justicia
correctiva se aplica en transacciones y relaciones contractuales, como en casos de
delitos o incumplimiento de acuerdos, donde la función es restaurar el equilibrio que
se ha perdido.
Aristóteles sostiene que la justicia es la virtud más completa, ya que engloba todas las
demás virtudes en su relación con la comunidad, y es a través de la justicia que se
asegura la armonía y el equilibrio en las relaciones sociales. La justicia no solo es un
concepto abstracto, sino una práctica diaria que debe guiar tanto a los ciudadanos
como a los gobernantes en sus decisiones y acciones. La justicia asegura que cada
individuo pueda desarrollar sus capacidades sin obstáculos impuestos por
desigualdades estructurales, y que la comunidad, en conjunto, se beneficie del talento
y de la virtud de todos sus miembros.
Además, Aristóteles distingue entre la justicia como virtud particular y la justicia
como virtud general. La justicia particular se refiere a la equidad en situaciones
específicas, mientras que la justicia general es la disposición a actuar siempre en
beneficio de la comunidad, cumpliendo con las leyes y buscando el bien común. Esta
visión integral de la justicia es esencial para garantizar que todos los aspectos de la
vida política estén orientados a la armonía y al bienestar colectivo.
6. Formas de Gobierno Aristóteles clasifica las formas de gobierno en correctas e
incorrectas, dependiendo de si buscan el bien común o solo el interés particular de los
gobernantes. Las formas correctas son la monarquía, la aristocracia y la polítea,
mientras que sus respectivas desviaciones incorrectas son la tiranía, la oligarquía y la
democracia extrema. La monarquía es la forma de gobierno en la que una sola
persona gobierna para el beneficio de todos, pero puede degenerar en tiranía cuando el
gobernante actúa solo en su propio interés.
La aristocracia es el gobierno de los mejores, aquellos más virtuosos y capaces, pero
puede transformarse en oligarquía si el poder se concentra en unos pocos que
gobiernan para su propio beneficio. La polítea, que Aristóteles considera la más
equilibrada, es una forma de gobierno mixta que combina elementos de democracia y
oligarquía, promoviendo la participación de los ciudadanos y una distribución justa
del poder. La polítea fomenta la estabilidad y evita los extremos a los que pueden
llegar la oligarquía y la democracia pura, al permitir un equilibrio entre los intereses
de las clases altas y la participación de la mayoría.
La democracia extrema, en cambio, se convierte en un sistema inestable cuando la
búsqueda de la igualdad absoluta lleva al desorden y al gobierno de la mayoría sin
respeto por el bien común. La búsqueda de la igualdad sin atender a la virtud y al
mérito puede conducir a la anarquía, ya que el interés general se ve comprometido por
los intereses particulares de los grupos dominantes. Para Aristóteles, la polítea
representa la mejor opción, ya que equilibra los intereses de la mayoría y de las
minorías, y promueve un sistema de gobierno estable y justo, adecuado a las
particularidades de cada comunidad.
Aristóteles también insiste en que el mejor sistema de gobierno depende de las
características específicas de cada comunidad. No hay una forma única de gobierno
que sea ideal para todas las ciudades, sino que la mejor forma de gobierno debe ser
aquella que sea adecuada a la naturaleza de sus ciudadanos y a las circunstancias
particulares de la pólis. Esta perspectiva pragmática subraya la importancia de la
flexibilidad y la adaptabilidad en la política, evitando los sistemas rígidos y las
soluciones universales.
7. Platonismo y Aristotelismo Aristóteles se diferencia de Platón en su concepción de
la comunidad política y el gobierno ideal. Mientras que Platón, en "La República",
concibe un modelo utópico gobernado por una élite de filósofos, Aristóteles adopta un
enfoque más pragmático, que toma en consideración las diferencias y capacidades
reales de los ciudadanos. Platón idealiza un estado en el que cada individuo tiene una
función rígida y determinada por su naturaleza, buscando la perfección a través de una
estricta división social y un control absoluto de los guardianes. Según Platón, la
justicia se logra cuando cada clase social cumple con su función asignada, sin
interferir en las funciones de las otras clases.
Aristóteles, en cambio, enfatiza la importancia de adecuar el sistema político a la
naturaleza de los ciudadanos y sus circunstancias específicas, reconociendo la
diversidad de intereses y capacidades que existen en una sociedad. Para Aristóteles, la
mejor forma de gobierno es aquella que mejor se adapta a la realidad y que permite a
los ciudadanos vivir de acuerdo con la virtud. Mientras Platón sueña con un gobierno
de sabios completamente alejado de las pasiones y los intereses particulares,
Aristóteles apuesta por un modelo basado en la experiencia, en la moderación y en el
equilibrio entre ideales y posibilidades concretas.
La política, según Aristóteles, debe ser práctica y flexible, buscando siempre el mejor
sistema posible para cada comunidad, sin imponer un esquema rígido o irrealizable.
La virtud política no reside en la imposición de un modelo ideal, sino en la habilidad
para fomentar el bien común en las condiciones reales en las que se encuentran los
ciudadanos. Esta diferencia fundamental entre Platón y Aristóteles refleja una
distinción más amplia entre la teoría idealista y la aproximación pragmática: mientras
Platón busca diseñar una ciudad perfecta desde el punto de vista filosófico, Aristóteles
se interesa por cómo lograr el mejor gobierno posible dadas las circunstancias y
limitaciones reales de cada sociedad.

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