Bestia - Amelia Gates y Cassie Love
Bestia - Amelia Gates y Cassie Love
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
BULLY
Postfacio
PRÓLOGO
Spade
EL ESTUDIO ESTABA en silencio a esas tempranas horas de la mañana y me gustaba que fuera así.
Estando yo solo últimamente hacía que la música fluyera más fácilmente. Cuando mi carrera
empezó todo era diferente. Me nutría de la atención de mis fans y los elogios de mi equipo. Las
letras eran las piedras que usé para construir mi trono. Brillante pero sin fundamento. Pensar en
todo eso ahora me hizo suspirar y rasqué cuatro notas desacompasadas en la guitarra para llenar el
vacío que una vez estuvo inmerso en conversaciones.
Alguien llamó a la ventana de cristal que daba al equipo de sonido de la siguiente habitación y
levanté la vista para ver a Paul, mi asistente, saludándome. La sala en la que yo me encontraba
estaba insonorizada a menos que supieras utilizar el interfono para comunicarte conmigo, y a Paul
no se le daba bien la electrónica. Afortunadamente para él, no le pagaba por sus conocimientos en
tecnología.
Poniendo la guitarra a un lado, me levanté y salí de la habitación. Nos encontramos en el
pasillo y tuve que parpadear un par de veces por la brillante luz que había. Los pasillos de mi
casa estaban hechos casi por completo de cristales resistentes a las tormentas. La luz del sol
entraba a raudales incluso en aquellos días que hubiera preferido estar a oscuras. Fuera, en el
centro del edificio, había un jardín rodeado por los cuatro lados de pasillos acristalados. Aunque
al otro lado de la casa, podía ver el mármol de mi cocina a través de las largas ramas del arce
japonés que dominaba el espacio exterior. Casi podía oler el aire fresco. Me dio dolor de cabeza.
¿Cuándo fue la última vez que salí por ahí durante el día? Me esforcé por desenterrar ese
recuerdo, pero consiguió eludirme.
“¿Qué?” Tenía la voz ronca y los ojos medio cerrados aún por la luz. Cualquier otra persona
hubiera asumido que estaba de mal humor pero Paul me conocía lo suficiente para omitir esa
posibilidad. Me estaba metiendo más profundamente en la gilipollez esa de new-age, paz y amor,
chakra equilibrado, Kamehameha Dragon Ball Z y el último Airbender. No llevaba un moño en el
pelo, ni barba, ni iba descalzo cantando kumbaya masturbando árboles o algo parecido, pero no
me cabreaba tan fácilmente estos días.
La revista People me tildó anteriormente de “exaltado” y “apasionado”:
Yo más bien me sentía como unas brasas a punto de apagarse que la engalantonada estrella del
rock de mi apogeo, pero eso era completamente mi culpa.
“Ha vuelto.”
Intenté y fallé en no poner mis ojos en blanco.
“¿Dónde está esta vez?”
“La entrada sur.”
Lo fui a ver. Genial. Y ahí terminaba lo de no cabrearme con facilidad. Mientras tomaba la
nota mental de despedir a mi personal de seguridad, llegué al panel que tenía el vídeo de la
entrada sur.
La pequeña pantalla del panel cobró vida y de repente estaba mirando a la coronilla de una
cabeza demasiado familiar.
“Verónica, sabes que esto es acoso.” Dije como saludo y la mujer de la pantalla empezó a
mirar a su alrededor con sospecha, en busca del origen del mi voz.
“Acoso es una palabra fuerte y muy fea.” Dijo, su voz era tan sensual como la recordaba. “Yo
prefiero “determinación”.”
“No puedes ser arrestado por “determinación”.” Respondí, y ella se rió.
“Claro que puedes.” Dijo. “Tengo la foto policial de la semana pasada para probarlo.”
Joder. Roslow no tenía que arrestarla, sólo asustarla. Tampoco es que importara. No es que
hubiera funcionado. Verónica Frasier se había presentado en la puerta de mi casa todos los días
durante el último mes. El único momento que tuve un respiro fue cuando pasó la noche entre rejas
por “determinación”.
“Venga, Spade. Al menos escúchame. ¿Qué es lo peor que podría pasar?”
Todo.
Cualquier cosa.
Tamborileando mis dedos en el panel, miré a la pantalla. Para ese momento, ya había
memorizado exitosamente cada centímetro de su cabeza. Conozco el sonido de su voz a través del
altavoz y como su risa reverbera pero aún tengo que verla cara a cara. La curiosidad, como
mínimo, es suficiente para hacerme acceder a sus palabras.
Cuando Verónica se presentó por primera vez, me deshice de ella con facilidad. Cada vez que
volvía a venir, echarla fuera de mi casa y mi cabeza se hacía más complicado. En algún punto,
empecé a tener ganas de oír el timbre o tener que apagar la alarma. Después de sacarla de la
propiedad por tercera vez, empecé a investigar un poco. Realmente, no había mucho más que
descubrir acerca de Verónica Frasier. La mayoría de mis resultados eran lo que ella ya me había
contado el primer día, que era que ella acababa de convertirse en una productora que estaba
intentando hacer que su programa de entretenimiento despegara. Si no conseguía un buen índice de
audiencia, la cadena iba a cancelar su programa y ella tendría que empezar de cero otra vez.
Necesitaba un invitado que pudiera capturar la atención del público y le diera acceso a traer a
más estrellas de primera categoría.
¿Quién mejor que el soltero billonario y extraordinaria estrella de rock Spade?
Aunque me mantenía público para seguir siendo relevante, hacía más de quince años que no
daba una entrevista.
No desde…
Antes de que el recuerdo pudiera hacerse presente, me desprendí de esos pensamientos. El
pasado era el pasado. Tenía que parar de desenterrar mierda antes de que me volviera loco.
“Tiene razón, ¿sabes?”
Tensándome, miré por encima del hombro a Paul. Estaba de pie a pocos metros de distancia,
con los ojos pegados a la pantalla, mientras los pensamientos se le cruzaban con rapidez por la
cara.
“¿De qué cojones hablas?” Gruñí. “¿No fuiste tú quien me dijo que me deshiciera de ella la
primera vez?”
Paul me miró y se encogió de hombros. “Eso fue antes de que tu álbum no se vendiera tanto.
Tienes una nueva generación de fans ahí fuera. No estaría de más enseñarles tu cara un poco.
Recordarles quién eres y por qué te quieren.” Asintió en dirección a Verónica. Ella aún estaba
hablando, pero la ponía en mute por costumbre, así que no conocía los detalles. “Además, ella
necesita visibilidad. Tendrás más control sobre la historia de lo que tendrías si fuera Rolling
Stone o Cosmo.”
Tenía razón.
Otra vez.
Mi ultimo álbum, Revival, no salió tan bien como esperábamos. No necesitaba el dinero, pero
nunca fue por el dinero. Hasta donde la memoria me alcanzaba había sido conocido como el
Príncipe del Rock and Roll. Si no tenía mi música, no tenía nada. Me negaba a que me dejasen en
la cuneta un puñado de pequeños bailarines de Disney Channel que cantaban canciones melódicas
de cachorritos y brillo de labios.
Eso no era música, eso era un anuncio cantado sobre medicación para el acné.
Después de un momento de duda, apreté el interfono.
“Tienes diez minutos. Haz que valgan la pena Frasier.”
Le di acceso y me entretuve viendo como se quedaba parada en shock, claramente asombrada
durante varios preciosos segundos antes de entrar corriendo. Le llevó unos minutos llegar a la
puerta del apartamento y para el momento que tocó tímidamente a la puerta, alertándome de su
presencia, yo empezaba a arrepentirme de mi decisión.
Respirando profundamente, fuí a coger el pomo sólo para parar en el último instante. Mierda,
esto iba a ser más complicado de lo que pensaba. ¿Cuándo fue la última vez que hablé con alguien
aparte de Paul? Mi familia se lavó las manos conmigo hacía años y las fans nunca fueron
conversadoras fascinantes. Todos mis “amigos” eran operarios de la industria. Mantenía las
distancias con esos capullos a no ser que necesitara un cuerpo caliente al lado del que posar para
los paparazzi. Empecé a notar como la agitación se me arremolinaba pero la corté.
Esto es sólo otra actuación. Un público de sólo una persona seguía siendo un público.
Abrí la puerta.
No estoy seguro de qué esperaba. Quizás que pareciera tan tozuda e irritante como había
demostrado ser, incluso en la distancia. No esperaba que pareciera una canción hecha persona.
Estaba sonrojada, el aire fresco trajo un brillo a su cara que generalmente tenía una luminosidad
más bien pálida. La luz del sol resaltaba su tono cobrizo en su pelo castaño, mostrando diferentes
tonos de fuego. Lo llevaba recogido en un moño en lo alto de su cabeza, algunos mechones
traviesos estaban sueltos rizándosele en la sien y en sus mejillas. Tan pronto como se abrió la
puerta me miró, sus ojos color castaño abiertos con sorpresa y placer. Un lado de su boca se
levantó revelando una media sonrisa arrogante, como si no hubiera estado segura hasta ese
momento de si la iba a dejar entrar o no. Era extraña y claramente preciosa. Una ninfa del bosque
que sostenía un iPhone 8 en sus nerviosas manos.
Verónica era más pequeña de lo que parecía por el interfono. Casi diminuta. Llevaba un
pantalón ancho gris y una blusa suelta verde. Sus pechos eran pequeños. Su cintura era estrecha
como un reloj de arena que terminaba en una cadera ancha. Cuando caminó delante mío, haciendo
un esfuerzo por no estar demasiado cerca al adelantarme, miré hacia abajo para entrever su culo.
Redondo. Dos mitades perfectas. Botaba un poco con cada paso que daba, y la lujuría me
sobrevino con rapidez e intensidad, como dos puñetazos rápidos que me dejaron sin respiración
momentáneamente.
El aroma de melocotones asados y manteca de nuez me rodeó cuando pasó por mi lado y esa
mano se agarró a mis entrañas con sus garras. Apretando los dientes miré a Paul pidiendo ayuda,
sólo para encontrarlo mirándome sin apenas esconder su diversión.
“Estoy tan contenta de que finalmente hayas accedido a hablar conmigo.” Estaba diciendo, con
la voz aguda por la excitación. Mientras hablaba estaba observando la habitación, sus ojos iban de
un extremo del vestíbulo al otro. Documentándolo todo en su cabeza. “No te arrepentirás.”
Claramente confiada, se giró con las manos en las caderas y asintió con aprobación.
Dudoso, la miré de arriba a abajo y levanté una ceja.
“Es un poco tarde para eso.”
Parte de su seguridad desapareció de su cara y escaneó el espacio otra vez. “Tú… vas a
hablar conmigo, ¿verdad? El sheriff no va a salir de detrás de ninguno de esos cuadros horteras y
arrestarme ni nada parecido, ¿no?”
Con la lujuria olvidada momentáneamente, la miré y me puse recto.
“Mis cuadros no son horteras.” Eran un poquito horteras, pero me costaron más que los años
de Universidad que nunca hice.
“Ahá.” Dijo, con expresión neutral. Sin decir nada más empezó a teclear en su teléfono.
“¿Qué estás haciendo?” Demandé dando un paso adelante
Verónica se encogió de hombros de forma poco entusiasta, se giró y empezó a deambular hacia
el pasillo.
“No mucho.” Quizá intentó transmitir calma, pero falló. “Sólo tomo algunas notas. Para la
posteridad.”
“Posteridad.” Murmuré por lo bajini y mire a Paul. “Posteridad.” Acusé y caminó hacia mí
para darme una palmadita en el hombro.
“La he oído, hermano.” Aclarando su garganta emepezó a caminar hacia la puerta que aún
estaba abierta. “Creo que me voy a ir.” Dijo, todo ansioso para desaparecer ahora que me había
convencido de dejar entrar a Doña Parlanchina con su “absolutamente riguroso” gusto para el arte
en mi casa. “¿Estás bien?”
“No.” Le dije. “En realidad no estoy bien.”
“Genial.” Paul me sonrió y me levantó un pulgar, claramente sin prestarme ninguna atención.
“Perfecto, Spade. Buena suerte con tu entrevista tío, lo vas a hacer muy bien.”
Mis ojos se estrecharon. “Te vas.” No era una pregunta. Debió darse cuenta de mi tono de voz,
pero sólo movió su cabeza con falso remordimiento.
“Necesito hacer algunas cosas. ¿Me llamas esta tarde?” Antes de que pudiera responder, se
había ajustado un sombrero imaginario como despedida y había salido por la puerta. Miré a la
puerta cerrada hasta que escuché el distintivo sonido del cristal por arriba.
“No toques nada.” Solté las palabras entre mis dientes apretados y un segundo después
Verónica sacó su cabeza por el vestíbulo, pareciendo molesta.
“No te preocupes, no he roto nada.
“Te he dicho que no tocaras-”
“Pues, estaba pensando que podríamos esbozar un contrato básico hoy y podría pasarme
mañana con la copia final después de que la hayan revisado mis abogados.”
La mire fijamente, sin pestañear durante unos buenos treinta segundos. ¿En qué mierda me
había metido? La tendría que haber dejado fuera. Encender los aspersores pronto …otra vez. O
llamar a la policía …otra vez. Pero por alguna razón, no odiaba completamente la idea de tenerla
aquí. Su franqueza era extrañamente refrescante. Era agradable hablar con una mujer que no me
mirara como si hubiera colgado la luna en el cielo. Interactuar con Verónica era… normal.
Me venía bien un poco de normalidad.
Verónica cambiaba su peso incómodamente de un lado al otro y me di cuenta tarde de que la
había estado mirando demasiado tiempo. Mi silencio absorbió cierto aire de sus velas.
“¿Dónde está tu amigo?” Preguntó, y me encogí de hombros antes de cerrar con pestillo la
puerta. Otro visitante era lo último que necesitaba.
“Cinco minutos.” Le recordé.
Sus bonitos ojos se abrieron de golpe.
“Dijiste diez.” Sonó tan indignada que estuve tentado a sonreir. En lugar de eso crucé los
brazos en mi pecho y la miré.
“Has perdido los cinco primeros insultando mis gustos.”
Se avergonzó. “¿Si me disculpo podemos empezar de nuevo?”
Negué con la cabeza y me dirigí al comedor indicándole que me siguiera con un gesto hacia la
habitación toda blanca. Sofas blancos, alfombras blancas, un centro de mesa color crema y una
pantalla plana. Incluso las decoraciones eran blancas. Mi diseñador de interiores dijo que las
líneas claras y las telas inmaculadas eran como un lienzo en blanco para mi creatividad. En
general sólo me hacía pensar en estar deslumbrado por la nieve. La zona era demasiado perfecta.
Cada vez que entraba en ella me sentía como un extraño en la casa de otro. Pero como los cuadros
del vestibulo, como casi toda la decoración de esa casa, mandaba un mensaje.
Cuando eres famoso siempre hay que mandar el mensaje correcto.
El comedor no era mi espacio favorito. Miré a Verónica por encima del hombro para
confirmar que a ella le gustaba aún menos. Su nariz estaba arrugada con desagrado y sus hombros
cayeron hacia adelante cuando se sentó en el sofá.
“¿Algo de beber?” Le pregunté yendo derecho al bar que estaba en la pared. En contraste con
todo el blanco, había puesto licor color ámbar y marrón chocolate. Una parte antigua, salvaje de
mí quería manchar esa perfección. Volcar un vaso tras otro hasta que mi comedor de estrella
pareciera la escena de un crimen.
Moví mi cabeza.
Eso era el antiguo Spade.
El nuevo Spade estaba demasiado ocupado preguntándose cómo sería la extraña mujer
desnuda sólo para causar el caos.
Un “Estoy bien, gracias.” Llegó a mis oídos y yo me encogí de hombros.
“Tú te lo pierdes.” Lamenté, sirviéndome un chupito y bebiéndomelo. Dios, que bien quemaba.
Las palmas de mis manos ansiaban echar otro, y quizás un tercero, pero en lugar de eso puse con
cuidado el vaso y la botella de vuelta y cerré mis dedos en puños en ambos lados. Mi centro me
dolía. No de hambre por esa carne esta vez, sino de ambición. Afortunadamente, el tiempo me
había enseñado como ignorar esos deseos. Desafortunadamente, no era suficiente para deshacerme
del deseo por algo más fuerte.
Me giré, me apoyé en el bar y la miré con curiosidad.
“Tres minutos.” Dije, y ella inspiró fuertemente.
“¿Qué hay acerca de que vuelva a empezar?”
Accedí con un asentimiento de cabeza. “Está bien.” Dije. Tampoco es que hubiera llevado la
cuenta. Sólo me gustaba desconcertarla. Además, ya estaba dentro de casa y lo que había dicho
Paul seguía en mi mente. “Sorpréndeme.”
“El programa se llama Nombre Encendido. Ya me han aprobado una temporada de doce
capítulos pero el piloto tiene que ser bueno, sino nunca veré el segundo episodio.
“¿Cómo has conseguido eso?” Usualmente el piloto tiene que ser bueno antes que la cadena se
comprometa a una temporada entera. Se sonrojó ante mi pregunta, su cuello y su pecho estaban
completamente rojos con vergüenza. “Tengo mis recursos.”
No se le daba bien el crear una atmósfera misteriosa, pero valoré el esfuerzo. En respuesta a
su cruel falta de respeto a mis cuadros antes, no me mordí la lengua.
“¿“Recursos” te refieres a la ayuda de papi o “recursos” te refieres a la ayuda de papi?”
Cuando se le cayó la mandíbula con asco, levanté la mano para prevenir cualquier negación.
“Genial, déjame adivinar. Tu padre es el propietario de la cadena y tú te prometiste hacerlo por ti
misma en lugar de aprovechar su reputación.”
Verónica se inclinó hacia delante y se llevó una mano al pecho.
“¿Cómo lo sabías?” Preguntó. Antes de responder preferí sentarme delante de ella y guiñarle
un ojo. Nos miramos durante un instante antes de que ella pusiera los ojos en blanco y se echara
para atrás resoplando.
“¿Investigador privado?”
“Google.” Clarifiqué. ¿Para qué contratar a un investigador privado cuando la página de
Wikipedia de los Frasier era el primer resultado que aparecía?
“Eso es un poco invasivo, ¿no crees?” Preguntó con rigidez.
Me reí. “Me lo dice la mujer con una fotografía policial. Estabas escuchando a todo volumen
la banda sonora de The Sixteen Candle en mi casa de la piscina hace dos semanas. Claro que te he
buscado en google.”
Verónica pareció perder un poco de intensidad. “Te pido disculpas por eso.” Dijo. “Aún
estaba molesta por los aspersores.”
Mentalmente me pegué una patada. Era buena. Jamás me había sentido culpable por hacer la
vida más difícil de las mujeres que me acosaban. Para todo hay una primera vez supuse.
“¿A quién tienes dirigiendo?” Pregunté. Un cambio de tema venía bien, pero me di cuenta de
que también estaba ciertamente interesada. Volvió de su melancolía casi inmediatamente.
“Quinten Jones.”
Silvé mi aprobación. Jones era grande aquí en L.A., él era el nombre que había detrás de
varios de los reality shows en televisión mejor valorados. Si él estaba a bordo, ella ya tenía la
mitad de la batalla ganada.
Verónica se retocó el pelo, claramente contenta de haber conseguido impresionarme. “Hace
pocos días Lee Dunham fue contratada como presentadora.”
Dunham era una estrella del pop que se estaba haciendo mayor y una madre soltera. No tenía
la influencia de Jones, pero sabía manejar una audiencia y a sus cuarenta y cinco su culo era lo
suficientemente firme para hacer rebotar una moneda, asumiendo que no se le había quedado
atrapada en su escote prominente al lanzarla. La gente la adoraba cuando aún era una adolescente
ultrasexualizada y ahora contaba con un culto leal que la seguía desde una infinidad de lugares.
Sólo quedaba una cosa más.
“¿Dónde está el guión?” Verónica se mordió el labio pero no alardeó. En lugar de eso rebuscó
en su bolso su iPad, puso la contraseña y me lo pasó. El guión estaba ahí mismo esperando, como
si ella hubiera sabido desde el principio que accedería. Leí las primeras páginas para el piloto en
silencio. Mi nombre no estaba en esa copia, pero fui capaz de hacerme una idea de las preguntas
que me harían. Dunham me entrevistaría, responderíamos algunas preguntas del público, tal vez
jugar a algún juego para demostrarle a la gente de casa que ambos éramos personas normales y
cercanas, y bla, bla, bla. Todo parecía bastante estándar, lo cual era bueno.
Estándar era familiar.
Estándar había superado el test del tiempo.
La audiencia entendería estándar.
Este proyecto era la forma ideal para Verónica para ganar un poquito de experiencia. La idea
que había detrás era tan genérica que, de hecho, a no ser que tuviera unos invitados realmente
espectaculares, el programa se hundiría durante la primera semana.
“¿Tienes un presupuesto?” Devolviéndole el iPad, me preparé para lo peor. Una producción
así, especialmente con Dunham y Jones a bordo, no sería barata. Los Frasier eran propietarios de
los estudios Blue Moon, pero si Verónica estaba intentando crearse su propia fama fuera de la
influencia de papi, seguramente no estaría dispuesta a usar su herencia para financiar un salto de
fe. Sospechando todo eso, casi esperé que apartara la mirada con culpabilidad.
“¿Frasier?” Cuando sus labios sólo se tensaron como respuesta, salté. “¡Ronnie!”
Verónica se alisó el pantalón por todo el muslo pero evitó mirarme. Después de un instante de
lucha contra las arrugas del pantalón, se aclaró la garganta.
“Esperaba que consideraras asociarte conmigo como una inversión.”
“Ah, ¿ahora seremos socios?” Pregunté divertido. “Pensé que sólo me necesitabas para el
piloto.”
Su sornisa estaba manchada de autodesprecio.
“Eso era antes de que pidieras dinero.”
“¿Tu socio con toda esa gente con quien tienes deudas?”
Cuando no respondió al instante, moví la cabeza y me levanté. Verónica se tensó anticipando
malas noticias, incluso su cara reflejó su decepción. La miré y no pude evitar darme cuenta del
leve camino de pecas que tenía en el puente de la nariz. Sus labios eran anchos, el superior algo
más mullido que el inferior. Quería inclinarme y pasar mi lengua por toda esa suave carne rosada.
Descubrir si sabía tan bien como olía.
“Está bien.” No sabía lo que iba a decir hasta que las palabras empezaron a salir de mi boca.
Verónica se echó para atrás en su asiento, claramente tan sorprendida por mi aceptación como yo
lo estaba.
“¿En serio?”
“Completamente en serio.”
Torció un poco la cabeza hacia un lado y el deseo de inclinarme, de morder, de tomar y
apropiarme se revolvió bajo el autocontrol que lo limitaba. “No podré pagarte.” Me avisó. “Al
menos no al principio.”
“Me he dado cuenta de eso.” Me encogí de hombros y le tendí una mano. Ella la aceptó,
permitiéndome ayudarla a levantarse. “Pero si sales conmigo mañana por la noche, me doy por
compensado.” La oferta fue tan inesperada como mi voluntad de ayudar, pero no me retraje. El
programa podía ser beneficioso para ambos o un desastre absoluto. En cualquier caso, la idea de
pasar más tiempo con Verónica Frasier era una tentación que quería explorar.
Tendría que haber dicho que sí.
Esperaba un sí.
En lugar de eso me sonrió ampliamente y me dio una palmadita en la mejilla.
“Oh”. Dijo. “Gracias, pero no gracias.”
Fue tranquilamente hasta la puerta de entrada, con pasos fuertes y una confianza absoluta.
“Me pasaré mañana con el contrato.” Dijo sin girarse. “Te veo mañana, socio.”
Para cuando conseguí poner en orden mis pensamientos, ya no estaba. Jodidamente genial.
Estuve intentando deshacerme de esa mujer durante semanas, pero al segundo que decido que vale
la pena tenerla alrededor va y desaparece. No estaba seguro si quería estrangularla o besarla, y
cuando giré para dirigirme al estudio, el sonido de su voz estaba en mi cabeza como una canción
que aún no estaba listo para olvidar.
2
Verónica
“¿CÓMO HA IDO ?”
Me recliné en el sofá y me coloqué los pepinos que acababa de cortar el último minuto en
cada ojo. Los cojines se hundieron y me coloqué en un lado cuando mi hermana se sentó en un
extremo.
Suspiré. Sonó como como una exhalación de paciencia y sufrimiento.
“No estoy en la cárcel y tú tienes que redactar un contrato Abigail. ¿Cómo crees que ha ido?”
Reajusté mis pepinos, que habían empezado a resbalarme por la cara cuando ella se sentó, e
intenté ignorar su suspiro de desaprobación.
“No es a lo que me refería y lo sabes.”
Mi frente se quiso arrugar, pero la mascarilla de barro que llevaba puesta no lo permitió.
Tenía razón. Sabía perfectamente a lo que se refería. Mayoritariamente porque se había pasado
casi un mes comiéndome la cabeza con eso. En lugar de responder al instante, ondeé una mano de
forma evasiva.
“No me voy a acostar con Spade.” ¿Cuántas veces tenía que repetírselo para que le entrara en
la cabeza? Mi boca se torció hacia abajo sin que yo pudiera evitarlo. Por primera vez esas
palabras no sonaban completamente ciertas. Como si hubiera perdido la convicción en algo que en
otra ocasión era indiscutible.
“Pero Ron,” Abby empezó, y yo casi podía imaginarme la intensidad en su cara. “Es Spade.”
La forma en que dijo su nombre implicaba que incluso el pensamiento de llevar ropa interior
cerca de ese hombre bordeaba el sacrilegio. Estaba acostumbrada a que hablara de ese modo y
pasé la mayoría de nuestras vidas pensando que era una idiota.
Después le conocí.
Y ahora no podía evitar pensar que quizás hubiera tenido razón todos estos años.
Aún así…
“No me voy a acostar con un hombre con el que has estado obsesionada desde que tenías
dieciséis años Abigail. Es asqueroso.”
“Sólo escúchame.” Intentó de nuevo. “Tienes un pie en la puerta. Yo no. Estoy dispuesta a ser
buena persona y dejar que tú…” Se recolocó en su sitio. Lo sabía porque se notó en todo el sofá.
“Ya sabes.”
Me quite los pepinos de los ojos y me senté de tal forma que pudiera mirarla.
“¿Qué?” Se puso una mano en el pecho como si se hubiera ofendido con mi censura. “Para
esto están las hermanas. Cuando te quisiste teñir el pelo morado pero no sabías si te iba a quedar
bien, yo fui la que se sacrificó. ¿Por qué? Porque te quiero aunque seas egoísta. ”
“Estamos hablando de mi vagina Ab. No de un paquete de tinte y tres zumos.” Le recordé.
“Vivir experiencias la una a través de la otra era divertido cuando estábamos en la adolescencia
pero ya no aplica ahora que rozamos los treinta.”
“Dices eso porque no lo has intentado. Mira, siempre has estado dispuesta a saltar al vacío.
Ahora voy a necesitar que le saltes a él encima.”
La miré y ella me devolvió la mirada sin remordimiento alguno.
“¿Has dicho la expresión saltar al vacío específicamente para poder decir luego “saltarle a él
encima”?
Cuando sólo sonrió como respuesta puse los ojos en blanco y me levanté del sofá. Ahí
desaparecía toda mi relajación después de un largo día. Desde el día en que la capulla me sacó de
la cárcel no paraba de verla. Aunque era imposible saber si su repentina habilidad se debía a que
finalmente había cerrado su último caso o si era porque finalmente había habido cambios en la
situación con Spade. En cualquier caso, estaba empezando a arrepentirme de haberla contratado
como mi abogada.
Bueno “contratar” era un término que no se adecuaba teniendo en cuenta que le pagaba con
chocolate y abrazos. Dios, si no fuera tan encantadora habría quemado mi herencia sólo para
pagar favores ya.
Toqué los bordes de mi mascarilla con cuidado mientras iba a la cocina. Aún estaba húmeda
pero se secaría rápido. Cada movimiento de mi expresión abría un montón de grietas en forma de
telaraña en la superfície de la arcilla. Al menos un tratamiento facial le devolvería el brillo a mi
piel que las noches sin dormir habían conseguido quitarme. Entre dar vueltas en la cama, subornar
a su personal de seguridad, comprar ropa nueva y equipamiento electrónico después del desastre
de los aspersores, y devolverle el dinero de la fianza a mi hermana, Spade se ha apoderado de mi
vida de forma efectiva.
“Hemos hablado de esto Ab.” Dije, sirviéndome otro whisky y preguntando con una ceja
levantada si a ella le apetecería uno también. Consintió. “Voy a mantener las cosas estrictamente
profesionales. Los solteros guapos son un territorio peligroso en Hollywood. Será
complicadísimo esconder mi asociación con papá fuera de la luz pública como está.”
“Tienes conexiones Ronnie.” Sacudió la cabeza cuando le di el vaso y nos volvimos a sentar.
“No es algo de lo que avergonzarse. Mucha gente lo utilizaría en su favor.”
Otra vez, mi gemela de mentalidad más práctica tenía razón.
Podría utilizar el nombre Frasier para abrir cualquier puerta que quisiera. Pero la idea de
hacer eso me ponía enferma.
“Tú no lo hiciste.” Le recordé mientras miraba al frente. Abby repitió mi suspiro de antes y me
agarró la mano libre.
“Eso no es enteramente cierto.” Me respondió suavemente. “Entré en Harvard porque era una
Frasier, pero me gradué la primera de mi clase porque soy una jodida barracuda. Tú podrías hacer
lo mismo. Di tu nombre para crearte tu plataforma y después deja que tu talento y trabajo duro
hablen por sí mismos.”
Tomando un largo sorbo de mi bebida a través de la pajita que le había puesto, resoplé.
“No es tan sencillo.” Dije. “Tú te metiste en leyes. Ser la heredera de Producciones Frasier no
impresionará a un juez o afectará a un caso. Desde el principio la gente esperará de mí que llegue
a donde llegó Papá y su legado. Si no soy mejor de lo que fue …de lo que es, entonces yo…”
Mi voz se apagó, pero Abby pareció entender, su respuesta fue una mueca. Un movimiento en
falso, un susurro de algún escándalo, y me etiquetarían como un fracaso y una decepción sin ni
siquiera haber tenido la oportunidad de abrir mis alas. Los paparazzi se acercarían como pirañas
en una piscina con sangre, y los tabloides y canales de entretenimiento esparcirían mis restos con
orgullo por todo el territorio de Estados Unidos. Alguien me dijo una vez que toda publicidad era
buena publicidad y era cierto …hasta cierto punto. En realidad, sólo la buena publicidad era
buena publicidad. El mundo te quería hasta que abruptamente dejaba de hacerlo. Una actriz podía
ser la favorita de América un minuto pero si tomaba una mala decisión en cuanto a relaciones o
decía lo que no debía, arremeterían contra ella como si fuera el enemigo público número uno.
Una situación de la que era casi imposible deshacerse.
Crecer siendo famosa me enseñó cómo llevar la tormentosa ola de la opinión pública como
un surfero en medio de una tempestad. Escalar cuando iba para arriba y cuando la cresta
empezaba a curvarse bajo tus pies, hacer un esfuerzo por pasar desapercibida en aguas más
calmadas hasta que fuera seguro volver a adentrarse. Luchar contra la ola, o aún peor, no prestarle
atención a su movimiento, te haría volcar. Y entonces o te ahogabas o te golpeabas contra las
rocas sin que nadie te viera.
El final era siempre el mismo.
Una vez la violencia se había acabado y las aguas se habían templado, no quedaría nada que
probara que habías estado allí. Desvanecerse en la oscuridad era el primer regalo de la muerte
que los famosos experimentaban. Cualquier otra cosa era simplemente ir dando tumbos en la otra
vida buscando el propósito que perdiste.
Pensar en todo lo que estaba en juego hizo que se me tensara la mandíbula. Podía notar la
sensación de grima de uñas en una pizarra a través de mis dientes rechinando, pero estaba muy
agitada para pararlo. A Papá le encantaría verme retorcerme así. Verme preocupada era su
pasatiempo favorito después de plantar un puñetazo en mis entrañas o arrancarme mechones de
pelo por malas notas o no haber hecho cosas en casa.
Abby fue lo suficientemente afortunada como para ir a vivir con nuestra madre cuando
nuestros padres se separaron, así que el abuso terminó pronto para ella. Aunque vivir con una
maníaca egocéntrica enganchada a las pastillas debió presentar sus propios retos. Nadie sabía que
nuestros padres no eran la poderosa pareja que aparentaban ser. Así como nadie sabía que
Michael Frasier era un cabrón maltratador tanto física como mentalmente que llevó a su esposa
emocionalmente insegura a que le prescribieran pastillas.
Lo cual, ciertamente, no era demasiado complicado de hacer.
Era imposible saber si mi madre, Debbie, siempre fue una mujer de poca voluntad o fue el
matrimonio lo que la llevó a eso. Lamentablemente no vivió lo suficiente para que pudiera
descubrirlo. Siempre esperé que Papá la siguiera en sus pasos y eligiera la vía rápida hacia la
otra vida, pero con cincuenta y seis años el médico de la familia dijo que estaba más sano que
nunca. Saber que quizás me sobreviviría era suficiente para que me despertara con sudores fríos
muchas noches.
Ya era suficientemente malo que quizás tuviera que terminar usando su nombre para cumplis
mis sueños.
No. No podía dejar que eso ocurriera. No iba a permitirlo. Necesitaba a Spade y ahora le
tenía. ¿Y qué si no era lo que había esperado? Si el Spade adulto había sido una sorpresa, era sólo
porque había ido allí esperando el chico fiestero, enfadado y rebelde que había definido su
imagen en nuestra juventud. El bomboncito sarcástico, gruñón y extrañamente atractivo que me
abrió la puerta haría mucha mejor televisión. Y lo más importante, sería mucho más fácil para mí
manejarlo.
“¿Qué dijo Spade del guión?” Preguntó Abby. No me engañaba con esa expresión tan casual.
Puede que tenga una cara de poker espectacular cuando está en el juzgado, pero cuando se trata de
su ídolo de la adolescencia, se convierte en una idiota colorada.
Mientras creciamos, mi hermana forraba las paredes con posters de Spade. Incluso dormía
bajo una manta con su cara durante el instituto, y fue la presidenta de su club de fans durante un
año y medio antes de irse a la universidad. Habíamos sido inseparables durante tanto tiempo, que
cuando se fue a vivir al campus me quedé destrozada. Lo único bueno es que no había mucho
tiempo para ser una superfan mientras estabas estudiando derecho en Harvard, y ella se graduó
con su amor hacia la estrella del Rock más controlado, aunque no apagado.
“No pareció tener ninguna reacción al respecto ni para bien ni para mal.” Me encogí de
hombros. “Siendo honesta, me llevé la impresión de que lo estimó adecuado pero no
impresionante.”
Abby asintió demasiado rápido. “Lo sabía.” Dijo. “Te dije que le presentaras algo más
dinámico, pero no, tenías que ir sobre seguro.”
La miré con desdén, ignorando que mi mascarilla se rompió por varias partes y pequeños
pedazos de arcilla seca llovieron en mi regazo. “No hay nada de malo en ir sobre seguro.”
“Seguro es aburrido. Todo el mundo va a por lo seguro. Si quieres destacar, vas a tener que
asumir riesgos. Así es como consigues audiencia.”
Es muy complicado sorber con furia con una pajita, pero de alguna forma lo conseguí.
“Trabajé mucho en ese guión.” Murmuré. Contratar a un escritor hubiera sido más sencillo
pero también hubiera costado dinero y me estaba quedando sin favores. “Además, como mi
abogada no deberías aconsejarme cautela ¿o algo así?”
“La cautela se puede ir a tomar por culo. Estamos hablando de Spade. Ese pez ya ha mordido
el anzuelo, más te vale que no se te rompa el sedal.”
Genial. La había reducido a metáforas de pesca. No es que la culpara. Abby estaba tan
implicada en esto emocionalmente como yo. Quería verme tener éxito tanto como yo sino más, y
me ayudaba felizmente con cualquier cosa que necesitara saber sobre Spade. De hecho, Abby era
la razón por la que pensé en irle a buscar a él desde el primer momento. Cualquier cosa que ese
hombre tocaba se convertía en oro. Anuncios, organizaciones caritativas, líneas de moda, colonia
de hombre. Estaba metido en un montón de asuntos y su valía neta ascendía a billones. A eso
añádele el hecho que había estado fuera del ojo público el tiempo suficiente para ser misterioso y
era exactamente lo que necesitaba para mi programa. Los contactos de Abby en el club de fans me
facilitaron su dirección y la presidenta actual me dio un par de consejos sobre cómo gestionar al
guardia de seguridad de turno.
Si hubiera querido asesinarlo hubiera sido alarmantemente sencillo, pero afortunadamente
para Spade todo el mundo en los Estados Unidos le quería como a un hijo/hermano/amante/mesías
musical. Lo peor que podía ocurrirle era que sus fans filtraran fotos de él desnudo para quienes le
seguían. Después de conocerle cara a cara, dudé que ese tipo de cosas le fueran a pasar.
Pensar en Spade desnudo fue un error.
Durante más de una década esos ojos ámbar estuvieron rompiendo corazones por todo el
mundo. Con sus abundantes pestañas, su pelo rubio rizado y su amplia y mullida boca, siempre
había sido dolorosamente guapo. Había sido modelo de pequeño y su imagen era tan familiar
como la mía. El hombre de trenta y cinco años, estaba en su mejor momento y aún hacía más la
boca agua que cuando empezó su carrera musical con diecisiete años.
Aún recuerdo el caos que desató cuando hizo una sesión fotográfica para su primer álbum sin
camiseta y con los tejanos a medio abrochar. Abby se convirtió en un manojo de nervios sin
respiración, y el resto de miembros del club de fans y ella direccionaron la imagen durante meses
después de que saliera. Aunque era guapo entonces, la edad le hizo madurar de una manera que me
dejaba sin aliento cada vez que pensaba en él, incluso horas después. Sus pómulos y mandíbula
siempre fueron prominentes pero la vida se ha llevado la dulzura en ellos hasta que parecieron
cincelados en mármol. Su belleza había sido un arma, algo que conquistar.
Estos días la intensidad había sido templada con la sombra de crecimiento alrededor de su
boca y su mentón, de tal forma que parecía menos un arcángel vengador y más un villano retirado
de Hogwarts. Llevaba el pelo más largo que nunca, rozándole la nuca y rizándosele en la frente,
casi hasta las cejas. Durante nuestra reunión de media hora, se pasó la mano por el pelo más de
una vez, un hábito del que no conseguía deshacerce. Había un silencio en él, una introspección que
no había notado antes. En la televisión Spade siempre había sido intocable. Un ser divino
dignándose a caminar entre los mortales.
Spade siempre había sido Spade.
Ahora, me sorprendía a mí misma preguntándome cuál sería su nombre real.
What did he do in his free time? What sort of books did he read? Did he sit in the open
roofed garden in the middle of his home when the sadness in his gaze became overwhelming?
Or was the garden for show and I was just reading something in him because I felt it within
myself? It was impossible to know for sure. What I did know was that the urge to reach out and
replace his fingers with my own had been so strong I’d had to occupy my hands with my phone.
Taking notes for posterity was better than admitting that I wanted to cup his jaw within my palm
and sooth the exhaustion I could glimpse in the bags beneath his eyes.
¿Qué hacía en su tiempo libre? ¿Qué tipo de libros leía? ¿Se sentaba en su terraza con jardín
en el medio de su casa cuando la tristeza en sus ojos se le hacía demasiado? ¿O el jardín era sólo
de decoración y yo estaba viendo algo en él porque lo había sentido dentro de mí? Era imposible
de saber. Lo que sí sabía era que la urgencia de acercarme y enredar sus dedos con los míos fue
tan fuerte que tuve que ocupar mis manos con el teléfono. Tomar notas para la posteridad era
mejor que admitir que quería tomar su mandíbula con mis manos y acariciarla hasta que se borrara
ese agotamiento que había visto en las bolsas bajo sus ojos.
Esto era una locura.
¿De verdad estaba desarrollando un interés por Spade? ¿Con una sola reunión? Estaríamos
trabajando muy de cerca las próximas semanas. Si una reunión había tenido el poder de
inquietarme tanto, entonces, ¿qué pasaría cuando estuviera a mi alrededor de forma regular?
El pensamiento era estremecedor.
Spade era como un tigre enjaulado. Algo salvaje y peligroso que había sido temporalmente
adiestrado para el entretenimiento humano. Incluso saber que podía terminar mordida no era
suficiente para disuadir el deseo de poner mi mano entre las barras.
Enredarme con Spade era un “no” por más de una razón. Dejando a Abby a un lado, si los
paparazzi nos pillaran juntos, cualquier proyecto en el que estuviera envuelta quedaría
completamente desacreditado. ¿Cuál era el sentido de separarme de Papá y su influencia en
Hollywood si simplemente iba a reemplazarlo con Spade? No sería Verónica Frasier la novedosa
productora, sería Ronnie, la novia de Spade. La mitad más famosa de una pareja era la que se
llevaba el foco de atención, mientras que la otra persona palidecía en la nada. Ninguno de mis
logros iba a importar al final porque sería todo gracias a los hombres famosos de mi vida en lugar
de mis propias habilidades.
Me di cuenta de que estaba pensando en nosotros como si fuéramos una pareja pero no podía
aguantarme. Si hubiera ni tan solo una posibilidad de que pasara algo entre la estrella del Rock y
yo, tendría que ser permanente. No una noche de locura. No un rollo casual. Si no los paparazzi
me delegarían a un ligue y groupie. Ser acusada de llegar a la cima acostándome con gente era
equivalente a suicidio profesional. No importaba cuanto lo negara por mi parte no convencería al
público de la verdad, y ser vista con Spade en cualquier cosa que no fuera en lo profesional, era
la excusa perfecta para los columnistas de actualidad empezaran a vibrar.
Sabiendo que mis razones para decir que no a la cena eran válidas no hacía que no me sintiera
mal al respecto. Aunque no fuera una fan a muerte como Abby, no se podía negar su inherente
atractivo sexual. Tendría que estar muerta para que esos ojos marrón ámbar no fueran nocivos
para mi autocontrol. Levantándome abruptamente, puse mi vaso a un lado.
“¿A dónde vas ahora?”
“Tengo que lavarme la cara.” Respondí delicadamente y me fuí antes de que pudiera decir
nada.
En el baño, el agua fría fue un alivio en mi piel. Me ayudó a aclarar mis pensamientos y
cuando terminé de limpiar los restos de mi mascarilla pasé a estudiarme en el espejo.
Pecas, pelirroja, pestañas gruesas pero tan pocas que casi no contaban.
Papá solía decir que tenía del muñeco Michelín. Gorda y pálida. Abby y yo éramos idénticas
en muchos sentidos, pero ella siempre fue más delgada y más alta que yo. Cuando crecí me
forzaron a asistir a galas de premios y fiestas de actores con Papá y si no llegaba a sus estrictas
expectativas de apariencia lo pagaba muy caro. Lo intentaba, aunque solía fallar casi siempre,
pero no me importaba. Me gustaba trabajar fuera de escena. Ser una estrella y caminar por la
alfombra roja no estaba en mi camino, y me llevó años comprender que no estar delante de los
focos no significaba que no existiera o que no importara.
Me preguntaba si a Spade le habían enseñado algo similar.
Shaking my head, I pushed away from the sink and tossed my used rag in the dirty clothes
basket. That reminded me. I needed to do laundry so I’d have something professional to wear
when I went to go see Spade in the morning. Abby should be finishing up the details soon and
that would give me enough time to read through it and sign before going to bed. I hoped Spade
wouldn’t bring up dinner again. It was doubtful though. Guys like him were used to getting what
they wanted and ‘no’ was often seen as a challenge to be overcome. I wasn’t ready to be seen as
a challenge to Spade. I had no doubt that he would be more than capable of ‘overcoming’ me
and I wasn’t sure I’d mind if he did.
Moviendo la cabeza, me alejé del lavabo y tiré el trapo que había usado a la cesta de la ropa
sucia. Lo cual me recordó que tenía que hacer la colada si quería tener algo profesional que
ponerme cuando fuera a ver a Spade por la mañana. Abby debía estar acabando con los últimos
detalles y me daría tiempo de leerlo todo y firmarlo antes de irme a la cama. Esperaba que Spade
no sacara el tema de la cena otra vez. Aunque lo dudaba. Los tíos como él estaban acostumbrados
a obtener lo que querían, y un “no” era habitualmente comprendido como un reto que superar. No
estaba preparada para que Spade me viera como un reto. No tenía ninguna duda que sería más que
capaz de “superarme” y no estaba segura de si no me importaba que lo hiciera.
3
Spade
MI PUÑO golpéo el robusto cuerpo de la bolsa de boxeo con fuerza suficiente para lanzarla a
ondear. Debía retirarme un poco, desacelerar, pero no podía. Golpeé la bolsa una vez y otra vez y
otra vez hasta que los músculos de mis hombros gritaron y mi respiración me atraviesa el pecho
como 1000 cuchillos. Cuando la bolsa volvió hacia mí la golpeé por instinto, mis puños volaban y
mi pierna se arqueaba hacia fuera en una patada que hubiera roto huesos si hubiera tenido
oportunidad.
The violence was satisfying. It fed something deep and dark within me that I didn’t like to
acknowledge outside of my sparring room. Sometimes it tried to peak out, but I crushed it
ruthlessly. Reminding myself over and over again of what had happened the last time I’d let it
have free reign. I watched the bag swing, an air of defeat about it, and forced myself to take a
step back. I’d already been working out for an hour and if I didn’t pace myself then I would
keep going until exhaustion brought me to my knees.
La violencia era satisfactoria. Alimentaba una parte profunda y oscura de mí que no me
gustaba encontrar fuera de la sala de boxeo. Algunas veces se intentaba asomar, pero la aplastaba
sin compasión, recordándome sin parar qué ocurrió la última vez que le di rienda suelta. Vi como
la bolsa volvía a venir hacia mí con un aire de derrota y me forcé a dar un paso atrás. Ya había
estado entrenando durante una hora y si no me controlaba no iba a parar hasta que el agotamiento
me hiciera caer de rodillas.
Normalmente dejaba que la oscuridad me invadiera y saliera de las profundidades durante
algunos días para poder ser capaz de respirar mejor con su constante presencia en mi pecho. Pero
no había tiempo para eso hoy. Verónica iba a llegar pronto y aún tenía que ducharme.
Con su pensamiento me quité los guantes y me arrastré hasta donde tenía mi teléfono y mi
toalla. Miré qué hora era mientras me limpiaba el sudor de la cara y el cuello y solté un taco. Eran
las 8:50am. Le di mi número a Verónica antes de que se fuera, y me escribió ayer por la tarde para
decirme que el contrato estaba listo y que vendría hoy a las 9:00am. Como si mis pensamientos la
hubieran conjurado, sonó el timbre de la puerta.
“Joder.” Mis dedos se tensaron alrededor del teléfono, pero respiré profundamente y me forcé
a calmarme. De acuerdo. Tenía que saltarme la ducha. No era tanto drama. Me tiré la toalla
encima del hombro y me dirigí a la entrada principal caminando cuando lo que quería era correr.
No debería estar tan contento de ver a alguien, pero era imposible refutar la forma en que mi
corazón saltó en mi pecho ante el pensamiento de estar en la misma habitación que ella otra vez.
Me pasé la noche soñando con ella y con sus labios. Dulzura cuando no solía haber nada
esperándome tras mis párpados cerrados que no fuera violencia, sangre, y un antiguo
remordimiento como leche agria.
Hacía el poder dormir… complicado.
Pero entonces, después de una sola reunión con Verónica, el sonido de su voz y los tonos
cobrizos de su pelo le habían ofrecido un alivio temporal a mi infierno autoinflingido. Era como la
luz del sol y el fuego del hogar. Le di un vistazo a la pantalla de seguridad pero no me paré a
investigar más que eso antes de darle acceso a la entrada.
Cuando abrí la puerta me di cuenta que había cometido un error.
No era Verónica quien me esperaba y ver a Gabby otra vez fue como un puñetazo en el hígado.
El aire se escapó de mis pulmones y mi sangre se volvió fría.
“¿Qué coño estás haciendo aquí?” Pregunté sin preámbulos. Gabby sonrió, torciendo la boca
de forma poco sincera y tensa.
“Hola a ti también, Spade.”
“Ya te he pagado este mes.” Gruñí, con los puños cerrados en mis costados mientras se me
revolvía el estómago.
Hizo un mohín y yo miré hacia otra parte. Gabby siempre había sido adorable. La cicatriz que
deformaba la piel sobre su ojo derecho no lo cambiaba. Durante estos años le había pagado tanto
dinero que se podría haber arreglado la cara diez veces. Pero a mi exmujer le gustaba restregarme
la prueba de mi monstruo interior demasiado para quitársela. “¿Quién dice que estoy aquí por
dinero?” Contestó suavemente y mi estómago se cerró.
“Estoy cansado de estos juegos Gabrielle.” Salté. No la había vuelto a llamar Gabby a la cara
desde la noche que finalmente se despertó en el hospital. Nos hacía demasiado daño a los dos.
“Ambos sabemos que no deberías estar aquí. Lo que te dije la última vez iba en serio.”
Su expresión cambió y negó con la cabeza.
“Me lo debes.” Dijo. “Aún sueño con nuestra noche de bodas y lo que me hiciste. El dinero no
es suficiente para compensarlo y lo sabes.”
“¿Entonces? ¿Entrar y salir de mi vida sin aviso unas cuantas veces al año es terapéutico para
ti? ¿Te ayuda a pasar página saber que no soporto mirarte a los ojos? ¿Te gusta hacer que se me
salten las putas lágrimas cada vez que me dejas una de tus malditas fotos?” La rete, mirándola de
nuevo. “¿Qué sacas de verme? Nada. Sólo echar sal a una herida abierta y me he cansado de
jugar.” Justo después de nuestro divorcio, Gabby hizo todo lo que pudo para evitarme. Hace
algunos años, mis contribuciones mensuales a su cuenta bancaria dejaron de apaciguarla y empezó
a aparecer con sus regalos perversos.
“Nunca olvidaré lo que me hiciste y tú tampoco deberías poder hacerlo.”
¿La peor parte?
Estaba totalmente de acuerdo con ella.
No me gustaba verla en persona, pero el intercambio parecía revitalizarla de forma inversa.
Con mis palabras, Gabby se ponía toda recta, la rabia y el rencor nublaban lo que si no serían
unos inmaculados ojos azules. Con un quejido me dio de malas maneras un sobre muy familiar.
“Está bien.” Dijo finalmente. “Te voy a dejar en paz por ahora, pero no dejaré que te vuelvas a
olvidar de mí. No voy a irme y desaparecer Spade. No me importa cuanto desees que lo haga.”
Hice una mueca de pena. Odiaba cuando me llamaba de esa forma. Spade era la estrella del Rock,
el chico que posaba para Playgirl y prendía fuego a Lamborghinis robados por diversión. Spade
solía ser mi realidad, pero ahora sólo era una imagen.”
Una máscara de la que no me podía deshacer y que estaba aterrorizado de quitarme.
¿Quién era sin él?
¿Quién era con él?
La respuesta no era una que me interesara examinar de cerca. No teniendo delante de mí a
Gabby que intentaba aguantarse las lágrimas. Mi garganta se tensó y agradecí cuando finalmente se
giró para irse. Se subió al coche y estaba saliendo de la entrada cuando Verónica aparcó fuera de
la puerta. La abrí para que pudiera entrar, observando a ambas mujeres desde la seguridad de mi
entrada. Sus coches pasaron uno al lado del otro y yo me quedé aguantando la respiración,
aterrorizado por si Gabby decidía parar el coche o girar y enfrentarse a Verónica de alguna
manera. Pero no. No hubo ningún drama.
Sus heridas estaban sólo en exposición para mí. De alguna manera lo agradecía. Podría haber
ido a los tabloides con su historia en cualquier momento. Incluso con el dinero no acababa de
entender por qué no lo hizo. La amenaza siempre estaba ahí y muchos días no hacía más que
preguntarme cómo sería todo si lo hubiera hecho. Si le dijera a todo lo mundo lo que había hecho.
Todo lo que había construido se haría pedazos. Se presentarían cargos contra mi, los blogs online
y los clubs de fans me crucificarían.
Nada sería lo mismo.
Casi lo ansiaba. La destrucción de todo lo que siempre había conocido y que aún luchaba
duramente por proteger. Podría seguir castigándome hasta el día que muriera, pero la culpa
siempre estaría ahí. Sincerarme sería casi un alivio en ese sentido. Nada que esconder, nada de lo
que huir, nada de lo que mentir con cada una de mis respiraciones.
“¿Spade?”
Salí de mis pensamientos, sorprendido de ver a Verónica a menos de treinta centímetros de mi.
Parecía preocupada y me forcé a sonreír, arrugando el sobre en mi mano aunque sus ojos cayeron
a él para tomar una nota del mismo. Mi mente se revolvió y Spade volvía a estar ahí. Haciendo
notar su presencia con una practicada sonrisa de admiración.
“Buenos días, preciosa.” Ronroneé, y le guiñé el ojo. A diferencia de otras mujeres a las que
había saludado así, Verónica no se sonrojó, soltó un gritito o sonrió de vuelta. Su mandíbula se
aflojó y parpadeó, claramente sorprendida. “Pasa.” Incluso mientras pasaba delante de mí,
mirándome incrédulamente, me sorprendió que hubiera notado el cambio en mi actitud. No mucha
gente lo hacía. Mi intención había sido la de calmar sus sospechas acerca del sobre pero me
imaginaba que las había exacerbado. Caminando detrás de ella, me apenó, pero volví a conectar
con mi personalidad de escenario. Amigable, abierto y sin culpa. Ese era el objetivo.
Tiré mi toalla sobre la mesa del vestíbulo y seguí a Ronnie hacia el comedor. Estaba en trance
observando la figura de su culo y la forma en que se movían sus caderas bajo la tela holgada de
sus pantalones de harén, no me di cuenta en ningún momento de que me había hecho una pregunta
hasta que se paró para formularla una segunda vez.
“¿Querías una copia del guión o te va bien sólo con el contrato?”
Me encogí de hombros y me senté.
“¿Qué te parece si hacemos una lectura en frío?”
Me gustaba la manera en que la piel entre sus cejas se arrugaba cada vez que me fruncía el
ceño.
“¿Disculpa?”
“Alumno de auditorio. Comprendo mejor las cosas cuando las escucho en alto y viceversa. Es
como me preparo un papel o aprendo una nueva canción.”
“¿Y quieres hacer una lectura en frío ahora?” Sonaba incrédula y yo casi sonreí. La Verónica
con sospechas era casi tan intrigante como la Verónica orgullosa.
“Estoy a punto de firmar un contrato comprometiéndome a un piloto. Me parece el momento
perfecto para hacer una prueba.”
Poniendo los ojos en blanco Verónica finalmente se sentó. Rebuscando su iPad entre el
contenido de su bolso pausó cuando chasqueé la lengua y negué con la cabeza.
“Sólo tienes una copia, cariño.” Le recordé. “Vas a tener que sentarte mucho más cerca que
eso.”
No le dije que podía fácilmente enviármelo por e-mail y yo lo vería en mi teléfono.
Aparentemente, mis palabras la aturdieron tanto que no se le ocurrió una alternativa, y después de
murmurar unos cuantos insultos, se estaba acomodando a mi lado en el sofá biplaza. Lo
suficientemente cerca para que yo pudiera ver la pantalla en su mano, pero no lo suficiente para
que nuestros muslos se tocaran. Lo cual estaba bien. El calor de su cuerpo ya era tentador de por
sí y su aroma me envolvía. Llenando cada uno de mis sentidos hasta que prácticamente podía
saborearla con la lengua. Se colocó un rizo detrás de la oreja y su pequeña lengua rosada salió
para humedecer su mullido labio inferior. Casi no pude reprimir un gemido pero de alguna manera
me las ingenié para no cerrar la minúscula distancia entre nosotros. Tenía suficiente munición para
que mi imaginación trazara los detalles que mi lengua y mis manos querían definir con el máximo
realismo posible.
“¿Cuándo te diste cuenta de que querías cantar como profesión?”
Me tensé automáticamente. Para alguien que había acordado ser entrevistado, no me gustaba
especialmente responder preguntas. Al menos leerlas me prevendría de ser pillado por sorpresa
delante de las cámaras.
“Siempre me ha gustado la música.” Era una respuesta lo suficientemente simple, aunque no
toda la verdad. En realidad, la música era algo que llevaba en la sangre. Era como una droga. El
subidón perfecto era cantar por primera vez la letra de una canción y oír el sonido de mi propia
voz puro e inalterado haciendo eco en el estudio.
Verónica me miró, claramente esperando más. Siendo tozudo, mis labios se sellaron y
Verónica puso los ojos en blanco y fue a la siguiente pregunta.
“¿Qué artistas te han inspirado más?”
“Yo mismo.”
Hubo un momento de silencio tenso y después puso su iPad a un lado.
“¿Vas a ser así de seco durante toda la entrevista?”
“Estoy intentando prepararme.”
“¿Te estás preparando para ser un capullo reticente?”
Solté una risa y de repente era capaz de sonreír por primera vez esa mañana. Era fácil
olvidarse de Gabby y su sobre con Verónica mirándome tan enfadada que podría escupirme.
Demasiado fácil.
“Practicando se mejora.”
Sus labios se tensaron y sus mejillas se tiñeron.
“¿Por qué accediste a hacerlo si no te lo vas a tomar en serio?”
Esta vez respondí de inmediato.
“Porque te quiero a ti.”
Verónica me miró, en silencio por el momentáneo shock antes de reírse. Un estallido de sonido
nervioso mientras evaluaba mi expresión buscando signos de falsedad. Como era de esperar, no
encontró ninguno, y se quedó boquiabierta. Tenía la impresión de que Verónica no solía quedarse
sin palabras y aproveché su lapsus mental antes de que tuviera oportunidad de recuperarse.
“¿Ya lo has reconsiderado?”
Negó con la cabeza y frunció el ceño.
“No voy a ir a una cita contigo.”
I crossed my arms over my chest and smirked when her gaze traced the play of muscles in
my arms and chest. Her eyes fell to my stomach and lower and my cock stirred in interest. She
must have seen the twitch because she looked up at my face with all the fleet-footed guilt of
something small, furry, and adorable.
Me crucé de brazos por encima del pecho y sonreí de lado cuando su mirada trazó la línea de
los músculos de mis brazos y mi pecho. Sus ojos cayeron a mi estómago y más abajo y mi polla
tuvo un espasmo del interés. Debió ver el movimiento porque levantó la vista hasta mi cara
expresando culpa como los ojos de un cachorrito peludo y adorable.
“Ya lo veremos.” Un lado de mi boca se elevó y mi descarada confianza empezó a hacerse
presente. ¿Cuándo fue la última vez que flirteé con una mujer? Hacía décadas, honestamente.
Cuando me hice famoso, mucho flirteo dejó de ser necesario. Como si por cada cero en mi cuenta
corriente, las bragas de las mujeres bajaran un centímetro automáticamente. No quiero decir que
todas mis parejas sexuales hubieran sido cazafortunas y groupis, pero las suficientes lo fueron
como para hacer que realmente esforzarme fuera algo del pasado. Me gustaba el reto de Verónica.
La pregunta. Quería encontrar la respuesta a ella y ver qué otros secretos escondía. Se aclaró la
garganta y yo me recliné en el asiento, todos los pensamientos sobre Gabby se estaban
desvaneciendo como restos de un mal sueño.
“¿De dónde sacas la inspiración para tus canciones?”
Puse los ojos en blanco y me miró.
“¿Qué?”
“¿Todas las preguntas son tan…” Moví la mano buscando la palabra. “Parece que me esten
entrevistando para el periódico del instituto.”
Verónica dejó el iPad a un lado y puso las manos en su regazo. Cada movimiento era lento y
cauteloso y me dio la impresión de que estaba intentando contenerse de darme un bofetón.
“Esto es el calentamiento.” Fue su breve respuesta. “Si estas preguntas son demasiado
inmaduras para ti tengo otras más complicadas.”
“Dispara.” La reté, completamente esperando una pregunta sobre mi último álbum o esa
modelo con la que rompí el año pasado.
Me estudió, repiqueteando el dedo índice en su labio inferior hasta que se dignó a hablar.
“Desapareciste de la vida pública hace años.” Empezó. “Había un montón de rumores a tu
alrededor acerca de abuso de drogas y una mujer misteriosa. ¿Me puedes contar algo de eso?”
Mi cuerpo se congeló y la sangre se drenó de mi cara.
“Paso.” Mi mandíbula estaba tan tensa que me dolía y Verónica asintió.
“Eso es lo que pensaba. ¿Entonces quieres preguntas crudas o trocitos de algodón?”
Esperé un momento y entonces, “La música siempre encuentra la forma de llegarme. No va
tanto de tener una idea sino de permitir que la canción se forme orgánicamente.”
Asintió y continuamos hablando durante otra media hora, ella lanzaba una serie de preguntas
relativamente fáciles para ver como de bien respondería. Hice algunas sugerencias y a partir de
ellas Verónica pudo hacer algunos ajustes y cortes. Trabajamos hasta que establecimos un diálogo
agradable.
Para cuando estábamos a medio guión, ella sonreía.
“Eso será todo.” Dijo brillantemente. “Voy a afinarlo un poco para que no parezca ensayado
cuando lo filmemos. Todo lo que tienes que hacer es ser tan encantador como siempre y todo irá
sobre ruedas.”
Verónica se puso de pie y yo me levanté con ella. Joder. No quería que se fuera. Aún no. Pero
no había forma de remediarlo. Apreté los puños, y me di cuenta de que aún estaba sosteniendo el
sobre. Verónica estaba diciendo algo de reunirnos con el director y el resto del equipo esta
semana, pero yo no la estaba escuchando. Mi parte de la pre-producción estaba esencialmente
hecha y eso significaba que no había ninguna razón para que Verónica volviera. Ninguna razón
para que ella saliera de su rutina para verme.
Ese pensamiento me llenó de una emoción que no estaba preparado para ponerle nombre.
Estiré mi mano libre y le agarré la muñeca. Mis dedos estaban envolviendo suavemente su muñeca
y mi pulgar acariciaba la delicada piel del lado interno. Había una antigua cicatriz marcando lo
que si no sería una superficie inmaculada. Podía sentir sus bordes rígidos bajo mi dedo y sabía
antes de encontrarme con sus ojos que ella había sentido que yo la había notado. Inspiró
rápidamente y yo estaba tratando de ignorar la forma en que los extremos del sobre se me estaban
clavando en la palma de mi otra mano como castigo.
O como aviso.
“¿Te has lanzado a la piscina alguna vez?” Pregunté, frunciendo el ceño ante ese pensamiento.
Su risa era nevriosa. Reveladora.
“¿De qué estás hablando?” No intentó soltarse y apartar el brazo y le dio un escalofrío que lo
llenó de suaves bultitos. Los observé por un momento antes de caer en las profundidades castañas
de su mirada.
“Todo lo que hago es tomar riesgos.” Musité. “Tomo decisiones en un segundo. Sigo adelante y
espero que salga bien. Espero que al final del día, cuando me lanzo al salto de fe, que el aterrizaje
no me rompa nada. La mayoría del tiempo acabo cayendo, ahogándome…” Levantando su mano,
busqué su rápido pulso. Puse mis labios sobre él e inhalé la esencia de su piel profundamente en
mis pulmones hasta que estuve intoxicado del mismo. Quería repasar su cicatriz con la punta de la
lengua pero ya estaba temblando ante mi. “¿Sabes lo que veo cuando te miro?” Pregunté.
Negó con la cabeza y mi bestia interior rugió, hambrienta de más. La empujé hacia abajo y me
puse recto.
“Veo una oportunidad de tierra firme.”
Su respiración se escapó deprisa y la solté. Estaba tan perturbado como ella por mis palabras
y la verdad en ellas. Puede que incluso más que ella. ¿Qué cojones estaba pensando? Después de
ver a Gabby, el romance debería ser lo último que se me pasara por la cabeza. En lugar de eso, la
presencia de mi exmujer me hizo más determinado a encontrar algo parecido a la esperanza. A la
felicidad. Había pasado los últimos años castigándome. Confinándome en la oscuridad por temor
a lo que la luz podría mostrar. Debería haber evitado a Verónica, pero en lugar de eso quería
disfrutar de su calidez y olvidarme de las sombras aunque fuera solo un momento.
Retrocediendo un paso, me giré dejando atrás la expresión asombrada de su cara.
“Te veré mañana a las ocho.” Le dije. No hubo respuesta y yo no esperé para obtenerla. “Ponte
algo cómodo. Ya sabes cómo salir.” Me fui dando zancadas, con la intención de darme una ducha y
poder quitar la mancha que la presencia de Gabby había dejado en mis pensamientos. A pesar de
cómo había empezado el día, por primera vez en mucho tiempo me sentía esperanzado.
Casi… ¿feliz?
Ahí estaba esperando que no me dejara plantado.
4
Verónica
MIERDA
Mierda
Mierdamierdamierdamierda.
No tenía nada que ponerme
¿Cómo coño era eso posible?
Tenía casi treinta años. Había ido de compras literalmente cientos de veces. ¿Cómo en el
nombre de los siete reinos de Poniente podía no tener nada que ponerme? Llegados a este punto ni
siquiera necesitaba el vestido negro estándar. Estaría satisfecha con un pantalón de chándal con la
palabra Jugosa estampada en el culo con brillantitos si eso significara que finalmente había
encontrado algo que no hiciera que con mis michelines parecieran la foto del antes en un anuncio
de un centro de planificación parental. Gimoteé y caí de rodillas dentro de mi vestidor. Con el
culo al aire y las medias intentando agarrarse a mis caderas.
Inútil.
Era una inútil.
“¡AAA-BII!”
Mi lloriqueo estaba silenciado por una pila de ropa en la que me estaba intentado asfixiar,
pero el sentido gemelo de mi hermana debía haber estado trabajando horas extras porque apareció
corriendo en la puerta del vestidor unos segundos después.
“No estoy segura que el tanga color palito de caramelo sea la mejor opción, pero me gusta tu
espíritu.”
“¿Es esta la razón por la cual no he echado un polvo en tanto tiempo?” Murmuré, esperando
ahogarme con la faja del gimnasio que tenía contra la cara. “¿Por qué todo lo que tengo es una
mierda de segunda mano?”
“No hay nada de malo en las cosas de segunda mano.” Dijo Abby dulcemente. “¿Pero
esencialmente? Sí. Te vistes como nuestra abuela si nuestra abuela no se hubiera muerto de vieja.”
“Joder.”
“Tienes suerte de que te quiera.”
Ante sus palabras giré la cabeza lo suficiente para verla entre mi pelo.
“¿De qué cojones hablas?”
“He traído refuerzos, cari.” Puso en alto una Louis Vuitton repleta hasta el borde de ropa.
Respire con alivio y me senté tan deprisa que me subió la sangre a la cabeza.
“Eres una salvavidas.” Solté y ella sonrió.
“Lo sé.”
VISTE CASUAL.
Al final fui sobre seguro e hice exactamente eso, a pesar del número alarmante de camisetas
transparentes o de red que mi hermana había traído como repuestos. Llevaba un vestido de verano
amarillo que había comprado años atrás. Aunque descolorido resaltaba el rojo de mi pelo y le
daba un cálido contraste a mi piel más bien pálida. No sabía qué esperar pero las ocho llegaron y
pasaron y aunque había estado mirando por la ventana, no había rastro de Spade por ningún lado.
“Maravilloso.” ¿En qué pensaba? ¿Qué Spade iba en serio en lo de salir conmigo? Ese
discursito que me había soltado antes era bonito, pero el tío se dedicaba a escribir. Tenía sentido
que supiera endulzarte el oído. Quizás no quería otra cosa que confirmar su irresistibilidad.
Gilipollas.
Después de todo, tenía la cara como el muñeco de Michelín y no había echado un polvo desde
el 2009 mientras Spade iba rompiendo con modelos en viajes de fin de semana a París. El tío
estaba tan fuera de mi alcance que ni siquiera tenía gracia.
Me escocían los ojos y mi cuello y mi pecho estaban encendidos. ¿Era vergüenza, dolor o
decepción que me llevó a las lágrimas? Probablemente una mezcla de las tres. El peso combinado
de todo parecía que me aplastaba las costillas y corrí a la cocina a por un vaso de agua,
agradeciendo haber convencido a Abby de que se fuera pronto.
A Spade le atraían las rubias guapas con mucho dinero. No las soñadoras con traumas
emocionales que vivían de sueldo en sueldo. Me acordé de su casa y sus muebles jodidamente
caros mientras miraba a la grieta del linóleo en mi suelo de la cocina. Mi calefacción casi no
funcionaba en invierno, pero Papá dilapidaba un par de miles de dólares por día en cenas y
eventos sociales cada semana. El hombre quería que me denigrara por una herencia que
seguramente no pensó en dejarme de todos modos y el recuerdo de como de cerca estuve de
hacerlo algunas veces me hacía apretar los dientes.
Que le jodan.
Y que le jodan a Spade también.
Ambos estaban cortados por el mismo patrón. Fuí una idiota al pensar que Spade pudiera ser
diferente de los hombres de la indústria en la que había crecido. Simplemente era más bueno
escondiéndolo. Dejé el vaso de un golpe encima del mármol de la cocina sólo para pausarme,
confundida por el profundo murmullo en mis oídos.
Blinking, I glanced towards the living room window as the wind outside abruptly shifted
stillness to gale-force winds. I heard the tree in the front yard creak ominously and I rushed to
the front door, throwing it open just in time to catch sight of the helicopter lowering onto the
front lawn.
Parpadeando, miré hacia la ventana del comedor mientras el viento fuera cambiaba
abruptamente de quietud a vientos huracandos. Escuché el árbol del jardín delantero crujir
severamente, y corrí hacia la puerta de entrada abriéndola con fuerza para ver como un
helicóptero aterrizaba en mi jardín delantero.
“Oh shit.” The propellers were so fast that they were a blur. Wind whipped the loose debris
from yard and shot it across the street. Lights up and down the length of my otherwise quiet
suburban street started to come on one by one as the ruckus woke the neighbours.
“Mierda.” Las hélices iban tan rápido que eran un borrón. El viento levantó la suciedad del
jardín y la lanzó disparada a la calle. Las luces de arriba y abajo de la calle a las afueras, que
generalmente era tranquila, empezaron a encenderse una a una cuando el ruido despertó a los
vecinos.
A través del cristal curvado del helicóptero, Spade me saludó con la mano y los ojos se me
salieron de la cara.
“Mierdamierdamierdamierda.”
No me paré a coger mi bolso o revisar mi pintalabios. Cuanto más tardara más tiempo habría
un puto helicóptero en mi jardín. ¿Cómo se las ingenió para maniobrar a través de los árboles de
la calle? ¿Cuándo se había sacado Spade la licencia de vuelo? Este era el tipo de mierda que
tendría que haber cubierto en su entrevista.
Aunque no hubiera esperado jamás que me recogiera en un helicóptero, aún si supiera de su
capacidad de pilotarlo. Mi última cita me hizo pagar la mitad del Uber que nos llevó a
O’Charley’s para nuestra primera y única cita. No estaba en absoluto preparada para Spade y
notaba como me estaba poniendo nerviosa incluso cuando se inclinó a abrirme la puerta del
acompañante. Me subí, sujetándome el pelo con una mano para intentar que los mechones no me
volaran en la cara. Cuando estiré el brazo para agarrar la barra y apoyarme para poder montarme
dentro, perdí el control de mi vestido y mi falda se levantó pegándose a mi cara. Que bien que
hubiera decidido dejarme el tanga del colores de bastón de caramelo. Almenos mi culo estaría
precioso para el deleite de mis vecinos cotillas.
“Toma.” Gritó, y agarré el par de auriculares que me dio. En el instante en que los tuve puestos
el intenso ruido de las hélices murió. “¿Estás lista?”
Su voz estaba en mi oído. Dolorosamente íntimo gracias a los auriculares. Me sonrojé y asentí.
Tenía un pequeño micrófono adjunto a mis auriculares, pero no estaba segura que pudiera confiar
en mi voz en ese preciso momento.
¿Iba la señora Benson a llamar a la policía?
Si me topaba con una queja por ruidos Spade iba a pagar la multa.
Aunque si no se daba prisa en despegar, tendría mayores problemas de los que preocuparme a
parte de si perdía o no mi fianza porque Spade había decidido utilizar mi jardín como pista de
aterrizaje.
Nos elevamos con sorprendente eficiencia. Aunque sabía que debía haber volado aquí, verlo
realmente hacerlo era otra cosa, y no dejaba de estar impresionada.
“¿A dónde vamos?” Grité sin pensar y le vi retorcerse un poco cuando mi voz taladró sus
tímpanos. “Perdón.” Probé otra vez más suavemente.
Me guiñó un ojo.
“Es un secreto.” Debería haberme molestado, pero me distrajo el hecho de que estuviera tan
guapo con ese pelo rubio despeinado y la chaqueta de aviador. No me di cuenta hasta ese momento
de que me gustaban los tíos con uniforme, aunque sospechaba que mi interés tenía más que ver con
que fuera Spade quien lo llevara que con cualquier fetiche con pilotos profundamente oculto.
Nos elevamos más y más y miré hacia abajo para ver como las calles y las casas iban
desapareciendo rápidamente, mi cuerpo se revolvía de la emoción. No me daban miedo las alturas
pero tampoco era una fan. Volar por encima de LA, con las estrellas puestas como un mapa de
carretera para cualquier sueño que hubiera muerto en esta ciudad, era tanto eufórico como
agridulce. La luna era una tímida actriz que se asomaba entre las nubes y Spade nos hizo bailar
grácilmente bajo ella.
Dejé de enfocar mis ojos a las vistas de la ciudad bajo mis pies que abarcaba todo cuanto
podía ver para estudiar a mi piloto. El hombre era un cúmulo de misterios y con cada día que
pasaba con él estaba más y más determinada a descubrir todos y cada uno de ellos.
“¿Cuánto tiempo hace que tienes la licencia?” Manejaba el helicóptero con tanta facilidad que
debía haber estado volando durante años. Aunque Dios sabe cuando habría tenido tiempo de
aprender.
Sus cejas se levantaron con confusión.
“¿Licencia?”
En ese momento la adrenalina pasó de la diversión al pánico. La cabeza me empezó a dar
vueltas y empecé a mirar a mi alrededor en la cabina de mando (¿lo que no eran aviones tenían
cabina de mando?) en búsqueda de un salvavidas o paracaídas. Cualquier cosa que pudiera poner
entre el suelo y yo. Joder si sólo había un paracaídas era capaz de utilizar a Spade mismo. No nos
salvaría pero al menos podría decir que monté a una estrella del Rock antes de morirme.
Se rió y yo salté, sintiéndome culpable.
“Estaba de coña.” Dijo. “Sé lo que es una licencia.” Era complicado no darse cuenta que no
había respondido a mi pregunta, inspiré profundamente y retuve el aire hasta que mis nervios se
asentaron.
Era el momento de probarlo con más delicadeza. “Entonces,” empecé. “¿Esto lo has alquilado
o…?”
Se rió otra vez. Como adoraba ese sonido. Podría escuchar ese murmullo oscuro todo el día.
“Me lo regalaron por mi cumpleaños hace unos años.”
Acomodándome en mi asiento, moví la cabeza. Imagínate. Que te den un puto helicóptero
como regalo de cumpleaños. Una razón más por la que no funcionaríamos. Era mala eligiendo
tarjetas de cumpleaños. No había manera de que se me ocurriera algo como un helicóptero.
“¿Tiene un buen kilometraje?” Pregunté débilmente y él se encogió de hombros.
“Se podría decir que sí. Este es el H155. Es el helicóptero más rápido del mundo.”
Desenfundó una sonrisa radiante como los colmillos de un lobo y cuando me miró sus ojos estaban
excesivamente brillantes. “Vamos a más de 320 kilómetros por hora.” Volvió a mirar hacia
adelante, pero su expresión se me había quedado grabada. “Sin señales de Stop, sin policía, sin
tráfico. Un mundo sin ley.” Gruñó suavemente desde la garganta y de repente algo profundo en mí
se tensó del hambre que Spade desprendía. La satisfacción. Como si pudiera oler mi excitación
creciendo, sus ojos encontraron a los míos y ahí estaba esa mirada de nuevo. La que hablaba del
desenfreno imprudente y placer que sólo puede provenir del caos. “¿La sientes?”
“¿Sentir qué?” Hablaba como un hombre poseído. Como un devoto de una deidad que aún no
estaba segura de si estaba lista para conocer.
“La libertad.” Fue dicho en un suspiro de alivio y lo recibí como una bendición. Me encogí de
hombros porque en ese momento, con Spade a mi lado, lo sentí. Era una criatura arañando las
puertas de mi alma. Un monstruo al que siempre me dio miedo dejar entrar. Spade amenazaba con
abrir esa puerta de par en par con el mundo a nuestros pies y el cosmos girando por encima, yo no
deseaba nada más que dejarle hacerlo.
ERA imposible decir cuánto tiempo estuvimos en el aire.
“El trayecto es tan importante como el destino, Ronnie. Confía en mí.”
No lo hacía pero me había rendido en descubrir a dónde íbamos, así que me puse cómoda.
Pasó una hora, luego tres, y me di cuenta que estaba satisfecha sólo hablando con él. No era que
sólo me gustara el sonido de su voz. Spade tenía una forma interesante de ver el mundo. Me llevé
la impresión de que Spade era como un caballo ansioso por salir pero desesperado por
deshacerse de su jinete. Quería correr tan lejos y tan rápido como pudiera. No se escapaba de
nadie ni se dirigía a ningún sitio. Sólo quería correr, moverse, planear por la excitación de
llevarse al límite.
Le comprendía de una manera que no me esperaba. Era imposible descubrir qué parte de mí
había sido la que había capturado su interés tan completamente, pero para cuando empezamos a
descender, estaba tan acostumbrada a estar sentada a su lado y escucharle hablar de su infancia y
los obstáculos inesperados de su carrera, que no tenía ninguna prisa en bajarme del helicóptero.
Al menos hasta que vi a través del cristal dónde estábamos.
El aire se quedó atrapado en mi pecho mientras descendíamos. A mis ojos les llevó un minuto
adaptarse pero escuché el océano incluso antes de verlo en toda su gloria. Aterrizamos en una
playa, lo bastante separados de las olas para evitar las curiosas corrientes, quería escurrirme de
mi asiento y correr al agua pero antes de que pudiera hacer nada, me agarró de la muñeca para que
me quedara en el sitio.
“Espera a que las hélices del rotor paren de girar.” Dijo calmadamente, y esperamos sentados
unos minutos más. Él no me soltó, el silencio de la cabina se hizo más pesado con todas las cosas
que mi cuerpo me estaba rogando que dijera. No me senté en su regazo, pero tampoco me solté del
agarre, y la idea de sentirlo piel con piel incendió todas mis terminaciones nerviosas. Quería esas
palmas callosas en mis pechos, retorciendo mis pezones mientras gemía en su boca. Quería su
calidez entre mis piernas. En mi boca.
Pero no.
En lugar de eso, lo que tenía era su mano sujetando mi brazo. Era, a la vez, insuficiente y
demasiado.
“Vamos.” Salté. Había estado tan centrada en la sensación que no me había dado cuenta que
las aspas habían parado de rotar finalmente y que el único sonido que había era el de las olas. Me
soltó para que pudiera bajar a la arena y me alegré de que no pudiera ver cómo repasé con la
punta de mis dedos el calor que me había dejado con su mano.
I was wearing sandals instead of heels and I slipped them off, placing them back inside the
helicopter before hurrying to catch up with Spade. He was moving quickly, all of his attention
focused on the dark ocean rising and falling a few yards away. As he moved he pulled his
clothes off and away, dropping them into the sand. Breadcrumbs I couldn’t help but follow.
Llevaba sandalias en lugar de zapatos de tacón, y me los quité, guardándolos de nuevo en el
helicóptero antes de correr para coger a Spade. Se movía muy rápido, su atención se centraba en
el océano oscuro levantándose y cayendo unos metros más allá. Mientras se movía, se empezó a
quitar la ropa, dejándola en la arena. Miguitas de pan que no me pude resistir a seguir.
“¿Qué haces?” Le dije, mi tono de voz se elevó cuando sus manos llegaron a la cintura de su
pantalón. Con mis palabras se giró hacia mí, el viento hacía que su pelo se convirtiera en un halo a
su alrededor. Sin camiseta y con su cuerpo resplandeciente como el mármol mientras caminaba
hacia mí, realmente parecía el ángel vengador con el que lo comparé por primera vez.
Había una parte de mí, una parte mayoritaria, que quería que diera un paso atrás. Empujarlo
cuando me tendió la mano, pero no podía. Lo tenía en sus ojos. Esa mezcla de poder y
vulnerabilidad que derrumbaba cualquier defensa que tuviera. Sus labios se torcieron en una
sonrisa, un hoyuelo apareció, y yo no podía dejar de mirar la cara de un ángel caído. Una
divinidad que se bañaba en pecado de la misma forma que los mortales lo hacen con agua.
Sus pantalones estaban desabrochados y veía sus músculos definidos que llevaron a mis ojos a
su duro pene tenso bajo la tela de sus tejanos. Sus dedos se hundieron en mi pelo y me atrajo hacia
él. Su fuerza hizo que se me secara la boca y el deseo descendió caliente y húmedo entre mis
muslos.
“¿Qué estás haciendo?” Susurré, con la voz ronca al borde de la desesperación.
Miró mi cara en la búsqueda de algo, y lo que fuera que encontrara pareció reforzar su
determinación.
“Recuperar mi vida.”
Confusa, en pánico, negué con la cabeza. Estaba caminando por un precipicio. En un saliente a
punto de caer de cabeza. Esto era un error. Tenía que serlo.
Pero joder, que bien estaba.
“Spade yo-”
Sus dedos se tensaron en mi pelo lo suficiente para proclamar posesión y silencio. Las
palabras murieron en un murmullo, pero ese sonido no tenía nada que ver con miedo.
“Adam.”
Mi cuerpo se quedó quieto y él bajó la cabeza muy lentamente. Tuve tiempo de sobras para
retirarme.
No lo hice.
Debería.
“Me llamo Adam.”
Y con eso me besó y puso mi mundo
completamente
del
revés.
Siempre había sido la Verónica racional, segura. El éxito era algo que conseguí dejándome la
piel. Tuve que ser tenaz. Tuve que ser dura y tener una mente despierta. Tenía que ser mejor que
cualquier hombre a mi alrededor para que me tomaran en serio, especialmente habiendo crecido
bajo la sombra de mi padre.
El romance era un sueño imposible dibujado en vallas publicitarias y anuncios de televisión.
A las chicas como yo no las inundaba la pasión repentina. Sólo era una herramienta para las
tramas de las películas que la indústria había utilizado durante años para facilitar escenas de sexo
en historias que si no cansarían.
No era real.
Hasta que lo era.
Su boca era tan suave como la imaginé que sería, pero su forma de tocar no dejaba lugar a
discusión. No había dudas. No había tiempo. Lo quería todo de mí y lo quería ahora. Nuestros
labios se encontraban en una danza húmeda y escurridiza que hacía que tensara los muslos por
impulso. Estaba temblando tanto que pasó un brazo por mi cintura para mantenerme de pie cuando
ya no podía confiar en mis rodillas. No bajé mis defensas, las destruyó. Me bombardeaba en
búsqueda de sensaciones y yo me dejé llevar con un gemido.
Cuando mis labios se abrieron, su pecho murmuró con un profundo sonido de satisfacción.
Después su lengua estaba dentro de mí y compartíamos el aliento el uno del otro. Me llenó los
pulmones, la cabeza, mi misma piel hasta que me sentí que estaba a punto de estallar. Hasta que mi
única escapatoria estaba en su boca. Mi lengua se encontró con la suya y la temperatura entre
nosotros subió mientras los labios se encontraban con el aviso de dientes amenazantes.
Enredando mis brazos en su cuello gemí y él me levantó del suelo sin alejarse. Mi culo estaba
en la palma de sus manos y mi pecho estaba contra el suyo, mis pezones frotando deliciosamente
la tela de mi vestido. Quería quitarme la ropa. Que mi piel se encontrara con la suya, pero el
nerviosismo apareció dentro de mí, sólo para ser devorado unos instantes después por la lujuria y
el calor.
El estar asustada de a dónde iría esto, o cuánto de lejos dejaría que llegara, sólo conseguía
afilar mi placer. Le dio filos y sus propios dientes. Hizo que estuviera tan contra las cuerdas que
el más mínimo roce de su meñique resbalando entre mis piernas me provocaba descargas por todo
el cuerpo. El mundo giró de nuevo y por un instante no supe si caíamos o estábamos de pie. Todo
lo que sabía era que Spade era lo único sólido que tenía en el mundo, así que me agarré fuerte a él
para el viaje.
No estoy segura de cómo llegamos a la orilla del mar o cuánto tiempo estuvo explorando mi
boca hasta que la primera ola chocó con nosotros. Sólo sabía que entrar al agua fue una sensación
tan natural como respirar. Tan natural como había sido besarle a él. No dudé ni lo pensé. Como
cualquier otro momento de esa noche, fui a donde me llevó el instinto y giré bajo las olas solo con
la mano de Spade en la mía como ancla.
5
Gabrielle
Verónica
NO ME VEO DIFERENTE.
Después de anoche pensé que la agitación en mi mente se me reflejaría en los ojos de alguna
manera. Pero no. Estoy frunciendo el ceño más de lo que lo debería hacer una mujer después de
ser besada como Spade me besó, pero a parte del pelo encrespado por el agua salada, no me
notaba cambios. Seguía siendo la Ronnie de siempre.
La noche de ayer después del beso fue incómoda y con tensión. Al final, me entró la timidez,
no permití que pasara nada más y le pedí que me llevara de vuelta a LA. Al parecer, la playa a la
que me llevó era en alguna parte de Carolina del Sur y para cuando llegamos a California de
nuevo eran casi las cinco de la madrugada. Bajo mi petición, Spade nos llevó hasta su casa y de
allí cogí un Uber.
“No es que no me lo haya pasado bien.”
“¿Entonces qué es?”
Suspiré. “Mira, tu vida es de clase alta y no hay problema. Para ti. Pero yo no quiero ni el
drama ni las preguntas. No estoy diciendo que no nos podamos ver nunca más, pero no más
helicópteros. Si accedo a verte de nuevo tiene que ser informal o si no nada.”
Spade me miró un buen rato después de eso, pero antes de que pudiera responder mi Uber
había llegado. Afortunadamente para mí, pagó mi viaje de vuelta, si no me hubiera dejado unos
cientos de dólares hasta que crucé la puerta de casa mojada y absolutamente hecha polvo. ¿Había
sido demasiado dura? Quería volverle a ver, pero no quería que nadie notara que estábamos
pasando tiempo juntos. Un método infalible de que mi foto apareciera en todos los periódicos
hubiera sido hacer que aterrizara su helicóptero de nuevo en mis flores. Mi deseo por el
secretismo puede que hiriera a alguien como Spade que estaba muy acostumbrado a ser el centro
de atención.
Un anuncio de seguros me sacó de mis pensamientos, suspiré y dejé mi bol vacío a un lado.
Estuve despierta toda la noche y gracias a una reunión matutina en el estudio con el director, no he
podido dormir siesta tampoco. Debería haber estado exhausta, pero estaba demasiado agitada
para dormir. Me puse en pie, miré a mi teléfono encima de la mesita de café y me dirigí a la
cocina a por más patatas fritas.
Debería responder a su mensaje. Había terminado pronto de trabajar así que aún estaba a
tiempo de que nos viéramos para su evento misterioso. Recibir un mensaje sin nada más que un
sitio y una hora había sido muy críptico ya que no reconocí el número, pero sólo Spade podía ser
el culpable. Verle otra vez era mejor que acurrucarme en el sofá a ver películas de miedo hasta
que me traumatizara. A pesar de eso, la idea de estar en la misma habitación que él puede que no
sea la más acertada. Ahora, incluso horas después, mi piel se sonrojaba y mis pezones se
endurecían sólo con el recuerdo de sus labios y su lengua.
La bolsa de patatas se me resbaló de las manos y cayó al suelo, devolviéndome a la realidad.
“Mierda.” Me agaché y empecé a recoger las patatas de barbacoa. Había estado torpe todo el
día y no podía pensar con claridad. Mis pensamientos volvían a Spade. Su imagen era como un
imán y yo era adicta a su piel. Suspiré, pero antes de que pudiera empezar a soñar despierta con
su pene de nuevo, sonó el timbre. Levantándome de golpe, mi cabeza impactó con el borde del
mármol con suficiente fuerza como para hacerme soltar un taco.
No esperaba visitas. Abigail estaba trabajando en un caso y estaría desaparecida hasta que
terminara el juicio. Aparte de ella, no había nadie que me viniera a la mente que fuera a venir a mi
casa tan tarde. Mordiéndome el labio, dudé. Cuando el timbre volvió a sonar, finalmente me
convenció y fui a la puerta.
“¿Hola?” Apoyándome en la puerta y poniéndome de puntillas, utilicé la mirilla de la puerta.
La imagen estaba distorsionada pero vi lo suficiente para cagarme de miedo. Había una figura al
otro lado, cabizbaja y con sus rasgos escondidos bajo una capucha. Sus hombros estaban echados
adelante pero podía adivinar su talla viendo cuanto espacio ocupaba en el porche. Se movió, y yo
me alejé de la puerta con un grito de terror. No ayudó a calmarme cuando la condenada heroína de
la película del comedor repitió mi grito como si se estuviera riendo de mí.
“¿Ronnie?”
Reconocí esa voz de forma inmediata y mi mano cayó de mi boca. Mi cuerpo estaba temblando
con toda esa adrenalina, pero me las ingenié para dar un paso adelante.
“¿Spade?” Dije, incrédula.
“Déjame entrar.”
Obedecí, y pasó dentro cerrándo la puerta detrás de él. Ahora que sabía que era Spade, me
sorprendió no haberlo reconocido antes. Tan pronto como estuvo seguro dentro del recibidor, se
quitó la capucha y me sonrió.
“¿Mejor?” preguntó, claramente refiriéndose a mi queja previa.
Moví la cabeza. “Creo que hay un punto medio entre 007 y asesino en serie.” Dije, nerviosa.
“Encuéntralo.”
A pesar de estar de un humor agrio, cogí su chaqueta y la puse a un lado, disfrutando la
forma en que sus hombros estiraban la tela de su camisa antes de girarme.
Su sonrisa se marchitó pero lo ignore, volviendo a la cocina. Iba a necesitar algo mucho más
fuerte que patatas de barbacoa para pasar la noche, y rebusqué por el congelador hasta que
encontré una botella de vodka medio llena bajo una pila de cenas de microondas.
#VidaDeSoltera
Cuando me giré casi choqué contra Spade. Estaba tan cerca que era complicado no darse
cuenta de cuanto más alto que yo era. Era robusto y fuerte. Mis pensamientos empezaron a
nublarse y moví la cabeza, caminando a su alrededor antes que el deseo pudiera con mi sentido
común.
Otra vez.
¿Pero realmente sería tan malo caer en la tentación? Anoche fue increíble. ¿Por qué no podía
darme el gusto? ¿Pasarlo bien por una vez? Spade era guapo, rico y lo mejor de todo es que no
buscaba comprometerse. Podría ayudarme a terminar con mi sequía y él tendría una conquista más
en su expediente.
Ganamos los dos.
“No.” Pensé firmemente. “Ronnie mala.”
“¿Qué estás haciendo aquí?” Murmuré, amargada conmigo misma así como con él mientras
servía un vaso.
Me miró, pensativo. “¿Te importa compartir?”
Tragué después de la quemazón y negué con la cabeza.
“Nop. No hasta que me digas por qué estás aquí.”
Cogió mi vaso antes de que pudiera bajarlo del todo, tirando de mí hacia él paso torpe a paso
torpe.
“Creo que sabes por qué.” Sus ojos estaban clavados en mí y su mano encima de la mía,
levantó el vaso y se terminó mi vodka. Cuando me soltó casi se me cayó el vaso de mis dedos
nerviosos, pero aclaré mi garganta y de alguna manera conseguí recomponerme. Vampiro. Era
como un vampiro. Si no le miraba a los ojos no podría hechizarme y volverme una idiota babosa.
Mirándole todo el rato, me serví otra copa y me la bebí antes de que pudiera quitármela de
nuevo. Cuando el vaso estuvo vacío lo deslicé por el mármol hacia él y me fui al comedor sin
patatas.
Fui a por comida y volví con un hombre.
¿Cómo coño había hecho eso?
“Si esto es por tu invitación de antes, no estoy de humor.” A pesar de mi falta de sueño eso no
era necesariamente cierto. Spade continuaba atacándome por la espalda y no creía que entendiera
completamente el concepto de discreción. No quería terminar en cualquier restaurante rodeada de
paparazzi.
Se encogió de hombros despreocupado. “Me parece buen plan estar en pijama y ver Netflix.
¿Tienes uno extra en talla XXXL por casualidad?
Lo miré dudosa. “¿Por qué necesitas uno tan grande?” Yo tenía una mediana y me iba ancho. Él
necesitaría una L. Como mucho una XL. Dobló sus caderas y las meneó un poco como respuesta.
“Para que mis partes colgantes puedan moverse.” Me informó. “No nos gusta sentirnos
atrapados.”
Me senté de nuevo en el sofá con un gruñido, molesta cuando Spade me siguió. Esto era culpa
mía. Acampas fuera de la casa de un hombre durante unas semanas y todo el decoro se va por la
ventana. Mirando abajo me avergoncé. Sí. Definitivamente culpa mía. Tenía puesto el pijama de
una pieza de Batman que mi hermana me regaló por navidad. La triste verdad era que no lo
odiaba. Incluso me encantaba la abertura del culo con el símbolo del murciélago estampado. No
era sexy, pero era calentito, especialmente ahora que los días se iban haciendo más fríos y yo era
reticente a poner la calefacción.
Aunque los hombres muy posiblemente no me tomarían en serio llevando eso, era algo a
considerar.
Con una ceja levantada, agarré el mando a distancia y subí el volumen. “No, no tengo un
pijama extra para prestarte.” A mi pesar, no pude resistirme a sonreír ante el pensamiento de
Spade y yo con pijamas a conjunto y minaba significativamente mi intento de estar seria.
Spade sonrió. “¿Significa que puedo quedarme?” Preguntó, sentándose más cómodamente
antes de que pudiera responder.
“No es tan glamuroso como nuestra primera cita.” Le avisé. “¿Estás seguro que no te
importa?” Sólo estaba bromeando a medias. Teniéndolo sentado al lado era imposible no notar la
diferencia en tramos fiscales. Yo llevaba algodón barato de Wal-Mart mientras Spade estaba
vestido con una camisa de seda y pantalones de vestir grises. Me pregunté si había notado la
pintura vieja azul de las paredes o las baldosas rotas en la cocina. ¿Escuchaba la manera en que
las cañerías crujían como huesos? ¿Se daba cuenta de cómo la lámpara al lado de la mesa
susurraba y bajaba la luz mientras la electricidad se tomaba profundos y calmados respiros?
¿Quizás un affair en secreto sería algo bueno? De esa forma no tendría que pasar vergüenza en
la alta sociedad. No había manera que encajara en el mundo de Spade. A penas encajaba en él
cuando era el mío. Nunca podría ser la glamurosa modelo que iba colgada de su brazo como una
decoración de navidad putilla. Era lo suficientemente práctica para darme cuenta que en el mundo
de cotilleo de famosos, ni siquiera hacíamos buena pareja. Yo era pálida y bajita y él era el
bomboncito de América.
Parecería un caso de caridad de “Pide un deseo”.
“¿Qué ocurre?” preguntó, con sus ojos examinando mi cara. Me encogí de hombros.
Normalmente no hubiera dicho nada pero había algo en sus ojos que me llamó a hacerlo. Me
animaban a hacer cosas temerarias, estúpidas, como confiar en él.
“Sólo estoy sorprendida de cómo de distintos son nuestros mundos.”
Frunció el ceño. “¿Qué quieres decir?”
“Bueno, tú vives en una mansión mientras yo vivo en un…” gesticulé con la mano suavemente
hacia mi viejo bungalow entera. Levantó una ceja.
“¿Cuchitril?” Acabó por mí. Mi puño se disparó y le pegué en el brazo. Spade sólo se rió.
“Estaba de coña.” Quitándose sus zapatos, puso sus pies encima de la mesita de café al lado
de los míos para que dos pares de pies taparan la pantalla en lugar de sólo uno. “Adoro tu casa.
Cuando miro alrededor veo partes de ti en ella. Es cálida.”
“Claro, estamos en LA en medio de la sequía.” Salté, pero entendí a qué se refería. Su casa no
parecía Spade. Parecía hecha a medida de la idea del hombre en lugar que del hombre en sí.
Como si un decorador de interiores hubiera venido y diseñado cada habitación como tributo a una
súper estrella volátil. No sabía mucho de Spade pero sabía que cualquier otro hogar que
realmente proclamara suyo, exhibiría su calidez y su creatividad.
“La mansión es impresionante, pero fría.” Que lo admitiera me sorprendió. “No es algo que
hubiera elegido para mí.”
“¿Entonces por qué no lo cambias?”
“Porque es más sencillo seguir aparentando que darle a alguien una razón para que me
diseccione.”
“Más sencillo pero no completamente resistente.” Le recordé. “Después de todo, a mí no me
paró.”
Su expresión se tornó más seria, su mirada se oscureció con una emoción para la que aún no
tenía un nombre. Mi respiración se cortó.
“Me alegro de que no lo hiciera.”
Me levanté abruptamente. “¿Patatas?” Pregunté, mi voz era demasiado aguda y mis ojos se
enfocaban en cualquier parte menos en él. “Estaba buscando patatas antes de que llegaras. Vuelvo
en un segundo.” Entonces corrí. No había otra forma de describirlo. Me fui tan rápido como pude
a la cocina e intenté no mirar atrás a pesar del hecho de que podía notar su atención quemando la
parte de atrás de mi cráneo.
“Espabila, Ronnie.” Susurré, cogiendo comida basura lo más lentamente posible para darme
tiempo a hacer eso. “Te está comiendo la oreja. No lo dice en serio. No hay para tanto.” ¿Cuántas
veces había oído a un actor o a un músico recitar poesía para conseguir lo que querían? Muchos
de ellos eran manipuladores profesionales. Venía con la profesión. Sabían qué decir y cómo
decirlo para hacer que la persona con quien estaban se sintiera el centro de su universo. Solía
pensar que era demasiado lista para creerme las palabras bonitas y vacías, pero ahora estaba
viendo que me equivoqué. Si no tenía cuidado empezaría a creer que Spade me quería para más
que sólo sexo, y ese camino no llevaba a otra cosa que no fuera destrucción y corazones rotos.
De vuelta al sofá, puse el bol entre nosotros para que se mantuviera quieto e intenté
comportarme como alguien con sentido común.
“¿Tu nombre de verdad es Adam?” Mierda. No. No era eso lo que quería decir. Hablar de su
nombre me hizo pensar en el beso y pensar en el beso era lo contrario de “espabilar”. Spade,
como se podía prever, estaba sereno.
“Más o menos. Quizás.”
Cuando sólo le miré, suspiró y prosiguió. “Ya sabes el acertijo: si un árbol cae en el bosque
pero no hay nadie alrededor para oirlo, ¿de verdad ha tocado el suelo? O alguna mierda así.”
“Te has tomado algunas libertades recitándolo, pero sí, lo conozco.”
“Es como eso. Si nadie me llama Adam, ¿sigue existiendo aún?”
Inspiré solemnemente. “Aún existes, Spade.” Hice una mueca cuando me di cuenta de lo que
había hecho. “Quiero decir, Adam.”
Un extremo de su boca se levantó en una media sonrisa, como si no quisiera. “No tienes que-”
“Quiero hacerlo.” Le interrumpí. “Y si te hace sentir mejor, siempre he odiado mi nombre.”
“A mi me gusta Verónica.”
Estaba descaradamente orgullosa de ese comentario, pero intenté ocultarlo.”
“A mí también me gustaría si fuera una fan de los cómics de los 60 y me gustaran los triángulos
amorosos.”
Se volvió a reír y yo brillé bajo ese ruido infeccioso. Estaba mejorando en esto.
“¿Si pudieras cambiarte el nombre a cualquier otro que quisieras, cuál sería?”
Mi respuesta vino sin pensarlo y sin dudar.
“Clarice.”
Parpadeó. “¿Como la de Hannibal Lecter?”
“Soy una cinéfila de terror y hay pocas cosas que me gusten más que un bastardo asqueroso.”
“Espero que no tengas una lata de habas y chianti en la cocina.”
Que Dios me ayudara, moví las cejas como una estrella del porno de los 70. “Para cuando
haya acabado de comerte a ti no tendré espacio para nada más.”
No fue tanto lo qué dije sino cómo…
¿A quién coño quiero engañar? Lo que dije, cómo lo dije y todo lo de en medio era igual de
malo. Poniéndome de pie en un instante caminé deprisa sin mirar atrás. Necesitaba otro chupito.
Algo que me ayudara a sacarme el pie de la boca. La segunda bebida me calmó, me volví a sentar
habiendo entrado en calor, pero en control. Pasamos la siguiente media hora viendo la película,
comiendo patatas y hablando de cualquier cosa que nos viniera a la mente. Cuando la peli se hubo
terminado, Spade alargó su brazo y me robó el mando de las manos.
“No. Elijo yo.”
Me burlé. “¿No eres fan del gore con un poco de sangre?”
Su mandíbula se tensó, su expresión se oscureció y se volvió pensativa. No respondió y a mi
me daba miedo presionarlo así que dejé que el silencio creciera mientras él ponía una comedia y
se volvía a sentar a mi lado. La verdad es que no estaba prestando atención a la tele, ¿pero quién
podía culparme? 90 minutos de trama de mierda, cero desarrollo de los personajes y humor de
payasadas era suficiente para hacer que la mente de cualquier persona deambualara. La película
que eligió era una que ya había visto, pero no dije nada. En lugar de eso, dejé que mi atención
cambiara de la pantalla al hombre que tenía al lado.
Me gustaba su risa. Eso fue lo primero que me vino a la mente. Tenía una buena risa sólida que
te penetraba rápidamente y se te quedaba dentro. Después de nuestra primera reunión, hubiera
dicho que era más bien una persona enfurruñada que sonriente. Ambas expresiones eran igual de
devastadoras, pero el hecho de que le salieran esas patas de gallo en los ojos cada vez que
sonreía me hacía querer volver a besarlo. Muchos famosos se hubieran arreglado el problema.
Una inyección aquí y allí y cualquier signo de humanidad hubiera desaparecido. Era la ruta que
eligió papá y ese hombre podía pasar por alguien veinte años más joven.
El hecho de que Spade mantuviera sus imperfecciones decía mucho de él, y sin pensarlo estiré
la mano y tracé la telaraña de arrugas con la punta de mis dedos. Se congeló a medio reir, pero sus
ojos aún danzaban. Me miraron con la intensidad de un puñetazo en el estómago cuando giró la
cabeza para acunarla en la palma de mi mano. Dios, me recordó a un animal enorme. Demasiado
peligroso para quererlo fácilmente pero que no merecía menos que afecto y devoción. Acaricié su
mandíbula, su barba incipiente mordiendo sutílmente mi piel mientras estudiaba los planos de su
cara.
Sentí como si lo viera por primera vez. No la versión photoshopeada y perfecta de él, pero el
hombre real, masculino, visceral que me aflojaba las rodillas con sólo una mirada. Tracé cada
línea, cada arruga, cada pelo blanco que aparecía de la nada, y cuanto más miraba, más claro lo
veía.
Ahí, en su ceño. En la forma en que no podía sostenerme la mirada demasiado tiempo. En el
color brillante que cubrió sus mejillas. Vulnerabilidad. Incertidumbre. No estaba ni de cerca tan
seguro de sí mismo como hacía ver, e incluso ahora, sentado en mi sofá con los pies sobre la
mesa, no estaba del todo seguro de ser bienvenido.
“¿Qué ocurre? ¿He hecho-”
“Adam.” Hice de su nombre una declaración, no una pregunta. Parecía un bautizo. Limpiar con
agua lo antiguo para que pudiera ver lo nuevo. Se retiró, y su reacción me dolió en el corazón. Mi
otra mano se unió a la primera y sujeté suavemente su cara, manteniéndolo quieto hasta que me
miró a los ojos y me mantuvo firme y callada.
Su garganta trabajó.
“Dilo otra vez.” Gruñó, cambiando su posición para poder acercarse a mí.
“Adam.”
Se inclinó hacia mí, dejando mis manos atrás y capturando mis labios en un beso corto y
húmedo. Le di mi lengua con un gemido y me respondió con la suya. Revolviéndose en el sofá,
escaló por mi cuerpo y yo me incliné hacia atrás, reposando en los cojines hasta que él estaba de
rodillas entre mis piernas abiertas. Sus labios aún trabajando en tándem con los míos. Mi piel
hormigueaba, la electricidad me corría por las venas. Me retiré de golpe con un soplido.
Buscó mi cara.
“¿Estamos yendo demasiado deprisa?” Pregunté, avergonzada de cuan temblorosa e insegura
soné. Era una mujer adulta, joder. Esto no debería ser tan difícil. Pero yo no era como Abigail. Mi
sexualidad era algo íntimo que valoraba. Era algo que había que conseguir. Reprimido.
Usualmente me llevaba meses llegar a donde estaba con Spade en sólo unos días.
“Sabes que te deseo.” Dijo simplemente y no había duda en él. No había titubeo. “¿Tú me
deseas?”
Tanto que dolía. Mis braguitas estaban empapadas, humedad se iba escurriendo por el interior
de mis muslos con mi excitación. Lo necesitaba dentro de mi como necesitaba respirar. No era
amor pero era algo primario y casi violento en su intensidad, y en ese momento, era todo lo que
importaba. La Verónica práctica quería culpar al alcohol. O a los diez años de sequía. La Verónica
práctica tenía un montón de razones para justificar lo que estaba a punto de poner en marcha, la
dejé hacer lo que creyera necesario y dejé que el resto de mí se perdiera en el aquí y ahora.
Asentí como respuesta a su pregunta y capturó mi labio inferior entre sus dientes. No para
herirme sino para pedir.
“Entonces vamos por buen camino.” Me dijo, y que me ayuden los cielos, le creí.
7
Spade
Verónica
Spade
RESULTÓ que la presentadora de Ronnie, Lee Dunham, estaba fuera de la ciudad acabando de
grabar una película que salía el año siguiente. Estaría fuera durante algunas semanas más así que
la lectura del guión del piloto que había agendada tuvo que posponerse. El reparto y el equipo
debían reunirse varias veces para organizar ensayos y practicar los tiempos antes de que las
grabaciones empezaran, pero nada de eso podía ocurrir hasta que Lee no hiciera acto de
presencia.
No es que me importara. Como invitado, mis contribuciones a los ensayos eran prácticamente
inexistentes. Conocería al equipo, pero no era mi trabajo preocuparme de hablar en mi marca o
asegurarme que mis comentarios estaban temporizados para tener espacio para algunas risas. La
única razón por la que me importaba una leve mierda era porque en ausencia de Lee, Ronnie no
tenía nada que hacer los siguientes días. Un hecho del que me aproveché completamente. Cuando
no estaba enterrando mi cabeza entre sus piernas o doblándola encima de cualquier mueble,
estábamos simplemente existiendo.
Hablar con Ronnie era fácil. Escucharla aún más. Tenía una forma única de ver el mundo, un
tipo de pragmatismo de color de rosa. Es como si supiera como de mal podían ir las cosas pero se
negara a ser pesimista ante ello. Era directa, iba al grano, y se ponía rápido a la defensiva sin
importar como de ridículo fuera el caso. Me moría de ganas de molestarla, de ver la forma en que
cuadraba su mandíbula tozudamente en desaprobación y se negaba a recular.
La mayoría de las veces me descubría a mí mismo haciéndolo sólo por diversión.
Un día rápidamente se convirtió en dos, dos se convirtieron en tres, y antes que ninguno de los
dos se diera cuenta de lo que había pasado, Ronnie había estado en mi casa durante casi una
semana. Ya no podía entender una realidad que no la tuviera a ella presente y la fuerza de lo que
sentía me hubiera asustado si me hubiera permitido pensarlo.
“¿Reto o verdad?” Se rió mientras pasaba el pincel de contornear bajo su pómulo con un gesto
exagerado. Paul había traído su equipaje la segunda mañana temprano y su bolsa de maquillaje
estaba llena de cositas de todo tipo. No es que supiera utilizarlo con ningún fin práctico. Era más
Marilyn Manson que Coco Chanel cuando hablábamos de maquillaje.
“Verdad” Musité, distraído por la necesidad de hacer que esa cuarta capa de sombra de ojos
estuviera perfecta. Tenía que tocar la ceja y bajar en picado para que pareciera una zorra al
mando. Desafortunadamente, su maldito pelo no paraba de ponerse en medio de su cara, los rizos
se negaban a la restricción de la diadema. Gracias a esos mechones rebeldes, chispas de negro
estaban salpicadas por aquí y por allí. No parecía mucho una zorra al mando sino más bien un oso
panda triste. Al menos el contorno había cambiado efectivamente la forma de su cara. Era casi
como mirar a otra persona por completo.
“¿Dónde aprendiste a maquillar?” Encontré sus ojos con los míos, las únicas partes familiares
a este punto, y sonreí.
“¿Quién dice que lo esté haciendo bien?”
“He notado cuando me ponías el eyeliner. Esa cola está tan afilada que podría volar o matar a
mis enemigos con solo mirar descaradamente. Esa mierda requiere habilidades.”
No voy a mentir, mi pecho se hinchó con el halago.
“Mi madre,” dije, cogiendo el bote de eyeliner para afilar la cola anteriormente mencionada.
“Era una artista del maquillaje. Me preparaba para la mayoría de mis shows mientras crecía hasta
que gané lo suficiente para contratar a alguien por mi cuenta. Mi “imagen” era todo lo que tenía y
ella decía que era importante tener control sobre como me presentaba a la multitud cada vez que
subía a un escenario. Ella cosía la mayoría de mis disfraces también.”
Sus cejas se levantaron y yo chasqueé la lengua para que su expresión se relajara de nuevo.
“¿Me estás diciendo que tus años de adolescencia los pasaste escuchando tutoriales de maquillaje
de tu madre?” El pensamiento era aparentemente tan delicioso que sonrió amplia y
desvergonzadamente.
Mis ojos se estrecharon.
“Sí, ¿y?”
Movió la cabeza y se mordió el labio para contener lo que fuera que estuviera pensando.
Me eché para atrás, satisfecho con el trabajo bien hecho.
“Estás molesta sólo porque lo he petado con mi respuesta.”
Los extremos de sus ojos se arrugaron con risa.
“Si. Eso es.”
“Mi turno.” Me apoye hacia atrás apoyándome en las palmas de mis manos y crucé las piernas
por los tobillos, estudiándola de cerca. “¿Verdad o reto?”
Se puso un dedo en la barbilla. “Reto.”
“Predecible.”
Frunció el ceño.
“¿Qué quieres decir?”
“No has elegido verdad aún.” Puse mi cabeza en otro ángulo como si me fuera a ayudar a verla
más claramente. “Si no te conociera, pensaría que estás ocultando algo.”
Una declaración atrevida viniendo de mí, pero ahí estaba.
“No seas tonto. Sólo es que soy una mujer de retos.” Levantó las cejas un par de veces y con
el maquillaje extremo era como si un extra de The Walking Dead te tirara los trastos.
Balbuceé pero me recuperé rápidamente.
“De acuerdo. Entonces te reto a que representes tu canción favorita de las mías.”
“Guau, ¿mucho amor propio?”
Levanté dos dedos con menos de un centímetro de separación entre ellos.
“¿Solo un poquito?”
Ronnie saltó de la silla. “¿Dónde está tu guitarra?”
Me puse de pie, llevándola a mi estudio donde una de mis docenas de guitarras estaba contra
la pared.
La cogió, dando vueltas sobre sus pies descalzos y rascando las cuerdas salvajemente.
Lanzando su pelo de un lado a otro levantó una mano haciendo el signo del demonio y sacó la
lengua.
La miré boquiabierto.
“¿Me has visto alguna vez actuar?”
Se congeló, sintiéndose culpable, antes de negar con su cabeza.
“Nunca fui muy fan.”
“Dame eso.” Cogí la guitarra y me senté encima del taburete que había en frente del micro
delante de mi cara. Jugué con las cuerdas un momento, mirándola a los ojos mientras ella se
apoyaba en una pared cercana. Tenía el corazón en la garganta y me di cuenta antes de empezar, de
que en realidad estaba nervioso.
Sabía que no tenía que pensármelo. En lugar de dejar que mis nervios se apoderaran de mí, me
lancé a por uno de los bonus tracks de mi último álbum. Era una pieza de rápida con un ritmo de
staccato. No era una de mis favoritas personalmente pero a los fans parecía gustarles por ahora, si
las opiniones online eran un buen indicador.
Incluso mientras la cantaba, me daba cuenta de que la canción estaba… vacía. Mal de alguna
forma. Tenía un buen ritmo y los coros eran pegadizos, pero sonaba como si estuviera recitando
una fórmula en lugar de cantar desde el corazón. ¿Sonaban así todas mis canciones ahora? ¿Cómo
si fueran algo que memoricé y repetía? Solía escribir música de la nada y combinarla con un
ritmo. Las canciones solían perseguirme en sueños y me despertaba en mitad de la noche para
poder escribirlas antes de que se me olvidara lo que quería que dijeran.
Mis canciones solían tener vida.
Esta parecía muerta desde hacía tiempo y paré abruptamente, ignorando la mirada de
confusión en la cara de Ronnie cuando la música se detuvo discordantemente.
“¿Qué ocurre?”
Mi mandíbula se contrajo y mi palma se activó. Había una canción que había estado
agazapada, esperando en el último rincón de mi mente durante los últimos días. No sé que me hizo
abrir la boca y tirarme a ella pero tener a Ronnie aquí, tan cerca, sacó algo dulce y suave de mi
corazón. Algo genuino y frágil. Casi dudé de hablar de ello por miedo de que mi propio bajo lo
estirara demasiado y dejara de ser reconocible. Pero la canción fluyó con suavidad, todo secretos
susurrados y disculpas suplicadas. Llené el estudio con una danza inolvidable y dejé que me
llevara.
“-He superado ese antiguo querer y deseo.
He mudado la piel hasta que nací de nuevo.
He tratado de olvidar el dolor que inspiraste.
Pero me he convertido en lo que tú moldeaste.”
Levanté la vista en lo que Ronnie daba un dubitativo paso adelante, pero no pude mantenerle
la mirada. Mi garganta estaba seca y no podía evitar sentirme expuesto. No me gustaba pero no
paré de cantar. Solo los años de práctica dejaron que mi voz subiera y sangrara sobre el siguiente
verso sin romperse en los bordes bajo el peso de su consideración.
“¿Esa bestia? Esa bestia está dentro de mí,
Matando y preparada para rugir.
No puedo hacer nada para escapar al destino
Mi dolor lo ha hecho cristalino.
Mudaré la piel que me atrapa.
Espero que esta vez sea suficiente.
Que la próxima vez que me veas mi alma
No sea más ese monstruo inherente.”
Mi voz se apagó, las notas dudosas, pero seguí adelante igualmente. Cantando los coros con la
voz ronca por la emoción.
“La bestia, la bestia en mi espera,
A ver el sol brillando,
Está presa en la oscuridad y reniega,
De las cadenas con las que la he atrapado.
Te encantaría que me deborara,
Igual que ya una vez te deboró a ti,
Porque la miseria siempre quiere ir acompañada
Y ya antes hemos bailado con este demonio así.”
Me quedé quieto y me di cuenta en un rato de que estaba temblando. Mis dedos agarrando con
fuerza la guitarra, pero en lugar de terminar la canción, me levanté y la dejé cuidadosamente en su
rincón.
“¿Adam?”
Ese nombre otra vez. Justo cuando pensaba que me había desglosado prendió fuego a la leña y
me dejó reducido a cenizas. Mi espalda se redondeó, los hombros cayendo. Me sentí viejo,
cansado de una forma repentina que se me filtró en el alma. Me picaban los ojos y me llevé los
dedos a la sien.
“Perdona,” Dije, aunque no sabía por qué me estaba disculpando. “Tenemos que irnos.”
Me giré para hacer precisamente eso pero ella estaba ahí, caminando hacia mí y envolviendo
sus brazos alrededor de mi cintura. Su toque era como un bálsamo en una herida abierta, y mi
respiración volvió.
“Ha sido precioso.”
Rolling Stone me llamó visionario.
The Times le dijo al mundo que era la voz de una generación.
Su elogio era simple, pequeño si lo comparaba, pero descubrí que estaba medio muerto de
hambre por él. Enredé mis brazos en ella y enterré mi cabeza en su cuello.
“Gracias.” Las palabras no eran suficientes y aún así todo lo que podía hacer era aferrarme a
ella como si volviera a respirar aire limpio.
10
Verónica
Spade
CITA.
No era una palabra que hubiera imaginado usar jamás, pero ahora era apropiada. Lux era una
de las discotecas más exclusivas de LA. y jamás estuve tan agradecido a la obediencia a las
normas pedantes como lo estaba en ese momento. La mujer que llevaba el sitio, Marjorie, era casi
militar en relación a quién dejaba pasar tras esas puertas rojas aterciopeladas. Lux se suponía que
era el tipo de lugar donde los famosos iban a esnifar cocaína y enseñar las tetas sin
preocupaciones o miedo a que les discriminen o tengan cargos policiales.
Marjorie sabía que no quería adictos en el club, pero desafortunadamente eran los que traían
más dinero y la mejor clientela, así que llegamos a un acuerdo. Yo le avisaba con antelación
cuando planeaba pasarme y ella llevaba a cabo una redada personal en el edificio para asegurarse
que estaba limpio y era apto para adictos en recuperación.
Había tenido tiempo de sobras para limpiar el sitio de adictos y cotillas, y nos encontramos en
la entrada trasera, Marjorie nos recibió con una amplia sonrisa en la cara, claramente segura de
que todo estaría bajo mis estándares.
“¡Spade!” Exclamó, y esquivé las puntas moradas de su cresta para darle un abrazo
superficial. “Ha pasado mucho tiempo.” Soltó. Midiendo 1,70m Y Pesando 60kg, Marjorie
larguirucha con músculo. Tanto que parecía que rozara la desnutrición. Cada vez que la veía
intentaba hacer que la maldita mujer comiera, pero parecía satisfecha pasándose la vida evitando
fuertes ráfagas de viento y actividades extenuantes como pasear perros o jugar a los bolos.
Miró a Ronnie pero no era tan tonta como para preguntar su nombre. No vine a Lux porque
quisiera estar de cháchara.
“Seguidme, todo está preparado bajo tus especificaciones habituales.”
La seguimos por la entrada privada hacia la segunda planta. Con toda la mitad superior
reservada para Ronnie y para mí, no había peligro de que alguien la viera. Incluso aunque
fuéramos a la primera planta a aprovechar la pista de baile, los flashes intermitentes y el ruido de
la música eran su propia capa de protección.
Quitaron todas las mesas de la segunda planta excepto una. Estaba en el centro de la sala bajo
el suave brillo dorado de las luces, con un par platos humeantes, varias velas y dos copas de vino
esperando. El camarero estaba esperando pacientemente tras el bar secundario contra la pared.
“¿Ya has pedido?” Preguntó, sorprendida.
Pasé mi brazo por su pequeña espalda y la apreté suavemente contra mí, inclinándome para
poder oler su champú.
“Hemos salido bastante tarde así que he imaginado que tendrías hambre. ¿Te gustan los
fettucini?”
Sonrió. “Me vuelven loca los fettucini.”
Retiré su silla, la ayudé a acomodarse y luego me senté delante de ella.
Mientras comíamos me fijé en cómo la luz parpadeante de las velas jugaba con el rojo de su
pelo y su piel se veía con la perfección del alabastro. No estoy seguro de cuánto tiempo pasé
respondiendo distraídamente y estudiando sus rasgos pero finalmente me miró con una ceja
levantada.
“¿Tengo algo en los dientes?”
“Estaba intentando ser romántico.”
“Mirarme sin parpadear no es romántico. Es intrusivo e incómodo.”
Hice una mueca. “No tengo mucha práctica en esto. Dame un respiro.”
Se rió. “¿Qué? ¿No sabes encajar un poco de crítica constructiva?”
Robé la última gamba de su plato para enseñarle lo que pensaba de eso y ella me miró
boquiabierta, demasiado ofendida para hablar mientras masticaba y me la tragaba.
“Esa es la mejor parte…” Dijo con un mohín, su cara deshaciéndose.
Sonreí de oreja a oreja.
“Lo sé.”
Nos tomamos unas cuantas copas y finalmente la música de la discoteca nos atrajo como un
imán. Nos metimos dentro de la multitud de desconocidos danzantes hasta que los lasers tricolor y
la máquina de humo artificial convirtieron la pista de baile en otro planeta. La giré para tenerla de
cara y dejé que el remix de rock hiciera el resto. Los movimientos de Ronnie eran libres y
ondeando movió las caderas con una sensualidad que parecía incrustada. Bailamos hasta que
nuestros cuerpos resbalaban en sudor y el alcohol hizo que el suelo se moviera a nuestros pies.
La acerqué a mí, ahogándome en su figura y su olor con desesperación por más. Por todo de
ella. No se podía quedar. En el fondo lo sabía, pero Dios, no podía imaginarme cómo sería mi
vida una vez se fuera.
Durante la última semana me había dormido con ella en mis brazos cada noche, solo para
despertarme con su peso cada mañana. Sabía cómo sonaba su voz cuando acababa de llorar y
sabía el postre natural que era su suave y aterciopelado sexo.
Nunca fui el tipo de hombre que se decía a sí mismo “no”. Siempre tenía hambre. Un agujero
que no se llenaba sin importar cuánta mierda le metiera. Después de Gabrielle me había pasado la
vida castigándome por mis pecados. Pensé que la música sería suficiente, que el amor era algo
que no volvería a merecer. Pero perderme en Ronnie era como estar en una montaña rusa en la
oscuridad. Salvaje, ferozmente excitante y lleno de misterio. No sabía si caía o volaba cuando
estaba con ella pero estaba más que dispuesto a hacer ambos.
Durante mi intervención mi madre me dijo que la cocaína sería mi muerte. Mi muerte estaba
mejor planeada que mi carrera. Incluso después de haberla dejado, la amenaza de una sobredosis
estaba siempre en un rincón de mi mente. Me mantenía alejado de volver a tocar nada, porque
sabía que incluso la más pequeña dosis me dejaría famélico de más.
Podía sentir el hambre y la necesidad sin fondo, hundir sus colmillos en Ronnie. Llenaba mis
pensamientos en todo momento, y estar separado de ella, incluso las pocas horas que le llevó
coger un poco de ropa, fue igual que perder una parte de mí mismo.
Mi casa estaba vacía sin ella. Fría de una manera que no había nada que lo arreglara. Me hizo
darme cuenta de cómo de sosa y gris era mi vida antes de que ella entrara en ella como un vals.
Quería tener a Ronnie. Quería tener una sobredosis de su risa y el sabor de su lengua. Más que
nada quería la esperanza que tenía bajo la piel, el sentimiento de pertenecer que me llenaba cada
vez que apretaba su mano contra mi mejilla y me ponía esa sonrisa suya de rosas y caramelo.
Se ponía la dulzura como colorete.
Pero sabía que no importaba cuánto quisiera que explorara esta emoción desconocida que
estaba echando raíces profundas en ese agujero que rugía siempre hambriento, no tenía sentido.
Nunca lo iba a tener.
No si Gabrielle tenía algo que decir en el asunto.
Mi humor cambió, se oscureció, y esa parte de mí que ansiaba a Veronica con una ferocidad
que bordeaba la obsesión, rugió. Quería destrozar algo, cualquier cosa. Romperme los puños con
la bolsa de boxeo hasta que la apabullante vulnerabilidad estuviera destruida.
De alguna manera conseguí controlar mi expresión antes de que Ronnie me mirara por encima
de su hombro. Su ceño se frunció con preocupación.
“¿Estás bien?” La música estaba tan alta que te podía perforar el tímpano, así que no escuché
sus palabras, más bien las vi formarse en su boca.
Asentí pero ella no pareció creerme, inclinándome hablé bien pegado a su oreja.
“Voy a tomar el aire un segundo. Ahora vuelvo.”
Giró su cabeza hacia mí y encontró mi oreja. “¿Quieres compañía?”
Negando con la cabeza la besé una vez más antes de irme y emprender mi camino hacia la
puerta por la que habíamos entrado. El estar entre la gente fue excitante al principio. Un viejo
sentimiento familiar que disparó mi colorida imaginación. Pero ahora los pensamientos de Gabby
habían convertido estos fiesteros desconocidos en paredes que se cerraban hacia mí.
Para cuando llegué a la puerta de atrás ya me había cansado de decir “perdona” y
prácticamente empujaba a un lado a la gente que me bloqueaba el camino. No me quedaba a
escuchar la discusión resultante. Saliendo fuera, aspiré aire profundamente y cerré los ojos
mientras el aire previamente cálido me enfriaba el sudor de la cara y el cuello.
“Parece que te lo estás pasando bien.”
Mis labios se tensaron y mis ojos se abrieron de golpe.
Estaba apoyada en la pared de ladrillo del edificio en frente de Lux. La estrecha calle podría
haberse categorizado como callejón y la poca distancia que nos separaba no parecía para nada la
suficiente.
“Estuviste en mi casa.” Era una afirmación no una pregunta y sus labios se torcieron en una
sonrisa.
“Sólo quería saludar. Estaba asegurándome que cumplías con tu palabra.”
Tres largos pasos y di un golpe con mis manos contra la pared en ambos lados de su cabeza.
La miré con desdén, mi cara estaba agriándose con toda la fuerza del odio que sentía. Parte de él
hacia ella, pero la mayoría era hacia mí.
Sus párpados se cerraron con el golpe, la única indicación de que la estaba asustando. Era tan
diferente de Ronnie. No solo su inmunidad a mis explosiones sino también en el resto de cosas.
Pensando en Ronnie, en el ciego y puro terror animal en su cara cada vez que me descontrolaba y
la furia me ganaba, dejé caer mi cabeza.
“Tendría que haberte matado.” Musité, casi amablemente.
Gabby levantó una temblorosa mano, “Más asustada de lo que quería demostrar” pensé, y
acarició mi barba incipiente.
“Si.” Dijo y sonó como si estuviera a punto de llorar. “Deberías. Al menos si estuviera muerta
no tendría que pensar en cuánto te quiero aún.”
Sus palabras fueron un cubo de agua helada y di un paso atrás.
“Tú nunca me quisiste.”
“No sabes lo que quería.” Respondió mordaz. “Nuestra relación siempre fue alrededor tuyo y
de cómo te sentías. Culpa mía por enamorarme de un yonqui egocéntrico con complejo de Dios.”
Ignoré el comentario. ¿Para qué iba a responder? Nada de lo que dijera o hiciera iba a
convencerla de que no fuera otra cosa más que un gilipollas narcisista violento. Tampoco es que
estuviera completamente equivocada.
“Mantente alejada de mi casa Gabrielle.”
Empezó a caminar, sus manos pegadas detrás de su pequeña espalda y sus pasos se empezaron
a tensar y enrarecer con la ira.
“¿Por qué? ¿Te da miedo que tu noviecita descubra quién soy? ¿Lo que hiciste?”
La acusación se me clavó demasiado cerca del corazón y mis puños se cerraron a mis
costados. Su voz se clavaba en mis nervios como cuchillas en una pizarra y mi mandíbula se tensó
cuando apreté los dientes.
Gabrielle no se callaba. Nunca lo hizo.
“¿Qué crees que ocurrirá cuando encuentre las fotos? Porque yo creo que se irá corriendo y
gritando.”
“No va a encontrar nada.” No quería hablar, pero no pude resistirme a verbalizar la negación.
Gabrielle me miró como si hubiera pensado que era la criatura más patética del planeta. Me
avergoncé con la sospecha de que quizás tuviera razón.
“Piensa lo que quieras.” Dijo con un movimiento de cabeza. Entonces, antes de que pudiera
apartarme vino más cerca. Demasiado cerca. “Cuanto más os acerquéis, más bajarás la guardia y
más pronto descubrirá qué tipo de monstruo eres verdaderamente.”
Los músculos de mi mandíbula se tensaron, vergüenza, rabia y negación, una mezcla pesada
que me amargaba de dentro a fuera. Estaba a punto de abrir la boca para responder cuando la
puerta de la entrada privada se abrió de golpe. Ambos nos giramos y de repente me sentí como si
me hubiera tragado una roca y me estuviera asfixiando con ella.
En la entrada estaba Ronnie. Estaba sonrojada y sonriente, con mechones de su pelo pegados
en la cara. Tenía un vaso de chupito en cada mano y lo que fuera que estuviera a punto de decir
murió en sus labios cuando descubrió a Gabrielle de pie prácticamente alineada conmigo. Era
como ver una pesadilla reproducirse en la vida real y cerré los puños a los lados para que no
temblaran.
“Spade, ¿quién es esta?” Normalmente disfrutaría los oscuros celos que tiñeron su cara, al
final, era una prueba de que sentía algo. Que no era sólo una diversión pasajera. En ese momento,
deseé poder vomitar lo que me quedaba de alcohol porque me estaba dando ardor en el estómago.
El sonido de mi nombre artístico puso distancia entre nosotros de forma efectiva y yo no estaba
seguro de quererla.
Gabrielle me salvó de responder, pasando a mi alrededor para caminar hacia Veronia. Las dos
mujeres se estudiaron y un lado de la boca de Gabrielle se torció en una media sonrisa. Levantó
los dedos para estirar suavemente un rizo y ver como rebotaba de vuelta.
“Pelirroja.” Dijo suavemente y se rió. “No es su tipo habitual, pero la gente cambia supongo.”
La expresión de Ronnie se oscureció cuando la rabia la llenó. No le respondió a Gabrielle y
ella tampoco esperó a que lo hiciera, en lugar de eso cogió uno de los chupitos de las manos de
Ronnie. Brindó con la otra mujer con una sonrisa que no tenía nada de sincera.
“Yo me tomo este. Adam no es un gran bebedor últimamente.”
Me retiré y la boca de Ronnie cayó al suelo mientras Gabrielle se bebía el chupito en un sólo
movimiento. Tiró el vaso al suelo casi sin mirar y Ronnie se tambaleó hacia atrás cuando el cristal
volaba después de haber impactado contra el suelo.
“¿Qué cojones te pasa?” Demandó Verónica, pero Gabrielle se giró. Me dió una palmadita en
el pecho al pasar y me tiró un beso.
“Ha sido divertido ponernos al día Adam. Dile a tu mascota que le doy las gracias por la
bebida.”
Caminó hacia abajo a lo largo de la calle hasta que desapareció al torcer la esquina. Tan
pronto como estuvo fuera del panorama miré a Verónica y traté de no evitar su mirada.
Esperó un instante pero pareció que no pudo contenerse.
“¿Quién era?”
“Nadie.” Me sentí como si hubiera jugado a este juego un millón de veces antes. ¿Qué me hizo
pensar que Gabrielle iba a dejar a esta en paz? ¿De verdad creí honestamente que estaba tan
cansada de esto como lo estaba yo? Claro que no. Ella se alimentaba de esta mierda.
“Yo…” Movió la cabeza y se bebió el otro chupito. “No te creo.”
Me sentí como si estuviéramos rompiendo, como si el mundo se estuviera derrumbando bajo
mis pies.
“Jamás esperé realmente que lo hicieras.”
Giró sobre sus pies y por primera vez, me di cuenta que arrastrando sus palabras un poco.
Cogí el vaso de chupito de su mano y lo tiré lejos.
“Venga.” Le pasé un brazo por la cadera y la llevé de vuelta al coche. No podía evitar sentir
que las cosas se estaban arreglando y que cualquier razón para tocarla y abrazarla, era una razón
que había que aprovechar. “Vamos a casa.”
Apoyó su cabeza en mi hombro y que hijo de puta más tonto era, brillé cuando me di cuenta
que a pesar de su desconfianza, no negó mi uso de la palabra “casa”.
12
Verónica
LOS DÍAS PASABAN y la escena con la que tropecé a la salida de Lux aún me rondaba pesadamente
el cerebro. Había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba en la casa de Spade. Las horas
parecían fundirse la una en la otra. Los días se convirtieron en noches y las mismas noches
pasaron en una imagen borrosa de manos explorando cuerpos y bocas hambrientas.
Quería olvidar. Dejarlo pasar. Pero no podía.
Aunque algo me dijo que no lo hiciera, volví a sacar el tema una noche mientras estábamos en
la cama y le acariciaba la cintura.
“¿Vas a contarme alguna vez lo que sea que estás escondiendo?”
Se congeló, sus dedos se tensaron en mis caderas. Estábamos el uno dentro del otro unos
instantes antes y hubo un momento de quietud cuando la ligereza desapareció y nuestros ojos se
encontraron. Al menos no me insultó negándolo.
“No si puedo evitarlo.”
Intenté apartarme pero me mantuvo en mi sitio.
“No confías en mí.” Le acusé, y me sorprendí de cuánto me dolió al darme cuenta de ello. Era
como tragarse un cable de espinas.
Me miró como si se estuviera devanando los sesos para encontrar las palabras adecuadas.
“Confío en ti tanto como sé confiar en alguien.”
Fruncí el ceño. “¿Así que confías en mí lo suficiente para meterme la polla pero no lo
suficiente para contarme quién era la tía de Lux?”
Esta vez me echó a un lado y rodó por la cama para sentarse en un lado.
“¿Qué cojones Ronnie?”
“Bueno, es verdad.” Me defendí, cogiendo una almohada y presionándola en mi estómago para
calmar la forma en que se estaba hundiendo. “¿Tan complicado es decirme su nombre?”
Cuando cerraba los ojos, aún los podía ver juntos. Tan perfectos el uno para el otro con sus
cabellos rubios y sus cuerpos tan tonificados. La necesidad de darle un puñetazo en la cara a uno
de ellos o a ambos aún era arrolladora, pero prefería las respuestas.
Cuando no respondió abrí los ojos para encontrarlo dándome la espalda aún.
“¿Qué estamos haciendo, Adam?” pregunté con la voz ronca. “¿A dónde va todo esto?”
Se puso recto y finalmente, se giró. Esperé una de esas respuestas trilladas pero ciertas: “Sólo
lo estamos pasando bien.” “¿Para qué ponerle una etiqueta?”
Había escuchado todas esas mierdas antes pero jamás me había abierto tanto a una persona
como lo hice con Adam. Nadie me había visto tocar fondo para luego lavar la evidencia y
abrazarme tan tiernamente después. Como si verme rota y meada me hubiera hecho merecer más
amor y cuidados en lugar de menos.
Ahí volvía a estar esa maldita palabra otra vez.
Como antes, no sabía muy bien qué hacer con ella. Cómo manejarla. Dónde ponerla. Se
escondía al final de mi lengua para que el resto de mis palabras se tropezaran con ella cada vez
que hablaba.
“A algún sitio. Estamos yendo a algún sitio.”
Casi me había olvidado de la pregunta que había hecho. Su respuesta me trajo de vuelta.
“Así que no somos sólo amigos con derechos.” Dije, tragando con dificultad.
Se encogió de hombros. “Tengo amigos y puedo tener todos los “derechos” que quiera.
Cuando te miro no pienso “follamiga”, pienso…”
“¿En qué?” Pregunté cuando pareció que le faltaban las palabras.
Con un suspiro, alargó su brazo hasta la mesita de noche y sacó algo del primer cajón. Era una
pequeña llave plateada. Estaba personalizada, en la base de la misma habían grabado una
ornamentada R. Colgaba de una cadena también plateada, y con el corazón en la garganta bajé la
cabeza para que Adam pudiera poner la cadena alrededor de mi cuello. La llave colgaba entre mis
pechos y mis dedos tocaron los bordes de la fría superficie.
“¿Esto es lo que creo que es?”
“Es una llave de casa.” Dijo y yo asentí, esperando que no pudiera ver cuánto me había
afectado este gesto. Era bonito y delicado, y cualquiera que no le conociera pensaría que no era
más que un colgante. Llevarlo alrededor de mi cuello era como ponerse un anillo de prometida.
Esta petición aportaba mucha más claridad al vago “algún sitio” de Adam. La llave susurraba
future. Uno de ir de la mano en sitios públicos y de besos en frente de la mirada juiciosa de los
paparazzi.
Mis manos temblaban pero no se la devolví. No quería. Para mi sorpresa, esta llave
significaba mucho más para mí que el miedo a que me vieran en público con Adam. Mi hermana
tenía razón. ¿De verdad sería tan malo si el mundo supiera que Adam y yo estábamos juntos? Ya
habíamos dejado muy atrás el punto de algo casual. Sentía que él era una parte de mí ahora, era tan
parte de mí como lo eran mis pulmones o mi corazón latiendo, tan parte de mí como el aire que
respiraba. Adam era una de las pocas personas que parecía tan protector de su espacio como lo
era yo. Por el amor de Dios, tenía una habitación secreta en medio de su casa y cámaras de
vigilancia por todas partes. Nadie entraba en el mundo de Adam a menos que fuera invitado, y él
me acababa de dar una llave. Prueba silenciosa de que confiaba en mí para que entrara y saliera
cuándo y cómo quisiera.
La importancia del gesto no se me escapó, especialmente después de que sacara el tema de la
confianza.
¿Pero era suficiente?
“¿Esto me hace especial o también se la diste a la señorita peritas dulces una vez?”
Nunca fuí este tipo de persona. Esta mujer celosa y agresiva. Pero… le había llamado Adam.
Sabía lo suficiente de él para saber que no bebía demasiado cuando yo misma me había olvidado
de ese hecho. Me había tocado el pelo y me había dejado sintiéndome inadecuada y equivocada.
Como una pieza de rompecabezas que no encajaba ni lo haría jamás.
Mi comentario fue, aparentemente, la gota que colmó el vaso porqué se levantó de golpe.
“Joder Ronnie.” Rugió. “Déjalo ya de una puta vez.”
El calor bañó mi piel.
“Suenas como mi padre.” Mis labios se tornaron fríos, torpes cuando dije eso y Adam
palideció.
“Lo siento.” Musitó, evitando mirarme a los ojos. El metal que había en él se fundió pero aún
había una tormenta de fuego en su interior. Se dirigió a la puerta y mis dedos apretaron la llave
que llevaba colgado hasta que se me clavó en la piel.
“¿A dónde vas?” Mi voz tembló.
“A desahogarme un poco.” No dio un portazo al salir, pero el esfuerzo invertido en no hacerlo
fue palpable. Le seguí con la mirada hasta que el ruido de sus puños chocando con la bolsa de
boxeo empezaron a retumbar por la casa. Entonces, cogiendo mi teléfono, fui al jardín a llamar a
Abigail. En ningún caso era una gurú de las relaciones, pero llorar con ella al otro lado del
teléfono era mejor que llorar sola hasta que me durmiera.
UNOS DÍAS más tarde me acurruqué en el sofá y estaba mirando Instagram mientras esperaba a que
Adam terminara de vestirse. Nos dirigíamos a una reproducción privada de una película de
superhéroes que no iba a salir hasta finales de año. Una de las ventajas de salir con alguien tan
famoso como Adam era que siempre “conocía a un tipo” y un miembro de su misterioso ejército
de machitos benevolentes, nos había invitado a una reproducción previa del proyecto finalizado.
No era la alfombra roja, pero habría gente con grandes nombres en la sala, incluyendo al director
del proyecto de un millón de dólares.
Estaba intentando alguna manera de llamar su atención sin parecer una babosa, y pensé que
mirar su página de Instagram me daría un poco de información altamente necesaria. No se me daba
bien romper el hielo, y las primeras impresiones lo eran todo cuando hacías networking. Otra foto
de su perro me convenció de que los cachorritos serían la forma de entrarle cuando me apareció
una notificación de un mensaje.
No reconocí el número, pero imaginé que sería alguien del equipo contactándome para que le
clarificara algo. Cuanto más nos acercábamos al momento de rodar, más pasaba. Suspiré, pero no
podía quejarme. Había mandado un e-mail grupal para que supieran como ponerse en contacto
conmigo.
Abriendo el mensaje, me llevó un momento entender qué era lo que estaba viendo.
Había varias imágenes e incluso cuando las estaba viendo iban apareciendo más. Las fuí
pasando, más y más rápido cuando el terror me agarró de la garganta y me hizo temblar. Cada foto
del teléfono éramos Adam y yo. Había una de mí caminando por el pasillo desnuda de la noche de
la intrusa, una de los dos riendo juntos mientras me enseñaba cómo usar una bolsa de boxeo, una
de nosotros fuera, mientras estábamos teniendo sexo encima de las lilas en una esquina del jardín.
La sangre desapareció de mis venas, el pulso me iba tan rápido que cegó todo lo demás. Me di
cuenta de que estaba resoplando, sentada en el suelo mientras escaneaba cada foto, estudiando los
ángulos de todas ellas, dándome cuenta, con un escalofrío y sintiéndome mareada, de que debían
haber cámaras escondidas en toda la puta casa.
La última imagen era de Adam y yo unas noches antes. Podía identificar perfectamente el
momento en que se sacó, porque en la fotografía podías ver el reflejo en el metal del colgante que
Adam me estaba poniendo alrededor del cuello.
Tres puntitos aparecieron. Parpadeando en un ritmo lento que me dejó sin respiración y que me
paró el corazón. Esperaba otra fotografía pero lo que apareció fue un mensaje. Uno menos
siniestro que las mismas fotos.
“Reúnete conmigo en esta dirección mañana al mediodía o pubico las fotos. Puede que te
cueste creerlo, pero estoy haciendo esto para protegerte.”
¿”Ronnie?”
Grité. No había otra forma de definirlo. El sonido de mis propios nervios rompió mi última
onza de control y se me cayó el teléfono al suelo. Adam vino corriendo y no pude evitar darme
cuenta de lo guapo que estaba. Llevaba puestos unos pantalones de vestir gris oscuro y un jersey
de cuello de pico que le quedaba ajustado. Su pelo rubio estaba recogido en un moño y sus ojos
ámbar parecían especialmente brillantes ahora que se había afeitado. Sin pelo en su cara, fui
abruptamente consciente de su belleza, de cómo de hipnotizante era. No me extrañó que un
psicópata estuviera pinchando la casa.
Con mi expresión la suya se oscureció y su mirada auguraba tormenta.
“¿Qué ha pasado?” preguntó, escaneando la habitación en busca de signos de un intruso. Por
alguna razón me hizo recordar el comentario que hice la otra noche.
“¿Esto me hace especial o también se la diste a la señorita peritas dulces una vez?”
¿Era una acosadora o la persona responsable de todo esto era sólo una ex dolida? ¿De qué
otra forma consiguieron entrar en casa? A menos que fueran altamente hábiles en abrir puertas.
Quien fuera responsable de esto debía conocer la distribución de la casa, tener una forma de
acceso, o ambas.
Podría ser cualquiera, pero mis pensamientos apuntaron a una persona en particular. La rubia
que estaba fuera de Lux había estado muy cabreada. Una ira profunda y arrebatadora que no iba a
disiparse así como así. El tipo de ira que provenía de odiar a alguien que habías amado en lo más
profundo. Mi madre había sentido esa ira. La veía en sus ojos cada vez que veía a mi padre o
hablaba con él. Podría reconocerla con los ojos cerrados.
Mientras estaba pensando, las fotografías de mi teléfono llamaron la atención de Adam. Sus
músculos se tensaron y se movió con dolorosa lentitud para recogerlo de donde estaba. La punta
de su dedo fue pasando las fotos. Cuando llegó a las instrucciones y a lo que significaría si no
hacía caso, sus labios se torcieron. Soltó un ruido que casi parecía de un animal, su cara se tiñó
con una furia tan espesa que lo tornó en algo irreconocible. Retrocedió un poco soltando una
maldición que me levantó el pelo de la nuca y los brazos y tiró mi móvil contra la pared.
Grité, echándome para atrás mientras explotaba en una lluvia de afilados trozos de plástico.
Mi aire decidió agarrarse a mis pulmones con uñas y dientes, no podía soltarlo. Estaba
hiperventilando completamente para cuando Adam se agachó hacia mí y me agarró la cara.
“Concéntrate Ronnie.” Ordenó y para mi sorpresa, parte de mi pánico empezó a retroceder.
Mantuvo sus ojos en los míos y me enseñó cómo respirar de nuevo, yo me acompasé a él, inhalaba
cuando él lo hacía y cuando él exhalaba yo hacía lo mismo. Cuando ya estaba un poco más
tranquila y calmada, me ayudó a levantarme.
“¿Tienes algún sitio seguro al que puedas ir a pasar la noche?”
Aunque algo confundida, asentí. “Mi hermana…” Aclaré mi garganta cuando mis palabras
salieron medio estranguladas. “Puedo quedarme con Abby.”
Su brazo me apretó contra él y cuando levanté la vista, su cara era prácticamente de piedra.
“Ve. Descansa y trata de no pensar en nada de esto. Tengo un amigo al que llamar. Barrerá toda
la casa en busca de cámaras y micrófonos. Mañana cambiaremos las cerraduras y actualizaré los
códigos de seguridad.” Un músculo de su cuello sobresalió. “Otra vez.” Musitó, refiriéndose a la
última vez que había sido forzado a actualizar su sistema de seguridad.
“¿Y qué pasa con la reunión?” Pregunté. El cansancio estaba empezando a dejarme insensible,
como si viera el mundo a través de un amortiguador. “Si no voy…” tuve un escalofrío. No era
necesario decirlo en voz alta, haciéndolo más real. Adam había leído el mismo mensaje que yo.
“No te preocupes por eso.” Ordenó y se paró girándome para que lo mirara. Sus pulgares
acariciaron mis hombros y temblé ante la mirada en sus ojos. “Yo me encargo de ella.”
Ella.
¿Ella?
Pensé en la rubia con sus enfadados ojos tristes y su boca sin filtro. Pensé en cómo su cara era
casi familiar, pero no del todo. Pensé en una silueta en la oscuridad, mirando y esperando y
corriendo después. En palabras crípticas envueltas en una tentación que me haría imposible
ignorarlas.
“Estoy intentando protegerte.”
“-confía en mí?”
Mi cabeza se levantó de golpe.
“¿Qué?”
Sus dedos se hundieron en mi pelo y apretó su frente contra la mía.
“¿Confías en mí?” Sus ojos se cerraron como si se estuviera preparando para lo peor. Nos
sorprendí a ambos cuando dije, “Sí.”
Era una idiota pero era cierto. Incluso con las sospechas revoloteando por mi cabeza, en el
fondo confiaba en que Adam tenía una explicación. Que me protegería de una amenaza que parecía
crecer en seriedad cada día que pasaba.
“Esta es la razón por la que continuo saliendo herida.” Pensé. “¿Primero mi padre y ahora
Adam? ¿Cuándo voy a aprender a no confiar en hombres que no han hecho nada para ganarse mi
confianza?”
Pero eso no era necesariamente cierto. Aunque Adam me había dado mil oportunidades para
dudar, ¿me había dado jamás alguna para desconfiar? ¿Para creer que sus intenciones o sus
sentimientos hacia mí eran mentira? No. Más bien había hecho lo que había podido para
protegerme, para asegurarse que siempre me sintiera segura y cómoda sin importar si estaba
metiendo su lengua entre mis piernas o si estábamos teniendo una cena espontánea en Lux.
La confianza estaba en las pequeñas cosas. Iba a capas como los ladrillos, para tener algo
sólido en lo que recostarte cuando lo necesitaras.
¿Confiaba en Adam?
Sí.
La pregunta era: ¿confiaba en Spade?
“¿Me prometes que no irás mañana?”
No tenía sentido que le preguntara si iba a llamar a la policía. No había nada que pudieran
hacer y además, si realmente era la rubia, Adam ya había demostrado que no estaba dispuesto a
involucrar a los agentes de la ley después de que entrara en casa.
¿Lo hacía para “protegerla” o había algo más? ¿Algo oscuro que estaba escondiendo? Algo
que superara el allanamiento y el acoso. El saber que estaba dispuesto a proteger a quien fuera
que estuviera haciendo esto a mi costa me dejó insegura y asustada.
Cuando hablé, a las palabras les faltaba sinceridad.
“Lo prometo.”
“¿ES raro que hubiera pensado que no te volvería ver?”
Respondí inmediatamente.
“Sí.”
Abby me pegó en la cara con uno de los cojines y yo casi pierdo un diente por la cuchara que
estaba utilizando en ese momento para deborar helado. Llegué a casa de Abby sobre las 6pm, y
aunque solo habían pasado algunas horas, ya me estaba arrepintiendo de haber ido.
“Nunca te había visto convivir con nadie.” Continuó. “Luego conociste a Spade y
desapareciste durante un mes. Pensé que la siguiente vez que te viera sería como tu dama de honor
en vuestra boda.” Abbigail sonaba airada, pero no le tuve en cuenta su mal humor. Se había
pasado la mayor parte de su vida obsesionada con Adam y durante las últimas semanas ella había
sido nuestra consejera matrimonial extraoficial. Se lo conté todo…
Bueno, casi todo. Había algunos aspectos de nuestro tiempo juntos, como lo de la puerta y el
allanamiento, que me guardé para mí misma. Si Adam esperaba poder mantener a la policía al
margen de todo esto, entonces contarle a mi hermana la fiscal, la existencia de su acosadora no era
la mejor de las ideas.
Se volvería loca si supiera que alguien nos estaba acosando a Adam y a mí.
¿A quién quería engañar? Quizás se hubiera preocupado por mí pero “Spade” era su amorcito
y si sólo pudiera salvar a uno de los dos, estaba completamente convencida que mi hermana me
iba a pegar una monumental patada en el culo. Lo sabía porque me lo dijo en más de una ocasión.
Abby no escondía el hecho de que verme con Adam le había hecho desear estrangularme
mientras dormía, pero una prueba de cuanto me quería era que aún así se las arreglaba para
aconsejarme objetivamente casi todo el tiempo.
“El matrimonio no entra en la ecuación.” Le aseguré.
Abby cogió más helado con su cuchara y entrecerró los ojos mirándome.
“¿Por qué no? Está claro que sientes algo por él.”
Me atraganté con el helado, pero afortunadamente se derritió mientras pasaba por mi garganta.
“No estoy enamorada de A-” Ups. “Spade.”
Sus ojos se estrecharon aún más. Era un milagro que aún fuera capaz de verme en ese punto.
“He dicho “sentimientos” no “enamorada”, tonta, pero eso responde a mi siguiente pregunta.”
Se me cayeron los hombros.
“¿Es así de obvio?”
“Se te ve en la cara.” Dijo, con su voz más suave. Cuando volví a mirarla, se le había quitado
la fiebre de fan. Era sólo mi hermana hablando conmigo de hombres. “Sé que Papá te hizo mucho
daño y no tienes ni idea de cuánto me arrepiento de no haber luchado por ti cuando nos
separaron.” Sus ojos eran demasiado brillantes y sin pensarlo ambas estiramos la mano hacia la
otra, agarrando la mano que venía encima del sofá. “Pero te mereces ser feliz Ronnie. Lo sabes,
¿verdad?”
¿Lo sabía?
Me tragué las lágrimas y negué con la cabeza.
“No.” Le dije, avergonzada de cómo de cierto era y cuán profundo me hirió decirlo. “No lo sé.
Nunca lo he sabido. Papá solía ponerme la cara dentro del váter cada vez que le contestaba. Solía
decir “Sólo hay una manera de entrenar a una puta cuando caga en tu casa.” ” Cité, mi voz se tornó
profunda para simular la de nuestro padre y se rompió a pesar de mis esfuerzos para mantenerla
estable. “Se supone que tus padres te tienen que querer incondicionalmente, pero nos odiaba. Me
odiaba.” Corregí. “Siempre pensé que si a la persona que se supone que me tenía que querer más
yo no le importaba una mierda, entonces no le iba a importar a nadie.”
Sus dedos apretaron a los míos, una convulsión posesiva y protectora de carne y hueso. Era un
bálsamo para la piel que había sido arrancada al quitar la tirita. Me ayudó a no llorar cuando todo
lo que quería era hacerme una bola y balancearme hasta que los recuerdos se volvieran a ir a
dormir.
“Bueno, esa es la razón por la cual yo soy la lista y tu la buenorra.”
Me reí. “Pensé que habías dicho que tú eras la lista y la buenorra.”
Me miró. “Soy polifacética, pero en este caso estaba intentando hacer que te sintieras mejor,
idiota.”
“Perdona. Adelante.”
“Gracias.” Dijo sardónicamente. “Lo que estaba intentando decir antes de que lo arruinaras, es
que ese tipo de pensamientos son estúpidos. Papá era una puta pesadilla, pero lo que has pasado
no debería moldear tu futuro y no determina tu valía como ser humano. Si quieres a Spade o Adam
o como coño se haga llamar ahora, entonces te debes a ti misma descubrir qué significa eso.
Dejé mi bote de helado a un lado para poder abrazarme a mí misma.
“No creo que esté lista para estar delante de los focos de nuevo…” Susurré. “¿Y qué pasará
con mi carrera?”
“Que le den por culo a eso.” Saltó, como si fuera así de simple. “Yo digo que lo hagas público
que le den a las consecuencias. ¿Y qué si los paparazzi se corren en los pantalones? Serás el
centro de atención durante una semana, quizás dos. Después algún famoso tendrá un bebé y alguien
enseñará un pezón en la alfombra roja y pam, ya no serás noticia. Cuando se trata de famosos, el
público tiene la misma capacidad de prestar atención que un mosquito encocado. Es una de las
ventajas de vivir en Hollywood.”
Con la mandíbula abierta, la miré durante un minuto entero mientras registraba completamente
la verdad de sus palabras. Abby tenía razón. Admitir que Adam y yo nos estábamos viendo iba a
captar la imaginación de la prensa y los cotillas durante un cierto tiempo hasta que hubiera otro
escándalo. Pero la atención no deseada solo era la mitad del problema.
“Nadie me va a tomar en serio si creen que llegué a la cima acostándome con gente.”
Ahora que ya no estábamos engullendo Häagen-Dazs, Abby cogió ambos tarros y se los llevó
a la cocina.
“Odio tener que decirte esto, cariño,” gritó mientras estaba delante del congelador abierto.
“Pero eres una mujer. Van a asumir que te estás tirando algo o a alguien para llegar a donde estás.
Desde mi promoción alguien me ha acusado de hacerle una mamada al fiscal del distrito al menos
una vez por semana.” Se tiró al sofá a mi lado con una sonrisa, calmada. “El truco está en trabajar
más duro que ellos. Deja que tu talento hable por sí mismo y si hay alguien ahí fuera que no piense
que te has ganado cada gota de tu éxito, se puede comer un rabo.”
“Te quiero.” Me reí, tirandome encima suya y abrazándola fuerte.
“Yo también te quiero.” Susurró, con su sonrisa inquebrantable. “Lo que sea que esté
ocurriendo entre Spade y tú se puede hacer funcionar.” Reclinándose, me miró, la perspicacia en
su expresión era una prueba de cada caso que había ganado sólo con testarudez. “Pero tienes que
hablar con él. Si crees que oculta algo, enfrentalo a ello. Al menos entonces sabrás si tenéis algo
real o si deberías seguir adelante sola. No necesitas a alguien en tu vida que no puede ser honesto
contigo.”
“Con mentiras o sin, con secretos o sin, no quiero a nadie más, Abby. Sólo a él.”
Abby volvió a pegarme con un cojín, mucho más suavemente ahora que antes y retomó esa
solemne sonrisa suya.
“Entonces deberías ir a por él.”
13
Spade
Gabrielle
Verónica
Adam
TODO EMPEZÓ con una canción escrita apresuradamente en la parte de atrás de un garaje.
Con la chica, me refiero.
Estaba muy sola, como yo, y tenía los ojos más azules que había visto jamás.
En aquel entonces, llamé “amor” al sentimiento que tenía en el pecho. Lo llamé “para
siempre”.
Pero tenía diecisiete años y no sabía qué sabor tenía para siempre, a qué olía, cómo sonaba.
No hubiera sido capaz de identificar para siempre puesto en una línea con las estaciones y el fin
de semana al lado para poder compararlos.
Pero esto no va de lo tonto que era.
Va de una chica.
La de los ojos azules. Íbamos juntos a todas partes, nos pasábamos largas noches acurrucados
en el sofá del garaje jugando con letras y susurrando acerca del futuro.
Mi deseo era ser uno de los grandes. Viajar por el mundo y ver mi nombre iluminado.
Escuchar mis canciones en la radio. Más que nada quería comprarle a mi madre una casa para que
no tuviera que arreglárselas para pagar la hipoteca de una casa que nunca quiso pero que estuvo
forzada a quedarse cuando mi padre murió.
Ese era mi objetivo principal, el que me mantuvo trabajando en dos sitios a pesar de lo
complicado que me hizo el graduarme. La fama hubiera sido la guinda del pastel pero no era
posible ni de coña que pudiera encargarme de Mamá trabajando por $7.30 la hora en la casa de
empeños local.
El deseo de la chica era encontrar una familia. Pertenecer a algún sitio. Sentir que era querida
de verdad.
Era un sueño sencillo, y una noche sudorosa, desordenada e inexperta en la parte de atrás de
mi ranchera, pensé que lo podía hacer realidad. Resultó ser que los deseos, igual que el para
siempre, eran más difíciles de encontrar, complicados de reconocer e incluso más fáciles de
perder.
Perdió al bebé una noche a una semana de mi primer contrato para un disco. Firmé dicho
contrato con la cabeza de la aguja en la vena del codo y el mundo se disolvió como azúcar a mi
alrededor.
Todo brillaba.
Cuando eres un niño creciendo en las sombras, cualquier luz, sin importar cuanto brille, sin
importar cómo sea de venenosa, parecerá el Nirvana. Aprendí pronto también eso de que iluminar
demasiadas cosas, te pone fuegos artificiales en la sangre y en el cerebro y te deja roto y
sofocante.
Era extraño, pero incluso el estar así era agradable, parecía correcto, y en algún momento dejé
de atenuar mi uso de las drogas para evitar el bajón. Ahí es cuando las cosas se pusieron…
interesantes.
¿Te acuerdas de la chica de antes? Bueno, como esta historia, ella también estaba eclipsada
por el poder que tenía esa aguja dentro. Le gustaba tanto como a mí y, como descubrí después, le
gustaba más la aguja de lo que le gustaba yo. Cuando lo pienso, no creo que hubiera un momento
después de la pérdida del bebé que no estuviera nublado por algo.
Sexo, drogas y rock and roll.
Suena excitante cuando un hombre con una camiseta de red y el pelo largo lo propone. Cuando
destroza una guitarra en el escenario o se tira a una groupie adolescente en la parte de atrás del
bus del tour, tú piensas:
“Este tío lo tiene claro. Sabe cómo vivir.”
Construí toda mi imagen alrededor de la idea de que mi amor por la música significaba que
tenía que amar todo lo que se asociaba con ella. El sexo y la heroína iban en pack. Me convertían
en una puta superestrella y yo estaba en la cima del mundo brillando.
Quemándome.
Cayendo.
Mi madre murió en su nueva casa grande sin hipoteca. Yo no estaba ahí. Me llamó pero yo no
estuve. Estaba demasiado ocupado esnifando coca para escuchar el teléfono. Vi el agujero y me
quedé de pie en el borde.
Salté.
La chica con los ojos verdaderamente azules hizo todo lo que se le ocurrió para reducir mi
caída. Se compró un vestido blanco, me besó, dijo “Sí quiero” y “hasta que la muerte nos separe”.
Yo participé descuidadamente. Fué divertida, nuestra boda, pero como todo lo demás en la vida,
no significó nada. En algún punto ella aceptó que lo establecido era que perdiéramos el control.
Que fuéramos demasiado lejos. Pero ella no podía parar y a mí no me importaba lo suficiente para
intentarlo por mí, mucho menos por los dos. Así que tambaleándonos y riéndonos, caímos en el
olvido y la siguiente vez que el mundo se disolvió no había azúcar.
Sólo sangre.
Ella casi no lo cuenta. La puta de la mesa fue la que volvió en sí y llamó a una ambulancia. De
los tres, ella era la que estaba más en control de sus facultades. Supe más tarde que tenía asma, no
un problema de drogas, y no le gustaba tomarse nada cuando trabajaba con clientela
“impredecible”. Era la razón por la que había sobrevivido tanto tiempo.
Le di la casa que había comprado para mi madre. La que estaba completamente pagada y le di
100 de los grandes. No para que se callara sino porque había salvado algo que yo no pude, y solo
por eso, la consideraba una heroína no reconocida.
Durante los siguientes meses me marchité en un centro de desintoxicación en Europa, mientras
la señorita ojos azules luchaba por su vida. La primera vez que la volví a ver, después de que
finalmente abriera los ojos, fue en un hospital privado en las afueras de Suiza. Era el tipo de lugar
al que iba la realeza para cirugía plástica y nacimientos secretos. Olía a antisépticos y rosas.
Recuerdo ese día claramente. Recuerdo la forma en que la luz rebotaba en lo que se estaba
convirtiendo en una arrugada cicatriz. Ella intentó agarrarme la mano y yo me giré. Evitando que
me tocara como si hubiera algo que temer y yo no fuera el responsable de meterla ahí. No estoy
seguro de si lo que sintió por mí era amor, pero sé que a partir de ese momento en adelante solo
sintió odio.
Las fotografías empezaron porque no podía mirarla. Lo sé ahora. Ella estaba forzada a ver lo
que le había hecho cada vez que se miraba al espejo. Yo no debería tener la posibilidad de mirar a
otro lado, de olvidar.
El mundo palideció, volvió a ser gris. Las sombras alargaban sus largos dedos por todo el
planeta y aunque la música aún estaba ahí, me dejó frío.
Todos mis deseos estaban muertos.
Los ponía delante de la luz y se convertían en ceniza en mis manos.
Y entonces, un día, ahí estabas tú.
No recuerdo la primera vez que escuché tu voz o qué dijiste. Todo lo que recuerdo es que
sonaste jodidamente irritante. No recuerdo las primeras palabras que dijiste, pero recuerdo la
primera vez que te vi. La imagen está grabada en mis retinas. Cada vez que cierro los ojos viene a
mí.
Debería ser casi natural para mí, perderme en la forma en que la luz se refleja en tus tonos
cobrizos del pelo, pero no lo es. Me maravilla cada vez. Ahora, en este café, es tan estremecedor
como las otras docenas de veces que he sido testigo. Ojalá pudiera señalar el momento exacto en
el que pasó. El preciso segundo en el que rompiste el silencio que había construido a mi alrededor
para mantener el mundo a raya, pero se me escapa.
Quizás fue en la playa de Carolina del Sur. La misma a la que solía correr cuando las luces de
mi decadente caravana se apagaban y se estaba más caliente en la playa que tumbado en mi cama.
Escribí mi primera canción en esa playa, ¿te lo había dicho alguna vez?
O quizás fue ese día en el pasillo, cuando el terror te robó el control pero no la tozudez y la
elegancia.
Quizás fue cualquiera de los cientos de momentos que vinieron después.
No lo sé. Quizás nunca lo sepa. Lo que sí sé es que cuando te miro sentada en frente de mí,
todo lo que es ruido, sonido y caos, se queda quieto. En la bruma de la tormenta sensorial que es
un café de carretera que apenas pasa las inspecciones de sanidad, tú eres algo sólido y real.
Verónica.
Puedo jugar con tu nombre en mi lengua como si fuera música. Es una nota, un respiro de las
teclas de un piano con dificultades para permanecer en mi mente, no una persona. Jamás eso. Es un
nombre demasiado mágico, demasiado rítmico, para pertenecer a una persona.
Sí, lo es.
Ve-rón-nica.
Podría cantarlo todo el día.
Saliste de la nada, ¿no?
Mierda.
Mira qué hora es.
Sé que he dicho que me podía quedar. Que podría pasarme el día en esta mesa mientras
estudio la forma de tu cara y preservarla en mi memoria. Algo a lo que agarrarme si decides…
Si tú decides.
Pero realmente me tengo que ir. Se está haciendo tarde y tengo una promesa que cumplir.
Cosas que arreglar. No llores. Voy a volver, te lo prometo.
Un día de estos, apareceré de la nada.
Hasta entonces, quiero que sepas que te echaré de menos, Pelirroja.
EPÍLOGO
Fin.
BULLY
¿No puedes aguantar hasta el próximo libro apasionante? Aquí tienes un fragmento exclusivo
de mi nueva novela, Bully!
POSTFACIO
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horas. De verdad esperamos que te haya gustado el viaje en el que “Bestia” te ha llevado y nos
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