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Bestia - Amelia Gates y Cassie Love

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ÍNDIC E

Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
BULLY
Postfacio
PRÓLOGO

EL MUNDO ESTÁ en llamas y me encanta verlo arder.


Los colores se mezclan en espiral, un calidoscopio de medias verdades, y siento como se me
dilatan las pupilas mientras las diferentes sombras se cuelan en mis rincones más oscuros. La
música es como un segundo latir del corazón. Un pensamiento, una respiración, un movimiento
propio. Respondo sin pensarlo, sin rimas, sin razón aparente. El bajo me lleva hacia delante y yo
me deslizo por el suelo de mi ático para traer a Gabby a mis brazos. Ella se apoya en mí, sus
pequeñas manos dibujan las abultadas formas de los músculos bajo mi piel. Nos mecemos al ritmo
de la música, nuestras caderas ondean como serpientes mientras que las paredes y el suelo giran y
bailan a nuestro alrededor.
Me siento más fuerte que nunca. Como si pudiera partir metal con mis manos desnudas o como
si pudiera correr toda la longitud del planeta sin jamás cansarme o tener que ir más despacio.
Tengo tanta energía dentro de mí, tanto fuego, que hasta tiemblo con ello.
“Feliz aniversario, preciosa.” Murmuro, y ella suelta un gritito cuanto entierro mi cabeza en su
cuello y respiro profundamente. ¿Siempre ha sido así de adictiva? ¿Su esencia siempre ha sabido
tan divina? Como caramelo y golosinas derretidos, besos cubriendo mi lengua y la parte de atrás
de mi garganta hasta que desearla se parece al mayor hambre que he conocido jamás.
La luz atrapa y se va del diamante de su anillo de bodas y la sensación de posesión que me
llena roza lo animal. Hundo mis dientes en su oreja, y el placer me invade con el sonido de sus
indefensos gemidos. Cuando mi estómago se contrae me aparto. Necesito más. Es la única cosa
que haría que esta noche, mi puta noche de bodas, fuera aún mejor.
Plantando el beso final en los pequeños labios de Gabby, me levanto. El suelo se mueve bajo
mis pies y doy un par de tumbos por un momento antes de recobrar el equilibrio y caminar hacia
adelante. Alguien debe de haber estado jugando con el aire acondicionado. El aire frío que sale de
los conductos besa mi piel. Se me pone la piel de gallina en los brazos y las piernas. Lo noto
como si fueran cuchillos clavándoseme, y una parte de mí quiere encogerse mientras el resto de mi
ser quiere gozar de la sensación, tan sólo porque lo deseo tanto como deseo todas y cada una de
las cosas en este momento.
Hay una puta tirada bocabajo sobre la barra. Lo siento, escort. Recorro con la mirada su
cuerpo atlético y perfecto y sólo puedo reírme. Mierda. ¿Para qué cojones he venido aquí? La puta
suspira temblorosamente y me doy cuenta que antes no había notado su pecho subir y bajar cuando
llegué. Verla respirar me recuerda al aire acondicionado y específicamente a mí, poniéndolo a
máximo rendimiento porque me moría de puto calor cinco minutos antes. Sí. El frío es culpa mía.
Me vuelvo a reír, con dolor en los costados, y mi vista se centra en esa pequeña bolsita de
plástico que tiene al lado.
Ah.
Cierto.
Cojo el paquete de alegría en polvo y preparo una buena línea que cruza el perfecto cachete
del culo de la puta. Está bloqueando todo el puto bar y no tengo ninguna intención de caminar
hasta la mesa del comedor. Me inclino hacia ella, me tapo un lado de la nariz e inhalo
profundamente con el otro. Hay algo acerca de meterse una raya que estaba encima de cálida piel
humana que le da más intimidad al momento, que es tan inesperado como dolorosamente excitante.
Saco la lengua mientras la cocaína corre como fuego por mis venas y lamo lo que queda en ella.
Sabe a Chanel nº5 y chocolate. La muerdo, ella grita, sus caderas se levantan y su culo se arquea
separándose de la barra.
“¡Spade!”
Me separo, una bestia me interrumpe a media comida. Hay una mancha de sangre y profundas
marcas que dejan un rastro en lo que antes era piel suave y esa imagen me causa una ola de
satisfacción que me recorre entero. Saber que está a mi merced, que podría romperla si quisiera,
hace que el corazón me lata más rápido y más fuerte que nunca. Quiero volver a inclinarme y
moderla, meter mis dedos hambrientos en la pequeña y estrecha entrada de su coño para poder
notar la jugosa succión de su excitación en mis dedos. En lugar de eso, me quedo de pie, echo la
cabeza para atrás y suelto un grito.
“¡Guau!” Joder, me siento muy fuerte. Miro a las venas abultadas bajo mi piel. Las siento latir,
hambrientas y llenas de poder. La marca pequeña y redonda de la aguja que antes se había
agrandado, ahora era prácticamente imperceptible. Estoy muy arriba y no quiero volver a bajar
nunca.
“¡Spade!”
¿Por qué cojones sigue diciendo mi nombre esa zorra? El sonido de su voz es una intrusion no
bienvenida y estridente. Uñas en una jodida pizarra. Tan pronto como lo pienso, la atmósfera en el
ático cambia. Se hace más sombría. Algo perverso y amenazador levanta la cabeza y la música,
que antes era un orgasmo en mis terminaciones nerviosas, ahora son millones de pequeños dientes
mordiéndome y buscando algo que destruir.
“¿Cariño-?” Las palabras en si mismas suenan distantes. Sin sentido. Lo único que importa es
el sonido de su voz. La censura que proyecta. La advertencia. Como si tuviera algún derecho a
decirme qué hacer. A juzgarme. ¿Quién coño era ella para juzgarme? Mis dientes están apretados y
puedo notar los músculos de mi mandíbula tensarse mientras mi maxilar inferior dibuja pequeños
círculos. No puedo dejar de hacerlo y una parte de mi cerebro se da cuenta de que lo estoy
llevando demasiado lejos, casi al punto de dolor.
“-demasiado.” Estaba diciendo ella. Cada vez que parpadeo, me doy cuenta de que, de algún
modo, he cruzado la habitación y estoy a su lado. La miro, tengo sus brazos agarrados y estoy
apretando. Las palmas ansían más y me pregunto si puedo romper uno de sus delicados huesos con
solo mi voluntad. Aprieto un poco más y la extraña luminiscencia de sus ojos se revela como
lágrimas. Con toda la presión empieza a llorar y desata una cascada, sus labios se mueven. Pero
nada penetra. Puedo sentir unos ojos que me miran. Voces arremolinándose a mi alrededor. Rozan
mi piel como llamas o cuchillas afiladas. Alguien me está observando. Esperando.
“¿Estás con ellos?” Pregunto, confundido por cómo ha salido la conversación y a dónde se
estaba dirigiendo. Frunce el ceño y niega con su cabeza. Sus labios se levantan en desaprobación.
“-dosis?”
La miro, sin entender y grita por frustración, sacudiéndose como si fuera capaz de deshacerse
de mi agarre.
“¿Has doblado la puta dosis?” Dice otra vez. “Te dije que no tocaras esa mierda, pero tú
nunca me escuchas, ¿no?” No es una pregunta, pero estoy preparando una respuesta que, sin
embargo, no tengo tiempo de verbalizar. Joder. Aún sigue hablando. “-Dios no quiera que saltes a
cualquier oportunidad de pincharte algo en el puto brazo.”
La rabia lo controla todo. Es un tsunami. Un oso levantándose sobre sus patas traseras y
rugiendo su ira a los cielos. Mi brazo arremete. No a Gabby. A ella nunca. Pero si al juicio de su
voz. La desaprobación que escarba para encontrar la vergüenza que yace bajo mi superficie.
Quiero silenciarla, olvidarme de ella como he olvidado todo lo demás que hay bajo la ola de
color y música que una vez convirtió mi mundo en temporalmente tolerable. No es a Gabby a
quien ataco sino a los ojos en las paredes. Los que me están observando. Los susurros que me
quitaron el confort de mi segundo pulso.
No es a Gabby a quien ataco.
No es a Gabby a quien-
No es a-
Tengo sangre en las manos y mi mujer está doblada en frente de mí luchando para respirar. La
niebla amenaza con reaparecer pero noto el horror donde se encuentran la consciencia y el
conocimiento. No quiero enfrentarme a ello. No quiero verlo. Así que me doy la vuelta y me dirijo
hacia donde está la prostituta. Preparo otra raya con manos temblorosas y cuando oigo un pequeño
gemido con voz rota detrás de mí, preparo otra raya al lado de la primera. Inclinándome hacia
abajo, inspiro el divino polvo y mis pensamientos se separan como hebras de seda en el viento. El
mundo está inundado de color y la música le dice a mi corazón cómo bailar. En medio de todo ese
placer, el miedo y la comprensión no tienen lugar.
La ignorancia puede que sea una bendición, pero la negación puede saber igual de dulce.
1

Spade

EL ESTUDIO ESTABA en silencio a esas tempranas horas de la mañana y me gustaba que fuera así.
Estando yo solo últimamente hacía que la música fluyera más fácilmente. Cuando mi carrera
empezó todo era diferente. Me nutría de la atención de mis fans y los elogios de mi equipo. Las
letras eran las piedras que usé para construir mi trono. Brillante pero sin fundamento. Pensar en
todo eso ahora me hizo suspirar y rasqué cuatro notas desacompasadas en la guitarra para llenar el
vacío que una vez estuvo inmerso en conversaciones.
Alguien llamó a la ventana de cristal que daba al equipo de sonido de la siguiente habitación y
levanté la vista para ver a Paul, mi asistente, saludándome. La sala en la que yo me encontraba
estaba insonorizada a menos que supieras utilizar el interfono para comunicarte conmigo, y a Paul
no se le daba bien la electrónica. Afortunadamente para él, no le pagaba por sus conocimientos en
tecnología.
Poniendo la guitarra a un lado, me levanté y salí de la habitación. Nos encontramos en el
pasillo y tuve que parpadear un par de veces por la brillante luz que había. Los pasillos de mi
casa estaban hechos casi por completo de cristales resistentes a las tormentas. La luz del sol
entraba a raudales incluso en aquellos días que hubiera preferido estar a oscuras. Fuera, en el
centro del edificio, había un jardín rodeado por los cuatro lados de pasillos acristalados. Aunque
al otro lado de la casa, podía ver el mármol de mi cocina a través de las largas ramas del arce
japonés que dominaba el espacio exterior. Casi podía oler el aire fresco. Me dio dolor de cabeza.
¿Cuándo fue la última vez que salí por ahí durante el día? Me esforcé por desenterrar ese
recuerdo, pero consiguió eludirme.
“¿Qué?” Tenía la voz ronca y los ojos medio cerrados aún por la luz. Cualquier otra persona
hubiera asumido que estaba de mal humor pero Paul me conocía lo suficiente para omitir esa
posibilidad. Me estaba metiendo más profundamente en la gilipollez esa de new-age, paz y amor,
chakra equilibrado, Kamehameha Dragon Ball Z y el último Airbender. No llevaba un moño en el
pelo, ni barba, ni iba descalzo cantando kumbaya masturbando árboles o algo parecido, pero no
me cabreaba tan fácilmente estos días.
La revista People me tildó anteriormente de “exaltado” y “apasionado”:
Yo más bien me sentía como unas brasas a punto de apagarse que la engalantonada estrella del
rock de mi apogeo, pero eso era completamente mi culpa.
“Ha vuelto.”
Intenté y fallé en no poner mis ojos en blanco.
“¿Dónde está esta vez?”
“La entrada sur.”
Lo fui a ver. Genial. Y ahí terminaba lo de no cabrearme con facilidad. Mientras tomaba la
nota mental de despedir a mi personal de seguridad, llegué al panel que tenía el vídeo de la
entrada sur.
La pequeña pantalla del panel cobró vida y de repente estaba mirando a la coronilla de una
cabeza demasiado familiar.
“Verónica, sabes que esto es acoso.” Dije como saludo y la mujer de la pantalla empezó a
mirar a su alrededor con sospecha, en busca del origen del mi voz.
“Acoso es una palabra fuerte y muy fea.” Dijo, su voz era tan sensual como la recordaba. “Yo
prefiero “determinación”.”
“No puedes ser arrestado por “determinación”.” Respondí, y ella se rió.
“Claro que puedes.” Dijo. “Tengo la foto policial de la semana pasada para probarlo.”
Joder. Roslow no tenía que arrestarla, sólo asustarla. Tampoco es que importara. No es que
hubiera funcionado. Verónica Frasier se había presentado en la puerta de mi casa todos los días
durante el último mes. El único momento que tuve un respiro fue cuando pasó la noche entre rejas
por “determinación”.
“Venga, Spade. Al menos escúchame. ¿Qué es lo peor que podría pasar?”
Todo.
Cualquier cosa.
Tamborileando mis dedos en el panel, miré a la pantalla. Para ese momento, ya había
memorizado exitosamente cada centímetro de su cabeza. Conozco el sonido de su voz a través del
altavoz y como su risa reverbera pero aún tengo que verla cara a cara. La curiosidad, como
mínimo, es suficiente para hacerme acceder a sus palabras.
Cuando Verónica se presentó por primera vez, me deshice de ella con facilidad. Cada vez que
volvía a venir, echarla fuera de mi casa y mi cabeza se hacía más complicado. En algún punto,
empecé a tener ganas de oír el timbre o tener que apagar la alarma. Después de sacarla de la
propiedad por tercera vez, empecé a investigar un poco. Realmente, no había mucho más que
descubrir acerca de Verónica Frasier. La mayoría de mis resultados eran lo que ella ya me había
contado el primer día, que era que ella acababa de convertirse en una productora que estaba
intentando hacer que su programa de entretenimiento despegara. Si no conseguía un buen índice de
audiencia, la cadena iba a cancelar su programa y ella tendría que empezar de cero otra vez.
Necesitaba un invitado que pudiera capturar la atención del público y le diera acceso a traer a
más estrellas de primera categoría.
¿Quién mejor que el soltero billonario y extraordinaria estrella de rock Spade?
Aunque me mantenía público para seguir siendo relevante, hacía más de quince años que no
daba una entrevista.
No desde…
Antes de que el recuerdo pudiera hacerse presente, me desprendí de esos pensamientos. El
pasado era el pasado. Tenía que parar de desenterrar mierda antes de que me volviera loco.
“Tiene razón, ¿sabes?”
Tensándome, miré por encima del hombro a Paul. Estaba de pie a pocos metros de distancia,
con los ojos pegados a la pantalla, mientras los pensamientos se le cruzaban con rapidez por la
cara.
“¿De qué cojones hablas?” Gruñí. “¿No fuiste tú quien me dijo que me deshiciera de ella la
primera vez?”
Paul me miró y se encogió de hombros. “Eso fue antes de que tu álbum no se vendiera tanto.
Tienes una nueva generación de fans ahí fuera. No estaría de más enseñarles tu cara un poco.
Recordarles quién eres y por qué te quieren.” Asintió en dirección a Verónica. Ella aún estaba
hablando, pero la ponía en mute por costumbre, así que no conocía los detalles. “Además, ella
necesita visibilidad. Tendrás más control sobre la historia de lo que tendrías si fuera Rolling
Stone o Cosmo.”
Tenía razón.
Otra vez.
Mi ultimo álbum, Revival, no salió tan bien como esperábamos. No necesitaba el dinero, pero
nunca fue por el dinero. Hasta donde la memoria me alcanzaba había sido conocido como el
Príncipe del Rock and Roll. Si no tenía mi música, no tenía nada. Me negaba a que me dejasen en
la cuneta un puñado de pequeños bailarines de Disney Channel que cantaban canciones melódicas
de cachorritos y brillo de labios.
Eso no era música, eso era un anuncio cantado sobre medicación para el acné.
Después de un momento de duda, apreté el interfono.
“Tienes diez minutos. Haz que valgan la pena Frasier.”
Le di acceso y me entretuve viendo como se quedaba parada en shock, claramente asombrada
durante varios preciosos segundos antes de entrar corriendo. Le llevó unos minutos llegar a la
puerta del apartamento y para el momento que tocó tímidamente a la puerta, alertándome de su
presencia, yo empezaba a arrepentirme de mi decisión.
Respirando profundamente, fuí a coger el pomo sólo para parar en el último instante. Mierda,
esto iba a ser más complicado de lo que pensaba. ¿Cuándo fue la última vez que hablé con alguien
aparte de Paul? Mi familia se lavó las manos conmigo hacía años y las fans nunca fueron
conversadoras fascinantes. Todos mis “amigos” eran operarios de la industria. Mantenía las
distancias con esos capullos a no ser que necesitara un cuerpo caliente al lado del que posar para
los paparazzi. Empecé a notar como la agitación se me arremolinaba pero la corté.
Esto es sólo otra actuación. Un público de sólo una persona seguía siendo un público.
Abrí la puerta.
No estoy seguro de qué esperaba. Quizás que pareciera tan tozuda e irritante como había
demostrado ser, incluso en la distancia. No esperaba que pareciera una canción hecha persona.
Estaba sonrojada, el aire fresco trajo un brillo a su cara que generalmente tenía una luminosidad
más bien pálida. La luz del sol resaltaba su tono cobrizo en su pelo castaño, mostrando diferentes
tonos de fuego. Lo llevaba recogido en un moño en lo alto de su cabeza, algunos mechones
traviesos estaban sueltos rizándosele en la sien y en sus mejillas. Tan pronto como se abrió la
puerta me miró, sus ojos color castaño abiertos con sorpresa y placer. Un lado de su boca se
levantó revelando una media sonrisa arrogante, como si no hubiera estado segura hasta ese
momento de si la iba a dejar entrar o no. Era extraña y claramente preciosa. Una ninfa del bosque
que sostenía un iPhone 8 en sus nerviosas manos.
Verónica era más pequeña de lo que parecía por el interfono. Casi diminuta. Llevaba un
pantalón ancho gris y una blusa suelta verde. Sus pechos eran pequeños. Su cintura era estrecha
como un reloj de arena que terminaba en una cadera ancha. Cuando caminó delante mío, haciendo
un esfuerzo por no estar demasiado cerca al adelantarme, miré hacia abajo para entrever su culo.
Redondo. Dos mitades perfectas. Botaba un poco con cada paso que daba, y la lujuría me
sobrevino con rapidez e intensidad, como dos puñetazos rápidos que me dejaron sin respiración
momentáneamente.
El aroma de melocotones asados y manteca de nuez me rodeó cuando pasó por mi lado y esa
mano se agarró a mis entrañas con sus garras. Apretando los dientes miré a Paul pidiendo ayuda,
sólo para encontrarlo mirándome sin apenas esconder su diversión.
“Estoy tan contenta de que finalmente hayas accedido a hablar conmigo.” Estaba diciendo, con
la voz aguda por la excitación. Mientras hablaba estaba observando la habitación, sus ojos iban de
un extremo del vestíbulo al otro. Documentándolo todo en su cabeza. “No te arrepentirás.”
Claramente confiada, se giró con las manos en las caderas y asintió con aprobación.
Dudoso, la miré de arriba a abajo y levanté una ceja.
“Es un poco tarde para eso.”
Parte de su seguridad desapareció de su cara y escaneó el espacio otra vez. “Tú… vas a
hablar conmigo, ¿verdad? El sheriff no va a salir de detrás de ninguno de esos cuadros horteras y
arrestarme ni nada parecido, ¿no?”
Con la lujuria olvidada momentáneamente, la miré y me puse recto.
“Mis cuadros no son horteras.” Eran un poquito horteras, pero me costaron más que los años
de Universidad que nunca hice.
“Ahá.” Dijo, con expresión neutral. Sin decir nada más empezó a teclear en su teléfono.
“¿Qué estás haciendo?” Demandé dando un paso adelante
Verónica se encogió de hombros de forma poco entusiasta, se giró y empezó a deambular hacia
el pasillo.
“No mucho.” Quizá intentó transmitir calma, pero falló. “Sólo tomo algunas notas. Para la
posteridad.”
“Posteridad.” Murmuré por lo bajini y mire a Paul. “Posteridad.” Acusé y caminó hacia mí
para darme una palmadita en el hombro.
“La he oído, hermano.” Aclarando su garganta emepezó a caminar hacia la puerta que aún
estaba abierta. “Creo que me voy a ir.” Dijo, todo ansioso para desaparecer ahora que me había
convencido de dejar entrar a Doña Parlanchina con su “absolutamente riguroso” gusto para el arte
en mi casa. “¿Estás bien?”
“No.” Le dije. “En realidad no estoy bien.”
“Genial.” Paul me sonrió y me levantó un pulgar, claramente sin prestarme ninguna atención.
“Perfecto, Spade. Buena suerte con tu entrevista tío, lo vas a hacer muy bien.”
Mis ojos se estrecharon. “Te vas.” No era una pregunta. Debió darse cuenta de mi tono de voz,
pero sólo movió su cabeza con falso remordimiento.
“Necesito hacer algunas cosas. ¿Me llamas esta tarde?” Antes de que pudiera responder, se
había ajustado un sombrero imaginario como despedida y había salido por la puerta. Miré a la
puerta cerrada hasta que escuché el distintivo sonido del cristal por arriba.
“No toques nada.” Solté las palabras entre mis dientes apretados y un segundo después
Verónica sacó su cabeza por el vestíbulo, pareciendo molesta.
“No te preocupes, no he roto nada.
“Te he dicho que no tocaras-”
“Pues, estaba pensando que podríamos esbozar un contrato básico hoy y podría pasarme
mañana con la copia final después de que la hayan revisado mis abogados.”
La mire fijamente, sin pestañear durante unos buenos treinta segundos. ¿En qué mierda me
había metido? La tendría que haber dejado fuera. Encender los aspersores pronto …otra vez. O
llamar a la policía …otra vez. Pero por alguna razón, no odiaba completamente la idea de tenerla
aquí. Su franqueza era extrañamente refrescante. Era agradable hablar con una mujer que no me
mirara como si hubiera colgado la luna en el cielo. Interactuar con Verónica era… normal.
Me venía bien un poco de normalidad.
Verónica cambiaba su peso incómodamente de un lado al otro y me di cuenta tarde de que la
había estado mirando demasiado tiempo. Mi silencio absorbió cierto aire de sus velas.
“¿Dónde está tu amigo?” Preguntó, y me encogí de hombros antes de cerrar con pestillo la
puerta. Otro visitante era lo último que necesitaba.
“Cinco minutos.” Le recordé.
Sus bonitos ojos se abrieron de golpe.
“Dijiste diez.” Sonó tan indignada que estuve tentado a sonreir. En lugar de eso crucé los
brazos en mi pecho y la miré.
“Has perdido los cinco primeros insultando mis gustos.”
Se avergonzó. “¿Si me disculpo podemos empezar de nuevo?”
Negué con la cabeza y me dirigí al comedor indicándole que me siguiera con un gesto hacia la
habitación toda blanca. Sofas blancos, alfombras blancas, un centro de mesa color crema y una
pantalla plana. Incluso las decoraciones eran blancas. Mi diseñador de interiores dijo que las
líneas claras y las telas inmaculadas eran como un lienzo en blanco para mi creatividad. En
general sólo me hacía pensar en estar deslumbrado por la nieve. La zona era demasiado perfecta.
Cada vez que entraba en ella me sentía como un extraño en la casa de otro. Pero como los cuadros
del vestibulo, como casi toda la decoración de esa casa, mandaba un mensaje.
Cuando eres famoso siempre hay que mandar el mensaje correcto.
El comedor no era mi espacio favorito. Miré a Verónica por encima del hombro para
confirmar que a ella le gustaba aún menos. Su nariz estaba arrugada con desagrado y sus hombros
cayeron hacia adelante cuando se sentó en el sofá.
“¿Algo de beber?” Le pregunté yendo derecho al bar que estaba en la pared. En contraste con
todo el blanco, había puesto licor color ámbar y marrón chocolate. Una parte antigua, salvaje de
mí quería manchar esa perfección. Volcar un vaso tras otro hasta que mi comedor de estrella
pareciera la escena de un crimen.
Moví mi cabeza.
Eso era el antiguo Spade.
El nuevo Spade estaba demasiado ocupado preguntándose cómo sería la extraña mujer
desnuda sólo para causar el caos.
Un “Estoy bien, gracias.” Llegó a mis oídos y yo me encogí de hombros.
“Tú te lo pierdes.” Lamenté, sirviéndome un chupito y bebiéndomelo. Dios, que bien quemaba.
Las palmas de mis manos ansiaban echar otro, y quizás un tercero, pero en lugar de eso puse con
cuidado el vaso y la botella de vuelta y cerré mis dedos en puños en ambos lados. Mi centro me
dolía. No de hambre por esa carne esta vez, sino de ambición. Afortunadamente, el tiempo me
había enseñado como ignorar esos deseos. Desafortunadamente, no era suficiente para deshacerme
del deseo por algo más fuerte.
Me giré, me apoyé en el bar y la miré con curiosidad.
“Tres minutos.” Dije, y ella inspiró fuertemente.
“¿Qué hay acerca de que vuelva a empezar?”
Accedí con un asentimiento de cabeza. “Está bien.” Dije. Tampoco es que hubiera llevado la
cuenta. Sólo me gustaba desconcertarla. Además, ya estaba dentro de casa y lo que había dicho
Paul seguía en mi mente. “Sorpréndeme.”
“El programa se llama Nombre Encendido. Ya me han aprobado una temporada de doce
capítulos pero el piloto tiene que ser bueno, sino nunca veré el segundo episodio.
“¿Cómo has conseguido eso?” Usualmente el piloto tiene que ser bueno antes que la cadena se
comprometa a una temporada entera. Se sonrojó ante mi pregunta, su cuello y su pecho estaban
completamente rojos con vergüenza. “Tengo mis recursos.”
No se le daba bien el crear una atmósfera misteriosa, pero valoré el esfuerzo. En respuesta a
su cruel falta de respeto a mis cuadros antes, no me mordí la lengua.
“¿“Recursos” te refieres a la ayuda de papi o “recursos” te refieres a la ayuda de papi?”
Cuando se le cayó la mandíbula con asco, levanté la mano para prevenir cualquier negación.
“Genial, déjame adivinar. Tu padre es el propietario de la cadena y tú te prometiste hacerlo por ti
misma en lugar de aprovechar su reputación.”
Verónica se inclinó hacia delante y se llevó una mano al pecho.
“¿Cómo lo sabías?” Preguntó. Antes de responder preferí sentarme delante de ella y guiñarle
un ojo. Nos miramos durante un instante antes de que ella pusiera los ojos en blanco y se echara
para atrás resoplando.
“¿Investigador privado?”
“Google.” Clarifiqué. ¿Para qué contratar a un investigador privado cuando la página de
Wikipedia de los Frasier era el primer resultado que aparecía?
“Eso es un poco invasivo, ¿no crees?” Preguntó con rigidez.
Me reí. “Me lo dice la mujer con una fotografía policial. Estabas escuchando a todo volumen
la banda sonora de The Sixteen Candle en mi casa de la piscina hace dos semanas. Claro que te he
buscado en google.”
Verónica pareció perder un poco de intensidad. “Te pido disculpas por eso.” Dijo. “Aún
estaba molesta por los aspersores.”
Mentalmente me pegué una patada. Era buena. Jamás me había sentido culpable por hacer la
vida más difícil de las mujeres que me acosaban. Para todo hay una primera vez supuse.
“¿A quién tienes dirigiendo?” Pregunté. Un cambio de tema venía bien, pero me di cuenta de
que también estaba ciertamente interesada. Volvió de su melancolía casi inmediatamente.
“Quinten Jones.”
Silvé mi aprobación. Jones era grande aquí en L.A., él era el nombre que había detrás de
varios de los reality shows en televisión mejor valorados. Si él estaba a bordo, ella ya tenía la
mitad de la batalla ganada.
Verónica se retocó el pelo, claramente contenta de haber conseguido impresionarme. “Hace
pocos días Lee Dunham fue contratada como presentadora.”
Dunham era una estrella del pop que se estaba haciendo mayor y una madre soltera. No tenía
la influencia de Jones, pero sabía manejar una audiencia y a sus cuarenta y cinco su culo era lo
suficientemente firme para hacer rebotar una moneda, asumiendo que no se le había quedado
atrapada en su escote prominente al lanzarla. La gente la adoraba cuando aún era una adolescente
ultrasexualizada y ahora contaba con un culto leal que la seguía desde una infinidad de lugares.
Sólo quedaba una cosa más.
“¿Dónde está el guión?” Verónica se mordió el labio pero no alardeó. En lugar de eso rebuscó
en su bolso su iPad, puso la contraseña y me lo pasó. El guión estaba ahí mismo esperando, como
si ella hubiera sabido desde el principio que accedería. Leí las primeras páginas para el piloto en
silencio. Mi nombre no estaba en esa copia, pero fui capaz de hacerme una idea de las preguntas
que me harían. Dunham me entrevistaría, responderíamos algunas preguntas del público, tal vez
jugar a algún juego para demostrarle a la gente de casa que ambos éramos personas normales y
cercanas, y bla, bla, bla. Todo parecía bastante estándar, lo cual era bueno.
Estándar era familiar.
Estándar había superado el test del tiempo.
La audiencia entendería estándar.
Este proyecto era la forma ideal para Verónica para ganar un poquito de experiencia. La idea
que había detrás era tan genérica que, de hecho, a no ser que tuviera unos invitados realmente
espectaculares, el programa se hundiría durante la primera semana.
“¿Tienes un presupuesto?” Devolviéndole el iPad, me preparé para lo peor. Una producción
así, especialmente con Dunham y Jones a bordo, no sería barata. Los Frasier eran propietarios de
los estudios Blue Moon, pero si Verónica estaba intentando crearse su propia fama fuera de la
influencia de papi, seguramente no estaría dispuesta a usar su herencia para financiar un salto de
fe. Sospechando todo eso, casi esperé que apartara la mirada con culpabilidad.
“¿Frasier?” Cuando sus labios sólo se tensaron como respuesta, salté. “¡Ronnie!”
Verónica se alisó el pantalón por todo el muslo pero evitó mirarme. Después de un instante de
lucha contra las arrugas del pantalón, se aclaró la garganta.
“Esperaba que consideraras asociarte conmigo como una inversión.”
“Ah, ¿ahora seremos socios?” Pregunté divertido. “Pensé que sólo me necesitabas para el
piloto.”
Su sornisa estaba manchada de autodesprecio.
“Eso era antes de que pidieras dinero.”
“¿Tu socio con toda esa gente con quien tienes deudas?”
Cuando no respondió al instante, moví la cabeza y me levanté. Verónica se tensó anticipando
malas noticias, incluso su cara reflejó su decepción. La miré y no pude evitar darme cuenta del
leve camino de pecas que tenía en el puente de la nariz. Sus labios eran anchos, el superior algo
más mullido que el inferior. Quería inclinarme y pasar mi lengua por toda esa suave carne rosada.
Descubrir si sabía tan bien como olía.
“Está bien.” No sabía lo que iba a decir hasta que las palabras empezaron a salir de mi boca.
Verónica se echó para atrás en su asiento, claramente tan sorprendida por mi aceptación como yo
lo estaba.
“¿En serio?”
“Completamente en serio.”
Torció un poco la cabeza hacia un lado y el deseo de inclinarme, de morder, de tomar y
apropiarme se revolvió bajo el autocontrol que lo limitaba. “No podré pagarte.” Me avisó. “Al
menos no al principio.”
“Me he dado cuenta de eso.” Me encogí de hombros y le tendí una mano. Ella la aceptó,
permitiéndome ayudarla a levantarse. “Pero si sales conmigo mañana por la noche, me doy por
compensado.” La oferta fue tan inesperada como mi voluntad de ayudar, pero no me retraje. El
programa podía ser beneficioso para ambos o un desastre absoluto. En cualquier caso, la idea de
pasar más tiempo con Verónica Frasier era una tentación que quería explorar.
Tendría que haber dicho que sí.
Esperaba un sí.
En lugar de eso me sonrió ampliamente y me dio una palmadita en la mejilla.
“Oh”. Dijo. “Gracias, pero no gracias.”
Fue tranquilamente hasta la puerta de entrada, con pasos fuertes y una confianza absoluta.
“Me pasaré mañana con el contrato.” Dijo sin girarse. “Te veo mañana, socio.”
Para cuando conseguí poner en orden mis pensamientos, ya no estaba. Jodidamente genial.
Estuve intentando deshacerme de esa mujer durante semanas, pero al segundo que decido que vale
la pena tenerla alrededor va y desaparece. No estaba seguro si quería estrangularla o besarla, y
cuando giré para dirigirme al estudio, el sonido de su voz estaba en mi cabeza como una canción
que aún no estaba listo para olvidar.
2

Verónica

“¿CÓMO HA IDO ?”
Me recliné en el sofá y me coloqué los pepinos que acababa de cortar el último minuto en
cada ojo. Los cojines se hundieron y me coloqué en un lado cuando mi hermana se sentó en un
extremo.
Suspiré. Sonó como como una exhalación de paciencia y sufrimiento.
“No estoy en la cárcel y tú tienes que redactar un contrato Abigail. ¿Cómo crees que ha ido?”
Reajusté mis pepinos, que habían empezado a resbalarme por la cara cuando ella se sentó, e
intenté ignorar su suspiro de desaprobación.
“No es a lo que me refería y lo sabes.”
Mi frente se quiso arrugar, pero la mascarilla de barro que llevaba puesta no lo permitió.
Tenía razón. Sabía perfectamente a lo que se refería. Mayoritariamente porque se había pasado
casi un mes comiéndome la cabeza con eso. En lugar de responder al instante, ondeé una mano de
forma evasiva.
“No me voy a acostar con Spade.” ¿Cuántas veces tenía que repetírselo para que le entrara en
la cabeza? Mi boca se torció hacia abajo sin que yo pudiera evitarlo. Por primera vez esas
palabras no sonaban completamente ciertas. Como si hubiera perdido la convicción en algo que en
otra ocasión era indiscutible.
“Pero Ron,” Abby empezó, y yo casi podía imaginarme la intensidad en su cara. “Es Spade.”
La forma en que dijo su nombre implicaba que incluso el pensamiento de llevar ropa interior
cerca de ese hombre bordeaba el sacrilegio. Estaba acostumbrada a que hablara de ese modo y
pasé la mayoría de nuestras vidas pensando que era una idiota.
Después le conocí.
Y ahora no podía evitar pensar que quizás hubiera tenido razón todos estos años.
Aún así…
“No me voy a acostar con un hombre con el que has estado obsesionada desde que tenías
dieciséis años Abigail. Es asqueroso.”
“Sólo escúchame.” Intentó de nuevo. “Tienes un pie en la puerta. Yo no. Estoy dispuesta a ser
buena persona y dejar que tú…” Se recolocó en su sitio. Lo sabía porque se notó en todo el sofá.
“Ya sabes.”
Me quite los pepinos de los ojos y me senté de tal forma que pudiera mirarla.
“¿Qué?” Se puso una mano en el pecho como si se hubiera ofendido con mi censura. “Para
esto están las hermanas. Cuando te quisiste teñir el pelo morado pero no sabías si te iba a quedar
bien, yo fui la que se sacrificó. ¿Por qué? Porque te quiero aunque seas egoísta. ”
“Estamos hablando de mi vagina Ab. No de un paquete de tinte y tres zumos.” Le recordé.
“Vivir experiencias la una a través de la otra era divertido cuando estábamos en la adolescencia
pero ya no aplica ahora que rozamos los treinta.”
“Dices eso porque no lo has intentado. Mira, siempre has estado dispuesta a saltar al vacío.
Ahora voy a necesitar que le saltes a él encima.”
La miré y ella me devolvió la mirada sin remordimiento alguno.
“¿Has dicho la expresión saltar al vacío específicamente para poder decir luego “saltarle a él
encima”?
Cuando sólo sonrió como respuesta puse los ojos en blanco y me levanté del sofá. Ahí
desaparecía toda mi relajación después de un largo día. Desde el día en que la capulla me sacó de
la cárcel no paraba de verla. Aunque era imposible saber si su repentina habilidad se debía a que
finalmente había cerrado su último caso o si era porque finalmente había habido cambios en la
situación con Spade. En cualquier caso, estaba empezando a arrepentirme de haberla contratado
como mi abogada.
Bueno “contratar” era un término que no se adecuaba teniendo en cuenta que le pagaba con
chocolate y abrazos. Dios, si no fuera tan encantadora habría quemado mi herencia sólo para
pagar favores ya.
Toqué los bordes de mi mascarilla con cuidado mientras iba a la cocina. Aún estaba húmeda
pero se secaría rápido. Cada movimiento de mi expresión abría un montón de grietas en forma de
telaraña en la superfície de la arcilla. Al menos un tratamiento facial le devolvería el brillo a mi
piel que las noches sin dormir habían conseguido quitarme. Entre dar vueltas en la cama, subornar
a su personal de seguridad, comprar ropa nueva y equipamiento electrónico después del desastre
de los aspersores, y devolverle el dinero de la fianza a mi hermana, Spade se ha apoderado de mi
vida de forma efectiva.
“Hemos hablado de esto Ab.” Dije, sirviéndome otro whisky y preguntando con una ceja
levantada si a ella le apetecería uno también. Consintió. “Voy a mantener las cosas estrictamente
profesionales. Los solteros guapos son un territorio peligroso en Hollywood. Será
complicadísimo esconder mi asociación con papá fuera de la luz pública como está.”
“Tienes conexiones Ronnie.” Sacudió la cabeza cuando le di el vaso y nos volvimos a sentar.
“No es algo de lo que avergonzarse. Mucha gente lo utilizaría en su favor.”
Otra vez, mi gemela de mentalidad más práctica tenía razón.
Podría utilizar el nombre Frasier para abrir cualquier puerta que quisiera. Pero la idea de
hacer eso me ponía enferma.
“Tú no lo hiciste.” Le recordé mientras miraba al frente. Abby repitió mi suspiro de antes y me
agarró la mano libre.
“Eso no es enteramente cierto.” Me respondió suavemente. “Entré en Harvard porque era una
Frasier, pero me gradué la primera de mi clase porque soy una jodida barracuda. Tú podrías hacer
lo mismo. Di tu nombre para crearte tu plataforma y después deja que tu talento y trabajo duro
hablen por sí mismos.”
Tomando un largo sorbo de mi bebida a través de la pajita que le había puesto, resoplé.
“No es tan sencillo.” Dije. “Tú te metiste en leyes. Ser la heredera de Producciones Frasier no
impresionará a un juez o afectará a un caso. Desde el principio la gente esperará de mí que llegue
a donde llegó Papá y su legado. Si no soy mejor de lo que fue …de lo que es, entonces yo…”
Mi voz se apagó, pero Abby pareció entender, su respuesta fue una mueca. Un movimiento en
falso, un susurro de algún escándalo, y me etiquetarían como un fracaso y una decepción sin ni
siquiera haber tenido la oportunidad de abrir mis alas. Los paparazzi se acercarían como pirañas
en una piscina con sangre, y los tabloides y canales de entretenimiento esparcirían mis restos con
orgullo por todo el territorio de Estados Unidos. Alguien me dijo una vez que toda publicidad era
buena publicidad y era cierto …hasta cierto punto. En realidad, sólo la buena publicidad era
buena publicidad. El mundo te quería hasta que abruptamente dejaba de hacerlo. Una actriz podía
ser la favorita de América un minuto pero si tomaba una mala decisión en cuanto a relaciones o
decía lo que no debía, arremeterían contra ella como si fuera el enemigo público número uno.
Una situación de la que era casi imposible deshacerse.
Crecer siendo famosa me enseñó cómo llevar la tormentosa ola de la opinión pública como
un surfero en medio de una tempestad. Escalar cuando iba para arriba y cuando la cresta
empezaba a curvarse bajo tus pies, hacer un esfuerzo por pasar desapercibida en aguas más
calmadas hasta que fuera seguro volver a adentrarse. Luchar contra la ola, o aún peor, no prestarle
atención a su movimiento, te haría volcar. Y entonces o te ahogabas o te golpeabas contra las
rocas sin que nadie te viera.
El final era siempre el mismo.
Una vez la violencia se había acabado y las aguas se habían templado, no quedaría nada que
probara que habías estado allí. Desvanecerse en la oscuridad era el primer regalo de la muerte
que los famosos experimentaban. Cualquier otra cosa era simplemente ir dando tumbos en la otra
vida buscando el propósito que perdiste.
Pensar en todo lo que estaba en juego hizo que se me tensara la mandíbula. Podía notar la
sensación de grima de uñas en una pizarra a través de mis dientes rechinando, pero estaba muy
agitada para pararlo. A Papá le encantaría verme retorcerme así. Verme preocupada era su
pasatiempo favorito después de plantar un puñetazo en mis entrañas o arrancarme mechones de
pelo por malas notas o no haber hecho cosas en casa.
Abby fue lo suficientemente afortunada como para ir a vivir con nuestra madre cuando
nuestros padres se separaron, así que el abuso terminó pronto para ella. Aunque vivir con una
maníaca egocéntrica enganchada a las pastillas debió presentar sus propios retos. Nadie sabía que
nuestros padres no eran la poderosa pareja que aparentaban ser. Así como nadie sabía que
Michael Frasier era un cabrón maltratador tanto física como mentalmente que llevó a su esposa
emocionalmente insegura a que le prescribieran pastillas.
Lo cual, ciertamente, no era demasiado complicado de hacer.
Era imposible saber si mi madre, Debbie, siempre fue una mujer de poca voluntad o fue el
matrimonio lo que la llevó a eso. Lamentablemente no vivió lo suficiente para que pudiera
descubrirlo. Siempre esperé que Papá la siguiera en sus pasos y eligiera la vía rápida hacia la
otra vida, pero con cincuenta y seis años el médico de la familia dijo que estaba más sano que
nunca. Saber que quizás me sobreviviría era suficiente para que me despertara con sudores fríos
muchas noches.
Ya era suficientemente malo que quizás tuviera que terminar usando su nombre para cumplis
mis sueños.
No. No podía dejar que eso ocurriera. No iba a permitirlo. Necesitaba a Spade y ahora le
tenía. ¿Y qué si no era lo que había esperado? Si el Spade adulto había sido una sorpresa, era sólo
porque había ido allí esperando el chico fiestero, enfadado y rebelde que había definido su
imagen en nuestra juventud. El bomboncito sarcástico, gruñón y extrañamente atractivo que me
abrió la puerta haría mucha mejor televisión. Y lo más importante, sería mucho más fácil para mí
manejarlo.
“¿Qué dijo Spade del guión?” Preguntó Abby. No me engañaba con esa expresión tan casual.
Puede que tenga una cara de poker espectacular cuando está en el juzgado, pero cuando se trata de
su ídolo de la adolescencia, se convierte en una idiota colorada.
Mientras creciamos, mi hermana forraba las paredes con posters de Spade. Incluso dormía
bajo una manta con su cara durante el instituto, y fue la presidenta de su club de fans durante un
año y medio antes de irse a la universidad. Habíamos sido inseparables durante tanto tiempo, que
cuando se fue a vivir al campus me quedé destrozada. Lo único bueno es que no había mucho
tiempo para ser una superfan mientras estabas estudiando derecho en Harvard, y ella se graduó
con su amor hacia la estrella del Rock más controlado, aunque no apagado.
“No pareció tener ninguna reacción al respecto ni para bien ni para mal.” Me encogí de
hombros. “Siendo honesta, me llevé la impresión de que lo estimó adecuado pero no
impresionante.”
Abby asintió demasiado rápido. “Lo sabía.” Dijo. “Te dije que le presentaras algo más
dinámico, pero no, tenías que ir sobre seguro.”
La miré con desdén, ignorando que mi mascarilla se rompió por varias partes y pequeños
pedazos de arcilla seca llovieron en mi regazo. “No hay nada de malo en ir sobre seguro.”
“Seguro es aburrido. Todo el mundo va a por lo seguro. Si quieres destacar, vas a tener que
asumir riesgos. Así es como consigues audiencia.”
Es muy complicado sorber con furia con una pajita, pero de alguna forma lo conseguí.
“Trabajé mucho en ese guión.” Murmuré. Contratar a un escritor hubiera sido más sencillo
pero también hubiera costado dinero y me estaba quedando sin favores. “Además, como mi
abogada no deberías aconsejarme cautela ¿o algo así?”
“La cautela se puede ir a tomar por culo. Estamos hablando de Spade. Ese pez ya ha mordido
el anzuelo, más te vale que no se te rompa el sedal.”
Genial. La había reducido a metáforas de pesca. No es que la culpara. Abby estaba tan
implicada en esto emocionalmente como yo. Quería verme tener éxito tanto como yo sino más, y
me ayudaba felizmente con cualquier cosa que necesitara saber sobre Spade. De hecho, Abby era
la razón por la que pensé en irle a buscar a él desde el primer momento. Cualquier cosa que ese
hombre tocaba se convertía en oro. Anuncios, organizaciones caritativas, líneas de moda, colonia
de hombre. Estaba metido en un montón de asuntos y su valía neta ascendía a billones. A eso
añádele el hecho que había estado fuera del ojo público el tiempo suficiente para ser misterioso y
era exactamente lo que necesitaba para mi programa. Los contactos de Abby en el club de fans me
facilitaron su dirección y la presidenta actual me dio un par de consejos sobre cómo gestionar al
guardia de seguridad de turno.
Si hubiera querido asesinarlo hubiera sido alarmantemente sencillo, pero afortunadamente
para Spade todo el mundo en los Estados Unidos le quería como a un hijo/hermano/amante/mesías
musical. Lo peor que podía ocurrirle era que sus fans filtraran fotos de él desnudo para quienes le
seguían. Después de conocerle cara a cara, dudé que ese tipo de cosas le fueran a pasar.
Pensar en Spade desnudo fue un error.
Durante más de una década esos ojos ámbar estuvieron rompiendo corazones por todo el
mundo. Con sus abundantes pestañas, su pelo rubio rizado y su amplia y mullida boca, siempre
había sido dolorosamente guapo. Había sido modelo de pequeño y su imagen era tan familiar
como la mía. El hombre de trenta y cinco años, estaba en su mejor momento y aún hacía más la
boca agua que cuando empezó su carrera musical con diecisiete años.
Aún recuerdo el caos que desató cuando hizo una sesión fotográfica para su primer álbum sin
camiseta y con los tejanos a medio abrochar. Abby se convirtió en un manojo de nervios sin
respiración, y el resto de miembros del club de fans y ella direccionaron la imagen durante meses
después de que saliera. Aunque era guapo entonces, la edad le hizo madurar de una manera que me
dejaba sin aliento cada vez que pensaba en él, incluso horas después. Sus pómulos y mandíbula
siempre fueron prominentes pero la vida se ha llevado la dulzura en ellos hasta que parecieron
cincelados en mármol. Su belleza había sido un arma, algo que conquistar.
Estos días la intensidad había sido templada con la sombra de crecimiento alrededor de su
boca y su mentón, de tal forma que parecía menos un arcángel vengador y más un villano retirado
de Hogwarts. Llevaba el pelo más largo que nunca, rozándole la nuca y rizándosele en la frente,
casi hasta las cejas. Durante nuestra reunión de media hora, se pasó la mano por el pelo más de
una vez, un hábito del que no conseguía deshacerce. Había un silencio en él, una introspección que
no había notado antes. En la televisión Spade siempre había sido intocable. Un ser divino
dignándose a caminar entre los mortales.
Spade siempre había sido Spade.
Ahora, me sorprendía a mí misma preguntándome cuál sería su nombre real.
What did he do in his free time? What sort of books did he read? Did he sit in the open
roofed garden in the middle of his home when the sadness in his gaze became overwhelming?
Or was the garden for show and I was just reading something in him because I felt it within
myself? It was impossible to know for sure. What I did know was that the urge to reach out and
replace his fingers with my own had been so strong I’d had to occupy my hands with my phone.
Taking notes for posterity was better than admitting that I wanted to cup his jaw within my palm
and sooth the exhaustion I could glimpse in the bags beneath his eyes.
¿Qué hacía en su tiempo libre? ¿Qué tipo de libros leía? ¿Se sentaba en su terraza con jardín
en el medio de su casa cuando la tristeza en sus ojos se le hacía demasiado? ¿O el jardín era sólo
de decoración y yo estaba viendo algo en él porque lo había sentido dentro de mí? Era imposible
de saber. Lo que sí sabía era que la urgencia de acercarme y enredar sus dedos con los míos fue
tan fuerte que tuve que ocupar mis manos con el teléfono. Tomar notas para la posteridad era
mejor que admitir que quería tomar su mandíbula con mis manos y acariciarla hasta que se borrara
ese agotamiento que había visto en las bolsas bajo sus ojos.
Esto era una locura.
¿De verdad estaba desarrollando un interés por Spade? ¿Con una sola reunión? Estaríamos
trabajando muy de cerca las próximas semanas. Si una reunión había tenido el poder de
inquietarme tanto, entonces, ¿qué pasaría cuando estuviera a mi alrededor de forma regular?
El pensamiento era estremecedor.
Spade era como un tigre enjaulado. Algo salvaje y peligroso que había sido temporalmente
adiestrado para el entretenimiento humano. Incluso saber que podía terminar mordida no era
suficiente para disuadir el deseo de poner mi mano entre las barras.
Enredarme con Spade era un “no” por más de una razón. Dejando a Abby a un lado, si los
paparazzi nos pillaran juntos, cualquier proyecto en el que estuviera envuelta quedaría
completamente desacreditado. ¿Cuál era el sentido de separarme de Papá y su influencia en
Hollywood si simplemente iba a reemplazarlo con Spade? No sería Verónica Frasier la novedosa
productora, sería Ronnie, la novia de Spade. La mitad más famosa de una pareja era la que se
llevaba el foco de atención, mientras que la otra persona palidecía en la nada. Ninguno de mis
logros iba a importar al final porque sería todo gracias a los hombres famosos de mi vida en lugar
de mis propias habilidades.
Me di cuenta de que estaba pensando en nosotros como si fuéramos una pareja pero no podía
aguantarme. Si hubiera ni tan solo una posibilidad de que pasara algo entre la estrella del Rock y
yo, tendría que ser permanente. No una noche de locura. No un rollo casual. Si no los paparazzi
me delegarían a un ligue y groupie. Ser acusada de llegar a la cima acostándome con gente era
equivalente a suicidio profesional. No importaba cuanto lo negara por mi parte no convencería al
público de la verdad, y ser vista con Spade en cualquier cosa que no fuera en lo profesional, era
la excusa perfecta para los columnistas de actualidad empezaran a vibrar.
Sabiendo que mis razones para decir que no a la cena eran válidas no hacía que no me sintiera
mal al respecto. Aunque no fuera una fan a muerte como Abby, no se podía negar su inherente
atractivo sexual. Tendría que estar muerta para que esos ojos marrón ámbar no fueran nocivos
para mi autocontrol. Levantándome abruptamente, puse mi vaso a un lado.
“¿A dónde vas ahora?”
“Tengo que lavarme la cara.” Respondí delicadamente y me fuí antes de que pudiera decir
nada.
En el baño, el agua fría fue un alivio en mi piel. Me ayudó a aclarar mis pensamientos y
cuando terminé de limpiar los restos de mi mascarilla pasé a estudiarme en el espejo.
Pecas, pelirroja, pestañas gruesas pero tan pocas que casi no contaban.
Papá solía decir que tenía del muñeco Michelín. Gorda y pálida. Abby y yo éramos idénticas
en muchos sentidos, pero ella siempre fue más delgada y más alta que yo. Cuando crecí me
forzaron a asistir a galas de premios y fiestas de actores con Papá y si no llegaba a sus estrictas
expectativas de apariencia lo pagaba muy caro. Lo intentaba, aunque solía fallar casi siempre,
pero no me importaba. Me gustaba trabajar fuera de escena. Ser una estrella y caminar por la
alfombra roja no estaba en mi camino, y me llevó años comprender que no estar delante de los
focos no significaba que no existiera o que no importara.
Me preguntaba si a Spade le habían enseñado algo similar.
Shaking my head, I pushed away from the sink and tossed my used rag in the dirty clothes
basket. That reminded me. I needed to do laundry so I’d have something professional to wear
when I went to go see Spade in the morning. Abby should be finishing up the details soon and
that would give me enough time to read through it and sign before going to bed. I hoped Spade
wouldn’t bring up dinner again. It was doubtful though. Guys like him were used to getting what
they wanted and ‘no’ was often seen as a challenge to be overcome. I wasn’t ready to be seen as
a challenge to Spade. I had no doubt that he would be more than capable of ‘overcoming’ me
and I wasn’t sure I’d mind if he did.
Moviendo la cabeza, me alejé del lavabo y tiré el trapo que había usado a la cesta de la ropa
sucia. Lo cual me recordó que tenía que hacer la colada si quería tener algo profesional que
ponerme cuando fuera a ver a Spade por la mañana. Abby debía estar acabando con los últimos
detalles y me daría tiempo de leerlo todo y firmarlo antes de irme a la cama. Esperaba que Spade
no sacara el tema de la cena otra vez. Aunque lo dudaba. Los tíos como él estaban acostumbrados
a obtener lo que querían, y un “no” era habitualmente comprendido como un reto que superar. No
estaba preparada para que Spade me viera como un reto. No tenía ninguna duda que sería más que
capaz de “superarme” y no estaba segura de si no me importaba que lo hiciera.
3

Spade

MI PUÑO golpéo el robusto cuerpo de la bolsa de boxeo con fuerza suficiente para lanzarla a
ondear. Debía retirarme un poco, desacelerar, pero no podía. Golpeé la bolsa una vez y otra vez y
otra vez hasta que los músculos de mis hombros gritaron y mi respiración me atraviesa el pecho
como 1000 cuchillos. Cuando la bolsa volvió hacia mí la golpeé por instinto, mis puños volaban y
mi pierna se arqueaba hacia fuera en una patada que hubiera roto huesos si hubiera tenido
oportunidad.
The violence was satisfying. It fed something deep and dark within me that I didn’t like to
acknowledge outside of my sparring room. Sometimes it tried to peak out, but I crushed it
ruthlessly. Reminding myself over and over again of what had happened the last time I’d let it
have free reign. I watched the bag swing, an air of defeat about it, and forced myself to take a
step back. I’d already been working out for an hour and if I didn’t pace myself then I would
keep going until exhaustion brought me to my knees.
La violencia era satisfactoria. Alimentaba una parte profunda y oscura de mí que no me
gustaba encontrar fuera de la sala de boxeo. Algunas veces se intentaba asomar, pero la aplastaba
sin compasión, recordándome sin parar qué ocurrió la última vez que le di rienda suelta. Vi como
la bolsa volvía a venir hacia mí con un aire de derrota y me forcé a dar un paso atrás. Ya había
estado entrenando durante una hora y si no me controlaba no iba a parar hasta que el agotamiento
me hiciera caer de rodillas.
Normalmente dejaba que la oscuridad me invadiera y saliera de las profundidades durante
algunos días para poder ser capaz de respirar mejor con su constante presencia en mi pecho. Pero
no había tiempo para eso hoy. Verónica iba a llegar pronto y aún tenía que ducharme.
Con su pensamiento me quité los guantes y me arrastré hasta donde tenía mi teléfono y mi
toalla. Miré qué hora era mientras me limpiaba el sudor de la cara y el cuello y solté un taco. Eran
las 8:50am. Le di mi número a Verónica antes de que se fuera, y me escribió ayer por la tarde para
decirme que el contrato estaba listo y que vendría hoy a las 9:00am. Como si mis pensamientos la
hubieran conjurado, sonó el timbre de la puerta.
“Joder.” Mis dedos se tensaron alrededor del teléfono, pero respiré profundamente y me forcé
a calmarme. De acuerdo. Tenía que saltarme la ducha. No era tanto drama. Me tiré la toalla
encima del hombro y me dirigí a la entrada principal caminando cuando lo que quería era correr.
No debería estar tan contento de ver a alguien, pero era imposible refutar la forma en que mi
corazón saltó en mi pecho ante el pensamiento de estar en la misma habitación que ella otra vez.
Me pasé la noche soñando con ella y con sus labios. Dulzura cuando no solía haber nada
esperándome tras mis párpados cerrados que no fuera violencia, sangre, y un antiguo
remordimiento como leche agria.
Hacía el poder dormir… complicado.
Pero entonces, después de una sola reunión con Verónica, el sonido de su voz y los tonos
cobrizos de su pelo le habían ofrecido un alivio temporal a mi infierno autoinflingido. Era como la
luz del sol y el fuego del hogar. Le di un vistazo a la pantalla de seguridad pero no me paré a
investigar más que eso antes de darle acceso a la entrada.
Cuando abrí la puerta me di cuenta que había cometido un error.
No era Verónica quien me esperaba y ver a Gabby otra vez fue como un puñetazo en el hígado.
El aire se escapó de mis pulmones y mi sangre se volvió fría.
“¿Qué coño estás haciendo aquí?” Pregunté sin preámbulos. Gabby sonrió, torciendo la boca
de forma poco sincera y tensa.
“Hola a ti también, Spade.”
“Ya te he pagado este mes.” Gruñí, con los puños cerrados en mis costados mientras se me
revolvía el estómago.
Hizo un mohín y yo miré hacia otra parte. Gabby siempre había sido adorable. La cicatriz que
deformaba la piel sobre su ojo derecho no lo cambiaba. Durante estos años le había pagado tanto
dinero que se podría haber arreglado la cara diez veces. Pero a mi exmujer le gustaba restregarme
la prueba de mi monstruo interior demasiado para quitársela. “¿Quién dice que estoy aquí por
dinero?” Contestó suavemente y mi estómago se cerró.
“Estoy cansado de estos juegos Gabrielle.” Salté. No la había vuelto a llamar Gabby a la cara
desde la noche que finalmente se despertó en el hospital. Nos hacía demasiado daño a los dos.
“Ambos sabemos que no deberías estar aquí. Lo que te dije la última vez iba en serio.”
Su expresión cambió y negó con la cabeza.
“Me lo debes.” Dijo. “Aún sueño con nuestra noche de bodas y lo que me hiciste. El dinero no
es suficiente para compensarlo y lo sabes.”
“¿Entonces? ¿Entrar y salir de mi vida sin aviso unas cuantas veces al año es terapéutico para
ti? ¿Te ayuda a pasar página saber que no soporto mirarte a los ojos? ¿Te gusta hacer que se me
salten las putas lágrimas cada vez que me dejas una de tus malditas fotos?” La rete, mirándola de
nuevo. “¿Qué sacas de verme? Nada. Sólo echar sal a una herida abierta y me he cansado de
jugar.” Justo después de nuestro divorcio, Gabby hizo todo lo que pudo para evitarme. Hace
algunos años, mis contribuciones mensuales a su cuenta bancaria dejaron de apaciguarla y empezó
a aparecer con sus regalos perversos.
“Nunca olvidaré lo que me hiciste y tú tampoco deberías poder hacerlo.”
¿La peor parte?
Estaba totalmente de acuerdo con ella.
No me gustaba verla en persona, pero el intercambio parecía revitalizarla de forma inversa.
Con mis palabras, Gabby se ponía toda recta, la rabia y el rencor nublaban lo que si no serían
unos inmaculados ojos azules. Con un quejido me dio de malas maneras un sobre muy familiar.
“Está bien.” Dijo finalmente. “Te voy a dejar en paz por ahora, pero no dejaré que te vuelvas a
olvidar de mí. No voy a irme y desaparecer Spade. No me importa cuanto desees que lo haga.”
Hice una mueca de pena. Odiaba cuando me llamaba de esa forma. Spade era la estrella del Rock,
el chico que posaba para Playgirl y prendía fuego a Lamborghinis robados por diversión. Spade
solía ser mi realidad, pero ahora sólo era una imagen.”
Una máscara de la que no me podía deshacer y que estaba aterrorizado de quitarme.
¿Quién era sin él?
¿Quién era con él?
La respuesta no era una que me interesara examinar de cerca. No teniendo delante de mí a
Gabby que intentaba aguantarse las lágrimas. Mi garganta se tensó y agradecí cuando finalmente se
giró para irse. Se subió al coche y estaba saliendo de la entrada cuando Verónica aparcó fuera de
la puerta. La abrí para que pudiera entrar, observando a ambas mujeres desde la seguridad de mi
entrada. Sus coches pasaron uno al lado del otro y yo me quedé aguantando la respiración,
aterrorizado por si Gabby decidía parar el coche o girar y enfrentarse a Verónica de alguna
manera. Pero no. No hubo ningún drama.
Sus heridas estaban sólo en exposición para mí. De alguna manera lo agradecía. Podría haber
ido a los tabloides con su historia en cualquier momento. Incluso con el dinero no acababa de
entender por qué no lo hizo. La amenaza siempre estaba ahí y muchos días no hacía más que
preguntarme cómo sería todo si lo hubiera hecho. Si le dijera a todo lo mundo lo que había hecho.
Todo lo que había construido se haría pedazos. Se presentarían cargos contra mi, los blogs online
y los clubs de fans me crucificarían.
Nada sería lo mismo.
Casi lo ansiaba. La destrucción de todo lo que siempre había conocido y que aún luchaba
duramente por proteger. Podría seguir castigándome hasta el día que muriera, pero la culpa
siempre estaría ahí. Sincerarme sería casi un alivio en ese sentido. Nada que esconder, nada de lo
que huir, nada de lo que mentir con cada una de mis respiraciones.
“¿Spade?”
Salí de mis pensamientos, sorprendido de ver a Verónica a menos de treinta centímetros de mi.
Parecía preocupada y me forcé a sonreír, arrugando el sobre en mi mano aunque sus ojos cayeron
a él para tomar una nota del mismo. Mi mente se revolvió y Spade volvía a estar ahí. Haciendo
notar su presencia con una practicada sonrisa de admiración.
“Buenos días, preciosa.” Ronroneé, y le guiñé el ojo. A diferencia de otras mujeres a las que
había saludado así, Verónica no se sonrojó, soltó un gritito o sonrió de vuelta. Su mandíbula se
aflojó y parpadeó, claramente sorprendida. “Pasa.” Incluso mientras pasaba delante de mí,
mirándome incrédulamente, me sorprendió que hubiera notado el cambio en mi actitud. No mucha
gente lo hacía. Mi intención había sido la de calmar sus sospechas acerca del sobre pero me
imaginaba que las había exacerbado. Caminando detrás de ella, me apenó, pero volví a conectar
con mi personalidad de escenario. Amigable, abierto y sin culpa. Ese era el objetivo.
Tiré mi toalla sobre la mesa del vestíbulo y seguí a Ronnie hacia el comedor. Estaba en trance
observando la figura de su culo y la forma en que se movían sus caderas bajo la tela holgada de
sus pantalones de harén, no me di cuenta en ningún momento de que me había hecho una pregunta
hasta que se paró para formularla una segunda vez.
“¿Querías una copia del guión o te va bien sólo con el contrato?”
Me encogí de hombros y me senté.
“¿Qué te parece si hacemos una lectura en frío?”
Me gustaba la manera en que la piel entre sus cejas se arrugaba cada vez que me fruncía el
ceño.
“¿Disculpa?”
“Alumno de auditorio. Comprendo mejor las cosas cuando las escucho en alto y viceversa. Es
como me preparo un papel o aprendo una nueva canción.”
“¿Y quieres hacer una lectura en frío ahora?” Sonaba incrédula y yo casi sonreí. La Verónica
con sospechas era casi tan intrigante como la Verónica orgullosa.
“Estoy a punto de firmar un contrato comprometiéndome a un piloto. Me parece el momento
perfecto para hacer una prueba.”
Poniendo los ojos en blanco Verónica finalmente se sentó. Rebuscando su iPad entre el
contenido de su bolso pausó cuando chasqueé la lengua y negué con la cabeza.
“Sólo tienes una copia, cariño.” Le recordé. “Vas a tener que sentarte mucho más cerca que
eso.”
No le dije que podía fácilmente enviármelo por e-mail y yo lo vería en mi teléfono.
Aparentemente, mis palabras la aturdieron tanto que no se le ocurrió una alternativa, y después de
murmurar unos cuantos insultos, se estaba acomodando a mi lado en el sofá biplaza. Lo
suficientemente cerca para que yo pudiera ver la pantalla en su mano, pero no lo suficiente para
que nuestros muslos se tocaran. Lo cual estaba bien. El calor de su cuerpo ya era tentador de por
sí y su aroma me envolvía. Llenando cada uno de mis sentidos hasta que prácticamente podía
saborearla con la lengua. Se colocó un rizo detrás de la oreja y su pequeña lengua rosada salió
para humedecer su mullido labio inferior. Casi no pude reprimir un gemido pero de alguna manera
me las ingenié para no cerrar la minúscula distancia entre nosotros. Tenía suficiente munición para
que mi imaginación trazara los detalles que mi lengua y mis manos querían definir con el máximo
realismo posible.
“¿Cuándo te diste cuenta de que querías cantar como profesión?”
Me tensé automáticamente. Para alguien que había acordado ser entrevistado, no me gustaba
especialmente responder preguntas. Al menos leerlas me prevendría de ser pillado por sorpresa
delante de las cámaras.
“Siempre me ha gustado la música.” Era una respuesta lo suficientemente simple, aunque no
toda la verdad. En realidad, la música era algo que llevaba en la sangre. Era como una droga. El
subidón perfecto era cantar por primera vez la letra de una canción y oír el sonido de mi propia
voz puro e inalterado haciendo eco en el estudio.
Verónica me miró, claramente esperando más. Siendo tozudo, mis labios se sellaron y
Verónica puso los ojos en blanco y fue a la siguiente pregunta.
“¿Qué artistas te han inspirado más?”
“Yo mismo.”
Hubo un momento de silencio tenso y después puso su iPad a un lado.
“¿Vas a ser así de seco durante toda la entrevista?”
“Estoy intentando prepararme.”
“¿Te estás preparando para ser un capullo reticente?”
Solté una risa y de repente era capaz de sonreír por primera vez esa mañana. Era fácil
olvidarse de Gabby y su sobre con Verónica mirándome tan enfadada que podría escupirme.
Demasiado fácil.
“Practicando se mejora.”
Sus labios se tensaron y sus mejillas se tiñeron.
“¿Por qué accediste a hacerlo si no te lo vas a tomar en serio?”
Esta vez respondí de inmediato.
“Porque te quiero a ti.”
Verónica me miró, en silencio por el momentáneo shock antes de reírse. Un estallido de sonido
nervioso mientras evaluaba mi expresión buscando signos de falsedad. Como era de esperar, no
encontró ninguno, y se quedó boquiabierta. Tenía la impresión de que Verónica no solía quedarse
sin palabras y aproveché su lapsus mental antes de que tuviera oportunidad de recuperarse.
“¿Ya lo has reconsiderado?”
Negó con la cabeza y frunció el ceño.
“No voy a ir a una cita contigo.”
I crossed my arms over my chest and smirked when her gaze traced the play of muscles in
my arms and chest. Her eyes fell to my stomach and lower and my cock stirred in interest. She
must have seen the twitch because she looked up at my face with all the fleet-footed guilt of
something small, furry, and adorable.
Me crucé de brazos por encima del pecho y sonreí de lado cuando su mirada trazó la línea de
los músculos de mis brazos y mi pecho. Sus ojos cayeron a mi estómago y más abajo y mi polla
tuvo un espasmo del interés. Debió ver el movimiento porque levantó la vista hasta mi cara
expresando culpa como los ojos de un cachorrito peludo y adorable.
“Ya lo veremos.” Un lado de mi boca se elevó y mi descarada confianza empezó a hacerse
presente. ¿Cuándo fue la última vez que flirteé con una mujer? Hacía décadas, honestamente.
Cuando me hice famoso, mucho flirteo dejó de ser necesario. Como si por cada cero en mi cuenta
corriente, las bragas de las mujeres bajaran un centímetro automáticamente. No quiero decir que
todas mis parejas sexuales hubieran sido cazafortunas y groupis, pero las suficientes lo fueron
como para hacer que realmente esforzarme fuera algo del pasado. Me gustaba el reto de Verónica.
La pregunta. Quería encontrar la respuesta a ella y ver qué otros secretos escondía. Se aclaró la
garganta y yo me recliné en el asiento, todos los pensamientos sobre Gabby se estaban
desvaneciendo como restos de un mal sueño.
“¿De dónde sacas la inspiración para tus canciones?”
Puse los ojos en blanco y me miró.
“¿Qué?”
“¿Todas las preguntas son tan…” Moví la mano buscando la palabra. “Parece que me esten
entrevistando para el periódico del instituto.”
Verónica dejó el iPad a un lado y puso las manos en su regazo. Cada movimiento era lento y
cauteloso y me dio la impresión de que estaba intentando contenerse de darme un bofetón.
“Esto es el calentamiento.” Fue su breve respuesta. “Si estas preguntas son demasiado
inmaduras para ti tengo otras más complicadas.”
“Dispara.” La reté, completamente esperando una pregunta sobre mi último álbum o esa
modelo con la que rompí el año pasado.
Me estudió, repiqueteando el dedo índice en su labio inferior hasta que se dignó a hablar.
“Desapareciste de la vida pública hace años.” Empezó. “Había un montón de rumores a tu
alrededor acerca de abuso de drogas y una mujer misteriosa. ¿Me puedes contar algo de eso?”
Mi cuerpo se congeló y la sangre se drenó de mi cara.
“Paso.” Mi mandíbula estaba tan tensa que me dolía y Verónica asintió.
“Eso es lo que pensaba. ¿Entonces quieres preguntas crudas o trocitos de algodón?”
Esperé un momento y entonces, “La música siempre encuentra la forma de llegarme. No va
tanto de tener una idea sino de permitir que la canción se forme orgánicamente.”
Asintió y continuamos hablando durante otra media hora, ella lanzaba una serie de preguntas
relativamente fáciles para ver como de bien respondería. Hice algunas sugerencias y a partir de
ellas Verónica pudo hacer algunos ajustes y cortes. Trabajamos hasta que establecimos un diálogo
agradable.
Para cuando estábamos a medio guión, ella sonreía.
“Eso será todo.” Dijo brillantemente. “Voy a afinarlo un poco para que no parezca ensayado
cuando lo filmemos. Todo lo que tienes que hacer es ser tan encantador como siempre y todo irá
sobre ruedas.”
Verónica se puso de pie y yo me levanté con ella. Joder. No quería que se fuera. Aún no. Pero
no había forma de remediarlo. Apreté los puños, y me di cuenta de que aún estaba sosteniendo el
sobre. Verónica estaba diciendo algo de reunirnos con el director y el resto del equipo esta
semana, pero yo no la estaba escuchando. Mi parte de la pre-producción estaba esencialmente
hecha y eso significaba que no había ninguna razón para que Verónica volviera. Ninguna razón
para que ella saliera de su rutina para verme.
Ese pensamiento me llenó de una emoción que no estaba preparado para ponerle nombre.
Estiré mi mano libre y le agarré la muñeca. Mis dedos estaban envolviendo suavemente su muñeca
y mi pulgar acariciaba la delicada piel del lado interno. Había una antigua cicatriz marcando lo
que si no sería una superficie inmaculada. Podía sentir sus bordes rígidos bajo mi dedo y sabía
antes de encontrarme con sus ojos que ella había sentido que yo la había notado. Inspiró
rápidamente y yo estaba tratando de ignorar la forma en que los extremos del sobre se me estaban
clavando en la palma de mi otra mano como castigo.
O como aviso.
“¿Te has lanzado a la piscina alguna vez?” Pregunté, frunciendo el ceño ante ese pensamiento.
Su risa era nevriosa. Reveladora.
“¿De qué estás hablando?” No intentó soltarse y apartar el brazo y le dio un escalofrío que lo
llenó de suaves bultitos. Los observé por un momento antes de caer en las profundidades castañas
de su mirada.
“Todo lo que hago es tomar riesgos.” Musité. “Tomo decisiones en un segundo. Sigo adelante y
espero que salga bien. Espero que al final del día, cuando me lanzo al salto de fe, que el aterrizaje
no me rompa nada. La mayoría del tiempo acabo cayendo, ahogándome…” Levantando su mano,
busqué su rápido pulso. Puse mis labios sobre él e inhalé la esencia de su piel profundamente en
mis pulmones hasta que estuve intoxicado del mismo. Quería repasar su cicatriz con la punta de la
lengua pero ya estaba temblando ante mi. “¿Sabes lo que veo cuando te miro?” Pregunté.
Negó con la cabeza y mi bestia interior rugió, hambrienta de más. La empujé hacia abajo y me
puse recto.
“Veo una oportunidad de tierra firme.”
Su respiración se escapó deprisa y la solté. Estaba tan perturbado como ella por mis palabras
y la verdad en ellas. Puede que incluso más que ella. ¿Qué cojones estaba pensando? Después de
ver a Gabby, el romance debería ser lo último que se me pasara por la cabeza. En lugar de eso, la
presencia de mi exmujer me hizo más determinado a encontrar algo parecido a la esperanza. A la
felicidad. Había pasado los últimos años castigándome. Confinándome en la oscuridad por temor
a lo que la luz podría mostrar. Debería haber evitado a Verónica, pero en lugar de eso quería
disfrutar de su calidez y olvidarme de las sombras aunque fuera solo un momento.
Retrocediendo un paso, me giré dejando atrás la expresión asombrada de su cara.
“Te veré mañana a las ocho.” Le dije. No hubo respuesta y yo no esperé para obtenerla. “Ponte
algo cómodo. Ya sabes cómo salir.” Me fui dando zancadas, con la intención de darme una ducha y
poder quitar la mancha que la presencia de Gabby había dejado en mis pensamientos. A pesar de
cómo había empezado el día, por primera vez en mucho tiempo me sentía esperanzado.
Casi… ¿feliz?
Ahí estaba esperando que no me dejara plantado.
4

Verónica

MIERDA
Mierda
Mierdamierdamierdamierda.
No tenía nada que ponerme
¿Cómo coño era eso posible?
Tenía casi treinta años. Había ido de compras literalmente cientos de veces. ¿Cómo en el
nombre de los siete reinos de Poniente podía no tener nada que ponerme? Llegados a este punto ni
siquiera necesitaba el vestido negro estándar. Estaría satisfecha con un pantalón de chándal con la
palabra Jugosa estampada en el culo con brillantitos si eso significara que finalmente había
encontrado algo que no hiciera que con mis michelines parecieran la foto del antes en un anuncio
de un centro de planificación parental. Gimoteé y caí de rodillas dentro de mi vestidor. Con el
culo al aire y las medias intentando agarrarse a mis caderas.
Inútil.
Era una inútil.
“¡AAA-BII!”
Mi lloriqueo estaba silenciado por una pila de ropa en la que me estaba intentado asfixiar,
pero el sentido gemelo de mi hermana debía haber estado trabajando horas extras porque apareció
corriendo en la puerta del vestidor unos segundos después.
“No estoy segura que el tanga color palito de caramelo sea la mejor opción, pero me gusta tu
espíritu.”
“¿Es esta la razón por la cual no he echado un polvo en tanto tiempo?” Murmuré, esperando
ahogarme con la faja del gimnasio que tenía contra la cara. “¿Por qué todo lo que tengo es una
mierda de segunda mano?”
“No hay nada de malo en las cosas de segunda mano.” Dijo Abby dulcemente. “¿Pero
esencialmente? Sí. Te vistes como nuestra abuela si nuestra abuela no se hubiera muerto de vieja.”
“Joder.”
“Tienes suerte de que te quiera.”
Ante sus palabras giré la cabeza lo suficiente para verla entre mi pelo.
“¿De qué cojones hablas?”
“He traído refuerzos, cari.” Puso en alto una Louis Vuitton repleta hasta el borde de ropa.
Respire con alivio y me senté tan deprisa que me subió la sangre a la cabeza.
“Eres una salvavidas.” Solté y ella sonrió.
“Lo sé.”

VISTE CASUAL.
Al final fui sobre seguro e hice exactamente eso, a pesar del número alarmante de camisetas
transparentes o de red que mi hermana había traído como repuestos. Llevaba un vestido de verano
amarillo que había comprado años atrás. Aunque descolorido resaltaba el rojo de mi pelo y le
daba un cálido contraste a mi piel más bien pálida. No sabía qué esperar pero las ocho llegaron y
pasaron y aunque había estado mirando por la ventana, no había rastro de Spade por ningún lado.
“Maravilloso.” ¿En qué pensaba? ¿Qué Spade iba en serio en lo de salir conmigo? Ese
discursito que me había soltado antes era bonito, pero el tío se dedicaba a escribir. Tenía sentido
que supiera endulzarte el oído. Quizás no quería otra cosa que confirmar su irresistibilidad.
Gilipollas.
Después de todo, tenía la cara como el muñeco de Michelín y no había echado un polvo desde
el 2009 mientras Spade iba rompiendo con modelos en viajes de fin de semana a París. El tío
estaba tan fuera de mi alcance que ni siquiera tenía gracia.
Me escocían los ojos y mi cuello y mi pecho estaban encendidos. ¿Era vergüenza, dolor o
decepción que me llevó a las lágrimas? Probablemente una mezcla de las tres. El peso combinado
de todo parecía que me aplastaba las costillas y corrí a la cocina a por un vaso de agua,
agradeciendo haber convencido a Abby de que se fuera pronto.
A Spade le atraían las rubias guapas con mucho dinero. No las soñadoras con traumas
emocionales que vivían de sueldo en sueldo. Me acordé de su casa y sus muebles jodidamente
caros mientras miraba a la grieta del linóleo en mi suelo de la cocina. Mi calefacción casi no
funcionaba en invierno, pero Papá dilapidaba un par de miles de dólares por día en cenas y
eventos sociales cada semana. El hombre quería que me denigrara por una herencia que
seguramente no pensó en dejarme de todos modos y el recuerdo de como de cerca estuve de
hacerlo algunas veces me hacía apretar los dientes.
Que le jodan.
Y que le jodan a Spade también.
Ambos estaban cortados por el mismo patrón. Fuí una idiota al pensar que Spade pudiera ser
diferente de los hombres de la indústria en la que había crecido. Simplemente era más bueno
escondiéndolo. Dejé el vaso de un golpe encima del mármol de la cocina sólo para pausarme,
confundida por el profundo murmullo en mis oídos.
Blinking, I glanced towards the living room window as the wind outside abruptly shifted
stillness to gale-force winds. I heard the tree in the front yard creak ominously and I rushed to
the front door, throwing it open just in time to catch sight of the helicopter lowering onto the
front lawn.
Parpadeando, miré hacia la ventana del comedor mientras el viento fuera cambiaba
abruptamente de quietud a vientos huracandos. Escuché el árbol del jardín delantero crujir
severamente, y corrí hacia la puerta de entrada abriéndola con fuerza para ver como un
helicóptero aterrizaba en mi jardín delantero.
“Oh shit.” The propellers were so fast that they were a blur. Wind whipped the loose debris
from yard and shot it across the street. Lights up and down the length of my otherwise quiet
suburban street started to come on one by one as the ruckus woke the neighbours.
“Mierda.” Las hélices iban tan rápido que eran un borrón. El viento levantó la suciedad del
jardín y la lanzó disparada a la calle. Las luces de arriba y abajo de la calle a las afueras, que
generalmente era tranquila, empezaron a encenderse una a una cuando el ruido despertó a los
vecinos.
A través del cristal curvado del helicóptero, Spade me saludó con la mano y los ojos se me
salieron de la cara.
“Mierdamierdamierdamierda.”
No me paré a coger mi bolso o revisar mi pintalabios. Cuanto más tardara más tiempo habría
un puto helicóptero en mi jardín. ¿Cómo se las ingenió para maniobrar a través de los árboles de
la calle? ¿Cuándo se había sacado Spade la licencia de vuelo? Este era el tipo de mierda que
tendría que haber cubierto en su entrevista.
Aunque no hubiera esperado jamás que me recogiera en un helicóptero, aún si supiera de su
capacidad de pilotarlo. Mi última cita me hizo pagar la mitad del Uber que nos llevó a
O’Charley’s para nuestra primera y única cita. No estaba en absoluto preparada para Spade y
notaba como me estaba poniendo nerviosa incluso cuando se inclinó a abrirme la puerta del
acompañante. Me subí, sujetándome el pelo con una mano para intentar que los mechones no me
volaran en la cara. Cuando estiré el brazo para agarrar la barra y apoyarme para poder montarme
dentro, perdí el control de mi vestido y mi falda se levantó pegándose a mi cara. Que bien que
hubiera decidido dejarme el tanga del colores de bastón de caramelo. Almenos mi culo estaría
precioso para el deleite de mis vecinos cotillas.
“Toma.” Gritó, y agarré el par de auriculares que me dio. En el instante en que los tuve puestos
el intenso ruido de las hélices murió. “¿Estás lista?”
Su voz estaba en mi oído. Dolorosamente íntimo gracias a los auriculares. Me sonrojé y asentí.
Tenía un pequeño micrófono adjunto a mis auriculares, pero no estaba segura que pudiera confiar
en mi voz en ese preciso momento.
¿Iba la señora Benson a llamar a la policía?
Si me topaba con una queja por ruidos Spade iba a pagar la multa.
Aunque si no se daba prisa en despegar, tendría mayores problemas de los que preocuparme a
parte de si perdía o no mi fianza porque Spade había decidido utilizar mi jardín como pista de
aterrizaje.
Nos elevamos con sorprendente eficiencia. Aunque sabía que debía haber volado aquí, verlo
realmente hacerlo era otra cosa, y no dejaba de estar impresionada.
“¿A dónde vamos?” Grité sin pensar y le vi retorcerse un poco cuando mi voz taladró sus
tímpanos. “Perdón.” Probé otra vez más suavemente.
Me guiñó un ojo.
“Es un secreto.” Debería haberme molestado, pero me distrajo el hecho de que estuviera tan
guapo con ese pelo rubio despeinado y la chaqueta de aviador. No me di cuenta hasta ese momento
de que me gustaban los tíos con uniforme, aunque sospechaba que mi interés tenía más que ver con
que fuera Spade quien lo llevara que con cualquier fetiche con pilotos profundamente oculto.
Nos elevamos más y más y miré hacia abajo para ver como las calles y las casas iban
desapareciendo rápidamente, mi cuerpo se revolvía de la emoción. No me daban miedo las alturas
pero tampoco era una fan. Volar por encima de LA, con las estrellas puestas como un mapa de
carretera para cualquier sueño que hubiera muerto en esta ciudad, era tanto eufórico como
agridulce. La luna era una tímida actriz que se asomaba entre las nubes y Spade nos hizo bailar
grácilmente bajo ella.
Dejé de enfocar mis ojos a las vistas de la ciudad bajo mis pies que abarcaba todo cuanto
podía ver para estudiar a mi piloto. El hombre era un cúmulo de misterios y con cada día que
pasaba con él estaba más y más determinada a descubrir todos y cada uno de ellos.
“¿Cuánto tiempo hace que tienes la licencia?” Manejaba el helicóptero con tanta facilidad que
debía haber estado volando durante años. Aunque Dios sabe cuando habría tenido tiempo de
aprender.
Sus cejas se levantaron con confusión.
“¿Licencia?”
En ese momento la adrenalina pasó de la diversión al pánico. La cabeza me empezó a dar
vueltas y empecé a mirar a mi alrededor en la cabina de mando (¿lo que no eran aviones tenían
cabina de mando?) en búsqueda de un salvavidas o paracaídas. Cualquier cosa que pudiera poner
entre el suelo y yo. Joder si sólo había un paracaídas era capaz de utilizar a Spade mismo. No nos
salvaría pero al menos podría decir que monté a una estrella del Rock antes de morirme.
Se rió y yo salté, sintiéndome culpable.
“Estaba de coña.” Dijo. “Sé lo que es una licencia.” Era complicado no darse cuenta que no
había respondido a mi pregunta, inspiré profundamente y retuve el aire hasta que mis nervios se
asentaron.
Era el momento de probarlo con más delicadeza. “Entonces,” empecé. “¿Esto lo has alquilado
o…?”
Se rió otra vez. Como adoraba ese sonido. Podría escuchar ese murmullo oscuro todo el día.
“Me lo regalaron por mi cumpleaños hace unos años.”
Acomodándome en mi asiento, moví la cabeza. Imagínate. Que te den un puto helicóptero
como regalo de cumpleaños. Una razón más por la que no funcionaríamos. Era mala eligiendo
tarjetas de cumpleaños. No había manera de que se me ocurriera algo como un helicóptero.
“¿Tiene un buen kilometraje?” Pregunté débilmente y él se encogió de hombros.
“Se podría decir que sí. Este es el H155. Es el helicóptero más rápido del mundo.”
Desenfundó una sonrisa radiante como los colmillos de un lobo y cuando me miró sus ojos estaban
excesivamente brillantes. “Vamos a más de 320 kilómetros por hora.” Volvió a mirar hacia
adelante, pero su expresión se me había quedado grabada. “Sin señales de Stop, sin policía, sin
tráfico. Un mundo sin ley.” Gruñó suavemente desde la garganta y de repente algo profundo en mí
se tensó del hambre que Spade desprendía. La satisfacción. Como si pudiera oler mi excitación
creciendo, sus ojos encontraron a los míos y ahí estaba esa mirada de nuevo. La que hablaba del
desenfreno imprudente y placer que sólo puede provenir del caos. “¿La sientes?”
“¿Sentir qué?” Hablaba como un hombre poseído. Como un devoto de una deidad que aún no
estaba segura de si estaba lista para conocer.
“La libertad.” Fue dicho en un suspiro de alivio y lo recibí como una bendición. Me encogí de
hombros porque en ese momento, con Spade a mi lado, lo sentí. Era una criatura arañando las
puertas de mi alma. Un monstruo al que siempre me dio miedo dejar entrar. Spade amenazaba con
abrir esa puerta de par en par con el mundo a nuestros pies y el cosmos girando por encima, yo no
deseaba nada más que dejarle hacerlo.
ERA imposible decir cuánto tiempo estuvimos en el aire.
“El trayecto es tan importante como el destino, Ronnie. Confía en mí.”
No lo hacía pero me había rendido en descubrir a dónde íbamos, así que me puse cómoda.
Pasó una hora, luego tres, y me di cuenta que estaba satisfecha sólo hablando con él. No era que
sólo me gustara el sonido de su voz. Spade tenía una forma interesante de ver el mundo. Me llevé
la impresión de que Spade era como un caballo ansioso por salir pero desesperado por
deshacerse de su jinete. Quería correr tan lejos y tan rápido como pudiera. No se escapaba de
nadie ni se dirigía a ningún sitio. Sólo quería correr, moverse, planear por la excitación de
llevarse al límite.
Le comprendía de una manera que no me esperaba. Era imposible descubrir qué parte de mí
había sido la que había capturado su interés tan completamente, pero para cuando empezamos a
descender, estaba tan acostumbrada a estar sentada a su lado y escucharle hablar de su infancia y
los obstáculos inesperados de su carrera, que no tenía ninguna prisa en bajarme del helicóptero.
Al menos hasta que vi a través del cristal dónde estábamos.
El aire se quedó atrapado en mi pecho mientras descendíamos. A mis ojos les llevó un minuto
adaptarse pero escuché el océano incluso antes de verlo en toda su gloria. Aterrizamos en una
playa, lo bastante separados de las olas para evitar las curiosas corrientes, quería escurrirme de
mi asiento y correr al agua pero antes de que pudiera hacer nada, me agarró de la muñeca para que
me quedara en el sitio.
“Espera a que las hélices del rotor paren de girar.” Dijo calmadamente, y esperamos sentados
unos minutos más. Él no me soltó, el silencio de la cabina se hizo más pesado con todas las cosas
que mi cuerpo me estaba rogando que dijera. No me senté en su regazo, pero tampoco me solté del
agarre, y la idea de sentirlo piel con piel incendió todas mis terminaciones nerviosas. Quería esas
palmas callosas en mis pechos, retorciendo mis pezones mientras gemía en su boca. Quería su
calidez entre mis piernas. En mi boca.
Pero no.
En lugar de eso, lo que tenía era su mano sujetando mi brazo. Era, a la vez, insuficiente y
demasiado.
“Vamos.” Salté. Había estado tan centrada en la sensación que no me había dado cuenta que
las aspas habían parado de rotar finalmente y que el único sonido que había era el de las olas. Me
soltó para que pudiera bajar a la arena y me alegré de que no pudiera ver cómo repasé con la
punta de mis dedos el calor que me había dejado con su mano.
I was wearing sandals instead of heels and I slipped them off, placing them back inside the
helicopter before hurrying to catch up with Spade. He was moving quickly, all of his attention
focused on the dark ocean rising and falling a few yards away. As he moved he pulled his
clothes off and away, dropping them into the sand. Breadcrumbs I couldn’t help but follow.
Llevaba sandalias en lugar de zapatos de tacón, y me los quité, guardándolos de nuevo en el
helicóptero antes de correr para coger a Spade. Se movía muy rápido, su atención se centraba en
el océano oscuro levantándose y cayendo unos metros más allá. Mientras se movía, se empezó a
quitar la ropa, dejándola en la arena. Miguitas de pan que no me pude resistir a seguir.
“¿Qué haces?” Le dije, mi tono de voz se elevó cuando sus manos llegaron a la cintura de su
pantalón. Con mis palabras se giró hacia mí, el viento hacía que su pelo se convirtiera en un halo a
su alrededor. Sin camiseta y con su cuerpo resplandeciente como el mármol mientras caminaba
hacia mí, realmente parecía el ángel vengador con el que lo comparé por primera vez.
Había una parte de mí, una parte mayoritaria, que quería que diera un paso atrás. Empujarlo
cuando me tendió la mano, pero no podía. Lo tenía en sus ojos. Esa mezcla de poder y
vulnerabilidad que derrumbaba cualquier defensa que tuviera. Sus labios se torcieron en una
sonrisa, un hoyuelo apareció, y yo no podía dejar de mirar la cara de un ángel caído. Una
divinidad que se bañaba en pecado de la misma forma que los mortales lo hacen con agua.
Sus pantalones estaban desabrochados y veía sus músculos definidos que llevaron a mis ojos a
su duro pene tenso bajo la tela de sus tejanos. Sus dedos se hundieron en mi pelo y me atrajo hacia
él. Su fuerza hizo que se me secara la boca y el deseo descendió caliente y húmedo entre mis
muslos.
“¿Qué estás haciendo?” Susurré, con la voz ronca al borde de la desesperación.
Miró mi cara en la búsqueda de algo, y lo que fuera que encontrara pareció reforzar su
determinación.
“Recuperar mi vida.”
Confusa, en pánico, negué con la cabeza. Estaba caminando por un precipicio. En un saliente a
punto de caer de cabeza. Esto era un error. Tenía que serlo.
Pero joder, que bien estaba.
“Spade yo-”
Sus dedos se tensaron en mi pelo lo suficiente para proclamar posesión y silencio. Las
palabras murieron en un murmullo, pero ese sonido no tenía nada que ver con miedo.
“Adam.”
Mi cuerpo se quedó quieto y él bajó la cabeza muy lentamente. Tuve tiempo de sobras para
retirarme.
No lo hice.
Debería.
“Me llamo Adam.”
Y con eso me besó y puso mi mundo
completamente
del
revés.
Siempre había sido la Verónica racional, segura. El éxito era algo que conseguí dejándome la
piel. Tuve que ser tenaz. Tuve que ser dura y tener una mente despierta. Tenía que ser mejor que
cualquier hombre a mi alrededor para que me tomaran en serio, especialmente habiendo crecido
bajo la sombra de mi padre.
El romance era un sueño imposible dibujado en vallas publicitarias y anuncios de televisión.
A las chicas como yo no las inundaba la pasión repentina. Sólo era una herramienta para las
tramas de las películas que la indústria había utilizado durante años para facilitar escenas de sexo
en historias que si no cansarían.
No era real.
Hasta que lo era.
Su boca era tan suave como la imaginé que sería, pero su forma de tocar no dejaba lugar a
discusión. No había dudas. No había tiempo. Lo quería todo de mí y lo quería ahora. Nuestros
labios se encontraban en una danza húmeda y escurridiza que hacía que tensara los muslos por
impulso. Estaba temblando tanto que pasó un brazo por mi cintura para mantenerme de pie cuando
ya no podía confiar en mis rodillas. No bajé mis defensas, las destruyó. Me bombardeaba en
búsqueda de sensaciones y yo me dejé llevar con un gemido.
Cuando mis labios se abrieron, su pecho murmuró con un profundo sonido de satisfacción.
Después su lengua estaba dentro de mí y compartíamos el aliento el uno del otro. Me llenó los
pulmones, la cabeza, mi misma piel hasta que me sentí que estaba a punto de estallar. Hasta que mi
única escapatoria estaba en su boca. Mi lengua se encontró con la suya y la temperatura entre
nosotros subió mientras los labios se encontraban con el aviso de dientes amenazantes.
Enredando mis brazos en su cuello gemí y él me levantó del suelo sin alejarse. Mi culo estaba
en la palma de sus manos y mi pecho estaba contra el suyo, mis pezones frotando deliciosamente
la tela de mi vestido. Quería quitarme la ropa. Que mi piel se encontrara con la suya, pero el
nerviosismo apareció dentro de mí, sólo para ser devorado unos instantes después por la lujuria y
el calor.
El estar asustada de a dónde iría esto, o cuánto de lejos dejaría que llegara, sólo conseguía
afilar mi placer. Le dio filos y sus propios dientes. Hizo que estuviera tan contra las cuerdas que
el más mínimo roce de su meñique resbalando entre mis piernas me provocaba descargas por todo
el cuerpo. El mundo giró de nuevo y por un instante no supe si caíamos o estábamos de pie. Todo
lo que sabía era que Spade era lo único sólido que tenía en el mundo, así que me agarré fuerte a él
para el viaje.
No estoy segura de cómo llegamos a la orilla del mar o cuánto tiempo estuvo explorando mi
boca hasta que la primera ola chocó con nosotros. Sólo sabía que entrar al agua fue una sensación
tan natural como respirar. Tan natural como había sido besarle a él. No dudé ni lo pensé. Como
cualquier otro momento de esa noche, fui a donde me llevó el instinto y giré bajo las olas solo con
la mano de Spade en la mía como ancla.
5

Gabrielle

ESE PUTO IMBÉCIL.


¿Cómo se atreve?
¿Cómo se atreve?
Se supone que íbamos a vivir felices para siempre. O al menos es lo que me había prometido.
Pero las promesas no significaban nada para un hombre como Spade. Tampoco las mujeres, lo
sabía mejor que nadie. Por qué si no me habría pegado una paliza hasta que me quedara sólo una
hebra de vida y luego se deshizo de mí como si fuera basura. No le haces esas cosas a quien
quieres. Joder, la mayoría de las mujeres no le hacen eso a quien odian. Mis manos se tensaron
agarrando el volante, mientras me balanceaba adelante y atrás en el asiento, las cicatrices de mi
cara me tiraron cuando mi expresión cambió a algo perverso y feo. Así era como me sentía por
dentro.
Perversa y fea.
Eso explicaba el odio.
Ojalá supiera qué era lo que me hacía sentarme delante de su casa por la noche. Mirando a la
puerta buscando signos de vida y comiéndome las uñas. ¿Eso también era odio o sólo un tipo de
amor más doloroso?
No lo sé.
Esto era una locura. Me estaba comportando como una loca. Apretando los dientes, solté un
suspiro irritado. Ni siquiera estaría aquí si no fuera por la mujer del otro día. Recuerdo
preguntarme quién era mientras conducíamos la una al lado de la otra y algo acerca de la
amabilidad abierta de su expresión me hizo ir más despacio. Espera. Me senté al final de la calle
viendo la casa a través de mi retrovisor. Spade debía haberla echado. Como me echó a mí. Como
echaba a todo el mundo. Pero la expectación se tornó anticipación y la anticipación en terror.
No.
¿Quién era? ¿Una agente? ¿Una groupie? ¿Una empleada? No era de la familia. Spade no tenía
una familia. Tampoco era una amiga, ya que Spade iba falto en ese aspecto también. Si su
presencia no era amistosa o profesional, entonces significaba que era personal.
Lo cual me trajo otra vez al mismo círculo.
Cómo se atrevía.
Spade me condenó a una vida de soledad y lamentos.
Si a la miseria le gustaba la compañía, entonces él sería mi invitado así como mi
acompañante. Todos esos años atrás le dejé que me sobornara para que me mantuviera en silencio,
y esa decisión me reconcomía desde entonces. Podría haberme revelado desde entonces. Debería
haberlo hecho. Pero por alguna razón, no podía hacerlo. De forma triste y enfermiza aún quería a
Spade. Pasé la mayor parte de mi vida o bien idolatrándolo, u odiándolo o ambas, y no sabía
cómo salir de esa ecuación de emociones.
Y entonces estaba también esa mujer a considerar…
Esperaba que Spade no fuera tan imprudente para herirla como me hirió a mi. Lo había hecho
muy bien con los años, mantenía a las mujeres a cierta distancia por si perdía el control de nuevo.
Tenía que confiar en que esta mujer sería otro ligue casual. Perdería interés en ella rápidamente y
volvería a centrarse en su música.
Así es como era siempre.
Así es como siempre iba a ser.
Pero si ese era el caso… ¿por qué no estaba en casa esta noche?
6

Verónica

NO ME VEO DIFERENTE.
Después de anoche pensé que la agitación en mi mente se me reflejaría en los ojos de alguna
manera. Pero no. Estoy frunciendo el ceño más de lo que lo debería hacer una mujer después de
ser besada como Spade me besó, pero a parte del pelo encrespado por el agua salada, no me
notaba cambios. Seguía siendo la Ronnie de siempre.
La noche de ayer después del beso fue incómoda y con tensión. Al final, me entró la timidez,
no permití que pasara nada más y le pedí que me llevara de vuelta a LA. Al parecer, la playa a la
que me llevó era en alguna parte de Carolina del Sur y para cuando llegamos a California de
nuevo eran casi las cinco de la madrugada. Bajo mi petición, Spade nos llevó hasta su casa y de
allí cogí un Uber.
“No es que no me lo haya pasado bien.”
“¿Entonces qué es?”
Suspiré. “Mira, tu vida es de clase alta y no hay problema. Para ti. Pero yo no quiero ni el
drama ni las preguntas. No estoy diciendo que no nos podamos ver nunca más, pero no más
helicópteros. Si accedo a verte de nuevo tiene que ser informal o si no nada.”
Spade me miró un buen rato después de eso, pero antes de que pudiera responder mi Uber
había llegado. Afortunadamente para mí, pagó mi viaje de vuelta, si no me hubiera dejado unos
cientos de dólares hasta que crucé la puerta de casa mojada y absolutamente hecha polvo. ¿Había
sido demasiado dura? Quería volverle a ver, pero no quería que nadie notara que estábamos
pasando tiempo juntos. Un método infalible de que mi foto apareciera en todos los periódicos
hubiera sido hacer que aterrizara su helicóptero de nuevo en mis flores. Mi deseo por el
secretismo puede que hiriera a alguien como Spade que estaba muy acostumbrado a ser el centro
de atención.
Un anuncio de seguros me sacó de mis pensamientos, suspiré y dejé mi bol vacío a un lado.
Estuve despierta toda la noche y gracias a una reunión matutina en el estudio con el director, no he
podido dormir siesta tampoco. Debería haber estado exhausta, pero estaba demasiado agitada
para dormir. Me puse en pie, miré a mi teléfono encima de la mesita de café y me dirigí a la
cocina a por más patatas fritas.
Debería responder a su mensaje. Había terminado pronto de trabajar así que aún estaba a
tiempo de que nos viéramos para su evento misterioso. Recibir un mensaje sin nada más que un
sitio y una hora había sido muy críptico ya que no reconocí el número, pero sólo Spade podía ser
el culpable. Verle otra vez era mejor que acurrucarme en el sofá a ver películas de miedo hasta
que me traumatizara. A pesar de eso, la idea de estar en la misma habitación que él puede que no
sea la más acertada. Ahora, incluso horas después, mi piel se sonrojaba y mis pezones se
endurecían sólo con el recuerdo de sus labios y su lengua.
La bolsa de patatas se me resbaló de las manos y cayó al suelo, devolviéndome a la realidad.
“Mierda.” Me agaché y empecé a recoger las patatas de barbacoa. Había estado torpe todo el
día y no podía pensar con claridad. Mis pensamientos volvían a Spade. Su imagen era como un
imán y yo era adicta a su piel. Suspiré, pero antes de que pudiera empezar a soñar despierta con
su pene de nuevo, sonó el timbre. Levantándome de golpe, mi cabeza impactó con el borde del
mármol con suficiente fuerza como para hacerme soltar un taco.
No esperaba visitas. Abigail estaba trabajando en un caso y estaría desaparecida hasta que
terminara el juicio. Aparte de ella, no había nadie que me viniera a la mente que fuera a venir a mi
casa tan tarde. Mordiéndome el labio, dudé. Cuando el timbre volvió a sonar, finalmente me
convenció y fui a la puerta.
“¿Hola?” Apoyándome en la puerta y poniéndome de puntillas, utilicé la mirilla de la puerta.
La imagen estaba distorsionada pero vi lo suficiente para cagarme de miedo. Había una figura al
otro lado, cabizbaja y con sus rasgos escondidos bajo una capucha. Sus hombros estaban echados
adelante pero podía adivinar su talla viendo cuanto espacio ocupaba en el porche. Se movió, y yo
me alejé de la puerta con un grito de terror. No ayudó a calmarme cuando la condenada heroína de
la película del comedor repitió mi grito como si se estuviera riendo de mí.
“¿Ronnie?”
Reconocí esa voz de forma inmediata y mi mano cayó de mi boca. Mi cuerpo estaba temblando
con toda esa adrenalina, pero me las ingenié para dar un paso adelante.
“¿Spade?” Dije, incrédula.
“Déjame entrar.”
Obedecí, y pasó dentro cerrándo la puerta detrás de él. Ahora que sabía que era Spade, me
sorprendió no haberlo reconocido antes. Tan pronto como estuvo seguro dentro del recibidor, se
quitó la capucha y me sonrió.
“¿Mejor?” preguntó, claramente refiriéndose a mi queja previa.
Moví la cabeza. “Creo que hay un punto medio entre 007 y asesino en serie.” Dije, nerviosa.
“Encuéntralo.”
A pesar de estar de un humor agrio, cogí su chaqueta y la puse a un lado, disfrutando la
forma en que sus hombros estiraban la tela de su camisa antes de girarme.
Su sonrisa se marchitó pero lo ignore, volviendo a la cocina. Iba a necesitar algo mucho más
fuerte que patatas de barbacoa para pasar la noche, y rebusqué por el congelador hasta que
encontré una botella de vodka medio llena bajo una pila de cenas de microondas.
#VidaDeSoltera
Cuando me giré casi choqué contra Spade. Estaba tan cerca que era complicado no darse
cuenta de cuanto más alto que yo era. Era robusto y fuerte. Mis pensamientos empezaron a
nublarse y moví la cabeza, caminando a su alrededor antes que el deseo pudiera con mi sentido
común.
Otra vez.
¿Pero realmente sería tan malo caer en la tentación? Anoche fue increíble. ¿Por qué no podía
darme el gusto? ¿Pasarlo bien por una vez? Spade era guapo, rico y lo mejor de todo es que no
buscaba comprometerse. Podría ayudarme a terminar con mi sequía y él tendría una conquista más
en su expediente.
Ganamos los dos.
“No.” Pensé firmemente. “Ronnie mala.”
“¿Qué estás haciendo aquí?” Murmuré, amargada conmigo misma así como con él mientras
servía un vaso.
Me miró, pensativo. “¿Te importa compartir?”
Tragué después de la quemazón y negué con la cabeza.
“Nop. No hasta que me digas por qué estás aquí.”
Cogió mi vaso antes de que pudiera bajarlo del todo, tirando de mí hacia él paso torpe a paso
torpe.
“Creo que sabes por qué.” Sus ojos estaban clavados en mí y su mano encima de la mía,
levantó el vaso y se terminó mi vodka. Cuando me soltó casi se me cayó el vaso de mis dedos
nerviosos, pero aclaré mi garganta y de alguna manera conseguí recomponerme. Vampiro. Era
como un vampiro. Si no le miraba a los ojos no podría hechizarme y volverme una idiota babosa.
Mirándole todo el rato, me serví otra copa y me la bebí antes de que pudiera quitármela de
nuevo. Cuando el vaso estuvo vacío lo deslicé por el mármol hacia él y me fui al comedor sin
patatas.
Fui a por comida y volví con un hombre.
¿Cómo coño había hecho eso?
“Si esto es por tu invitación de antes, no estoy de humor.” A pesar de mi falta de sueño eso no
era necesariamente cierto. Spade continuaba atacándome por la espalda y no creía que entendiera
completamente el concepto de discreción. No quería terminar en cualquier restaurante rodeada de
paparazzi.
Se encogió de hombros despreocupado. “Me parece buen plan estar en pijama y ver Netflix.
¿Tienes uno extra en talla XXXL por casualidad?
Lo miré dudosa. “¿Por qué necesitas uno tan grande?” Yo tenía una mediana y me iba ancho. Él
necesitaría una L. Como mucho una XL. Dobló sus caderas y las meneó un poco como respuesta.
“Para que mis partes colgantes puedan moverse.” Me informó. “No nos gusta sentirnos
atrapados.”
Me senté de nuevo en el sofá con un gruñido, molesta cuando Spade me siguió. Esto era culpa
mía. Acampas fuera de la casa de un hombre durante unas semanas y todo el decoro se va por la
ventana. Mirando abajo me avergoncé. Sí. Definitivamente culpa mía. Tenía puesto el pijama de
una pieza de Batman que mi hermana me regaló por navidad. La triste verdad era que no lo
odiaba. Incluso me encantaba la abertura del culo con el símbolo del murciélago estampado. No
era sexy, pero era calentito, especialmente ahora que los días se iban haciendo más fríos y yo era
reticente a poner la calefacción.
Aunque los hombres muy posiblemente no me tomarían en serio llevando eso, era algo a
considerar.
Con una ceja levantada, agarré el mando a distancia y subí el volumen. “No, no tengo un
pijama extra para prestarte.” A mi pesar, no pude resistirme a sonreír ante el pensamiento de
Spade y yo con pijamas a conjunto y minaba significativamente mi intento de estar seria.
Spade sonrió. “¿Significa que puedo quedarme?” Preguntó, sentándose más cómodamente
antes de que pudiera responder.
“No es tan glamuroso como nuestra primera cita.” Le avisé. “¿Estás seguro que no te
importa?” Sólo estaba bromeando a medias. Teniéndolo sentado al lado era imposible no notar la
diferencia en tramos fiscales. Yo llevaba algodón barato de Wal-Mart mientras Spade estaba
vestido con una camisa de seda y pantalones de vestir grises. Me pregunté si había notado la
pintura vieja azul de las paredes o las baldosas rotas en la cocina. ¿Escuchaba la manera en que
las cañerías crujían como huesos? ¿Se daba cuenta de cómo la lámpara al lado de la mesa
susurraba y bajaba la luz mientras la electricidad se tomaba profundos y calmados respiros?
¿Quizás un affair en secreto sería algo bueno? De esa forma no tendría que pasar vergüenza en
la alta sociedad. No había manera que encajara en el mundo de Spade. A penas encajaba en él
cuando era el mío. Nunca podría ser la glamurosa modelo que iba colgada de su brazo como una
decoración de navidad putilla. Era lo suficientemente práctica para darme cuenta que en el mundo
de cotilleo de famosos, ni siquiera hacíamos buena pareja. Yo era pálida y bajita y él era el
bomboncito de América.
Parecería un caso de caridad de “Pide un deseo”.
“¿Qué ocurre?” preguntó, con sus ojos examinando mi cara. Me encogí de hombros.
Normalmente no hubiera dicho nada pero había algo en sus ojos que me llamó a hacerlo. Me
animaban a hacer cosas temerarias, estúpidas, como confiar en él.
“Sólo estoy sorprendida de cómo de distintos son nuestros mundos.”
Frunció el ceño. “¿Qué quieres decir?”
“Bueno, tú vives en una mansión mientras yo vivo en un…” gesticulé con la mano suavemente
hacia mi viejo bungalow entera. Levantó una ceja.
“¿Cuchitril?” Acabó por mí. Mi puño se disparó y le pegué en el brazo. Spade sólo se rió.
“Estaba de coña.” Quitándose sus zapatos, puso sus pies encima de la mesita de café al lado
de los míos para que dos pares de pies taparan la pantalla en lugar de sólo uno. “Adoro tu casa.
Cuando miro alrededor veo partes de ti en ella. Es cálida.”
“Claro, estamos en LA en medio de la sequía.” Salté, pero entendí a qué se refería. Su casa no
parecía Spade. Parecía hecha a medida de la idea del hombre en lugar que del hombre en sí.
Como si un decorador de interiores hubiera venido y diseñado cada habitación como tributo a una
súper estrella volátil. No sabía mucho de Spade pero sabía que cualquier otro hogar que
realmente proclamara suyo, exhibiría su calidez y su creatividad.
“La mansión es impresionante, pero fría.” Que lo admitiera me sorprendió. “No es algo que
hubiera elegido para mí.”
“¿Entonces por qué no lo cambias?”
“Porque es más sencillo seguir aparentando que darle a alguien una razón para que me
diseccione.”
“Más sencillo pero no completamente resistente.” Le recordé. “Después de todo, a mí no me
paró.”
Su expresión se tornó más seria, su mirada se oscureció con una emoción para la que aún no
tenía un nombre. Mi respiración se cortó.
“Me alegro de que no lo hiciera.”
Me levanté abruptamente. “¿Patatas?” Pregunté, mi voz era demasiado aguda y mis ojos se
enfocaban en cualquier parte menos en él. “Estaba buscando patatas antes de que llegaras. Vuelvo
en un segundo.” Entonces corrí. No había otra forma de describirlo. Me fui tan rápido como pude
a la cocina e intenté no mirar atrás a pesar del hecho de que podía notar su atención quemando la
parte de atrás de mi cráneo.
“Espabila, Ronnie.” Susurré, cogiendo comida basura lo más lentamente posible para darme
tiempo a hacer eso. “Te está comiendo la oreja. No lo dice en serio. No hay para tanto.” ¿Cuántas
veces había oído a un actor o a un músico recitar poesía para conseguir lo que querían? Muchos
de ellos eran manipuladores profesionales. Venía con la profesión. Sabían qué decir y cómo
decirlo para hacer que la persona con quien estaban se sintiera el centro de su universo. Solía
pensar que era demasiado lista para creerme las palabras bonitas y vacías, pero ahora estaba
viendo que me equivoqué. Si no tenía cuidado empezaría a creer que Spade me quería para más
que sólo sexo, y ese camino no llevaba a otra cosa que no fuera destrucción y corazones rotos.
De vuelta al sofá, puse el bol entre nosotros para que se mantuviera quieto e intenté
comportarme como alguien con sentido común.
“¿Tu nombre de verdad es Adam?” Mierda. No. No era eso lo que quería decir. Hablar de su
nombre me hizo pensar en el beso y pensar en el beso era lo contrario de “espabilar”. Spade,
como se podía prever, estaba sereno.
“Más o menos. Quizás.”
Cuando sólo le miré, suspiró y prosiguió. “Ya sabes el acertijo: si un árbol cae en el bosque
pero no hay nadie alrededor para oirlo, ¿de verdad ha tocado el suelo? O alguna mierda así.”
“Te has tomado algunas libertades recitándolo, pero sí, lo conozco.”
“Es como eso. Si nadie me llama Adam, ¿sigue existiendo aún?”
Inspiré solemnemente. “Aún existes, Spade.” Hice una mueca cuando me di cuenta de lo que
había hecho. “Quiero decir, Adam.”
Un extremo de su boca se levantó en una media sonrisa, como si no quisiera. “No tienes que-”
“Quiero hacerlo.” Le interrumpí. “Y si te hace sentir mejor, siempre he odiado mi nombre.”
“A mi me gusta Verónica.”
Estaba descaradamente orgullosa de ese comentario, pero intenté ocultarlo.”
“A mí también me gustaría si fuera una fan de los cómics de los 60 y me gustaran los triángulos
amorosos.”
Se volvió a reír y yo brillé bajo ese ruido infeccioso. Estaba mejorando en esto.
“¿Si pudieras cambiarte el nombre a cualquier otro que quisieras, cuál sería?”
Mi respuesta vino sin pensarlo y sin dudar.
“Clarice.”
Parpadeó. “¿Como la de Hannibal Lecter?”
“Soy una cinéfila de terror y hay pocas cosas que me gusten más que un bastardo asqueroso.”
“Espero que no tengas una lata de habas y chianti en la cocina.”
Que Dios me ayudara, moví las cejas como una estrella del porno de los 70. “Para cuando
haya acabado de comerte a ti no tendré espacio para nada más.”
No fue tanto lo qué dije sino cómo…
¿A quién coño quiero engañar? Lo que dije, cómo lo dije y todo lo de en medio era igual de
malo. Poniéndome de pie en un instante caminé deprisa sin mirar atrás. Necesitaba otro chupito.
Algo que me ayudara a sacarme el pie de la boca. La segunda bebida me calmó, me volví a sentar
habiendo entrado en calor, pero en control. Pasamos la siguiente media hora viendo la película,
comiendo patatas y hablando de cualquier cosa que nos viniera a la mente. Cuando la peli se hubo
terminado, Spade alargó su brazo y me robó el mando de las manos.
“No. Elijo yo.”
Me burlé. “¿No eres fan del gore con un poco de sangre?”
Su mandíbula se tensó, su expresión se oscureció y se volvió pensativa. No respondió y a mi
me daba miedo presionarlo así que dejé que el silencio creciera mientras él ponía una comedia y
se volvía a sentar a mi lado. La verdad es que no estaba prestando atención a la tele, ¿pero quién
podía culparme? 90 minutos de trama de mierda, cero desarrollo de los personajes y humor de
payasadas era suficiente para hacer que la mente de cualquier persona deambualara. La película
que eligió era una que ya había visto, pero no dije nada. En lugar de eso, dejé que mi atención
cambiara de la pantalla al hombre que tenía al lado.
Me gustaba su risa. Eso fue lo primero que me vino a la mente. Tenía una buena risa sólida que
te penetraba rápidamente y se te quedaba dentro. Después de nuestra primera reunión, hubiera
dicho que era más bien una persona enfurruñada que sonriente. Ambas expresiones eran igual de
devastadoras, pero el hecho de que le salieran esas patas de gallo en los ojos cada vez que
sonreía me hacía querer volver a besarlo. Muchos famosos se hubieran arreglado el problema.
Una inyección aquí y allí y cualquier signo de humanidad hubiera desaparecido. Era la ruta que
eligió papá y ese hombre podía pasar por alguien veinte años más joven.
El hecho de que Spade mantuviera sus imperfecciones decía mucho de él, y sin pensarlo estiré
la mano y tracé la telaraña de arrugas con la punta de mis dedos. Se congeló a medio reir, pero sus
ojos aún danzaban. Me miraron con la intensidad de un puñetazo en el estómago cuando giró la
cabeza para acunarla en la palma de mi mano. Dios, me recordó a un animal enorme. Demasiado
peligroso para quererlo fácilmente pero que no merecía menos que afecto y devoción. Acaricié su
mandíbula, su barba incipiente mordiendo sutílmente mi piel mientras estudiaba los planos de su
cara.
Sentí como si lo viera por primera vez. No la versión photoshopeada y perfecta de él, pero el
hombre real, masculino, visceral que me aflojaba las rodillas con sólo una mirada. Tracé cada
línea, cada arruga, cada pelo blanco que aparecía de la nada, y cuanto más miraba, más claro lo
veía.
Ahí, en su ceño. En la forma en que no podía sostenerme la mirada demasiado tiempo. En el
color brillante que cubrió sus mejillas. Vulnerabilidad. Incertidumbre. No estaba ni de cerca tan
seguro de sí mismo como hacía ver, e incluso ahora, sentado en mi sofá con los pies sobre la
mesa, no estaba del todo seguro de ser bienvenido.
“¿Qué ocurre? ¿He hecho-”
“Adam.” Hice de su nombre una declaración, no una pregunta. Parecía un bautizo. Limpiar con
agua lo antiguo para que pudiera ver lo nuevo. Se retiró, y su reacción me dolió en el corazón. Mi
otra mano se unió a la primera y sujeté suavemente su cara, manteniéndolo quieto hasta que me
miró a los ojos y me mantuvo firme y callada.
Su garganta trabajó.
“Dilo otra vez.” Gruñó, cambiando su posición para poder acercarse a mí.
“Adam.”
Se inclinó hacia mí, dejando mis manos atrás y capturando mis labios en un beso corto y
húmedo. Le di mi lengua con un gemido y me respondió con la suya. Revolviéndose en el sofá,
escaló por mi cuerpo y yo me incliné hacia atrás, reposando en los cojines hasta que él estaba de
rodillas entre mis piernas abiertas. Sus labios aún trabajando en tándem con los míos. Mi piel
hormigueaba, la electricidad me corría por las venas. Me retiré de golpe con un soplido.
Buscó mi cara.
“¿Estamos yendo demasiado deprisa?” Pregunté, avergonzada de cuan temblorosa e insegura
soné. Era una mujer adulta, joder. Esto no debería ser tan difícil. Pero yo no era como Abigail. Mi
sexualidad era algo íntimo que valoraba. Era algo que había que conseguir. Reprimido.
Usualmente me llevaba meses llegar a donde estaba con Spade en sólo unos días.
“Sabes que te deseo.” Dijo simplemente y no había duda en él. No había titubeo. “¿Tú me
deseas?”
Tanto que dolía. Mis braguitas estaban empapadas, humedad se iba escurriendo por el interior
de mis muslos con mi excitación. Lo necesitaba dentro de mi como necesitaba respirar. No era
amor pero era algo primario y casi violento en su intensidad, y en ese momento, era todo lo que
importaba. La Verónica práctica quería culpar al alcohol. O a los diez años de sequía. La Verónica
práctica tenía un montón de razones para justificar lo que estaba a punto de poner en marcha, la
dejé hacer lo que creyera necesario y dejé que el resto de mí se perdiera en el aquí y ahora.
Asentí como respuesta a su pregunta y capturó mi labio inferior entre sus dientes. No para
herirme sino para pedir.
“Entonces vamos por buen camino.” Me dijo, y que me ayuden los cielos, le creí.
7

Spade

LAS MUJERES VIENEN EN CAPAS .


Las vas rompiendo una a una hasta que encuentras su centro. Como una piruleta. Lámela hasta
el final. Deshazte de su piel de serpiente hasta que brillen iridiscentes e irremplazables, con
cuerpos ondulantes bajo ti. He desarmado mi parte de amantes, las he desenvuelto como un regalo
que nunca quise pero no me quedaba más remedio que reclamar. He visto a mujeres rotas en lo
más profundo hasta que no son nada más que miedo y deseo.
Me han llamado cruel. Desalmado. Pero jamás me han llamado fácil de olvidar.
Cuando follo, soy recordado. Me hundo en tu alma como veneno y te dreno hasta que estés
seca.
Esta vez era diferente. No sabía exactamente por qué, pero lo sentí incluso antes de bajar mi
cabeza para retomar lo que habíamos dejado. Mis manos se movieron por todo su cuerpo mientras
mi lengua exploraba la caverna de su boca. Los dulces sonidos que emitía reverberaban detrás de
mi lengua y fuí a por más, hambriento mientras mis manos empezaban a trabajar con los botones
frontales de ese absurdo pijama que llevaba. Esa pieza de ropa no era sexual por sí misma, pero
el material se abría por sus mullidos pechos y los exhibía como un festín. Quería desnudarla por
completo, pero no pude resistir la tentación.
Sus pezones eran redondos, como monedas de plata de carne rosada. Torturé con mi lengua los
abultados picos y su espalda se arqueó. El movimiento hizo que su carne temblara y yo la lamí una
vez y otra vez y otra vez. Succionando las puntas redondeadas mientras sus dedos se enterraban en
mi pelo y me mantenían cerca. Cuando raspé suavemente con mis dientes sobre sus puntas su
gemido ronco era una declaración de aprobación. Me apoyé en un brazo mientras que mi mano
libre viajaba por los huecos de su pijama. Bajo su cintura de avispa hacia sus caderas
redondeadas. Su piel era como la seda, casi indistinguible del borde de su ropa interior cuando
mis dedos finalmente la encontraron.
Colé mis dedos dentro, mirándola a los ojos mientras la exploraba. Verónica no estaba
depilada como todas las otras mujeres con las que había estado. No era un matorral australiano,
pero había un suave rastro de pelo que cosquilleaba mis dedos. Para mi sorpresa, gocé la
sensación y acaricié sus húmedos labios con un dedo, arrastrando sus jugos de un lado de su
hendidura al otro hasta que estuvo gimiendo con la boca abierta y levantando sus caderas para
encontrarse con mi mano. Sabía que quería más. Que necesitaba liberarse como yo, necesitaba
unos golpes muchos días. Gracias a mi variedad de adicciones conocía la necesidad y por cuánto
tiempo se podía negar hasta que el cuerpo saltara y suplicara. No estaba donde quería que
estuviera. Aún no. Pero estaba cerca. Estaba en su mirada aturdida y en cada jadeo que soltaba.
Cuando finalmente le di mi dedo, no hizo ningún ruido pero sus ojos se inundaron con lágrimas
ante la sensación. Acaricié su clítoris suavemente y con cuidado, aguantándome rígidamente, era
un milagro que no me rompiera los putos pantalones en mi desesperación por meterle la polla
dentro.
Pero no.
La paciencia era necesaria en ese momento. No quería que Verónica se arrepintiera de mi
estancia en la mañana y lo haría si la presionaba demasiado rápido para ir demasiado lejos. No
planeaba dejarla escapar y eso significaba dejar resbalar mi dedo índice dentro de su coño con el
más riguroso control en lugar de destrozar su maldita ropa y follarla tan fuerte que no pudiera
caminar recta.
Encajaba mi dedo, sus caderas se arquearon con la necesidad y su cara estaba blanca por ella.
De algún modo, se había deshecho de la mitad superior del pijama y empujó la mitad inferior por
lo largo de sus piernas hasta que se lo quitó para que pudiera tener mejor acceso a ella. Las
bragas se fueron con el pijama y cuando la tuve completamente desnuda, puse sus muslos sobre
mis hombros y abrí su vagina con la punta de mis dedos para poder ver su carne brillante en toda
su gloria.
Mientras miraba, sus bajos músculos tuvieron un espasmo y mi resolución de ir despacio se
fue por la ventana. Presioné mi boca contra ella, empujando mi lengua redondeada tanto en sus
profundidades que podía sentir sus paredes internas contraerse a mi alrededor. Sus jugos
explotaron en mi lengua y la lamí, hambriento de más mientras su sabor enviaba sangre corriendo
a mi polla. Estaba dura hasta el punto que dolía, intoxicada de ella. Ni siquiera con Gabrielle me
había sentido así de fuera de control. De hecho, pensándolo, no hubo ni una vez que la tocara en la
que no estuviera bebido o drogado.
Joder.
Para mi humillación, pensar en Gabby era como un cubo de agua fría. De repente, estaba frío y
muerto de cintura para abajo y me congelé, horrorizado de que esa zorra pudiera arrebatarme la
diversión mecánica del sexo.
El insulto mental me hizo sentir peor más que otra cosa. Yo había convertido a Gabby en lo
que era. Si ella era un monstruo era porque yo la moldeé como uno. La hice a mi imagen y
semejanza como un dios retorcido. La odiaba porque odiaba a lo que me recordaba. No estaba
bien insultarla, aunque pensar en su nombre consiguiera de forma efectiva quitarle la vida a mi
polla.
Me levanté abruptamente, dándome cuenta demasiado tarde que debería haber mantenido mi
cabeza ahí abajo trabajando. Tan pronto como me levanté ella empezó a agarrar el cierre de mis
pantalones, con sus dedos buscando la fuente de mi excitación.
Hice una mueca de dolor.
“Ronnie…” Por primera vez desde que me convertí en Spade, no sabía qué decir. Las palabras
se me escaparon y…
Su expresión cuando encontró mis ojos mutó de deseo a dolor incipiente y yo revolví mi mente
en busca de algo que decir que explicara mi falta obvia de participación.
“Lo siento.” Balbuceé. “Yo-” ¿Pero qué podía decir? Que estaba muy ocupado pensando en la
mujer que casi maté de una paliza para concentrarme en el banquete que tengo puesto delante? No.
Si podía conseguirlo, Verónica nunca descubriría esa parte de mí.
No podía.
Me imaginé su mirada, su cara, de asco y de miedo si ella descubriera lo que pasó con
Gabrielle, cualquier posibilidad de recuperarla hubiera muerto. Mientras la miraba, indefensa, se
separó de mí, se llevó sus rodillas al pecho para desenredarnos el uno del otro. Evitó mi mirada y
cuando fui a agarrarle el brazo se apartó como si le hubiera pegado.
“Ronnie, escucha-” No estaba muy seguro de lo que pudiera haber dicho, porque ella me
interrumpió con una risa estridente.
“No te preocupes Spade, lo entiendo.” Algo acerca de escuchar ese nombre en sus labios otra
vez me hirió tanto, sino más, que cuando se apartó al intentar tocarla.
Fruncí el ceño, había algo oscuro dentro de mí esperando ser escuchado.
“No creo que lo hagas.” Había calor en mi voz y ella se giró a mirarme. Había un brillo de
lágrimas en sus ojos. Fue lo único que me contuvo de saltar cuando ella dijo
“¿No?” Ondeando su mano a lo largo de todo su cuerpo desnudo, dijo con desprecio
“Claramente no soy tu tipo, pero aprecio que te sacrifiques por el equipo.” Poniéndose en pie,
cruzó un brazo sobre su pecho, escudando mi visión de sus perfectos pezones y buscó su ropa por
el suelo.
Abrí mi boca, la cerré, y después, sintiédome como un niño terco moví mi cabeza y me
levanté.
“Tienes que escucharme.” Empecé, pero ella dio un paso atrás, obsesionada con poner el
máximo de distancia posible entre nosotros. No debió ver los restos de su pijama medio
escondidos bajo el sofá porque la gruesa tela se le enredó en los tobillos y la mandó al suelo.
Verónica gimoteó, pero el instinto me dijo que ese dolor era más emocional que físico. Aunque
sabía que no quería que la tocara, le tendí mi mano de todos modos. Ella me esquivó la mirada,
poniendo sus rodillas contra el pecho fuertemente y enterrando su cara en sus brazos.
“Por favor, vete.” Su voz estaba amortiguada pero oí la desesperada tristeza en ella
igualmente. “Esto es un error. No funcionamos y lo sabes.”
Mi ceja se levantó mientras la miraba.
“No siento que sepa mucho de nada ya.”
No me contestó y no había más que decir así que giré sobre mis talones y me fuí por la puerta.

“¿ESTÁS seguro que es una buena idea?”


“Es posiblemente una de las mejores ideas que he tenido nunca.”
Paul se rió al otro lado del teléfono.
“Mandar a tu responsable de sobriedad a secuestrar a la chica que te gusta del aeropuerto…”
chasqueó la lengua y podía imaginármelo divertido moviendo la cabeza en desaprobación.
“Deberías revisar tu definición de “bueno” colega.”
“Oh, y yo que pensé que éramos amigos.”
Era verdad. Durante los últimos años, Paul se había convertido en un amigo más que otra cosa.
Lo contraté como mi “asistente” para ayudar a que no llegara la historia a la prensa. Paul aún
trabajaba aconsejando a otros adictos pero estos días estaba a mi alrededor más bien por hábito.
Incluso cuando no estaba conmigo, tenía su número en marcación rápida por si mis antiguos
hábitos intentaban controlarme.
“No es secuestro.” Recalqué por lo que parecía la centésima vez. “Le estás haciendo un
favor.”
Con la producción avanzando Verónica tenía que volar para revisar el set y encontrarse con el
resto de los productores. Quienes, desafortunadamente no parecían saber ni les importaba que ella
se estaba pagando todos los viajes. Aunque no habíamos hablado en una semana, tenía
actualizaciones regulares acerca del progreso que se hacía, así como el resto de miembros del
equipo, vía e-mail. Sabía que volvía a LA y le pedí a Paul que se presentara en el aeropuerto con
una limusina y una placa con su nombre. La idea es que no supiera que era yo hasta que él no la
trajera a casa, pero podía pasar cualquier cosa entre ahora y el tiempo que le llevaba al avión
aterrizar.
“Probablemente ya tenga quien la lleve a casa.” Respondió Paul razonablemente y yo me
encogí de hombros aunque él no pudiera verme a través del teléfono.
“¿Y? ¿Quién rechaza una limusina?”
“¿Y si me pregunta quién me envía?”
Hice una mueca. Podría decirle a Paul que Quinten Jones, su amado director, había mandado
la limusina, pero eso sí rozaba el secuestro. “Dile que es de parte de Adam.” Dije. “Si en ese
punto dice que no, no insistiré.” Una parte de mí quería ir al aeropuerto y recogerla yo mismo,
verla cara a cara para que viera cuán sincero era. Pero Ronnie quería discreción. No había forma
que fuera a LAX sin que nadie me reconociera y empezara a sacar fotos. Era lo contrario a pasar
desapercibido, y si quería conseguir que hablara conmigo, necesitaba probar que al menos podía
respetar su deseo de no ser vista conmigo.
Nadie se había avergonzado antes de ser visto en público conmigo. Agradecía que no se
sacara mi vida personal al ojo público, pero siendo honesto me picaba un poco.
“Dime cómo va.” Le dije y colgué antes de que pudiera intentar convencerme de no hacerlo.
Sólo habían tres vuelos más proviniendo de St. Louis y todos ellos iban a tiempo la última vez que
lo comprobé. Ella estaría en uno de ellos y Paul estaría hermosamente recompensado por
esperarla. Aunque seguramente hubiera aceptado un pago en forma de “Te lo dije.”
No se me ocurrió hasta unas horas después, cuando Paul estaba aparcando delante de la casa
con una Verónica reticente, que mis acciones podrían ser razonablemente entendidas como acoso.
Mierda.
No es la impresión que estaba buscando dar, pero si la había conseguido traer a mí, la
aceptaba.
Abrí la puerta, indicándole a Paul que condujera hacia mí con un movimiento por encima del
hombro.
Ella me miró.
“Sólo estoy aquí para decirte lo imbécil que eres.” Dijo, y mi bienvenida murió en mis labios.
Mis ojos se estrecharon y ella me adelantó con un empujón, furiosa.
“¿Yo soy el imbécil?”
Se giró hacia mí, plantando sus puños a sus costados y repiqueteando con un pie en el centro
del vestíbulo como si la rabia no le permitiera estar quieta.
“Te dije específicamente que me dejaras en paz.”
“No, no lo hiciste.”
Reculó un poco pero no perdió nada de potencia. “Insinué específicamente que deberías
dejarme en paz.”
Crucé los brazos por encima del pecho, reflejando su inquietud.
“Y yo te he ignorado específicamente.”
“Prueba de que eres un imbécil.”
“Vuélvelo a intentar, preciosa. Más bien prueba de que eres tonta.”
Verónica se puso recta como un pavo real desplumado y dio un paso adelante, luego otro. Yo
imité su caminar, íbamos al mismo paso y nos encontramos en medio del pasillo. Un huracán a
punto de aterrizar.
Poniendo un dedo en mi pecho, soltó “¿Cómo te atreves? Entras en mi vida, lo pones todo
patas arriba y me seduces. ¿Para qué? ¿Porque estás aburrido? ¿Para devolvérmela? ¿Esto es
como un tipo de juego para ti?” Apretó su dedo con más fuerza y cuando la miré me di cuenta de
que sus ojos brillaban demasiado. “Noticia de última hora: no tengo que jugarlo contigo. No soy
Monica Pérez o Sophie Baxter-” Hice una mueca ante el nombre de mis ex. Dos rupturas que
fueron altamente publicitadas y cuidadosamente diseccionadas durante meses hasta que se
evaporaron.
“Verónica, escucha-” ¿Cuando me había convertido en la suave voz de la razón? Generalmente
era yo quien perdía los estribos. Pero la Ronnie enfadada era como mirar al corazón de una
tormenta de fuego. Claro que me iba a quemar, pero joder, era precioso de ver.
“No.” Y aquí parte de su fuego flaqueó y su voz tembló. “Conozco a los hombres como tú,
Spade, crecí con un hombre como tú. Esto,” Señaló a los pocos centímetros de espacio entre los
dos para indicar que lo que fuera que eso fuera, estaba teniendo problemas de crecimiento entre la
niebla. “no significa nada para ti. No sé si lo que te gusta es la persecución o qué, pero te lo digo
ahora que no tengo el tiempo ni el corazón para ello.” Con un suspiro tembloroso, negó con la
cabeza. “Siento que las cosas se descontrolaran la otra noche, pero no puede volver a pasar. Me
sentía sola y vulnerable y creo que lo mejor sería que mantuviéramos una relación profe-”
Estiré mi mano poniendo mis dedos en la cintura de su pantalón y sus planes extremadamente
prácticos se fueron al garete.
“¿Alguien te ha dicho alguna vez que piensas jodidamente demasiado?” Gruñí y utilicé el
borde de su pantalón como correa, atrayéndola hacia mí y observando su cara sonrojada.
“¿Alguien te ha dicho alguna vez que no piensas lo suficiente?”
Estudié la forma de su boca, trazando la curva de sus labios con mis ojos e inhalando la
esencia de melocotones y nueces. ¿Por qué coño olía siempre tan dulce?
“Todo el tiempo.” Admití con un ronroneo, haciendo exactamente lo que ella me acababa de
acusar de hacer. ¿Mi atracción a esta mujer era estúpida? Quizás. Pero también innegable. Desde
el momento que la conocí no podía dejar de pensar en ella. El sonido de su voz calmaba una parte
de la furia de mi interior que ninguna cantidad de bolsas de boxeo o drogas podían tocar. Era
divertida, lista, tozuda y preciosa. Incluso si no oliera a maldita cafetería y ni tuviera un culo
maravilloso, hubiera sido un corazón que valía la pena ganar.
¿Qué quiero de ella?
No había una buena respuesta a esa pregunta. Aún no. Así que en lugar de tomar lo que quería,
bajé mi cabeza y consumí lo que necesitaba en ese momento. Sus labios, su aliento, su pulso en la
punta de mi lengua. Me regodeé en sus labios y su sabor de miel, y con un gemido se rindió a mí
de nuevo dejándose llevar por la locura que yo parecía portar como una plaga.
8

Verónica

¿QUÉ COJONES ME PASA?


Era una idiota.
Una idiota cachonda.
Pero de algún modo, saber eso no me contuvo de levantar los brazos por encima de mi cabeza
para que Spade pudiera quitarme la camiseta y tirarla a la mesa de la entrada. Me agarró por los
muslos y me levantó del suelo, nuestros labios chocaban mientras yo enredaba los dedos en su
pelo. Me llevó por el pasillo pero no llegamos muy lejos antes de que me pusiera de pie y se
arrodillara, cogiendo mis tejanos y desabrochándolos en un solo movimiento. Mis pantalones
estaban bajados hasta las rodillas y cuando me tuvo delante sin nada más que el sujetador, me
llevó contra la pared de cristal que daba a su patio con jardín.
Cuando me volvió a levantar, arrastrando sus labios por mi cuello hacia mi oreja, enterrando
su nariz en la caída de mi pelo, me tocaba con menos frenesí pero aún con determinación.
“Tenías razón.” Susurró en mi oído, separando mis piernas con sus muslos y dibujando
círculos en mi clítoris con la punta de su dedo. Quería tensarme, empujarlo, pero no tenía fuerza
en los brazos. El placer me debilitó y me dejó suplicando. “No eres Monica. Y definitivamente no
eres Sophia.” Grité, mi cuerpo se arqueaba mientras su dedo viajaba de mi clítoris a mi estrecho
canal. “Tú eres más un dolor de estómago que una modelo, pero no quiero una modelo. Quiero
caderas anchas bajo mis manos y muslos robustos alrededor de mi cintura. Quiero esa dulce
boquita y esa lengua acaricándome la polla. Quiero ese pelo cobrizo adornando mi almohada por
la mañana. No las quiero a ellas.” Continuó, acariciándome más fuerte, más rápido. Levanté una
pierna a su cadera y el me agarró, abriéndome para su tortura. “Te quiero a ti.” Cómo un hombre
podía hacer que esas palabras sonaran como una orden se me escapaba, pero de alguna forma lo
consiguió. Serpenteé y grité. “No sé qué es esto Verónica Frasier, pero te aseguro que no es un
puto juego.”
“Pruébalo.” Gemí, agarrándome a sus hombros y resoplando mientras me follaba con el dedo
contra el cristal. Mis caderas se balancearon y la humedad resbaló por mis muslos. Curvó su dedo
y me acarició el punto G sin piedad alguna y el mundo entero se volvió blanco de placer.
Con mis palabras me levantó por completo y yo me sujeté mientras él se desabrochaba el
pantalón y liberó su polla. Mi espalda chocó contra el frío cristal y tuve un momento para apreciar
su longitud mientras él presionaba la cabeza de su excitación contra mi centro y empujó,
demandando la entrada.
No había tenido sexo en mucho tiempo y posicionada así, con mis brazos en sus hombros, mis
piernas colgando a cada lado de su cintura, y sus manos sujetando cada cachete de mi trasero,
abriendo mi húmeda raja, debía luchar por cada centímetro.
Levantándome y dejándome caer en minuciosos y lentos grados. Cuando finalmente se hundió
en mí hasta el final, tan cálido y robusto, mis ojos parpadearon y tuve problemas para respirar por
la repentina y deliciosa sensación de plenitud.
“Dios, estás bien mojada.” Cambió su agarre para que un brazo me sujetara alrededor de la
cadera y el otro estuviera contra la pared, al lado de mi cabeza, equilibrándonos mientras él salía
y volvía a entrar al hogar. Solté un gemido.
“¿Eres de las que hacen squirt?” Bromeó y sentí como mis ojos se abrían en una mezcla de
shock y vergüenza. Ante mi reacción su sonrisa se oscureció, se tornó hambrienta, depredadora.
Salió otra vez, y cuando entró de nuevo su polla besó mi cervix. Mis labios se abrieron en un grito
y mis párpados aletearon.
“No importa. Lo descubriré por mí mismo.”
Largos y profundos golpes. No se movía deprisa pero cada vez que entraba en mí era con la
suficiente fuerza para encontrar el final de mí. Reforcé mi columna vertebral contra la pared y me
mantuve ahí, mirando hacia abajo de mi cuerpo para ver cómo su pene resbalaba dentro y fuera de
mi, brillando con la luz que se derramaba por el pasillo a través de las ventanas. Estaba en trance
viendo las venas que bailaban en su superficie. Tenía más contorno que longitud y eso significaba
que no tenía que apuntar a mi punto G. Lo tocaba sólo con follarme.
Quería, necesitaba, ver su piel y cogiendo el extremo de su camisa lo estiré para poder ver
los músculos en su bajo abdomen contraerse y relajarse con cada movimiento de sus caderas.
Arqueé las mías, desesperada por encontrarlo en su embestida. Mi mente se quedó en blanco y
sólo quedaba la fuerza de su brazo en mi cintura y la sensación de tenerlo moviéndose entre mis
piernas.
La presión se estaba acumulando como una ola. Empezó como un susurro que no hacía más que
incrementar mi frenesí. Estaba casi en la línea de meta y quería correr pero Spade mantuvo
nuestro ritmo con concentración rígida, su mandíbula estaba tensa y sus ojos prácticamente negros.
Mis uñas se clavaron en su piel y mis muslos se tensaron a su alrededor. Necesitaba correrme. Lo
necesitaba más que respirar en ese momento y me mordí el labio, avivando la avalancha que se
estaba formando en el centro de mi cuerpo. Nuestros ojos se encontraron y con una maldición sus
cuidadosos movimientos desaparecieron para tornarse frenéticos.
Hundió su cabeza y capturó el duro botón de mi pezón con los dientes. Él era lo único que me
sostenía y los músculos de sus brazos y piernas se abultaron mientras me sostuvo casi en
perpendicular a la pared. Tenía la impresión de que quería meterse dentro de mí, consumirme por
completo, y la imagen de sus dientes en mi pezón y sus brazos bronceados sujetándome casi sin
esfuerzo me lanzó al largamente ansiado vacío.
Estrellas explotaron en mi visión y llegué al clímax con un lascivo grito que pareció hacer eco
en el estrecho pasillo. Mi cuerpo tenía espasmos y mis paredes internas se agarraban a su polla.
Mi cabeza cayó hacia atrás mientras me inundaba una ola tras otra hasta que me costó escapar a la
intensidad del momento. Unos segundos más tarde sentí la repentina calidez de la eyaculación de
Spade empapando mi vagina. Apreté mi pecho contra el suyo y empecé a cabalgarlo con ansia, el
instinto me decía que lo exprimiera hasta la última gota incluso cuando nuestros líquidos
combinados mandaron una inundación sobre el suelo de madera.
Las piernas de Spade parecieron fallar y nos bajó al suelo, aún embistiendo con las caderas
para arrastrar el placer hasta el punto más lejano posible. Me sentía coja, con el cuerpo gastado y
Spade se dejó caer en el suelo a mi lado.
Estuvimos tumbados ahí hasta que nuestra respiración se calmó y el sol empezaba a
esconderse tras el horizonte, llevándose parte de su calor con él. Noté su cabeza girar para
mirarme, y aunque yo no le estaba mirando directamente, sabía por su tono de voz que estaba
sonriendo.
“¿Hambrienta?” Resopló. Yo gruñí. Para alguien que no hizo mucho trabajo, estaba hecha
mierda.
“Medio dormida.” Murmuré, y él se rió. Poniéndose en pie con el suficiente entusiasmo para
ponerme celosa, caminó por el pasillo.
Hice un puchero. Moverme no sonaba apetecible pero había sido un vuelo largo y un día aún
más largo. Me vendría bien la comida. Especialmente después de lo que acabábamos de hacer.
Especialmente desde que tenía planeado hacerlo otra vez.
Me levanté, mis muslos temblaban casi hasta el punto de la inutilidad. Me recompuse en un
momento, ansiosa por recoger mi ropa cuando una sensación inconfundible se hizo presente.
El semen de Spade quería seguir las leyes de la gravedad y con ese pensamiento vino otro, uno
mucho más terrorífico.
No usamos condón.
Esta vez se me aflojaron las rodillas por una razón completamente diferente. Siempre iba con
tanto cuidado, tan controlada, ¿qué cojones se me había metido en el cuerpo? Spade, obviamente,
en varios sentidos. Podía escucharlo silbar mientras se movía por la cocina, claramente
despreocupado por el hecho que había arrojado su semilla en una mujer que conocía desde hacía
menos de dos semanas. El tiempo que pasé merodeando por su casa no contaba ya que no es que
pudieras conocer a una persona mientras insiste llamando a tu puerta como una ferviente testigo de
Jehová.
Razón número 5643 de por qué Spade y yo no deberíamos estar juntos. El hombre parecía no
entender el concepto consecuencias o no le preocupaban y a pesar de mis reservas yo siempre
acababa apuntándome al plan.
Inspiré profundamente. No había tiempo para esto. Si no encontraba un baño ahora acabaría
dejando un rastro de caracol zorrilla hasta el cuarto de baño. Cerrando mis muslos y mirando a mi
alrededor en pánico, caminé como un pingüino por el pasillo, probando puertas que iba
encontrando esperando que una de ellas me llevara a un váter y una ducha. Al menos tenía mis
malet-
Joder.
Mi equipaje aún estaba en la limusina. Estaba tan cabreada de que Spade tuviera el valor de
enviar a uno de sus lacayos a buscarme al aeropuerto que no pensé en traerlo dentro conmigo.
Genial. A tomar por culo. Me iba a lavar, ponerme la ropa que había llevado en el avión y llamar
a mi hermana para decirle que mi “reunión de emergencia” con Spade ya había terminado y
utilizar su cuenta de Uber para volver a casa.
Una habitación era un armario, la siguiente parecía un studio. Estaba a punto de probar otra
puerta, los dedos enredándose en el pomo, cuando la voz de Spade me paró.
“¿Quieres jamón o pavo?” Cuando me vio en la puerta se quedó paralizado y se puso pálido.
Fruncí el ceño.
“¿Spade estás-”
No tuve tiempo de terminar la pregunta. Mientras lo miraba, una luz febril y rabiosa cubrió sus
ojos mientras daba zancadas hacia mí. Se movía tan deprisa que por un breve instante se me
abalanzó como una criatura monstruosa. La memoria me dijo que no era Spade quien venía
volando hacia mí sino mi padre, con intenciones de violencia y humillación. Mi estómago se
revolvió y mis manos se levantaron por instinto empujándolo. La fuerza de mi propio pánico me
empujó a ese mundo de terror antiguo afilado y puntiagudo. Un cuchillo cortándome y enseñándole
al mundo todas mis suturas mal hechas que tenía que inflingirme una y otra vez en cada ocasión
que Papi levantaba su puño para destrozarme.
Mi vejiga se soltó, y la vergüenza me abrasaba la piel. Estuvimos ahí parados, a menos de
medio metro de separación mientras me meaba encima como una cría y temblaba el doble de
fuerte. No fue mucho, sólo lo suficiente para cubrir el largo de mi pierna y la parte de arriba de mi
calcetín. ¿Porqué sólo llevaba un calcetín? El otro debió salir cuando me quitaba los pantalones.
Era algo extraño en lo que centrarse pero era mejor que mirar a Spade a los ojos e intentar hablar
con el doloroso nudo que tenía en la garganta.
“Lo-” Lo siento. Es lo que quería decir, pero sabía que una vez empezara a disculparme no
podría parar. Las lágrimas se me empezaron a saltar con una intensidad extrañamente similar a la
de mi orgasmo. Una ola que no podía parar. Una liberación no planificada de toda la oscuridad
líquida que se escondía tras mi piel.
“Lo siento.” Dije sollozando, y de repente era una niña otra vez, acobardándome ante mi padre
y chillando mientras el afilado extremo de la hebilla caía sobre mi cara y mi espalda. Las
abultadas marcas duraban días. La sangre sabía a cobre. Una piel deliciosamente amoratada en la
que no podía evitar poner mis dedos apretando en el centro y preguntarme si eran un signo de mi
propia debilidad o una prueba de que mi corazón seguía latiendo a pesar de todo. Asco y
humillación, nacieron en mi tripa y mi cuerpo se hizo una bola, como si así pudiera de alguna
forma esconderlo de sus ojos.
Pero ahí estaba Spade. Levantándome y llevándome en sus brazos mientras caminaba por el
pasillo. Abrió la última puerta a la izquierda, a la que no había podido llegar arrastrando los pies,
para rápidamente ponerme dentro de la bañera integrada en el suelo que ocupaba la mayoría del
espacio en el dormitorio principal. Tuve un momento para darme cuenta de que sólo su baño ya
era más grande que todo mi bungalow, y entonces ahí estaba él, bajándonos dentro del hueco de la
bañera. Había espacio de sobra para ambos y la bañera era tan profunda que mis hombros casi no
llegaban al borde.
No quería levantar la vista y mirarle a la cara. Las palabras me eludían. Sólo podía balbucear
“Lo siento.” una vez tras otra mientras él me liberaba de mi último calcetín y desataba mi
sujetador, tirando ambas prendas por ahí con una indiferencia que hubiera sido escalofriante si
tuviera el sentido común o la habilidad de escudar mi corazón en ese momento.
Se movió con silenciosa eficiencia y pronto la bañera se estaba llenando con agua tan caliente
que ni siquiera me di cuenta que estaba temblando hasta que empezó a comerse el frío de fuera a
dentro.
“Tu ropa”. Él todavía llevaba la camisa y el tejano con los que se me había tirado, habiéndose
quitado los zapatos a la entrada del baño. Más que responder, me estiró a su regazo, colocándome
cerca y agarrando el jabón que había sido incorporado en un lado de la bañera.
Apretó el dispensador una vez, dos y la habitación se llenó del aroma de Spade. De Adam.
Enjabonó mi cuerpo con manos fuertes y anchas moviéndose con gracia y seguridad. Acarició mi
piel, me punteó como una guitarra hasta que la Ronnie rota fue empujada de nuevo a las sombras
donde la escondía y la loba excitada del pasillo la reemplazó. En su regazo me abrí de piernas y
dejé que limpiara los restos de mi miedo. Le dejé que me acariciara hasta que volví a llegar,
revolviéndome en su regazo mientras su mano me torturaba.
Cuando ya había terminado, con mi voz ronca por los gemidos y el único sonido del baño era
el agua corriendo con el chapoteo ocasional de la bañera, me derrumbé en su pecho. Dejé que mi
cabeza cayera hacia atrás en su hombro y miré a esa cara angelical desde abajo. Él me miraba
inquebrantable, sin juicios ni rabia, y la vergüenza intentó colarse por mis defensas.
¿En qué pensaba? Spade no iba a hacerme daño.
Este proyecto me estaba costando más de lo que me daba cuenta. Tenía sentido en cierto modo.
¿Qué mejor manera había de dragar un antiguo trauma que visitando el antiguo territorio de mi
padre y codearme con los mismos hombres que le ayudaron a construir su carrera? ¿De verdad
merecía la pena el programa? ¿Merecía la pena realmente mi sueño? ¿De verdad era mi sueño o
estaba tan cegada por la necesidad de probar mi propia valía a mí misma y… si me atrevía a
decirlo… a mi padre que estaba forzando inconscientemente mi propia anulación? Estas preguntas
no se me habían ocurrido antes. Viendo lo que acababa de ocurrir, empecé a preguntarme si quizás
lo deberían haber hecho.
Spade
“Cuando te pregunté si hacías squirt, no me refería a ir por ahí marcando territorio.”
Esas eran las primeras palabras que cualquiera de los dos dijo en un rato, y yo evité la
vergüenza y fui directamente al incordio. Levanté la mano y pegué a lo primero que pillara, mi
palma alcanzó algo que hizo el satisfactorio sonido que hace la piel mojada en contacto con piel
mojada.
Adam soltó un taco pero no paró con sus cuidados. Normalmente me hubiera sentado y le
hubiera echado la bronca, cualquier cosa para empezar a reconstruir las paredes que habían
empezado a derrumbarse a mi alrededor. Pero sus dedos en mi cuero cabelludo eran demasiado
agradables para abandonarlo y, si era honesta, no tenía ningún deseo de abandonar el calor de su
cuerpo. Habíamos estado en la bañera casi media hora y mis dedos empezaban a arrugarse pero
me daba igual. Adam finalmente se había desnudado y había empezado a lavarme el pelo.
Me estaba empapando de él. Su olor, su tacto, sus besos. Pero no me sentía desvanecer por
ello. Estar con Adam, disfrutando de todo lo que era, parecía como el comienzo de una canción.
Yo era el violín, quizás. Algo delicado pero tenaz y ansioso por aprender la melodía que él estaba
feliz de enseñarme.
“Idiota.” Murmuré, pero era sólo por aparentar. No podía insultar al hombre mientras me
estaba lavando el pelo con tanto cuidado, sus largos dedos hacían un delicado trabajo con mis
nudos y enredos. Bajo su petición, me eché hacia atrás entre sus rodillas flexionadas para que el
agua se pudiera llevar la espuma que él había creado. Estaba tumbada en su regazo, flotando en la
superficie del agua y mirando la longitud de su cuerpo musculoso.
Realmente parecía un ángel llegado a la Tierra. Cada abdominal estaba perfectamente definida
y su delgada cadera llevaba a un pecho amplio y a unos hombros que aún lo eran más. Sus brazos
eran mucho más grandes de cerca. El agua no hizo más que reforzar su definición y cada gota era
como su pequeña fan, deslizándose por él y trazando cada línea, hendidura y curva con una
reverencia que bordeaba lo sexual.
El agua se había enfriado pero estaba tan caliente al principio que era un alivio más que una
incomodidad. Mis ojos cayeron cerrados y me dejé flotar en la calma, Adam acariciaba mis rizos
bajo la superfície del agua para enjuagar todo el jabón.
“¿Qué ha pasado ahí atrás?”
Había estado esperando la pregunta, pero aún así me encogí de hombros contra él.
“Podría preguntarte lo mismo.” Señalé. Él se encogió de hombros. Lo noté en el movimiento
del agua de la bañera y de sus músculos.
“Ronnie…”
Solo eso.
Solo mi nombre.
No había expectativas en su voz, no había demanda. Solo mi nombre y después un mundo de
silencio.
No pude resistirme a llenarlo. Uno de mis recuerdos más antiguos es de agonía, así que esa es
la historia que le di, como si pudiera explicar lo demás.
“Cuando tenía cinco años mi padre me rompió la mandíbula porque lo avergoncé durante su
discurso al ganar un premio en los Globos de Oro.” La punta de mis dedos planeó sobre la
desvanecida cicatriz que aún permanecía ahí, pero no la toque. “La cámara hizo una panorámica
de su familia mientras él le contaba al mundo como no hubiera sido capaz de llegar tan lejos si no
nos tuviera a su lado. Mi madre y mi hermana actuaron perfectamente pero yo ese día estaba
cansada.” Tragué a duras penas, con un nudo en la garganta. “Caí dormida. No quería, pero lo
hice. Todo el mundo se rió. Les pareció adorable.” Mi voz se tornó un susurro cuando la sensación
de su pesado puño contra mi pequeña carne volvió con dolorosa claridad. “y Papi no.” No había
necesidad de dar detalles, la forma en que el brazo de Adam se tensó a mi alrededor dejó claro
que lo había entendido perfectamente.
“Nunca fui buena delante de la cámara.” No sé por qué, continué, pero la forma en que su
brazo me sostenía contra él y sus dedos jugaban con mi pelo no me dejaba parar. “Mi hermana,
Abigail, era un talento. Papá la adoraba. Pero yo siempre estaba tropezándome o diciendo lo que
no tocaba. Recuerdo una vez que fui a una entrevista con un grano del tamaño del Everest en el
medio de la frente y la prensa me acribilló diciendo que tenía algún tipo de enfermedad en la piel
y que esa era la razón por la que Papá me mantenía escondida.”
“¿Es esa la razón por la cual no quieres ser vista en público conmigo?”
Pensé seriamente en la pregunta, me encogí de hombros y luego respondí. “Quizás
parcialmente. Pero la mayor razón es que ser vista contigo del brazo socavaría todo lo que estoy
intentando conseguir.”
“O podría hacer lo contrario.”
Levanté la vista para mirarlo y descubrí que él ya me estaba mirando.
“Incluso peor.” Negando con la cabeza, levanté las manos dejando que el agua jabonosa
resbalara por mi antebrazo en un río de espuma. “La victoria ganada en la espalda de otros no es
una victoria.” ¿Cuántas veces me había dicho Marshall Frasier esas palabras? Demasiadas para
contarlas. Es la excusa que solía darme cuando iba a pedirle consejo mientras crecía.
En algún momento aprendí la lección y simplemente dejé de preguntarle. Si no podía resolver
algo por mi cuenta, entonces simplemente no se hacía.
“Suena como una forma solitaria de vivir.” Su reflexión interrumpió mis pensamientos y me
senté frunciendo el ceño, girando en la bañera de tal forma que no estaba en el círculo de su
cuerpo. Durante un instante me sentí fría, desconectada y vulnerable, pero me deshice de eso.
“¿Qué quieres decir?” Curvé mi columna vertebral escondiendo mis pechos bajo la superfície.
Eso no hizo que Adam dejara de mirarlos.
“Si no tuviera a gente en la que apoyarme, gente que me ayuda en cada paso del camino, no
estaría aquí a día de hoy.” Empezó a mirar en la distancia y sus ojos se nublaron. “Quizás era
débil entonces, puede que incluso ahora. Quizás hubiera tenido que encontrar mi camino solo.”
Adam se encogió de hombros y luego sonrió de repente como si se diera cuenta de algo.
“Pero no hay nada de malo en aceptar un empujón. No hay nada de malo en ser débil de vez en
cuando.”
Apoyando mi barbilla en mis húmedas rodillas, me reí. “Papi te odiaría.”
“Mejor.” Respondió con desdén, esa luz peligrosa se esparció por su cara una vez más durante
un breve instante antes de que se las arreglara para acorralarla. Genial. Así que no era sólo mi
imaginación. “No soy precisamente un fan de Marshall Frasier ahora mismo.”
Me sonrojé, pero la marea de color provenía de un extraño sentimiento de placer. No debería
sentirme toda cálida y aterciopelada por dentro porque Adam parecía haber castrado mentalmente
a mi padre, pero ahí estaba.
Hora de cambiar de tema. “Tu turno.”
Adam puso la cabeza de lado, confundido.
“¿Esa habitación?” Indiqué con la cabeza la dirección del pasillo y vi cómo se recomponía
cuidadosamente. Al menos no insultó a mi inteligencia preguntando qué puerta.
“Es para almacenamiento.” Soltó.
“¿Estabas cabreado conmigo por intentar entrar a un cuarto de trastos?”
Sus labios se tensaron en una línea plana rabiosa. No pensé que fuera a responder de buenas a
primeras pero luego me sorprendió.
¿Podemos dejarlo?
No tuvo que decir esas palabras en voz alta. Las oí alto y claro y me mordí la lengua para no
preguntar más. No era un interrogatorio. ¿Y qué si era un poco sobreprotector de su espacio?
Todos teníamos nuestras manías y tras años de estar bajo el microscopio seguramente se hizo más
cerrado en cuanto a su privacidad que otros.
Debería realmente aprender cuándo dejar las cosas mientras iba en cabeza. No era suficiente
que me hiciera mearme de miedo o que tuviera que jugar a ser detective hasta que me fuera bien
tranquila.
“Debería irme.” Dije, pero no hice ningún movimiento para salir de esa sauna de baño. Adam
se pasó sus dedos por el pelo, echando para atrás los mechones sueltos de su cara y dejando su
expresión en amplio alivio.
“Si te quedas, prepararé la cena.”
Maldita sea. Mi verdadera debilidad.
“No tengo nada de ropa…” dije evasivamente, intentando no sonar como si sólo lo utilizara
para la comida gratis.
Viendo a través de mí, un lado de los labios de Adam se levantó en una sonrisa traviesa.
“Tengo algo perfecto.”
9

Spade

HABÍA ALGUIEN VIGILANDO LA CASA.


No podía verles, pero podía sentirles.
O más bien, sentirla.
Porque si era honesto conmigo mismo sabía que la persona merodeando en las sombras no era
otra que Gabrielle.
Debería mandar a Ronnie a casa. Cuanto más lejos de mí esté, mejor.
Pero la idea de dejarla marchar, de negarme a ese hambre que atizó en mí por ni siquiera un
segundo, hizo que cada músculo, hueso y ligamento de mi cuerpo se tensara en negación. Me alejé
de la ventana de encima del fregadero de la cocina. El coche era familiar. Había estado aparcado
al final de calle durante las últimas horas, sólo que fuera del alcance de las cámaras de seguridad.
Afortunadamente, desde la cocina podía ver por encima de la puerta hasta la calle de atrás.
Debería pedir un Uber para Ronnie y llamar a la policía.
Había un montón de cosas que debería haber hecho pero sólo una que hice.
“Quédate esta noche conmigo.”
Verónica levantó la vista de su plato casi vacío, con esos ojos adorables abriéndose
ampliamente.
“No creo que sea una buena idea.”
Plantando mis antebrazos en la isla de la cocina, me incliné y la estudié hasta que tomó un
nervioso trago de su merlot.
“¿Tienes algo mejor que hacer?” No era mi argumento más robusto pero trajo nada menos que
una sonrisa a su cara.
“Quizás.”
“¿Como qué?”
“Se supone que debería estar haciéndome las uñas.”
“Débil.”
Se rió y lo intentó de nuevo.
“No tengo ropa interior, ¿recuerdas? Tu conductor se ha escapado con todas mis cosas.”
“No es mi conductor. Se llama Paul y ya le he escrito que se pase con tus cosas cuando esté
libre de nuevo.”
Sus labios se abrieron con sorpresa y movió la cabeza.
“De verdad piensas en todo, ¿eh?”
“Intento mantener todas mis bases cubiertas.”
Tomó otro sorbo, sacando la punta de su lengua para capturar una gota de vino que se había
quedado en su labio inferior.
“¿Y si no quiero estar aquí, contigo?”
“Si no quisieras, ya te hubieras ido a casa.”
Quería negarse pero no podía y, al final, sólo movió la cabeza hacia mí.
“De acuerdo, tendremos una fiesta de pijamas.”
“Genial. Sé perfectamente cómo celebrarlo.”
Caminé hacia ella y la estiré de la silla. Soltó un gritito mientras me doblaba, tirándola encima
de mi hombro dirigiéndome al dormitorio. Una habitación que ninguno de los dos iba a abandonar
durante un buen y largo rato.

RESULTÓ que la presentadora de Ronnie, Lee Dunham, estaba fuera de la ciudad acabando de
grabar una película que salía el año siguiente. Estaría fuera durante algunas semanas más así que
la lectura del guión del piloto que había agendada tuvo que posponerse. El reparto y el equipo
debían reunirse varias veces para organizar ensayos y practicar los tiempos antes de que las
grabaciones empezaran, pero nada de eso podía ocurrir hasta que Lee no hiciera acto de
presencia.
No es que me importara. Como invitado, mis contribuciones a los ensayos eran prácticamente
inexistentes. Conocería al equipo, pero no era mi trabajo preocuparme de hablar en mi marca o
asegurarme que mis comentarios estaban temporizados para tener espacio para algunas risas. La
única razón por la que me importaba una leve mierda era porque en ausencia de Lee, Ronnie no
tenía nada que hacer los siguientes días. Un hecho del que me aproveché completamente. Cuando
no estaba enterrando mi cabeza entre sus piernas o doblándola encima de cualquier mueble,
estábamos simplemente existiendo.
Hablar con Ronnie era fácil. Escucharla aún más. Tenía una forma única de ver el mundo, un
tipo de pragmatismo de color de rosa. Es como si supiera como de mal podían ir las cosas pero se
negara a ser pesimista ante ello. Era directa, iba al grano, y se ponía rápido a la defensiva sin
importar como de ridículo fuera el caso. Me moría de ganas de molestarla, de ver la forma en que
cuadraba su mandíbula tozudamente en desaprobación y se negaba a recular.
La mayoría de las veces me descubría a mí mismo haciéndolo sólo por diversión.
Un día rápidamente se convirtió en dos, dos se convirtieron en tres, y antes que ninguno de los
dos se diera cuenta de lo que había pasado, Ronnie había estado en mi casa durante casi una
semana. Ya no podía entender una realidad que no la tuviera a ella presente y la fuerza de lo que
sentía me hubiera asustado si me hubiera permitido pensarlo.
“¿Reto o verdad?” Se rió mientras pasaba el pincel de contornear bajo su pómulo con un gesto
exagerado. Paul había traído su equipaje la segunda mañana temprano y su bolsa de maquillaje
estaba llena de cositas de todo tipo. No es que supiera utilizarlo con ningún fin práctico. Era más
Marilyn Manson que Coco Chanel cuando hablábamos de maquillaje.
“Verdad” Musité, distraído por la necesidad de hacer que esa cuarta capa de sombra de ojos
estuviera perfecta. Tenía que tocar la ceja y bajar en picado para que pareciera una zorra al
mando. Desafortunadamente, su maldito pelo no paraba de ponerse en medio de su cara, los rizos
se negaban a la restricción de la diadema. Gracias a esos mechones rebeldes, chispas de negro
estaban salpicadas por aquí y por allí. No parecía mucho una zorra al mando sino más bien un oso
panda triste. Al menos el contorno había cambiado efectivamente la forma de su cara. Era casi
como mirar a otra persona por completo.
“¿Dónde aprendiste a maquillar?” Encontré sus ojos con los míos, las únicas partes familiares
a este punto, y sonreí.
“¿Quién dice que lo esté haciendo bien?”
“He notado cuando me ponías el eyeliner. Esa cola está tan afilada que podría volar o matar a
mis enemigos con solo mirar descaradamente. Esa mierda requiere habilidades.”
No voy a mentir, mi pecho se hinchó con el halago.
“Mi madre,” dije, cogiendo el bote de eyeliner para afilar la cola anteriormente mencionada.
“Era una artista del maquillaje. Me preparaba para la mayoría de mis shows mientras crecía hasta
que gané lo suficiente para contratar a alguien por mi cuenta. Mi “imagen” era todo lo que tenía y
ella decía que era importante tener control sobre como me presentaba a la multitud cada vez que
subía a un escenario. Ella cosía la mayoría de mis disfraces también.”
Sus cejas se levantaron y yo chasqueé la lengua para que su expresión se relajara de nuevo.
“¿Me estás diciendo que tus años de adolescencia los pasaste escuchando tutoriales de maquillaje
de tu madre?” El pensamiento era aparentemente tan delicioso que sonrió amplia y
desvergonzadamente.
Mis ojos se estrecharon.
“Sí, ¿y?”
Movió la cabeza y se mordió el labio para contener lo que fuera que estuviera pensando.
Me eché para atrás, satisfecho con el trabajo bien hecho.
“Estás molesta sólo porque lo he petado con mi respuesta.”
Los extremos de sus ojos se arrugaron con risa.
“Si. Eso es.”
“Mi turno.” Me apoye hacia atrás apoyándome en las palmas de mis manos y crucé las piernas
por los tobillos, estudiándola de cerca. “¿Verdad o reto?”
Se puso un dedo en la barbilla. “Reto.”
“Predecible.”
Frunció el ceño.
“¿Qué quieres decir?”
“No has elegido verdad aún.” Puse mi cabeza en otro ángulo como si me fuera a ayudar a verla
más claramente. “Si no te conociera, pensaría que estás ocultando algo.”
Una declaración atrevida viniendo de mí, pero ahí estaba.
“No seas tonto. Sólo es que soy una mujer de retos.” Levantó las cejas un par de veces y con
el maquillaje extremo era como si un extra de The Walking Dead te tirara los trastos.
Balbuceé pero me recuperé rápidamente.
“De acuerdo. Entonces te reto a que representes tu canción favorita de las mías.”
“Guau, ¿mucho amor propio?”
Levanté dos dedos con menos de un centímetro de separación entre ellos.
“¿Solo un poquito?”
Ronnie saltó de la silla. “¿Dónde está tu guitarra?”
Me puse de pie, llevándola a mi estudio donde una de mis docenas de guitarras estaba contra
la pared.
La cogió, dando vueltas sobre sus pies descalzos y rascando las cuerdas salvajemente.
Lanzando su pelo de un lado a otro levantó una mano haciendo el signo del demonio y sacó la
lengua.
La miré boquiabierto.
“¿Me has visto alguna vez actuar?”
Se congeló, sintiéndose culpable, antes de negar con su cabeza.
“Nunca fui muy fan.”
“Dame eso.” Cogí la guitarra y me senté encima del taburete que había en frente del micro
delante de mi cara. Jugué con las cuerdas un momento, mirándola a los ojos mientras ella se
apoyaba en una pared cercana. Tenía el corazón en la garganta y me di cuenta antes de empezar, de
que en realidad estaba nervioso.
Sabía que no tenía que pensármelo. En lugar de dejar que mis nervios se apoderaran de mí, me
lancé a por uno de los bonus tracks de mi último álbum. Era una pieza de rápida con un ritmo de
staccato. No era una de mis favoritas personalmente pero a los fans parecía gustarles por ahora, si
las opiniones online eran un buen indicador.
Incluso mientras la cantaba, me daba cuenta de que la canción estaba… vacía. Mal de alguna
forma. Tenía un buen ritmo y los coros eran pegadizos, pero sonaba como si estuviera recitando
una fórmula en lugar de cantar desde el corazón. ¿Sonaban así todas mis canciones ahora? ¿Cómo
si fueran algo que memoricé y repetía? Solía escribir música de la nada y combinarla con un
ritmo. Las canciones solían perseguirme en sueños y me despertaba en mitad de la noche para
poder escribirlas antes de que se me olvidara lo que quería que dijeran.
Mis canciones solían tener vida.
Esta parecía muerta desde hacía tiempo y paré abruptamente, ignorando la mirada de
confusión en la cara de Ronnie cuando la música se detuvo discordantemente.
“¿Qué ocurre?”
Mi mandíbula se contrajo y mi palma se activó. Había una canción que había estado
agazapada, esperando en el último rincón de mi mente durante los últimos días. No sé que me hizo
abrir la boca y tirarme a ella pero tener a Ronnie aquí, tan cerca, sacó algo dulce y suave de mi
corazón. Algo genuino y frágil. Casi dudé de hablar de ello por miedo de que mi propio bajo lo
estirara demasiado y dejara de ser reconocible. Pero la canción fluyó con suavidad, todo secretos
susurrados y disculpas suplicadas. Llené el estudio con una danza inolvidable y dejé que me
llevara.
“-He superado ese antiguo querer y deseo.
He mudado la piel hasta que nací de nuevo.
He tratado de olvidar el dolor que inspiraste.
Pero me he convertido en lo que tú moldeaste.”
Levanté la vista en lo que Ronnie daba un dubitativo paso adelante, pero no pude mantenerle
la mirada. Mi garganta estaba seca y no podía evitar sentirme expuesto. No me gustaba pero no
paré de cantar. Solo los años de práctica dejaron que mi voz subiera y sangrara sobre el siguiente
verso sin romperse en los bordes bajo el peso de su consideración.
“¿Esa bestia? Esa bestia está dentro de mí,
Matando y preparada para rugir.
No puedo hacer nada para escapar al destino
Mi dolor lo ha hecho cristalino.
Mudaré la piel que me atrapa.
Espero que esta vez sea suficiente.
Que la próxima vez que me veas mi alma
No sea más ese monstruo inherente.”
Mi voz se apagó, las notas dudosas, pero seguí adelante igualmente. Cantando los coros con la
voz ronca por la emoción.
“La bestia, la bestia en mi espera,
A ver el sol brillando,
Está presa en la oscuridad y reniega,
De las cadenas con las que la he atrapado.
Te encantaría que me deborara,
Igual que ya una vez te deboró a ti,
Porque la miseria siempre quiere ir acompañada
Y ya antes hemos bailado con este demonio así.”
Me quedé quieto y me di cuenta en un rato de que estaba temblando. Mis dedos agarrando con
fuerza la guitarra, pero en lugar de terminar la canción, me levanté y la dejé cuidadosamente en su
rincón.
“¿Adam?”
Ese nombre otra vez. Justo cuando pensaba que me había desglosado prendió fuego a la leña y
me dejó reducido a cenizas. Mi espalda se redondeó, los hombros cayendo. Me sentí viejo,
cansado de una forma repentina que se me filtró en el alma. Me picaban los ojos y me llevé los
dedos a la sien.
“Perdona,” Dije, aunque no sabía por qué me estaba disculpando. “Tenemos que irnos.”
Me giré para hacer precisamente eso pero ella estaba ahí, caminando hacia mí y envolviendo
sus brazos alrededor de mi cintura. Su toque era como un bálsamo en una herida abierta, y mi
respiración volvió.
“Ha sido precioso.”
Rolling Stone me llamó visionario.
The Times le dijo al mundo que era la voz de una generación.
Su elogio era simple, pequeño si lo comparaba, pero descubrí que estaba medio muerto de
hambre por él. Enredé mis brazos en ella y enterré mi cabeza en su cuello.
“Gracias.” Las palabras no eran suficientes y aún así todo lo que podía hacer era aferrarme a
ella como si volviera a respirar aire limpio.
10

Verónica

ES EXTRAÑO lo rápido que me acostumbré a estar en sus brazos.


Incluso ahora, levántandome después de dormir profundamente, era difícil separarme de la
comodidad de su cercanía. Si no estuviera tan sedienta habría dormido la noche entera, pero
resultó que echar polvos quemaba un montón de calorías y mi boca estaba demasiado seca para
ignorarla.
Salí de la cama y caminé silenciosamente descalza por la habitación. No me molesté en
ponerme la bata que me dio Adam la primera noche. La casa estaba completamente a oscuras
excepto por la luz de la luna que se colaba por las ventanas y era una sensación espectacular
caminar bajo la luz plateada bañándome la piel. Me sentí como una diosa.
Una diosa deshidratada.
Estaba pasando por la puerta que Adam mantenía cerrada cuando me di cuenta de que estaba
entreabierta. Levantando las cejas mi mano se dirigió al pomo. Si cerraba los ojos aún podía verle
dando grandes zancadas hacia mí, la ira implacable en cada arruga de su cara y con sus puños
como bolas de bolos a cada lado.
No.
Ese no era Adam.
Eliminé esa imagen y agarré el pomo antes de pensarlo demasiado. La curiosidad natural me
suplicaba que echara una ojeada a la habitación, pero no me rendí a ella. Por la razón que fuera
Adam no quería que entrara en esa habitación. Puede que yo no lo entendiera, pero podía
respetarlo. Había sido tan maravilloso estos últimos días que no me imaginaba abusando de su
confianza así. Aunque debería arreglar el cierre si no quería que la gente entrara. Cerré la puerta
cuidadosamente y seguí mi camino.
Para entonces ya conocía la casa medianamente bien y llegué a la cocina sin perderme (otra
vez) y sin más distracciones. Enjuagando un vaso, me serví un poco de agua y me maravillé de
nuevo frente a la diferencia de sabor entre el agua filtrada y el agua normal. Incluso el H2O de
Adam era más rico que el mío. Moví mi cabeza ante ese pensamiento mientras me llenaba otra vez
el vaso ya que seguía teniendo algo de sed.
Estaba dejando el vaso en el fregadero cuando escuché algo. Afiné el oído y aguanté la
respiración para ver si lo escuchaba de nuevo, preguntándome si habría sido solo mi imaginación.
Ahí estaba una segunda vez.
Un sollozo amortiguado.
Era un sonido extremadamente bajo. Casi un suspiro, pero me puso en alerta inmediatamente.
La voz sonaba femenina, pero eso no podía ser. ¿Quién allanaría una casa para llorar a oscuras?
Quizás no era una intrusa. A lo mejor era un fantasma. O quizás mi imaginación se me estaba
yendo de las manos. Quizás la casa estaba crujiendo. Mi bungalow casi gemía durante la noche.
No sería raro que la mansión de Adam diera algún chirrido.
A pesar de mis racionalizaciones, me quedé quieta, sintiéndome muy expuesta sin mi súper
batita. Unos momentos después, justo cuando estaba empezando a pensar que me lo había
imaginado todo, el sonido apareció por tercera vez.
Un sollozo profundo de desolación, rápidamente silenciado.
Miré al pasillo, ese espacio en las sombras de repente se hizo más largo en mi mente.
“¿Hola?” Traté de gritar, pero el terror me apretaba la garganta. Mi voz sonó más bien como
un quejido y di un paso. Mis ojos me quemaban pero tenía demasiado miedo para parpadear.
“¿Hola?” Lo volví a intentar. “¿Hay alguien ahí?”
Estaba muy alejada de la pared para llegar al interruptor y el instinto me decía no a acercarme
a lo que fuera que había en la oscuridad del pasillo. Porque había algo ahí. Cuanto más miraba,
aunque mis ojos no acababan de definir esas formas en la oscuridad, más empezaba a coger forma
algo. La imagen por fín terminó de formarse, todas las piezas del rompecabezas encajaron
abruptamente.
Había una figura en el pasillo. De pie contra una pared, estaba tan alejada de la luz de la luna
como fuera posible. Debía haber estado ahí todo el tiempo. Lo que significaba que caminé por
delante de ella cuando fuí a la cocina.
Se me heló la sangre.
Como si mi exaltada inhalación fuera algún tipo de signo, la figura cambió y yo, en pánico,
grité “¡Alexa, enciende las luces!”
Las luces del comedor y del pasillo se encendieron inmediatamente y yo grité cuando la figura
que me había estado observando huyó. Oí la puerta cerrarse de un golpe y el sonido de cristal
rompiéndose y volví a gritar, agachándome detrás de la isla de la cocina preparada para
defenderme.
Huyó.
La figura huyó de mí, no vino hacia mí.
Mierda.
Adam.
Me puse de pie y cogí un cuchillo del cajón. Me temblaban las manos, la hoja del cuchillo se
tambaleaba delante de mí. Usé mi otra mano para estabilizarlo y funcionó.
“¡Adam!” Grité, forzándome a poner un pie delante del otro. Tenía que llegar a él. Mi cuerpo
no deseaba otra cosa que correr lo más lejos posible, pero si me iba y le llegase a ocurrir
cualquier cosa…
“Alexa, llama al 911.” Le ordené, forzando a que mi voz se estabilizara.
“Llamando al 911.” Respondió, y yo seguí adelante, extrañamente aliviada. Como si el
asistente personal robótico me estuviera protegiendo.
“¡Adam!” Volví a gritar, el pánico hacía mi voz estridente.
Adam resbaló por el pasillo en su prisa por encontrarme, chocando con una pared. Mis brazos
temblaban tan agudamente que se me cayó el cuchillo de mis dedos paralizados y bajé la vista
cuando chocó contra el suelo. Adam estaba aquí. Estaba a salvo. El alivio fue como un puñetazo
en el estómago, y antes de darme cuenta, lágrimas que no sabía que tenían empezaron a rodar por
mis mejillas.
Me puso rápidamente entre sus brazos y lloré contra su pecho desnudo. El miedo era un
antiguo compañero familiar, y yo no me di cuenta de que me estaba asfixiando en él, hasta que la
mano de Adam acariciando mi pelo me liberó de su agarre.
“¿Qué ha pasado?”
Le conté la historia entre sollozos y sentí como su cuerpo se volvía de hierro.
“¿Había alguien en casa?” Asentí, miserable. La adrenalina se fue de mi sistema y me dejó
casi de rodillas. “¿Viste qué aspecto tenía?”
Fruncí el ceño y cerré los ojos, pensando en el breve instante cuando las luces se encendieron.
La intrusa tuvo que correr rápido, pero le vi la cara un instante. Moví la cabeza y la levanté para
mirarle.
“¿Quizás? No sé si seré de mucho uso cuando llegue la policía-” Ante la mención de la policía
sus ojos se oscurecieron, se volvieron peligrosos, se separó de mí un paso y me sujetó por los
hombros.
“¿Has llamado a la policía?” Demandó con tensión. Me subió la bilis por la garganta y asentí.
“Estaba asustada. No sabía qué más hacer.”- Susurré.
Me miró y tuve la sensación de que estaba mirando a la cara de un extraño. Mis temblores, que
habían empezado a calmarse, volvieron con venganza y empecé a llorar. No podía parar. Era la
expresión con la que me miraba. La misma que me asustó el primer día. Se lo expliqué, traté de
perdonarlo, pero ahí estaba otra vez. Una pesadilla de la que no me podía deshacer. Sus dedos
apretaron mi brazo y podía oír sus dientes rechinar, me solté de él con un grito y casi perdí el
equilibrio.
“No me toques.” Dije llorando, apartando su mano de un golpe y abrazándome a mi misa.
“¿Qué cojones te pasa? Te digo que alguien ha entrado en tu casa y tú te cabreas conmigo por
llamar a la poli?”
Se pasó una mano por el pelo y yo intenté no distraerme con lo exquisito que se veía todo
despeinado y cálido de acabar de salir de la cama.
“Lo siento.” La ira se desinfló casi inmediatamente y estiró sus manos, acunando mi cara entre
ellas y acariciándome con el pulgar bajo los ojos para limpiar el rastro de lágrimas que tenía. “Lo
siento. Estaba… estaba asustado. Estabas gritando y…” Tragó con dificultad y me apartó la
mirada. “No debería haberlo pagado contigo. No es que esté enfadado. Es que si la policía viene a
mi puerta, la historia estará en la prensa por la mañana. Estaba pensando en tu privacidad…”
Su voz se apagó y mi radar interior de milongas empezó a activar las alarmas. Un robo era
más importante que mi “privacidad” pero tenía razón. Si venía la poli, la historia resultante estaría
en las noticias.
No había forma de que pudiera esconder mi intervención.
Mierda.
Se supone que íbamos a empezar a filmar a final de mes, una vez Lee estuviera de vuelta. No
podía permitirme un escándalo como este. Como si me leyera la mente, Adam me dejó un beso en
los labios. A pesar de mi testarudez y la exasperante sensación de que no estaba siendo del todo
sincero conmigo, el beso me calmó los nervios y me llevó a suelo firme de nuevo.
Solté un respiro, pero antes de que pudiera hablar, el interfono de la puerta principal sonó.
“Jesús, ¿ya están aquí?”
Gracias a él, ahora era yo la que estaba asustada de la pasma. Levantó las manos en el aire.
“¿Qué coño esperabas? Vivo en un vecindario rico predominantemente blanco. Claro que ya
están aquí. Están en nómina.”
El timbre volvió a sonar y me pregunté qué harían si los ignoráramos y los dejáramos
atrapados al otro lado de la valla. ¿A quién estaba engañando? Adam era súper rico y muy blanco.
Bajo sus estándares, si la policía pensaba que había un ladrón en casa y él no respondía, llamarían
a los SWAT y entrarían a lo Arma Letal por la entrada principal.
“Quédate aquí.” Ordenó. Hice lo que me dijo. Aunque estaba enfadada por su actitud, la
verdad era que no tenía prisa por poner distancia entre nosotros. ¿Y si el ladrón aún estaba en
casa? Fruncí el ceño, recordando. La persona era pequeña. Podría haber sido una mujer o un
adolescente desnutrido. En cualquier caso, si hubiéramos llegado a las manos yo era lo
suficientemente grande para poder con ella, y eso era reconfortante.
Adam encendió el interfono y se veía la imagen de un agente sacando la cabeza por la ventana
del coche en la pantalla.
“¿Si?” dijo cuidadosamente.
“Hemos recibido una llamada de emergencia de este número.”
Adam se rió. Era surrealista escuchar un sonido tan jovial salir de su boca mientras su
expresión continuaba igual.
“Lo siento, fue todo un malentendido. He estado haciendo ajustes a mi Alexa para que pudiera
llamar al 911. No es una de sus funciones originales, así que aún estoy dándole algunos retoques.”
En la pantalla el agente puso los ojos en blanco y se giró a murmurarle algo a su
compañero. Tuve la impresión que no era la primera vez que atendían a llamadas así. Mi corazón
latía demasiado deprisa y estuve aliviada cuando el agente volvió a girarse de cara al interfono.
“Por favor, tenga más cuidado en el futuro Sr. Spade.” Me pregunté si se dirigirían igual a
Cher o a Madonna.
“Claro que sí. Gracias, señores.”
Salieron de la entrada y un minuto después la pantalla se puso negra. Me abracé a mi misma.
“¿Y si aún está en la casa?”
Sus hombros se tensaron pero no se giró. “No lo está.”
El miedo empezaba a aparecer de nuevo. De repente no parecía haber la suficiente luz. ¿Qué
había ahí, pasada la sombra más lejana? ¿Era alguien de pie en perfecta quietud observándome de
nuevo? Me dió un escalofrío y empecé a marearme.
“¿Cómo lo sabes?” Le reté, incapaz de parar la danza nerviosa de mis ojos. “¿Y si-”
“¡Se ha ido! ¡Joder!” Rugió girándose rápidamente y dando un paso amenazante en mi
dirección. “¿Quieres dejarlo ya?” Mi cuerpo se detuvo y mis rodillas se aflojaron. La única razón
que me mantenía en pie era que me recosté en la pared cuando la fuerza de su veneno me hizo
recular.
Mi cara debió haberle afectado porque un instante estaba escupiendo fuego y el siguiente
estaba moviendo la cabeza y arrastrando las manos por toda la longitud de su cara. Cuando me
miró otra vez su expresión se había suavizado y el destello peligroso en su mirada se había
atenuado.
“Lo siento Ronnie. Tengo muchas cosas en la cabeza.” Dio un par de zancadas hacia mí y me
puso entre sus brazos, enterrando su cabeza en mi pelo.
“¿Qué te parece un cambio de escenario?”
Me dejó muy confundida. El cambio de tema fue tal shock que me eché para atrás para estudiar
su expresión.
“¿Qué quieres decir?”
“Ven a una cita conmigo.” Se inclinó, mordiendo mi labio inferior hasta que solté el aire. “Una
de verdad esta vez.”
“¿Pero qué pasa con-”
“Mañana por la noche, iremos a mi nuevo club. 100% discreto. Voy a reservar todo el espacio
si hace falta.”
“¿Por qué ahora?” No podía no preguntarlo. Soltó una risa y mi última hebra de reticencia
desapareció.
“Porque necesitamos salir de casa por un par de horas, así que ¿por qué no?”
Cierto. Habíamos pasado los últimos días tan el uno encima del otro que el mundo había
desaparecido. Era hora de volver a la realidad y después de todo lo que había acontecido, estaba
ansiosa por hacer algo normal y divertido.
“Necesitaré ir por la mañana a mi casa a por más ropa.”
“Te compraré algo.” Dijo rápidamente.
Negué con la cabeza, exhausta repentinamente. “No, no te preocupes. Ya sé lo que me quiero
poner.” No lo sabía pero no podía dejar que Adam empezara a comprarme cosas. Lo siguiente
sería intercambiar “te quieros” y las llaves de casa.
Te quiero…
Imaginé a Adam susurrando esas palabras en mis oídos mientras me acariciaba el pelo y
sorprendentemente, el pensamiento no me dio sudor frío. De hecho, me dio calidez y mi pulso era
un colibrí nervioso atrapado en la jaula de mi pecho.
Adam dijo algo pero yo estaba demasiado distraída para prestar atención a lo que fuera. Me
trajo de vuelta al ahora acariciando mi cara con los dedos. Era tan suave que no pude evitar
inclinarme a por más.
“Vamos a la cama.”
“¿Puedes revisar la casa primero?” Pregunté, dudando. Escuché al ladrón romper algo,
seguramente una ventana para poder salir. Pero no sería capaz de descansar plácidamente hasta
que no me asegurara que ya no estaba.
Fuimos por toda la casa, habitación por habitación, revisando cara armario y mirando bajo
cada cama. No pude evitar darme cuenta de que cuando pasamos por delante de esa habitación, la
puerta volvía a estar entreabierta. Adam se tensó y sin mirarme a los ojos, estiró la mano y la
cerró muy suavemente. Nunca entró y no pareció sorprendido de que estuviera abierta. Cuando
finalmente continuamos hacia el dormitorio, no podía deshacerme la arrolladora sensación de
terror que me perseguía cuando dejamos esa habitación oscurecida atrás.
11

Spade

CITA.
No era una palabra que hubiera imaginado usar jamás, pero ahora era apropiada. Lux era una
de las discotecas más exclusivas de LA. y jamás estuve tan agradecido a la obediencia a las
normas pedantes como lo estaba en ese momento. La mujer que llevaba el sitio, Marjorie, era casi
militar en relación a quién dejaba pasar tras esas puertas rojas aterciopeladas. Lux se suponía que
era el tipo de lugar donde los famosos iban a esnifar cocaína y enseñar las tetas sin
preocupaciones o miedo a que les discriminen o tengan cargos policiales.
Marjorie sabía que no quería adictos en el club, pero desafortunadamente eran los que traían
más dinero y la mejor clientela, así que llegamos a un acuerdo. Yo le avisaba con antelación
cuando planeaba pasarme y ella llevaba a cabo una redada personal en el edificio para asegurarse
que estaba limpio y era apto para adictos en recuperación.
Había tenido tiempo de sobras para limpiar el sitio de adictos y cotillas, y nos encontramos en
la entrada trasera, Marjorie nos recibió con una amplia sonrisa en la cara, claramente segura de
que todo estaría bajo mis estándares.
“¡Spade!” Exclamó, y esquivé las puntas moradas de su cresta para darle un abrazo
superficial. “Ha pasado mucho tiempo.” Soltó. Midiendo 1,70m Y Pesando 60kg, Marjorie
larguirucha con músculo. Tanto que parecía que rozara la desnutrición. Cada vez que la veía
intentaba hacer que la maldita mujer comiera, pero parecía satisfecha pasándose la vida evitando
fuertes ráfagas de viento y actividades extenuantes como pasear perros o jugar a los bolos.
Miró a Ronnie pero no era tan tonta como para preguntar su nombre. No vine a Lux porque
quisiera estar de cháchara.
“Seguidme, todo está preparado bajo tus especificaciones habituales.”
La seguimos por la entrada privada hacia la segunda planta. Con toda la mitad superior
reservada para Ronnie y para mí, no había peligro de que alguien la viera. Incluso aunque
fuéramos a la primera planta a aprovechar la pista de baile, los flashes intermitentes y el ruido de
la música eran su propia capa de protección.
Quitaron todas las mesas de la segunda planta excepto una. Estaba en el centro de la sala bajo
el suave brillo dorado de las luces, con un par platos humeantes, varias velas y dos copas de vino
esperando. El camarero estaba esperando pacientemente tras el bar secundario contra la pared.
“¿Ya has pedido?” Preguntó, sorprendida.
Pasé mi brazo por su pequeña espalda y la apreté suavemente contra mí, inclinándome para
poder oler su champú.
“Hemos salido bastante tarde así que he imaginado que tendrías hambre. ¿Te gustan los
fettucini?”
Sonrió. “Me vuelven loca los fettucini.”
Retiré su silla, la ayudé a acomodarse y luego me senté delante de ella.
Mientras comíamos me fijé en cómo la luz parpadeante de las velas jugaba con el rojo de su
pelo y su piel se veía con la perfección del alabastro. No estoy seguro de cuánto tiempo pasé
respondiendo distraídamente y estudiando sus rasgos pero finalmente me miró con una ceja
levantada.
“¿Tengo algo en los dientes?”
“Estaba intentando ser romántico.”
“Mirarme sin parpadear no es romántico. Es intrusivo e incómodo.”
Hice una mueca. “No tengo mucha práctica en esto. Dame un respiro.”
Se rió. “¿Qué? ¿No sabes encajar un poco de crítica constructiva?”
Robé la última gamba de su plato para enseñarle lo que pensaba de eso y ella me miró
boquiabierta, demasiado ofendida para hablar mientras masticaba y me la tragaba.
“Esa es la mejor parte…” Dijo con un mohín, su cara deshaciéndose.
Sonreí de oreja a oreja.
“Lo sé.”
Nos tomamos unas cuantas copas y finalmente la música de la discoteca nos atrajo como un
imán. Nos metimos dentro de la multitud de desconocidos danzantes hasta que los lasers tricolor y
la máquina de humo artificial convirtieron la pista de baile en otro planeta. La giré para tenerla de
cara y dejé que el remix de rock hiciera el resto. Los movimientos de Ronnie eran libres y
ondeando movió las caderas con una sensualidad que parecía incrustada. Bailamos hasta que
nuestros cuerpos resbalaban en sudor y el alcohol hizo que el suelo se moviera a nuestros pies.
La acerqué a mí, ahogándome en su figura y su olor con desesperación por más. Por todo de
ella. No se podía quedar. En el fondo lo sabía, pero Dios, no podía imaginarme cómo sería mi
vida una vez se fuera.
Durante la última semana me había dormido con ella en mis brazos cada noche, solo para
despertarme con su peso cada mañana. Sabía cómo sonaba su voz cuando acababa de llorar y
sabía el postre natural que era su suave y aterciopelado sexo.
Nunca fui el tipo de hombre que se decía a sí mismo “no”. Siempre tenía hambre. Un agujero
que no se llenaba sin importar cuánta mierda le metiera. Después de Gabrielle me había pasado la
vida castigándome por mis pecados. Pensé que la música sería suficiente, que el amor era algo
que no volvería a merecer. Pero perderme en Ronnie era como estar en una montaña rusa en la
oscuridad. Salvaje, ferozmente excitante y lleno de misterio. No sabía si caía o volaba cuando
estaba con ella pero estaba más que dispuesto a hacer ambos.
Durante mi intervención mi madre me dijo que la cocaína sería mi muerte. Mi muerte estaba
mejor planeada que mi carrera. Incluso después de haberla dejado, la amenaza de una sobredosis
estaba siempre en un rincón de mi mente. Me mantenía alejado de volver a tocar nada, porque
sabía que incluso la más pequeña dosis me dejaría famélico de más.
Podía sentir el hambre y la necesidad sin fondo, hundir sus colmillos en Ronnie. Llenaba mis
pensamientos en todo momento, y estar separado de ella, incluso las pocas horas que le llevó
coger un poco de ropa, fue igual que perder una parte de mí mismo.
Mi casa estaba vacía sin ella. Fría de una manera que no había nada que lo arreglara. Me hizo
darme cuenta de cómo de sosa y gris era mi vida antes de que ella entrara en ella como un vals.
Quería tener a Ronnie. Quería tener una sobredosis de su risa y el sabor de su lengua. Más que
nada quería la esperanza que tenía bajo la piel, el sentimiento de pertenecer que me llenaba cada
vez que apretaba su mano contra mi mejilla y me ponía esa sonrisa suya de rosas y caramelo.
Se ponía la dulzura como colorete.
Pero sabía que no importaba cuánto quisiera que explorara esta emoción desconocida que
estaba echando raíces profundas en ese agujero que rugía siempre hambriento, no tenía sentido.
Nunca lo iba a tener.
No si Gabrielle tenía algo que decir en el asunto.
Mi humor cambió, se oscureció, y esa parte de mí que ansiaba a Veronica con una ferocidad
que bordeaba la obsesión, rugió. Quería destrozar algo, cualquier cosa. Romperme los puños con
la bolsa de boxeo hasta que la apabullante vulnerabilidad estuviera destruida.
De alguna manera conseguí controlar mi expresión antes de que Ronnie me mirara por encima
de su hombro. Su ceño se frunció con preocupación.
“¿Estás bien?” La música estaba tan alta que te podía perforar el tímpano, así que no escuché
sus palabras, más bien las vi formarse en su boca.
Asentí pero ella no pareció creerme, inclinándome hablé bien pegado a su oreja.
“Voy a tomar el aire un segundo. Ahora vuelvo.”
Giró su cabeza hacia mí y encontró mi oreja. “¿Quieres compañía?”
Negando con la cabeza la besé una vez más antes de irme y emprender mi camino hacia la
puerta por la que habíamos entrado. El estar entre la gente fue excitante al principio. Un viejo
sentimiento familiar que disparó mi colorida imaginación. Pero ahora los pensamientos de Gabby
habían convertido estos fiesteros desconocidos en paredes que se cerraban hacia mí.
Para cuando llegué a la puerta de atrás ya me había cansado de decir “perdona” y
prácticamente empujaba a un lado a la gente que me bloqueaba el camino. No me quedaba a
escuchar la discusión resultante. Saliendo fuera, aspiré aire profundamente y cerré los ojos
mientras el aire previamente cálido me enfriaba el sudor de la cara y el cuello.
“Parece que te lo estás pasando bien.”
Mis labios se tensaron y mis ojos se abrieron de golpe.
Estaba apoyada en la pared de ladrillo del edificio en frente de Lux. La estrecha calle podría
haberse categorizado como callejón y la poca distancia que nos separaba no parecía para nada la
suficiente.
“Estuviste en mi casa.” Era una afirmación no una pregunta y sus labios se torcieron en una
sonrisa.
“Sólo quería saludar. Estaba asegurándome que cumplías con tu palabra.”
Tres largos pasos y di un golpe con mis manos contra la pared en ambos lados de su cabeza.
La miré con desdén, mi cara estaba agriándose con toda la fuerza del odio que sentía. Parte de él
hacia ella, pero la mayoría era hacia mí.
Sus párpados se cerraron con el golpe, la única indicación de que la estaba asustando. Era tan
diferente de Ronnie. No solo su inmunidad a mis explosiones sino también en el resto de cosas.
Pensando en Ronnie, en el ciego y puro terror animal en su cara cada vez que me descontrolaba y
la furia me ganaba, dejé caer mi cabeza.
“Tendría que haberte matado.” Musité, casi amablemente.
Gabby levantó una temblorosa mano, “Más asustada de lo que quería demostrar” pensé, y
acarició mi barba incipiente.
“Si.” Dijo y sonó como si estuviera a punto de llorar. “Deberías. Al menos si estuviera muerta
no tendría que pensar en cuánto te quiero aún.”
Sus palabras fueron un cubo de agua helada y di un paso atrás.
“Tú nunca me quisiste.”
“No sabes lo que quería.” Respondió mordaz. “Nuestra relación siempre fue alrededor tuyo y
de cómo te sentías. Culpa mía por enamorarme de un yonqui egocéntrico con complejo de Dios.”
Ignoré el comentario. ¿Para qué iba a responder? Nada de lo que dijera o hiciera iba a
convencerla de que no fuera otra cosa más que un gilipollas narcisista violento. Tampoco es que
estuviera completamente equivocada.
“Mantente alejada de mi casa Gabrielle.”
Empezó a caminar, sus manos pegadas detrás de su pequeña espalda y sus pasos se empezaron
a tensar y enrarecer con la ira.
“¿Por qué? ¿Te da miedo que tu noviecita descubra quién soy? ¿Lo que hiciste?”
La acusación se me clavó demasiado cerca del corazón y mis puños se cerraron a mis
costados. Su voz se clavaba en mis nervios como cuchillas en una pizarra y mi mandíbula se tensó
cuando apreté los dientes.
Gabrielle no se callaba. Nunca lo hizo.
“¿Qué crees que ocurrirá cuando encuentre las fotos? Porque yo creo que se irá corriendo y
gritando.”
“No va a encontrar nada.” No quería hablar, pero no pude resistirme a verbalizar la negación.
Gabrielle me miró como si hubiera pensado que era la criatura más patética del planeta. Me
avergoncé con la sospecha de que quizás tuviera razón.
“Piensa lo que quieras.” Dijo con un movimiento de cabeza. Entonces, antes de que pudiera
apartarme vino más cerca. Demasiado cerca. “Cuanto más os acerquéis, más bajarás la guardia y
más pronto descubrirá qué tipo de monstruo eres verdaderamente.”
Los músculos de mi mandíbula se tensaron, vergüenza, rabia y negación, una mezcla pesada
que me amargaba de dentro a fuera. Estaba a punto de abrir la boca para responder cuando la
puerta de la entrada privada se abrió de golpe. Ambos nos giramos y de repente me sentí como si
me hubiera tragado una roca y me estuviera asfixiando con ella.
En la entrada estaba Ronnie. Estaba sonrojada y sonriente, con mechones de su pelo pegados
en la cara. Tenía un vaso de chupito en cada mano y lo que fuera que estuviera a punto de decir
murió en sus labios cuando descubrió a Gabrielle de pie prácticamente alineada conmigo. Era
como ver una pesadilla reproducirse en la vida real y cerré los puños a los lados para que no
temblaran.
“Spade, ¿quién es esta?” Normalmente disfrutaría los oscuros celos que tiñeron su cara, al
final, era una prueba de que sentía algo. Que no era sólo una diversión pasajera. En ese momento,
deseé poder vomitar lo que me quedaba de alcohol porque me estaba dando ardor en el estómago.
El sonido de mi nombre artístico puso distancia entre nosotros de forma efectiva y yo no estaba
seguro de quererla.
Gabrielle me salvó de responder, pasando a mi alrededor para caminar hacia Veronia. Las dos
mujeres se estudiaron y un lado de la boca de Gabrielle se torció en una media sonrisa. Levantó
los dedos para estirar suavemente un rizo y ver como rebotaba de vuelta.
“Pelirroja.” Dijo suavemente y se rió. “No es su tipo habitual, pero la gente cambia supongo.”
La expresión de Ronnie se oscureció cuando la rabia la llenó. No le respondió a Gabrielle y
ella tampoco esperó a que lo hiciera, en lugar de eso cogió uno de los chupitos de las manos de
Ronnie. Brindó con la otra mujer con una sonrisa que no tenía nada de sincera.
“Yo me tomo este. Adam no es un gran bebedor últimamente.”
Me retiré y la boca de Ronnie cayó al suelo mientras Gabrielle se bebía el chupito en un sólo
movimiento. Tiró el vaso al suelo casi sin mirar y Ronnie se tambaleó hacia atrás cuando el cristal
volaba después de haber impactado contra el suelo.
“¿Qué cojones te pasa?” Demandó Verónica, pero Gabrielle se giró. Me dió una palmadita en
el pecho al pasar y me tiró un beso.
“Ha sido divertido ponernos al día Adam. Dile a tu mascota que le doy las gracias por la
bebida.”
Caminó hacia abajo a lo largo de la calle hasta que desapareció al torcer la esquina. Tan
pronto como estuvo fuera del panorama miré a Verónica y traté de no evitar su mirada.
Esperó un instante pero pareció que no pudo contenerse.
“¿Quién era?”
“Nadie.” Me sentí como si hubiera jugado a este juego un millón de veces antes. ¿Qué me hizo
pensar que Gabrielle iba a dejar a esta en paz? ¿De verdad creí honestamente que estaba tan
cansada de esto como lo estaba yo? Claro que no. Ella se alimentaba de esta mierda.
“Yo…” Movió la cabeza y se bebió el otro chupito. “No te creo.”
Me sentí como si estuviéramos rompiendo, como si el mundo se estuviera derrumbando bajo
mis pies.
“Jamás esperé realmente que lo hicieras.”
Giró sobre sus pies y por primera vez, me di cuenta que arrastrando sus palabras un poco.
Cogí el vaso de chupito de su mano y lo tiré lejos.
“Venga.” Le pasé un brazo por la cadera y la llevé de vuelta al coche. No podía evitar sentir
que las cosas se estaban arreglando y que cualquier razón para tocarla y abrazarla, era una razón
que había que aprovechar. “Vamos a casa.”
Apoyó su cabeza en mi hombro y que hijo de puta más tonto era, brillé cuando me di cuenta
que a pesar de su desconfianza, no negó mi uso de la palabra “casa”.
12

Verónica

LOS DÍAS PASABAN y la escena con la que tropecé a la salida de Lux aún me rondaba pesadamente
el cerebro. Había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba en la casa de Spade. Las horas
parecían fundirse la una en la otra. Los días se convirtieron en noches y las mismas noches
pasaron en una imagen borrosa de manos explorando cuerpos y bocas hambrientas.
Quería olvidar. Dejarlo pasar. Pero no podía.
Aunque algo me dijo que no lo hiciera, volví a sacar el tema una noche mientras estábamos en
la cama y le acariciaba la cintura.
“¿Vas a contarme alguna vez lo que sea que estás escondiendo?”
Se congeló, sus dedos se tensaron en mis caderas. Estábamos el uno dentro del otro unos
instantes antes y hubo un momento de quietud cuando la ligereza desapareció y nuestros ojos se
encontraron. Al menos no me insultó negándolo.
“No si puedo evitarlo.”
Intenté apartarme pero me mantuvo en mi sitio.
“No confías en mí.” Le acusé, y me sorprendí de cuánto me dolió al darme cuenta de ello. Era
como tragarse un cable de espinas.
Me miró como si se estuviera devanando los sesos para encontrar las palabras adecuadas.
“Confío en ti tanto como sé confiar en alguien.”
Fruncí el ceño. “¿Así que confías en mí lo suficiente para meterme la polla pero no lo
suficiente para contarme quién era la tía de Lux?”
Esta vez me echó a un lado y rodó por la cama para sentarse en un lado.
“¿Qué cojones Ronnie?”
“Bueno, es verdad.” Me defendí, cogiendo una almohada y presionándola en mi estómago para
calmar la forma en que se estaba hundiendo. “¿Tan complicado es decirme su nombre?”
Cuando cerraba los ojos, aún los podía ver juntos. Tan perfectos el uno para el otro con sus
cabellos rubios y sus cuerpos tan tonificados. La necesidad de darle un puñetazo en la cara a uno
de ellos o a ambos aún era arrolladora, pero prefería las respuestas.
Cuando no respondió abrí los ojos para encontrarlo dándome la espalda aún.
“¿Qué estamos haciendo, Adam?” pregunté con la voz ronca. “¿A dónde va todo esto?”
Se puso recto y finalmente, se giró. Esperé una de esas respuestas trilladas pero ciertas: “Sólo
lo estamos pasando bien.” “¿Para qué ponerle una etiqueta?”
Había escuchado todas esas mierdas antes pero jamás me había abierto tanto a una persona
como lo hice con Adam. Nadie me había visto tocar fondo para luego lavar la evidencia y
abrazarme tan tiernamente después. Como si verme rota y meada me hubiera hecho merecer más
amor y cuidados en lugar de menos.
Ahí volvía a estar esa maldita palabra otra vez.
Como antes, no sabía muy bien qué hacer con ella. Cómo manejarla. Dónde ponerla. Se
escondía al final de mi lengua para que el resto de mis palabras se tropezaran con ella cada vez
que hablaba.
“A algún sitio. Estamos yendo a algún sitio.”
Casi me había olvidado de la pregunta que había hecho. Su respuesta me trajo de vuelta.
“Así que no somos sólo amigos con derechos.” Dije, tragando con dificultad.
Se encogió de hombros. “Tengo amigos y puedo tener todos los “derechos” que quiera.
Cuando te miro no pienso “follamiga”, pienso…”
“¿En qué?” Pregunté cuando pareció que le faltaban las palabras.
Con un suspiro, alargó su brazo hasta la mesita de noche y sacó algo del primer cajón. Era una
pequeña llave plateada. Estaba personalizada, en la base de la misma habían grabado una
ornamentada R. Colgaba de una cadena también plateada, y con el corazón en la garganta bajé la
cabeza para que Adam pudiera poner la cadena alrededor de mi cuello. La llave colgaba entre mis
pechos y mis dedos tocaron los bordes de la fría superficie.
“¿Esto es lo que creo que es?”
“Es una llave de casa.” Dijo y yo asentí, esperando que no pudiera ver cuánto me había
afectado este gesto. Era bonito y delicado, y cualquiera que no le conociera pensaría que no era
más que un colgante. Llevarlo alrededor de mi cuello era como ponerse un anillo de prometida.
Esta petición aportaba mucha más claridad al vago “algún sitio” de Adam. La llave susurraba
future. Uno de ir de la mano en sitios públicos y de besos en frente de la mirada juiciosa de los
paparazzi.
Mis manos temblaban pero no se la devolví. No quería. Para mi sorpresa, esta llave
significaba mucho más para mí que el miedo a que me vieran en público con Adam. Mi hermana
tenía razón. ¿De verdad sería tan malo si el mundo supiera que Adam y yo estábamos juntos? Ya
habíamos dejado muy atrás el punto de algo casual. Sentía que él era una parte de mí ahora, era tan
parte de mí como lo eran mis pulmones o mi corazón latiendo, tan parte de mí como el aire que
respiraba. Adam era una de las pocas personas que parecía tan protector de su espacio como lo
era yo. Por el amor de Dios, tenía una habitación secreta en medio de su casa y cámaras de
vigilancia por todas partes. Nadie entraba en el mundo de Adam a menos que fuera invitado, y él
me acababa de dar una llave. Prueba silenciosa de que confiaba en mí para que entrara y saliera
cuándo y cómo quisiera.
La importancia del gesto no se me escapó, especialmente después de que sacara el tema de la
confianza.
¿Pero era suficiente?
“¿Esto me hace especial o también se la diste a la señorita peritas dulces una vez?”
Nunca fuí este tipo de persona. Esta mujer celosa y agresiva. Pero… le había llamado Adam.
Sabía lo suficiente de él para saber que no bebía demasiado cuando yo misma me había olvidado
de ese hecho. Me había tocado el pelo y me había dejado sintiéndome inadecuada y equivocada.
Como una pieza de rompecabezas que no encajaba ni lo haría jamás.
Mi comentario fue, aparentemente, la gota que colmó el vaso porqué se levantó de golpe.
“Joder Ronnie.” Rugió. “Déjalo ya de una puta vez.”
El calor bañó mi piel.
“Suenas como mi padre.” Mis labios se tornaron fríos, torpes cuando dije eso y Adam
palideció.
“Lo siento.” Musitó, evitando mirarme a los ojos. El metal que había en él se fundió pero aún
había una tormenta de fuego en su interior. Se dirigió a la puerta y mis dedos apretaron la llave
que llevaba colgado hasta que se me clavó en la piel.
“¿A dónde vas?” Mi voz tembló.
“A desahogarme un poco.” No dio un portazo al salir, pero el esfuerzo invertido en no hacerlo
fue palpable. Le seguí con la mirada hasta que el ruido de sus puños chocando con la bolsa de
boxeo empezaron a retumbar por la casa. Entonces, cogiendo mi teléfono, fui al jardín a llamar a
Abigail. En ningún caso era una gurú de las relaciones, pero llorar con ella al otro lado del
teléfono era mejor que llorar sola hasta que me durmiera.

UNOS DÍAS más tarde me acurruqué en el sofá y estaba mirando Instagram mientras esperaba a que
Adam terminara de vestirse. Nos dirigíamos a una reproducción privada de una película de
superhéroes que no iba a salir hasta finales de año. Una de las ventajas de salir con alguien tan
famoso como Adam era que siempre “conocía a un tipo” y un miembro de su misterioso ejército
de machitos benevolentes, nos había invitado a una reproducción previa del proyecto finalizado.
No era la alfombra roja, pero habría gente con grandes nombres en la sala, incluyendo al director
del proyecto de un millón de dólares.
Estaba intentando alguna manera de llamar su atención sin parecer una babosa, y pensé que
mirar su página de Instagram me daría un poco de información altamente necesaria. No se me daba
bien romper el hielo, y las primeras impresiones lo eran todo cuando hacías networking. Otra foto
de su perro me convenció de que los cachorritos serían la forma de entrarle cuando me apareció
una notificación de un mensaje.
No reconocí el número, pero imaginé que sería alguien del equipo contactándome para que le
clarificara algo. Cuanto más nos acercábamos al momento de rodar, más pasaba. Suspiré, pero no
podía quejarme. Había mandado un e-mail grupal para que supieran como ponerse en contacto
conmigo.
Abriendo el mensaje, me llevó un momento entender qué era lo que estaba viendo.
Había varias imágenes e incluso cuando las estaba viendo iban apareciendo más. Las fuí
pasando, más y más rápido cuando el terror me agarró de la garganta y me hizo temblar. Cada foto
del teléfono éramos Adam y yo. Había una de mí caminando por el pasillo desnuda de la noche de
la intrusa, una de los dos riendo juntos mientras me enseñaba cómo usar una bolsa de boxeo, una
de nosotros fuera, mientras estábamos teniendo sexo encima de las lilas en una esquina del jardín.
La sangre desapareció de mis venas, el pulso me iba tan rápido que cegó todo lo demás. Me di
cuenta de que estaba resoplando, sentada en el suelo mientras escaneaba cada foto, estudiando los
ángulos de todas ellas, dándome cuenta, con un escalofrío y sintiéndome mareada, de que debían
haber cámaras escondidas en toda la puta casa.
La última imagen era de Adam y yo unas noches antes. Podía identificar perfectamente el
momento en que se sacó, porque en la fotografía podías ver el reflejo en el metal del colgante que
Adam me estaba poniendo alrededor del cuello.
Tres puntitos aparecieron. Parpadeando en un ritmo lento que me dejó sin respiración y que me
paró el corazón. Esperaba otra fotografía pero lo que apareció fue un mensaje. Uno menos
siniestro que las mismas fotos.
“Reúnete conmigo en esta dirección mañana al mediodía o pubico las fotos. Puede que te
cueste creerlo, pero estoy haciendo esto para protegerte.”
¿”Ronnie?”
Grité. No había otra forma de definirlo. El sonido de mis propios nervios rompió mi última
onza de control y se me cayó el teléfono al suelo. Adam vino corriendo y no pude evitar darme
cuenta de lo guapo que estaba. Llevaba puestos unos pantalones de vestir gris oscuro y un jersey
de cuello de pico que le quedaba ajustado. Su pelo rubio estaba recogido en un moño y sus ojos
ámbar parecían especialmente brillantes ahora que se había afeitado. Sin pelo en su cara, fui
abruptamente consciente de su belleza, de cómo de hipnotizante era. No me extrañó que un
psicópata estuviera pinchando la casa.
Con mi expresión la suya se oscureció y su mirada auguraba tormenta.
“¿Qué ha pasado?” preguntó, escaneando la habitación en busca de signos de un intruso. Por
alguna razón me hizo recordar el comentario que hice la otra noche.
“¿Esto me hace especial o también se la diste a la señorita peritas dulces una vez?”
¿Era una acosadora o la persona responsable de todo esto era sólo una ex dolida? ¿De qué
otra forma consiguieron entrar en casa? A menos que fueran altamente hábiles en abrir puertas.
Quien fuera responsable de esto debía conocer la distribución de la casa, tener una forma de
acceso, o ambas.
Podría ser cualquiera, pero mis pensamientos apuntaron a una persona en particular. La rubia
que estaba fuera de Lux había estado muy cabreada. Una ira profunda y arrebatadora que no iba a
disiparse así como así. El tipo de ira que provenía de odiar a alguien que habías amado en lo más
profundo. Mi madre había sentido esa ira. La veía en sus ojos cada vez que veía a mi padre o
hablaba con él. Podría reconocerla con los ojos cerrados.
Mientras estaba pensando, las fotografías de mi teléfono llamaron la atención de Adam. Sus
músculos se tensaron y se movió con dolorosa lentitud para recogerlo de donde estaba. La punta
de su dedo fue pasando las fotos. Cuando llegó a las instrucciones y a lo que significaría si no
hacía caso, sus labios se torcieron. Soltó un ruido que casi parecía de un animal, su cara se tiñó
con una furia tan espesa que lo tornó en algo irreconocible. Retrocedió un poco soltando una
maldición que me levantó el pelo de la nuca y los brazos y tiró mi móvil contra la pared.
Grité, echándome para atrás mientras explotaba en una lluvia de afilados trozos de plástico.
Mi aire decidió agarrarse a mis pulmones con uñas y dientes, no podía soltarlo. Estaba
hiperventilando completamente para cuando Adam se agachó hacia mí y me agarró la cara.
“Concéntrate Ronnie.” Ordenó y para mi sorpresa, parte de mi pánico empezó a retroceder.
Mantuvo sus ojos en los míos y me enseñó cómo respirar de nuevo, yo me acompasé a él, inhalaba
cuando él lo hacía y cuando él exhalaba yo hacía lo mismo. Cuando ya estaba un poco más
tranquila y calmada, me ayudó a levantarme.
“¿Tienes algún sitio seguro al que puedas ir a pasar la noche?”
Aunque algo confundida, asentí. “Mi hermana…” Aclaré mi garganta cuando mis palabras
salieron medio estranguladas. “Puedo quedarme con Abby.”
Su brazo me apretó contra él y cuando levanté la vista, su cara era prácticamente de piedra.
“Ve. Descansa y trata de no pensar en nada de esto. Tengo un amigo al que llamar. Barrerá toda
la casa en busca de cámaras y micrófonos. Mañana cambiaremos las cerraduras y actualizaré los
códigos de seguridad.” Un músculo de su cuello sobresalió. “Otra vez.” Musitó, refiriéndose a la
última vez que había sido forzado a actualizar su sistema de seguridad.
“¿Y qué pasa con la reunión?” Pregunté. El cansancio estaba empezando a dejarme insensible,
como si viera el mundo a través de un amortiguador. “Si no voy…” tuve un escalofrío. No era
necesario decirlo en voz alta, haciéndolo más real. Adam había leído el mismo mensaje que yo.
“No te preocupes por eso.” Ordenó y se paró girándome para que lo mirara. Sus pulgares
acariciaron mis hombros y temblé ante la mirada en sus ojos. “Yo me encargo de ella.”
Ella.
¿Ella?
Pensé en la rubia con sus enfadados ojos tristes y su boca sin filtro. Pensé en cómo su cara era
casi familiar, pero no del todo. Pensé en una silueta en la oscuridad, mirando y esperando y
corriendo después. En palabras crípticas envueltas en una tentación que me haría imposible
ignorarlas.
“Estoy intentando protegerte.”
“-confía en mí?”
Mi cabeza se levantó de golpe.
“¿Qué?”
Sus dedos se hundieron en mi pelo y apretó su frente contra la mía.
“¿Confías en mí?” Sus ojos se cerraron como si se estuviera preparando para lo peor. Nos
sorprendí a ambos cuando dije, “Sí.”
Era una idiota pero era cierto. Incluso con las sospechas revoloteando por mi cabeza, en el
fondo confiaba en que Adam tenía una explicación. Que me protegería de una amenaza que parecía
crecer en seriedad cada día que pasaba.
“Esta es la razón por la que continuo saliendo herida.” Pensé. “¿Primero mi padre y ahora
Adam? ¿Cuándo voy a aprender a no confiar en hombres que no han hecho nada para ganarse mi
confianza?”
Pero eso no era necesariamente cierto. Aunque Adam me había dado mil oportunidades para
dudar, ¿me había dado jamás alguna para desconfiar? ¿Para creer que sus intenciones o sus
sentimientos hacia mí eran mentira? No. Más bien había hecho lo que había podido para
protegerme, para asegurarse que siempre me sintiera segura y cómoda sin importar si estaba
metiendo su lengua entre mis piernas o si estábamos teniendo una cena espontánea en Lux.
La confianza estaba en las pequeñas cosas. Iba a capas como los ladrillos, para tener algo
sólido en lo que recostarte cuando lo necesitaras.
¿Confiaba en Adam?
Sí.
La pregunta era: ¿confiaba en Spade?
“¿Me prometes que no irás mañana?”
No tenía sentido que le preguntara si iba a llamar a la policía. No había nada que pudieran
hacer y además, si realmente era la rubia, Adam ya había demostrado que no estaba dispuesto a
involucrar a los agentes de la ley después de que entrara en casa.
¿Lo hacía para “protegerla” o había algo más? ¿Algo oscuro que estaba escondiendo? Algo
que superara el allanamiento y el acoso. El saber que estaba dispuesto a proteger a quien fuera
que estuviera haciendo esto a mi costa me dejó insegura y asustada.
Cuando hablé, a las palabras les faltaba sinceridad.
“Lo prometo.”
“¿ES raro que hubiera pensado que no te volvería ver?”
Respondí inmediatamente.
“Sí.”
Abby me pegó en la cara con uno de los cojines y yo casi pierdo un diente por la cuchara que
estaba utilizando en ese momento para deborar helado. Llegué a casa de Abby sobre las 6pm, y
aunque solo habían pasado algunas horas, ya me estaba arrepintiendo de haber ido.
“Nunca te había visto convivir con nadie.” Continuó. “Luego conociste a Spade y
desapareciste durante un mes. Pensé que la siguiente vez que te viera sería como tu dama de honor
en vuestra boda.” Abbigail sonaba airada, pero no le tuve en cuenta su mal humor. Se había
pasado la mayor parte de su vida obsesionada con Adam y durante las últimas semanas ella había
sido nuestra consejera matrimonial extraoficial. Se lo conté todo…
Bueno, casi todo. Había algunos aspectos de nuestro tiempo juntos, como lo de la puerta y el
allanamiento, que me guardé para mí misma. Si Adam esperaba poder mantener a la policía al
margen de todo esto, entonces contarle a mi hermana la fiscal, la existencia de su acosadora no era
la mejor de las ideas.
Se volvería loca si supiera que alguien nos estaba acosando a Adam y a mí.
¿A quién quería engañar? Quizás se hubiera preocupado por mí pero “Spade” era su amorcito
y si sólo pudiera salvar a uno de los dos, estaba completamente convencida que mi hermana me
iba a pegar una monumental patada en el culo. Lo sabía porque me lo dijo en más de una ocasión.
Abby no escondía el hecho de que verme con Adam le había hecho desear estrangularme
mientras dormía, pero una prueba de cuanto me quería era que aún así se las arreglaba para
aconsejarme objetivamente casi todo el tiempo.
“El matrimonio no entra en la ecuación.” Le aseguré.
Abby cogió más helado con su cuchara y entrecerró los ojos mirándome.
“¿Por qué no? Está claro que sientes algo por él.”
Me atraganté con el helado, pero afortunadamente se derritió mientras pasaba por mi garganta.
“No estoy enamorada de A-” Ups. “Spade.”
Sus ojos se estrecharon aún más. Era un milagro que aún fuera capaz de verme en ese punto.
“He dicho “sentimientos” no “enamorada”, tonta, pero eso responde a mi siguiente pregunta.”
Se me cayeron los hombros.
“¿Es así de obvio?”
“Se te ve en la cara.” Dijo, con su voz más suave. Cuando volví a mirarla, se le había quitado
la fiebre de fan. Era sólo mi hermana hablando conmigo de hombres. “Sé que Papá te hizo mucho
daño y no tienes ni idea de cuánto me arrepiento de no haber luchado por ti cuando nos
separaron.” Sus ojos eran demasiado brillantes y sin pensarlo ambas estiramos la mano hacia la
otra, agarrando la mano que venía encima del sofá. “Pero te mereces ser feliz Ronnie. Lo sabes,
¿verdad?”
¿Lo sabía?
Me tragué las lágrimas y negué con la cabeza.
“No.” Le dije, avergonzada de cómo de cierto era y cuán profundo me hirió decirlo. “No lo sé.
Nunca lo he sabido. Papá solía ponerme la cara dentro del váter cada vez que le contestaba. Solía
decir “Sólo hay una manera de entrenar a una puta cuando caga en tu casa.” ” Cité, mi voz se tornó
profunda para simular la de nuestro padre y se rompió a pesar de mis esfuerzos para mantenerla
estable. “Se supone que tus padres te tienen que querer incondicionalmente, pero nos odiaba. Me
odiaba.” Corregí. “Siempre pensé que si a la persona que se supone que me tenía que querer más
yo no le importaba una mierda, entonces no le iba a importar a nadie.”
Sus dedos apretaron a los míos, una convulsión posesiva y protectora de carne y hueso. Era un
bálsamo para la piel que había sido arrancada al quitar la tirita. Me ayudó a no llorar cuando todo
lo que quería era hacerme una bola y balancearme hasta que los recuerdos se volvieran a ir a
dormir.
“Bueno, esa es la razón por la cual yo soy la lista y tu la buenorra.”
Me reí. “Pensé que habías dicho que tú eras la lista y la buenorra.”
Me miró. “Soy polifacética, pero en este caso estaba intentando hacer que te sintieras mejor,
idiota.”
“Perdona. Adelante.”
“Gracias.” Dijo sardónicamente. “Lo que estaba intentando decir antes de que lo arruinaras, es
que ese tipo de pensamientos son estúpidos. Papá era una puta pesadilla, pero lo que has pasado
no debería moldear tu futuro y no determina tu valía como ser humano. Si quieres a Spade o Adam
o como coño se haga llamar ahora, entonces te debes a ti misma descubrir qué significa eso.
Dejé mi bote de helado a un lado para poder abrazarme a mí misma.
“No creo que esté lista para estar delante de los focos de nuevo…” Susurré. “¿Y qué pasará
con mi carrera?”
“Que le den por culo a eso.” Saltó, como si fuera así de simple. “Yo digo que lo hagas público
que le den a las consecuencias. ¿Y qué si los paparazzi se corren en los pantalones? Serás el
centro de atención durante una semana, quizás dos. Después algún famoso tendrá un bebé y alguien
enseñará un pezón en la alfombra roja y pam, ya no serás noticia. Cuando se trata de famosos, el
público tiene la misma capacidad de prestar atención que un mosquito encocado. Es una de las
ventajas de vivir en Hollywood.”
Con la mandíbula abierta, la miré durante un minuto entero mientras registraba completamente
la verdad de sus palabras. Abby tenía razón. Admitir que Adam y yo nos estábamos viendo iba a
captar la imaginación de la prensa y los cotillas durante un cierto tiempo hasta que hubiera otro
escándalo. Pero la atención no deseada solo era la mitad del problema.
“Nadie me va a tomar en serio si creen que llegué a la cima acostándome con gente.”
Ahora que ya no estábamos engullendo Häagen-Dazs, Abby cogió ambos tarros y se los llevó
a la cocina.
“Odio tener que decirte esto, cariño,” gritó mientras estaba delante del congelador abierto.
“Pero eres una mujer. Van a asumir que te estás tirando algo o a alguien para llegar a donde estás.
Desde mi promoción alguien me ha acusado de hacerle una mamada al fiscal del distrito al menos
una vez por semana.” Se tiró al sofá a mi lado con una sonrisa, calmada. “El truco está en trabajar
más duro que ellos. Deja que tu talento hable por sí mismo y si hay alguien ahí fuera que no piense
que te has ganado cada gota de tu éxito, se puede comer un rabo.”
“Te quiero.” Me reí, tirandome encima suya y abrazándola fuerte.
“Yo también te quiero.” Susurró, con su sonrisa inquebrantable. “Lo que sea que esté
ocurriendo entre Spade y tú se puede hacer funcionar.” Reclinándose, me miró, la perspicacia en
su expresión era una prueba de cada caso que había ganado sólo con testarudez. “Pero tienes que
hablar con él. Si crees que oculta algo, enfrentalo a ello. Al menos entonces sabrás si tenéis algo
real o si deberías seguir adelante sola. No necesitas a alguien en tu vida que no puede ser honesto
contigo.”
“Con mentiras o sin, con secretos o sin, no quiero a nadie más, Abby. Sólo a él.”
Abby volvió a pegarme con un cojín, mucho más suavemente ahora que antes y retomó esa
solemne sonrisa suya.
“Entonces deberías ir a por él.”
13

Spade

EL MUNDO VOLVÍA A ARDER , y esta vez yo ardía con él.


Había estado en mi casa, observándome, observando a Ronnie, durante semanas. ¿Cuándo
puso las cámaras? La noche del allanamiento, seguramente.
¿Por qué?
¿Por qué meter a Ronnie en nuestra mierda? Deseé que Gabrielle estuviera en frente de mí
para poder preguntárselo. Para poder sacudirla hasta que la verdad saliera de sus labios tan
suavemente como el alcohol lo hacía de mi segunda botella de Jameson.
Dato curioso: Estar sobrio durante diez años había transformado un antiguo fiestero en una
persona que se emborrachaba con nada. Tenía la tolerancia de una niña preadolescente y la
habitación se decantó salvajemente mientras yo miraba una fotografía tras otra.
Estaba rodeado de las fotografías de Gabrielle. Sus pequeños regalitos me miraban desde
todos lados. Pintaban la habitación de tonos rojos tan vibrantes y espesos que estaba seguro de
que podía saborear el cobre. Mi estómago se revolvió y caí de rodillas, los contenidos de mi
estómago se estaban derramando abruptamente por el suelo. Vomité una vez y otra hasta que
parecía que tiraban de mi estómago de dentro a fuera, y empecé a preguntarme si morir sería más
agradable que levantarme con la inevitable resaca.
Cuando estaba vacío y buscando suelo firme, cogí otro chupito.
“¡Un brindis!” Grité con la melancólica subida y bajada de un cuarteto de cuerdas. “Por mi
preciosa, conspiradora, zorra destrozada que tengo por esposa.”
Me tragué el contenido de un solo movimiento, ignorando la forma en que mi cuerpo se
rebelaba. Quería que me doliera, beber hasta que el mundo se volviera negro y las imágenes de mi
alrededor desaparecieran para siempre. Si tenía mucha suerte, el alcohol me mataría y no tendría
que preocuparme nunca más por Gabrielle y su cara sangrienta y amoratada.
¿Por qué había venido aquí?
Porque era una costumbre ya. Había una curiosidad morbosa que me hacía venir una vez y otra
vez. Era difícil estar sobrio en esta habitación, y por primera vez en años, me dejé llevar por la
tentación de tomarme una copa o dos. Al principio era un reto a mí mismo. Podría tomarme unas
cuantas copas sin perder el control. Podría dormir parte del dolor por una vez sin caer en el
agujero que me había atrapado tantas veces antes.
Pero me había equivocado.
Los botellines de cerveza se arremolinaban en el suelo, me agaché para coger uno,
estampándolo contra la pared más cercana con la fuerza suficiente para hacer llover cristal. La
foto que se llevó el impacto se rompió con la arremetida y el corazón se me atascó en la garganta.
Incluso ahora, incluso aquí en medio de mi propio infierno. No podía dejar de hacerle daño.
¿Qué pensaría Ronnie si me viera así? Si me viera hiriendo a alguien a quien ya había destrozado
completamente. Caminé tambaleándome hacia la rasgada foto de 8 x 10, desesperado por juntar
las piezas. La necesidad de arreglar algo, de hacer lo correcto, me trajo lágrimas a los ojos. Mi
cabeza cayó y mi pecho se dobló.
No podía hacerlo.
No podía deshacer lo que había hecho sin importar cuánto lo deseara, y no sabía cómo seguir
adelante con Ronnie con esta oscuridad estrangulándome. ¿Cómo podía si cada indicio de
felicidad que encontrábamos estaba contaminado por Gabrielle?
No podía, no iba a poner a Ronnie bajo toda esta tormenta emocional en la que había vivido
durante los últimos diez años. Ella no iba a pagar por mis errores.
La sonata de Bach rugía por los altavoces, libre de responsabilidades con algo tan simple
como el control del volumen. Había una poesía en la autodestrucción al compás de la música
clásica que hacía que la caída no se viera tan patética como lo era realmente.
Exhausto, me dejé caer en la silla que había en el centro de la habitación. Antes de Verónica
solía visitar esta habitación varias veces a la semana. Me sentaba con mis pecados, les miraba a
la cara y pensaba en cómo de radicalmente diferente hubiera sido mi vida si no tuviera esta… esta
cosa dentro de mí.
Un amigo mío era investigador privado y había revisado la casa entera después de que Ronnie
hiciera la maleta y se fuera a casa de su hermana. Trece cámaras ocultas y al menos tres ventanas
con los cierres rotos para que pudiera entrar y salir como quisiera. Al menos ahora tenía una idea
de cómo había estado gastando su soborno.
Apoyándome en un brazo de la silla, cogí otra botella. ¿Cuánto había bebido? Demasiado si
una botella vacía de vodka y un decantador medio vacío de tequila eran alguna indicación.
Había olvidado lo que era estar solo.
Sentirse solo.
Era como el miedo.
Una inhalación repentina, un pequeño sonido casi animal de pánico, y el horror colisionó con
mi borrachera para ponerme enfermo. Ya sabía quien era antes de levantar la cabeza para mirar,
pero no evitó la manera en que mi estómago y mi corazón se me cayeron a los pies.
No me estaba mirando a mí. Toda su atención, todo su asco y su miedo estaban dirigidos a las
fotos. Intenté imaginarme la habitación desde su punto de vista. Cada fotografía había sido
colocada perfectamente alineada con la que tenía al lado y la de debajo. Me había llevado horas,
días, semanas alinearlas correctamente. Asegurarme que todas eran simétricas y perfectas. Un
homenaje al cuidado que Gabby tuvo para documentar cada fase de la recuperación. Había
moratones en su torso de cuando las costillas fueron previamente rotas. Al otro lado estaba su
nariz hecha añicos y su cuenca del ojo fracturada.
Sus ojos estaban tan hinchados que no los podía abrir en una foto, tan oscurecidos por los
moratones y ensangrentados que parecía más una caricatura que una persona. Las fotos que hacían
más daño eran las que mostraban las consecuencias de la paliza. Eran las que mostraban cómo
había sido la vida antes.
Una foto nuestra del día de nuestra boda dominaba una pared. Nuestra ceremonia fue un
pequeño evento privado en La Isla de los Hombres. Aparte de mi madre, nadie más vino a la
ceremonia ya que Gabby había pasado la mayor parte de su vida con asuntos sociales, saltando de
familia de acogida en familia de acogida. Ahí, estábamos en uno de mis primeros conciertos,
Gabrielle estaba radiante, enseñando con orgullo una camiseta que había hecho ella misma con mi
nombre en ella.
Vi como Ronnie lo absorbía todo. Desde la foto de Gabby y mía en el baile del instituto hasta
el primer plano de la cicatriz que se negaba a arreglarse. Un línea cronológica visual de mi vida
con otra mujer. Cuando finalmente me miró a los ojos, las lágrimas le caían por las mejillas.
Movió la cabeza en negación, caminó temblorosa hacia atrás, se giró y corrió.
Me levanté rápidamente de la silla y corrí tras ella, la desesperación me permitía
concentrarme cuando el alcohol sólo quería que me cayera de boca. La agarré por la muñeca
mientras ella cogía el pomo de la puerta de entrada y la hice girar. Se dió un golpe de espaldas
con la puerta, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente. Sus ojos estaban demasiado
abiertos, como los de un caballo antes de salir corriendo, y su pelo caía alrededor de su cara en
ondas desordenadas.
Cuando fuí a ponerle un rizo detrás de la oreja se apartó, su cara se torció con burla y, si me
atrevo a decirlo, odio.
“No me toques.” rugió.
“¿Qué?” Me aparté, parpadeando en shock.
Intentó empujarme en el pecho, su respiración se estaba volviendo más rápida y complicada al
ver que no me movía. No podía. El pensamiento era egoísta, pero sabía que si le daba el espacio
para correr, ella lo aprovecharía y yo… no pude.
“Respira Ronnie.” Le ordené torpemente y se controló, acompasando su respiración con la mía
en su salvaje intento de luchar contra las corrientes de pánico.
“¿Esto es lo que estabas escondiendo?” Finalmente sollozó cuando ya podía respirar sin
perder el control sobre ello. Sus brazos se torcieron para empujarme de nuevo y se ahogó con las
lágrimas por el esfuerzo. “¿Esto es lo que eres? ¿Un jodido pedazo de mierda maltratador como
mi padre?”
Una rabia sin restricciones rugió dentro de mí y golpeé la puerta con mis manos, plantándolas
a cada lado de su cabeza para que estuviera atrapada entre la puerta y yo.
“No me parezco en nada a tu maldito padre.” Solté, pensando en las noches que se pasó
llorando contra mi pecho cuando los sueños con él la hacían despertar a gritos. “Jamás te heriría
de la forma que yo-” paré, temblando y Ronnie se cerró a la debilidad y me apretó los tornillos
hasta que probó la sangre.
“¿De la misma forma que qué?” Demandó, con los labios blancos. “¿De la misma forma que la
heriste a ella?” Señaló hacia detrás, hacía la habitación que acabábamos de dejar. “Mandaste a tu
propia esposa al hospital. No soy nada para ti. ¿De verdad te crees que soy tan ingenua para
pensar que no me harías lo mismo o algo peor?”
“Tú no eres nada.” Mi cabeza giraba y quería vomitar de nuevo. O llorar. O ambas. En
cualquier caso no escuchó mi ronca negación o no le importó.
“¿Qué es lo que te hace saltar?” Demandó. “¿Platos sucios? No, tienes a las criadas para eso.”
Juntó las manos como si hubiera pensado en algo. “¡Ah! Ya lo sé, te avergonzó en público. Esa era
la favorita de Papi. Es como me rompí la muñeca cuando tenía dieciséis años. ¿De qué otra forma
vas a castigar a alguien que llega tarde a tu discurso de aceptación?”
El miedo y la desesperación, unos segundos antes estaban eclipsados por otra cosa. Algo
amargo y repugnante, y vi cómo la superaba como un veneno extendiéndose.
“Ronnie-”
Rió salvajemente, habían lágrimas en la risa. “No puedo creer que me lo tragara. No puedo
creer que confiara en ti. Que sintiera cosas por un… un…”
“No lo digas,” pensé. “Me va a destrozar si lo escucho de ti.”
“Monstruo.”
Me impactó como un tren. Me desgarró y todo lo que salía era dolor y arrepentimiento, y una
soledad dolorosa que sólo la ira le puede dar voz. Cada duda, cada miedo, cada palabra horrible
que me llamaba a mí mismo. Cada noche que me había pasado llorando en el suelo de esa
habitación dejada de la mano de Dios. Cada segundo de soledad que colgaba de mi cuello como
un albatros. Todo se apiló y salió en un arranque de emoción que no pude controlar.
“¡No soy un monstruo!” Bramé las palabras en su cara y ella cayó ante mi rabia, como una flor
marchitándose al sol. Golpeé mis manos a cada lado de su cabeza otra vez, y una tercera vez.
Cuando me aparté a por la cuarta vez, vi que mis nudillos estaban sangrando por la madera, así
que dejé la puerta y la agarré a ella. A diferencia de lo que me había hecho a mí mismo, traté a
Verónica con la máxima delicadeza y cuidado. Era su piel, suave y pálida. Sus labios temblorosos.
Las lágrimas en sus ojos y el aroma a melocotón y nueces. Ronnie me deshizo y me dejó
deshinchado.
“No soy un monstruo.” Mi voz se rompió y no pude mirarla. Estaba asustado de lo que iba a
ver ahí, en sus ojos. “Sólo cometí un error.” Mi cara se humedeció. Al principio pensé que era
sudor pero me di cuenta cuando las gotas saladas tocaron mi lengua de que estaba llorando. “Fue
un solo error Ronnie. Ya no soy ese hombre. Me he pasado los últimos diez años enterrándolo y
asegurándome de que no volviera a ver la luz del día jamás. Pero todo esto habrá sido para nada,
para absolutamente nada, si al final del día me odias al menos la mitad de lo que yo me odio a mí
mismo.”
“Jamás podría odiarte.” Susurró, la confesión cayó entre nosotros como una maldición. “Ojalá
pudiera. Ojalá pudiera olvidar lo que es quererte, pero no puedo y no sé si quiero.”
Enterré mis manos en su pelo, le eché la cabeza para atrás para que su garganta se estirara y
estuviera expuesta. Podría aplastarla con una mano. Reducirla a nada. Pero no podía entender una
existencia donde mis manos me dejaran convertir ese pensamiento en una realidad.
“No puedo hacerte daño.” Dije, con mi voz llena de asombro. “No porque te quiera, sino
porque ya no soy ese hombre. ¿Lo entiendes?” Y más importante. “¿Lo crees?”
“Suéltame, Adam.” Dijo, de repente inquietante en su calma.
Negué con la cabeza. “No quiero que estés asustada de mí.” El alcohol volvió mis palabras
fangosas. “Me mataría.”
Levantó la vista hacia mis ojos, con una expresión vacía. “Suel-ta-me.”
Temblando la solté.
Esperé que se fuera ahí y entonces, pero no lo hizo. Se acercó a mí por su propia voluntad,
presionó su cuerpo por la longitud del mío y con sus labios besó mi sien, mis mejillas. Dejó un
rastro de besos por mi cuello y hambriento, famélico, empecé a tirar de su ropa. Besos delicados
se tornaron en manos bruscas demandando. Desabrochó mis pantalones y yo levanté su vestido,
rompiendo su ropa interior y levantándola para ponerla sobre la mesa de la entrada. Las
decoraciones cayeron y se rompieron contra el suelo, pero yo estaba demasiado ocupado abriendo
sus piernas con mi cadera y penetrándola con mi polla palpitante profundamente. Soltó un grito
pero no hizo otro ruido. Sus brazos estaban enredados tras mi cuello, y ella se mantuvo ahí
mientras la follaba, con sus muslos apretando mi cintura y su calor líquido mojando mi piel como
una bendición.
Me corrí fuerte y rápido, derramándome con un rugido de satisfacción. El orgasmo de Ronnie
le pisó los talones al mío y tuvo espasmos en mis brazos. Se sacudía como una muñeca de trapo
mientras sus músculos internos se agarraban a mi miembro.
Resbaló de mis brazos mientras mi cuerpo aun estaba temblando como resultado del sexo y se
dirigió a la puerta con pasos inestables y dubitativos. La vi agarrar el pomo y pausarse.
“¿Cómo se llama?” Ahí estaba otra vez. Pensé que lo había dejado atrás la noche que le di la
llave de casa.
“Gabrielle.” La palabra era como una cuchilla en mi boca. Quería escupirla. Ronnie asintió
aún de espaldas a mí.
“¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo conseguiste que no dijera nada?”
Mi mandíbula se tensó. “Le pagaba para que mantuviera la boca cerrada.” Dije agriamente,
dándome cuenta demasiado tarde de que lo que habíamos hecho no significaba el perdón.
Era la despedida.
Dió un portazo al salir y mi visión se hundió. Durante un momento estuve ahí parado, doblado
encima de la mesa con los pantalones desabrochados y su aroma enfriándose en mi piel. Mis ojos
vieron el brillo de algo plateado y al agarrarlo vi que era la ornamentada llave con su cadena. Su
presencia decía más que cualquier palabra y con un rugido igual que el de un oso herido, tiré la
mesita de la entrada.
Mantuve la llave en mi mano, la tenía cerca mientras iba por la casa, habitación por
habitación, destrozándola. Rompí cada jarrón, desgarré cada cuadro, hice caer la televisión contra
el suelo. Esta casa nunca la sentí mía. Como todo lo demás en mi vida, era una máscara. Un
camuflaje para esconder el miedo, que sin él, sin el amortiguador de Spade, yo no era más que el
pobre niño deprimido de Carolina del Sur. ¿Pero qué había hecho Spade por mí? ¿Qué tenía yo
para enseñar antes de borrarme?
Canciones que no me gustaban, una casa que no era un hogar y un corazón roto.
La primera vez que bebí lo hice para olvidar. Para escapar de la realidad de lo que
verdaderamente significaba estar rodeado por todos lados por todo el mundo sin ser querido por
nadie. Las drogas me hacían divertido e impredecible. El alcohol me hacía encantador, intrépido.
Me había convertido en un nombre familiar en la punta de la aguja.
Un motor.
Un puto icono.
Me reí de esa idea.
Pensaba que me había encontrado a mí mismo durante los últimos años, pero perder a Ronnie
me forzó a admitir la verdad, me había pasado la última década corriendo y llamándolo
arrepentimiento. No me extrañaba que me hubiera dejado.
Estudiando los restos mi santuario interior, mi pequeño infierno en la Tierra, me pasé los
dedos por el pelo y solté un suspiro tembloroso. Como el resto de la casa, había explotado en esa
habitación como un demonio de Tasmania. Había destrozado las fotos y llenado el suelo de restos,
las paredes parecían vacías e inacabadas sin Gabby adornándolas.
Gabrielle.
Mis puños se cerraron y mis nudillos golpeados chillaron.
De una forma u otra, era el momento de acabar con todo esto.
Sin mirar atrás, giré sobre mis talones y fui a encontrarme con mi ex para la que esperaba
fuera la última vez.
14

Gabrielle

ERA CASI mediodía y yo estaba empezando a ponerme histérica.


No tendría que estar nerviosa. No es que estuviera haciendo algo malo. Estaba intentando
ayudarla.
En todo caso, las cosas que había estado haciendo era altruistas. ¿Me creería? ¿Se presentaría
siquiera?
Me reí. Claro que lo haría. Había estado investigándola un poco. La hija de Marshall Frasier y
la heredera aparente de los estudios Blue Moon y Producciones Frasier, Verónica no dejaría que
nada tuviera la oportunidad de amenazar su reputación. No era una famosa que pudiera disparar su
popularidad menguante con unos desnudos robados y un vídeo de sexo. La mujer no era fan de la
atención, y tener esos momentos tan íntimos esparcidos por internet sería devastador para ella.
Iba a venir.
No le había dejado otra opción.
Alguien llamó a la puerta de entrada y me pausé, confundida. No estaba esperando ninguna
visita porque nunca tenía ninguna. Vivía sola y no tenía familia. Mi única persona constante en mi
vida había sido Spade y no había manera de que él-
Había una extraña satisfacción en demostrarme que me equivocaba. Era feroz y afilada, como
un cuchillo en la oscuridad, y mi mano agarró fuertemente el pomo mientras nos mirábamos a
través del marco de la puerta. Parecía cansado. Tenía unas bolsas exageradas bajo sus ojos y su
ropa estaba arrugada como si hubiera dormido en ella.
Olía a alcohol fuerte y a sudor. Sonreí.
“¿Has estado pensando en mí, amor?” pregunté, sólo para soltar un taco cuando me empujó
hacia dentro de casa.
“¿Qué cojones crees que estás haciendo?” Rugí, cerrando la puerta de un golpe detrás de él.
Un vistazo rápido al reloj me confirmó que sólo tenía una hora para llegar al restaurante si quería
estar ahí antes que ella.
A no ser…
“No va a venir, ¿verdad?”
Spade se giró para mirarme y yo me encogí ante la franqueza de su mirada. No había sido
capaz de mirarme a los ojos en tanto tiempo que había olvidado cómo de dolorosamente bellas
eran sus pestañas. Había olvidado cómo de fácil era perderse en esas profundidades ámbar.
“He venido en su nombre.” Dijo encogiéndose de hombros. “He pensado que había llegado el
momento de quitar a los intermediarios.”
Crucé los brazos bajo mi pecho, tratando de mantener a raya la rabia frustrada que me llenaba.
“Qué caballeroso.” Respondí sarcástica. “¿Y qué? ¿Has venido a amenazarme? ¿Sobornarme?
Porque estaba pensando que realmente me vendría muy bien un coche nuevo. Mi cumpleaños se
está acercando, ¿sabes?”
“No te voy a dar más dinero.”
Di un paso atrás, parpadeando. “¿Perdona?”
“No voy a seguir más con esto.” A diferencia de todas las otras veces que lo había dicho,
había un aura final en ello, una determinación que no había visto antes. Era casi como si lo dijera
en serio. “No habrá más dinero. No habrá más fotos. Esto termina hoy.”
Mi garganta se tensó y miré por todo mi alrededor buscando un arma, esperando que no se
diera cuenta de como sus palabras me habían dejado temblando.
“¿Vas a matarme?” Solía tener pesadillas muriendo en el suelo de su ático, asfixiándome hasta
la muerte por mi costilla rota y pulmón obstruido. Durante años, mi mayor miedo había sido que
entrara por mi puerta y lo volviera a hacer. Me iba a limpiar de la faz de la Tierra, y conmigo,
cualquier amenaza de su fama estelar.
Solía estar asustada de que se acordara de mí.
Ahora estaba aterrorizada de que fuera a olvidarme.
Pero negó con la cabeza, y yo me quedé sin aire cuando se puso de rodillas y tomó mi mano.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que me tocó, ya fuera con amabilidad o violencia,
me congelé en contacto con su piel. Era tan familiar que dolía. Había perdido la virginidad con
este hombre. Había estado enamorada de él desde que supe cómo darle definición a la palabra.
Sin familia y con pocos amigos, Spade había sido mi único todo hasta que un día, de forma
abrupta, era mi nada.
La parte de mí que se había pasado la mayor parte de una década odiándole me dijo que
retirara la mano. El resto de mí agarró su mano como si de un salvavidas se tratara, desesperada
no por el contacto humano, sino por su contacto.
“Lo siento,” dijo y mis ojos se llenaron de lágrimas con el conocimiento de que esta era la
primera vez que había dicho esas palabras. “Lo siento tan jodidamente tanto, Gabby. Siento
haberte hecho daño. Siento no haberte dado nunca la vida que te prometí. Siento que nos haya
convertido en esto.” No necesitaba explicar qué significaba “esto”. Lo sabía muy bien. “Eres la
primera chica que quise,” continuó. “Y jamás te podré pagar eso. Por estar ahí y quedarte conmigo
cuando dejé de ser un chico y me convertí en un hombre.” Me asombré con la luz de sus ojos, el
destello de fuego que había desaparecido demasiado tiempo atrás. Me preocupaba que yo fuera la
causa de que se apagara.
“Me hiciste daño.” Sollocé, abrazándolo cuando él envolvió sus brazos fuertes alrededor de
mi cintura y presionó su cara en mi abdomen.
“Lo sé.” Dijo. “Y he estado huyendo de ello desde entonces. No quiero seguir corriendo y no
quiero que lo hagas tú tampoco.”
Moví la cabeza, despegándome de él y caminando hacia la cocina. Necesitaba un poco de aire.
Necesitaba separarme de él antes de que nublara mi juicio como siempre hacía.
“Así que no quieres pagar más.” Resoplé y pasé mi mano bajo mi nariz. “¿Qué me contiene de
hacerlo público? ¿De ir a la policía y contárselo todo?”
Se puso de pie, estudiándome de la manera que alguien estudia a un animal salvaje o a una
mujer desesperada. “Nada.”
Mis puños se cerraron con fuerza. “¿Sólo eso? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?
¿“Nada”?” Para mi bochorno, di un golpe con el pie. “¡Joder Spade, podría arruinarte!”
¿Le estaba avisando o lo estaba amenazando? Ya no estaba muy segura.
Se relajó un poco y, en ese momento, era el hombre al que conocía. Del que me había
enamorado antes que ambos nos enredáramos con fiestas y polvo blanco. Acordarme de ese
hombre, acordarme de Adam, me forzó a admitir que no fue el único en la relación que estuvo
fuera de control.
Después de todo, yo era la que le ayudaba a encontrar la vena cuando su mano temblaba
demasiado para clavar la aguja. La que dividió la coca en pequeñas y armoniosas líneas cuando
firmó para grabar su primer disco.
No quería decir que no tuviera la culpa de sus actos, pero sabía, quizás mejor que la mayoría,
cómo de fácil y rápido era perderte cuando no había nada a lo que te quisieras aferrar.
“Ve a la policía. Cuéntales a los clubs de fans y a los periódicos lo que hice. Publica tus fotos.
Haz lo que sea que tengas que hacer para sentirte bien.” Movió su cabeza. “Sólo deja a Ronnie
fuera de esto.”
“Ah. ¿Esta es la razón por la que te estás disculpando? Porque crees que protegerá a tu novia.”
No pude evitar sisear un poco. Qué infantil. Qué patético. ¿Y qué si esa era su novia? Yo era su
mujer.
Tiempo pasado, Gabby. Esos cortos días ya se habían vivido mucho tiempo atrás.
“No.” Dijo, tan sincero que no pude evitar creerle. “Iba en serio todo lo que he dicho. Todo
este tiempo hemos estado haciendo las cosas a mi manera porque era más sencillo que admitir que
la jodí y que tenía que pagar por lo que había hecho. Pero no puedo decirte cómo castigarme y me
he cansado de hacerlo por ti.”
Me apoyé en el mármol para tener un soporte.
“No tiene sentido ir a la policía.” Le dije. “Incluso entonces, lo peor que te podría haber
pasado eran seis meses en la cárcel. Habría habido una multa, pero en completa honestidad, la has
pagado cien veces más ya.” Había considerado mis opciones mucho tiempo atrás. Mientras que la
“justicia” hubiera sido satisfactoria, también hubiera sido una temporada larga y extenuante en el
juzgado. “En lo de arrastrarte por internet, mira lo que pasó con Chris Brown y Rihanna. ¿A
cuántas personas crees que les importaría realmente? Seguramente perderías algunos fans, pero es
como dicen, cualquier publicidad es buena publicidad. Tus ventas de discos subirían y el mundo
entero me miraría y no vería nada más que a una víctima. Una groupie. Una puta puesta de coca.”
“Gabby-” Extraño. Jamás se me ocurrió que la verdad le heriría tanto como me había herido a
mí.
“Lo que quiero decir.” continué antes de que pudiera interrumpirme. “Es que no tiene sentido.
No el hacerlo público al menos. Mi reputación se vería dañada, y a diferencia de ti, yo no tengo
un equipo de publicistas que me ayudarían a preservar mi “imagen”.”
“Podrías demandarme.” Ofreció tratando de ayudar y no pude contenerme. Empecé a reirme,
con esa risa que te hace echar la cabeza hacia atrás y poner las manos en la tripa. Cuando mi
diversión se disipó un poco, me limpié una lágrima del ojo. Sin estar sorprendida cuando esa
lágrima se convirtió en dos, y dos en un mar. Spade dio un paso hacia mí y le ondeé con la mano
para que no viniera, recelosa de estar demasiado cerca ahora que sabía que seguía teniendo tanto
efecto en mí como lo tuvo siempre.
“No quiero tu dinero.” Le dije.
Su mandíbula se abrió y sus ojos se oscurecieron en advertencia. “No voy a dejarla.”
Eso fue una punzada en el corazón, y esta vez era yo quien no podía mirarlo a los ojos.
“Por muy feliz que me hiciera verte morir solo, tenías razón. Es el momento de dejar los
juegos mentales.” Cuando lo pensaba, en todo el tiempo y esfuerzo que había dedicado a arruinar
su vida, a hacerle sufrir, se me revolvió el estómago. Una cosa era cuando era Spade el enemigo, y
otra completamente diferente cuando estaba de pie delante de mí, tan humano y vulnerable como
yo y listo para hacer las paces en lugar de poner excusas. ¿De verdad quería pasarme el resto de
mi vida así? ¿Viviendo en el pasado y odiándole porque él no lo hacía? ¿Qué pasaba con el amor?
¿La felicidad? Quería formar mi propia familia, mi propio hogar. Cuando era joven solía pensar
que mi futuro dependía de Spade. Que sin él mis sueños de encontrar un sitio al que pertenecer no
eran más que eso, sueños.
Pero no era el caso.
Él había encontrado algo. Quizás era amor. Quizás era compañía. Fuera el que fuera su
nombre, lo había encontrado y su presencia le dio un aire de fortaleza que no había visto desde
que estábamos en el instituto y él me estaba contando en confidencia que tenía este sueño loco de
ser una estrella.
Me pasé la vida yendo detrás de Spade. ¿Tal vez era el momento de dejarlo ir?
“Hay algo que puedes hacer por mí.” Admití. Cuando sus ojos se estrecharon con sospecha,
me reí. “Haz esta única cosa y estaremos en paz. Jamás te volveré a molestar.”
“Y borrarás las fotos.”
Asentí, y él accedió al instante.
“Está bien. Lo haré.” Hizo una mueca. “¿Qué es?”
No pude contenerme una sonrisa, pero afortunadamente se desvaneció con rapidez. No estaba
preparada para estar feliz a su alrededor. Aún me estaba haciendo a la idea de perdonarlo.
“Quiero tu ayuda para encontrar a mis padres biológicos.”
Sus labios se separaron y sus ojos se abrieron. Esperé que me lo negara, que dijera que era
imposible, pero me sorprendió de nuevo. Puso los hombros rectos, la mandíbula tensa, y por un
instante pareció un héroe de algún cuento de hadas medieval. Dirigido a salvar a la princesa y a
matar un dragón o dos.
“Hecho.”
Así de fácil. Me reí, incrédula. No porque pensara que no sería capaz. Tenía billones. Si
alguien podía encontrar a dos personas que no querían ser encontradas, sería Spade. No. Me reí
ante el cambio drástico que había sufrido mi vida desde el momento en que me levanté ayer y
ahora.
Sin nada más que decir, ni más tratos que hacer, Spade se dirigió a la puerta. Di un paso tras
él, sin saber lo que iba a decir hasta que lo dije.
“¿Adam?”
Se congeló.
“¿Qué quieres, preciosa?” Mi garganta se cerró, y me tragué una nueva oleada de lágrimas.
Preciosa.
Parecía que hubiera estado esperando una eternidad para que me volviera a llamar eso.
Maldito fuera.
“Deberías contratar a un nuevo guardia de seguridad.”
Soltó una risa. “Me pondré en ello.” Dijo, cerrando la puerta suavemente detrás de él y
dejándome encerrada en casa con mis propios pensamientos.
15

Verónica

AÚN PODÍA SENTIRLO entre mis piernas.


Su sensación era como un miembro fantasma y si cerraba los ojos casi podía sentirlo ahí
conmigo, dentro de mí.
Durante la última semana he mantenido mis ojos cerrados muchas veces. Temiendo el
momento en que su recuerdo desapareciera completamente.
“Apesta aquí. ¿Te has olvidado de cómo limpiarte el culo después de que te hayan dejado o es
que la higiene personal no es una prioridad en esta etapa de tu vida?”
“Vete a la mierda, cabrona, estoy deprimida.”
Abbigail levantó una ceja. “Puedo olerlo.” Dijo desagradablemente, caminando por la
habitación para quitarme la manta de la cabeza. Plantó sus manos en sus caderas y me miró.
“¿Durante cuánto tiempo vas a estar con la cara mustia en mi apartamento?” Demandó.
Cogí el cojín que tenía bajo mi cabeza y me lo puse delante de la cara, esperando asfixiarme
antes de tener que soportar otra charla.
“Tú estuviste conmigo un mes cuando-”
“-Cuando Patrick Powel me pegó la patada,” acabó irritadamente. “Lo sé. También sé que
tenía veintiún años, estaba enamorada y podía beber legalmente. Estaba pasando por un montón de
mierda en ese momento. Tú encontraste a un hombre dulce, guapo, rico y talentoso, quien,
sorpresa, sorpresa, no era tan perfecto como pensabas que era. Qué pena me das. Un vagabundo
me tocó el culo el otro día y luego tuvo el valor de pedirme monedas en el autobús.”
“¿Así que estás diciendo que debería estar agradecida que sólo es un maltratador mentiroso no
un vagabundo pervertido?” Pausé, con curiosidad a pesar de mi situación.
“¿Lo hiciste?”
“¿Si hice qué?”
“¿Darle monedas?”
La presión en el cojín aumentó sustancialmente cuando Abby lo oprimió durante lo que estoy
segura fue un satisfactorio puñado de segundos. Me soltó y me senté inhalando fuerte, pegando
patadas hacia ella antes de que tuviera la oportunidad de escabullirse.
“Para de intentar matarme.” Solté.
“Para de merecértelo.” Me dijo en respuesta y nos sentamos juntas, hombro a hombro, en un
lado de la cama. Yo estaba envuelta en la colcha de nuestra abuela y Abby aún llevaba el traje que
se había puesto para ir al juzgado esa mañana.
“¿Ha vuelto a llamar hoy?”
No tenía que mirar a mi teléfono. Lo oí sonar. Sólo una persona me había estado llamando
todos los días durante la última semana, pero no estaba lista para hablar con él.
“¿Has descubierto alguna cosa más?” Pregunté en lugar de responder, ella suspiró apoyándose
en sus palmas.
“No mucho. Su nombre es Gabrielle Simmons. Se pasó una temporada en un reformatorio,
pero su expediente está sellado, así que no sé la razón. Un montón de casas de acogida.
Desapareció de la faz de la Tierra durante unos cinco años, más o menos en el mismo momento
que la carrera de Spade despegó. Supongo que se casaron por Europa durante su primer tour.”
Mi interior se revolvió.
“¿Algo de después?”
“No. Es un fantasma.”
No le pregunté a Abby cómo había conseguido toda esa información. Entre sus conexiones a lo
Ley y Orden y sus habilidades de detective, no me hubiera sorprendido si hubiera sido capaz de
decirme la fecha de nacimiento de Gabrielle y su número de la seguridad social.
“Entiendo por qué estás asustada.”
Mi cuerpo se tensó. “No quiero un discurso motivacional ahora mismo, Ab.”
“Es o eso o un puñetazo en la cara.”
Suspirando, me giré torpemente para tenerla de cara, decidida a no salir de mi crisálida en
forma de manta para esta conversación.
“Está bien. Te doy cinco minutos. Empieza.” Incluso eso me recordó a Spade y escondí mi
barbilla dentro de la caverna de algodón como una tortuga volviendo a su caparazón.
“¿Te ha dado alguna vez una razón para pensar que te haría daño?”
Pensé en las pesadillas y las noches que salimos a cenar. La sensación de sus dedos en mi pelo
mientras me bañaba y el sabor de sus labios. Mi cuerpo empezó a temblar.
“No. Pero tanto tú como yo sabemos que eso no importa. Un maltratador es un maltratador.
Todos dicen las mismas cosas “Jamás te haría daño”, “Te quiero tanto”, “Es que me vuelves
loco”.” Negué con mi cabeza y respiré profundamente, con una mueca de dolor. Abby tenía razón.
Estaba amargada. “ “Jamás volveré a hacerlo”.” Me burlé. “ “Te lo prometo”.”
“No es Papi, Ronnie.”
Mi piel se sonrojó con tanto calor que empecé a ver motitas.
“Ya lo sé.” Gruñí.
Su ceño se frunció con preocupación. “¿De verdad? Porque no lo parece. Dijiste que
confiabas en él. Bueno, yo confío en ti, porque si no te diría que le pegaras una buena patada.
Jamás te había visto tan feliz. Te hace sentir segura. Te hace sentir querida. Si hay algo positivo
que pueda salir de cómo crecimos, es que somos jodidamente perceptivas. Sabemos leer a la
gente en lo más profundo, en lo que cuenta. ¿Si él fuera realmente un monstruo, hubieras sentido
todo esto?”
“No lo sé. Eso es lo que me da miedo.”
Abby suspiró, se levantó y me dió unas palmaditas en la cabeza.
“Bueno, tienes que aclararte la ideas y ver qué quieres hacer. No puedes esconderte aquí para
siempre. O le perdonas y dejas el pasado en el pasado, o le dejas para siempre. Al menos si te
decides por la última, ya tienes un avance de cuánto va a doler.”
“Gracias por esto.” Me quejé y ella murmuró un comentario evasivo mientras salía por la
puerta.
Quería a mi hermana, pero las charlas motivacionales no eran su fuerte. Esa era la razón por la
que pretendía evitarla primeramente. En todo caso, me sentía peor que antes pero se las había
ingeniado para darme un montón de cosas en las que pensar.
¿Debía confiar en mi intuición o en mi sentido común?
Su voz continuaba retumbando en mi cabeza.
“No soy un monstruo. Sólo cometí un error.”
Una vez y otra vez, se reproducía en un bucle que no me dejaba dormir muchas noches. Pensé
en el dolor reflejado en su cara y en cómo se encogió cuando le escupí esas palabras, y me sentí
como el mismo monstruo que yo le acusé de ser. Nunca había herido a nadie de esa manera, ni con
palabras ni con acciones y el dolor en sus ojos y como se desplomó y se desdibujó brevemente
antes de explotar, aún tenían el poder de hacerme temblar hasta el corazón.
Quería a Adam pero ¿qué iba a importar eso si al final no fuera capaz de mantener su palabra?
¿Y si me hacía daño? ¿Si ese control de hierro que mostró la noche que discutimos airadamente se
desvanecía y me convertía en una víctima de nuevo?
Vi mi teléfono por el rabillo del ojo y me mordí el labio. Había estado ignorando el maldito
aparato desde que llegué aquí, esperando que cuanta menos tentación tuviera para contactarle,
mejor sería. Después de casi llamarlo la noche anterior, lo había apagado. Desafortunadamente no
podía permitirme esconderme del mundo para siempre. Lee volvería cualquier día de estos y
estaba en comunicación regularmente con el resto del equipo para asegurarme de que todo
procedía de acuerdo con el horario establecido.
El edificio donde íbamos a grabar había sido alquilado, nuestros muebles habían sido
comprados, había contratado a maquilladores y técnicos de sonido, y habíamos terminado de
redactar los contratos justo la semana anterior. Las cosas hubieran sido más simples si hubiéramos
fingido la audiencia o contratado a actores, pero Adam me convenció de que tener un público en
vivo sería mejor y pagó por el gasto añadido de promocionar online si alguien estaba interesado
en atender como público. Había tantas cosas que tener en cuenta incluso en una producción
pequeña como esta, que no podía imaginar cómo de locas se pondrían las cosas una vez Lee
estuviera de vuelta y pudiéramos empezar a filmar.
Nerviosa acerca de cuántas cosas me había perdido en sólo 24 horas, encendí mi teléfono.
Todas las notificaciones perdidas llenaron mi pantalla y me pasé los siguientes minutos borrando
e-mails basura y respondiendo a mensajes y a e-mails de trabajo.
Me di cuenta muy abruptamente de que finalmente iba por el camino correcto. Que estaba a
punto de alcanzar mis sueños. Me dejó momentáneamente sin respiración y agradecida. Aún
estaba pensando en el camino que había tomado mi vida cuando vi un último mensaje.
Era de Adam, y con el corazón en el puño, lo abrí.
“No hay una forma sencilla de decir esto, así que voy a empezar. No me vas a coger el
teléfono, así que espero que al menos lo leas. Si no, quiero que sepas que te echaré de menos
mientras no esté.”
El teléfono se me resbaló de mis manos sudorosas y me tiré a buscarlo.
“Tengo muchas cosas que compensar. No sólo a ti sino a Gabrielle también. Es el
momento de arreglar las cosas. No se me da bien lo de mandar mensajes. Ojalá pudiera
cantarte esto. Te mereces poesía y esto parece como si pusiera mis palabras en la mesa del
carnicero esperando que no termine con una pila de carne picada. Joder. Este mensaje ya
ocupa una página.”
Idiota.
“Quiero acortarlo, quizás poder encontrar una forma mejor de decirte las cosas que
desearía haber tenido oportunidad de decirte, pero mi avión sale pronto. Sólo quiero que
sepas que no me arrepiento de ni un solo momento contigo. Ninguno. No tienes ninguna razón
para creerme, pero pienso lo que dije. No podría hacerte daño ni aunque quisiera. Mi corazón
no me deja. Lo sé porque cada vez que te he hecho llorar casi se me para en el maldito pecho.
Pero las acciones siempre serán mejores que las palabras. Puedo hacer promesas hasta que
se me ponga la cara azul, pero la única manera de demostrarte lo que yo ya sé es
enseñándotelo. Espero que puedas verme algún día. No por el hombre que era, no por el
hombre que te da miedo que termine siendo, sino por el hombre que soy. Si no me quieres, no
te lo tomaré en cuenta. Pero si sientes por mí lo que yo siento por ti, entonces vuelve a mí.
Vuelve a casa.
Voy a necesitar que confíes en mí, Pelirroja.
Sólo una vez más.”
El mensaje que iba detrás era una foto de su billete. Un billete de ida a Londres que salía a las
cinco. Mis ojos volaron al reloj en la esquina y salté de la cama, con la manta cayendo al suelo.
Una hora.
Tenía una hora.
No había tiempo para pensar. Me preocuparía por la idiota estúpida que había sido de camino
al aeropuerto. Buscando por la habitación, cogí uno de los vestidos de mi hermana, me recogí el
pelo en una coleta desenfadada y salí como un rayo hacia la puerta. El comentario de antes de mi
hermana me vino a la cabeza y me olí superficialmente debajo de cada axila.
Puta mierda.
Reculé, cogiendo una botella de agua perfumada para el cuerpo.
Si llegaba a tiempo, sólo tenía que asegurarme de que no se me acercaba demasiado. Nada de
abrazos o besos apasionados.
Súper fácil.
En el aeropuerto había una multitud de personas.
Todo el mundo tenía un sitio en el que estar y a nadie le importaba una mierda que yo estuviera
intentando evitar que el amor de mi vida se subiera a un avión. No se parecía en nada a las pelis.
Para empezar, correr por el aeropuerto tendía a llamar la atención del personal de seguridad.
Después, tener que quitarme los zapatos para pasar por el escáner de seguridad hizo serios
estragos en mis tiempos. Tan serios que no tuve tiempo de volver a calzarme.
Corrí en sprint descalza, pasando por las terminales y por delante de un alarmante número de
Starbucks. La gente me miraba. Claro que me miraban. Estaba demasiado agitada para que me
importara, en lugar de eso, les miraba de vuelta e ignoraba los murmullos de los peatones que iban
subiendo el nivel de pánico.
Estaba escaneando a la multitud y a cada segundo que pasaba, mi corazón se hundía un poco
más. El aeropuerto era tan grande que tanto el techo que había encima mío como las anchas
paredes y los pasillos, se estiraban tanto como la vista te permitía ver. Había ascensores y cintas
transportadoras por todas partes. Me giré. Me pasé los primeros cinco minutos tratando de
entender cómo leer los números de las terminales. El concepto “busca por todos los rincones”
siempre me había parecido trivial antes de este momento. Jamás se me había ocurrido cómo de
abrumador era realmente.
Mi labio inferior me empezó a doler de hundir los dientes en él. Quería llorar pero las
lágrimas sólo impedían mi visión y me sentí estúpida mientras desconocidos me miraban de reojo.
Alguien me dio un par de toquecitos en el hombro y, como siempre, la idiota esperanzada, me
giré. Esperaba completamente encontrarme a Adam, y di un paso atrás cuando me encontré a mí
misma en frente de la rubia de Lux en su lugar.
“Verónica ¿verdad?”
La miré, desconfiada.
“¿Gabrielle?”
Asintió, y tuve el desagradable placer de verla sonreir.
“Te ha hablado de mí.” Sonó satisfecha y en ese momento deseé haber mantenido mi boca
cerrada. No quería darle ninguna satisfacción. No quería que pensara que había sido lo
suficientemente especial para hablar de ella.
Sintiéndome malintencionada y sucia, me sonrojé con vergüenza.
Afortunadamente, no pareció que se diera cuenta de que algo iba mal.
“¿Qué es lo que quieres?” Sonar maleducada, especialmente después del camino que habían
tomado mis pensamientos, era lo último que quería. Lamentablemente, parecía no tener control
sobre mí misma ese día. Gabrielle no se ofendió.
“Si estás buscando a Spade, su terminal está en dirección opuesta.” Señaló detrás de ella, y
aunque me estaba muriendo por salir disparada, no pude evitar mirarla con sospechas.
“Nunca apareciste ese día.”
Había ido al lugar de la reunión mencionado en el mensaje de hacía unos días para nada.
Después de esperarla durante horas me fuí del parque y volví al apartamento de Abby a
incubarme. Ante el recordatorio de su intento de chantaje, su nariz se arrugó.
“Ah. Eso. Lo siento. Me surgió una cosa.”
Mi boca respondió. “¿Qué ha pasado con las fotos?”
“Borradas.”
“¿Por qué?”
Se encogió de hombros y su expresión se tornó distante. “Un argumento muy convincente y un
par de ojos bonitos. Te harán caer cada vez. Además, él tenía razón. No tenía nada que ver
contigo.”
Eso me chocó. Adam. Debió haber ido a hablar con ella antes de que yo tuviera ocasión. Mis
pies me suplicaban correr pero aún no podía. Me había pasado tanto tiempo con curiosidad acerca
de esta mujer que ahora tenía que estudiarla, entenderla, para determinar si era una amenaza para
la relación que tenía con un hombre con el que no sabía qué iba a hacer.
“¿Entonces por qué me metiste en medio?”
Echó los hombros hacia atrás, sintiéndose incómoda con el tipo de preguntas. “Porque estabas
ahí y te miraba de una forma que a mi nunca me miró.” Muy brevemente su expresión se torció y
me miró de una manera que indicaba que no estaba muy lejos de retomar lo que había empezado.
“Culpa mía.”
Me dolió no poder abofetear la falsa modestia de su cara. “¿Culpa mía?” Primero, me hace
cagarme de miedo sacándome fotos sin mi permiso, siendo una de las grandes razones de mi
ruptura con Adam.
¿Quién cojones te pone la vida patas arriba y después dice “Uy, qué mal. Culpa mía”?
Abrí la boca para insultarla, pero sonrió con repentina perspicacia haciéndome saber que no
sólo era perfectamente consciente de lo que había hecho y no se arrepentía, sino que también sabía
cómo de irritantes fueron para mí sus palabras.
“Mejor que te des prisa.” Advirtió. “El despegue es en quince minutos.”
Sin ningún deseo de permanecer ni un segundo más, salí corriendo otra vez. Los guardias a los
que pasaba me miraban, hablando por sus micros y acariciando las pistolas de descarga eléctrica
de sus cinturones. Dejé de correr y opté por caminar deprisa muy animadamente lo cual era igual
de ridículo pero mucho menos amenazante.
Siendo honesta, no creía que le fuera a encontrar a tiempo. Nada de esto había ido como
esperaba. Si alguna vez producía una comedia romántica, iba a hacer esta escena tan difícil e
incómoda como realmente es. Ni siquiera era la que iba a volar pero después de veinte minutos
inspeccionando el aeropuerto, resultó que ni siquiera había terminado con la primera planta y
estaba empezando a preguntarme si Adam realmente merecía la pena.
Acababa de decidir que probablemente podría sobrevivir a la ruptura si no nos volvíamos a
ver más cuando pasó. Mi paciencia se agotó de forma efectiva. Mis pies me estaban matando y
acababa de pisar un chicle. Oficialmente esto se había convertido en un puto desastre y tomé el
primer paso hacia la salida, observando el suelo y a los guardias que habían hecho un círculo a mi
alrededor y lo iban cerrando lentamente con cantidades iguales de agitación.
“Pensé que esto iba a ser más romántico.”
Mi cabeza se levantó de golpe y cuando lo vi mi mandíbula se cayó. Se había cortado el pelo.
Su pelo largo y precioso de chico de oro. Eso le abría la cara, le endurecía las facciones. Parecía
más maduro. Como alguien a quien quería envolverle la cintura con mis piernas y no soltar hasta
navidad. Moví la cabeza con dificultades para centrarme. Estaba muy guapo y casual, llevaba un
par de pantalones de chándal de cintura baja y una camiseta vieja, que en el segundo vistazo me di
cuenta de que era mía. La había comprado en XL para poder dormir con ella, pero en él se
estiraba en el pecho y los brazos. Entre el par de gafas de sol y su nuevo corte de pelo, era casi
irreconocible. La gente que pasaba me prestaba más atención a mí que a él y eso era decir mucho
ya que yo era un desastre andante y él era famoso literalmente.
De reojo vi a un guardia y me di cuenta de que se había acercado un poco más desde que me
paré a admirar a Adam. Fantástico. O me iban a disparar con la pistola eléctrica o se iban a tirar
encima mío. Mientras hablaba, me puse los zapatos que tenía en el bolso para parecer menos una
persona loca.
“¿Has venido a pararme y declarar todo tu amor por mí?”
El chicle se hacía muy incómodo dentro de mis bailarinas, así que no pude poner mi mejor
cara. Él hizo una mueca.
“¿Tan mal?”
“¿Era eso lo que esperabas?” Pregunté poniéndome recta. “¿Alguna mierda acaramelada en
medio de la terminal?”
Dejó caer los hombros. “Soy un romántico.”
Me reí, pensando en todas las cosas que había hecho y dicho con una nueva luz. “Créeme, me
he dado cuenta.”
Mi risa pareció relajarle un poco y me agarró la muñeca, acariciando la delicada piel con la
punta de sus dedos.
“No pensé que fueras a venir.” Dijo.
“Yo tampoco.” Respirando profundamente, decidí dejar las dudas y el miedo atrás. “Pero no
podía dejarte escapar de mi vida.”
Decir que pareció aliviado era quedarse corto. Su mano apretó mi muñeca antes de soltarla y
dió un paso atrás.
“¿Significa que confías en mí?”
“No.” Admití y mi garganta estaba tensa. Puede que después de todo esto se convirtiera en el
final de un romance meloso. “No lo sé. Ne-necesito más tiempo y me da la sensación de que no lo
voy a tener. Estar contigo hace que dude de mi juicio y no sé si voy o vengo la mitad del tiempo.
Sólo sé que sea lo que sea lo que estoy haciendo, quiero hacerlo contigo.”
Su cara entera se iluminó y sonrió tan ampliamente que me recordó a un niño en la mañana de
navidad.
“Tienes que ser honesto conmigo.” Le avisé cuando dio un paso en mi espacio personal.
“Nada de secretos. Jamás. Y si voy a aprender a confiar en ti, quiero saber la historia completa.”
Estiró sus manos hacia mí y no pude esquivar el contacto. Para ser justos, tampoco lo intenté.
A pesar de cuanto apestara a depresión, le dejé llevarme a sus brazos. Presioné mi cara en su
amplio pecho para evitar el beso que intentó darme en los labios.
“Puede que haya abandonado el jabón y la pasta de dientes durante un día o así.” Dije,
sintiéndome tímida y avergonzada, y todo lo que una persona no debería sentir cuando han estado
evitando el agua corriente como los vampiros el sol.
¿Un día o así? Más bien toda la semana, cerda.
Adam se rió y enterró su nariz en el hueco de mi cuello.
“Genial. Siempre quise tener una novia apestosa. Hito de relación conseguido.”
Le pegué y se dobló, frotándose el brazo y estudiándome cuidadosamente por si volvía a
hacerlo.
“¿Quieres la historia completa?”
Tomé un profundo y tembloroso respiro y asentí. “Creo que es la única manera de que
podamos seguir adelante.”
“De acuerdo. Si ese es el caso, te la contaré con una taza de café y algo para comer.”
Cogiendo su equipaje de mano, me dio la mano y empezó a caminar hacia la entrada. Miré hacia
atrás en la terminal y a los pasajeros que estaban embarcando y fruncí el ceño.
“¿Qué pasa con tu vuelo? Pensé que te ibas a Londres.”
“Volaré luego.” Dijo sin darle más importancia, después cuando se dió cuenta de mi expresión,
se rió. “Soy rico, Ronnie.” Me recordó. “Tengo un jet en un hangar privado a pocos kilómetros de
aquí. Creo que no me pasará nada si me pierdo el despegue.”
Me solté de su mano, con el mal genio invadiéndome.
“Si tienes un jet…” Empecé lentamente. “¿Qué cojones estoy haciendo aquí?”
Levantó las palmas en el aire y me dedicó una brillante sonrisa de culpabilidad enseñando
demasiados dientes.
“¿Porque tu hermana me dijo que era la única manera de sacarte de casa?”
“¿Mi her- Abby?!” Salté. “¿Cómo tienes siquiera su teléfono?”
Adam me miró como si fuera idiota.
“Google.”
Con eso me giré de espaldas y empecé a caminar rápidamente.
“He cambiado de idea.” Declaré. “Vete a Londres. Espero que tengas una vida feliz.” Estaba
tan cabreada que mis buenos deseos sonaron como la maldición de una bruja. Tendría que buscar a
otra persona a quien entrevistar en el programa, pero era mejor que vivir en un mundo donde
Adam y Abbigail estaban compinchados para arreglar mi vida amorosa. Solo el pensamiento de
ambos planificándolo me hizo hervir la sangre.
“¿Ronnie? ¡Espera!”
Cogí más velocidad, pero mentiría si dijera que el sonido de Adam corriendo tras de mí no me
llenó de una profunda satisfacción. ¿Y qué si había buscado en Google a mi hermana? Lo había
hecho para poder hablar conmigo. Para poder tener la oportunidad de arreglar las cosas. Puede
que no me gustara el proceso, pero no podía negar los resultados.
Por otro lado, estaba andando con un chicle en el pie y el personal de seguridad me miraba
como si estuvieran seguros al 75% de que era una terrorista, así que pensé que le haría sufrir un
poco. Al menos hasta que hubiéramos llegado al aparcamiento.
Con la historia completa o no, no estaba segura de cuánto me llevaría confiar enteramente en
Adam después de todo lo que había aprendido de él. Los recuerdos de Papi aún me cortaban
profundamente para que eso ocurriera fácil y rápidamente. Pero Abbigail tenía razón en una cosa.
Adam no era nuestro padre.
Era un hombre al qque sin querer había puesto en un pedestal. Aunque no aprobaba sus
errores, quizás pudiera aprender a aceptarlos. Aprender a perdonarlo. Ya le quería así que en ese
aspecto ya teníamos media batalla ganada. Fuera el que fuera el resultado, tanto si seguíamos
viéndonos o cada uno se iba por su lado, lo que importaba era que finalmente estaba dispuesta a
intentarlo, a escucharlo con la mente y el corazón abiertos.
Por él.
Y por ahora, esto era más que suficiente.
16

Adam

TODO EMPEZÓ con una canción escrita apresuradamente en la parte de atrás de un garaje.
Con la chica, me refiero.
Estaba muy sola, como yo, y tenía los ojos más azules que había visto jamás.
En aquel entonces, llamé “amor” al sentimiento que tenía en el pecho. Lo llamé “para
siempre”.
Pero tenía diecisiete años y no sabía qué sabor tenía para siempre, a qué olía, cómo sonaba.
No hubiera sido capaz de identificar para siempre puesto en una línea con las estaciones y el fin
de semana al lado para poder compararlos.
Pero esto no va de lo tonto que era.
Va de una chica.
La de los ojos azules. Íbamos juntos a todas partes, nos pasábamos largas noches acurrucados
en el sofá del garaje jugando con letras y susurrando acerca del futuro.
Mi deseo era ser uno de los grandes. Viajar por el mundo y ver mi nombre iluminado.
Escuchar mis canciones en la radio. Más que nada quería comprarle a mi madre una casa para que
no tuviera que arreglárselas para pagar la hipoteca de una casa que nunca quiso pero que estuvo
forzada a quedarse cuando mi padre murió.
Ese era mi objetivo principal, el que me mantuvo trabajando en dos sitios a pesar de lo
complicado que me hizo el graduarme. La fama hubiera sido la guinda del pastel pero no era
posible ni de coña que pudiera encargarme de Mamá trabajando por $7.30 la hora en la casa de
empeños local.
El deseo de la chica era encontrar una familia. Pertenecer a algún sitio. Sentir que era querida
de verdad.
Era un sueño sencillo, y una noche sudorosa, desordenada e inexperta en la parte de atrás de
mi ranchera, pensé que lo podía hacer realidad. Resultó ser que los deseos, igual que el para
siempre, eran más difíciles de encontrar, complicados de reconocer e incluso más fáciles de
perder.
Perdió al bebé una noche a una semana de mi primer contrato para un disco. Firmé dicho
contrato con la cabeza de la aguja en la vena del codo y el mundo se disolvió como azúcar a mi
alrededor.
Todo brillaba.
Cuando eres un niño creciendo en las sombras, cualquier luz, sin importar cuanto brille, sin
importar cómo sea de venenosa, parecerá el Nirvana. Aprendí pronto también eso de que iluminar
demasiadas cosas, te pone fuegos artificiales en la sangre y en el cerebro y te deja roto y
sofocante.
Era extraño, pero incluso el estar así era agradable, parecía correcto, y en algún momento dejé
de atenuar mi uso de las drogas para evitar el bajón. Ahí es cuando las cosas se pusieron…
interesantes.
¿Te acuerdas de la chica de antes? Bueno, como esta historia, ella también estaba eclipsada
por el poder que tenía esa aguja dentro. Le gustaba tanto como a mí y, como descubrí después, le
gustaba más la aguja de lo que le gustaba yo. Cuando lo pienso, no creo que hubiera un momento
después de la pérdida del bebé que no estuviera nublado por algo.
Sexo, drogas y rock and roll.
Suena excitante cuando un hombre con una camiseta de red y el pelo largo lo propone. Cuando
destroza una guitarra en el escenario o se tira a una groupie adolescente en la parte de atrás del
bus del tour, tú piensas:
“Este tío lo tiene claro. Sabe cómo vivir.”
Construí toda mi imagen alrededor de la idea de que mi amor por la música significaba que
tenía que amar todo lo que se asociaba con ella. El sexo y la heroína iban en pack. Me convertían
en una puta superestrella y yo estaba en la cima del mundo brillando.
Quemándome.
Cayendo.
Mi madre murió en su nueva casa grande sin hipoteca. Yo no estaba ahí. Me llamó pero yo no
estuve. Estaba demasiado ocupado esnifando coca para escuchar el teléfono. Vi el agujero y me
quedé de pie en el borde.
Salté.
La chica con los ojos verdaderamente azules hizo todo lo que se le ocurrió para reducir mi
caída. Se compró un vestido blanco, me besó, dijo “Sí quiero” y “hasta que la muerte nos separe”.
Yo participé descuidadamente. Fué divertida, nuestra boda, pero como todo lo demás en la vida,
no significó nada. En algún punto ella aceptó que lo establecido era que perdiéramos el control.
Que fuéramos demasiado lejos. Pero ella no podía parar y a mí no me importaba lo suficiente para
intentarlo por mí, mucho menos por los dos. Así que tambaleándonos y riéndonos, caímos en el
olvido y la siguiente vez que el mundo se disolvió no había azúcar.
Sólo sangre.
Ella casi no lo cuenta. La puta de la mesa fue la que volvió en sí y llamó a una ambulancia. De
los tres, ella era la que estaba más en control de sus facultades. Supe más tarde que tenía asma, no
un problema de drogas, y no le gustaba tomarse nada cuando trabajaba con clientela
“impredecible”. Era la razón por la que había sobrevivido tanto tiempo.
Le di la casa que había comprado para mi madre. La que estaba completamente pagada y le di
100 de los grandes. No para que se callara sino porque había salvado algo que yo no pude, y solo
por eso, la consideraba una heroína no reconocida.
Durante los siguientes meses me marchité en un centro de desintoxicación en Europa, mientras
la señorita ojos azules luchaba por su vida. La primera vez que la volví a ver, después de que
finalmente abriera los ojos, fue en un hospital privado en las afueras de Suiza. Era el tipo de lugar
al que iba la realeza para cirugía plástica y nacimientos secretos. Olía a antisépticos y rosas.
Recuerdo ese día claramente. Recuerdo la forma en que la luz rebotaba en lo que se estaba
convirtiendo en una arrugada cicatriz. Ella intentó agarrarme la mano y yo me giré. Evitando que
me tocara como si hubiera algo que temer y yo no fuera el responsable de meterla ahí. No estoy
seguro de si lo que sintió por mí era amor, pero sé que a partir de ese momento en adelante solo
sintió odio.
Las fotografías empezaron porque no podía mirarla. Lo sé ahora. Ella estaba forzada a ver lo
que le había hecho cada vez que se miraba al espejo. Yo no debería tener la posibilidad de mirar a
otro lado, de olvidar.
El mundo palideció, volvió a ser gris. Las sombras alargaban sus largos dedos por todo el
planeta y aunque la música aún estaba ahí, me dejó frío.
Todos mis deseos estaban muertos.
Los ponía delante de la luz y se convertían en ceniza en mis manos.
Y entonces, un día, ahí estabas tú.
No recuerdo la primera vez que escuché tu voz o qué dijiste. Todo lo que recuerdo es que
sonaste jodidamente irritante. No recuerdo las primeras palabras que dijiste, pero recuerdo la
primera vez que te vi. La imagen está grabada en mis retinas. Cada vez que cierro los ojos viene a
mí.
Debería ser casi natural para mí, perderme en la forma en que la luz se refleja en tus tonos
cobrizos del pelo, pero no lo es. Me maravilla cada vez. Ahora, en este café, es tan estremecedor
como las otras docenas de veces que he sido testigo. Ojalá pudiera señalar el momento exacto en
el que pasó. El preciso segundo en el que rompiste el silencio que había construido a mi alrededor
para mantener el mundo a raya, pero se me escapa.
Quizás fue en la playa de Carolina del Sur. La misma a la que solía correr cuando las luces de
mi decadente caravana se apagaban y se estaba más caliente en la playa que tumbado en mi cama.
Escribí mi primera canción en esa playa, ¿te lo había dicho alguna vez?
O quizás fue ese día en el pasillo, cuando el terror te robó el control pero no la tozudez y la
elegancia.
Quizás fue cualquiera de los cientos de momentos que vinieron después.
No lo sé. Quizás nunca lo sepa. Lo que sí sé es que cuando te miro sentada en frente de mí,
todo lo que es ruido, sonido y caos, se queda quieto. En la bruma de la tormenta sensorial que es
un café de carretera que apenas pasa las inspecciones de sanidad, tú eres algo sólido y real.
Verónica.
Puedo jugar con tu nombre en mi lengua como si fuera música. Es una nota, un respiro de las
teclas de un piano con dificultades para permanecer en mi mente, no una persona. Jamás eso. Es un
nombre demasiado mágico, demasiado rítmico, para pertenecer a una persona.
Sí, lo es.
Ve-rón-nica.
Podría cantarlo todo el día.
Saliste de la nada, ¿no?
Mierda.
Mira qué hora es.
Sé que he dicho que me podía quedar. Que podría pasarme el día en esta mesa mientras
estudio la forma de tu cara y preservarla en mi memoria. Algo a lo que agarrarme si decides…
Si tú decides.
Pero realmente me tengo que ir. Se está haciendo tarde y tengo una promesa que cumplir.
Cosas que arreglar. No llores. Voy a volver, te lo prometo.
Un día de estos, apareceré de la nada.
Hasta entonces, quiero que sepas que te echaré de menos, Pelirroja.
EPÍLOGO

“¿P UEDES hacer un poco de zoom con la cámara uno?”


El hombre joven que había detrás de la cámara asintió y ajustó su lente consecuentemente.
Estudié mi iPad mirando los diferentes canales que había en el aparato. No tenía una sala de
control, pero gracias a un amigo de Adam que estuvo toqueteándolo, era capaz de conectarme
remotamente a la proyección en vivo. Me dio una perspectiva de comprensión de qué vería la
audiencia desde casa cuando finalmente pusieran el canal para verlo. Estar filmando delante de un
grupo de personas te destrozaba los nervios, pero afortunadamente podíamos editar nuestros
errores en post-producción antes de que el resto de la nación lo viera.
Estaba agradecida de estar rodeada por un grupo tan grande de personas que sabían lo que
estaban haciendo. Especialmente desde que Adam estaba dentro de él. Las fans continuaban
aplaudiendo y llorando prematuramente, pero no podía culparlas por su excitación. Estaban en la
misma sala que su ídolo. Si conseguíamos acabar el rodaje sin otra fan corriendo hacia él y siendo
parada por el personal de seguridad, consideraría el día un éxito rotundo.
Desde su silla en el escenario, me guiñó un ojo y no pude contenerme a sonreír en respuesta.
Adam se las había arreglado para volver a los Estados Unidos a tiempo para grabar el episodio
piloto, y los índices de audiencia habían sido tan buenos, que lo invité al programa de final de
temporada como invitado musical.
Una temporada.
Y pensar que había estado haciendo esto ya durante un año.
No era apabullantemente exitosa ni nada, pero el programa había ganado unos cuantos hashtags
y una cantidad decente de seguidores en Twitter. Era progreso. Era una pizca de éxito. Estaba
tocando el cielo con la punta de los dedos por esto. Me había gastado ya el dinero del préstamo
del banco que pedí antes de empezar. Aunque Adam había estado más que dispuesto a que cogiera
dinero de su cuenta corriente para financiar el proyecto, no podía aceptarlo.
Lo que sí podía aceptar era el dinero de mi padre.
Entre Abbigail y Gabrielle dándome discursos, empecé a darme cuenta de que usar el dinero
de Papi no era un signo de debilidad. Probablemente jamás sería castigado por todo lo que me
había hecho. Podría escribir un manifiesto, quizás un día lo hiciera, pero no estaba preparada para
vivir con el tipo de atención que iría de la mano de acusar una figura tan reconocida de maltrato
infantil. Por ahora, estaba satisfecha utilizando el dinero que había sido puesto a parte para mi
herencia, para financiar el funcionamiento de mi programa.
Papi tenía recursos que iba a usar, planeé aprovecharme al máximo. Lo que no significaba que
fuera a usar su influencia para entrar por la puerta, solo que sería más práctica cuando se trataba
de alcanzar mis objetivos. Mi talento hablaría por sí solo en la industria y yo reembolsaría la
inversión inicial que hice en mí misma cuando el programa continuara dando dinero.
“Preparad la música.” Susurró Jones en su micrófono y las luces del estudio bajaron.
“-cálida bienvenida a nuestro escenario a la leyenda musical, Spade.”
La audiencia se volvió loca y yo me reí. Con Adam aquí, las tarjetas con indicaciones eran
prácticamente inútiles. Una cámara sacó una panorámica de la audiencia gritando mientras la otra
bajó en picado para tener un plano más cercano del humo que subía ya cubriendo el segundo
escenario. Lee y su invitado de la noche se acomodaron en sus asientos para ver el programa
mientras los focos se encendieron todos de golpe, iluminando al hombre del momento y la razón
por la que la mayoría de los asientos estaban ocupados.
Miró por todo el espacio hasta que encontró mis ojos de nuevo.
Un año.
Había pasado un año entero desde que me dejó en ese café. No le seguí para verlo despegar.
Ese día estaba convencida de que no le volvería a ver jamás. En todo caso, el dolor de perderlo
una segunda vez era peor que el de la primera. Me pasé días en la casa hasta que fuí capaz de
volver al trabajo. Me pasé tanto tiempo llorándolo que cuando entró bailando al estudio ese día
con el guión listo, pensé que había visto un fantasma.
Dijo que llegaría a tiempo, que estaría ahí, pero eso no evitó que contactara a otros posibles
famosos por si acaso. Ese fué el primer paso para volver a ganar la confianza que había perdido.
Saber que podía contar con él incluso cuando seguía un rastro de décadas de antigüedad de los
padres biológicos de Gabrielle, asentó a la pequeña, insegura y asustada niña que aún vivía en mi
interior.
“Esta es para ti, Pelirroja.” Dijo al micrófono, sus labios estaban tan cerca del metal
agujereado que sus palabras fueron como un beso incluso a metros de distancia en los laterales. La
gente gritó otra vez, el equipo me miraba divertido cuando mi cara pálida fue brevemente
capturada en la cámara. Saludé tímidamente y mi anillo de compromiso relució incluso con las
luces bajas.
Adam acarició su guitarra y toda la atención se volvió a posar en él tan abruptamente que
hubiera sido ofensivo si hubiera sido cualquier otra persona. Pero sabía mejor que nadie cuán
cautivador era de mirar. Para su primera canción, eligió algo que tenía el ritmo del latido de un
corazón. Cantó sobre cómo podría buscar por todo el mundo y jamás encontrar un amor como yo
otra vez. Se lamentó por las oportunidades perdidas y encontrar su camino. Cuando echó su
cabeza hacia atrás y saltó al solo de guitarra, pude sentir como todo el mundo se quedó sin
respiración. Su pelo corto y rubio salvajemente despeinado brilló bajo las luces danzantes. El
humo bailó alrededor de sus piernas, y bajo el borde de su camiseta vi un destello de uno de sus
nuevos tatuajes.
Me puse a bailar, moviéndome con el ritmo de la música que marcaba la batería y la rugiente
energía de su guitarra. Verlo actuar en vivo siempre me dejaba boquiabierta. Me iba a casar con
una superestrella. Un hombre que crecía con su música día a día. Ayudar a Gabrielle le había
quitado un peso inmenso de los hombros, tanto que casi no podía recordar los días en que su
carácter era peligrosamente fuerte. Solía caminar por la vida como un hombre que deseaba la
muerte y aunque aún odiaba a esa tía, estaba agradecida a Gabrielle por quererle lo suficiente
para dejarlo ir.
A la audiencia le encantó, pero no era para lo que habían venido.
La siguiente canción a la que se lanzó no era de amor. Era de destrozar mierda y salir de fiesta
con strippers y puse los ojos en blanco, concentrándome en mi iPad para preparar los créditos
finales. Aunque su trabajo había madurado con él, Adam siempre sería un niño salvaje de corazón.
La única razón que le hacía contenerse de destruir su equipamiento en una exaltación que solía
llenarlo en sus actuaciones era que había firmado un contrato prometiendo que no lo haría. No
había muchas mujeres que controlaran el caos inherente de su prometido con contratos legalmente
vinculantes, pero Adam era sorprendentemente obediente cuando tenía que ver con abogados.
Sospechaba que era porque tuvo que lidiar con unos cuantos, lo cual no tuvo que terminar
necesariamente bien.
“Sube el volumen de su micro y prepárate para cortar la música de fondo en 3, 2, 1 …”
La música llegó a su crescendo y abruptamente se silenció, Adam acercó su boca de nuevo al
micrófono e hizo un serio contacto visual con la cámara mientras prometía anarquía y destrucción,
y la mirada que tenía, el reto, me cortó la respiración. Le dedicó un guiño de ojos al público, la
música de fondo volvió como una venganza, y desde donde yo estaba, podía ver a mi
conservadora, que-totalmente-ya-no-era-una-miembro-de-su-club-de-fans hermana. Con ese guiño
se llevó las manos al pecho, su cara se volvió absolutamente roja, y mientras la miraba, sus ojos
rodaron hacia dentro de su cabeza y se cayó de espaldas encima de un técnico de sonido.
Sabía que no debería haberla traído al set cuando él estaba actuando, pero le debía varios
favores y ella no iba a dejarme romper mi palabra.
“Cámara tres, retírate un poco.” Dije. “Quiero una imagen ancha del escenario para la última
escena.” El cámara obedeció, y vi el resto del programa reproducirse en mi iPad. Mi vida no era
perfecta, pero me había llevado un buen tiempo llegar al punto donde era feliz con ella. En un año,
para esa época, iba a estar casada y con suerte trabajando en la segunda temporada. Por ahora,
estaba trabajando en el guión para mi próximo proyecto. Un documental enfocado en el maltrato en
Hollywood. Iba a ser como meterse en la boca del lobo y probablemente iba a tener problemas
cuando Marshall Fraiser se diera cuenta que tendría el rol protagonista…
Pero eso era para el año siguiente, cuando la idea de enfrentarme a él no me dejara mareada y
temblorosa. Mientras tanto, me iba a centrar en el señor ojos ámbar y la voz azucarada como la
melaza, todo lento, dulce y cuidadoso.
No había forma de saber qué me iba a deparar la vida una vez decidiera encararme a mis
demonios. Adam luchó con los suyos, así que tenía sentido que yo aprovechara mi turno.
Extrañamente, incluso sin saber qué pasaría y teniendo las posibilidades en mi contra, sabía que
entre mi hermana la psicótica y la “bestia” de mi futuro marido, podía enfrentarme a cualquier
cosa.
“Atenúa las luces.”
“Cámara dos, dame un encuadre de Lee.”
A través de mi pantalla los créditos rodaban y en el estudio las luces se debilitaron con las
últimas notas rebeldes de las cuerdas de Spade flotando en el aire. Sonreí en la oscuridad cuando
la audiencia enloqueció, con unos gritos tan altos que se oían por todo el edificio.
Las luces de la sala volvieron a la vida y lo encontré fácilmente, respirando fuerte y
sonriéndome desde detrás del micrófono que aún sujetaba con una mano. Podía escuchar la
apasionada charla de Abby mientras el técnico de sonido la ayudaba a ponerse de pie y sonreí,
más feliz de lo que nunca creí que podría estar.
“¡Se acabó!”

Fin.
BULLY
¿No puedes aguantar hasta el próximo libro apasionante? Aquí tienes un fragmento exclusivo
de mi nueva novela, Bully!
POSTFACIO

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horas. De verdad esperamos que te haya gustado el viaje en el que “Bestia” te ha llevado y nos
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