En la trascendental relación entre los cielos, la tierra y el hombre, surge la permanente
pregunta acerca de la naturaleza del tiempo vivido y los abruptos cambios, muchas
veces dramáticos, que acontecen en el esquema de los sucesivos ciclos cósmicos. No
hay pueblo sobre el planeta que no haya desarrollado alguna clase de observación
sistemática del Sol, la Luna y las estrellas con el fin de medir el tiempo y a la vez
determinar el porvenir. Nuestra tradición astrológica no es una excepción a esta regla.
Sin embargo, las potentes fuerzas de disolución que configuran todo el desorden que se
ha instalado en el mundo moderno no podían sino trastocar también a la astrología,
tanto en su teoría como en su técnica. Es por ello que, a fin de exponer con claridad la
doctrina tradicional de las eras astrológicas, es imprescindible retrogradar en el tiempo
para retomar el punto de vista que los antiguos astrólogos tenían acerca de su noble
oficio y de la enseñanza sobre el tiempo que de éste se deriva.
Advertimos al lector que los siguientes párrafos están muy lejos de alinearse con lo
políticamente correcto y no pueden menos que frustrar o suscitar el rechazo de los
adscritos a la tendencia modal que rige el presente statu quo. Hemos titubeado sobre
escribir acerca del tema, pero finalmente hemos decidido hacerlo en honor a la verdad,
por más incómoda que ésta pueda resultar. La astrología moderna es una distorsión y
simplificación extrema del verdadero arte celeste. John Frawley lo señala con tal
claridad en su obra La verdadera astrología, que sus palabras pueden resultar ofensivas
para una gran cantidad de entusiastas. Dice Frawley que: “La astrología moderna es
basura. Como astrólogo profesional en activo considero necesario dejar claro esto desde
el principio. Lo que actualmente pasa por astrología no es sino un sucedáneo de la
ciencia que se practicaba antiguamente”. Más adelante agrega:
Los esfuerzos por rehacer la astrología desde el punto de vista de la cultura occidental
moderna la han distorsionado irremediablemente más allá de todo reconocimiento. En
primer lugar fue reformulada en forma de teosofía, después con la forma del
psicoanálisis junguiano, y después con la de la Nueva Era de la costa oeste americana.
El británico no desperdicia ni una coma en hacer concesiones diplomáticas, en un libro
que debería ser texto obligado de todo aquel que se interese seriamente por el arte
hermético de los astros.
La astrología tradicional reconoce sólo cinco planetas y dos luminarias, dos nodos
lunares, decenas de estrellas fijas y otras tantas decenas de partes arábigas que, en
relación con los 12 signos zodiacales y las 12 casas astrológicas, configuran la perpetua
y cambiante danza del tiempo cuyas infinitas combinaciones entre elementos generan la
compleja riqueza del devenir. Sobre estos movimientos celestes el astrólogo tradicional
realiza toda una serie de cálculos siguiendo algoritmos predefinidos, cuyo fin último es
la delineación y predicción de los eventos futuros, tanto humanos como naturales. En
este contexto, los grandes ciclos de tiempo cósmico que afectan a la humanidad como
conjunto se insertan en el marco de la denominada astrología mundana, que trabaja con
cartas astrales de grandes conjunciones, ingresos cardinales —también conocidos como
revoluciones del mundo—, eclipses y lunaciones, aparición de cometas, cartas
fundacionales, etc. Todas estas figuras astrales conforman un enredado pero inteligible
mapa del destino colectivo, permitiendo avizorar con mucha anticipación los accidentes
y giros de la historia. De tal modo, la astrología mundana nos presenta una doctrina
sobre los ciclos cósmicos y las cualidades del tiempo que, repartido en eras sucesivas,
modela como un alfarero la arcilla de las culturas y civilizaciones.
Resulta de sobra conocida la división del tiempo cíclico en 4 eras consecutivas que se
reiteran permanentemente. En Las metamorfosis, Ovidio nos narra la historia mítica de
una humanidad que va degenerando progresivamente a medida que el tiempo se aleja
del punto de origen, pasando por las edades de oro, plata y bronce hasta llegar a la
presente Edad de Hierro, donde la impiedad y el egoísmo reinan por doquier. La noción
moderna de progreso histórico es aquí una broma de mal gusto. Pero es en la doctrina
hindú de los ciclos cósmicos donde se refleja mejor la noción de un tiempo circular, una
idea que contradice la noción lineal y progresiva del tiempo histórico. Tanto en la visión
mítica del mundo como en la perspectiva astrológica, la danza del tiempo es siempre
cíclica, repitiéndose a sí misma en plazos tan vastos que exceden la capacidad de
transmisión cultural entre distintas civilizaciones. Tales son los períodos contemplados
en los grandes ciclos de tiempo.
En la India, el vedanta sitúa a la actual humanidad en pleno inicio del Kali Yuga, la más
oscura y vil de las edades, en donde la verdad, la modestia y el honor han desaparecido
casi por completo. Estas enseñanzas tradicionales no hacen otra cosa que confirmar el
desvarío de una época que confunde el desarrollo tecnológico con la plenitud
ontológica. Resulta groseramente incongruente comparar las nociones hindúes del Kali
Yuga con el espíritu ingenuo y demasiado liviano con el que tantos adictos a la
tendencia new age asumen el tiempo venidero. Algo está completamente mal en el
enfoque y sostenemos que es por la obvia falta de rigurosidad de una moda que ha
llegado a convertirse en un gran éxito comercial. Hay muy poco espacio para el rigor
del conocimiento dentro de un fenómeno mercantil de superventas. Pero si de
confusiones se trata, los extraños significados atribuidos a la era de Acuario son un
ejemplo de referencia sobre la incomprensión, cuando no la subversión, a la que están
sometidas todas las doctrinas tradicionales en el marco de la modernidad.
Se atribuye al gran astrólogo persa Abu Ma'shar al-Balkhi (787-886 d. C.) la primera
definición de las edades astrológicas basadas en la precesión de los equinoccios. Sin
embargo, la interpretación moderna en torno a la más reciente de dichas edades resulta
totalmente errónea y antojadiza, a gusto de una modernidad que parece poco dispuesta a
enterarse de la verdad. En su lugar aparece una versión lisonjera y edulcorada, mucho
más comercializable. Abu Ma'shar, como cualquiera de sus colegas posteriores, reiría a
carcajadas si oyera la dulzona falsificación con la que se pretende suplantar la auténtica
doctrina astrológica. Desde una religiosa y mística era de Piscis, regida por el benéfico y
generoso Júpiter, estamos entrando en los siguientes 2 mil 148 años de Acuario, una
edad de laicismo y ciencia racional, regida por el maléfico y severo Saturno. No
exageramos; benéfico y maléfico son adjetivos tradicionalmente utilizados en astrología
para identificar los efectos de un cuerpo celeste dado. De este modo, Júpiter y Saturno
son respectivamente el gran benéfico y el gran maléfico de la astrología tradicional. Y
como es de esperar, existe una diferencia sustancial entre una edad astrológica regida
por un benéfico y otra bajo el influjo de un maléfico. Hay también planetas neutros y
ambivalentes como Mercurio, pero por los siguientes 4 milenios estaremos bajo la
influencia de Saturno, ya que su sustancia reina tanto sobre Acuario como sobre
Capricornio, la edad astrológica inmediatamente posterior a la del escanciador.
La era de Acuario está muy lejos de ser un bonito despertar colectivo lleno de
luminosos arcoíris irradiando paz y amor sobre el mundo. La fase acuariana de la
humanidad está en perfecta sintonía con el Kali Yuga descrito en el Mahabharata,
mucho más que la precedente era de Piscis. Porque a medida que el tiempo discurre, se
aleja paulatinamente del punto inicial que los mitos de todas las culturas ancestrales
describen como una Edad Dorada. En otras palabras, el tiempo degenera y con él
también la historia humana. Es así que a medida que nos acercamos al fin de ciclo, la
percepción del tiempo se acelera, las costumbres se relajan y la cultura se degrada. Con
una humanidad inconsciente de las poderosas fuerzas astrales que la dirigen hacia el
colapso de la civilización occidental moderna, el surgimiento de una etapa totalmente
distinta es ya un hecho en ciernes. Pero no conviene apresurarse. El cierre del círculo y
el consiguiente retorno a la Edad de Oro están aún lejos de iniciar y la prueba está en el
desordenado estado del mundo actual. Estamos al comienzo de los dolores del parto,
cuyos tiempos son los de las estrellas, no los pequeños plazos que marcan el reloj
humano. Por supuesto que tras el Kali Yuga tendremos un largo y saludable Satya
Yuga, pero no es prudente comenzar la fiesta antes de que lleguen los invitados. Incluso
los que practican la forma estertórea de la astrología psicológica saben que Urano, el
planeta moderno al que atribuyen regencia sobre Acuario, no produce otra cosa que
inestabilidad y revueltas.
Los cambios de era suelen traer aparejados cataclismos naturales y grandes trastornos en
el orden social, especialmente si en dicha edad reina un planeta maléfico. Quizás
podamos entenderlo mejor si miramos al pasado, teniendo presente que el tiempo
vuelve circularmente sobre sí mismo. La anterior era de Acuario ocurrió hace unos 25
mil años atrás y fue la época del desastroso diluvio universal narrado en la mitología de
todas las culturas del planeta. Fue una época marcada por el abrupto inicio de los
grandes deshielos tras la última glaciación. Los mares subieron dramáticamente de
nivel, dejando extensas regiones bajo las aguas, mientras que las copiosas lluvias
inundaron el resto de los terrenos. He aquí la razón por la cual Acuario es representado
como un gigante que derrama un enorme cántaro de agua sobre la tierra. A nadie
extrañe entonces que la era de Acuario se corresponda con una larga fase de desajustes
climáticos. Algunos estudiosos identifican la figura de Acuario con Deucalión, el único
hombre que se salvó del diluvio universal en la versión griega del conocido mito. Nos
volvemos a encontrar la noción de una edad marcada por el desastre.
En lo social, la era de Acuario es un período caracterizado por el humanismo laicista, el
materialismo científico, la estricta cuantificación como vía de conocimiento, la erosión
de todas las estructuras jerárquicas, la desaparición de la familia en favor del individuo
aislado, los grandes triunfos tecnológicos y un sentimiento generalizado de malestar
social con la aparición de ideologías seculares que buscan subvertir todo el orden
establecido bajo consignas libertarias. Se observan híbridos como el socialismo
capitalista, el ecoanarquismo y el feminismo radical en reemplazo de la identificación
con los conceptos de nación, familia, etnia y religión. Como el espíritu de los tiempos
está instalado, hablar de identidad local y arraigo puede parecer avinagrado o demasiado
conservador. La Edad Media y el Renacimiento pensaban así. Al hombre moderno le
resulta incomprensible, ya que la globalización ha generado una situación de contagio
cultural desde las naciones ricas hacia las más pobres, haciendo proliferar al hombre-
masa de Ortega y Gasset. Otras características relevantes de la nueva era astrológica son
el trío conformado por la superficialidad, el mercantilismo y la masificación. Por
supuesto que también se observarán beneficios, como los notables avances de la
medicina o la superación de muchos prejuicios y discriminaciones odiosas, pero en el
balance final se trata de una edad llena de apegos materiales, vigilancia tecnológica y
férreo control sobre las masas, características propias de Saturno, el planeta de la
ciencia, la materia y las restricciones.
La masificación acuariana genera una tendencia a fusionarlo todo, al punto de diluir las
diferencias religiosas y filosóficas en un amasijo que carece de profundidad, pero que
resulta del agrado de la muchedumbre. En su momento, las poderosas élites podrán
servirse de él para mantener a las masas lejos de la intervención sobre sus intereses y
negocios, como ya lo hizo la CIA fomentando el abuso de drogas psicodélicas para
evitar que el movimiento hippie se transformara en un peligroso movimiento político.
La versión liviana y distorsionada de la era de Acuario hunde sus raíces en una larga
serie de confusiones y desarreglos que parten con los esfuerzos de gente como Alice
Bailey o Benjamin Creme, quienes esparcieron por el globo las dislocadas ideas de la
Sociedad Teosófica a las que añadieron las suyas propias. Luego la publicación y venta
de libros de autores afines creció exponencialmente porque redituaba muy bien a las
casas editoriales. La bola de nieve corría montaña abajo y fue cuestión de unas décadas
para que el rico nicho cultural de California, sumamente amigable con las nuevas ideas,
otorgara un suelo fértil para la proliferación de sus setas. Nace así una concepción
invertida y polícroma de la venidera era de Acuario. Desde entonces el movimiento
pasaría a ser conocido como “Nueva Era”. Naturalmente, todo este entuerto fue
anunciado en el firmamento por la posición y movimiento de los planetas.
El 4 de febrero de 1962 ocurrió un fenómeno astrológico sumamente inusual, pero
tremendamente significativo. Aquel día los siete astros errantes de la astrología
tradicional —el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno— se juntaron
muy apretados el uno contra el otro en el signo de Acuario, formando lo que los
astrólogos conocemos como un stellium. En astrología el stellium es una conjunción de
cuatro o más planetas dentro del mismo signo zodiacal. En este caso, la reunión de
todos los astros de la carta astral en el mismo lugar es un acontecimiento extraordinario,
aunque nada beneficioso. Cuando todo el peso se carga hacia un solo lado de la balanza,
se produce un enorme desequilibrio. El cielo es una balanza cósmica. Si todos los
planetas más el Sol y la Luna inclinan su fuerza sobre un solo signo, tenemos un grave
problema. Una situación semejante anuncia tiempos complicados de gran inestabilidad
y destemplanza. Aunque los astrólogos no se ponen de acuerdo sobre la fecha en que el
punto vernal entrará en Acuario, dando inicio a la nueva edad, lo cierto es que este
gran stellium de 1962 en el signo del aguador hizo entrar en el mundo una locura
colectiva que seguiremos viviendo por bastantes años, puesto que no se producirá nada
similar en siglos. Esta enorme conjunción dejó a todos los astros a disposición del que
regía sobre el signo en el que se produjo: Saturno, el gran maligno. A falta de claridad
sobre el inicio de la era de Acuario, este evento marca un precedente que bien podría ser
considerado como proemio.
A fines de julio de ese mismo año un raro eclipse anular de sol atravesó cerca del
ecuador de la Tierra, oscureciendo al astro rey en su propio domicilio de Leo, signo
directamente opuesto al de Acuario, donde ya había sido afligido por exilio durante
el stellium. Por otra parte, la gran conjunción de Júpiter y Saturno ocurrió en el signo de
Capricornio casi 1 año antes. Allí Saturno es fuerte porque tiene domicilio, mientras que
Júpiter está muy debilitado por encontrarse en caída. Nuevamente nada auspicioso para
los tiempos que se avecinaban. Si lo que viene es realmente luminoso, habría que
preguntarle a los new agers por qué los sabios de la India siguen apuntando a las
grandes dificultades espirituales que se aproximan a medida que nos hundimos más y
más en el Kali Yuga. El gran astrólogo védico Aryabhata (476-550 d. C.) intentó
enlazar el ciclo mitológico hindú con la cuenta astrológica, datando el comienzo del
Kali Yuga en el 3102 a. C. Según la mayoría de los pandits, la edad oscura ha de durar
nada menos que 432 mil años. Por lo tanto, habrá que armarse de muchísima paciencia
y evitar las celebraciones prematuras.
Hubo un conde francés que se hizo famoso entre otras cosas por decir que todo pueblo
tiene el gobierno que se merece. Se llamaba Joseph de Maistre (1753-1821), quien al
ver la sangrienta avalancha de la Revolución Francesa escribió: “Hemos de estar
preparados para un acontecimiento inmenso en el orden divino, hacia el cual
marchamos a una velocidad acelerada que debe llamar la atención de todos los
observadores. Terribles oráculos anuncian ya que los tiempos se han cumplido”. Hoy,
plenamente insertos en el afluente acuariano y saturnino, hemos de saber a qué
atenernos, porque no la tendremos fácil. Y no es que la era de Piscis haya sido todo un
primor, pues la religión realmente llegó a convertirse en el opio del pueblo y surgieron
monstruos como la inquisición, las cruzadas y la quema de brujas. Nadie podría negar
que los numerosos abusos de la edad anterior son dialécticamente responsables de los
excesos de la nueva edad que inicia. Así, el rígido conservadurismo, los abusos de poder
y el moralismo autoritario en la era de Piscis son antecedente y causa del libertinaje, la
fragmentación individualista y la anomia social en la era de Acuario. La historia
humana es una concatenación de eventos inevitables y astrológicamente predestinados,
siempre marcados por el exceso.
Los sabios siempre han entendido que a todo declive le sigue un florecimiento. La vida
surge de la muerte como la muerte surge de la vida. No queremos transmitir desazón ni
desesperanza, pero el mundo actual debe perecer para que surja un hombre nuevo. En
esa futura germinación debemos poner nuestras intenciones, no importa que aún esté
distante. Allí habrá verdadera paz, justicia, bondad, respeto, prudencia, sabiduría y
sobre todo comunión con la Divinidad. Pero por ahora nos toca aceptar que falta mucho
tiempo para el retorno a la Edad Dorada, lo que no impide que cada uno de nosotros
haga su propio trabajo interior a contracorriente.