EL ORIGINARIO ROSTRO DE LA VERDAD,
LA EVIDENCIA Y LA CERTEZA
Pablo Domínguez Prieto
Facultad de Teología San Dámaso
Madrid
No sueJe ser frecuente introducir la experiencia de la libertad y del
amor en el contexto de la epistemología. La Fides et Ratio resulta, por
ello, una'invitación a una renovación del discurso filosófico. Con preci-
sión en los términos y en el desarrollo, el profesor Seifert ha introducido
bellamente estas categorías en el nuclear tema de la evidencia, la certeza
y la verdad. Sean éstas, mis palabras —no pretendo más- una reflexión
en alto, acaso una mirada complementaria, de esta misma linea de pensa-
miento 0, por mejor decir, de esta misma experiencia de la vida.
I. INTRODUCCIÓN: LA CUESTIÓN DE LA VERDAD
ES LA CUESTIÓN DE LA VIDA
Todo lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte
por ello en parte de nuestra vida (R I).
¿Ha existido, acaso, alguna cuestión que ataña más al hombre concreto
que el anhelo de la verdad? Dicho de otro modo, ¿ha existido algUn
hombre que no haya tenido como explícito fin el vivir verdaderamente, y
el conocer verdaderamente el mundo y a si mismo?
Hasta los filósofos más ajenos al pensar metafisico, incluso hasta los
que han proclamado como doctrina la inexistencia de la verdad, reduelen-
do ésta a ideología —los nihilistas-', 0 disolviéndola por inconsistente
"Además, como consecuencia de la crisis deJ racionalismo, ha cobrado entidad
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— los posmodernos-, no han podido dejar de experimentar en el hondón
de su ser lo que Platón dijera con singular ftrerza: la verdad no se confuta
jaás2. O, acaso, ¿acaba con la pretensión de verdad el nihilista
Nietzsche cuando anatematiza a Sócrates? o, ¿no se erige en un coloso del
dogmatismo cuando osa poder matar a Dios? El nihilismo cree negar la
verdad3... sin darse cuenta que realmente la verdad no se niega 0 se
afirma: sino que, en la existencia concreta del hombre, de la verdad 0 se
vive 0, de su ausencia, se muere.
El tema de la verdad es el tema de la vida*. Erradiquemos desde el
comienzo de esta cuestión los planteamierttos en exceso intelectual istas que
no hacen sino relegar la verdad al reino de las aisladas ideas, al reino de
la pura razón (que es la razón más impura, la menos razonable). Uniendo-
nos al grito anti-intelectualista de Kierkegaard en su atinada censura al
idealismo hegeliano, no podemos por menos que afirmar que el mundo
moderno se ha olvidado lo que significa existir ؛incluso más, el filósofo
moderno se ha olvidado de lo que significa vivir. Y es que, —con pala-
bras del filósofo danes- "existir es ser un individuo ؛lo abstracto no
existe (...). Ser un individuo es escoger y apasionarse;, la existencia es el
momento de la decisión y de la pasión".
el nihilismo. Como filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros
contemporáneos. Sus seguidores teorizan sobre la investigación como fin en si misma,
sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad. En la interpreta-
cidn nihilista la existencia es sOlo una oportunidad para sensaciones y experiencias en
las que tiene la primacía lo efímero. El nihilismo esta en el origen de la difimdida
،nentalidad segUn la cual no se debe asumir ningUn compromiso definitivo, ya que todo
es fijgaz y provisional" (FR 46).
2 Gorgias 473Β.
3 "¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, tnetoni-
mias, en resujnidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas,
extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso,
un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes ؟las verdades son ilusiones de las
que se ha olvidado que lo s؟n ؟metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza
sensible (...)" (F. Nietzsche, Uber Wahrheit und Luge in (msermoralischen Sinn [1873!
4 ״La verdad se presenta inicialmente al hombre cojno un interrogante: ¿tiene
sentido la vida? ¿hacia dónde se dirige?" (FR 26).
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EL ORIGINARIO ROSTRO DE LA VERDAD 241
Esa es la gran ausencia del pensamiento pseudo-filosOfico: no la de
ideas, sino la ausencia de realidades. Cuando Aristóteles afirma en el
segundo libro de la Metafísica que es justo llamar a la filosofía la ciencia
de la verdad 5, no hace sino unir verdad y vida; verdad y pasión, verdad
y hombre concreto.
El hombre es el Unico de los animales que se pregunta y que busca
respuestas a sus interrogantes; el hombre es el Unico que, más allá de la
ciega violencia, es capaz de discutir: discute porque le interesa la verdad
de las cosas ٥. Y no sólo se pregunta por el sentido de lo que le rodea,
sino que el hombre se pregunta por si mismo. Estas preguntas no son, en
modo alguno, un mero ejercicio de vacio e idealista intelecmalismo. Estos
interrogantes son, en verdad, la carne de la propia contingencia humana;
son la expresión más honda de nuestra pasión más fontal. No, no es el
orden cartesiano ,—cogitó ergo sum— el que hace justicia con la experien-
cia humana, sino —sirviéndome de la dilucida expresión orteguiana—
debería decirse cogito quia vivo. "No, señor Descartes -aduce Ortega—:
vivir, existir el hombre, no es pensar; vivir, existir, no es estar solo, sino
al revés, no poder estar solo consigo, sin hallarse cercado, inseguro y
prisionero de otra cosa misteriosa, heterogénea: la circunstancia, el
universo. Y para buscar en Ó1 alguna seguridad, como el náufrago mueve
sus brazos y nada, vuestra merced se ha puesto a pensar. No existo
porque pienso, sino al revés, pienso porque existo" 7. Oigamos, si no, a
un apasionado de su vida —tan apasionado como atormentado— Unamu-
no: "Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender 0 de no com-
prender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la
vida misma. (...) No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen opti-
993 اb, 20.
٥ "El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para
insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, esta
inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sOlo el lenguaje y la formación
cultural, sino también nuchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos
modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades
puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad critica del
pensamiento" (FR 31).
7 L Ortega y Gasset, En el centenario de una Universidad. Conferencia en Granada
en 1932, en Obras completas ٧ (Madrid 1983) 468.
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mistas 0 pesimistas, sino que es nuestro optimismo 0 nuestro pesimismo
(...) el que hace nuestras ideas" 8.
Ante el tema .de la verdad, en conclusión, hemos de evitar dos excesos:
el racionalista, que identifica la vida con el pensar; y el pseudo-vitalista,
que considera el pensar como enemigo de la vida. El pensamiento, el
conocimiento de la verdad, es parte de la vida. La verdad no es mera
presencia de lo real en la nuda inteligencia, sino que —en términos
zubirianos— se trata de una presencia de lo real ante una inteligencia
sentiente, afectante y volente. La verdad es resplandor; y es un resplandor
que refitlge sobre toda la vida de la persona, animal de realidades*. La
verdad, por ende, tiene que ver con el gozo y la tristeza, con la paz y la
angustia, con el ser y la nada.
II. LA EVIDENCIA Y LA CERTEZA: CONTORNO
DE LA VERDAD EXICTENCIALMENTE VIVIDA
Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enral-
zar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé
una certeza no sometida ya a la duda" (FR 27).
Cuando la verdad es una experiencia auténticamente vivida, existencial-
mente incorporada, es reconocida como definitiva y universal. La verdad
exige inmutabilidad. Dicha inmutabilidad deja en el espíritu humano una
impronta que llamamos certeza. La opinión, la duda, la conjetura es, por
el contrario, el halo de lo cambiante, de lo transitorio. Podríamos afirmar
que la vivencia de la verdad auténtica es la certeza, siendo, por ello, la
certeza un estado subjetivo que acompaña a la posesión de la verdad. '٥
اM. de Unamuno, El sentimiento trágico de la 1,،/( ״Madrid 1913).
" ”(...) A la acción diferencialmente humana subyace una habitud propia: el
enfrentamiento con las cosas como realidad. Es un enfrentamiento ante todo aprehen-
sor, pero también de volición y sentimiento. (...) Todo comportamiento humano se
inscribe en una sola habitud, en un solo enfrentamiento propio. Es lo que expresamos
diciendo que el hombre es animal de realidades" (X. Zubiri, Sobre el hombre !Madrid
1986] 40).
' ״Cf. s. Tomás, In /// Sent., d. 26 q. 2 a. 4; s. 77(., Ι-ΙΙ q. 112 a. 5, ad 2;
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EL ORIGJNARJO ROCTRO DE LA VERDAD 243
,Pero, ¿cómo se reconoce dicha inmutabilidad? ¿qué es lo que hace que el
ente se perciba como decisivo y terminante?: la evidencia. Por eso, el
rostro más original de la verdad es la evidencia. En efecto, la evidencia,
que es una propiedad del ente de imponerse por si mismo al espíritu
cognoscente, es la primera huella que nuestro ser busca para elevar el
edifi'cio de un conocimiento veraz. Cuando la evidencia irrumpe, la verdad
aprehendida, abrazada, se vive en forma de certeza. Es la verdad, por
tanto, la "casa propia del hombre", siendo su antesala la evidencia y su
brillo la certeza. Del mismo modo que no se puede vivir sin verdad, no
cabe vivir sin certezas y sin el reconocimiento de las evidencias.
(...) es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafisico, capaz
de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad,
a algo absoluto. Ultimo y fimdamental (FR 83).
La bUsqueda incansable de la absoluta verdad por parte del hombre
tiene su primer momento en el rastreo de las evidencias. Asi lo afirma
Aristóteles en lo que podríamos considerar el prólogo a la metafísica
occidental. Asi lo han sostenido innumerables filósofos ؛asi -principal-
mente— lo experimenta nuestra cotidiana existencia. Una auténtica vida
es la que trasciende lo mutable y puede descansar en lo permanente, en
lo eterno, que tanto atractivo tiene para el espíritu humano. Las eviden-
cias, por otra parte, introducen al hombre en el ámbito del don. Lo
evidente es lo que le es dado, lo que le es ofrecido 'gratuitamente... Las
evidencias no se construyen sino que se acogen. Realmente, no encontra-
mos evidencias, son ellas las que nos cautivan.
¿Cuáles son las evidencias que se le imponen al hombre? Sirviéndonos
de una elemental concepción antropológica, podríamos distinguir tres tipos
de evidencias, correspondientes a las tres esferas fimdamental es de la
relación del hombre con lo real: la sensibilidad, la racionalidad y la
voluntad. A la esfera de la sensibilidad corresponden, las "evidencias
existencia!es" ؛a la esfera del entendimiento corresponden las "evidencias
racionales"; a la esfera de la voluntad, las que cabria llamar "evidencias
eticas". Asi, en el primer grupo de las evidencias nos encontramos con la
Suárez, De Grafía, 11 U y IX.
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existencia del mundo; en el segundo grupo, con los principios analíticos
que expresan la perfecta unidad y los primeros principios absolutos; en el
tercer grupo, la percepción de la amabilidad de lo bueno (que responde a
la esencia misma de la voluntad como "habitudo ad bonum").
Aquí tenemos ya un precioso tesoro: el de las primeras evidencias que,
al ser experimentadas, producen las primeras certezas. Por tanto, tenemos
ya una primera seria objeción que hacer a Descartes: que haya reducido
todas las evidencias a las evidencias racionales, sin querer admitir que esa.
imposición de lo real se da también en las otras dimensiones.
Hasta aquí parece que todo va "cuadrando racionalmente"; sin embar-
go, una mirada atenta descubre una radical y fondamental carencia. Los
datos de las evidencias que se nos ofrecen son parciales y, por tanto, entes
de razón: por un lado, la existencia; por otro, la unidad 0 simplicidad; por
otro, la bondad. Pero, ni, la existencia se da separada de la esencia, ni la
unidad separada de la existencia, ni ambas separadas de la bondad. Por
ende, cada una de esas tres "vivencias" de las evidencias, y sus certezas
subsiguientes, no son, en si, un puro reflejo de la verdad, que es, por
esencia, indivisible.
De lo dicho se desprende una conclusión: que la evidencia por antono-
masia, lo más evidente para el hombre, ha de ser la evidencia de aquél
ente que reUna en la más absoluta unidad las tres cualidades antedichas:
existente, simplicfsimo y absoluto, y bueno. Sólo esa tal realidad saciaría
plenamente el anhelo humano de verdad, evidencia y certeza. Sin este
sentido unitario, lo demás seria una mera instrumentalización del saber,
sin conexión alguna con la vida del hombre
La pregunta por esa realidad máximamente evidente -simple, existente
y absoluto— es la pregunta por Dios. Esa pregunta es ya —en su esencia
más honda— el reconocimiento que la razón humana hace de la existencia
de Dios. En esa pregunta Dios es, al menos, tenuemente confesado. Lo
que la razón busca sólo en Dios lo encuentra. Sólo Dios es la unidad
simplicisima, el bien sumo y la existencia en si. Sólo las notas de Dios
dan respuesta a la bUsqueda del hombre. En este momento, la razón se
" "Una filosofía carente de la cuestión sobre el sentido de la existencia incurriría
en el grave peligro de degradar la razón a funciones meramente instrumentales, sin
ninguna auténtica pasión por la bUsqueda de la verdad" (FR 81).
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EL ORIGINARIO ROCTRO DE LA ٧ERDAD 245
abre a la Trascendencia; es más, en este momento, el ser del hombre no
puede no abrirse a la Trascendencia. La razón se abre naturalmente al
conocimiento de Dios. Y en esa apertura natural, en esa búsqueda de la
evidencia máxima, la razón se abre también a la fe. La fe viene a com-
pletar el camino ya iniciado por la razón.
El racionalismo no consigue acallar el grito del ser humano de alcanzar
esa realidad absoluta y. existente; el fideísmo acoge una respuesta sin
mantener encendida la pregunta de la razón. Sólo desde esta antropología,
donde la fe y la razón están en una común armonía, cabe entender la
vivencia de la verdad 2؛.
Sin embargo, una característica seria deseable aún para que Dios
pudiera ser considerado una auténtica evidencia para el hombre; además
de cumplir todas esas propiedades antedichas, desearía poder encontrarlo
simplemente como un don; desearía recibir de modo simple lo que la
razón alcanza realmente, aunque de modo tenue y complejo. Pues si, en
efecto. Dios se da a la razón y a la totalidad del ser del hombre a través
del don de la revelación. Por eso declara la encíclica:
a la luz de estas consideraciones, se impone una primera conclusión: la
verdad que la revelación nos hace conocer no es el fruto maduro 0 el punto
culminante de un pensamiento elaborado por la razón. Por el'contrario, ésta
se presenta con la característica de la gratuidad, genera pensamiento y
exige ser acogida como expresión de amor (FR 15).
La relación con Dios como evidente, se da con mayor plenitud, por
tanto, en ese feliz encuentro entre la fe y la razón.
'؛,”Era pues necesario afirmar contra toda forma de racionalismo, la distinción
entre los misterios de la fe y los hallazgos filosóficos, asi como la trascendencia y
precedencia de aquéllos respecto a éstos; por otra parte, frente a las tentaciones
fideistas, era preciso recalcar la unidad de la verdad y, por consiguiente, también la
aportación positiva que el conocimiento racional puede y debe dar al conocimiento de
la fe" (FR 53).
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246 REVISTA ESPAÑOLA DE TEOLOGIA - P■ Dominguez
III. EL AMOR, RELACIÓN PROPIA CON LA VERDAD
El intelectualismo del que nos hemos desmarcado abiertamente seguiría
siendo un auténtico peligro si no diéramos un paso más. La relación
propia del hombre con la verdad es, desde su inicio, la del amor a la
misma. Ya desde los presocráticos aparecía esta conciencia de que la
verdad reclama no sólo la adhesión, sino el amor. Ese es el punto final del
ejercicio de la voluntad: la libertad; siendo la libertad, a su vez, la antesa-
la del amor. Y, en efecto, solo se ama lo existente y concreto..., lo
abstracto se conoce, se contempla 0, a lo sumo, se admira. El amor es,
esencialmente, una relación interpersonal. Hablando con propiedad, no
cabe el amor a una entidad abstracta; sólo cabe el amor entre dos entida-
des personales. La vivencia de la evidencia -la experiencia de la ver-
dad- por ende, es una experiencia de amor. Todo el conocimiento
humano tiene como finalidad el amor, que es la más excelente de las
experiencias humanas. Sólo en el amor, el ser del hombre descansa:
amando y sabiéndose amado.
[Link]í a lo que considero centro de este de'sarrollo a partir de
lo dicho en la encíclica Fides et Ratio: ¿dónde se encuentra ese Ser, al que
llamamos Dios, y que reclama nuestro amor? Si no lo pudiera tocar, si no
lo pudiera experimentar con la globalidad de su ser, le faltaría algo para
que pudiera tenerse de El una experiencia simple. Y, si algo corresponde
genuinamente a la vivencia de la evidencias, es su inmediatez, su simplici-
dad en la experiencia. Es como si la razón, que ya ha encontrado a Dios,
reclamara algo más que a ella se le escapa.
La salida a esta inquietud filosófica le es dada a la razón por la pleni-
tud de la revelación, y tiene un nombre propio: Jesucristo —el Verbo
eterno del Padre encarnado — , y su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. En
Jesucristo, el conocimiento racional de Dios no es anulado, sino plenifica-
do:
Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo —sostiene la encíclica—, no
está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien
los dos Ordenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La
unidad de la verdad es ya un postulado fiindamental de la razón humana,
expresado en el principio de no contradicción. La revelación da la certeza
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EL ORIGINARIO ROSTRO DE LA VERDAD 247
de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la
historia de la sal٧ación".
Cabe deducir de todo esto que la verdad que busca nuestra razdn, la
certeza que anhela, es una "sustancia primera'', es una verdad concreta y
existente en si... es, digámoslo asi, una verdad encarnada ؛es -en defini-
tiva, aún sin saberlo- el Verbo encarnado. La encarnación: ese es el
escándalo para la razdn y, a la vez, su propia liberación. Por eso afirma
la encíclica:
La encarnación del Hijo de Dios permite ٧er realizada la síntesis definiti٧a
que la mente humana, partiendo de si misma, ni tan siquiera hubiera
podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la
parte y Dios asume el rostro del hombre".
Solo Jesucristo —vivo y presente en la Iglesia-responde plenamente
a las exigencias que hemos ido descubriendo en el espíritu humano ٤5.
\3r "Esta ٧erdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no esta en contraste con las
verdades que se alcanzan filosofando. Mas bien los dos Ordenes de conocimiento
conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado
fimdamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La
Revelación da la certeza de esta unidad, ،nostrando que el Dios creador es también el
Dios de la historia de la salvación. El mismo e idéntico Dios, que ftmdamenta y
garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se
apoyan los científicos confiados, es el mismo que se revela como Padre de nuestro
Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificación
viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Apóstol: ‘Habéis sido enseñados
conforme a la verdad de JesUs’ (Ef 4,21 ؟cf. Col 1,15^20). El es la Palabra eterna, en
quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada, que en toda su persona
revela al Padre (cf. Jn 1, 14.18). Lo que la razón humana busca ‘sin conocerlo’ (Hch
17,23), puede ser encontrado sOlo por medio de Cristo: lo que en El se revela, en
efecto, es la ‘plena verdad’ (cf. Jn 1,14-16) de todo ser que en El y por El ha sido
creado y después encuentra en El su plenitud (cf. Col 1,17)" (FR 34).
14 "La verdad expresada en la revelación de Cristo no puede encerrarse en un
restringido ámbito territorial y cultural, sino que se abre a todo hombre y mujer que
quiera acogerla como palabra definitivamente válida para dar sentido a la existencia"
(FR 12).
" داLa verdad de la revelación cristiana, que se manifiesta en JesUs de Nazaret,
permite a todos acoger el ‘misterio’ de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez
que respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascenden-
cia. Aquí la relación entre libertad y verdad llega al máximo y se comprende en su
LA RAZÓN CREYENTE 113
248 REVICTA ESPAÑOLA DE TEOLraiA - P. Dominguez
El es el lugar por antonomasia de la certeza, pues, en ٧erdad, El es la
verdad plena.
Uniéndome a la relectura que de la experiencia cognoscitiva humana
hace la Fides et Ratio, desde la más genuina experiencia filosófica, que
de por si se abre a Dios, y tras recibir el abrazo de la revelación, perml
\.n ةج١ هccÉÁóti Ae ׳&؟. es Jesucristo, el Verbo eterno encarnado y
presente y vivo en su Iglesia, la verdad mds plena para el, hombre, 1.a
certeza mds irrevocable para su espíritu, el Unico que hace justicia plena
a sus ansias d.e conocimiento y de amor.
totalidad la palabra del Señor: 'Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres' (Jn
8,32)" (FR 15).
114 LA RAZÓN CREYENTE