04 - Cita en El Futuro. Traicion en Urlanka.
04 - Cita en El Futuro. Traicion en Urlanka.
Sólo tenía como nombre unas letras y unos números, pero se consideraba
un hombre libre, aunque fuera un soldado de las temibles brigadas IRE que
iban de un mundo a otro con la misión de afianzar el dominio, ya
tambaleante, de un imperio decadente.
Un extraño accidente le convierte en un avatar, cuando es proyectado a un
mundo que no reconoce, en un futuro extraño, y en él descubrirá que vuelve
a ser un hombre cuyo destino puede controlar.
Traición en Urlanka
Los humanos arganes y los humanoides ghaloritas constituyen dos naciones
que mantienen una guerra sin cuartel por el control del planeta Urlanka. La
aparición de una amenaza común, el comienzo de la invasión del planeta por
los lankeis, que ya han establecido una cabeza de puente en la fértil y
disputada zona de Erdho, justificará la alianza de las dos naciones en guerra.
El recién ascendido a general del ejército de Arga, Dhal Darkes, tendrá que
hacer frente casi en solitario a los múltiples peligros que acechan a su
pueblo.
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A. Thorkent
ePub r1.1
Titivillus 13.12.15
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Título original: Cita en el futuro. Traición en Urlanka
A. Thorkent, 2003
Diseño de cubierta: Luis Royo
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CITA EN EL FUTURO
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CAPÍTULO
I
Cuando recibí la orden de presentarme al
comandante en jefe, dejé transcurrir el tiempo preciso, ni un segundo más ni un
segundo menos. Había aprendido a comportarme con la misma parsimonia que mis
compañeros. No eran aconsejables las prisas. Los soldados debíamos ser meticulosos,
sobre todo cuando las instrucciones procedían de la temida franja B.
Tan sólo cuando las órdenes eran transmitidas a través de la franja A, debíamos
actuar como realmente éramos: robots humanos, cyborgs, descerebrados, como se nos
conocía a la escoria de los ejércitos imperiales, la carne de cañón al servicio del
Emperador.
Salí de la trinchera y anduve por los vericuetos del puesto. En tres ocasiones me
dieron el alto y respondí con la consigna del día. Un sargento, con medio rostro
quemado y mal curado, salió a mi encuentro y me hizo algunas preguntas. Cuando
quedó conforme con mis respuestas, con un gesto desabrido me indico que siguiera
mi camino. Me aleje sin volver la cabeza.
El puesto del comandante estaba a unos tres kilómetros de donde me encontraba
cuando recibí la orden. Tardé media hora en llegar. Aun así, esperé otros diez
minutos, oculto en un recoveco, apartado de las miradas de todo el mundo, para
esperar a que se cumpliera el plazo y presentarme a mi superior. Había que ser
puntual.
Dejé en la puerta mis armas, a petición del centinela, y bajé al subterráneo. Hasta
mí llego el delicioso y penetrante olor a café recién hecho. La boca se me hizo agua.
Un soldado cualquiera no hubiera distinguido la calidad del café por su aroma, que en
nada se parecía al agua oscura que nos servían algunas mañanas, una mierda de
brebaje al que tanto me había costado habituarme. Con el tiempo había aprendido a
representar mi papel, y mis facciones ya no se alteraban.
Un teniente levantó la cabeza al oírme entrar y con la mirada me preguntó qué
demonios hacía allí.
Después de dar un sonoro taconazo, dije:
—¡Se presenta el soldado AF345UH-289, señor! ¡He sido llamado por el
comandante en jefe!
El teniente buscó en su archivo y preguntó:
—¿Tu nombre?
Tragué saliva, sorprendido. ¡Hacía tanto tiempo que no pronunciaba mi nombre
en voz alta!
—David Landon, señor.
—Espera. El comandante te llamará. Puedes sentarte.
El oficial me volvió la espalda, tomó la cafetera y llenó una taza de humeante y
estupendo café.
Busqué una silla. Al no encontrarla, me senté en unas cajas de acero. Permanecí
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quieto mirando cómo el teniente bebía café.
A veces me preguntaba si algún día cometería una equivocación que me delatara.
El papel que me veía obligado a representar era difícil, porque tenía que actuar en un
ambiente hostil, procurar que nadie sospechara de mí, hacerles creer que me habían
transformado en una maldita máquina de matar.
Aquel teniente era normal. Quizá estaba allí voluntariamente. La paga era buena,
decían. Pero no todos los oficiales eran como él. Muchos habían sido adaptados; pero
se decía que no servían de mucho en el frente y morían a montones. La proporción de
bajas entre los oficiales adaptados era infinitamente mayor que entre los normales.
Pero de estos había pocos en el ejército IRE.
El día anterior escuché una conversación entre dos oficiales normales. Ninguno
sospechó que el soldado que estaba cerca de ellos prestaba atención a sus palabras y
hablaron libremente. De esta manera me enteré de que la guerra no marchaba tan bien
como nos decían. El enemigo era más fuerte de lo que proclamaba la propaganda y
cada día que transcurría sus ataques eran más violentos. Según los dos oficiales, en
cualquier momento podía desencadenarse una fuerte ofensiva.
Estábamos perdiendo la iniciativa en aquel maldito planeta. Les escuché decir que
antes de unas semanas seríamos embarcados y dejaríamos en paz a los nativos. El
Imperio, manipulando las noticias que llegarían a la opinión pública, convertiría
aquella guerra estúpida, que estábamos a punto de perder, en una victoria.
A nosotros nos llamaban Infantería Represiva de Élite, IRE.
La tropa del cuerpo expedicionario estaba compuesto por ciudadanos en
situación X, lo que significaba que el Imperio podía hacer con ellos lo que le diera la
gana, matamos, hacernos picadillo, achicharrarnos o convertirnos en soldados del
IRE.
Cuando el Imperio tenía problemas en un mundo, enviaba tropas regulares; pero
cuando éstas fracasaban echaba mano a las divisiones IRE.
En aquel planeta las tropas regulares habían tenido que marcharse con el rabo
entre las piernas, derrotadas y humilladas.
Ocurrió hacía un año. A nosotros nos enviaron al poco tiempo, a arreglar lo que
otro general había estropeado.
Pero los nativos se defendían como demonios. No se asustaron ante nuestra
presencia, no les intimidó la fama que nos precedía.
No era para menos. Era lógico que nos temieran, porque los soldados sin cerebro
del IRE combatíamos sin miedo, sin importar que lleváramos días o semanas sin
tomar un descanso. Qué importaba que nuestros organismos, humanos al fin,
reventaran. Las tropas del IRE teníamos fama de implacables, componíamos unas
huestes diabólicas, capaces de aterrorizar a los más aguerridos rebeldes.
Pero los aitanos, los habitantes de aquel planeta, no se amilanaron ante nuestra
presencia, y los muy cabrones se empeñaron en echarnos de su planeta, como habían
echarlo a las tropas regulares.
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Aita no valía mucho, al menos lo que yo conocía. Aquella zona era una porquería,
aunque decían que antes eran fértiles valles, ahora no valía nada, todo estaba
arrasado. Pero el Imperio tenía que conservar el prestigio. Si al final se veía obligado
a reembarcar las tropas, impondría el bloqueo y ninguna nave podría entrar ni salir de
Aita. Una vez que nos marcháramos, un campo de fuerza cubriría durante siglos el
planeta.
El Imperio había lanzado un ultimátum a Aita concediéndole un plazo para
rendirse. Quedaban pocos días para que expirase. Como estábamos seguros de que
los nativos no se rendirían, pronto comenzaría la retirada; apenas partiera la última
nave imperial, el campo de fuerza se extendería alrededor de Aita.
El teniente terminó de beber el café, dejó la taza y volvió a su trabajo. Me moví
buscando una postura más cómoda.
Desde que supe que quedaban pocos días para que el ejército IRE fuera evacuado,
empecé a trazar planes. Haríamos escala en algunos planetas durante el viaje de
regreso a nuestros cuarteles. Si por una vez en la vida la diosa fortuna se dignaba a
sonreírme, podría escapar.
Hasta el momento había tenido suerte, pues nadie sospechaba que yo, al contrario
que mis desgraciados compañeros de armas, podía pensar por mí mismo.
Pero pasar desapercibido era un trabajo agotador que me mantenía en tensión
constantemente, lo que me obligaba a simular a todas horas. Al principio resultó muy
difícil, pero con paciencia logré representar mi papel de soldado-robot a la
perfección.
Me diferenciaba de los demás compañeros en que podía pensar. Por lo demás yo
era igual a los soldados que compartían conmigo las trincheras.
En mi cabeza tenía insertado un implante a través del cual recibía las órdenes.
Mis dientes de acero eran capaces de devorar la porquería que nos obligaban a comer;
gracias a mi estómago, reforzado y blindado, no había muerto envenenado. Mis
pulmones estaban reforzados y podía permanecer más de una hora sin respirar,
sobrevivir en una atmósfera liviana o terriblemente malsana.
Hacía un año que me llevaron al quirófano. Salí convertido en un soldado del
IRE, idéntico a los cientos de miles que estaban en el planeta Aita. Al contrario que
ellos, sentía miedo porque podía pensar. Esto no era bueno. Cuando recibía la orden
de atacar, el pánico se apoderaba de mí y titubeaba, me negaba a lanzarme contra el
enemigo, al contrario que los demás, que exponían su vida sin pararse a pensar que
iban en busca de la muerte.
A veces me decía que para combatir en el IRE era preferible ser un soldado-robot,
no una persona con apego a la vida.
No había día que no me preguntara cómo había podido conservar la mente intacta
tras pasar por el quirófano. Cuando me di cuenta de que seguía siendo un hombre
normal, me dije que si no fingía ser un soldado sin cerebro me harían volver a la
mesa de operaciones, me abrirían la cabeza y reemplazarían el implante. Aquella cosa
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diminuta alojada en mi cerebro no me había convertido en un idiota, pero me ponía
nervioso cada vez que de su interior surgía la maldita voz que me ordenaba esto o lo
otro.
Fugarme de la base, de los cuarteles subterráneos, era una quimera, pero desde el
primer momento empecé a planear mi fuga. Cuando lo tenía todo dispuesto, un día
hicieron salir a mi compañía del barracón y la embarcaron en una nave. No dijeron a
dónde nos llevaban. Los soldados del IRE no podíamos preguntar.
Después de varias escalas en diversos planetas sin bajar de la nave, llegamos a
nuestro destino.
En Aita nos recibieron sus habitantes con una hostilidad que no esperábamos.
Pagamos con miles de muertos establecer una cabeza de puente en el mayor de
los continentes.
El planeta rebelde estaba situado a trescientos años luz de la Tierra. Aita nunca se
sometió al Imperio. Sus habitantes, humanos descendientes de colonizadores de la
primera época de expansión estelar, estaban dispuestos a morir antes que humillarse
ante el Emperador.
Cuando aquel mundo expulsó a las tropas regulares imperiales, la respuesta del
Imperio no se hizo esperar El Mando Supremo recurrió al IRE. Al principio el curso
de la guerra nos fue adverso, los aitanos estuvieron a punto de expulsamos.
A costa de perder varias divisiones conseguimos asentarnos en un amplio
territorio. Nos preparamos para emprender la ofensiva. Cinco meses después el
Mando Supremo llegó a la conclusión de que nunca venceríamos a los rebeldes y
decidió enviarles el ultimátum.
Ahora esperábamos la respuesta de los gobernantes de Aita, pero nadie confiaba
en que izaran bandera blanca. Aquel pueblo tenaz y valiente prefería el aislamiento
antes que rendirse.
Nunca había visto de cerca a un aita, ni sabía si había matado a alguno. Sólo los
había visto muertos. Los soldados del IRE no hacían prisioneros, no estaban
entrenados para ello. Las órdenes eran matar al enemigo. A los aitas no les servía de
nada levantar las manos y arrojar las armas. Aprendieron que tenían que luchar hasta
la muerte. Creo que a causa de la crueldad del IRE no hicieron caso del ultimátum.
A veces me preguntaba qué haría yo si encontrara un aita herido o desarmado. Mi
obligación era matarlo, no hacerlo me delataría.
Mire a mi alrededor. El teniente seguía ocupado. ¿Para qué me habría llamado el
comandante Kemhes?
Algo raro estaba ocurriendo.
¿Sospechaban de mí?
El zumbador que estaba encima de la mesa del teniente reclamó su atención.
Escuché unas palabras, que no logré entender, y le vi asentir repetidas veces. Me hizo
señas para que me levantase.
Me incorporé de un salto.
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—Puedes entrar. El comandante te espera. Pero antes sacude el barro de tus botas.
Delante de la puerta había un felpudo muy gastado y restregué en él las suelas de
mis botas.
Empujé la puerta y entré. Me puse firme delante del comandante Alt Kemhes. Era
un hombre de unos treinta años. Tenía el rostro hermético, como tallado en granito.
Debía de ganar una fortuna mensual si estaba allí voluntariamente, al frente de un
montón de hombres sin voluntad, o sufría un severo castigo.
Saludé y recité mi número de identificación. El comandante me interrumpió con
un gesto, señaló un rincón del despacho y dijo:
—Este hombre ha venido de la Tierra a buscarte. Se llama Colé Harriman.
Al entrar no me había dado cuenta de que el comandante estaba acompañado.
Había un hombre sentado junto a la entrada. Me fijé en él. Calculé que tenía unos
cincuenta años. Vestía ropas civiles. Me extrañó verle allí.
—Te permito hablar libremente, soldado —dijo el comandante—. Puedes
responder a las preguntas que el señor Harriman te haga.
Sabía que cuando un soldado IRE recibía aquella orden, su mente recobraba parte
de su libre raciocinio, debía de ser un robot humano y se convertía en un niño de
corta edad, algunos recuerdos volvían, rescataba sus vivencias, lo que había sido
antes de pasar por el quirófano.
Contuve el deseo de soltar un suspiro de alivio. El temor que tenía de haber sido
descubierto era infundado. Seguían considerándome un soldado adaptado. Pero debía
tener cuidado, porque nunca había representado el papel de un adaptado al que su
superior le ordena que durante unos minutos se comporte como un hombre normal.
Respiré con dificultad.
Tenía que superar la prueba, pues si me descubrían, estaría acabado. Ignoraba lo
que hacían con los tramposos.
La presencia de aquel tipo llamado Colé Harriman seguía siendo un enigma para
mí. ¿Qué hacía un civil en un planeta inmerso en una guerra que se estaba perdiendo,
justo en el momento en que se esperaba recibir la orden de retirada?
Harriman se acercó a mí, mirándome fijamente como si yo fuese un animal que
fuera a comprar.
—Se encuentra en excelentes condiciones —dijo el comandante—. No ha
recibido ninguna herida en toda la campaña.
—Ya lo veo —asintió el hombre, al parecer satisfecho de encontrarme entero—.
Tú no me conoces, David Landon, pero yo a ti sí te conozco. Bueno, te he visto en
imágenes. Me pregunto si ha merecido la pena haber hecho tan largo viaje.
El comandante, encogiéndose de hombros, dijo:
—Eso dependerá de usted, señor Harriman. Desde este momento el combatiente
es suyo. —Tomo una lamina de metal y la agitó en el aire, dejándola caer en la mesa
de mala gana—. Todo está en orden Me gustaría saber cómo se las ha arreglado para
licenciarlo en plena campaña.
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Harriman, olvidándose de mí, me dio la espalda y se encaró con Kemhes.
—Comandante, sé que está molesto por mi presencia. El sello del Emperador le
impide arrojarme a patadas de aquí. Sólo puedo informarle de que tengo mis razones
para estar aquí. Estoy al mando de un proyecto de vital importancia, en el que trabajo
desde hace muchos años. He hecho un largo y horrible viaje. Como sabe, traía los
permisos para llevarme a tres soldados. Lamentablemente dos de ellos han muerto.
Sólo queda este hombre, David Landon. ¿No le parece que es muy poco lo que
obtengo a cambio de tanto esfuerzo?
El comandante sonrió.
—Lamento su decepción, pero no puedo hacer pasar unos soldados vivos por los
fallecidos. Solamente se llevará a David Landon.
Harriman barbotó unas maldiciones.
—Está bien. Pero recuerde que tal vez sus superiores en la Tierra no queden
satisfechos con usted. ¿Qué le habría importado que me llevara a unos u otros
hombres?
—Señor Harriman —el gesto de Kemhes se endureció aún más—, no es fácil
tener bajo mi mando a la escoria del Imperio. Estoy deseando que llegue el momento
de abandonar Aita. Me importa un bledo este planeta y sus malditos habitantes. Soy
responsable del destino de mis hombres, y cuando regrese a la base tendré que rendir
cuentas. En sus documentos están los números y los nombres de los soldados que
debo entregarle, no tengo la culpa de que dos de ellos hayan sido desintegrados por
los malditos rayos de los aitas. Llévese a este combatiente y déjeme en paz. No
espere más de mí. ¿Sabe qué pienso? Tal vez este desdichado estaría mejor muerto
que en sus manos. No sé qué diablos piensa hacer con él.
Estuve a punto de delatarme al girar la cabeza para mirar al comandante. ¿Qué
había querido decir?
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CAPÍTULO II
El comandante se marcho y me quedé a solas con Harriman. Aquel tipo le dijo
que tenia que hablar conmigo en privado. Se sentó en la silla de Kemhes y dijo:
—Recuerda que tienes permiso para usar el poco cerebro que te han dejado,
muchacho. ¿Me has comprendido?
Me envare y repliqué con voz carente de entonación:
—Sí, señor.
—Magnifico. Vas a volver conmigo a la Tierra. Soy Colé Harriman, licenciado en
la Universidad Imperial de la Tierra. Desde hace años me dedico a investigar los
expedientes de los soldados del IRE. No dispongo de demasiado material, pues sois
muy pocos los que volvéis de las campañas y recibís la licencia. Las bajas del IRE
ascienden a más del ochenta por ciento. Un desastre. Sois carne de cañón para el
Imperio. Nunca levantarán un monumento en vuestro honor porque también sois su
vergüenza.
»Te explicare por qué estoy aquí, soy jefe del equipo de programadores de
combatientes IRE y estoy desarrollando un proyecto para mejorar vuestro
rendimiento militar, basado en los sistemas de antiguos fabricantes de cyborgs. Los
últimos fueron utilizados por los señores de la guerra de un mundo del que tal vez
nunca habías oído hablar, llamado Lero. Hace unos años presente un informe al
Mando Supremo para preparar tropas más eficaces que las que actualmente
componen el IRE.
»Ha habido fallos últimamente, algunos soldados han mostrado anomalías. Puede
haber muchos con deficiencias, pero sólo hemos detectado unos pocos, y entre ellos
figuráis tú y tus dos compañeros muertos. Tengo que investigarte, descubrir qué ha
fallado en el implante que llevas alojado en la cabeza. Además de corregir los fallos,
quiero disminuir el número de bajas entre vosotros. Por cada enemigo que muere,
ellos matan a tres soldados IRE. ¿Qué falla? La respuesta es sencilla: la inteligencia.
No pensáis, no tenéis sentido de conservación.
»Una de las razones por las que se abandonará este mundo son las armas que los
aitas están empleando, ante las que no tenéis defensa posible. Tengo entendido que se
trata de un haz de luz capaz de perforar corazas de acero de un metro de espesor.
Cuando sois alcanzados, desaparecéis sin dejar rastro. Parece que disponen de pocas
armas de éstas, pero cada día que pasa emplean más, y cuando cada soldados nativo
cuente con una de ellas, aniquilarán al IRE en cuestión de días. Lo más curioso es que
un hombre normal puede escapar de ese rayo, apartarse de su trayectoria, pero un
soldado-robot es incapaz de captar la vibración que esas malditas armas producen
cuando son disparadas.
»El Mando Supremo está de acuerdo conmigo en que es preciso realizar una
profunda transformación en las tropas de asalto del IRE. Dispongo de poco tiempo
para crear un ejercito capaz de enfrentarse a la nueva tecnología que se está
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desarrollando en Aita, e impida que sea empleada en otros mundos rebeldes. En caso
contrario, el Imperio desaparecerá. Tengo que averiguar lo que falla en ti. Esto que te
he explicado no he podido contárselo al comandante. Contigo es diferente, porque tú
no hablarás.
Harriman me dio un golpe afectuoso en la espalda. Conservé la misma cara de
palo que tenía cuando él empezó a hablar.
—Lamentablemente en la Corte Imperial medran muchos envidiosos. Mariscales
y generales cargados de medallas han iniciado una campaña contra mí y temo que
convenzan al Emperador para que me retire su apoyo. De hecho, ya ha empezado a
vacilar y duda de las excelencias de mi plan. Una vez que regresemos a la Tierra, te
someteré a una delicada intervención quirúrgica que, además de devolver la eficacia a
tu implante, te convertirá en un soldado nuevo, más eficaz. Por cierto, en tu nuevo
estado volverás a sentirte atraído por las mujeres. Recuperarás tus adormecidos
deseos sexuales.
Los ojos de aquel tipo brillaron al añadir:
—Pero seguirás obedeciendo ciegamente las órdenes de tus jefes y odiando a los
enemigos de tu Emperador, a quien venerarás más que ahora, por el que darás la vida
alegremente. ¿Has comprendido?
A aquel tipo le habría partido la cabeza, pero asentí con la cabeza y dije:
—He comprendido, señor.
Harriman entornó los ojos.
—Tú tienes algo, no sé qué; pero te miro y encuentro en ti algo que te hace
distinto a tus compañeros. Tal vez cuando eras libre tenías una inteligencia fuera de lo
corriente. ¿Qué delito cometiste para que te convirtieran en un soldado del IRE?
—Conspiré contra el Emperador.
—Ah, se trata del más grave delito. Supongo que estarás arrepentido.
—Moriría por el Emperador. Me siento miserable y…
—Basta. No me interesa oír lo que insertaron en tu mente. Cuando termine
contigo sentirás un amor infinito por el Emperador y morirás feliz por él.
Actualmente los soldados del IRE mueren sin saber por qué.
»Tengo que triunfar contigo. Estás sano y resistirás la operación. Procuraré no
convertirte en un vegetal. Si fracasara, mis enemigos no perderían la ocasión para
desprestigiarme ante el Emperador.
El comandante volvió a entrar y esbozó una sonrisa.
—Parece que ha encontrado quien le escuche sin llevarle la contraria, señor
Harriman.
—Voy a convertir a este soldado en algo muy valioso, comandante —replicó
Harriman, molesto por haber sido interrumpido.
El comandante me miró de arriba abajo. Empecé a encontrar en él un pequeño
atisbo de compasión hacia mí.
—¿De veras? No sé cómo. Este hombre es escoria, basura. No vale la pena
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alimentarlo. Si dispusiera de soldados de verdad, habría barrido a los rebeldes hace
tiempo.
Harriman respondió con altanería:
—¿Cree que si tuviera bajo su mando a las antiguas legiones imperiales la guerra
en este mundo no estaría perdida? Los soldados normales también retrocederían. Los
aitas son maestros en tácticas de guerrilla. Ustedes nunca los ven acercarse: disparan
y huyen. Kemhes se mordió el labio superior. No podía disimular la antipatía que
sentía por Harriman. Miré a ambos. Estaba cansado de estar allí de pie, fingiendo no
tener interés por lo que decían.
—Si conociera la nueva arma del enemigo, cambiaría de opinión, señor
Harriman.
—Sé cómo funciona.
—Sólo en teoría. No existe defensa posible contra ella. La única escapatoria es
detectarla y quitarse de su trayectoria. Los adaptados no están preparados para eludir
esos malditos rayos, carecen de reflejos humanos y caen como chinches. No han sido
preparados para ello.
—Con mis nuevos soldados no ocurriría nada de eso porque dispondrán de
raciocinio y un alto sentido de conservación. Sus hombres mueren porque les ordenan
que permanezcan en sus puestos, les prohíben retroceder. Cuando las alarmas les
advierten del ataque enemigo, no son capaces de apartarse unos centímetros de los
haces que perforan los parapetos.
El comandante lanzó un gruñido.
—Es posible que tenga razón. Pero eso ya no importa, pues he recibido la orden
de retirada. Los transportes empezarán a llegar mañana. Dejaremos este cochino
planeta y a sus malditos habitantes.
—Antes de un año pienso transformar a todos los soldados del IRE en luchadores
capaces de reírse de las armas de los aitas. Usted regresará y meterá en cintura a estos
rebeldes.
—Para entonces será tarde. Este mundo será envuelto en un campo de fuerza y
nadie podrá entrar ni salir.
—En ese caso el Emperador podrá enviar a otros frentes a su nuevo y más
poderoso ejército de disuasión.
—Lamentablemente no faltarán planetas donde puedan demostrar su valía. —El
comandante tendió al profesor Harriman un disco sellado—. Son los permisos para
que usted y este soldado abandonen Aita en la nave que le ha traído. Le acompañaré
hasta la salida.
El comandante se puso al lado de la puerta, invitándonos a salir. Harriman pasó
por su lado con la cabeza muy levantada, y yo lo hice en silencio, tratando de
encontrar la manera de librarme de aquel loco que no pensaba en otra cosa que
tenderme en una camilla y abrirme la cabeza.
Mi situación había empeorado. Si por un capricho del destino me había librado de
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convertirme en un soldado-robot, éste se burlaba ahora de mí y me enviaba de nuevo
al quirófano. Me volverían a abrir el cráneo, Harriman me revolvería los sesos y
cambiaría el implante defectuoso por otro que me convertiría en un imbécil, un eficaz
y obediente sicario al servicio del Emperador, o quedaría muerto en la mesa de
operaciones.
Al llegar junto a las armas que había dejado al entrar hice intención de recogerlas,
pero el comandante dijo:
—Déjalas ahí, soldado. Ya no las necesitarás.
Las miré por última vez y seguí a Harriman, que marchaba delante de mí como si
deseara salir del subterráneo. Subíamos los escalones de piedra que conducían a la
superficie cuando empezaron las explosiones.
—Maldita sea —masculló el teniente de guardia—. Otro ataque.
Me volví y le vi correr hasta unos percheros de los que tomó su traje de campaña,
que se enfundó en cuestión de segundos; agarró otro y ascendió para ayudar al
comandante a ponérselo.
Harriman había retrocedido, estaba pálido y miraba hacia el exterior. El miedo
afloraba por cada poro de su piel.
El comandante Kemhes le miró divertido.
—Es el primer ataque enemigo que presencia, ¿verdad? Siempre empiezan así.
Dentro de un rato usarán sus armas secretas. Todavía no les hemos puesto un nombre.
¿Se le ocurre alguno? Cuando crean que el terreno está lo suficientemente batido,
lanzarán sus tropas al asalto. Claro que no son robots como los nuestros, y deben
sentir pánico mientras avanzan, pero le aseguro que me gustaría tener a esos hombres
bajo mis órdenes.
—¡Señor, las líneas están siendo destrozadas! —gritó el teniente, la oreja pegada
al transmisor.
—¡Mierda! Ordené al general que las reforzara —gruñó Kemhes—. Pero no me
hizo caso, dijo que pronto nos largaríamos. ¡No ha comprendido que los aitas saben
que los vamos a encerrar en su mundo y quieren causamos el mayor daño posible!
¡Esta es su forma de decirnos adiós!
Bajó los escalones en dos saltos y se plantó delante de un mapa virtual. Las
posiciones del IRE estaban señaladas con trazos azules. El avance del enemigo,
marcado con flechas rojas seguía progresando y las lineas azules eran engullidas por
el enemigo. Mis compañeros debían de estar cayendo como moscas. Nunca había
visto un ataque así.
Los soldados del IRE estarían pereciendo a miles en sus puestos de combate.
Habían recibido instrucciones de defenderlos a toda costa, no retrocederían ni un
paso. ¿Qué se podía esperar de un ejército que no es capaz de organizar una retirada
ordenada? Pensé en Harriman. Quizás aquel tipo tuviese razón. Había que hacer
mejores soldados-robots, que tuvieran más oportunidades de sobrevivir.
Harriman estuvo a punto de rodar por las escaleras cuando unas bombas cayeron
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cerca. Si el enemigo apuntaba al refugio con sus rayos, de nada servirían los metros
de hormigón y rocas que nos separaban de la superficie.
Alguien dijo con negro humor que los rayos aitas nos ahorraban tener que
incinerar o enterrar a los muertos. Era suficiente que aquella arma rozara cualquier
parte del cuerpo para desintegrarlo por completo. Ni siquiera quedaba un poco de
vapor donde antes había habido un hombre.
Los científicos del Emperador se devanaban los sesos intentando descubrir en qué
demonios se basaba el arma secreta del enemigo. Sólo habían averiguado que
condensaba una poderosa energía. Nada.
El único punto débil de aquel haz de luz que perforaba trincheras y blindajes era
su lentitud, que permitía detectar su trayectoria unos segundos antes de que diese en
el blanco. Su alcance tampoco era muy mucho, apenas unos dos kilómetros. Una vez
recorrida esta distancia, su acción mortal desaparecía. Lo malo era que los aitas
estaban prolongando su alcance.
El comandante daba órdenes al teniente y éste las transmitía a los suboficiales
adaptados. Miré con simpatía a Kemhes. Al menos estaba tratando de salvar al mayor
número posible de soldados.
A tres kilómetros al sur se habían dispuesto nuevas líneas defensivas, para tratar
de proteger el área donde aterrizarían los transportes que sacarían del planeta al
ejército. Se confiaba en que el enemigo no avanzara más, detuviera su ataque y se
resignara al vernos partir. Quizá estaban desesperados porque sabían que un campo
de fuerza cubriría el planeta y quedarían aislados del resto del universo durante
siglos.
A veces sentía simpatía por los aitas. Les habíamos causado demasiado daño,
especialmente al principio, durante nuestro desembarco. Ellos retrocedieron, parecían
que iban a perder la guerra, pero entonces usaron su arma secreta y todo empezó a ir
de mal en peor para el Imperio y no paramos de perder terreno.
Mire el mapa y descubrí que la línea que yo había abandonado hacia un rato ya
estaba en poder del enemigo. De no haber recibido la orden de presentarme en el
refugio del comandante ya estaría muerto o desaparecido si hubiera sido alcanzado
por el maldito rayo.
Pensé en mis compañeros, con los que había compartido comida y escaso
descanso. Nunca había conversado con ellos; los adaptados no sienten deseos de
hablar, pero recordaba algunos rostros y me sentía mal.
Escuché gritar al teniente que el enemigo nos estaba dando una paliza con sus
malditos rayos desde que el bombardeo convencional quedó interrumpido.
—¡Necesito llegar a mi nave! —gritó Harriman, pálido.
—Váyase al diablo —respondió el comandante—. Tengo cosas más importantes
que hacer que ocuparme de que usted salve el culo. Soldado, tome sus armas y
sígame.
Le obedecí. ¿Qué podía hacer? Sentí el frío contacto del metal de mi fusil.
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Harriman se puso delante, cortándonos el paso.
—No puede hacerme esto, comandante; este hombre tiene que venir conmigo.
—¿Está loco? Nos han rodeado, señor Harriman, por si no se había enterado.
Sería una locura cruzar el terreno batido por el enemigo para llegar a su nave. Vamos
a retirarnos. He ordenado el repliegue total…
—Pero las segundas líneas están muy alejadas de mi nave.
—Lo sé —asintió el comandante. Cogió su pistola, una mochila que se echó a los
hombros e indicó al teniente que destruyera todo lo que había en el refugio.
Empujó a Harriman al exterior. Una bofetada de aire caliente nos golpeó. Estaba
atardeciendo, el cielo se había vuelto oscuro y soplaba un viento de fuego.
Miré hacia arriba y percibí los destellos.
—Nos atacan con sus malditos rayos —dijo el comandante.
El teniente había subido. Detrás de nosotros se desplomó el refugio que
acabábamos de abandonar. La bomba térmica había perforado la defensa y reventó a
treinta metros de profundidad. La onda expansiva lo arrojó lejos.
Nos arrastramos por la trinchera. Entre el barro aparecían docenas de cuerpos,
mis descerebrados compañeros. Habían muerto como buenos soldados del IRE, sin
exhalar un lamento. A mí lado, Harriman gimoteaba. Tuve que contenerme para no
golpearle con la culata del fusil.
Escuché un grito. Tuve tiempo de ver el rayo mortal acercarse, trazar su
imparable trayectoria después de atravesar al teniente. Una décima de segundo más
tarde había desaparecido: no quedaba el menor rastro de él.
—Me pregunto qué pasará con esos cuerpos —susurró el comandante.
Los rayos atravesaban las defensas y pasaban fulgurantes y silenciosos entre
nosotros. Cuando grité anunciando la llegada de otro de esos dardos de luz, ya era
demasiado tarde.
Recuerdo la cara de sorpresa del comandante, que se preguntaba como diablos yo,
un adaptado, la había visto llegar.
Pero no fui lo bastante rápido, no me aparté a tiempo y e> maldito rayo nos
alcanzó a los tres.
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CAPÍTULO III
Cuando desperté estuve mucho rato sin coordinar el más simple pensamiento.
Lo último que recordaba era la llegada de la muerte, aquel fulgor que perforaba
las rocas y las defensas de las trincheras… Creo que sólo me rozó el brazo, pero era
suficiente para mandarme al infierno. No se si tuve tiempo de pensar que todo había
acabado.
Sea lo que fuere lo que nos disparaban los condenados rebeldes, actuó de igual
manera con la carne y con los huesos, así como con la ropa y los demás objetos que
llevaba encima.
Eso evitó que yo estuviera desnudo cuando desperté. No es que sintiese reparo,
sino que hacía frío.
Después de parpadear y convencerme de que no estaba en el infierno, decidí
levantarme.
Sentí el peso del fusil. Le eché una mirada como si fuese la primera vez que lo
veía. El suelo crujió debajo de mí. Unos segundos antes chapoteaba en el barro, pero
el terreno que pisaba estaba seco.
Habíamos abandonado el refugio del comandante cuando atardecía y ahora
resplandecía el sol sobre los montes que se alzaba al este.
Levanté las gafas y fruncí el ceño. También me quité la mascarilla y respiré el
aire. Lo saboreé. No lo recordaba tan puro, tan fragante. Olía a hierba húmeda. Miré
mi alrededor. Estaba rodeado de árboles cuyas copas cargadas de hojas verdes
formaban un tupido techo.
De pronto sentí calor. El traje forrado de plomo era incómodo. Solté el arma y me
lo quité. Me quedé únicamente con el uniforme de campaña. Recogí el resto del
equipo y lo repartí en los amplios bolsillos de mis pantalones. Me quedé más
tranquilo al comprobar que no había perdido el agua concentrada ni los alimentos. No
podía saber cuándo volvería a encontrar comida.
Descubrí que lo que me había estado inquietando desde que desperté era el
absoluto silencio que me rodeaba.
La ausencia del estruendo de las bombas sobre las trincheras era sobrecogedora.
Me hallaba en una ladera que descendía hacia lo que parecía un valle densamente
poblado de árboles. Al fondo discurría un riachuelo.
El entorno que me rodeaba era horrible hacía un momento; sin embargo, ahora
era distinto, todo cubierto de verdor hasta el horizonte. Me costó acostumbrarme a no
escuchar el ensordecedor ruido de las explosiones ni el silbar de los mortales rayos al
atravesar las defensas de acero.
¿Qué había pasado?
Meneé la cabeza. No debía impacientarme por conocer las respuestas. Decidí
tomármelo con calma.
Mi último pensamiento fue que iba a morir. Sin embargo, seguía vivo. Ingerí un
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tranquilizante.
Agarré el fusil, después de comprobar que seguía en buen estado y con su carga
energética casi completa. Bajé por la ladera.
Una bandada de pájaros multicolores voló sobre mi cabeza. La seguí con la
mirada y sonreí por primera vez desde hacía mucho tiempo. Creo que la última vez
que lo hice fue la noche que pase con Doriah. Al amanecer se presentó en mi casa la
policía imperial y me detuvo. La chica de la creía estar enamorado me delató. Era una
espía del servicie secreto imperial, la muy zorra.
***
Después de dos horas de caminar me sentía cansado y busqué la protección de la
sombra de un enorme árbol. Me tendí en la hierba fresca. Después de beber una
generosa dosis de agua y masticar tres pastillas de compuesto vitamínico, me quedé
adormilado.
Desperté temiendo que todo hubiera sido producto de un sueño y que volviese a
estar en una húmeda trinchera.
Pero seguía bajo la sombra del árbol.
Era mediodía. Calculé que había dormido dos horas.
No tenía ni la más pequeña idea de dónde estaba. Aquel era un mundo tipo Tierra,
muy agradable.
Al girar la cabeza descubrí al chico.
Era un niño de unos seis o siete años. Me miraba fijamente, con curiosidad.
Parecía sorprendido.
Le sonreí y él me contestó con un gesto amistoso.
—Hola —dije, preguntándome si comprendería mi idioma.
No me respondió, pero por la forma en que acentuó su sonrisa deduje que me
había entendido.
—¿Cómo te llamas?
—Long —respondió, acercándose a mí.
—¿Vives cerca?
Él levantó el brazo derecho y señaló el valle.
—¿No crees que te has alejado mucho de tu casa? —pregunté mientras me
levantaba. Al coger mi arma vi que el niño la miraba con aprensión.
No quería asustarle y dejé el lanzador de calor apoyado en el árbol. Entonces
Long dijo:
—Eres muy raro. No te comportas como los demás.
—¿Como quienes?
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—Los otros no hablan como tú, ni se echan a dormir bajo un árbol. Que extraño,
vistes como ellos. ¿Te has vestido con sus ropas para engañarlos?
¿Que estaba diciendo aquel mocoso?
Me acerqué al chico. Quena ganarme su confianza.
—La ropa que llevo es la mía.
Me di cuenta de mi error. Long cambió su sonrisa por una mueca de miedo y
retrocedió. Le tendí una mano, él la miró como si fuera a quemarle. Retrocedió.
—Me has engañado. Creí que estabas jugando.
—Si quieres podemos jugar. ¿A qué quieres que juguemos?
—Con mis amigos juego a cazar atavares.
—¿Qué es un atavar?
—¡Tú eres un atavar!
Se volvió y echó a correr. Le vi descender por el camino. Tropezó y cayo de
bruces, pero se levantó rápidamente y siguió corriendo colina abajo, gritando
despavorido, repitiendo la palabra atavar. No se volvió una sola vez para comprobar
si yo le seguía.
Me había quedado tan sorprendido que no supe reaccionar.
Recogí mis cosas y caminé por la senda que había tomado Long. Si el chico vivía
cerca, no tardaría en encontrar su casa. Necesitaba hablar con personas que me
ayudaran a entender lo que me había pasado.
Que Long hablase mi idioma no aclaraba nada, pues con las lógicas variantes la
lengua de la Tierra se hablaba en la mayoría de los mundos, incluso en los no
humanos, los tradicionales enemigos del Imperio.
Llevaba mi arma con el seguro puesto. No creía que fuera a necesitarla en un
terreno donde un niño podía pasear.
Pero había olvidado a los hombres.
Cuando sonó el estampido y un árbol cercano a mí recibió el impacto, comprendí
que había sido un estúpido al imaginar que no encontraría enemigos.
Había olvidado que yo era un intruso, y además estaba armado. El chico no estaba
asustado cuando me habló, pero se aterrorizó cuando me confundió con una persona a
la que llamo atavar.
Escuché voces distantes. Sonaron más disparos, arreciaron los gritos. Eran
muchos hombres los que corrían por el bosque.
Apresuré el paso. Debían de ser más de veinte hombres los que me perseguían.
Cuando me detuve, creyendo haberlos despistado, descubrí una casa. Era esférica,
construida en plástico y cristal. Detrás de ella había varios cobertizos. Una extraña
granja. Varios animales parecidos a caballos pastaban tranquilamente en una cerca.
No vi a nadie. Me acerqué a la casa pensando que en su interior podía encontrar
ayuda.
Antes de llamar a la puerta me asegure de que no había nadie por los alrededores.
Quizá no hubiera nadie en la granja porque sus dueños formasen parte del grupo que
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me perseguía.
Caí en la cuenta de que había pasado poco tiempo desde que Long corriera ladera
abajo gritando haber encontrado un atavar. Una partida de caza no podía organizarse
en menos de dos minutos, y los tipos que dispararon contra mí no se lo pensaron dos
veces antes de apretar el gatillo. Por lo tanto, la búsqueda del atavar había comenzado
antes de que el chico me encontrara. Llevaban horas buscando a alguien.
Empujé la puerta.
Traspasé el umbral. El interior estaba oscuro. Avancé confiado. De pronto sentí
que unos brazos rodeaban mi cuello. Me maldije por haber dejado que me
sorprendieran.
Yo tema el fusil sujeto por el cañón y golpeé con la culata la cabeza del hombre.
Me soltó. Traté de recuperar el resuello.
Di un paso adelante, amartillé el fusil, le quité el seguro y mi dedo buscó el
gatillo. Estaba furioso, habría disparado si no hubiera reconocido a mi agresor.
—¡Comandante! —exclamé.
Era Alf Kemhes. Sangraba un poco por la frente.
Hasta ese momento no me había acordado de los hombres que fueron alcanzados
por el mismo rayo que a mí.
Le había golpeado con ganas y estaba en el suelo. Kemhes tenía los ojos cerrados,
manoteó en el aire, y cuando los abrió y me vio, balbució:
—¿Tú? ¿De dónde coño sales? Soldado, te ordeno que depongas tu actitud…
Bajé el rifle. De mala gana le ayudé a levantarse. Poco me faltó para ponerme
firme y saludarle.
El comandante se asomó a la ventana. Yo también miré. No había nadie cerca, la
granja seguía vacía. Los caballos pastaban en el corral.
Se volvió y volvió a mirarme como si le costara creer que yo estuviera allí. En sus
ojos había sorpresa, desconcierto. Me pareció que aún me considera un ser inferior,
un soldado de IRE al que podía ordenar que se levantara la tapa de los sesos, por
diversión, o se lanzara en ataque suicida contra una posición enemiga.
Dejé que siguiera pensando que yo era un imbécil.
—Capturaron a Harriman… —jadeó—. Su semblante estaba crispado, respiraba
con dificultad, como si hubiera estado corriendo toda la mañana. Logré despistar a los
locos que nos perseguían y llegué hasta aquí. Iba a marcharme cuando escuché que
llamaban a la puerta. Demonios, soldado, pegas fuerte. Por poco no me abres la
cabeza.
No respondí. Debía continuar representando mi papel.
Pero cuando Kemhes hizo intención de arrebatarme el fusil, decidí que había
llegado el momento de poner las cartas boca arriba.
—Te ordeno que me entregues tu arma, soldado AF345… —dijo.
Se acordaba de mi código, el muy cabrón. Retrocedí. Kemhes, impaciente,
añadió:
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—Debes obedecerme, soy tu superior…
—Váyase a la mierda, señor.
Me hizo feliz ver su gesto de asombro.
Muchas veces me pregunté la cara que pondría un oficial cuando yo borrara de mi
cara la expresión de imbécil que tenían los adaptados.
—¿Qué has dicho? ¿Cómo te atreves…? No actúas como un soldado…
—Comandante, no tengo nada contra usted, pero estamos metidos en un buen lío.
No sé dónde hemos venido a parar ni cómo. Si me considera un ser humano, no un
maldito descerebrado, creo que podemos ayudarnos mutuamente. Si le cuesta admitir
que puedo pensar, me largo.
Kemhes no estaba armado. Había querido quitarme el arma para defenderse de la
gente que le había estado persiguiendo. Si yo hubiera sido un soldado del IRE, se la
habría entregado sin rechistar. Pero no estaba dispuesto a quedarme indefenso en un
lugar que me parecía más peligroso por momentos.
—Soldado, recuerda que estamos en guerra y me debes obediencia —silabeó
Kemhes—. Puedo ordenar tu ejecución…
Sonreí.
—¿Quién lo haría, comandante? Olvídese de la maldita guerra. No sé dónde
estamos ni qué ha pasado. No sea imbécil. No hemos despertado en las malditas
trincheras, no estamos rodeados de jodidos rebeldes. Esto no es el valle con fango
hasta las narices en el que nos estaban dando una paliza.
Muy a su pesar, respondió:
—Tal vez tengas razón, soldado. —Me contempló—. No hablas como un
estúpido, tu mirada es diferente. ¿Qué demonios te ha pasado?
—He dejado de fingir.
—¿Quieres decir que siempre has pensado por ti mismo?
—Vaya, por fin lo ha entendido.
—No es posible… —Titubeó—. Ahora comprendo por qué Harriman quería
llevarte a la Tierra. Tú y los dos soldados que desaparecieron la semana pasada
formabais parte de su plan porque erais diferentes.
—Algo parecido, señor. No conocí a los otros, pero conmigo los cirujanos
cometieron un error, pasaron algo por alto, el implante que me insertaron en la cabeza
no anula mi voluntad.
—No recuerdo tu nombre, soldado.
—David Landon.
—Resulta increíble que hayas podido engañarnos durante tanto tiempo,
muchacho. Pero has cometido un gran error al descubrirte ahora. Nuestras líneas no
pueden estar lejos, y cuando volvamos a ellas serás castigado.
Me eché a reír. Dije:
—No sé dónde hemos venido a parar, pero dudo que esto sea el planeta Aita.
—Pero estamos rodeados de enemigos. Esos campesinos dispararon cuando nos
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vieron a Harriman y a mí.
—¿Dónde despertaron?
—En la ladera de un monte. Harriman estaba a mi lado, des vanee, do. Me costó
despertarle. De pronto escuchamos disparos. Unos locos nos disparaban. Huimos y
luego nos separamos, él se quedó atrás y desde lejos vi que le capturaron. Seguí
corriendo, burlé a los que me perseguían y llegué hasta esta casa.
—¿Cuándo ocurrió?
—Sólo sé que amanecía, digamos unas cuatro horas.
Habían despertado antes que yo. Tal vez no estaban muy lejos de mí cuando les
dispararon. Después de echar una mirada por la ventana, dije:
—Quizá deberíamos entregarnos. Esa gente no puede tener nada contra nosotros,
nos confunde con otras personas.
—¿Acaso se molestaron en preguntar? —dijo Kemhes con sarcasmo—.
Dispararon apenas nos vieron. No pienso entregarme y pedirles explicaciones.
Debemos pedir ayuda a los nuestros, llamarlos para que vengan a buscarnos. He
buscado por las habitaciones algo que se parezca a un comunicador, pero no he
encontrado nada.
Estaba oscureciendo rápidamente. Recordé que en Aita, durante el invierno, los
días eran cortos Me asome a la ventana y miré las estrellas. Me volví y dije:
—Creo que sé dónde estamos.
—¿De veras?
Yo había contemplado aquel firmamento muchas noches durante las guardias en
las trincheras. Contemplar las estrellas me ayudaba a mantener la esperanza de volver
a ser libre algún día.
—Seguimos estando en Alta.
Kemhes soltó una carcajada.
—¿Dónde íbamos a estar?
El comandante seguía sin comprender.
—El terreno ha vuelto a ser fértil. Ya no hay fango. Reconozco las montañas, las
veía cada vez que me atrevía a mirar por encima de las trincheras. Comandante, no sé
cómo diablos lo hemos hecho, pero estamos en el pasado, tal vez en el futuro.
Le vi abrir la boca. Yo sonreía.
[Link] - Página 23
CAPÍTULO IV
La comida que encontramos era aceptable. Tal vez, demasiado buena para
nuestros paladares. Ante las botellas de leche que había en el frigorífico dudamos un
poco. ¡Hacía tanto tiempo que el comandante y yo la habíamos bebido!
El pan, la carne cocida, las frutas y el vino nos parecieron exquisitos. Comimos
hasta saciarnos.
—Me cuesta creer en tu teoría, soldado —dijo el comandante—. Claro que Aita
era un mundo agrícola…
—Tengo entendido que sus habitantes estaban construyendo una sociedad
ejemplar, hasta que el Imperio apareció. Antes del desembarco de las divisiones IRE
este lugar era más o menos como ahora. Por eso creo que hemos saltado al pasado.
No me pregunte cómo, pero es más admisible que creer que hemos venido a parar a
otro planeta.
—No sé. Tu teoría de que estamos en la misma zona de combate es absurda. ¿Y si
no hemos viajado al pasado?
—Entonces estamos en el futuro.
—¿Sabes? Empiezas a fastidiarme. Por muchos rumores que corran, nadie ha
logrado viajar en el tiempo.
Yo había conocido muchas leyendas al respecto. Aunque era de los que creían que
no existía ningún artilugio que permitiera al hombre recorrer el pasado y visitar el
futuro, no encontraba otra explicación a lo que nos había ocurrido.
—No hemos visto rastros de la guerra porque ésta aún no ha comenzado o hace
tiempo que terminó.
—El Imperio sentenció este planeta, en el supuesto de que estemos en Aita, al
aislamiento.
—¿Cómo sabemos que cumplieron la amenaza? —pregunté.
Kemhes me dirigió una mirada de reproche.
—El Imperio siempre cumple lo que promete.
Me encogí de hombros. Miré al cielo.
—Es invisible, no se puede ver a simple vista —dije—. Suponiendo que el
escudo hubiera sido establecido, no sabemos si aún existe. Comandante, los dueños
de la casa podría volver; creo que deberíamos marcharnos.
Me guardé algunos panecillos tiernos en los bolsillos.
Aunque tenía bastantes alimentos concentrados en el traje, prefería la comida
natural. No me había separado de mi rifle en ningún momento. Kemhes aparentaba
tranquilidad, pero no me fiaba de él.
Aquel cretino seguía convencido de que a poca distancia encontraría a sus
soldados. Aunque yo no tenía ninguna explicación para lo que nos había ocurrido,
estaba convencido de que seguíamos en Aita. Lo que quedaba por descubrir era si el
prodigio nos había llevado al futuro o al pasado.
[Link] - Página 24
Había caído la noche. Iba a abrir la puerta cuando vimos que se aproximaban
desde el bosque.
—Maldita sea —masculló el comandante al tiempo que cerraba la puerta—. Nos
han visto, saben que estamos en la casa.
Eran muchas luces las que se aproximaban. Otras se movieron en la oscuridad.
Estaban rodeando la granja-
—Debe haber una salida en la parte de atrás —dije.
Corrimos por el pasillo y volvimos a la cocina.
Detrás de ella había otro cuarto, y al fondo una puerta. Intenté abrirla. Estaba
cerrada con llave. Apunté con el fusil y disparé contra la cerradura una descarga de
baja tensión.
El cierre saltó y terminé de abrir la puerta de un puntapié.
En el porche nos dimos de bruces con otro grupo que se había acercado a la casa
por la parte de atrás, en silencio y sin llevar las lámparas encendidas. Saltaron sobre
nosotros y trataron de inmovilizarnos.
Intenté defenderme, pero me quitaron el fusil, me golpearon en todo el cuerpo.
Acabé en el suelo, aplastado. Eran demasiados.
A Kemhes lo redujeron. No me sirvió de consuelo que ofreciera menos resistencia
que yo. Lo arrojaron a mi lado.
Me ataron las manos con cuerdas. Logré volver la cabeza y vi al comandante tan
quieto que pensé que lo habían matado. Cuando lo incorporaron y le ataron como a
mí, empezó a gemir. No supe si alegrarme de que siguiera vivo.
Me pusieron de pie y volvieron a golpearme.
Algunos hombres encendieron lámparas. Me obligaron a sentarme al lado del
comandante.
Sentirme observado por docenas de personas me hizo sentir tan mal como el día
en que me llevaron al horrible hospital donde transformaban a los presos políticos del
Imperio en silenciosos y obedientes soldados del Emperador.
Observé que había algunas mujeres. Escuche que una de ellas se quejaba, se
llevaba la mano a un costado. Debí de darle un golpe cuando trataba de impedir que
me ataran. La miré e intenté decirle con la mirada que lo sentía. Ella me devolvió un
gesto obsceno.
Sacudí la cabeza. Uno de los golpes que había recibido me había dejado
momentáneamente sordo. Por fin pude escuchar lo que hablaban.
No me sorprendió comprenderlos. Hablaban un idioma que podía entender.
Escuché que un hombre, el que parecía ser el jefe del grupo, comentaba:
—… Sí, todo esto es muy extraño, no ha sido como otras veces. No nos han
atacado, sino que han huido. Y no tienen la mirada perdida de los atavares. ¿Por qué
se retrasan los guardias de Hunter?
Una mujer le respondió:
—Siendo atavares, la solución debe ser la de costumbre.
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—No me gusta lo que está pasando. Rose Valley quiere que los retengamos, dice
que tiene instrucciones del Consejo para hacerse cargo de los atavares que han
aparecido en este valle.
—¿Y qué haremos si los guardias los reclaman? —dijo un anciano que iba
armado con un extraño rifle. No me quitaba ojo de encima—. Dicen que no lejos de
aquí han aparecido docenas atavares. Estarán muy ocupados todo el día tratando de
capturarlos vivos.
¿Por qué no los matan? Mierda, es lo que yo haría con éstos.
Callaron. Había llegado un vehículo y de él deseen dieron vanas personas. Se
dirigieron hacia nosotros. Los campesinos les abrieron paso.
—Debéis tranquilizaros —dijo una voz de mujer.
Quien había hablado era una muchacha. Acababa de bajar del vehículo. La miré.
Era muy bonita. Sus ojos azules avivaron mis recuerdos porque eran del mismo color
que los de la mujer que me traicionó. El comandante se había recuperado y me
preguntó qué estaban discutiendo aquellos salvajes. Le respondí que no lo sabía, y
luego añadí con burla que no se ponían de acuerdo si matarnos o no.
Lo único que estaba claro era que habíamos sido capturados por una partida de
granjeros. Casi todos estaban armados, aunque algunos portaban horcas y palas. Lo
común en todos era la mezcla de odio y miedo que había en sus rostros.
La chica de los cabellos rubios y largos se expresaba de forma distinta a los
demás, parecía una universitaria, su voz era firme. Los campesinos la míraban con
respecto.
—¿Qué piensas hacer con ellos, Rose? —preguntó un hombre mayor,
dirigiéndose a la chica.
Repetí mentalmente el nombre: Rose. Espere impaciente a que hablara. De ella
dependía nuestro destino.
—Los guardias no pueden hacerse cargo de estos dos hombres —dijo ella,
paseando delante de mí, mi ando de reojo al comandante—. Me ocuparé de ellos Más
tarde me pondré en contacto con el edil Hunter.
Algunos se echaron a reír, y el campesino de edad dijo:
—Hoy han aparecido muchos, Rose. ¿Será cierto que el ciclo está a punto de
expirar? No entiendo mucho, pero creo que esta semana coincide con la última
batalla Si es así, pronto nos dejarán tranquilos, no habrá más atavares. Vamos,
llevémoslos con los demás, que el Consejo se ocupe de ellos. Me pregunto por qué
malgastamos el tiempo y el dinero manteniéndolos con vida. Al diablo estos dos,
aunque parezcan diferentes.
—Son tres —corrigió Rose—. El otro atavar tampoco es como los demás.
—He oído que no son los únicos, que otras veces los guardias encontraron
hombres no adaptados. ¿Es cierto, Rose? Tú deberías saberlo, porque seguro que tu
padre lo sabe. Se nos ocultan muchas cosas.
Rose no le hizo caso. Se volvió hacia los hombres que habían venido con ella y
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les dijo:
—Comunicad a los otros que lleven al tercer atavar donde ya saben y esperen allí
nuestra llegada.
—Ah, ese viejo… —El campesino tosió para disimular su turbación. Iba a decir
algo, pero cambió de opinión. Después de carraspear, añadió—: Podemos volver a
casa, amigos; no creo que por hoy aparezcan más. Dejad que Rose Valley se ocupe de
estos dos; ya nos dirá si son atavares o no. ¿Quieres algo más de nosotros, Rose?
—Cuando venga el edil Hunter decidle que le esperaré en la casa del acantilado
—dijo Rose. Miró a sus acompañantes—. Vamos, subidlos al vehículo y no dejéis de
vigilarlos. Por el camino recogeremos al tercer atavar.
Se elevó un murmullo entre los granjeros, porque no todos parecían estar
conformes con la decisión de Rose. El comandante fue a protestar y le hice un gesto
para que tuviera la noca cerrada, no fuera a empeorar nuestra situación. Por el
momento habíamos salvado el cuello.
Yo había aprendido que cuando no se tiene nada importante que decir, lo más
sensato es callar, observar y sacar conclusiones. Nos llamaban atavares y nos
consideraban peligrosos, pero distintos a otros atavares. El tercer atavar capturado no
podía ser otro que Colé Harriman. No supe si alegrarme o no de que viviera aun. Lo
mejor que podíamos hacer era olvidarnos del pasado y ayudarnos unos a otros.
Dos hombres me agarraron de los brazos y me obligaron a caminar hasta el
vehículo. Me levantaron en vilo y me arrojaron al interior. Hicieron lo mismo con el
comandante Al volverme para acomodarme en el suelo, vi al chico llamado Long. Me
miraba.
Quise llamarle, pero un tipo mal encarado me dio un empujón.
Long se acercó y alzó una mano a manera de despedida. Una mujer se acercó a él
y, agarrándolo de una mano, lo alejó de allí. Por el camino ella le regañaba. Debía de
ser su madre. Antes de perderlo de vista, el chico me saludó con la mano.
Kemhes se arrastró hasta mí. Subieron tres hombres y tomaron asiento enfrente de
nosotros. El vehículo se puso en marcha. Rose entró en la cabina. Había un hombre a
los mandos.
—Esto no puede continuar así —masculló Kemhes en voz baja, mirando con
recelo a nuestros guardianes—. Tengo que parar esto, exigiré que respeten mi rango
y…
—Silencio —ordenó uno de los hombres.
Nos alejamos de la granja por un sendero; no tardamos en entrar en una carretera.
El vehículo dejó de pegar botes y yo busqué mejor acomodo.
***
[Link] - Página 27
Después de más de una hora de viaje, el vehículo se detuvo y nos sacaron de su
interior. Casi no tuve tiempo de echar un vistazo a la casa, situada a pocos metros de
un acantilado. Escuché el rugir de las olas contra las piedras. Se había levantado un
poco de viento.
La casa era grande, construida en piedra, con tejado de dos aguas. Me dio la
impresión de que era un lugar de descanso, una finca de recreo propiedad de alguien
al que le gustaba vivir junto al mar.
Rose subió con agilidad los seis escalones que conducían a la entrada La recibió
un hombre joven. La besó y le alboroto el pelo. Se volvió para mirarnos. Preguntó
algo a Rose. Luego ordenó a nuestros guardianes que nos hicieran entrar en la casa.
Como una hora antes el vehículo se había detenido cerca de una granja. Otros
hombres arrojaron a Colé Harriman al vehículo. Ni siquiera nos miró. Parecía delirar,
decía cosas incomprensibles. Cuando volvimos a ponernos en marcha, uno de los
guardianes, riendo, explicó que aquel atavar no estaba bien de la cabeza, se había
puesto violento y tuvieron que darle un calmante.
La soberbia de Harriman no le había servido de mucho. Quizá el hecho de saberse
prisionero y no recibir ninguna explicación a sus preguntas lo volvió violento y fue el
motivo por el que los guardianes decidieran suministrarle la droga que lo mantenía en
aquel estado de postración.
Sacaron a Harriman del camión y lo llevaron a rastras hasta la casa. Al pasar Rose
por mi lado, le dije que me preocupaba su estado físico y mental. El hombre que
había subido al camión en la granja se echó a reír e informó a Rose de la clase de
tranquilizante que había inyectado a Harriman.
—No dejara secuelas —dijo el hombre que había recibido a Rose.
Por su manera de comportarse parecía tener autoridad, como la chica. Añadió que
Harriman se recuperaría en pocas horas y no le quedaría ni un pequeño dolor de
cabeza. No dije nada más. No me quitaría el sueño lo que le habían metido en el
cuerpo a Harriman.
Kemhes y yo entramos en la casa por nuestro propio pie. Viendo que estábamos
calmados, nuestros guardianes dejaron de darnos empujones y propinarnos golpes. A
Harriman tuvieron que llevarle entre cuatro hombres.
El vestíbulo era amplio y acogedor, con muchos muebles y butacas. Al fondo
había una chimenea encendida en la que ardía un montón de troncos. Respiré
profundamente. El olor que había allí era agradable. Hacía pocas horas yo tenía que
usar la mascarilla para llevar a mis pulmones un poco de aire decente, mientras
chapoteaba en el barro y escuchaba silbar los proyectiles sobre mi cabeza.
—¿Por qué los has traído, Rose? —preguntó el joven que había besado a la chica
de los cabellos rubios. Le odié por haber dado un beso a Rose.
—Sé lo que hago, Joser. El Edil no tardará en venir. Mientras tanto, quiero hablar
con ellos.
El llamado Joser se echó a reír.
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—No se puede tener una conversación con un atavar. Te dirá su número y código.
Nada más.
A una señal de Rose nos sentaron en las butacas, cerca del fuego. Ella dirigió una
mirada divertida a Joser.
—Te llevarás una sorpresa. Vuelvo enseguida.
La seguí con la mirada, admirando sus redondas nalgas, que realzaban los
ajustados pantalones que llevaba. Se contoneaba deliciosamente al caminar con sus
botas de media caña y altos tacones.
Los hombres se situaron detrás de nosotros. Joser encendió un cigarrillo y se
apoyó en la pared, a un lado de la chimenea. Me molestó su mirada, como si
fuéramos unos bichos raros.
Rose volvió llevando en las manos un aparato metálico, plano y brillante. Se
sentó enfrente de nosotros y cruzó las piernas. Joser se acercó y, sin apartar la mirada
de mí, dijo:
—Creo que tienes razón. No tienen la misma expresión de cretinos que los otros
atavares. Esto me tranquiliza, pues siempre me he preguntado por qué todos los que
aparecen son atavares sin cerebro.
Rose asintió sonriente y respondió:
—\a te advertí que son distintos. Por eso quiero que Hunter los vea y decida qué
nacer con ellos. Es la primera vez que unos atavares no son capturados por sus
hombres.
José»" movió la cabeza, indeciso.
—Nuestro padre se pondrá furioso cuando se entere de que has interferido en el
trabajo de Hunter.
—Lo se, pero él comprenderá cuando le muestre algo diferente a lo que nos
hemos tenido que enfrentar hasta hoy.
Oculté una sonrisa. ¿Por qué me alegraba de que Joser fuera hermano de Rose?
Había ocasiones en que dudaba de que los cirujanos se hubiesen equivocado conmigo
y dejado mi cerebro intacto, por las cosas que se me ocurrían. Por un momento había
olvidado quien era yo, y pensaba que podía invitar a la chica a cenar.
Rose acercó su silla y se sentó delante de Kemhes. Que eligiera al comandante,
me irritó. Quizá ella conocía las insignias del IRE y lo había elegido por ser un
oficial. Yo en cambio era un simple soldado, y Harriman un civil.
—Mi nombre es Rose Valley —dijo la chica al comandante, pero mirándonos a
todos—. Voy a pedir que traigan alimentos de la cocina. No pretendo coaccionarles,
pero me gustaría que respondieran a mis preguntas.
Kemhes estaba más desconcertado que yo y se volvió para mirarme. Su gesto
sorprendió a Rose, que debía creer que él, por tratarse de un oficial, decidía por sí
mismo, tenía autoridad sobre mí y era quien debía hablar en nombre de los tres.
—¿Qué les pasa? ¿Es que me he equivocado y sois soldados adaptados? —me
miró y dijo—: Long te sorprendió mientras dormías. Nadie excepto yo le creyó
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cuando dijo que tú, un atavar, no le habías causado daño. Por ello prohibí que os
dispararan. Dejamos que siguierais escondidos en la granja de los padres de Long
para dar tiempo a que llegaran los campesinos que habían salido a buscaros. Les
ordené que os apresaran vivos. El cincuenta por ciento de los atavares no se dejan
apresar y los guardias del edil Hunter se ven obligados a matarlos.
—¿Por qué iba a hacer yo daño a un niño? —inquirí, molesto.
Rose sonrió. Dirigió una mirada triunfal a Joser, quien se limitó a encogerse de
hombros.
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CAPÍTULO V
—Comandante, le exijo que imponga su autoridad y controle esta absurda
situación —dijo Harriman, dejando de caminar como un tigre enjaulado. Se paró
delante de Kemhes.
—Déjeme en paz —replicó el comandante dándole la espalda; regresó junto a la
ventana y apoyó las manos en el grueso cristal. Una vez más observo la ciudad que se
extendía alrededor del edificio.
—¡No puede permitir que ese tipo —exclamó Harriman señalándome con un
dedo tembloroso— haya asumido nuestra representación! ¡Aunque le llame por su
nombre y le trate como a un igual, sigue siendo un simple soldado!
Yo estaba sentado en un rincón, mirando sin interés el programa educativo que
mostraba el módulo de visión; un minuto antes me aburrí con la representación de un
ballet. Controlé mi deseo de levantarme y propinar un par de bofetadas a Colé
Harriman. Dejé que Kemhes le contestase por mí:
—Si mal no recuerdo, usted dijo que no era un combatiente cualquiera, y por ello
quería llevárselo a la a la Tierra. Además, no lo está haciendo mal. Nuestros
anfitriones decidieron que él fuera nuestro portavoz. ¿Qué puedo hacer? Nos tratan
bien, nos han dado habitaciones y va no llevamos las manos atadas. Y la comida no
está nada mal.
—¡No olvide su rango! Tengo documentos que me acreditan como propietario del
soldado David Landon y…
—Está usted olvidando que el IRE ya no existe y los viejos rangos de nada valen.
Colé estaba a cada instante más nervioso, su rostro más crispado por la rabia que
lo embargaba, y las palabras le salían con dificultad.
—Pero… ¿Es que va a dar crédito a todas esas patrañas?
Kemhes se apartó del ventanal.
—¿Por qué no? Es la única explicación posible, por fantástica que nos parezca.
Somos los primeros atavares no adaptados que reciben en su mundo, quiero decir en
su tiempo, y no nos guardan demasiado rencor. Según nuestro calendario,
luchábamos contra sus antepasados hace pocos días, pero para ellos eso ocurrió hace
un montón de años. No nos odian, no nos consideran sus enemigos pese a que los que
nos precedieron les causaron muchos problemas.
—Es una locura… ¡Es increíble! Soy científico y no admito lo ocurrido. ¡No se
puede viajar por el tiempo!
—Pues tendrá que creerlo, Harriman —dije, cansado de escuchar sus
lamentaciones. Le agarré por su camisa de seda, regalo de los aitas—. Su maldito
orgullo le impide admitir que hemos sido enviados a nuestro futuro. Seguimos en
Aita, pero cientos de años después de que nuestras derrotadas tropas reembarcaran.
Contra los deseos de nuestro glorioso Emperador, los aitas no se desesperaron al
verse aislados en su mundo, y han sobrevivido. Creo que incluso les hicieron un favor
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dejándolos aislados. No pueden salir de Aita, pero nadie puede entrar y no volvieron
a invadirlos.
»Ya hemos visto lo que han conseguido con sus propios medios, sin ayuda de
nadie: han devuelto la salud a su mundo, son felices y disfrutan de un alto nivel de
vida. Pero están padeciendo las consecuencias de la acción desesperada de sus
antepasados por verse libre: los efectos del arma con la que nos aterrorizaron, contra
la que no habla defensa posible.
Le solté La puerta se abrió y entró un hombre alto, de mirada serena y caminar
seguro Le seguían Rose y los guardianes. Sonreí. Para mí siempre era motivo de
alegría ver a una chica tan guapa.
—Hemos oído voces —dijo el hombre Se llamaba Gene Valley y era miembro del
Consejo de Aita—. ¿Interrumpimos una interesante conversación?
—Lo siento, señor —dije—. Discutíamos sobre los aspectos en los que aún no
estamos de acuerdo.
—Exijo ser el portavoz, consejero Valley —dijo Harriman, plantándose delante
de Gene Valley—. Mi rango es superior al del comandante. El Emperador me otorgó
amplios poderes y…
Gene Valley torció el gesto y preguntó:
—¿Por qué este hombre aún se niega a admitir la realidad?
—No le entra en la cabeza que sus privilegios imperiales valen una mierda —rió
el comandante.
—Está convencido de que ustedes quieren engañarle, señor —dije.
—¿Por qué? —preguntó uno de los acompañantes de Gene, adelantándose.
El padre de Rose se volvió, agarró de un brazo al que había hablado y dijo:
—Les presento al edil Hunter Derbey. Acaba de regresar a la ciudad. El Consejo
le ha confiado una importante misión. Se ocupará de cuidar de ustedes.
—¿Debemos seguir considerándonos sus prisioneros? —pregunto Harriman.
—Oh, no. Son libres, pero por el momento con ciertas limitaciones, —dijo
Hunter, un hombre alto y fornido, de mediana edad y atractivo. Debajo de sus
holgadas ropas se podía apreciar su musculatura—. Más adelante su situación será
revisada. Por supuesto, dependerá de ustedes.
—¿Quiere decir que estamos en libertad condicionada? —pregunté con ironía.
—Digamos que su presencia nos obliga a tomar precauciones. Señores, después
de traerles de la casa del acantilado el consejero Valley ordenó que fueran alojados en
este edificio, la sede del Consejo. Les consideramos nuestros huéspedes. Si
colaboran, podrán disfrutar de plena libertad. Lo hacemos por su bien, pues
necesitarán tiempo para adaptarse a su nueva situación. Por su condición de atavares
no adaptados recibirán un trato distinto al que nos vemos obligados a tener con sus…
¿Cómo los llamaría para no ofenderles? Ya saben que llamamos atavares a los
soldados del IRE.
El comandante carraspeó y dijo un tanto incómodo:
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—En nombre propio y de mis compañeros deseo ofrecerles mis disculpas,
señores. Quizá les cueste comprenderme, pero me siento responsable de la suerte que
han corrido mis hombres. —Sonrió turbado—. El IRE no estaba compuesto por seres
normales, lo sé, pero me sentiría más tranquilo si me dicen qué han hecho con los
soldados que suponíamos muertos por los efectos de sus armas. Ahora que sabemos
que no fueron desintegrados, sino trasladados al futuro, me considero obligado a
interesarme por ellos.
—Le comprendo, comandante —asintió Hunter—. Para nosotros la guerra
terminó hace más de seiscientos años. Así pues, el odio que los actuales aitas
podamos sentir por quienes nos invadieron es meramente testimonial. En cambio para
ustedes los recuerdos son recientes, porque todo ocurrió hace pocos días. Si les
tranquiliza, no les consideramos culpables de las muertes de nuestros antepasados.
Kemhes abrió la boca, sorprendido. Habíamos sido sometidos a diversas pruebas,
que aceptamos voluntariamente. Nos interrogaron en estado inconsciente. Nunca
supimos qué hicieron con nosotros, pero siempre despertábamos y no nos preocupó
demasiado. Más tarde nos enteramos de que nos estudió a fondo un equipo de
psicólogos. No debíamos estar muy locos cuando no nos privaron de nuestra libertad.
Me pregunté qué conclusiones habían obtenido de Harriman. Para mí seguía siendo
un chiflado.
Por ello no me sorprendió su reacción. Harriman, crispado, se dirigió a Hunter.
—¿Con que derecho han hurgado en mi mente? —Kemhes le sujetó cuando
intentó acercarse a los Consejeros.
Gene Valley contestó:
—¿Qué derechos dice? Usted llegó a Aita con el propósito de llevarse a la Tierra
a varios soldados para experimentar con ellos y mejorar la infernal raza de soldados
sin mente, formar un nuevo ejército y sofocar rebeliones, exterminar a los pueblos
que sólo querían ser libres. Me temo que ha perdido el sentido de la realidad, señor
Harriman. ¿Qué puede reprocharnos? Sin embargo, tras haber analizado su
personalidad, por cierto bastante inestable, le hemos hecho la misma oferta que a sus
compañeros y podrá integrarse en nuestra sociedad. Le aconsejo que se calme y no
empeore su situación.
Harriman palideció, crispo los puños y salió de la sala, cerrando la puerta con
violencia. Me alegré de que se largara.
Me pareció ver una extraña mirada en el rostro de Hunter Derbey. Había estado
muy atento a la discusión entre Gene Valley y Harriman. El consejero dijo:
—El edil Hunter y mi hija Rose les acompañarán para que comprueben que el
trato que dispensamos a los atavares en los campamentos donde los tenemos
recluidos desde que empezaron a aparecer es digno.
Nos indicó que saliéramos. Al otro lado de la puerta montaban guardia dos
hombres armados. Me pareció bien que vigilaran a Harriman. Desconfiaba de aquel
tipo, temía sus reacciones. Si cometía alguna tontería, Kemhes y yo podíamos salir
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perjudicados.
Respecto al comandante, aun no salía de mi asombro a causa de su
comportamiento. Durante la guerra sólo le había visto un par de veces, y siempre de
lejos. No escuché su voz hasta que fui llamado a su refugio para ser entregado a
Harriman, y no cambié la opinión que tenía de él, seguí considerándole un malvado.
Quizá le había juzgado mal. Desde hacía unos días me parecía que su carácter había
cambiado.
Kemhes era una víctima más de las circunstancias. Era un militar profesional y se
limitaba a obedecer órdenes. No odiaba a los aitas; si los combatía era porque su
profesión le obligaba. Yo no había logrado enterarme de por qué había acabado al
mando de un batallón del IRE. Casi todos los oficiales de carrera destinados a aquel
cuerpo no teman un historial demasiado limpio. ¿Qué delito había cometido para
haber sido deshonrado de aquella manera? Servir en el IRE era un desprestigio.
Gene Valley nos acompañó al terrado del edificio. Rose, Hunter, Kemhes y yo
entramos en una pequeña nave. El piloto la elevó apenas nos acomodamos. Cuando
alcanzó cierta altura, la dirigió hacia el este de la ciudad.
Habían pasado diez días desde que fuimos capturados, y la situación, que nos
parecía tan desconcertante al principio, la aceptábamos como si fuera la más natural
del mundo.
Después de dejar la casa del acantilado, en la que vivimos tres días, Rose nos
llevó a la capital y fuimos alojados en las habitaciones del edificio del Consejo.
Rose, con la ayuda de su padre, terminó de explicarnos lo que había pasado.
Cuando ella terminó de hablar me quedé con la duda de si nos había contado
todo. Su historia aún tenía algunos puntos oscuros para mí.
Según Rose, tras la invasión de su mundo por las fuerzas represoras del IRE, los
aitas comprendieron que con las viejas armas no podían vencer. Un científico
descubrió un sistema para concentrar la energía de una antigua pila de plasma y vio
con sorpresa que podía atravesar un muro de piedra o una capa de acero de un metro
de espesor. Además, su efecto destructor seguía intacto hasta alcanzar una distancia
de varios Kilómetros. A grandes distancias seguía desintegrando cuanto encontraba a
su paso. Como la situación del ejército aita era desesperada, no se detuvo a investigar
las consecuencias de su hallazgo, de modo que fabricó algunas armas y las distribuyó
entre la tropa. Su efecto tuvo resultados inmediatos. La ofensiva del Imperio quedó
paralizada y los aitas dejaron de replegarse y pasaron a la ofensiva. Contra el poder
de los rebeldes las fuerzas del IRE no podían hacer otra cosa que retroceder.
Una vez evacuados los restos del cuerpo expedicionario, el Imperio ordenó el
bloqueo de Aita. Un escudo de fuerza cubrió el planeta extendiéndose por encima de
la atmósfera. Cualquier objeto que lo tocase quedaba destruido. Sólo los rayos del sol
podían atravesarlo. Nada podía salir o entrar.
Los nativos no volvieron a ser molestados por el Imperio, pero tampoco tuvieron
noticias de lo que ocurría en el exterior y se resignaron a su suerte. Pero tenían todo
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un mundo para ellos, eran autosuficientes y emprendieron la reconstrucción de lo que
la guerra había destruido.
Cuando la última nave imperial partió con los maltrechos restos de tropas
invasoras a bordo, los aitas investigaron el arma que les había dado la victoria y se
espantaron al descubrir el legado que habían hecho a sus descendientes, aunque no
averiguaron cuánto tardarían en regresar al presente las supuestas bajas del IRE
causadas con su arma.
Durante muchos anos estuvieron preparándose para la nueva invasión, a la vez
que restañaban las heridas de la guerra.
Las nuevas generaciones aitas empezaron a tener la esperanza de que los temores
de sus antepasados fueran infundados y nunca se hicieran realidad, y los soldados del
IRE desaparecidos, después de vagar años por la extraña dimensión a la que habían
sido arrojados, jamás regresaran.
A medida que pasaban los siglos, los aitas empezaron a olvidar la amenaza
proveniente del pasado, y cuando la recordaban se echaban a reír y bromeaban a costa
de las predicciones de sus antepasados; las consideraron una fantasía hasta que una
día apareció cerca de una ciudad el primero de una legión de retornados.
El combatiente del IRE apareció armado hasta los dientes, como fue sorprendido
por el rayo. Su primera reacción fue atacar a los curiosos aitas que se acercaron a él.
Mato a varios hasta que acudieron hombres de la ciudad y lo abatieron tras una breve
pelea.
La comunidad aita se puso en guardia, esperó la llegada de los hombres del
pasado, a los que llamaron atavares. Las apariciones siguieron sucediéndose y el
Consejo dictó leyes de emergencia, que muchos ciudadanos consideraron demasiado
benévolas para con los enemigos de sus antepasados.
Los consejeros decretaron que los soldados no eran culpables de sus acciones y
sus vidas debían ser respetadas. Se crearon unidades especiales para capturarlos, que
patrullaban las zonas en que los atavares aparecían, las que siglos atrás fueron
escenarios de las últimas y cruentas batallas.
Al principio se intentó hacer prisioneros a todos los atavares, y se les disparaban
dosis anestésicas. Pero a veces era imposible reducirlos y el Consejo autorizó a las
patrullas, bajo el mando de Hunter, a disparar a matar.
Los científicos aitas desempolvaron los viejos archivos, los partes de guerra, y
calcularon el número de bajas enemigas ocasionadas por el rayo, llegando a la
conclusión de que durante más de un año continuarían apareciendo soldados del IRE,
todos los que fueron alcanzados por los efectos del arma. Sus llegadas cesarían
cuando se cumpliera el ciclo que debía coincidir con la partida de la última nave
Imperial.
Según los informes del edil Hunter, no se podía evitar la muerte de cientos de
atavares, pues muchos se defendían furiosamente, y los proyectiles anestésicos no
eran efectivos a veces a causa de sus trajes de combate. Las patrullas no se lo
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pensaban mucho y disparaban contra ellos sus armas más potentes. El número de
combatientes capturados, no obstante, era elevado.
Kemhes y yo fuimos informados por Rose de que los soldados del IRE, alojados
en varios campamentos, ascendían a doscientos mil, estrechamente vigilados.
Cuando Kemhes preguntó por qué los conservaban con vida, Rose respondió:
—Confiamos devolverlos a la normalidad. Tratamos de averiguar qué parte de su
cerebro fue alterada, y eso llevara tiempo. En ello estamos todos de acuerdo. Esos
desgraciados fueron obligados a luchar contra nuestros antepasados. La mayoría eran
opositores al Imperio y fueron condenados a ser soldados. —Me miró. Conocía mi
historia y yo podía comprenderla—. Sería una injusticia privarlos de la vida. Algún
día volverán a ser como eran antes de que los cirujanos del Emperador los
convirtieran en peleles.
«Según los últimos cálculos, dejarán de llegar dentro de pocos días y ya no habrá
más atavares. Nunca aparecen en el mismo lugar, a veces son encontrados a mucha
distancia de donde fueron arrebatados del pasado. No sabemos por qué. Todo es
demasiado nuevo para nosotros. La amenaza surgió cuando nos habíamos olvidado
de ella.
—Comprendo —asintió Kemhes—. Debieron pensar que sus científicos se
equivocaron al pronosticar la amenaza y creyeron que nunca se haría realidad.
Fuimos alcanzados por su fantástica arma cuando el ejército estaba a punto de
evacuar. ¿Qué ocurrió después de aquella noche?
—Fue la última ofensiva de nuestras tropas. Los mandos decidieron no
bombardear las llanuras donde estaban las naves de transporte. ¿Para qué más
matanzas? El enemigo se marcharía y nunca volvería. Dos meses después la barrera
fue levantada. A medio millón de kilómetros los imperiales establecieron en órbita un
gran satélite artificial para suministrar energía al escudo. Algún día dejará de
funcionar. Creemos que lo hará pronto, pues llevamos tiempo detectando que la
barrera pierde fuerza.
Éstas palabras de Rose las recordé siempre. La barrera no fue ningún obstáculo
para el desarrollo de Aita. Sin guerras, y pacificado el planeta, sólo preocupados por
el regreso de los soldados que creían haber matado, los aitas reconstruyeron su
sociedad, justa y democrática, desarrollando un vasto plan de renovación sujeto a un
control exhaustivo de los recursos naturales, protegiendo la naturaleza y el medio
ambiente. En menos de dos lustros devolvieron la fertilidad a los campos yermos de
los escenarios de la guerra, borrando todo rastro de las batallas.
—No tenemos necesidad de salir de Aita —dijo Rose, mientras la pequeña nave
sobrevolaba los arrabales de la ciudad—. Sin embargo, algún día la barrera
desaparecerá y tendremos que enfrentarnos con el espacio exterior, del que no
sabemos nada desde hace siglos.
Su voz sonó preocupada cuando añadió:
—La barrera esta disipándose. Su debilitamiento se descubrió recientemente. Lo
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que fue motivo de preocupación para mis antepasados, se convirtió en seguridad para
mi pueblo con el paso del tiempo. Estamos preocupados porque ignoramos lo que hay
afuera, lo que ha pasado durante estos siglos.
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CAPÍTULO VI
Eran tres los grandes campamentos acondicionados para alojar a los doscientos
mil atavares.
Visitamos el más cercano a la capital del planeta, situado a unos cien kilómetros
al sur. Tanto Kemhes como yo sabíamos que nada había sido preparado para
causamos una buena impresión. Según Rose, nos sería mostrada la realidad.
Los aitas habían hecho por los prisioneros más de lo que yo esperaba. El recinto
era amplio, contaba con pabellones limpios y confortables. No parecía lo que era si
no fuera por los vigilantes armados, las torres metálicas y las cercas de acero.
Desde una torre observamos que miles de soldados paseaban por los patios. Las
verías que los rodeaban llamaron mi atención; me pregunte si estaban electrificadas o
por ellas discurrían energías mortales.
Como si Rose hubiera adivinado mis pensamientos, explicó;
—Al principio tuvimos muchos problemas con estos hombres, pero estudiamos
su comportamiento y encontramos un tratamiento para tranquilizarlos. Como bien
sabes, David —ya me llamaba por mi nombre, lo cual me complacía— el soldado
adaptado recibe las órdenes de sus superiores a través de un implante insertado en su
cerebro. Cuando descubrimos la frecuencia fue fácil impartir instrucciones para que
olvidaran su entrenamiento militar. Oh, aún creen que están en guerra, pero les
hacemos creer que se encuentran en sus bases, a la espera de ser enviados al frente.
Los prisioneros, por llamarlos de alguna manera, estaban bien vestidos, tenían un
excelente aspecto y parecían gozar de una buena salud.
Lo que podía deprimir a cualquier observador eran sus movimientos lentos,
repetitivos, condicionados a un programa; paseaban en silencio por los patios. Sus
gestos eran mesurados. Cada media hora echaban a correr, daban varias vueltas y
volvían a pasear. Me llevé la mano a la cabeza. Mi implante sólo funcionaba para que
yo recibiera órdenes; podía ignorarlas porque mi cerebro no había sido alterado.
Algún día pediría a Rose que sus cirujanos me libraran de él.
—No tenemos que darles instrucciones para que realicen sus necesidades
fisiológicas —añadió Rose.
Kemhes se echó a reír y nos volvimos a mirarle.
—Me pregunto qué hubieran hecho los aitas si hubieran interferido la frecuencia
que utilizábamos para dar órdenes a estos hombres.
—Comandante, he estudiado cientos de informes elaborados por los científicos
que han estudiado el comportamiento de los atavares, y puedo asegurarle que están a
punto de lograr que vuelvan a ser personas normales.
—Me alegraría mucho —dijo Kemhes—. Pero dudo que estos desgraciados
vuelvan a ser normales.
Decididamente, pediría a Rose que mi implante me fuera extirpado.
Los aitas parecían orgullosos mostrándonos el campo de prisioneros. Rose me
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preguntó qué me había parecido y le respondí que si nada habían manipulado, la
visita no había podido ser más satisfactoria. El comandante estuvo de acuerdo
conmigo.
Estuvimos casi dos horas recorriendo las instalaciones, los comedores,
dormitorios y gimnasios, incluidas las cocinas donde se elaboraba una comida sana y
abundante. De lejos los atavares mostraban un buen aspecto, pero de cerca resultaba
triste contemplar sus ojos carentes de voluntad. Cuando pasábamos cerca de ellos nos
miraban sin interés, nos daban la espalda, siempre caminando, hasta que echaban a
correr cuando recibían la orden de hacerlo. Rose dijo que había que mantenerlos en
buen estado físico, pero a mí me pareció patético el espectáculo.
Nos marchamos bien entrada la tarde, después de comer en compañía del alcaide,
que se mostró vivamente interesado por mi caso. Me hizo muchas preguntas, que
contesté como mejor pude. Me pareció que era sincero cuando afirmó que le
preocupaban aquellos hombres. En su opinión los científicos aitas debían encontrar
pronto el remedio para devolverlos a la normalidad.
Tuve un momento de inspiración y dije:
—Colé Harriman podría ayudarles.
Conté lo que sabia acerca de Harriman. Hunter asintió y dijo secamente: —No
estoy seguro de que quiera ayudarnos. Ese hombre sufre un fuerte desequilibrio
emocional. No podemos esperar nada de él. Tal vez cuando haya transcurrido algún
tiempo y esté adaptado a su nueva situación, podamos confiar en él.
A mi pesar, tenía que estar de acuerdo con Hunter. Con palabras poco científicas,
mi dictamen respecto a Harriman era que no estaba bien de la cabeza y seria mejor
tenerlo apartado de los laboratorios. No expresé en voz alta mis pensamientos. No
quería que se interpretasen mal mis palabras, puesto todo el mundo sabía que yo no
sentía la menor simpatía por él.
Nadie rebatió las afirmaciones de Hunter. Me encogí de hombros, pensando que
el consejero parecía conocer mejor que nadie a Harriman, incluido yo. Me habría
solidarizado con Hunter, pero hacía días que había visto que miraba demasiado a
Rose. Había empezado a resultarme antipático.
El resto del día lo dedicamos a visitar algunos lugares del continente de Aita, el
mayor en extensión y el más densamente poblado del planeta, el mismo en que
desembarcaron las tropas del IRE.
Antes de regresar a la ciudad sobrevolamos las zonas donde se libraron las más
duras batallas. El terreno que habíamos arruinado con las terroríficas armas había
reverdecido y los ríos corrían limpios por los cauces. El erial que yo recordaba se
había transformado en un vergel.
Al anochecer estábamos de regreso en la sede del gobierno. Hunter se disculpó
alegando que tenía una reunión importante y se marchó, prometiendo que
volveríamos a vernos al día siguiente. La guardia seguía apostada delante de la puerta
de nuestras habitaciones. Rose me dijo que más tarde vendría a buscarme para
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llevarme a cenar en compañía de su padre y Joser, que acababa de regresar a la
ciudad de la casa del acantilado.
La invitación no la hizo extensiva a Kemhes, y éste, cuando nos quedamos a
solas, sonriendo me dijo que no me preocupase por él, ya que no se sentía ofendido.
Añadió que Rose era muy linda, guiñándome un ojo.
Encontramos a Harriman más tranquilo de lo que esperábamos. Nos hizo algunas
preguntas, se las respondimos y se tumbó en un diván. Con los ojos cerrados dijo que
esperaría la hora de la cena.
Un ordenanza vino a buscarme. Harriman me deseó suerte. Me volví. Harriman
seguía durmiendo, pero me pareció que lo fingía.
El consejero Valley tenía unas habitaciones privadas en el mismo edificio, que
usaba cuando el trabajo le impedía volver a su vivienda habitual, situada en las
afueras de la ciudad.
Rose salió a recibirme. Estaba preciosa. Llevaba un ligero vestido, transparente
en los lugares adecuados para realzar su figura. Si se había propuesto impresionarme,
lo estaba consiguiendo. Estreché su mano y acaricié sus dedos. Compuse la sonrisa
que consideré más adecuada para el momento y ella me respondió con otra, que yo
quise ver de esperanza para mí.
Rose sirvió personalmente la cena. Era exquisita y fue regada con vinos blancos y
rojos. Una copa de un licor cuyo sabor me recordaba el coñac y un buen cigarro
pusieron digno colofón a la velada.
—Quería hablarle en privado, señor Landon —dijo el consejero Valley.
—Le escucho, señor —dije resignado, mirando el humo del cigarro.
—Según ha reconocido usted, antes de que se dedicara a conspirar contra el
Imperio terminó algunos estudios universitarios. Es un hombre inteligente, no un
vulgar soldado. ¿Por qué insiste en menospreciarse? Le considero más capacitado que
sus compañeros, incluso más que el comandante Kemhes.
Sintiéndome observado por Rose, me limité a permanecer callado. Gene
continuó:
—Cuando empezaron las apariciones de atavares pensamos que recibiríamos a
más oficiales, pero no ha sido así. Esto nos ha sorprendido. Esta mañana ha visitado
un campo de internamiento. ¿No le extraña que todos sean soldados adaptados?
Aquella pregunta me la había hecho varias veces, especialmente mientras
recorríamos el campamento.
—El cinco por ciento del IRE estaba compuesto por jefes y oficiales normales, es
cierto. Deberían haber saltado al futuro unos mil oficiales. ¿Adónde quiere ir a parar?
Gene se encogió de hombros.
—Esa es la misma conclusión a la que he llegado. Para Hunter la única
explicación es que los oficiales se escondían en los más profundos refugios cuando
mis antepasados empleaban las nuevas armas, y no eran alcanzados.
—No logro adivinar lo que intenta decirme, señor. —Sonreí. Había esperado
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quedarme a solas con Rose, y la conversación que mantenía con su padre empezaba a
aburrirme—. Los oficiales eran reclutados entre los elementos más violentos y
peligrosos de las fuerzas regulares imperiales, pero la cobardía no era uno de sus
defectos. La mayoría estaban resentidos contra el sistema, se sentían humillados
sirviendo en el IRE, y lo consideraban como un castigo; pero muchos eran fanáticos
seguidores del Emperador.
—Supongo que estamos dando demasiada importancia a la carencia de oficiales
entre los hombres que fueron atrapados y enviados al futuro. Tal vez no sea
trascendental Sin embargo, espero encontrar una explicación algún día. Hunter ha
hecho lo que ha podido. Su trabajo al frente de las patrullas dedicadas a controlar a
los soldados a medida que iban apareciendo ha sido excelente.
—¿Debo entender que ya no está en ese cargo?
—Hemos disuelto las patrullas. Ya no las necesitamos. No aparecerán más
atavares, el ciclo ha terminado hace unos días. Hunter será nombrado consejero, título
al que aspira desde hace tiempo. Por fin lo conseguirá.
Dije que lo felicitaría, pensando que haría todo lo contrario. Me pareció ver en la
mirada de Gene Valley que no le complacía que Hunter accediera al consejo.
—Por lo tanto, únicamente han sido tres los hombres normales que han aparecido
—dijo Rose—. Sólo tres de casi doscientos mil. Las cuentas no cuadran.
—Rose pasaba unos días de descanso en nuestra casa del acantilado cuando
recibió la noticia de que los campesinos perseguían a unos extraños atavares. Con la
esperanza de que fueran oficiales, se unió a ellos, temiendo que un granjero se
pusiera nervioso y apretase el gatillo apenas viera una sombra sospechosa. Aquel
mismo día aparecieron muchos atavares en otros lugares, y los agentes estaban
demasiado ocupados capturándolos. Rose se hizo cargo de ustedes y les puso a salvo,
ya que los ánimos estaban muy exaltados; no era para menos, pues unos atavares
asaltaron una granja y mataron a sus dueños. Si la noticia llegaba hasta el valle, los
campesinos les matarían.
El consejero Valley parecía preocupado.
—Sí, fuimos afortunados —dije, dirigiendo una mirada de agradecimiento a
Rose.
Valley se restregó las manos y dijo con preocupación:
—Dentro de poco desaparecerá la barrera y quedaremos expuestos a los peligros
del exterior. Nos preguntamos qué ha sido del Imperio. No sabemos lo que nos
aguarda. Todo el tiempo pasado nos hemos ocupado de convertir a Aita en un mundo
agradable para vivir. Aparte de las patrullas armadas, no tenemos un ejército regular.
Somos quinientos millones de seres y podríamos defendernos de cualquier agresión,
pero hemos empezado hace poco a fabricar armas y aviones, y a preparar
militarmente a algunos miles de hombres y mujeres, los que se han ofrecido
voluntarios. Admito que nos hemos acostumbrado a la paz y podemos pagar muy
cara nuestra falta de previsión.
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Le recordé que el Imperio se desmoronaba cuando el IRE iba a retirarse de Aita, y
tal vez la amenaza que temían fuera infundada.
—Ya te he explicado que la barrera se ha estado nutriendo de la energía que le
suministraba el gran satélite artificial, una especie de base imperial de cincuenta
kilómetros de diámetro, tal vez una antigua fortaleza transportada hasta las
proximidades de Aita —dijo Rose—. Lo ignoramos todo acerca de él, si está habitado
o fue abandonado al poco de establecerse el escudo. ¿Existe el Imperio, otro poder lo
ha sustituido y en la base orbital un mecanismo podría activarse cuando la barrera se
extinga totalmente, alertando a sus nuevos dueños?
Ella y el consejero Valley tenían motivos de sobra para estar preocupados. Por la
forma en que el padre de Rose me miraba deduje que aún tenía algo más que decirme.
El consejero se volvió hacia mí y dijo:
—La barrera comenzó a perder potencia hace seis meses. Dentro de veinte o
treinta días habrá desaparecido totalmente. Aun debilitada, sigue siendo peligroso
cruzarla. Sin embargo, en algunos puntos, especialmente sobre los casquetes polares,
no existe el menor riesgo. Una nave podría llegar hasta el gran satélite y explorarlo.
Necesitamos saber qué contiene y para qué fin, aparte de proporcionar energía a la
barrera, fue construido. Si estuviera abandonado, podríamos averiguar qué ha pasado
en el exterior durante los últimos siglos, conocer la situación actual de la galaxia.
También podríamos encontrar medios de comunicación modernos para obtener
información. Landon, necesitamos llegar a ese satélite.
—¿Por qué no lo han hecho? ¿Qué esperan? Están perdiendo un tiempo precioso.
—Hemos observado que el satélite esta erizado de defensas; si siguen operativas
nuestra nave, apenas fuera detectada, sería destruida. Tal vez exagere y nada
funcione, pero no podemos correr el riesgo.
—Señor, acaba de decir que no tienen ejércitos ni naves, pero me está hablando
de una unidad estelar con la que quieren explorar el satélite.
Él había percibido el tono de reproche de mi voz y se apresuró a decir:
—Conservamos una nave imperial. Fue encontrada intacta entre los restos del
astropuerto, abandonada durante la retirada de las fuerzas del IRE. La hemos
mantenido en perfectas condiciones. Las naves del Imperio disponen de
identificadores automáticos, y creemos que éstos impedirían que las defensas del
satélite se activaran, en el supuesto de que sigan intactas; pero no podemos garantizar
a los navegantes que la tripulen que los códigos no hayan sido cambiados. Ha pasado
demasiado tiempo, como comprenderá, para estar seguros.
Llegó la hora de preguntar por qué contaban conmigo para sus planes, aunque ya
tenía una mosca zumbando cerca de mi oreja.
—Eres el único que puede pilotarla, David —dijo Rose.
—Aprendí a pilotar pequeñas naves y aparatos de recreo, pero no tengo la menor
idea de navegación para responsabilizarme de un crucero de guerra. ¿Qué clase de
nave es la que tienen? ¿Un transporte, un deslizador, un acorazado? ¿No cuentan con
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personas capacitadas para esa misión?
—¿Cómo vamos a tener experiencia si hace seis siglos que nada puede ir más allá
de mil kilómetros de la superficie? —dijo el consejero—. Sólo contamos con
transportes atmosféricos y aviones transoceánicos. Sin embargo, contamos con
personal de vuelo experimentado que podrían ayudar a un piloto como usted, y llegar
al satélite, estudiarlo y comprobar si es posible descender en él. Landon, sabemos que
usted tiene experiencia, más que nadie en Alta. Le necesitamos y le pedimos que nos
ayude. Tómese algún tiempo para pensarlo, pero no tarde demasiado en darme una
respuesta.
Rose me observaba, impaciente. Sonreí. ¿Acaso dudaba de cuál iba a ser mí
respuesta?
No la defraudaría.
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CAPÍTULO VII
Tendí mí mano a Harriman. Dudó antes de estrecharla.
—Celebro que haya decidido colaborar con los científicos que intentan devolver a
la normalidad a los atavares —dije.
Harriman se encogió de hombros y, en medio de un gruñido, respondió:
—Me lo pidió el consejero Hunter con tanta insistencia que no pude negarme;
creo que debo pagar de alguna manera mi manutención. En serio, me alegro de ser
útil —concluyó con una sonrisa extraña.
Lo vi alejarse por el pasillo. Nos habían retirado la guardia y podíamos movernos
por donde quisiéramos.
A Kemhes le ofrecieron un trabajo como instructor de reclutas. Después de tantos
años, Aita necesitaba un ejército lo mejor entrenado posible, no era bastante con unos
miles de policías y patrulleros para hacer frente a la amenaza. Algunas fábricas
estaban siendo adaptadas para producir armas ligeras y pesadas. Siempre que
preguntaba si pensaban utilizar el extraño rayo que enviaba a las personas al futuro,
se me respondía con evasivas: nadie quería hablar al respecto.
Me sorprendió que el comandante hubiera solicitado un plazo para aceptar el
empleo de asesor militar.
Como explicación me dijo:
—Es fácil, Landon. Mi situación es delicada. Esta gente cerne ser atacada por
tropas imperiales. Esa posibilidad es muy remota, pero no sabemos si el Imperio aún
existe; pero ¿qué debería hacer si todavía hubiera un maldito Emperador? ¿Sería
capaz de luchar contra los ejército a los que juré servir?
—Tus camaradas murieron hace siglos.
—Juré fidelidad al Imperio, y lo hice voluntariamente. No puedo renunciar a mis
principios.
Me rasqué la nuca. No hice ningún juramento. A mí me obligaron a pelear por la
gloria de un jodido Emperador, me metieron en un traje de combate y me hundieron
en una trinchera con barro hasta las cejas, me dieron un arma para que matara a los
que luchaban por su libertad.
—Las posibilidades de que el Imperio haya sobrevivido son mínimas, ha pasado
demasiado tiempo. Quizá exista otro poder en su lugar, y con éste, el que sea, no te
une ningún compromiso. Piénsalo. Mientras tanto, unas lecciones a los reclutas no te
convertirían en un traidor.
—Ojalá fuera así, pero ese enorme satélite artificial sigue ahí arriba, a medio
millón de kilómetros de Aita; si crees que en él descubrirás que este planeta no debe
temer nada del exterior, estás equivocado. No me preguntes por qué lo pienso, pues
no lo sé; pero tengo un mal presentimiento.
—Comandante, esta gente se ha portado bien con nosotros. No nos guarda rencor,
ni siguiera muestra animosidad contra los soldados y trata de recuperarlos para su
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sociedad. Les debemos mucho y creo que aún les deberemos más.
—Tal vez tengas razón. Lo siento, pero siempre he sido fiel a mis ideales. Si
decidiera ayudar a los aitas, será entregándome plenamente a ello. Mientras tanto,
echaré una mano a Harriman, le ayudaré a encontrar un remedio para devolver la
cordura a los atavares.
Seguían llamándolos atavares, incluso a los tres no adaptados, y creo que lo
hacían porque nos consideraban reliquias de una época pasada. No sé si desconfiaban
de nosotros. Sólo Rose me trataba de distinta manera. Su amistad me ayudaba a no
pensar en otras cosas.
No les podía reprochar que nuestra presencia les recordase los oscuros años de su
guerra contra el Imperio.
Pese a las buenas palabras de los consejeros, nos costaría mucho integrarnos en su
sociedad. Joser, el hermano de Rose, no hablaba mucho conmigo. De vez en cuando
le sorprendía dirigiéndome miradas cargadas de reproches y yo creía que su actitud se
debía a que no estaba de acuerdo con la amistad que me unía con su hermana, cada
día más íntima.
Rose, apenas dejé a Harriman, salió a mi encuentro. Parecía preocupada, no me
sonrió como era su costumbre. Le pregunté qué le ocurría.
—Hunter ha sido nombrado consejero.
Al principio no le comprendí, y ella añadió con disgusto:
—El nombramiento no ha sido unánime, pues Hunter se negó a renunciar al
control de las patrullas, a las que no quiere integrar en el ejército que estamos
preparando.
—Lo siento, pero no comprendo por qué estás preocupada.
—No conoces a Hunter Derbey. Su mente es retorcida. ¿Te ha contado mi padre
que lleva años pretendiendo que el Consejo instituya un cargo que esté por encima de
todos los consejeros? Por supuesto, él desea ocuparlo, y lo antes posible.
—Creí que vuestro sistema de gobierno impide que algo así ocurra. ¿Qué está
pasando? Empiezo a notar algo extraño. Ese tal Hunter no me cae bien.
—Argumenta que para afrontar una crisis como la actual es necesario un gobierno
fuerte con un líder a la cabeza, y el Consejo sería un estorbo.
Paseamos por las galerías exteriores. La brisa del atardecer era agradable. Ante
nosotros la ciudad se extendía cubierta por el rojo del ocaso.
Nos paramos en una terraza y tome a Rose entre mis brazos, la acerqué y la besé.
Lo estaba deseando desde que la conocí. Sentí miedo de que me rechazara mientras
mis labios se apretaban contra los suyos; pero mis temores eran infundados. Rose se
refugió entre mis brazos.
De pronto, cuando menos lo esperaba, ella se apartó de mí.
—¿Qué te ocurre? —pregunté alarmado.
—No quiero que tengas a Hunter como enemigo.
—¿Qué?
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—Me ha pedido varias veces que me case con él.
—Y tú les has rechazado, es evidente.
—Siempre me lo pidió con amabilidad, pero las últimas veces empleó un tono
amenazador. Por la edad, mi padre dejará de ser consejero, y Hunter dice que
necesitaré su protección.
Me sentía furioso.
—Si ese tipo vuelve a molestarte, le partiré la cara.
—Sé cuidar de mí misma. Olvidemos a Hunter. Hay otros problemas que
debemos solucionar. —Rose movió la cabeza, preocupada—. El viaje al satélite está
siendo cuestionado.
—¿Por qué? Creí que todo estaba decidido.
—Hunter pidió ayer al Consejo que lo aplazara.
—¿Hasta cuando?
—La fecha está por decidir.
—No deberíamos perder el tiempo… Espera un momento. ¿Acaso Hunter se
opone al viaje porque yo seré el piloto?
—No quiero pensar que lo hace por ti.
—¿Qué razones alegó para pedir la suspensión?
—Entre otras, dice que debemos ser cautelosos, prepararnos mejor militarmente
antes de descubrir al enemigo nuestras intenciones. Si la misión de llegar al satélite
sin ser descubiertos fracasara, podrían saltar las alarmas y los imperiales o quienes
ahora controlen el imperio, podrían enterarse de que la barrera ya no existe y volver
la mirada hacia Aita.
—Pero ¿es que nadie se atreve a enfrentarse a Hunter?
—Sólo mi padre lo hizo, sostuvo con él una acalorada discusión. El resto de los
consejeros le tienen miedo.
—¡Eso es absurdo! He revisado la vieja nave imperial y puedo garantizar que está
en excelente estado y el sistema de identificación funciona a la perfección. Si hay
alguien en la estación únicamente podría descubrirnos visualmente, y de burlarme de
su vigilancia me ocuparía yo. Rose, ¿vuestras leyes me permiten hablar al consejo?
Creo que podría convencerlo para que la prepuesta de Hunter sea rechazada. La única
manera que tenemos de saber qué demonios pasa ahí afuera es entrando en el satélite
y registrarlo palmo a palmo.
—Lo siento, pero no te permitirían dirigirte al consejo, y la razón no es otra
que…
Rose calló, apretó los labios y desvió la mirada. Comprendí el motivo de su
silencio.
—Sigo siendo un atavar y carezco de derechos. A Hunter le costó poco convencer
a los miembros del Consejo porque les dijo que no debían fiarse de un hombre del
pasado, un soldado que combatió contra sus antepasados Sería una locura confiarle
una misión tan importante.
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—Tú no tienes la culpa, David.
—Vamos a ver a tu padre. Quiero que Joser esté presente. Tu hermanito tampoco
parece tenerme mucha simpatía. Creo que ha llegado el momento de aclarar algunas
cosas.
Entré en el corredor cubierto, caminando deprisa. Rose me siguió intentando
convencerme de que ella, su padre e incluso su hermano, estaban de mi parte y
confiaban plenamente en mí.
No pude encontrar al consejero Gene Valley.
A Joser le vimos en su despacho y nos explicó que su padre había recibido
órdenes del Consejo de trasladarse a las islas nórdicas, donde tenía que revisar las
instalaciones meteorológicas y la base aérea que se estaba instalando. Había partido
hacía unas horas, sin tener tiempo de despedirse de su hija.
—Ese trabajo le tendrá ocupado varios días. Tardará en volver una semana más o
menos —concluyó Joser. Una sombra de preocupación pasó por su rostro. Miró a
Rose—. Es imposible que vuelva antes. Se marchó disgustado y me prometió que
procuraría terminar el trabajo cuanto antes; pero no creo que lo consiga.
—¿No te parece extraño? —pregunté.
—¿A qué te refieres?
—Que a tu padre le quieran lejos de la ciudad.
Joser miró a su hermana, hasta convencerse de que ella estaba de mi parte.
—Vamos, dime de una vez cuáles son tus sospechas —dijo.
—Hunter intenta hacerse con el poder de Aita alegando que es necesario para
enfrentarse al peligro que puede representar la desaparición de la barrera. He
sorprendido más de una vez a Hunter y Colé Harriman hablando en voz baja, como si
tramaran algo. Todo el mundo esperaba que los guardias se integraran en el ejército,
pero él lo ha impedido y los conserva bajo su mando. ¿Por qué? Según Rose, le
molestó que ella impidiera que él se hiciera cargo de Harriman y de mi. Nos quería
enviar a un campamento, que nadie supiera que entre los atavares que aparecieron
aquel día había tres cuyo comportamiento no era como el de los demás. Por último,
¿por que tiene Hunter tanto empeño en que la nave que ha sido preparada no viaje al
satélite? Parece que tiene mucho interés en que no sea explorada esa estación, base o
fortaleza.
Joser se quedó pensativo y acabó asintiendo. Me dio la impresión de que me
había entendido y mis argumentos no le parecían descabellados. Rose miraba a su
hermano, esperando impaciente su respuesta.
—No andas descaminado, David. Es posible que tengas razón —admitió Joser—.
Pero ¿qué podemos hacer? Todo lo que hace Hunter es legal, se ajusta a la ley. Nadie
puede acusarle de intrigar contra el Consejo; como mucho podrían achacarle un
exceso de celo en su cargo. Lo siento, pero no podemos hacer nada.
No esperaba una respuesta tan conformista. Mascullé algunas maldiciones entre
dientes. Hunter había inventando un trabajo para el consejero Valley con el propósito
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de mantenerlo lejos de la capital durante varios días. Me pregunté qué pensaba hacer
mientras tanto, cuál sería su siguiente paso.
De lo que no había duda era de que, por las causas que fueran, me había
convertido en una persona no grata para Hunter. Miré de reojo a Rose,
preguntándome si ella era uno de los motivos de la animadversión que Hunter
demostraba tener hacia mí.
Después de aquella conversación Joser y yo empezamos a entendemos mejor.
Entre nosotros desaparecieron los recelos. Mantuve con él otras conversaciones.
Cambiamos impresiones y descubrimos que simpatizábamos. Acabamos estando de
acuerdo en que Hunter conspiraba. Lo que no sabíamos era quiénes serían sus
aliados. Pero yo ya tenía un candidato. El cambio de actitud de Harriman me obligaba
a considerarle el mayor sospechoso.
Dos días más tarde, Kemhes vino con una noticia inquietante.
—Ayer acompañé a Harriman y varios científicos a un campamento de atavares.
Una vez allí me despisté del grupo y empecé a dar vueltas por las instalaciones.
Como tenia un permiso especial, paseé sin rumbo fijo y nadie me molestó, los
guardias velan mi tarjeta de identificación y se despreocupaban de mí Llegué hasta
unos barracones que la otra vez, durante nuestra primera visita, no nos mostraron. Por
su aspecto exterior no eran diferentes a los demás, pero una vez dentro descubrí que
estaban mejor acondicionados. Había varios hombres, unos descansando en
confortables camas, otros jugando a las cartas o leyendo. Vestían uniformes de los
patrulleros de Aita, pero su idioma no tenía el acento local y en cambio empleaban
los mismos giros que nosotros. ¡No eran nativos!
—¿Quiénes diablos eran?
—Reconocí a uno de aquellos hombres. Cuando estuve seguro de su identidad,
me apresuré a largarme de allí. ¡Era uno de mis camaradas de armas, un capitán que
había estado bajo mis Ordenes! Fue alcanzado por el misterioso rayo aita unos días
antes que tú y yo, David.
—¿Estás seguro?
—¡Claro que sí! Estuve a punto de entrar y darle un abrazo, pero recordé cosas,
me asusté y pensé que mejor lo dejaba para otra ocasión, porque antes tenía que
contártelo.
—¿Por qué a mí?
—¿Es que no lo comprendes? No quería que nadie supiera que yo había estado
husmeando en un barracón que no era igual a los otros barracones, en el que había
hombres que no tenían la mirada perdida de los atavares, vestían uniformes aitas y…
¡eran oficiales del IRE! Tuve miedo, David, de veras, y me acordé de Hunter. ¿Cómo
reaccionaría al enterarse de que había visto a docenas de tenientes y capitanes?
Oficialmente no están aquí, nunca saltaron del pasado a este presente. ¿Qué crees que
me habría pasado su hubiera salido gritando a los cuatro vientos lo que había
descubierto? Me entró pánico, temí que no saldría vivo de allí.
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—¿Qué piensas de todo esto?
Le vi encogerse de hombros. Me planteé si era el momento de confiar a Kemhes
el resto de mis sospechas, lo que Joser y yo habíamos hablado. Esperé a que él
tomara la iniciativa. No podía arriesgarme y poner en peligro no sólo mi seguridad,
sino la de Rose, Joser y el consejero Valley.
—No lo sé —respondió—. Pero ocurre algo raro. —Se estremeció y añadió con
voz trémula—: Harriman me pidió una relación de órdenes corrientes, las que
empleábamos para que nos obedeciera la tropa. Ya sabes, las claves que escuchabais
a través de los implantes.
No me dio tiempo a preguntarle nada más. Se alejó por el pasillo dejándome
pensativo.
Al anochecer comenté con Rose y Joser lo que Kemhes me había contado.
—Hiciste bien en no fiarte de él —dijo Joser mientras contemplaba el vino de la
copa que sostenía entre las manos—. Pero si ha sido sincero nos puede servir de gran
ayuda. ¿Qué tal opinión tienes de él?
Le contesté que me inclinaba a creerle, pero no lo bastante como para confiarle
nuestros proyectos.
—Esperemos un día —dijo Rose—. Mañana regresa papá.
—Creí que tardaría una semana.
—Ha trabajado deprisa para dejarlo todo terminado. Hunter no sabe que vuelve.
—Quiero hablar con él a primera hora.
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CAPITULO VIII
Cuando Joser me zarandeo tuve la sensación de que hacía un minuto que me
había acostado. Lo vi al lado de mi cama, nervioso.
—Vamos, levántate —dijo—. Debemos damos prisa.
—¿Qué demonios pasa? —inquirí, incorporándome.
Cogí las zapatillas y me dirigí al cuarto de baño; pero Joser me agarró de un brazo
y señaló mis ropas.
—No tienes tiempo para tomar una ducha —dijo.
—¿Está ardiendo el edificio?
—Mi padre ha regresado.
Miré por la ventana.
Todavía no había salido el sol. Apenas había dormido. Hacía poco más de una
hora que había dejado a Rose en su habitación. Si hubiera tardado un poco más su
hermano habría descubierto lo nuestro.
—Tu padre ha adelantado varias horas su vuelta —mascullé mientras luchaba por
vestirme.
—Quiere verte ahora mismo.
—Yo también. —Terminé de abotonarme la chaqueta, me alisé los cabellos con
las manos—. Estoy listo. Vamos.
Me dirigí a la salida del corredor, pero Joser señaló el ascensor de emergencia.
—Usaremos ése —dijo, sacando una tarjeta que usó para abrir la puerta del
ascensor.
Había ascensores de emergencia en todos los pisos de las habitaciones más
importantes del edificio, pero no se podían abrir sin unas tarjetas especiales que
únicamente tenían los vigilantes y algunos consejeros.
Cuando sonaba la alarma, aquellos ascensores eran desbloqueados y quedaban
accesibles para todo el mundo.
—¿Por qué no utilizamos los otros ascensores? —pregunté mientras ascendíamos.
—Por precaución, amigo. Hay patrullas por los pasillos.
—¿Y qué? Siempre hay hombres vigilando este edificio.
—Pero éstas son de la guardia personal de Hunter. Están por todas partes,
llegaron nace un par de horas, expulsaron a los vigilantes nocturnos y ocuparon sus
puestos.
—No los vi cuando volví a mi habitación.
—Por el momento no quieren llamar la atención, pero si nos vieran por los
pasillos, nos detendrían. Este ascensor aún no lo vigilan.
—¿Qué demonios está pasando?
—Pronto lo sabrás.
Joser parecía nervioso. Y preocupado.
El ascensor se detuvo y Joser sacó la cabeza y miró a ambos lados del corredor
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antes de salir. Me hizo señas para que le siguiera. Para llegar al piso donde estaba el
apartamento de los Valley teníamos que recorrer algunos pasillos. Por suerte no
encontramos a nadie. Rose nos abrió la puerta.
Gene Valley salió a mi encuentro, estrechó mi mano y fue directamente al asunto:
—Rose me ha puesto al corriente de lo que ha pasado aquí mientras he estado
ausente, muchacho. No tenemos tiempo que perder. Al otro lado de la plaza hay un
vehículo esperándonos.
Rose estaba junto a la puerta. Su hermano recogió un pequeño maletín. Pregunté
al consejero:
—¿Por qué ha vuelto antes de lo previsto?
—Antes de emprender el viaje a las islas, la misma mañana en que debía subir al
vehículo que me llevaría a la estación meteorológica, hice una visita al astropuerto
donde está la vieja nave Imperial. Los navegantes que la preparaban para el viaje
habían sido apartados de ella y encerrados en un cobertizo. Eran hombres de Hunter
los que la vigilaban. No me vieron y subí al avión que me esperaba. Una vez en las
islas intenté ponerme en contacto con los consejeros que se oponen a las ambiciones
de Hunter, pero no pude. Un colaborador mío me dijo que permanecen aislados en
otro edificio y Hunter les presiona para que le firmen el documento que lo nombra
jefe absoluto del Consejo. El piloto del avión es amigo mío y me ayudó a volver al
continente sin que nadie se enterase. Pero no tardarán en descubrir que estoy en la
ciudad.
Le pregunté por su plan, convencido de que lo tenía.
—Es muy simple —contestó—. Recuperaremos el control de la nave y
viajaremos al satélite. Tenemos que averiguar lo que hay en él. Es la única manera de
parar a Hunter. Antes de que el Consejo le otorgue plenos poderes debemos estar
seguros de que para resolver la situación estamos obligados a tomar medidas
extremas.
No simpatizaba con Hunter por varias razones, la principal era la que implicaba a
Rose, pero ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, entre ellos la
posible amenaza externa, había que actuar. De lo único de los que estaba seguro era
de que Hunter tenía sus planes, y éstos eran peligrosos, tanto o más que el misterio
que nos podía acechar desde el espacio.
—¿Tiene idea de las intenciones de Hunter, señor? —pregunté.
—Tengo varias sospechas. Tal vez quiere pactar con el Imperio o con el poder
que lo haya sustituido, Cuando controle el Consejo, establecerá contacto con los
nuevos amos de la galaxia y se someterá a ellos a cambio de ser nombrado
gobernador, virrey o sátrapa de Aita.
Sonreí.
—¿No le parece demasiado fantástico? Hunter puede ser capaz de todo, pero no
es un imbécil. No creo que juegue con posibilidades. Sabe lo que hace, conoce a
dónde le conducirá cada paso que da.
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Gene miró a Rose.
—Hunter contó sus planes a mi hija en un arrebato de ira, después de que ella le
rechazara.
Vi a Rose asentir con la cabeza. No me lo había contado todo. Odié un poco más
a Hunter.
—¿Cree que en el satélite encontraremos las pruebas de que no existe ninguna
amenaza y por lo tanto el Consejo no se vera obligado a conceder poderes absolutos a
Hunter? —pregunté, pensando en los oficiales del Imperio escondidos en un barracón
del campo de atavares. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar.
—Hunter ha tratado de impedir que lo exploremos. Quizá sabe más de lo que
aparenta saber y teme que podríamos encontrar las pruebas que desbaratarían sus
planes, y por ello, además de privarme de que yo influyera en los consejeros, no
quiere que ponga los pies en el satélite.
—Y tampoco cuenta con demasiado apoyo, y cree que el nuevo ejército
obedecerá al Consejo antes que a él. Los guardias que ha infiltrado en este edificio
son todos los hombres que le obedecerán ciegamente si finalmente opta por dar un
golpe de estado.
—Hunter tiene otro ejército —intervino Rose.
Me volví hacia ella. ¿Qué había querido decir? Empecé a comprender, y la última
pieza encajó en el puzzle. Se completaba la imagen que daba las respuestas a mis
preguntas.
—Los atavares —musité—. Por eso necesitaba a los oficiales imperiales y las
claves para convertir a los adaptados en un ejército invencible mediante un emisor de
órdenes. Ha estado organizando sus propias tropas, a las que los soldados bisoños que
reciben entrenamiento no podrían enfrentarse.
Rose asintió. En las miradas del consejero y su hijo pude leer que yo no me había
equivocado.
Joser dijo:
—Debemos irnos.
Gene Valley se dirigió a la puerta. Rose no la había cerrado por dentro y alguien
la abrió desde el exterior. Joser soltó el maletín e hizo intención de desenfundar la
pistola.
Alf Kemhes nos miró desde el pasillo. Le hice entrar y cerré la puerta.
—Creo que he llegado a tiempo —dijo respirando con alivio al ver que Joser no
terminaba de sacar la pistola de la funda.
Le dije:
—Nos marchábamos. Te lo explicaré por el camino, y contarás al consejero lo
que viste en el campamento.
—No será fácil abandonar el edificio —respondió Kemhes—. Acabo de ver a
varios de esos tipos vestidos de negro dirigirse hacia aquí.
En ese momento llamaron a la puerta.
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Rose conectó el visor. En la pantalla vimos a tres hombres pertenecientes a la
guardia personal de Hunter, armados con grandes fusiles. Uno de ellos aporreaba la
puerta. Pregunté si había otra salida. Joser negó con la cabeza.
Maldije al arquitecto del edificio. Estábamos en un décimo piso.
—¡Abran o derribamos la puerta! —gritó uno de los hombres.
El consejero pidió que nos apartáramos. Joser escondió su arma debajo del abrigo
y se adelantó para quitar el cierre de la puerta.
Dos soldados no cruzaron la puerta. El tercero, después de mirarnos, dijo al
consejero:
—Traigo órdenes de llevarle a presencia de Hunter.
—¿Sólo a mí? —preguntó Gene.
El soldado posó su mirada en mí, sonrió y dijo:
—A todos. También buscábamos al atavar David Landon. —Miró a Kemhes y lo
señaló—. Y a él. Sus hijos nos acompañarán, consejero Valley.
Kemhes estaba detrás del guardia que hablaba, muy cerca de los dos hombres que
vigilaban la salida. De pronto se movió con rapidez y sacó la mano derecha del
bolsillo, con la que empuñaba una pequeña pistola. Uno de los hombres trató de
apuntar al comandante, pero éste se le anticipó y disparó a bocajarro.
Tres trazos deslumbrantes centellearon ante mis narices. Vi caer a los sicarios de
Hunter alcanzados en el pecho.
Contemplé con admiración a Kemhes. Tenía una excelente puntería, el
condenado.
La habitación se llenó de olor a carne quemada. El humo fue aspirado en unos
segundos por el sistema de ventilación, los que necesitamos para reaccionar.
Kemhes pasó por encima de los cuerpos y se asomó al pasillo. Volviéndose hacia
nosotros, dijo:
—No hay nadie más. Consejero Valley, su presencia en el edificio ya ha sido
descubierta. Me temo que ha puesto nervioso a Hunter, lo suficiente para que haya
adelantado la puesta en marcha de sus planes. —Me palmeó la espalda—. Nos busca
a los dos, pero sobre todo a ti.
—¿Por qué? —pregunté mientras me inclinaba para recoger las armas de los
guardias. Las repartí entre Rose y su padre. Revisé mi fusil. Tenía la carga completa.
—A causa de tu implante —dijo el comandante, comprobando que el pasillo
seguía vacío—. Hunter sabe que lo conservas y podrías enterarte de las órdenes que
dé a su ejército de atavares. No quiere tener un fisgón como tú.
Dejé para otra ocasión hacerle algunas preguntas.
Corrimos hasta el ascensor de emergencia. La tarjeta de Joser abrió la puerta.
—¿Cómo vamos a escapar de aquí? —dijo el comandante—. Tendrán vigiladas
todas las salidas.
—Saldremos por el mismo camino que utilicé para entrar —contestó Gene Valley.
El ascensor nos dejó en la segunda planta. El consejero y su hijo nos fueron
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indicando el camino. En dos ocasiones tuvimos que escondernos, cuando aparecieron
patrullas de hombres uniformados de negro. Nos buscaban por todo el edificio, tal
vez ya sabían que habíamos matado a tres de sus compañeros. Parecían furiosos.
Corrimos por un pasillo apenas alumbrado, entramos en una habitación y
cruzamos una sala de reuniones. Al fondo había unas escaleras. El consejero nos
tranquilizó al comandante y a mí, asegurándonos que por ella llegaríamos a un
pasadizo, y que al final de éste nos encontraríamos en el aparcamiento donde había
dejado el vehículo.
Aun no había amanecido cuando salimos a la plaza. Corrimos y abrimos la puerta
de seguridad del aparcamiento. Un hombre salió al encuentro del consejero y, muy
nervioso, le dijo que había recibido órdenes de Hunter para cerrar el recinto.
—Gracias, amigo —dijo Gene Valley apretando la mano del vigilante—.
Márchate, escóndete durante algún tiempo.
Instantes después nos elevamos. El vehículo era rápido y silencioso. Joser lo
tripulaba. No encendió las luces de posición hasta que la plaza quedó atrás. Vi que
puso rumbo al pequeño astropuerto.
—Si Hunter ha adivinado nuestras intenciones, habrá alertado a los que custodian
el astropuerto —dijo Kemhes.
—No dispone de demasiados hombres para controlarlo todo. Liberaremos
primero a los navegantes y después nos haremos con el crucero —respondió el
consejero. Me dio la sensación de que no parecía muy convencido de sus palabras.
Pedí que guardaran silencio.
Dentro de mi cabeza escuchaba voces.
Hacía semanas que no las oía. La última vez fue durante el furioso ataque aita
contra las ultimas posiciones del ejército IRE.
Me apreté las sienes. La sensación era aterradora, después de tanto tiempo de no
percibir las malditas voces dentro de mi cabeza.
Me miraron todos excepto Joser, ocupado en pilotar el vehículo.
Rose apretó mi brazo derecho.
—¿Que estás escuchando? —preguntó el consejero.
Levanté una mano, sacudí la cabeza y dije que esperase.
—Puedes dejar de escuchar las voces que surgen del implante, muchacho —dijo
Gane Valley.
Le miré con desesperación.
—¿Cómo? —gemí. Me había acostumbrado al silencio de mi mente, y la voz que
retumbaba en mí me producía náuseas.
—Si no puedes soportarlo, desea con todas tus fuerzas que el implante deje de
recibir las órdenes que Hunter está impartiendo a los atavares.
—Necesitamos conocer sus intenciones; creo que puedo soportarlo un poco más.
Resistí lo que pude. Y más. Cuando las voces callaron, me desplomé en el
asiento. Rose me acarició la frente.
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—Estoy bien —dije.
Nos acercábamos al astropuerto. Inspiré hondo.
—¿Quieren saber lo que Hunter ha transmitido a los atavares? —pregunté.
—Podemos esperar a que estemos en la nave —dijo Joser.
Cerré los ojos y asentí. Tras carraspear, el consejero me miró y preguntó
tímidamente.
—Pero me gustaría que el comandante nos explicara la relación que existe entre
Hunter y Harriman.
***
Joser anunció que estábamos a punto de descender en el campo espacial.
Kemhes se apresuró a terminar su relato:
—Hunter no necesitó muchos argumentos para convencer a Harriman, pues ese
cabrón sigue siendo el mismo fanático imperialista de siempre. Ha trabajado día y
noche para fabricar un transmisor de órdenes que los atavares obedezcan, lo que
Hunter estaba esperando. Con la ayuda de los oficiales que durante un año ha estado
ocultando, ya tiene bajo su mando un ejército de doscientos mil soldados dispuestos a
morir por él.
Rose me preguntó:
—¿Te encuentras mejor?
—Sí —respondí.
Me froté los ojos. Aunque había desconectado el implante, a veces no podía
impedir que la voz volviera a atormentarme, y sonaba en mi cabeza y las náuseas
volvían a apoderarse de mí. Finalmente la había reconocido: era la voz de Harriman,
el enlace entre Hunter y los atavares.
No habría podido dar peores noticias a mis amigos. Las tropas compuestas por
avatares bajo el mando de oficiales del IRE habían partido de los campamentos y se
dirigían a las ciudades. Hunter acababa de lanzar un ultimátum, cansado cié esperar
que el Consejo le nombrara jefe supremo de la nación aita. Tal vez temiendo que la
fuga del consejero Val ley pusiera en peligro su cargo y sus planes, había movido
fichas y ahora intentaba neutralizar al pequeño ejército regular de Aita.
Mientras esperaba el despliegue de las fuerzas atavares por las ciudades,
especialmente en la capital, Hunter había convertido el edificio del Consejo en una
pequeña fortaleza. Aunque sólo contaba con un centenar de miembros de su guardia
personal, confiaba en defenderla hasta que, a la vista de su ejército atavar, la
guarnición se rindiese. Tampoco podíamos olvidar que retenía a parte del Consejo
como rehén.
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—Siguen buscando al consejero Valley por la capital —dije, haciendo un esfuerzo
para no desconectarme del implante. Si lo hacía, dejaría de conocer las órdenes que
Harriman impartía a los atavares en nombre de Hunter.
Me extrañaba que Hunter aún no hubiera descubierto que nuestra intención era
apoderarnos del viejo crucero imperial.
Gene Valley miraba a su hija.
—Quizá deberíamos desistir —dijo—. No podemos luchar contra Hunter.
Me alarmó su pesimismo.
—Nada de eso, consejero —dije—. Tenemos que llegar al satélite.
—Hunter está a punto de tomar el poder. De nada nos serviría encontrar en el
satélite las pruebas que le desenmascarasen. Exista o no el Imperio, o un poder que lo
haya reemplazado, se convertirá en el amo y señor de Aita. Cualquier cosa que
ocurra, le beneficiará.
—Deje eso de mi cuenta —dije.
Ocupado en hacer descender al vehículo sobre la planicie, Joser me miró de reojo
y se limitó a soltar una maldición. Rose se abrazó a mi. Kemhes permaneció en
silencio, su gesto hosco y preocupado.
—Preparaos —anunció Joser—. Vamos a bajar.
Desde la torre nos dieron el permiso para aterrizar y lo hicimos cerca de la rampa
donde permanecía la nave estelar del Imperio, una reliquia del pasado que se
conservaba en aceptable estado.
Bajamos y nos dirigimos hacia donde estaban los dos hombres vestidos de negro
que montaban guardia junto al crucero imperial.
Nos miraron sorprendidos, pero aún no debían saber que estábamos siendo
buscados. Si tuvieron alguna duda acerca de nuestra presencia allí, no les dimos
tiempo para reaccionar. No podíamos perder tiempo, y Kemhes y yo les disparamos.
Joser y Rose ya habían llegado al cobertizo cercano, abrieron la puerta y los
hombres que durante años habían sido adiestrados para tripular la nave imperial
salieron de allí y se dirigieron a la esclusa, donde les esperaba el consejero Valley. En
pocas palabras les informó acerca de lo que esperábamos de ellos. Los navegantes,
quince hombres y mujeres, no pidieron más explicaciones y desaparecieron en el
interior del crucero para ocupar sus puestos.
—Ya tienes tripulación, —me dijo el consejero con una sonrisa de complacencia.
La esperanza había vuelto a él.
En el fondo del campo se movieron las luces de varios camiones que
transportaban hombres armados. Los guardias de Hunter se habían dado cuenta
demasiado tarde de lo que pasaba e intentaban impedir el despegue del crucero. Pero
estaban excesivamente lejos y, cuando se pusieron en marcha, la esclusa ya estaba
cerrada y yo, en el puente de mando, despertaba el alma del navio, adormecida
durante tantos siglos.
Me sentía feliz en aquel lugar, convertido en el dueño de la vetusta máquina
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bélica. Bloqueé el implante. Nada debía distraerme.
El crucero emitió rugidos, se elevó y dejamos atrás el astropuerto.
Dirigí la nave hacia los últimos jirones de la barrera.
Nuestro destino estaba más allá de la fuerza que se disipaba alrededor de Aita.
Nuestra alegría no duró mucho. Desde el puesto de observación, Joser dio la voz
de alarma.
—Nos sigue una escuadrilla de cazas.
—¿De dónde ha salido? —exclamé, perplejo—. Creía que aún no eran operativos
esos aviones.
Gene Valley enrojeció.
—No los vi en las islas, y me dijeron que estaban de maniobras. Debieron volar
hacia el continente —dijo el consejero—. Pero no te preocupes, pronto los dejaremos
atrás; no puede ascender a más de cincuenta kilómetros.
Pero nosotros volábamos a poca velocidad, el crucero no respondía como a mí me
hubiera gustado.
Me pregunté si los misiles que llevaba bajo sus alas superaban el techo de los
cazas.
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CAPÍTULO IX
El consejero no se equivocó, y la escuadrilla no nos alcanzó. Tampoco dispararon
los misiles cuando nos tuvieron a su alcance.
Joser me aseguró que tenían proyectiles teledirigidos que podían despedazamos, y
añadió que no entendía por qué no habían disparado.
—Si Hunter se ha apoderado de la aviación, ¿por qué no ordena a los cazas que
nos ataquen? —pregunté.
Nadie me respondió. Un técnico de comunicaciones dijo que alguien intentaba
establecer contacto con nosotros.
—¿Puede identificarlo? —dije.
—Procede de la Base Insular, señor —dijo el muchacho, dirigiéndose al
consejero.
Aquello me irritó. Si yo estaba al mando del crucero, me correspondía tomar las
decisiones. Podía apostar a que era Hunter quien insistía en establecer comunicación
con el crucero.
Gene Valley dijo:
—Pásame la comunicación.
Se encendió una pequeña pantalla al tiempo que nos llegaba la ansiosa voz de un
hombre:
—¿Quién ha robado el crucero imperial? —Apareció el rostro de un hombre de
unos sesenta años en la pantalla. Su rostro enjuto y bronceado parecía querer
atravesar el cristal, tan furioso estaba. Sobre sus hombreras llevaba los distintivos de
general—. Los cazas aún pueden disparar los misiles y alcanzarles antes de que
salgan de la atmósfera. Ordenaré que les abatan si no se identifican. El consejero
Hunter prefiere que regresen. Si el consejero Valley se encuentra a bordo, debo
comunicarle que ha sido acusado de alta traición.
El general vio a Gene a mi lado, su furia se aplacó y dijo:
—Demonios, Gene. Si estás ahí debe ser cierto que has perdido la razón. ¿Qué
está pasando?
—Hola, general Tenshood —dijo el consejero—. Me alegra verte, viejo amigo.
Nos dirigimos al satélite imperial, como acordamos que haríamos cuando la barrera
nos lo permitiera.
—Vamos, Gene. Tengo órdenes del consejero Hunter de derribaros antes de que
estéis fuera del alcance de los proyectiles. Sólo dispongo de cinco minutos para tomar
una decisión. Los cazas estuvieron a punto de freíros, pero yo lo impedí. No puedo
desobedecer un mandato del Consejo.
—Te lo agradezco, Tenshood; pero no pretenderás que demos media vuelta y nos
entreguemos a ese loco, ¿verdad?
—Puedes hablar, utilizo una banda de comunicación que no puede ser interferida.
Pero hazlo rápido. En cinco minutos debo informar a Hunter de tu muerte o mandarlo
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al diablo. Están pasando cosas muy raras.
Gene se lo explicó, todo lo rápido que pudo; apenas omitió detalles importantes.
El general asintió.
—Era lo que necesitaba saber. Hunter habló por televisión hace un momento para
anunciar al pueblo que tú y unos pocos más habíais traicionado al Consejo. Afirma
que pretende defender el planeta de una amenaza exterior, y que para ello está
dispuesto a emplear a los atavares, mejor preparados para una guerra que el ejército
que estamos organizando. Gene, ¿estás seguro de encontrar en el satélite pruebas que
demuestren que sus intenciones son proclamarse dictador de Aita?
—Sí. Es la única esperanza que nos queda de impedir una guerra civil.
Después de unos segundos de silencio, el general dijo:
—Pues lo que sea, hazlo pronto. Puedes seguir adelante, viejo amigo. Te hablo
desde la base de las islas, y estoy rodeado de tropas atavares mandadas por oficiales
del Imperio; no sabía de dónde habían salido hasta que me lo has dicho. Mis hombres
son partidarios de unirse a Hunter, Gene. Así están las cosas, y yo no pienso iniciar
esa guerra civil, pero no puedo hacer nada más. Lo siento.
—¿Qué noticias tienes de las demás ciudades?
—En todas hay un tenso compás de espera. Hunter ha prometido dar
explicaciones una vez haya impedido que lleguéis al satélite.
—¿Qué razones ha dado para prohibir que el satélite sea explorado?
—Según él, sólo conseguirás adelantar la invasión de los imperialistas.
—Maldita sea, ni siquiera podemos asegurar que el Imperio existe.
—Hunter afirma que sí, y tú y los demás conspiradores queréis pactar con el
Emperador y entregarle nuestro mundo.
—¡Eso es exactamente lo que él pretende, es su plan principal! —dijo furioso el
consejero.
—Vuelve con las pruebas. Yo te apoyaré en todo lo que pueda. Han pasado los
cinco minutos. Te deseo suerte. ¿Cuánto tardaré en conocer los resultados de vuestra
visita al satélite?
Gene me tocó el hombro para que yo respondiese. Hice unos cálculos y dije al
general:
—Unas veinte horas. Llegaremos al satélite imperial dentro de ocho.
El general me miró con desconfianza. Me había reconocido.
—Tú eres el atavar que piensa por su cuenta —dijo—. Hunter ha puesto precio a
tu cabeza. Dice que eres peligroso porque no obedeces sus órdenes mentales y espías
para el Imperio. ¿Confías en él, Gene?
—Como en mi propio hijo, Tenshood. ¿Te vale?
—No me queda más remedio —suspiró el general—. Suerte a todos.
Estableceremos contacto dentro de diez horas por esta misma banda, antes de que
emprendáis el regreso a Aita. —Se humedeció los labios—. Tal vez no debería
decírtelo, pero quiero que sepas que Hunter tiene algunas antiguas naves espaciales.
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—Lo sé, Tenshood —dijo el consejero—. No olvides que por mi cargo tenía
acceso a ese secreto.
Me quedé de piedra. ¿Cuántas cosas me habían ocultado mis amigos? Yo creía
que la única nave espacial que había en Aita era aquel crucero.
—Lo tendré en cuenta. Gracias por recordármelo, viejo amigo.
La imagen del general desapareció. El crucero seguía acelerando. Dejé
establecida la ruta hasta el satélite y pedí a un navegante que ocupara mi puesto.
Hice un gesto a mis amigos para que nos apartáramos de los mandos. Tenía que
hablarles a solas.
Gene dijo:
—No debería sorprendernos lo que Hunter está haciendo. Se sirve del temor al
Imperio que siente el pueblo para acallar sus protestas. Así ganará tiempo y
fortalecerá su posición política. Cuando se sienta seguro, disolverá el Consejo y se
nombrará dictador de Aita. Lo que más le preocupa en estos momentos somos
nosotros y lo que descubramos en el satélite.
—Eso es lo que me inquieta —dije—. No permitirá que regresemos, encontremos
algo o no. Cuando su amigo el general Tenshood no pueda controlar los cazas, los
enviará a que nos intercepten y destruyan. Luego inventará una excusa para silenciar
a la opinión pública. Con la ayuda de los atavares, desarmará a las tropas que no se le
unan, y para ello cuenta con los oficiales imperiales… y Harriman.
—Esas medidas no le garantizarán que el pueblo no se levante cuando descubra lo
que le espera, y la guerra será inevitable y morirán miles de aitas, tal vez millones. —
Gene movió la cabeza con pesimismo—. Lo atavares morirán hasta el último hombre
si Hunter se lo ordena. Una vez que Harriman les hayan dado instrucciones, nadie las
podrá anular.
—Lo sé —dije—. Conozco el procedimiento.
El viejo crucero se estaba portando mejor de lo que esperaba. Me pregunté si
algún día me permitirían viajar al hiperespacio. Los técnicos que lo habían reparado
no lo garantizaban, sólo estaban seguros de que podía navegar a velocidad inferior a
la luz.
Poco más tarde avistamos la forma irregular del satélite imperial, en órbita
durante seis siglos para mantener activa la barrera alrededor de Aita. ¿Qué otras
funciones podía realizar? ¿A quién debía avisar cuando el castigo al planeta rebelde
terminara?
Las señales del escudo eran débiles, las habíamos dejado atrás hacía unas horas.
Pronto no quedaría de él ningún rastro. Unos meses antes el crucero hubiera quedado
desintegrado al intentar cruzarlo.
Contemplamos en pantalla la imagen del satélite de mateado acero, brillando
tenuemente al resplandor de la estrella, erizado de casamatas, esclusas y domos
defensivos.
Parecía abandonado.
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Algunos navegantes contuvieron la respiración. Joser los tranquilizó diciéndoles
que no debíamos temer nada, pues siendo la nave un crucero del Imperio, si hubiera
alguien dentro del satélite no nos tomaría por enemigos. El problema era que aún no
sabíamos si estábamos siendo observados por personas o máquinas.
Recibimos los primeros datos: no había señales de vida en el satélite.
—Hay que entrar —dije—. Busquemos una esclusa.
—Creí que nos limitaríamos a comprobar que el satélite no estuviera activo —
dijo una chica, muy pálida.
—No hay nadie dentro —rió Joser—. Debe llevar siglos abandonado, desde que
los imperiales se largaron, tal vez poco después de quedar la barrera establecida.
—Sus reservas de energía siguen intactas —dije, después de echar un vistazo a
los resultados del último rastreo—. Las pilas de plasma pueden reactivarse. Por un
motivo que desconocemos, un día se pararon y la barrera comenzó a perder fuerza.
Quizá estaba programado para que ocurriera de esta manera.
—¿Cómo vamos a abrir una esclusa? —preguntó Joser.
El consejero meneó la cabeza, lleno de dudas.
—No lo sé. Es demasiado arriesgado. Pero tenemos que hacer algo y pronto. La
gente que permanece fiel al Consejo no esperará mucho, no les bastará que a nuestro
regreso le digamos que el satélite no está operativo, probablemente desmantelado
excepto las fuentes de energía. Si no encontramos pruebas podría desencadenarse una
cruel guerra civil, algo peor que un enfrentamiento con el Imperio…
—Tenemos la oportunidad de averiguar qué ha pasado en el exterior durante los
últimos seiscientos años —dije, empezando a perder la paciencia—. No pienso volver
sin haber echado un vistazo ahí dentro.
Gene me lanzó una mirada de desamparo, que interpreté como una afirmación.
—Adelante —dije, ocupando mi puesto de piloto.
***
—¿Escuchas algo interesante? —preguntó Kemhes.
Nos dirigíamos hacia la esclusa del satélite, que finalmente pudimos abrir a
distancia empleando un viejo código imperial.
El comandante se había referido a mi implante. Loco antes, y durante unos
minutos, me arriesgué a conectarlo.
—Nada —dije—. Hunter dejó de transmitir órdenes a través de Harriman a los
atavares. Las últimas noticias que escuché se referían a que se acercaban a las
ciudades. Me preocupa este silencio. Me habría quedado más tranquilo si supiera qué
ha estado haciendo durante las últimas horas. ¿Se ha captado alguna emisión pública?
[Link] - Página 61
El comandante negó con la cabeza.
—Sólo transmiten música y reportajes. No se ha vuelto a difundir un nuevo
mensaje de Hunter.
—Si sabe que yo puedo escuchar las órdenes de Harriman, empleará otros medios
para mover su ejército de atavares.
—¿Por ejemplo?
—No lo sé, pero contando con Harriman, un experto en tropas IRE, se le habrá
ocurrido algo.
El crucero se deslizaba a menos de cien metros de la esclusa, una enorme abertura
negra.
Un navegante, muy excitado, nos alertó:
—¡Se aproxima una nave procedente de Aita!
Nos volvimos para observar lo que había aparecido en el óvalo de detección de
popa.
Un punto luminoso se aproximaba velozmente hacia nosotros.
Nos miramos unos a otros, sorprendidos.
—Una nave de antiguo diseño, pero muy veloz. Puedo adivinar quién viaja a
bordo —dijo el comandante.
—¿Está armada? —preguntó Gene Valley.
—Me temo que sí, padre, y mejor que esta reliquia. Es una de las naves que
Hunter ocultaba —dijo Rose, tras analizar las características del vehículo—. Si David
tiene razón, la presencia de Hunter en esa nave explicaría su silencio durante las
últimas horas.
—Creo que tenemos tiempo para inspeccionar el módulo de mando del satélite y
largarnos de aquí antes de que cruce la órbita del satélite —dije. No estaba dispuesto
a irme sin buscar las pruebas que demostrasen que el Imperio había dejado de ser una
amenaza para el planeta.
—Me parece demasiado arriesgado —comentó Joser—. Hunter ha debido
comprender que las cosas se le están poniendo feas y hará lo que sea para que no
regresemos a Aita.
—Debemos seguir adelante —dije—. Ya no podemos escapar, tardaríamos mucho
en acelerar. Dentro del satélite no nos encontrarán, es demasiado grande. Quizá
Hunter se canse de esperar, no se atreva a entrar y se largue.
El crucero cruzo la esclusa y penetró en el túnel. Detrás de nosotros se cerraron
las grandes compuertas de acero. Nos detuvimos en una de las plataformas de un
gigantesco hangar. Unas luces tenues se encendieron a nuestro alrededor.
—¿Quién demonios lo ha hecho? —exclamó Joser.
—Al abrir las compuertas activamos el sistema automático de encendido —le
tranquilicé.
Me pregunté si sería una buena señal para nosotros o todo lo contrario.
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CAPÍTULO X
Aunque comprobamos que había aire respirable en el hangar, nos vestimos con
trajes de presión. No queríamos llevarnos ninguna sorpresa. Por supuesto, cargamos
con las armas de que disponíamos, no demasiadas.
Joser protestó cuando le dije que debía quedarse a bordo. No conseguí
convencerle, y asignamos a un oficial para que ocupase mi puesto.
Tampoco logré convencer a Rose para que permaneciera en el puente de mando
del crucero. Alegó que había estudiado los viejos diseños de las bases imperiales y
pocha encontrar el camino más corto para llegar al módulo de mando del satélite.
Además de Kemhes y el consejero, nos acompañaron dos hombres cuyo servicio
no era necesario en la nave mientras ésta permaneciera en el hangar.
Apenas pusimos los pies en la rampa, los indicadores de los trajes nos advirtieron
que la presión atmosférica aún estaba por debajo de los mínimos tolerables para un
ser humano. Kemhes y yo nos miramos a través de nuestros cascos: habíamos
acertado vistiéndonos con los equipos de presión. Contemplamos nuestro alrededor.
—Esto está abandonado.
—Bueno, es lo que esperábamos, ¿no?
Recorrimos unos metros.
—Y parece que ha estado así desde hace mucho tiempo.
—Observamos durante años el satélite y no logramos descubrir si estaba
habitado; suponíamos que había gente en él porque seguía manteniendo el escudo —
comento el consejero mientras nos dirigíamos al final de la plataforma. Rose
caminaba delante, junto a su hermano, vigilando las señales de un detector portátil,
que sujetaba con ambas manos.
—Tengo entendido que Hunter controlaba las investigaciones al respecto —dije.
El consejero se limitó a asentir. Hunter había procurado controlar todos los
aspectos de la investigación que le interesaban para sus planes, y había manipulado
los resultados.
En algunas secciones del satélite los dispositivos automáticos estaban averiados y
tuvimos dificultades para abrir las puertas que encontramos cerradas. Al llegar a las
zonas dedicadas al alojamiento de los miles de servidores del satélite, empezamos a
descubrir los primeros indicios de lucha; todo parecía haber sido abandonado con
precipitación.
—El pánico cundió al poco tiempo de que el Imperio estableciera la barrera —
observé—; por alguna razón no pudo mantener activo el satélite, tal vez porque acabó
perdiendo el control de sus dominios, y los soldados, los técnicos y el personal de
mantenimiento, sintiéndose abandonados, subieron a las naves y se largaron. —Pero
algunos sistemas continuaron funcionando— dijo Rose.
—Así es, y están despertando; somos los causantes de que en algunos niveles se
esté restableciendo la atmosfera. Las pilas de plasma dejaron de funcionar, no sé por
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qué, quizá estaban programadas.
Rose volvió a consultar su detector.
—La presión sigue aumentando, no tardará en alcanzar el nivel óptimo —dijo.
—Y el aire volverá a ser respirable —dije—. El sistema está adaptando el
ambiente del satélite a nuestra presencia.
En algunas salas encontramos cadáveres momificados. No pudimos identificarlos.
Las ropas que una vez vistieron hacía tiempo que se habían convertido en polvo.
Algunos restos no eran humanos sino pertenecientes a especies humanoides. En
muchas paredes había señales de disparos.
Llegamos a los módulos de las baterías positrónicas que en el pasado apuntaron a
la superficie de Aita. Nos paramos al escuchar los chasquidos de los mecanismos que
volvían a ponerse en funcionamiento. Unos discos de observación se encendieron y
nos mostraron las regiones del continente donde se levantaban las ciudades. Otros
visores ofrecieron panorámicas del planeta.
Los ascensores no funcionaban. Tampoco los hubiéramos utilizado. No nos
podíamos fiar de ellos. Nos quedaba un gran trecho por recorrer para alcanzar el nivel
en el que Rose suponía que estaba el módulo de mando. Empezamos a
impacientarnos. El tiempo marchaba en nuestra contra. Teníamos que darnos prisa. A
veces Rose preguntaba a los navegantes del crucero por la nave que se aproximaba.
La respuesta que le daban era que aún estaba lejos. Esto nos tranquilizó, tardaría
horas en llegar.
Accedimos a unos niveles en los que las puertas estaban cerradas
herméticamente. Las abrimos y las cerramos a nuestras espaldas. Rose nos informó
de que el aire ya era respirable.
—De todas formas no nos quitaremos los cascos —dije.
Llegamos al nivel donde estaba el módulo de mando cuando Joser dijo con voz
nerviosa:
—¡Una nave ha forzado la entrada de una esclusa!
—No ha podido llegar tan pronto —dijo el consejero.
Su hijo le miró.
—Padre, no es la misma. La que nos seguía era un señuelo. Había una segunda
nave que se aproximaba desde el espacio exterior navegando a gran velocidad.
Rose lanzó una imprecación. Levantó la cabeza del detector y exclamó:
—¡Es Hunter, padre, y pide hablar contigo!
El consejero dijo a su hija que le entregase el comunicados.
Por fin estábamos en el módulo de mando Aquel lugar era un caos, estaba
arrasado. La mayoría de los aparatos yacían en el suelo, destrozados. Rodeamos a
Gene Valley y escuchamos a Hunter gritar:
—¡Quiero hablar con el consejero!
—Te escucho, Hunter Derbey.
—Te ofrezco un trato que un hombre inteligente como tu nunca rechazaría.
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—No estés tan seguro, tal vez sea más tonto de lo que crees.
—Te he localizado, sé que estás en el módulo de mando. Puedo llegar ahí en
cuestión de minutos. He entrado por una esclusa distinta a la que habéis utilizado,
más cercana a ese lugar.
—Parece que conoces muy bien el satélite.
—Lo he visitado varias veces.
—Comprendo. Lo has estado haciendo en secreto durante los últimos meses,
¿verdad? Desde que la barrera dejó de ser peligrosa. Sabes que el Imperio ya no
representa ninguna amenaza para Aita.
—Que el Imperio haya dejado de existir no significa que estemos a salvo. No he
podido averiguar lo que ha pasado en la galaxia durante seis siglos; pero otros
peligros podrían amenazarnos, y para defendernos de ellos necesitamos un poderoso
ejército y un gobierno fuerte.
—No pierdas el tiempo tratando de convencerme. Te importa muy poco nuestra
seguridad y la de nuestro mundo; todo cuanto dices son pretextos para convertirte en
dictador de Aita. Demostraremos al pueblo cuales son tus intenciones.
—Eres obstinado, consejero. Demasiado. Y terco, terriblemente terco. ¿Crees que
os dejaré volver? Y aunque lo consiguierais, ¿qué podríais llevaros? No hay nada que
pudiese corroborar tus palabras. Todo está arrasado, como puedes ver.
Eso era cierto. Alrededor de nosotros el espectáculo no podía ser más deprimente.
Aquel lugar parecía haber sufrido los efectos de un huracán.
—Creo que ese cabrón tiene razón —masculló Gene.
—Espero tu respuesta, consejero Valley —dijo Hunter—. Puedes salvar la vida de
tus hijos si me entregas a los dos atavares que te acompañan. En caso contrario,
esperaré. Tarde o temprano tendréis que salir de ahí. Cortaré el suministro de aire, no
dejaré que se restablezca la atmósfera, y cuando asoméis la cabeza os destruiré.
—¿Qué es lo que pretendes?
—Eso no os importa. Mi oferta sigue en pie, podemos llegar a un acuerdo. Iré al
módulo de mando y hablaremos cara a cara.
Miré con desesperación aquellas ruinas. Estaba donde quería estar y no
encontraba la solución. Nos habíamos metido en una ratonera. La nave de Hunter nos
impediría escapar. Si nos quedábamos en el módulo de mando, los hombres de
Hunter no tardarían en llegar, y para defendernos sólo teníamos unas pocas armas y
muy escasa munición.
—Podemos negociar ahora. Ahórrate el paseo hasta aquí —dijo Valley.
—Ha de ser personalmente —insistió Hunter.
Sentí que Rose me apretaba el brazo. Me volví y la miré. Me sorprendió que
sonriera. Ella señaló mis guantes. Estaban cubiertos de polvo. Yo había estado
tocando un destrozado aparato, esperando encontrar algo en él.
¿Cómo había sido tan estúpido que no me había dado cuenta de lo evidente? Cada
objeto derribado, cada utensilio destrozado, estaba cubierto por una gruesa capa de
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polvo, incluso el suelo. Las únicas huellas eran las nuestras.
¿Por qué había dicho Hunter que él había estado allí hacía pocos meses y había
comprobado que nada podía demostrar que el Imperio ya no era una amenaza para los
aitas?
Hunter pretendía algo, me dije mientras escuchaba que su voz seguía amenazando
a Gene Valley. Era como si tuviera mucho interés en mantener aquella conversación
establecida mediante la conexión a través de las naves.
Adiviné cuál era su juego. Mientras nos distraía, se acercaba al módulo de mando.
—Joser, cierra el contacto con la nave de Hunter —dije.
—¿Qué? —preguntó Valley cuando escuchó el chasquido que indicaba que Joser
había cortado la comunicación.
—No sabe en qué parte del satélite estamos, no tiene idea de dónde está el
módulo de mando, pero nos ha localizado a través del canal de comunicación; por lo
tanto, ignora si entre tanto destrozo podemos encontrar las pruebas que demuestran su
culpabilidad.
—¿Quiere decir que nunca ha estado aquí?
—Así es. —Empecé a moverme entre los montones de maquinaria destrozada,
buscando algo que demostrase que no habíamos perdido el tiempo. Yo creía que
merecía la pena que nos arriesgáramos a quedarnos unos minutos más.
—¿Por qué estás tan seguro de que no ha estado aquí? —preguntó Gene,
caminando detrás de mí mientras yo buscaba—. ¿Sólo porque no hay huellas de
pisada en el polvo? Ah, tal vez tengas razón. Claro que pudo haber visitado el satélite
pero no encontró el módulo de mando. Esto es muy grande.
—Hunter no estaba seguro acerca de si las defensas del satélite funcionaban o no.
La única nave que podía aproximarse sin correr riesgo era el crucero imperial, pero
no podía utilizarlo sin despertar sospechas en los consejeros. Cuando le avisaron de
que nos dirigíamos hacia aquí, partió en una de las naves que tenía escondida, y a la
tripulación de la otra le ordenó que nos distrajera mientras él se acercaba por el otro
lado, el que no vigilábamos. Nuestra presencia anuló las defensas, impidió que se
activaran, y su nave accedió al interior por otra esclusa. Ahora necesita llegar aquí, al
módulo de mando, y apoderarse de lo que ha venido a buscar.
Yo les hablaba y ellos me seguían, me miraban sin comprenderme. Seguí
buscando, mirando cada aparato destrozado, cada panel quebrado que nos mostraba
las entrañas del poder que antaño guardó.
Pero buscaba sin saber lo que debía encontrar.
—¿Qué espera encontrar Hunter en medio de este caos? —preguntó Rose.
—Lo que Colé Harriman le dijo que necesita para garantizar su victoria —dijo
Kemhes uniéndose a mi infructuosa búsqueda.
—Así es —dije—. Colé es un especialista en estrategia IRE, tuvo acceso a los
más secretos planes del Imperio y lo conoce todo acerca de las tropas atavares. Este
satélite fue construido por el Imperio cuando aún confiaba en mantener bajo su poder
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los mil mundos que le temían y obedecían. Si desde esta misma sala esperaban
reconquistar el planeta rebelde, es lógico imaginar que desde aquí enviarían las
órdenes a los soldados que lo invadirían, los que Harriman habría creado si aquel día
el rayo no le hubiera alcanzado. —Me volví hacia Gene Val ley—. ¿Qué hicieron tus
antepasados con las armas que le dieron la victoria, consejero?
Valley se llevó la mano a la frente.
—Se destruyeron todas cuando su efecto fue descubierto —dijo—. No se puede
jugar con el tiempo. Si las hubiéramos seguido utilizando y desarrollando su poder,
corríamos el riesgo de desencadenar algo de consecuencias impredecibles. Pero se
conservó su secreto. Siempre hubo un consejero que lo guardó en su mente,
pasándolo a su sucesor. Yo lo llevo conmigo y un día lo transmitiré al hombre que
designe como mi sucesor.
—Y eso también lo sabe Hunter, y por ello te quiere vivo. Tú formas parte de su
plan.
—Le prometí que él sería el portador del secreto, pero cuando descubrí sus
ambiciones, me negué a comunicárselo.
—En este lugar está todo lo que él necesita para hacer realidad lo que siempre
ambicionó: crear un nuevo imperio del que él sería emperador. Vamos, debemos
encontrar lo que ha venido a buscar.
—Pero… ¿Qué es exactamente? —preguntó Joser, desesperado.
—En alguna parte del modulo de mando debió de estar escondido el emisor de
órdenes maestro, —dije, mirando con rabia la confusión que nos rodeaba—. Pero lo
más probable es que ya no exista. Debió de quedar destruido.
—Algo tan importante no estaría a la vista de todo el mundo, sólo el comandante
de esta base sabría su escondrijo —dijo Kemhes—. El emisor maestro, capaz de
anular el que haya construido Colé Harriman, debe estar bien oculto.
—¡Pero no queda tiempo! —exclamó Joser.
—Hay que olfatearlo —dije, dirigiéndome al destrozado panel principal.
—¿Bromeas? —dijo Kemhes—. No es un hueso que pueda oler un sabueso.
Me llevé la mano derecha a la cabeza.
—Puedo seguir su rastro; un emisor maestro tiene su propia fuente de energía y, si
late, puedo oír sus latidos.
Activé el implante, controlé la náusea que empezó a invadirme y escuché el
primer latido dentro de mi cabeza.
Me había detenido delante de un inductor de energía. Cogí las herramientas y
empecé a quitar la plancha de acero.
—No hay energía —dijo Kemhes echando un vistazo a los conductos internos.
Miré con desesperación lo que había detrás de la plancha de acero: demasiados
aparatos, pequeños y grandes. Aunque estaban intactos, no los reconocí. No podía
saber cuál era el emisor; pero la fuerza que captaba mi implante manaba cerca de allí.
Jadee. El maldito emisor no estaba entre tantos aparatos extraños. La escasa
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energía que yo percibía a través del implante procedía de otro lugar. Y el tiempo se
acababa.
Pero enseguida recuperé la señal, débil y distante. Me giré y corrí por la sala.
Rose me siguió. En mi carrera derribé mesas, sillas y restos de mecanismos
destrozados.
Me detuve ante una pared de acero. Era lisa, sin aberturas. A pocos metros estaba
el panel transparente a través del cual podía verse el espacio y un segmento de Aita.
Descubrí un pequeño agujero. Empuñe la pistola y disparé contra él una pequeña
descarga. El cierre quedó pulverizado y una sección de la pared se abrió. Surgió ante
nuestros ojos una brillante consola. Sobre ella se iluminaron algunos puntos.
Kemhes se adelantó, encontró el conmutador de la batería auxiliar que alimentaba
al emisor y lo conectó. El suave sonido que había estado vibrando dentro de mi
cabeza desapareció.
Cuando Kemhes terminó de reactivar la energía, el zumbido que surgía de la
consola aumentó de volumen. Rose lanzó un grito de júbilo y los demás empezaron a
sonreír.
Nuestra alegría duró hasta que se abrió la puerta principal del módulo y
escuchamos pasos.
Pegué mi casco al de Kemhes, para decirle sin usar el transmisor:
—Conoces el funcionamiento del emisor, ¿verdad? Ya sabes lo que tienes que
hacer para anular las órdenes de Harriman y que los atavares abandonen las armas y
vuelvan a los campamentos.
—Lo intentaré —rezongó Kemhes mientras manipulaba los mandos de la
consola.
—¡Hemos rodeado este lugar! —tronó la voz de Hunter dentro de mi casco—.
¡Sabemos que están ahí! ¡Dispararemos si no salen con las manos en alto!
Nos refugiamos detrás de un montón de ruinas metálicas y preparamos las armas.
Estábamos sobre una especie de corredor, a dos o tres metros de altura. Nuestros
enemigos se acercaban sorteando los obstáculos, muy cerca del enorme panel
transparente.
Miré por encima del hombro a Kemhes. Trabajaba a toda prisa. Yo confiaba en
que no tuviera dificultades para dejar inoperante el emisor que controlaba Harriman.
Sonaron los primeros disparos.
Unas cajas de acero que formaban parte de nuestra improvisada barricada saltaron
por los aires y pasaron por encima de nuestras cabezas. El enemigo arreció el fuego;
saqué el arma por encima del parapeto y disparé varias veces, guiándome por los
trazos de luz que poco a poco nos estaban dejando sin protección.
Un grito proveniente de abajo me hizo saber que al menos había alcanzado a un
hombre de Hunter.
—¡No tienen escapatoria! —grito Hunter—. ¿Por qué no se rinden?
Sentí una mano sobre mi hombro y me volví. Era Kemhes. Me sonrió y con el
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pulgar hizo el signo de triunfo.
—Los atavares ya deben estar abandonando las armas —dijo dejándose caer a mi
lado. Le vi sudar.
Aumenté el volumen de mi comunicador y grité:
—¡Hunter, has perdido la partida!
—¿Eres Landon? —preguntó.
—Acabamos de poner en funcionamiento el emisor maestro. ¿Sabes lo que esto
significa? Tus tropas regresan a los campamentos, desarmadas y sin propósito de
combatir por tu gloria, maldito hijo de puta; por mucho que griten los oficiales
ordenándoles que regresen, no les harán caso.
—Eso durará el tiempo que yo tarde en destruir el emisor maestro —rió Hunter.
—No te hagas ilusiones. ¿No te explicó Harriman lo que pasaría sí lo
encontrábamos? La orden que acabamos de dar es determinante, no admite
rectificación. Los atavares se han vuelto más dóciles que corderos.
Era evidente que Hunter sí lo sabía, pues el silencio que guardó no podía ser más
elocuente. La orden que Kemhes había dado no podía ser ignorada ni anulada porque
había partido de la fuente maestra.
Varios disparos dejaron nuestro parapeto reducido a la mitad. Habíamos vencido a
Hunter, pero seguíamos estando en sus manos y él disponía de hombres suficientes
para acabar con nosotros.
Volví a gritar:
—¡He enviado un mensaje al crucero y en este momento se está informando de
todo lo ocurrido al pueblo de Aita! Y tú estás aquí, no puedes impedir que el Consejo
derogue tus privilegios. No compliques más las cosas. Si nos matas, todo el mundo lo
sabrá y serás juzgado. ¿Qué puedes hacer? ¿Quedarte aquí, apoderarte del crucero y
huir, correr el riesgo de sumergirte en el hiperespacio en una nave que acabaría
precipitándose en la primera estrella que apareciera en medio de su ruta?
—¡Maldito bastardo atavar! —aulló Hunter.
Vi salir una figura de entre los asaltantes. Llevaba una pistola y disparaba
mientras corría hacía nosotros buscando un camino para subir a la pasarela. El
intenso fuego con el que Hunter protegía su avance nos impedía responder.
Ningún hombre le siguió. Todos se quedaron en sus puestos, algunos se
incorporaron y siguieron con la mirada la enloquecida carrera de su jefe.
Hunter estaba armado con una potente arma, que disparaba sin dejar de gritar
mientras corría entre montones de maquinaria destrozada. Se había vuelto loco. En su
desesperación al saberse fracasado sólo pensaba en matarnos.
Me arrastré por el suelo buscando un hueco por el que disparar. Tenía que parar a
Hunter, impedirle que nos tuviera a tiro. Quería verlo saltar por el aire con el traje
agujereado; pero para mandarlo al infierno tenía que arriesgarme.
Después de incorporarme vi correr a Hunter delante de la pared transparente,
disparando, empeñado en acercarse a nuestra posición, destrozar nuestra precaria
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defensa formada con restos de muebles y aparatos, y liquidarnos. Podía oír sus gritos
de rabia, que escupía por el altavoz de su casco.
Me lancé fuera del refugio. Él me vio, se paró y volvió su arma contra mí.
Sabía que sólo podía disparar una vez y puse la potencia de mi fusil al máximo.
No podía errar. Si no le alcanzaba, él me mataría y luego acabaría con mis
compañeros.
Disparé precipitadamente, pero no le alcancé. Hunter me había visto y me tenía
en el punto de mira de su arma.
Mi fusil había quedado descargado, el disparo dejo exhausta la reserva de energía.
En ese momento me di cuenta de que la brutal descarga de mi arma había dado en
la pared transparente, y en el lugar donde se había producido el impacto crecía una
grieta circular.
El error de Hunter fue saborear por anticipado su victoria, imaginar el momento
en que su disparo reventara mi traje de presión y por la abertura brotara mi sangre.
Creo que fue el primero en escuchar el crujido que produjo el cristal herido que
tenía a sus espaldas. Volvió la cabeza y debió contemplar cómo la grieta aumentaba
de tamaño y la transparencia vibraba. Hunter se olvidó de mí, de todos nosotros, dejó
de acariciar su venganza.
—¡Agarraos! —grité apenas un segundo antes de que el muro de cristal reventara
en millones de fragmentos.
Me arrojé al suelo, agarré a Rose por la cintura y con la otra mano me así con
fuerza a la baranda de la pasarela. Los demás hicieron lo mismo.
Los hombres de Hunter se dieron cuenta de lo que estaba pasando. Algunos
intentaron salir del módulo de mando, pero otros se agarraron a los muebles soldados
al suelo.
Levanté la cabeza cuando la estancia fue sacudida por el gran estruendo.
Cincuenta metros cuadrados de pared transparente reventaron, se esparcieron por la
sala hasta que la presión los devolvió a su lugar de origen y luego los expulsó al
espacio.
La retorcida figura de Hunter cabrioló en medio del huracán que escapaba por la
abertura. Sus brazos giraban buscando un punto fijo al que agarrarse para no ser
engullido por el vacío.
Escuché un grito que fue interrumpido cuando los fragmentos de acero
transparente rasgaron su escafandra. Lo vi perderse en la lejanía, envuelto en una
brillante lluvia de cristales.
Los segundos que pasaron hasta que el aire del módulo escapó por la abertura me
parecieron eternos. Las puertas se habían cerrado automáticamente. Pregunté si
estaban bien. Uno a uno mis compañeros respondieron afirmativamente.
Del montón de chatarra que había sido nuestro refugio no había quedado nada.
Me volví. No encontré el emisor. Kemhes me dijo que lo había visto volar a la vez
que a Hunter y perderse en el espacio. No me preocupó su desaparición. Nadie
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volvería a encontrarlo. Aunque Kemhes me había asegurado que la última orden dada
a los atavares no podía ser anulada, prefería no tener que comprobarlo.
Bajamos de la pasarela.
Abajo, los hombres de Hunter esperaban junto a la puerta. Nos miramos. No
hablamos. Uno de ellos dijo que podíamos salir del módulo por el camino que habían
usado para entrar y luego dirigirnos a los hangares.
En sus rostros se podía leer que renunciaban a la lucha una vez que su jefe había
desaparecido.
—Regresen a Aita en su nave —les dije.
Uno de ellos abrió la primera compuerta. Se aparto para dejarnos pasar.
Cuando Gene Valley llego junto a aquel hombre, le escuche decir:
—Convenceré al Consejo para que no seáis juzgados. Vamos, volvamos a casa.
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EPÍLOGO
Ha pasado algún tiempo.
Han dejado de llamarme atavar, lo que significa que me consideran uno de los
suyos.
Tal vez haya contribuido mi matrimonio con Rose Valley.
La ambición de Hunter no ocasiono demasiadas bajas. Los que le apoyaron y no
cometieron delitos de sangre fueron indultados. Los oficiales del IRE depusieron las
armas tan pronto como se convencieron que sus fieles y valientes atavares se habían
vuelto inofensivos.
La paz volvió a Aita. El pueblo respiro tranquilo al saber que no existía la
amenaza de que el Imperio reclamase su antigua posesión.
No existía Imperio.
¿Qué había ahora?. Eso teníamos que averiguarlo.
A Harriman lo encontramos sin vida. Se voló la cabeza de un disparo al conocer
que el plan de Hunter había fracasado y que su cuerpo vagaría por el espacio hasta
que fuera atraído por un planeta o una estrella.
Entre las pertenencias de Harriman encontramos un puñado de informes que
alegraron a Kemhes, quien, alborozado, comunicó al Consejo que a corto plazo
podría extraer el implante a los atavares y que volverían a ser hombres normales. Le
dije que yo sería ser el primero en librarme del mío, aunque ya no me molestaba
porque el emisor de Harriman fue destruido y ya no volvería a oír ninguna maldita
orden.
Los cirujanos aitas me libraron del implante y ahora lo llevo engarzado en la
sortija que Rose me regaló el día de nuestra boda. Al ritmo que los atavares vuelven a
la normalidad, creo que antes de un año no quedará ninguno que deambule sin rumbo
en los campamentos. Nos sorprende que su integración en la sociedad aita sea más
satisfactoria de lo que habíamos imaginado.
Los oficiales imperiales nos dieron al principio algunos quebraderos de cabeza,
pero logramos tranquilizarlos, prometiéndoles que ellos serían el embrión del nuevo
ejército aita, junto con la promesa de que pronto organizaríamos expediciones que
recorrerían los sistemas planetarios más cercanos. Necesitábamos conocer lo que
durante seis siglos había pasado en la galaxia. Por supuesto, Kemhes fue nombrado
comandante en jefe de las fuerzas armadas.
Se exploró hasta el último rincón del satélite imperial y se enviaron a la superficie
toneladas de material para analizar. No albergamos mucha esperanza de encontrar las
respuestas que buscamos. Seguimos creyendo que la única manera de saber lo que
ocurre más allá de nuestro sistema planetario es enviar naves.
Me pregunto si Rose estará de acuerdo conmigo en que ella y yo nos unamos a la
tripulación de la primera nave que parta de Aita con la misión de recabar datos.
Aita está a veinte millones de años luz del planeta más cercano que estuvo bajo el
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dominio del Imperio. Será nuestra primera meta. Más tarde vendrán otras. Yo nací en
la Tierra, bajo el dominio de un tirano contra el que luché. Necesito saber si otro
déspota lo reemplazó o los hombres aprendieron a ser libres.
Los últimos días han sido frenéticos. Queremos adelantar la fecha de la partida.
Rose está entusiasmada con la idea de visitar otros mundos.
Empezaremos con el más cercano. No sabemos su nombre, pero es un planeta
tipo Tierra, y hemos captado algunas emisiones procedentes de él.
No llegaron claros los mensajes, pero captamos algunas cosas interesantes.
Unas palabras se repiten.
¿Qué significado tiene el Orden Estelar, del que tanto hablan los nativos de ese
mundo?
Tenemos que averiguarlo.
FIN
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TRAICIÓN EN URLANKA
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CAPÍTULO I
Dhal Darkes sintió en el rostro el frío de la noche.
Salió de la nave preguntándose por qué estaba allí.
Miró al cielo. Los densos nubarrones que ocultaban las lunas se deslizaban
veloces hacia el sur, presagiando tormenta, el inicio de un duro invierno.
Varios hombres envueltos en capas negras avanzaron hacia el recién llegado.
Detrás de ellos permanecía abierta la entrada a los subterráneos.
—Coronel Darkes —dijo uno del grupo, después de saludar con una inclinación
de cabeza—. Bienvenido. El Jefe Murtan ya sabe que estás aquí y te espera.
Dhal miró a quien había hablado Pese a la oscuridad, lo reconoció. Era Fowell, el
decano de los consejeros, el más fiel servidor del jefe Murtan, poseedor de grandes
conocimientos científicos Muchos aún le llamaban por su viejo grado militar. Fowell
llego a ser comandante, pero renunció a una brillante carrera para dedicarse a
cometidos más útiles para la comunidad, como él mismo decía a sus amigos para
acallar su conciencia.
—Sígueme, Dhal Darkes —pidió Fowell, indicando el camino hacia la entrada,
por la que surgía una tímida luz amarilla.
Antes de seguirle, Dhal se volvió para echar un vistazo a su nave. Sintió que el
corazón se le encogía al observar las profundas cicatrices que mostraba el fuselaje
ennegrecido, las huellas de cien combates, la mayoría recibidas en la última batalla
que libró para romper el cerco enemigo.
Mientras atravesaba el umbral de la entrada al mundo subterráneo, escuchó el
rugir de los motores y el ruido de las cadenas que arrastraban su nave al hangar
camuflado, el rumor de las carreras de los mecánicos y las órdenes que gritaban los
suboficiales, recordando a los soldados que no debían perder el tiempo. Las
exigencias estratégicas imponían que cerca de la montaña no quedara el menor rastro
de la llegada de la maltrecha unidad de combate.
—Tal vez no consigan repararla —dijo Dhal entre dientes, al tiempo que la
compuerta se cerraba tras ellos.
—¿Qué has dicho? —preguntó Fowell, alzando una ceja.
—¿No has visto los daños de mi crucero? —preguntó Dhal, sorprendido de que al
viejo se le hubieran pasado por alto.
—No, estaba distraído.
—Abandonar el frente fue fácil, pero una decena de naves enemigas nos salieron
al encuentro cuando sobrevolábamos la cordillera. Los dioses, si existen, me han
protegido en esta ocasión.
—Debemos confiar en ellos, esperar un milagro de su benevolencia —sonrió
Fowell—. Ven por aquí, coronel. Estamos llegando.
Se apartó y le dejó pasar. Uno de los hombres que le precedían señaló a Dhal la
entrada del ascensor. Al verlo, dijo el coronel con sorpresa:
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—La última vez que estuve aquí no funcionaban los ascensores.
—Flan pasado más de dos años —dijo Fowell.
—Habéis trabajado mucho para mantener la base activa.
—Mientras luchábais en las fronteras, hacíamos lo que podíamos en la
retaguardia. Vuestro sacrificio nos alentaba a trabajar día y noche. No podíamos
defraudar a los combatientes. Teníamos que sacar adelante los planes, coronel.
—Ah, el proyecto —Dhal apretó los labios, como si le hubieran nombrado al
diablo en medio de una ceremonia religiosa.
Entraron en el ascensor Fowell y él. Los demás se quedaron en el vestíbulo.
Mientras la cabina descendía, el antiguo comandante, sin mirar al ceñudo oficial,
comentó:
—Aún recuerdo el día en que te opusiste al plan, cuando fue debatido en el
Consejo.
Dhal no quiso mirar a Fowell, le irritaba que le recordaran sus errores.
—Entonces yo defendía la teoría de concentrar todo nuestro esfuerzo en la guerra,
creía que podíamos vencer al enemigo y no estaba de acuerdo en retirar hombres y
material del frente, sino firmemente convencido de que la única posibilidad que
teníamos de vencer era que la lucha continuara.
—Los ghaloritas eran fuertes, más de lo que muchos creían. No podíamos
mantener más tiempo una guerra de desgaste.
—¿Cuántos años han pasado? ¿Cinco? —preguntó Dhal—. Hace cinco años
estuvimos a punto de vencer. No deberías reprocharme nada.
—No opino lo mismo.
—¿De veras? El enemigo es más fuerte ahora, tiene más naves y más armas.
—Nuestro punto débil siempre han sido la falta de suministros, la escasez de
energía, las naves insuficientes para reemplazar las que perdíamos. Nos sobraban
hombres y mujeres valientes, pero hubiera sido una estupidez enviarlos a la lucha sin
equiparlos. Pedí cuatro años para terminar el proyecto, y solicité un gran esfuerzo a
todos.
—Y han pasado cinco años —recordó Dhal.
—En realidad el proyecto exigía seis. Mentí entonces para obtener la aprobación
del Consejo y del Jefe Murtan.
Dhal le miró con reproche.
—Siempre sospeché que no confiabas en cumplir el plazo prometido. Todavía
tengo dudas, no sé si el proyecto está terminado.
—Sólo nos visitaste una vez.
—Eso fue hace dos años.
—Sí, hace dos años. La montaña todavía no estaba hueca y las gradas se estaban
construyendo.
Dhal estudió con interés al hombre enjuto de mirada profunda y cansada.
—Cuando me ordenaron venir, a la vista del mensaje imaginé que era para
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escuchar una propuesta de Ghalor.
—Ah eso también tiene que ver con tu presencia en la montaña, además de…
—¿Además de qué?
—El proyecto está terminado.
El ascensor se detuvo y Fowell invitó a su acompañante a salir. Después de
recorrer un pasillo en el que el olor a aceite y a fundición impregnaba el ambiente,
llegaron a una plataforma desde la que se dominaba una caverna de grandes
dimensiones.
Fowell se apoyó en la barandilla de hierro y respiró con deleite el aire viciado por
los humos que se elevaban hacia las chimeneas situadas en el techo de granito,
perdidas en la oscuridad.
A sus pies trabajaba una multitud de obreros alrededor de docenas de gradas en
las que relucientes naves de guerra recibían los últimos toques.
A pesar de que el ruido resultaba ensordecedor, Dhal podía escuchar las
explicaciones de Fowell, aunque para ello necesitara gritar con todas sus fuerzas:
—¡Estas son las últimas unidades del programa, coronel! En otras cavernas los
carros de combate sólo esperan que les pinten los emblemas de Arga en sus blindajes.
Disponemos de cientos de cruceros y destructores aparte de los que ves, escondidos
en hangares secretos, más grandes y mejor equipados que el hangar al que ha sido
llevada tu vieja nave. Había olvidado decirte que será desguazada. No merece la pena
que la reparen.
A la vista de lo que contenía la gruta, a Dhal le pareció que cinco años era un
tiempo ridículamente corto para conseguir semejante proeza.
—Es increíble —musitó—. El enemigo no puede sospechar que hemos reunido
tanto material de guerra.
Fowell le puso la mano en el hombro.
—Los ghaloritas intuyen algo, amigo. No saben exactamente qué es, pero
sospechan que les estamos preparando una sorpresa; por supuesto, desagradable para
ellos.
—Definitiva, diría yo —rió Dhal—. Con estas naves podemos expulsarlos de las
fronteras y arrebatarles para siempre las tierras de Erdho.
Se dejó llevar por Fowell fuera de la plataforma. Mientras entraban en un
corredor por el que circulaban vehículos transportando material hacia las cavernas,
Dhal dijo entusiasmado:
—El enemigo expulsó a nuestro pueblo de las fértiles tierras de Erdho; pero
debemos atravesar sus líneas y arrojarlos a las franjas ardientes del sur para siempre.
Sí no lo hacemos, nos empujarán a las llanuras heladas del norte.
—Me agrada comprobar que la sangre sigue hirviendo en tus venas; pero debes
serenarte —pidió Fowell, riendo. Conocedor del ardoroso temperamento del coronel,
temía que su entusiasmo le impidiera analizar con serenidad la situación. El Jefe
Murtan, con buen criterio, había dejado para más tarde comunicarle que ese mismo
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día firmaría su ascenso a general.
Dhal observó el paso de un camión cargado de armas. Detrás llegaron otros. Miró
a Fowell.
—¿Cómo voy a calmarme? Llevo mucho tiempo deseando poder combatir a los
ghaloritas en igualdad de condiciones, hacerles frente, no escapar de ellos, siempre
ordenando el repliegue de nuestros vetustos carros de combate, ocultándonos en las
ciénagas, viendo cómo mis soldados tenían que administrar las municiones y morían
de hambre. Fowell, por fin ha llegado el momento de sacarme la espina que los
orgullosos ghaloritas me clavaron hace tiempo. No recuerdo cuándo grité la palabra
victoria por última vez. Ya sólo recuerdo derrotas.
Pasó ante ellos el último camión y Fowell, el promotor y responsable del
proyecto, invitó a Dhal a seguirle. Recorrieron otro túnel y se detuvieron ante los
escalones de piedra de una escalera.
—Vamos, amigo mío —dijo Fowell—. Ahora debes descansar un rato.
—Quiero ver al Jefe Murtan.
—Claro que le verás, pero más tarde. Tu aspecto no es el más apropiado para
asistir a una entrevista con un enviado de Ghalor.
Dhal se detuvo. Su palidez era intensa cuando agarró a Fowell de un brazo, con
violencia, y le obligó a mirarle a la cara.
—¿Un enviado de Ghalor aquí? —exclamó—. ¿Estáis locos? ¿Acaso le habéis
traído para mostrarle nuestra fuerza y convencerle para que nos suplique la paz?
—Nada de eso. Tranquilízate —dijo Fowell. Salieron a una estancia en la que
docenas de hombres y mujeres se ocupaban de los archivos—. Nadie lo sabe excepto
los miembros del Consejo y algunos generales. Tú eres el único coronel que asistirá a
la reunión.
—No entiendo nada.
—Lo entenderás. Hace varios días recibimos un mensaje de Ghalor en el que se
nos pedía que recibiéramos a un parlamentario de su rey. ¿Sabes? Creemos que el
pueblo ghalorita ignora esta visita.
Dhal arrugó el ceño.
—Empiezo a comprender por qué los ataques han disminuido, después de la
ofensiva de hace dos meses. Sin embargo, me dispararon cuando me dirigía hacia
aquí. ¿No crees que debieron avisar a sus naves? No creo que ésta sea la mejor
manera de demostrar que desean entablar negociaciones.
—Estamos enterados. Cuando supimos que tuviste que enfrentarte a los cazas
enemigos presentamos una protesta y estuvimos a punto de cancelar la reunión. Si te
sirve de consuelo, el alto mando ghalorita nos presentó sus disculpas.
—¿Cuándo llegó el emisario?
—Ayer. Le recogimos en tierra de nadie y fue trasladado al interior de la montaña
con los ojos vendados.
—Pero tiene oídos y habrá escuchado…
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—Se los taponamos —Fowell volvió a reír—. El lugar donde se encuentra está
insonorizado. No temas. No sabrá nada a menos que nos interese.
—¿Por qué crees que el enemigo sospecha de nuestros proyectos?
—Es una intuición. No debemos subestimar al adversario.
Dejaron atrás los departamentos administrativos y entraron en las dependencias
residenciales. Aunque todo tenía un aspecto tosco, las paredes desnudas y sin
pulimentar, Dhal no dejó de considerarlo en conjunto bastante confortable.
—Aquí vivimos los dirigentes —explicó Fowell empujando una puerta. Encendió
la luz y mostró al coronel un dormitorio pequeño pero limpio y cómodo. Detrás de
una diminuta mesa había una puerta, sin duda la que conducía al aseo—. Será tu
hogar mientras permanezcas aquí. Un asistente te traerá comida y un uniforme nuevo.
—Miró con disgusto el que llevaba Dhal—. Intendencia debió proporcionarte ropas
hace tiempo.
Dhal se quitó a manotazos la guerrera sucia y sudada. Con ella había combatido
durante los últimos cien días. No recordaba cuando tomó un baño caliente. Miro al
interior del cuarto de aseo y encontró una repisa con jabones, toallas y útiles para
afeitarse Se acarició la poblada barba, rubia y enmarañada. Tampoco se acordaba de
la última vez que se afeitó.
Fowell tenía razón, pensó mientras se esforzaba por sonreír y se despojaba del
cinturón del que pendía la funda con el láser. A veces se sentía como desnudo cuando
no sentía su peso.
—¿Por qué soy el único coronel que asistirá a la reunión?
A la pregunta de Dhal, Fowell cruzó los brazos y dijo:
—Te ganaste los entorchados de general hace tiempo, pero con tus continuas
protestas detenías la mano del Jefe Murtan cada vez que iba a firmar tu ascenso. Sólo
por tu valor y fidelidad no fuiste relevado del mando. Pero siempre tuvimos en cuenta
que tu presencia en el frente infundía moral en la tropa, y tus decisiones, aunque
temerarias, nos proporcionaban las pocas victorias que obteníamos.
—¿Me espiabais?
—No era necesario, pues gritabas demasiado y tus gritos podían escucharse
incluso en estas montañas —sonrió Fowell—. Nadie tenía que vigilarte para conocer
tus arrebatos.
Dhal se había tranquilizado. Miró a Fowell de reojo.
—¿Seré general? —preguntó.
—Claro.
Llegó el asistente y dejó sobre la cama un montón de ropa. A Fowell le entregó un
paquete. Cuando se marchó, éste dijo:
—Nada mejor que un poco de licor para celebrarlo. Por ahí debe de haber un par
de vasos.
Dhal los encontró en la repisa del cuarto de baño.
—¿Qué vamos a celebrar? ¿La terminación del proyecto y la próxima victoria de
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Arga sobre Ghalor o mi ascenso?
Fowell lleno los vasos y esperó a que quedaran vacíos para responder:
—Un entusiasmo excesivo podría ser perjudicial. Con la nueva flota y las actuales
reservas de armamento podemos igualar la potencia del enemigo, pero no superarla.
Sólo el valor inclinaría la balanza a nuestro favor.
—Lo sé. Nunca me he dejado llevar por el optimismo, tengo los pies firmemente
puestos en el suelo. Mandemos al infierno al embajador ghalorita ahora que podemos
vencerlos.
Fowell movió la cabeza.
—Las victorias no se logran sin muertos; aunque venciéramos morirían miles de
los nuestros.
—Me cuesta entenderte, Fowell —dijo Dhal.
—Siempre me has despreciado.
—Te equivocas. No te desprecié el día en que tu proyecto fue aprobado contra mi
opinión, pero me decepcionaste. Prometiste ayudarme y no lo hiciste, abandonaste tu
carreta militar para encerrarte en tu despacho con los viejos legados para fabricar
armas nuevas.
—¿Sigues teniendo la misma opinión de mí?
—Ya no Reconozco mis errores. Eres demasiado inteligente. Sigo sin comprender
tus cambios de opinión.
¿Por qué has permitido al Jefe Murtan que escuche al emisario de Ghalor,
precisamente cuando contamos con los medios para vencerlos?
Fowell se mordió los labios.
—Odio esta guerra, Dhal; siempre la odié.
—¿Crees que a mí me gusta? He visto morir a muchos amigos, y mis padres
fueron asesinados cuando yo era un niño. Claro que odio a los ghaloritas. Son
traidores, mezquinos y crueles.
—Debemos escuchar las propuestas del embajador.
—Nunca dejarás de ser una caja de sorpresas para mí. ¿Tienes idea de sus
intenciones?
—Ninguna —respondió Fowell con gesto preocupado.
Dhal entró en el cuarto de baño, cerrando la puerta con violencia.
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CAPÍTULO II
Pudo descansar unas horas, pero no concilio el sueño.
El mismo asistente regresó para decirle que debía presentarse ante el Jefe Murtan.
Dhal se vistió después de tomar una ducha. Se miró en el pequeño espejo. Tenía un
aspecto más joven, afeitado y limpio. El nuevo uniforme le quedaba algo holgado. Le
gustó su olor a limpio.
Cuando buscó su cinto con el láser, el asistente le advirtió.
—Señor, no le permitirán asistir a la reunión con un arma.
—Te la confío, muchacho —dijo Dhal, arrojándole la funda.
—La cuidaré. Señor, he cursado una solicitud para ser admitido en su división —
dijo el asistente mientras le abría la puerta.
—Los coroneles no mandan divisiones, soldado.
—Pero sí los generales, señor.
Dhal sonrió de manera que el chico no viera su gesto cargado de escepticismo.
Los rumores corrían deprisa por las galerías.
—¿Cómo te llamas?
—Donkee, señor.
Dhal se volvió para mirar el rostro del soldado. No pudo ocultar su sorpresa al ver
que se trataba de una chica. Tuvo que hacer un esfuerzo para adivinar las formas
femeninas que ocultaba el holgado mono de trabajo. Donkee usaba un par de tallas
más que las que necesitaba.
—¿Cuál es tu especialidad?
—Artillería, señor. Antes de obtener el título también fui instruida como infante y
estuve a punto de ser enviada al frente, pero me destinaron aquí sin darme una
explicación. El trabajo en la montaña es muy importante, pero me aburro. Confío en
que ahora no me rechacen. Dadas las circunstancias, necesitarán personal cualificado.
—Sí, claro —sonrió Dhal, saliendo del cuarto—. ¿Puedes llevarme a la reunión?
—Es lo que me ordenaron que hiciera, señor. Sígame, por favor.
A mitad de camino, después de recorrer varios pasillos vigilados por soldados
armados, Fowell les salió al encuentro. Con una sombra de preocupación en su rostro
les apremió para que se dieran prisa. Mientras caminaban dijo a Donkee:
—Soldado, puedes retirarte.
Cuando la chica se retiró, Dhal dijo divertido:
—Es una chica. ¿No te habías dado cuenta?
—Claro que no. Con ese aspecto parece un chico. No es muy guapa, ¿verdad?
—Seguro que no las has visto bien. Es bonita, de veras. Me contó que había
solicitado plaza en mi división. Creo que sabe lo de mi ascenso.
—Por los subterráneos corren toda clase de rumores.
—Espero que la presencia del enviado de Ghalor no sea conocida.
—Por supuesto que no. Entra.
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Fowell abrió una puerta. Al otro lado había media docena de soldados armados
con fustas eléctricas. Más allá, varios hombres con batas azules conversaban en voz
baja, formando corros con generales y consejeros. Dhal vio en todos gestos de
preocupación.
Fowell condujo a Dhal a una habitación pequeña, en la que sólo había una mesa y
tres sillas. Detrás de ella el Jefe Murtan leía unos papeles. Los soltó al darse cuenta
de que no estaba solo.
Murtan era un hombre que había cumplido los setenta años. Su mirada resultaba
cansada. Las arrugas de sus pómulos eran más profundas que la última vez que Dhal
se entrevistó con él, hacía dos meses, en una posición avanzada, durante la semana en
que inspeccionaron las líneas más duramente castigadas por la ofensiva enemiga de
invierno.
Dhal sintió emoción al estrechar la mano del viejo luchador. Murtan sonrió y le
invitó a tomar asiento.
—En la otra habitación nos espera el embajador de Ghalor —dijo el Jefe del
Consejo de la nación argana—. Es el almirante Kin-Kismo.
—¡Kin-Kismo! —repitió Dhal.
—Sabía que te sorprendería verlo aquí. No me lo creí hasta que me llevaron ante
él y le quitaron la máscara que cubría su rostro. Nada menos que el gran héroe de la
nación Ghalor. Me dije que habría venido para exigir nuestra rendición.
—¿Y no es ése su motivo?
Murtan movió negativamente la cabeza.
—En absoluto.
—Entonces no lo entiendo. Kin-Kismo nunca ha destacado por sus dotes
diplomáticas. Es un militar implacable y un gran estratega. Si los ghaloritas tuvieran
muchos generales como él, tal vez habríamos perdido la guerra hace años.
—Si Kin-Kismo no fuera el portador de la propuesta, pensaría que se trata de una
broma pesada. Ghalor solicita un alto el fuego desde hoy mismo si llegamos a un
acuerdo preliminar. De hecho, ya existe, pues han dejado de atacarnos desde que nos
informaron de que enviarían un embajador plenipotenciario. —Murtan, que debía de
estar enterado de mis problemas para llegar a la base, tosió y dijo—: Salvo pequeños
incidentes, por supuesto. Hemos aceptado las excusas que nos han presentado por los
cinco ataques que se han producido durante las últimas veinticuatro horas. Coronel,
pensamos considerar seriamente la propuesta de alianza entre nuestros dos pueblos
que nos propone Kin-Kismo.
Aquellas palabras fueron como un mazazo para Dhal. Miró a Fowell. Así que
conocía los motivos de la presencia del embajador. Dhal soltó un gruñido, se movió
inquieto en el asiento.
Murtan se dirigió a la pared. Retiró un cuadro. Al otro lado había un rectángulo
de cristal. Hizo señas a Dhal para que se acercara.
—Por el otro lado es un espejo, un objeto decorativo; puedes ver a Kin-Kismo sin
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que él te vea.
Dhal miró a través del pequeño rectángulo. Al otro lado había una sala amplia con
muchas sillas. Debía de ser allí donde se iba a celebrar la reunión.
Contempló con interés al humanoide, conteniendo la respiración, como si tuviera
miedo de que pudiera oírle y descubrir que era vigilado.
Kin-Kismo era un excelente ejemplar de la raza ghalor. Desde su estatura de dos
metros y veinte centímetros podía contemplar con soberbia a los arganes. Vestía
uniforme con adornos de oro. Permanecía sentado en una silla delante de la mesa
larga que ocuparían los miembros del Consejo. Estaba quieto, ni siquiera pestañeaba,
con sus enormes ojos fijos en la pared de enfrente. Su piel gris con sombras verdosas
era tersa, aún no había alcanzado la mitad de la vida de un ghalorita. Por su aplastada
nariz expulsaba nubecillas de vapor al respirar. Llevaba en los labios un tubo de
acero, del que aspiraba constantemente. Era una droga a la que los de su especie
estaban acostumbrados. Pese a que su aspecto podía resultar grotesco para un
humano, debido a los hombros anchos y a la espalda encorvada, el ghalorita emanaba
confianza y orgullo. De pronto giró la cabeza y sus pupilas miraron el falso espejo.
Dhal retrocedió instintivamente, como si aquel ser hubiera descubierto que estaba
siendo observado. Era la primera vez que le veía, pero conocía su nombre, la fama
que le precedía. Kin-Kismo era el más encarnizado enemigo del pueblo de Arga. Se
decía que odiaba con toda su alma a los humanos de Urlanka.
En la habitación, detrás de la última fila de sillas, dos secretarios se afanaban en
preparar documentación.
—Es inteligente, sabe que le estamos mirando —susurró Dhal, apartándose del
cristal.
—Claro que lo es —asintió el Jefe Murtan—. Y valiente. Otro que no fuera él no
habría venido, hubiera temido que le hiciéramos prisionero y le utilizáramos como
rehén para que nos devolvieran a nuestros hermanos prisioneros.
—¿Está pensando en hacerlo si fracasaran las negociaciones?
—Sería una pérdida de tiempo. Estoy seguro de que Kin-Kismo habrá dado
órdenes para que su rescate no sea negociable, en el supuesto de que le hiciéramos
nuestro prisionero. Creo que nos conoce y sabe que nunca nos comportaríamos como
unos salvajes. Respetaremos la palabra dada. Si no llegáramos a un acuerdo, le
dejaríamos marchar. Claro que si lo eliminásemos, el enemigo no contaría con una
mente militar como la suya. Pero no divaguemos, coronel. Si queremos que nos sean
devueltos los prisioneros de guerra, tendremos que pactar. ¿Sabe? Prefiero tratar con
él que con el cerdo de su rey.
Fowell dijo:
—Es la hora, señor.
—Está bien. Anuncia que la reunión va a dar comienzo.
Salieron del pequeño cuarto. En el corredor que conducía a la sala donde ya
esperaba el embajador, Fowell les dijo a los hombres que esperaban que ya podían
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pasar.
Dhal dejó de oír los murmullos de las conversaciones. Militares, consejeros y
técnicos guardaron silencio. En sus expresiones se podía leer la inquietud que los
embargaba.
Los humanos odiaban a los seres de Ghalor, y éstos a los humanos. Cada nación
acusaba a la otra de haber iniciado la guerra. Los ghaloritas se consideraban
superiores seguros de sí mismos, y nunca dieron señales de desear la paz. Para ello
alegaban que fueron los primeros en llegar al planeta y por lo tanto les pertenecía. Su
propiedad no era negociable. Dhal se preguntó qué les había hecho cambiar de
opinión.
La realidad era que ghaloritas y arganes arribaron a Urlanka en un tiempo difícil
de concretar, según los estudios llevados a cabo por investigadores e historiadores.
Los colonos de uno y otro pueblo no establecieron contacto hasta transcurridos varios
años; para entonces los ghaloritas disponían de una tecnología más avanzada que la
de los humanos y no les costó mucho imponer su superioridad.
Pero los arganes no se sometieron a las leyes ghaloritas y defendieron sus
posiciones más avanzadas, situadas entre los fértiles valles de Erdho y el inhóspito
norte.
Sus adversarios en un principio lograron empujarlos más allá de las comarcas
erdhonitas, tras varias guerras; pero los humanos se salieron finalmente con la suya y
convirtieron los territorios en disputa en tierra de nadie, impidiendo que fueran un
asentamiento permanente de los orgullosos ghaloritas.
Dhal interpretó en las miradas de las personas que iban entrando en la sala que
desconfiaban del emisario ghalorita.
La actitud de sus compatriotas le preocupaba.
Los árganos nunca fueron hábiles políticos.
Los últimos en entrar fueron el Jefe Murtan, Fowell y Dhal Darkes, quien al ir a
ocupar un asiento libre en las últimas filas, recibió la orden de acomodarse detrás de
la mesa presidencial, entre Fowell y un general.
En el otro extremo de la mesa, mirando fijamente al Jefe Murtan, el ghalorita
Kin-Kismo continuaba saboreando la droga del cilindro, ajeno a todo, manteniendo
su expresión imperturbable.
Se cerraron las puertas y los secretarios se acercaron a los atriles para grabar la
reunión.
De soslayo, Dhal observo a Murtan. Le parecía algo nervioso. Debía de estar
pasándolo mal, pues no estaba acostumbrado a hablar en público, sino a tomar
decisiones y llevarlas a cabo. Era un hombre de acción.
Murtan carraspeó, cesaron las conversaciones y se guardó silencio.
—Ciudadanos de Arga, todos habéis oído hablar del almirante Kin-Kismo. No
necesito recordaros que está aquí por su propia voluntad y que es el portavoz de su
rey.
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Dhal se preguntó a qué venía aquella introducción. Todos sabían a estas alturas
para qué estaba allí el humanoide. Lo que querían conocer era los términos del
tratado de paz y de alianza que había llevado a Kin-Kismo hasta allí.
—Creo —siguió diciendo Murtan con voz más nerviosa por momentos— que
debemos ir al asunto sin más preámbulos. El almirante Kin-Kismo tiene la palabra.
Hizo un gesto al ghalorita, quien se levantó y barrió con la mirada a los asistentes
a la reunión. Compuso una sonrisa y, después de quitarse el cilindro de los labios,
apoyó sus enormes manos en la mesa. Con la áspera voz de su raza, pero en fluido
lenguaje argano, dijo:
—Humanos de Arga, el rey de Ghalor me ha elegido para informar a Arga del
unánime deseo de paz de mi pueblo.
Dhal frunció el ceno. Conocía demasiado bien el sentido irónico de los ghaloritas
y tenía la impresión de que Kin-Kismo había empezado burlándose de ellos. Tras una
pausa, el embajador añadió:
—Durante muchos lustros nuestras dos naciones han combatido valientemente
por sus respectivos ideales. No entraré en detalles, no relataré aquí la historia ni
juzgaré qué nación es la poseedora de la razón. En nombre del rey Erken-Lo os
propongo un pacto de alianza y una estrecha colaboración militar para salvar a
nuestros pueblos de la amenaza que se cierne sobre ellos.
Al callar, Kin-Kismo echó la cabeza hacia atrás y contempló las expresiones de
estupor en los árganos. Los miembros del Consejo que ocupaban la mesa
permanecieron impasibles.
Dhal interpretó que conocían cuáles iban a ser las propuestas que les haría el
almirante, aunque no las razones que las amparaban. Se escucharon murmullos de
sorpresa.
Murtan exigió silencio y pidió al embajador:
—Almirante, espejamos con impaciencia que nos explique qué tipo de amenaza
nos acecha, tanto a Ghalor como a Arga.
Kin-Kismo asintió con vigoroso movimiento de cabeza. Se puso con sus
poderosos brazos en jarras y dijo:
—A causa de la guerra hemos convertido en tierra de nadie la región de Erdho;
hace años que nadie le ha prestado la atención debida ni se ha vigilado. Una de
nuestras naves detectó hace poco la presencia de seres en ella. Al principio creíamos
que eran árganos, pero estábamos equivocados. ¡Esos valles han sido invadidos por
criaturas malvadas mientras Arga y Ghalor combatían entre sí! Esa es la amenaza a la
que tenemos que enfrentarnos, caballeros.
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CAPÍTULO III
Los secretarios descubrieron un mapa del
hemisferio y Kin-Kismo, ayudado de un puntero, trazó un irregular círculo sobre la
zona central, pintada de rojo, que separaba a las dos naciones en guerra por el oeste,
con Arga al norte, próxima a las frías estepas, y Ghalor al sur, lindando con las
tórridas franjas desérticas, que unos cientos de kilómetros más abajo se
transformaban en tundras batidas por huracanes de fuego.
—Aquí es donde fue detectado el peligro, señores de Arga —dijo con énfasis el
almirante, golpeando con el extremo del puntero el centro de la zona roja del mapa—.
Lo hemos mantenido en secreto hasta hoy. Varios de nuestros cruceros fueron
derribados cuando sobrevolaban Erdho. —Cuando se volvió, se dibujaba una sonrisa
mordaz en sus labios—. Se contabilizaron esas bajas como resultado de la acción de
sus escuadrillas; lamento desengañarles: no fueron ustedes quienes abatieron nuestros
cruceros.
Dhal apretó los puños. El almirante no perdía su extraño sentido del humor.
—Los invasores proceden del espacio, creemos que de más allá de los límites que
nuestros navíos pueden alcanzar, tal vez del otro lado de los planetas gigantes —dijo
Kin-Kismo—. Son seres horribles, monstruosos. Tomamos imágenes de ellos, que les
mostrare si llegamos a un acuerdo. Poseen naves gigantescas y están levantando una
ciudad, una fortaleza o una base, desde la que se extenderán por todo Erdho y más
tarde, si no lo impedimos, por Arga y Ghalor.
Después de un instante de silencio, un general del ejército aéreo preguntó:
—Lo que ha dicho, almirante Kin-Kismo, tendrá que probarlo. Sin embargo, en el
supuesto de que le creamos, ¿qué sugiere que hagamos? ¿Acaso el Alto Mando de
Ghalor tiene un plan?
—Por el momento sólo se trata de un proyecto de ataque —respondió Kin-Kismo,
mirando a los ojos del general—. Un plan sencillo pero eficaz. Las fuerzas de Arga y
de Ghalor atacaran desde sus bases, por el norte y por el sur al mismo tiempo. Si nos
unimos podemos vencer al invasor, pues aún no es muy numeroso. Es urgente hacerlo
cuanto antes, sin esperar a que él sea más fuerte. Todos los días arriban naves que
transportan a más soldados.
—¿Qué tipos de armas tienen?
—Similares a las nuestras, no creo que sean mucho mejores ni más sofisticadas,
al igual que sus naves, aunque tienen blindajes más poderosos. Su tecnología es
ligeramente superior a la nuestra en términos generales. Sólo les superamos en
número.
—Creo que habla desde su punto de vista, señor; usted puede comparar sus
propias fuerzas con las de ellos pero no las nuestras —sonrió el general.
—Reconozco que Arga, durante los años que llevamos en guerra, ha sabido
defenderse y mantener sus posiciones, pero nunca han podido organizar una ofensiva.
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Seamos sinceros, caballeros. Desde hace cuatro años sospechamos que están
planeando lanzar un ataque por sorpresa. ¿Me equivoco al pensar que actualmente
disponen de más armas de las que imaginamos?
Los consejeros y los militares palidecieron. Fowell silabeó entre dientes unas
palabras, lamentándose de que Ghalor conociera el esfuerzo bélico realizado por
Arga. Dhal se resistía a creer que hubiera habido una filtración.
Si algo no existía en la larga guerra era el espionaje. Un argano no podía
infiltrarse entre los ghaloritas, ni viceversa. La diferencia racial hacía imposible el
trabajo de los espías. Los murmullos de protestas de los consejeros fueron subiendo
de tono. Murtan los hizo callar con un ademan.
—Sigamos especulando, almirante —dijo, tras carraspear—. Si lo que ha dicho es
cierto, llegamos a un acuerdo y logramos expulsar a los invasores, ¿qué pasará
después?
Kin-Kismo regresó a su asiento y respondió:
—Las tierras de Erdho son extensas. Mi rey está dispuesto a que sean repartidas
entre los dos pueblos.
—¿En qué proporción?
—Exactamente la mitad para cada nación.
—¿Cómo sería garantizada la paz después de la expulsión de esos invasores?
—Con un tratado que firmarían mi rey y usted, Jefe Murtan Les daríamos todas
las garantías que nos exigieran, incluso accederíamos a un desarme una vez que las
tierras de Erdho estuvieran libres de invasores. Caballeros, mi país está cansado de
luchar, queremos la paz. Créanme: ha sido duro para nosotros tener que dar este paso,
pero hemos llegado a la conclusión de que prolongar la contienda es inútil, pues nadie
vencería a nadie. Confiamos en ustedes. Lamentablemente no podemos recurrir a
ningún arbitraje —sonrió el embajador—. Urlanka no está sometido a la jurisdicción
imperial ni a los intereses del Borde. En las actuales circunstancias, a la vista del caos
imperante en la galaxia, cuando el Imperio se derrumba, esta situación resulta
beneficiosa.
Murtan entornó los ojos. ¿Cómo podía saber si el almirante decía la verdad, si sus
palabras y sus intenciones eran sinceras? Se resistía a creer en la fantástica historia,
que una raza extraña hubiera aparecido en el corazón de Erdho con la intención de
aniquilar a los dos pueblos enfrentados desde hacía décadas.
Claro que no era un disparate imaginar que una nación procedente de más allá del
sistema planetario de Urlanka intentara sacar provecho de la situación; dos naciones a
punto del agotamiento a causa del largo conflicto, y por lo tanto fáciles de vencer.
—¿Qué plazo se nos concede para estudiar su propuesta? —preguntó Murtan,
sintiendo sobre él las miradas de sus compatriotas.
—Les concedería todo el tiempo que consideraran necesario, pero
lamentablemente no podemos esperar demasiado, y me gustaría conocer su respuesta
cuanto antes.
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—Necesitamos verificar su versión, embajador; espero que lo comprenda.
—Por supuesto. En su lugar, caballeros, yo haría lo mismo.
—Enviaremos unas patrullas para comprobar la presencia de esos seres en Erdho
—dijo el general que había hablado antes.
—Háganlo pronto —respondió Kin-Kismo—. Deben advertirme de la partida de
sus exploradores para que avise a los míos y no sean interceptados. No queremos que
se repitan los lamentables incidentes de hace unos días. Por supuesto, nos ofrecemos
a escoltar a sus unidades.
—¿Escolta o vigilancia? —protestó el general—. ¿Acaso teme que nuestras naves
vuelen hacia el sur y bombardeen sus ciudades?
—Nada de eso —sonrió el almirante—. Sólo queremos protegerlos. Mis cruceros
ayudarían a sus naves si fueran atacadas por los invasores. Por favor, señores, no
desconfiemos los unos de los otros.
El general se sentó refunfuñando. Sacudió la cabeza en señal de conformidad.
Dahl se quedó pensativo Miro a Fowell, convencido de que más tarde le
preguntaría por qué no había hecho ninguna pregunta al embajador.
***
Dos días después de que el almirante ghalorita partiera de la base subterránea, con
los ojos tapados y fuertemente escoltado, Fowell buscó a Dhal.
—Han vuelto las patrullas —le dijo. Estaba muy alterado—. Hemos perdido dos
cruceros y una flotilla completa de cazas.
—Eran unidades obsoletas, lo sabías —le reprochó Dhal, recordándole que lo
advirtió cuando fueron elegidas las naves que debían explorar la zona invadida.
—Lo sé, pero no podíamos mostrar el nuevo material a los ghaloritas.
Se encontraban en los talleres. No lejos pasaban las naves para ser revisadas antes
de enviarlas a los hangares. Dhal, sudo y cubierto de grasa de los pies a la cabeza, se
limpió las manos en un trapo, que arrojó al suelo con rabia.
—Han muerto muchos hombres —dijo.
—No habría vuelto ninguna nave si los cruceros ghaloritas no hubiesen
intervenido. Me cuesta tener que admitirlo, pero su ayuda nos ha salvado de un
desastre mayor.
—¿Qué informes han traído?
—Están siendo estudiados por Murtan y los expertos. Yo les he echado un
vistazo, y puedo anticiparte que el almirante Kin-Kismo dijo la verdad. En Erdho hay
seres extraños, sus instalaciones están casi terminadas, así como un campo de
aterrizaje, protegido por las montañas, y otros elementos dispersos por las llanuras
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difíciles de definir. Dhal, nos enfrentamos a una invasión en regla.
—¿De dónde proceden?
—Aún no lo hemos averiguado. ¿Qué sabemos acerca de lo que hay más allá de
los grandes planetas? Nuestras naves no pueden alcanzarlos, lo sabes muy bien.
Siempre quisimos explorarlos, pero la guerra nos lo impedía. Nuestros antepasados
llegaron a Urlanka en viejas naves estelares, casi sin energía. Tuvieron que
desmantelarlas para aprovechar sus metales y construir la primera ciudad. Luego el
secreto de la navegación estelar se perdió, quedó olvidado o lo ocultaron por temor a
que atrajéramos la curiosidad del Imperio. Tuvimos mucha suerte porque
conservamos la tecnología para construir vehículos y naves para defendernos de los
ghaloritas.
—¿Crees que Murtan apoyará la alianza con Ghalor?
—¿Qué otra cosa podemos hacer?
—No sé, pero no lo veo claro. Me arrepiento de no haber participado en la
exploración, me habría gustado contemplar a ese temible enemigo con mis propios
ojos.
—Siempre tan desconfiado. No has cambiado nada en estos últimos años. Diría
que no te complace que la paz esté próxima, aunque para conseguirla tengamos que
combatir una vez más. Espero que sea la última guerra.
—¡Claro que sueño con la paz! Sería una experiencia para mí. Nací en plena
guerra, nunca he conocido otra cosa. Pero nunca me pasó por la imaginación que un
día seríamos aliados de Ghalor. No es fácil hacerse a la idea.
—Están muy asustados a causa de la presencia de esos seres. Saben que sin
nuestra ayuda no podrían vencerlos, ni nosotros sin la suya. Nos necesitamos.
—Una guerra contra los invasores podría ser más sangrienta que la que hemos
sostenido contra Ghalor.
—Pero podríamos vivir en paz una vez terminada.
—Es posible.
—¿Por qué no me contáis lo que piensas?
—¿Qué garantía tenemos de que una vez expulsados los invasores no vendrán
más, mejor preparados y más numerosos?
—En Ghalor creen que han estado espiándonos durante mucho tiempo,
regocijándose con nuestras luchas por un pedazo de tierra, como si este mundo no
fuera lo bastante grande para que los dos pueblos pudieran compartirlo en paz.
—Debería alegrarme de que los ghaloritas hayan comprendido que es posible.
—Jamás quisieron negociar la paz, y ya sabes por qué: nos desprecian, se
consideran superiores a nosotros. Desde el día en que descubrieron que al norte de
sus tierras había humanos, decidieron exterminarnos.
—A mí también me fastidia que haya sido la amenaza que se cierne sobre los dos
pueblos lo que les ha forzado a cambiar de idea, comprender que estamos obligados a
entendernos.
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—No sé qué pensar —Dhal sacudió la cabeza—. ¿Sabes qué me preocupa? Que
sospecharan que disponemos de un buen numero de naves y mejor armamento.
—Quizá les bastó sumar dos y dos para llegar a la conclusión de que hemos
estado trabajando en secreto para organizar nuestra primera ofensiva. Ahora caigo en
la cuenta de que llevaban meses sin organizar un ataque de importancia, como si
temieran nuestra reacción. Amigo Dhal, en parte comparto tus inquietudes, lo
confieso. Pero prefiero agarrarme a la esperanza de que ya no habrá más lucha entre
árganos y ghaloritas.
—Palabras, palabras y palabras. Todo el mundo dice muchas cosas, pero nadie
profundiza en el problema. Lo que me gustaría saber cuanto antes es si combatiremos
contra los invasores codo a codo o cada ejército actuará por su cuenta.
—Eso lo decidiremos pronto, pero me inclino por el plan propuesto por Kin-
Kismo: cada flota partirá de sus propias bases a la misma hora y el mismo día y
atacarán a la vez.
—Me gustaría ver cómo son, conocer su aspecto.
—Un emisario de Ghalor ha traído esta mañana, poco antes de que volvieran las
unidades sobrevivientes, las pruebas que el almirante prometió entregarnos.
—Vamos a verlas Más tarde hablaré con Murtan.
***
Dhal se llevó las grabaciones a su dormitorio. Allí encontró a Donkee de
espaldas, con una escoba en la mano. La chica levantó la cabeza para mirarle,
sorprendida.
La chica le pareció más atractiva que el primer día que la vio. Llevaba el pelo
corto mejor peinado y sus labios eran más rojos, como si se los hubiera pintado un
poco. El traje de faena que vestía era de su talla, y sus formas resaltaban.
—Señor… —dijo ella al verle entrar.
Se puso colorada.
—Lo siento, he vuelto demasiado pronto. No sigas limpiando. Necesito estar solo.
Dhal la miró de reojo mientras sacaba los discos y los insertaba en el aparato. No
se atrevió a mirar hacia atrás. La chica estaba recogiendo los bártulos de limpieza.
Donkee le recordaba a su esposa, muerta en un ataque enemigo hacía cinco años.
—Me han confirmado que seré incluida en su tripulación, señor —dijo Donkee,
ya cerca de la puerta.
—Estupendo. Me alegra tenerte a bordo y que hayas elegido servir en artillería.
—Comando de asalto.
—¿Qué? Eso es peligroso —replicó Dhal. Había algo en Donkee que le atraía,
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pero estaba deseando que la chica se marchase para echar un vistazo a las pruebas.
—¿No es el arma que más le gusta, señor? Todo el mundo sabe que prefiere
pelear en tierra al mando de sus hombres que quedarse en el puente de mando. Lo ha
hecho muchas veces, incluso desobedeciendo las órdenes. ¿Cuántas veces se ha
saltado el reglamento? Claro que cuando le asciendan a general tendrá que obedecer
el reglamento. ¿Me permite preguntarle por qué se demora tanto su ascenso, señor?
Dhal dejó de juguetear con el mando del monitor. Al levantar la mirada descubrió
en los ojos de Donkee la admiración que sentía por él.
Finalmente la chica se dio cuenta de que el hombre quería quedarse a solas y,
turbada, después de saludar llevándose la mano a la frente, salió cerrando la puerta
con cierta violencia.
Dhal se tumbó en la cama y empezó a mirar las grabaciones, una por una.
La mayoría de las imágenes habían sido tomadas desde el aire, a bastante altura, y
pocas estaban ampliadas, sólo las que ofrecían mayor calidad. En dos de éstas se
podían apreciar figuras que corrían entre edificios a medio terminar, en dirección a
las baterías antiaéreas.
De los invasores sólo pudo apreciar que eran criaturas bípedas embutidas en
enormes trajes de combate. Llevaban sus cabezas protegidas por cascos de acero de
gran tamaño. Dhal se preguntó qué rostros escondían.
Guardó las grabaciones, desilusionado; había esperado que fueran más
reveladoras.
Más tarde el Jefe Murtan le pidió que fuera a su despacho. Le recibió enseguida y
le informó de que debía asistir a una reunión en la que participarían seis altos cargos
del Mando Estratégico, Fowell y un científico.
Recorrieron en silencio el pasillo y llegaron a la sala donde les esperaban los
consejeros y demás personas. Dhal observó en primer lugar al científico, al que
reconoció por su bata verde, un anciano que miraba a través de unas lentes de grueso
cristal. Recordó que se llamaba Epuram y había sido maestro de Fowell; se decía que
le obligó a abandonar el ejército para dedicarse a la investigación.
Murtan, con aspecto cansado, le llevó a un rincón de la sala y, voz ronca, le dijo:
—He de darte dos noticias. La primera es que acabo de firmar tu ascenso a
general. Te felicito. La segunda es que desde este momento han cesado las
hostilidades entre Ghalor y Arga. Mañana mismo se firmará el armisticio y las
garantías de Su Majestad el rey Erken-Lo de que la mitad de Erdho pasará a formar
parte de nuestra patria.
—Gracias, señor. Sin embargo, sigo teniendo dudas acerca de la sinceridad de los
ghaloritas.
Los hombres del consejo miraron sorprendidos a Dhal. Alguien manifestó con un
gruñido su descontento. El Jefe Murtan agitó la cabeza y se sentó en el sillón que
tema detrás.
—Vamos, Dhal, no empieces con tus recelos. ¿Es que siempre serás el mismo?
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Desconfías de todo, pones en entredicho nuestras decisiones. Nos lo hiciste pasar mal
cuando te opusiste al plan de rearme alegando que suspender la fabricación del
armamento tradicional nos ocasionaría graves quebrantos en el frente.
—Va reconocí que me equivoqué.
—¿Qué te ocurre ahora?
—La verdad es que no lo se, pero tengo un mal presentimiento.
—Los presentimientos son malos consejeros. ¿No te han convencido las pruebas
que han presentado los ghaloritas? ¿Aun dudas?
El viejo tosió y dijo:
—General, ésta es la oportunidad para establecer una paz definitiva. Finalmente
los ghaloritas se han dado cuenta de que en este planeta pueden convivir nuestros dos
pueblos Dhal, esos seres atacaron nuestras naves de exploración, y si no hubieran
estado protegidas por una flotilla de Ghalor no habría regresado ninguna.
—No insistiré y acataré las decisiones del Consejo —dijo Dhal.
—Del que tú serás miembro desde mañana —sonrió Murtan.
—¿Cuándo atacaremos a los invasores? —preguntó Dhal, deseando cambiar de
conversación.
—Hemos calculado que dentro de una semana; después de celebrar algunas
reuniones con los mandos ghaloritas, estaremos en condiciones de lanzar el ataque.
Dhal se preguntó si merecía la pena exponer sus recelos a aquellos hombres. No
estaba dispuesto a cometer los mismos errores que cinco años antes. En aquella
ocasión vio frustrado su deseo de alcanzar el generalato y formar parte del Consejo.
Tornó asiento, resignado.
Escuchó en silencio los informes de los estrategas, sin dejar de repetirse que no
estaría tranquilo hasta que conociera más acerca de los seres llegados del espacio.
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CAPÍTULO IV
En su cabina, desde la que dominaba el puente de mando del crucero, Dhal
Darkes rompió los sellos y leyó las órdenes.
Durante vanos minutos estudio detenidamente cada apartado, repasando una y
otra vez los que consideró más importantes. Al terminar observó que, desde abajo, los
oficiales teman las miradas puestas en él.
Esperaban sus órdenes.
Algo parecido debía de estar ocurriendo a bordo de las otras doscientas naves que
volaban sobre la atmósfera de Urlanka en dirección a los valles de Erdho. Ahora cada
comandante de unidad aérea y cada general de infantería conocían perfectamente el
plan de ataque, elaborado conjuntamente entre los estados mayores de Arga y Ghalor.
Demasiados secretos, pensó Dhal. Acababa de conocer los detalles de la
operación y no le parecían los más adecuados.
Él y los otros tres generales que mandaban la flota y las fuerzas de desembarco
eran las únicas personas que, antes de la lectura de las órdenes finales, tenían una idea
aproximada de la estrategia acordada por el jefe Murtan y el almirante Kin-Kismo el
día antes de la partida, en una reunión a la que no fueron invitados los consejeros ni
los generales.
Después de estudiar las órdenes todavía seguía pensando que existía algo que no
acababa de ser de su agrado.
Le molestaba que hubiera sido el almirante ghalorita quien hubiera hecho
prevalecer su criterio valiéndose de sus mayores conocimientos acerca de las
instalaciones invasoras. Los generales árganos que fueron consultados por el Jefe
Murtan se limitaron a introducir algunos cambios que en poco o nada modificaban las
líneas maestras de la estrategia presentada por Kin-Kismo, nombrado por el rey
Erken-Lo jefe supremo de la flota de Ghalor, lo que en la practica significaba que su
autoridad estaba por encima de Arga.
Dhal tema la sensación de que la nueva flota argana había quedado bajo la
dirección de Ghalor.
Tanto el ejército argano como el ghalorita atacarían al mismo tiempo, el primero
desde el norte y el segundo desde el sur, con el propósito de envolver la base invasora
en una amplia tenaza, que cerrarían antes de que transcurriese media hora.
Se confiaba en que la intervención de los ejércitos, hasta ahora enfrentados en tan
larga guerra, sorprendería al enemigo.
Dhal se levantó y miró a sus oficiales. Tomo el comunicador y les pidió que
cumplieran al pie de la letra las instrucciones que les serían entregadas.
Al escuchar un taconazo a sus espaldas, Dhal giró la cabeza y vio a Donkee en
posición de firme, saludándole. Aunque la chica llevaba un uniforme a la medida,
Dhal pensó divertido que le estaba algo estrecho o le habían crecido los pechos. La
miró complacido de arriba abajo. Está atractiva, se dijo ocultando una sonrisa.
[Link] - Página 93
—Vaya, no esperaba verte a bordo, Donkee — dijo —
—¿No te admitieron en los comandos de asalto?
—Me enteré de que el puesto de su ayudante estaba libre, señor —sonrió Donkee
—. Espero servirle bien.
—Me alegro de que estés aquí. —Le pasó un mazo de órdenes—. Entrégalas de
inmediato; dentro de una hora estaremos volando sobre la vertical de la base
enemiga. Vamos, no te entretengas.
—Sí, señor —dijo ella, echando a correr escaleras abajo.
Dhal no la perdió de vista hasta verla desaparecer. Luego la vio reaparecer en la
zona de abajo y entregar las órdenes a los oficiales.
Sabía que la tendría siempre a su lado, incluso cuando él abandonara el crucero y
se pusiera al trente de sus hombres y desembarcase, cuando hubiera acabado el
bombardeo.
No siguió con sus reflexiones. Sonaron las sirenas y una voz ronca anunció la
alerta roja en toda la flota.
Una pantalla gigante mostró gráficamente la posición de la flota Por un momento
Dhal olvidó sus presagios y se sintió orgulloso del esfuerzo de su pueblo para
construir tan poderosa máquina bélica. Si la guerra hubiera continuado, los ghaloritas
no habrían podido vencerles. En cierto modo Ghalor debía agradecer a los invasores
que la guerra no hubiese continuado.
Sólo el día anterior al ataque fue informado Kin-Kismo del actual potencial bélico
de Arga. El almirante se limitó a parpadear cuando conoció el número de navíos de
guerra de Arga. Las fuerzas ghaloritas eran similares, aunque más anticuadas,
compuestas por naves reparadas cientos de veces, entre las que únicamente se
encontraban veinte unidades recién fletadas. Por su parte, los árganos podían dejar en
reserva las naves que habían estado combatiendo recientemente.
Desde el crucero insignia de la flota, el Jefe Murtan envió mensajes a los
comandantes. Dhal apreció en la voz del líder cansancio y nerviosismo.
Dhal pensaba en el pueblo de Arga, aguardando en las ciudades con la respiración
contenida las primeras noticias de la marcha de la ofensiva. La alianza se hizo pública
al día siguiente de la firma del tratado. Una vez pasada la sorpresa, la población
aceptó con reservas la nueva situación; a muchos les costó dejar de considerar a los
ghaloritas sus enemigos.
Tras recibir el aviso de que el Jefe Murtan se iba a dirigir a los comandantes de la
flota, Dhal guardó silencio. Las palabras del Jefe serían escuchadas por las
tripulaciones:
—Dentro de dos minutos dará comienzo el ataque. Acabo de recibir un
comunicado del almirante ghalorita confirmando que su flota llegará al punto previsto
a la hora acordada. El enemigo desconoce nuestra aproximación. Por consiguiente,
les atacaremos por sorpresa. Compañeros, la victoria nos conducirá a la paz en
Urlanka. ¡Luchemos por Arga y su futuro!
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En el puente de mando se coreó el grito de guerra de Murtan.
Dhal permaneció callado.
Siguió en silencio el avance de la flota, reflejado en los gráficos de la pantalla.
Un minuto después comenzó el ataque.
***
A diez kilómetros de distancia, y cuando volaban a diez mil metros de altura, los
doscientos cruceros lanzaron la primera andanada de misiles contra las instalaciones
invasoras.
La flota argana se dispersó en diez grupos y cada uno concentró el poder de sus
armas en el objetivo señalado previamente.
Las unidades descendieron a cinco mil metros y eligieron nuevos blancos. La
segunda andanada salió disparada de sus panzas, hasta impactar sobre la zona ya
cubierta de numerosas columnas de humo negro. Apenas los misiles alcanzaron sus
objetivos se anunció la aproximación de proyectiles enemigos.
Dhal se estremeció: los invasores habían reaccionado mucho antes de lo previsto;
se había calculado que tras el ataque por sorpresa aún tardarían varios minutos en
responder, y se confiaba en que su réplica fuera insignificante.
—¡Separación! —gritó Dhal, sintiendo que se le helaba la sangre en las venas al
comprobar que los misiles enemigos eran rápidos, aunque no tan numerosos como
había creído cuando fueron detectados.
En la gran pantalla quedó reflejado el movimiento de dispersión de los cruceros
árganos; pero la maniobra se efectuó demasiado tarde y el fuego enemigo no pudo ser
eludido.
Tres cruceros explotaron en el centro del grupo que volaba en primera línea. Del
resto de la flota brotaron más vorágines de fuego.
Las bajas aumentaban. Dhal se cansó de contarlas cuando superaron las treinta.
Lo que estaba ocurriendo le parecía irreal, como si estuviera viviendo una
horrible pesadilla. Antes de partir de las bases de las montañas sabía que, a pesar del
factor sorpresa, serían muchas las bajas que sufrirían, pero no pensó que fueran a ser
tantas, cuando aún no habían alcanzado la vertical de las posiciones enemigas.
En el puente el griterío era ensordecedor, los oficiales se desgañitaban dando
órdenes; el control del bombardeo quedó inoperante, se perdieron unos minutos
vitales, y cuando se reaccionó ya era tarde. Finalmente, después de muchos intentos,
se preparó un nuevo lanzamiento de misiles contra las posiciones enemigas donde se
sospechaba que se encontraban las baterías; pero una nueva andanada de proyectiles
ya volaba hacia ellos.
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A los cinco minutos de haber comenzado el ataque, las bajas de la flota argana
rondaban el cuarenta por ciento.
Dhal abandonó la cabina y bajó a la plataforma. Por el camino se cruzó con
Donkee. La chica vestía su equipo de desembarco, le echó una mirada, pasó por su
lado y se reunió con los oficiales.
—¡Debemos averiguar desde dónde nos disparan! ¡Si nuestros lanzamientos no
encuentran el blanco, nos destrozarán en pocos minutos! —grito, maldiciendo a los
computadores.
Un joven teniente intentó poner en funcionamiento un nuevo programa. Dhal lo
apartó con violencia.
—¡Olvidad los planes de nuestros aliados! ¡Quiero un mapa de Erdho con los
enclaves enemigos y los malditos datos que los ghaloritas nos entregaron mientras
juraban por el cabrón de su rey que eran fiables! ¿No os dais cuenta de que
disparamos erróneamente?
El mismo teniente extendió un mapa sobre la mesa. Dhal se inclinó sobre él.
Después de unos segundos de frenética búsqueda, dijo:
—Los misiles enemigos parten de este punto. ¡\ aquí no existe ninguna barrera
defensiva! ¿Qué significa esto? ¡Que el diablo maldiga a los observadores de Ghalor!
¿Cómo es posible que no se dieran cuenta de que los objetivos que estamos atacando
no son lanzaderas de misiles? ¡Hemos desaprovechado el factor sorpresa
bombardeando unos enclaves sin importancia, y desperdiciando la mitad de nuestra
capacidad de fuego!
—Es cierto, señor; quedan pocos proyectiles —dijo un capitán.
—Aún así nos reagruparemos y lanzaremos los misiles restantes contra las
baterías enemigas. Si no las acallamos, ni una nave saldrá de aquí. ¿Cuál es la
posición de la flota Ghalor?
—No las captamos visualmente, señor; según el último mensaje del almirante
Kin-Kismo, sus unidades siguen dispersándose para ofrecer el menor blanco posible.
—Envíen un mensaje a la nave insignia y comuniquen al Jefe Murtan que vamos
a descender a mil metros de altura antes de abrir fuego. Si no destruimos las baterías
invasoras, acabarán con nosotros. ¡Quiero información del frente sur! ¡Los ghaloritas
deberían estar atacando en este momento! ¿Qué demonios les retiene?
—Es imposible averiguar la situación de nuestros aliados, señor.
—Deben de estar pasándolo tan mal como nosotros —comentó un alférez,
sudoroso.
Dhal estuvo a punto de gritarle que no fuera tan estúpido; pero calló porque aún
no podía probar las sospechas que pasaban por su cabeza en aquel instante.
Volvió su atención hacia el mapa, a los puntos que había rodeado con un gran
círculo rojo. Pidió más información sobre la flota bajo su mando.
—Seis cruceros aún mantienen contacto con nosotros, señor —respondió una
oficial a su requerimiento.
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—Ordéneles que sobrevuelen el área defensiva enemiga e intenten acallarla
empleando sus reservas de misiles. Una vez que las hayan disparado, que bajen a la
superficie y desembarquen los comandos.
Otro oficial, con el rostro crispado, preguntó:
—¿Qué haremos mientras tanto, señor?
—Dispararemos los misiles que quedan. Tan pronto como coordinemos el ataque
con las otras unidades, descenderemos protegidos por las columnas de humo.
Las tropas atacaran los núcleos de defensa enemigos con el apoyo de los carros de
combate. ¿Qué pasa con la llamada a la nave insignia?
Desde el fondo le contestó el oficial encargado de las comunicaciones:
—¡Señor, es imposible establecer contacto con el Jefe Murtan!
Un técnico informó a Dhal de que el distanciamiento entre las unidades de la
mermada flota de Arga seguía aumentando Las bajas ya no crecían tan rápidamente
como al principio del ataque, pero seguían siendo preocupantes, y ya alcanzaban el
sesenta por ciento. Mas de cien naves se habían perdido en menos de veinte minutos
de combate.
En la pantalla de proa pudieron seguir el rastro dejado por las dos docenas de
misiles que volaban raudos hacia sus objetivos. Un minuto más tarde el servidor
anuncio:
—Sólo dos proyectiles han alcanzado la superficie; los demás fueron
interceptados.
Dhal dio un puñetazo en el círculo rojo del mapa. El enemigo, después de
demostrar su eficacia ofensiva, se burlaba de ellos exhibiendo su capacidad
defensiva.
De reojo vio a Donkee. La chica permanecía cerca de la salida del puente, con las
armas del general, el casco y demás pertrechos de combate, como si hubiera
adivinado que pronto iba a ponerse al frente de los comandos. Donkee no se había
equivocado, pensó Dhal con amargura. Si no podía acallar las defensas enemigas
desde el aire lo intentaría abriéndose paso a tiros por la superficie.
Era cuestión de vida o muerte. Si fracasaba, el resto de la flota acabaría siendo
destruida y serían derrotados en una batalla que todos imaginaron que sería como un
paseo militar, en la que el enemigo, debido al factor sorpresa, no ofrecería resistencia.
Iba a ser una derrota humillante y definitiva para Arga.
—¡Comunicación desde la nave insignia, señor! —gritó el técnico.
—Transmítala aquí —dijo Dhal.
La voz ronca de Murtan les llegó desde un altavoz próximo.
»… ¡Traición! Solos, nos han dejado solos, cada unidad debe decidir por sí
misma, que cada cual intente escapar de esta encerrona… El enemigo conocía nuestra
llegada, nos estaba esperando… Quedan canceladas todas las órdenes de ataque…
La comunicación quedó cortada bruscamente. El técnico movió la cabeza y,
después de soltar una maldición, añadió que era imposible restablecer contacto con la
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nave insignia.
—¿Traición? —exclamó un oficial—. ¿He oído bien? ¿A qué traición se refirió el
Jefe Murtan?
Dhal le miró. Era muy joven. El pobre chico no comprendía nada. Observó a los
demás oficiales. No se daban cuenta de la gravedad de la situación en que se
encontraban, aunque varios mostraban una gran desilusión en sus ojos llenos de rabia.
—¿Nos retiramos, señor? —preguntó el oficial del puente.
—¡No! —gritó Dhal—. Seguiremos adelante con el plan. Si nadie contiene esos
misiles, nuestra retirada será un ejercicio de tiro para los invasores. Antes de que
salgamos de Erdho se divertirán derribándonos uno a uno.
Dhal les dio la espalda; se dirigió adonde le esperaba la soldado Donkee quien al
verle se apresuró a ayudarle a ponerse la parte del equipo de combate que le faltaba.
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CAPULLO V
De los seis cruceros que iniciaron el descenso sólo cinco lograron posarse en la
convulsionada superficie que rodeaba las instalaciones invasoras. La nave de Dhal
Darkes se encontraba entre las que lo consiguieron, después de superar los últimos
kilómetros disparando sus baterías y recibiendo impactos en el fuselaje. Fue un
contacto con el terreno brutal; a lo largo de centenares de metros el gran navio, herido
de muerte, se deslizó hasta quedar detenido a poca distancia de las ruinas de una
edificación.
Varias compuertas se abrieron, bajaron las rampas y sobre ellas rodaron los
carros. Detrás de estos, corriendo con los equipos de combate, los comandos se
desplegaron en medio del fuego que brotaba de las casamatas que protegían las
baterías de misiles.
Los tanques formaron una línea amplia, dejando atrás el infierno en llamas en que
se había convertido la nave. La cuña de acero rodante avanzó durante unos instantes
con rapidez.
A bordo de un carro de combate, Dhal empezó a tener esperanzas, de alcanzar los
objetivos que se había marcado; los tenía a poco más de doscientos metros. Le
preocupaba no saber cómo se desenvolvían las otras naves, si habían conseguido
desembarcar las tropas de asalto que transportaban.
De pronto, echando por tierra sus esperanzas, delante de los primeros tanques se
alzó una rugiente cortina de fuego que avanzó velozmente hacia ellos, incontenible.
Los carros en vanguardia fueron engullidos por el muro de destrucción; sólo los
que lograron virar escaparon de la muerte. Cientos de soldados que los seguían no
pudieron protegerse y tuvieron un fin horrible en medio de los torbellinos de fuego.
Dhal trató de reorganizar el avance. Por su derecha acudía otra formación argana,
seguida por una tropa. Se reagruparon y, formando una nueva cuña, reanudaron el
ataque disparando los cañones sin tregua.
Si el enemigo levantaba otra muralla de fuego sería el fin de aquel intento
desesperado por neutralizar su poder destructivo.
Los tanques protegieron a los comandos. Aunque varios quedaron por el camino,
las casamatas eran destruidas una detrás de otra.
Poco después ya teman a su alcance las instalaciones que tanto daño habían
causado a la flota aérea.
Dhal ordenó fuego y cien bocas escupieron acero y energía. Dentro del tanque la
temperatura se elevó, los hombres se sentían sofocados en sus trajes de combate.
Siempre al lado del general, Donkee seguía las incidencias de la lucha a través del
visor principal.
—Hemos logrado aplastar algunas defensas enemigas —dijo Dhal, revisando el
arrugado papel que sostenía en las manos—. Pero seguirán lanzando misiles contra
las naves que permanecen en el aire si no neutralizamos las restantes.
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Por el comunicador ordenó a las tropas que se lanzaran al ataque. Morirían
muchos hombres y mujeres, pero si no lo hacía nadie saldría con vida de aquel
infierno.
Miró a Donkee y le preguntó:
—¿Preparada? —intentó sonreír pero sólo consiguió que una triste mueca
apareciera en sus labios—. Si lo prefieres puedes quedarte aquí…
—Iré con usted, señor. Pero… ¿por qué no atacan los ghaloritas?
Dhal acabo de ajustarse el casco. Se alegró de que Donkee no leyera toda la rabia
que había en su mirada cuando respondió:
—Estarán divirtiéndose mucho, sin duda. Ojalá me equivoque, pero… Vamos,
sabremos lo que está pasando si salimos de ésta.
Salió del tanque por la estrecha torreta y saltó al terreno removido por las
explosiones, sintiendo cerca de él a Donkee todo el rato que estuvo corriendo con el
pesado láser sujeto al hombro por una gruesa correa, agarrándolo con las dos manos y
mirando a todas partes para comprobar que los soldados le seguían, a él y a los otros
jefes de las distintas naves que habían logrado descender cerca de las instalaciones
enemigas.
El avance se producía bajo un techo de humo negro, en una atmósfera asfixiante,
irrespirable. Cada soldado tenía su reserva de oxígeno y armas suficientes para
combatir durante días, pero Dhal intuía que la lucha se resolvería pronto. Lo que no
se atrevía a vaticinar era su resultado.
Llegaron a lo alto de un montículo desde el que pudieron observar las posiciones
enemigas. Donkee se arrodilló a su lado, desplego el trípode de su láser y apuntó.
Miró a Dhal, preguntándole con la mirada por que titubeaba.
Darkes estudiaba el terreno que tenían delante. A unos cien metros se alzaban las
defensas enemigas. Estaba sorprendido porque consideraba poco sólidas las
instalaciones lanzadoras de misiles, protegidas sólo por unos débiles muros de
hormigón y acero. Más allá eran visibles los muñones de los edificios que
destruyeron durante el primer ataque o por el fuego de los carros blindados.
Se dijo que no podía esperar más y dio la orden de ataque.
Los comandos saltaron de los cráteres y de las colinas, descendiendo furiosos por
las laderas, buscando las rendijas entre los muros por las que disparar.
Dhal encontró una puerta destrozada y entró antes de que lo hicieran los soldados
que le seguían. Se abrió paso por un túnel disparando sin cesar, viendo sombras
difusas que se agitaban en su visor infrarrojo, seres con armaduras de combate que
saltaban cuando eran alcanzados por el fuego de los soldados de Arga.
Dejaron atrás el corredor, sembrado de cadáveres, y entraron en una estancia de
grandes dimensiones. Dhal sintió rabia al comprobar que las rampas estaban vacías.
Unicamente unos pocos servidores se movían alrededor de ellas. Trataban de escapar,
pero encontraban cortadas las salidas por pelotones de soldados arganes.
Nubes de vapor y polvo giraban frenéticas en medio del caos, como serpientes,
***
Después de escuchar los informes, Fowell tomó la palabra:
—La mitad de los miembros del Alto Mando y del Consejo han perecido en la
batalla o son prisioneros de los ghaloritas. Sólo han podido presentarse los consejeros
locales de las ciudades. —Contempló el grupo de hombres que llegaron abatidos a la
base—. En total somos veintidós. El general Darkes les ha relatado cómo se
desarrolló la batalla y el engaño de los humanoides, tanto a los lankeis como a
nosotros. Darkes opina que la guerra debe continuar; pero doce de vosotros considera
que sólo lograríamos llevar a la muerte a miles de compatriotas. Debemos decidir
pronto. Sólo nos quedan treinta y seis horas del plazo concedido por Ghalor para
responder a su ultimátum.
Dhal miró a los consejeros uno por uno. Cinco de ellos eran oficiales, veteranos
de la guerra; pero hacía varios años que fueron relevados del mando por su edad; sin
embargo, eran buenos estrategas y podían suplir a los ausentes.
Ya no parecían tan desmoralizados como a su llegada a la base. La presencia de
Dhal les había devuelto la esperanza.
—Necesitamos un jefe —dijo un consejero.
—Yo lo seré —dijo Dhal.
Otro consejero esbozó una sonrisa amarga y comentó que un general que había
perdido una batalla tan crucial no era merecedor de su confianza.
—¿Habéis olvidado que me opuse a la alianza con Ghalor?
—¿Eres adivino, general? —rio quien se oponía a su candidatura—. ¿Te
iluminaron los dioses y viste el futuro?
Dhal trató de conservar la calma.
—Todos me conocéis, sabéis que no pido ayuda a los dioses porque no creo en
ellos. No puedo vaticinar el porvenir, pero presentí el engaño y pedí que exigiéramos
garantías y pruebas concluyentes a los ghaloritas. Si el Consejo me hubiera
escuchado, no nos estaríamos lamentando por haber perdido la batalla.
—¿Una batalla? ¡Hemos perdido la guerra!
—Aún no hemos sido vencidos. Consideremos lo ocurrido como una retirada
estratégica. Antes de que se cumpla el plazo podemos preparar la vieja flota. Si
volvemos a trabajar en los astilleros podemos tener dispuestas veinte o treinta naves
en menos de cuarenta horas. ¿No es cierto, Fowell?
—Más o menos. Si lo conseguimos, creeré en los milagros y volveré a rezar a los
dioses.
***
—Temo haber hecho un favor a Kin-Kismo —se lamentó Dhal, aceptando la taza
de caté que le ofrecía Donkee.
—Lo habéis convertido en el usurpador legal de Ghalor —dijo la chica,
sentándose al lado del general.
—En cierto modo esperaba algo parecido, pero no creía que el almirante se
atreviera a decir lo que ha dicho en presencia de sus oficiales. Supongo que llevaba
tiempo sonando con destronar al rey.
Dhal bebió un sorbo de café y entornó los ojos. Había llegado hacía poco a la
base y acababa de enterarse de que los dos cruceros con los cautivos a bordo ya
habían partido y los enfermos estaban recibiendo cuidados médicos. Después de
hablar con Fowell optó por retirarse a descansar un par de horas. Donkee le esperaba
en el dormitorio y le dijo que debía alimentarse también.
Después de comer, a Dhal se le cerraban los ojos; le dolía todo el cuerpo y miraba
con más apetito la cama que el plato con la comida un momento antes.
—Necesito hablar contigo —dijo Donkee.
—¿Por qué no lo dejas para más tarde? —Bostezó Dhal—. Necesito dormir un
poco si quiero tener las ideas claras.
—Es importante.
—Si quieres hablarme de la flota Ghalor que se acerca a la capital, sólo
encontrará casas vacías. La población que no hemos podido llevar a las montañas ya
está escondida en los bosques.
—Quiero hablarte de la lankei.
—La he visto hace un momento y me ha asegurado que dentro de poco los suyos
estarán aquí y los ghaloritas recibirán su merecido.
Se dirigió hacia la cama con la intención de echarse a dormir, pero Donkee se
***
Apartado de los demás, en silencio, Dhal Darkes escuchó la voz de Yshamai
felicitando a los comandantes de la flota lankei que acababa de aniquilar las naves de
Ghalor posadas en los alrededores de la capital de Arga. La comunicación era verbal,
y Dhal no dio la menor importancia al hecho de no ver el rostro del interlocutor de la
mujer.
Yshamai estaba rodeada por los consejeros, que expresaron su alegría tras
escuchar las noticias acerca del curso de la batalla. Cerca del comunicador, Fowell se
volvió y lanzó una mirada de complicidad a Dhal y éste le respondió con un gesto
afirmativo.
Fowell esperó a que Yshamai terminara de hablar con el jefe de la flota lankei. Se
acercó a ella y dijo:
—Recibiremos a tu gente. Transmite a quien manda vuestra flota que les
esperamos en el interior de la montaña.
Ella le miró sorprendida.
—¿No sena mejor celebrar el primer contacto entre nuestros pueblos cerca de la
capital? —sonrió, titubeante—. Las naves ghaloritas destrozadas serian un
espectacular telón de fondo para el encuentro. Deberíais acudir con todas vuestras
fuerzas y…
—La bienvenida en la ciudad resultará más cálida cuando sus habitantes regresen
y reparemos los daños causados por el ataque. En la montaña disponemos de
hangares suficientes para todas vuestras naves.
Yshamai entornó los ojos y meditó. Una chispa iluminó de pronto sus ojos.
—Tienes razón, Fowell. Mi jefe estará de acuerdo, sin duda.
Fowell se retiró del comunicador, dejando que Yshamai transmitiera las
instrucciones. Regresó junto a Dhal y le susurró:
—No sospecha nada.
—Su soberbia le impide adivinar que vamos a pagarles el favor que nos han
hecho con la misma moneda —respondió el general con voz ronca.
—Esto debe ser muy duro para ti.
—No hablemos de ello.
Fowell meneó la cabeza.
—Tenemos una deuda con Donkee. Sin ella no hubiéramos descubierto la verdad.
Fue más lista que nosotros al sospechar de los lankeis. ¿Por qué receló de la
sinceridad de Yshamai?
FIN