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Realismo y Naturalismo en la Literatura

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TEXTOS REALISMO Y NATURALISMO

La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida


prematuramente, era, además de nueva, temporera, porque
acudía a la mendicidad por lapsos de tiempo más o menos largos,
y a lo mejor desaparecía, sin duda por encontrar un buen
acomodo o almas caritativas que la socorrieran. Respondía al
nombre de la señá Benina (de lo cual se infiere que Benigna se
llamaba), y era la más callada y humilde de la comunidad, si así
puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de
perfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a
los parroquianos que entraban o salían; en los repartos, aun
siendo leoninos, nunca formuló protesta, ni se la vio siguiendo de
cerca ni de lejos la bandera turbulenta y demagógica de
la Burlada. Con todas y con todos hablaba el mismo lenguaje
afable y comedido; trataba con miramiento a la Casiana, con
respeto al cojo, y únicamente se permitía trato confianzudo,
aunque sin salirse de los términos de la decencia, con el ciego
llamado Almudena, del cual, por el pronto, no diré más sino que
es árabe, del Sus, tres días de jornada más allá de Marrakesh.
Fijarse bien.
Misericordia Galdós

1 Análisis del narrador en este fragmento


Pepe Rey no gustaba de entablar vanas
disputas, ni era pedante, ni alardeaba de erudito,
mucho menos ante mujeres y en reuniones de
confianza: pero la importuna verbosidad agresiva
del canónigo necesitaba, según él, un correctivo.
Para dárselo le pareció mal sistema exponer ideas,
que concordando con las del canónigo, halagasen a
este, y decidió manifestar las opiniones que más
contrariaran y más acerbamente mortificasen al
mordaz Penitenciario.
-Quieres divertirte conmigo -dijo para sí-.
Verás qué mal rato te voy a dar

Doña Perfecta Galdós

Rasgos del realismo en este fragmento

Él rompió a reír, la apretó locamente, la cubrió de una lluvia de besos.


Pero, cuando creyó haberla conquistado y quiso obtener sus
confidencias, como de un compañero que no tiene nada que ocultar, ella
le eludió con frases evasivas y acabó por poner mala cara, muda,
impenetrable. Y nunca le confesó nada más, ni siquiera a él, a quien
adoraba. Poseía ese fondo que guardan hasta las mujeres más francas, el
despertar de su sexo cuyo recuerdo permanece sepultado y como algo
sagrado. Era demasiada mujer para no defender una parte de sí misma,
para entregarse toda.
Aquel día, por primera vez, Claude sintió que eran extraños el uno para
el otro. Se había apoderado de él una impresión gélida, el frío de otro
cuerpo. ¿Nada de uno podía penetrar en el otro cuando los dos se
sofocaban en un abrazo enloquecido, ávidos de estrecharse cada vez
más, más allá incluso de la posesión?

Mientras tanto pasaban los días, y no les pesaba la soledad. Ninguna


necesidad de distracción, de una visita que hacer o recibir, les había
sacado de sí mismos. Las horas que ella no pasaba a su lado, colgada de
su cuello, las empleaba en ruidosas tareas domésticas, poniendo patas
arriba la casa para una limpieza a fondo que Mélie debía hacer en su
presencia, dominada por un frenesí de actividad que la llevaba a
enfrentarse personalmente con las tres cacerolas de la cocina. Pero sobre
todo la tenía ocupaba el huerto: armada de una podadera, hiriéndose las
manos con las espinas, cortaba manojos de rosas de los rosales gigantes;
había acabado con agujetas por querer coger albaricoques, cuya cosecha
había vendido por doscientos francos a los ingleses que pasaban por allí
cada año; y sentía una gran vanagloria por ello, soñando con poder vivir
con el producto del huerto. Él, menos inclinado a los trabajos del campo,
había instalado su diván en la amplia sala transformada en estudio, y se
tumbaba allí para verla por la gran ventana abierta sembrar y plantar.
Reinaba una paz absoluta, la certeza de que no se presentaría nadie, que
ni un campanillazo les molestaría a ninguna hora del día. Llevaba tan
lejos este miedo al exterior que evitaba hasta pasar por delante de la
taberna de los Faucheur, en el continuo temor de encontrarse con una
pandilla de amigos, llegados de París. En todo el verano no apareció ni
un alma. Y cada noche, al subir a acostarse, repetía que era una gran
suerte.
Una única llaga secreta sangraba en el fondo de aquella dicha. Tras la
huida de París, Sandoz, habiéndose enterado de sus señas, le había
escrito preguntando si podía ir a verle, y Claude no había respondido. Se
habían malquistado y aquella vieja amistad parecía muerta. Esto tenía a
Christine desolada, pues sentía que había roto por ella. Le hablaba
continuamente del asunto, porque no quería alejarle de sus amigos,
exigiendo que se pusiera en contacto con ellos. Pero él, si bien prometía
arreglar las cosas, no hacía nada. Hecho estaba, ¿para qué volver al
pasado? "
La obra Emile Zola
¿Encuentras alguna diferencia con el realismo?
El bosque parecía alejarse hacia el mar, dejando entre
él y la Albufera una extensa llanura baja cubierta de
vegetación bravía, rasgada a trechos por la tersa
lámina de pequeñas lagunas. Era el llano de Sancha.
Un rebaño de cabras, guardado por un muchacho,
pastaba entre las malezas, y a su vista surgió en la
memoria de los hijos de la Albufera la tradición que
daba su nombre al llano. Los de tierra adentro que
volvían a sus casas después de ganar los grandes
jornales de la siega preguntaban quién era la tal
Sancha que las mujeres nombraban con cierto terror,
y los del lago contaban al forastero más próximo la
sencilla leyenda que todos aprendían desde pequeños.
Un pastorcillo como el que ahora caminaba por la
orilla apacentaba en otros tiempos sus cabras en el
mismo llano. Pero esto era muchos años antes,
¡muchos!...; tantos, que ninguno de los viejos que aún
vivían en la Albufera conoció al pastor: ni el mismo Tío
Paloma. El muchacho vivía como un salvaje en la
soledad, y los barqueros que pescaban en el lago le
oían gritar desde muy lejos en las mañanas de calma:
-¡Sancha! ¡Sancha!... Sancha era una serpiente
pequeña, la única amiga que le acompañaba. El mal
bicho acudía a los gritos, y el pastor, ordeñando sus
mejores cabras, le ofrecía un cuenco de leche.
Después, en las horas de sol, el muchacho se fabricaba
un caramillo cortando cañas en los carrizales y
soplaba dulcemente, teniendo a sus pies al reptil, que
enderezaba parte de su cuerpo y lo contraía como si
quisiera danzar al compás de los suaves silbidos. Otras
veces, el pastor se entretenía deshaciendo los anillos
de Sancha, extendiéndola en línea recta sobre la
arena, regocijándose al ver con qué nervioso impulso
volvía a enroscarse. Cuando, cansado de estos juegos,
llevaba su rebaño al otro extremo de la gran llanura,
seguíale la serpiente como un gozquecillo, o
enroscándose a sus piernas le llegaba hasta el cuello,
permaneciendo allí caída y como muerta, con sus ojos
de diamante fijos en los del pastor, erizándole el vello
de la cara con el silbido de su boca triangular.

Cañas y barro Blasco Ibáñez

¿Cómo es el narrador en este fragmento?

-Pues yo soy de Montsou, y me llamo Buenamuerte.


-¿Será un apodo? -
preguntó Esteban
admirado.
El viejo hizo un
movimiento de
satisfacción, y señalando
la mina, contestó:
-Sí, sí por cierto... Me han
sacado de allí dentro, tres
veces medio muerto; una
vez, con la piel de la
espalda destrozada; otra,
de entre los escombros de
un hundimiento, y la
tercera medio ahogado...
Al ver que no reventaba
nunca, me llamaron en broma Buenamuerte.
Y redobló su jovialidad, un chirrido de polea mal
engrasada, que acabó degenerando en un violentísimo
acceso de tos. El reflejo del brasero de carbón
alumbraba en aquel instante su cabeza enorme,
cubierta por escaso cabello completamente blanco, y
su cara achatada, pálida, casi lívida y salpicada de
algunas manchas moradas. Era de baja estatura, tenía
un cuello enorme como el de un toro, las pantorrillas
salientes, y los brazos tan largos, que sus manazas
caían hasta más abajo de las rodillas. Además,
pareciéndose en esto a su caballo, guardaba tal
inmovilidad, a pesar del viento, que cualquiera
hubiera creído que era de piedra al ver que no le hacia
mella ni el frío intenso, ni las terribles rachas del
vendaval.
Germinal Zola

1. ¿Qué clase social se refleja en el texto?


2. ¿Qué le sucede al personaje principal?
3. ¿Cómo son las condiciones laborales de los mineros?
4. ¿Es realista lo que se cuenta?
5. ¿Consideras que es del Naturalismo? ¿Por qué?
6. ¿Cuál es la intención de Zola con este fragmento?

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión
del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el
monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá
en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral,
poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza
muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de
estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y
armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La
vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que
señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil,
más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan
demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y
hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte
castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en
sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra
enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de
acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de
caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y
encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en
pararrayos.
La Regenta Clarín
¿Cómo es esta descripción?
Pasó a nado una hermosa zarceta, y por pronto que tiraron don
Joaquín y el tío Paloma, desapareció en el carrizal.
-Va ferida! -gritó el viejo barquero.
El cazador mostrábase contrariado. ¡Qué lástima! Moriría entre las
cañas, sin que pudiesen recogerla...
-¡Búscala, Sentella...! ¡Búscala! -gritó Tonet a su perra.
La Centella se arrojó de la barca, lanzándose en el carrizal, con gran
estrépito de las cañas que se abrían a su paso.
Tonet sonreía, seguro del éxito: la perra traería el pájaro. Pero el
abuelo mostraba cierta incredulidad. Aquellas aves las herían en una punta
de la Albufera, y como ganasen el cañar, iban a morir al extremo opuesto.
Además, la perra era una antigualla como él. En otros tiempos, cuando la
compró Cañamel, valía cualquier cosa, pero ahora no había que confiar en
su olfato. Tonet, despreciando las opiniones de su abuelo, se limitaba a
repetir:
-¡Ja vorà vosté…!¡ ja vorà vosté!

Cañas y barro Blasco Ibáñez

Rasgos naturalistas

Entre las representaciones de una especie de pesadilla


angustiosa que agitaba a Perucho veía el muchacho un
animalazo de desmesurado tamaño, bestión Indómito
que se acercaba a él rugiendo, bramando y dispuesto
a zampárselo de un bocado o a deshacerlo de una
uñada... Se le erizó el cabello, le temblaron las carnes,
y un sudor frío le empapó la sien... ¡ Qué monstruo tan
espantoso! Ya se acercaba..., ya cierra con Perucho...,
sus garras se hincan en las carnes del rapaz, su cuerpo
descomunal le cae encima lo mismo que inmensa
boca... El chiquillo abre los ojos... Sofocada y furiosa,
vociferando, moliéndole a su sabor a pescozones y
cachetes, arrancándole el rizado pelo y pateándolo,
estaba el ama, más enorme, más brutal que nunca. No
hay que omitir que Perucho se condujo como un
héroe. Bajando la cabeza se atravesó en la entrada del
hórreo, y por espacio de algunos minutos defendió su
presa haciéndole muralla con el cuerpo. Pero el
enorme volumen del ama pesó sobre él y le redujo a la
inacción, comprimiéndole y paralizándole. Cuando el
mísero chiquillo, medio ahogado, se sintió libre de
aquella estatua de plomo que a poco más le convierte
en oblea, miró hacia atrás... La niña había
desaparecido. Perucho no olvidará nunca el
desesperado llanto que derramó por más de media
hora, revolcándose entre las espigas."

Los Pazos de Ulloa Emilia Pardo Bazán

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