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BYTE 78 - Temporal noviembre 2001 (14/10/2001)
A.I. (inteligencia artificial)
Miquel Barceló
La vieja zarzuela ya nos lo recordaba: "los tiempos adelantan que es una barbaridad".
Adelantan tanto, que ahora llamamos "A.I." (inteligencia artificial) a lo que, sólo una o dos décadas
antes, era, simple y llanamente, un robot. "A.I." (así, en inglés...) resulta mucho más "moderno".
Viene esto a cuento del reciente estreno de la película que Stanley Kubrick quería estrenar
en el año 2001, pero que no pudo nunca hacer por su muerte en 1999. Finalmente, la ha terminado y
estrenado su albacea cinematográfico, el no menos famoso Steven Spielberg.
La película trata de un robot con forma de niño que quiere lograr el amor de su "madre", la
mujer que le ha marcado con la imprompta para ser la destinataria del amor del robot aunque, al
final, la mujer elige el amor de su hijo biológico y abandona al robot David.
El tema nos lleva, evidentemente, a los sentimientos de los robots o si se quiere, de las
inteligencias artificiales. ¿Son las emociones algo que pueda ser emulado por un programa
informático?
La idea de un robot (en definitiva, una especie de inteligencia artificial con forma humana)
que busca amor se encuentra repetidas veces en la literatura tradicional de ciencia-ficción, donde
muchas de las variantes sobre el tema robótico quedaron fijadas ya en la década de los años cuarenta
en las llamadas Tres Leyes de la Robótica de Isaac Asimov.
Pero Kubrick quería construir esa película a partir de un relato breve del británico Brian W.
Aldiss. Se trata de "Los superjuguetes duran todo el verano" aparecido en la revista Harper's Bazaar
en diciembre de 1969 y que se encuentra recogido en la brillante antología "El momento del eclipse"
(1970).
Como ya hiciera antes con su famosa película "2001, una odisea espacial" de 1967, Kubrick
estaba convencido de ser capaz de extrapolar una idea recogida en un relato breve de una decena de
páginas a una macro película.
Pero, según cuenta Brian Aldiss, parece que las cosas no resultaban tan fáciles con el tema
del robot amoroso. Aldiss ha contado como, en diversas conversaciones mantenidas con Kubrick
desde 1976, fue percibiendo como éste se iba orientando a una visión del tema del robot amoroso
que lo enfocaba como un cuento de hadas. Aldiss no estaba de acuerdo con Kubrick al ver que la
historia iba a acabar (como así ha sido) convertida en una versión moderna para el siglo XXI de la
vieja idea del Pinocho de Collodi.
Para Kubrick (y también para Spielberg que ha respetado esa idea central) la única versión
fílmica posible era que el robot David deseara, como Pinocho, convertirse en un niño real que
pudiera ser amado como tal. En definitiva, una visión muy pesimista de la posiblidad de que los
robot o las inteligencias artificiales puedan llegar algún día, a mostrar y/o dominar sus emociones.
Pese a su sugerente nombre, la inteligencia artificial, no es más que un proyecto de investi-
gación informática que pretende obtener programas cuyo comportamiento equivalga a lo que en un
ser humano consideraríamos "inteligente". Tras prometer que se obtendrían muy brillantes
resultados en poco tiempo, lo cierto es que el ritmo de lo que se ha ido obteniendo ha sido y está
siendo mucho más lento de lo esperado. Incluso, hacia finales de los años ochenta y principios de
los noventa, llegó a haber serias restricciones presupuestarias para algunos de los proyectos de
investigación de la IA.
Afortunadamente, inteligencia artificial es un término evidentemente llamado al éxito y al
eco popular. Una expresión francamente bien elegida, al menos desde la óptica del "marketing". Es
ocioso decir que, para el público en general, todo aquello que hace referencia a la inteligencia
artificial ha de sugerir tantas y tantas posibilidades que, en realidad, el imaginario social no ha de
agotar nunca su posible contenido: robots, cyborgs, ordenadores y un largo etcétera son sus
manifestaciones más acabadas, de momento, eso sí, sólo en el campo de la ficción.
Como ese robot amoroso de Aldiss que Kubrick/Spielberg han convertido en la nueva
versión del Pinocho moderno.
Con mucha mayor seriedad, otros autores han tratado el tema de la realidad de la inteligencia
arificial, sus resultados y sus propuestas. La comunidad de investigadores en el campo de la
inteligencia artificial todavía se lame las heridas que les produjo, a finales de la década de los
ochenta, el libro de Roger Penrose "La nueva mente del emperador" que, ya desde el título,
apuntaba directamente a ese inexistente "nuevo traje de emperador" del viejo cuento de los
hermanos Andersen. En definitiva, una visión nada idílica.
Si eso ocurre con la "inteligencia artificial", tal vez haya que ser mucho más prudentes en el
tema de la "emoción artificial" (¿la llamamos A.E.?) y dejarla, por el momento, en manos de
fabuladores de los modernos cuentos de hadas como han sido, esta vez, Kubrick y Spielberg.
Aunque el cuento resulte bien fabricado pero un tanto ridículo...