El Extranjero
Pedro Antonio de Alarcón
[Link]
Libros gratis - biblioteca digital abierta
1
Texto núm. 5970
Título: El Extranjero
Autor: Pedro Antonio de Alarcón
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 3 de diciembre de 2020
Fecha de modificación: 3 de diciembre de 2020
Edita [Link]
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
Más textos disponibles en [Link]
2
I
«No consiste la fuerza en echar por tierra al enemigo, sino en domar la
propia cólera,»—dice una máxima oriental.
«No abuses de la victoria,»—añade un libro de nuestra religión.
«Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre
miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra; y
en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria,
muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios son
todos iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la
misericordia, que el de la justicia,» aconsejó, en fin, D. Quijote a Sancho
Panza.
Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo también
a un espíritu de equidad, nosotros, que nos complacemos frecuentemente
en referir y celebrar los actos heroicos de los españoles durante la
Guerra de la Independencia, y en condenar y maldecir la perfidia y
crueldad de los invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar
en el corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos
sublime y profundamente cristiano:—el amor a nuestro
prójimo;—sentimiento que, si por congénita desventura de la humana
especie, ha de transigir con la dura ley de la guerra, puede y debe
resplandecer cuando el enemigo está humillado.
El hecho fué el siguiente, según que me lo han contado personas dignas
de entera fe, que intervinieron en él muy de cerca y que todavía andan por
el mundo.—Oíd sus palabras textuales.
3
II
—Buenos días, abuelo ...—dije yo.
—Dios guarde a V., señorito ...—dijo él.
—¡Muy solo va V. por estos caminos!...
—Sí, señor. Vengo de las minas de Linares, donde he estado trabajando
algunos meses, y voy a Gádor a ver a mi familia. —¿Usted irá...?
—Voy a Almería..., y me he adelantado un poco a la galera porque me
gusta disfrutar de estas hermosas mañanas de Abril.—Pero, si no me
engaño, usted rezaba cuando yo llegue....—Puede V. continuar.—Yo
seguiré leyendo entretanto, supuesto que el escaso andar de esa infame
galera le permite a uno estudiar en mitad de los caminos....
—¡Vamos! Ese libro es alguna historia....—Y ¿quién le ha dicho a V. que
yo rezaba?
—¡Toma! ¡yo, que le he visto a V. quitarse el sombrero y santiguarse!
—Pues ¡qué demonio! hombre.... (¿Por qué he de negarlo?) Rezando
iba....—¡Cada uno tiene sus cuentas con Dios!
—Es mucha verdad.
—¿Piensa V. andar largo?
—¿Yo?—Hasta la venta....
—En este caso, eche V. por esa vereda y cortaremos camino.
—Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa.—Bajemos a ella.
Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí a un
pintoresco barranco.
4
Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como la inclinación
de las montañas, indicaban ya la proximidad del Mediterráneo. Anduvimos
en silencio algunos minutos, hasta que el minero se paró de pronto.
—¡Cabales!—exclamó.
Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.
Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la orilla de un
hermoso torrente.
—¡A ver, abuelito!... (dije, sentándome sobre la hierba.) Cuénteme V. lo
que ha pasado aquí.
—¡Cómo!¿Usted sabe....—replicó él, estremeciéndose.
—Yo no sé más ... (añadí con suma calma), sino que aquí ha muerto un
hombre...; ¡y de mala muerte, por más señas!
—¡No se equivoca V., señorito, no se equivoca usted!—Pero ¿quién le ha
dicho...?
—Me lo dicen sus oraciones de V.
—¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.
Miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que había sido
siempre hombre honrado.—Casi lloraba, y su rezo era tranquilo y dulce.
—Siéntese V. aquí, amigo mío....—le dije, alargándole un cigarro de papel.
—Pues verá V., señorito....—Vaya, es!...
—Reúna V. dos, y resultará uno bastante grueso—añadí, dándole otro
cigarro.
—¡Dios se lo pague a V.!—Pues, señor ... (dijo el viejo, sentándose a mi
lado): hace cuarenta y cinco años que una mañana muy parecida a ésta,
pasaba yo casi a esta hora por este mismo sitio....
—¡Cuarenta y cinco años!—medité yo.
5
Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma.—¿Dónde estaban las
flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras?—¡Sobre la frente del
anciano blanqueaba la nieve de setenta inviernos! Viendo él que yo no
decía nada, echó unas yescas, encendió el cigarro y continuó de este
modo:
—¡Flojillo es!—Pues, señor, el día que le digo a usted, venía yo de Gérgal
con una carga de barrilla, y al llegar al punto en que hemos dejado el
camino para tomar esta vereda, me encontré con dos soldados españoles
que llevaban prisionero a un polaco.—En aquel entonces era cuando
estaban aquí los primeros franceses, no los del año 23, sino los otros....
—¡Ya comprendo! Usted habla de la guerra de la Independencia.
—¡Hombre! ¡Pues entonces no había V. nacido!
—¡Yo lo creo!
—¡Ah, sí! Estará apuntado en ese libro que venía V. leyendo.—Pero ¡ca!
¡Lo mejor de estas guerras no lo rezan los libros! ¡Ahí ponen lo que más
acomoda..., y la gente se lo cree a puño cerrado!—¡Ya se ve! ¡Es
necesario tener tres duros y medio de vida, como yo los tendré en el mes
de San Juan, para saber más de cuatro cosas!—En fin, el polaco aquel
que murió ya....—Porque ahora dice el señor Cura que hay otro ...—Pero
yo creo que ése no vendrá por estas tierras....—¿Qué le parece a V.,
señorito?
—¿Qué quiere V. que yo le diga?
—¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de estas
cosas....—¡Oh! El señor Cura, que es un sujeto muy instruido, sabe
cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente y vendrán a Gádor a quitar
la Constitución....—Pero ¡entonces ya me habré yo muerto!...—Conque
vuelvo a la historia de mi polaco.
El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana, mientras que sus
compañeros fugitivos se replegaban hacia Almería.—Tenía calenturas,
según supe más tarde....—Una vieja lo cuidaba por caridad, sin reparar
que era un enemigo.... (¡Muchos años de gloria llevará ya la viejecita por
aquellam buena acción!); y, a pesar de que aquello la comprometía,
guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba....
6
Allí fué donde, la noche antes, dos soldados españoles, que iban a
reunirse á su batallón, y que por casualidad entraron a encender un cigarro
en el candil de aquella solitaria vivienda, descubrieron al pobre polaco, el
cual, echado en un rincón, profería palabras de su idioma en el delirio de la
calentura.
—¡Presentémoslo a nuestro jefe! (se dijeron los españoles). Este bribón
será fusilado mañana, y nosotros alcanzaremos un empleo.
Iwa, que así se llamaba el polaco, según luego me contó la viejecita,
llevaba ya seis meses de tercianas, y estaba muy débil, muy delgado, casi
hético.
La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero no podía
ponerse en camino sin caer muerto a la media hora....
Pero sólo consiguió ser apaleada por su falta de «patriotismo». —¡Todavía
no se me ha olvidado esta palabra, que antes no había oído pronunciar
nunca!
En cuanto al aquel lance. —Estaba postrado por la fiebre, y algunas
palabras sueltas que salían de sus labios, medio polacas, medio
españolas, hacían reír a los dos militares.
—¡Cállate, didon,—le decían.
Y, a fuerza de golpes, lo sacaron del lecho.
Para no cansar a V., señorito: en aquella disposición, medio desnudo,
hambriento..., bamboleándose, muriéndose..., ¡anduvo el infeliz cinco
leguas!...
¡Cinco leguas, señor!...—¿Sabe V. los pasos que tienen cinco
leguas?—Pues es desde Fiñana hasta aquí....—¡Y a pie!... ¡descalzo!...
¡Piénselo V.!... ¡Un hombre fino, un joven hermoso y blanco como una
mujer, un enfermo, después de seis meses de tercianas!... ¡y con la
terciana en aquel momento mismo!... —¿Cómo pudo resistir?
—¡Ah! ¡No resistió!...
7
—Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?
—¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!...
—Prosiga V., abuelo.... Prosiga V.
—Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre, para ahorrarme
terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino. Detúveme, pues, aquí
mismo, a fin de observar el remate de aquel horror, mientras fingía picar
un cigarro negro de los de entonces....
Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar.... Venía con la cabeza
descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos rosetas encarnadas
en lo alto de las mejillas y con los ojos llameantes, pero caídos...: ¡hecho,
en fin, un Cristo en la calle de la Amargura!...
—¡Mí querer morir! ¡Matar a mi, por Dios!—balbuceaba el extranjero con
las manos cruzadas.
Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban franchute,
didon y otras cosas.
Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo al suelo.
Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a Dios.
Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse de nuevo.
Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y morir....
Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que muriera su
prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como he dicho, estaba
cargado de barrilla.
—¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los fusiles.)—¡Suba V
ese mulo!
Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero. —¿Dónde
va V.?—me preguntaron cuando hube subido.
—Voy a Almería.... (les respondí). ¡Y eso que ustedes están haciendo es
una inhumanidad!
8
—¡Fuera sermones!—gritó uno de los verdugos.
—¡Un arriero afrancesado!—dijo el otro.
—¡Charla mucho..., y verás lo que te sucede!
La culata de un fusil cayó sobre mi pecho....
¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, fuera de mi padre!
—¡No irritar, no incomodar!—exclamó el polaco, asiéndose a mis pies;
pues había caído de nuevo en tierra.
—¡Descarga la barrilla!—me dijeron los soldados.
—¿Para qué?
—Para montar en el mulo a este judío.
—Eso es otra cosa.... Lo haré con mucho gusto.
Dije, y me puse a descargar.
—No..., no..., no.... (exclamó Iwa.) ¡Tú dejar que me maten!
—¡Yo no quiero que te maten, desgraciado!—exclamé, estrechando las
ardientes manos del joven.
—¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios!...
—¿Quieres que yo te mate?
—¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera conmovido
a una piedra:
—¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro español, que ama tanto como
el que más a nuestra patria, es quien os suplica. —¡Dejadme solo con este
hombre!
9
—¡No digo que es afrancesado!—exclamó uno de ellos.
—¡Arriero del diablo! (dijo el otro): ¡cuidado con lo que me dices!
—¡Militar de los demonios! (contesté con la misma fuerza.) Yo no temo a la
muerte.—¡Sois dos infames sin corazón! ¡Sois dos hombres fuertes y
armados, contra un moribundo inerme!... ¡Sois unos cobardes!—Dadme
uno de esos fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir...; pero
dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse.—¡Ay! (continué,
viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba): si, como yo, tuvieseis
hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán en la tierra de este infeliz,
en la misma situación que él, solos, moribundos, lejos de sus padres; si
reflexionarais en que este polaco no sabe siquiera lo que hace en España;
en que será un quinto robado a su familia para servir a la ambición de un
Rey..., ¡qué diablo! vosotros le perdonaríais....— ¡Si; porque vosotros sois
hombres antes que españoles, y este polaco es un hombre, un hermano
vuestro!—¿Qué ganará España con la muerte de un tercianario? ¡Batíos
hasta morir con todos los granaderos de Napoleón; pero que sea en el
campo de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido; sed
cristianos, no seáis verdugos!
—¡Basta de letanías!—dijo el que siempre había llevado la iniciativa de la
crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza de bayonetazos, el que quería
comprar un empleo al precio de su cadáver.
—Compañero, ¿qué hacemos?—preguntó el otro, medio conmovido con
mis palabras.
—¡Es muy sencillo! (repuso el primero.) ¡Mira!
Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus movimientos,
descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.
Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.
Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya el mártir.
En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas de los
fusiles.
El que había matado al extranjero, le cortó una oreja, que guardó en el
10
bolsillo.
¡Era la credencial del empleo que deseaba! Después desnudó a Iwa, y le
robó ... hasta cierto medallón (con un retrato de mujer o de santa) que
llevaba al cuello.
Entonces se alejaron hacia Almería.
Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde está V. sentado..., y me
volví a Gérgal, porque conocí que estaba malo.
Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad, que me puso
a las puertas de la muerte.
—Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V. cómo se
llamaban?
—No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la viejecita que
cuidó al polaco, supe que uno de los dos españoles tenía el apodo de
Risas, y que aquél era justamente el que había matado y robado al pobre
extranjero.
En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al camino; nos
apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos el uno del otro.—
¡Habíamos llorado juntos!
11
III
Tres noches después tomábamos café varios amigos en el precioso casino
de Almería.
Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos viejos,
militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro, según dijo alguno
que los conocía.
A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan alto como
suelen los que han mandado mucho.
De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del Coronel:
—El pobre Risas....
—¡Risas!—exclamé para mí.
Y me puse a escuchar de intento.
—El pobre Risas ... (decía el Coronel) fué hecho prisionero por los
franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito en depósito, fué a
parar nada menos que a Suecia, donde yo estaba también cautivo, como
todos los que no pudimos escaparnos con el Marqués de la Romana.—Allí
lo conocí, porque intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda
mi carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia,
formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles que
estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a Risas. a los
polacos, o un terror supersticioso a Polonia, pues no hacía más que
preguntarnos a Juan y a mi «si tendríamos que pasar por aquella tierra
para ir a Rusia,» estremeciéndose a la idea de que tal llegase a
acontecer.—Indudablemente, a aquel hombre, cuya cabeza no estaba muy
firme por lo mucho que había abusado de las bebidas espirituosas, pero
que en lo demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había
ocurrido algo grave con algún polaco, ora en la guerra de España, ora en
su larga peregrinación por otras naciones.—Llegados a Varsovia, donde
12
nos detuvimos algunos días, Risas se puso gravemente enfermo, de fiebre
cerebral, por resultas del terror pánico que le había acometido desde que
entramos en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise
dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que conseguí
de mis Jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo, sin perjuicio de
que,] resuelta aquella crisis de un modo o de otro, saliese luego en mi
busca con algún convoy de equipajes y víveres, de los muchos que
seguirían a la nube de gente en que mi regimiento figuraba a
vanguardia.—¡Cuál fué, pues, mi sorpresa cuando, el mismo día que nos
pusimos en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar, se me
presentó mi antiguo asistente lleno de terror, y me dijo lo que acababa de
suceder con el pobre Risas!—¡Dígole a V. que el caso es de lo más
singular y estupendo que haya ocurrido nunca!—Óigame, y verá si hay
motivo para que yo no haya olvidado esta historia en cuarenta y dos
años.—Juan había buscado un buen alojamiento para cuidar a Risas, en
casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que desde que
llegamos a Varsovia los españoles no había dejado de preguntarnos a
varios, por medio de intérpretes franceses, si sabíamos algo de un hijo
suyo llamado Iwa, que vino a la guerra de España en 1808, y de quien
hacía tres años no tenía noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás
familias que se hallaban en idéntico caso.—Como Juan era tan zalamero,
halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y de aquí a
cuidar a Risas al verlo caer en su presencia atacado de una fiebre
cerebral...—Llegados a casa de la buena mujer, y cuando ésta ayudaba a
desnudar al enfermo, Juan la vió palidecer de pronto y apoderarse
convulsivamente de cierto medallón de plata, con una efigie o retrato en
miniatura, que Risas llevaba siempre al pecho, bajo la ropa, a modo de
talismán o conjuro contra los polacos, por creer que representaba a una
Virgen o Santa de aquel país.—¡Iwa! ¡Iwa!—gritó después la viuda de un
modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía, aletargado
como estaba por la fiebre.—En esto acudieron las hijas; y, enteradas del
caso, cogieron el medallón, lo pusieron al lado del rostro de su madre,
llamando por medio de señas la atención de Juan para que viese, como
vió, que la tal efigie no era más que el retrato de aquella mujer, y,
encarándose entonces con él, visto que su compatriota no podía
responderles, comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras
ininteligibles, bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente
la más siniestra furia.—Juan se encogió de hombros, dando a entender
por señas que él no sabía nada de la procedencia de aquel retrato, ni
conocía a Risas más que de muy poco tiempo....—Elnoble semblante de
13
mi honradísimo asistente debió de probar a aquellas cuatro leonas
encolerizadas que el pobre no era culpable....—¡Además, él no llevaba el
medallón!—Pero el otro ... ¡al otro, al pobre Risas, lo mataron a golpes y lo
hicieron pedazos con las uñas!—Es cuanto sé con relación a este drama,
pues nunca he podido averiguar por qué tenía Risas aquel retrato.
—Permítame V. que se lo cuente yo....—dije sin poder contenerme.
Y acercándome a la mesa del Coronel y del Comandante, después de ser
presentado a ellos por mis amigos, les referí a todos la espantosa
narración del minero.
Luego que concluí, el Comandante, hombre de más de setenta años,
exclamó con la fe sencilla de un militar antiguo, con el arranque de un
buen español y con toda la autoridad de sus canas:
—¡Vive Dios, señores, que en todo eso hay algo más que una casualidad!
Almería, 1854.
14
Pedro Antonio de Alarcón
Pedro Antonio de Alarcón y Ariza (Guadix, 10 de marzo de 1833-Madrid,
19 de julio de 1891) fue un narrador español que perteneció al movimiento
realista, en el que destacó como uno de los artífices del fin de la prosa
romántica.
Nacido en la localidad granadina de Guadix el 10 de marzo de 1833, su
nombre completo fue «Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza».
Tuvo una intensa vida ideológica; como sus personajes, evolucionó de las
15
ideas liberales y revolucionarias a posiciones más tradicionalistas. Aunque
su familia provenía de hidalgos era más bien humilde, aunque no tanto
como para no poder permitirse enviarlo a estudiar Derecho en la
Universidad de Granada, carrera que abandonó pronto para iniciarse en la
eclesiástica. Aquello tampoco le satisfizo y abandonó en 1853 para
marchar a Cádiz, donde funda El Eco de Occidente, junto a Torcuato
Tárrago y Mateos, iniciando su carrera periodística en la dirección de este
periódico.
Alarcón escribía desde su adolescencia, citándose a don Isidro Cepero
como el instigador principal de su inquietud literaria. Su primera obra
narrativa, El final de Norma, fue compuesta a los dieciocho años y
publicada en 1855. Sus inquietudes le llevaron a integrarse en el grupo
que se llamó la Cuerda granadina.
Se trasladó en 1854 a Madrid, molesto con el entorno reaccionario de
Granada. Allí crea un periódico satírico, El Látigo, que también dirige, de
cierto éxito, con ideología antimonárquica, republicana y revolucionaria.
Era un claro heredero de su experiencia en El Eco de Occidente.
Su primera obra narrativa fue El final de Norma, que no vio publicada
hasta 1855. Comenzó a escribir relatos breves de rasgos románticos muy
acusados hacia 1852; algunos de ellos, entroncados con el costumbrismo
granadino, revelaban el influjo de Fernán Caballero, pero otros demuestran
la impronta de una atenta lectura de Edgar Allan Poe, de quien introdujo el
relato policial con su novela El clavo, aunque también compuso relatos de
terror a semejanza de su modelo. Desde 1860 hasta 1874 agregó a los
relatos la redacción de libros de viajes. Estos últimos son Diario de un
testigo de la guerra de África (1859), De Madrid a Nápoles (1861) y La
Alpujarra (1873), que suponen ya un acercamiento al realismo. En 1874
publicó El sombrero de tres picos, desenfadada visión del tema tradicional
del molinero de Arcos y su bella esposa perseguida por el corregidor.
Recogió sus artículos costumbristas en Cosas que fueron (1871) y sus
poemas juveniles en Poesías. También intentó el teatro con su drama El
hijo pródigo, estrenado en 1875.
16