Capítulo séptimo
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN . . . . . . . . . 101
I. Transformación económica y seguridad jurídica . . . . . . 101
II. El rol del Estado en la defensa de la competencia . . . . . . 104
III. Regulación y control . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 106
IV. Re for ma cons ti tu cio nal y mo de lo es ta tal. . . . . . . . . . 110
V. El lenguaje normativo de la Constitución reformada . . . . 115
VI. El Estado posbenefactor y la sociedad posindustrial . . . . 121
101
CAPÍTULO SÉPTIMO
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN
I. TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA Y SEGURIDAD JURÍDICA
Hay un primer concepto que identifica a la seguridad con el orden que
todo Estado tiene por objetivo establecer. Es la idea que invocaron las
doctrinas pactistas para justificar la salida del estado de naturaleza. Com-
prende, por ende, tanto la autocracia de Hobbes como la democracia de
Rousseau. La seguridad, desde ese punto de vista, tiene categoría óntica
y es independiente de toda idea de legitimidad o de justicia; se trata más
bien de un dato previo a la legitimidad, de allí la frase de Goethe cuando
afirmaba: “Prefiero la injusticia al desorden”.
Quedarse con este concepto de seguridad implica quedarse con una
idea limitada que admite la existencia de seguridad jurídica, aun en los
regímenes autoritarios, es una idea más cercana a Maquiavelo que a Kant
y, en definitiva, puede consagrar la seguridad de la injusticia o la seguri-
dad de la opresión. Recordemos el “vive peligrosamente” de Mussolini,
que implicaba reconocer la seguridad en el orden del Estado, pero un alto
grado de inseguridad en el plano individual.
La idea de seguridad jurídica que se corresponde con el constituciona-
lismo liberal requiere en cambio de otro elemento, en tanto aquí la segu-
ridad tiene categoría axiológica al corresponderse con una derivación
individual del orden social, pero que está ínsita en la libertad individual.
Por eso, la seguridad jurídica es un elemento esencial en la libertad eco-
nómica. Si bien la afirmación de esta segunda idea de seguridad se produce
con el racionalismo y está ligada con el pensamiento individualista de la
sociedad burguesa, su aparición se remonta a los albores del Renaci-
miento, cuando los juristas romanistas antepusieron a la antigua idea de
la tranquilidad y paz sociales como fines del Estado de derecho, la idea
de la inviolabilidad de los derechos individuales derivados del status de
cada persona, considerada libre de querer, de obrar y de disponer de sí y
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102 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
de sus bienes, acentuando ampliamente el valor de las relaciones jurídicas,
y exigiendo enérgicamente una plena tutela de los derechos adquiridos.
El maestro de derecho Luis Legaz y Lacambra atribuyó a un prestigio-
so jurista del 400 —Baldo de Ubaldi— la construcción de ese concepto
de seguridad jurídica, que ha sido recogido por la cultura jurídica occi-
dental.
El problema de la seguridad jurídica es un problema de medios y no
de fines. Aun cuando exista coincidencia en los fines a alcanzar, la segu-
ridad jurídica enfatiza el respeto por los procedimientos. Esto es lo que
define el irremplazable valor del derecho como ordenamiento social y es
lo que distingue, en definitiva, a las sociedades jurídicamente desarrolla-
das de las subdesarrolladas.
En la República Argentina, donde las encuestas de opinión ubican a la
seguridad jurídica y a la corrupción entre las principales preocupaciones
de la ciudadanía (ambas van muy unidas), se observa que la mayoría de
la población comparte la legitimidad de los grandes objetivos de la polí-
tica económica: reforma del Estado, privatizaciones, desregulación, etcé-
tera; pero que no se comparten en cambio los métodos adoptados, acerca
de cuya transparencia, falta de control y mal funcionamiento de la justi-
cia existe marcada preocupación.
Suele señalarse de una manera especial la importancia de la seguridad
jurídica en materia económica, debe advertirse, sin embargo, que no se
trata de una categoría diferente, sino que la misma se enrola en el ámbito
de los conceptos antes señalados y que hacen a la afirmación, tanto de
las libertades económicas como de los derechos individuales. Si pudiéra-
mos cambiar el criterio clásico de interpretación de las normas jurídicas
—la intención del legislador— por otro que contemplara el interés del
buen inversor, comprobaríamos que nada cambiaría en cuanto a las exi-
gencias de la seguridad jurídica, que para Max Weber se concentraban
en la idea de previsibilidad y que Hans Kelsen describiera, al referirse a
las sociedades democráticas, como “respeto de la legalidad y previsibili-
dad de las funciones estatales”.
Todo inversor en un país extranjero da enorme importancia al marco
jurídico que va a garantizar su propiedad y en fijar la permanencia de las
reglas de juego. Se trata de un tema que es objeto de estudios especiali-
zados en las principales universidades y escuelas de negocios del mundo
desarrollado.
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 103
Nuestro país presenta un tradicional atraso en esta materia, donde se
observan algunos factores que son de tipo estructural y que han remarca-
do el llamado “costo argentino”; entre ellos el exacerbado hiper presi-
dencialismo como deformación de nuestro sistema político y la tendencia
a la anomia, o desconocimiento de las reglas, tanto por parte de la socie-
dad como del Estado. La continua apelación a la emergencia para produ-
cir cambios económicos es una característica que se ha observado frente
a diferentes cambios de modelo y es una característica que ejemplifica lo
señalado en último término.
No debe desconocerse, sin embargo, que se ha avanzado para revertir
esa situación, la estabilidad es un paso importante y la desregulación per-
mitirá terminar con una cantidad de conductas discrecionales en el ám-
bito de la administración pública. El solo hecho de que el tema de la se-
guridad jurídica se encuentre “sobre el tapete” revela ese avance. Sin
embargo, quedan muchas cosas de qué preocuparse. Algunas parecen ha-
berse agravado.
Es necesario que el ejemplo provenga del gobierno, en donde se ob-
serva una cierta postergación de los medios en favor de los fines. Así
ocurre con la práctica abusiva de los decretos “de necesidad y urgencia”
que avanzan sobre las facultades del Congreso, con la falta de mecanis-
mos de control que sean aptos para determinar responsabilidades, la ten-
dencia monopólica en los procesos de privatización, la reiterada viola-
ción de derechos adquiridos, el avance excesivo en las facultades de
algunos organismos públicos (por ejemplo, la DGI) sin la contrapresta-
ción de suficientes garantías para los administrados, la insuficiencia de
mecanismos de acceso a la justicia.
Tal vez no sea ocioso recordar las palabras de Hamilton, en el capítulo
LXXVIII, de El federalista, cuando señalaba refiriéndose al antecedente
más directo de nuestra Constitución:
...aun cuando a veces sean los Tribunales de Justicia los que opriman a los
individuos, la libertad general del pueblo no ha de temer amenazas en esa
dirección; quiero decir, mientras el Departamento Judicial se mantenga
aislado tanto del Legislativo como del Ejecutivo, porque estoy conforme
con que no hay libertad si el poder de juzgar no está separado de los pode-
res Legislativo y Ejecutivo... —y agregaba—: ...la libertad no puede tener
nada que temer de la Administración de Justicia por sí sola, pero tendría
que temerlo todo de su unión con cualquiera de los otros departamentos...
104 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
II. EL ROL DEL ESTADO EN LA DEFENSA DE LA COMPETENCIA
La sociedad está formada por diversos sectores que interactúan dentro
de ésta en pos de la satisfacción de sus objetivos. Estos sectores buscan
obtener ciertos resultados, como consecuencia de un conjunto de accio-
nes que emprenden. El proceso para la toma de decisiones es una opción
entre acciones alternativas diferentes, sobre la base de determinados cri-
terios, definidos sobre la base del contexto donde éstas serán ejecutadas.
El planteo de la competencia perfecta dentro de la teoría liberal eco-
nómica sugiere que los resultados a los que conduce una acción autóno-
ma de los particulares son óptimos desde el punto de vista social. No son
necesarios mecanismos formales u organismos para regular las acciones
del sector privado, ya que existen mecanismos automáticos que condu-
cen a una situación óptima deseada, la mano invisible del mercado. El
criterio de decisión utilizado por los particulares es la maximización de
beneficios que constituye el incentivo motriz del sistema. Este es, en forma
simplificada, el esquema general de la concepción liberal de la econo-
mía. La regulación automática que provee el mercado es suficiente para
el funcionamiento óptimo de las empresas y la economía.
La necesidad de la regulación surge cuando los resultados de estos
procesos de decisión autónomos materializan situaciones que no son
consideradas adecuadas por la sociedad, aun cuando éstas resultan ser
perfectamente convenientes para el sector que resulta beneficiado.
Este fenómeno, que resulta de perseguir la maximización de los bene-
ficios, produce muchas veces resultados socialmente ingratos, especial-
mente en países en vías de desarrollo. Las bases para una competencia
perfecta en los mercados suelen ser inexistentes y la formación de em-
presas monopólicas, la producción ineficiente de bienes o servicios por
parte del Estado, las desigualdades regionales o el deterioro del medio
ambiente, a modo de ejemplo, suelen ser el producto de iniciativas indi-
viduales no reguladas adecuadamente. La operación autónoma de los par-
ticulares bajo los mecanismos de la mano invisible no es suficiente y se
hace necesaria la intervención regulatoria del Estado.
A partir de estas ideas previas, podemos plantear el concepto de regu-
lación en un sentido amplio, tal como va a ser analizado en el presente
trabajo, como las acciones, explícitas o implícitas, formales o informales,
que emprende el Estado para influir en los comportamientos de los parti-
culares, ajustando el resultado de sus acciones a lo deseado por éste.
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 105
Los instrumentos a disposición del Estado para ejercer esa influencia
son múltiples: la simple difusión de información o de recomendaciones
puede ser suficiente para orientar los comportamientos; si esto no resulta
suficiente pueden utilizarse incentivos o sanciones de distinta naturaleza
o, como ha ocurrido en nuestro país y en diversas partes del mundo, pue-
de el Estado convertirse en productor directo o indirecto de bienes y ser-
vicios considerados importantes para la comunidad.
Este proceso de intervención estatal dentro de la economía y sus con-
secuencias perjudiciales para la sociedad derivó en las ultimas cinco dé-
cadas en la refuncionalización de su papel. A comienzos de la década de
los setenta, cobra un gran impulso en el mundo un movimiento orientado
hacia la reducción del papel del Estado en la sociedad, especialmente en
el campo económico, este proceso ha sido instrumentado de diversas for-
mas según las características coyunturales donde se desarrolló, a través
de privatización de empresas estatales, liberalización de los mercados,
desregulaciones, disminución del aparato administrativo, etcétera.
No obstante, ha presentado un denominador común, que es el origen
fundamental de este proceso: la comprensión por parte de la sociedad de
que la intervención por parte del Estado en la economía genera costos
sociales que generalmente superan los beneficios que derivan de ella. El
funcionamiento de un Estado sobredimensionado y regulador demanda
costos que debe erogar el Estado para la implementación de las normas
reguladoras, costos en los que incurren los agentes económicos para
cumplirlas, y los originados en las pérdidas que deben afrontar los con-
sumidores de bienes o servicios frutos de tales regulaciones. Esto es su-
frido por la sociedad en el aumento de los productos que consume o en el
sustento del déficit que la actividad de estas empresas provoca. En casi
todos los casos en donde existen actividades reguladoras desmedidas, se
ha distorsionado la relación entre el costo de tal actividad y los benefi-
cios sociales que ésta provoca.
Las regulaciones se presentan como un método para corregir las fallas
del mercado y promover el bien común, pero en una economía donde el
Estado tiene mucho poder a través de las regulaciones, los grupos secto-
riales participan en una puja permanente para influir sobre las regulacio-
nes y los reguladores. Este tipo de situaciones plantea un marco donde
existe el convencimiento de que se consigue más con los privilegios que
con un esfuerzo por aumentar la eficiencia de cada sector. La empresa
privada no puede ser considerada como la causante de esta situación, sino
106 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
que es la consecuencia de un medio económico-jurídico en donde los cri-
terios tradicionales de rentabilidad han dado paso a los privilegios y las
protecciones.
En los mercados regulados, el orientador de los beneficios sectoriales
resulta ser la voluntad del regulador, beneficiosa para unos e inaccesible
para otros. Esto se traduce en una clara desigualdad de oportunidades,
fin no deseado en una regulación bien intencionada, pero que general-
mente resulta ser la realidad del sistema, sobre todo cuando los actores
que intervienen pasan del gobierno a la empresa y viceversa.
III. REGULACIÓN Y CONTROL
El desarrollo de una fuerte política privatizadora, como inicio del pro-
ceso de transformación del Estado (Leyes 23.696 y 23.697), en el marco
del cual se han transferido al sector privado las prestaciones o explota-
ciones de servicios públicos esenciales, y las actividades de interés gene-
ral vinculadas con éstos, como por ejemplo la generación de energía
eléctrica y producción de gas en relación con los servicios públicos de
transporte y distribución de gas natural, o la prestación de los servicios
diferenciados del básico, como la telefonía celular, etcétera, importa un
destacable realzamiento del papel controlador del Estado.
Esta circunstancia no ha sido ajena a la reforma constitucional sino
que ha sido receptada en su artículo 42, consagratorio de una serie de de-
rechos y garantías referidos a la relación de consumo, salud, seguridad e
interés económico de los usuarios, al imponer en forma expresa, como
deber del Estado, el efectivo control y regulación de los mismos.
El sistema de control de la explotación privada de los servicios pú-
blicos, constituye un pilar fundamental para la obtención de resultados
favorables en lo que al proceso de transformación respecta, si tomamos
en cuenta que la finalidad de la transferencia de las prestaciones al sec-
tor privado ha sido principalmente optimizar el funcionamiento de los
servicios.
Abandonar un modelo intervencionista de Estado implica colocar al
mismo en una posición distinta, pero no menos importante frente a la comu-
nidad, cual es: dejar de ser prestador para cumplir una función netamente
controladora, en resguardo del interés público y promoción del bienestar
general.
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 107
Cabe resaltar que la situación descrita importa un real desamparo en rela-
ción con los usuarios, cuyos intereses particulares actuales y potenciales no
estarán ya resguardados ínsitamente, como se entiende en las actividades
prestadas tradicionalmente por el Estado respecto de sus administrados. En
las circunstancias actuales, dichos intereses se verían en pugna con los obje-
tivos de rentabilidad económica perseguidos por las empresas privadas que
detentan las concesiones de los diversos servicios públicos.
Precisamente, en este sentido se manifiesta el artículo 42 de la Consti-
tución cuando dota de jerarquía constitucional a los siguientes deberes de
la autoridad pública:
a) Protección de los usuarios;
b) Establecimiento de marcos regulatorios;
c) Defensa de la competencia y control de monopolios; y
d) Promoción de la participación de los usuarios en los organismos de
control.
El nuevo concepto de servicio público, expresado en el texto constitu-
cional requiere, en este contexto, la regulación y control de los mismos,
exigencia ésta que deriva de su particular incidencia en la satisfacción de
las necesidades básicas que hacen a la calidad de vida y al desarrollo so-
cial pleno, objetivos que campean en prácticamente la totalidad de la
normativa constitucional.
Por lo tanto no es apropiado atribuir la necesidad de regulación y con-
trol a un único fundamento, sino que deben considerarse todos aquellos
que hagan a la protección de los derechos de los usuarios, el estímulo de
inversiones, la confiabilidad, accesibilidad y eficiencia del servicio,84 a
asegurar su regularidad, continuidad, igualdad y generalidad,85 y a la ex-
pansión del sistema, la calidad y continuidad de las prestaciones, la pro-
tección de la salud pública, los recursos hídricos y el medio ambiente,86
y en todos los casos con tarifas justas y razonables.87
Tampoco, no obstante la preocupación que origina, el carácter mono-
pólico de la prestación de servicios públicos puede ser un exclusivo mo-
84 Artículo 2o., Leyes 24.065 y 24.076.
85 Artículo 8o., Decreto 1185/90.
86 Artículo 2o., Decreto 999/92.
87 Mata, I., Noción actual de servicio público, trabajo presentado al Instituto de
Investigaciones del Nuevo Estado, p. 10.
108 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
tivo de regulación, puesto que existiendo competencia, ésta por sí misma
no implica la eficiencia y razonabilidad, menos la prestación en lugares
donde presenta baja rentabilidad.88 Volveremos sobre esta cuestión al
tratar la noción de Estado social.
En síntesis, el Estado debe poner énfasis en la regulación, en cumpli-
miento de su tradicional papel de garantizador de la satisfacción del bien
común, manifestado como: “realidad existencial que se expresa a través
de una multiplicidad de condiciones, políticas, culturales, económicas,
sociales, etcétera, que permiten al hombre realizarse verdaderamente co-
mo tal”.89
Queda comprendido, así, el deber de prevenir tanto las consecuencias
económicas producto del carácter monopólico de la prestación del servi-
cio como de la desigual e insuficiente información aportada a los usua-
rios, y a cualquier otra consecuencia que afecte perjudicialmente a terce-
ros no involucrados en la relación de consumo.
Estas últimas consecuencias se denominan externalidades y han sido
definidas como: “costos o beneficios que inciden sobre terceros no direc-
tamente involucrados en el intercambio jurídico o económico de que se
trate”, en este caso, la regulación tiende a evitar las externalidades nega-
tivas, como aquellas producidas por el uso abusivo de los bienes comu-
nes que podrían afectar el medio ambiente. En términos económicos se
adopta un sistema de regulación de prevención y control tendiente a evi-
tar abusos de posición por parte del prestador del servicio.
La regulación y control, no obstante otros sistemas que los han consi-
derado como instrumentos escindibles, son etapas de un mismo proceso,
que se inicia con el establecimiento de reglas que rijan la actividad en
cuestión, y se complementan con el debido control en el cumplimiento
de dichas reglas durante el desarrollo de la actividad’, a través de un es-
quema institucional de control interno-externo, cuya estructura compren-
de diversos organismos dotados de facultades, que deben procurar coor-
dinarse a fin de evitar superposiciones, en detrimento de la eficiencia y
rapidez en el logro de los objetivos.90
88 Idem.
89 Barra, Rodolfo Carlos, Principios de derecho administrativo, Buenos Aires, Ábaco,
1980, p. 43.
90 Mitnick, Gary, La economía política de la regulación, México, Fondo de Cultura
Económica, Economía Contemporánea, 1989, pp. 443 y ss.
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 109
Recordemos que actualmente intervienen en el sistema de regulación
y control de los servicios públicos los denominados entes reguladores
vinculados institucionalmente a distintas secretarías de la administración
central. Desde el punto de vista del control interno, las Unidades Audito-
ras Internas (UAI) de cada organismo de la administración pública, coor-
dinadas por la Sindicatura General de la Nación, también intervienen en
asuntos relativos a los servicios sujetos a control. El control externo de
estos organismos está a cargo de la Auditoría General de la Nación
(AGN), institución de rango constitucional en el ámbito del Poder Legis-
lativo, a la cual se le ha atribuido específicamente el control de los entes
reguladores de servicios públicos, y los entes privados adjudicatarios de
procesos de privatización, en cuanto a las obligaciones emergentes de sus
contratos. Interviene también el Defensor del Pueblo de la Nación con-
forme a lo dispuesto por la Constitución Nacional.
Los aspectos a complementarios no sólo incluyen las funciones de los
organismos en cuestión, sino también los referidos a la organización y
estructura de los entes reguladores, el establecimiento de procedimientos
para la solución y prevención de conflictos, el sistema de información, la
atención al usuario, los mecanismos para efectuar los reclamos y los ins-
trumentos que permitan la operatividad plena del derecho de los usuarios
a participar en los organismos de control a través de las asociaciones que
los agrupan.91
Actualmente en nuestro país los instrumentos de regulación y control con
que cuenta el Estado son:
1. El ente regulador;
2. El control de precios; y
3. La habilitación para prestar el servicio.
En el marco del proceso de privatización, y con el propósito de mante-
nerse al margen de las influencias políticas y económicas directas, fueron
creados entes para regular y controlar la prestación de los diversos servicios.
Con carácter autárquico, recursos propios y la facultad de percibir una
contribución de los usuarios del sistema, se hallan a cargo de un órgano
colegiado (directorio) cuyas decisiones serán recurribles por vía de la alza-
da. Asimismo su personal está sujeto al régimen del contrato de trabajo.
91 Mata, I., op. cit., nota 87, p. 6.
110 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
Entre las atribuciones del órgano descentralizado de control, descon-
tando las netamente técnicas, destacamos las llamadas jurisdiccionales
en cuanto resuelven controversias relacionadas al servicio, entre particu-
lares (actores y usuarios), sea en forma obligatoria para los actores
(ENRE, ENARGAS) u optativa (CNT, ETOSS). Dichas funciones no
modifican su carácter administrativo.
— Son principios generales en materia tarifaria;
— Primordialmente el aseguramiento de tarifas justas y razonables;
— La prohibición de efectuar diferencias entre ellas, salvo las autori-
zadas por el ente regulador, referidas a distintas localizaciones o ti-
po de servicio;
— El precio debe expresar el uso racional y eficiente de los servicios
y de los recursos necesarios para su prestación;
— El precio debe reflejar el costo económico del servicio, incluyendo
la utilidad del prestador y las inversiones de los planes de expan-
sión;
— El aseguramiento del mínimo costo para los usuarios, compatible
con la seguridad en la prestación.
La Ley 23.696 de Reforma del Estado ha establecido como formas de
materialización de las privatizaciones: la concesión, licencia o permiso.
En leyes posteriores a la citada, referidas a los diversos servicios, se
han especificado las condiciones, modos y plazos en que se efectuarían
las privatizaciones estipuladas, cuyo cumplimiento estricto es requisito
de legalidad de las mismas.
IV. REFORMA CONSTITUCIONAL Y MODELO ESTATAL
Pero, más allá de estas especificidades, a nuestro entender y en virtud
del mencionado principio de unidad interpretadora, el gran límite al posi-
ble reconocimiento de la capacidad auto regulativa del propio mercado
es la noción de justicia social (artículo 75, inciso 19). El presupuesto li-
beral queda así constreñido a un marco de respeto de la condición humana
y del desarrollo humano. No cualquier consecuencia del mercado como tal
tiene que ser admitida y protegida por el Estado. Y así, por encima de la
competencia, parece regir un presupuesto de control cuyo fundamento se
encuentra en las condiciones anteriormente esbozadas. El mercado por ser
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 111
tal genera ciertos beneficios, pero puede también producir terribles desi-
gualdades sociales que afecten al desarrollo humano. La cuestión enton-
ces se constriñe a delimitar cierta noción de justicia social que permita
identificar los aspectos limitadores del mercado.
Dentro del proceso constitucional que la Argentina vivió en el año
1994 se incorporó, al texto constitucional vigente, el concepto de justicia
social.
Para comenzar, la incorporación de dicho concepto debe interpretarse
como la intención del constituyente de evolucionar hacia un concepto di-
ferente de Estado: evolucionar más allá del abstencionismo estatal pero
sin caer en el intervencionismo. La visión del mercado como elemento
natural de la interrelación limitado por los presupuestos que hacen a la
conservación de ciertas condiciones de desarrollo humano.
La noción de justicia social surge de la fusión de dos ideologías, por
un lado, las demoliberales y, por el otro, las ideologías de corte social.
La idea radica en tomar ciertos elementos calificados de relevantes en
una concepción de Estado demoliberal, tales como el respeto de las liber-
tades individuales, la libertad de mercado, la preponderancia de la igual-
dad, la libertad de contratación, etcétera, y deshacerse de todos aquellos
que, bajo la justificación de la libertad de mercado, condicionen al hom-
bre, de lleno, a la oferta y la demanda.
Respecto del constitucionalismo social se da cuenta solamente de
aquellos elementos que permitan crear un ámbito de indisponibilidad, a
fin de garantizar al hombre un piso mínimo de derechos y beneficios. La
emancipación de las funciones de control elementales del Estado, la igual-
dad de oportunidades, etcétera, forman el núcleo de ese “coto vedado”,
según la terminología de Garzón Valdés. Claro está, todo esto sin caer en
el intervencionismo, que en última instancia también atenta contra el
hombre dada la restricción a las libertades que genera y la frustración de
sus expectativas de desarrollo.
Hablar de justicia social, es cambiar el prisma del análisis, para ubicar
al hombre, en su carácter de ser social, en un plano de mayor preponde-
rancia y abandonar aquella postura que considera al hombre como un
simple elemento del mercado o un instrumento de consumo o trabajo.
Intentar ir más allá de las viejas ideologías, concibiendo un nuevo papel
para un nuevo Estado, es aquello que puede revelarse en el fondo del
nuevo concepto, que se ha denominado justicia social. En definitiva ha-
112 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
blar de justicia social es concebir un sistema capitalista que reconozca al
hombre como protagonista.
Pero si esto es así, cabe entonces preguntarse: ¿cuál es el papel que
debe tener el Estado en un sistema capitalista que tenga como protago-
nista al hombre? El papel debe ser el de un Estado subsidiario, es decir,
un Estado que no realice aquellas funciones que pueden ser prestadas por
los particulares, pero que a su vez debe brindar a cada uno de los inte-
grantes de la comunidad un sistema de control y garantías mínimas que
contribuyan a garantizar dicho protagonismo y que realice todas aquellas
tareas que son indelegables a los particulares. Definiéndose así, aquello
que los juristas definen como modelo de competencia.
El porqué de qué conceptos como justicia social deben aparecer den-
tro del texto constitucional es contestado de manera simple pero certera
por Miguel Herro de Miñón. Al respecto dice:
Las constituciones se configuran como zonas de seguridad; se introduce
en la Constitución lo que se quiere garantizar frente a terceros. La segunda
es la utilización de la Constitución para afirmar los programas de reforma
social, es decir, las metas y métodos para transformar la economía. Y la
tercera es la tendencia de llegar a un compromiso entre las dos anteriores
y afirmar retóricamente lo que no se piensa hacer.
En definitiva, hablar de justicia social dentro del sistema capitalista es
hablar de una nueva manera de concebir el mercado. Los conceptos de
justicia y equidad en la distribución de los beneficios, tan ajenos al dis-
curso liberal, así como el deber de soportar los imprevistos de éste. To-
das estas nociones adquieren su culminación en referencia al concepto de
“bien común”.
Ya León XIII (Rerum novarum) destacó que el Estado debe velar
por el bien común como propia misión suya. Bajo esa concepción
expresaba:
Mas, aunque todos los ciudadanos, sin excepción alguna, deban contribuir
necesariamente a la totalidad del bien común del cual deriva una parte no
pequeña a los individuos, no todos sin embargo, pueden aportar lo mismo
ni en igual cantidad... (Rerum novarum). El fin es tablecido para la so-
ciedad civil alcanza a todos, en cuanto persigue el bien común, del cual
es justo que participen todos y cada uno según la proporción debida
(Rerum novarum).
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 113
Pio XI (Divini Mius Magistri) definió al bien común en el orden
temporal como consistente en la paz y seguridad de que las familias y
los individuos puedan gozar del ejercicio de sus derechos, y a la vez
en el mayor bienestar espiritual y material que sea po sible en la vida
presente, mediante la unión y coordinación de la actividad de todos.
En cuanto a lo que se ha denominado “zona de indisponibilidad”, se
debe entender como un cúmulo de derechos pertenecientes a los indivi-
duos, que deben ser prestados por el Estado a los particulares, o en caso
de no prestación por parte del Estado el aseguramiento de las vías apro-
piadas para exigir dicha prestación.
Dentro de dicha zona de indisponibilidad, encontramos a: 1) La igual-
dad de oportunidades, 2) El principio para que una clase excluya a la
otra en la distribución de los beneficios, 3) La libertad de mercado, 4) El
principio de equidad, 5) El principio de solidaridad, 6) El principio de
igualdad, 7) La actividad de control del Estado sobre las actividades ex-
presamente delegadas a los particulares, 8) Todo otro derecho o libertad
que se reconozca expresamente en nuestra Constitución.
En última instancia, en nuestra sociedad, la zona de indisponibilidad,
teóricamente, está dada por el texto constitucional. El origen de este evo-
lucionado concepto de justicia social puede rastrearse en la encíclica de
Rerum novarum, es ahí donde se deja entrever por primera vez de mane-
ra incisiva la idea de justicia social y función social de la propiedad. Esta
circunstancia no es casual sino que, para algunos autores, es producto del
pensamiento católico tradicional. Específicamente, para vislumbrar la
evolución del concepto en nuestra historia, debemos partir de la ideolo-
gía demoliberal con ingredientes cristianos, donde la libertad, la igual-
dad, la propiedad y la seguridad aparecen como principios rectores fun-
damentales, que formalmente presentaba la Constitución de 1853/1860.
Muchos adjudican este fenómeno a los efectos posteriores propios de
las grandes revoluciones, no por idealismo católico, sino por la prepon-
derancia de las libertades individuales. Es así que esa estructura demo-
liberal se mantuvo vigente hasta que fue sacudida en sus bases por la
aparición y tipificación de los conceptos pertenecientes al denominado
constitucionalismo social en la estructura constitucional, en nuestro caso
a partir de la reforma constitucional de 1957, y con anterioridad en la fa-
llida reforma de 1949.
Sin embargo, para algunos autores, el origen del Estado social es ante-
rior a la incorporación del artículo 14 bis, situándose a partir de, por un
114 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
lado, la vasta incorporación de leyes sociales y, por el otro lado, el sacri-
ficio de ciertos derechos individuales en pro del interés general. Pero ha
sido la aparición de nuevos criterios, o mejor dicho, la mala interpreta-
ción de los mismos, la que ha generado el sobredimensionamiento del
Estado, transformándose en un Estado de corte netamente intervencionis-
ta y culminando con la crisis de la que todos fuimos testigos.
Por lo tanto, en poco más de una centuria, el Estado argentino pasó de
una posición liberal abstencionista a un Estado intervencionista, todo
ello bajo el régimen legal de una misma y única Constitución Nacional.
Ahora bien, la única manera de explicar el camino que transitó nuestra
carta magna es a través de los vuelcos de interpretación ideológica que
se le dio al texto.
Con posterioridad, en el año 1994, se decidió encarar una nueva refor-
ma constitucional vía convención constituyente. En el acuerdo político
marco del que surgió la necesidad y acuerdo sobre el alcance de la refor-
ma se decidió mantener intacta la parte dogmática de la Constitución Na-
cional.
Aun cuando suele creerse que, por encontrarse limitada la reforma a la
parte orgánica de nuestra ley fundamental, el objeto de la misma se iba a
dirigir únicamente a introducir modificaciones al funcionamiento de los
poderes del Estado; sin embargo, en una lectura más profunda, la refor-
ma puede darnos la estructura, sentar las bases para la sociedad argentina
del siglo XXI.
Muchos autores, cuya opinión compartimos, han definido a la Consti-
tución Nacional luego de la reforma de 1994 como una ley en blanco, to-
da vez que incorporó, por un lado, un número significativo de derechos,
estructuras y conceptos ideológicos que, o bien aun no han sido regla-
mentados para su ejercicio, o bien no se han dictado las correspondientes
leyes orgánicas, y por otro lado, se incorporaron conceptos vagos que
impiden descifrar la intención por la cual han sido considerados.
Como producto de dicha reforma, se incorporó en el artículo 75 inciso
19, de la Constitución Nacional, texto vigente según la última reforma de
1994, el destacado concepto de justicia social.
Textualmente, en su primer párrafo el artículo de referencia prescribe:
Proveer lo conducente al desarrollo humano, al progreso económico con
justicia social, a la productividad de la economía nacional, a la generación
de empleo, a la formación profesional de los trabajadores, a la defensa del
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 115
valor de la moneda, a la investigación y al desarrollo científico y tecnoló-
gico, su difusión y aprovechamiento...
Pero cabe recordar una vez más que no hay justicia social sin bien co-
mún, sin distribución equitativa de los beneficios, sin seguridad social para
los individuos, sin equidad, sin libertad, sin igualdad ante la ley. Y que sin
justicia social el hombre deja de ser el protagonista del mercado y lo sitúa
al libre arbitrio de la eficiencia de sus relaciones en este contexto.
La mano invisible que rige el mercado adquiere en el contexto del Esta-
do social una estructura orgánica aglutinada bajo la noción de Estado.
V. EL LENGUAJE NORMATIVO DE LA CONSTITUCIÓN REFORMADA
La reforma constitucional de 1994 ha sido muy rica en la incorpora-
ción de principios ideológicos. El catálogo de derechos declarados y de
garantías se ha ampliado apuntando al valor de la solidaridad. La partici-
pación es otro de los valores afirmados, haciendo a la Constitución más
democrática. Ha afirmado también el constituyente un concepto más so-
cial y material de la igualdad, que viene a completar el concepto de
igualdad formal del artículo 16 con un nuevo criterio interpretativo, cual
es el de la igualdad de oportunidades que aparece repetido en distintas
partes del texto y en la consagración de acciones positivas que tendrá a
su cargo el Estado para combatir toda forma de discriminación (artículo
75, inciso 23).
El tono general de la reforma, en lo ideológico, se ha corrido más ha-
cia la afirmación de principios del Estado social que del constituciona-
lismo liberal. El ingreso de una cantidad de principios que no estaban
expresamente consagrados en el texto se da por cantidad de tratados in-
ternacionales que pasan a tener “jerarquía constitucional” (artículo 75,
inciso 22) y que, por la época en que dichos tratados fueron suscriptos,
se enmarcan claramente en la etapa del constitucionalismo social de pos-
guerra y anterior a la crisis mundial del petróleo que trajo también apare-
jada la crisis del Estado social de derecho.
Resulta también paradójico que estos principios hayan sido afirmados
por el constituyente el pleno tiempo de ajuste hacia un pretendido modelo
de Estado neoliberal. No hay, en cambio, en la reforma reciente, ningún
artículo que proclame la libertad económica, ni la economía de mercado.
116 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
No aparece un programa constitucional como exhibió la Constitución
histórica, no aparece el telos ni el modelo del texto constitucional, por el
contrario, y como dijimos al principio, hay muchos aspectos fundamen-
tales que quedaron sin definirse y con el riesgo, potencial o real, de lo que
pueda ocurrir.
Los dos principios incorporados que tienen más importancia en ma-
teria económica son el derecho al medio ambiente (artículo 41) y la inte-
gración económica latinoamericana (artículo 75, inciso 24), por su inevita-
ble repercusión, tanto en los derechos económicos como en los principios
orientadores de la política económica.
De estos principios, y de otros que consagran los derechos de usuarios
y consumidores (artículo 42) así como la posibilidad de ejercitar la ac-
ción de amparo contra los titulares de servicios públicos privatizados (ar-
tículo 43), se desprende —aunque no esté claramente dicho— que se
propugna un modelo de competencia, dentro del cual cabe al Estado un
papel regulador para que el mercado funcione.
Pero el núcleo ideológico de la reforma está en el inciso 19, del ar-
tículo 75, ubicado a continuación de la cláusula del progreso (ex artículo
67, inciso 16). La nueva norma se ha dado en llamar cláusula del nuevo
progreso o cláusula del progreso económico y social donde se establecen
como valores fundamentales a proveer por la legislación:
...al desarrollo humano, al progreso económico con justicia social, a la pro-
ductividad de la economía nacional, a la generación de empleo, a la forma-
ción profesional de los trabajadores, a la defensa del valor de la moneda, a
la investigación y al desarrollo científico y tecnológico, su difusión y
aprovechamiento... (párrafo primero).
El término desarrollo humano aparece repetido en otros artículos y debe
vincularse como la interpretación dada por la Organización de las Nacio-
nes Unidas (ONU) en tanto se toma al denominado Índice de Desarrollo
Humano (IDH) para medir el grado de avance de los países, con paráme-
tros que no sólo contemplan el crecimiento económico, sino también los
niveles de educación, de ocupación, de vivienda, de cultura, etcétera. En
ese mismo sentido, el término progreso económico se diferencia del me-
ro crecimiento económico en tanto aquél marca simplemente diferencias
en el producto bruto, en tanto el progreso denota una idea de avance en
una dirección ética predeterminada.
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 117
El segundo párrafo plantea el objetivo del equilibrio territorial en los
siguientes términos “...Proveer al crecimiento armónico de la Nación y al
poblamiento de su territorio, promover políticas diferenciadas que tien-
dan a equilibrar el desigual desarrollo relativo de provincias y regiones.
Para estas iniciativas el Senado será la cámara de origen...”.
En materia de educación se establece:
...Sancionar leyes de organización y de base de la educación que consoli-
den la unidad nacional respetando las particularidades provinciales y loca-
les; que aseguren la responsabilidad indelegable del Estado, la paticipa-
ción de la familia y la sociedad, la promoción de los valores democráticos
y la igualdad de oportunidades y posibilidades sin discriminación alguna; y
que garanticen los principios de gratuidad y equidad de la educación pú-
blica y estatal y la autonomía y autarquía de las universidades naciona-
les... (párrafo tercero).Y finalmente: ...Dictar leyes que protejan la identi-
dad y pluralidad cultural, la libre creación y circulación de las obras del
autor y el patrimonio artístico y los espacios culturales y audiovisuales.
Es de destacar, también, que la reforma se ha basado en antecedentes
diferentes a los que tuvo por vista la Constitución histórica. Resulta ob-
vio señalar que el constituyente no tuvo por base documentos similares a
las bases ni al proyecto de la Constitución de Juan Bautista Alberdi; la
reforma de 1994 tuvo principalmente en cuenta, entre otros documentos,
a los dictámenes del denominado Consejo para la Consolidación de la
Democracia y a la reforma provisoria de 1972 impulsada por un gobier-
no de facto que pusieron el acento en la atenuación del hiperpresidencia-
lismo, el primero, y en la agilización de las funciones del Congreso, el
segundo; entre otros importantes aspectos.
Pero el dato más importante a destacar en este sentido es que la Cons-
titución histórica recibió en su interpretación la influencia del constitu-
cionalismo estadounidense por la jurisprudencia de la Supreme Court y
por los escritos doctrinarios, especialmente los recopilados en El federa-
lista por Madison, Hamilton y Jay. No pocas veces se ha afirmado que la
Constitución argentina ha sido vaciada sobre los moldes de la norteame-
ricana, tema que fue objeto de una aguda polémica entre Alberdi y Sarmiento.
La influencia de la jurisprudencia norteamericana sobre nuestra Corte
Suprema ha sido muy importante y, en muchos temas, han seguido líneas
paralelas, como ha ocurrido, por ejemplo con la doctrina del poder de
policía.
118 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
La reforma de 1994 estuvo, en cambio, muy influida por el constitu-
cionalismo europeo en el diseño de las nuevas instituciones propuestas
(por ejemplo: Defensor del Pueblo, Nuevas Garantías, etcétera) y entre
éstas, ha tenido una marcada influencia la Constitución española de
1978, que ha servido de base y modelo para la redacción de distintos ar-
tículos. En ese sentido, mientras la Constitución histórica adscribe al libe-
ralismo individualista, la Constitución española, una de las más recientes de
Europa, proclama un Estado social y democrático de derecho (artículo 1.1).
No sólo se reformó una cantidad importante de artículos y se agrega-
ron nuevas disposiciones, sino que también se ha modificado el lenguaje;
el estilo claro y abierto que caracterizaba a la norma fundamental que ha-
bían redactado Benjamin Gorostiaga y Juan María Gutiérrez, principal-
mente. Estas razones han hecho frecuente el uso de la expresión “nueva
Constitución” y nos lleva a plantearnos si se trata de una Constitución
nueva o reformada. Para nosotros está claro que debe hablarse de la
Constitución reformada, no solamente porque se trató de un caso de ejer-
cicio de poder constituyente derivado (artículo 30 de la Constitución Na-
cional) sino porque expresamente fue jurada la Constitución Nacional de
1853, con las reformas de 1860, 1866, 1898, 1957 y 1994, legitimándose
la reforma de 1957 y excluyendo la de 1949.
Para nosotros no se trata solamente de una cuestión terminológica. En
efecto, según se trate de una u otra cosa, cambiará la interpretación de la
misma. Si se trata de una Constitución nueva, debiera centrarse la inter-
pretación en los nuevos principios incorporados, en tanto que tratándose,
como es el caso, de la Constitución histórica reformada, los nuevos prin-
cipios deben interpretarse a la luz de los primeros y buscando el sentido
que los complemente y adapte, sin perder la dirección original. Esta otra
razón nos reafirma, aun más, en el criterio de interpretar que estamos an-
te una norma reformada y no ante una norma nueva.
Dicho todo esto, y tomando como premisa el carácter liberal de la
Constitución de 1853, con algún ingrediente social proveniente de la re-
forma constitucional de 1957 y una influencia católica tradicional, si
aceptamos la posición de Sagüés de acuerdo con lo ya analizado, corres-
ponde ahora determinar cuál es la ideología predominante en nuestra
Constitución Nacional después del paso del constituyente de 1994, con
su impronta aun más social, afirmadora del concepto de desarrollo huma-
no, de la justicia social y de la igualdad real de oportunidades, al tiempo
que consagra un derecho constitucional al “ambiente sano y equilibrado
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 119
para las generaciones actuales y futuras” (artículo 41), determina una
componente ecológica que no sólo es obligación del Estado sino tam-
bién, y fundamentalmente, una postura ética. El pensamiento católico
tradicional, por su parte, parece haber sufrido un retraimiento al elimi-
narse el requisito confesional para ser presidente de la nación y al ha-
berse desarrollado una moral pública, no necesariamente identificada
con el cristianismo.
¿Cuál es entonces actualmente el ideario constitucional argentino?,
cabe preguntarse, ¿cuáles son los principios dominantes entre tanta con-
fluencia de ideas? Creemos que, si bien la respuesta debe buscarse en los
principios expresados en el texto constitucional, ellos no deben indepen-
dizarse de una realidad circundante, de carácter sociológico, según gusta
decir Bidart Campos, y que abarca la experiencia histórica, las preferen-
cias sociales y el sentimiento colectivo. Por todas las razones expuestas,
bien puede concluirse, a nuestro juicio, que el constitucionalismo social
resalta en la Constitución argentina.
Pero es de advertir que el término no debe interpretarse bajo el estig-
ma de izquierdas o derechas, superadas por la historia y las mismas reali-
dades, como bien lo enseñara Norberto Bobbio. Por el contrario, en la
Constitución argentina, el constitucionalismo social sólo se entiende dentro,
y no fuera, de la economía de mercado, como una continuidad racional
del Estado liberal, reiterando lo expresado por Vanossi. De ese modo, el
constitucionalismo social argentino es una síntesis del pensamiento cons-
titucional que no contradice ni desecha los principios liberales, sino que
los afirma en el sentido del nuevo Estado: el modelo de competencia.
Pocas dudas pueden caber sobre la afirmación en cuanto a que el cons-
titucionalismo se encuentra ligado con el sistema capitalista. No sólo por
sus orígenes, sino también porque el muro de Berlín ha caído, y con él
también las utopías que pretendieron alejar al desarrollo económico de
su intrínseca relación con el Estado de derecho. Ya Maurice Duverger
había señalado, años atrás, que era la economía de mercado la que se co-
rrespondía con el sistema democrático al priorizar, ambos, la libertad. La
experiencia también demuestra que los niveles más altos de desarrollo se
dan en aquellos países que guardan una adecuada correlación entre li-
bertad económica y libertad política, como se desprende de los informes
del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), donde
se afirma:
120 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
...Es claro, al menos, que en la actualidad, los países que registran un me-
jor desempeño económico (medido de acuerdo por el PBI o el IDH) son
también aquellos con una mayor dosis de libertad. E inclusive en países
en donde el desarrollo económico y la libertad no han ido a la par durante
algunos periodos (como el europeo oriental y el norte de Asia), ahora uno
y otra se están acercando.
Hoy la opción se da dentro del sistema capitalista, para determinar
qué tipo de capitalismo queremos, uno que tenga al hombre como prota-
gonista u otro que someta todo a la decisión del mercado.
Esta opción ha sido planteada con gran lucidez por Michel Albert en
su difundida obra Capitalismo contra capitalismo, donde se plantea este
debate. De ese modo el neoliberalismo es entendido como una revalori-
zación de la economía de mercado que recoge los aportes del Estado so-
cial de derecho en orden a corregir las deformaciones y desigualdades
que el mercado produce y a realizar una sociedad más justa y equitativa.
En la Teoría de la justicia, de John Rawls, se desarrolla y fundamenta
esta importante cuestión. Es en este marco ideológico donde se aboga por
una relación adecuada entre transformación económica y seguridad jurídi-
ca, que coordine el principio económico de la eficacia con un Estado efi-
ciente para asegurar los valores sociales porque, como bien señalara Octa-
vio Paz: “el mercado sirve para fijar precios, pero no valores sociales”.
Es por eso que el ideario constitucional argentino no se ha modificado
sino que se ha completado a la luz de los aportes doctrinarios y de la ne-
cesidad de los tiempos, sin perder el norte libertario abierto en la Gesta
de Mayo y grabado en el texto constitucional de 1853 a favor de la liber-
tad y la iniciativa individual. Hoy, la preocupación por el desarrollo hu-
mano pone su impronta definitoria en el texto para elegir un capitalismo
con rostro humano frente al economicismo del ajuste por el ajuste mismo.
En esa línea también aparece el nuevo pensamiento de la doctrina de la
Iglesia católica que, a partir de la encíclica Centessimus Annus, de Juan
Pablo II, reivindica el papel de la iniciativa individual en el desarrollo
económico.
Finalizamos citando nuevamente a Octavio Paz:
...Hoy vivimos el alba de la libertad... ¿cómo construir la casa universal de
la libertad? algunos nos dicen: ¿No olvidan ustedes a la justicia? respon-
do: la libertad, para realizarse plenamente, es inseparable de la justicia. La
EL ESTADO EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN 121
libertad sin justicia degenera en anarquía y termina en despotismo. Pero
asimismo: sin libertad no hay verdadera justicia.
VI. EL ESTADO POSBENEFACTOR Y LA SOCIEDAD POSINDUSTRIAL
En el capítulo anterior se describió cómo sobrevino la denominada
“crisis del Estado de bienestar” ante la imposibilidad de hacer frente a
las innumerables demandas sociales en razón de las restricciones econó-
micas surgidas a partir de la crisis. El nuevo modelo estatal prevaleciente
en occidente combinó los principios neoliberales en una síntesis entre el
capitalismo clásico y la idea de justicia social o solidaridad proveniente
de la etapa del “Estado benefactor”. Pero el nuevo modelo toma como
base el sistema de economía de mercado y pone su punto de atención en
el equilibrio fiscal: no se pueden gastar los recursos que no se tienen.
El Estado social de derecho se fundó en cambios en la concepción del
gasto público motorizador de la economía, según lo formulara el inglés
John M. Keynes, conforme la política aplicada en el Welfare State, que
en los Estados Unidos encontrara su propia versión en el New Deal pro-
puesto por el presidente Franklin Delano Roosevelt en la década de los
años treinta.
Pero en la década de los setenta se inicia la crisis del Welfare State y
en el ochenta cae el muro de Berlín, culminando la Guerra Fría y las ten-
siones entre los distintos modelos: el capitalismo y las economías centra-
lizadas.
El capitalismo triunfante se enmarca en una nueva era que ha sido de-
nominada de manera diversa por distintos autores que coinciden, en cam-
bio, en cuanto a la similitud de sus características.
Alvin Toffler, en La tercera ola, escrita en los años setenta, realizaba
una visión futurista de la sociedad postindustrial caracterizada por el fin
de la fabricación masiva en reemplazo por la empresa flexible, un creci-
miento de la economía por el sector de los servicios, un gran desarrollo
en el área electrónica y de comunicaciones y un desconcierto de la rela-
ción entre productores y consumidores, otrora diferenciados; sin pretender
exactitudes indispensables en estos casos, puede afirmarse que Toffler acertó
bastante en las predicciones sobre una organización social que va dejan-
do los hábitos impuestos por un modelo de producción inoperante en el
siglo XXI. El cambio no es solamente el de la chimenea por la computa-
dora, sino también el de una organización social y económica donde no
122 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL
sólo interesa la producción sino también, y en especial modo, la protec-
ción de los consumidores. Todos somos en definitiva consumidores en la
democracia capitalista.
A estos aspectos se ha referido también con agudeza Daniel Bell al es-
cribir sobre la estructura de la sociedad post industrial, donde el Estado
no aparece ya en un papel hegemónico sino arbitrando y canalizando el
conflicto. Planteos similares sobre el papel del Estado en el buen capita-
lismo son los realizados por Anthony de Jassay en su obra El Estado y
por parte de la doctrina alemana.
En su obra Para una política económica democrática, Bruno S. Frey
va al fondo de esta cuestión al interpretar el importante papel que juegan
las tendencias y preferencias de los consumidores en la decisión de la
política económica.
No es extraño por ese motivo que el nuevo Estado ponga énfasis en la
defensa del medio ambiente y de los consumidores.
En su obra Capitalismo vs. capitalismo, M. Albert coloca la discusión
en su punto planteando la opción entre un capitalismo meramente mer-
cantilista a un capitalismo con sentido social, contemplando al hombre
no como objeto sino como sujeto y actor fundamental de toda actividad
social, cultural, económica y política.
Subyace la idea de Kant: el hombre es un fin en sí mismo y no un me-
dio para otros fines.