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Capítulo sexto

EL ESTADO Y LA ECONOMÍA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
I. El Estado y la economía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87

II. El Estado capitalista . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 89


III. Propiedad y contrato . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 92

IV. Los contornos del Estado mínimo . . . . . . . . . . . . . . 93

V. Integración económica y Estado-nación . . . . . . . . . . . 95


VI. La economía y la sociedad: el mercado según Max Weber y
John Rawls . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 97
87

CAPÍTULO SEXTO
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA

I. EL ESTADO Y LA ECONOMÍA

Como se ha visto en los primeros capítulos, el Estado es un concepto com-


plejo, integrado por elementos que lo constituyen y que, según las distin-
tas teorías, puede explicarse desde un punto de vista descriptivo (Jelli-
nek), desde una posición que parte de la realidad social subyacente
(Heller) o desde un punto de vista jurídico (Kelsen), que podría interpre-
tarse como “reduccionista” habida cuenta de la identificación entre Esta-
do y derecho.
Ninguna de estas definiciones identifica al Estado con la economía.
Hay distintas razones para que esto sea así, comenzando por las razones
históricas que justifican el nacimiento de la idea de Estado en los tiem-
pos modernos.
El concepto de Estado pudo así identificarse con el derecho (KeIsen)
en cuanto ordenamiento del orden social pero, con respecto a la economía,
ha escrito Heinrich Heilbroner en su Introducción a los estudios económicos
que era considerada una materia muy útil para la educación de jóvenes
ingleses en el siglo XVIII.74
Claro está que las cosas han cambiado mucho desde entonces, y no es
necesario dar muchos argumentos ni fundamentos para demostrar la rele-
vancia que actualmente tienen las cuestiones económicas en las decisio-
nes políticas del Estado. El protagonismo de la política económica se re-
fleja en la actitud de los ciudadanos al decidir y en el protagonismo que
en casi todos los países tienen los ministros de economía o de Hacienda,
que antiguamente no eran sino meros funcionarios de segundo orden (teso-
reros) a quienes algunos reyes gustaban cortar sus cabezas, si las cuentas
no cerraban o no se recaudaba lo suficiente.

74 Heilbroner, Heinrich, Introducción a los estudios económicos, Barcelona, Ariel.


87
88 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL

En la actualidad, la economía importa no solamente en el plano de la


política interior de los Estados sino también en el plano internacional,
donde se observa cómo los bloques regionales cobran protagonismo en
favor del Estado-región y en desmedro del Estado-nación, cuya presen-
cia declina y, mucho más aun, la propia política internacional se refiere,
en grandes términos, a los problemas de la economía y del comercio.
Así ocurre que muchos textos que se refieren a la política y las rela-
ciones internacionales son libros donde se tratan problemas económicos,
como ocurre con las obras de Michael Porter,75 Alvin Toffler76 o Lester
Thurow.77
Esta realidad evidente ha elevado lo económico a tal relevancia en el
campo de lo político que algunos autores como Kenneth Arrows y A.
Downs han pretendido explicar el funcionamiento de los comportamien-
tos políticos a partir de las reglas y principios de lógica que gobiernan la
economía.
Esa tendencia al economicismo en el análisis de los problemas políti-
cos y jurídicos se ha difundido a partir de las ideas aportadas por la
Escuela del Análisis Económico del Derecho (A. E. D.) o del Law/Eco-
nomics, que tiene su punto de partida en la Universidad de Chicago, don-
de Coase y Posner sugirieron aplicar al derecho la lógica del mercado,
como superestructura que determina el comportamiento de las leyes y
conductas sociales. Con algunas pequeñas diferencias de matiz, esa co-
rriente ha sido expuesta por Guido Calabresi en la Universidad de Yale y
por el Premio Nobel de Economía, Gary Becker
Esa tendencia ha sido en gran parte alimentada por las corrientes filo-
sóficas analíticas que buscaron explicar una nueva teoría del derecho y
del Estado en los Estados Unidos en los años setenta, partiendo de una
justificación externa o moral de la legitimación del orden político y jurí-
dico del Estado. En ese sentido se destacan las obras de Robert Nozick y
Ronald Dworkin y, muy especialmente, la Teoría de la justicia de John
Rawls.78
Más allá de las posiciones filosóficas destinadas a construir una teoría
moral del derecho y el Estado que superara el formalismo de Keynes, las
75
Porter, Michael, Las ventajas competitivas de las naciones, Vergara.
76
Toffler, Alvin, Los cambios del poder, Barcelona, Plaza y Janés.
77
Thurrow, Lester, La sociedad del siglo XXI, Vergara.
78
Rawls, John, A Theory of Justice, Harvard University Press; Teoría de la justicia,
México, Fondo de Cultura Económica.
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA 89

circunstancias hicieron propicia la aparición de las corrientes ya mencio-


nadas, que ponen el acento en que es posible la organización social a
partir de las reglas económicas y del mercado como idea dominante. Sin
duda, ha sido Gary Becker quien más se ha destacado en ese sentido,
partiendo de un reduccionismo economicista que mucho tiene que ver
con los principios del modelo neoliberal o neoconservador, alentado en
los Estados Unidos, en tiempos de Ronald Reagan, y en Gran Bretaña, a
partir de Margaret Thatcher. El reduccionismo economicista ubica al
mercado en la categoría de un valor pretendiendo que la idea de eficien-
cia económica es aplicable a la idea de eficiencia que corresponde al
Estado, y que el ciudadano de un Estado se comporte en definitiva como
un homus economicus. Ha sido la doctrina europea, especialmente la ale-
mana, la que mejor ha rechazado esta idea aclarando que el Estado y el
derecho tienen su propia idea de eficiencia, distinta de la regla “costo-be-
neficio” en tanto su eficiencia depende de la realización de la libertad, la
igualdad y la justicia.79

II. EL ESTADO CAPITALISTA

En el punto anterior hemos rechazado la idea en cuanto a que la eco-


nomía constituya uno de los elementos del Estado, como el territorio, la
población o el poder, y hemos sostenido nuestro rechazo a las ideas re-
duccionistas que pretenden ordenar la sociedad a partir de criterios eco-
nomicistas.
Las tendencias norteamericanas actuales del public choice del Law &
Economics, del Property Rights, basan ese economicismo reduccionista
en el mercado y en el sistema capitalista como fundamento ideológico
del nuevo modelo neoliberal, pero también ha sido en gran parte el mar-
xismo, en su tiempo, una ideología reduccionista en materia económica
al pretender basar la organización social y el papel del Estado en el pro-
blema de la posesión de los medios de producción y en la plusvalía para
sostener una dictadura de los trabajadores (proletarios), identificando a
los mismos con el concepto de pueblo.
La política —y la historia según la influencia hegeliana— tiene para
Marx como protagonista principal a la lucha de clases por la propiedad

79 Duverger, Maurice, op. cit., nota 65.


90 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL

de los medios de producción, entendiendo que la división social en clases


está condicionada por la denominada división internacional del trabajo.
La historia también ha demostrado que ese reduccionismo marxista ha
sido insuficiente para explicar la complejidad de las relaciones políticas,
toda vez que su crítica sobre el capitalismo se limitó a un tiempo y lugar
determinados: la Inglaterra de mediados del siglo XIX.
Resulta así que las visiones economicistas reduccionistas sobre el
Estado y la organización social aparecen como francamente insuficientes
por un problema de enfoques.
Cada ciencia del saber humano tiene su propio objeto de conocimien-
to y sus propias reglas, más allá de que el campo de aplicación pueda ser
el mismo. Un mismo hecho social puede así ser analizado desde distintos
puntos de vista por el derecho, la economía o la sociología.
La economía tiene por objeto estudiar cómo administrar recursos limi-
tados frente a necesidades humanas ilimitadas, en tanto que el objeto del
derecho es el ordenamiento social a través de normas jurídicas y la fun-
ción del Estado la organización de la comunidad política.
Desde esta perspectiva, y ya que nos hemos acercado más al proble-
ma, podemos decir que el Estado, al organizar la vida social, debe tener
en cuenta qué sistema económico adopta para administrar y distribuir los
recursos (escasos).
Es así que los modelos opuestos que se conocen en esta materia son
principalmente dos:
a) Reconocimiento y protección jurídica de la propiedad privada con
posibilidad de transferirla y principio de libertad en las relaciones
económicas: es lo que se conoce como sistema capitalista o de eco-
nomía de mercado.
b) En el otro extremo, se ubican los sistemas de economía central o
planificada, donde no hay propiedad privada sino propiedad públi-
ca o colectiva, y donde no rige el mercado como sistema de asig-
nación de recursos, sino que el Estado también cumple esa tarea.
El ejemplo típico ha sido el comunismo.

La pregunta que cabe hacerse es si existe alguna correspondencia en-


tre el sistema político que adopta un país y su modelo económico o si,
por el contrario, se trata de cosas independientes. Años atrás, destacaba
Maurice Duverger que, entre la forma de gobierno democrática y la eco-
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA 91

nomía de mercado como sistema de organización económica, existía una


directa vinculación que sería la lógica consecuencia de que ambos siste-
mas priorizan a la libertad como valor fundamental: la democracia privi-
legia la libertad política y la participación y la economía de mercado pri-
vilegia la libertad y la libre iniciativa individual.80
Puede afirmarse que esa tesis de Duverger ha quedado demostrada en
los informes de la Organización de las Naciones Unidas, donde puede
verse que las naciones que han alcanzado los mayores índices de progre-
so económico y de desarrollo humano (IDH) son aquellas —precisamen-
te— en las que se da una correlación entre sistema democrático y econo-
mía de mercado.81
La Constitución argentina de 1853 no contiene ninguna definición en
cuanto al programa económico que sostiene; no obstante ello, puede rei-
terarse con fundamento que su modelo es liberal, tal como lo expresa
Juan Bautista Alberdi tanto en su libro Bases escrito para alentar la san-
ción del texto constitucional, como en el Sistema Económico y Rentístico
escrito después de sancionada la Constitución, con la idea justamente de
interpretarla.
Alberdi era un liberal de su tiempo, lo que no debe confundirse con la
versión que pretende ubicarlo como un economista que sólo creía en el
mercado. Por el contrario, sin perjuicio de su encendida defensa de la li-
bertad económica, pugnaba porque un Estado fortalecido cumpliera pa-
peles muy claros y específicos en favor del progreso y del bienestar, de
la instrucción pública, de la Ilustración y de la inmigración europea.
Los artículos 20, 25 y 75, inciso 18, son los que mejor resumen el
pensamiento alberdiano en materia de política económica constitucional,
así como también los referidos a la libre circulación de personas y mer-
caderías, a la libertad de comercio, industria y navegación y a la elimina-
ción de aduanas interiores, buscando conformar un solo mercado en el
territorio nacional (artículos 7o., 8o., 9o., 10, 11, 12, 26 y 75, inciso 13,
entre otros).
El modelo de la Constitución Nacional tuvo efectiva vigencia hasta
finalizada la segunda década de este siglo cuando el proyecto político de la
generación de los ochenta conformó un modelo económico agroexporta-
dor de tendencia liberal que resultó exitosa.

80 Dalla Via, Alberto R., Transformación económica y seguridad jurídica, 1994.


81 Vanossi , Jorge Reinaldo A., op. cit., nota 38.
92 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL

El periodo más exitoso en lo económico de la Argentina coincidió, de


tal modo, con el periodo de mayor acatamiento a la Constitución Nacio-
nal. A partir de mediados de la década de los años veinte y, sobre todo, a
partir del quiebre institucional que significó la revolución encabezada por
el general Uriburu que en 1930 derrocó a Hipólito Yrigoyen de su segun-
da presidencia, comienza una etapa de fuerte intervencionismo estatal en
la economía, tendencia que se incrementa especialmente a partir de 1945.
El Estado comienza a tomar un papel activo y a ocupar el centro de la
escena económica. A partir de la recuperación democrática en 1983 y,
con mayor énfasis, a partir de los años noventa, comienza la denominada
“Reforma del Estado”, que supone el desandar del modelo anterior para
retomar el modelo neoliberal. Sin embargo, no son pocos los autores que
refutan que se esté en presencia de un modelo neoliberal, ya que el mismo
supone la aplicación de políticas asistenciales en materia social. Algunos
prefieren hablar simplemente de ajuste.
La Constitución Nacional reformada en 1994 ha otorgado una direc-
ción social y de desarrollo humano al modelo capitalista.
Sobre ese punto nos referiremos en el capítulo siguiente.

III. PROPIEDAD Y CONTRATO

El modelo capitalista, o de economía de mercado, se cimenta en algu-


nas instituciones fundamentales como la propiedad y el contrato, y en la
idea de la libertad como principio fundamental. Sin ellas, el mercado no
podría funcionar.
Para Locke la propiedad es un derecho fundamental anterior al Estado,
para Rousseau su consideración como derecho surge del contrato social.
Para el racionalismo francés, en general, la propiedad como derecho cana-
liza la posibilidad de acceso de la burguesía ilustrada a una riqueza que
hasta entonces se reservaba al clero y a la nobleza. La propiedad así enten-
dida no sólo comporta la posibilidad de acceder a la misma por otras for-
mas fuera del nacimiento o la herencia, sino también su inviolabilidad, es
decir, la seguridad en su disfrute.
En la Constitución de los Estados Unidos existe una cláusula de los
contratos (artículo 1o., sección 10). En nuestro derecho, su regulación
surge del Código Civil (artículo 1137). En la República Argentina, en
materia contractual, rige el principio de la autonomía de la voluntad (ar-
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA 93

tículo 1197) conforme al cual lo estipulado por las partes en un contrato


tiene valor de ley, excepto en los casos en que se vean controvertidas
normas de “orden público”.
En el sistema de libre mercado debe existir la protección jurídica del
capital, la renta y su acumulación. También el Estado debe asegurar la
posibilidad de transferencia de la riqueza y del capital y ello se realiza a
través de la institución jurídica del contrato.
Desde antaño, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha sentado
una jurisprudencia de amplia protección de la propiedad y de los contra-
tos. En algunos periodos, el alcance de esa protección se ha visto restrin-
gido por aplicación de la llamada “doctrina de la emergencia”.

IV. LOS CONTORNOS DEL ESTADO MÍNIMO

En el modelo de Estado liberal individualista de derecho, también de-


nominado Estado liberal burgués o Estado liberal clásico, las funciones a
ejercer por el Estado debían reducirse al mínimo indispensable, dando así
lugar a la concepción del Estado gendarme, reducido prácticamente a
una función de seguridad, defensa y vigilancia para que fuera el princi-
pio de la libertad individual el que marcara el tono o la pauta de las rela-
ciones sociales y económicas. La igualdad, en el Estado liberal clásico,
se reduce a igualdad formal o igualdad ante la ley. El Estado garantiza
las libertades y los derechos a través del Poder Judicial, con una actitud
abstencionista por parte de los poderes públicos.
Predomina en los orígenes estatales la idea de abstención, de no in-
tervención, o de obligación negativa. Los poderes públicos sólo deben
realizar las competencias específicas indicadas en la Constitución y en nin-
gún caso ir más allá. En esa etapa, el denominado poder de policía, con-
sistente en la facultad del Estado de reglamentar y restringir los derechos
fundamentales basándose en el interés general, se limita exclusivamente
a los casos en que se encuentren comprometidas la seguridad, la salubri-
dad y la moralidad pública.
A partir de la década de los años veinte en nuestro país se va confor-
mando paulatinamente la etapa del denominado Estado benefactor, que
durará hasta los ochenta, y que consiste en una mayor intervención esta-
tal en la economía y en el campo social, acompañada de un proceso de
mayor participación ciudadana en la vida política, con la instauración del
94 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL

sufragio universal a partir de la ley Sáenz Peña y la legalización de los


sindicatos y los partidos políticos, otrora excluidos en una democracia
clasista, con connotaciones oligárquicas, donde hasta entonces había pre-
dominado el voto secreto y no pocas veces el fraude.
En La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset describió con clari-
dad —y con preocupación— los cambios sufridos en la Europa culta de
principios de siglo, como consecuencia de la participación política de los
nuevos grupos.
Hermann Heller ha explicado el tránsito del Estado liberal de derecho
(Estado gendarme) al Estado social de derecho (Estado benefactor) como
un aggiornamento surgido de una necesidad: la democracia formal debía
dar una respuesta frente a los totalitarismos de izquierda (socialismo y
comunismo) y de derecha (fascismo y nacional-socialismo) que lo ja-
queaban a través de políticas que ponían el acento en las “conquistas so-
ciales”.
En el plano jurídico-formal, la Constitución de México de 1917 y la
Constitución alemana de la República de Weimar dieron nacimiento a lo
que se conoce como el constitucionalismo social.
El constitucionalismo liberal es al Estado liberal de derecho, lo que el
constitucionalismo social es al Estado social de derecho. El constitucio-
nalismo social aparece en nuestro país en 1957, con la incorporación del
artículo 14 bis que consagra los derechos individuales y colectivos de los
trabajadores, reconoce la organización sindical libre y democrática y
consagra el derecho de huelga, además de establecer los principios de la
seguridad social, entre otros aspectos.
Los partidos políticos fueron reconocidos por ley, pero debieron espe-
rar hasta la reforma de 1994. La Constitución histórica de 1853 no los
contempló, porque no eran un factor organizado en la sociedad y porque
se desconfiaba de todas las facciones que pudieran quebrar la libre parti-
cipación individual en la base democrática.
Los partidos políticos van irrumpiendo como un hecho de la realidad a
finales del siglo pasado. El autonomismo se desprende del viejo partido
Federal y de allí salió la Unión Cívica, embanderada detrás de Mitre en
1890. El primer partido político conformado como tal fue el Partido So-
cialista fundado por Juan B. Justo y José Ingenieros en 1894. Leandro N.
Alem fundó la Unión Cívica Radical, en disconformidad con la política
acuerdista seguida por Mitre frente a Roca y al orden conservador.
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA 95

No es posible en nuestros tiempos imaginar el funcionamiento demo-


crático sin la existencia de los partidos políticos. Es a través de los nue-
vos partidos donde se canaliza la participación y la elección, propuesta
por el sufragio.
En nuestro país los partidos tienen el monopolio legal para ofrecer
candidaturas al electorado. El paso del Estado gendarme al Estado bene-
factor significó una verdadera ampliación en la dimensión del Estado por
las nuevas tareas asumidas.
La mera obligación de abstención o vigilancia propia del Estado li-
beral clásico pasó a ser una obligación activa de tipo progresivo donde
el deber estatal pasó a ser el de remover los obstáculos que impidan la
realización de la igualdad y de la justicia social. Así como el Estado li-
beral puso el acento en la libertad, el Estado social puso el acento en la
igualdad.

V. INTEGRACIÓN ECONÓMICA Y ESTADO-NACIÓN

Una de las consecuencias que resultan de la relación ya mencionada


entre economía y Estado son los procesos de integración económica, co-
mo una respuesta a la globalización de la economía, en busca de merca-
dos ampliados que protejan el comercio internacional. La denominada
Ronda Uruguay del GATT y la mayor intervención del Estado benefac-
tor o Estado empresario creó la necesidad de perfeccionar los sistemas
políticos de control para mantener el necesario equilibrio entre el nuevo
y acrecentado poder estatal y los derechos y garantías de los ciudadanos.
La crisis económica mundial de los años setenta o “crisis del petróleo”
puso en el banquillo de los acusados a un Estado benefactor que no po-
día pagar el costo económico de las demandas sociales: vivienda digna,
pleno empleo, sistema de seguridad social. Sobrevino entonces la crisis
del Estado benefactor impotente ya para sentir las demás críticas, como
lo grafica el ingenioso título del politólogo español Ramón García Cota-
rello: Del Estado de bienestar al Estado de malestar.
Como ya hemos explicado, la reacción neoliberal o reconservadora se
vio en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, principalmente, pero
fue el economista F. Hayek, de la denominada Escuela de Viena, quien
acuñó el término neoliberalismo, como una vuelta al liberalismo clásico;
pero recibiendo los aportes del Estado social para corregir las injusticias
96 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL

de los excesos del capitalismo y de la pura aplicación del mercado como


principio.
En los Estados Unidos, Robert Nozick publicó su libro Anarquía,
Estado y Utopía que se convirtió en un nuevo clásico de la literatura filo-
sófica y política, esta vez para fundar una total vuelta atrás. Desde una
perspectiva contractualista, Nozick lleva aun más allá la idea del Estado
mínimo para proponer un “Estado ultramínimo” cuyas funciones se limi-
tan sólo a lo indispensable, porque parte de la premisa de que toda inter-
vención genera distorsiones. El Estado ultramínimo, desde esa posición,
se asemeja al ejemplo dado por el propio autor de cuando un grupo de
vecinos de un barrio se deciden a formar una empresa de vigilancia para
su seguridad personal.
Una de las consecuencias que resultan de la relación ya mencionada
entre economía y Estado son los procesos de integración económica, co-
mo una respuesta a la globalización de la Economía, en busca de merca-
dos ampliados que protejan el comercio internacional. La denominada
“Ronda Uruguay del GATT y la creación de la Organización Mundial de
Comercio (OMC) se orientan en esa dirección.
El paradigma de la integración económica ha sido la conformación de
las denominadas comunidades europeas a partir del fin de la Segunda
Guerra Mundial, comenzando por la Comunidad del Carbón y el Acero
(CECA) y siguiendo por el Tratado de Roma, que dio nacimiento a la
Comunidad Económica Europea (CEE) y del Euratom, unificando las
instituciones de las tres comunidades, para pasar a un grado más avanza-
do de integración supranacional con el Tratado de Maastrich de 1992,
que dio nacimiento a la Unión Europea.
La Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay han suscripto el Tratado de
Asunción que se propone la conformación del Mercosur como una unión
aduanera y, más adelante, con un mercado común, conforme su propia
denominación.
En otras partes del mundo también se han celebrado acuerdos de inte-
gración, como ocurre con los países del Sudeste Asiático, los países del
área del Caribe y el acuerdo del NAFTA, entre Estados Unidos, Canadá
y México.
Si bien se registran procesos de integración y de internacionalización
del derecho en otros campos, como el de los derechos humanos, es prin-
cipalmente a partir de la integración económica donde aparece el nuevo
fenómeno político de la integración.
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA 97

La búsqueda de espacios económicos ampliados en orden a la forma-


ción de bloques, ha producido una pérdida de presencia internacional del
Estado-nación en términos tradicionales, para que cobre protagonismo el
bloque o región como mero actor o sujeto de la política internacional.82
En algunos de estos acuerdos regionales existen organismos de carác-
ter supranacional que toman decisiones que son de aplicación directa en
los Estados (derecho derivado) como ocurre con el Parlamento europeo
con sede en Estrasburgo, la Comisión Europea con sede en Bruselas, y la
Corte de Luxemburgo.
En América Latina, en el ámbito de los derechos humanos, la Conven-
ción Americana de Derechos del Hombre o Pacto de San José de Costa
Rica ha establecido una corte con facultad para revisar las decisiones de
los tribunales supremos de los distintos Estados parte.
Por ese motivo, muchos autores hablan en nuestros días de la “crisis del
concepto de soberanía”, en alusión a que el viejo concepto acuñado por
Bodin como: la cualidad esencial y perpetua de una República, se encon-
traría en declinación por la pérdida de vigencia y gravitación de los Esta-
dos nacionales en el orden internacional. Se propugnó de ese modo el paso
dado desde un Estado de derecho hacia una comunidad de derecho.
Es de destacar, sin embargo, que el concepto de supranacionalidad no
significa la sumisión de un Estado a una orden superior en términos de
jerarquía, sino la determinación de ámbitos o materias específicas en que
el Estado decide —voluntariamente— y en pleno ejercicio de su sobera-
nía delegar competencias en determinados temas (por ejemplo en materia
aduanera o fiscal). El propio Bodin en sus Seis libros sobre la República,
destinado a fortificar la monarquía, entendía que una de las limitaciones
a la soberanía estatal eran los compromisos asumidos por el monarca en
el plano internacional, habida cuenta de que nada es más soberano que
ese compromiso.

VI. LA ECONOMÍA Y LA SOCIEDAD: EL MERCADO


SEGÚN MAX WEBER Y JOHN RAWLS

En este capítulo nos hemos referido no solamente a la relación entre la


forma de gobierno y el sistema económico, sino también nos hemos preo-
82 Dalla Via, Alberto R., “Hacia la Constitución supraconstitucional”, publicado en
La Ley del 13 de septiembre de 1996.
98 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL

cupado por exponer algunas teorías reduccionistas que pretenden redu-


cir el análisis de la función estatal a una visión economicista del mis-
mo. Entendemos que una visión sobre el Estado de esas características
no sólo es reduccionista, sino también parcial y que se funda en posi-
ciones ideológicas y no instrumentales sobre la función que el Estado
debe cumplir. Así ocurre con el reduccionismo marxista del Estado in-
tervencionista, productor y distribuidor en lo que se denomina econo-
mía central o estatista, y así ocurre también con las posiciones extremas
que entendieron como única función estatal legítima la de asegurar el fun-
cionamiento del mercado. Robert Nozick, al expresar la teoría del Estado
ultramínimo, aparece como uno de los principales teóricos de esa corriente
fundada en una evidente concepción liberal.
Por ese mismo motivo hemos realizado nuestra crítica a las denomina-
das escuelas del public choice, del Law & Economics y de los property
rights, que han realizado importantes aportes teóricos pero cuyo planteo
consideramos estrecho para formular una teoría integral del derecho y
del Estado.
Ahora bien, si atendemos a la relación política fundamental entre el
Estado y la sociedad, advertiremos que un reduccionismo economicista
sobre la función del Estado implicará —necesariamente— también una
visión economicista sobre el comportamiento social. Así, los teóricos que
fundamentan la idea del Estado como un policy market, es decir, como
una supraestructura destinada a asegurarse que el mercado funcione, pro-
curando reducir los factores distorsivos, y visualiza una función del dere-
cho destinada a superar las externalidades y los costos de transacción,
creen que es posible fundar el orden social sobre la base del mercado.
Criticamos esa idea por entender, como ya expresamos anteriormente,
que parte de una idea de eficiencia aplicable al campo de la economía so-
bre la base de la regla costo-beneficio, muy diferente a la idea de eficien-
cia en el campo de la política estatal, relacionada con el adecuado fun-
cionamiento de la justicia y la maximización de la libertad y la igualdad.
En su clásica obra Economía y sociedad, Max Weber, uno de los auto-
res más importantes en el campo de la sociología, dedica varios capítulos
a describir las distintas formas de agrupamiento humano, partiendo de
las organizaciones tribales, las sociedades mágicas y religiosas. Al refe-
rirse al mercado le dedica unas muy pocas páginas, circunstancia que
contrasta claramente con la larguísima extensión de la obra referida. Allí,
Max Weber explica que los mercados eran ámbitos que se situaban en
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA 99

las afueras de las ciudades donde los comerciantes acudían de manera


transitoria a ofrecer sus mercancías y donde los habitantes del pueblo
concurrían a comprar. De las negociaciones surgiría el precio de los pro-
ductos.
Enfatiza el autor que el único vínculo entre tales oferentes y deman-
dantes era el regateo, de donde puede concluirse que el mercado no re-
vestía para Weber la categoría de una organización social.
No se desprende de sus páginas una sola línea que pretenda fundar las
relaciones sociales sobre la base del mercado.
En su Teoría de la justicia, John Rawls toma la clásica idea expuesta
por Adam Smith en su Investigación sobre la causa de la riqueza de las
naciones sobre la llamada mano invisible del Estado para intentar una
explicación racional de la misma.
Como se sabe, Adam Smith sostuvo que las relaciones económicas se-
rán tanto más eficientes cuando fuera la regla de la oferta y la demanda
la que las guiarán. En el ambiente de la Escocia puritana en que Smith
escribió su célebre tratado, a la manera de un libro de filosofía y no pro-
piamente como una obra de economía, el dejar que las relaciones econó-
micas se autorregulen por la llamada “mano invisible” las acercaría al
ideal, al óptimo posible.
Esta regla de la mano invisible del mercado ha tenido general acepta-
ción como la regla de oro básica del pensamiento liberal. Los franceses
lo escriben como “laissez faire, laissez passer” y en tales términos lo tra-
dujo Juan Bautista Alberdi en su introducción al Sistema económico y
rentístico (dejar hacer, dejar pasar).
Al intentar una explicación o formulación racional de la mano invisi-
ble, John Rawls apela a distintas teorías, entre ellas a la denominada
“teoría de los juegos”, buscando definir el óptimo en la decisión racional
y la decisión más eficiente, entendiendo por esto último la que otorga el
mayor beneficio.
La concepción de John Rawls se antepone así a la de su contemporá-
neo Robert Nozick, que sigue la regla del autointerés o la autosatisfac-
ción individual. Para Rawls, en cambio, toda vez que sea racionalmente
posible, entre dos opciones debe optarse por aquella que otorgue el ma-
yor beneficio social, entendida ésta como la solución más eficiente.
En el Congreso de la Asociación de Constitucionalistas Italianos, cele-
brado en Ferrara (1991) sobre el tema Economía y Constitución, el relator
profesor Giuliano Amato, propuso la incorporación del mercado como
100 TEORÍA POLÍTICA Y CONSTITUCIONAL

un valor constitucional. La propuesta del jurista demócrata-cristiano, lue-


go primer ministro, era interesante en cuanto se buscaba la fijación de lí-
mites para la regulación de un mercado responsable evitando abusos y
distorsiones como los monopolios. La propuesta fue sin embargo rechaza-
da, por entender la mayoría de los críticos que el mercado era un concepto
económico, “el ámbito de concurrencia de la oferta y la demanda”, y no
un concepto jurídico. Se entendía que lo que correspondía a la Constitu-
ción regular y al Estado era, en realidad, lo que ya estaba el principio de
libertad económica, la libre participación, la inviolabilidad de la propiedad
privada, la autonomía contractual y el reforzamiento de las garantías.83
En el marco conceptual de las ideas expuestas nos sumamos a lo ex-
presado por el gran escritor y pensador mexicano Octavio Paz: “El mer-
cado es apto para fijar precios, pero no para fijar los valores sociales”.

83 “Quaderni Costituzionali”, Rivista Il Mondo, Papua, Giufrè, 1991.

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