GONZÁLEZ SUÁREZ, Mario
GONZÁLEZ SUÁREZ, Mario
dista y editor; obtuvo el Premio Nacional de Literatura «Gilberto Owen» de 1997 por El libro de las pasio-
nes y el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares de 2001 otorgado por la Universidad Autónoma
de Ciudad Juárez, ganando además el año siguiente el Premio Internacional de relato Emecé/Zoetrope.
Director y fundador de la Escuela Mexicana de Escritores (EME), y asiduo colaborador del diario Milenio;
tiene obra traducida al inglés, francés, alemán y esloveno
Su novela De la infancia (1998) fue adaptada al cine por el director mexicano Carlos Carrera en 2010. Tras
su labro editora en Paisajes del limbo: Una antología de la narrativa mexicana del siglo XX (Tusquets, 2001
y 2009), entre sus otras obras narrativas en relato y novela no citadas cabe destacar: Marcianos leninistas
(Tusquets, 2002), Nostalgia de la luz (Tusquets, 2003), Dulce la sal (Pre-Textos, 2008), A wevo, padrino
(Mondadori, 2008), Faustina (Era, 2013) y Verdever (Era, 2016).
Con los 13 relatos reunidos en El libro de las pasiones (1997) González Suárez se adentra por los senderos
sombríos y oscuros de la condición humana para indagar en la maldad y la frustración de seres que, ante
su inevitable soledad, pero aguijoneados por el insoslayable deseo, cometen crímenes, traicionan, blasfe -
man y encuentran en el odio una justificación para su vida. El autor muestra su capacidad de moldear el
lenguaje para que se acomode a cada personaje, la situación y el tono que quiere imprimir, hasta el punto
de parecer que cada cuento tuviera una autoría, pudiendo quizá destacarse, sin desmerecer otros: "Días
de asueto", "Los pecados de Dios", "Crónica desde un cuarto oscuro", "Los Arcadia" y "Hechos de Néstor".
Marcianos leninistas (2002), el que quizá sea hasta ahora su más ambicioso, original y delirante libro de
cuentos, que bien podría considerarse una novela en relatos, constituye una especie de enciclopedia de lo
extraterrestre contada como literatura fantástica o, para el que descrea absolutamente de los ovnis, un
paso hacia a otra realidad que, parodia ésta en que nos movemos. Se narran una serie de avistamientos
ocurridos en la línea imaginaria que iría de Moscú a Ciudad de México; pero, en lugar de notificar “Hous-
ton, tenemos un problema”, el narrador nos cuenta una serie de encuentros reveladores mientras se pre -
gunta incluso quiénes son en realidad los habitantes del planeta rojo: si los comunistas o sus propios veci -
nos de Matamoros, Tamaulipas; y, por tanto, si acaso ese mundo que nos vigila no es sino el de los primos
que habitan la colonia Lindavista, con lo que el autor levanta a orillas de la vida cotidiana una dimensión
paralela pero que intercepta con la primera, como lo demuestra: que haya espías soviéticos que vienen a
estudiar la política mexicana y estudiantes mexicanos que van a espiar a las bellezas rusas, exilios políticos
y deserciones de la KGB o desapariciones forzadas que podrían ser abducciones, teletransportaciones o
secuestros con fines científicos; auténticos marcianos encerrados por error en hospitales psiquiátricos y
falsos becarios mexicanos que se van a conocer Moscú a costa del gobierno ruso; autos importados a Mé-
xico de contrabando y platillos voladores que entran a hurtadillas en nuestro planeta, a la par que una
historia no oficial y fragmentaria de la relación entre humanos y alienígenas.
RELATOS: El goce blanco (p.1), Volutas (p.4), El símbolo de la muerte (p.9) y Amanecer de som-
bras (p.16).
EL GOCE BLANCO
Un día antes de la boda descubrió un poderoso hormiguero detrás de la casa. Le pareció ver el
sexo de su virginal prometida. Para difuminar tan perturbadora visión se concentró en seguir un
negro camino de hormigas que llegaba al muro, ascendía hasta la ventana y se prolongaba hacia la
alacena.
Por la tarde fue a pagar la dotación del vino y de la fruta, también revisó las mesas y pasó lista a
los criados. Preguntó por los músicos, sus amigos y su prometida... Nada le respondieron y él co-
rrió ciego de alegría a escoger una camisa.
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Dicen que al principio la fiesta fue muy hermosa, hubo mujeres, viudos, celosos, besos y borra-
chos. ¡Qué garbo el del novio! ¡De la novia qué inocencia! Mucha dicha, mucha envidia. Se expre-
saron augurios de prole y riqueza, bromas procaces...
Ella era el centro del mundo. ¡Cómo saber si la llevaba el esposo o éste la seguía! Su vestido de
boda la mantenía en vilo; parecía elevarse en albos giros durante el baile. De pronto se desvaneció.
Los convidados contuvieron el aliento al mirarla yacer en la hierba; de su cuerpo emanaba una
claridad y nadie advirtió que estaba oscureciendo. Ya no respira, dijo una vieja animosa. El médi-
co del pueblo hizo a un lado a la gente; atribuyó aquello a la agitación y el calor... El novio se
apresuró a tomarla en brazos y entrar en la casa.
Durante la noche, demasiado larga, los esposos no se atrevieron a estirar la mano y pasaron horas
observándose los trajes, quizá imaginando suavidades, lunares y delicias. Se temían porque se ad-
miraban. Ella se quedó dormida antes del amanecer, entonces él se animó a rozarle un hombro,
luego le besó el cabello y la cubrió con el edredón. Durante un rato la estuvo contemplando con la
intensidad de la primera luz del día. Le contrariaba su deseo y se llamó perverso por haber insisti-
do en comprar una cama redonda.
Habían decidido posponer el viaje de bodas, esperar el verano y juntar dinero para ir muy lejos. El
hombre salía de casa por las mañanas, saludaba a la gente, le sonreían algunas mujeres. Por las
tardes volvía ansioso. Llamaba a la esposa, la miraba y le quitaba algo de ropa. Ella era dócil, muy
bella, muy ella. Sin embargo, ya en el redondo lecho triunfaba su reticencia, sus manos se ponían
duras y se escondía bajo las cobijas. El marido se azoraba y nada podía contra la timidez de su
consorte. Tengo miedo, era el argumento invencible. Armado de paciencia, se dejaba amansar con
besos inocuos hasta que ahíto de un suave olor lo poseía el sueño.
En una tarde de vino, con disimulo propició una conversación donde le dijeron que no pocas vírge-
nes reaccionan así, su deseo las paraliza, las avergüenza, pero después ceden y las ilusionan los
hijos... Algún vanidoso sentenció que no era bueno presionar demasiado, pues el hombre se enoja
antes que la mujer se rinda.
Pensó que sería fácil proponerse indiferencia, no pensar en su cuerpo ni su aroma durante el día.
Quiso conjurar sus obsesiones con el trabajo. Pero no dejó de ser atento ni cariñoso e insistía con
tacto cada tres o cuatro noches en su anhelo.
Al poco tiempo tuvieron un perro, se amaban, recogieron un gato, compartían silencios. La casa
era grande, la escalera de caracol, mucho sol por la tarde...
Una noche, el hombre, optimista, volvió con un regalo para su esposa. No la encontró en la cocina,
la biblioteca ni la alcoba. Los criados se habían ido y el perro andaba en el bosque. El hombre se
preocupó y miró en el sótano, el armario y la terraza. Por último, salió con una lámpara al jardín.
Olía a verde y los insectos lo habitaban. Avanzó entre la hierba hasta la barda: al levantar la luz
vio un panal de avispas. Debajo del árbol alumbró una figura inquietante. Sintió miedo y no logra-
ba decidir si traer un cubo de agua o acercar fuego al cuerpo de su mujer. Las avispas todas esta -
ban posadas en su piel desnuda. Sus pupilas relumbraron, hipnotizándolo. Enseguida ella hizo una
cruz con el índice en los labios, tronó los dedos y en el acto los insectos volaron a su nido. Perma-
neció mudo ante la primera vez que veía la desnudez de su esposa, pelirroja.
Después no supo si la impresión de aquella noche había trastornado sus sentidos o en verdad algo
en la esposa había cambiado: brillaban sus hombros, su cuello, las manos. Notó mayor abundancia
en su cabellera, el aroma de su cuerpo seguía siendo agradable pero más espeso.
El marido observaba con devoción los movimientos de la mujer. Sin rencor reprimía su deseo,
esperaba resignarse a ser sólo testigo de la existencia de aquellas formas, convencerse de que mi-
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rarlas envueltas en la luz vespertina era casi una visión beatífica. Pero el simple paso del tiempo
trabajaba para disolver cualquier ascesis, para desenterrar la salacidad del esposo frustrado.
Un sábado festivo salieron de paseo con sus amigos y una tía indiscreta. Fueron río arriba hasta dar
con un pequeño valle rodeado de encinos. Al detenerse, en cada quien se formó la impresión de
que ese lugar ya lo habían visto en algún sueño. Extendieron el mantel en la hierba, sacaron de los
canastos la comida y el vino. Se refrescaron, comieron y después empezaron un juego de naipes.
Todos reían, daba lo mismo ganar que perder. Quizá por eso la tía comenzó a decir bromas pícaras
y entrometidas a los recién casados. Miró con displicencia al joven esposo y le dirigió una frase
preñada de malicia. El otro no entendió si aquello era burla o reproche. En silencio, reconoció que-
habían pasado varios meses desde su boda y no se cumplían los augurios de descendencia.
Animados por el crepúsculo y el vino, los demás propusieron un juego en el bosque. Al penetrar
en el laberinto de árboles, rápidamente unos a otros se perdieron de vista; les arrobaba la emoción
cuando surgían las voces y nadie sabía de dónde. Al marido le contrarió advertir que la risa de la
tía sonaba mucho. Quiso buscar a su esposa. Sin resultados, de pronto dio un paso y se encontró
fuera del bosque. En lontananza distinguió una silueta junto al cuadro blanco sobre la hierba. Miró
a su rededor: cerciorado de que nadie lo seguía, corrió hacia el mantel. El estupor le empañó la
visión de su mujer entregada a los insectos. No les importaban los restos del pan ni la fruta, venían
por ella. Temeroso de que volvieran los demás, se apresuró a incorporar a su esposa pero no se
atrevía a tocar su cuerpo lleno de bichos. Ridiculizado por el nerviosismo, recogió su ropa, luego
pensó en cubrirla con el mantel, finalmente gritó su nombre: la mujer volvió el rostro invadido
hacia él, flexionó las piernas y conforme se levantaba los insectos se iban zumbando.
Para cuando llegó el verano el marido había invertido su capital con los comerciantes del pueblo.
La operación era poco riesgosa y le redituaría ganancias con rapidez. Se convenció de que el otoño
aún sería buena época para viajar. La esposa estuvo de acuerdo en retardar de nuevo el viaje de
bodas, pero pidió a cambio que el hombre la dejara visitar a su familia por un par de días.
En la primera noche el marido no pudo dormir, tuvo frío y se arrepintió de haber hecho tratos con
los comerciantes. Durante la jornada anduvo preocupado, sin mucha atención en los negocios. Ex-
cesivamente cansado, sin cenar, volvió a la cama. Al poco rato percibió el olor de su esposa, estiró
la mano y tocó su hombro. Se excitó de inmediato al palpar esa carne con la nueva consistencia
que tenía. Rasgó el camisón de la amada sintiéndose caer en un abismo. El cuerpo de ella era más
grande que la noche. Consideró que no debía tomarla sin hablarle. Tu carne huele a resurrección,
tu materia es como la de los justos y los ángeles. No me importa si gozarte produce un cataclismo,
la condenación de los hombres es un precio ínfimo si alcanzo a arder en tu llama... Sus propias
palabras lo despertaron. Comenzó a llorar en la oscuridad. De pronto le acometió una risa insana.
Desnudo bajó hasta el jardín. Advirtió un cordón de hormigas en la tierra: tal vez por la luz del
cielo todas eran blancas. Se paró en el hormiguero mirando su orificio, donde cayó el mercurio del
hombre. ¡Qué metal! ¡Qué fuerza! ¡Qué agua!
Por orgullo llegó a desistir por completo de tocar a su esposa, siempre graciosa y dulce. Aún más
le desasosegaba que ella jamás profería una palabra de rechazo ni un gesto áspero. Así, al hombre
alternadamente le acometían accesos de rabia y de culpa. La miraba pasar en silencio, contemplaba
sus pies y creía que el deseo era una impiedad. Comenzó a considerarse impuro, marcado por una
suciedad indeleble. Ni siquiera se atrevía a interpelar a su virgen.
Ya no volvía a casa al atardecer, se demoraba con sus amigos hasta muy tarde. Procuraba no hacer
ruido al subir a la alcoba. Toda concupiscencia es una invocación a la muerte, repetía cada noche,
como una oración, antes de acostarse junto a ella.
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Cierta vez fue solo a beber a una taberna. No salió hasta que lo echaron pero no deseaba regresar a
la casa y decidió deambular por el bosque. De pronto, un enjambre de luz lo distrajo de sus tor -
mentos. Al levantar la cabeza descubrió miríadas de puntos luminosos entre los árboles. Se frotó
los ojos, extrañado, seguro de que no había pagado vino barato. Observó que las luces, al cabo de
un rato, parecían ordenarse y tomar una dirección hacia el río. Sucumbió a la tentación de seguir -
las. De tal forma alumbraban que el hombre podía caminar sin tropiezos. El sitio donde se concen-
traron semejaba un santuario, y allí, el infinito cónclave de lámpiros borraba cualquier vestigio de
la noche. La luz le pareció aterradora. Deslumbrado, se postró de rodillas ante la imagen.
Así estuvo hasta que sopló un vientecillo y las luces comenzaron a huir, o a apagarse. El cuerpo de
la mujer temblaba, lo cubría una sustancia plateada, viscosa, sanguínea. Al hombre, embotado, los
sentidos apenas le sirvieron para advertir que amanecía. Después, quizá en un intento de huir del
miedo, de no perder la razón, se le ocurrió ir a buscar al médico. No supo qué decir, únicamente
repetía que su esposa se encontraba herida. El viejo pensó que estaba ebrio, pero accedió a acom-
pañar al esposo hasta el punto que señalaba. Cuando él se convenció de que allí no había más que
árboles y pájaros, fue corriendo hacia la casa. Hallaron a la mujer dormida en la cama.
Al finalizar las auscultaciones el médico reprendió afectuosamente al hombre: la esposa no tenía
fiebre ni mal alguno, era él quien podía indisponerse por tanto trabajo, desvelo y bebida.
Por la noche, en un acto de humildad, el marido se quitó la ropa, se examinó ante el espejo con
absoluta sumisión: Sólo soy un hombre. Cuando miró las piernas de la mujer admitió que había
sentido celos de las luciérnagas. Evocó su adolescencia, los años en que era testarudo. Volvieron
sus pensamientos mezquinos y le dieron valor para levantar las cobijas.
Amaneció el Domingo. El hombre había salido temprano a caminar, a meditar si era dichoso o
desgraciado. La resistencia de la noche reciente había herido su paciencia. Pensó en irse, en un
hijo, en su esposa... Quiso imaginarse junto a otra mujer sólo para darse fuerza. Volvió a la casa
con el perro por delante. No olía a comida, la puerta estaba abierta. Le enfadó imaginar que a su
mujer la encontraría nuevamente en el jardín. Por alguna razón abrió un cajón de la alacena. Cami -
nó despacio y sin dificultad distinguió a su mujer tirada en una esquina. Le asombró descubrir que
las hormigas ya eran rojas, infinidad de ellas corrían por la piel lisa de su esposa. Por primera vez
no pensó en levantarla. Percibió que desde lejos venían más insectos... Cuando la cubrieron, del
hormiguero rojo salió la reina: llevaba un grano blanco en la cabeza y sin prisa avanzó hacia la
entrada de la virgen.
VOLUTAS
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-¿También entre los musulmanes? -dijo Aída al tiempo que se cubría con una toalla como si tuvie-
ra frío, aunque en verdad, por acto reflejo, se estaba ocultando de una lagartija que la contemplaba
desde un tronco seco.
-No, ellos se circuncidan en una ceremonia a los trece años... -Yuri subió el otro pie al asiento,
abrazó sus piernas y colocó el mentón sobre las rodillas-. Va a llover, Aída; llama a los muchachos
y atajémonos en la tienda grande.
Aída no se movió, apenas desvió la mirada para observar cómo entre los muslos de Yuri se asoma-
ban dos frutos rosados. De súbito él se levantó y agitó los brazos para llamar a los niños. De nuevo
Aída le miró el sexo como si fuera la primera vez, con entusiasmo y falso pudor. Cuando se apro-
ximaron los chicos, Yuri les ordenó recoger sus pertenencias y entrar a la tienda. Respondieron
afirmativamente pero enseguida volvieron a meterse a las olas. Al contemplar sus ágiles cuerpos
en movimiento Yuri se repitió que ambos eran muy hermosos; desde allí su piel se veía plateada,
le parecieron dos delfines saltando. Un viento alto había alto había disuelto las nubes. Más tarde
les dio frío y corrieron hacia su madre para pedirle toallas. Entonces Yuri los percibió aún más
bellos, dando saltitos, tiritando y con los brazos pegados al tronco, cubriéndose el pecho. Mientras
Aída los secaba amorosamente Yuri no pudo evitar la risa ante la imagen del pequeño pene de
Ricardo rodeado por una cinta blanca. Fue a la tienda por su cámara y le tomó una foto bajo el sol
rojo de las seis.
Ella nunca había estado en una playa nudista y Yuri adoptó un tono de broma cuando le propuso ir
a una pequeñísima isla escondida al sur de Puerto Solar. En verdad no creyó que aceptara pero le
hizo la invitación sólo para divertirse con su reacción escandalizada.
Unos días antes habían operado a su hijo Ricardo, y eso inició en Aída obsesiones y ansiedades en
otro tiempo ajenas a ella. Quizá fue precisamente la alteración psíquica de Aída lo que le permitió
acceder de inmediato y con gusto a hacer el viaje.
Yuri había dado con la isla por azar, durante unas vacaciones con su primera esposa; de eso hacía
por los menos diez años y cinco desde la última vez que la visitó con la intención de fotografiar en
la playa, desnudas, a unas modelos. Tomó muchas fotos, no sólo de sus amigas sino de varios ex -
tranjeros que habían llegado hasta la isla para asolearse en cueros, y al descubrir la cámara, hom -
bres y mujeres, lejos de mostrar inhibición, se acercaron y se dejaron retratar como animales salva-
jes. La isla tiene un poder de sugestión que anima a sus visitantes a despojarse de la ropa para re-
cobrar por un momento el paraíso, aunque el paisaje sea un tanto desértico.
La isla es como una colina que sale del mar, parece una joroba de tierra, y si se sube a la parte más
alta es posible abarcar con la mirada todo su perímetro, borroneado en algunos puntos por la vege -
tación. No hay vendedores de frutas ni puestos de alimentos o bebidas. Se debe ir completamente
avituallado y, si no se cuenta con embarcación propia, contratar los servicios de algún lanchero
que lo deje a uno en el improvisado muelle, y luego regrese en un plazo convenido para transpor-
tarnos de nuevo a tierra firme.
A las pocas horas de haber llegado, ya instaladas las tiendas de campaña y dispuesto un sitio para
el agua y la comida, sin siquiera una sugerencia, Aída y sus hijos se sacaron la ropa y se metieron
a nadar. Yuri quedó un poco perplejo por la naturalidad con que Aída se había desnudado frente a
los niños. No pudo evitar considerarse ridículo cuando desde el agua ellos lo llamaban a jugar y él
mostraba cierta timidez.
Durante la breve navegación, el lanchero les había informado que no arribarían más visitantes a la
isla hasta dentro de tres días, así que ahora tenían el lugar para ellos solos, y Yuri lo aprovecharía
cazando con su cámara los movimientos de Aída y los niños. Al contemplar sus figuras esbeltas,
los apéndices suaves de los pequeños -el del mayor con el gracioso anillo blanco de esparadrapo-,
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las perfectas uñas de sus pies, las algas del pubis de Aída, los largos tirabuzones negros de su ca-
bellera, sus mamas firmes y las piernas fuertes, recordó las creencias talmúdicas del hermano de su
madre sobre el troquel con que el Santo acuñó a todos los hombres y por eso la carne puede ser un
recipiente de la belleza, el tabernáculo que repite las gloriosas formas de Dios.
La imagen de los cuatro en la playa hacía infinita la minúscula isla y quitaba cualquier importancia
a las fijaciones de Aída y a las discrepancias con ella. Se sentían animales, verdaderos, sin los las-
tres del disimulo. Ni maldad ni dolencia podía alcanzarlos y ningún hombre trastornaría su beatífi-
ca soledad.
Después de cenar, Aída lavó los platos mientras Yuri aseguraba la lona impermeable de la tienda
de los muchachos; al terminar sirvió dos vasos de brandy y llamó a Aída. Recostados se acaricia-
ron en silencio, dejándose estremecer por la ronca oración nocturna del mar. Al palpar sus pezones
endurecidos, Aída se excitó aún más; entonces sus labios, como separados de ella, dejaron de besar
a Yuri y formaron una pregunta:
-¿Por qué se hace la circuncisión?
Yuri continuó acariciándola y sin contrariarse respondió:
-Es el testimonio de nuestra alianza con Dios...
-Eso es demasiado abstracto y vago -la mano de Yuri comenzó a sentir la humedad de Aída-. In-
cluso resulta más interesante decir que se hace por higiene; como me aseguró el médico, que ope -
rar a Ricardo ahora era lo mejor porque todavía es un niño, después sería más doloroso y molesto
y esas cosas... Lo que te quiero decir es que la explicación del cirujano fue clara: Ricardo tiene el
prejuicio, digo prepucio muy cerrado, le causa dificultad al orinar, y ya una vez tuvo infección...
Ustedes deben saber otra respuesta...
-Si la hay no la sé. Los rabinos están convencidos de nuestra alianza con Dios -dejó escapar una
risilla burlona antes de agregar-: Como si Dios fuera un caníbal y comiera prepucios, como si diera
un pequeño mordisco a cada uno de los hombres que ha de comerse en la muerte.
-Yuri, ¿y cómo es la ceremonia judía? -Aída articuló la pregunta sin desprender de su rostro un
gesto de asombro y agobio.
-Se hace un rezo y con unas tijeras para el caso o una campana especial se corta el prepucio. El
niño llora y debe ser muy traumático, pero se olvida luego. Yo no recuerdo mi circuncisión y no
creo que ningún judío la recuerde. Los islámicos están jodidos, a los trece años uno se da cuenta de
todo, y les debe resultar hasta vergonzoso que a esa edad les estén toqueteando la cola en público...
Rió suavemente, tomó un trago de brandy y sin pasarlo comenzó a besar y mojar los pechos de
Aída. Ella se acomodó en la manta para recibir a Yuri. Al sentirlo abriéndose paso lo abrazó con
más fuerza, su respiración la excitaba; pero de pronto perdió la concentración y no pudo evitar que
la poseyera la idea de que el pene de Yuri no tenía prepucio. Se dijo, como otras veces en la misma
posición, que prefería a los hombres incircuncisos. Yuri había notado que ella no lo seguía, y sin
disimular su disgusto se separó cuando Aída emitió una pequeña risa.
-Perdón, Yuri, no lo pude evitar, estoy pensando en tonterías. Dime una cosa: una vez realizada la
ceremonia de la alianza, como tú dices, ¿qué hacen con el prepucio? -Yuri distendió la expresión
del rostro-. ¿Lo tiran? ¿Lo guardan? ¿Lo entierran? Dime, ¿tú guardas el tuyo en una cajita o algo
así?
Sin perder la paciencia, Yuri dio un trago a su vaso y por unos instantes, con la mirada perpleja,
recorrió las sombras oprimentes que formaba la lámpara en el interior de la tienda. Después, sin
ninguna entonación, dijo:
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-No sé, nunca había pensado en eso, pero no me importa.
-Tú debes saber... ¿Dónde está tu prepucio?
-No sé. No soy rabino, tampoco religioso... -contestó Yuri, sintiendo que sus palabras eran estúpi-
das, tanto como consideraba las preguntas de Aída. Sin desviar la vista de los ojos brillantes de
Aída se ensimismó en el aliento de las olas y trató de percibir voces o risas en la tienda de los chi -
cos. Aída creyó que estaba esforzándose por hallar una respuesta, pero después se contrarió cuan-
do Yuri, esbozando una sonrisa condescendiente, agregó-: Ya es tarde, mañana iremos al otro lado
a mirar el amanecer.
-Espera, Yuri, no me trates como si fueras mi papá; yo sé qué hacen con él... -se detuvo en un lar-
go silencio que aprovechó para encender un cigarrillo; después, al tiempo que expulsaba el humo
en volutas, dijo-: Bueno, en realidad nadie hace nada con él... No sé cómo decirlo...
-No fumes aquí.
-Es que te pueden circuncidar toda la piel... Es que los prepucios se convierten en lagartijas, en
lagartos, en iguanas, según el tamaño...
Yuri se levantaría antes del alba, quizá con la intención inconsciente de vengarse de Aída, abando-
nándola dormida en la tienda. El aire fresquísimo parecía filtrarse por los orificios luminosos que
aún quedaban en el cielo. A esa hora, sin niños y sólo las huellas del viento en la arena, la playa le
pareció un territorio sagrado, y le embargaba la culpa al imprimir sus pies desnudos en él. Se sentó
frente al mar para dejarse arrobar por los restos de la luna, que tenía una forma y un color de gajo
de naranja. Más tarde, cuando empezaron a verse los primeros pétalos del cielo, sintió deseos de
trotar y mojarse. Muchos metros adelante, sofocado, se detuvo sobre un montículo de arena; por
un instante se intimidó pensando que aquello era una sepultura. Para contrarrestar el repentino
vértigo que lo atrapaba, decidió construir allí mismo un castillo de arena, olvidándose por comple -
to de Aída y de la promesa de contemplar juntos el amanecer.
Quizá a las diez de la mañana comenzó a sentir un dolor en la cintura y se levantó para estirarse;
antes de acuclillarse de nuevo, con gusto advirtió que su construcción era hermosa y quiso rodearla
con una muralla y un foso para que luciera igual a las fortalezas antiguas que había visto en los
libros. Al terminar la muralla deseó que aparecieran Aída y los muchachos para mostrarles su obra
y tomarles una foto junto a ella. Mientras cavaba el foso, entre un puño de arena halló algo extra-
ño; primero pensó que eran los despojos de un pez, después que era un molusco, una medusa
muerta, creyó también que eran restos de comida. Acercó aquello a su olfato y al contemplarlo con
mayor atención se le escapó una risa nerviosa y el nombre de Aída: tuvo la impresión de que la
carnosidad que había encontrado era un prepucio. Arrugó la frente cuando le pareció descubrir la
verdadera forma de tal pulpa: eran unos labios, rebanados con precisión en una sola pieza del ros -
tro de alguien. Finalmente sacudió la mano con una mueca de asco, molesto consigo mismo y
asombrado por el tiempo que había tenido contacto con aquello.
La noche siguiente soñó que estaba dentro de una ataúd, con la tapa abierta. Llevaba un frac, unos
zapatos muy brillantes y finos. Se miraba desde arriba, lucía muy bien y su rostro tenía una expre-
sión serena. Nada notaba de particular en la escena, ni siquiera horror le producía. Al cabo de unos
instantes de estar observándose advirtió que tenía el pene de fuera, asomando como una salaman-
dra por el pantalón negro. Entonces le anegó un profundo sentimiento de humillación. Más tarde
su desazón se tornó alegría, absurda y pura exultación. Se tomó una foto. Como si alguien se lo
susurrara al oído, supo que su cuerpo, toda su piel y su carne eran un gran prepucio. Y luego el
ataúd, la habitación, el edificio, la ciudad, el continente, el mundo era un prepucio que debía de ser
circuncidado. Y debajo quedaría un glande puro, eterno como la muerte, una gota de Dios o una
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partícula o una limadura. Pero no, bajo el prepucio sólo hay un orificio, un hoyo como de mujer,
sin su baba ni su calor ni su carne, sólo un hoyo negro como la muerte.
Se decidió a salir de la tienda y caminar hacia la orilla del mar. Abrió la boca tanto como pudo
para atenuar un poco la tensión de haber tenido apretada la mandíbula. Cerró los ojos, anduvo has-
ta sentir que una ola le mojaba los pies, entonces se concentró en percibir las distintas frecuencias
de la voz del mar. Permaneció un rato en ese trance sin levantar los párpados; confiado a las ins -
trucciones de su cuerpo avanzó por la arena mojada, gozando de la brisa. De pronto se detuvo y sin
reflexión de por medio, como una bestia en el llano, liberó su vejiga. Un viento bajo desvió el cho -
rro amarillo hacia las piernas de Yuri, que abrió los ojos al sentir el líquido caliente. Caminó un
trecho por el agua para enjuagarse las pantorrillas, entonces advirtió que el sol no tardaría en em-
pezar a apropiarse del cielo y que él se había alejado demasiado del campamento. Inició un trote y
lo apuró deseando meterse a la tienda con Aída; mientras avanzaba recordó que esa mañana la
lancha traería nuevos visitantes a la isla. Le entusiasmó la idea de ver a otras personas. Cuando
llegó a las tiendas Aída y los chicos acababan de irse. La cafetera aún estaba caliente. Bebió un
poco de agua, ya decidido de ir a buscarlos. Deseó encontrarlos sin que ellos lo advirtieran y así
tomarles algunas fotos. Se dirigió de inmediato hacia donde creyó que estarían bañándose o tirados
al sol, una pequeña caleta al noreste de la isla. Sigilosamente se aproximó desde atrás de unas ro-
cas; no estaban allí. Entonces se encaminó hacia un conjunto de palmeras, pensando que tal vez
yacerían a la sombra. En ese sitio de pronto se vio rodeado por innumerables lagartijas que lo mi-
raban con curiosidad. Yuri rió de buena gana con la idea de que los reptilillos eran los prepucios
de los hombres de las inmemoriales generaciones de su familia. Dejó de reír cuando se le ocurrió
que quizá frente a él estaban también los prepucios de los Patriarcas y los Reyes y los Jueces y los
Profetas y los Cabalistas. Estimó que fotografiar a los reptiles era casi un acto ceremonial. Opri-
mió varias veces el obturador. Mientras se alejaba recordó un versículo de la Torá: "No te harás
imágenes". Huyó por el laberinto de sus apetitos hasta recuperar la intención de encontrar a su
compañera y los chicos. Calculó que probablemente estaban en el paupérrimo muelle de la isla,
recibiendo a los nuevos visitantes, y apretó el paso con entusiasmo. No pudo contener la marea de
frustración al no localizarlos tampoco allí. Se detuvo a tomar un par de fotos a las tablas del mue -
lle antes de decidirse a subir a la cumbre de la isla para otear sin perder ningún punto. Pero ya en
la cima reconoció que demasiados rincones permanecían ocultos por los arbustos o accidentes del
terreno. Comenzó a surgirle cierta desesperación y un inopinado enojo por no dar con Aída y los
niños y pensar que estaban escondiéndose de él.
Bajó por una vereda hacía un conjunto de piedras. Con movimientos acechantes trepó las rocas y
detrás de ellas descubrió una angosta y larga playa. Se quedó observando la rapidez con que en ese
sitio funcionaban las olas. Al cabo de un rato descubrió en lontananza tres puntos en movimiento.
Apuntó el telefoto de la cámara para distinguir aquello, pero lo que vio sólo le creó más ansiedad.
Caminó hacia el final de la playa y entonces pudo ver con nitidez; con un aleteo de asco se pregun-
tó de dónde habían salido aquellos tres cerdos rosas, enormes, caminando por la playa y reflejando
su enorme jeta en la arena pulida por el mar.
Deambulando por su mínimo territorio halló una marrana tirada en la playa, con las patas al aire.
Pensó que estaba muerta y era tan espantosa que no pudo resistirse a tocarla. Para buscarle el om -
bligo asomó la cabeza entre las patas pero su mirada quedó atrapada en las múltiples mamas hin-
chadas; parecían tumores a punto de desprenderse del cuerpo e irse rodando por allí. Mas de tal
forma le fascinaron que comenzó a mamarlos con avidez, primero uno, luego otro y otro hasta
secar los seis bubones. Su leche era dulce y refrescante como el agua que Moisés y su hermano
hicieron brotar de las piedras. No le importó la Ley ni las pezuñas de la puerca. Cuando amainó su
sed, encontró el ombligo de la puerca: era como una verruga lasciva. Lo tocó con un dedo y la
protuberancia se hundió, entonces si índice quedó atrapado en un anillo de carne. Hizo cierto es-
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fuerzo para sacarlo y vio que era una especie de esfínter, le pareció que parpadeaba. Sintió un in-
menso odio por tan repugnante animal y por todas las mujeres del mundo. Tomó un puño de arena
y comenzó a cernirlo en el ombligo de la puerca, que parecía recibirlo con gusto. A cada nueva
cascada de arena su vientre se contraía. Las sombras del atardecer le obligaron a advertir que había
usado tanta arena que la puerca y é yacían en un foso; ella no había aumentado su tamaño y aún
podía recibir más. En ese instante tuvo la certeza de que el mundo entero podría pasar por el om-
bligo de la puerca. Pensó que sui cuerpo, como el de los cerdos, es la existencia misma. Echó a
correr por la isla y de pronto se topó con unas criaturas deformes, eran gente con jorobas, tullidos,
sin piernas, otros sin brazos. Se le ocurrió que tal vez eran los visitantes que llegarían a la isla.
Retrató particularmente a un hombre que era sólo tronco, sin extremidades, que se apoyaba en su
falo y giraba sobre él, haciendo un orificio en la tierra.
Según lo convenido, el lanchero volvió a la isla por Yuri, Aída y los chicos. Era un atardecer ar-
diente y desde cualquier punto que se mirara el océano deslumbraba la vista, no había ni rastros de
azul, todo refulgía como agua del sol.
Al principio con discreción y una leve sonrisa, aunque sin escandalizarse, el lanchero reconvino a
sus pasajeros; después, no obstante ser un hombre tímido, con cierta energía. Pero ellos no hicie-
ron ningún caso. Guiaba la nave de forma mecánica, sin soltar el timón; estaba tan nervioso que no
pudo darse la oportunidad de deleitarse con la imagen de la mujer y no supo cómo entró la lancha
a los muelles. Desembarcaron desnudos ante la estupefacción de la gente. Comenzaron a oírse
gritos histéricos y carcajadas. Alguien inició las injurias y no se sabe quién llamó a las autoridades.
Sin que nadie se atreviera a detenerlos, llegaron a la plaza central del puerto, allí la multitud enar-
decida los lapidó bajo el monumento a los héroes. La mayoría coincide en que las piedras los atra -
vesaban e iban a estrellarse contra los dignos rostros de granito de los próceres, dejando a algunos
sin nariz o sin un dedo.
El lanchero había conocido turistas excéntricos, viciosos o perversos, sin embargo no podría decir
que los apedreados pertenecieran a alguna de tales especies. Amén de su insistencia en abandonar
desnudos la isla, le resultaron extraños sólo después de observarlos un rato; obtuvo esa impresión
tal vez de un detalle nimio: la mujer fumaba. Desde luego, había visto a muchas mujeres con un
cigarrillo en la boca, pero nunca a una que hiciera volutas con el humo, en estado de trance y for -
mando una rueda perfecta con los labios.
Durante años recibieron aves enviadas desde sitios absurdamente lejanos, de muchos de ellos no
sabían siquiera pronunciar el nombre. La gente del pueblo juzgaba impío que gastaran tanto en las
gallinas, tónicos para el huevo, escandalosos métodos de cruza. Iniciaban la cría de cada especie
con buenos augurios, pero antes de la décima generación la raza decaía, enfermaba el gallo, mo -
rían las preferidas, los pollos adquirían costumbres extrañas, consideraban. Y lo que pareció su
primer acierto fue la gallina roja; apenas podían creer que tal especie la hubieran conseguido en un
pueblo cercano. En ese entonces, el vórtice de sus ambiciones era la creación de la gallina volátil.
Prosperaron entre la admiración y la envidia hasta que les robaron la pareja original. Por la noche
consultaron su oráculo y supieron la identidad del ladrón. Los hermanos sostuvieron una discusión
sobre si sería justo denunciar al culpable, pues ellos eran ya demasiado ricos. Interpretaron la se -
gunda respuesta del oráculo como una sugerencia de aprovechar la adversidad: cremaron el resto
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de las aves y se absorbieron en experimentar con las gallinas cuajadas, recién desembarcadas de
Oriente.
Eran animales pequeños, de plumas pecosas y suaves. El gallo no se diferenciaba de la hembra
sino por el pico más corto y el canto. Tenían carne delicada y sus huevos se preciaban por su cas-
carón resistente y las graciosas manchas que los hacían parecer golosinas.
Durante una madrugada el jefe de la granja llamó a la puerta de la habitación del hermano ma -
yor para informarle que durante la noche un racimo de gallinas cluecas había desaparecido. El
hombre aseguró que no había huellas y le resultaba imposible determinar quién había entrado en
los corrales. Revisaron la malla de alambre y el hermano furioso aseveró que el cazador del pueblo
había penetrado en los gallineros. El menor consideró prudente confirmar aquel dictamen median-
te el oráculo. Acostumbraban usarlo por la noche, pero hoy antes del mediodía se encerraron en
una recámara con la caja metálica. Abrieron la tapa y sacaron el tablero. El sol hacía parecer más
abotargado el rostro del rabioso y bruñía la antigüedad del instrumento adivinador. El tablero era
de encino, redondo, desgastado en el centro, en torno al cual había más de veinte ranuras; de algu-
nas de ellas nacían grietas que alcanzaban la orilla. Dejaron a un lado la peonza, de madera vulgar,
mientras iban colocando en cada ranura una silueta tallada en palo de canela. El hermano acomodó
de inmediato la del cazador, luego la del jefe de la granja. El otro puso su propia silueta y la del
ceñudo; también, con una sonrisa embelesada y por capricho, alineó junto a la suya la frágil som-
bra de la hija del juez. Habían erguido veintiún imágenes, incluidas la del ama de llaves, los hijos
del curtidor, el perro de la casa, un vagabundo, el ladrón de las gallinas rojas, el comisario, los
criados y la de un coyote. Finalmente, del fondo de la bolsa de gamuza donde guardaban las figu-
ras, el menor extrajo un círculo blanco, quizá de hueso, que representaba lo desconocido: el límite
del oráculo, un hueco por donde irrumpían los ciegos rayos del destino.
El hermano grande tomó la peonza, la apretó entre sus manos, dijo algo para sí, y la hizo girar
en el centro del tablero con la urgencia de ver validada su acusación. Las siluetas vibraron por el
airecillo que producía la fea. Los hermanos, de forma independiente, advirtieron que en esta oca-
sión era excesivo el tiempo de los giros. Se lo comunicaron con la mirada. El mayor estuvo a pun-
to de meter los dedos, pero el chico lo detuvo… Con ansiedad observaron cómo la danza de la
peonza se volvía ebria, trastabillante, hasta caer cual una bailarina obesa. De primera intención, lo
que era fácil se tornó nebuloso: no querían entender el veredicto.
—Repitámoslo –dijo el menor.
—Sabes que no debemos hacer eso –recogió la peonza y tomó la silueta señalada.
—Esta vez no podemos creerle.
—Nunca ha mentido. Si dudamos de él perderá su poder.
Entonces el hermano mayor bajó a grandes trancos, descolgó la escopeta y fue hacia la caballe-
riza. Allí estaba su perro adorado, de color café, con cara de preocupación. Saltó, ladraba de con-
tento y movía el rabo. El menor había empezado a llorar cuando su hermano disparó.
Días después, durante un descanso de la tarea de seleccionar huevos con meaja, el menor se
decidió a abordar el tema.
—¿Era necesario lo que hiciste?
El otro fingió molestia por las plumas que se le pegaban al pantalón.
—Te lo pregunto porque han desaparecido los huevos que separamos ayer y no quiero imaginar
de qué serás capaz cuando sepamos quién fue.
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—¿Por qué no me lo habías dicho? Alguien busca hacernos daño, hermano…
—No lo creo.
—¡Desean arrebatarnos lo nuestro!
—Tenemos demasiado y mucha gente ha de pensar que es justo quitarnos algo.
—No me importa lo que piensen esos miserables. Indaguemos quién nos ha robado para… Esta
vez sospecho de los… de los chicos que juegan en la cueva…
—No. Esta vez no consultaremos el oráculo ni haremos nada.
—¡Dámelo!
—No. Se quedará en mi pieza.
Durante la cena no hablaron, incluso evitaron que sus ojos se encontraran. El más viejo se le-
vantó de la mesa, con malos modos pidió una botella a los criados y salió a la oscuridad.
Ya muy tarde, al hermano menor lo despertaron unos ladridos. Se levantó molesto, pues lo ha-
bían sacado de un sueño verde con la hija del juez. Miró por la ventana sin lograr distinguir nada.
De pronto se escuchó un revuelo en los corrales y pensó que algún depredador estaba atacando a
las gallinas. Sin anudarse las botas corrió hacia aquel sitio, llevando la escopeta cargada y los cria -
dos detrás. Su hermano golpeaba las rejillas y le ladraba a dos gallos que habían salido a enfrentar -
lo. En el primer gallinero encontró una gallina muerta entre el viscoso charco de incontables hue-
vos pisados.
—¿Ves que tengo razón? Quieren acabar con lo nuestro.
Sin pensarlo, el joven le clavó los ojos acusadoramente:
—Sólo porque bebiste…
—Yo no fui, hermano, yo no fui…
De regreso en la casa el borracho se empeñó en sacar el oráculo. Sin disimular la desconfianza
ni el enfado, su hermano lo encerró en el cuarto de huéspedes, donde por más de una hora el ma-
yor insistió en sus rabias lacrimosas hasta quedarse dormido en el piso. En medio de una callada
densidad el joven colocó el tablero en la mesilla de su recámara. Por temor a los remordimientos
no se decidía a formular preguntas acerca de sí mismo. Prefirió pensar en su hermano: puso una
silueta en cada ranura y giró la peonza, que en la primera consulta señaló al jefe de la granja. Ape-
sadumbrado, antes de girar de nuevo el trompo cambió de posición las figuras. Cerró los ojos, de -
cidido a no mirar en tanto no consiguiera el temple para resistir el dolor si el señalado era su her -
mano. Cuando la peonza estaba a punto de detenerse, por un momento creyó que apuntaría hacia la
blanca silueta de lo desconocido. En ese instante se escucharon voces en la escalera… Los criados
habían liberado al cautivo y, arrepentidos, trataban de convencerlo de que subiera a su recámara.
—No lo pudimos detener…Sacó las gallinas y abrió los corrales de las bestias –explicó com-
pungidamente uno de ellos.
El joven les mandó poner orden en los gallineros y la caballeriza. Muy despacio se acercó a su
hermano y le oprimió el brazo. El otro se dirigió a él pero sin mirarlo:
—Los pollos se volvieron locos… Fracasamos, fracasamos… –de su rostro desasosegado salía
una voz mellada por la sinrazón–. Míralos, se pican unos a otros y se alborotan cuando huelen su
propia sangre… Ya casi muertas se siguen apareando…
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Durante las semanas siguientes, la tristeza del hermano menor y los criados insumisos contribu-
yeron a generalizar la anarquía en los gallineros. Los gallos guerreaban por las noches mientras las
gallinas, abandonadas a sus caprichos, olvidaban los huevos en el ponedero. Muchos pollos, cual
aves de rapiña, se demoraban entre los despojos de los menos fuertes.
El hermano mayor se había apoderado del oráculo y sólo abría la puerta de su recámara cuando
el ama de llaves le subía los alimentos. Por las noches giraba sin cansancio la peonza, en tanto el
hermano menor, tirado en el círculo del insomnio, se consumía en la evocación de sus deseos.
Cuando escuchaba risas o llanto en el cuarto anejo, lo arrebataba la angustia porque no lograba
imaginar siquiera qué consultas ocupaban al hermano mayor. Lo tentaban la autoconmiseración y
la culpa. No osaba confesarse que codiciaba tener el oráculo para preguntar sobre una mujer, que
ya nada le importaban las gallinas ni la inaccesible sangre de oro. Después de demasiadas horas
sin dormir sentía que el mundo giraba en torno a él. Tumbado en la cama cerraba los ojos pero la
sensación no desaparecía, entonces le daba por inventar desgracias, todas provocadas por la profa-
nación del oráculo. Cuando comenzaba a dormir, se convertía en la gorda peonza y el vértigo lo
despertaba…
Cierta noche, quizá ya sin voluntad, llamó a la puerta de la habitación de su hermano. Ninguna
emoción le produjo descubrir que estaba sin cerrojo. Lo encontró sentado frente al tablero, con el
rostro tranquilo; colocaba meticulosamente las siluetas en las ranuras. Sin animarse a hablar acercó
una silla. El mayor lo miró un instante y enseguida echó a bailar la perinola, entonces el joven ad -
virtió que las figuras alineadas en el tablero correspondían a personas difuntas, enemigos y parien-
tes, también el perro. Enfangado en un miedo que zumbaba y olía a comida descompuesta, vio
caer la peonza, luego que el hermano recogía las figuras para sustituirlas por perfiles de gallinas.
El trompo empezó a girar de nuevo: la saliva le supo a leche agria. Se contuvo de darle un manota-
zo al tablero. Tembló cuando entre el montón de siluetas le pareció distinguir la delgada figura de
la hija del juez.
—Es propicio deshacernos de las gallinas —la voz del hermano mayor flotó en un tono com-
placido.
—De los cadáveres, dirás… Degeneraron cuando ya casi tenían la sangre amarilla… —el her-
mano mayor le dedicó una mirada condescendiente, casi una sonrisa con que lo disculpaba de
abordar asuntos nimios; para asustarlo aún más giró la peonza en su palma izquierda.
El menor, cohibido y abrumado, musitó:
—No puedes hacer esto con el oráculo… Vendrá sobre nosotros la adversidad por molestar a
los muertos.
—Mañana incineraremos a las gallinas.
—Cuando lo recibimos juraste que sólo lo usaríamos en tiempo de aflicción y duda con respec -
to a nuestro trabajo —el menor giraba en el cuarto, con las manos en la cabeza. —Nunca para fi -
nes personales…
—Tendremos gallinas de la Luna llena.
—¿No has pensado que quizá debemos alejarnos de esto, que no nos corresponde…? —pero
apenas en el siguiente instante el menor reparó en lo que el otro había dicho— ¿… de la luna lle -
na?… Esa raza es inconseguible.
—El oráculo me ha dicho lo contrario. ¿Te da miedo?
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El menor ya no contestó; con las manos en los bolsillos salió a recorrer el abandono de los ga-
llineros… Sin darse cuenta contenía la respiración, luego le acometían sollozos acompañados de
imágenes lúbricas.
A media mañana se personó en la granja un mensajero con un oficio del juez. Al saber de quién
venía, el hermano menor se entregó a desbocadas ensoñaciones mientras quitaba el lacre al docu-
mento.
—Mira, hermano, ¡no lo puedo creer!
Para esa hora el mayor había recaído en sus inquietudes y comenzó a murmurar frases recelo-
sas.
—¿Qué? ¿Nos llaman a juicio?
—Escucha…
—Sabía que tarde o temprano iba a pasar.
—¡Tenías razón, hermano! Es la notificación de una herencia… Dice que en cuanto llenemos
los formularios y hagamos el trámite recibiremos un corral de gallinas, ¡de gallinas de la Luna
llena!… Y también nos deja un anillo…
—¿Quién nos da eso? A ver… Esto es una trampa, a ver…
Los ojos desmesurados del hermano mayor desconcertaban al otro, no le permitían predecir si
estallaría de gusto o preparaba un acceso de ira. Ocultó en su pecho el oficio y le dijo:
—Las aves eran de un viejo que buscaba lo mismo que nosotros. Es lo que esperabas… —al
pronunciar esta última palabra reconoció que ninguna emoción le producía la herencia, que para él
la única dicha venía de esta fortuita posibilidad de acercarse a la hija del juez.
De cualquier forma, el hermano mayor se negó a ir al pueblo. El menor tomó un baño, limpió
sus botas, se peinó con goma. Apareció puntual para firmar los documentos, que nunca leyó. Des-
pués el juez le invitó a la sala. Bebieron vino, hablaron de gallinas, recordaron a los muertos y
fumaron. El joven miró pasar a la muchacha como una sombra por el fondo del pasillo. No le pare-
ció prudente quedarse a cenar, amén de que el anfitrión no insistió en ello; y su timidez le impedi-
ría hacer al padre alguna alusión a la belleza de su hija. Su invencible temor al rechazo le hacía
posponer sus intenciones de matrimonio, sin olvidar que la gente decía que eran malvados, él y su
hermano. No obstante, se consideraba un buen partido, con un patrimonio evidente. Sufriendo de
verdad por creer imposible conquistar a la joven, ni se fijó en el camino de regreso… le gustaba
particularmente la curva de sus hombros, y sus pantorrillas… estaba seguro que la hija del juez era
la mujer perfecta para él… pequeña y suave como una gallina cuajada… las botas se le ensuciaron
de lodo… Sintió que él y su hermano se habían extraviado, que vivían atados a un juramento ab-
surdo, por el que nadie los apreciaba en el pueblo… Haciendo un pacto consigo mismo, determinó
abandonar a su hermano.
—Las aves ya son nuestras… Aunque ya no vamos a trabajar juntos —la afirmación azaró por
unos instantes al hermano mayor. —Te lo digo porque quiero… quiero…
—Quieres casarte —el menor no tuvo tiempo de reaccionar—¿Con ella? —llevaba su silueta en
la mano.
—¿Cómo sabes con quién?
—Yo lo sé. Es con ella, ¿no es cierto? —antes de guardar la figura en el bolsillo del peto, la
blandió ante las narices del menor.
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—Sí. La riqueza sólo nos ha traído desgracia.
—No te lo reprocho ni te juzgo, pero fuiste tú quien se volvió desdichado con la fortuna… Y
ahora estamos a un paso de encontrar lo que buscamos, me lo aseguró el tablero.
El hermano menor estuvo a punto de recriminarle que se hubiera dejado poseer por el oráculo,
que codiciara convertirse en mago y… Pero no se atrevió. Se fue a caminar por el bosque hasta
apaciguarse. Cuando regresó, el mayor le dijo que se marchara si así lo deseaba, que siguiera la
vida del común de los hombres, que tuviera hijos… Mintiéndose nuevamente, el menor respondió
que seguiría con él hasta que obtuvieran los primeros huevos limpios. Se abrazaron, rieron y se
emborracharon.
A todo el mundo admiraría el tamaño de los huevos de la gallina de la Luna llena. Resultaba
casi inevitable compararlos con los del avestruz, pero su diferencia estaba en el color y la textura,
eran brillosos, de un blanco luminoso que por las noches parecía concha submarina. El hermano
mayor decía que tenían el tamaño de un tarro de cerveza.
En menos de un año controlaron el gallinero, le impusieron un ritmo. La gente decía, con exa -
geración y secreta envidia, que los hermanos conocían a cada pollo por su nombre. Nadie sabía
dónde paraban los huevos; hacía meses que no humeaba su horno crematorio, no los vendían y no
era posible que se los comieran.
Durante ese tiempo los hermanos fueron dichosos, vivían extasiados por su granja. El menor ya
no sufría pesadillas con la hija del juez, mas seguía meditando en su intención de reunir el temple
necesario para pedir su mano. Al hermano mayor se le habían ido las iras, aunque conservó escon-
dido en algún lugar el oráculo.
Una tarde en que se habían quedado conversando en los corrales, después de la faena, el herma-
no menor recogió al azar un huevo. De inmediato le produjo una sensación extraña, como si el
huevo se moviera. Sonrió con desconcierto por un momento.
—Este huevo tiene algo curioso.
—Yo lo veo igual que los otros.
—No, en verdad, algo se mueve dentro.
—Mejor vámonos… oscurece.
—Espera. Tómalo.
Apenas cayó en la palma del hermano mayor, a éste se le despertó su antigua codicia de nigro-
mante; gritó de felicidad. Juntos lo llevaron a la cocina y comenzaron a mirarlo a la luz de la vela.
—¿Cómo podemos saber lo que hay adentro del huevo?
—Sólo rompiéndolo.
—Pero si lo rompemos ya no veríamos lo que es el huevo realmente por dentro. Al quebrarse,
su sustancia se deforma y se derrama…
—Podemos cocerlo.
—Eso sería como embalsamarlo —hubo un largo silencio. —Tendríamos que estar dentro del
huevo, nacer dentro del huevo.
—Nacer en el huevo nos impediría distinguir el huevo, no sabríamos que existe el huevo.
El hermano menor continuaba observándolo, le pasaba la uña como deseando rayarlo.
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—Vamos a abrirlo.
—¡Insensato! Este puede ser el huevo…
—Puede no serlo…
—Pongámosle encima a la principal empollona.
Sus narices, que casi se tocaban, no dejaban de apuntar al huevo. Uno de los dos movió la mesa
con el pie: el huevo rodó tres veces y al chocar con una botella se cuarteó. Retrocedieron un paso,
como para revertir lo que había sucedido. El hermano mayor estiró la mano con lentitud. Sintió
vértigo cuando tuvo el huevo entre los dedos. Se había levantado, como una escama, un trocito de
cascarón en el extremo más angosto: dentro parecía no haber nada. Su curiosidad y desesperación
les hicieron destruirlo. Del fondo desprendieron lo que parecía sólo una bola de binza y galladura
seca. El hermano menor la frotó entre sus dedos y apareció una esfera plateada.
—Parece la Luna.
—Quizá sea la yema.
—No puede ser.
—Tal vez el cascarón ya estaba roto y al perder el alma se produjo este efecto. Es un huevo
muerto.
—No seas estúpido.
A pesar de creer que no era lo que buscaban, la pequeña esfera les resultó maravillosa. Y aun -
que parecía no tener importancia, de tal forma les impresionó que no se atrevían a hablar de ella.
El hermano menor la cubrió con un vaso de vidrio. Sin saber por qué la puso en el sitio donde al-
macenaban los huevos, en una repisa. Por las mañanas ese punto parecía un altar. Era frecuente
que los hermanos se detuvieran a observarla, como si la adoraran.
Una noche, después de mucho tiempo, el hermano menor volvió a soñar con la hija del juez. A
lo largo del sueño, según recordaba, su mirada sin cuerpo seguía a la mujer: reía bajo el sol. Co -
menzó a girar en un claro del bosque hasta ponerse roja. Entonces se echaba en la hierba: abría las
piernas y alumbraba un huevo que al quebrase dejaba salir al hermano menor…
Y esto coincidió con que el hermano mayor había recaído en los trances de melancolía; le daba
por decir enigmas, refunfuños contra las gallinas haraganas y abandonadas a la lujuria de los po-
llos asesinos de los gallos. El más joven no tardó en adivinar lo que sucedía: el oráculo llamaba de
nuevo al hermano mayor. Lo presintió encerrado en su recámara y la granja definitivamente aban-
donada…
En efecto, el Domingo, mientras el hermano menor vagaba entre los árboles, se le presentó el
mayor. Llevaba bajo el brazo la caja metálica del oráculo, iba vestido como un vagabundo, con
sombrero impermeable. Parsimoniosa y decididamente le dijo al menor que se marcharía. Tal gra-
vedad había en su declaración que éste no se atrevió a preguntar adónde. Durante el tiempo que
tardó en responderle supuso que se llevaría el oráculo. Quiso pensar que a cambio de comida o
algunas monedas, su hermano se detendría en las plazas de los pueblos para dar consultas a los
atribulados, leer el futuro a los impacientes. O quizá se iría a vivir a una cueva.
—¿Y yo qué voy a hacer? —se arrepintió de la frase apenas la dijo.
Sintió que le era urgente casarse, la hija del juez, saber su destino… Pensó con dolor en la mu-
jer que amaba porque no se atrevía a cortejarla. Se tuvo asco al imaginarse viejo, él solo en la
granja. Luchó contra sus pudores hasta que logró expresarle una petición al hermano:
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—Déjame consultar por última vez el oráculo.
De buena gana su hermano le tendió la caja metálica. Corrió con ella a su recámara. Sacó las
piezas: con especial devoción buscó la anhelada figura de la hija del juez. Dudó sobre la manera de
consultar el oráculo. Calculó que no le alcanzaría la fuerza para inquirir directamente si se casaría
con la hija del juez o no. Prefirió colocar en el tablero el perfil de varias mujeres y preguntar con
cuál de ellas se uniría. Según él, para favorecerse incluiría efigies de mujeres muy feas, matrimo-
niadas o locas con las cuales consideraba imposible casarse. Mientras ponía cada figura observaba
con reverencia la silueta soñada. Tomó la peonza y entonces se dio cuenta de que había desapare -
cido el círculo blanco que representaba lo desconocido. Hurgó en el fondo de la bolsa, debajo de la
cama, en la caja metálica… Estuvo a punto de salir a increpar a su hermano por la pérdida de la
silueta… Al cabo de un desesperado silencio se le ocurrió sustituirla con la perla de las gallinas de
la luna llena. Fue por ella y con no poco esfuerzo del pulso logró detenerla en la última ranura del
tablero. Por fin, las piezas todas estuvieron colocadas, parecían ansiosas de presenciar el baile de
la horrenda peonza. Los giros se demoraron, como si también se resistieran a señalar la esfera de
lo desconocido.
Si hago memoria me parece que desde siempre he andado en esto, con un arma en las manos,
como si hubiera nacido viejo. Para mí la vida es un desvelo; hace mucho dejé de desear un descan-
so, tampoco guardo esperanzas respecto a nada. Estar vivo el día de hoy es más que una promesa
cumplida. Y fumar por las madrugadas. Incluso he aprendido a encontrar sentido o una especie de
solaz en medio de este alboroto. Esas sensaciones me sobrevienen precisamente al cabo de opera-
ciones de violencia. Después de una balacera o una persecución vamos hacia donde tenemos que
ir. Nunca me planteo quiénes son esas gentes, o si en verdad son gente o están muertos. Fardos. A
sabiendas de que por nada del mundo podemos acabar en el hospital o en el cuartel de la policía o
en los juzgados, es mejor quedar en la calle.
Un momento pleno es cuando sin darme cuenta me entrego a disfrutar el olor de algo que pasa,
comida o una loción o mujeres. No bebo porque no soy feliz. ¡Borracho y desdichado! Mi padre,
que llegó a muy viejo, ya en su primera viudez me dijo que hay que vivir como si uno fuera inmor-
tal. Ahora me pregunto qué habrá querido decirme.
La conclusión que mi propia historia me ha dictado es que no hay que tener miedo, de nada; final -
mente morirse es una garantía de sosiego, o al menos parece justo, es el cumplimiento de algo. No
sé si ellos están vivos como nosotros. Cuando yo era muy chamaco me atrevía a cosas de verdade-
ro peligro, por ambición, por inconsciente. Entonces el miedo era bueno porque daba valor. El mal
miedo es el de la cobardía y la omisión. Matar por la espalda o a gente sin armas, eso sí causa re-
mordimientos. Lo otro no pero acaba.
Las tardes soleadas son lo que más me gusta, principalmente cuando el aire trae el olor de las sali -
nas y los limones. Si me pongo melancólico me voy fumando por el malecón, contemplando el
mar y los barcos gigantescos que me provocan fantasías y llanto, siempre me tienta la idea de que
puede uno irse muy lejos y que allá podría comenzar de nuevo; pero sólo para desembocar en esta
misma vida, lo sé. Me da un sentimiento raro, pienso que lo que veo es un sueño o se me ocurre
que quizá sólo soy un aparecido. La gente me mira pasar, algunos con desconfianza, o con pulcra
indiferencia quienes no me conocen. No me llama el océano ni me precipito en las estrellas. Nunca
tuve una novia. Yo creo que por no tener hijos.
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Sí sé en qué momento me hice para este lado: en una de las primeras salidas con mi patrón, ya
fallecido; hoy el patrón es su hijo. A lo largo de la noche habíamos corrido más que mastines. Te-
nía veintipocos años. Por supuesto que yo jamás le preguntaba a mi patrón nada acerca de sus
asuntos pero yo sabía desde el principio que lo de esa noche era algo importante, además me esta-
ba pagando el doble.
Nos había contratado un hombre en pantalón corto; un extranjero ya maduro y con gafas de au-
mento pero musculoso y ágil. Esa noche lo conocí y jamás volví a verlo. Su rostro afeitado era casi
fosforescente bajo las luces alógenas de la ciudad. Sólo portaba una pistola 9 milímetros en su
sobaquera. Nunca la alumbró, pero su mano era casi un arma y nos era inevitable obedecerle, in -
cluido mi patrón. En los suburbios del puerto, arriba de las empacadoras de pescado, detuvimos el
auto y seguimos a pie a través de la maleza. Mi compa de entonces, que era muy poca cosa, me
alcanzó para decirme que tenía sueño y que le parecía una exageración continuar persiguiendo a
alguien que nadie había visto. No lo has visto tú.
Yo sí lo había visto, entre los carrizos, y era gordo. Mi patrón, que nos guiaba, se metía a los char -
cos y al lodo, se había mojado hasta la cintura y sin batallar se subía a los árboles. Yo tenía una
súper condición física pero llegó un momento en que de plano quise pararme, destrabar la respira-
ción, escupir, secarme la cara. Ahí me quedé resoplando hasta que mi patrón le gritó al hombre de
los pantaloncillos que mejor fuéramos por los perros; teníamos una manada de caza. El extranjero
hizo una seña con las manos de que nos calláramos y siguiéramos.
Levanté los ojos hacia el cielo y vi que en la Luna se dibujaba un rostro. Me quedé mirando la
alucinación hasta que mi compa me dio un sopapo en la cabeza. Me malhumoré y estuve a punto
de contestarle el golpe, pero en eso el patrón grita que ya lo tiene atrapado, al gordo. Nos apresura-
mos hacia donde se oían. Me sentí avergonzado de no haber sido el primero en acorralarlo. Está en
ese árbol, oí que le dijo mi patrón al hombre, alumbrándolo con su linterna. Sin luz, le ordenó.
Llegué junto a ellos, y presencié un acto absurdo del tipo éste que andábamos persiguiendo: no
sólo que seguía sentado en la rama de un árbol sino que además sacara un peine para alisarse el
cabello. ¿Quién tiende las camas de una casa en llamas? Lo estuvo haciendo como si nada; ahora
creo que burlonamente: luego se guardó el peine en el bolsillo de la camisa, también blanca. Baja,
le gritó el extranjero; te tenemos y ya no puedes ir a ningún lado ni tiempo te queda. Yo trataba de
imaginarme qué deuda debía el infeliz gordo.
Entonces saltó desde esa altura, que era considerable no sólo para un obeso, que como si nada se
acomodó el traje y la corbata. El hombre del pantalón corto se fue detrás del gordo, pegadito, pas-
toreándolo por las partes secas para sacarlo del manglar. Nosotros lo teníamos a tiro. Mi patrón
ordenó bajar las armas. Juzgó que ya era imposible que escapara. Cuando llegamos al coche, el
gordo lo abordó sin chistar, atrás, entre mi patrón y el hombre, todos apretados. Las únicas pala-
bras que se pronunciaron durante el trayecto fueron de él mismo: Ya va a salir el Sol. Había preo -
cupación en su voz pero me dio risa; va a salir el Sol y ¿qué?
Llegamos al embarcadero turístico, silencioso y solitario a esa hora. El hombre de las gafas se bajó
del carro y se echó a caminar hasta la punta del muelle; allí se sentó como un niño, sobre las tablas
y tijereando las piernas en el vacío. Sólo veíamos su silueta, a contraluz de los últimos destellos de
los rayos de la luna en el agua. Como si el gordo conociera las reglas, se fue también para allá y se
acomodó en idéntica posición; parecían dos chicos conversando fraternalmente mientras aguardan
que piquen los peces. Nosotros nos quedamos atrás, incluido mi patrón. No oíamos de qué habla-
ban, pero cuando la primera arteria sangrienta se reventó en el cielo, el gordo se levantó ruidosa-
mente. Entonces el hombre le hizo una seña a mi patrón para que lo detuviéramos. Nos le cruza-
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mos enfrente, apuntándolo, lo cual me pareció una exageración. Por un instante pensé que no sería
capaz de dispararle a alguien con un aspecto tan pálido como el del gordo. Pero a mi patrón yo no
lo podía desobedecer, así que mejor corté cartucho. El gordo se detuvo sin resistirse y se dio la
vuelta enseguida cuando le gritó el otro hombre, como si fueran de la misma raza.
Te juro que no lo planeé, le dijo al gordo, como dándole explicaciones. Nunca pensaste que se te
acabara la noche, que te sucediera esto; ni yo, a decir verdad. Parecían amigos o quizá lo habían
sido. El gordo hizo un gesto de fastidio, que tal vez con la intención de disimularlo se le disolvió
en una sonrisa. Siempre me ha parecido un gesto muy estúpido eso de hacerse el chistoso en medio
de un naufragio. Pero de pronto el gordo empezó a irradiar algo que nos hizo retroceder un paso.
Había levantado la vista hacia el cielo, escudriñando.
Como los que tratan de descubrir qué está viendo alguien que en la calle se ha detenido a mirar
hacia lo alto de un edificio: así estábamos todos. El sol… pronunció el hombre como si las letras
fueran dados. El gordo se cubrió los ojos y empezó como a bufar. Alguna vez había visto un pro-
grama donde decían que hay enfermedades que tienen como síntoma la repulsión a la luz. Sentí
que era una tontería hacer este tipo de relaciones en esta hora tan difícil, pero me dejé llevar y vino
a mi mente que la palabra que nombra ese síntoma se llama fotofobia. Luego recordé, ya me era
inevitable detenerme, que la enfermedad en cuestión era la rabia. El gordo tiene rabia, pensé. Casi
enseguida le vino un ataque de furia y se lanzó sobre nosotros. Mi compañero le dio un brutal gol -
pe con la culata de su escopeta. Ni siquiera sangró. Lo encañonamos los tres, teníamos su cabeza a
unos pocos centímetros. Mi patrón ya de plano le apoyó también la punta de su pistola en la frente.
Pero el gordo, de un instantáneo y soberbio cabronazo lo lanzó al agua, y enseguida abofeteó al
otro. Y yo, aunque no tuve tiempo de pensarlo disparé mi arma, dirigiendo la ráfaga a sus piernas.
Ahora sí se cayó y al verlo en el piso sentí confianza para llegar hasta él y apuntarle al rostro.
Tenía la tela del pantalón desecha pero de adentro nada le salía. Me miró y sentí miedo; no hice
nada por evitar que se incorporara. Paralizado, lo vi caminar hacía mí hasta que reaccioné y le dis -
paré un tiro en el hombro. Se detuvo como si algo recordara, se dio la vuelta y empezó a avanzar
decididamente hacia el hombre de las gafas, que en ese momento ya no parecía tan seguro. Enton-
ces, como un nacimiento, apareció una cresta roja en el cielo. Al mismo tiempo que la luz invadía
el mundo se escuchó un sonido como de llanto, como si alguien, efectivamente, estuviera nacien-
do. La cabeza de la criatura acaparó el horizonte y su resplandor fue a rebotar en las tablas del
muelle: el gordo lanzó un aullido y sin soportar la visión del recién parido dio unos pasos hacía
atrás, como ebrio, tapándose la cara.
El parto salpicó el cuerpo entero del gordo, las palmeras y los hoteles y el malecón. Como una
construcción de arena derrumbada por una ola jubilosa, el gordo, vestido de blanco, se desmoronó
ante nuestros ojos. Por un instante sus cenizas lanzaron un flamazo. En las tablas del muelle sólo
quedó una silueta como de ácido. Me volví a mirar al hombre con la intención de recibir una expli-
cación, una palabra. Escupió sobre la mancha y se encaminó con paso firme al auto. Mi compañe-
ro, hoy difunto, andaba ayudando a mi patrón a salir del agua. Tácitamente entendí que debíamos
irnos de allí y tomé el timón del auto. La luz de la mañana velaba cuanto tocaba, lo que permane -
cía en las sombras era mi única orientación en las calles.
Dejamos al extranjero en su hotel, donde mi patrón también se apeó y nos ordenó a mi compa y a
mí que regresáramos a las tres. En vez de tomar por el malecón, atravesé el puerto por la plaza.
Seguí manejando por las granjas y la salida de la carretera. Mi compa se había quedado dormido
en el asiento.
FIN
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