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Encuentro y desafíos de Harry y Louis

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Encuentro y desafíos de Harry y Louis

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A Louis le tomó 30 minutos llegar hasta el restaurante más cercano para poder almorzar.

Llegó exhausto y con mucha más hambre de la que tenía. Por suerte, el lugar no estaba tan
lleno, la comida era barata y le atenderían rápido.

Mientras esperaba, se dedicó a ver su teléfono un momento. Harry no le había mandado


otro mensaje, supuso que su pareja andaba demasiado ocupado o tal vez emocionado por
su primer día de internado. Ese fue el tema de conversación más recurrente entre los dos
por aproximadamente un mes. Harry estaba ansioso, emocionado, nervioso por el gran
cambio y etapa que estaba por vivir.

Louis había terminado su carrera hacía tiempo, él ya trabajaba pero al rizado le faltaba un
año más para recién poder comenzar a ganar dinero, probablemente trabajando en una
clínica, ahorrando para su especialidad.

Era emocionante. Escuchar hablar a Harry sobre su carrera. Siempre lo hacía con tanta
pasión que uno se contagiaba, daba igual si la medicina no era lo tuyo. El entusiasmo con el
que hablaba Harry de ello te hacía creer que tal vez ser médico no era tan malo.

Louis a veces piensa que esa pasión de Harry fue lo que lo enamoró. El día en que se
conocieron, hablaron sobre su futuro y su carrera, sus pasatiempos, sus sueños…

Fue algo extraño, tal vez coincidencias de la vida. Ambos, sin saberlo, compartían amistad
con la misma persona: Zayn, quien cumplió años e hizo una gran fiesta, como de
costumbre.

Harry no iba a ir a esa fiesta, le dijo a Zayn que tenía un examen o que tenía sueño. Ambas
eran simples excusas para no salir de casa y su amigo lo sabía. Prácticamente lo sacó de la
cama, diciendo que necesitaba relajarse de tanto estrés y exámenes.

Obviamente al ojiverde no le quedó de otra más que aceptar. Una vez en la fiesta, hizo el
mejor esfuerzo por divertirse pero simplemente no lo conseguía porque no conocía a mucha
gente. Se sentía extraño, fuera de lugar. Las demás personas tenían su grupo de amigos y
Zayn estaba algo ocupado dándole la bienvenida a todos o sirviendo trago.

Harry recuerda bastante bien lo que pasó después. ¿Cómo no hacerlo?

Estaba apoyando su espalda en una pared, bebiendo algo de vino (no era fan de la
cerveza), cuando sintió que algo o alguien chocó con él. El poco de vino que quedaba en su
copa se derramó, levantó la cabeza, dispuesto a reclamarle a la persona que había hecho
eso pero…

—¡Ay, no! Lo siento mucho. ¿Manché tu ropa? Dime que no por favor.

Su preocupación era genuina, sus ojos se lo decían.

Sus ojos…
El lugar estaba oscuro, pero los ojos del chico delante de él brillaban con tal intensidad que
podía darse cuenta de su color: Azul.

Tenía unas facciones muy bonitas, se dio cuenta luego. Los pómulos, su nariz, labios… todo
era tan simétrico y delicado que le fue casi imposible no suspirar.

Miró al piso, un poco avergonzado y nervioso pero también viendo como el vino estaba ahí
derramado.

—No, no. Tranquilo —se miró su ropa—. No me manchaste —le sonrió. El ojiazul suspiró de
alivio.

—Que bueno porque el vino no se quita. Me sentiría mal si hubiese manchado tu camiseta.
Es linda —sonrió el desconocido.

—Gracias… —rió Harry, queriendo saber su nombre.

—Louis —extendió su brazo.

—Harry —se dieron la mano.

—Amigo de Zayn supongo.

—Sí. Nos conocemos desde la secundaria.

—¿En serio? Yo lo conozco del instituto.

—¿Ah, sí? ¿También eres fotógrafo?

—Sí —sonrió con un orgullo genuino—. Bueno casi. Me falta un año para serlo de verdad.

—Oh, wow. Es linda la fotografía —Harry se empezó a sentir más… cómodo con la
situación.

—Lo es, ¿verdad? Me gusta porque puedes retratar lo que quieras, contar historias sin
palabras.

—Me imagino.

—¿Y tú? ¿Estudias? ¿Trabajas? —cuestionó Louis interesado, también más relajado.

—Medicina. Quinto año.

—¡Wow! Un médico en camino —sonrieron—. Que lindo. ¿Ya sabes en qué especializarte?

—No, aún no. Primero quiero explorar todo lo que pueda y ya luego decidirme por algo.
Y así, empezaron a hablar de sus vidas, sus sueños, sus gustos, también un poco de su
situación amorosa. Ambos estaban solteros, lo cual era una fortuna para los dos.

Louis decidió que era buena idea sacar a bailar a Harry, así que no dudó en hacerlo. No
eran los mejores bailarines, pero se divertían, conversaban, reían…

Se compartieron los números, se hablaron a los minutos de haberse ido de la fiesta.


Hubiesen seguido mandándose mensajes si Harry no hubiese caído en un sueño profundo.
Por suerte, al día siguiente, siguieron las conversaciones, cada día más constantes.

A los dos meses de conocerse, Louis tomó la decisión de pedirle a Harry ser su pareja. Fue
una cena romántica en un campo hermoso, un atardecer y un picnic. Algo sencillo, pero
significativo, sobre todo porque el rizado acababa de reprobar un examen para el que se
había esforzado mucho. Lloró en el hombro de Louis y este le prometió que las cosas
mejorarían.

Y vaya que Louis mantendría su promesa, hasta ahora.

Al año de novios, empezaron a compartir el departamento de Louis. Harry limpiaba cuando


podía, estudiaba y Louis trabajaba y lo pagaba.

Si bien, Louis era el único de los dos que trabaja porque la carrera del rizado era muy
pesada, no les iba mal. El ojiazul es algo codiciado en su trabajo. Hace sesiones de fotos
creativas, hermosas… empezó bien. La mayoría de veces eran familias que querían
sesiones con sus hijos, a veces novios que querían anunciar su compromiso o la llegada de
su bebé. Una que otra vez llegaba alguna modelo.

Louis era muy meticuloso con su trabajo, atento a cada mínimo detalle, perfeccionista… al
menos en su trabajo. Al organizar su vida, no tanto. Por algo está ahora en el restaurante en
lugar de en su estudio almorzando.

La comida está buena. La disfruta y, tal como predijo, no tardó en llegar. En el televisor, se
encontraba el canal de noticias. Hubo una que llamó su atención: un choque frontal entre
una minivan y un bus interprovincial. Estaban rescatando a las aproximadamente 50
víctimas y llevándolas al hospital más cercano, que era en el que Harry está en este
momento.

Louis no puede evitar pensar en él, en lo desordenado e intenso que debe estar todo. Así
que decide mandarle un mensaje.

La sala de emergencias estaba repleta de gente. Harry apenas podía escuchar sus
pensamientos debido a todo el bullicio que había en el pequeño lugar. La gente gritaba.
Algunas de dolor, otras por el shock, otras gritaban los nombres de sus seres queridos, con
la esperanza de encontrarlos con vida y, si era posible, sanos.
Harry nunca experimentó algo parecido. Nunca lo había vivido en primera persona. Él a
veces veía, en sus prácticas hospitalarias de años pasados, como los médicos e internos
corrían de un lado a otro, intentando atender a la mayor cantidad de pacientes o yendo a
ayudar en alguna emergencia.

Siempre pensó que debía ser agotador, abrumador… ahora lo comprobaba.

Era su primer día de internado. Nunca pensó que sería tan caótico. Es decir, imaginaba que
habría una que otra emergencia, pero nada de esta magnitud.

Había sangre por todas partes, en el piso, en las paredes, en la ropa de la gente. Hasta en
su propio uniforme.

La gente llegaba y llegaba. Algunos caminando, otros en camillas, con heridas, con cortes,
conscientes, inconscientes, gritando, callados por el shock de haber vivido algo
traumatizante, con huesos rotos, incluso con quemaduras… porque aparentemente el bus
se incendió luego de chocar.

Se encontraba suturando una herida en la frente de un anciano que no paraba de hablar


con su esposa para mantenerse tranquilo luego del terrible suceso. Le sonrió al paciente
cuando terminó de curarle, dándole a entender que todo estaría bien.

Justo en ese momento, escucha el característico sonido de algún monitor cardíaco,


indicándole que aquel paciente lejos de él estaba quedándose sin vida.

—¡Ey! ¡Tú, interno! —le grita alguien detrás de él. Voltea al instante—. Ven a ayudar. ¡Corre!

No conocía a la doctora que lo llamaba, pero sabía que era algo sumamente importante y
que debía de dar RCP lo más rápido posible. Corrió lo más rápido que pudo. La vida de
alguien estaba en peligro.

Entró a la habitación y empezó a dar reanimación casi de manera automática. Siendo ajeno
a cómo lo miraban el resto de doctores e internos en la sala. Estaban todos agotados, se
dio cuenta segundos después. Por lo que asumió que el paciente ya ha entrado en paro
anteriormente.

Estaba concentrado contando las compresiones en el pecho que, se dio cuenta, era
pequeño. Vio el rostro de quien estaba intentando salvar, y fue ahí donde sus ojos se
llenaron de miedo.

Era una niña, de aproximadamente 8 años, con los ojos cerrados, heridas en la cara y con
una interna a su lado ventilándola manualmente, ya que no respiraba por sí sola.

Harry terminó las 30 compresiones. Los doctores se acercaron a darle descargas eléctricas
fuertes para su pobre cuerpecito, pero no mejoraba.
El rizado, negándose a dejarla morir, no esperó a que alguien le dijera qué hacer. Se acercó
y empezó con las compresiones en el pecho de la menor, otra vez. Hasta que se dio cuenta
de que la interna dejó de ventilarla.

—¡Ey! ¡¿Qué haces?! ¡No puedes parar! —le gritó agitado e indignado. No pudiendo creer
la "negligencia" que la interna estaba cometiendo. Y más aún, como nadie le decía nada.

—Ya déjala, Harry —escuchó la voz de su jefe de internado. Volteó a verlo—. Ya se ha ido.

—¡No! Es muy pequeña, no han intentado lo suficiente —seguía comprimiendo, podía


escuchar las costillas crujir pero aprendió (a la mala) que cuando se hace RCP eso no
importa. Solo importa salvar.

—Lleva así hace media hora, Harry. Déjala ir ya —habló el médico otra vez.

Harry podía llorar en ese mismo instante. Es que simplemente no podía ser. Era demasiado
joven para morir, no lo merecía. Seguro tenía papás y familia que la querían y que llorarían
su pérdida por el resto de sus vidas. El interno no podía simplemente permitirlo.

Comprimió hasta el cansancio. Escuchó el sollozo de la interna, claramente intentaba


ocultarlo. Harry dejó de moverse, pero seguía agitado, escuchando cómo el monitor
cardíaco no paraba de decirle que la niña murió, prácticamente, en sus brazos adoloridos.

El ojiverde aún no asumía nada cuando la doctora que lo llamó habló:

—Hora de la muerte: 1:32 de la tarde.

La respiración del rizado empezó a fallar. El monitor fue apagado, la interna se fue casi
corriendo, su jefe tapó el rostro de la niña, que daba a entender que la menor estaba en un
sueño eterno, lleno de paz, por suerte.

Pero para Harry no hubo nada de paz. Escuchó como los doctores suspiraban y se iban,
probablemente a seguir trabajando.

Él solo se quedó ahí. Mirando el rostro ya cubierto de la pequeña.

Y es que solo eso le faltaba para empeorar su día. Ver morir a una inocente niña, que no
tuvo la culpa de la muy probable irresponsabilidad e imprudencia que tuvieron el conductor
de la minivan o el de la bus, o ambos. Ella era ajena a todo eso. Ella no merecía tener un
final tan pronto.

Era muy pequeña, le faltaba mucho por vivir. Y solo podía imaginar el dolor de sus padres y
familiares, quienes probablemente no serían los mismos después de recibir la noticia que,
gracias al cielo, no tuvo que dar.

Pero aún así, eran demasiados sentimientos juntos. Desde ira y rabia hasta tristeza y
miedo. Simplemente no pudo más. No quería mirar a nadie a los ojos porque sentía que las
lágrimas que aguantaba se le escaparían.
Salió corriendo de la sala, dejando a la niña con las licenciadas y fue rápidamente al cuarto
de los internos, donde guardaban sus cosas. Por suerte, no había nadie adentro, así que
pudo encerrarse sin que nadie lo viera ni fastidiara.

Ni bien cerró la puerta, dejó salir mucho aire mientras cerraba sus ojos. Intentando dejar
salir sus sentimientos y que solo quedara algo de paz.

Sin embargo, la imagen de la pequeña falleciendo lo atormentó de nuevo. Y, esta vez, ya no


quería esconderse ni contenerse, por lo que dejó que las primeras lágrimas cayeran y se
deslizaran por sus mejillas.

Cuando empezó a hipar, se tapó la cara con sus manos… y se dejó caer en el suelo en
algún rincón de la habitación.

Lo peor es que se sentía mal por llorar porque creía, erróneamente, que un médico no
debía hacerlo. Que un futuro médico como él debía resistir de todo y ser fuerte y estable
emocionalmente.

Pero ahí se encontraba. Llorando a mares por una niña que no conocía, ni conocerá. Y no
puede parar, porque cada vez que piensa en ella el llanto empeora y está lejos de parar.

Se siente mal porque, realmente, no es la primera vez que experimenta algo así. Ya ha visto
morir a alguien antes. A varios de hecho. Solo que esto es diferente…

Él ha visto a muchas personas desvanecerse, dar su último suspiro, a muchos familiares


gritar del sufrimiento al enterarse… y por supuesto que le había dolido. Es solo que a
quienes había visto en esa situación era gente que ya había vivido gran parte de su vida,
gente que incluso ya lo había asumido, gente mayor.

Solo puede pensar en el dolor de la familia ahora, preguntarse cómo lo afrontarán, cómo
seguirán después de esto, si es que lo hacen. Porque hay veces en las que alguien de la
familia muere y automáticamente esta se rompe, sin marcha atrás.

Se propone detener su llanto cuando cree que ya ha pasado mucho tiempo, pero realmente
no quiere levantarse. Solo quiere que el día termine, ir a casa, abrazar a Louis, llorar en sus
brazos tal vez, bañarse e irse a dormir.

Él sabía que no debía demorarse demasiado, la gente lo necesitaba. Así que, de mala
gana, tuvo que levantarse del suelo, tomar un profundo respiro, suspirar y cerrar sus ojos
otra vez, intentar olvidar lo ocurrido.

Sacó su celular del bolsillo cuando este vibró, vio que era un mensaje de Louis y solo pudo
suspirar, deseando estar ya con él en casa, no solo para descansar si no también para
recibir el amor de su pareja que tanto estaba necesitando.

Quería, en serio, hablar con él en ese momento, pero sabía que si lo hacía se derrumbaría
otra vez y ya no lo podía permitir.

No podía creer que ya por fin se encontraba sentado en el taxi de regreso a casa. El día
había parecido eterno.

Había demorado más en salir porque llegaron más pacientes justo cuando estaba por irse.
Sentía la boca seca, su estómago dolía por la falta de comida (no comió casi nada en todo
el día), su cabeza reventaba por el estrés y tenía muchas, pero muchas, ganas de llorar y
desaparecer.

Ah, y dormir también, por supuesto.

Sentía que se le cerraban los ojos mientras el auto avanzaba, pero no podía permitirse
dormir antes de llegar a casa. Tenía miedo de perderse o de que el taxi pase por su casa y
no se diera cuenta.

No pasó mucho tiempo (por suerte) hasta que por fin vio su querido condominio y le dijo al
taxista que parara. Pagó y entró a la residencia. El vigilante lo saludó sonriente y él solo
pudo apenas responder, demasiado agotado como para siquiera fingir una sonrisa. Caminó
arrastrando los pies y ya prácticamente a punto de dejarse caer al suelo debido al
agotamiento. De solo pensar que tenía que subir hasta el tercer piso lo hacía querer llorar
otra vez.

Afortunadamente, no derramó ni una lágrima. Se motivó diciéndose mentalmente que con


cada escalón que avanzaba era un paso más cerca de su casa, de su cama, del calor de
hogar, de Louis…

Con pereza, abrió su mochila y sacó la llave, entrando al fin a su casa.

Escuchó unos pasos acercarse y luego, la voz que tanto deseó escuchar desde que
empezó el día.

—¡Amor! —saludó el ojiazul entusiasmado, casi corriendo para abrazarlo. Cuando al fin
sintió sus brazos alrededor de su cansado cuerpo, fue cuando al fin se sintió en paz. Se
aferró a su cuerpo, queriéndose quedar ahí el mayor tiempo posible. En silencio, solo…
sintiendo el abrazo que le daba Louis. No quería hablar, pero parecía que su novio tenía
otros planes—: ¿Cómo te fue hoy?

Apenas llegaron las palabras a sus oídos, se sintieron como dagas a su corazón, y a su
mente. Pues las imágenes de aquel horrible día llegaron de nuevo: la sangre, los gritos, los
llantos, las súplicas desesperadas, el sudor en su frente, las carreras que tuvo que hacer
durante todo el día, las personas a las que tuvo que prácticamente arrancar del camino a la
muerte, traerlas de nuevo a la vida…

Pudo traer de vuelta a varias, excepto…


—Fue horrible, Lou —no tenía idea de cómo es que su voz lograba salir a pesar del nudo
que se empezaba a formar en su garganta. Las lágrimas amenazaban con salir.

—Oh, amor. Dijiste que lo hablaríamos ahora. ¿Quieres hacerlo? ¿O quieres cenar primero?
—acarició su espalda, dulcemente. Todo lo contrario a cómo lo había tratado la vida ese día.
Todo lo contrario a cómo lo trataría la familia de la pequeña.

—No la pude salvar —sollozó en su hombro—. Lo intenté pero no la pude salvar.

Louis, al escuchar lo quebradiza que se estaba volviendo la voz de Harry, se separó


ligeramente de él para verlo. Se arrepintió al instante cuando vio lágrimas en sus ojos y una
profunda tristeza en su mirada.

—¿A quién, amor? —limpió las lágrimas que se deslizaban por las mejillas del ojiverde—.
¿De quién me hablas?

—De una niña, 8 años, paro cardiaco —se estremeció al recordar—. No sobrevivió al
accidente. Es la única de su familia que ha fallecido y… y no la pude salvar, Lou.

Rompió en llanto otra vez, ante la atenta mirada de su novio, quien volvió a abrazarlo
fuertemente. Frotando su espalda, reconfortándolo, intentando hacer que ese temblor en su
cuerpo se vaya lo más rápido posible.

—Intenté de todo, Louis. Yo no… no entiendo cómo se fue si era tan pequeña y joven
—lloraba en su pecho—. Hice todo lo que pude, debió de haber funcionado. ¡Yo quería que
funcione! —exclamó en su cólera—. Pero ya estaban intentando por m-mucho tiempo y ya
no había nada que hacer.

Louis solo escuchaba, abrazándolo, intentando no llorar junto con él. Porque, ahora mismo,
debía de ser fuerte.

—Solo me llamaron a verla morir. ¡Y lo odio, Lou! ¡Lo odio! —se aferró más fuerte, si es que
era posible, mientras su diálogo se interrumpía por el llanto—. ¡E-Ella no tenía la… culpa!
¡De nada, maldita sea, de nada! Y aún así se tuvo que ir.

Lo que siguió después de esas palabras, terminó por romper la barrera invisible que había
armado Louis para aguantar escucharlo.

—No la pude salvar, Lou. Debí haber hecho más por ella. Tal vez pude haber hecho más
por esa niña —rompió en llanto—. ¿Qué clase de médico soy si no pude salvar a una niña?

Louis sabía lo mucho que Harry se esforzó para llegar a dónde estaba ahora. Louis sabía
que no fue de un día para otro, le costó años, lágrimas, perderse fiestas y reuniones
familiares. Maldita sea, sabía que el rizado amaba su carrera y lo único que quería era un
buen internado, uno que tal vez no empiece tan trágico cómo ahora.

Louis sabía lo mucho que Harry quería salvar a esa pequeña e inocente vida. No lo había
visto, pero estaba seguro de que lo había intentado todo.
Porque así era su Harry. Esmerado con la vida, cariñoso con los pacientes, sonriente,
inspiraba confianza y más de una vez sus pacientes le agradecieron por ello con palabras
tan bellas que hacían que Harry llore de felicidad llegando a casa, siendo abrazado por
Louis.

Esta vez… Harry salió de casa emocionado, pensando que sería un gran día. Creyendo
que, al menos por ese ansiado primer día, las cosas saldrían bien.

Louis empezó a llorar.

Ver a su chico tan indefenso y vulnerable, cuestinándose su labor como médico luego de
haber pasado por tantas cosas… fue demasiado.

Era rabia combinada con tristeza.

Rabia porque el accidente fue una estupidez por parte de ambos conductores. Uno iba ebrio
y el otro a demasiada velocidad, lo había visto en las noticias. Ambos fueron responsables
de la muerte de 32 personas, incluyendolos a ellos y a la niña. Ambos eran responsables de
la tristeza de su chico.

Tristeza porque Louis sabía que Harry no podría olvidarse de lo vivido, porque el rizado se
culpaba a pesar de que hizo un trabajo arduo para salvar a esa pequeña, y aún así, no lo
pudo lograr.

Louis acariciaba los rulos de Harry, despacio, intentando darle calma aunque por dentro se
estuviese rompiendo y ardiendo. Harry lloraba en su hombro y no se sentía capaz de parar
pronto.

—Eres un médico grandioso, amor —habló el ojiazul cuando sintió que su voz no saldría tan
quebrada por el llanto—. Has hecho todo lo posible por ella y… en algún momento, te darás
cuenta de ello. Espero que ese momento llegue pronto.

Se separaron ligeramente para verse las caras, ambos con los ojos rojos y llenos de
lágrimas.

Louis llevó su mano a la mejilla de Harry, el último inclinándose hacia el tacto, sintiéndose al
fin más calmado y protegido.

—Hice la cena —el mayor sonrió a medias—. ¿Quieres probarla? Son mini pizzas,
especialmente para ti.

Harry asintió, sintiendo cómo Louis secaba sus lágrimas.

—Estaban deliciosas, Lou —sonrió un poco—. Gracias.


—No es nada, amor. Espero haber mejorado al menos un poquito el día —Harry suspiró
mientras se acercaba a Louis, queriendo más mimos de los que ya había tenido a lo largo
de la cena.

—¿Qué haría yo sin ti, eh? —preguntó mientras lo abrazaba y escondía su cara en su
cuello.

—No lo sé… morir de hambre tal vez. No tendrías quién te mande el almuerzo o quien te
haga una cena tan rica como la de ahora —Harry se tensó cuando escuchó la palabra
"almuerzo" salir de la boca de Louis—. ¿Harry? —cuestionó el mayor al sentirlo.

—¿Sí? —respondió inocente.

—¿Sí has almorzado, verdad?

—Uhm…

—¡Harry! —lo regañó, separándose de él—. ¿No has almorzado?

—Es que… no tenía hambre —lo miró con culpa.

—Harry eran tallarines verdes —se quejó Louis—. Te encantan los tallarines verdes… ¿No
has comido nada en todo el día?

—Es que lo que pasó fue… antes del almuerzo —bajó la mirada. Louis entendió todo y
suspiró.

—Está bien. Entiendo. Pero ahora tendré que lavar ese tupper y aguantar el olor a queso de
esa cosa —iba a quejarse más hasta que vio la mirada llena de culpa de su novio.

—Lo siento, Lou. Ya yo lo lavo. No te preocupes.

—No, no. No te preocupes, Harry. Yo lo hago. Más bien, ve a bañarte para que vayas a
dormir de una vez. Debes estar muerto, bebé.

—Bueno, está bien —bostezó—. Gracias, amor —le robó un beso—. No sé qué haría sin ti.

—Yo tampoco —sonrió—. Te amo —sostuvo su mejilla.

—Y yo a ti —el rizado cerró sus ojos, disfrutando del toque.

—Bueno, ve a bañarte que apestas —Harry soltó una carcajada.

—Ya voy, amor. Tan romántico como siempre —se paró de la mesa, dirigiéndose al baño
mientras Louis se dirigía a la cocina para limpiar todo.


Harry se dispuso a hacer el almuerzo cuando terminó de hablar con Louis. Tenía que hacer
una comida buena, que le gustara a su novio porque definitivamente no estaba siendo un
buen día.

Todo empeoró cuando escuchó el sonido de la lluvia caer. Salió a mirar por la ventana y,
efectivamente, estaba lloviendo casi torrencialmente.

—Lo que faltaba —susurró con pena.

Louis odiaba la lluvia. No le traía buenos recuerdos y siempre que llovía de esta manera se
entristecía o enojaba. Esperaba, con toda su alma, que Louis tenga un paraguas en el
estudio para que al menos no se moje, a pesar de que el mal humor seguiría presente por el
simple hecho de que llovía, esperaba que al menos no llegara empapado a casa.

Louis esperó unos minutos a que parara la lluvia, pero se dio cuenta de que esta no tenía ni
la más mínima intención de cesar.

Por lo que al ojiazul no le quedó de otra que tomar aire, colocarse su abrigo, tomar la perilla
de la puerta de su estudio, girarla, abrir la puerta, salir y cerrarla con llave, llevándose su
cámara bien segura en su mochila y empapándose casi al instante.

Por suerte, su preciada y malograda cámara se encontraba en su estuche de cuero, por lo


que era poco probable que se mojara o dañara más de lo que ya estaba.

Del estudio a su casa habían 15 cuadras aproximadamente. Ya no había transporte público,


ni taxi, pues era peligroso manejar con las pistas llenas de agua, así que no le quedó de
otra que suspirar… y caminar.

Él solía amar los días de lluvia. Los celebraba junto con su pequeña hermana Emily, pero
eso cambió hace años, por un terrible suceso que, inevitablemente, siempre recuerda
cuando el clima se pone así: triste.

Nuestro protagonista tenía 14 años. Era un joven alegre, divertido y tenía muchos amigos.
Digamos que fue de los populares en la escuela. Era guapo, robaba suspiros a sus
compañeras aunque… realmente no le interesaban.

Siempre que llegaba a casa, Emily lo recibía con los brazos abiertos, feliz de ver a su
hermano de nuevo mientras ella se quedaba en casa… claro, mientras estaba sana.

Cuando Emily tenía tres años y Louis diez, la menor de la familia fue diagnosticada con
leucemia.

La noticia dejó a la familia destrozada, pero intentaron de todo para que eso no los derribe.
Los Tomlinson eran fuertes, debían permanecer así para no caer en la profunda tristeza, y
así poder seguir luchando por la más pequeña de la casa.
Se intentó muchas veces mandar a Emily a una escuela normal, como la que iba Louis,
pero nunca se pudo debido a la debilidad y cansancio que padecía la niña, quien casi
siempre debía pasar sus días en hospitales. Louis tuvo que aprender a hacer sus tareas
solo en la sala de espera.

Siempre la atención de sus padres se iba hacia la menor. Él lo entendía. Aprendió a cocinar
desde muy chico, ser independiente básicamente, a una corta edad.

Cuando Emily se sentía bien, los hermanos se dedicaban a jugar lo más que podían.
Jugaban a los rompecabezas, a las escondidas, a las adivinanzas, a las fiestas de té, al
spa, al maquillaje…

Y cuando llovía, eran sus días favoritos. Ellos se escapaban de casa para salir a disfrutarla
y jugar un rato bajo las frías gotas que caían del cielo. Saltaban charcos, reían, se mojaban
entre ellos solo para fastidiarse y sacarse unas cuantas risas.

Louis siempre supo que Emily era el sol. Sus padres y él eran los planetas orbitando a su
alrededor, adorándola y prestándole atención, casi dependiendo de ella. Era difícil la
mayoría de veces… no ser el centro de atención cuando también mereces un poco al
menos, sigues siendo un hijo en la casa, mereces que te escuchen. Pero Louis lo aceptaba.

Ese era el universo en el que vivía. Y aunque le costó aceptarlo, se acostumbró.

Recuerda perfectamente aquel día.

Estaba lloviendo desde la mañana. Él iba rumbo a la escuela. Se despertó extraño, con un
sentimiento raro, distante, no sintiendo muchas ganas de hablar mucho. Era raro en él pues
siempre hablaba hasta de más. Además de que todo iba bien en casa… aparentemente.

Emily no estaba en el hospital. Eso era algo bueno. Debería sentirse feliz.

Pero simplemente no pudo. No ese día.

En medio de su clase de ciencias naturales (lo recuerda malditamente bien), entró el


director llamándolo, con una expresión que no pudo comprender en ese instante.

El director le dijo que sus padres lo necesitaban en el hospital urgentemente.

Todas sus alertas se activaron.

Salió corriendo a toda prisa, en medio de la lluvia, casi resbala en el camino.

Llegó empapado, preguntando por su familia, específicamente por su hermana. Le dijeron


dónde estaba. Corrió de nuevo hasta llegar a la habitación indicada y cuando lo hizo…
deseó estar soñando.

—¿Qué pasa? —preguntó agitado de tanto correr, al ver que su madre lloraba en el hombro
de su padre.
Su corazón no parecía ser capaz de calmarse. Estaba demasiado angustiado y ansioso, él
solo quería respuestas, quería que todo esté bien pero…

—Tu hermanita, Lou —la voz de su padre se rompería en cualquier momento. Nunca lo
había escuchado así—. Ya no pudo más…

En ese instante, algo se rompió dentro él. No, mejor dicho. Le quitaron parte de él.

Su hermana se fue y se llevó con ella una gran parte de él. De su confianza, de su alegría,
de su ser…

No creía que las cosas podían empeorar, pero estaba muy equivocado.

Dejó de hablar con absolutamente todos en la escuela. Las chicas que antes suspiraban al
verlo ahora lo miraban con pena. Sus amigos hablaban a sus espaldas, diciendo cosas que
escuchaba demasiado lejanas como para prestarles atención. Los maestros lo llevaron a la
psicóloga un par de veces… no sirvió de nada, pues el chico se negó a hablar con ella.

En su casa, las cosas no eran mejores.

Ya no había nadie que lo espere con alegría, ni que lo abrace, ni que le pida jugar.

Todo estaba tan vacío…

Los padres del joven adolescente no le hablaban, ni se miraban. Louis casi no comía y
nadie parecía darse cuenta, pero fue peor cuando empezaron a discutir en las noches
mientras el ojiazul lloraba y se lamentaba, encerrado en su cuarto, sin pronunciar una
palabra.

Les tomó un año divorciarse. Un año en el que el joven apenas decía un par de palabras al
día. Un año en el que la escuela fue su refugio, se encerraba en los estudios porque no
tenía otra escapatoria. Un año en el que perdió no solo a su hermana, sino también a sus
amigos y las grandes habilidades sociales que tenía.

A su familia les tomó dos años y medio poder sanar casi por completo. El trauma seguía
ahí, al igual que los recuerdos. Ahí vivirían por siempre.

Por suerte, Louis pudo recuperar algo de su personalidad extrovertida, pero le tomó tiempo,
lágrimas y sobre todo sangre para poder lograrlo.

En su historial médico figura una cierta cantidad de heridas en sus muñecas, hechas por él
mismo. Ahora solo quedan cicatrices, que oculta con sus tatuajes y que solo los más
observadores pueden ver, o aquellos con los que tiene más confianza.

La lluvia siempre trae esos recuerdos hacia él. Y lo detesta. Porque solía ser algo lindo,
pero ahora solo trae dolor.
El día empezó bastante mal. Quería que mejorara pero no parecía tener intenciones de
hacerlo. Ahora se sumaba una causa más de estrés: la cámara malograda.

Era su fuente de trabajo, no podía darse el lujo de no trabajar por tanto tiempo. Tenía
deudas que pagar.

No ganaba tan poco en el trabajo pero, el mes pasado, Harry se enfermó y tuvieron que
dejar de pagar el departamento para comprar los medicamentos necesarios. Ahora,
deberían dejar de pagar para poder solucionar lo de la cámara.

Solo quería llegar a casa. Caminar se le estaba complicando. Estaba temblando de frío,
empapado y con hambre… y con ganas de llorar, obviamente.

Esperaba poder acurrucarse en el cuerpo de Harry, que seguramente estaría cálido y seco.
Era lo que necesitaba ahora.

Cuando al fin llegó a la puerta del edificio, el vigilante lo miró extrañado pero lo ignoró.
Subió hasta el tercer piso… al fin.

La puerta se abrió y Harry dejó de lavar los platos, se secó las manos y fue directo a
atender a un Louis que estaba mojado de pies a cabeza, mirando al suelo, con ojos rojos de
haberse aguantado el llanto.

—Louis, amor. Ven aquí, ¿Sí?

El ojiazul dirigió la mirada a los ojos frente a él y, por fin, pudo derrumbarse y aferrarse a su
chico.

Empezó a llorar en su hombro cuando se dio cuenta de que estaba mojando la ropa de su
novio.

—L-Lo siento. Te estoy mojando —sollozó. Intentó alejarse, pero Harry no lo permitió.

—Shhh. No importa, bebé. No importa —acarició sus húmedos cabellos y sintió como Louis
temblaba de frío—. Está bien. Te traeré una toalla, ¿Sí? Perdóname, olvidé preguntarte si
tenías paraguas en tu estudio.

—N-No importa —negó.

—Bien. Dame un segundo. Traeré algo para secarte.

Ni bien el rizado se alejó, Louis se abrazó a sí mismo. No se movió ni un centímetro, solo


esperando a que su novio llegue a abrigarlo y darle cariño.

Harry llegó con la toalla más gruesa que encontró. Lo envolvió y sobó sus brazos para
transmitirle calor más rápido.
—Estás helado, bebé —dijo al besar su frente—. Ojalá no te enfermes. Te preparé té.
¿Quieres un poco? —Louis asintió—. Está bien. Ya vuelvo. Te traeré. Siéntate, ¿Ok? —el
castaño volvió a asentir.

Caminó lento hasta el sillón, aún temblando de frío. Harry sirvió el té favorito de Louis en su
taza favorita, solo para consentirlo un poco más.

—Ten —le dio la taza. El ojiazul la recibió con un pequeño "gracias". Harry se sentó a su
lado en el sofá—. Iba a ponerle azúcar pero recordé que no te gusta así.

Eso hizo sonreír ligeramente a Louis. Habían sido incontables las veces que Harry le puso
azúcar a su té cuando sabe que el castaño odia cualquier tipo de infusión con azúcar.
Simplemente que al rizado se le olvida de vez en cuando.

—He hablado con el técnico. Dijo que podía atenderme más tarde —contó Louis con la
mirada en el suelo.

—Bueno. Entonces primero te bañas, te cambias de ropa, almuerzas y luego vas con el
técnico.

—Está bien.

El rizado no se pudo resistir y juntó sus labios. Louis lo agradeció enormemente pues
siempre, pero siempre, los besos de su novio mejoraban su ánimo. Nunca fallaba.

Y ahora más que nunca, por culpa del día horrible que tuvo y los recuerdos que llegaron a él
debido a la lluvia, necesitaba más cariño del normal.

Harry sabía cómo tratarlo. Parecía que desde siempre lo supo.

Se separó de sus labios y dejó que el castaño se recostara en su hombro para darle caricias
en su pelo. Louis suspiró, cansado de la mala suerte que estaba teniendo. Esperaba que
luego de bañarse, almorzar y tomar una siesta todo mejorara.

—Te amo. Lo sabes, ¿Verdad? —le dijo Harry.

—Mhm —asintió Louis, cerrando sus ojos, disfrutando de las caricias de Harry—. Yo
también te amo.

—Todo estará bien, ¿Ok? No te estreses.

—Está bien.

—Ve a cambiarte, ¿Sí? Iré sirviendo la comida por mientras —le dijo Harry. Louis asintió.


Harry salió de casa con la cámara de Louis en mano. Tuvo que tomar su paraguas antes de
salir porque la lluvia no paraba aún. Debía tener mucho cuidado justamente por eso.

Tomó un taxi ni bien salió de su edificio. No quería demorar mucho porque no le gustaba
dejar a Louis solo cuando se encontraba desanimado.

Él sabía en qué técnico confiaba Louis así que no tuvo problemas en ir él solo.

Llegó y afortunadamente el técnico lo atendió rápido. Le contó el problema, el experto miró


con atención la cámara, la intentó prender pero no se pudo.

—No se te cayó al agua, ¿Verdad?

—No, no. Solo se cayó del trípode.

—Ya veo…

Harry vio cómo el técnico desarmaba la cámara con tanta facilidad. Se notaba que
realmente sabía lo que hacía.

—Ah… mira —llamó su atención. Harry se acercó—. ¿Ves este chip?

—Sí.

—Está roto —le enseñó—. Probablemente ya estaba un poco dañado y con la caída
empeoró.

—Oh… vaya. ¿Puede arreglarse entonces? —preguntó preocupado.

—Sí, pero…

Oh, no. Ahí venía el pero.

—Va a salir un poco caro porque ese chip es medio difícil de conseguir —Harry suspiró—.
Yo tenía un par hace unas semanas pero se me agotaron porque los clientes los
necesitaban. Podría conseguirte uno para tu cámara pero recién para la próxima semana.

—¿La próxima semana? —cuestionó.

—Sí. A veces tardan en traer al país.

—¿Cuánto saldría entonces?

—Por el año de la cámara, el tamaño… serían unos 100 dólares más o menos.

100…

100 dólares.
El departamento costaba 150.

¿Tan caro iba a ser un chip de tan pequeño tamaño?

Eso solo iba a destrozar a Louis. Más de lo que ya estaba…

Harry salió cabizbajo del lugar del técnico, rompiéndose la cabeza porque no había forma
de que pudieran pagarle 150 dólares al técnico. Tenían que pagar el departamento.

Se frustró porque sabía que no podía trabajar. Ya había tenido discusiones con Louis al
respecto, y con su madre también. Su carrera era pesada, cansada… ninguno de los dos lo
dejaría trabajar por más que quisiera.

Decidió irse caminando para aclarar su mente, pensar en alguna solución. Necesitaba
alguna idea.

Tal vez podía vender algunas de sus cosas, sus libros, o incluso apuntes… en algún lado
vio que eso era posible, pero no recuerda dónde ni cómo.

Le preocupa Louis porque ya estaba de mal humor, ahora estaría peor al saber que no
podrá trabajar hasta conseguir el dinero. Suspiró al darse cuenta de que tendría que ser él
quién deba darle la triste noticia y soportar ver su cara caerse en una triste expresión o
peor, verlo llorar otra vez.

Fue en ese momento, en el que miró hacia arriba, tal vez buscando consejo o alivio. El día
seguía lluvioso. Era lindo y nostálgico, pero también algo triste. Le agradaba.

Y como si de una bendición se tratara, vio algo que le trajo demasiados recuerdos… uno
tras de otro.

Era sumamente extraña la situación. Hacía tiempo que no sabía nada de él y ahora…

Niall Horan, su compañero desde la secundaria, quien era un desastre para las materias de
la escuela pero había nacido con una voz bendita.

El chico siempre decía que sería famoso, que lograría llenar estadios, arenas y ahora… ahí
estaba.

Era extraño ver un anuncio con su rostro pegado en una de las calles más transitadas de la
ciudad. Era extraño recordar las miles de conversaciones y risas que compartieron juntos,
mientras miraba como aquel muchacho era ahora toda una estrella.

Cuando terminaron la secundaria, dejaron de contactarse tan seguido como siempre.


Harry se había enterado del estrellato de Niall a través de la televisión. Recuerda casi llorar
de la nostalgia y el orgullo, pues se veía que el chico estaba inmensamente feliz con nueva
vida. Realmente se lo merecía.

Habló con él una vez, hace dos años. Niall tardó en contestarle los mensajes pero
respondió gustoso de saber que Harry ya estaba en su quinto año de medicina en ese
entonces.

Por supuesto que el rizado lo seguía en redes pero con todo lo que tenía que hacer y el
poco tiempo que tenía, lamentablemente no estaba muy al tanto de su antiguo amigo, por lo
que se sorprendió de ver su gran éxito a través del anuncio en la ciudad.

Y Harry no lo sabía en ese momento, pero había encontrado ya su solución.

—¡Amor! —exclamó Harry mientras abría la puerta de su casa—. Te traje donas, ¿leíste mis
mensajes?

No recibió respuesta. No vio a Louis por ningún lado.

¿Seguiría durmiendo?

—¿Lou? —preguntó, yendo a su habitación.

Grande fue su sorpresa al ver a Louis echado en la cama, hecho una bolita temblorosa,
tapada con su edredón. Escuchaba cómo se quejaba y cómo su mandíbula temblaba.

Harry se acercó hasta la cama, se sentó a su lado y lo sacudió un poco.

—Amor… hey, Lou —el mencionado salió de su escondite entre las frazadas y lo miró con
ojos llorosos y rojos.

—¿Harry? —preguntó con su voz ronca de recién levantado.

—Amor, ¿Qué pasó? —el ojiverde tocó la frente de su novio—. Estás ardiendo en fiebre,
Lou. ¿Por qué no me avisaste?

—R-Recién despierto. M-Muero de frío —se quejó.

—Ok, está bien. Te traeré más frazadas.

Dejó a Louis acostado y temblando en su cama. Fue rápidamente a buscar las frazadas
más gruesas que tenían, el termómetro, pastillas y un vaso de agua.

—G-Gracias —agradeció Louis cuando sintió que Harry lo abrigaba.

—Voy a tomarte la temperatura, ¿Okay? —el ojiazul asintió.


Harry colocó el termómetro en la axila de Louis y volvió a taparlo porque la sensación de frío
era fuerte.

—¿Te molesta algo más, amor?

—L-La garganta un poco —su voz estaba ronca—. Tal vez haya sido por la lluvia.

—Ayer dijiste que ya te dolía un poco la garganta. La lluvia debe haber empeorado tus
síntomas.

Louis hizo un puchero al sentirse mal. Harry no puedo evitar besarlo antes de quitar el
termómetro.

—Tienes 38.7°C, amor. Voy a traer paños fríos para bajarte esa fiebre —el rizado se alejó
mientras Louis se quejaba diciendo que ya tenía frío y no necesitaba paños todavía más
fríos.

—H-Harry —se quejó el ojiazul—. E-Está helado.

—Amor, tiene que estar frío para que te baje la fiebre. Te lo dejo un ratito, ¿Sí? Aguanta un
poco y te ganas una dona.

—¿Me compraste donas? —los ojos de Louis brillaron.

—Sí, mi amor. De tus favoritas. Te comes una antes de tomarte la paracetamol.

Harry fue colocando más trapos fríos sobre la piel de Louis, quien al principio se quejaba
pero luego sentía el alivio para su alta temperatura.

Minutos después, cuando los paños fríos dieron efecto, Harry le dio una dona a Louis quien
la disfrutó como nunca pues, su día no había sido el mejor. Para nada. Al menos un dulce
podría ponerlo de mejor humor.

—Amor —llamó Harry.

—Mhm —Louis estaba algo concentrado en su dona.

—Tengo malas noticias…

El buen humor no duró mucho.

—¿Ahora qué pasó? —se quejó el mayor.

—Fui con el técnico.

Nada bueno podía venir después de eso.


—Me dijo que la cámara va… va a salir cara, amor.

—¿Cuánto? —preguntó Louis sentándose en la cama con algo de miedo.

Harry suspiró. Realmente quería esperar a que Louis se recuperara por completo de su
fiebre antes de decirle las malas noticias, pero dudaba que pudiera guardar el secreto por
tanto tiempo.

Era algo difícil. Probablemente el mayor se deprimiría y tal vez hasta se enferme más pero
Harry conocía bien a su novio y sabía que sería peor si le mentía o le ocultaba información.
Por lo que, a pesar de que parezca lo contrario, era mejor decírselo todo.

—100 —susurró. La mandíbula de Louis cayó.

—¡¿100?! —exclamó con tanta fuerza que empezó a toser. Su garganta no estaba del todo
bien. Harry sobó su espalda para mimarlo y calmarlo—. ¿100 dólares? —preguntó de nuevo
una vez que se sintió mejor.

—Sí. Uhm. El técnico me dijo que probablemente ya estaba dañada pero que con la caída
empeoró y… es un chip, Louis. Es diminuto y tiene que comprarlo y traerlo y no sé qué más
pero… sí. Me dijo que salía 100 —explicó Harry con pena.

—Oh vaya —exclamó Louis en su angustia—. ¿Q-Qué voy a hacer? No voy a poder
trabajar ni… hay que pagar el departamento —recordó—. Ojalá esto de la fiebre no sea tan
grave p-porque si no, tendríamos que comprar medicinas y… no tenemos para eso —Harry
sabía que cuando Louis empezaba a tartamudear las cosas iban a ir mal. Y no lo podía
permitir.

—Amor, tranquilo —dejó una caricia en su castaña cabellera—. Primero concéntrate en


mejorar, ¿Sí? Termina tu dona para que te tomes la pastilla y ya… luego vemos, ¿Ok?

Louis no estaba nada convencido. Su cabeza iba a explotar del estrés que ahora sentía.
Eran demasiadas cosas en las que pensar y demasiado por hacer. Nada le había salido
bien ese día salvo el llegar a casa y encontrar a Harry.

Suspiró. Realmente quería hacerle caso a su novio. Quería calmarse y solo pensar en
mejorar. Haría su esfuerzo.

—Está bien.

Harry le dio un tierno beso en los labios mientras sobaba su brazo, buscando calmarlo,
mantenerlo tranquilo por el mayor tiempo posible. Dejó que terminara su dona con
tranquilidad y luego le dio la pastilla, esperando que tuviera efecto.


Louis ya estaba con el pijama puesto, listo para dormir de hecho. Solo faltaba que Harry
termine de lavarse los dientes y se acueste junto a su amado para que así ambos puedan
descansar de tan mal día.

Por fortuna el ojiazul no había vuelto a tener fiebre pero de todos modos se sentía terrible.
Tanto emocional como físicamente.

La garganta le dolía, la cabeza le dolía y su mente no paraba de pensar en su trabajo, en


los pagos pendientes y en el horrible día que tuvo. Solo quería descansar para olvidarse de
todo.

Harry finalmente terminó de alistarse, por lo que se acostó en la cama donde Louis lo
esperaba.

—¿Tienes turno mañana? —preguntó el mayor. Realmente esperaba que no fuera así
porque quería que Harry se quede con él todo el día.

—Sí, amor. Pero solo hasta el mediodía.

Bueno. No iba a poder ser como Louis quería. Pareciera que nada podía salir como Louis
quería.

—Bueno —respondió el castaño, acurrucándose con su frazada, dándole la espalda a


Harry, quien no tardó en acomodar su brazo alrededor de su ahora débil cuerpo para
abrazarlo y sostenerlo.

—Prometo salir lo más temprano que pueda, ¿Sí? —Louis asintió—. Todo va a salir bien,
amor. Además, estaba pensando en que… tal vez, solo esta vez, podíamos pedirle ayuda a
mi mamá.

Louis ya estaba a punto de quedarse dormido. En serio. Se estaba relajando hasta que
Harry mencionó a su futura suegra.

Y es que cuando Harry se mudó con Louis él le había prometido a Anne que no les faltaría
nada. Habían quedado en que los padres de Harry pagarían su universidad y él se
encargaría de los gastos de la casa y la comida para ambos.

Harry era el hijo menor de Anne, el sobreprotegido hasta cierto punto. Fue algo complicado
que acepte que su pequeño viva con Louis, pues un año de noviazgo le parecía poco.
Además de que aún no había terminado la carrera.

Louis le prometió que todo saldría bien, que él sería cuidadoso, que él podría y que él
pagaría prácticamente todo.

Pero ahora todo se estaba desmoronando. No iba a poder trabajar hasta que pueda pagar
la cámara, tenía que pagar los dos meses que debe del departamento, estaba enfermo y si
no mejoraba pronto tendría que pagar por las medicinas o hasta un médico y gastar todavía
más dinero.
Louis se prometió a sí mismo que no sería necesario pedirle ayuda a Anne o pedirle a Harry
que trabaje. Lo discutieron muchas veces y siempre llegaban a lo mismo. Siempre era un
"no" por parte del mayor, porque si aceptaba entonces significaba que no era suficiente.

No era suficiente para Harry y para darle la vida que se merece. Aceptar algún tipo de
ayuda monetaria era, para él, como aceptar que su trabajo y esfuerzo no eran suficientes. Y
eso es lo que le daba más miedo.

Porque tuvo que luchar demasiado para poder estudiar y conseguir su trabajo. Fueron años
de lucha con su salud mental. Años en los que había días que ni siquiera quería levantarse
de la cama pero al final lo hacía porque, muy en el fondo, sabía que valdría la pena y que
tener un trabajo fijo le daría la paz que necesitaba.

Pero ahora, con las palabras que Harry dijo, se daba cuenta de que no era suficiente.
Nunca sería suficiente.

La gente a su alrededor tal vez tenía razón. Él no se merecía a Harry, fue tonto pedirle a
Anne que lo deje vivir con él. Tal vez hasta el mismo Harry se estaba dando cuenta de que
con Louis no podría vivir más, por situaciones como estas, en las que el sueldo de su
trabajo a veces no era suficiente.

Tal vez era solo cuestión de tiempo para que Harry lo deje por alguien mejor. Alguien que
tenga un trabajo real o alguien más responsable. Simplemente… alguien mejor.

—A…¿t-tu mamá? —susurró Louis, sintiendo el nudo en su garganta formarse.

De repente empezó a sentir frío pero, al mismo tiempo, sintió que las frazadas lo asfixiaban.
Las caricias de Harry no eran suficientes esta vez.

Era algo inminente e inevitable y Louis lo sabía: él caería de nuevo.

—Sí. Uhm. Tal vez pueda ayudarnos un poco. Es… necesario, Lou. No creo que se
moleste.

—Y-Yo le prometí a tu mamá que… n-no le pediríamos ayuda c-con nada —ahora sentía
que la respiración le fallaba.

—Lo sé, amor. Pero-

—Yo le dije que nada, Harry. ¡Nada! —chilló cuando se dio cuenta de que no podía controlar
su malestar. La cabeza empezó a dolerle y sus latidos cardíacos los escuchaba en sus
oídos. Era demasiado estresante—. ¿Q-Qué va a decir s-si llego a pedirle dinero? Yo le
prometí que n-no…

—Lou, amor. Respira —Harry se puso en alerta. Su novio estaba empezando a tener un
ataque de pánico, uno probablemente muy fuerte—. Vamos a respirar juntos, ¿Sí? Como
dijo la psicóloga —se acercó más a él para abrazarlo un poco más, esperando que eso
ayude.

—N-No quiero que tu mamá piense que n-no soy s-suficiente —no supo en qué momento
empezó a llorar pero ya sentía las lágrimas deslizarse por sus mejillas—. Q-Quiero darte lo
que mereces. No quiero que se e-enoje conmigo. No q-quiero que te vayas.

—Amor, no me iré a ningún sitio —susurró a su oído, escuchando con pena como sollozaba
fuertemente. Necesitaba calmarlo ya—. Estoy aquí, ¿Sí? Respira conmigo. Vamos.

—T-Te vas a ir porque n-no soy suficiente —sentía su cuerpo temblar. Cerró los ojos al
sentir dolor en su pecho de solo imaginarlo—. V-Vas a buscar a alguien más —sintió las
manos de Harry tomar las suyas. Sabía que él hacía eso cuando empezaba a lastimarse. Ni
siquiera supo en qué momento empezó a arañarse—. A-Alguien que pueda t-trabajar.

—Lou, no. Mírame —Harry no soltó sus manos. Se acostó a horcajadas de su novio,
poniendo sus piernas a cada lado de su tembloroso cuerpo, intentando casi
desesperadamente que su amado, quien seguía llorando y temblando, se calmara. A su
punto de vista, estaba diciendo cosas sin sentido y eso lo alarmaba—. Mírame a los ojos,
cielo.

Louis lo hizo al fin. Concentrándose en lo hermosos que eran los ojos de Harry, lo lindo que
era mirarlo.

—Respira conmigo —repitió. Inhaló, esperando que Louis por lo menos intentase hacer lo
mismo—. Uno…

Louis intentó hacerle caso, pero dolía.

—Dos —Louis soltó un sollozo—. Lo estás haciendo bien, vamos. Tú puedes.

Iban inhalando y espirando lentamente. El mayor hacía lo posible por seguirlo pero sentía
que explotaría. Intentaba concentrarse en las suaves manos de Harry dando caricias en su
rostro y secándole las lágrimas, en el calor que emanaba su cuerpo encima de él.

—Seis…

—No puedo —lloró Louis negando con la cabeza.

—Sí puedes, amor. Lo estás haciendo. Vamos.

Llegaron hasta el número 10, en el que Louis ya empezó a regular su respiración a pesar de
los sollozos. Por lo menos ya no temblaba.

—Muy bien, amor —susurró el ojiverde, dándole un beso en su mejilla para luego
acariciarla—. Lo has hecho muy bien. Lo has hecho excelente —lo consolaba.
Louis abrazó fuertemente el cuerpo de Harry, llorando, aferrándose a él porque seguía
pensando, erróneamente, que el rizado se iría de su lado.

—L-Lo siento. Lo siento mucho, mucho —repetía—. No quería terminar así, yo… perdón,
amor.

—Shhh —susurró en su oído, esta vez acariciando su cabeza—. No pasa nada. Está bien.
Estamos juntos, estaremos bien.

—N-No soy lo suficientemente fuerte. Perdón —se ocultó en el cuello del menor—. No
quería que nada de esto pasara. Te lo prometo, bebé. De verdad, yo…

—Basta, Lou. Basta ya —susurró con amor, dándole besitos en todo su rostro húmedo por
las lágrimas y sintiendo su piel un poco más tibia de lo normal. Probablemente la fiebre iba
a atacarlo otra vez.

Louis empezó a respirar profundamente otra vez. No quería caer en un ataque de nuevo.
No ese día. Estaba exhausto, solo necesitaba mimos y dormir. Dormir lo más que pudiese.

—Quiero decirte algo, ¿Sí? ¿Vas a escucharme? —Louis asintió. Harry suspiró y lo miró
fijamente a los ojos—. No vuelvas a decir algo como eso, ¿Está bien? Yo no voy a dejarte si
es que no trabajas, eso no me importa. Yo vine a vivir contigo aún sabiendo que podíamos
tener momentos difíciles porque así es la vida, cielo. Nada es 100% perfecto. Yo seguiré
aquí, contigo —le dio un beso de esquimal que, por fin, le sacó una minúscula sonrisa a
Louis—. Así tengamos el departamento, así vivamos debajo de un puente y tengamos que
usar sacos de papas como ropa… seguiré aquí, contigo. No me voy a ir a buscar a alguien
mejor porque, escucha bien, no hay alguien mejor para mí. Tú eres más que suficiente
—dejó una caricia más en su cabellera—. Y te amo… mucho. En todas tus facetas, en todo
momento. No necesito dinero ni mucho menos que trabajes como para saberlo, ¿Sí? Eres
mi novio, mi Louis —sonrió—. Y eso no va a cambiar, pase lo que pase. ¿Ok?

Louis asintió con su cabeza solamente. En verdad no tenía fuerzas de seguir hablando.

—No quiero escucharte decir esas cosas otra vez y… perdón si en algún momento te hice
creer todo eso. No es cierto, ¿Ok? Y pienso hacer mil cosas para demostrártelo. Es solo
que… ahora, estás muy estresado, bebé. Me doy cuenta. Y no quiero verte así, por eso digo
para pedirle ayuda a mi mamá. Solo por esta vez.

Louis volvió a asentir, casi quedándose dormido, rendido. Empezó a sentir su cuerpo
temblar otra vez, pero esta vez no era de ansiedad.

—Me está dando frío —se quejó.

—Oh, amor. Debe ser la fiebre otra vez —tocó su frente y, efectivamente, la fiebre estaba de
vuelta—. Voy a ponerte el termómetro de nuevo y traerte pañitos, ¿Sí?
Al ojiazul no le quedó de otra que volver a asentir y taparse con las frazadas, esperando
que Harry regrese. Colocó el termómetro mientras iba poniendo los paños fríos en su frente
y cuello que eran las zonas con mayor temperatura.

—Te amo mucho —susurró Louis, cerrando sus ojos, entregándose al sueño.

—Y yo a ti, amor —respondió Harry, dando un besito en sus labios. Cuando se separó de
Louis se dio cuenta de que había caído dormido.

El termómetro marcaba 37.9°C. No era una fiebre muy alta. Probablemente se le pasaría
con los paños en un rato.

Por suerte, así fue. Harry cambió los pañitos un par de veces y, en unos minutos, tocó la
piel de su novio y ya estaba en la temperatura normal, incluso algo sudorosa, señal de que
la fiebre estaba cediendo.

Harry puso el termómetro, las pastillas y los pañitos en la mesa de noche. Esperaba que no
ocurriera nada más en la madrugada pero aún así debía estar preparado.

Una vez estuvo listo, se acostó en la cama con el mayor, acomodándolo sobre su cuerpo y
abrazándolo.

—Buenas noches —susurró para luego dar un beso en su cabeza.

Louis ya había dejado de reírse (por fin) después de cinco minutos de casi haberse mojado
los pantalones de la risa, pero todo se fue al tacho cuando escuchó un puertazo desde la
sala.

Estaba 100% seguro de que era Harry quien dio el golpe a la puerta porque ya había
llegado.

—Buenas tardes —saludó el rizado una vez entró al comedor. Louis terminó de tragar el
pedazo de pollo que se había metido a la boca y, con una cara inocente y graciosa, miró a
su novio, quien estaba ahí parado con cara de enfadado, según él.

—Hola, amor —se aguantó la risa. Harry rodó los ojos.

—Ya puedes reírte en mi cara —respondió fastidiado, debía aguantarlo tarde o temprano.

Louis no esperó más y empezó a dar pequeñas carcajadas mientras Harry rodaba los ojos y
se quitaba la mochila y el abrigo, poniéndolos a ambos en su lugar correspondiente.

—¿Ya averiguaste dónde queda Tumbes, bebé? —rió Louis.


—Sí. Ya sé que queda en el norte del país. Gracias por decírmelo, corazón —dijo con
sarcasmo, acercándose para darle un beso en los labios a su enamorado—. Veo que ya te
sientes mejor —suspiró, yendo a sentarse en la mesa.

—Tu pregunta me mejoró el día —sonrió el ojiazul—. Pero sí, ya no me ha dado fiebre y la
siesta hizo bien al parecer.

—Me alegro —respondió Harry, probando al fin la sopa caliente.

—Te salió rica la sopa, amor.

—Me doy cuenta —sonrió con soberbia.

—Ay ahora el pesado eres tú —Louis rodó los ojos. Harry se rió—. Bueno antes de que
sigas siendo pesado… cuéntame: ¿Qué tal tu día?

—Bueno… llegué temprano como siempre, y como te dije, perdí a mi paciente pero lo
encontré así que no me gritaron. Y parece que mañana podré ver una cirugía —sonrió al
recordar—. Es una de revascularización quirúrgica que está programada hace un par de
días. El paciente tiene una arteria obstruida que le dio un infarto así que hay que hacer que
la sangre vuelva a pasar por la zona afectada —explicó.

—Así que… ¿es una cirugía cardiaca? —Harry asintió contento—. ¡Eso es genial, amor!
Cardiología, justo lo que te gusta —sonrió.

—Lo sé… parece que le caigo bien al doctor así que me invitó a ver la cirugía.

—Me alegro mucho, amor —Louis besó el dorso de la mano de Harry—. No sabes cuánto.

—Gracias, Lou —sonrieron—. Te amo… a pesar de que te burles de mí —Louis soltó una
carcajada.

—Era imposible no burlarse, Harry.

—Sí, sí. Como sea… ¿Cómo fue tu día? ¿Dormiste mucho?

—Un poco. Solo tuve una siesta aunque ahora después del almuerzo quiero otra.

—Sí, yo también —bostezó el ojiverde—. No suena mal una siesta después del almuerzo.

—Bueno, entonces dormiremos un rato luego del almuerzo —Harry asintió—. Ahora tienes
que contarme el chisme de tu amigo.

—¡Oh, es verdad! —recordó el rizado—. Niall, mi amigo de la secundaria, me escribió.

—¿Ese que reprobó religión? —Harry rio al recordarlo—¿Y que ahora es cantante o algo
así?
—¡Sí, ese! Vi su tweet sobre su tour. ¿Puedes creerlo? Hará un tour por Europa, Lou.
¡Europa! —exclamó.

—Wow… todo un sueño.

—¡Lo sé! Él siempre soñaba con eso y, honestamente, ni siquiera sus padres lo apoyaban
mucho. Es decir, era flojo en la escuela pero… tenía otro talento, claramente.

—Sí, bueno… existen muchos tipos de inteligencia así que la de él está claro que tiene que
ver con el arte. Igual, lo entiendo. La escuela a veces puede ser aburrida y, si quieres
dedicarte al canto, fotografía o arte en general no tienes mucho apoyo.

—Exacto. Siempre me dió algo de pena, la verdad. Pero me alegro mucho de que haya
encontrado mi cuenta de Twitter, me haya seguido y me haya hablado. Es lindo saber de él
después de mucho tiempo. Me dijo que está ocupadísimo ahora. Encargándose de todo.

Louis sonrió al ver la sonrisa plasmada en el rostro de Harry. Le alegraba el corazón saber
que su amor estaba feliz.

—Debe ser lindo viajar tanto —suspiró Louis—. Quisiera poder decir que viajaremos pronto
pero…

—Amor —Harry tomó su mano antes de que continúe—. Ya hablamos de eso anoche,
¿Recuerdas?

—Sí —el ojiazul bajó la mirada—. Le pediremos ayuda a tu mamá —dijo derrotado.

—Y eso no es malo porque lo necesitamos y mi mamá no tiene problema. ¿Está bien?

—Sí —suspiró Louis. Se sintió mejor cuando se dio cuenta de que Harry le estaba dando
caricias en su mano sobre la mesa.

—Te amo —le recordó por enésima vez en el tiempo que llevaban de relación. A Louis
nunca le cansaría escucharlo y a Harry nunca le cansaría repetirlo.

—Yo también te amo.

La pareja siguió comiendo y conversando, como siempre. Cada que podían comer juntos lo
hacían pues era un momento ideal para conversar sobre sus días o las cosas que tienen
que hacer.

Cuando terminaron, Louis se ofreció a lavar los platos pero Harry se negó pues el ojiazul
debía descansar, pero este también se negó porque quería estar abrazado a la espalda de
Harry no soltarlo ni para dormir. Está claro que cuando se enferma se pone más meloso de
lo normal y, por un instante, Harry había olvidado ese pequeño detalle.
Así simplemente decidieron que Harry lavaría los platos mientras Louis simplemente se
aferraba a él por la espalda, tarareando canciones antiguas pero bonitas, que ambos
disfrutaban.

Al terminar, decidieron por fin acostarse a dormir abrazados como casi todos los días.
Ambos estaban agotados: Louis por estar enfermo y con las defensas bajas y Harry por el
día tan agitado que tuvo. Eso ayudó a que no tardaran mucho en dormirse.

Zayn sabía perfectamente dónde estaba la oficina de Niall. No era la primera vez que iba a
buscar a su amigo al trabajo. La mayoría de veces era para salir un rato y distraerse, pero
había algunas veces en las que iba a buscarlo por ciertas emergencias.

Tristemente, era algo común que Niall tenga ataques de pánico, se estresaba rápido.
Hablaba con su psicólogo una vez a la semana como mínimo, para mantenerse y sentirse
bien mentalmente.

Y es que el trabajo era agotador. No solo por lo mucho que había que hacer u organizar, si
no también en el aspecto emocional. Un famoso siempre tiene que mantenerse sereno,
siempre amable y bajo control, ser un ejemplo para sus fans y siempre estar dispuesto a
estos.

A Niall no le era difícil ser amable, pero la parte de mantenerse bajo control le costaba.

Zayn y Taylor, sus amigos de hace años, sabían que el irlandés era muy ansioso, tanto así
que se medicaba. Y eso podía deberse a su difícil infancia.

Niall era hijo único y sus padres no tenían la mejor relación. Cuando cumplió 6 años, vio un
concierto en la televisión y quedó maravillado de cómo el vocalista tocaba la guitarra y la
gente gritaba su nombre. Se prometió a sí mismo ser como él cuando sea grande, pero
cuando se los dijo a sus padres… no tuvieron la mejor reacción.

Su madre le dijo que eso no era una real profesión, solo era un hobbie y no podía dedicarse
a eso. Su padre, por otro lado, le decía que debía ser un abogado como él, seguir su
ejemplo y su legado.

Todo empeoró cuando, meses después, sus padres empezaron a discutir cada noche. El
pequeño no dormía bien por los gritos que ambos daban en su habitación. Siempre que
llegaba la noche tenía miedo porque pensaba que en algún momento también le gritarían a
él por cualquier cosa y todo sería peor.

Fue así como un joven Niall perdió la atención de sus padres, quedándose prácticamente
solo con sus pensamientos y sus todavía no tan destruídos sueños de ser cantante y llenar
los estadios más grande del mundo.
No tenía un hermano mayor para que lo cuide y le explique el porqué de las peleas de sus
padres o un hermano menor para jugar o distraerse… pero siempre tendría hojas y un lápiz
para plasmar sus pensamientos y escribir sus primeras canciones.

Años después, sus padres al fin se divorciaron. Fue extraño, pero sintió cierto alivio al no
tener que aguantar otra pelea más por la noche.

En su cumpleaños número 12, después de tanta insistencia por parte del joven adolescente,
su padre le compró la tan soñada guitarra. Pero estaba más que advertido de que no le
pagarían lecciones para que él aprenda, si quería hacerlo, tendría que hacerlo solo.

Y así fue, gracias al internet, logró aprender varios acordes y canciones famosas,
impresionando a sus profesores de música por lo rápido y bien que había aprendido él solo.

Su voz no se quedaba atrás. En cada recital que había en la escuela, estaba él con su
guitarra y con su voz particular y especial. Pero no importaba lo mucho que se esforzara
ensayando o escribiendo canciones, mientras que él no presentara buenas notas en otras
áreas que no sean música o arte, sus padres seguirían sin prestarle atención, sin felicitarlo,
sin asistir a los recitales…

El día que conoció a Harry fue, probablemente, uno de los peores de su vida. No por
conocer al rizado, eso fue lo único bueno que ocurrió aquel día.

Lo que pasó es que, como había reprobado un año y debía repetirlo, lo llevaron a una
escuela nueva, donde no lo recibieron muy bien.

Iba a haber un recital a inicios de año, se inscribió sin pensarlo y estuvo feliz por eso porque
era un reto nuevo… pero su felicidad duró poco porque unos chicos de años superiores lo
empezaron a fastidiar, diciendo que era un bruto y un bueno para nada, pues por alguna
razón esos chicos sabían que Niall había repetido de año y pensaron que lo mejor sería
gritarlo frente a todos en el patio.

Se sintió señalado al instante, las miradas de los demás chicos eran de desaprobación y de
burla, muy parecidas a las miradas de sus padres cada vez que él mencionaba el tema del
canto y la música.

Recuerda perfectamente el sentir que su corazón se saldría de su pecho, la falta de aire y el


querer morirse en ese preciso instante al sentirse tan pequeño frente a un grupo tan grande
de gente que no lo conocía. Se sintió débil por un momento, pero no pudo aguantarlo más.

Salió corriendo con las pocas fuerzas que le quedaban.

Fue al baño más lejano que pudo encontrar y se encerró en uno de los cubículos, tan rápido
que no se dio cuenta de que, lavándose las manos, se encontraba el rizado que lo
acompañaría y ayudaría por el resto de la secundaria.
Harry escuchó a alguien encerrarse en el baño y al instante empezar a llorar. Se quedó
quieto por unos segundos, sin saber qué hacer o a dónde irse. Hasta que, minutos después,
decidió quedarse y tocar la puerta.

—Uhm. ¿Hola? —tocó la puerta—. ¿Estás bien?

No recibió más que un par de sollozos ahogados, que apenas se escuchaban por el eco del
baño. Se dio cuenta de que la puerta no estaba cerrada, tan solo junta, así que decidió
entrar lentamente.

Lo que encontró fue a un Niall con lágrimas cayendo por su rostro, temblando, respirando
con dificultad y mordiendo el dorso de su mano, intentando no ser muy obvio ni ruidoso por
si es que alguien entraba al baño.

Y Harry no sabía qué hacer. Nunca antes había estado cerca de una persona en esas
condiciones.

—Hey, ¿Qué ocurre? —preguntó preocupado.

Niall quería responder, por lo que separó la mano de su boca, pero no salió ni una palabra.
Harry lo notó.

—Está bien. Tranquilo. Dame la mano, vamos.

El rizado no quería que el pobre chico se siga lastimando, por lo que tomó suavemente su
mano y la separó lo más que pudo de su boca, junto con la otra. Las juntó, envolviéndolas
en su mano.

—¿Puedes respirar? Vamos, respira conmigo.

Hizo que Niall lo mire a la cara y, poco a poco, el irlandés pudo imitarlo cada vez mejor…
pero tardó varios minutos.

—Eso es… ¿Te sientes mejor? —Niall asintió con la cabeza—. Me llamo Harry. ¿Tú cómo te
llamas?

Harry se dio cuenta de que todavía seguía tomando las manos de Niall así que, un poco
avergonzado por eso, lo soltó. El irlandés sonrió al ver el sonrojado rostro del rizado.

—Niall. Me llamo Niall —respondió mientras se secaba las lágrimas. Harry frunció el ceño.

—Ahora que lo dices, creo que te vi en la mañana. Llevo como tres cursos contigo. Te
sentaste al fondo.

—Sí, yo… soy nuevo —su voz estaba temblorosa. Quería salir del cubículo de una vez
antes de sentirse más ansioso. Harry se dio cuenta por su cara, así que ambos salieron.
Niall sintió que podía respirar mejor.
—Oh, ya veo. Imagino que no fue un buen día —Niall se estaba lavando la cara por lo que
no respondió—. ¿Qué ocurrió?

Niall suspiró. Ya un poco más tranquilo.

—Repetí de año —empezó, avergonzado—. Y no sé cómo un grupo de chicos mayores se


enteraron y… prácticamente lo gritaron frente a todos —sentía que iba a llorar de nuevo.
Harry lo vio a través del espejo. No necesitaba saber más.

—Lo siento mucho, Niall.

—Está bien. No es tu culpa.

El joven irlandés estaba dispuesto a irse.

—Gracias por todo, Harry. Perdón por fastidiarte.

—No, tú… está bien. No molestas. Espero te sientas mejor —Niall sonrió.

—Gracias.

Harry no podía dejar que se vaya, no sin que le responda algo.

—Espera —lo llamó.

—¿Sí?

—De casualidad… ¿Uno de esos chicos era un gordo con camiseta de fútbol? —Niall
frunció el ceño.

—Uhm. Sí —no entendía.

—¿Y lo acompañaba otro flaco con jeans rotos y un piercing en la nariz? —Niall no estaba
entendiendo nada.

—Uhm. Sí. También había otro más pequeño con un arete.

Harry bufó.

—Son los mismos de siempre —el semblante del rizado cambió, volviéndose más serio—.
Son Jhonny, el pequeño, Bryan, el flaco y Sam, el gordo. Son de cuarto año. Siempre nos
molestan a nosotros los de segundo. Es así desde el año pasado.

—¿En serio? ¿A ti también te molestaron? —preguntó Niall. Sorprendiendose al ver que


Harry rió amargamente.

—Sí. Un par de veces. Me vieron de la mano con un chico y… bueno.


Harry era constantemente aconsejado por su madre. Recuerda cuando llegó llorando a casa
porque lo molestaron por estar de la mano con su primer enamorado. Ambos se sintieron
tan mal que decidieron terminarlo todo y no volverse a dirigir la palabra. Incluso, días
después, el chico por el que Harry se había enamorado se fue de la escuela, dejándolo con
un corazón roto a sus 12 años.

Se sintió tan inseguro y tan mal… su madre no podía quedarse de brazos cruzados. Le
costó, pero le hizo entender a su pequeño que no tenía de qué avergonzarse ni de qué
temer, pues ella y su padrastro estarían siempre con él. Pase lo que pase.

Aún así, muy dentro de Harry aún había cierto miedo e inseguridad.

—Ya puedes irte si quieres, no tienes que quedarte luego de saber eso —titubeó, bajando la
mirada—. Que yo… uhm, que me gustan los chicos. Está bien, solo… lo saben todos así
que…

—Oh, no. Hey, está bien —cortó su nervioso discurso, poniendo su mano en el hombro del
otro—. La verdad no me importa. Es decir, no soy gay pero… tranquilo. Más bien, lamento
lo que pasó. No lo merecías.

—Gracias, Niall —sonrió—. Ya fue hace mucho. Yo… lo superé. Pero me irrita que sigan
con la misma actitud a pesar de haber pasado ya un año. Deberían ser más maduros.

—Sí… bueno. La gente a veces no madura —se encogió de hombros.

El timbre sonó, indicando que ya tocaba el siguiente curso.

—¿Qué curso tienes ahora?

—Religión —renegó Niall. Harry dio una carcajada.

—A mí también me toca. Lo odio… por obvias razones —esta vez Niall se rió.

—Deberían exonerarte del curso, pecador —bromeó.

—Yo encantado, con tal de no ver la cara del viejo ese del profe —salieron del baño
riéndose de sus ocurrencias.

Pero, otra vez, las risas no duraron mucho.

—Parece que ya te encontraste a otro noviecito, Styles —el rizado rodó los ojos al escuchar
la irritante pero ya conocida voz de Bryan, el jefecito de ese grupito bueno para nada.

—¿No tienes nada mejor en qué meterte, escuálido? —no era un fan de meterse con el
físico de los demás, pero ellos lo hacían todo el tiempo con él. Nunca estaba de más darle
al resto de su propia medicina, o al menos eso decía su padrastro.
—Creo que debo decirte que no es una muy buena decisión juntarte con el burro a tu lado
—sintió a Niall esconderse detrás de Harry quien, a pesar de ser menor que el irlandés, era
unos centímetros más alto—. ¿Sabías que repitió todo un año? —rió Jhonny, el más
pequeño de los tres buenos para nada.

Harry le dio una mirada rápida a Niall, quien solo se limitó a mirar al suelo, avergonzado.
Los verdes ojos del rizado volvieron a ver a los tres tontos frente a él.

—Eso es interesante, Jhonny. Pero creo que hubiese sido más interesante si te hubiese
preguntado —respondió Harry con una sonrisa y una mirada inocente y hasta infantil.

Niall no pudo aguantarse una carcajada y escuchó como al menos un par de personas que
pasaban corriendo a sus salones se reían de lo que había dicho Harry.

Pero el irlandés dejó de reírse cuando vio que Sam, el más alto, gordo, intimidante y grande
de los tres, tomó a Harry del cuello de su camiseta.

—Te crees la gran cosa, ¿No, Styles? —gruñó el bravucón.

Niall creyó que iba a entrar en pánico hasta que vio a Harry todo le importaba muy poco.

—No lo creo. Lo soy —respondió sin pizca de inseguridad en su voz.

—Oh, ya verás lo mucho que disfrutaré golpearte en la salida —lo soltó. Harry tambaleó un
poco. Niall lo sostuvo.

—¿Por qué no ahora? ¿Tienes miedo a que a ti y a tu grupo de inútiles les llamen la
atención por llegar tarde al salón? —volvió su actitud socarrona.

Ninguno de los tres dijeron nada.

—Eso imaginé. Me pregunto… ¿Quién es el verdadero maricón ahora?

Ninguno de los tres estaba dispuesto a quedarse sin hacer nada, por lo que empezaron a
perseguir a los menores mientras gruñían. Y Harry solo pudo susurrarle a Niall:

—¡Corre!

Y ambos, sin perder el tiempo, empezaron a correr como si sus vidas dependieran de ello.
Doblaron en un pasillo y escucharon a un profesor gritar.

—¡Oigan! ¡Ustedes tres! ¡Paren en este instante!

—¡Sigue corriendo, Niall! Ya casi llegamos.

Niall no entendía nada, pero la sonrisa que tenía Harry en el rostro era contagiosa.
Harry paró en una puerta y Niall chocó con su espalda. El rizado se disculpó con su maestro
por la tardanza y el profesor los regañó, pero los dejó pasar.

El ojiverde caminó hasta un asiento al fondo del salón con una sonrisa, Niall siguiéndolo.

—Oh, Niall. Es satisfactorio poner a la basura en su lugar, ¿No es así? —susurró Harry
cuando se sentó. Niall rió despacio.

—Se sintió bien… sí —respondió con una sonrisa.

La clase pasó con tranquilidad. Hablaban de rato en rato porque estaba algo aburrida.

Harry se enteró que Niall reprobó religión por el simple hecho de estar leyendo una novela
sobre una pareja de gays. Harry tuvo que aguantarse la risa mientras escuchaba el relato
del irlandés, quien también sonreía ante tal estupidez.

Cuando terminó la clase, ya era hora de salida. Niall estaba preocupado por los tres idiotas
con los que se habían encontrado, pero Harry lo calmó diciéndole que su padrastro pasaba
a recogerlo casi todos los días. Era un policía con una actitud imponente. No se meterían
con él a menos que sean tan tontos.

Ese día Niall llegó a casa sin decir una palabra, como de costumbre. Solo se encerró en su
cuarto con su guitarra para escribir una canción que empezó siendo triste pero que terminó
con un final feliz.

Años después, cuando Harry ya había ingresado a la universidad, Niall tomó la decisión de
irse de su casa.

Estaba harto de sus padres, de la gente en sí, de que el único que le tenía fe era Harry y tal
vez también la familia del rizado. Necesitaba cambiar de ambiente, de aire, sentirse libre y
confiado, ganar experiencia en lo que quería hacer: cantar y tocar la guitarra.

Increíblemente, despedirse de sus padres no fue lo más difícil. Lo más complicado fue
despedirse de Harry, fue de un momento a otro. A Niall no le gustaban mucho las
despedidas y como ya habían terminado el colegio, ya no se veían mucho.

Es así como llegamos a este momento, en el que un Niall de 18 años y un Harry de 17


están conversando en la puerta del menor.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó el ojiverde—. No tienes a dónde ir. ¿Dónde dormirás?
¿Cómo harás para comer? —Niall suspiró.

—Lo sé, es… complicado. Pero de verdad no quiero estar aquí, Harry. No quiero nada de
mis padres ni de este lugar. Yo… no me siento bien aquí —explicó.

—¿Tienes algo de dinero contigo? Puedo darte un poco tal vez…


—Sí, uhm. Tengo un poco ahorrado —lo interrumpió.

—¿Cuánto? —preguntó el rizado seriamente. Lo conocía.

—Harry, solo tengo dinero y ya.

—¿Cuánto? —exigió. Niall suspiró, rendido.

—20 dólares —susurró.

Y se arrepintió tanto de haberle respondido porque tuvo que aguantar uno de los
prácticamente interminables sermones de Harry que podían calificar como tortura
psicológica, que se vio interrumpida cuando el mismo rizado puso en la mano del otro un
billete de nada más y nada menos que 50 dólares.

—Harry, no…

—No acepto un "no" por respuesta.

—Es mucho, yo…

—Acéptalo o no te vuelvo a hablar en la vida.

No dijo nada. Solo se lo guardó en el bolsillo.

—Gracias, Harry. Por todo —dijo con sentimiento y sinceridad—. Te voy a extrañar mucho
—Harry suspiró.

—Yo igual, Niall —lo abrazó fuertemente—. Prométeme que te vas a cuidar y que usarás el
billete que te di.

—Lo prometo.

Harry sentía que estaba a punto de llorar, pero aún así lo soltó.

—Que te vaya bien, yo… no sé cuándo te volveré a ver de nuevo —dijo con la voz
entrecortada.

—Bueno, ojalá no sea en un hospital —rió Niall—. Eso sería… complicado —el rizado rió
suavemente—. Sé que serás un gran médico, Harry. Solo te falta creer un poco —le palmeó
el hombro—. Te irá bien en la universidad y… seguramente nos volveremos a ver en unos
años. Me verás en la pantalla de tu televisor —le guiñó el ojo. Harry volvió a reír.

—Eres un tonto —bromeó el ojiverde—. Seguramente así será. Mantendré mi televisor


prendido entonces —sonrieron.
Harry sintió sus ojos aguarse así que decidió abrazar a su amigo otra vez… antes de que se
vaya bien.

—Estaré bien, tonto. No llores que me harás llorar a mí también —lo reprendió, sintiendo
como una lágrima se deslizaba por su mejilla.

—Prométeme que me llamarás ni bien puedas —sollozó.

—Lo prometo, Harry —lloró—. Prométeme que no te meterás con otro patán de nuevo.

—Está bien —asintió—. Lo prometo.

—No olvides que te quiero y te agradezco todo lo que hiciste por mí, ¿Sí?

—Sí. Yo también te quiero.

Se soltaron al fin, por más que les doliera. Niall volvió a cargar su guitarra y su pequeña
maleta.

—Adiós, Harry —se fue alejando.

—Adiós, Niall —susurró.

Y Niall se fue… lejos, como dijo.

Empezó tocando en la calle, la gente le daba un poco de dinero a veces. Luego fue a tocar
a los bares o cafés donde le pagaban muy poco.

Después fue contratado por un restaurante para tocar ahí cada noche, canciones ya
conocidas o de su autoría.

Cuando tuvo el dinero necesario, viajó y participó de un programa de talentos de la


televisión.

Y Harry lo vio. Y lloró, porque las palabras de su amigo terminaron siendo ciertas.

Él no lo vio hasta ese día en el que un Niall de ya 22 años salió tocando la guitarra y
cantando una canción suya frente a tanta gente, en la pantalla de su televisión.

Niall terminó ganando la competencia y Harry no podía estar más orgulloso, pues el ganar
le dio fama y fue el primer paso para que el irlandés entre a la tan ansiada industria musical
y por fin pueda publicar su primer álbum y con él tener fans, y así, poder anunciar y tener su
tan añorado primer tour.
Primer tour que, ahora, en el presente, estaba a punto de verse arruinado por un
irresponsable fotógrafo y Niall simplemente no pudo soportarlo. Tuvo otro ataque de pánico
encerrado en el baño.

No le agradaba molestar a sus amigos para que lo ayuden, pero alguno de ellos (Zayn o
Taylor) siempre iba a auxiliarlo aunque él no lo pida. Y lo agradecía demasiado.

Ahora Niall estaba sentado en una vereda frente al edificio donde estaba su oficina,
simplemente esperando a que Zayn llegara a recogerlo y llevarlo a su casa. Estaba
exhausto y, por suerte, esa fue una excusa suficiente para que lo dejen salir.

No quería tener que lidiar con nada. No por lo menos ese día.

Zayn no tardó en llegar. Se estacionó cerca y salió del auto. Niall lo vio y fue corriendo hacia
él. Lo abrazó. Necesitaba sentirse seguro al menos unos segundos. Necesitaba sentirse
cálido luego de haber estado temblando por varios minutos.

—¿Ya te sientes mejor? —Niall asintió—. Está bien. No te soltaré hasta que te sientas listo
y pueda llevarte a tu casa.

Zayn cumplió su promesa. No soltó a Niall hasta que él se sintió listo… y le importó muy
poco si la gente que pasaba los miraba raro. Él solo estaba apoyando y abrazando a su
amigo que lo necesitaba.

Minutos después, Niall lo soltó y ambos quedaron de acuerdo en que ya era momento de
volver a casa.

El viaje fue tranquilo, en silencio. Zayn sabía que al irlandés no le gustaba mucho hablar
luego de un ataque de pánico. Probablemente lo único que quería el chico era llegar a casa
y dormir. De hecho, lo veía de reojo y se dio cuenta de que sus ojos se estaban cerrando.

—Niall, no te duermas todavía —le habló, haciendo que el otro sobresalte.

—Lo siento… es que estoy muy cansado —respondió mientras se rascaba el ojo.

—Lo sé, pero no puedo dejarte dormir en el auto porque luego no podré cargarte hasta tu
casa… como que ya pesas mucho —bromeó. Ambos rieron un poco.

Luego de eso no tardaron mucho en llegar a su destino: el departamento de Niall.

—Bueno, llegamos —anunció Zayn. Niall bostezó.

—Gracias, Zayn. Te pasaste. No tenías que hacerlo.

—Sabes que Taylor y yo siempre estaremos para ti. Eres nuestro amigo. Eso hacen los
amigos, estar para ti —dijo con amor.
—No sé qué haría sin ustedes dos —sonrió Niall. Abrazó a Zayn una vez más—. Gracias.
Te debo una.

—¡Cualquier cosa me avisas! —gritó Zayn mientras veía como Niall entraba al edificio y le
sacaba el dedo pulgar, asintiendo.

Harry llegó a casa y lo primero que vio fue a Louis sentado en el sofá, esperándolo.

—Hola, corazón —saludó el ojiazul inocentemente.

—Hola, tontito —suspiró Harry antes de darle un beso a su amado.

—¡Oye! —reclamó el otro—. Me tomaste por sorpresa. ¿Qué querías que hiciera?

—¡Actuar rápido! —exclamó Harry con una sonrisa, contagiándosela a Louis.

—Perdón. Fue todo de la nada, bebé. Entré un poco en pánico —le dio otro beso.

—Bueno. Vamos almorzando y te cuento. Tu sopa de carne se ve buenísima.

—Espero que esté buena. No sé si tengas muchas ganas de sopa, pero mi garganta aún no
puede pasar muchos sólidos.

—Oh, bebé. Mientras sea comida y la hayas preparado tú, yo encantado.

Ambos se sentaron a la mesa, degustando su comida que al final le terminó encantando al


rizado. No paró de elogiar a su novio mientras veía como este se sonrojaba.

—Bueno. Te acuerdas de Niall, supongo —empezó Harry. Louis asintió con la boca llena de
comida—. Pues, uhm… sigo a su side en Twitter. Y vi unos tweets que me preocuparon un
poco porque parecía alterado. Me contestó mientras yo estaba en la cirugía, por lo que no le
respondí al instante. Pero básicamente me dijo que su fotógrafo se fue, o sea, renunció. Y
que ahora está buscando otro que se pueda encargar del tour y de… un documental.

Louis se quedó callado, quieto. Pensando en qué decir.

—Entonces… ¿tú le mandaste mi carpeta? —preguntó lentamente.

—Sí.

—¿Y qué te dijo Niall? —Louis empezó a sentir que su corazón se aceleraba.

—Aún nada. No contesta. Mira.

El mayor vio la conversación de su novio con el cantante. Se emocionó en un primer


momento. Es decir, era un buen trabajo y seguro pagarían bien. Sería reconocido, pero…
—Harry, amor —empezó a hablar—. Te agradezco esta iniciativa. En serio, pero
—suspiró—. Es Niall de quien estamos hablando. Un cantante reconocido que seguramente
tiene a una fila enorme de fotógrafos y de gente en general que quiera trabajar con él.
Probablemente ya contrató a alguien más y, si no es así, es muy difícil que me contrate a mí
—terminó devolviéndole el celular con tristeza.

La tristeza en la voz de Louis contagió a Harry, pero el rizado no pudo dejar que Louis se
desanimara.

—Amor, yo… la verdad no sé si ha contratado a alguien. Parece que aún no porque su


equipo no le ha presentado a nadie.

—¿Cómo? —Louis no lo podía creer.

—Sí. Lo ha puesto todo en su side…

Louis quería animarse, en serio. Pero sabía que si se ilusionaba y al final las cosas no
salieran como él quería todo se derrumbaría.

—Bueno… de todos modos, amor. Yo no tengo mucha experiencia en documentales y eso.


Solo hice uno para la universidad y fue uno muy corto.

—Pero te gusta hacerlos. Sabes cómo —intentó animarlo de nuevo.

—Todo fotógrafo sabe cómo, Harry. Seguramente encontrará a alguien más experimentado
y lo contratará —terminó su comida cabizbajo. Recogió su plato y lo llevó al lavadero.

—Amor, no te rindas así. Tal vez las cosas salgan bien —Harry lo siguió hasta la cocina—.
Mejor de lo que imaginas.

—No lo sé, Harry. No quiero ilusionarme y luego terminar destrozado cuando no pase nada
—explicó mientras lavaba su plato.

—Bueno, bebé. Solo… queda esperar, ¿Sí? Si no pasa nada está bien. Y si sucede,
también —dijo Harry abrazando a Louis por la espalda.

—Sí… sería lindo la verdad. Fotografiar su tour, viajar por el mundo. Quien sea que consiga
el puesto será muy afortunado —el ojiverde dejó un beso en su mejilla.

—Tu carpeta de fotos es hermosa. Espero que ayude en algo. Seguramente a Niall le
gustará —Louis sintió como su novio apoyaba su mentón en su hombro.

—Tal vez. Aunque seguro que el contratarme o no, no solo depende de él —el mayor
terminó de lavar los platos, se secó las manos y las puso encima de las de Harry, que
estaban dando caricias en su vientre.

—A él es al que le tiene que gustar. Él es el cantante, el importante, el principal.


—Lo sé, pero él tiene un manager, quien también ve esas cosas —dio un mimo a las manos
de Harry que seguían envolviéndolo.

—Solo habrá que esperar…

Dejaron de hablar del tema, pues tenían otras cosas que atender. Además de que a Louis le
ponía algo triste el pensarlo. Para él su carpeta de fotos no era tan buena o no servía para
ese trabajo.

Había diferencias entre hacer sesiones de fotos a quinceañeras o a bebés o a parejas y el


tomar fotos de un cantante con sus fans.

La energía es diferente, el enfoque es distinto. Incluso las técnicas de fotografía son


diferentes.

Louis soñaba con viajar por el mundo. Ha viajado a varios lugares del país, de hecho, y
capturado demasiadas fotos que también están en su carpeta. Pero duda que sea suficiente
como para convencer a un artista de talla casi mundial como lo era Niall Horan.

De todos modos, algo que lo reconfortaba era el hecho de que Harry estaría con él. En las
buenas y en las malas, como siempre. Harry se lo había dicho y demostrado. No tenía por
qué temer.

De la mano de Harry, él se sentía fuerte… él podía con todo, así no tenga nada o nadie más
a su lado.

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