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Arqueología y Genocidio en Tucumán

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Ponencia presentada en el XII Congreso Nacional de Estudiantes de Arqueología, Horco Molle, Tucumán.

2011

Trabajo Inédito
CITAR UNICAMENTE CON AUTORIZACION DEL AUTOR
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ARQUEOLOGÍA, POLÍTICAS DEL PAISAJE Y PRÀCTICAS GENOCIDAS:


UNA APROXIMACION A PARTIR DEL CASO DEL POZO DE VARGAS, TUCUMAN

Diego M. Leiton

A modo de introducción:
Los procesos genocidas, tal como ha sido planteado en los últimos años desde las ciencias sociales,
no se limitan únicamente al aniquilamiento masivo de diversos colectivos humanos o al exterminio
de una fuerza social dada; más bien, ello asume un lugar particular en la realización de los proyectos
modernos que se han propuesto re-construir las relaciones sociales hegemónicas a partir de la
destrucción y modificación de otras, que estructuran aquella sociedad a la cual el genocidio va
dirigido (Feirstein 2000). En este sentido, en un proceso genocida, lo que se busca no es únicamente
la desarticulación de una fuerza social dada y/o la producción masiva de muerte de un grupo social
en particular, sino principalmente el desarme del conjunto de la sociedad, y la construcción de
relaciones sociales nuevas y distintas.
Si pensamos las prácticas genocidas como destrucción y re-construcción de relaciones sociales,
éstas no culminan con el exterminio material de una fuerza social o colectivo humano. Entra en
juego también otra etapa, que Feirstein (2007) ha llamado "realización simbólica" de las prácticas
genocidas. Ésta se relaciona con la necesidad de que el proceso que comprende el genocidio sea
pensado, concebido, argumentado y explicado de una determinada manera y no de otra. Esta parte
del proceso se torna fundamental ya que, si el genocidio culminara simplemente con el exterminio
material de quienes practicaban una forma de relación social en particular, esa relación podría ser
retomada por otras personas. Pero, si en paralelo, toda una pluralidad de mundos y relaciones
sociales quedan también desarticuladas y resignificadas por el proceso, es la sociedad en su
conjunto la que queda afectada. En este sentido, la construcción del sentimiento de inseguridad, de
caos, de terror, e incluso de triunfo y victoria, y los mensajes represivos impuestos por el ejercicio
de ciertas formas de poder y control, contribuyen en su conjunto a producir sentidos relacionales de
individualidad, alienación social entre los sujetos y experiencias traumáticas de miedo, que

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contribuyen a fortalecer y reproducir los efectos de las realizaciones materiales de las practicas
genocidas.
En la producción de estas realizaciones, asumen un lugar particular el despliegue de un conjunto de
técnicas que son relacionalmente constitutivas de las prácticas genocidas. La producción masiva de
muerte es una de ellas; pero también otras prácticas se han constituido en técnicas del exterminio
de relaciones sociales, como la desaparición forzada de personas (Vega Martínez 1997, 1999). En
este quehacer, la sustracción y sometimiento de los cuerpos comprende un proceso que se
despliega ordenadamente para producir la identificación, el debilitamiento y la eliminación de los
sujetos, en tanto corporalidades que encarnan en sí las relaciones sociales que pretenden ser
destruidas. De este modo, la desaparición desencadena un proceso de desmantelamiento y
disociación de todas aquellas tramas relacionales y de sentidos inscriptas, incorporadas y anudadas
en los cuerpos de los sujetos, que pasan a ser objetos del hacer desaparecedor. Este proceso rompe,
quiebra intempestivamente los lazos que anudaban al sujeto a su mundo vital y relacional,
produciendo efectos sociales y psicológicos complejos en las personas. La desaparición, en este
sentido, se perfila como una catástrofe para el sentido, supone procesos que han provocado
disociaciones entre las palabras y las cosas, vacios para el encuentro. Lo que ha roto este proceso,
dura, se extiende y no puede ser reemplazado (Gatti 2008).
Pero esta particularidad y "lógica" de la desaparición forzada, puede también pensarse en relación a
otras formas de materialidad que también han sido objeto de la desaparición en contextos
genocidas, en tanto que también encarnaban relaciones sociales y sentidos particulares. Así, la
sustracción, apropiación, destrucción y ocultamiento de diversos bienes, documentaciones e incluso
lugares, produjeron rupturas de diversos tipos en las relaciones de significación que encarnaban
tales materialidades (Del Bel y Medina 2009; Leiton 2009; Leiton, Giusta y Bertotti 2009;). En este
sentido, hay una producción social y política ya no sólo de cuerpos como espacios sociales, sino
también de objetos y lugares a los cuales se les designan condiciones, identidades y se los vincula a
ciertas categorizaciones sociales y relaciones negativizadas y estigmatizadas. Así, las prácticas
sociales genocidas operan, al mismo tiempo que se constituyen, en torno las propias materialidades
y categorizaciones que produce social y políticamente.
Partiendo de estas conceptualizaciones generales, en este trabajo se busca realizar, a modo de
ejercicio teórico-metodológico, una primera aproximación a los efectos sociales y simbólicos que
produjeron en las experiencias de vida de los vecinos del barrio Villa Muñecas (Dpto. Capital,
Tucumán), la constitución de un viejo pozo de aprovisionamiento ferroviario de agua (conocido
como Pozo de Vargas) como un sitio de administración de muerte en un contexto de genocidio y su

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posterior desaparición, en tanto se trata de un lugar histórica y relacionalmente constituido, que
formaba parte de la vida social vecinal.

Contextualización del trabajo y problematización inicial:


El ejercicio de este trabajo surge a partir de la información relevada durante los trabajos de campo
realizados el barrio de Villa Muñecas, ubicado hacia el noroeste de de San Miguel de Tucumán, en el
marco más amplio de un proyecto de investigación académica y pericial que lleva a cabo el Grupo
Interdisciplinario de Arqueología y Antropología de Tucumán (GIAAT)1 de la Universidad Nacional
de Tucumán, y el área de Conflicto Social del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos
Aires. Este proyecto institucional interdisciplinario centra su atención en las especificidades que
asumió el proceso de genocidio que tuvo lugar en la década de 1970 en la provincia de Tucumán.
El barrio debe su nombre a la estación “Villa Muñecas”, emplazada sobre el tendido del ferrocarril
Central Norte que se extiende desde San Miguel hasta la ciudad de Tafí Viejo, donde funcionaban los
talleres ferroviarios de reparación. El ferrocarril constituyó un núcleo económico fundamental para
la zona en general, en tanto fue posibilitador y movilizador de la industria azucarera en torno a la
cual se constituían diversas fuentes laborales, centrales para los pobladores locales. Sus ciclos
expansivos y restrictivos a nivel económico configuraron en gran parte el mapa social de la región.
Una breve contextualización de la historia del barrio permite comprender el impacto que sobre ésta
produjeron las profundas crisis sufridas por la industria azucarera, que particularmente desde
mediados de la década del `60 condujeron a un abrupto crecimiento del desempleo, por la expulsión
de una gran parte de la fuerza de trabajo del mercado laboral. Esto produjo consecuentes
movimientos de migración y de pauperización extrema de los sectores poblacionales más
vulnerables, sujetos ya históricamente a un tipo de trabajo estacional, mal pago y desarticulador de
las relaciones familiares, por sus mismas condiciones estructurales. En este marco, el proceso de
destrucción económica se cierra, como en otros lugares del país, con las reformas de corte
neoliberal iniciadas por los gobiernos dictatoriales y concluidas por el gobierno de Menem durante
la década de 1990, en el que particularmente las redes del ferrocarril, fueron completamente
desbastadas por los procesos de privatización, impulsados por dicho gobierno. Es a partir de estas
sucesivas crisis económicas como, en la actualidad, el barrio de Villa Muñecas aparece como otra de

1 El GIAAT está conformado por investigadores, docentes, profesionales, técnicos y estudiantes de la UNT y de
la UBA. Este Grupo, desde abril de 2002, trabaja en la construcción de conocimiento acerca del Terrorismo de
Estado en Argentina, centrando la atención en las especificidades que asumieron los conflictos sociales entre
1975 – 1983, particularmente en los procesos de confrontación política y enfrentamientos armados que se
dieron durante el despliegue y desarrollo del Operativo Independencia en la provincia de Tucumán.

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las tantas localidades caracterizadas por un alto índice de desocupación, carencias de
infraestructura básica en sus condiciones de habitabilidad y la existencia de una evidente pobreza y
exclusión social.
En relación a la existencia del ferrocarril, y de modo mas especifico y pertinente al objeto del
trabajo de investigación planteado por el GIAAT, este barrio constituye un foco de interés debido a
la existencia de un antiguo pozo de provisión de agua que, ubicado a ocho cuadras
aproximadamente de la estación, proveía de agua a las antiguas locomotoras a vapor. Este pozo, de
aproximadamente 3 metros de diámetro, se ubicaba al interior de la denominada Finca de Vargas,
dedicada inicialmente al cultivo de caña, y posteriormente al cultivo de cítricos, de acuerdo a los
cambios de producción regionales. Muy próximo al pozo se encontraba un cargadero para pesar
caña, como tantos otros junto al tendido del ferrocarril tucumano, orientado por el desarrollo de la
industria azucarera, en dependencia de este medio de transporte para el traslado de la caña desde
las fincas hasta los ingenios donde se la procesaba, hasta entrada la década de 1970.
En Villa Muñecas, este lugar –el cargadero junto al pozo- era parte de las circulaciones cotidianas de
los vecinos de la zona hasta que, durante la dictadura militar, el pozo fue utilizado como fosa para
inhumaciones clandestinas de cuerpos de personas desaparecidas. A partir de ese momento, la
transformación del uso del lugar produjo cambios radicales en la vida de los vecinos, sus
desplazamientos espaciales en relación al mismo y las representaciones y el imaginario desplegados
sobre las actividades allí realizadas, entre otras transformaciones del mismo grado de radicalidad
producidas por el contexto, a partir de las prácticas de control social, represión y silenciamiento
asociadas al genocidio.
Las características particulares que asume la intervención de las prácticas de terror y genocidio en
la provincia están directamente vinculadas a los conflictos producidos por diversos sectores
sociales –estudiantes, obreros, trabajadores rurales, militantes políticos, agrupaciones guerrilleras-
con el Estado, particularmente los denominados “Tucumanazos” de 1970 y 1972, manifestaciones
populares de masas que, iniciadas en la capital, atravesaron luego todo el territorio provincial. Los
distintos enfrentamientos callejeros y la toma de edificios públicos se replicaron al interior de la
provincia, hasta que fueron finalmente controlados por la intervención del ejército, la policía
federal y la gendarmería, en conjunto. Estas experiencias de confrontación social, en articulación
con otras producidas en otros puntos del país, marcaron un punto de inflexión en el conflicto
general, poniendo en evidencia el crecimiento de fuerzas capaces de disputar el poder, a través de
estrategias y tácticas propias, que las fuerzas del régimen advirtieron como una realidad social que
debía ser aplastada.

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De este modo, el principal objetivo de la estrategia se centró en el aniquilamiento concreto de los
cuerpos rebeldes, y se materializó en el denominado Operativo Independencia, llevado a cabo a
partir de febrero de 1975. El despliegue del operativo y las técnicas implicadas en los procesos de
aniquilación por desaparición de personas fueron diversos, entre ellos los secuestros, la creación de
centros clandestinos de detención y tortura, el asesinato y la creación de fosas destinadas al
enterramiento y ocultamiento de cuerpos asesinados. Este complejo proceso de prácticas tuvo,
particularmente en las localidades donde se concretaban, muchas y variadas consecuencias en las
relaciones sociales. En el caso que nos ocupa, la utilización del pozo de la Finca Vargas como fosa de
ocultamiento de cuerpos asesinados, produjo transformaciones concretas de ese espacio y tuvo un
impacto efectivo sobre las relaciones sociales-espaciales, las representaciones y configuraciones
simbólicas y la vida cotidiana.

Aspectos teórico-metodológicos de la investigación:


En el contexto de los trabajos de campo socio-antropológicos llevados a cabo en el barrio Villa
Muñecas, en Julio del 2006 y Octubre del 2008, y de las investigaciones arqueológicas desarrolladas
en la Finca de Vargas desde el año 2002, surgieron una serie de interrogantes que me llevaron a
plantear algunas preguntas iniciales en relación a un problema complejo, que propongo, para su
desarrollo parcial, en este trabajo. Estas preguntas giran en torno a los efectos sociales y simbólicos
que produjeron, en las experiencias de vida de los vecinos de Villa Muñecas, la constitución del Pozo
de Vargas como un sitio de administración de muerte y su posterior desaparición, en tanto se trata
de un lugar histórica y relacionalmente constituido que formaba parte de la vida social vecinal.
Esta problematización inicial implica, siguiendo a Guber, un “proceso de desnaturalización de lo real”
(Guber 1991), en tanto proceso de construcción teórica sobre el objeto de la investigación, que no
se desprende de los hechos estrictamente observables del campo, en el sentido antropológico del
término. El problema de investigación surge de un proceso de construcción del investigador, en el
que se ponen en juego, de manera relacional, los datos observables en el campo y el background
propio del investigador, conformado por su formación teórica, su habitus, su posicionamiento
ideológico y su sentido común. Es en la mediación de estos elementos que el referente empírico se
transforma en problema y objeto de conocimiento, que a su vez se retroalimenta con nuevos datos
obtenidos del campo, en un proceso circular.
El papel activo del investigador en la construcción de su objeto de estudio y su problema de
investigación requiere, tanto en términos éticos como científicos, la necesidad de establecer un
permanente ejercicio de la reflexividad durante el proceso de producción del conocimiento. Las

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condiciones planteadas por el habitus del investigador, su formación y sus presupuestos como
persona, deben ser puestas en observación permanente, para dar cuenta de su participación en el
proceso (Bourdieu 1991). En este sentido, mi foco de problematización sobre el campo viene
determinado por mis propias condiciones de formación, experiencia de vida, los intereses que me
interpelan y mi posición ideológica personal. En términos estrictamente teóricos, la perspectiva
desde la cual se han planteado las preguntas acerca de esta problemática se enmarcan en el campo
de la arqueología del paisaje y el debate teórico de la sociología sobre los procesos genocidas y de
las formas de resolución hegemónica de conflictividades socio-políticas. Luego, en la confrontación
con el campo, estas preguntas fueron reformulándose hasta convertirse en un problema de
investigación mas definido, que me permitió el trabajo sobre el referente empírico brindado por las
entrevistas.
En el campo se establecen relaciones entre los sujetos y el investigador, muchas veces bajo formas y
técnicas determinadas y es a partir de esta dialéctica que se producen nuevas instancias de
reflexividad, entendiendo ésta como un proceso de interacción, diferenciación y reciprocidad entre
los interlocutores en el campo, a través del cual el investigador penetra este territorio en su vasta
complejidad y ensaya formas de articulación, entre el mundo de los actores y el plano teórico
(Guber 1991).
El campo de la investigación es su referente empírico, un recorte del mundo social que se desea
conocer, en el que se desenvuelven los grupos humanos que lo construyen. Constituye una
conjunción entre un ámbito físico, actores, actividades y representaciones: lo real se compone no
sólo de fenómenos observables, sino también de las significaciones que los actores producen sobre
su entorno y la trama de acciones que los involucran; se integran en él prácticas y nociones,
conductas y representaciones diversas, trazadas a su vez por la posición social de los actores y su
habitus, en tanto sistema de percepción y apreciación adquirido a través de la experiencia duradera
de esa posición en el mundo social. (Bourdieu 1997).
Por todo esto decimos que lo real abarca las prácticas, valores y normas formales es decir lo que la
gente hace, lo que dice que hace y lo que se supone que debe hacer. El ejercicio de comprensión que
debe establecer el investigador sobre el campo implica la puesta en relación entre la subjetividad y
la conducta tangible de los sujetos, es decir, entre los sentidos asignados por estos sujetos y su
manifestación empírica.
El campo es abordado por el investigador desde sus preguntas iniciales, que serán reformuladas
durante el proceso. En este caso, el abordaje al campo se inició dentro del contexto más general del
trabajo interdisciplinario y el modo de abordar el problema inicialmente planteado se centró
particularmente en la realización de entrevistas.

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Indagando sobre la conceptualización de la entrevista, ésta puede verse como una estrategia que
motive el decir de la gente sobre lo que sabe, piensa y cree (Spradley 1979:9 en Guber 2001). Sin
embargo, también puede considerarse en sí como “…una relación social a través de la cual se
obtienen enunciados y verbalizaciones en una instancia de observación directa” (Guber 2001:76).
Siguiendo esta premisa, establecimos como modo de relación con los sujetos el trabajo con
entrevistas no estructuradas o “no directivas”, que, partiendo de la formulación de un cuestionario
guía, hacen énfasis en la libre respuesta de los sujetos y en la poca influencia del entrevistador en
las respuestas. Es en la asociación que éstos hagan de manera espontánea, donde se produce la
riqueza del material discursivo a través del cual el investigador puede introducirse en el mundo
categorial y significativo de los sujetos entrevistados.
“En las entrevistas estructuradas el investigador formula las preguntas y pide al entrevistado
que se subordine a su concepción de entrevista, a su dinámica, a su cuestionario, y a sus
categorías. En las no dirigidas, en cambio, solicita al informante indicios para descubrir los
accesos a su universo cultural. Este planteo es muy similar a la transición de ‘participar en
términos del investigador’ a ‘participar en términos de los informantes’” (Guber 2001: 82).
La no directividad es útil en términos reflexivos para el investigador, ya que le permite corregir y
reformular las rigideces que podrían devenir de su planteo teórico previo, reformular y generar
nuevas preguntas. Colabora además en el proceso conjunto de reflexividad, para ambos actores. La
situación de entrevista puede ser entendida, siguiendo a Guber, como una relación socialmente
determinada, en la que cuentan, no solamente la materialidad discursiva puesta en juego, sino
también el marco situacional, las condiciones de producción de la misma, y todos los elementos de
indexicalidad puestos en juego en la relación. Estos datos son fundamentales en la buena
comprensión del discurso de los sujetos e inseparables de éste en términos analíticos.
Las entrevistas se realizaron a personas que residen actualmente en el barrio Vila Muñecas, y que se
encontraban en la misma condición en el período bajo análisis, o son parientes de personas que en
aquel entonces residían en el lugar. Las edades de las personas entrevistadas oscilan entre 50 a 65
años. El contexto de realización de las entrevistas fue, en todos los casos, las casas de las personas
entrevistadas y la duración varió de ente 30 minutos a dos horas, aproximadamente, cada una. Las
entrevistas fueron grabadas y acompañadas de las notas de campo correspondientes, que
permitieron luego una mejor lectura del material desgrabado.

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Análisis de las entrevistas

El pozo como un lugar social y económico de la vida cotidiana


A partir de las conceptualizaciones teórico-metodológicas desde los cuales el grupo venia
trabajando, comenzaron a surgir algunas líneas de problematización, vinculadas a la extensión del
concepto de desaparición sobre el que me referí en la introducción: ¿Cómo se puede dar este
proceso en otro tipo de materialidades que no sea el cuerpo? ¿Cómo estos procesos de cambio,
sustitución de identidad, transformación de materialidad podrían aplicarse de modo específico a los
lugares? ¿De qué manera las relaciones sociales construidas con el paisaje son desestructuradas,
modificadas, reconstruidas, a partir de la situación violenta de su utilización para el exterminio?
Partiendo de la primera configuración del pozo de la Finca Vargas, en su historia previa a su empleo
como fosa, éste constituía, además de su función económica en relación al ferrocarril y la
producción citrícola, un espacio recreativo para los vecinos, que incluso estaba incorporado a la
economía doméstica: un sitio donde se practicaba la caza y se recogía leña, se compartían juegos,
reuniones: una vida social en la que el pozo se encontraba incorporado, vivido y sentido desde la
cotidianidad. Las personas entrevistadas recuerdan sus vínculos con el lugar como parte de esta
vida cotidiana y de trabajo:

“… Si se veía, era alto, pero por ahí estaba rodeado de árboles, o arbustos altos… El cargadero
de caña estaba cerca del pozo, de la vía se cargaba ahí. Había gente que pesaba la caña en la
balanza, había una grúa y también una casa. Desde el cruce si se veía el pozo. Los de la grúa lo
mantenían limpio… (Vecina, 64 años)

“…Era quinta, hasta ahí llegaba la finca de Vargas, porque yo sabía trabajar ahí, iba a
cosechar limón… varias mujeres de aquí… hombres, mujeres…” (Vecina, 65 años)

“…Cuando éramos chicos íbamos, incluso era un pozo que tirábamos piedras y demoraba para
llegar al fondo. Yo tendría 12 años y mi mamá nos llevaba a traer leña y nosotros jugábamos en
el pozo y todavía estaba el cargadero…” (Vecina, 50 años)

Del pozo como lugar de la muerte “otra”


Los recuerdos vivenciales de estos vecinos mayores dan cuenta de la relación cotidiana con el lugar
e incluso de su rol como recurso económico, tanto por el trabajo en la cosecha como para la

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recolección de leña, elemento de necesidad constante para las familias cercanas. Esta cotidianeidad,
establecida por el uso y el desplazamiento diario sobre ese el espacio físico, se vio interrumpida
cuando los despliegues de las fuerzas militares y de seguridad, iniciados con el Operativo
Independencia y continuados durante la dictadura, transformaron el pozo de agua en lugar de
enterramientos clandestinos. Esta transformación del uso, de pozo de agua y de un lugar recreativo,
laboral y económico, a fosa para ocultamiento de cuerpos de personas desaparecidas y asesinadas,
generó una serie de condiciones concretas sobre el sitio que produjeron una alienación en el vínculo
de los vecinos con el lugar.
La transformación del pozo se vio precedida por toda una serie de mecanismos y técnicas de terror
utilizados por las fuerzas en el lugar, que generaron la totalización de un clima de miedo,
inseguridad y caos hacia los vecinos, y que no pueden desprenderse del análisis que estamos
realizando, ya que todo constituía una realidad general que se vivenciaba día a día en el barrio.
Estos procesos involucraron al entramado social en su conjunto, militarizando la vida cotidiana a
través de las acciones de rastrillaje, las razzias, los sobrevuelos de helicópteros militares, apagones
de luz y los puestos de control, a la vez que debilitaron el poder político, las organizaciones de la
sociedad civil y la autonomía de movimiento de los habitantes, imponiendo una sensación
generalizada de miedo e inseguridad. Esta sensación se reproduce, décadas después, en el quiebre
producido en el relato de los entrevistados, cuando se comienza a hacer referencia al Operativo y
los despliegues militares en la zona. La mayoría de los vecinos mostraban predisposición y fluidez
en los relatos en relación a la historia del barrio, el ferrocarril y los ingenios, hasta que las preguntas
de las entrevistas viraban hacia el tema mencionado. En ese momento, se producían
entrecortamientos en la narración, quiebres y silencios prolongados.
“… Mirá, en esa época por las cosas que pasaban nada te parecía raro, porque acá, por ejemplo,
pasaba algo y ya venía el Ejército y se paraba en la esquina y empezaba hacer control de
vehículos, de gente…(…)
A veces registraban las casas porque tenían armas o como se llama… Hicieron allanamientos…
Mi esposo para esa época vivía ahí y lo han detenido… pero el no sabe adonde lo llevaron…(…) …
No, secuestrado… allanan la zona esa, la casa y lo sacan a el… que no sabe donde es… a raíz de
eso el perdió el trabajo… (…) No, yo le dije a el porque yo sabía que estaban indemnizando y el
dice que no hizo nada porque tenía miedo… tuvo miedo… no hizo denuncia, nada… Es despedido
aparentemente, el estaba trabajando en esa época en Agua y Energía… No, y estaba trabajando
bien, y de ahí creo que han llevado varias personas también… De noche a veces, no teníamos
documento y ahí no más lo llevaban… Sí. Eh… ya sea haciendo guardia, razzias, pero el Ejército
tenía una presencia… Enorme…”

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“… A las 8, no sé a que hora empezaban… Era el toque de queda, a las nueve de la noche no
podía buscar comida… entonces ahí ya se disolvió todo… Ya se paraba todo…”

Razzias, detenciones, toque de queda, control de las personas. Todos los aspectos del particular
modo de disciplinamiento social impuesto por un Estado de control de carácter dictatorial,
impusieron efectos concretos y radicales en la vida de las personas, sus tiempos horarios, su
circulación en el espacio público y el consecuente impacto en las relaciones sociales, reducidas cada
vez más a los espacios privados y las relaciones interpersonales más inmediatas, que profundizaban
la alienación y enajenación. Estas condiciones también vedaban la posibilidad de saber qué estaba
pasando en la zona de la finca:

“… En la zona de la finca yo no sé si irían, porque aparte uno ya temprano se acostaba, uno no


podía circular, andar por el barrio. Vos tenías la precaución de buscar las cosas temprano y ya
llegaba cierto horario que ya… te metías adentro… Sí, te metías adentro…” (Vecina, 70 años)

Los apagones, de utilización diaria durante este periodo, manifiestan de modo concreto las
condiciones de oscuridad y silenciamiento a las que se sometieron las vidas de estas personas.

“… Se apagaban las luces... Sí… Sí, sí, sí sucedía, sucedía… Si se habrá llorado en ese tiempo,
porque nosotros llorábamos cuando se apagaban las luces, veíamos esos operativos, acá nos
metíamos todos en una sola pieza, ahí en esa que es la del medio, ahí teníamos todas las camas
nosotros… nosotros éramos seis hermanos y vivía entonces eh, una de mis hermanas casada, vivía
aquí con nosotros, pero todos, todos nos metíamos ahí. En el medio, estar en el medio y nos
sentíamos así cubiertos… (Silencio)… Si, si, es como en las guerras la sirena… Todo el tiempo, de
Bussi y un poquito más…” (Vecina, 65 años)

La oscuridad utilizada como violencia simbólica sobre los cuerpos de los vecinos se sumaba a la
amenaza de los sobrevuelos rasantes de los helicópteros:

“…Lo que sí se sentían eran los helicópteros y los helicópteros andaban siempre de noche. En
esa época yo era chica, digamos, tenía 13, 14, 15 años y bueno, me acuerdo de esa época y sí, los
helicópteros pasaban de noche…” (Vecino, 64 años)

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Es posible pensar una doble utilización del helicóptero, tanto como maquinaria de control como de
comunicación, ya que su uso implica la posibilidad de poseer un punto de vista privilegiado desde la
altura, una visión panóptica y totalizadora en el contexto espacial de un pueblo chico, no dejando
resquicios en su poder de vigilancia.
En este contexto general, la particularidad concreta de este barrio está determinada por la
existencia del pozo en su nueva utilización de fosa. Los enterramientos clandestinos como práctica
habitual imprimieron características específicas y distintivas a los procesos de disciplinamiento
social desplegados en la zona y los métodos de control –utilizados en forma generalizada-
adquirieron, en este sentido, particularidades en términos de objetivo (Bertotti 2009). El uso del
pozo de agua implicó una especial atención sobre la restricción en el paso por el lugar y sus
cercanías por parte de los pobladores, y un ocultamiento sobre lo que allí sucedía, complementado
por la concentración de actividades militares en la zona del pozo, evidenciando la existencia de
acontecimientos que inquietaban a los vecinos.
Esto se refleja en los relatos de los entrevistados, que se tensaron aun más, apareciendo
contradicciones, retracciones en el decir, dudas y recelo a contar datos traídos por la memoria
sobre el lugar:

“…no lo conozco, no conozco nada…no… así… no. Yo no salgo a ningún lado, yo no salgo…
nunca me comentaron nada… a veces, bueno… uno cuando se pone a conversar así… pero no se si
será verdad o no… contaban del pozo, parece que ahí estaba ese pozo, que ahí estaba la gente…
bueno, pero yo nunca he visto nada… ” (Vecino, 64 años)

Otros testimonios, sin embargo, permiten una lectura más detallada sobre las actividades y la
circulación en las inmediaciones del pozo. La referencia sistemática a la presencia y
desplazamientos de vehículos militares o camiones durante las horas de la noche, asociadas a los
apagones en toda la zona, nos permite aproximarnos a la construcción de las condiciones de
posibilidad para la utilización del pozo como lugar de inhumaciones clandestinas en ese territorio
social.

“… De casi todos los días, día por medio, depende así bueno, apagaban todas las luces, de aquí,
de todo el barrio de allá, porque aquí no había luces, en el barrio Villa Muñecas, y toda la zona
así de Aguas Corrientes... Cortaban la luz, toda esa zona del barrio cortaban... Cuando cortaban
la luz, ya al rato, ya aparecían, para aquí venían, los... así, dos camionetas, con autos, ¿así ve?,

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para ahí, y de ahí, de ahí, bueno ahí seguramente que, iban a tirar algo... porque por algo
cortaban la luz. (…) (Vecino, 69 años)

“… Pasaban camionetas militares, colectivos, autos particulares de todo tipo, ambulancias no


tenían nada escrito. Eso era de todos los días, todas las noches. Durante muchos meses. Cuando
era soltera. Se veía mucho y nos daba miedo, no salíamos porque eran todas las noches que
llevaban cosas…” (Vecina, 64 años)

El mismo devenir de las entrevistas hace que, algunos de los entrevistados comiencen a avanzar
sobre el tema de las inhumaciones, de manera hipotética en algunos casos. Las referencias son, en
general, a rumores y comentarios que circulaban con respecto a estas actividades:

“…según el comentario de la gente decían que llevaban ahí gente que mataban y tiraban en el
pozo…” (Vecina, 70 años)

“…Sí, en ese año. Pero yo no sé si estos habrán sabido tirar porque en el tiempo había la
guerrilla, que decían, si en el año 70 creo que tiraban ahí. Los comentarios que hacían ahí, iban
de noche se sentían autos camiones que pasaban…” (Vecino, 65 años)

“… por que ahí había unos alambres tirados… ellos los han desatados, los han cortado, que se
yo, y ha sido cuando han tirado. Pero mientras tanto, ya habían tirado gente ahí… decían no…
eso ya no lo he visto…” (Vecino, 64 años)

La utilización del pozo para inhumaciones clandestinas trajo aparejado una fuerte transformación
de las relaciones de los vecinos con el espacio, que pasó de ser un lugar de desarrollo de ciertas
prácticas cotidianas, de recreación y económicas, a un lugar vedado simbólicamente por el efecto
del miedo y la imposibilidad a él asociada, al empezar a circular entre los vecinos las actividades allí
desarrolladas y ver la profusión de vehículos que llegaban hasta allí, en unas condiciones que
operaban como control.

…Cuando íbamos a sacar leña, se sentía los rumores que tiraban gente en ese pozo, mi mamá no
nos dejaba ir…. Había semanas que no pasaban todos los días. Pero otras eran hasta sábado y
domingo... (Vecina, 50 años)

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…No dormíamos aquí nosotros, del miedo… Pasaban camionetas, de todo… Silencio].Eran cosas
que parece que llevaban en… y largaban en…, yo les digo pero no vayan algún día de… quieran…
Iban… las camionetas, la primera vez nosotros se hemos asustado, todos… y qué cosa rara que todas
las noches sea eso… Todas las noches pasaban [Silencio]. Y a veces… algunos tenían miedo de que
vayan a andar con problemas, no querían decir nada. (Vecina, 69 años)

A partir de los relatos, podemos sumar un elemento más a esta problemática. La noción de
oscuridad en relación al miedo y el silenciamiento sobre las desapariciones de personas y el
ocultamiento sobre los cuerpos, que antes mencionáramos, se enfrenta con el paradójico accionar
de los vehículos a la vista de todos, en un barrio en el que, por sus limitadas dimensiones, son muy
visibles las intervenciones de personas ajenas al mismo. Esto hace plantearse dos cosas. Por un
lado, una repetición burda del mecanismo de impunidad llevado a cabo por el Estado genocida. Por
el otro, la elección de un barrio marginal como destino de los enterramientos, deja de manifiesto
una consideración del poder y de la violencia ejercida de modo mucho más impune aun sobre este
tipo de población, consideración que lleva implícita la interiorización y negación del otro, el uso de
su espacio territorial como si fuera un lugar desierto en el que no se desplazan ni viven personas: en
resumen, la utilización de sus condiciones sociales como habilitadora del ejercicio naturalizado de
la violencia.
La distancia entre lo que se ve y lo que se imagina, lo visible y lo oculto, se pone de manifiesto en las
contradicciones aparecidas en los relatos, de la misma manera que el distanciamiento del espacio
del pozo tiene su correlato en los mecanismos discursivos a través de los cuales se manifiesta la
memoria, entendida no como un depósito objetivo de recuerdos sino como un proceso selectivo,
realizado por los agentes sociales a partir de los imperativos del presente y en pos de expectativas
futuras (Halbawchs 1950, Koselleck 1993, Trouillot 1995, entre otros). Los rodeos, la falta de
precisión en los datos, la dificultad de nombrar, constituyen manifestaciones discursivas concretas
de las dificultades afectivas que produce recordar esa realidad, vivenciada de manera traumática, y
por ende relatada de manera difusa, más en términos contextuales que como descripciones de
situaciones concretas.
Sin embargo, en algunos relatos comienzan a aparecer referencias directas a sujetos activos que
protagonizaban estas excursiones vehiculizadas al pozo, con fines de “tirar” algo.

“…Nosotros cuando hemos llegado, al ratito, se sentían vehículos que iban. Entonces decía, no sé,
eran unas personas... Dice [el marido] ´escóndanse, escóndanse, porque ahí vienen los matones` Yo
estaba nula de los matones. Era cuando dice que Bussi te agarraba y juntaba a la gente y los

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mataba. Eran los comentarios que se sentían. Yo ese día, yo sí, yo he visto porque ha ido un
vehículo… A veces eran camiones a veces camionetas… Sí, con esas... que sé yo [hace indicaciones
con las manos del uso de armas]… Armas…Sí, a veces venían... yo ese día yo he visto dos nomás.
Primero iba una camioneta y después el camión. El camión ha bajado una cosa, tiró en el pozo.
Entonces agarraron y se fueron.” (Vecina, 56 años)

No, ha sido un rato, ha sido hasta el 78 debe ha sido más o menos, del 76, 77, dos años debe
haber sido más o menos… ya no, ya no, si, pero antes, antes de eso si, 76, 77, por eso antes, ¿el
tiempo de Bussi, qué no es 76? … Si, si, claro, el tiempo de la subversión, por eso, el tiempo, no se, no
se, para ser bien exacto el año, pero más o menos el tiempo de la... del extremismo, digamos de la...
Sí, de la subversión... de la guerra, sí, claro. Después, bueno, después ya, solamente, después que ya
ha pasado todo, ya, lo han, lo han tapado ahí...” (Vecina, 63 años)

Como recién mencionáramos, la personificación de los sujetos responsables puede hacerse desde el
hoy, y en el contexto actual de una entrevista a cargo de un equipo de investigación con fines
específicos de colaboración sobre el esclarecimiento de estos hechos. Es de destacar que, si bien en
algunos casos los entrevistados no pudieron superar la desconfianza, o mostraron una negación
más rígida con el tratamiento del tema, hubo otros que fueron, lentamente, pudiendo poner nombre
y describir de modo más concreto estas presencias que aparecían, al comenzar las narraciones,
como meros fantasmas. De esta manera, la mención directa al gobernador Bussi, establece un hilo
conductor entre las incursiones al pozo con el fin de ocultar cuerpos y la política represiva que
actuaba entonces en el territorio provincial.
Más difícil es el caso de la subjetivación de aquello que se “tiraba” al pozo. La humanización de ese
“algo” que no se nombra comienza lentamente, con la visualización de elementos, de objetos de uso
humano.

“…Bueno, yo sé que alguno sabía ir, hasta…, a ver… me contaban ¿no?... No me acuerdo quién era
que… y a mí me… que se había arrimado ahí al brocal y veían…unas… p…, unas sábanas así tiradas
eh… en el pozo [Silencio prolongado]… (Vecino, 97 años)

“…Y apagaban las luces, ¿qué será? Acá debe ser. Apagaban sí las luces. Sí. Y se sentían ruidajes.
[Baja la voz] Pero yo no quiero decir nada porque yo tengo miedo.Yo he ido una vuelta con mi
suegra para ahí, a buscar un poco de leña y ahí había un pozo, me acuerdo que me estiro así y

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había una… un catre. Un catre de esos de soldado. Estaba manchadito con sangre. Sí, agarrado ahí,
en la escalera. Y había este… zapatos negros de una mujer joven ahí…” (Vecina, 51 años)

… Y después se, después al último, ya se comenzaba a sentir eso, salía esa mosca, esa verde, esa
grande de cementerio... Sí andaban, sí andaban un enjambre de moscas, se sentía… se acercaba
usted y se sentía ese olor, ese mal olor así. (Vecino, 65 años)

…Yo he sabido que estaban cavando… que habían sacado cosas ahí, pero no sabía bien si era
verdad… o era mentira ¿ha visto? uno no he… porque… porque yo no voy a ver. (Vecina, 51 años)

La referencia a esos objetos, a olores, a “cosas”, comienza a evidenciar cada vez mas cercanamente,
aunque de manera fragmentaria, aspectos del acercamiento de los vecinos al pozo como espacio de
muerte. El pozo, devenido en fosa, concretiza materialmente la muerte ajena, la del otro; pero
también la propia, como proyección y posibilidad muy cercanas. En el ya descripto clima de terror y
de silencio, la amenaza de la muerte y el pozo comenzaron a configurarse como un todo.

“…No, yo nunca me quise arrimar, yo tenía terror [Risa nerviosa]. Mi hija, ella con otras chicas
se agarraban de las manos, así, porque ya estaba medio ´comido` el brocal ya… El pozo ese tenía
durmientes, como los durmientes de la vía, los tenía así, atravesados, hasta abajo… y parece que
tirando las personas ahí, quedaban agarradas, algunas… Después han echado, no sé… estaba creo
que mi primo estaba de encargado ahí, ha sido el que ha denunciado eso, el olor que salía, han
venido, han echado cal… (Vecina, mayor de 60 años)

“…Mucha gente sabía, pero nadie quería hablar por desconfianza. Pero esto únicamente ha sido
en el gobierno de Bussi. … Venían camiones, eran camionetas o combis cerradas… Pero nadie decía
nada por temor. Estábamos sugestionados. Si, venían columnas de a uno y a la noche pasaban y
eso sucedía ahí. Escucho que se tiraban cuerpos. Si se veía, al otro día había vendas algodones
todas esas cosas y la sangre que había a la vuelta y le daban un culatazo y era hondísimo. Muy
profundo...” (Vecino, 76 años)

“Nadie decía nada por temor”, afirma este testimonio. Hoy en día podemos ver, en el proceso de las
entrevistas, algunas de las marcas de ese temor, en la distancia y los nervios que produce el
recuerdo de las asociaciones entre el pozo y la muerte, entre las actividades producidas por las
fuerzas del terror y la materialidad concreta, la sangre y elementos pertenecientes a las personas

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cuyos cuerpos habían sido inhumados allí. De alguna manera, la imposibilidad de subjetivar a estos
“cuerpos”, “cosas”, “objetos”, “algo” como personas, es el resultado de la inefabilidad de la situación,
tanto por el horror de la realidad que se encontraba sucediendo, como por el concreto riesgo de
vida que implicaba mencionar los hechos.
Es de destacar que, como ya hemos mencionado, la desaparición forzada de personas como
tecnología de aniquilamiento, constituye un proceso que implica una serie de hechos con diferentes
niveles de visibilidad/invisibilidad social: selección, persecución, secuestro, cautiverio, tortura,
muerte y ocultamiento del cadáver (Bertotti 2009). Una vez secuestrados los sujetos, en los centros
clandestinos de detención tuvieron lugar las prácticas de cautiverio, tortura y muerte y en algunos
casos, también ocurrió allí el ocultamiento de los cadáveres. En otros, se recurrió a lugares
específicos para esta tarea.
Para Villa Muñecas, el pozo de inhumaciones clandestinas fue, para la gente del barrio, el
depositario de muertos considerados en la mayoría de los casos como desconocidos, “otros”,
muertos en situaciones ajenas y lejanas, envueltas en un clima de silenciamiento y terror (Bertotti
2007; Martínez y Bertotti 2007). Este proceso de enajenación respecto al otro social fue,
paralelamente y de un modo muy complejo, complementado con una serie de cambios concretos y
transformadores sobre la vida social cotidiana de los vecinos y su mundo simbólico, que
involucraron a esos “otros” desconocidos y muertos en la propia vida de los vecinos. Sin embargo,
esta trama entre personas vivas y muertas, vecinos y desconocidos, violencia y subordinación,
creada a partir de la coexistencia de todos los actores y actividades ya descritas, sufrió otro cambio
disrruptivo, a partir de una nueva desaparición. De la misma manera que los cuerpos de otros
sociales, el pozo también fue desaparecido.

De la desaparición de personas a la desaparición del pozo


Un segundo proceso de transformación sobre el espacio aparece cuando el pozo es desaparecido.
Esta desaparición, llevada a cabo mediante el tapado de la fosa, en dos eventos de rellenado,
modificó nuevamente el paisaje. De su existencia física, sólo quedó como visible una superficie de
tierra de relleno, donde con el tiempo creció la maleza y se cultivaron cítricos.

… Si, yo vivía por aquí cerca, de aquí vivía, y me he enterado claro, del pozo, porque todo el
mundo, claro, sabe del pozo, además de la existencia exacta, después de que lo han tapado, se han
criado yuyos, ya nadie sabia casi exacta la ubicación, pero más o menos que zona...” (Vecina, 56
años)

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Los relatos muestran, en general, un recuerdo claro de cómo se tapó el pozo, pero es mucho más
débil la posibilidad de ubicar dicho recuerdo en un momento temporal concreto.

“Y… no sé, y no…, o sea, comentarios por ejemplo de cuándo se tapó, si, si vieron camiones…,
maquinarias, palas mecánicas, no sé (…)Sí se veía cuando pasaban los camiones con ripio, arena…
“(Vecina, 65 años)
“Y el pozo lo han tapado que sé yo, hace años. Ya como 10 años que lo han tapado (Silencio) No
ya va a hacer como 6 años…, si no sé si ha sido en el ochenta y… seis…No, no, no me acuerdo,
porque yo cuando he ido, no, no sé en qué año se lo ha tapado, porque yo… como yo no salía para
ahí, yo he salido una vez y ya no…” (Vecino, 64 años)

Si extendemos el concepto de desaparición que enunciamos en la introducción, podría pensarse en


que este proceso, como técnica, es factible también de aplicar a los lugares. Y que la “desaparición”
de una parte del paisaje implica, tal como la de las personas, una destrucción de la relación social de
la gente entre sí, con su espacio territorial y con la vivencia cotidiana de ese lugar, en distintas
circunstancias. No sólo se destruye materialmente el espacio físico, sino que se modifican y
reconstruyen de modos diversos sus relaciones.
En este caso, las relaciones sociales de la gente con el lugar cambiaron, por primera vez, con la
transformación de la función social del pozo, de lugar de esparcimiento, recurso económico y uso
social y recreativo a lugar de ocultamiento de cuerpos asesinados por la dictadura militar. Luego,
por segunda vez, con su desaparición a través del rellenado, en un intento de invisibilizar toda
marca que pudiera dar cuenta del horror allí sucedido, de los hechos cometidos. Ambas
transformaciones tuvieron como consecuencia, implicancias concretas en las vidas, relaciones y
representaciones de los vecinos de la localidad, tanto en la primera fase dominada por el terror
pleno, como en la segunda, en la que la desaparición del pozo produjo rupturas e imposibilidades en
el ejercicio de la memoria, una memoria ya sin anclaje en la materialidad, una memoria quebrada
en la posibilidad de reconstruir la propia historia y, por lo tanto, la propia identidad.
Nos preguntamos entonces sobre el alcance de estas consecuencias. Esta “desaparición” del lugar
material, ¿implica la imposibilidad, para siempre, de reconstruir el vínculo de la gente con el
mismo? ¿Cuál de los vínculos sociales, previos a esta desaparición, sería el reconstruible? En Villa
Muñecas, la producción de la muerte en el pozo destinado a las inhumaciones clandestinas produjo
una ruptura en las representaciones sobre el pozo y las muertes allí ocultas, pero también rupturas
y reconfiguraciones de las relaciones sociales que fueron construidas según las diversas
circunstancias de utilización del pozo. Por otro lado, la existencia del pozo luego de su uso como

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fosa es indisoluble de la presencia de los muertos allí enterrados. Su desaparición, por tanto
¿implica el distanciamiento, el extrañamiento y acaso el olvido de esos muertos arrojados al pozo?
¿Cómo opera el miedo en esos mecanismos de “olvido”?

“…No, a la gente decían que no, que, se sabía que había un pozo ahí en… para esa parte, en… que
había un pozo ahí, pero nunca hemos tenido nosotros la curiosidad de ir a ver… nada, nada ¿ha
visto?...”

Del soterramiento al desenterramiento del pozo como lugar: consideraciones finales


El trabajo realizado en el lugar desde el campo arqueológico, puso de manifiesto, en la línea de esta
problemática, un nuevo suceso, una tercera transformación del espacio del pozo, producida al
operar concretamente el destapamiento, el desterramiento de lo allí oculto, soterrado. Este nuevo
cambio en la vida física y material del lugar inicia un nuevo proceso de significación sobre el mismo.
Las implicancias de este proceso no pueden ser evaluadas en su totalidad en esta instancia, pero sí
pueden plantearse algunas reflexiones sobre las posibilidades que conlleva.
Sin embargo, y en términos de ser coherentes con el ejercicio de reflexividad constante que
planteamos como necesario en los procesos de investigación, es necesario mencionar algunas
aclaraciones. Es del todo evidente que la irrupción de los equipos de investigación en determinados
lugares tiene diferentes niveles y formas de impacto. En este caso, la actividad podría verse
evaluada desde dos ángulos opuestos. En primer lugar, la irrupción, nuevamente, de “otros” ajenos,
que modifican nuevamente el paisaje, lo transforman, desentierran cosas olvidadas y las ponen
nuevamente de manifiesto como una parte de la realidad del lugar que, posiblemente haya sido
“olvidada”, con distintos grados de conciencia, por sus vecinos. A esta visión negativa del trabajo,
podría oponerse la posibilidad de que esta intervención proponga condiciones de apertura para la
memoria y para desenterrar del espacio del olvido las experiencias vividas (Leiton 2007).
Hay que ser prudentes, sin embargo, con la tendencia generalizada, de muchos investigadores, de
creer, en este sentido, que sus propios trabajos actúan como generadores de estas condiciones. En
todo caso, y apelando a cierto criterio de humildad, podríamos pensar que los trabajos
arqueológicos, antropológicos ó sociológicos deberían entenderse simplemente como instancias de
encuentro, como espacios de construcción dialógica y en paridad, entre dos tipos de conocimiento
que se necesitan para poder construir y reconstruir ciertos espacios “en blanco” (o, en negro) de la
historia y la experiencia. Para que este diálogo se produzca, la necesidad de establecer un vínculo de
confianza entre los actores, y la interpelación conjunta sobre la actividad investigativa es crucial,
para lograr un camino de construcción en común del conocimiento. Claro está, la decisión de llevar

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a cabo el encuentro, es siempre de los actores involucrados por los proyectos, en este caso los
vecinos. En ese sentido, el trabajo académico se constituye, en última instancia, en un mero
posibilitador, que queda vacío si no se nutre de los relatos y el recuerdo de quienes convivieron de
manera diaria y cotidiana con aquella realidad y que luego convivieron durante años con la misma,
pero enterrada.
La arqueología puede contribuir a producir, desde su especificidad disciplinar, la citada
transformación del espacio, destapándolo y permitiendo con esta acción la posibilidad de un nuevo
encuentro con ese pasado silenciado. En este proceso se encuentra la posibilidad metafórica de que
la praxis arqueológica, en particular, pueda comprenderse como una actividad “terapéutica”, en el
sentido de que construye condiciones que contribuyen a situar y racionalizar socialmente
dinámicas soterradas, exiliadas, inconscientes y traumáticas (Falquina Aparicio et al. 2006). En este
caso en particular, posibilita ciertas condiciones de materialidad que intervienen en un trabajo
narrativo que permite urdir materialidades, temporalizaciones e identidades, sobre campos de
sentidos fragmentarios y fantasmales. En esto se encuentra sujeta la posibilidad de que el quehacer
arqueológico pueda significar alguna forma de reparación (sensu Buchli y Lucas 2001), en relación a
experiencias, identidades y relaciones soterradas en el mundo de la subalternidad, el olvido y el
vacío.
Sin embargo, el planteo de esta necesidad de reparación implica, en términos metodológicos, la
necesidad de articular los conocimientos y técnicas de las diferentes disciplinas, superando las
falsas dicotomías en pos de un trabajo interdisciplinario que enriquezca la construcción del
conocimiento.
Teniendo en cuenta estas aclaraciones, creemos que un nuevo paisaje es posible de construirse
socialmente. Y en tanto, como ya hemos mencionado, los cambios en los paisajes se manifiestan en
reconfiguraciones de las relaciones sociales entre las personas y con los lugares es, desde ese punto
de vista, posible pensar un cambio en ambos aspectos. Un nuevo paisaje, repleto de tensiones
constitutivas, difuso, fragmentario, pero un paisaje de emancipación posible, un paisaje de
encuentro. La apertura a una instancia de resistencia a las realizaciones materiales y simbólicas del
genocidio y de confrontación con los efectos producidos por esas prácticas. Una instancia en la que,
así como los lugares, restos y cosas soterrados, las experiencias vividas por los vecinos puedan
volver a encontrar materialidad, en el ejercicio de su memoria y se pueda ensayar, a partir de estas
revisiones, la construcción de nuevas relaciones sociales que, potencialmente, subviertan y
transformen los silencios, olvidos y miedos naturalizados.

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ANALISIS PARA ESTADO DEL ARTE

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