ÉTHIKA.
(del griego ²2\6Z, derivado de µ2@H, carácter, y, según Aristóteles, de
§2@H, éthos costumbre) Rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es la
moral. Si por moral hay que entender el conjunto de normas o costumbres
(mores) que rigen la conducta de una persona para que pueda considerarse
buena, la ética es la reflexión racional sobre qué se entiende por conducta
buena y en qué se fundamentan los denominados juicios morales. Las morales,
puesto que forman parte de la vida humana concreta y tienen su fundamento
en las costumbres, son muchas y variadas (la cristiana, la musulmana, la moral
de los indios hopi, etc.) y se aceptan tal como son, mientras que la ética, que se
apoya en un análisis racional de la conducta moral, tiende a cierta
universalidad de conceptos y principios y, aunque admita diversidad de
sistemas éticos, o maneras concretas de reflexionar sobre la moral, exige su
fundamentación y admite su crítica, igual como han de fundamentarse y
pueden criticarse las opiniones. En resumen, la ética es a la moral lo que la
teoría es a la práctica; la moral es un tipo de conducta, la ética es una reflexión
filosófica (A. Sánchez Vázquez: ética y moral: De la misma manera que, estando
estrechamente vinculados, no se identifican los problemas teóricos morales
con los problemas prácticos, tampoco pueden confundirse la ética y la moral.
La ética no crea la moral. Aunque es cierto que toda moral efectiva supone
ciertos principios, normas o reglas de conducta, no es la ética la que, en una
comunidad dada, establece esos principios y normas. La ética se encuentra con
una experiencia histórico-social en el terreno de la moral, o sea, con una serie
de morales efectivas ya dadas, y partiendo de ellas trata de establecer la
esencia de la moral, su origen, las condiciones objetivas y subjetivas del acto
moral, las fuentes de la valoración moral, la naturaleza y función de los juicios
morales, los criterios de justificación de dichos juicios, y el principio de que rige
el cambio y sucesión de diferentes sistemas morales.
La ética es la teoría o ciencia del comportamiento moral de los hombres en
sociedad. O sea, es ciencia de una forma específica de conducta humana. Ética,
Crítica, Barcelona 1979, 2ª ed., p. 24-25.).
Tanto la moral como la ética, términos que en la práctica suelen identificarse,
tienen una función práctica: se refieren, aunque no exclusivamente, a
situaciones conflictivas de la vida de las personas. Desde el punto de vista de la
moral, hay que tomar una decisión práctica; desde el punto de vista de la ética,
ha de formarse la conciencia en el hábito de saber decidir moralmente. En
ambos casos, se trata de una tarea de fundamentación moral.
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Esta fundamentación puede entenderse de dos maneras: como metaética o
como ética normativa. La primera busca entender cuál es la naturaleza de la
ética en el plano del análisis de los conceptos, y trata de cuestiones como
«¿qué se entiende por moral?», «¿qué es bueno?», etc. mientras que la
segunda se ocupa de la justificación de las normas, criterios y valores morales y
de la fundamentación de los juicios morales, y trata de enunciados como «es
preferible sufrir la injusticia que cometerla», «obra sólo según aquella máxima
que puedas querer que se convierta, al mismo tiempo, en ley universal». Hay
diversas clases de metaética, así como hay diversos tipos de éticas normativas,
normalmente llamados sistemas éticos o morales, y, por supuesto, la metaética
y la ética normativa no se excluyen mutuamente, sino que aquélla es la
antesala de ésta.
Como que la ética se interpreta como la parte de la filosofía que estudia la
conducta humana en cuanto la llamamos buena, la primera cuestión metaética
es definir qué se entiende por acto moralmente bueno. Las teorías metaéticas
que intentan responder a esta cuestión se dividen en teorías no cognitivas, si
afirman que no es posible demostrar la bondad moral por medios racionales, y
teorías cognitivas, si afirman que esto es posible. Las teorías no cognitivas se
dividen, a su vez, en emotivismo y prescriptivismo, y las cognitivas en
intuicionismo y descriptivismo
No cognitivas Emotivismo
Teoria metaética: Prescritivismo
Intuicionismo
cognitivas Descriptivismo
G. E. Moore es un buen ejemplo de lo que representa una teoría metaética. En
Principia Ethica (1903), sostiene que el concepto de bueno, problema central
de la ética, es indefinible, y que saber qué es bueno sólo es posible mediante
una intuición. Pretender analizarlo, descomponiéndolo en propiedades o
características, es confundirlo con un objeto de la naturaleza y cometer la
falacia naturalista (G E. Moore: «bueno» es indefinible: Por tanto, «bueno», si
por ello queremos decir aquella cualidad que afirmamos que pertenece a una
cosa cuando decimos que ésta es buena, es incapaz de definición en el sentido
más importante del término. El sentido más importante de «definición» es el
2 ETHIKA
sentido en el que una definición enuncia cuáles son las partes que
invariablemente componen un cierto todo; y en este sentido «bueno» carece
de definición porque es simple y carece de partes. Es uno de esos innumerables
objetos del pensamiento que son incapaces de definición, porque son los
términos últimos, por referencia a los cuales debe definirse todo lo que sea
capaz de definición. Que deba haber un número indefinido de tales términos es
obvio tras una reflexión. Pues no podemos definir nada excepto por medio de
un análisis que, llevado tan lejos como pueda llevarse, nos referirá a algo que
es simplemente diferente de cualquier otra cosa, y que por esta diferencia
última explica la peculiaridad del todo que estamos definiendo: ya que un todo
contiene también partes que son comunes a otros todos. No hay, por
consiguiente, ninguna dificultad intrínseca en la afirmación de que «bueno»
denota una cualidad simple e indefinible. Hay otros muchos ejemplos de tales
cualidades. Principia Ethica, Cambridge University Press, Londres 1903, 9-10
(citado por W.D. Hudson, La filosofía moral contemporánea, Alianza, Madrid
1974, p. 75). Es la postura del intuicionismo ético que, contra el naturalismo
ético afirma que las verdades morales -por lo menos algunas- son conocidas
por intuición y que por intuición sabemos que un acto humano es un acto
moral.
El intuicionismo es rechazado por la teoría emotivista. Para Alfred J. Ayer, el
más radical de los emotivistas, sostener que algo es bueno, o afirmar un
enunciado moral, carece de todo valor cognoscitivo y descriptivo, porque un
enunciado de este género no puede ser ni verdadero ni falso, dado que se trata
de pseudoenunciados y con ellos sólo se expresan los gustos morales
personales y hasta el intento de dar una orden (Alfred J. Ayer: los enunciados
éticos expresan pseudoconceptos: Al admitir que los conceptos éticos
normativos son irreductibles a conceptos empíricos, parece que dejáramos el
camino libre a la concepción «absolutista» de la ética, o sea la concepción de
que los enunciados de valor no están controlados por la observación, como lo
están las proposiciones empíricas ordinarias, sino únicamente por una
misteriosa intuición intelectual». [...] Comenzamos por admitir que los
conceptos éticos fundamentales no son analizables, ya que no existe ningún
criterio mediante el cual se pueda poner a prueba la validez de los juicios en
que aquéllos figuran. Hasta este punto estamos de acuerdo con los
absolutistas. Pero, a diferencia de los absolutistas, nosotros podemos dar una
explicación de este hecho que concierne a los conceptos éticos. Decimos que la
razón por la cual no son analizables es que son meros pseudo-conceptos. La
presencia de un símbolo ético en una proposición no agrega nada a su
contenido fáctico. Por lo tanto, si yo digo a alguien «usted ha obrado mal al
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robar ese dinero», no afirmo más de lo que habría afirmado diciendo
sencillamente: «Usted robó ese dinero». Al agregar que esa acción es mala no
hago ninguna nueva aserción a su respecto; manifiesto, simplemente, mi
desaprobación moral por ella. Es como si yo hubiera dicho «Usted robó ese
dinero», con un particular tono de horror, o lo hubiera escrito agregándole
algún signo de exclamación especial. El tono, o el signo de exclamación, no
agrega nada al sentido literal de la sentencia. Sirve tan sólo para mostrar la
presencia de ciertos sentimientos en quien la exprese. [...]
Vale la pena hacer notar que los términos éticos no sirven sólo para expresar
sentimientos; también están destinados a suscitar sentimientos e incitar así a la
acción. En realidad algunos de ellos se emplean en forma tal como para dar a la
sentencia en la que se encuentran el efecto de una orden. Así, por ejemplo la
sentencia «Es tu deber decir la verdad» puede considerarse ya como la
expresión de cierta suerte de sentimiento ético sobre la veracidad, ya como la
expresión de la orden «Di la verdad». La sentencia «Deberías decir la verdad»
también incluye la orden «Di la verdad», pero aquí el tono de la orden es
menos enfático. En la sentencia «Es bueno decir la verdad» la orden se ha
transformado en poco más que una sugerencia. Y así el significado de la palabra
«bueno», en su uso ético, difiere de la palabra «deber» (duty) o la palabra
«deberías» (ought). Lenguaje, verdad y lógica, Eudeba, Buenos Aires 1971, 2ª
ed., p. 130-132.). El filósofo americano, Charles L. Stevenson (1908-1978),
desarrolla, en Ética y lenguaje (1945), partiendo de las ideas sobre el significado
de C.K. Odgen e I.A. Richards (1923), la teoría sólo afirmada por Ayer. En los
enunciados éticos puede distinguirse un contenido descriptivo y un contenido
imperativo indefinido; éste es el propiamente moral. Así, en «esto es bueno»,
hay una descripción y la sugerencia a que otro mantenga la misma actitud que
uno tiene a su respecto («yo lo apruebo y tú deberías también aprobarlo«). A
diferencia de Ayer, sostiene que el método científico o empírico de verificación
no es el adecuado para la ética.
El prescriptivismo es otra de las metateorías no cognitivas sobre la ética, según
la cual los enunciados éticos expresan prescripciones o mandatos, pero de tal
índole que en el fondo permiten adoptar criterios de discusión sobre las
argumentaciones morales (con lo que, en este aspecto, esta teoría sobre «qué
es bueno o moral» deja de ser meramente no cognitiva). Su principal
representante es Richard M. Hare. Su punto de vista es que lo moral es aquello
que se presenta como un «mandato universalizable», esto es, un enunciado
ético es un juicio prescriptivo, que puede ser un imperativo, una norma o un
juicio de valor, o valoración. Un imperativo se impone a una persona, porque
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ésta admite normas, y éstas debe admitirlas porque participa de la común
aceptación de unos valores en los que socialmente se halla inmerso. «No
matarás» es un imperativo; si se pregunta «¿por qué?», se responde que «hay
que respetar la vida de los demás (a menos que ponga en peligro la propia)»,
norma ética, a la que, si se pregunta «¿por qué hay que respetar la vida de los
demás?», puede responderse: porque la vida humana se considera un valor
supremo. Al decir «no matarás», se expresa también la adhesión personal a un
principio que expresa un valor universal y, por lo mismo, quien hace un juicio
moral que prohíbe o prescribe una acción determinada, afirma también que la
prescribe y prohíbe para cualquier ocasión, persona o situación.
El prescriptivismo ha sido criticado desde el descriptivismo, teoría metaética
cuyos principales representantes son G.J. Warnock, Philippa Foot y Peter
Geach. Warnock sostiene que lo moral no se identifica forzosamente ni con lo
prescriptivo ni con lo universal, sino que es simplemente lo regulado con
normas por ser algo que se considera vitalmente importante, o fuente de
conflictos internos o causa de conflictos externos, mientras que Ph. Foot y P.
Geach presentan contraejemplos a la tesis prescriptivista según la cual, para
que un enunciado sea moral, ha de ser obligadamente prescriptivo o
valorativo. Según Ph. Foot, hay palabras valorativas, como «grosero» y
«valiente» que se aplican con criterios fácticos, y, según P. Geach, los criterios
por los que algo se llama «bueno» dependen de cualidades naturales,
equiparando enunciados como «un buen reloj» y «un buen hombre».
La ética normativa, por su parte, es un conjunto de concepciones diversas que
se articulan en torno a principios y métodos en que se funda la vida moral. Se
distinguen básicamente en éticas teleológicas y éticas deontológicas. Las
primeras, también llamadas éticas consecuencialistas, se estructuran en torno
a fines o en torno a la consideración de las consecuencias de las acciones; las
segundas, en torno a la consideración del principio del deber. Ejemplo claro de
ética deontológica es la moral formal de Kant; de ética teleológica lo es el
eudemonismo de Aristóteles.
La ética griega de orientación teleológica comienza con Sócrates, fundador de
la investigación ética por medio del diálogo y la búsqueda de definiciones y
quien, con su «arte de partear» saca a la luz los conceptos fundamentales de la
ética, pero alcanza su punto álgido con la ética de Aristóteles. La felicidad,
eudaimonía, es el fin de la vida, y no puede consistir más que en una actividad
del alma, por lo que la felicidad perfecta ha de consistir en la actividad «más
excelente»: la vida de la mente. De ahí que la ética griega -la de Sócrates,
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Platón y Aristóteles, fundamentalmente- sea una moral de virtudes (éticas y
dianoéticas).
La ética kantiana es el modelo de las teorías deontológicas. Se estructura en
torno al principio de actuar conforme al deber, que la conciencia humana -la
razón práctica- se impone a sí misma mediante el imperativo categórico: «obra
sólo según aquella máxima que puedas querer que se convierta, al mismo
tiempo, en ley universal». Kant sostiene que ésta es la única ética racional
digna del ser humano, que no prescribe nada concreto, nada material por
tanto, y que sólo impone un motivo formal a la voluntad, válido para todo
hombre y para cualquier ocasión (universal y necesario): no hay intereses ni
egoísmos, sino sólo la buena voluntad de actuar de acuerdo con el deber
(Immanuel Kant: lo único realmente bueno: Ni en el mundo ni, en general,
fuera de él es posible pensar nada que pueda ser considerado bueno sin
restricción excepto una buena voluntad.
Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cap. 1 (Espasa Calpe,
Madrid 1994, 10ª ed., p. 53). A esta ética llama Kant «formal» y «autónoma»,
mientras que considera que las restantes son «materiales» y «heterónomas»,
por cuanto en ellas la voluntad humana se determina a obrar por motivos
prácticos. La ética kantiana dignifica la voluntad y la persona humana, pero
históricamente se la considera rigorista, vacía de los valores por los que actúan
las personas y no apta para fundar un comportamiento moral que tenga en
cuenta seres no humanos.
Motivos que determinan la moralidad según Kant
FORMALES El deber (Kant)
Subjetivos La educación (Montaigne)
La ley civil (Mandevilla)
ÉTICA MATERIA El placer (Epicuro)
El sentimiento (Hutcheson)
Objetivos La perfección (Wolff)
La voluntad divina (teólogos)
(Crítica de la razón práctica, Primera parte, l.1,cap. 1, § 8,2).
6 ETHIKA
El utilitarismo, oponiéndose al carácter formal y rigorista de la ética kantiana,
se sistematiza en torno a la finalidad de las acciones humanas y la valoración de
sus consecuencias. Es, por tanto, una ética finalista o consecuencialista. La
finalidad la define como utilidad, y ésta, como «el mayor bien para el mayor
número posible de personas», para lo que es necesario, mediante el cálculo
utilitarista valorar la cantidad de placer y de dolor, de felicidad e infelicidad, de
satisfacción e insatisfacción. El único criterio racional de que disponemos para
apreciar la moralidad de un acto es la consideración de las consecuencias que
se derivan de él para la felicidad humana.
En la primera maximización del bien, según Bentham, se considera sólo la
cantidad del bienestar como criterio de moralidad. Con J. Stuart Mill se
introduce la distinción entre cantidad y cualidad de bienestar y se afirma que
sólo el individuo es plenamente responsable de los criterios que utiliza.
Finalmente, ya en pleno siglo XX, con el llamado «utilitarismo de las
preferencias», se introducen en la consideración del cálculo del bienestar las
preferencias de todos los implicados en la decisión.
En épocas recientes, la teoría de la justicia propuesta por J. Rawls, que se
inspira abiertamente en Kant y en las doctrinas contractualistas, esto es,
aquellas que proponen que los principios éticos son de libre convención, y que
pretende superar los inconvenientes del utilitarismo, aunque se refiera
directamente a la fundamentación de la sociedad, puede aplicarse también a la
ética. Para decidir en situaciones conflictivas sobre cuestiones de libertad,
igualdad de oportunidades, renta, riqueza, etc., puede recurrirse al principio
que denomina del maximin: maximizar las exigencias de los individuos
socialmente más débiles (John Rawls: los principios de la justicia:
Primer principio:
Cada persona ha de tener un derecho igual al más amplio sistema total de
libertades básicas, compatible con un sistema similar de libertad para todos.
Segundo principio:
Las desigualdades económicas y sociales han de ser estructuradas de manera
que sean para:
a) mayor beneficio de los menos aventajados, de acuerdo con un principio de
ahorro justo, y
b) unido a que los cargos y las funciones sean asequibles a todos, bajo
condiciones de justa igualdad de oportunidades. [...]
Concepción general
Todos los bienes sociales primarios -libertad, igualdad de oportunidades, renta,
riqueza, y las bases de respeto mutuo- han de ser distribuidos de un modo
7 ETHIKA
igual, a menos que una distribución desigual de uno o de todos estos bienes
redunde en beneficio de los menos aventajados. Teoría de la justicia, FCE,
México 1993, p. 340-341.).
Metaética
Parte de la ética en la que se investigan los problemas del análisis lógico de los juicios morales. El
término ha sido introducido en la ética por los positivistas lógicos, quienes consideran que la
metaética designa una ciencia (por analogía con la metafísica) situada por encima de la ética
normativa y precediéndola. El problema relativo a la investigación de la lógica de los enunciados
éticos es de por sí legítimo. Sin embargo, los positivistas conciben la metaética como una
investigación de la estructura lógica del “lenguaje moral”, del significado de los juicios y términos
morales, sin inferir conclusión alguna acerca de qué es el bien y de qué es el mal, acerca de si la
conducta del hombre depende de las condiciones sociales o no, &c. En esta interpretación, la
metaética representa la pretensión de los éticos burgueses de crear una ciencia por encima de los
partidos, “neutral” en lo que respecta a la conducta de las personas (Positivismo lógico en ética).
Diccionario filosófico · 1965:311
Metaética
Sección de la ética, que estudia los problemas de la naturaleza gnoseológica y lógica del lenguaje
moral. El término fue introducido en la ética por los positivistas lógicos, los cuales afirman que la
metaética es una disciplina específicamente filosófica, en oposición a la ética normativa que no
investiga sino el lenguaje moral y es “neutral” respecto a las distintas posiciones morales. De por sí, la
cuestión de la investigación de la lógica de los enunciados morales y de la posibilidad de diferenciar
los problemas metodológicos y lógicos de la ética en una esfera especial es legítima del todo. Pero
los positivistas conciben la metaética como la investigación puramente formal de los juicios morales,
sea cual fuere su contenido. Tal investigación no afecta las cuestiones del contenido del bien y el mal,
de la forma en que la moral depende de las condiciones socio-históricas y de la significación que
tiene la moralidad en la actividad vital del hombre. Sin resolver estas cuestiones, la metaética no
puede ser una teoría filosófica y se convierte en una variedad de la lógica modal. Es igualmente
ilegítima la pretensión de los positivistas de crear una ética que sea extrapartidista y “neutral”
(Positivismo lógico). Los problemas sociológicos, históricos y filosóficos de la ética están
orgánicamente ligados a las cuestiones que tienen relación directa con la elección por el hombre de
su posición moral y su línea práctica de conducta.
Diccionario de filosofía · 1984:286
8 ETHIKA
MORAL
(del latín moralis, relativo a las costumbres, mores) El conjunto de normas,
usos y leyes que el hombre percibe como obligatorias en conciencia. Su estudio
es objeto de la ética. El lenguaje moral recurre a la función del lenguaje
conocida como «apelativa», prescriptiva o imperativa, y así se dice que el
discurso moral o el lenguaje moral es un discurso prescriptivo. Las principales
manifestaciones de este tipo de discurso son los imperativos, las normas y las
valoraciones, o juicios de valor. El estudio de las características del discurso
moral es una cuestión de metaética, entendida como metalenguaje que trata
de los requisitos que ha de cumplir un lenguaje moral.
Ver ética, enunciado deóntico y juicio moral:
Enunciado deóntico LÓG.
Enunciado que expresa obligaciones o deberes, o que trata acerca de lo
obligatorio y lo permitido. De este tipo de enunciados trata la lógica deóntica.
Razonamiento moral ÉTIC.
Razonamiento por el cual el sujeto llega a la conclusión de que está
moralmente obligado a hacer o a no hacer algo. Se trata de una reflexión
práctica, o de la razón práctica por la que, a partir de un principio moral
universal, uno se pregunta qué debe hacer en una situación determinada: a
partir del principio y vista la situación concreta, se llega a una decisión o a un
juicio moral; se trata, pues, de justificar la afirmación «debo hacer x».
Aristóteles denomina a esta reflexión práctica silogismo práctico
En un segundo sentido, un argumento moral es un razonamiento con el que se
dan razones para sostener que una cosa o una acción es buena o mala. Esto es,
para justificar el enunciado «x es bueno»
Tanto para un caso como para el otro, subyace la idea de que es posible una
justificación ética de la conducta humana de tipo objetivo, y no meramente
relativista o subjetivista, y que la acción moral no es ajena a la racionalidad. Sin
embargo, y sobre todo por parte de autores procedentes del neopositivismo o
de la filosofìa analítica, se discute acerca de la posibilidad y de la naturaleza de
los argumentos morales. Ch.L. Stevenson (1908-1978), neoempirista y
emotivista, autor de Ética y lenguaje (1845), por ejemplo, sostiene que la
argumentación moral es una inferencia no-deductiva, cuyas premisas son
afirmaciones de creencias y cuya conclusión son expresiones valorativas o
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emotivas. R.M. Hare, filósofo analítico, y uno de los defensores más
significados del prescriptivismo moral, concibe el razonamiento moral como
una inferencia formada por premisas descriptivas y por lo menos una premisa
valorativa que funciona como principio moral prescriptivo, a partir de las cuales
puede deducirse válidamente un juicio moral concreto también prescriptivo; el
punto débil del razonamiento es, según este autor, el principio moral, cuyo
fundamento ha de ponerse en otro principio moral de mayor generalidad, y así
sucesivamente, hasta llegar a un principio moral simplemente aceptado que ya
no es posible fundar en ningún otro principio, pero que cualquier persona con
un sistema moral distinto puede rechazar.
En el origen de estas críticas -como de otras sobre .que todo razonamiento
moral supone un paso, que se considera ilícito, del «ser» al «deber ser», o que
comete la falacia naturalista- así como en torno a la cuestión general de la
relación que existe entre el razonamiento teórico y el práctico, y de qué tipo de
deducción relaciona las premisas con la conclusión, está el supuesto, atribuible
a Hume, de que no es posible mezclar lógicamente los enunciados descriptivos
y los enunciados de valor, o que los hechos no implican valoraciones.
Éstas y otras críticas hacen que normalmente se considere que los
razonamientos morales no son como el resto de razonamientos o, por lo
menos, que en última instancia sólo son válidos dentro de un sistema moral
aceptado.
Otros autores, sin embargo, sostienen que es legítimo derivar afirmaciones
morales a partir de enunciados fácticos; así, Philippa Foot y Peter Geach
Ley moral ÉTIC.
Norma práctica de la conducta que el hombre que actúa racionalmente se
siente interiormente obligado a aceptar. La ley moral se percibe como
universalmente obligatoria, en el orden interno, para todas las personas y para
todos los casos -principio objetivo del obrar-, y no meramente como la razón
de actuar -principio subjetivo- de una persona concreta en una determinada
situación. Más que una ley particular concreta, o más que un conjunto de leyes,
es el hecho de reconocerse, en cuanto ser libre y racional, sometido al orden
moral. Para Kant, es la ley que se da a sí misma la voluntad, que consiste en «la
necesidad de obrar por respeto a la ley» (ver cita), que se determina de forma
más precisa con el imperativo categórico.
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Criterio moral ÉTI.
Los principios de acuerdo con los cuales el hombre juzga acerca de la moralidad
en general y de la moralidad de una acción concreta en particular. Los grandes
criterios morales coinciden con las grandes teorías acerca de qué es el bien y,
en cuanto principios inmediatos de la moralidad de una acción humana,
coinciden con el dictamen moral de la propia conciencia, que adopta la forma
de juicios de obligación moral o de juicios de valoración moral. Los primeros
son los llamados juicios deónticos y los segundos, juicios de valor o
valoraciones. En ambos casos se trata de un acto de la razón práctica. En la
adopción de un criterio moral pueden colisionar las convicciones personales
con las costumbres y normas morales de la sociedad o de un grupo humano.
Puede considerarse que estas últimas son, o formulan, la norma objetiva de
moralidad, mientras que la conciencia moral es, a la vez, norma subjetiva, pero
última e inmediata de la moralidad.
El criterio moral de una persona ha de poner de acuerdo la norma objetiva de
moralidad con la propia conciencia, no sólo en el momento de percibir la
obligatoriedad o el valor moral de una acción, o no, sino también con
anterioridad a la acción. Con lo que suele llamarse conciencia antecedente, ha
de ajustar sus principios prácticos de moralidad al principio racional de hacer el
bien o de obrar de acuerdo con la razón socialmente aceptada.
La variabilidad histórica y geográfica de los criterios morales, el relativismo
moral, por tanto, depende en gran medida del tipo de valores que se aceptan
socialmente en una época determinada.
Sentimiento moral ÉTIC.
Teoría nacida a mediados del s. XVIII en Inglaterra, según la cual la raíz de la
moralidad está en la capacidad del hombre para «sentir» la diferencia entre lo
bueno y lo malo moral. La moralidad no tiene, pues, un origen racional, sino
irracional, a saber, el sentimiento.
Los orígenes de esta doctrina se hallan en la necesidad de dar un fundamento a
la vida moral en una sociedad, la de los siglos XVII y XVIII, en Inglaterra, en la
que por un lado la religión protestante favorecía el criterio individual frente a la
autoridad civil o religiosa y, por el otro, la visión mecanicista del mundo
permitía pensar en un mundo en que Dios no era necesario. Para evitar el
relativismo moral y el amoralismo se busca el fundamento de la moral en la
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misma naturaleza humana. El empirismo británico, desconfiando de los
argumentos del racionalismo -defendido en esta cuestión por Clarke- lleva a
fundar la moralidad, no en la razón, sino en el sentimiento.
Aunque los inicios de esta doctrina se deben a las teorías de Thomas Hobbes
sobre el relativismo de «bueno» y «malo», que cada cual aplica según los
propios deseos, quienes desarrollan propiamente la teoría del sentimiento
moral son Shaftesbury, Francis Hutcheson y David Hume. Anthony Ashley
Cooper, tercer conde de Shaftesbury (1671-1713), es quien primero utiliza la
expresión moral sense, basándose en la doble argumentación de que la moral
es independiente de la religión y, contra Hobbes, de que el hombre es
naturalmente virtuoso, y capaz de aprobar o desaprobar interiormente, por un
cierto sentido interno, lo que es bueno y lo que es malo; a la moralidad le lleva
un sentimiento social de formar parte de toda la humanidad. Francis
Hutcheson (1694-1746) es el teórico por excelencia del sentimiento moral;
establece que, gracias a él, percibimos lo que es justo y bueno, distinguiéndolo
de lo injusto y malo. Así como todos vemos, así también todos percibimos el
carácter agradable -los efectos benevolentes o amables, decía- de las acciones
que todos aprobamos; «algo es bueno porque agrada a todos». La felicidad
humana que causan determinados actos, aquellos que consideramos
moralmente buenos, es la ley fundamental que explica el sentimiento moral.
David Hume da a esta teoría su fundamentación más sistemática y a ella dedica
en especial su Investigación sobre los principios de la moral (1751). En ella
responde a la crítica que el obispo anglicano, Joseph Butler (1692-1752), había
dirigido contra la que él creía excesiva simplificación de Hutcheson: la moral no
podía fundamentarse en la simple apreciación de que bueno es lo que agrada,
malo lo que desagrada. La experiencia moral, que ha de ser algo más complejo,
enseña que lo moral ejerce sobre nosotros la fuerza de la obligación; nos
sentimos obligados a lo bueno, no meramente complacidos. Y la fuerza de
obligar ha de fundarse en una autoridad suma, por eso la conciencia moral
apunta hacia la autoridad divina, con lo que, a la vez, se convierte en una
demostración de la religión. Hume quiso salir al paso de estas conclusiones;
criticó lo dicho por Butler y matizó las afirmaciones de Hutcheson.
Aprobar lo que es moral o desaprobarlo es, en efecto, un sentimiento, pero no
cualquier sentimiento es de orden moral. Ha de tratarse de un sentimiento
agradable, humano, sociable, benéfico y pacífico, y no violento, nocivo, egoísta
y desagradable. Su autoridad, o la fuerza por la que se impone, reclamada por
Butler, está en sus consecuencias, que lo hacen socialmente benéfico: da
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felicidad a las personas, orden a la sociedad, armonía a las familias y consigue
amigos. Su fundamento es, pues, la utilidad; y ésta es agradable y se hace
aprobar.
La moralidad enraíza, por consiguiente, en la misma naturaleza humana, en
aquellos sentimientos comunes a todos los hombres y que todos aprueban: es
bueno aquello que hace la vida humana agradable. Basada en estas
regularidades del sentimiento humano y de la conducta social y el carácter
universal de estos sentimientos internos, la moral puede ser una ciencia igual
que cualquier otra basada en regularidades de la percepción externa (David
Hume: el sentimiento moral.- Puede parecer sorprendente, y con razón, que en
una época tan tardía un hombre encuentre necesario probar mediante un
razonamiento elaborado que el Mérito personal consiste enteramente en la
posesión de cualidades mentales útiles o agradables a la misma persona o a los
demás. Podría esperarse que este principio se le habría ocurrido incluso a los
primeros, rudos e inexpertos investigadores sobre la moral, y que se habría
aceptado a partir de su propia evidencia, sin ninguna controversia o disputa.
Todo lo que de alguna manera es valioso se clasifica de forma tan natural bajo
la división de útil o agradable, lo utile o lo dulce, que no es fácil imaginar por
qué deberíamos buscar más allá o considerarla cuestión como un asunto de
investigaciones e indagaciones meticulosas. Y como todo lo que es útil o
agradable tiene que poseer estas cualidades respecto a la misma persona o a
los demás, la pintura o descripción completa del mérito parece realizarse de
forma tan natural como el sol proyecta una sombra, o una imagen se refleja en
el agua. [...]
Y así como en la vida cotidiana se admite que toda cualidad que resulta útil o
agradable a nosotros mismos o a los demás es una parte del mérito personal,
así ninguna otra se recibirá jamás donde los hombres juzguen las cosas de
acuerdo con su razón natural y sin prejuicios, sin las interpretaciones sofísticas
y engañosas de la superstición o la falsa religión. El celibato, el ayuno, la
penitencia, la mortificación, la negación de sí mismo, la humildad, el silencio, la
soledad y todo el conjunto de virtudes monásticas, ¿por qué razón son
rechazadas en todas partes por los hombres sensatos, sino porque no sirven
para nada; ni aumentan la fortuna de un hombre en el mundo, ni le convierten
en un miembro más valioso de la sociedad, ni le cualifican para el solaz de la
compañía, ni incrementan su poder de disfrutar consigo mismo? Observamos, a
la inversa, que van en contra de todos estos fines deseables; embotan el
entendimiento y endurecen el corazón; oscurecen la fantasía y agrian el
temperamento. Por lo tanto, las transferimos con justicia a la columna opuesta
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y las colocamos en el catálogo de los vicios; y ninguna superstición tiene la
fuerza suficiente entre los hombres de mundo para pervertir completamente
estos sentimientos naturales. Un entusiasta melancólico e insensato puede
ocupar después de su muerte un lugar en el calendario; pero casi nunca se le
admitirá durante su vida en intimidad y sociedad, excepto por aquellos que
sean tan delirantes y sombríos como él.
Parece una suerte que la presente teoría no entre en esa disputa ordinaria
sobre los grados de la benevolencia o egoísmo que prevalecen en la naturaleza
humana; una disputa que probablemente nunca se resolverá, tanto porque los
hombres que han participado en la misma no se dejan convencer fácilmente,
como porque los fenómenos que ambas partes pueden aducir son tan variados
e inciertos, y están sujetos a tantas interpretaciones, que apenas es posible
compararlos con exactitud, u obtener de ellos alguna conclusión o inferencia
precisa. Para nuestro propósito presente basta, si es que se admite, lo que
seguramente no puede cuestionarse sin caer en el mayor absurdo, que en
nuestro pecho se ha infundido cierta benevolencia, por pequeña que sea;
alguna chispa de amistad por la especie humana; que alguna partícula de la
paloma forma parte de nuestra constitución, junto con los elementos del lobo y
la serpiente. Supongamos que esos sentimientos generosos son muy débiles;
que sean insuficientes para mover incluso una mano o un dedo de nuestro
cuerpo; todavía deben dirigir las determinaciones de nuestro espíritu, y,
cuando todo lo demás es igual, producir una fría preferencia por lo que es útil y
sirve para algo a la humanidad sobre lo que resulta pernicioso y peligroso. Por
lo tanto, inmediatamente surge una distinción moral; un sentimiento general
de censura y aprobación; una tendencia, por débil que sea, hacia los objetos de
la primera clase, y una aversión proporcional hacia los de la segunda. Y estos
razonadores que, con tanta insistencia, mantienen el carácter
predominantemente egoísta de la especie humana, de ningún modo se
escandalizarán al oír de los débiles sentimientos de virtud implantados en
nuestra naturaleza. [...]
La avaricia, la ambición, la vanidad, y todas las pasiones vulgarmente, aunque
de forma impropia, comprendidas bajo la denominación de egoísmo, están
aquí excluidas de nuestra teoría sobre el origen de la moral, no porque sean
demasiado débiles, sino porque no tienen la orientación adecuada para este
propósito. La noción de moral implica algún sentimiento común a toda la
humanidad, que recomienda el mismo objeto a la aprobación general y hace
que todos los hombres, o la mayoría de ellos, concuerden en la misma opinión
o decisión sobre él. Implica también algún sentimiento tan universal y
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comprensivo como para abarcar a toda la humanidad y convertir las acciones y
conductas, incluso de las personas más alejadas, en objeto de aplauso o
censura según estén de acuerdo o en desacuerdo con esa regla de lo correcto
que está establecida. Estas dos circunstancias imprescindibles pertenecen
únicamente al sentimiento de humanidad sobre el que aquí se está insistiendo.
Las otras pasiones producen en cada pecho muchos sentimientos poderosos de
deseo y aversión, afecto y odio; pero ni se sienten tan en común, ni son tan
comprensivas como para ser el fundamento de algún sistema general y teoría
sólida de la censura o aprobación. [...]
Mientras que el corazón humano se componga de los mismos elementos que
en el presente, nunca será completamente indiferente al bien público, ni
permanecerá enteramente impasible respecto a la tendencia de los caracteres
y las costumbres. Y aunque no se puede considerar generalmente que este
sentimiento de humanidad sea tan fuerte como la vanidad o la ambición, sin
embargo, al ser común a todos los hombres, sólo él puede ser el fundamento
de la moral o de un sistema general de censura o alabanza. La ambición de un
hombre no es la ambición de otro; y el mismo acontecimiento u objeto no
resulta satisfactorio para ambos. Pero la humanidad de un hombre es la
humanidad de todos, y el mismo objeto afecta a esta pasión en todas las
criaturas humanas. Investigación sobre los principios de la moral, sec. 9 (Espasa
Calpe, Madrid 1991, p. 140-145).
Acto moral ÉTIC.
Es el acto voluntario que se lleva a cabo en una situación de conflicto entre la
razón y lo que genéricamente puede llamarse inclinaciones (pasiones,
tendencias, sentimientos, intereses, deseos, etc.) teniendo en cuenta la ley
moral. A este «tener en cuenta la ley moral», Kant llama «representación de la
ley» y el acto moral es, según él, aquel en que lo pensado como objetivamente
necesario por la razón se impone también a la voluntad como subjetivamente
necesario (Immanuel Kant: en qué consiste la moralidad.- Sólo un ser racional
posee la facultad de obrar por la representación de las leyes, esto es, por
principios; posee una voluntad. Como para derivar las acciones de las leyes se
exige razón, resulta que la voluntad no es otra cosa que razón práctica. Si la
razón determina indefectiblemente la voluntad, entonces las acciones de este
ser, que son conocidas como objetivamente necesarias, son también
subjetivamente necesarias, es decir, que la voluntad es una facultad de no
elegir nada más que lo que la razón, independientemente de la inclinación,
conoce como prácticamente necesario, es decir, bueno.
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Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cap. 2 (Espasa Calpe,
Madrid 1994, p. 80-81). El acto moral supone conciencia, libertad y
responsabilidad en quien lo ejecuta y, siendo todo esto, en definitiva, una
actuación del individuo, puede producirse en ocasiones un conflicto entre las
decisiones de éste y las necesidades e imposiciones de la sociedad.
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