Votuaicii I I . - Nú«. 2.
— Agosto 1950
REVISTA DE E C O N O M Í A POLÍTICA
LA CUESTIÓN SOCIAL
Este ensayo del profesor Walter Eucken forma parte del volu-
men que en homenaje a AMred Weber se publicó en 1948 (•). Por
la fecha y la- circunstancias de la publicación, creía su autor
que eMe trabajo —que él apreciaba mucho— había tenido difu-
sión muy corta. Se publica ahora su traducción en este lagar de
la REVISTA DE ECONOMÍA POLÍTICA por esa cauba y, además, como
homenaje a la memoria del profesor Eucken. qne falleció en Lon.
dres ti 20 ár marzo de 1950.
La cuestión social del siglo XX es por completo diferente de la
•del siglo xix. Pero no sólo es diferente, sino que a la vez se ha hecho
más ardua.
1. «El antagonismo social característico de nuestra época es el
•que existe entre los empresarios y los obreros industriales», escribió
Gustavo Schmoller a finales del pasado siglo. Tenía toda la razón.
Esta cuestión social surgió en una época de industrialización y des-
arrollo técnico, tras la gran etapa de la legislación liberal, que ocu-
pó el tránsito del siglo xviu al xix. Imperaban entonces la libre
contratación del trabajo, la libertad de residencia y la propiedad
privada. Sin embargo, aun cuando la libertad e igualdad de dere-
chos de los hombres parecían estar aseguradas política y jurídica-
(•) Synopsis. Icslpnbo fñr AlfreH fFober. 30-VU-m6&-30-VH-l<H8, Heidel-
ber R . 1948.
1 14 tVALTKS EUCEV.ÍV [ l\. E. P . , I I . 2
mente, los trabajadores industriales no eran libres ni económica ni
socialmente. Se sentían sujetos, entregados a la prepotencia de!
«capital», como se lia dicho en un afán de tosca simplificación. Esta
prepotencia se hacia sentir tanto en el mercado de trabajo como en
cada explotación singular. Constituían la cuestión social en aqurf
entonces las malas condiciones de vida, la remuneración insuficien-
te, las largas jornadas de trabajo, el quebranto de la salud, el tra-
bajo infantil y la inseguridad de la existencia de muchos obrero?
industriales, circunstancias que eran muy comuno* al comienzo y
mediados del siglo XIX. Esta situación ha sido objeto de mucha* des-
cripciones y se ha difundido a través de conmovedores testimonios.
La sociedad se escindió en dos grupos enemigos. La cuestión social
de aquel tiempo fue algo más que la crisis en un sector de la vida:
llegó a ser la cuestión central de la sociedad, de la política y de
la cultura.
2. Marx se aferró a la cuestión social de su época con toda la
energía de su pasión. En ella vio el natural agente propulsor del
proceso histórico; a la vez, la forzó hacia un solo pnnto, vinculán-
dola al problema de la propiedad.
La propiedad privada significa —trató él de demostrar— muy
diferente cosa, según que los propietarios sean o no obreros. uL:t
propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción
es el fundamento de la pequeña industria, y ésta es una condición
necesaria para el desarrollo de la producción social y de la libre
personalidad del trabajador mismo.» Pero esta forma de la propie-
dad privada se había quedado pequeña. «Ha de ser aniquilada, está
siendo aniquilada.» Había tenido lugar un proceso de transforma-
ción : propietario y trabajador s<> disociaron, y nació la «propiedad
privada capitalista», «que está basada en la explotación del trabajo
ajeno, pero formalmente libre». A la expropiación de los antiguo?
propietarios que trabajaban por sí sucedió la de los propietarios ca-
pitalistas más pequeños. «Cada capitalista mata a otros muchos».
y así la propiedad privada de los medios de producción va reunién-
dose en menos mano^ cada vez. Al tiempo que disminuye incesan-
temente el número de los magnates capitalistas, aumenta el volu-
men de la miseria, la opresión, la servidumbre, la degeneración \
la explotación; pero también la indignación de la clase obrera unf-
da y organizada. Esto es lo que se llama la cuestión social, la cuaJ
extrac do 9Í misma, irremisiblemente, su propia solución. «El mo-
nopolio del capital se convierte en una traba para la forma de
ACOSTÓ N'iUJ I A (L>M1ÓN SOCIAL 115
producción que h;i /lorecido con él y bajo el. La <tfntraJi/;icíón de
los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan)
un punto en el que ya no soportan su corlean capitalista. Y ¿si a
acaba por saltar. H:i sonado la hora de la propiedad privada ca-
pitalista.» Así, la producción capitalista engendra su propia nega-
ción, con el carácter ¡nehicInbJo de un proceso natural. Y Ja cues-
tión social se resuelve seso'in Marx, con la forzosa desaparición de la
propiedad privada capitalista y el surgir de la propiedad *ocializa<la.
Marx concibió, por consiguiente, la cuestión social y el problema'
de la propiedad como una sola cuestión.
3. De hecho, durante el siglo M\ y comienzos del x\, V.t cues-
tión social estuvo cerca de hallar su solución por otra vía. Las con-
diciones de vida de los trabajadores mejoraron radicalmente, y el
jornal real uuini'nló en muchos países industríales hasta triplicarse
y aun cuadruplicarse.
Este resultado se obtuvo, en primer lugar, gracia* al progreso
técnico y económico. Cuanto mejor provisto de máquinas estaba
<l obrero, es decir, cuanto mayor era el produelo del trabajador,
tanto más podía aumentar su jornal. El perfeccionamiento de la
técnica de los transpones —el desarrollo de la red ferroviaria, el au-
mento de los automóviles, bicicletas, etc.— lia contribuido al mismo
tiempo a la desaparición de muchos mercados de trabajo con de-
manda monopolizada o parcialmente monopolísticos. Las áreas de
reclutamiento de mano de obra de las oni|>r<\-as industriales fueron-
inttrfiriémlose cada vez más, con lo que la competencia entr»; las
industria* para Contratar obreros vino a favorecer a éstos en grado-
creciente. También Mirtió -u« efecto» la protección de los obreros-
por el Estado, la prohibición del trabajo infantil, la limitación le»al
de la jomada de trabajo, la inspección de fábricas y los seguros de
enfermedad, accidentes e invalidez. A esto hay que añadir la pro-
pia ayuda conjunta de los obreros, que modificaron la forma del
mercado a través de sus sindicatos, de tal modo que a los deman-
dante? monor>olislas o parcialmente monopolistas se les enfrenta-
ron oferentes tamhié'i parcialmente monopolistas.
Cierto que la cuestión social del siglo XIX no fue resuelta por
completo. Subsistieron antagonismos; la inseguridad, sobre todo
en \ns períodos óe crisis, continuó amenazando a los obreros; la
creciente integración de la« industrias en trusts y consorcios anun-
ció ya la nueva cuestión «oeial. Y mientras tanto, la misma política
social de entonces contribuía al nacimiento de ):i cursi ion sooiaí
de nuestro sialo.
WALTKR fcLCKEN ¡ R . E. P-, l í , 2
II
1. La nueva cuestióu social nos entra a diario por los ojos. El
obrero —y no sólo el obrero— ha venido a depender de la ma-
quinaria del Estado y de otros poderes públicos. El contrato de
trabajo se Iva convertido en muchos países cu una relación laboral
de derecho público, cuyas condiciones fija ti Estado. El obrero in-
dividual ya no puede elegir libremente su puesto de trabajo. Está
sometido a unas obligaciones contractuales. Las oficinas de coloca-
ción le asignan a una determinada ocupación. Consigue sus alimen-
los, e incluso 8u vivienda, a través de una distribución centralizada.
En caso de enfermedad, accidente, invalidez o paro está bajo la
dependencia del seguro estatal. Se está forjando un nuevo tipo hu-
mano, qrue surge de los hombres agrupado» en masas y sujetos a la
dependencia del Estado. La vida entera va poco a poco estati-
zándose.
Con eata evolución se relaciona el hecho de mostrar graves dete-
rioros el mecanismo rector del proceso económico. A decir verdad,
tampoco en el período anterior fue siempre satisfactorio el meca-
nismo rector, como lo prueban claramente las frecuentes depresio-
nes. Pero ahora el defectuoso funcionamiento del proceso e«onó-
mico se manifiesta en los distintos países, e internacioualmente, en
la insuficiencia crónica del abastecimiento do amplias clases socia-
les, las cuales, a pesar de la plena ocupación, se ven inadecuada-
mente provistas de bienes de consumo. Tan pronto como deja de
funcionar el mecanismo rector de la economía moderna, se agudiza
la cuestión social.
2. La nueva Cuestión social no sólo afecta al trabajo industrial,
stno que abarca todas las ramas profesionales, incluyendo los labra-
dores, los artesanos, los comerciantes y las profesiones liberales.
Todos se hallan amenazados por esta evolución.
En el siglo xix la cuestión social tuvo, por asi decirlo, carácter
¡invado. Patrono y obrero concertaban un contrato privado de ser-
vicios. Económicamente, la desfavorable situación de los trabajado-
res resultaba de dos motivos principales : negociaban como oferen-
tes en mercados Cuyas formas eran a menudo el monopolio de de-
manda y el monopolio parcial de demanda, que otorgaban una
gran supremacía al patrono demandante. En segundo lugar, la
AOOSTO 1 9 5 0 J I A OL'tSIlÓN SOCIAL 117
oferta, muchas vec^s, se comportaba en el mercado de trabajo como
lina agravante del ciclo : cuando el jornal bajaba, aparecía en et
mercado más mano de obra —especialmente los familiares de los
obreros—, que deprimía el salario todavía más.
Hoy la cuestión social no tiene carácter privado, sino que, por
el contrario, está ligada a la desaparición del carácter privado de
la vida. La relación laboral se ha convertido en una relación de
derecho público, y, económicamente, lo decisivo ya no es, por lo
general, el mercado, es decir, ya no lo es el cambio de la presta-
ción de trabajo por una cantidad de dinero, sino la distribución y
asignación de puestos de trabajo y bienes de consumo. Muchos
países han transformado su orden económico, que era predominan-
temente una economía de tráfico, en otro orden económico, que es
[undamentulinente una economía de dirección central.
3. Esta modificación del orden económico plantea jiraves cues-
tiones a la política económica. Pero no es esto sólo.
Aquí también se inuestra la interpelación de los órdenes dentro
de los cuales vive el hombre. Mediante la modificación del orden
económico *e h¿\ variado también, entre otros, el orden social y
muy u fondo por <•!< rlu. Cuanto más fuertemente se imponga la di-
rección central del proceso económico, tanto más se iva confiiairan-
do desde arriba la sociedad. Todo orden social tiene la forma de
una pirámide. Siempre existe una clase rectora. Jamás ha existido,
ni puede existir, una sociedad «sin clases». Siempre están presen-
tes.-—como dice Parcto (1)— una fílase A y una clase B. Pero esta
pirámide o puede, por así decirlo, ser construida de abajo arriba,
o puede ser -u vértice el que decida cómo han de ordenarse las
capas inferiores. O son las familias, otras entidades menores autó-
nomas, los sindicatos, etc., los titulares sociales, o bien estas forma-
ciones se crean o dirigen desde arriba.
Cuanto má; se ¿tcei<nic el orden económico a ser una economía
de dirección central —donde los funcionarios de esta dirección cen-
tral representan la clase rectora con facultades decisorias—. tanto
más perderá el orden social íu carácter orgánico. La masa no forma
una determinada clase social; la masa es un estado en el cjne pue-
den encontrarse los hombres. La «masificación» toma una forma
especial cuando Ja sociedad experimenta la transformación de que
(1) [Link], Manuel d'Écononñe Politique. 1927; cap. II. 102-108.
118 [Link] EUCKKN | R . F.. F . , I I . 2
estamos aquí hablando. Cada profesión recibe a través de ella uu
nuevo carácter, ya se trate de labradores, artesanos, comerciautes,
obreros o empicados. ISo son fuerzas espontáneas las que constru-
yen la sociedad, sino que viene dirigida desde arriba, y su estructu-
ra depende de Jas instrucciones emanadas ile los funcionarios de los
•organismos centrales.
4. El Estado juega un papel especial en eite proceso histórico.
Y no es que esto. Estado sea independiente de los grupos de poder.
Ka que grupo» de intereses de la industria, de la agricultura o d<:
los trabajadores adquieren iuflueiicia, variable según Jos países, so-
bre la formación de la voluntad estatal. Precisamente ésta es una
peculiar y contradictoria característica de la transformación del Es-
tado i'ii el siglo XX: extiende su poder mediante múltiples inter-
venciones en el proceso económico cotidiano, pero a la vez cae pau-
latinamente en manos de grupos de poder económico, ya se trati-
de sindicatos obreros, o de organizaciones de intereses asneóla»,
o de agrupaciones de industriales en foraia de consorcios, cárteles
•u otras asociaciones del mismo carácter. Estos grupo, de poder no
sólo determinan decisiva mentí- la voluntad del Eslado. sino que se
apoderan Ae importante; campos de la anterior actividad de ésl<'.
Así, las reglamentaciones generales internas de estos grupos de po-
der industriales sustituyen con frecuencia al derecho público. Los
tribunales de arbitraje ñr los grupos de poder suplantan en mu-
chos casos a los del Estado. Los grupo» particulares, por consiguien-
te, son todavía boy poderosos; pero de otro modo que antes. Ac-
túan, sobre todo, en combinación con el Estado. Representantes
<ie estos grupos privados participan a menudo en la conducción de
los órganos de dirección centrales. El F'tado ha entrado en el
engranaje de los grupos de poder.
En la? manos de esta institución inestable, Mmiotula a inniinv-
rables influencias, está depositada la existencia de la mayor parle
de las gentes. Agrava esta situación el beclio de aceptar en toda su
amplitud el hombre actual la teoría de que. r\ Eslado no está liñu-
do a ninguna ley moral. Conforme crecen «lo? medio-* y el ámbito
deí Estado, más peligrosa resulta la doctriua de que el Estado e->-
•capa a la moral. Desde el momento en que el Estado pretende ser-
la medida de todas las cosas y al mismo tiempo proclama su carác-
ter amoral, está menos capacitado (pie nunca para la dirección mo-
ral del país. El Estado, efue reclama para sí la facultad de definir
1o« vínculos ético*, convierte su oamyio de acción en asilo de la per-
ACOSTÓ 1950j LA CUESTIÓN SOCIAL 119
versidad y atrae, como un centro de gravitación, la sempiterna mal-
dad del hombre» (2).
5. Pero la nueva cuestión social: la opresora dependencia res-
pecto de ese Estado, el extraordinario rie9go que corre la libertad
humana, la transformación del hombre en pieza de una gran ma-
quinaria, la nueva inseguridad económica y social que brota de esta
dependencia, no puede resolverse sencillamente con que el Estado
cié marcha atrás y. sin más, devuelva el carácter privado a la eco-
nomía, retrocediendo, por consiguiente, a la situación del siglo xix.
Porque, en el entretanto, el proceso industrial de concentración, con
la colaboración decisiva del Estado, ha continuado aceleradamente
y existe ahora el peligro de que una mera liberación respecto de
la prepotencia del Estado ponga a muchas gentes a merced de gru-
pos de poder particulares.
No se realiza ¡ior sí mismo un orden económico y social libre,
especialmente en ¿pocas de industrialización y desarrollo técnico.
Lo ha demostvailo diáfanamente la experiencia histórica. A fines
del siglo xvni y en el xix se supo muy bien que la libertad política
y la libertad jurídica tenían que asegurarse, por medio de constitu-
ciones coa bien meditadas garantías una, mediante códigos la otro.
Pero se creía que el orden económico justo y libre se realizaba por
sí sólo. En verdad, un orden económico libre y operante exige algo
parecido a lo que reclama el orden político y jurídico; las formas
dentro de las cuales ge desenvuelve la economía no pueden dejarse
al laissaz'faire. >o debe depender de la casualidad o del egoísmo
de los sujetos económicos, por ejemplo, la formación de monopolios
en los mercados de trabajo, la aparición de otras formaciones de
poder económico o la ordenación monetaria nacional e internacio-
nal. Aquí es necesaria la «planificación»; es decir, la «planificación»
tiene q»e sujetarse a las formas dentro de las cualesise desenvuelve
la economía, y liabrá de cuidar que de la economía misma no ema-
nen formas que. amenacen la existencia humana y libre de los su-
jetos económicos en sn vida económica cotidiana, o no permitan un
racional funcionamiento del proceso económico global.
• 2) HUIZINCA. Wenn die Wajjen schutigen, J945; pág. 186.
120 WALIER [Link] [ R . E. 1'., II, ?
III
1. Existe un gran contraste entre las cuestiones sociales de am-
bas épocas. Sin embargo, el planteamiento del problema, los con-
ceptos, Jas ideas y los programas que circulan hoy por el ruuudo
proceden en su mayoría de épocas pasadas, incluso de los tiempos-
de la cuestión social del siglo xix. Con los medios de la política
social de dicho siglo cree la mayoría de la gente poder resolver la
cuestión social de ahora, que es de muy distinta índole. Los crite-
rios se forman todavía mirando a un mundo que ha dejado de sor
real. A menudo el oleaje bate aún la orilla muclio tiempo después
de haber desaparecido el barco que pasó por el río. Lo mismo su-
rede con el pensamiento que domina la política económica y social
tle hoy. El siglo xrx ha pasado, pero aún son poderosas las ideas
que en él nacieron.
El anacronismo de las ideas imperantes es un Iwclio histórico de
¡¡ran trascendencia. Para vencer este anacronismo y con ello abrir
la vía que conduzca a una concepción de la cuestión social ajusta-
da a la realidad de nuestro siglo, es menester reconocer aquél ple-
namente. Vamos a intentar examinarlo de manera sucinta, por lo
menos desde dos puntos de vista.
2. Dondo acaso se manifiesta con más claridad este anacronis-
mo es en la cuestión de la propiedad. El mismo Marx había perci-
bido en una peculiar forma el problema do la propiedad. Con una
aguda visión de las posiciones de poder económico de su tiempo,
comprendió lo (\ue significaba el poder económico en un medio en
rl que. en general, las personas gozaban ilc igualdad de derechos
políticos. También advirtió que el poder económico privado esta-
ba ligado a menudo con la propiedad privada. En eso era realista.
Y, sin embarco, ignoraba toda la experiencia histórica, cuando creía
que mediante la propiedad colectiva podía eliminarse el poder eco-
nómico. Aquí era un utopista.
La antítesis propiedad privada frente, a propiedad colectiva, que
ha sido heredada de la lucha de ideas del siglo Xix. domina el pre-
sente. Si Ja propiedad privada —se ur^timenln— ha rnnducido mu-
chas veces a posiciones de poder económico y a la «explotación;»,
si ha sido Ja raíz principal de la cuestión social, en la extirpaeiótr
de la propiedad privada de lo« medios de producción y en la intro-
ACOSTÓ 1950] LA CUESTIÓN SOC1AI 121
ducción de la propiedad colectiva está la verdadera solución de la
cuestión social. Sobre la base de estas ideas se han realizado en Jos
últimog decenios las grandes «nacionalizaciones» y «socializaciones».
En muchos países se están creando importantes consorcios estatales,
que abarcan numerosas empresas —a veces centenares de ellas— de
distintas ramas industriales. Por otra parte, ramas industriales com-
pletas están siendo totalmente nacionalizadas, como, por ejemplo,
las minas de carbón en Inglaterra y Francia, con lo que nacen
grandes monopolios estatales. Se cree que traspasando el poder eco-
nómico de las manos privadas a las públicas, se logra una adminis-
tración más social y, por tanto, mejor.
Con ello el proceso de concentración industrial entra en una
nueva fase. Consorcios estatales ensanchados y administraciones de
los monopolios oficiales reemplazan en muchas partes a los cárteles
y trusts privados.
Esta política económica, fundada en el atractivo de las ¡deas de]
siglo Xix, no puede conducir al fin perseguido, pues contradice una
antigua experiencia histórica que de nuevo se confirma en el pre-
sente, a saber: que los problemas libados al poder político o eco-
nómico no pueden ¡amas encontrar solución en una mayor concen-
tración del poder. Los pueblos y las épocas que poseyeron sabidu-
ría política no ignoraban que el poder, el predominio y la amenaza
(pie ¿stos encierran para la libertad sólo podían combatirse eficaz-
mente por medio del fraccionamiento de las organizaciones de inte-
reses, y no. como regla, a través de una creciente concentración del
poder. Por el contrario, a través de la nacionalización y la sociali-
zación se ejecuta una concentración doble. Uniendo esferas diferen-
tes —la económica y la política— se agudiza el problema de la pre-
potencia y la sujeción social. Pero al mismo tiempo, las nacionali-
zaciones o socializaciones refuerzan las posiciones de poder en la
esfera económica misma, por la fusión de entidades privadas, ma-
yores o menores, para constituir enormes formaciones estatales. Por
consiguiente, esta política económica de socialización y nacionali-
zación se mueve •—hablando en términos generales— en una direc-
ción que aumenta la sujeción y reduce la libertad, agravando con
ello aún más la cuestión social de nuestros días.
A esto se replica, a veces, que el Estado puede ser puesto bajo
el control de las asambleas parlamentarias, y con ello de la volun-
tad popular. Pero sabemos ya, por nuestra experiencia más recien-
te, que a través de nacionalizaciones y socializaciones extensas el
'122 [Link] EUCKF.N [ H . F.. \\. II, 2
listado mismo modifica su carácter; que la Administración adquie-
re gran preponderancia dentro del Estado y que es imposible el con-
trol eficaz de la burocracia que rige las empresa» nacionalizadas o
•las ramas de la industria. Y, además, subsiste la dependencia del
' individuo respecto de la anónima supremacía de las empresas e in-
dustrias nacionalizadas.
Tampoco el problema del monopolio puede resolverse mediante
'la nacionalización o socialización. La experiencia más bien indica
-que los monopolios del Estado, por ejemplo, rn materia de ferro-
carriles, practican una política monopolíslica tan acentuada como
pueda serlo la de los monopolistas particulares, e incluso despliegan
con frecuencia una mayor energía en el uso del poder, pues lns
dirigente^ de lo» monopolios estatales ve» justificación para su po-
lítica monopolistica en que redunda en favor del interés público
o del pueblo. De hoolio no deja de ser una política de monopolio
ron todos sus males. Tampoco sirve aquí de nada que unos repro.
sentantes de Jos trabajadores colaboren en la gestión de la rani;i
industrial monopolizada por el EsUulo o socializada, toda vez <fitn
multa —como lo ha mostrado la experiencia alemana con la ley
del año 1919 sobre la industria del carhón— que los obreros de
un grupo siempre se inclinan a apoyar las exigencias monopolísti-
eas de su industria, con el fin de mejorar la situación social del pro-
pio grupo de trabajadores. Y de este modo, por favorecer a una
parto del país se grava a todas las demás. Queda sin resolver el
gran problema de la organización política del poder económico y
social, sin dominar el cual tampoco la cuestión social puede re-
solverse.
3. Como el problema de la propiedad, el de la dirección de la
economía se trata casi siempre con el espíritu del siglo XTX. Tome-
mos como ejemplo los sansimonianos, que como pocos otro9 han
dirigido su pensamiento a los problemas del «socialismo» (3). Para
ellos la economía de la época del laissez-fmrc y de la competencia
—conceptos que consideran idénticos— es anárquica. La compe-
tencia sería una manifestación de la época crítica en que vivimos.
~Los capitales se derrochan; tan pronto circula el rumor de que una
•rama de la industria ofrece perspectivas de ganancia, afluyen el
(3) Doctrine de [Link]. Expnsition. Ift29: otra5 referencia-: II. U.
D'[Link], les Sainl-Simoniens. Parí?. 1930. y F. A. v. HAYF.K. «The Cuun-
• Jfr-Rcvolution of Science". Emnomicn. 1941.
\ c n s i o [Link]] i.v [Link] sniiii. 123
•capital y el trabajo a toda prisa y a ciegas; pero más tarde se
advierte que se han cometido grandes errores en las inversiones.
«¿Y qué —preguntamos nosotros— resulta de estas luchas asesinas?
Algunos felices triunfan... Mas el precio de este triunfo es la ruina
económica de numerosas víctimas. Así. como consecuencia inevita-
ble de una producción sin medida ni gobierno, se destruye en cada
momento la relación entre producción y consumo. Innumerables
catástrofes y crisis económicas... tienen aquí su origen.» Bajo el
dominio de la competencia falta la orientación central de toda la
actividad material. «Cada uno está supeditado a «ni? experiencias
personales; no hay orientación general alguna cpie domine la pro-
ducción; ésta marcha por sí. toscamente y sin cálculo; en unas
partes se produce demasiado y en otras demasiado poco.» «Si en e9tr
fundamental sector de la actividad social >e originan tantos tras-
tornos y domina tanto desorden, ello se debe a que la distribución
de los medios de producción se realiza a través de individuos ais-
lados, que ni conocen las necesidades de la economía y de la gente
ni los medios necesarios para su satisfacción.»
Mn.' fl propio proceso histórico vencería la anarquía fie la pro-
diicióu y de la distribución de la época crítica cu que vivimos. La
competencia no sólo es mala, sino, además, incompatible con el
ineluctable desarrollo natural, y. por lo tanto, está anticuada. Seria
inevitable la aparición de un nuevo orden social orgánico donde el
proceso económico esté sujeto a una dirección central, en el que
los hombres que lleven la dirección posean el sentido del proceso
global y puedan gobernarlo racionalmente.
Al lado de la antítesis propiedad privada frente a propiedad co-
lectiva, aparece ¡iqui la antítesis anarquía de la producción indivi-
dual frente a dirección del procedo económico mediante órganos
centrales de) F'fíi'lo. Las economías individuales pertenecen al pre-
sente, lo mismo que la propiedad privada: pero el futuro traerá
la dirección central e impondrá también la propiedad colectiva.
Después de la gran aportación intelectual de la economía polí-
tica durante lo? últimos cien año c . no rs difícil la crítica de estas
ideas de la anarquía fiel proceso económico y de la superación do
la anarquía mediante la dirección central. Hoy sabemos que laissrz-
fairo. y competencia perfecta no pueden confundirse: antes bien,
•que el 7/[Link] conduce muy a menudo a formas de mercado
distintas d é l a competencia perfecta. Sabemos, además, que el meca-
nismo vector del proceso económico es absolutamente distinto según
124 IMLTtR KLCKKN | H. K. 1'.. U. -
sean las fonuas del mercado; que en algunas de éstas —por ejemplo.
en. el oligopolio o en el monopolio bilateral— no existe verdadero
equilibrio, y que en otras —por ejemplo, en el monopolio de oferta y
en la competencia perfecta— el equilibrio puede presentar caracte-
res completamente distintos. A más de esto, Ja ciencia ha demos-
trado que el mecanismo de los precios no sólo funciona de modo
diverso según la íorma de mercado, sino también según eJ iipo ¿r
sistema monetario existente. Las crisis y depresiones del siglo xi.v
y comienzos del XX tuvieron a menudo su causa o agravación en
los fallos del sistema de precios existente. Pero éste no falló cu
modo alguno como instrumento de dirección, siuo que fallaron unos
precios establecidos en especiales formas de mercado, fijados por
autoridad o formados en ciertos sistemas monetarios insatisfactorios.
La política económica debiera., por consiguiente, esforzarse porque,
tuviesen realidad formas de mercado y sistemas monetarios que per-
mitiesen un funcionamiento del proceso económico 1" má? riguroso
posible e inspirado en las necesidades humanas.
Pero no sólo era demasiado to^ca, y por lo mismo injustu, ]:i
crítica del supuesto proceso anárquico de la economía; la (:ienr.i;i
moderna ha demostrado también que la olra vertiente de la argu-
mentación era insostenible. Los sansimonianos, y con ellos innume-
rables otros después, creían que mediante una dirección central po-
dría vencerse Ja supuesta anarquía y conseguirse un funcionamiento
racional del proceso económico. Con ello se acercaría a su solución
la cuestión social. Sin embargo, el análisis científico y la experien-
cia práctica han mostrado los ingenies problemas <uie surgirían tan
pronto como los órganos de dirección central quisieran hacerse car-
jio de la gestión del proceso económico de un país.
En órdenes económicos del tipo de dirección central la implan-
tación de un mecanismo rector suficiente ha resudado tarea simia-
mente difícil o sin solución. Contra lo que se esperaba, no se ha
salvado el peligro de la anarquía, ni evitado ios errores en el uso
del capital, ni la desproporción de las inversiones, sino que han
aumentado sustancialmcnte. Aún más, la introducción de oítos mé-
todos de dirección central resultó en una acumulación de poder eco-
nómico, porque ahora son los planes de los órganos centrales y no
ya los de los empresarios y consumidore? inJividualcs los que deci-
den el proceso económico. Y a esto se une. además, la imposición
del servicio obligatorio, la limitación de la libertad de residencia,
ACOSTÓ 1950] LA CUESTIÓN SOCIAI 125
etcétera, que acompañan a la economía de dirección central. Todo
•fsto lo ha estudiado detalladamente la ciencia.
Pero la opinión pública cree todavía que el funcionamiento del
proceso económico fundado sobre los planes individuales de con-
sumidores y empresas ha de ser anárquico; la mayoría de las gen-
tes desconoce las diferencias entre las formas de mercado. Pocos
jon los qvit' saben con qué rigor dirige la «competencia perfecta»
el proceso de la economía. Se ignora la complicada relación que
catre sí mantienen el sistema monetario, la formación de loa pre-
cios y la dirección del proceso económico. Y todavía en la actua-
lidad hay amplios sectores que creen necesario un plan central
para dar al proceso económico una dirección racional. El público,
•en muchos países, se mueve por ideas que eu el tercer decenio del
siglo ¡lasado produjeron sensación y fueron discutidas. Hoy es pa-
tente, incluso por la experiencia cotidiana, que estas ideas no se
ajustan a la realidad. Kl observador de toda esta agitación piensa
<paizá en las palabras do Goethe : «Todos nosotros vivimos del pa-
sado y por el pasado sucumbimos.•»
Por supuesto, estas anticuadas ideologías son también instrumen-
tos en mano? il>* determinados grupos de funcionarios en su lucha
•por el mando y en la defensa de sus posiciones de poder.
4. Partiendo de esta situación se comprenden los proyectos que,
•fundándose en la «deseoncentración de la planificación» y en el
«fraccionamiento do la propiedad colectiva», tratan de evitar los
peligros sociales y económicos que traen consigo la economía de
dirección central y la concentración de la propiedad colectiva, sin
terminar con éstas de raíz. ¿No sería posible —se pregunta a me-
nudo— suavizar la dirección central, delegándola en organismos de
dirección autónomos o en corporaciones de las distintas ramas d»1
la industria, como, por ejemplo, la del carbón, la siderúrgica, la
fextil. etc.? ;O en autoridades locales u organismos de dirección
autónomos que recibiesen solamente instrucciones generales de los
departamentos superiores?
Pero estos provectos, por interesantes que sean en sí, no tienen
en cuenta un hecho que es fundamental precisamente en la mo-
derna economía industrial. El proceso económico de una nación, y
aun de un conjunto de naciones, es un todo Coherente. Este proce-
so, consistente, sumamente complejo y multiforme, necesita un me-
canismo rector. Cada hora de trabajo de cada obrero y cada por-
ción de un medio productivo tienen que combinarse con otras in-
126 WAUKlt KUtKVN [ U. E . V., U . £
coutables horas y porciones para servir Je manera óptima a la 5.1-
tis£acción de las necesidades. Sólo asi puede superarse la esca;'.//
social y económica. Cada empresa y cada economía de consumo
está ligada de mil maneras, ilireeta e indirectamente, a otras innu-
merables empresas y economías de consumo. Esto hecho no lo tiene
en cuenta la llamada desconcentración di? la planificación central.
Si la administración de las minas de carbón, la de la industria side-
rúrgica, la de la industria textil, etc., elaboran sus planes indepen-
dientemente, el proceso económico se fragmenta en una atiarquí.t
de grupos inonopolísticos. Los planes parciales 110 engranan entre
sí de un modo racional, y el complejo económico manlia *'u\ limón.
En el ca9o de estar sometidos estos organismos de dirección autó-
nomos :i una dirección central, es cierto que sr mantiene algo me-
jor la unidad, pero entonces la direeción autónoma no existe ma-
que en apariencia y las corporaciones y organismos rectores de la-
ramas industríales se lian convertido en instrumentos de la direc-
ción central: por consiguiente, la descentralización de la economía
de dirección central ha fracasado.
Pero ¿cómo es posible una modelación de la propiedad colec-
tiva? ¿Se podría quizá traspasar la propiedad de los medio* de pro-
ducción a asociaciones industriales en cuya dirección colaborasen
también los trabajadores? ; O a los municipios? Pero todo pa=o
hacia la propiedad colectiva significa refuerzo de fa concentración-
y consolidación de unas posiciones de poder, aun cuando se trale
de. propiedad colectiva local o limitada por ramas. Agudiza el pro-
blema deJ monopolio y no lo resuelve, como ya se ba dirho.
;.O sería quizá posible implantar la propiedad estatal de todo?
los medios de producción, pero dejar a la competencia perfecta la
dirección del proceso económico? Para ello se establecerían merca-
dos, y I09 funcionarios dirigentes de las distintas empresas recibí-
rían la orden de conducirse como 31 se hallasen en 1111 régimen de
competencia. Significaría esto que el mi ; mo Estado, que comenzó
por asumir la propiedad de todos los medios de producción, =e des-
prendería de su poder en cuanto al empleo de este gigantesco apa-
Tato productivo, sometiendo la dirección «le la economía a los pla-
nes de los consumidores. Aparte de otras grandes dificultades, este
proyecto es ilusorio, según toda la experiencia de la Historia.
Utilizando una imagen : en el siglo Xix se levantó un edificio
conceptual construido con unas cuantas ideas, y entre ellas la de
I;i propiedad colectiva y la de la dirección central del proceso eco-
ACOSTÓ 1950] l.k [Link]ÓN SO<_IM. 127.
nómico. Muchos creyeron que Jos hombres iban a vivir en el sia'
Ja angustia de Ja Cuestión social, liberados de la inseguridad y redi-
midos de la miseria. Este' edificio conceptual fue levantado sobre
Jos cimientos de la fe en un proceso evolutivo espontáneo. Pero aho-
ra sentimos que en este edificio la vida es muy distinta de lo que
se pensaba, que está abierto a la amenaza de la esclavitud y Ja des-
pu&esión, y se nos proponen algunas reparaciones internas para pre-
venir los peligros. Pero con reparaciones no se salva la vieja cons-
trucción : no bastau unas modificaciones en la técnica de la dirección
central o en la administración de Ja propiedad colectiva. Por estima- -
bles que sean en su motivacióu estos proveí-tos, lo que hacen es
encubrir la cuestión social de nuestro tiempo.
5. Sin libertad de residencia, sin libertad de elección del pues-
to de trabajo, sin libertad de contratación laboral y sin disolución^'
o reducción de las posiciones unilaterales tic poder, tanto social
como económico, no puede resolverse Ja cuestión social. Pero eiv
este caso no son los órganos [Link] centrales, sino lag dis-
tintas empresas y economías de consumo, ron sus propios planes,
las que lian de dirigir el proteso económico cotidiano. Sin embar-
go, no compete a éstas determinar autónomamente el marco dentro
del cual so desenvuelve el proceso económico. Cuidar de que surjan-'
adecuadas formas en los mercados de trabajo y de bienes es deber
del Estado. Asume con esto una misión para la que eslá capacita-
do, en tanto que fracasaría en la dirección del proceso económico-
cotidiano.
Una yuxtaposición de decisiones de los órganos centrales y de •
las empresas o consumidores individuales, es decir, de la economía
de dirección central y de la economía de tráfico, no conduce a I.»
buscada síntesis de «planificación» y libertad. Si una oficina de co-
locación en un régimen de dirección central asigna a un trabaja-
dor su puesto de trabajo, sólo por casualidad coincidirá esa orden-
con los deseos y planes de este obrero. Tampoco las inversiones pue-
den llevarse a la práctica mediante asignaciones de mano de obra-
y medios de producción establecidas por los órganos centrales de
dirección y a ¡a vez mediante decisiones individuales de las empre-
sas industriales y los bancos. Los intentos en este sentido semejan -
al de hacer que toquen muchas orquestas en una sala, con la espe-
ranza de alcanzar una armonía. La palanca que lia de emplearse
es otra. Las formas dentro de las cuales se desenvuelve el proceso-
económico y, en suma, el orden económico, exigen en esta época'"
128 W41TER EUCKEN [R.E. P., [1, 2
industrial la vigilancia permanente del hlstado y acaso también qu<-
¿ea el Estado quien las configure. Dentro de éste marco —del que
también forma parte el mercado de trabajo—, es decir, en. la coti-
dianeidad económica de los hombres, tiene que existir libertad.
Esta es la meta. La cuestión social no puede resolverse hiera de
la libertad. Se logra también con ello una premisa necesaria para
la configuración social de la ordenación laboral en las empresas,
premisa que falta cuando los trabajadores se tienen que enfrentar
en los mercados de trabajo con posiciones moiiopolisticas de los pa-
tronos o con monopolios del Estado. El poder en los mercados ilr
trabajo y el poder en las empresas están en estrecha relación. Con
u n a s formas de mercado adecuadas resulta también imposible que
la libertad degenere favoreciendo el dominio arbitrario de unos
pocos sobre todos los demás.
Cierto que con esto sólo se ha bosquejado una parle del marco
• que habría de crearse para vencer la cuestión social. Pertenecen
también a él medidas de, por ejemplo, política monetaria, política
comercial, derecho de sociedades, entre otras. Por la interdepen-
dencia general de todos los mercados, la cuestión social sólo puede
llegar a resolverse mediante una ordenación suficientemente amplia.
\ usí. aquélla no es sino una [«arle de la gran cuestión, que consiste
•en lograr un orden económico suficientemente libre. Son precisa-
mente motivos sociales los que obligan a seguir esta línea del «orden
• <5c la competencia». Por supuesto, aqni sólo es posible esbozar la ta-
rea, decir en que consiste la cuestión social y en qué no consiste.
6. La mentalidad anacrónica dominante en amplios círculos
—incluso en muchos intelectuales— impide, además, percibir lo
<pic está pasando ante los ojo» : que los trabajadores, los emplea-
dos y la mayoría de los profesionales han sufrido una merma en
?n posición social al desaparecer la libertad de contratación d»:l tra-
bajador y la libertad de residencia, y al aparecer el servicio obli-
gatorio, las socializaciones y la planificación central, y que las per-
donas han caído a ser piezas de una gran máquina en manos de fun-
cionarios que las dominan. Aún está muy extendida la ilusión de
ifue la dirección central de la economía será «social». Ranke, ha-
blando incidentalmente, se esfuerza en «dar una visión del presen-
te del mundo en que vivimos más diáfana e ineemívoca de lo quo
es Corriente». También nosotros debiéramos esforzarnos por lograr-
lo. Vayamos a las empresas y a las economías de consumo. Veamos
allí lo que es la cuestión social de nuestro presente histórico. Desde
.«COSTO 1 9 5 0 ] I.A CUESTIÓN SOCIAL 129
allí resultará claro que la concentración de la propiedad y de la di-
iección económica en el Estado y otros organismos de derecho pú-
blico, en los que influyen permanen temen te grupos de poder par-
ticulares, merma la producción de bienes, estimula la «masifica-
cióo», introduce la coacción y la dependencia, aminora el sentido
de la propia responsabilidad y pone en peligro el desarrollo de las
fuerzas que en la persona individual pugnan por realizarse.
WALTER EUCKEN
.(Traducción del alemán por JOSÉ VERGARV)