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Cuento de Valores Tutoria

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1.

Los tres animalitos, y el valor de la amistad

Don Pato, Don Ratón y Don Conejo eran tres buenos amigos. Vivían felices y contentos. Solían
verse con frecuencia.

Una tarde cualquiera, los tres fueron a pasear al campo a buscar comida.

Don Pato se encontró con un huerto lleno de tomates. Comió uno y tomó dos más para
regalarle a sus buenos amigos.

—¡Qué dulce y sabroso está! —exclamó Pato mientras comía.

Antes de retirarse a descansar, Pato dejó un tomate en la puerta de cada uno de sus amigos.

Don Ratón, por su parte, se topó con un queso exquisito. Comió un buen trozo y reservó dos
porciones más para sus amigos. Antes de irse a casa, dejó su regalo en la puerta de Don Pato y
Don Conejo.

El tercero de los amigos, Don Conejo, se encontró un buen montón de zanahorias. Dio buena
cuenta de una de ellas y apartó las otras dos, acordándose de Pato y Ratón, dejó una zanahoria
junto a la puerta de la casita de ambos.

A la mañana siguiente, al abrir sus respectivas puertas, los tres se encontraron con la comida
completa y bien puesta. Decidieron, llenos de alegría, ir a darse el banquete junto al río.

Los tres amigos se presentaron en el mismo sitio, a la misma hora y con semejante comida.
Todos se dieron cuenta de lo sucedido y, muy felices, celebraron su amistad por todo lo alto.

Dicen que los amigos son “la familia que elegimos”. La amistad es uno de los valores que hay
que cultivar día a día. Estas relaciones interpersonales están basadas en el amor y respeto,
también por la lealtad y la confianza mutua. Por eso, es importante inculcar su importancia
desde edades muy tempranas.

Esta historia anónima es un gran ejemplo de verdadera amistad, esto se demuestra con el
gesto que los tres personajes tienen con sus respectivos amigos: piensan los unos en los otros
cuando buscan sus alimentos y no dudan en compartirlo en forma de regalo.

2. El grillo afónico, y el valor de la empatía

En una extensa pradera vivía un grillo muy preocupado. Llevaba mucho tiempo afónico, a
causa de un fuerte resfriado, y todos los remedios ensayados habían terminado en fracaso.

La tristeza lo abrumaba, porque adoraba cantar y ahora no podía hacerlo, cómo el resto de sus
amigos y vecinos, quienes le dieron de lado porque pensaron que ya no quería hacer su
trabajo.

—¡Qué desgraciado soy! ¡Mira que no poder cantar como todo el mundo! —se lamentaba el
grillo, un día sí y otro también.
Un primo suyo, enterado del sufrimiento del grillo afónico y comprendiendo sus sentimientos,
vino a visitarle para escucharlo y darle ánimos.

—Tu afonía no es un problema grave —le dijo con gesto tranquilizador. Mira, yo formo parte
de una orquesta en la que todos somos muy amigos. En este momento nos hace falta un
trompetista y, como ahora no puedes cantar, pues he pensado en ti. ¿Qué dices?

—¡Oh, gracias! — le contestó el grillo —¡Siempre me ha gustado tocar la trompeta! ¡Sí, entraré
en vuestra orquesta!

Desde aquel día, la orquesta fue la más famosa de toda la pradera y, aunque grillo siguió sin
poder cantar, fue nombrado el mejor trompetista del campo.

Esta historia anónima nos presenta el valor de la empatía. Esta cualidad implica ponerse en
lugar de los demás e indagar en qué les hace pensar o sentir de determinada manera y,
aunque sea diferente a la nuestra, respetarla y no criticarla.

El primo del grillo demuestra este valor cuando, a diferencia de otros amigos y conocidos que
lo juzgan sin saber, ofrece su escucha. También es capaz de comprender sus sentimientos y le
ayuda a conseguir un nuevo empleo en el que se siente valorado.

3. El erizo, y el valor de la generosidad

Había una vez un bosque donde vivía un erizo tan lleno de púas que ningún animal salvaje
osaba atacarle. Iba tranquilamente de un lado para otro, importándole muy poco ver aparecer
a la serpiente o al león. Nada podía contra él, porque sus púas podían herir a cualquiera.
Sus amigos le envidiaban, porque ellos siempre tenían que huir al toparse con alguna fiera.

Sin embargo, el erizo era muy generoso; se llevaba bien con todo el mundo y no le importaba
lo más mínimo regalar sus púas a quien se las pidiese. La última púa que le quedaba se la dio al
ratón. Este la quería para usarla para atacar al gato que le perseguía.

En esto llegó la serpiente. Al ver al erizo, se dispuso a comérselo. Este, tumbado panza arriba,
al sol, no se inmutó.

—Cada cual debe aceptar su destino con una sonrisa— acostumbraba a decir a sus conocidos.

El erizo era bien consecuente con sus ideas. Cuando ya la serpiente se le acercaba, todos los
animales que habían obtenido una púa se abalanzaron sobre ella y la ahuyentaron. La
serpiente no volvió nunca más.

Entonces, el erizo agradeció a sus amigos su valiente gesto.

Este cuento pone de manifiesto un valor tan importante como es el de la generosidad. Esta es
la cualidad de aquellas personas que comparten sin esperar nada a cambio.

En esta ocasión, el personaje principal es un erizo que no duda en compartir su mecanismo de


defensa, las púas, con sus amigos del bosque. A pesar de que ello resulte un peligro para su
propia vida, él da más importancia al amor, la amistad y a la seguridad de sus conocidos.

4. Los pies, y el valor del agradecimiento

Un día los pies se rebelaron contra el resto del cuerpo:

—La mayor carga sobre todo la llevamos nosotros; dondequiera que el cuerpo desee ir, allí le
debemos conducir.

Precisamente ese día, el cuerpo estuvo en tres lugares diferentes, para los cuales realizó largas
caminatas, que agotaron más a los quejumbrosos pies.

—¡Dicho está! ¡Caminar sin refunfuñar!

Sin embargo, en las horas de la noche, el cuerpo sumergió a los pies en una deliciosa tina con
agua tibia; los enjuagó con un líquido medicinal; los fregó con una piedra suavizante y les
aplicó un polvo reconfortante. Estos productos los había conseguido en las tres caminatas.

Al verse abrumados, los pies se sintieron muy descansados y recompensados; aprendieron la


eterna lección: a la postre todo esfuerzo siempre traerá su compensación.

Este cuento contemporáneo de Alfonso Barreto nos muestra la importancia de ser


agradecidos. El agradecimiento no solo implica decir gracias, sino valorar lo que otros hacen
por nosotros.

Aquí el cuerpo reconoce el trabajo diario de los pies, que le permiten ir de un lugar a otro.
Como muestra de agradecimiento, el cuerpo regala un delicioso baño de agua tibia a los pies y
los trata con mucho cariño.

5. La fuente de talentos, y el valor de la humildad

En una pequeña isla en medio del océano se encontraba la Fuente de los Cien Talentos.
Todos los niños que al nacer eran bañados en cualquiera de sus cien chorros adquirían un
talento que podrán compartir con sus familiares y amigos.
Con el paso de los años había quienes tardaban en conocer su talento, otros no llegaban a
saber jamás cuál era, pero los que lo averiguaban dedicaban gran parte de su tiempo a
mejorarlo y utilizarlo en favor de los demás. Hasta que, un día, la fuente se secó y la gente del
pueblo comenzó a asustarse.

Los ancianos, mucho más inteligentes que los que se creen muy listos, observaron que los que
tenían talentos presumían de ellos y se comportaban de forma orgullosa y arrogante.

Por este motivo, muchos habitantes del pueblo comenzaron a sentir envidia y, como el agua
de la fuente nacía de las raíces del Árbol de la Humildad, la envidia causó que la fuente se
secara poco a poco.

Un día hubo tanta envidia entre los habitantes de la isla que la fuente dejó de echar agua, y
ningún niño pudo adquirir su talento.

Con el paso de los año, la vida se fue haciendo más monótona y aburrida, ya que al no haber
nuevas personas talentosas todos actuaban de forma similar: cocinando de la misma manera,
corriendo a la misma velocidad, o dibujando e inventando objetos muy parecidos.

El día en el que el último vecino talentoso de la isla falleció, todos se sintieron muy culpables y
aprendieron una importante lección:

—Debemos aceptar las diferencias de los demás sin pensar que son mejores o peores que
nosotros, y ayudarlos a descubrir sus talentos en vez de provocarles envidia con los nuestros.

En aquel preciso momento, una fuerte tormenta de lluvia de humildad bañó a todos los
habitantes de la isla, y poco a poco volvieron a tratarse con tanto amor y respeto como en el
pasado.

Entonces, la Fuente de los Cien Talentos volvió a echar agua por sus cien caños para que los
niños que nacieran disfrutasen nuevamente de sus talentos. Esta vez, sus padres y amigos se
ocuparían de enseñarles desde pequeños a utilizarlos adecuadamente para ayudar a los
demás, y no presumir de ellos.

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Este cuento contemporáneo de Juan Lucas Onieva López nos enseña el valor de
la humildad. Se puede ver a través de personajes que hacen alarde de sus talentos y sienten
envidia entre ellos, lo que ha provocado que la fuente de los talentos esté a punto de secarse.

Al final, la historia deja una gran enseñanza: aceptar las diferencias de los demás sin considerar
que son mejores o peores que las nuestras nos alejará de la arrogancia y el orgullo.

6. El Patito feo, y el valor del respeto a las diferencias


A la llegada del verano, Doña Pata estaba incubando sus huevos. Los dos pequeños patitos
nacieron sin novedad, pero el tercero se resistía. Por fin vio la luz. Era grande y muy distinto a
sus hermanos.

El pobre Patito fue despreciado por sus familiares y compañeros, quienes le echaron. Como es
natural, se sintió muy desgraciado, pues él quería jugar con sus hermanitos. No tuvo más
remedio que marcharse de allí.

Así que, nadó río abajo, en busca de su destino. Pasó incontables peligros. Todos los animales
del bosque se habían propuesto cazarle. Perros, gatos y zorros acechaban sus menores
movimientos. El pobre Patito pasó mucho miedo, pues se encontró con una bandada de patos
salvajes que lo despreciaron por su apariencia.

A la llegada del invierno, una viejecita se apiadó de él y se lo llevó a su casa. Sin embargo, al
llegar la primavera, tuvo que salir a escape, porque el hijo de la mujer se había empeñado en
hacer de él un buen guiso.

El Patito caminó y caminó hasta que llegó a un tranquilo lago, donde una bandada de cisnes,
blancos como la nieve, le tomaron como uno de los suyos. Lo acogieron y llenaron de amor.

El Patito, al mirar su reflejo en el agua, vio que no era feo, sino un cisne de aquellos.

Solo ahora recordaba con alegría todas las penas y desgracias pasadas. Ahora comprendía su
felicidad ante la maravilla que lo rodeaba.
Este cuento clásico escrito por Hans Christian Andersen en 1843 puede ser un gran ejemplo
para inculcar el valor del respeto a las diferencias. Al mismo tiempo que hace reflexionar
sobre la aceptación.

El personaje del Patito Feo es señalado y humillado constantemente por su “fealdad” respecto
a sus hermanos y familiares. Las actitudes de los personajes con el protagonista nos enseñan
que, a veces, juzgamos solo por las apariencias.

Un día, el Patito Feo decide iniciar un periplo que lo ayuda a fortalecer su autoestima y a
descubrir que no era feo, sino diferente.

7. Flori la jardinera, y el valor del respeto medioambiental

Flori era una muchacha entusiasmada por la vida vegetal. Le encantaba contemplar las flores,
de ahí que su mamá le había puesto ese bonito nombre.

Cuando se hizo mayor, Flori comenzó a trabajar de jardinera en un parque municipal. Cuidaba
los macizos de flores con amor infinito y los visitantes del parque se asombraban por la belleza
y esplendor del lugar.

Un día, una terrible tormenta destruyó sus flores. Flori quedó desolada y, además, se quedó
sin empleo, pues el temporal se prolongó durante días y destrozó la región.
—¿En qué puedo trabajar, si lo único que sé hacer es cuidar de las flores y de las plantas? —se
preguntó Flori angustiada.

Los pajarillos del parque, al verla tan afligida, alzaron el vuelo y, todos a una, rogaron a las
nubes que se marchasen y a la lluvia que cesase. Estas, conmovidas por la bondad de los
pajarillos y de Flori, accedieron a su petición.

Así, el sol asomó de nuevo y Flori pudo reincorporarse a su empleo.

La naturaleza es nuestro bien más preciado. Los valores ambientales son fundamentales para
concienciar sobre la importancia de conservar, mantener y proteger el medioambiente y los
seres vivos.

Este cuento nos presenta a una protagonista muy implicada en el respeto y cuidado de la vida
vegetal. Esa misma ayuda y cuidado que ella presta a la naturaleza, le es devuelta al final de la
historia. Pues este cuento enseña que “si ayudamos a la naturaleza, ella hará lo mismo con
nosotros".

8. El Mago de Oz, y el valor de la perseverancia

Érase una vez una niña llamada Dorithy que vivía con sus tíos y su perro Totó en una granja de
Kansas. Un día, mientras jugaba con su perro en el jardín llegó un tornado. Sus tíos vieron
desaparecer a Dorothy y su perro, que viajaron a través del huracán.

Pronto, aterrizaron en un lugar desconocido para ellos. Allí, encontró extraños personajes,
entre ellos, un hada a la que le pidió ayuda para regresar a casa. Esta le aconsejó visitar al
Mago de Oz. Así, le indicó que siguiera el camino de baldosas amarillas para encontrarlo.

En el camino, Dorothy y Totó se cruzaron con un espantapájaros que pedía un cerebro.


Dorothy le invitó a que la acompañara para ver al Mago de Oz. Así, continuaron el camino.

Tiempo después, los tres personajes se encontraron con un león que lloraba porque quería ser
valiente. Así, todos decidieron seguir el camino hacia el Mago de Oz, con la esperanza de hacer
realidad sus deseos.

Cuando llegaron al país de Oz por fin pudieron explicarle al mago sus deseos. Aunque este les
puso una condición para conseguirlos: antes de nada tendrían que acabar con la bruja más
mala del reino. Ellos, que querían cumplir sus deseos, aceptaron el reto.

Al salir del castillo de Oz, Dorothy y sus amigos atravesaron un campo de hermosas flores y su
olor les hizo entrar en un profundo sueño.

Cuando despertaron, los personajes se encontraron frente a frente con la bruja. Dorothy
agarró un cubo de agua para ahuyentarla, y se lo arrojó a la bruja en la cara. Entonces, el
cuerpo de la malvada hechicera se convirtió en un charco de agua.

Después de esto, Dorothy y sus amigos regresaron a Oz a solicitar que el mago cumpliera sus
deseos. Una vez allí, descubrieron que el mago era, en realidad, un viejo que llevaba muchos
años allí. No tenía poderes para cumplir su promesa.
El hombre había creado un globo para escapar de allí y le ofreció a Dorothy subir junto a su
perro para regresar a casa. Pero antes, colocó un cerebro falso al espantapájaros y un corazón
falso al león, quienes quedaron muy agradecidos.

El globo, por fin, despegó del suelo e inició una peligrosa travesía. Pronto, Totó se cayó y
Dorothy no dudó en saltar para rescatarlo.

En su caída, la muchacha soñó con sus amigos y oyó como el hada le decía:

—Si quieres volver, piensa: “en ningún sitio se está como en casa”.

Así lo hizo. Cuando despertó, la muchacha oyó la voz de sus tíos. ¡Todo había sido un sueño!

Esta historia protagonizada por la joven Dorothy Gale es ideal para inculcar, entre otros, el
valor de la perseverancia. La muchacha es arrastrada por un huracán junto a su perro a un
lugar muy lejano, y no desiste en volver a casa para reencontrarse con sus tíos. Para ello, tiene
que superar diferentes dificultades con firmeza hasta conseguir su deseo.

Además, esta historia nos enseña otros valores como el de la amistad, la valentía y la
cooperación entre los personajes.

El maravilloso mago de Oz, de Lyman Frank Baum es una de las novelas infantiles más editadas
de todos los tiempos desde que se publicó por primera vez en 1900.

9. El joven conductor, y el valor de la prudencia

Leo era el hijo de un matrimonio adinerado. El muchacho recibió como regalo un


deslumbrante y costoso coche con el que disfrutada yendo y viniendo por la ciudad. Quería
que todos viesen y se enterasen de sus riquezas.

Leo era un conductor imprudente. Nunca respetaba las normas de tráfico, ni las señales.
Siempre superaba la velocidad permitida y provocó varios altercados a otros conductores. Pero
a Leo le daba igual, a pesar de las multas que recibía.

—¡Qué las paguen mis papás! —se repetía constantemente.

Un día, Leo tuvo su merecido. Vio a un compañero de clase que paseaba con un perro muy
bonito en el momento en que se disponía a cruzar la calle.

Leo, distraído, comenzó a llamar al cachorro para que se acercara a él. El muchacho no miró lo
que tenía delante y, antes de que pudiera reaccionar, estampó su coche contra un árbol.

Leo no salió malherido, pero el coche quedó convertido en un acordeón.

—No pienso comprarte otro coche, Leo. Ya has demostrado que no tienes sentido de la
responsabilidad y, además, te has convertido en un peligro público. Así aprenderás —le dijeron
sus padres.

Esta historia contemporánea pone de manifiesto el valor de la prudencia. Competencia que


permite medir las consecuencias de nuestros actos para actuar con responsabilidad.

En este cuento, nos encontramos con un protagonista imprudente al volante, cuya acción
irresponsable casi pone en riesgo su vida y la de los peatones que había en la calzada.

10. El misterio del jarrón, y el valor de la responsabilidad


Un día, cuando la maestra Lucía llegó a clase notó algo extraño: alguien había roto el jarrón de
flores que había a la entrada del aula.

Cada día, les recordaba a sus alumnos la importancia de ser responsables y admitir sus errores.
En lugar de molestarse, decidió ir mesa por mesa preguntándole a cada uno de sus alumnos
quién había sido. Pero cada uno de ellos le daba información distinta, e inculpaba a otro
compañero cada vez.

Así, después de haber hablado con sus alumnos, Lucía se sentía muy triste. Pues, se había
esforzado mucho para que sus alumnos fueran sinceros y aceptaran sus responsabilidades.

Aquel día, los alumnos notaron muy extraña a su maestra, pues percibieron su decepción.

Entonces, Laura, Marcos, y Adela se levantaron de sus asientos y dieron un paso al frente.

Los tres alumnos reconocieron que tomaron el jarrón para jugar con él y, sin mala intención, se
cayó al suelo. Aunque esperaron hasta el último momento para contar la verdad, los
muchachos pidieron perdón. Por ello, fueron valientes y responsables.

Entonces, Lucía se mostró muy agradecida y orgullosa de sus alumnos.

La responsabilidad es un valor que no solo supone el cumplimiento de nuestras obligaciones,


por ejemplo en el trabajo, en la escuela o en casa. También implica reconocer y asumir las
consecuencias de aquello que hacemos.
Esta historia nos muestra cómo sus protagonistas al principio no quieren reconocer el error
que han cometido. Aunque luego entienden su equivocación y piden perdón por ello. Actúan
de manera responsable y consecuente.

11. Pinocho, y el valor de la sinceridad


Érase una vez un carpintero llamado Gueppetto, un hombre solitario que decidió hacer un
muñeco de madera para tener como amigo. Era una marioneta con piernas y brazos que
podían moverse, de ojos pícaros y nariz afilada.

—¡Ojalá y fuese un niño de verdad! —dijo el hombre al terminar el muñeco.

Al oír estas palabras, el hada azul entró al taller mientras Gueppetto dormía plácidamente y le
dio vida al muñeco mientras decía estas palabras:

—Si eres valiente, sincero y desinteresado, algún día serás un niño de verdad.

Luego el hada se dirigió a Pepe Grillo, un insecto parlante que vivía en casa de Gueppetto.

—Pepe Grillo —dijo el hada —tú lo guiarás y serás su consejero del bien y del mal.

Cuando el carpintero despertó se sorprendió al ver que el muñeco podía reír como un niño de
verdad.

—¡Te llamaré Pinocho! Ahora te voy a enseñar a andar y a hablar —dijo Guepetto.

Pronto, el hombre vendió su abrigo para comprar libros a Pinocho. También lo mandó a la
escuela y le advirtió que volviera a casa al terminar las clases. Pero, de camino al colegio,
Pinocho quedó asombrado por un teatro ambulante que había en la calle.
El dueño del teatro, al ver al muñeco, supo que podría ganar mucho dinero con él y le propuso
actuar. Pinocho aceptó, no quiso escuchar las advertencias de Pepe Grillo, y recibió como
recompensa monedas con las que pensó comprarle un abrigo nuevo a su padre.

Cuando Pinocho quiso volver a casa después de terminar la función, el dueño del teatro se
negó y lo encerró en una jaula.

Entonces, el muñeco empezó a llorar desconsolado arrepintiéndose de lo sucedido y el hada


azul apareció. Pinocho mintió al hada cuando esta le preguntó la razón por la cual estaba allí, y
su nariz empezó a crecer.

—Cada vez que mientas crecerá tu nariz —dijo el hada.

Pinocho, asustado por lo sucedido, prometió no volver a mentir. En consecuencia, su nariz


recuperó su tamaño original.

Al día siguiente, de camino a la escuela, Pinocho se encontró con unos niños que lo invitaron a
ir al lugar de los juguetes. Un sitio donde comería muchas golosinas y no pararía de jugar.

Nuevamente, el muñeco desoyó las advertencias de Pepe Grillo, y faltó al colegio. Después de
un rato jugando en aquel sitio, las orejas de pinocho comenzaron a crecer, y pronto se
convirtió en un burro.

Convertido en asno, llega a un circo donde trabaja sin descanso. Hasta que, un día, el dueño
del circo, enfadado por su bajo rendimiento, lo arrojó al mar.

En el agua, volvió a ser una marioneta, pero pronto, una ballena se lo tragó. En el estómago del
animal, encontró a su padre Gueppetto, quien lo había buscado durante días por tierra y mar
hasta que fue a parar allí.

Padre e hijo consiguieron salir de allí gracias a la ayuda de un pez que los rescató. Una vez en
casa, Pinocho prometió a su padre no volver a mentir y estudiar mucho. El hada azul, que
estaba por allí, decidió convertir a Pinocho en un niño de carne y hueso.

¡Todos celebraron muy contentos lo sucedido!

El valor de la sinceridad se pone de manifiesto a través del personaje principal, un muñeco de


madera fácil de manipular, cuyas acciones lo llevan a mentir una y otra vez cuando es
engañado por otros personajes. En consecuencia, a cada mentira que dice, le crece un poco
más la nariz.

Finalmente, Pinocho aprende que tiene que actuar con sinceridad, también a ser responsable y
a respetar las decisiones de su padre. Después de sus infortunios, el muñeco se convierte en
un niño de verdad.

Este cuento popular tiene su origen en 1883 de la mano del escritor italiano Carlo Collodi,
quien dio a conocer a este peculiar personaje a través de la novela Las aventuras de Pinocho.

12. El espantapájaros, y el valor de la solidaridad


Había una vez un labrador muy avaro que vivía en un pueblo lejano. Era tan avaricioso que,
cuando un pájaro comía un grano de trigo del suelo, se ponía tan furioso que pasaba el día
vigilando su huerto para que nadie lo tocara.

Un día, el hombre pensó una idea para impedir que los pájaros entraran en su huerto:
construir un espantapájaros que cuidara del lugar.

Así, el labrador hizo los brazos y las piernas con tres cañas, con paja configuró el cuerpo y
utilizó una calabaza como cabeza. También puso dos granos de maíz para los ojos, zanahoria
para la nariz y una hilera de granos de trigo para completar su dentadura.

Después le colocó ropa y lo puso en la tierra. Pronto, el labrador se dio cuenta de que le
faltaba un corazón y decidió ponerle en el pecho el más maduro fruto de granado.

El espantapájaros se quedó solo en el huerto y, pronto, un gorrión necesitado sobrevolaba el


huerto para buscar trigo. Entonces, el muñeco de paja quiso cumplir con su labor y
ahuyentarlo, pero el pájaro se situó en el árbol y dijo:

—¡Qué buen trigo tienes! Dame algo para mis hijos.

—No es posible —dijo el espantapájaros. Sin embargo, encontró una solución: le ofreció sus
dientes de trigo.

El gorrión, contento, tomó los granos de trigo. El espantapájaros quedó satisfecho de su


acción, aunque sin dientes.

Días más tarde, entró al huerto un conejo y miró interesado la nariz de zanahoria del
espantapájaros.

—Quiero una zanahoria, tengo hambre —dijo el conejo.

El espantapájaros tuvo una corazonada y le ofreció su zanahoria. Estaba tan alegre que quiso
entonar una canción, pero no tenía boca ni nariz para cantarla.

Una mañana, apareció el gallo madrugador lanzando al aire su quiquiriquí. Acto seguido le dijo
al espantapájaros:

—Voy a prohibir a la gallina que alimente con sus huevos al amo, pues les da poco de comer.

Esta decisión no le pareció bien al espantapájaros y le ofreció sus ojos, formados con granos de
maíz, para que se alimentaran.

—Bien —dijo el gallo, y se fue agradecido.

A la hora del crepúsculo, oyó una voz humana. Era un antiguo trabajador que había sido
despedido por el labrador.

—Ahora soy vagabundo —le dijo.

—Toma mi vestido, es lo único que puedo ofrecerte.

—¡Gracias espantapájaros!

Ese mismo día, oyó a un niño llorar que buscaba comida, el dueño del huerto había despedido
a su madre y estaba hambriento.

—Te doy mi cabeza, que es una hermosa calabaza— dijo el espantapájaros.


Al amanecer, el labrador fue a la huerta y, cuando vio el estado del espantapájaros se enfadó
mucho. Tanto que le prendió fuego. Al caer al suelo su corazón de granada, el labrador,
riéndose, dijo:

—Esto me lo como yo.

Al morder, el hombre experimentó un cambio: su corazón de piedra se transformó en un


corazón de carne.
Desde entonces, el huerto del labrador se convirtió en un lugar agradable donde todos acudían
con la hermosa nota del calor humano.

Esta historia ilustra muy bien el valor de la solidaridad a través del personaje del
espantapájaros, quien no duda en ayudar a los demás sin importar si son desconocidos o no.
No duda en dar lo que tiene para que los otros mejoren sus condiciones.

En contraposición, el labrador, carente de corazón, solo piensa en sí mismo.

Referencias bibliográficas

 Benítez, L. (2015). Cuentos para educar en valores (1.a ed.). CCS.

 Onieva, J. L. (2019). El convivenciario. Cuentos con valor. Desclée De Brouwer.

 Servilibro ediciones (Ed.). (1994). 365 fábulas. Servilibro.

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Marián Ortiz

Graduada en Comunicación Audiovisual (2016) por la Universidad de Granada, con máster en


Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual (2017) de la Universidad de Sevilla.

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