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Confesiones de Deseo y Penitencia

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Las campanas de la iglesia anunciaban que ya eran las 6 y la misa

estaba pronta a comenzar. Poco a poco iban desfilando los feligreses a


encomendarse al señor. María, intento de purísima, estaba sentada en el
confesionario esperando acusarse frente al padre Juan Rafael. Tocó
varias veces la ventanita, hasta que al fin se corrió.

-Padre, acúsome que he pecado -comenzó la pobre pecadora- he


cometido pecado de pensamiento, ayer vi al marido de doña Simona y
¡qué hombre tan hermoso! vi sus enormes brazos y quise sentirme
aprisionada en ellos, que me levantara y pudiera hacerme lo que dicen
es el amor -dijo la mujer casi extasiada- yo sé que no se debe desear el
hombre ajeno, pero es que ese hombre por favor que me vuelve loca

Procuró bajar la voz por miedo a que alguien por fuera del confesionario
la escuchara y reprochara

-Ay padre, cierto que esto se queda aquí, porque de enterarse la gente
imagínese cómo quedaría mi honra -dijo la mujer, tratando de mirar por
entre los agujeros de la ventana- pero es que ese hombre, sinceramente,
yo no lo desearía, pero es que sus pechos, cuando pasa por en frente de
mi casa sin camisa y con leña al hombro, yo me siento derretir, siento el
pecado por dentro, como el diablo queriéndome salir, no crea que es
muy literal, simplemente es una metáfora ¿Usted me tiende padre?

-Continúa

-Ay bueno padre, Simona es mi amiga y valoro mucho su amistad, pero


desde el día de su boda yo he sentido envidia, en otras confesiones yo
he venido padre y nunca lo había confesado pero en esta ocasión ya me
decidí, debo soltarlo, necesito aprender a no desear más a ese hombre
padre, por favor -reclamó la pobre chica con afán de respuesta- es que
no me lo he podido sacar de la cabeza, desde una noche que sin querer
los espié mientras él le hacía el amor a ella en la cequia, desde esa vez
yo he soñado con él haciéndome el amor, nunca he podido sentir eso, en
mis puros quince años jamás he sentido más allá del leve toque que me
dio el tonto de Ramón Arturo, por allá cuando después de mi fiesta me
llevó debajo del palo de mango y me dio un beso, pero yo sé que eso es
pecado y que peligro me llegara a condenar en el infierno, aposta con
ese olor de marranero que no se le logra quitar y ese aliento a
pesadumbre que mantiene.

La chica seguía recordando con entusiasmo


-Pero padre, no me quiero alejar mucho, qué me recomienda para
olvidarme de Mariano

- ¿Conoces a Elvirulo?

- ¿El que se mantiene en la plaza? -preguntó la chica con sospecha

-Sí, ese mismo, es un hombre formidable, responsable, con un cuerpo


digno de admirar

- ¿Ese pobre esqueleto padre? – reclamó la chica con asombro – sin


ofender, porque no debo opinar de los cuerpos ajenos

-Sí, tu penitencia por desear el esposo de tu amiga y espiar una


fornicación, será encomendarte como mujer de Elvirulo, él te sabrá
cuidar y mantener.

-Ay, pero ¿qué clase de penitencia es esta? -gritó la chica con


incertidumbre

Salió del confesionario, en el altar vio al padre Juan Rafael. Abrió las
puertas del confesionario y ahí estaba sentado Elvirulo

- ¡ESTUPIDO! – Gritó la chica – ¿Cómo se te ocurre escuchar confesiones


ajenas?

Ya la gente estaba en la misa

-Y a usted ¿cómo se le ocurre desear a Mariano, el esposo de su amiga?

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