El abrazo de Dios
Fr. Christian Camilo Murillo Guerra, OFM
Para Blog El Tiempo (24 de diciembre de 2022).
Con la invasión de la pandemia del Covid-19 a nuestras vidas cotidianas
y sus drásticas consecuencias como la pérdida de algunos familiares, la
contingencia, los problemas económicos y las restricciones en e
contracto. Con todas esas realidades que tuvimos que afrontar no hace
mucho tiempo, los seres humanos hemos aprendido a valorar aquello
que antes nos parecía repetitivo y cotidiano como dar un abrazo y
establecer contacto con los demás.
Hoy sabemos que nos necesitamos unos a otros, y que el ser humano es
un individuo de relaciones complejas en las que el afecto y la ternura no
son un elemento negociable. ¡Cuán importante es el cariño y la ternura
de mamá y de papá, el abrazo de los amigos, y los besos apasionados
de los novios! Eso no es accidental: para nosotros es esencial.
Lo mismo es para Dios y él nos lo ha revelado en su Hijo Jesucristo,
como lo muestran los evangelios. Jesús como verdadero Dios y
verdadero hombre comprendió la vulnerabilidad humana y sintió con
nuestros mismos sentimientos. Por eso los evangelios lo sitúan allí
donde la enfermedad maltrata la dignidad de las personas, allí donde el
dolor constriñe la carne y el sufrimiento altera nuestra estabilidad física,
mental y social. Estas actitudes revelan efectivamente la misericordia de
Dios y el modo del que se vale Jesús para revelar esa misericordia no es
otro diferente al contacto: el abrazo.
Dios nos abraza hoy en nuestra actualidad, así como lo hacía Jesús
cuando abrazaba a los niños que acudían a él (Cf. Mc 10,13-16). Nos
abraza con amor, como cuando miró a aquél joven que quería alcanzar
la vida eterna (Cf. Mc 10, 17-22). Y lo hace porque nos mira con
compasión y comprende nuestra necesidad (Cf. Mt 9, 36), Y no importa
cuánto nos equivoquemos o nos olvidemos de él: Dios siempre está allí
esperando nuestro regreso con los brazos extendidos, como esperaba el
padre misericordioso al hijo pródigo (Cf. Lc 15, 11-32).
Sin duda alguna, esta actitud revela la misericordia como el atributo más
tierno que podemos encontrar en Dios. Por eso, de ella procede toda una
reflexión que podríamos llamar “teología del abrazo”, no solo porque
Dios en su esencia sea amor (Cf. 1Jn 4, 7-11), sino también porque es un
amor que se entrega del todo, incluso entrega su propia esencia divina,
para hacerse un ser humano igual a todos nosotros, abrazando nuestra
condición humana, a excepción del pecado.
Por eso, un cuadro que ilustra de una manera muy concreta este abrazo
de Dios a la humanidad, es la pintura al óleo “San Francisco abrazando a
Cristo en la cruz (1668-1669)” de Bartolomé Esteban Murillo. En él se
puede contemplar a Cristo Crucificado que, mientras tiene el brazo
izquierdo clavado en la cruz, con el derecho abraza a San Francisco de
Asís, y con él a toda la humanidad, mientras lo mira con ojos de
misericordia.
Llama la atención como San Francisco abraza a Jesús en la cruz,
profundamente conmovido con su dolor. Lo abraza como a un niño al
que mira con cariño, con el deseo de ser el menor de todos, de acuerdo
con lo que dice el Señor en el evangelio: “el que acoge a un niño como
este en mi nombre, me acoge a mí y a aquél que me ha enviado” (Mc 9,
37) y “Te alabo padre […] porque has ocultado estas cosas a sabios e
inteligentes y se las has revelado a la gente sencilla. Sí Padre, pues tal
ha sido tu decisión” (Mt 11, 26-26).
Sí, Dios nos abraza. Dios abraza nuestra vulnerabilidad y pobreza. De la
misma manera, estamos invitados a abrazar a Dios: con un amor
entrañable, con una ternura inigualable, convencidos de su amor
inagotable y de su misericordia infinita. Más aún: abrazar a Dios implica
afrontar el reto que presenta Jesús a aquel legista que escuchó la
parábola del Buen Samaritano: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 36-37).
Una postura teológica tiene rigor cuando la reflexión conduce a la
práctica. Por eso, usted querido lector, siéntase abrazado por Dios, y, en
consecuencia, sea ese abrazo para las personas con las que se relaciona
constantemente. ¿Por qué no darle un abrazo a papá o mamá? ¿por qué
no hacerlo con un amigo o amiga? ¿por qué no dar un abrazo al jefe o al
empleado de la oficina acompañado de un saludo fraterno? El abrazo es
la expresión de ternura, de compañía. El abrazo es impulso motivador y
generador de alegría. Los abrazos no son exclusivos de las relaciones
familiares, ni distingue entre condiciones sociales, niveles económicos o
jerarquías, pues el abrazo es la expresión más noble de todo corazón
humano.
En este tiempo de navidad, y mientras lo permitan las circunstancias,
abrácese a usted mismo, abrace a sus vecinos, a sus compañeros, a los
más cercanos, abrace a Dios que le está abrazando.