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Publicado por
Editorial Unilit
Miami, Fl. U.S.A.
Derechos reservados
1994 Edición revisada en 2 tomos
2008 Primera edición electrónica en PDF
© Justo L. González
Todos los derechos reservados. Este libro o porciones no pueden ser reproducidos sin el
permiso escrito de los editores.
Publicado originalmente en 10 tomos por Editorial Caribe, Miami, Fla.
Cubierta diseñada por: Rafael Bernal
Tipografía: Haroldo Mazariegos, (Editorial Unilit)
Tomo 1
Producto 498433
ISBN 1-56063-476-6
Tomo 2
Producto 498434
ISBN 1-56063-477-4
González, J. L. (2003). Historia del cristianismo : Tomo 1. Miami, Fla.: Editorial Unilit.
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CAPITULO 24: AGUSTÍN DE HIPONA
Cuando pensaba consagrarme por entero a tu servicio, Dios mío [...], era yo quien
quería hacerlo, y yo quien no quería hacerlo. Era yo mismo. Y porque ni quería del
todo, ni del todo no quería, luchaba conmigo mismo y me hacía pedazos. Agustín
de Hipona
Toma y lee. Toma y lee. Toma y lee. Estas palabras, que algún niño gritaba en sus
juegos infantiles, flotaban por sobre la verja del huerto de Milán e iban a estrellarse
en los oídos del abatido maestro de retórica que bajo una higuera clamaba:
“¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? ¿Mañana y siempre mañana? ¿Por qué no
termina mi inmundicia en este preciso momento?” Las palabras que el niño gritaba
le parecieron señal del cielo. Poco antes había dejado en otra parte del huerto un
manuscrito que había estado leyendo. Ahora se levantó, lo tomó, y leyó las
palabras del apóstol Pablo: “No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y
lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no
proveáis para los deseos de la carne” (Romanos 13:13–14). En respuesta a estas
palabras del Apóstol, Agustín —que así se llamaba aquel maestro de retórica—
decidió allí mismo lo que había estado tratando de decidir por largo tiempo. Se
dedicó por entero a la vida religiosa, dejó su ocupación magisterial, y como
resultado de todo ello la posteridad le conoce como “San Agustín”.
Empero para comprender el alcance y sentido de aquella experiencia del huerto
de Milán es necesario detenernos a narrar la vida del joven Agustín hasta aquel
momento crucial.
CAMINO A LA CONVERSIÓN
Agustín nació en el año 354, en la población de Tagaste, en el norte de África. Su
padre era un pequeño oficial romano, de religión pagana. Pero su madre, Mónica,
era cristiana ferviente, cuya oración constante por la conversión de su esposo a la
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postre hallaría respuesta. Agustín no parece haber tenido relaciones muy
estrechas con su padre, pues escasamente lo menciona en sus obras. Pero
Mónica sí supo ganarse su afecto, hasta tal punto que, aún después de grande,
buena parte de la vida de Agustín tuvo lugar a la sombra de su madre. En todo
caso, ambos padres del joven Agustín sabían que su vástago poseía una
inteligencia poco común, y por ello se esmeraron en ofrecerle la mejor educación
disponible. Con ese propósito en mente le enviaron primero a la cercana ciudad de
Madaura, y después a Cartago.
Agustín tenía unos diecisiete años cuando llegó a la gran ciudad que por varios
siglos había sido el centro político, económico y cultural del África de habla latina.
Aunque no parece haber descuidado sus estudios, pronto se dedicó a disfrutar de
los diversos placeres que Cartago le ofrecía. Fue allí que conoció a una mujer a
quien hizo su concubina, y de quien tuvo su único hijo, Adeodato.
La disciplina que Agustín estudiaba, la retórica, servía para preparar abogados y
funcionarios públicos. Su propósito era aprender a hablar y escribir de modo
elegante y convincente, y para nada importaba que lo que se decía fuese cierto o
no. Los profesores de filosofía podían preocuparse por la naturaleza de la verdad.
Los de retórica se ocupaban sólo del buen decir. Por tanto, lo que se suponía que
Agustín persiguiera en Cartago no era la verdad, sino sólo el modo de convencer a
los demás de que lo que decía era cierto y justo.
Pero entre las obras de la antigüedad que los estudiantes de retórica debían leer
se encontraban las de Cicerón, el famoso orador de la era clásica romana. Y
Cicerón, además de orador, había sido filósofo. Por tanto, leyendo una de sus
obras, Agustín se convenció de que no bastaba con el buen decir. Era necesario
buscar la verdad. Esa búsqueda le llevó ante todo al maniqueísmo. El
maniqueísmo era una religión de origen persa, fundada por Mani en la primera
mitad del siglo III. Según Mani, la difícil situación humana se debe a que en cada
uno de nosotros hay dos principios. Uno de ellos es espiritual y luminoso.
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El otro —la materia— es físico y tenebroso. En todo el universo hay dos principios
igualmente eternos: la luz y las tinieblas. De algún modo que los maniqueos
explicaban mediante una serie de mitos, estos dos principios se han mezclado y
confundido, y la condición humana se debe a esa confusión.
La salvación consiste entonces en separar estos dos elementos, y en preparar
nuestro espíritu para su regreso al reino de la luz, y su fusión final con la luz
eterna. Puesto que toda nueva mezcla es necesariamente mala, los verdaderos
creyentes han de hacer todo lo posible por evitarla—y por tanto los maniqueos,
aunque no condenaban el uso del sexo, sí condenaban la procreación. Según
Mani, esta doctrina había sido revelada en diversos tiempos a varios profetas,
entre quienes se contaban Buda, Zoroastro, Jesús y, por último, el propio Mani. En
tiempos de Agustín, el maniqueísmo se difundía por toda la cuenca del
Mediterráneo, y su principal medio de difusión era su aureola de ser una doctrina
eminentemente racional. Al igual que el gnosticismo en épocas anteriores, el
maniqueísmo ahora explicaba sus doctrinas sobre la base de observaciones
astronómicas. Además, buena parte de su propaganda consistía en ridiculizar las
doctrinas de la iglesia, y particularmente las Escrituras, cuyo materialismo y
lenguaje primitivo eran objeto de crítica y de burla.
Todo esto parecía responder a las dudas de Agustín, que se centraban en dos
puntos. El primero de ellos era que las Escrituras cristianas eran, desde el punto
de vista de la retórica, una serie de escritos poco elegantes y hasta bárbaros, en
los que se hacía caso omiso de muchas de las reglas del buen decir, y en las que
aparecía toda una serie de crudos episodios acerca de violencias, violaciones,
engaños, etc. El segundo era la cuestión del origen del mal. Mónica le había
enseñado que había un solo Dios. Pero Agustín miraba en derredor suyo, y dentro
de sí mismo, y se preguntaba de dónde venía todo el mal que había en el mundo.
Si Dios era la suprema bondad, no podía haber creado el mal. Y si Dios había
creado todas las cosas, no podía ser tan bueno y sabio como Mónica y la iglesia
pretendían. En ambos puntos, el maniqueísmo parecía ofrecerle la respuesta. Las
Escrituras —particularmente el Antiguo Testamento— no eran de hecho palabra
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del principio de la luz eterna. El mal tampoco era producto de ese principio, sino
de su contrario, el principio de las tinieblas.
Por todas estas razones Agustín se hizo maniqueo. Pero siempre le quedaban
dudas, y por ello permaneció por nueve años como mero “oyente” del
maniqueísmo, sin tratar de pasar al rango de los “perfectos”. Cuando, en las
reuniones de los maniqueos, expresaba sus dudas, se le decía que se trataba de
cuestiones muy profundas, y que el gran sabio maniqueo, un tal Fausto, le
respondería. Cuando por fin llegó la tan ansiada visita, Fausto resultó ser un fatuo
cuya ciencia no era mayor que la de los otros maestros del maniqueísmo.
Desilusionado, Agustín decidió llevar su búsqueda de la verdad por otros rumbos.
Además, sus estudiantes cartagineses no se comportaban tan bien como él lo
hubiera deseado, y por tanto decidió probar fortuna en Roma. Pero los estudiantes
romanos, aunque se conducían mejor, no le pagaban, y por esa razón se trasladó
a Milán, donde estaba vacante una posición como maestro de retórica.
En Milán, Agustín se hizo neoplatónico. El neoplatonicismo era una doctrina muy
popular en esa época. Puesto que no podemos describir aquí toda esa filosofía,
baste decir que el neoplatonicismo era tanto una doctrina como una disciplina. Se
trataba de llegar a conocer el Uno inefable, del cual provenían todas las cosas,
mediante una combinación de estudio y contemplación mística, cuyo resultado
final era el éxtasis. En contraste con el maniqueísmo, el neoplatonicismo creía que
había un solo principio, del cual provenía toda realidad, mediante una serie de
emanaciones —como los círculos concéntricos que se producen en una piscina al
caer una piedra—. Las realidades que se aproximan más a ese Uno son
superiores, y las que más se alejan de él son inferiores. El mal no proviene
entonces de un principio distinto del Uno inefable, sino que consiste en apartarse
de ese Uno, y dirigir la mirada y la intención hacia la multiplicidad infinita del
mundo material. Todo esto servía de respuesta a una de las viejas interrogantes
de Agustín, es decir, la cuestión del origen del mal. Desde esta perspectiva, era
posible afirmar que un solo ser, de infinita bondad, era la fuente de toda la
creación, sin negar el mal que hay en ella. Además, el neoplatonicismo le ayudó a
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Agustín a concebir a Dios y el alma en términos menos materialistas que los que
había aprendido de los maniqueos.
Quedaba todavía la otra duda. ¿Cómo podían las Escrituras, con su lenguaje rudo
y sus historias de violencias y rapiñas, ser Palabra de Dios? Fue aquí que
apareció en escena Ambrosio de Milán. Como maestro de retórica, Agustín fue a
escuchar la predicación del famoso obispo. Su propósito no era oír lo que
Ambrosio decía, sino cómo lo decía. Si Ambrosio tenía tanta fama de buen orador,
esto tenía que deberse a su uso de la retórica. Por tanto, por motivos puramente
profesionales, Agustín fue a la iglesia repetidamente, a oír la predicación de
Ambrosio.
Empero, según le oía, iba prestándole menos atención al modo en que el obispo
organizaba sus sermones, y más a lo que decía en ellos. Ambrosio utilizaba el
método alegórico en la interpretación de muchos de los pasajes en los que
Agustín había encontrado dificultades.
Puesto que ese método era perfectamente aceptable en la ciencia retórica de la
época, Agustín no podía ofrecer objeción alguna. Pero lo que Ambrosio estaba
haciendo, aun sin saberlo, era mostrarle al maestro de retórica la riqueza y el valor
de las Escrituras.
A partir de entonces, las dificultades intelectuales quedaron vencidas. Pero había
otras. Agustín no iba a hacerse cristiano a medias. Si decidía aceptar la fe de su
madre, lo haría de todo corazón, y le dedicaría la vida entera. Debido al ejemplo
monástico, así como a su propia formación neoplatónica, Agustín estaba
convencido de que, de hacerse cristiano, debería renunciar a su carrera como
maestro de retórica, a todas sus ambiciones, y a todo goce de los placeres
sensuales. Este último punto era la dificultad principal que todavía le detenía.
Según él mismo nos cuenta, su oración constante era: “Dame castidad y
continencia. Pero no demasiado pronto”. Fue entonces que se recrudeció en él la
batalla entre el querer y el no querer. Estaba decidido a hacerse cristiano. Pero
todavía no. Sabía que ya no podía interponer dificultades de orden intelectual, y
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por tanto su lucha consigo mismo era tanto más intensa. Además, por todas partes
le llegaban noticias de otras personas que habían hecho lo que él no se atrevía a
hacer, y sentía envidia. Una de ellas era el famoso filósofo Mario Victorino, quien
había traducido al latín las obras de los neoplatónicos que Agustín tanto
apreciaba, y que un buen día se presentó en la iglesia de Roma para hacer
profesión pública de su fe cristiana. Poco después de haber recibido noticias de la
acción de Mario Victorino, Agustín supo de dos altos funcionarios que habían leído
la Vida de San Antonio, escrita por Atanasio, y habían dejado todos sus cargos y
sus honores para dedicarse a una vida semejante. En ese momento, no pudiendo
tolerar la compañía de sus amigos—ni tampoco la suya—huyó al huerto, donde lo
encontramos al principio de este capítulo, y donde tuvo lugar su conversión.
LA VIDA CONTEMPLATIVA
Tras su conversión, Agustín comenzó a dar los pasos necesarios para poner por
obra su decisión. Solicitó el bautismo, y lo recibió de manos de Ambrosio —quien,
como hemos dicho anteriormente, no parece haberse percatado de las dotes
excepcionales de su converso—. Renunció a su posición como maestro de
retórica. Y, junto a un grupo de amigos y su madre Mónica, decidió regresar al
norte de África, para allí dedicarse a la vida contemplativa.
Mónica le había acompañado en buena parte de sus viajes, pues había quedado
viuda y ahora se dedicaba por entero a la vida religiosa y a cuidar de su hijo. Algún
tiempo antes, por insistencia de su madre, Agustín había despedido a la
concubina con quien había vivido varios años —y cuyo nombre ni siquiera
menciona— y se había quedado con Adeodato. Ahora, junto a Mónica, Adeodato y
otros amigos, partió de regreso al África. En el puerto de Ostia, empero, Mónica
enfermó y murió, y Agustín quedó desolado hasta tal punto que él y sus
compañeros permanecieron varios meses más en Roma antes de partir para el
África.
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Cuando por fin llegaron a Tagaste, Agustín vendió la mayor parte de sus
propiedades, les dio el dinero a los pobres, y se dedicó a la vida retirada en
compañía de Adeodato y sus amigos. No se trataba, sin embargo, de una vida
excesivamente austera, al estilo de los monjes del desierto, sino más bien de una
vida disciplinada dedicada al estudio, la devoción y la meditación.
Allí Agustín escribió sus primeras obras cristianas. En algunas de ellas se veía
todavía el sello neoplatónico. Pero a pesar de ello pronto se le reconoció en la
región circundante como un cristiano dedicado, hábil maestro y director espiritual
de sus compañeros de retiro. En Casicíaco —que así se llamaba el lugar de su
retiro—Agustín era perfectamente feliz, y no tenía más ambición que la de
continuar todo el resto de su vida en el mismo orden.
MINISTRO DE LA IGLESIA
Empero había quien tenía otros propósitos para su vida. En el año 391, Agustín
visitó la ciudad de Hipona para entrevistarse con un amigo a quien deseaba invitar
a que se uniera al grupo de Casicíaco. Cuando fue a la iglesia de la ciudad, el
obispo Valerio predicó acerca de cómo Dios enviaba pastores para su rebaño, y le
pidió a la congregación que le rogase a Dios le indicase si había entre ellos una
persona a quien Dios había enviado para ser su ministro, ahora que él estaba
envejeciendo. Naturalmente, la reacción de la congregación fue exactamente la
que el obispo deseaba, y Agustín, en contra de todas sus intenciones, fue
ordenado. Cuatro años más tarde, fue hecho obispo de Hipona juntamente con
Valerio, quien temía que alguna otra iglesia le arrebatara su presa. Puesto que en
esa época estaba prohibido que un obispo fuese trasladado de una ciudad a otra,
de ese modo Valerio se aseguraba de que Agustín pasaría el resto de sus días en
Hipona. (Aunque Agustín no lo sabía, también estaba prohibido que hubiese dos
obispos en la misma iglesia.) Como ministro y como obispo, Agustín siguió
viviendo una vida semejante a la que había llevado en Casicíaco. Pero ahora sus
esfuerzos no podían dedicarse tanto a la contemplación como a sus
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responsabilidades pastorales. Fue en cumplimiento de esas responsabilidades
que escribió una serie de obras que hicieron de él el teólogo de más importancia
en la iglesia occidental desde tiempos del apóstol Pablo.
TEÓLOGO DE LA IGLESIA OCCIDENTAL
Muchas de sus primeras obras iban dirigidas contra los maniqueos. Puesto que él
mismo había contribuido al maniqueísmo de algunos de sus amigos, ahora se
sentía obligado a refutar las doctrinas que antes había sustentado. Por tanto,
contra los maniqueos escribió obras en las que trataba sobre la autoridad de las
Escrituras, sobre el origen del mal y sobre el libre albedrío.
Particularmente la cuestión del libre albedrío era de suma importancia para
Agustín en su polémica contra el maniqueísmo. Los maniqueos sostenían que
todo estaba predeterminado, y que el ser humano no tenía libertad alguna. Frente
a tales opiniones, Agustín salió en defensa del libre albedrío. La libertad humana
es tal que, según Agustín, ella es su propia causa. Esto quiere decir que cuando
actuamos libremente lo hacemos, no por tal o cual razón externa, o por tal o cual
inclinación intrínseca a nuestra propia naturaleza, sino movidos por nosotros
mismos. La decisión libre no es producto de las circunstancias ni de la naturaleza,
sino producto de sí misma. Naturalmente, esto no quiere decir que las
circunstancias no influyan sobre nuestras decisiones. Lo que quiere decir es más
bien que sólo ha de llamarse libertad lo que hacemos, no movidos por
circunstancias externas o por determinantes internas, sino movidos por nuestra
propia libertad.
Esto era importante para poder responder a la cuestión del origen del mal.
Agustín insistía en que había un solo Dios, cuya bondad era infinita. ¿Cómo
entonces explicar el origen del mal? Sencillamente, diciendo que la libertad es
creación de Dios, y es por tanto buena; pero que la libertad es capaz de hacer sus
propias decisiones, y que el origen del mal está en las malas decisiones hechas
por voluntades angélicas —los ángeles caídos— y humanas. De este modo,
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Agustín afirmaba tanto la realidad del mal como la creación de todas las cosas por
un Dios bueno.
Esto a su vez quiere decir que el mal no es “algo”, no es una “cosa”, como
pretendían los maniqueos al hablar de las tinieblas. El mal es una decisión, una
dirección, una falta o negación del bien.
En uno de los primeros capítulos de esta sección tratamos acerca del cisma
donatista. El lector recordará que ese cisma había tenido lugar en el norte de
África, precisamente en la región en donde Agustín era ahora pastor. Por tanto,
parte de su labor teológica consistió también en refutar el donatismo. Frente a los
donatistas, Agustín insistió en que la validez de los sacramentos no depende de la
virtud moral de la persona que los administra. De ser así, estaríamos
constantemente en dudas acerca de si hemos recibido o no un sacramento válido.
Esta posición de Agustín ha sido sostenida por toda la iglesia occidental desde sus
días.
También frente a los donatistas Agustín desarrolló la teoría de la guerra justa.
Como hemos dicho anteriormente, algunos de entre los donatistas —los
circunceliones— se habían dado a la violencia. Esto tenía raíces sociales y
económicas de las que Agustín no estaba enterado. Pero en todo caso para el
obispo de Hipona tales desmanes debían ser reprimidos. Por ello declaró que una
guerra es justa sólo cuando se cumplen varias condiciones. La primera de éstas
es que el propósito mismo de la guerra ha de ser justo —no puede ser justa una
guerra que se lleva a cabo por ambiciones territoriales, o por el mero gusto de
guerrear—. La segunda condición es que sólo las autoridades tienen derecho a
llevar a cabo una guerra justa. Al establecer esta condición, Agustín quería
sencillamente asegurarse de que no dejaba el campo abierto a las venganzas
personales. Pero en siglos posteriores el resultado de esta regla sería que los
poderosos tendrían derecho a hacer la guerra contra los débiles, pero no
viceversa. Esto podía verse ya en el caso de los circunceliones. Por último, la
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tercera regla —y para Agustín la más importante—era que, aún en medio de la
lucha, el motivo de amor debe perdurar.
Fue sin embargo contra los pelagianos que Agustín escribió sus más importantes
obras teológicas. Pelagio era un monje de origen británico que se había hecho
famoso por su austeridad. Para él, la vida cristiana consistía en un esfuerzo
constante mediante el cual uno vencía sus pecados y lograba la salvación. Pelagio
afirmaba, al igual que Agustín, que Dios nos ha hecho libres, y que el mal tiene su
origen en la voluntad —tanto la del Diablo como la de los seres humanos—.
Según él veía las cosas, esto quería decir que el ser humano tiene siempre el
poder necesario para sobreponerse al pecado. Lo contrario sería excusar el
pecado.
Frente a esto, Agustín recordaba su experiencia de los años cuando al mismo
tiempo quería hacerse cristiano, y no lo quería. Para él, la voluntad humana no era
tan sencilla como lo pretendía Pelagio. Hay casos en los que deseamos algo, y al
mismo tiempo no lo deseamos. Lo que es más, todos sabemos que aunque
queramos querer algo, no por ello lo lograremos. La voluntad no es siempre dueña
de sí misma.
Según Agustín, el pecado es una realidad tan poderosa que se posesiona de
nuestras voluntades, y mientras estamos en pecado no nos es posible querer —de
veras querer— librarnos de él. Lo más que podemos lograr es esa lucha entre el
querer y el no querer, que sólo sirve para mostrarnos la impotencia de nuestra
voluntad frente a ella misma. El pecador no puede querer sino el pecado.
Esto no quiere decir, sin embargo, que toda libertad haya desaparecido. El
pecador sigue siendo libre para escoger entre varias alternativas. Pero la
alternativa que no puede escoger por sí mismo es la de dejar de pecar. Como dice
Agustín, antes de la caída teníamos libertad para no pecar y para pecar. Pero
después de la caída y antes de la redención la única libertad que nos queda es la
de pecar.
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Cuando somos redimidos, lo que sucede es que la gracia de Dios obra en
nosotros, llevándonos del miserable estado en que nos hallábamos a un nuevo
estado, en el que queda reinstaurada nuestra libertad, tanto para pecar como para
no pecar. Por fin, en el cielo, sólo tendremos libertad para no pecar.
Como en el caso anterior, esto no quiere decir que no tendremos libertad alguna.
Al contrario, en la vida celestial continuarán ofreciéndosenos diversas alternativas.
Pero ninguna de ellas será pecado. Volviendo entonces al momento de la
conversión, ¿cómo podemos hacer la decisión de aceptar la gracia? Según
Agustín, sólo por obra de la gracia misma. En consecuencia, la conversión no
tiene lugar por iniciativa del ser humano, sino por iniciativa de la gracia divina. Esa
gracia es irresistible, y Dios se la da a quienes ha predestinado para ello —y aquí
Agustín cita a San Pablo.
Frente a todo esto, Pelagio afirmaba que cada uno de nosotros viene al mundo
completamente libre para pecar, o para no pecar. No hay tal cosa como el pecado
original, ni una corrupción de la naturaleza humana que nos obligue a caer. Si
caemos, es por cuenta y decisión propia. Los niños no tienen pecado alguno hasta
que ellos mismos, individualmente, deciden pecar.
A Pelagio y sus seguidores les parecía que tales doctrinas excusaban el pecado,
pues si decimos que el ser humano caído no tiene libertad sino para pecar, en
realidad estamos dándole permiso para pecar, y diciéndole que no tiene que
esforzarse para no pecar. Lo que hay que señalar, sin embargo, es que Agustín sí
creía que el cristiano, por gracia, tiene la capacidad de hacer el bien, y que por
tanto tiene la obligación de hacerlo. Son los inconfesos, los que viven todavía
fuera de la gracia de Dios, quienes no pueden sino pecar y pecar.
La controversia duró varios años, y los pelagianos fueron condenados. Según
quienes les condenaron —y fue la mayor parte de la iglesia— los niños sí tienen
pecado, y necesitan ser bautizados. Pero esto no quiere decir que las doctrinas de
Agustín fueran aceptadas por la mayor parte de la iglesia. Su aseveración de la
corrupción humana, del pecado original y de la necesidad de la gracia, sí fue
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aceptada. Pero sus doctrinas de la gracia irresistible y de la predestinación
encontraron pocos adeptos hasta la época de la Reforma protestante en el siglo
XVI.
En toda esta controversia había una cuestión mucho más profunda, que a menudo
pasa inadvertida. De lo que se trataba era de una sicología en extremo simplista
por parte de Pelagio, frente a una gran habilidad introspectiva por parte de
Agustín. Agustín sabía por experiencia propia que la voluntad humana era mucho
más compleja de lo que pretendía Pelagio. Y, una vez tomado ese punto de
partida, su lógica inflexible le llevó a las doctrinas de la gracia irresistible y de la
predestinación. Como veremos más
adelante, Martín Lutero, tras experiencias
semejantes a las de Agustín, llegó a
conclusiones parecidas.
Dos grandes obras de Agustín merecen
atención especial. La primera de ellas es
sus Confesiones. Esta obra es una
autobiografía espiritual donde Agustín nos
narra —o más bien le narra a Dios en
oración— el peregrinaje y las luchas que
hemos descrito más arriba. Se trata de una
obra única en la antigüedad, que no
conoció escritos de este tipo. Y se trata
también de una obra de extraordinario interés y valor sicológico, aún en el siglo
XX.
La otra obra que merece atención especial es La ciudad de Dios. Su motivo fue la
caída de Roma en el año 410. Como vimos en el caso de Jerónimo, el mundo se
conmovió ante ese acontecimiento. Puesto que todavía había un fuerte número de
paganos en diversas regiones del Imperio, no faltaron quienes dijeron que la razón
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por la que Roma había caído era que se había dedicado al cristianismo y había
abandonado los viejos dioses que la habían hecho grande.
Frente a tales acusaciones, Agustín escribió La ciudad de Dios, una verdadera
enciclopedia histórica en la que dice que hay dos ciudades, cada cual fundada
sobre un amor. La ciudad de Dios está fundada sobre el amor a Dios. La ciudad
terrena está fundada sobre el amor a sí mismo. En la historia humana, estas dos
ciudades aparecen continuamente mezcladas. Pero a pesar de ello existen entre
ambas una oposición inevitable, y una guerra sin cuartel. A la postre, sólo
permanecerá la ciudad de Dios. Pero entretanto aparecen en la historia humana
reinos y naciones, fundados sobre el amor de sí mismo, que son expresiones de la
ciudad terrena. Todos estos reinos y naciones tienen que sucumbir y desaparecer,
hasta que llegue el fin, cuando sólo subsista la ciudad de Dios. En el caso
particular de Roma y su imperio, Dios les permitió crecer como lo hicieron para
que sirvieran de medio para la propagación del evangelio. Pero ahora que esa
función se ha cumplido, Dios ha hecho que Roma siga el destino de todos los
reinos humanos, recibiendo el justo castigo por sus pecados y por su egoísmo.
EL IMPACTO DE AGUSTÍN
Agustín fue el último sobreviviente de la “era de los gigantes”. Cuando murió, los
vándalos se encontraban a las puertas de la ciudad de Hipona, anunciando una
nueva edad. Por tanto, la obra de Agustín fue como el canto de cisne de una edad
que moría.
Y a pesar de ello, su obra no quedó olvidada entre los escombros de la civilización
que se derrumbaba. Agustín fue el maestro por excelencia de la nueva era.
Durante toda la Edad Media, ningún teólogo fue más citado que él, y por tanto a la
postre se convirtió en uno de los grandes doctores de la Iglesia Católica Romana.
Y sin embargo, Agustín fue también el autor favorito de los grandes reformadores
protestantes del siglo XVI. Luego, de entre todos aquellos gigantes, ninguno tan
notable como este último, que llevó a cabo su obra en una pequeña ciudad del
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norte de África, pero cuyo impacto se hizo sentir en los siglos por venir en todo el
cristianismo occidental —tanto católico como protestante.
CAPITULO 25: EL FIN DE UNA ERA
El mundo se va a la ruina. ¡Sí! Pero a pesar de ello, y para vergüenza nuestra,
nuestros pecados siguen viviendo y hasta prosperan. La gran ciudad, la capital del
Imperio Romano, ha sido consumida en un gran incendio, y por toda la tierra los
romanos vagan en su exilio. Las iglesias que antaño fueron veneradas no son ya
sino montones de polvo y cenizas. Jerónimo
Al morir Agustín, los vándalos le ponían sitio a la ciudad de Hipona. Poco después,
eran dueños de todo el norte de África —hasta los límites del viejo imperio
occidental—. Unos años antes, en el 410, la capital del Imperio, Roma la eterna,
había sido tomada y saqueada por Alarico y sus tropas godas. Aún antes, en el
378, en la batalla de Adrianápolis, un emperador había sido derrotado y muerto
por los godos, cuyas tropas habían llegado hasta las afueras mismas de
Constantinopla. Lo que sucedía era que el viejo Imperio —al menos en su porción
occidental— se desmoronaba. Durante varios siglos las legiones romanas habían
contenido a los pueblos germánicos tras las fronteras del Rin y del Danubio. En la
Gran Bretaña, una muralla separaba la parte romanizada de la que quedaba bajo
el dominio de los “bárbaros”. Pero ahora todos esos diques estaban rotos. En una
serie de oleadas al parecer interminables, los diversos pueblos bárbaros
atravesaban las fronteras, saqueaban villas y ciudades, y por fin iban a
establecerse permanentemente en algún territorio hasta entonces romano. Allí
fundaban sus propios reinos, a veces teóricamente sujetos al Imperio, pero
siempre independientes. La unidad del viejo Imperio había llegado a su fin.
En la próxima sección de esta historia trataremos acerca de las consecuencias de
todo esto para la vida de la iglesia. Pero ahora, al terminar esta Segunda Sección,