En un pueblo escondido entre las montañas, vivía Amelia, una niña que adoraba
escuchar las leyendas que contaba su abuela. Una noche de luna llena, la abuela le habló
sobre el Árbol de los Deseos, un árbol antiguo y gigantesco que, según decía, concedía
un deseo a quien dejara su mayor tesoro en sus raíces.
Amelia, emocionada, decidió ir al bosque en busca de ese árbol misterioso. Se llevó su
tesoro más querido: un pequeño amuleto de plata que su madre le había dado antes de
partir. A pesar de la oscuridad, la luz de la luna iluminaba su camino, guiándola entre
los árboles hasta que finalmente llegó a un claro. Allí estaba el Árbol de los Deseos,
imponente y cubierto de ramas que parecían susurrar al viento.
Amelia se acercó, colocó su amuleto en las raíces y cerró los ojos, deseando con todas
sus fuerzas volver a ver a su madre. En silencio, el árbol pareció inclinarse hacia ella, y
una suave brisa envolvió el amuleto. Amelia esperó, pero nada sucedió en ese momento.
Decepcionada, regresó a casa, aunque sintió una extraña paz en su corazón.
A la mañana siguiente, un carruaje llegó al pueblo, y de él bajó su madre, con una gran
sonrisa y los brazos abiertos. Amelia corrió hacia ella, y en ese instante comprendió que
el Árbol de los Deseos le había concedido lo que más anhelaba.
Desde entonces, Amelia visitaba el árbol cada luna llena, no para pedir deseos, sino para
agradecerle haberle devuelto lo que más amaba.
En un pueblo escondido entre las montañas, vivía Amelia, una niña que adoraba
escuchar las leyendas que contaba su abuela. Una noche de luna llena, la abuela le habló
sobre el Árbol de los Deseos, un árbol antiguo y gigantesco que, según decía, concedía
un deseo a quien dejara su mayor tesoro en sus raíces.
Amelia, emocionada, decidió ir al bosque en busca de ese árbol misterioso. Se llevó su
tesoro más querido: un pequeño amuleto de plata que su madre le había dado antes de
partir. A pesar de la oscuridad, la luz de la luna iluminaba su camino, guiándola entre
los árboles hasta que finalmente llegó a un claro. Allí estaba el Árbol de los Deseos,
imponente y cubierto de ramas que parecían susurrar al viento.
Amelia se acercó, colocó su amuleto en las raíces y cerró los ojos, deseando con todas
sus fuerzas volver a ver a su madre. En silencio, el árbol pareció inclinarse hacia ella, y
una suave brisa envolvió el amuleto. Amelia esperó, pero nada sucedió en ese momento.
Decepcionada, regresó a casa, aunque sintió una extraña paz en su corazón.
A la mañana siguiente, un carruaje llegó al pueblo, y de él bajó su madre, con una gran
sonrisa y los brazos abiertos. Amelia corrió hacia ella, y en ese instante comprendió que
el Árbol de los Deseos le había concedido lo que más anhelaba.
Desde entonces, Amelia visitaba el árbol cada luna llena, no para pedir deseos, sino para
agradecerle haberle devuelto lo que más amaba.
En un pueblo escondido entre las montañas, vivía Amelia, una niña que adoraba
escuchar las leyendas que contaba su abuela. Una noche de luna llena, la abuela le habló
sobre el Árbol de los Deseos, un árbol antiguo y gigantesco que, según decía, concedía
un deseo a quien dejara su mayor tesoro en sus raíces.
Amelia, emocionada, decidió ir al bosque en busca de ese árbol misterioso. Se llevó su
tesoro más querido: un pequeño amuleto de plata que su madre le había dado antes de
partir. A pesar de la oscuridad, la luz de la luna iluminaba su camino, guiándola entre
los árboles hasta que finalmente llegó a un claro. Allí estaba el Árbol de los Deseos,
imponente y cubierto de ramas que parecían susurrar al viento.
Amelia se acercó, colocó su amuleto en las raíces y cerró los ojos, deseando con todas
sus fuerzas volver a ver a su madre. En silencio, el árbol pareció inclinarse hacia ella, y
una suave brisa envolvió el amuleto. Amelia esperó, pero nada sucedió en ese momento.
Decepcionada, regresó a casa, aunque sintió una extraña paz en su corazón.
A la mañana siguiente, un carruaje llegó al pueblo, y de él bajó su madre, con una gran
sonrisa y los brazos abiertos. Amelia corrió hacia ella, y en ese instante comprendió que
el Árbol de los Deseos le había concedido lo que más anhelaba.
Desde entonces, Amelia visitaba el árbol cada luna llena, no para pedir deseos, sino para
agradecerle haberle devuelto lo que más amaba.