La construcción de la Catedral de Milán fue impulsada por el arzobispo Antonio da Saluzzo y el entonces señor de Milán,
Gian Galeazzo Visconti, en 1386. Su objetivo era crear una catedral que rivalizara con las grandes iglesias de Europa y
reflejara el poder y la devoción de la ciudad.
El comienzo de la construcción de la catedral de Milán se llevó a cabo con la demolición de varios edificios, entre ellos
los palacios del arzobispo y del ordinari, así como el Baptisterio de San Esteban. Además, se utilizó la antigua iglesia de
Santa Maria Maggiore como cantera de piedra para el nuevo edificio. El entusiasmo de la población local por esta
magnífica obra arquitectónica se hizo evidente y se lograron grandes donaciones gracias a la astucia de Gian Galeazzo y
su primo, el arzobispo. Este proyecto fue dirigido por la Fabbrica del Duomo, conformada por 300 empleados liderados
por el arquitecto jefe Simone da Orsenigo. Posteriormente, arquitectos franceses como Nicolas de Bonaventure y Jean
Mignot aportaron su expertise al diseño gótico de la catedral.
El mandato del obispo San Carlos Borromeo en relación con la catedral de Milán se caracterizó por importantes
intervenciones y decisiones que impactaron en la estructura y el desarrollo de la obra.
Borromeo consagró el edificio completo como un nuevo templo en 1577, marcando así una distinción con otras iglesias
de la ciudad. También se realizaron trabajos de reconstrucción y adición de nuevos altares como parte de la decoración
interior. Además, se destaca la designación de Pellegrino Tibaldi como arquitecto jefe de las obras en 1571, lo cual
generó discusiones y cambios en los estatutos de la Fabbrica.
La retirada de los monumentos laicos, como las tumbas de personajes importantes, y la demolición de edificaciones
cercanas evidencian la influencia de Borromeo en la remodelación del entorno de la catedral. La implicación del obispo
en la regulación estricta del programa de construcción y la asignación de recursos también fue fundamental para el
avance de la obra.
Durante los siglos XVII y XVIII, la catedral de Milán experimentó importantes avances en su construcción y decoración.
En el siglo XVII, el obispo Federico Borromeo, primo de Carlos, supervisó la edificación de la nueva fachada, que
inicialmente se diseñó con influencias renacentistas pero luego se modificó para regresar al estilo gótico original. Se
realizaron trabajos en los portales y ventanas centrales, así como la demolición de la fachada de Santa Maria Maggiore.
En cuanto al interior, se reconstruyó el presbiterio entre 1575 y 1585, se agregaron nuevos altares y se finalizó la
construcción de un coro de madera para el altar principal en 1614. Borromeo consagró el edificio completo como un
nuevo templo en 1577, marcando un hito en su mandato.
En el siglo XVIII, se continuaron las labores de construcción, destacando el ábside catedralicio con grandes ventanales
góticos. Aunque la construcción se estancó en cierto punto debido a la falta de recursos, se completaron importantes
secciones como la nave y los pasillos.
La finalización de la obra de la catedral de Milán se llevó a cabo en el siglo XIX, con acontecimientos significativos que
culminaron este proceso histórico. En mayo de 1805, Napoleón Bonaparte ordenó que la fachada de la catedral fuera
terminada por Francesco Soave, nuevo arquitecto a cargo de la obra. A pesar de que se prometió que los gastos serían
cubiertos por el tesoro francés, esta promesa nunca se cumplió, aunque sirvió como incentivo para lograr la conclusión
de la fachada en solo siete años.
Un hecho relevante fue la inauguración de la última puerta de la catedral el 6 de enero de 1965, marcando
simbólicamente el término de un proceso que abarcó muchas generaciones. Por tanto, este hito señaló el final de la
construcción de la catedral, aunque aún quedaban bloques sin esculpir esperando ser transformados en estatuas.
En el siglo XX, los trabajos de renovación que cubrían la fachada principal de la catedral finalizaron en diciembre de
2008, completando así los detalles finales de esta magnífica obra arquitectónica. Además, se destaca la construcción de
la aguja Madonnina en 1762, diseñada por Francesco Croce y coronada por una estatua dorada de la Virgen María, que
se convirtió en uno de los rasgos más emblemáticos de la catedral.
Napoleon Bonaparte
Napoleón Bonaparte desempeñó un papel crucial en la historia de la finalización de la catedral de Milán en el siglo XIX.
En 1805, Napoleón ordenó la terminación de la fachada de la catedral bajo la supervisión del arquitecto Francesco
Soave. A pesar de prometer que los gastos serían cubiertos por el tesoro francés y que la Fabbrica sería reembolsada por
la venta de propiedades, esta promesa nunca se cumplió.
Sin embargo, la intervención de Napoleón actuó como un incentivo para acelerar el proceso de construcción, logrando
que la fachada se completara en siete años. Su apoyo reflejó la importancia que atribuía a la catedral como un símbolo
de grandeza cultural y arquitectónica. La colocación de una estatua en la cima de uno de los pináculos en su honor
resalta su influencia en el proyecto.
En resumen, Napoleón Bonaparte marcó un hito en la historia de la catedral de Milán al respaldar activamente su
finalización, demostrando su interés en el fomento de la grandeza artística y arquitectónica de la ciudad. Su compromiso
impulsó el avance de la construcción y dejó una huella significativa en la culminación de esta obra arquitectónica
destacada.
Resumen
el inicio de la construcción de la catedral se caracterizó por la planificación meticulosa a cargo de la Fabbrica del Duomo,
así como por la influencia de arquitectos franceses que imprimieron un estilo gótico distintivo.
el mandato de San Carlos Borromeo se caracterizó por su compromiso con la revitalización y mejora de la catedral de
Milán, estableciendo pautas claras para su desarrollo arquitectónico y decorativo. Sus acciones dejaron una marca
duradera en la historia y evolución de este icónico edificio religioso en Italia.
estos dos siglos fueron testigos de la evolución arquitectónica y decorativa de la catedral de Milán, con influencias que
variaron desde el renacimiento hasta el gótico, reflejando la riqueza histórica y cultural de la época.
la finalización de la obra de la catedral de Milán abarca desde la diligente conclusión de la fachada en el siglo XIX hasta
los trabajos de renovación en el siglo XX, marcados por importantes hitos y logros que culminaron este extenso proceso
constructivo.