La Virgen, al pie de la Cruz, sufriendo por ver a su Hijo así,
es proclamada Madre de todos los hombres. El amor, y más
el de una madre, busca aligerar al que sufre y tomar sus
dolores. El Hijo y la Madre nos aman con un amor sin
límites. María es, desde ese momento, madre de todos
nosotros y nos quiere como quiso a su Hijo. Nunca nos
abandona.
Estas palabras nos hacen pensar en el pecado de los
hombres. El pecado es la muerte del alma. El pecado es el
abandono de Dios por parte del hombre. El hombre rechazó
a Dios y Jesús experimentó esto.
Estas palabras nos hacen pensar en el pecado de los
hombres. El pecado es la muerte del alma. El pecado es el
abandono de Dios por parte del hombre. El hombre rechazó
a Dios y Jesús experimentó esto.
Todo tiene sentido: Jesús por amor nos da su vida. Jesús
cumplió con la voluntad de su Padre. Su misión terminaría
con su muerte, pero su sacrificio sería aceptado por el
Padre. Resucitará. La obra de nuestra redención está
completada, pero tenemos que colaborar con ella, tenemos
que obrar para merecer esa redención. No hemos salvado
todavía nuestras almas, pues somos libres. Todo lo que
hagamos debe estar dirigido a este fin.
Jesús abandonado en las manos de Dios, con la confianza
del Hijo. Estas palabras nos hacen pensar que debemos de
cuidar nuestra alma, no sólo nuestro cuerpo. Jesús entregó
su cuerpo, pero no su alma. Devolvió su espíritu a su Padre
no con grito de rebelión sino con un grito triunfante. Jesús
nunca perdió de vista su meta a seguir. Sacrificó todo para
alcanzarla. Lo más importante en la vida es la salvación de
nuestras almas. De nada nos sirve ganar el mundo si
perdemos nuestra alma.