El legado más oscuro Alexandra Bracken
Han pasado cinco años. Los campos de rehabilitación en
los que Zu fue encerrada con sus amigos han sido destrui-
dos. Aun así, sigue luchando por proteger los derechos de
los Psi frente a la oleada de prejuicios y falsas infor macio-
nes. Cuando la acusan de cometer un espantoso atentado,
se ve obligada a huir de nuevo para salvar la vida.
Decidida a limpiar su nombre, Zu viaja en busca de res-
puestas, y no tarda en descubrir un siniestro secreto que
amenaza la supervivencia de los Psi. Rodeada de enemi-
gos, ¿en quién podrá confiar en su lucha por la libertad y
por salvar a los amigos que en otros tiempos fueron sus
protectores?
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
PARA ANNA JARZAB, LA PRIMERA EN ENAMORARSE DE ES-
TOS PERSONAJES Y DE SU OSCURO MUNDO.
GRACIAS POR TODO.
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
a sangre no se iba.
L Me corría por las manos, intensamente roja, y for ma-
ba riachuelos entre los rasguños de las muñecas y las cos-
tras de los nudillos. El agua que salía del grifo, tan caliente
que empañaba el espejo, tendría que haber diluido la san-
gre hasta volverla de un tono rosado claro y luego transpa-
rente. Pero… no dejaba de brotar. Las manchas secas de la
piel se volvían claras otra vez, pasaban de un marrón oxida-
do a un escalofriante tono car mesí. Sinuosos hilillos rojos
descendían por el lavabo, hacia un desagüe que trataba
desesperadamente de engullirlo todo.
La oscuridad de aquella estrecha habitación me acecha-
ba, se acumulaba en los ángulos de mi visión. Fijé la mirada
en los restos de sangre seca que se habían quedado pega-
dos a la porcelana, como hojas de té sueltas.
«Date prisa —me ordené a mí misma—. Tienes que ha-
cer la llamada. Tienes que conseguir el teléfono».
Se me doblaron las rodillas y el mundo se ladeó brusca-
mente. A punto de caer, me apoyé a medias en el lavabo y
me aferré al suave borde con ambas manos. La masilla que
lo fijaba a la pared se desmenuzó debido al peso añadido
de mi cuerpo y crujió a modo de protesta.
«Date prisa, date prisa, date…».
Uno tras otro, tiré de los puntos en los que la sangre re-
seca me había pegado la blusa a la piel, mientras trataba
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
de no atragantar me con el vómito que pugnaba por esca-
par.
Dentro de las paredes, las tuberías se estremecieron. El
ruido metálico se volvió más rápido, más intenso, hasta que
un estallido final hizo vibrar el lavabo entero.
«¡Mierda!». Tanteé la superficie, en busca de algo que
me per mitiera recoger la poca agua caliente que quedaba.
—No, no, no… vamos…
Los contadores, los malditos contadores que controla-
ban el suministro de agua corriente en cada habitación, pa-
ra que no se desperdiciara ni una sola gota. Lo necesitaba.
Solo por esta vez, necesitaba que se saltaran las nor mas
por mí. La sangre… la notaba en la lengua y en los dientes,
se me acumulaba en la garganta. Cada vez que tragaba sa-
liva, notaba aquel regusto metálico con más fuerza. Tenía
que lavar me…
Tras un último gemido de las tuberías, el chorro del gri-
fo se convirtió en un fino hilillo. Cogí la toalla del motel,
acartonada después de tantos lavados con lejía, y la colo-
qué bajo el grifo para que absorbiera la poca agua que aún
salía.
Apreté la dolorida mandíbula y me incliné hacia delante
con gesto vacilante, apoyando la cadera en el lavabo. Tras
limpiar una parte de la condensación del espejo, usé la toa-
lla húmeda para mojar me el labio inferior, que estaba parti-
do e hinchado.
Los restos de sangre y suciedad que se me habían acu-
mulado bajo las uñas me causaban dolor a la menor pre-
sión. Fijé la mirada en aquellas medias lunas de color rojo
oscuro que asomaban entre el esmalte descascarillado de
las uñas. No podía apartar la mirada.
Por lo menos, hasta que un mechón de pelo aterrizó
con un ruido seco en el lavabo aún húmedo.
El fluorescente barato parpadeó y emitió un destello
peligrosamente intenso. Aumentó todavía más el feroz
zumbido de la electricidad estática que notaba atrapada en
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
el cerebro. No entendía qué era lo que estaba viendo.
Aquel trozo pequeño y desgarrado de piel. La for ma en
que los cabellos se enroscaban sobre la porcelana mojada.
No era un mechón de pelo largo y oscuro.
Era rubio. Y corto.
«No es mío».
Abrí la boca, pero el gemido, el grito… se me quedó
atrapado dentro. Me tembló todo el cuerpo mientras abría
y cerraba desesperadamente los grifos, tratando de elimi-
nar la prueba, la violencia.
—Oh, Dios… Oh, Dios…
Arrojé la toalla mojada al lavabo vacío, me volví hacia el
váter y me dejé caer de rodillas. Me subían arcadas desde
el estómago, pero no salía nada. Llevaba días sin comer.
Doblé las pier nas bajo el cuerpo, sobre el frío suelo de
baldosas, y me obligué a pasar me las temblorosas manos
por el pelo para arrancar los nudos pegajosos.
No funcionaba… Necesitaba… Me levanté como pude
del suelo y cogí la toalla que había abandonado en el lava-
bo. Me restregué el pelo con ella y el cuarto de baño em-
pezó a dar vueltas a mi alrededor.
Cerré los ojos, pero solo vi otro lugar, otra arrolladora
ola de luz y calor. Extendí una mano, me aferré al toallero
vacío y lo utilicé como última tabla de salvación.
Al tocar el frío metal, una brusca descarga de electrici-
dad estática me recorrió el brazo y me erizó el vello. Cuan-
do me llegó a la nuca, un escalofrío de energía me atenaza-
ba ya la base del cráneo. Vi parpadear de nuevo la luz de
cuarto de baño, pese a tener los ojos cerrados, y supe que
debía soltar el toallero.
Pero no lo hice.
Tiré de aquel hilo plateado en mi mente, lo obligué a
recorrer mis nervios y los miles de senderos luminosos y
centelleantes de mi cuerpo. El calor, blanco y azul como el
interior de una llama, abrasó los oscuros pensamientos de
mi mente. Me aferré a la sensación de familiaridad que se
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
abría paso dentro de mí como un relámpago imparable.
Dentro de los muros, los cables emitieron un zumbido, sa-
tisfechos.
«Puedo controlarlo», pensé. Fuera lo que fuera lo que
había ocurrido, no había sido yo.
El olor a pladur carbonizado me obligó, finalmente, a
soltar la barra del toallero. Apoyé la mano en las marcas
chamuscadas que habían aparecido en el deprimente papel
de estampado floral, envié la energía lejos de los cables y
enfríe el aislamiento antes de que empezara a arder. El
mur mullo monótono de la televisión se interrumpió, solo
para regresar un segundo más tarde.
«Puedo controlarlo». En aquel momento, no me había
asustado, ni siquiera me había enfadado. No había perdido
el control.
No había sido culpa mía.
—¿Suzume?
Hacía pocos días que conocía a Roman y, durante ese
tiempo, su voz tranquila y serena solo había cambiado en
unas pocas ocasiones. De rabia, de preocupación, de ad-
vertencia. En ese momento, sin embargo, detecté un tono
hasta entonces desconocido. Casi como si hubiera per miti-
do, por una vez, que su miedo se trasladara a mi nombre.
—Tienes que venir a ver esto —dijo—. Ahora.
Me quité la blusa destrozada y la tiré al cubo de la basu-
ra. Luego me limpié la cara una vez más con la toalla empa-
pada, para después arrojarla también a la basura.
La camiseta de tirantes que llevaba no estaba tan des-
garrada ni sucia como la blusa, pero no servía de mucho
para proteger me del frío húmedo que escupía el aparato
de aire acondicionado instalado en la ventana de la habita-
ción. Caminé cojeando sobre mis tacones rotos, consciente
de que el desgarrón en la costura trasera de mi falda se ha-
cía cada vez más grande a cada paso que daba. No había-
mos tenido tiempo de deshacer nos de la ropa ni de encon-
trar algo más adecuado para viajar. En cierto modo, tenía
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
lógica que mi aspecto fuera tan deplorable como mi estado
de ánimo.
—¿Qué pasa? —pregunté con voz ronca.
Roman estaba justo delante de la tele y el pelo castaño
le caía sobre la frente. Había adoptado su postura habitual:
el puño apretado, los nudillos apoyados en la boca, las ce-
jas juntas en un gesto pensativo. Verlo allí, trabajando meti-
culosamente en algún plan, me resultó tranquilizador. Por
lo menos, algo estable en mitad de aquel caos.
No respondió. Ni tampoco Priyanka, que estaba senta-
da en la cama con la mirada fija en la pantalla de la tele. Le
había quitado la funda a una almohada y la estaba usando
para detener la hemorragia del corte que tenía justo enci-
ma del ojo izquierdo. Las mangas de su vestido amarillo de
seda estaban hechas jirones; el delicado tejido estaba em-
papado de sangre, sudor y algo más que sin duda era ga-
solina. El tatuaje en for ma de estrella que llevaba en la mu-
ñeca destacaba sobre su piel dorada. Sin apartar la mirada
de la pantalla parpadeante de la tele, usaba la mano libre
para recargar la pistola que había robado.
—Es… mira —dijo Roman con voz tensa al tiempo que
señalaba la pantalla con la barbilla.
La presentadora era una mujer blanca de mediana
edad. Llevaba un alegre vestido de color rosa que contras-
taba con su expresión adusta y preocupada.
—Los investigadores —decía— están peinando el lugar
de los hechos y continúa la búsqueda de la psi responsable
de la muerte de siete personas. La identificación de las víc-
timas mortales está resultando muy complicada…
«Las víctimas mortales».
La electricidad estática había regresado y me zumbaba
en los oídos. Por el rabillo del ojo vi a Roman volverse para
observar mi reacción: su mirada, de un azul gélido, no vaci-
ló en ningún momento, ni siquiera cuando la pantalla em-
pezó a encenderse y apagarse, siguiendo el ritmo de mi co-
razón desbocado.
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
Mi propio rostro me devolvió la mirada.
No… No. No podía ser. Las palabras que aparecían en
la parte inferior de la pantalla, el ángulo de la secuencia de
imágenes que reproducían una y otra vez… No podía ser.
«La muerte de siete personas».
—Necesito el teléfono —conseguí decir atragantándo-
me.
«He sido yo».
—¿De qué teléfono hablas? —preguntó Priyanka—. El
que te llevaste está muerto…
No tenía tiempo para tonterías.
—El que tú encontraste en el despacho del director, co-
sa que casualmente se te olvidó comentar nos. —Abrió la
boca, dispuesta a protestar, pero la interrumpí antes de que
pudiera decir nada—. Noto la carga de la batería en el bol-
sillo de tu chaqueta.
«Muertos». Todas esas personas…
Roman se volvió y se dirigió hacia el lugar en el que la
otra adolescente había dejado su destrozada chaqueta va-
quera, sobre el escritorio.
«No. Puedo controlarlo. No he sido yo. No he sido yo».
Apreté los puños. En el exterior del motel, las líneas
eléctricas me respondieron con un zumbido, como si qui-
sieran dar me la razón.
Yo no había matado a esas personas. Tenía que hablar
con alguien que me creyera, que estuviera dispuesto a de-
fender me. Si tenía que arrebatarle el teléfono a la fuerza a
Priyanka, lo haría.
—Venga ya —dijo Priyanka dirigiéndose a Roman—. Es-
to es absurdo. Sabes que puedo cerrar…
—Ni se te ocurra —le respondió Roman con brusque-
dad antes de pasar me el viejo teléfono tipo concha y dedi-
car me una larga mirada—. Dime que vas a llamar a alguien
en quien confías ciegamente.
Asentí. No albergaba ni una sola duda en mi mente.
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
Sin el apoyo de la lista de contactos de mi móvil, solo
me sabía tres números de memoria. También sabía que so-
lo en uno de esos números obtendría respuesta al primer
timbrazo. Me temblaban tanto las manos que tuve que
marcar el número dos veces, entrecerrando los ojos para
ver bien la pequeña pantalla en blanco y negro, antes de
pulsar el botón de LLAMADA.
Roman le lanzó una gélida mirada a Priyanka y ella co-
rrespondió con otra abrasadora. Sentí la necesidad de dar-
les la espalda: no soportaba su incertidumbre, ni quería
que ellos percibieran la mía.
El teléfono solo sonó una vez antes de que alguien des-
colgara.
—Hola, soy Charles… —dijo una voz agitada.
Las palabras me salieron a borbotones.
—No es verdad… lo que están diciendo. ¡No ha sido
así! Las imágenes hacen que parezca…
—¿Suzume? —me interrumpió Chubs—. ¿Dónde estás?
¿Te encuentras bien?
—¡Lo sabía! —exclamó Priyanka al tiempo que hacia la
señal de «Corten» con las manos—. ¿Has llamado a uno de
tus amiguitos del Gobierno? ¿Es que te han lavado el cere-
bro o qué? ¡Localizarán la llamada!
—Lo sé —le respondí en tono cortante.
Era un riesgo real, pero seguro que Chubs tenía algún
plan. Sabría con quién debía hablar yo. Lo sabía todo y
ahora, además, conocía a todo el mundo. Me lo imaginé
claramente en su oficina de Washington D. C., flanqueado
por un enor me ventanal y una espléndida vista del recién
ter minado Capitolio.
Pero también vi otras cosas. Las cámaras instaladas en
el techo, que controlaban hasta el último de sus movimien-
tos. El dispositivo localizador que lucía en la muñeca, como
si fuera un reloj. El personal de seguridad apostado junto a
su puerta.
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
Todos aquellos años diciendo «Sí, vale, de acuerdo» se
aceleraron y me atraparon de golpe. Me costaba respirar,
era demasiada la presión de aquel descubrimiento: la cer-
teza de lo rápido que cada acuerdo, por pequeño que fue-
ra, había desembocado en aquel momento.
—Tienes que calmarte y prestar atención a lo que estoy
diciendo —me soltó con brusquedad—. ¿Dónde estás? ¿Es
un lugar seguro? ¿Un escondite?
Una desagradable sensación se instaló en lo más pro-
fundo de mi mente, arraigó allí y me provocó un escalofrío
en la espalda. Las palabras me brotaron de repente y, por
mucho que yo intentara detenerlas, frenarlas y modelarlas,
me salieron sin sentido.
—Di a todo el mundo que no he sido yo. Lo intentó…
Aquellos hombres me atraparon antes de que pudiera
huir… No sé cómo… Fue un accidente… Legítima defensa.
Pero recordé la voz de Roman, el tono dulce que había
usado para hablar en la oscuridad del camión: «Para noso-
tros, no existe eso que llaman legítima defensa».
Y, de repente, esa verdad cristalizó a mi alrededor.
Legalmente, no podía reclamar nada. Eso lo sabía. Una
parte de mí había percibido el peligro en la nueva orden
cuando el Gobierno la había emitido, el año anterior, pero
me había parecido todo tan abstracto, tan… razonable.
Los psi podían aprovechar sus aptitudes como si fueran
ar mas, sacando su lado letal. En cualquier situación, el
equilibrio de poder entre los psi y los que no lo eran sería
desigual. El Gobierno había promulgado leyes para impedir
que nos convirtiéramos en objetivos o en víctimas de per-
secución. Nos beneficiábamos de una protección especial.
Lógicamente, era justo que los demás también se benefi-
ciaran de protección legal. Yo misma lo había presenciado
en muchas ocasiones. No todos los psi tenían buenas inten-
ciones y, desde luego, nunca escaseaba la rabia por la for-
ma en que se nos había tratado en el pasado.
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
Nos movíamos todos los días en esa frontera inestable
entre el civismo y la cooperación con el gobierno provisio-
nal. La única posibilidad era trabajar juntos, porque la otra
opción no era en realidad una opción. No podíamos per mi-
tir que las cosas se precipitaran de nuevo hacia el caos. Eso
obligaría definitivamente al Gobierno a actuar y la cura ya
no sería una elección, sino la única for ma de reclamar nues-
tro futuro. Y ese era, precisamente, el indicador de que las
cosas habían ido demasiado lejos…, esa era la línea en la
que todos nos habíamos puesto de acuerdo, años atrás.
El pulso me latía desbocado de nuevo y el sudor me
chorreaba otra vez por la nuca.
Chubs habló con mucha tranquilidad y su orden sonó
muy clara:
—Tienes que conducir hasta la comisaría de policía o
punto de control más cercanos y entregarte. Deja que te
esposen, para que se convenzan de que no les vas a hacer
daño. Lo único que quiero es que estés a salvo. ¿Lo entien-
des?
Me costó un gran esfuerzo pronunciar la palabra.
—¿Qué?
Se me encogió el cuerpo entero ante la idea de entre-
gar me, de per mitir que me esposaran y se me llevaran. No
tenía sentido. Él ya sabía lo que era estar atrapado tras una
valla de alambre de espino, a merced de guardias y solda-
dos que nos odiaban tanto como nos temían. Me prometió
—todos nos prometieron— que, pasara lo que pasara, nun-
ca jamás tendríamos que vivir otra vez algo así.
El plástico se agrietó, a modo de protesta por la fuerza
con que lo estaba sujetando. Traté de mantener la mirada
enfocada en el cuadro de la pared, pero se volvía borroso
una y otra vez.
«No dejaré que me cojan».
—La situación es grave —dijo eligiendo las palabras con
mucho cuidado—. Es muy importante que escuches con
mucha atención lo que te estoy diciendo…
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
—¡No! —exclamé. La garganta me dolía mientras pro-
nunciaba las palabras—: ¿Se puede saber qué coño te pa-
sa? Quiero hablar con Vi… ¿dónde está? Dile que se ponga
al teléfono… ¡O llámala tú, me da igual!
—Está en una misión —dijo Chubs—. Tienes dos opcio-
nes, Suzume: quedarte donde estás y decir me dónde te en-
cuentras, o buscar el camino para llegar a algún lugar segu-
ro en el que puedas entregarte.
Apoyé la mano en los ojos y la noté gélida. Respiré con
dificultad.
—¿Me has entendido? —dijo Chubs en el mismo tono
comedido que utilizaba cada vez que le pedían que hablara
en una sesión del Consejo.
Así eran nuestras vidas ahora, ¿no? Constantes. Esta-
bles. Sumisas. No se nos per mitía enfadar nos, ni amenazar,
ni siquiera ser concebidos como una amenaza.
Por primera vez en mi vida, en todos los años desde
que lo conocía y amaba, odié a Charles Meriwether.
Pero un segundo más tarde, entre el zumbido de la ra-
bia que se había apoderado de mi mente, escuché lo que
quería decir.
«Un escondite».
«Busca el camino para llegar».
«Lugar seguro».
«¿Me has entendido?».
Roman me rozó el hombro con los dedos y noté una pe-
queña descarga de electricidad estática. Me volví a mirarlo
y él me lanzó una mirada de disculpa mientras señalaba el
teléfono. Tras él, Priyanka ni siquiera se molestó en disimu-
lar un gruñido de frustración.
—Vale —dije—. De acuerdo. Entendido.
Tenía razón. No sé por qué no se me había ocurrido
hasta entonces. No estaba muy lejos del lugar que Chubs
me había insinuado. Si podía esquivar las cámaras y los dro-
nes que vigilaban las carreteras, solo tardaría medio día en
llegar hasta allí. Puede que menos.
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
«¿Te reunirás conmigo?». Las palabras se me fueron es-
curriendo en la mente, cada una más débil que la anterior.
«¿De verdad te importo?».
Antes de que alguno de los dos pudiera añadir algo,
pulsé la tecla COLGAR.
Priyanka estiró sus largas pier nas y prácticamente saltó
de la cama para arrebatar me el teléfono de las manos. Lo
hizo añicos y le quitó la batería y la tarjeta SIM mientras
mur muraba:
—Usar mi último teléfono para llamar al puto Gobierno.
Lo que tú necesitas no es ayuda, lo que necesitas es que te
reprogramen de cero. O mejor, que te «desprogramen».
—¿Quién era? —preguntó Roman con una mirada pe-
netrante—. ¿En qué estás «de acuerdo»?
Los últimos días habían estado a punto de acabar con-
migo de mil modos distintos. Pero si algo sabía hacer, era
reprimir el miedo el tiempo necesario para seguir sobrevi-
viendo.
En la oscuridad, solo es necesario ver hasta dónde al-
canzan los faros. Mientras se pueda seguir adelante, es sufi-
ciente.
—Necesito un coche —les dije muy tranquila.
Me dirigí hacia las ventanas del motel y aparté la cortina
para analizar nuestras opciones. No podía utilizar el mismo
que habíamos robado antes. De todas for mas, el motor de
la camioneta estaba en las últimas y seguro que ya casi no
le quedaba gasolina. Imposible que pudiera llevar me hasta
donde yo quería ir.
Pero robar un coche del aparcamiento, o de por allí cer-
ca… No soportaba sentir de nuevo esa desesperación.
Puede que me hubieran etiquetado como una asesina, sí,
pero eso no me autorizaba a cometer un delito de verdad.
—¿«Tú» necesitas un coche? —preguntó Priyanka ar-
queando una ceja—. ¿O «nosotros» necesitamos un coche?
Me volví de nuevo hacia ellos, mientras apoyaba una
mano en mi clavícula. Repasé con los dedos el borde irre-
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El legado más oscuro Alexandra Bracken
gular de la nueva costra que se me había for mado allí. Tal
vez ese fuera el motivo de que no me hubiera per mitido a
mí misma considerar todas las opciones de las que disponía
y que no hubiera ido directamente hacia allí: desde el mo-
mento en que todo había explotado, no había pasado ni un
solo segundo alejada de ellos dos. Aquel lugar era secreto
por algo, incluso para muchos psi.
—Vosotros no estáis implicados —les dije—. No os han
visto la cara, ni saben vuestro nombre.
—Ya, pero… ¿hasta cuándo?
Priyanka me sacaba bastantes centímetros y, en parte,
yo envidiaba la confianza y el carácter que al parecer le
confería su estatura, incluso cuando dejaba a un lado su es-
candalosa voz y hablaba en un tono más parecido a un su-
surro. Incluso cuando parecía que le había pasado un ca-
mión por encima.
Lo cual…
Hice una mueca. Lo cual era básicamente cierto.
—Esa gente… quienes sean los que lo han hecho… está
claro que saben lo que hacen. Necesitas nuestra ayuda.
Priyanka hizo un gesto en dirección a la tele, y con una
sola mirada sobrecargué los circuitos e inundé de electrici-
dad el aparato. Las sangrientas imágenes desaparecieron
tras un inquietante chasquido.
—Sí, vale, eso ha sido muy espectacular, pero es una
lástima desperdiciar una tele en perfecto estado que po-
dríamos haber cambiado por dinero para gasolina. En fin,
tú sabrás —dijo Priyanka—. El problema es que no creo ha-
ber escuchado ningún argumento en contra.
El problema era que ella pensara que teníamos que dis-
cutirlo todo.
—No me pasará nada —insistí—. Sois libres de largaros
cuando os dé la puta gana.
Roman frunció el ceño. Levantó una mano en mi direc-
ción, pero volvió a dejarla caer antes de tocar me el hom-
bro.
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FIN DEL FRAGMENTO
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