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Roles de Género en Mitología Muisca

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UNIVERSIDAD NACIONAL DE LAS ARTES

DEPARTAMENTO DE ARTES VISUALES PRILIDIANO PUEYRREDÓN

ESPECIALIZACIÓN EN LENGUAJES ARTÍSTICOS COMBINADOS

MATERIA: Mito, celebración y ritual

DOCENTE: María Rosa Figari

ROLES DE GÉNERO EN LA MITOLOGÍA MUISCA

ESTUDIANTES:

Andrea Martínez Gómez

Luz Ángela Rodríguez Ribero

Final

2019
Los muiscas son un pueblo indígena, habitantes del altiplano cundiboyacense desde el siglo VI
a.c en lo que se conoce hoy como Colombia. En la actualidad, sus descendientes directos viven
en los departamentos de Cundinamarca, Boyacá y parte de Santander, entre los que se encuentra
una pequeña población organizada en cabildos indígenas en la ciudad de Tunja, y en diferentes
localidades de Bogotá, como Suba, Bosa, Usme y Fontibón, al igual que en municipios vecinos
como Chía, Cota y Sesquilé.

Para abordar los roles de género reflejados en la mitología muisca podemos indagar en las
crónicas hechas en la época de la colonia, que han llegado hasta nuestros tiempos con claros
sesgos cristianos. De las que sin embargo se pueden extraer informaciones valiosas sobre los
roles femeninos y masculinos, para cuyo análisis compararemos los mitos que explican el origen
del mundo y la humanidad para los muiscas; relatos que rigen todos los aspectos de la vida
indígena y en los que se advierte el contrapunto entre estos dos géneros, que en un contexto
cosmológico se relacionan con los astros del día y de la noche.

El sol y la luna aparecen como símbolos dominantes entre los muiscas. A través de ellos se
realizaba el ordenamiento del tiempo y el espacio, que trascendía a las tareas cotidianas a través
de relatos míticos. Eliade (1991) citando a Malinowski lo sintetiza así:

“el mito no es una explicación destinada a satisfacer una curiosidad científica, sino un
relato que hace revivir una realidad original y que responde a una profunda necesidad
religiosa, a aspiraciones morales, a coacciones e imperativos de orden social, e incluso
a exigencias prácticas. En las civilizaciones primitivas el mito desempeña una función
indispensable: expresa, realza y codifica las creencias; salvaguarda los principios
morales y los impone; garantiza la eficacia de las ceremonias rituales y ofrece reglas
prácticas para el uso del hombre”.1

Debido a que dependían del conocimiento de la naturaleza, de la periodicidad de sus ciclos y de


cómo anticipar sus transformaciones para subsistir, los muiscas se apropian del territorio, sus
dinámicas naturales y el entorno socio-político a través de los mitos, entendidos como una
historia verdadera, que hace referencia a realidades y dicta modelos ejemplares para las

1 Eliade, Micea. Mito y realidad. (1991). Barcelona. P. 13


actividades humanas. Para comprender esta realidad mítica de los muiscas, presentamos
fragmentos de su cosmovisión para ser analizados:

Se dice en las crónicas, que para los muiscas en el inicio era todo oscuridad, y la luz estaba
metida dentro de Chiminigagua, al que se le otorga el poder creador por su cualidad iluminadora,
que está relacionado con el sol y por tanto con lo masculino, es la luz inseminadora que da lugar
a la cosmogénesis. Una vez disuelta la oscuridad y creado el universo, el sol envía a
Chimizapagua como mensajero, también conocido como Bochica, identificado como un hombre
anciano con un propósito civilizador que a lo largo de la cultura muisca recibe los nombres de
Nemterequeteba, Xué, e incluso Cuchaviva.

Por otro lado, la luna, el astro que ilumina la noche, que a diferencia del sol tiene un ciclo donde
crece, decrece y desaparece tres noches cada mes, se relaciona con las etapas de la fertilidad
femenina, es asociada con Bachué y el ciclo de la vida. El mito más extendido sobre la
antropogénesis muisca, relata cómo ella emerge de la laguna de Iguaque con un niño pequeño en
sus brazos, que cuando se vuelve hombre la desposa, y con el que viaja y se reproduce por toda
la tierra poblándola, para luego regresar viejos a la laguna nuevamente. En otros relatos
recogidos por Fray Pedro Simón, se cuenta que entre los nombres con los que identifica a esta
mujer está el de Chía, caracterizada como una mujer hermosa que vino después de Bochica a
persuadir a la gente de vivir una vida entregada a los placeres, la borrachera y la malicia. A la
que el mismo Bochica castigó convirtiéndola en la luna.

En la antropogénesis muisca existen otras versiones donde se establece la relación del sol y la
luna como pareja celestial, que da origen a este pueblo gracias a un fecundo vínculo entre una
pareja representada por el matrimonio de estos dos astros. Así, a lo largo de la mitología se
puede encontrar el contrapunto entre la energía solar, lo masculino, y la energía lunar y
femenina, que a su vez otorgan poderes procreativos representados en: las entidades femeninas
como Bachué con “la fertilidad de las fuentes de vida y los ciclos de la naturaleza” 2, que se
relacionan con la periodicidad de las fases lunares y el incesto que insinúa una autofecundación
de la madre de la humanidad; y entidades masculinas como Bochica con la perpetua incidencia
de la luz solar, símbolo de poder inseminador, y representación de constante poder político. En

2 Correa Rubio, François. El sol del poder. Simbología y política entre los muiscas del norte de los andes. (2004)
Bogotá. P. 53
esta mitología se adora al sol y la luna, ya que además de considerarse descendientes de ellos,
estas dos entidades son los ordenadores de la naturaleza, de las personas y por tanto de sus
comportamientos y sus cultos, atribuyéndose a Bachué las normas sociales y a Bochica las
políticas, expresando así de una manera simbólica las transformaciones de la naturaleza y la
sociedad en el mundo muisca.

La división del trabajo y valoración social de los géneros de cada cultura están profundamente
ligadas a la mitología, que dicta las normas sociales, a través de la función sociológica y
pedagógica, siendo algunas de las funciones del mito que identifica Campbell. Además de las
crónicas, los investigadores se han valido de otras disciplinas como la arqueología, que a través
de la cultura material ha intentado comprender las representaciones de los géneros, la división
social del trabajo y la estratificación; pero como anota Castro (2005) el sesgo occidental de los
investigadores influye en la percepción de la valoración social que podían tener estas culturas
sobre su organización social y política, por ejemplo considerar los oficios “domésticos” como de
menor valor, haciendo corresponder erróneamente la cultura muisca con la actualidad de
occidente; o la división binaria de los géneros, naturalizando una división sexual del trabajo o el
juzgamiento de esta cultura como matriarcado, por no poseer una posición subordinada del
género femenino.

Entidad femenina

La primera idea general que se evidencia en la mitología de la cultura muisca es la predominante


presencia de la figura femenina íntimamente relacionada con la fecundidad. La gran figura es
Bachué, una mujer que emerge de la laguna de Iguaque junto con un niño, que al crecer se
convertirá en su esposo y junto a él poblarán el mundo muisca. Este mito contiene una gran
variedad de funciones desde ilustrar el ciclo de la antropogénesis que pasa por la vida
intrauterina del niño a la madurez sexual y el regreso al más allá, anunciar el poder procreador de
la mujer e incluso instaurar los cuerpos de agua como lugares de reposo de sus ancestros, y por
tanto, lugares de culto. La fecundidad femenina encarnada en Bachué también está vinculada con
la agricultura, otorgándole presuntamente a la mujer un papel determinante en la organización
social indígena, pues de esta actividad dependía la alimentación básica. Esto da cuenta de la
importancia de lo femenino en la sociedad muisca, ciertamente diferente del patriarcado pero sin
poder asegurar un equilibrio; pese a que los cronistas aseguran un orden matriarcal, al advertir
características diferentes de las europeas que otorgaban importancia social a las mujeres muiscas,
esto ha sido desmentido en la actualidad pues los hombres nunca estuvieron valorados de forma
inferior a las mujeres.

Tradicionalmente se ha considerado que al ser la mujer una imágen de fecundidad, es la


encargada de cuidar la tierra que necesita ser fecundada, mientras el hombre se dispone a la caza,
la pesca y la guerra, lo cual trae consigo una división funcional del trabajo. La antropología ha
juzgado esta división como natural, aunque ahora se ha develado como una construcción social,
que es proyectada sobre civilizaciones anteriores a partir del sistema de valores culturales que se
han perpetuado en el mundo occidental. Por otro lado, respecto a la fecundidad se ha considerado
que al ser la mujer fuente de la cual nacen los hijos, inspiraba atracción y miedo al hombre
debido al misterio de sus funciones biológicas que permitían divinizarla, por lo cual podía ser
común ignorar la participación del padre en la procreación, - aunque no hay registros en las
crónicas que visibilicen el rol que ejerce el hombre como padre, porque se puede advertir que no
era un tema trascendental para los cronistas desde su visión occidental -, esto permite darle una
preeminencia social a la mujer, como se evidencia en el mito de Bachué, la madre gestadora de
la humanidad, que pobló al mundo con su progenie y enseñó los preceptos sociales de
convivencia para conservar la paz y orden entre las gentes de su cercado.

Correa (2005) afirma que Bachué es la madre ancestral, pero el padre de la humanidad según el
mito, es hijo de la madre, lo que sugiere una autofecundación de la madre, desplazando la
participación del género masculino. Aunque existen al menos dos mitos más que hablan de la
antropogénesis, en las tres versiones se ve emborronada la figura paterna. En otra versión del
mito se establece a los astros directamente como los padres de la humanidad, identificando a
Hunza como el sol y a Sogamoso como la luna, en este caso luna es hermano de la madre del sol,
nuevamente se enfatiza una relación incestuosa que va por vía de la madre. Carbonell (1993)
anota que se ha llegado a considerar que los indígenas desconocían el papel del hombre en la
fecundación, incluso consideraban que los hijos eran “la reencarnación de larvas ancestrales que
flotaban en torno de ciertos árboles y rocas, para luego descender al cuerpo de la mujer” 3,
entonces se percibía este como un poder exclusivamente femenino. Aunque Sanchez-Fernandez
(1971) señala que en la “lengua muisca el vocablo b-xi-scua significara cohabitar y parir,

3 Carbonel Nora. Mujer y Mitología. La mujer en la mitología indígena colombiana. Pag - 24


presume el reconocimiento de una relación directa entre ambos actos” 4, lo que devela la
variedad de interpretaciones que dan los investigadores debido a que la información proviene de
la observación desde otra cultura y no a la mirada de los muiscas sobre sí mismos.

El relato sobre Bachué explica la antropogénesis como transición de la indiferencia natural al


orden social, de las nieblas a la ordenanza y las ceremonias, la paz y la conservación entre sí, la
guarda de los preceptos y leyes que les había dado, en especial en orden al culto de los dioses. El
relato describe el poder procreador de la mujer, su gestación de la humanidad y la instauración
del rito que se realizaba en las aguas para memoria de los hechos primordiales y reactualización
de sus poderes procreativos. La transición que realiza Bachué desde dentro del agua hasta afuera
del valle sugiere su paso desde el más allá hacia la tierra, inaugurando el culto en las aguas a los
dioses, surgiendo y retornando de la laguna, que se extenderá con ceremonias en cuerpos de
agua, donde los astros proyectan su reflejo, como la laguna de Guatavita y el rio Bosa (Correa
2015), que además eran el sitio de enterramiento de los caciques por considerarse umbrales del
cosmos. Además de un par de cerros que los muiscas adoraban, porque representaban a la mujer
y su hijo, que se encontraban alrededor de sus asentamientos, protegiendolos. Estos cerros
poseían cuevas en las alturas, que se identificaban como umbrales por donde los antepasados
iban al más allá.

Se habla de Bachué como Chía, en algunos textos recogidos, otra figura mitológica femenina,
que representa el desorden social invitando a los pueblos al placer, la borrachera y el ocio,
disipando las enseñanzas de la religión; por lo que Bochica la castigó convirtiéndola en la luna.
De este último relato se sospecha que los cronistas estigmatizan a la mujer creadora, por su
dedicación al placer y tergiversaron sus enseñanzas para difundir la doctrina donde el padre fuera
la figura central, develando su parentesco con el cristianismo. También se dice que Chibchacum,
dios de la tierra, agraviado por las enseñanzas perversas de Chía decide castigar al pueblo muisca
juntando los ríos Tibitó y Sopó, inundando la sabana de Bogotá. Esta diosa lunar que controla las
aguas, es por tanto la responsable de la inundación. En este momento aparece nuevamente
Bochica para salvar a la humanidad y castigar a Chía, algunos cronistas afirman que la convirtió
en la luna y otros dicen que fue transformada en lechuza, otra encarnación de la luz nocturna. A
partir de dichos relatos, con sus distintas versiones se pueden distinguir entonces tres facetas de
4 Sanchez-Torres, Fernando. Algunas costumbres ginecobstétricas en la era prehispánica. (1971) Bogotá. P. 327
la figura femenina en la cultura muisca: la madre creadora, la portadora de la fertilidad, y
finalmente, símbolo de la maldad y rebeldía.

Dentro del orden social, que Castro (2005) recoge de Pérez de Barradas, se anotan características
de la vida de las mujeres muiscas que se distancian de las costumbres de occidente y que están
relacionadas con el valor que tiene lo femenino en la mitología; como al poseer, en la soltería, el
libre manejo de su sexualidad dictando que la mujer debía empezar su vida sexual antes de
casarse, y debía ser de manera voluntaria, pues tenía pena de muerte quien forzase a una mujer
soltera a tener sexo; además si la mujer moría durante el parto, el esposo estaba obligado a
indemnizar a la familia de la mujer con la mitad de sus riquezas, según el código de Nemequene,
una manifestación oral que establecía reglas de comportamiento y sanciones a delitos, anterior a
la época de la colonia; así mismo establecia que la mujer le imponía a su esposo un tiempo de
celibato al fallecer ella, con un máximo de cinco años. Además, la mujer del cacique tenía la
potestad de azotar al marido, como modo de castigo por delitos que gracias a su rango no tenían
otra sanción punitiva, en compañía de las otras mujeres que tenían los caciques, ya que podía
tener cuantas concubinas pudiera mantener.

Entidad masculina

La figura masculina predominante es la de Bochica, encarnación solar, ungida con el poder de


Chiminigagua, identificado con gran variedad de nombres, esta entidad es señalada como un
extranjero que viene a impartir civilización y cultura entre los pobladores del mundo muisca,
instaurando nuevos ritos y modificando costumbres. Los relatos resaltan su imagen de extranjero,
hombre de avanzada edad, de largos cabellos y blancas barbas, descalzo, que se ayudaba con un
bordón de oro y vestía una túnica blanca sin cuello hasta las pantorrillas, con un tocado de
plumas y brazaletes en los brazos. Por esta imagen de extranjero los cronistas lo asociaron con
occidente, haciendo de este personaje mítico el más documentado pero así mismo el que mayores
falsificaciones y añadidos sufrió en las crónicas. No se puede desconocer el parecido que
sugieren los cronistas con la historia de Cristo, un hijo enviado por el creador de todo, que viene
a castigar y civilizar los pueblos.

Bochica tenía el poder de manejar las lluvias, los vientos, la sequedad y su efecto sobre las
personas, enfermedades, cultivos y casas. Se lo considera como el primer cacique, iniciando un
linaje que irradia su poder a los caciques siguientes, logrando que el poder religioso instaure y
respalde el poder político, que dicen mantener el control sobre la naturaleza, la sociedad y la
cultura. Este poder inseminador y político del sol, también se encuentra en otros relatos, como el
que cuenta que la hija de un cacique del pueblo de Guachetá quedó preñada por el sol, dando a
luz una esmeralda grande, que luego se volvió criatura, conocida como Goranchachá, que más
tarde sería un cacique de gran poder que gobernó con tiranía, otro ejemplo de la relación entre el
poder religioso y el poder político.

El camino que Bochica transcurre en las tierras muiscas impartiendo sus enseñanzas está
relacionado con el sol, aparece por el este, se desplaza entre las gentes y una vez realizada su
obra se hace invisible, muere, o se recoge en las cuevas de las sierras, según otros, que también
aparecen registradas como lugares de culto. Su desplazamiento recorría los ríos Bogotá y
Sogamoso, los cursos de agua más importantes donde se asentaba la población, por tanto, a
través del mito se delinea la orientación del territorio, la hidrografía y la orografía, señalando
además los epicentros ceremoniales. Se dice que vino de las llanuras orientales y desde el sur del
altiplano “tomó el camino de los ejes fluviales y se desplazó por los pueblos del borde de la
sierra occidental hasta alcanzar el templo de Sogamoso, al norte, que marca el fin de su
cometido reemplazando su abrigo en las cuevas de las sierras que circundan los valles
altiplánicos donde el civilizador había pernoctado”5.

Bochica aparece en algunas crónicas como parte de la cosmogénesis, mientras que en otros
relatos llega a la vida de los muiscas cuando Chibchacum enfurecido castiga a los indígenas por
vivir bajo los preceptos enseñados por Chia, desviando los ríos Tibitó y Sopó, llenando la sabana
de agua y desplazando a los pueblos a las alturas, arruinando los cultivos, provocando hambre y
muerte por la escasez de alimentos y abrigo. La población empezó a realizar sacrificios y
ofrendas para Bochica, que atendió el llamado una tarde, lanzado un gran trueno sobre la serranía
del Tequendama, sobre el que apareció el Cuchaviva, arcoiris, y con él, Bochica, que llamó a
caciques y sacerdotes, evidenciando nuevamente la relación del orden político y la energía solar.
Para ayudarlos Bochica lanzó su bastón de oro contra la serranía, abriendo un boquerón entre las
rocas para dejar salir las aguas, creando la cascada conocida como el salto de Tequendama.

5 Correa Rubio, François. El sol del poder. Simbología y política entre los muiscas del norte de los andes. (2004)
Bogotá. P. 37
A partir de este momento, este hombre que existió mil cuatrocientos años antes de la llegada de
los invasores europeos, que en las crónicas es registrado como un hombre blanco, anciano, de
cabello largo y barbas canosas, se dedica a impartir sus conocimientos por el mundo muisca,
enseñando nuevas artes y oficios, como el hilado, tejido y la pintura en mantas y rocas,
impartiendo rituales y cultos nuevos. Rozo (2016) dice que también estableció la diferenciación
de vestidos, de mantas finas y pintadas para caciques, sacerdotes y guerreros; y mantas blancas y
ordinarias para agricultores, artesanos y mineros.

Con esta entidad divina se establecen cambios sociopolíticos, se profundiza la división social del
trabajo y se dispone una diferenciación entre élites dominantes y subordinadas en las
comunidades. El poder político sacralizado por intermedio de Bochica, como representante del
culto solar, transforma la organización social, económica, cultural y religiosa que se traduce al
abandono de la tradición que se presume más o menos igualitaria, para dar inicio a una etapa de
dominación patriarcal, caracterizado por las conquistas territoriales, el pago de tributos a la clase
dominante y la concentración del poder mágico-religioso en los sacerdotes y chamanes.

Se dice que la descendencia de los caciques es un sistema de filiación matrilineal, por que el
heredero del cacique debía ser hijo de una hermana suya, pero si se analiza detenidamente esa
era la forma de garantizar que el heredero estuviera emparentado con el cacique, dudando de la
fidelidad conyugal de la esposa principal, que era castigada con la muerte al ser probado el
adulterio, según el Código de Nemequene. El control no era ejercido por la mujeres sino por los
hombres, así la descendencia siga la línea materna. Así pues, vale la pena destacar que las
relaciones de matrimonio no se pueden calificar de poligamia, sino de poliginia, porque aplicaba
solo al hombre, que se casaba con la primera mujer y se unía libremente con las concubinas.
Además esta poliginia está relacionada con la capacidad económica de los caciques más que con
el papel reproductivo de las concubinas, que se evidencia como una monopolización de las
mujeres y de su fuerza de trabajo, tratándolas como instrumento de producción y no de
reproducción.

Conclusión

La mitología que hemos revisado cumple con las cuatro funciones enunciadas por Campbell,
cosmológica, mística, sociológica y pedagógica, que proyectan los roles de género en la sociedad
muisca. En algunas narraciones, la unión de los astros primigenios que habitaban en el
firmamento dió origen a todo el universo. Así, el sol y la luna crearon la sociedad y la naturaleza,
y de ellos dependía la estabilidad de las aguas, la civilización y la vida. Haciendo énfasis en la
función cosmológica, se responde a la creación y origen de todas las cosas, a través de una
explicación mítica se resuelve la existencia del universo. Así mismo aparece la función mística, a
través de estos relatos que exaltan la creación y todas las fuerzas internas del universo.

Bochica y Bachué, son la encarnación de estos dos astros en la tierra, y actuaron como los
ordenadores de la sociedad y la naturaleza, los civilizadores de las gentes. Estos personajes
míticos establecen la función pedagógica, recompensando lo deseable y castigando lo indeseable,
e instaurando costumbres por imitación de los dioses. Y así mismo, la función sociológica, que
fundamenta y valida el orden social en el que se basa la cultura muisca.

En los relatos anteriormente mencionados se puede apreciar una simbología de la luminiscencia,


en donde los astros son referentes de poder, cuya estabilidad y variabilidad son asociados a
transformaciones que ejercen en la naturaleza, a través del clima. En estas transformaciones
Bochica es representación del perpetuo poder procreador de la luz solar, a su vez asociado con el
tiempo seco, con el poder de controlar la naturaleza, las lluvias, el viento y las sequías, también
relatado cómo el desinundador de la sabana. Mientras Chía, la representación de la periodicidad
lumínica nocturna, es la causante del descontrol de las aguas y la inundación de la sabana. Por
tanto, se hace evidente que el conocimiento de las transformaciones de la naturaleza guiada por
el comportamiento de los astros les permitía predecir las épocas del crecimiento de las lluvias, y
con ellas del caudal de los ríos, humedales y lagunas, así como, los tiempos de sequía con el
estiaje de los caudales de agua; que posibilitaba el desarrollo de las tareas económicas y sociales.

A través de los astros se hace una representación simbólica del comportamiento de los géneros,
que se reflejan como opuestos y complementarios. Del lado solar, Bochica como representante
de la perpetuidad de la luminiscencia solar, poderosa y procreadora, por tanto asociado con el
imperecedero poder político. Y Chía, del lado lunar, sujeta a la periodicidad que caracteriza al
astro de la noche, vinculada con los ciclos de la naturaleza.

Sin embargo, los géneros corporizados también encuentran su transformación en el opuesto. Para
el poder lunar y femenino, está Bachué, madre de la humanidad, profeta del culto de los dioses,
preceptos y leyes que ha enseñado a los muiscas; contrario a Chía que los exhorta a abandonar el
culto y los atrae hacia el placer y el ocio, el desorden social que se traduce al descontrol de las
aguas. Mientras que con el poder masculino se representa la estabilidad simbólica en Bochica,
Chibchacum que inunda las tierras, y Goranchachá, cacique que provenía de la inseminación del
sol a la hija del cacique de Guachetá, que abusó del poder y gobernó con tiranía, imponiendo
tributos e incitando al desorden del culto de su padre sol, por lo que le impidió tener hijos.

Es claro que los símbolos dominantes a través de los cuales se representa la templanza del clima,
las aguas y la relación conyugal entre hombre y mujer son el sol y la luna. Pero en la mitología,
como se ha comentado con anterioridad, no sólo los astros se casan entre sí, sino cómo las
gentes, cometen adulterio e incesto, o se ven sujetos a transformaciones, como por ejemplo: el
sol que se asocia con el control de las aguas, también puede producir la sequía y esterilidad de
las tierras y, la luna que es la representación de la templanza y periodicidad de las aguas, también
puede ser la causante de las inundaciones. Se podría concluir que “la mitología nos describe
como propio de las construcciones conceptuales no sólo la regularidad y persistencia de la
naturaleza y la sociedad, sino cómo una y otra están sujetas a transformaciones”6.

Siguiendo a Castro, también se puede concluir que los análisis antropológicos y arqueológicos
han estado plagados de parcialidades ideológicas, que pretenden hacer coincidir la sociedad
estudiada con las sociedades occidentales que tienen una composición patriarcal. Además de
estar influidos por los únicos textos que se construyeron en la colonia: las crónicas, hechas desde
una visión cristiana y patriarcal que sesga la información que llega hasta nuestros días. Estas
culturas indígenas no se describieron a sí mismas, por tanto toda la información que tenemos se
limita a la mirada de otra cultura frente a ellos y a los restos materiales, que también han sido
clasificados con prejuicios occidentales de roles de género. No conocemos la valoración social
sobre los trabajos domésticos y políticos, aunque apresuradamente se juzga desde nuestra visión
ideológica. En una revisión más detallada se pueden encontrar dentro de las figuras
antropomorfas en laminillas de oro, llamadas tunjos, un amplio espectro de representaciones de
género, en algunos acentuando los genitales de los dos sexos biológicos y en otros sin rasgos
sexuados o combinaciones como genitales masculinos y rasgos secundarios femeninos; lo que

6 Correa Rubio, François. Sociedad y naturaleza en la mitología Muisca. (2005) Bogotá. P. 217
lleva a la autora a preguntarse por la representación y reconocimiento de intersexos en esta
civilización. Como ejemplo se muestran dos tunjos, donde se representa el género de una forma
no occidental:

Mujer con “senos” Hombre con “senos”

Además se identifican en estos tunjos roles desempeñados por mujeres que no se registran en las
crónicas, entendiendo que la división sexual del trabajo es un hecho cultural y no natural como
se ha querido hacer ver, y está relacionado más con otras nociones como la edad, la
estratificación social, la habilidad técnica en las labores, entre otras. Además se juzgan como
domésticas algunas manufacturas que pudieron tener gran importancia dentro la economía
muisca. También se encuentran tunjos femeninos que poseen características que han sido
identificadas como distintivas de los guerreros, como la “cabezas-trofeo” e incluso armas de
guerra.

Mujer con “cabeza-trofeo”


Mujer con escudo

Castro (2005) también advierte que en las crónicas las mujeres han sido mencionadas sólo desde
la pubertad y desde un punto de vista androcéntrico, donde se conoce su condición y posición
social a través de sus relaciones de matrimonio o parentesco; mientras que los hombres están
descritos en términos de la organización política y religiosa, lo que tiene implicaciones en las
lecturas que los antropólogos hacen de esta cultura, al no poseer más informaciones sobre los
roles de las mujeres en esferas públicas como la política y de los hombres en esferas privadas
como la paternidad. La autora siguiendo a Moore revela que se han interpretado las relaciones
asimétricas entre hombres y mujeres de estas culturas como las relaciones de jerarquía que los
dos sexos biológicos tienen en la sociedad occidental; juzgando la organización social muisca de
una forma opuesta a la sociedad patriarcal, al percibir una posición que no era completamente
subordinada por parte de las mujeres muiscas, no se reconoce en términos más equitativos sino
contrarios, atribuyéndole el sometimiento de los hombres a un régimen matriarcal, cuando ya se
ha evidenciado que no era así.

Sin embargo, estas relaciones complejas entre los géneros se advierten en los mitos recogidos
por los cronistas, pese al intento de estos por emparentar las reglas sociales de la civilización
muisca con sus creencias y tradiciones europeas de tipo patriarcal, se puede distinguir una
sociedad que no es de tipo matriarcal, pero que se revela un poco más equilibrada en lo que
respecta a la importancia social de la mujer. Incluso apoyándose en el análisis de las piezas
arqueológicas, donde se advierten participaciones de mujeres en roles que escapan del
estereotipo impuesto en actividades sociales, que tradicionalmente se han naturalizado como
propias del género masculino. La complejidad de entender la valoración social de los géneros y
la distribución de las actividades utilizando otras variables diferentes al sexo biológico, obedece
a la inexistente evidencia escrita que pueda apoyar estas teorías, porque la información se ha
recopilado desde los estereotipos de géneros y modelos culturales conocidos que se proyectan
sobre la sociedad muisca, que no tiene producción escrita sobre sí misma.

BIBLIOGRAFÍA.
Campbell, Joseph. El poder del mito. (1991) Emecé Editores. Barcelona.

Carbonell, Nora. La mujer en la mitología indígena colombiana. (1993). Revista Chichamaya


(10). Barranquilla.

Castro Sánchez, Ana María. El género como expresión simbólica.Un estudio iconográfico
sobre los tunjos muiscas. (2005) Boletín Museo del Oro, No. 53. Bogotá: Banco de la República.
Obtenido de la red mundial el 18 de marzo de 2019.
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los andes. (2004) Revista colombiana antropología vol. 40. Bogotá.

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Eliade, Micea. Mito y realidad. (1991). Editorial Labor S.A. Barcelona.

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Sanchez-Torres, Fernando. Algunas costumbres ginecobstétricas en la era prehispánica. (1971)


En Revista Colombiana de Obstetricia y Ginecología. Bogotá.

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