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Principios Bíblicos para Vivir en Fe

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DEL CORAZÓN

DEL PASTOR
2022
CARTAS A LOS CREYENTES DEL PASTOR CHARLES STANLEY
No solo es posible, sino vital, vivir
conforme a las Sagradas Escrituras.

C uando tenía 17 años, pasé una temporada visitando a mi abuelo.


No estoy seguro de que él se diera cuenta de cuánto me impactó
el tiempo que pasamos juntos. Observar su confianza en los
principios bíblicos creó un punto de inflexión en mi vida porque me di
cuenta de que no solo es posible, sino vital, vivir conforme a las Sagradas
Escrituras.

Al comenzar este nuevo año me gustaría hablarle de algunas de las


lecciones que he aprendido, tanto de mi abuelo como de mi propia
experiencia al caminar con Cristo.

En caso de que se pregunte por qué es tan importante conocer y vivir


según los principios bíblicos, permítame decirle lo que está en juego.

Si su mente no está cimentada en estas verdades, estará más influenciado


por su entorno que por el Espíritu Santo. A veces se sentirá como una
pelota de pingpong que rebota de una circunstancia a otra, sin reconocer
lo que Dios está haciendo en su vida. Reaccionará a las presiones del
momento y tomará decisiones basadas en emociones cambiantes.

El Señor no quiere que sus hijos vivan así.

Él sabe que necesitamos ayuda para reaccionar con sabiduria ante las
situaciones difíciles, por lo que nos ha dado su Palabra llena de
enseñanzas para guiarnos en medio de cada circunstancia de la vida. Me
siento muy agradecido de que a lo largo de los años Él haya grabado sus
verdades en mi corazón y en mi mente de forma paciente, pero
persistente.

El primer principio que quiero compartir es uno que me enseñó mi


abuelo: obedezcamos a Dios y dejemos las consecuencias en sus manos.
Para obedecer a Dios, es necesario que usted sepa lo que Él quiere que
usted haga. Eso significa que leer la Palabra de Dios y pasar tiempo en
oración debe ser lo más importante para usted. Luego, debe confiar en
que Él se encargará de todo lo que ocurra como resultado. Uno de los
mayores obstáculos para obedecer a Dios es el miedo a los resultados.
Queremos conocer los resultados sobre la marcha para poder decidir si
queremos o no seguir adelante; sin embargo, no es así como obra el Señor.
Solo Dios conoce el futuro, y nos llama a confiar en Él y a caminar por fe,
no por vista (2 Co 5.7).

Se necesita valor para obedecer cuando no se conoce el resultado, y eso


es justo lo que Dios quiere formar en nuestras vidas. Nuestra
responsabilidad es dar un paso en la fe y obediencia, sabiendo que el
Señor nos tiene a nosotros y al futuro en su mano omnipotente. Él es
responsable del resultado y lo usará para su propósito y gloria, incluso si
no es en absoluto lo que deseábamos o esperábamos.

Ha habido momentos en mi vida en los que de verdad creía que hacía


justo lo que el Señor quería que hiciera, y parecía que eso provocaba un
desastre. Enfrenté un ataque espiritual tras otro, y las pruebas y
dificultades se multiplicaron. Sin embargo, estas experiencias me
llevaron a arrodillarme en completa dependencia de mi Padre celestial.
Él siempre me había sido fiel en el pasado, y eso hizo que fuera más fácil
volver a confiar en Él, pasara lo que pasara.

El siguiente principio que quiero compartir con usted es que Dios está
en control absoluto de cada circunstancia en la vida.

Esto es fundamental para nuestro éxito, junto al primer principio. Si no


confiamos en que el Señor es soberano sobre los resultados de nuestra
obediencia, tenemos una buena razón para no hacer lo que Él dice. Pero
Romanos 8.28 dice: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas
les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son
llamados”.
Si usted pertenece a Cristo, nada puede sucederle fuera de la voluntad
divina.

Si Dios permite penurias y dificultades es porque tiene un buen


propósito para ello, aunque no siempre sepamos cuál sea. Queremos que
todo funcione bien ahora mismo, pero las prioridades del Señor son
eternas. Él promete que los sufrimientos momentáneos que
experimentamos no son dignos de ser comparados con las glorias que
nos esperan en el cielo (2 Co 4.17).

Vivimos bajo el dosel de la omnisciencia, la omnipresencia y la


omnipotencia divinas. Si no creyéramos esto, tendríamos que concluir
que somos víctimas a merced del mundo. Pero como el Señor es soberano
sobre todas las circunstancias de nuestra vida, no somos víctimas. Él
toma lo malo que nos ocurra, de manera que nos “perfeccione, afirme,
fortalezca y establezca” (1 P 5.10).

El último principio que tengo para usted hoy es confiar en el Señor para
cada necesidad.

Si queremos vivir satisfechos en cualquier circunstancia, debemos saber


que Dios es digno de confianza (1 Ts 5.23, 24). Podemos descansar en la
absoluta confianza de que si Dios hace una promesa, la cumplirá. Si no
confiamos en Él, estaremos ansiosos, preocupados y temerosos, cuando
Dios tiene todo el tiempo una profunda paz esperándonos.

Oro para que el Señor le ayude a aplicar estos principios a su mente y a


su corazón y que viva en la plenitud que Dios quiere para cada uno de
nosotros. A medida que dependa del Espíritu Santo, Él hará que las
verdades bíblicas se conviertan en realidad para que pueda vivir de
manera sabia, glorificando y honrando al Señor.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
Dios utiliza los tiempos oscuros para
ayudarnos a ver la necesidad que
tenemos de Él.

L os momentos oscuros, aquellos cuando no podemos ver lo que está


pasando, son algunos de los más angustiosos en la vida.

Ha habido muchas veces en las que he clamado al Señor preguntándole


la razón de algún problema. Sin embargo, a pesar de todas mis súplicas,
Él permaneció en silencio. Se puede sentir como caminar a través de un
túnel largo y lúgubre sin luz al final de él.

Estoy seguro de que ha tenido experiencias similares, cuando las pruebas


y el sufrimiento le han hecho preguntarse dónde está Dios y qué está
haciendo. Puede que incluso se haya sentido como Job, que anhelaba los
días más felices del pasado:

“¡Quién me volviese como en los meses pasados, como en los días en que
Dios me guardaba, cuando hacía resplandecer sobre mi cabeza su
lámpara, a cuya luz yo caminaba en la oscuridad” (Job 29.2, 3).

Enfrentarse a esos momentos es difícil, pero es uno de los métodos que


Dios utiliza para enseñarnos quién es Él y cómo actúa.

No hay nada malo en preguntarle por qué estamos pasando por desafíos,
pero debemos darnos cuenta de que el Señor no está obligado a darnos
una explicación. Y he descubierto que las veces que lo hace, por lo general
no es cuando se lo pido, sino en un momento posterior. A veces,
tendremos que esperar hasta llegar al cielo.

Por mucho que anhelemos entender todo lo que sucede en nuestras


vidas, los pensamientos y los caminos de Dios son tan superiores a los
nuestros que a menudo están más allá de nuestra comprensión (Is 55.8,
9).

Sin embargo, Él siempre nos dará suficiente instrucción y aliento en su


Palabra para ayudarnos a caminar en victoria con Él a través de los
períodos difíciles.

Las tribulaciones revelan el lugar que Dios ocupa en nuestras vidas.

¿Es Él nuestra máxima prioridad, o es nuestro último recurso? Es


lamentable que muchos cristianos estén tan absortos en sus propias
actividades y responsabilidades que no tengan tiempo para el Señor, a
menos que haya una emergencia.

Dios utiliza los tiempos oscuros para ayudarnos a ver la necesidad que
tenemos de Él. Permita que la oscuridad le motive a acercarse a Él, en
lugar de alejarse.

Comience hoy a construir un fundamento que le estabilice en los


momentos oscuros de la vida.

Puede hacerlo al buscar al Señor. El Salmo 105.4 dice: “Buscad a Jehová


y su poder; buscad siempre su rostro”. Esto significa que, tanto en los
momentos buenos como en los malos, debemos esforzarnos por conocer
más a Dios, amarlo más a profundidad y obtener una mayor comprensión
de sus caminos.

La salvación es solo el comienzo de una relación con el Señor. Él tiene


mucho más reservado para aquellos que lo buscan, y su Palabra explica
cómo hacerlo.

En primer lugar, debemos buscar al Señor con todo nuestro corazón. “Y


me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro
corazón” (Jer 29.13).
Esto no se refiere a un interés casual por Dios. Significa que Él es nuestra
máxima prioridad, la persona más importante en nuestra vida. Es una
búsqueda motivada por el amor y el anhelo de una relación más profunda
con Él.

La atención se centra en quién es el Señor, no en lo que puede hacer por


nosotros.

Una búsqueda sincera de Dios no puede ir acompañada por la tolerancia


al pecado (Is. 55.6, 7). Esto no significa que jamás volveremos a pecar,
sino que a medida que busquemos al Señor lucharemos por superar
nuestras debilidades en lugar de limitarnos a ceder ante ellas. Debemos
estar dispuestos a librar nuestras vidas de cualquier cosa que no se ajuste
a nuestra identidad como seguidores de Cristo.

Debemos buscar a Dios con diligencia. “Me hallan los que temprano me
buscan” (Pr 8.17b).

Debido a que hay mil cosas que dividen nuestras mentes y consumen
nuestro tiempo, tendremos que hacer un esfuerzo consciente para darle
al Señor el primer lugar. Esto requerirá un sacrificio: dejar de lado otras
actividades para pasar tiempo con Dios.

Por lo general, estamos dispuestos a hacerlo por otras actividades que


valoramos, como cultivar un pasatiempo o mantener nuestra salud.
¿Estamos dispuestos a dedicar también tiempo y esfuerzo al estudio de
la Biblia y a la oración, en nuestra búsqueda de una relación más profunda
con el Señor?

Debemos buscar a Dios con fe. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios;
porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es
galardonador de los que le buscan” (He 11.6).

Siempre debemos acudir al Señor con fe, confiando en que Él hará lo que
dice. Debemos comprender cuánto nos ama y creer que podemos confiar
en Él en cada situación, porque Él ha prometido que todo lo hace para
nuestro bien (Ro 8.28).

Una vida dedicada a buscar a Dios no es solo para personas como los
pastores. Está disponible para todos sus hijos. Todo creyente puede
acercarse al Señor con confianza. ¿No sería bueno empezar ahora?

Buscar al Señor es como venir a una mina de oro en busca de un tesoro.


Nunca llegará al fondo, pero cuanto más cave, más profundo querrá ir. Y
la maravillosa noticia es que ahí es donde se encuentra nuestra paz. A
medida que profundice en su presencia, se acercará a Aquel que le da
fuerza y estabilidad en los momentos difíciles: “Él solamente es mi roca
y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré mucho” (Sal 62.2).

Busque al Señor y permanezca para siempre en Él. Así es como se superan


los momentos más oscuros de la vida. Podrá pasar por diversas pruebas,
pero nunca se desesperará del todo cuando descanse en Dios.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
La verdad es la provisión de Dios para
nuestra seguridad, estabilidad y
bienestar.

D
buscar.
espués de recibir a Jesucristo como mi Señor y Salvador, de
verdad quería saber lo que la Biblia decía en cuanto a los
problemas que yo estaba enfrentando, pero no sabía dónde

Entonces descubrí un tesoro al final de la Biblia grande de mi madre. Era


una sección con varios temas impresos en negrita. Debajo de los títulos
había una lista de versículos sobre cada tema.

Yo copiaba la lista y volvía a mi habitación para leerlos. En ese momento


no sabía que ese listado se llamaba concordancia; solo me alegraba de
poder encontrar la verdad que buscaba.
¿Le interesa la verdad?

A todos nos gustaría tener información precisa cuando se trata de


asuntos políticos, médicos o económicos, pero ¿qué hay de la verdad
espiritual? ¿Quiere saber lo que Dios dice acerca de Sí mismo, acerca de
usted y del mundo que le rodea? ¿O no le interesa? ¿O está demasiado
ocupado para averiguarlo?

Muchas personas hoy en día se conforman con vivir con medias verdades,
que en realidad son mentiras. Esto les sucede incluso a los cristianos
fieles que no dejan de congregarse. Escuchan los sermones semana tras
semana, pero los mensajes nunca calan en sus corazones, ni inciden en
su comportamiento.

El apóstol Santiago dijo que este tipo de persona es un oyente de la


Palabra, pero no un hacedor. Es como un hombre que se mira en un espejo
y pronto olvida lo que ha visto (Stg 1.22-24).
Hoy necesitamos creyentes que no se limiten a escuchar la verdad, sino
que la incorporen a sus vidas para que permee todo lo que piensan y
hacen.

Cuando el Señor Jesús oró por nosotros en Juan 17.17, dijo: “Santifícalos
en tu verdad; tu palabra es verdad”. Cuando Dios nos santifica, nos aparta
para andar en sus caminos y en su voluntad. Este proceso va conectado
en línea directa con la Biblia.

Una de las mejores ayudas que tenemos para vivir de manera consagrada
es conocer y aplicar la verdad de las Sagradas Escrituras. Todo nuestro
ser está involucrado: con nuestra mente aprendemos la verdad, con
nuestro corazón la amamos y con nuestra voluntad la experimentamos
en la vida diaria.

Antes de profundizar en cómo incorporar la verdad a nuestras vidas,


consideremos por qué es necesaria.

La verdad es la protección de Dios.

Nuestra sociedad está llena de engaños porque este sistema mundial está
gobernado por Satanás, quien es un mentiroso y el padre de mentira (Jn
8.44). Pero no tenemos por qué caer en sus falsedades si tenemos la
verdad de la Palabra de Dios para refutar y vencer sus planes.

Cuando nos basemos en la Palabra de Dios, podremos evitar las trampas


del enemigo.

La verdad es también la provisión de Dios para nuestra seguridad,


estabilidad y bienestar.

Cuando lleguen las dudas y las ansiedades, ponga su mente en las


promesas de Dios. Ellas sostendrán su alma en medio de las dificultades,
le confortarán en las penas y le darán valor para enfrentar los desafíos de
la vida. Pero si no conoce la verdad, será zarandeado como las olas del
mar (Ef 4.13-15).
Ahora que sabe por qué es tan importante edificar la verdad en su vida,
puede dar el primer paso: pedirle al Señor que le dé el deseo de conocer
su verdad.

Puede estar seguro de que esto es justo lo que Dios quiere que haga, así
que esta petición es una oración que Él responderá (1 Jn 5.14, 15). Pero
tenga en cuenta que edificar la verdad en su vida no será una solución
rápida. Es como cualquier proyecto de construcción: requiere tiempo y
constancia.

Luego, debe poner ese deseo en acción buscando la verdad.

La manera más fácil que he encontrado para comenzar la búsqueda es


identificar un punto de necesidad en su vida. Puede ser la superación del
pecado, la necesidad de ayuda con un problema relacional, o algún otro
asunto práctico.

Aquí es donde la concordancia de la que hablé antes resulta útil. Digamos


que usted está luchando para perdonar a alguien. Busque ese tema y lea
los pasajes bíblicos relacionados. ¿Qué dice la Biblia acerca del perdón
de Dios hacia usted y su responsabilidad de perdonar a los demás? (Ef
4.32).

La verdad puede ser dolorosa, pero siempre es purificadora.

Ahora es el momento de aplicar lo que ha aprendido.

Recuerde que está edificando la verdad en su mente, pero el proceso no


se queda ahí. Lo que aprende está destinado a influir en su manera de
pensar, en lo que hace y en cómo se siente.

Por ejemplo, saber que no tiene derecho a aferrarse a un mal que le hayan
hecho debería impulsarle a dejar de repetir una y otra vez la ofensa en su
mente y a dejar de alimentar el dolor en sus emociones (Mt 18.21, 22). En
lugar de eso, siga entregándole ese mal al Señor hasta que el
resentimiento ya no tenga control sobre usted.
Por último, siga edificando un bloque de verdad sobre otro.

Su búsqueda no debe detenerse en las necesidades de su vida. Siga


leyendo la Biblia para construir un conocimiento fundamental de Dios y
de sus caminos. Este Libro es inagotable. Con cada pizca de verdad que
encuentre, anhelará más, hasta que la Palabra de Dios se convierta en un
gran deleite y no en un deber agobiante (Sal 19.7-14).

La recompensa de edificar la verdad en su vida vale cualquier sacrificio


que tenga que hacer. Desarrollará una firme confianza en el Señor que le
sustentará en cualquier situación. Usted ganará discernimiento
espiritual para ver cuando algo no se alinea con la Palabra.

No hay mejor manera de pasar su tiempo que edificando la verdad de las


Sagradas Escrituras en su vida para su protección, provisión y
recompensa maravillosa.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
Si alguna vez se ha sentido débil en la fe
o desprovisto de esperanza, no está solo.

A
veces los problemas pueden parecer abrumadores.

Esto es tan cierto ahora como lo era en los días de la Iglesia


primitiva. Mientras estudiaba 1 Pedro 1.1-9, el cual estaba dirigido a los
cristianos que sufrían, me puse a pensar en las diversas dificultades que
enfrentan los creyentes hoy en día. Muchos hermanos en la fe se sienten
sin esperanza debido a problemas de salud, económicos, etc. que parecen
no tener solución.

¿Y usted? ¿Se siente derrotado por los desafíos que enfrenta?

Pedro sabía que incluso los cristianos pueden desanimarse cuando los
tiempos son difíciles. Cristo dijo que tendríamos aflicciones en este
mundo, así que las circunstancias terrenales no deben ser la fuente de
nuestra esperanza (Jn 16.33). Usted necesita una esperanza eterna, una
esperanza que sea más grande que sus problemas. Y eso es justo lo que
ofrece Jesucristo.

Imagínese cómo se sintieron los discípulos cuando pensaron que su


sueño de un Mesías victorioso se había roto. Vieron cómo arrastraban al
Señor para juzgarlo por delitos que no había cometido. Fue golpeado y
crucificado. Cuando su Salvador murió y fue enterrado, asumieron que
su sueño también había desaparecido. A sus ojos, habían perdido el
tiempo siguiéndolo porque su muerte indicaba que no era el Mesías.

Si alguna vez se ha sentido débil en la fe o desprovisto de esperanza, no


está solo.

No es extraño venir al Señor con peticiones de sanidad, estabilidad


económica, entre otras, solo para encontrar que las pruebas permanecen.
Cuando experimentamos soluciones inmediatas, nos sentimos muy
reconfortados. Pero cuando Dios no nos da alivio, incluso después de
haber orado con fervor, ¿dónde está nuestra esperanza entonces?

En esos momentos, le insto a que se concentre en las verdades eternas de


Dios.

Cristo les dijo a sus discípulos varias veces que iba a ser crucificado y
que resucitaría, pero ellos nunca tomaron este mensaje en serio; no era lo
que querían oír (Mt 20.17-19). Así que se sintieron contrariados cuando
los acontecimientos no se desarrollaron como ellos deseaban. Esto es lo
que ocurre cuando buscamos la esperanza en el lugar equivocado y no
nos centramos en las verdades de la Palabra de Dios.

Cuando Cristo resucitó, los discípulos vieron cómo una situación sin
aparente esperanza se convertía en un triunfo milagroso que los sacó de
las profundidades de la desesperación.

Así que algunos años después, cuando Pedro escribió aquella carta a la
Iglesia, quiso animar a los que se habían desanimado por los problemas
terrenales. Llamó a la resurrección de Cristo una esperanza viva que
nunca morirá, incluso cuando las circunstancias parezcan sombrías (1 P
1.3).

Pedro le recordó a los creyentes que sus tribulaciones estaban poniendo


a prueba y refinando su fe, para que se demostrara que era auténtica y
produjera alabanza, gloria y honor cuando Cristo vuelva (1 P 1.6, 7). No
hay mejor verdad para tener en cuenta cuando uno se enfrenta a sus
propios sufrimientos.

¿En qué consiste esta esperanza que proporciona la resurrección de


Cristo? Veámoslo más de cerca.

Primero, su resurrección nos asegura que nuestros pecados son


perdonados.
Piense en esto. Nuestra redención requirió un sacrificio perfecto, sobre
el cual la muerte no tendría poder (He 9.12). La resurrección del Señor
Jesús es la prueba de que nuestros pecados, al ser entregados a Él, no
pudieron derrotarlo. Por el contrario, se levantó triunfante de la tumba.
Y así, el Padre aceptó la muerte de su Hijo en la cruz como pago por
nuestros pecados. ¿No es esto un motivo de inmensa alegría?

Nuestra segunda esperanza es la seguridad de que el Señor Jesús estará


con nosotros.

Después de su resurrección, el Señor hizo esta promesa a sus seguidores:


“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28.20).
La era temporal a la que se refería el Señor Jesús aún no ha llegado a su
fin. Usted forma parte de ella ahora mismo, así que puede estar seguro
de que, incluso en las dificultades, Él está presente con usted.

Una tercera esperanza es la confianza en el poder de Dios que obra en


nosotros.

Estamos “guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la


salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero”
(1 P 1.5). La resurrección del Señor Jesús hizo posible que formáramos
parte de la casa de Dios. Allí se nos protege mientras crecemos en Cristo
(Ef 2.19-22). Dios le empodera sin cesar para que llegue a ser la persona
que Él quiere que sea, semejante a Cristo en todos los sentidos: “aún no
se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se
manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1
Jn 3.2).

Nuestra cuarta esperanza es la última: nuestra resurrección de entre los


muertos.

La resurrección del Señor Jesús garantiza que nosotros también


resucitaremos y recibiremos cuerpos nuevos y glorificados (Fil 3.20, 21).
No habrá más dolor, muerte ni aflicciones. Esta verdad debería llenarnos
de esperanza, porque los sufrimientos de esta vida presente no se pueden
comparar con la gloria eterna que nos espera (Ro 8.18).

Cuando la vida sea dura y su esperanza se desvanezca, recuerde la


esperanza viva de la resurrección de Cristo que celebramos en Semana
Santa.

Nuestro verdadero hogar está en el cielo. Cuando sus esperanzas y


sueños parezcan desvanecerse, recuérdese de que allí verá a su Salvador
cara a cara y estará con Él para siempre. Y hasta entonces, Él camina con
usted en cada paso del camino.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
Dios nunca se retrasa en liberarnos.

D e vez en cuando, alguien me dice: “Le he oído predicar sobre la


bondad de Dios, pero no puedo verla en mi vida. Después de ser
salvo, todo empeoró, nada mejoró”.

¿Alguna vez se ha sentido así?

Tal vez haya orado pidiendo una buena solución para un problema, pero
Dios no respondió. De hecho, la situación puede haberse vuelto más
difícil de lo que era antes de que orase. O tal vez usted ha confiado y se
ha aferrado a una promesa en las Sagradas Escrituras, pero pareciera que
Dios no ha cumplido su palabra.

¿Le ayudaría saber que esta es una experiencia común para muchos
creyentes?

El problema no es Dios, sino nuestro entendimiento. Debemos tener


cuidado de no confundir la bondad del Señor con nuestras expectativas.
Cuando no entendemos lo que Él está haciendo, aún podemos confiar en
quién es Él.

Creo que la historia de Moisés le será útil cuando busque entender los
caminos de Dios. Después de que Dios le hablara a Moisés desde una
zarza ardiente, el reacio líder obedeció, fue a Egipto y le dijo a Faraón
que dejara ir al pueblo de Dios. Pero el resultado no fue el esperado.

El corazón de Faraón se endureció y aumentó la carga de trabajo de los


hebreos, incrementando sus dificultades (Éxodo 5). La promesa de Dios
de liberar a los israelitas era segura, pero sus medios para cumplirla no
serían fáciles.

Es probable que todos hayamos experimentado algo similar.


Obedecemos al Señor y, aun así, llegan a nuestra vida problemas y
sufrimiento. Entonces pensamos que hemos hecho algo malo o acusamos
a Dios de ser infiel en cumplir su palabra. Ninguna de las dos reacciones
es la solución correcta. En lugar de ello, debemos mirar más allá de las
circunstancias inmediatas.

Dese cuenta de que Dios trabaja con cada detalle en mente.

Puede que Moisés se preguntara cómo era necesario el sufrimiento de los


israelitas para que fueran liberados, pero sabía que el nombre del Señor
era YO SOY, el que existe por la eternidad, en el pasado, el presente y el
futuro (Ex 3.14).

Los planes de Dios iban mucho más allá de los israelitas esclavizados. Le
dijo a Moisés: “Y sabrán los egipcios que yo soy Jehová, cuando extienda
mi mano sobre Egipto, y saque a los hijos de Israel de en medio de ellos”
(Ex 7.5).

Pero ni siquiera esto era el fin del propósito de Dios. Su objetivo final era
formar una nación judía por medio de la cual vendría Jesucristo, el
Salvador y Redentor del mundo.

El pueblo de Dios no podía prever todo lo que Él tenía en mente en ese


momento, y nosotros tampoco podemos hacerlo hoy.

Tenían que mirar más allá de las circunstancias inmediatas y confiar en


que Dios prepararía cada detalle para su bien final. Nosotros también. Si
confiamos en Él, incluso cuando no entendemos lo que está haciendo, Él
fortalecerá nuestra fe.

Confíe en que Dios cumple sus promesas.

Proverbios 3.5, 6 nos dice que no debemos confiar en nuestro propio


entendimiento, sino que debemos confiar en el Señor con todo nuestro
corazón. Esto es justo lo que Moisés necesitaba hacer. Él solo tenía las
palabras que Dios le dijo como base de su confianza, pero nosotros
tenemos la Palabra de Dios escrita y completa.
Todo lo demás que poseemos podría desaparecer, pero la Palabra de Dios
permanece para siempre y nunca cambiará. Cada promesa está
garantizada por Dios. Puede que no se cumplan como usted espera o
cuando quiera, pero no fallarán.

Recuerde que Dios es el Soberano del universo, y todo está dentro de su


poder.

“Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos”


(Sal 103.19). Faraón era un rey orgulloso que dominaba a los hebreos,
pero no era rival para el Señor. La demostración del poder de Dios sobre
este gobernante terrenal se dio a conocer en todo el mundo. Incluso hoy,
los judíos siguen celebrando la Pascua y su redención de la esclavitud en
Egipto.

El Todopoderoso también tiene el control de nuestras vidas al cumplir


su perfecta voluntad.

Al igual que los hebreos, que no pudieron ver la redención de Dios hasta
que se completó, nosotros no podemos percibir todo lo que Él está
haciendo. Sin embargo, incluso en nuestras situaciones más dolorosas,
Él está trabajando para nuestro bien (Ro 8.28).

Sepa que Dios nunca se retrasa en liberarle.

Los israelitas pueden haberse preguntado por qué tuvieron que esperar
400 años para ser rescatados. Es probable que no se hayan dado cuenta
de que Dios usó a Egipto para hacer crecer a su nación. Pasaron de 70
personas a una gran multitud durante esos años (Dt 10.22).

Entonces, en el momento justo, el Señor actuó y demostró su


extraordinario poder y amor al liberarlos de Egipto como su pueblo
elegido.

Este es el mismo Dios Todopoderoso en el que confiamos para nuestra


salvación.
Él nos ha dado su Palabra, y toda promesa es segura. Podemos orar
durante mucho tiempo sin recibir una respuesta y pasar por
circunstancias desafiantes y dolorosas, preguntándonos por qué Dios no
nos rescata, pero Él nunca se retrasa según su plan perfecto.

Mi oración es que estas verdades le ayuden a aferrarse con firmeza al


Señor cuando pase por las tormentas de la vida. No se nos ha prometido
vivir libres de problemas, pero estamos seguros por la eternidad en
nuestro Salvador que nos ama y camina con nosotros en medio de cada
prueba.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
Esperar con gracia es importante en
todos los ámbitos de la vida.

C uando era joven, la vida era más lenta. La gente esperaba las
noticias hasta verlas en la prensa. Hoy en día, la gente puede
enterarse durante las 24 horas del día de lo que ocurra; a veces
incluso los acontecimientos se comunican en el momento en el que se
producen. Desde muchos puntos de vista, nos hemos convertido en una
sociedad que valora la velocidad.

Admito que hay algunas ventajas en tener todo rápido, pero estas
expectativas también pueden robarnos el fruto del Espíritu de la
paciencia, que es beneficiosa en cada área de la vida cristiana.

¿Cree que está siendo influenciado de manera negativa por la mentalidad


de la sociedad que le rodea?

A veces adoptamos valores del mundo sin darnos cuenta. ¿Se ha colado
la impaciencia en su vida? La paciencia podría definirse como la
capacidad de sobrellevar las dificultades, el estrés o las molestias con
serenidad, sin quejarse. En la Biblia se traduce a veces como
“longanimidad”, y también transmite la idea de ser calmado.

¿Está dispuesto a perseverar en medio de las pruebas o retrasos con una


actitud amable? ¿Puede pasar por alto un mal en lugar de reaccionar con
ira?

La paciencia divina no es algo natural.

Es un don del Señor que se nos otorga como fruto de su Espíritu (Ga
5.22, 23). Pero debemos cooperar mientras Dios lo desarrolla en nosotros.
Dado que el Señor es omnisciente, Él conoce las circunstancias precisas
que nos ayudarán a cada uno en esta área.
Pero a menudo pensamos que nos va bien y no necesitamos desarrollar
más paciencia. Aunque es una virtud que deberíamos desear, muchos
cristianos evitan orar por ella porque no quieren que su paciencia sea
probada.

La razón por la que la paciencia es tan importante es porque es una


característica de Dios, y como seguidores de Cristo, debemos ser
imitadores de Él (Ef 5.1).

Aunque queremos que el Señor nos trate con paciencia, muchas veces no
tratamos a los demás de esta manera. Piense en lo paciente que ha sido
Dios con usted. Él no reacciona con ira cuando no crecemos de inmediato
en nuestra vida espiritual. Tampoco nos castiga cada vez que pecamos.
Él es consciente de la debilidad de nuestra humanidad (Sal 103.14).

Esperar con gracia es importante en todos los ámbitos de la vida, pero le


invito a centrarse en tres casos.

En primer lugar, necesitamos paciencia para relacionarnos con otros.

Santiago nos recuerda que “todo hombre sea pronto para oír, tardo para
hablar, tardo para airarse” (Stg 1.19). Las relaciones se dañan con
facilidad por palabras precipitadas. Y una vez que se han dicho esas
palabras, no se pueden retirar; el daño no se puede deshacer. Por eso
tenemos que evitar atacar con ira y dejar de racionalizar nuestra
impaciencia para justificarnos.

La impaciencia revela falta de amor. Pablo describe el amor cristiano


como algo paciente, amable, que no se deja irritar con facilidad y que está
dispuesto a pasar por alto un mal (1 Co 13.4, 5). ¿Podría decirse eso de
usted?

La segunda área en la que necesitamos paciencia es en nuestras pruebas.


“Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos” (He 12.7). No
importa cuál sea la causa de la aflicción, nuestro amoroso Padre celestial
la está usando para entrenarnos a participar en su santidad (He 12.10).
Pero si nos impacientamos y resistimos la mano de Dios, no nos
beneficiaremos.

¿Está cansado de esperar a que el Señor sane su cuerpo, elimine una carga
o cambie una situación dolorosa o estresante? Él permite que estas cosas
no le dañen, sino que le hagan madurar. Pablo experimentó muchas
aflicciones durante su ministerio, pero las consideraba momentáneas y
ligeras en comparación con el eterno peso de gloria que le producían (2
Co 4.17). Esa es la clase de actitud que le ayudará a resistir con paciencia
cualquier cosa que Dios le haya dado para soportar.

Luego, necesitamos paciencia con Dios.

Ahora bien, esto puede parecerle sorprendente, pero si alguna vez ha


esperado que el Señor responda a una petición de oración, sabe de qué
estoy hablando. Tal vez esté buscando con anhelo la dirección de Dios,
pero Él pareciera estar callado. O tal vez esté reclamando una promesa
de la Biblia, pero nada ha cambiado. El problema no es la fidelidad de
Dios a sus promesas. Él siempre llega a tiempo. Es nuestro tiempo el que
no se corresponde.

Uno de los signos de impaciencia hacia Dios es una actitud de queja. Eso
es lo que les ocurrió a los israelitas en el desierto. Se impacientaron
durante el viaje, se quejaron de su situación y acusaron a Dios de haber
actuado mal (Nm 21.4, 5). Cuando pensamos que sabemos más que el
Señor, hacemos lo mismo. La respuesta correcta se encuentra en el Salmo
37.7: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él”.

La paciencia comienza en la mente.

Si lo duda, considere qué tipo de pensamientos le impacientan. Por el


contrario, ¿en cuáles verdades acerca de Dios podría profundizar para
ser más paciente y confiar más en Él? Dado que todo lo que experimenta
pasa por las manos amorosas de Dios, puede dejar de preocuparse,
descansar en la sabiduría divina y confiar en Él para esperar con gracia.
Entonces vea como hace su buena obra en usted.
¿Está listo para confiar en Él en medio de todos los retrasos en su vida?
Mi esperanza es que diga que sí.
Con amor fraternal,
Charles F. Stanley
Podemos confiar en Aquel que nos tiene
en su poderosa mano.

R ecuerdo al hombre que me enseñó a pescar.

Estábamos en un lago en Carolina del Norte. Cuando capturé mi


primer pez, me avergoncé de que fuera tan pequeño y quise devolverlo.
Pero el hombre, un diácono de mi primera iglesia, me dijo: “No lo hagas.
Ayuda a ir sumando algo”.

Bueno, he descubierto que hay sabiduría en eso. De hecho, se aplica a


muchas cosas, incluyendo obedecer a Dios. Si se comienza con un asunto
pequeño, es cierto. Se hace más fácil.

Cuando se trata de la obediencia, ¿va usted “sumando algo”?

Si usted es como la mayoría de los cristianos, ha luchado con la voluntad


de Dios. Tal vez se haya preguntado: ¿Cómo puedo conocer la voluntad
de Dios para mí? ¿Le importa a Él algo tan pequeño? ¿Por qué me dice
“no” en esta situación?

Hay mucha confusión sobre este tema. Queremos que la voluntad de


Dios sea razonable y deseable, y también queremos que sea lógica y clara.
Pues bien, el hecho es que los caminos del Señor están a menudo más allá
de nuestra capacidad de comprensión. No siempre podremos
comprender lo que Él está haciendo en el mundo y en nuestras vidas,
pero puedo asegurarle que es posible confiar en Aquel que nos tiene en
su poderosa mano, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes.

Le invito a estudiar un acontecimiento en la vida de Pedro.

Esta situación comenzó con una pequeña cuestión de obediencia, pero


condujo a un punto de inflexión muy importante para todo el futuro de
Pedro (Lc 5.1-11).
La voluntad de Dios a veces es inconveniente.

Pedro era pescador de profesión y acababa de terminar una larga e


infructuosa noche de pesca. Mientras limpiaba sus redes en la orilla, el
Señor Jesús le pidió a Pedro que lo llevara en su barca para poder seguir
enseñando (Lc 5.1-3). La petición de Jesús no era ilógica. Por ser pequeña,
podía parecer poco importante. Pero Pedro hizo lo que el Señor Jesús le
pidió.

Tendemos a pensar que a Dios solo le interesan los sucesos grandes e


importantes de nuestras vidas, pero en realidad, su voluntad se vive en
un pequeño acto de obediencia a la vez.

Los impulsos del Espíritu Santo no siempre llegan cuando estamos bien
descansados y deseosos de obedecer. Puede que le pida que ayude a
alguien necesitado cuando a usted le resulte incómodo. Seguir a Cristo
requiere abnegación para cumplir sus deseos.

Puede haber momentos en los que la voluntad del Señor parezca poco
razonable.

Cuando el Señor Jesús terminó de enseñar, le pidió a Pedro que hiciera


algo ilógico para un pescador profesional: “Boga mar adentro, y echad
vuestras redes para pescar” (Lc 5.4). Los pescadores de Galilea sabían
que los peces se pescaban por la noche en aguas poco profundas. Pero
Pedro ya había “sumado algo”, y obedeció.

¿Está usted dispuesto a hacer lo que Dios dice incluso cuando parece
poco razonable?

A lo largo de mis años de ministerio, he visto al Señor dirigir con


soberanía mi camino en algunas de las maneras más inesperadas. A
menudo me parecía ilógico, pero cada vez que lo obedecía, me llevaba
justo a donde debía estar y me dotaba de lo necesario para lograr lo que
había planeado.
Confiar en el Señor incluso cuando la obediencia parezca una tontería es
esencial si queremos vivir de acuerdo con su voluntad. El sentido común
es inadecuado comparado con la omnisciencia y la sabiduría de Dios
Todopoderoso.

Si da un paso en la fe, su perspectiva del Señor aumentará como lo hizo


la de Pedro. Porque obedeció al Señor Jesús, pescó tal cantidad de peces
que sus redes comenzaron a romperse.

La voluntad de Dios cambia la vida espiritual.

Cuando Pedro vio la pesca milagrosa, se dio cuenta de que estaba en


presencia de la deidad y sintió la culpa de su propio pecado, exclamando:
“Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc 5.8).

El arrepentimiento es un requisito previo para ser utilizado por Dios.


Nunca podremos caminar en su voluntad mientras caminemos en el
orgullo, la independencia y la justicia propia.

El Señor Jesús no le dio a Pedro todos esos peces para que se convirtiera
en un pescador más exitoso, sino para que viera la grandeza de Aquel
que lo estaba llamando a ser pescador de hombres y lo dejara todo para
seguirlo (Lc 5.10). Este momento fue orquestado por Dios para llevar a
Pedro al papel que Dios había planeado para él: convertirse en el apóstol
que pondría los cimientos de la iglesia.

El Señor actúa de la misma manera en su vida.

Usted es su hechura, creado en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales
Dios preparó de antemano para que anduviera en ellas (Ef 2.10). Su
voluntad para usted fue establecida mucho antes de que naciera. Todo lo
que Él haga en su vida será consistente con ese plan. Su trabajo es
caminar por donde Dios lo guíe.

A medida que agregue mayores actos de obediencia a los más pequeños,


ganará un amor más profundo por su Padre celestial, quien se preocupa
tanto por usted. Y empezará a esperar el siguiente paso en el camino que
Dios pone ante usted.

La voluntad de Dios va mucho más allá de las expectativas y planes


humanos. Seguirla será una de las muchas grandes bendiciones de
pertenecer a Él.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
La Palabra de Dios es una mina profunda
de tesoros que esperan ser descubiertos.

P uede parecer sorprendente, pero he escuchado a muchos pastores


decir que sintieron temor cuando Dios los llamó a predicar. Sabían
que eran incapaces de afrontar el reto por sí solos. De hecho,
cuando fue mi turno de predicar mi primer sermón también estaba
nervioso.

Mi madre se dio cuenta de ello y me leyó un pasaje de la Biblia que Dios


había puesto en su corazón para mí. Se trataba de Josué 1.7-9, en el que
el Señor le aseguraba a Josué que estaría con él en su camino. No puedo
ni empezar a contar el aliento que supuso para mí este pasaje.

La Palabra de Dios es una mina profunda de tesoros que esperan ser


descubiertos por aquellos que están dispuestos a buscarlos, y a aplicarlos
con esmero. Esto requiere sabiduría y comprensión, así como tiempo
para escuchar al Señor.

A veces los creyentes evitan las Sagradas Escrituras porque no saben lo


que significan para ellos.

Pero si usted lee la Biblia buscando saber lo que Dios dice y cómo quiere
que lo aplique, la Palabra de Dios se vuelve rica y significativa, y es una
fuente de energía para superar todos los momentos difíciles de la vida.

Me gustaría ayudarle a comprender mejor cómo escuchar a Dios por


medio de su Palabra. Veamos tres lecciones básicas de cómo Dios
interactuó con Moisés en Éxodo 3.1-14.

En primer lugar, debemos prestar atención a la Palabra.

Mientras Moisés pastoreaba el rebaño, notó algo sorprendente: una


zarza ardiente que no se consumía, y la voz de Dios llamándole desde
dentro de la zarza (vv. 3, 4). Es evidente que el Señor quería que Moisés
lo notara y lo escuchara bien.

Nuestro Padre a menudo intenta hablarnos, pero no siempre lo


escuchamos.

Si esperamos escuchar su voz, prestaremos más atención. Recuerde que


Dios quiere comunicarse con usted. La Biblia contiene la Palabra viva de
Dios, y Él la utiliza para hablar directamente a sus hijos. Lea la Biblia
listo para escuchar.

El Salmo 119.18 es un gran versículo para preparar su corazón antes de


leer las Sagradas Escrituras: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu
ley”. Usted podría terminar sorprendido cuando el Señor aplique algo de
un pasaje a su vida y el Santo Espíritu le abra los ojos para entenderlo.

En segundo lugar, debemos obedecer la Palabra.

Después de llamar su atención con la zarza ardiente, Dios le dio a Moisés


un mensaje: “Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques
de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel” (Ex 3.10). Al principio, Moisés
se opuso, diciendo: “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de
Egipto a los hijos de Israel?” (v. 11). Lo único que podía ver eran los
obstáculos para obedecer al Señor.

La objeción de Moisés no hizo que Dios cambiara de opinión ni


modificara sus planes, y lo mismo sucederá con nosotros. Aunque
podemos pensar en todo tipo de razones por las que no podemos hacer
lo que Él ha dicho, sus órdenes son indiscutibles. El Señor nunca nos
llama a hacer nada para lo que no tenga una razón, un propósito o una
meta.

¿La idea de obedecer al Señor le llena a veces de miedo?

Los sentimientos de incapacidad y de inquietud no son excusas para la


desobediencia. Se nos ha dado el Espíritu Santo para darnos poder.
Cuando no pueda ver lo que le espera, pida al Señor que le dé fuerzas y
luego obedezca con fe.

En tercer lugar, debemos confiar en la Palabra de Dios.

Dado que Moisés había salido de Egipto como fugitivo, la idea de regresar
para una tarea tan desalentadora debió llenarlo de temor. Pero el Señor
le aseguró revelando su nombre: “YO SOY EL QUE SOY” (v. 14). Moisés
necesitaba saber que Dios era el que existía por sí solo y que no
necesitaba ayuda. Este era su plan, y Él lo cumpliría sin lugar a duda
porque es el Dios soberano del universo y quien controla todas las cosas.

El Señor también le hizo una promesa a Moisés: “Ve, porque yo estaré


contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas
sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte” (v. 12). El
gran YO SOY estaba a punto de actuar, y nadie podía impedírselo porque
Él siempre hace lo que dice que hará.

Cuando lea la Biblia y se encuentre con un pasaje que le hable de manera


directa y personal y se pregunte cómo podría hacer lo que Dios le pide
que haga, recuerde que el que le llama a obedecer es el gran YO SOY.

Saberlo calmará sus temores y le dará valor, ya sea que Dios le esté
llamando al púlpito, a un salón de clases, a un acto silencioso de servicio
o a cualquier otra cosa. El Señor promete su ayuda y provisión para que
nunca tenga que ir con las manos vacías a su tarea. Y si una situación no
resulta como lo esperaba, confie en la verdad y no en los sentimientos. El
Señor nunca le dejará ni le desamparará (Dt 31.6).

Dios le prometió a Moisés que estaría presente, y también nos lo promete


a nosotros. Usted puede contar con Él siempre que escuche y obedezca
su voz cuando le hable por medio de su Palabra.

¿Está listo para comenzar a acercarse a las Sagradas Escrituras con


cuidadosa atención, un espíritu de obediencia y un corazón confiado?
Cuando lo haga, la Palabra de Dios se volverá viva y emocionante para
usted. El Señor abrirá su mente para que reciba una comprensión más
profunda de Él, dirección divina para su vida, poder sobrenatural para
obedecer y el estímulo de sus promesas infalibles en momentos de
debilidad, temor o insuficiencia.

Ruego que abra su Biblia hoy, sabiendo que estos tesoros están a su
alcance.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
Producirá frutos justos cuando deje que
el Señor pode su vida.

S olía vivir en las montañas de Carolina del Norte, en un pueblo


llamado Fruitland. El nombre era apropiado porque era un
territorio rico en manzanas, y todavía lo es. Como pastor de una
iglesia allí, tenía la costumbre de visitar a los miembros.

Recuerdo haber llegado a la casa de un hermano de la iglesia, pero


descubrí que este estaba en el huerto. Así que fui a buscarlo y lo encontré
podando los árboles.

El árbol en el que estaba trabajando se veía patéticamente desnudo. Le


dije: “Hombre, vas a matar a ese árbol si no lo dejas de podar”.

Me contestó: “Tú dedícate a predicar y yo me encargaré de la poda”.

Tenía razón. Yo no sabía nada de poda, pero él obviamente sí.

Con el tiempo nos hicimos amigos y me explicó el valor de la poda. Me


dijo: “Si quieres obtener buenos frutos, y muchos, tienes que cortar las
ramas. Puede parecer que estás matando al árbol, pero si dejas que todas
esas ramas permanezcan, la savia se desperdiciará en nuevos
crecimientos en lugar de producir frutos”.

Nunca olvidé esa lección porque el Señor Jesús enseñó lo mismo a sus
discípulos. Utilizó una viña como imagen de su relación con Él y con el
Padre. Describió al Padre como el sembrador, a Él mismo como la vid y a
los discípulos como los pámpanos (Jn 15.1-5).

Para producir más fruto espiritual en nuestras vidas, nuestro Padre


celestial saca su podadora y se pone a trabajar en nosotros.
Podemos pensar: “Dios, si me amaras, no dejarías que estas cosas me
sucedieran”. Pero muchas veces, lo que Él en realidad está haciendo es
quitar las cosas que impiden nuestro crecimiento espiritual para que
podamos dar más fruto, porque eso es lo que trae gloria a Dios (v. 8).

Ahora se estará preguntando: “¿Cuál es el fruto que Dios busca en mi


vida, y cuáles son las cosas que está quitando?”.

Antes de abordar estas preguntas, me gustaría que entendiera la relación


entre Jesucristo como la vid y usted como el pámpano.

Desde el instante en que usted fue salvo, fue unido a Cristo y el Espíritu
Santo pasó a vivir en usted. Como la savia en una rama, la vida de Cristo
ahora fluye a través de usted, produciendo un fruto justo.
Por eso el Señor dijo: “el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho
fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (v. 5).

Un pámpano no se esfuerza por producir fruto; simplemente permanece


unido a la vid mientras la savia fluye a través de él. Nosotros no somos
los que producimos el fruto espiritual; solo llevamos el fruto que resulta
de la obediencia y la fe. Así es como nos transformamos en la imagen de
Jesucristo.

El fruto que el Espíritu produce en nosotros se manifiesta en nuestro


carácter y en nuestras obras.

En otras palabras, el Espíritu nos está capacitando para llegar a ser la


persona que Dios quiere que seamos y para llevar a cabo la obra que nos
ha encomendado. Ambas cosas son esenciales en la vida cristiana y no
pueden producirse al margen de la obra del Espíritu. De esta manera
glorificamos a Dios y demostramos ser discípulos de Cristo (v. 8).

Es probable que esté familiarizado con el fruto del Espíritu en Gálatas


5.22, 23: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza”.
Ahora bien, no producimos todos estos frutos en el mismo grado o con
la constancia que quisiéramos, pero todos ellos deberían aumentar y ser
visibles en nuestras interacciones con los demás.

La otra expresión del fruto se muestra en nuestras obras o servicio al


Señor. Por nosotros mismos, somos totalmente incapaces de obedecer al
Señor, de ser justos, o de servirle con eficacia eterna.

Podemos dar la impresión de ser admirables, pero si el Espíritu no está


cumpliendo la voluntad de Dios a través de nosotros, los resultados son
de corta duración y no producen ningún fruto genuino.

Para ayudarnos a ser más fructíferos, Dios corta todo lo que impide dar
dicho fruto (Jn 15.2).

Esto incluye el pecado en todas sus formas, así como cualquier cosa que
nos distraiga del Señor o nos aleje de Él. Las herramientas que Dios
utiliza son variadas y están diseñadas específicamente para cada persona.

Muchas veces vienen en forma de pruebas. Los problemas y el


sufrimiento nos hacen enfocar nuestra mirada en el Señor y depender
por completo de Él.

Y así es exactamente como debe ser.

En lugar de resistirse al proceso de poda, sométase al Espíritu confesando


y arrepintiéndose de cualquier pecado en su vida. Luego, considere si
hay algo que le esté distrayendo de su enfoque en el Señor.

A veces, incluso algo bueno puede ocupar demasiado de su tiempo,


atención o afecto. No tiene que abstenerse por completo de todas las
alegrías terrenales. El objetivo es mantenerlas en el lugar adecuado para
que el Señor sea su prioridad.

Si actualmente está sintiendo el filo del cuchillo de poda de Dios, espero


que se dé cuenta de que Él está haciendo una buena obra en usted.
Su objetivo no es hacerle daño innecesario, sino beneficiarlo
eternamente. El Señor está mucho más interesado en que dé frutos
espirituales que en su comodidad y bienestar temporal.

En este momento, usted puede sentirse como ese manzano que mi amigo
estaba podando, pero cuando llegue el momento de la cosecha, tendrá
un gran gozo al glorificar a Dios con frutos que duran para siempre.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
Dios quiere usarte para animar a los
demás.

C uando estaba en primer grado, me ocurrió algo muy positivo.

Escuché a mi maestra comentarle a otra persona: “Charles me


cae bien”. Es probable que ella nunca se haya enterado de que había
escuchado su comentario, y mucho menos lo mucho que significó para
mí. Todavía recuerdo cómo me sentí en ese momento, y el ánimo que me
dio durante un período de mi vida en el que estuve muy solo.

Más tarde, cuando era adolescente, mi profesor de la escuela dominical


también me impactó mucho. Aunque ya no asistía a su iglesia, cada vez
que me veía repartiendo periódicos, aparcaba su coche y hablaba
conmigo un rato. Luego me compraba un periódico por el doble de
precio, a pesar de que le entregaban uno en su casa. No hablábamos de
nada importante, pero el simple hecho de que se preocupara lo suficiente
como para desviarse de su camino para hablar conmigo me hacía sentir
especial.

Puede que usted también comparta uno o dos recuerdos de personas


que, a sabiendas o no, le hayan alentado.

Pero hoy en día vivimos en un mundo en el que este tipo de experiencias


parecen cada vez más raras. A pesar de estar más conectados
electrónicamente, estamos más solos y aislados que antes. No es así como
Dios quiere que vivamos.

Las Sagradas Escrituras revelan algunos rasgos básicos que el Señor


desea para todos los creyentes, y uno de ellos es que nos animemos los
unos a los otros (1 Ts 5.11).

En el Nuevo Testamento, animar significa “llamar al lado de uno”. La vida


cristiana no es de aislamiento e independencia, sino de relación e
interconexión. Caminamos juntos, uno al lado del otro. Aunque algunos
de nosotros somos más extrovertidos que otros, cada uno de nosotros
puede alentar a otros a su manera. No tenemos ni idea del impacto que
nuestras palabras amables, nuestros buenos consejos o nuestros actos
de bondad pueden tener en otra persona, pero a menudo es mayor de lo
que pensamos.

Bernabé, cuyo nombre significa “hijo de consolación”, es un magnífico


ejemplo bíblico.

Deseoso de ayudar a los creyentes en Jerusalén, vendió una propiedad y


entregó el dinero a los apóstoles para que lo distribuyeran entre los
necesitados (Hch 4.36, 37). Más tarde trajo a la iglesia a Saulo, un antiguo
perseguidor de los creyentes, asegurando a los líderes de la iglesia que
Saulo era ahora un cristiano (Hch 9.26, 27).

Bernabé no podía imaginarse la importancia de este acto. Saulo se


convirtió en el gran apóstol Pablo, que plantó iglesias y escribió muchas
cartas poderosas registradas en el Nuevo Testamento.

Dios quiere usar a cada uno de nosotros en diferentes momentos y de


diferentes maneras para animar a otros. Esto significa que debemos estar
atentos a las personas que el Señor pone en nuestro camino y ponernos
a su disposición, incluso cuando sea un inconveniente o sintamos que no
tenemos nada que ofrecer.

En primer lugar, para animar a otros debemos dedicarles nuestro tiempo


y atención (1 Ts 2.17-20).

La comunicación cara a cara es muy reconfortante, pero también


podemos apoyar a otros con llamadas telefónicas, correos electrónicos,
cartas o mensajes de texto. Hoy en día, hay muchas maneras de alcanzar
a los demás. Sin embargo, es importante recordar que no debemos
involucrarnos tanto con nuestros dispositivos electrónicos que
acabemos descuidando a las personas que están con nosotros. Observe a
quienes están cerca de usted y escúchelos con compasión, para saber qué
hay en sus corazones y cómo apoyarlos.

En segundo lugar, podemos animar a los demás satisfaciendo sus


necesidades emocionales o físicas (1 Ts 5.14).

Esto puede consistir en consolar a los afligidos, pasar tiempo con los
solitarios o resolver un problema práctico. Por ejemplo, podríamos usar
nuestras destrezas para ayudar a quienes se sienten inadecuados en un
área particular. Si no tuviera unos cuantos miembros del personal que
me prestan auxilio, mi trabajo en la computadora sería un desastre. Me
siento muy agradecido por sus habilidades y talentos.

En tercer lugar, los cristianos estamos llamados a edificarnos en el


Espíritu unos a otros (Ro 1.11, 12).

En tiempos difíciles, los que están luchando necesitan que alguien les
recuerde la presencia de Dios, sus promesas infalibles o su poder
ilimitado. A veces es útil señalar un versículo que revele las instrucciones
o el consuelo de Dios.

Otro aspecto importante del estímulo espiritual es advertir a alguien que


va por el camino equivocado y ofrecerle una corrección amorosa. Esto
puede convertirse en un regalo que no tiene precio.

Por último, el estímulo es motivador (He 10.24, 25), en especial cuando


fracasamos en algún aspecto y queremos rendirnos.

Es entonces cuando un hermano o hermana en Cristo puede ayudar a


persuadirnos a seguir adelante. Recuerdo varias veces que no me iba muy
bien en una materia en particular en la escuela. Mi madre no me
avergonzaba ni me condenaba, sino que tan solo me animaba a dar lo
mejor de mí. Su consejo ha permanecido conmigo todos estos años,
motivándome a perseverar en medio de la debilidad, los obstáculos y las
dificultades de la vida, y a hacer todo lo mejor posible para gloria de Dios.
Todos necesitamos este tipo de estímulo de los demás. A su vez, podemos
ser alentadores para los que nos rodean. Si se lo pide al Señor, Él le dará
sabiduría sobre lo que debe decir y hacer.

Recuerde que usted no tiene idea de la diferencia que sus palabras y


acciones amables pueden hacer en la vida de alguien más.

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
La voluntad de Dios es que crezcamos en
nuestra comprensión de las Sagradas
Escrituras.

S iempre me ha gustado leer la Biblia, pero solía incomodarme


cuando leía un corto mandamiento sin ninguna instrucción sobre
cómo ponerlo en práctica.

¿Por qué Dios no escribió su Palabra como un sermón con puntos a


seguir?

Más tarde se me ocurrió una razón: si lo hubiera hecho, podríamos tan


solo seguir los pasos, cerrar nuestras Biblias y seguir adelante con nuestra
vida. De hecho, es posible que solo leyéramos la Biblia cuando
necesitáramos una respuesta a un problema.

El Señor nos dio su Palabra en primer lugar para que pudiéramos


conocerlo a Él, su naturaleza, obras, caminos y pensamientos.

Las respuestas a nuestras preguntas se encuentran en la Biblia, pero


están esparcidas a lo largo de las Sagradas Escrituras. Tenemos que
buscarlas, y en el proceso, descubrimos al sorprendente Dios que nos
salvó. En la Biblia hay atisbos de su identidad en lugares bastante
inesperados. Por eso debemos leer toda la Biblia con regularidad, en lugar
de utilizarla como un simple libro de referencia.

¿Qué hace usted cuando se encuentra con un mandamiento corto sin


más explicaciones?

¿Se lo salta, diciendo: “Bueno, no tengo ni idea de cómo hacer lo que dice,
así que pasaré a algo que sí entienda”?
La totalidad de Dios está más allá de nuestra comprensión; Él no nos ha
revelado todo, pero mucho de lo que quiere que sepamos está revelado
en su Palabra. Como escribió el salmista: “La exposición de tus palabras
alumbra; hace entender a los simples” (Sal 119.130).

La voluntad de Dios es que crezcamos en nuestra comprensión de las


Sagradas Escrituras. Y eso incluye sus mandatos. Por ejemplo, 1
Tesalonicenses 5.18 dice: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad
de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”.

Así que ahora sabemos justo lo que Dios quiere que hagamos. Pero, ¿cómo
se supone que lo hagamos? Es fácil dar gracias por las cosas buenas, pero
¿qué pasa con el sufrimiento, la pérdida y los problemas?

¿Cómo se puede esperar que demos gracias a Dios en esas situaciones?


Antes de descartar este mandamiento como imposible de cumplir,
considere al apóstol Pablo. Su vida estuvo llena de dificultades. En
repetidas ocasiones fue rechazado, calumniado, azotado, golpeado,
perdido en naufragios y encarcelado (2 Co 11.23-27), y sin embargo
escribió que los creyentes debían ser agradecidos en todo.

¿Cómo pudo dar gracias a Dios en medio de todo esto? Pablo amaba a
Cristo y tenía pasión inquebrantable por conocerlo a plenitud. En cada
situación, Pablo podía regocijarse en el Señor porque su mente estaba
modelada por las Sagradas Escrituras. Y Pablo también conocía las llaves
que abren la puerta a la gratitud. ¿Le gustaría a usted conocerlas
también?

La primera es que, como creyente en Cristo, usted está en las manos de


Dios.

Al describir a su pueblo como ovejas, el Señor Jesús dijo a los discípulos:


“Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar
de la mano de mi Padre” (Jn 10.29).
Además, Aquel que los tiene es omnipotente: “Jehová estableció en los
cielos su trono, y su reino domina sobre todos” (Sal 103.19). No hay nadie
más grande que su Protector.

La segunda es la seguridad de que Dios obra todo para nuestro bien.

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien,
esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro 8.28).
Cualquier cosa que nos suceda, Dios la utilizará para lograr su propósito
en nuestras vidas.

A menudo, Él da bendiciones, placeres y abundancia, y reconocemos que


todo ello viene del Señor. Pero Él también permite las dificultades y el
sufrimiento. Pero incluso de estas cosas Él traerá efectos positivos, con
frecuencia a través de nuestro crecimiento y aprendizaje espiritual.

Dios también es capaz de tomar nuestros fracasos y transformarlos para


nuestro bien. Cuando desobedecemos y pecamos contra Él, su disciplina
viene sobre nosotros con consecuencias dolorosas para llevarnos al
arrepentimiento.

Recuerdo las palabras que mi madre decía cada vez que tenía que
disciplinarme: “Lo hago por tu bien”. Y eso es con exactitud lo que
nuestro Padre celestial hace por nosotros. Él nunca instiga el pecado en
nuestras vidas (Stg 1.13), pero si tropezamos con una tentación, Él puede
utilizarla para enseñarnos y hacernos más humildes.

Y la tercera es esta: la comprensión del propósito específico de Dios.

Es más fácil dar gracias cuando conocemos el propósito al que hemos


sido “llamados” (Ro 8.28). Ese propósito se encuentra en el siguiente
versículo: “para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro
8.29).

Dios está trabajando por medio de sus circunstancias para hacerle


semejante a Cristo. Es un proceso que comienza en la salvación y se
completará en la resurrección, cuando el Señor “transformará el cuerpo
de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria
suya” (Fil 3.21).

En la eternidad veremos cómo Dios ha obrado todo para nuestro bien.


Todo el dolor y las dificultades desaparecerán, y experimentaremos la
plenitud del gozo y los placeres para siempre en la presencia de nuestro
Salvador (Sal 16.11).

Cuando su mente se concentre en la soberanía de Dios sobre toda su


vida, podrá agradecerle en cada situación, sea agradable o difícil. Creer
en estas tres verdades hará que su confianza sea inquebrantable, le traerá
gran consuelo, le alejará de la amargura y le enseñará el contentamiento.
¿Qué mejores razones podrían haber para agradecer al Señor por todo en
todo momento?

Con amor fraternal,


Charles F. Stanley
Amemos generosamente a los demás de
la misma manera en que Cristo lo hizo.

E n este mes de celebraciones especiales, me gustaría hacerle una


pregunta: ¿Cuál es su actitud a la hora de hacer regalos? ¿Es usted
alguien que se deleita en la elección del regalo ideal y espera con
emoción a que el destinatario lo desenvuelva? ¿O el materialismo que se
observa a menudo en esta época le hace preguntarse si esta práctica tiene
algún mérito espiritual?

La Navidad ofrece una magnífica oportunidad para expresar amor y


aprecio por los demás.

Aunque el mercantilismo haya corrompido en cierta medida la tradición


de hacer regalos, ello no es una buena razón para abandonar la práctica
y perder la oportunidad de alegrar a los demás.

No hay mejor momento del año para demostrar buena voluntad a las
personas que nos rodean; de hecho, la primera Navidad se caracterizó
por la generosidad. Veamos juntos algunos de los increíbles regalos que
marcaron el nacimiento de nuestro Salvador:

María entregó su cuerpo físico y su reputación (Lc 1.26-38).

Llevó por voluntad propia a Cristo en su vientre, entregando su vida al


plan de Dios. Y como no estaba casada, sacrificó su reputación. Aunque
su compromiso con José era tan vinculante como el matrimonio, quedar
embarazada antes de la ceremonia real habría sido una evidencia de gran
pecado a los ojos de otras personas y devastador para una joven.

José le dio provisión y protección (Mt 1.18-25).

Cuando descubrió que María estaba embarazada, decidió separarse de


ella en secreto para que no fuera deshonrada. Pero un ángel del Señor se
le apareció a José en un sueño, le explicó que el Niño había sido
concebido por el Espíritu Santo y le dijo que tomara a María como
esposa. Él obedeció y les brindó protección y apoyo.

César Augusto dio un decreto (Lc 2.1-7).

El emperador romano convocó un censo para llevar a cabo su plan de


cobrar impuestos a todo el pueblo. Aunque pensó que era su idea, Dios
lo estaba usando para cumplir su propósito divino. La profecía predijo
que el Mesías nacería en Belén (Mi 5.2), pero María y José estaban en
Nazaret. El anuncio del César los llevó a Belén en el momento justo del
nacimiento de Cristo para que se cumplieran las Sagradas Escrituras.

El ángel del Señor dio el anuncio (Luc 2.8-14).

El primer informe del nacimiento de Cristo fue entregado por un ángel


glorioso a un grupo de pastores. Les dijo que el Mesías había nacido y les
explicó dónde encontrar al niño. Entonces, una multitud de ángeles
celestiales apareció en el cielo, dando alabanza y gloria a Dios. ¡Qué
espectáculo debió haber sido!

Los pastores dieron su testimonio (Lc 2.15-20).

Al escuchar el anuncio de los ángeles, los hombres se apresuraron a ir a


buscar a María, José y al niño, que estaba acostado en un pesebre.
Después de ver al Mesías, no pudieron guardarse la noticia, sino que
contaron a todos lo que habían visto y oído. Y todos los que escucharon
su relato quedaron maravillados.

Los magos adoraron e hicieron regalos (Mt 2.1-11).

Es probable que se tratara de astrónomos o consejeros científicos de


Persia. Cuando una estrella brillante en Oriente señaló el nacimiento de
la realeza, emprendieron un largo viaje para encontrar al Rey de los
judíos recién nacido. Cuando encontraron al Niño, se postraron para
adorarlo y le dieron preciosos regalos: oro, incienso y mirra.
Dios dio a su Hijo unigénito (Jn 3.16).

La mayor parte del mundo de aquella época consideraba que se trataba


del nacimiento de cualquier niño más, pero María, José y algunos otros
sabían la verdad. Era el Hijo de Dios que había venido del cielo para ser
nuestro Salvador y Mesías.

Jesucristo dio su vida (Mt 20.28).

El mayor dador fue el bebé en el pesebre. Cristo renunció a las glorias del
cielo y vino a la Tierra en forma humana para dar su vida como rescate
por muchos.

Nuestras vidas también deberían caracterizarse por la generosidad, no


solo en Navidad, sino durante todo el año. Es parte de nuestra identidad
en Cristo y debería ser nuestra reacción natural ante las bendiciones y
provisiones de Dios. La generosidad nos recuerda una y otra vez que Él
es la fuente de todo lo que tenemos.

En esta temporada navideña, ¿le gustaría pensar en cómo extender su


generosidad?

¿Cómo podría mostrar su amor y aprecio a sus amigos, compañeros de


trabajo y vecinos? Un regalo escogido con dedicación o un artículo hecho
a mano puede ser un precioso regalo. También hay innumerables
maneras de dar que no cuestan dinero, como ofrecer un oído atento, un
consuelo compasivo o una mano amiga a alguien que lo necesita.

Por último, de todos los regalos que hemos recibido, el regalo de Dios de
la vida eterna a través de su Hijo es, sin duda alguna, el más valioso.

Debemos estar dispuestos a contar a los demás lo que Jesucristo ha hecho


en nuestras vidas. En Navidad, nos gusta cantar “Ve, dilo en las
montañas”. Intente preguntarle al Espíritu Santo dónde están “las
montañas” para usted; puede ser su vecindario o su lugar de trabajo. La
gente que le rodea necesita saber que la salvación está disponible a través
de Jesucristo. El evangelio es el mejor regalo que podría darles esta
Navidad.
Con amor fraternal
Charles F. Stanley

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