Texto - Fluidez - 6° Básico
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6
Fluidez
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Colegio:
INDICE
Texto 1. El cielo del gorrión (Cuento) 7
Anónimo
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 7
Texto 2
El arroyo
Firma Apoderado
8 6º Básico
Texto 3
Retratos
Manuel Payno
(Adaptación)
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 9
Texto 4
Amigos
Dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron.
El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:
“Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro”.
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido
abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse
tomó un estilete y escribió en una piedra:
“Hoy mi mejor amigo me salvó la vida”. Intrigado, el amigo preguntó:
—¿Por qué, después que te lastimé, escribiste en la arena, y ahora escribes en una
piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
—Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento
del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase
algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento
ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.
www.ciudadseva.com
Firma Apoderado
10 6º Básico
Texto 5
El diario a diario
Julio Cortázar
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 11
Texto 6
Hércules
Cuenta la historia que los hermanos, Hércules e Ificles, crecieron juntos, fuertes y
sanos, pero a pesar de esto no tenían las mismas características y eran muy diferentes
entre sí.
Ificles era un muy buen estudiante, mientras que su hermano Hércules no,
constantemente se distraía y no le interesaba estudiar. En una ocasión, por desatender sus
lecciones de música, Hércules fue castigado por su padre que observaba a su hijo.
Para controlar sus impulsos el padre de Hércules lo envió a cuidar los rebaños en
compañía del pastor Téutaro, pero jamás pensó que, con él, Hércules aprendería a manejar
el arco y flecha a la perfección.
Su primera aventura le prodigó fama en muchos pueblos. El león de Citerón amenazaba
con devorar todos los rebaños de las praderas griegas, por lo que Hércules se propuso
acabar con él.
La tarea le llevó cincuenta días que los pasó junto al rey Tespio. Una vez que el héroe
griego pudo capturar al felino, se vistió con su piel. Esto lo distinguía ante los habitantes de
las ciudades helénicas.
Mito griego
Firma Apoderado
12 6º Básico
Texto 7
El arroyo
A lo lejos,
mil azucenas te miraban
como en una angustia de hueso.
Alfonso Calderón
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 13
Texto 8
Nasrudín subió a un árbol para aserrar una rama. Alguien que pasaba, al ver
cómo lo estaba haciendo, le avisó:
—¡Cuidado! Está mal sentado en la punta de la rama... Se irá abajo con ella
cuando la corte.
—¿Piensa que soy un necio que deba creerle? ¿Es usted un vidente que pueda
predecir el futuro? —preguntó Nasrudín.
Sin embargo, poco después, como siguiera aserrando, la rama cedió y Nasrudín
terminó en el suelo. Entonces corrió tras el otro hombre hasta alcanzarlo:
—¡Su predicción se ha cumplido! Ahora dígame: ¿cómo moriré?
Por más que el hombre insistió, no pudo disuadir a Nasrudín de que no era un vidente.
Por fin, ya exasperado, le gritó:
—¡Por mí podrías morirte ahora mismo!
Apenas oyó estas palabras, Nasrudín cayó al suelo y se quedó inmóvil. Cuando
lo encontraron sus vecinos, lo depositaron en un féretro. Mientras marchaban hacia el
cementerio empezaron a discutir acerca de cuál era el camino más corto.
Nasrudín perdió la paciencia. Asomó la cabeza fuera del ataúd y dijo:
—Cuando estaba vivo solía tomar por la izquierda. Es el camino más rápido.
Anónimo
Firma Apoderado
14 6º Básico
Texto 9
El halcón peregrino
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 15
Texto 10
El campesino y su caballo
Un campesino que luchaba con muchas dificultades poseía algunos caballos para que
lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda. Un día, su capataz le trajo la noticia
de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo abandonado.
El pozo era muy profundo y sería extremadamente difícil sacar el caballo de allí. El
campesino fue rápidamente hasta el lugar del accidente y evaluó la situación; se aseguró
de que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el alto precio para sacarlo
del fondo del pozo, creyó que no valía la pena invertir en la operación de rescate.
Tomó entonces la difícil decisión de decirle al capataz que sacrificase al musculoso y
fuerte animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo allí mismo. Y así se hizo. Comenzaron
a lanzar tierra dentro del pozo de forma que cubriese al regio caballo.
Pero, a medida que la tierra caía sobre el animal, este la sacudía y se iba acumulando
en el fondo, posibilitando al caballo el ir subiendo. Los hombres se dieron cuenta de que
el caballo no se dejaba enterrar, sino, al contrario, estaba subiendo hasta que, finalmente,
consiguió salir.
Cuento tradicional
Firma Apoderado
16 6º Básico
Texto 11
Autorretrato
Éste que véis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, de frente lisa desembarazada,
de alegres ojos, de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no a
veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes no crecidos,
porque no tiene sino seis, y éstos mal acondicionados y peor puestos, sin correspondencia
de los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color
viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste
digo, que es el rostro dela autor de Galatea y de Don Quijote de la Mancha… y otras obras
que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño: llámese comúnmente
Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde
aprendió a tener paciencia en las adversidades, perdió en la batalla naval de Lepanto la
mano izquierda, de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa,
por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni
esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo
de la guerra, Carlos V.
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 17
Texto 12
La leyenda de Make-Make
Cuenta la leyenda que, después de haber creado el mundo, el Make-Make sintió que
algo faltaba. Entonces cogió una calabaza que contenía agua y, con asombro, se dio cuenta
que al mirar en el agua veía su rostro reflejado. Make-Make saludó a su propia imagen y
notó que en ella había un pico, alas y plumas. Mientras observaba su reflejo vio a un pájaro
posado sobre su hombro. Encontrando gran similitud entre su imagen y la del ave, unió su
reflejo y el del pájaro para crear de ese modo a su primogénito. No obstante, Make-Make
quiso crear a un ser que tuviese su imagen, que hablara y pensara como él.
Entonces, primeramente, fecundó las aguas del mar y entonces aparecieron los peces.
Pero el resultado no era el que esperaba. Luego, fecundó una piedra en la que había tierra
colorada, y de ella surgió el hombre. Make-Make se sintió contento por haber creado al
hombre, la criatura que él deseaba; sin embargo, al ver al hombre solitario, creó también
a la mujer. Make Make no olvidó su imagen de pájaro y llevó a las aves hasta los motu o
islotes frente a Rano Kau para celebrar el culto de Tangata Manu, el hombre-pájaro.
Firma Apoderado
18 6º Básico
Texto 13
Un gato llamado Rodilardo hacía tal matanza de ratones, que apenas se veía uno, de
tantos que había metido en sepultura. Los pocos que aún quedaban, sin atreverse a salir
de su agujero, se hallaban reducidos a comer su hambre. A sus ojos, Rodilardo no pasaba
por un gato, sino por un diablo carnicero.
Una noche que Rodilardo partió hacia los tejados en busca de su dama, los ratones
tuvieron junta en un rincón sobre su necesidad urgente. Desde el principio, el decano,
varón más prudente, sostuvo que tarde o temprano había que colgar un cascabel del
cuello de Rodilardo, de modo que cuando este partiera en guerra contra ellos, pudieran
todos esconderse bajo tierra advertidos de su presencia. Tal era el remedio, y no sabía
otro. Fueron todos de la misma opinión; nada les pareció más a propósito. Solo había una
dificultad: poner el cascabel al gato.
Un ratón dijo:
—¡Yo por mí, no voy; no soy tan tonto!
Y añadió el siguiente:
—¡Yo no sabría hacerlo! De tal manera que al fin se separaron sin adoptar acuerdo.
La Fontaine
(Adaptación)
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 19
Texto 14
Alfonso Calderón
Firma Apoderado
20 6º Básico
Texto 15
Había un campesino sabio que tenía un viejo caballo para cultivas sus campos. Un día,
el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano campesino se acercaban
para consolarlo, y lamentar su desgracia, el sabio campesino les replicó: «¿Mala suerte,
buena suerte? ¿Quién sabe?».
Varios meses después, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una
preciosa yegua embarazada. Entonces los vecinos felicitaron al campesino por su buena
suerte. Este les respondió: «¿Mala suerte, buena suerte? ¿Quién sabe?».
Cuando el pequeño potro creció y el hijo del campesino intentó domarlo, cayó y se
rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia. No así el sabio
campesino, quien se limitó a decir: «¿Mala suerte, buena suerte? ¿Quién sabe?».
Una semana más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los
jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del campesino
con la pierna rota le dejaron tranquilo. «¿Mala suerte, buena suerte? ¿Quién sabe?».
El sabio campesino dijo ¿Lo entendéis ahora queridos vecinos? Los hechos no son
ni buenos ni malos en sí mismos, lo que nos hace sufrir son las opiniones y juicios que
tenemos de ellos. Hay que esperar a cómo afectan a nuestro devenir.”
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 21
Texto 16
En tiempos en que los indígenas habitaban la zona de San Felipe, los pumas abundaban
en los alrededores. Y por ahí se encuentra la piedra del león, más precisamente en un cerro
llamado Yevide. Desde que existe memoria se sabe que estos felinos han sido perseguidos
y que están en riesgo de exterminio. Cuenta la leyenda que en Yevide vivía una hermosa
leona con sus dos cachorros. Un día la hembra tuvo que dejar a sus hijos para salir a buscar
comida, y dejó a los cachorros durmiendo junto a una enorme piedra. Cuando la leona
regresó de la cacería los pequeños no estaban.
En su ausencia, unos arrieros se los habían llevado. La madre, desesperada, los buscó
incesantemente sin resultados. Al llegar la noche se echó desconsolada junto a la piedra
e hizo escuchar sus gruñidos de lamento. Se dice que desde todas partes se escuchaban
los rugidos del animal, que no eran otra cosa que el llanto de una fiera herida. A partir del
amanecer siguiente nunca más se volvió a ver a un solo puma. Todos se fueron del cerro
Yevide. Y en las noches de invierno, la gente suele escuchar el gemido de la leona. Es el
alma de ella, dicen, que aún reclama a sus hijos que dejó en la piedra.
Firma Apoderado
22 6º Básico
Texto 17
Eros y Psique
Psique (en griego la palabra quiere decir “alma”) era una princesa de una belleza tan
extraordinaria que la misma diosa Afrodita estaba celosa de ella.
Sin embargo, Psique era tan bella que no lograba tener un novio, porque su belleza
sobrehumana asustaba a sus pretendientes. Afrodita ordenó a su hijo Eros, el dios del
amor, que castigara a la atrevida mortal. Por eso, algún tiempo después, un oráculo mandó
al padre de Psique, bajo la amenaza de una terrible calamidad, que llevara a su hija a una
roca solitaria donde sería devorada por un monstruo.
Pero el dios Eros, cuando vio a la muchacha que tenía que morir en la boca del
monstruo que la esperaba abajo, quedó tan impresionado por su belleza que tropezó y se
pinchó con una de sus propias flechas —esas flechas que utilizaba de manera tan eficaz
para llevar el amor súbito tanto a los mortales como a los dioses—.
Así fue como Eros se enamoró de la persona que su madre le había mandado eliminar.
Temblando, pero resignada, Psique estaba esperando en su roca solitaria la ejecución
del oráculo, cuando de repente se sintió suavemente elevada por los vientos; era Céfiro,
el viento del Oeste, que la llevó a un valle donde quedó dormida, sobre un verde césped.
Mito griego
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 23
Texto 18
Firma Apoderado
24 6º Básico
Texto 19
Moby Dick
Lo que la distinguía de otras ballenas no era tanto su volumen, sino más bien su frente
peculiar, blanca como la nieve y arrugada, y una alta joroba piramidal y blanca. Ésas eran
sus características más salientes, las señales por las cuales, aun en los mares sin límites
y sin cartografiar, revelaba a gran distancia y a quienes la conocían, su identidad. El resto
del cuerpo estaba tan rayado y manchado y lleno de lunares de tonalidad de mortaja, que,
en último término, había ganado el apelativo que la distinguía: “ballena blanca”, un nombre,
en verdad, justificado literalmente por su vívido aspecto cuando se le veía deslizándose en
pleno mediodía a través de un mar azul profundo, dejando una estela lechosa de espuma
como crema, toda rayada de brillos dorados.
Pero no era propiamente su desacostumbrada magnitud, ni su notable tonalidad, ni
aun su deformada mandíbula inferior, lo que tanto terror natural producía en el ballenero;
era su malicia inteligente y sin ejemplo, que, de acuerdo con relatos precisos, había
mostrado una y otra vez durante sus ataques. Más que todo, sus retiradas traicioneras
producían una confusión que superaba a cualquier otra cosa. Porque, mientras nadaba
ante sus entusiasmados perseguidores con todos los síntomas de alarma, más de una vez
se le había visto volverse de pronto y, cargando sobre ellos, desfondar el bote haciéndolo
astillas, u obligarlos, llenos de constelación, a retornar a sus buques.
Herman Melville
(Fragmento)
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 25
Texto 20
El narrador
Había una vez un hombre a quien todos querían porque contaba historias muy bonitas.
Diariamente salía por la mañana de su aldea, y cuando volvía al atardecer, los trabajadores,
cansados de trajinar todo el día, se agrupaban junto a él y le decían:
—¡Anda, cuéntanos lo que has visto hoy!
Y él contestaba: -He visto en el bosque a un fauno que tocaba la flauta, y a su alrededor
a muchos enanitos con sus gorras de colores, bailando alegremente.
—¿Qué otra cosa viste? —le preguntaban los hombres, que no se cansaban de
escucharlo.
—Cuando llegué a la orilla del mar, ¡a que no se imaginan lo que vi!
—No, no podemos imaginar nada. Dinos lo que pasó a la orilla del mar.
—Pues vi a tres sirenas, sí señores, a tres sirenas que con un peine de oro peinaban
sus cabellos verdes.
Y los hombres lo amaban, porque les contaba hermosas historias.
Una mañana salió de su aldea como todas las mañanas, pero cuando llegó a la orilla
del mar vio a tres sirenas, que al borde de las olas peinaban sus cabellos verdes con su
peine de oro. Y cuando llegó al bosque vio a un fauno que tocaba la flauta, mientras los
enanitos bailaban a su alrededor. Esa tarde, al volver a su aldea, los trabajadores le dijeron
como de costumbre: —¡Anda, cuéntanos lo que has visto hoy!
Y él contestó: -Hoy no he visto nada.
Oscar Wilde
Firma Apoderado
26 6º Básico
Texto 21
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 27
Texto 22
El gato
Mi gato pequeño
va siempre con sueño
y duerme de día,
acaso pensando, con gran alegría,
en todas las ratas que va a manducar.
Se tiende a la orilla
del fuego que brilla
y allí ronronea,
y en tanto que el fuego brillante chispea
el gato dormido se pone a roncar.
De noche, en acecho
está bien derecho;
ni duerme ni chilla;
si pasa una rata, altiro la pilla,
le clava las garras y ¡zas!... ¡la mató!
Antonio Bórquez
Firma Apoderado
28 6º Básico
Texto 23
El canario
Katherine Mansfield
Fragmento
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 29
Texto 24
Historia de un lobo
Un lobo que no era más que piel y huesos encontró un día a un perro que irradiaba
salud. Se detuvieron a charlar un rato y el lobo dijo: “¡Cómo lo haces para estar tan bien
nutrido, mientras yo, que soy más fuerte que tú, estoy que me caigo de debilidad!”. El perro
respondió: “No se trata de un gran secreto; también tú puedes ser como yo...”. “¿Y qué es
lo que debo hacer?”, le interrumpió el lobo interesado.
Y el perro continuó: “Debes servir al hombre: montar guardia en su casa incluso de
noche. En suma, debes vigilar contra los ladrones” “¡Pero entonces resulta muy fácil! Estoy
verdaderamente cansado de vivir en el bosque siempre con frío y muerto de hambre. Voy
contigo”.
Mientras iban hacia casa, el lobo observó una marca que rodeaba todo el cuello del
perro; y le preguntó: “¿Qué es esa huella, amigo mío?”. El perro respondió: “Nada especial,
como me consideran un poco peligroso, durante el día me encadenan, pero después me
liberan por la noche y voy donde quiero”.
El lobo, al conocer esta información, se quedó de piedra; inmediatamente se detuvo y
dijo: “¡Pero entonces no puedes hacer todo lo que te parece!” “Bueno es cierto que no, pero
siempre tengo el estómago lleno.”, le confirmó el perro. “Pues entonces no, ya que con esos
requisitos no me avengo”.
Con estas palabras, el lobo echó a correr y dejó que el perro disfrutase de todas las
ventajas de la cautividad.
Esopo
(Adaptación)
Firma Apoderado
30 6º Básico
Texto 25
Caminos
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 31
Texto 26
La leyenda de la Añañuca
Firma Apoderado
32 6º Básico
Texto 27
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 33
Texto 28
El Sol
Carmen Gil
Firma Apoderado
34 6º Básico
Texto 29
Esquina peligrosa
El señor Epidídimus, el magnate de las finanzas, uno de los hombres más ricos del
mundo, sintió un día el vehemente deseo de visitar el barrio donde había vivido cuando era
niño y trabajaba como dependiente de almacén.
Le ordenó a su chofer que lo condujese hasta aquel barrio humilde y remoto. Pero el
barrio estaba tan cambiado que el señor Epidídimus no lo reconoció. En lugar de calles de
tierra había bulevares asfaltados, y las míseras casitas de antaño habían sido remplazadas
por torres de departamentos.
Al doblar una esquina vio el almacén, el mismo viejo y sombrío almacén donde él
había trabajado como dependiente cuando tenía doce años.
—Deténgase aquí —le dijo al chofer. Descendió del automóvil y entró en el almacén.
Todo se conservaba igual que en la época de su infancia: las estanterías, la anticuada caja
registradora, la balanza de pesas y, alrededor, el mudo asedio de la mercadería.
El señor Epidídimus percibió el mismo olor de sesenta años atrás: un olor picante y
agridulce a jabón amarillo, a aserrín húmedo, a vinagre, a aceitunas. El recuerdo de su niñez
lo puso nostálgico. Se le humedecieron los ojos. Le pareció que retrocedía en el tiempo.
Desde la penumbra del fondo le llegó la voz ruda del patrón:
—¿Estas son horas de venir? Te quedaste dormido, como siempre.
El señor Epidídimus tomó la canasta de mimbre, fue llenándola con paquetes de azúcar, de
yerba y de fideos, con frascos de mermelada y botellas de lavandina, y salió a hacer el reparto.
La noche anterior había llovido y las calles de tierra estaban convertidas en un lodazal.
Marco Denevi
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 35
Texto 30
Los esquimales
Firma Apoderado
36 6º Básico
Texto 31
Prometeo
Cuando solo existían el Cielo y la Tierra, Prometeo tomó arcilla, la humedeció con
agua del río, la amasó y modeló al hombre. Para darle vida, pidió a todos los animales
cualidades, buenas y malas, y las encerró en su pecho. Atenea, diosa de la sabiduría, le
agregó el espíritu.
Así nacieron los primeros hombres. Durante largo tiempo vagaron como fantasmas,
hasta que Prometeo les enseñó a observar la salida y la puesta de los astros, los inició
en el arte de contar y en el de la escritura, les enseñó a utilizar a los animales como
compañeros de trabajo, los ayudó a fabricar barcas, les enseñó a mezclar medicamentos
para combatir las enfermedades y les hizo dirigir la mirada al interior de la Tierra para
descubrir los minerales metálicos: el hierro, la plata y el oro.
El dios Zeus exigió que las nuevas criaturas le rindieran homenaje, a cambio de su
protección. Se celebró entonces una asamblea de mortales e inmortales para establecer
los derechos y deberes de los hombres.
Prometeo ideó un plan para favorecer a los hombres. Sacrificó un gran toro e hizo
con él dos montones. En uno puso la carne, la médula y las entrañas del animal. En otro
puso los huesos, envueltos en sebo del toro. Luego pidió a Zeus que eligiera primero sus
alimentos. El dios, al darse cuenta de que Prometeo pretendía engañarlo, se encolerizó
y resolvió vengarse negando a los mortales el último don que necesitaban para alcanzar
la civilización: el fuego.
Prometeo no se desanimó: tomó un largo tallo, se acercó con él al carro del Sol que
pasaba, prendió fuego a la planta y bajó a la Tierra con el fuego robado.
Furioso, Zeus ordenó encadenarlo a una roca muy alta, donde debería permanecer
eternamente.
Mito griego
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 37
Texto 32
Más verde
Firma Apoderado
38 6º Básico
Texto 33
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 39
Texto 34
Un pobre comerciante en hierros, tuvo que emprender un largo viaje por eso dejó sus
mercancías en casa de un amigo comerciante que era muy rico, para que se las guardara.
Cuando volvió del viaje, se fue a casa de su amigo a recoger las mercancías cuya
guarda le había encomendado. Pero, con gran sorpresa suya, el otro dijo al verle:
—Tus mercancías se han estropeado. Nada tengo que entregarte. Las dejé en el desván
y los ratones han roído el hierro. Si no quieres creerme puedes subir a verlo tú mismo.
El comerciante pobre no discutió y dijo sencillamente:
—Puesto que tú lo afirmas me basta solo con eso. No hace falta mirar. Desde hoy ya sé
que los ratones comen hierro.
Ya en la calle vio a un niño, hijo del comerciante rico, que estaba jugando. Le acarició,
le cogió en sus brazos, y se lo llevo a su casa. Al día siguiente, el comerciante rico fue a ver
al pobre y le contó la desgracia que le agobiaba: le habían robado a su pequeño hijo y pedía
consejo a su amigo para poder encontrarlo.
Ayer —repuso el comerciante pobre, —cuando salía de tu casa, vi justamente cómo un
gavilán se apoderaba de un niño y se lo llevaba por los aires. Sin duda era tu hijo.
—¿Quieres burlarte de mí? —exclamo el rico lleno de cólera. ¿Cuándo se ha visto que
un gavilán se lleve a un niño por los aires?
—No, no me burlo. Poco puede extrañar que un gavilán robe a un niño, en estos tiempos
en que los ratones comen hierro. Todo puede suceder...
Reflexionó entonces el rico.
—Tu hierro— dijo al fin— no lo comieron los ratones. Yo lo vendí. Daría el doble de su
precio por que el gavilán no se hubiese llevado a mi hijo.
—Yo puedo, en cambio, hacer que recobres a tu hijo, ya que los ratones no se han
comido el hierro. Y se fue a llamar al niño.
Cuento tradicional
Firma Apoderado
40 6º Básico
Texto 35
La mañana se nos presentó por completo dedicada a las más pesadas faenas, pues,
como no veíamos señal alguna de viento, fue necesario arriar los botes y remolcar remando
la goleta durante tres o cuatro millas, hasta que doblamos el extremo de la isla y enfilamos
el fondeadero que estaba detrás de la Isla del Esqueleto. Yo me presté de voluntario para
remar en uno de los botes, donde, por supuesto, no hice ninguna falta. El calor resultaba
insoportable y los marineros maldecían a cada golpe de remo.
Aquel comportamiento no me daba buena espina, pues fue la primera vez que los
marineros no cumplían con presteza sus deberes; no cabe duda que, a la vista de la isla, las
ataduras de la disciplina habían empezado a soltarse.
Anclamos precisamente donde indicaba el mapa, a un tercio de milla de cada orilla, de
un lado de la Isla del Esqueleto y del otro, la grande. El mar estaba tan claro que podíamos
ver el fondo arenoso.
Cuando largamos el ancla, la fuente de espuma que desplazó hizo alzar el vuelo a una
nube de pájaros; que durante unos instantes llenaron el cielo con sus graznidos; luego se
posaron de nuevo en los bosques y todo volvió a hundirse en el silencio.
El fondeadero estaba muy bien protegido de los vientos y rodeado por frondosos
bosques, cuyos árboles llegaban hasta la misma orilla; la costa era llana y las cumbres de los
montes se alzaban alrededor, al fondo, en una especie de anfiteatro. Si el comportamiento
de la tripulación había empezado a inquietarme ya en los botes, cuando regresaron a bordo
se hizo claramente amenazador.
Tendidos en cubierta, en pequeños corrillos, discutían en voz baja. La más ligera orden
era recibida con torvas miradas y ejecutada de la peor gana. Hasta los marineros leales
parecían contaminados, pues no había ninguno a bordo que pudiera servir de modelo a los
demás. El motín se palpaba en el aire como la inminencia de una tormenta.
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 41
Texto 36
El rey mocho
En un pueblo vivía un rey a quien le faltaba una oreja. Pero nadie lo sabía. Siempre
tenía puesta su peluca de rizos negros.
La única persona que conocía su secreto era el barbero del palacio, quien debía
cortarle el cabello una vez al mes. Un día, el barbero se enfermó y murió.
Pasaron muchos días y las greñas comenzaban a asomar por debajo de la peluca. El rey
comprendió, entonces, que debía buscar un nuevo barbero. Bajó a la plaza y pegó este cartel:
EL REY BUSCA BARBERO JOVEN, HÁBIL Y DISCRETO.
Esa noche llegó al palacio un joven barbero. Cuando comenzó a cortar el pelo,
descubrió que el rey era mocho de una oreja.
—Si lo cuentas —dijo el rey con mucha seriedad— te mando a matar.
El nuevo barbero salió del palacio con ese secreto. «El rey es mocho —pensaba— y
no puedo decírselo a nadie». Pero no podía dejar de pensar en el secreto y tenía ganas
de contárselo a todos. Cuando sintió que el secreto ya iba a estallarle por dentro, corrió a
la montaña y abrió un hueco en la tierra. Metió la cabeza en el hueco y gritó: «¡El rey es
mocho!». Tapó el hueco con tierra y así enterró el secreto.
Pasó el tiempo y en ese lugar creció una mata de caña. Un muchacho que cuidaba
cabras pasó por allí y cortó una caña para hacerse una flauta. Cuando estuvo lista, la sopló
y la flauta cantó: «El rey es mocho, no tiene oreja. Por eso usa peluca vieja».
Cortó varias cañas, preparó otras flautas y bajó al pueblo a venderlas. Cada flauta,
al soplarla, cantaba: «El rey es mocho, no tiene oreja. Por eso usa peluca vieja». Y todo
el pueblo se enteró de que al rey le faltaba una oreja. El rey se enojó, subió a la torre del
castillo y se encerró un largo rato. Luego bajó, se quitó la peluca y dijo:
—La verdad es que las pelucas dan mucho calor.
Y solo se la volvió a poner en carnaval.
Cuento tradicional
Firma Apoderado
42 6º Básico
Texto 37
En tiempos muy remotos, en dominios del Imperio incaico, vivía una hermosa princesa
que perdía la vista con el paso de los días. Privada de las bellezas de los territorios de su
padre, el último de los monarcas, entristecía bajo la esclavitud que le imponía la ceguera.
El inca envió mensajeros a todos los rincones del Imperio con la clara instrucción de no
regresar, a menos que trajesen noticias alentadoras para el mal que aquejaba a su bella hija.
Los mensajeros dirigieron a los territorios del extremo norte. Alcanzaron los parajes
de Pichincha, para regresar a Cusco sin el remedio que buscaban. Recorrieron de punta a
cabo las riberas del mar y regresaron desalentados.
Los mensajeros que se habían dirigido al sur del Imperio descendieron desde el Camino
del Inca hasta la pampa del Tamarugal, donde hallaron una imponente laguna de aguas
cristalinas con propiedades curativas. La feliz noticia fue llevada por ágiles corredores, que
solo se detenían para reponer sus energías.
Al enterarse el monarca del feliz mensaje, ordenó preparar de inmediato una caravana,
que sin tardanza transportara a la princesa hasta la laguna prodigiosa.
El tiempo ha ocultado sabiamente las semanas que empleó aquella comitiva en
llegar a la pampa del Tamarugal. Lo cierto fue que la joven, incapacitada de presenciar las
solemnes salidas y entradas del Sol y de la Luna, supo de tantos amaneceres y ocasos por
las mudas de ropa que le hacían sus doncellas.
La caravana llegó por fin a la imponente laguna de la pampa del Tamarugal de la que
tanto se hablaba. Con premura y el mayor de los cuidados, la enceguecida niña fue preparada
para el baño curativo. Muy liviana de atavíos fue sumergida una y cien veces en las aguas
sanadoras. Hasta que comenzó a recuperar la vista y, maravilla, pudo observar el esplendor
de la pampa y los incomparables tamarugos, que dominaban con su deslumbrante belleza.
De regreso junto a su padre, curada del mal que la aquejaba, fue tal la dicha que
produjo en el inca la sanación de su hija, que ordenó nombrar aquella prodigiosa laguna
como Mamiña, la niña de mis ojos.
Leyenda zona norte de Chile
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Fluidez Lectora 43
Texto 38
Ícaro y Dédalo
Mito griego
Firma Apoderado
44 6º Básico
Texto 39
Un animal irritable
Firma Apoderado
Fluidez Lectora 45
Texto 40
La cabellera de Berenice
Hace muchísimos años, en Egipto reinaba el faraón Ptolomeo, casado con la hermosa
Berenice, una mujer que tenía una magnífica melena que no se había cortado jamás. Ella
estaba muy orgullosa de su pelo: lo cuidaba, lo perfumaba y lo adornaba con flores, cintas o
joyas. Sus doncellas se lo cepillaban más de cien veces antes de trenzárselo, como si fuera
una soga gruesa y apretada.
Sucedió que el faraón tuvo que emprender viaje a Siria, para combatir en una larga
y sangrienta guerra. Aunque al palacio llegaban noticias de sus victorias, la reina no podía
soportar que su marido estuviese en continuo peligro.
Iban a cumplirse ya siete años desde la marcha de su esposo cuando Berenice,
desconsolada, prometió a la diosa Afrodita un valioso regalo si Ptolomeo regresaba pronto
y sin daño alguno le daría como ofrenda su cabellera.
Al día siguiente llegaron al palacio unos emisarios anunciando que la comitiva del
faraón estaba a escasa distancia de la ciudad. Berenice entonces, muy contenta, se cortó
su larga y bella trenza. Este hecho causó una enorme admiración en toda la corte y solo una
dama muy envidiosa se atrevió a decirle:
—¡Oh, Berenice! ¿Qué has hecho? ¿Tú crees que el faraón te va a querer con ese
aspecto de oveja trasquilada?
—Me da igual. Prefiero que esté vivo, aunque me repudie —respondió ella.
—Escúchame, niña Berenice —intervino su nodriza—, si el faraón te quería únicamente
por tu pelo, mejor será saberlo para que no pierdas el tiempo con quien no te merece.
Cuando el faraón se enteró del sacrificio de su esposa, la abrazó conmovido y la
acompañó al templo para ofrecer su cabellera a la diosa. La trenza llevaba prendidas siete
perlas, una por cada año de ausencia de su esposo.
Los festejos por la victoria duraron hasta la puesta de Sol. Pero, con el crepúsculo,
cuando se encendieron las antorchas, descubrieron que la cabellera de Berenice había
desaparecido del templo.
46 6º Básico
El faraón, furioso, hizo responsables a los sacerdotes y ordenó su ejecución inmediata.
La sentencia estaba a punto de cumplirse, cuando el astrólogo de la corte acudió muy
exaltado y pidió que el castigo se suspendiera. Con su puntero, señaló hacia arriba y todas
las miradas se clavaron en el firmamento: allí, entre Virgo y Leo, resplandecían siete nuevas
estrellas. El astrólogo explicó que Afrodita había convertido en constelación la cabellera de
Berenice, para que aquella bella historia de amor fuera recordada por siempre.
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Fluidez Lectora 47
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