Consideraciones en torno al acto de estudiar
Paulo Freire (Chile, 1968)
Toda bibliografía debe reflejar una intención fundamental de quien la elabora: la de atender o
despertar el deseo de profundizar conocimientos en aquel o aquellos a quienes se propone. Si falta
en quienes la reciben el ánimo de usarla, o si la bibliografía en sí misma no es capaz de desafiarlos,
se frustra entonces esa intención fundamental.
La bibliografía se convierte en un papel inútil más, entre otros, perdido en los cajones de los
escritorios.
Esa intención fundamental de quien hace la bibliografía le exige un triple respeto: hacia las
personas a quienes se dirige, hacia los autores citados y hacia sí mismo. Una relación bibliográfica
no puede ser una simple serie de títulos, hecha al acaso o de oídas. Quien la sugiere debe saber lo
que está sugiriendo y por qué lo hace. Quien la recibe, a su vez, debe encontrar en ella, no una
prescripción dogmática de lecturas, sino un desafío. Desafío que se hará más concreto en la medida
en que empiece a estudiar los libros citados y no a leerlos por encima, como si apenas los hojease.
Estudiar es, realmente, un trabajo difícil. Exige de quien lo hace una postura crítica, sistemática.
Exige una disciplina intelectual que no se adquiere sino practicándola.
Esto es, precisamente, lo que la “educación bancaria” (1) no estimula. Por el contrario, su tónica
reside fundamentalmente en matar en los educandos la curiosidad, el espíritu investigador, la
creatividad. Su “disciplina” es la disciplina para la ingenuidad frente al texto, no para la posición
crítica indispensable.
Este procedimiento ingenuo al cual se somete al educando, junto con otros factores, puede explicar
las fugas del texto que hacen los estudiantes, cuya lectura se torna puramente mecánica, mientras
que con la imaginación se desplazan hacia otras situaciones. Por último, lo que se les pide no es la
comprensión del contenido, sino su memorización. En lugar de ser el texto y su comprensión, el
desafío pasa a ser la memorización. Si el estudiante consigue memorizarlo, habrá respondido al
desafío.
En una visión crítica las cosas ocurren de otro modo. Quien estudia se siente desafiado por el texto
en su totalidad y su objetivo es apropiarse de su significación profunda.
Esta postura crítica, fundamental, indispensable al acto de estudiar, requiere de quien a eso se
dedica:
a) Que asuma el papel de sujeto de ese acto. Esto significa que es imposible un estudio serio si
quien estudia se coloca frente al texto como si estuviera magnetizado por la palabra del autor, a
la cual atribuiría una fuerza mágica; si se comporta pasivamente, “domesticadamente”,
procurando solamente memorizar las afirmaciones del autor; si se deja “invadir” por lo que
afirma el autor; si se transforma en una “vasija” que debe ser llenada por los contenidos que
toma del texto para colocarlos dentro de sí mismo.
Estudiar seriamente un texto es estudiar el estudio de quien, estudiando, lo escribió. Es percibir
el condicionamiento histórico - sociológico del conocimiento. Es buscar las relaciones entre el
contenido en estudio y otras dimensiones afines del conocimiento. Estudiar es una forma de
reinventar, de recrear, de reescribir, tarea de sujeto y no de objeto. De esta manera, no es
posible, para quien estudia en esa perspectiva, alienarse con el texto, renunciando así a su
actitud crítica frente a él.
La actitud crítica en el estudio es la misma que es preciso adoptar frente al mundo, la realidad,
la existencia. Una actitud de adentramiento con la cual se va alcanzando la razón de ser de los
hechos cada vez más lúcidamente.
Un texto será tanto mejor estudiado en cuanto, en la medida en que se tiene de él una visión
global, se vuelva a él, delimitando sus dimensiones parciales.
Al ejercer el acto de delimitar los núcleos centrales del texto que, en interacción, constituyen su
unidad, el lector crítico irá descubriendo todo un conjunto temático, no siempre explícito en el
índice de la obra. La demarcación de esos temas debe atender también al cuadro referencial de
interés del sujeto lector.
Es así que, frente a un libro, ese sujeto lector puede despertar ante un trozo que le provoca una
serie de reflexiones en torno a una temática que lo preocupa y que no es necesariamente la
temática principal del libro en estudio. Una vez sospechada la posible relación entre el trozo
leído y su preocupación, corresponde, entonces, fijarse en el análisis del texto, buscando el nexo
entre su contenido y el objeto de estudio en que se encuentra trabajando. Se le impone una
exigencia: analizar el contenido del trozo en cuestión en relación con los precedentes y con los
que le siguen, evitando así traicionar el pensamiento del autor en su totalidad.
Verificada la relación entre el trozo en estudio y su preocupación, debe separarlo de su
conjunto, transcribiéndolo en una ficha con un título que lo identifique con el objeto específico
de su estudio. En esas circunstancias, puede detenerse inmediatamente en reflexiones a
propósito de las posibilidades que el trozo le ofrece o bien continuar con la lectura general del
texto, señalando otros trozos que puedan aportarle nuevas meditaciones.
En último análisis, el estudio serio de un libro o de un artículo de revista implica no sólo una
penetración crítica en su contenido básico sino también una sensibilidad aguda, una
permanente inquietud intelectual, un estado de predisposición a la búsqueda.
b) Que el acto de estudiar, en el fondo, es una actitud frente al mundo. Ésta es la razón por la cual
el acto de estudiar no se reduce a la relación lector - libro, o lector - texto.
Los libros, en verdad, reflejan el enfrentamiento de sus autores con el mundo. Expresan ese
enfrentamiento. Y aun cuando los autores huyan de la realidad concreta estarán expresando su
manera deformada de enfrentarla.
Estudiar es también, y sobre todo, pensar la práctica, y pensar la práctica es la mejor manera de
pensar correctamente. De esta manera, quien estudia no debe perder ninguna oportunidad, en
sus relaciones con los demás, con la realidad, de asumir una postura de curiosidad. La de quien
pregunta, la de quien indaga, la de quien busca. El ejercicio de esa postura de curiosidad
termina por tornarla ágil, de lo cual resulta un mayor aprovechamiento de la misma curiosidad.
Es así que se impone el registro constante de las observaciones realizadas durante una
determinada práctica, durante las simples conversaciones. El registro de las ideas que tenemos y
de las que nos “asaltan” con frecuencia cuando caminamos solos por la calle. Registros que
pasan a constituir lo que Wright Mills llama “fichas de ideas”. Estas ideas y estas
observaciones, debidamente fijadas, pasan a constituir desafíos que deben ser respondidos por
quien las registra.
Casi siempre, al transformarse en la incidencia de la reflexión de quien las anota, esas ideas nos
remiten a la lectura de textos con los cuales pueden instrumentarse para proseguir en su
reflexión.
c) Que el estudio de un tema específico exige del estudiante que se ponga, hasta donde sea
posible, al tanto de la bibliografía referente al tema u objeto de su inquietud.
d) Que el acto de estudiar es asumir una relación de diálogo con el autor del texto, cuya mediación
se encuentra en los temas de que trata. Esa relación dialógica da como resultado la percepción
del condicionamiento histórico - sociológico e ideológico del autor, que no siempre es el
mismo del lector.
e) Que el acto de estudiar exige humildad. Si quien estudia asume realmente una posición
humilde, coherente con la actitud crítica, no se siente disminuido si encuentra dificultades, a
veces grandes, para penetrar en la significación más profunda del texto. Humilde y crítico, sabe
que el texto, en la medida misma en que es un desafío, puede estar más allá de su capacidad de
respuesta. No siempre el texto se entrega fácilmente al lector.
En este caso, lo que debe hacer es reconocer la necesidad de instrumentarse mejor para volver
al texto en condiciones de entenderlo. Es inútil pasar las páginas de un libro si no se ha
alcanzado su comprensión. Se impone, por el contrario, la insistencia en la búsqueda de su
desvelamiento. La comprensión de un texto no es algo que se recibe de regalo: exige trabajo
paciente de quien se siente problematizado por él.
El estudio no se mide por el número de páginas leídas en una noche, ni por la cantidad de libros
leídos en un semestre.
Estudiar no es un acto de consumir ideas, sino de crearlas y recrearlas.
(Material extractado de Paulo Freire: “La importancia de leer y el proceso de liberación”
Siglo XXI – 13° edición, 1999 - 1° edición en español, 1984)
(1) Paulo Freire, fue un pedagogo brasileño que, a través de su dedicación a la educación de
adultos, desplegó una corriente “de liberación” en educación que lo hizo reconocido en todo
el mundo. Giroux y Mac Laren, representantes de la corriente de pedagogía crítica lo
consideran el pilar de dicha teoría. De la misma manera, S. Grundy lo toma como ejemplo
al hablar de la práctica sustentada por el interés emancipador de Habermas.
Creador de gran cantidad de textos – aun plenamente vigentes y recuperados después de ser
prohibidos durante la dictadura de 1976/82 – y visitante permanente de la Argentina hasta
poco tiempo antes de su muerte, es sin duda su “Pedagogía del oprimido”, escrita en 1963 y
reeditada hasta ahora, la obra fundamental. Allí es donde aparece por primera vez el
término “educación bancaria”, clara metáfora de la manera pasiva de aprender . El maestro,
“deposita” su saber en el cerebro del niño como se hace con el dinero en un trámite
bancario.
A esa educación él antepone la “educación problematizadora” centrando en ella toda su
teoría.
La manera de plantear el estudio en este bellísimo texto, es reflejo de esa concepción.