0% encontró este documento útil (0 votos)
610 vistas14 páginas

Lecturas Reflexivas

Sensibilización

Cargado por

alirio.mejia21
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
610 vistas14 páginas

Lecturas Reflexivas

Sensibilización

Cargado por

alirio.mejia21
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

EL RELOJERO DEL TIEMPO

En un pequeño pueblo, existía una antigua relojería regentada por un anciano


llamado Elías. Su taller, lleno de engranajes, campanillas y el suave tic-tac de los
relojes, era un lugar mágico donde el tiempo parecía fluir de manera diferente. La gente
del pueblo contaba que Elías no solo reparaba relojes, sino que también tenía el poder
de manipular el tiempo, una habilidad que había heredado de generaciones pasadas.

Una tarde, una joven llamada Clara entró en la tienda, angustiada por el paso del
tiempo. Había perdido a su madre recientemente y deseaba con toda su alma volver a
vivir esos momentos felices que habían compartido. Elías, con ojos llenos de sabiduría
y compasión, la escuchó atentamente. “El tiempo es un concepto curioso”, dijo, “nos
empuja hacia adelante, pero también nos permite mirar hacia atrás”.

El anciano le mostró un reloj peculiar, adornado con intrincados grabados de


constelaciones y flores. “Este reloj tiene el poder de llevarte a esos recuerdos”, le dijo.
Clara, intrigada pero escéptica, aceptó la oferta. Al girar la manecilla, se sintió envuelta
en una bruma dorada. De repente, estaba en su infancia, jugando en el jardín con su
madre. Las risas y los abrazos llenaban el aire, y por un momento, el dolor de la pérdida
se desvaneció.

Sin embargo, al regresar al presente, Clara se dio cuenta de que esos momentos
no podían ser recuperados, solo recordados. Elías, observándola, le explicó: “El tiempo
no se puede detener, pero los recuerdos son eternos. Aprender a vivir con ellos es el
verdadero arte”. Ella comprendió que el dolor era parte de su historia y que cada
recuerdo, aunque efímero, era un tesoro invaluable.

En medio de su reflexión, Clara notó que el taller estaba lleno de relojes de


diferentes épocas. Cada uno parecía contar una historia, un fragmento de vida. El
anciano, percibiendo su curiosidad, comentó: “Cada reloj en este taller representa no
solo el tiempo, sino también las experiencias y aprendizajes que acumulamos. Al igual
que en la investigación, donde cada dato es un indicio que nos lleva a una conclusión
más profunda”.
Clara se dio cuenta de que así como un investigador busca patrones en los
datos, ella debía buscar sentido en sus recuerdos. La vida, al igual que la investigación,
es un proceso de exploración y descubrimiento. Con una nueva perspectiva, salió de la
relojería sintiendo que, aunque no pudiera cambiar el pasado, podía abrazar su historia
y aprender de ella.

El relojero del tiempo no solo le había devuelto sus recuerdos, sino que le había
enseñado que el tiempo, en su esencia, es un maestro que nos invita a reflexionar y a
seguir adelante.
Perritos a la venta

En un pequeño pueblo lleno de encanto, se encontraba la tienda de mascotas de


Doña Rosa, un lugar donde los sueños de tener un perrito se volvían realidad. Cada
mañana, la tienda se llenaba de risas y ladridos, mientras los pequeños cachorros
correteaban por el suelo, buscando atención y cariño. Doña Rosa, con su sonrisa cálida
y su amor por los animales, atendía a todos los visitantes con un entusiasmo
contagioso.

“¡Mira estos adorables perritos!”, exclamaba, señalando a un grupo de cachorros


de diferentes razas. Había un pequeño golden retriever que no paraba de mover la cola,
un chihuahua que se acurrucaba en su cama, y un juguetón beagle que intentaba
llamar la atención de todos. Los niños se acercaban, maravillados por la ternura de los
animales, y Doña Rosa les contaba historias sobre cada uno.

“Este es Max”, dijo, señalando al golden retriever. “Es muy cariñoso y le encanta
jugar en el parque.” Luego, apuntó al chihuahua. “Y esta es Luna, es un poco tímida,
pero cuando se siente segura, es la más dulce de todas.” Los cachorros, con sus ojos
brillantes y colas moviéndose de un lado a otro, parecían conocer el poder que tenían
para robar corazones.

Doña Rosa también enfatizaba la responsabilidad que conllevaba tener una


mascota. “Recuerden, no solo se trata de jugar, también hay que cuidar de ellos.
Necesitan amor, atención y, sobre todo, un hogar donde se sientan seguros”, decía con
seriedad. Su pasión por los animales era evidente y quería asegurarse de que cada
perrito encontrara a la familia adecuada. A medida que el día avanzaba, las familias
llegaban, algunas buscando un compañero para sus hijos, otras deseando un amigo
leal. Al final de la jornada, cuando el sol comenzaba a ponerse, Doña Rosa sonreía al
ver que varios cachorros habían encontrado nuevos hogares. Cada despedida era un
nuevo comienzo, y cada ladrido de felicidad resonaba en su corazón. La tienda de Doña
Rosa no era solo un lugar donde se vendían perritos; era un refugio donde los lazos
entre humanos y animales empezaban a formarse, recordando a todos que el amor y la
lealtad de un perrito son tesoros invaluables.
El maestro y el alacrán

En un pequeño pueblo, un sabio maestro era conocido por su capacidad para enseñar
valiosas lecciones de vida a sus alumnos. Un día, mientras caminaba por el mercado,
vio a un grupo de niños rodeando un pequeño alacrán atrapado en una caja. Los niños
se reían y discutían sobre qué hacer con él.

El maestro, intrigado por la escena, se acercó. “¿Por qué no lo liberan?”


preguntó. Los niños respondieron que temían que el alacrán los picara. El maestro
sonrió y, tras reflexionar un momento, decidió intervenir. “Permítanme mostrarles algo”,
dijo mientras se agachaba.

Con cuidado, el maestro tomó la caja y, en un acto de valentía, abrió la tapa. El


alacrán, al verse libre, se quedó inmóvil por un instante, como si comprendiera su
situación. Sin embargo, en un movimiento rápido, comenzó a moverse, buscando una
salida.

Los niños se apartaron, asustados. “¿Ven?” les dijo el maestro. “El alacrán no
tiene la intención de hacerles daño. Simplemente sigue su naturaleza”. Pero en ese
momento, el alacrán, al sentirse amenazado, picó al maestro en la mano.

Los niños gritaron, preocupados. El maestro, sintiendo el ardor del veneno, se


quedó en calma. Con una sonrisa, les explicó: “A veces, nuestra naturaleza nos lleva a
actuar de manera instintiva, incluso si no queremos hacer daño. Aprender a
comprender a los demás, a pesar de sus instintos, es fundamental”.

El maestro se alejó del grupo, dejando a los niños reflexionando sobre la lección.
Comprendieron que, aunque el alacrán había actuado por instinto, el entendimiento y la
empatía eran la clave para convivir en armonía con todas las criaturas. A partir de ese
día, los niños aprendieron a ver más allá de la naturaleza de los demás, buscando
siempre el entendimiento antes que el miedo.
El billete arrugado

En una bulliciosa ciudad, un hombre llamado Javier caminaba apresurado por las
calles, con la mente llena de preocupaciones. Tenía un trabajo que detestaba y un
futuro que le parecía incierto. Un día, mientras esperaba en una esquina, notó algo en
el suelo. Era un billete de diez dólares, arrugado y sucio, casi desechado por el paso de
los transeúntes.

Sin pensarlo demasiado, Javier lo recogió. Al mirarlo más de cerca, recordó lo


que su madre siempre le decía: “Un billete arrugado todavía tiene valor”. Esa frase
resonó en su mente, llevándolo a reflexionar sobre su propia vida. Aunque se sentía
perdido y desgastado, aún tenía un valor intrínseco que a menudo olvidaba.

Decidió no gastarlo de inmediato. En lugar de eso, lo guardó en su billetera como


un recordatorio. Cada vez que se sentía desanimado o insignificante, sacaba el billete y
lo miraba. Con el tiempo, comenzó a notar pequeños cambios en su vida. Se esforzó
más en su trabajo, se inscribió en clases de fotografía, una de sus pasiones olvidadas,
y comenzó a reconectar con viejos amigos.

Un día, decidió usar el billete para un propósito especial. Compró una planta para
su casa, simbolizando el crecimiento y la renovación. Mientras colocaba la planta en su
ventana, se dio cuenta de que, al igual que el billete arrugado, él también podía florecer
a pesar de las adversidades.

El billete se convirtió en un símbolo de esperanza. Javier aprendió que el valor


no siempre se mide por la apariencia externa, sino por el potencial que llevamos dentro.
Al final, el billete arrugado lo había guiado a un nuevo comienzo, enseñándole a
apreciar tanto su valor como el de cada pequeño momento en su vida.
Los tres ancianos

En un tranquilo pueblo, tres ancianos solían sentarse juntos en un banco del


parque, compartiendo historias y risas. Eran conocidos como Don Manuel, Don Pedro y
Doña Clara. Cada uno tenía su propia sabiduría y estilo de vida, y juntos formaban un
trío inseparable.

Don Manuel, el más viejo de los tres, había sido un agricultor toda su vida. Sus
manos estaban llenas de surcos, prueba de años de trabajo en la tierra. Siempre decía:
“La paciencia es la clave para cultivar tanto en el campo como en la vida”. Sus historias
estaban llenas de anécdotas sobre siembras exitosas y fracasos, enseñando a los
demás a valorar el proceso y no solo los resultados.

Don Pedro, un ex maestro, era un amante de las palabras. Le encantaba contar


cuentos y parodias, llenos de humor y lecciones. “La risa es el mejor remedio”, repetía
con frecuencia. Su habilidad para narrar historias mantenía a los niños del pueblo
alrededor de él, riendo y aprendiendo al mismo tiempo. En cada relato, escondía una
moraleja que hacía reflexionar a los oyentes.

Doña Clara, la única mujer del grupo, era una artista. Sus pinturas adornaban las
paredes de muchas casas del pueblo. Era conocida por su sensibilidad y creatividad.
“La belleza se encuentra en las cosas más simples”, decía. Su visión del mundo
inspiraba a otros a observar la vida desde diferentes ángulos y a encontrar arte en lo
cotidiano.

Un día, mientras conversaban, notaron que algo faltaba en el parque: la alegría


de los niños. Habían pasado meses sin que los pequeños jugaran allí. Los tres
ancianos decidieron actuar. Juntos organizaron un festival en el parque, donde Don
Manuel enseñaría a los niños sobre las plantas, Don Pedro contaría historias divertidas
y Doña Clara guiaría a los niños en la creación de sus propias obras de arte.

El día del festival, el parque se llenó de risas, colores y música. Los niños se
divirtieron aprendiendo y creando, y los ancianos sintieron que su sabiduría había
cobrado vida nuevamente. Al final del día, mientras observaban a los niños correr y
jugar, los tres ancianos comprendieron que su legado no solo era compartir historias,
sino también inspirar a las nuevas generaciones a apreciar la vida en toda su plenitud.

Así, en un rincón del pueblo, el banco del parque se convirtió en un símbolo de


comunidad, donde la sabiduría de los ancianos se entrelazaba con la inocencia de la
niñez, creando un lazo que perduraría en el tiempo.
El pájaro y los tres cepos

En un frondoso bosque, un pájaro de plumas brillantes volaba libremente. Era


conocido por su hermoso canto y su espíritu aventurero. Sin embargo, un día, mientras
exploraba una parte del bosque que nunca había visitado, se encontró con un lugar
extraño: tres cepos de madera, dispuestos en línea.

El primer cepo tenía una trampa sencilla, con una pequeña porción de semillas
brillantes en su interior. El pájaro, curioso, se posó cerca y, al ver las semillas, se
preguntó si realmente eran tan irresistibles como parecían. Sin embargo, recordó las
advertencias de su madre sobre los peligros de lo que parece demasiado bueno para
ser verdad. Decidió no acercarse y siguió volando.

El segundo cepo era más elaborado, con un diseño ingenioso que incluía una
cuerda que se activaba al tocar las semillas. El pájaro se detuvo, intrigado por la
complejidad de la trampa. Se dio cuenta de que, aunque las semillas eran tentadoras, el
riesgo de ser atrapado era demasiado alto. Así que, con un batir de alas, se alejó una
vez más.

Finalmente, el tercer cepo era el más grande y aterrador. Estaba rodeado de


espinas y parecía estar diseñado para atrapar a cualquier ave que se acercara. El
pájaro lo miró con desdén. En su corazón, sabía que no merecía la pena arriesgar su
libertad por algo que podría costarle su vida.

A medida que se alejaba de los cepos, el pájaro reflexionó sobre su experiencia.


Había aprendido que no todas las tentaciones valen la pena y que la libertad es el bien
más preciado que posee. Desde ese día, cada vez que volaba sobre el bosque,
recordaba los tres cepos y se sentía agradecido por haber tomado las decisiones
correctas.

Con el tiempo, el pájaro se convirtió en un símbolo de sabiduría en el bosque.


Otros animales acudían a él en busca de consejo, y él compartía su historia sobre los
cepos, enseñándoles la importancia de la prudencia y el valor de la libertad. Así, el
pájaro no solo vivió una vida plena, sino que también ayudó a otros a encontrar su
camino y evitar las trampas de la vida.

Sopa de piedra

En un pequeño pueblo, un viajero llegó un día con el estómago vacío y el


corazón cansado. Al entrar al pueblo, se encontró con una aldea que parecía sombría y
llena de desconfianza. Los habitantes, temerosos de compartir lo poco que tenían,
miraron al extraño con recelo.

El viajero, con una sonrisa en el rostro, decidió que haría algo especial. Se
acercó a la plaza central y comenzó a buscar una piedra. Después de unos minutos,
encontró una piedra grande y lisa, perfecta para su propósito. Con la piedra en mano,
se dirigió a la fuente del pueblo y llenó una olla con agua, colocando la piedra en su
interior.

Intrigados, algunos aldeanos se acercaron a observar. “Estoy preparando una


deliciosa sopa de piedra”, anunció el viajero. “Es un platillo muy especial que nunca
falla”. Los habitantes se miraron entre sí, incrédulos pero curiosos.

A medida que el agua comenzaba a hervir, el viajero probó la sopa y exclamó:


“¡Mmm! Solo le falta un poco de sal para realzar el sabor”. Un aldeano, intrigado,
decidió aportar un poco de sal. “¡Aquí tienes!”, dijo, arrojando un puñado a la olla.

El viajero siguió probando la sopa y comentó: “¡Ah, esto es mejor! Pero aún
necesita un poco de cebolla para darle más sabor”. Otro aldeano, que había estado
escuchando, se sintió motivado y trajo una cebolla de su despensa.

Así, poco a poco, el viajero pidió otros ingredientes: zanahorias, patatas y


hierbas. Cada vez que mencionaba un ingrediente, un aldeano se ofrecía a traerlo. En
poco tiempo, la olla burbujeaba con una deliciosa sopa llena de color y sabor.

Cuando la sopa estuvo lista, el viajero sirvió a todos un tazón humeante. Los
aldeanos, al probarla, se sorprendieron de lo deliciosa que era. En ese momento, la
desconfianza se transformó en camaradería, y todos comenzaron a compartir historias
y risas alrededor de la olla.

Al final del día, el viajero no solo había preparado una exquisita sopa, sino que
también había unido a la comunidad. Antes de marcharse, dejó la piedra, recordando a
los aldeanos que, a veces, lo que se necesita para crear algo maravilloso es un poco de
confianza y colaboración. Desde entonces, la historia de la sopa de piedra se convirtió
en una leyenda en el pueblo, recordando siempre la importancia de compartir y trabajar
juntos.
La Ratonera

En un pequeño pueblo, había una antigua casa abandonada que todos conocían
como "La Ratonera". Las leyendas la rodeaban, y se decía que estaba maldita. Los
niños del pueblo se atrevían a acercarse solo para contar historias sobre los misteriosos
ruidos que provenían de su interior. Sin embargo, un día, un grupo de amigos decidió
que era hora de descubrir la verdad.

Valientes y un poco temerosos, Lucía, Tomás y Javier se acercaron a la casa al


caer la tarde. La puerta crujió al abrirse, revelando un vestíbulo cubierto de polvo y
telarañas. Con linternas en mano, comenzaron a explorar. Las sombras danzaban en
las paredes, y cada pequeño sonido hacía que sus corazones latieran más rápido.

Mientras recorrían las habitaciones, encontraron una gran sala con un viejo piano
en el centro. Lucía, fascinada, se sentó y tocó algunas teclas, produciendo una melodía
melancólica que resonó en toda la casa. En ese instante, un ruido sordo proveniente del
piso de arriba los hizo detenerse en seco.

“¿Qué fue eso?” murmuró Tomás, visiblemente asustado. Javier, siempre el más
atrevido, sugirió que subieran a investigar. Con el corazón en la garganta, comenzaron
a escalar las escaleras chirriantes. Al llegar al segundo piso, encontraron una puerta
entreabierta, de la que salía una luz tenue.

Al entrar, descubrieron una habitación llena de trampas de ratón, viejas y


polvorientas. En el centro, un enorme ratón de peluche estaba sentado, como si
esperara a que alguien jugara con él. Los amigos soltaron una risa nerviosa, aliviados
de no haber encontrado nada aterrador. Pero en ese momento, el piso crujió
nuevamente, y una sombra se movió rápidamente por la habitación.
Asustados, se volvieron hacia la puerta solo para encontrarla cerrada. “¡Estamos
atrapados!” gritó Lucía. Pero antes de que pudieran entrar en pánico, el ratón de
peluche comenzó a moverse, revelando que era un animatronic. Con un suave
zumbido, se activó y comenzó a hablar: “Bienvenidos a La Ratonera. Aquí, la valentía
es recompensada”.

Los amigos se miraron, confundidos pero intrigados. El ratón explicó que la casa
había sido un antiguo refugio para aquellos que temían enfrentar sus miedos. Desde
entonces, había permanecido vacía, esperando a que alguien se atreviera a entrar.

Con el tiempo, Lucía, Tomás y Javier aprendieron que la verdadera aventura no


solo era descubrir la casa, sino también enfrentar sus propios miedos. Al final, la
experiencia en La Ratonera se convirtió en una anécdota inolvidable y, a partir de ese
día, el lugar dejó de ser un símbolo de miedo y se transformó en un recordatorio de la
valentía y la amistad.
El elefante y la alondra

En la vasta sabana africana, un majestuoso elefante llamado Tambo caminaba


con orgullo. Su enorme tamaño y fuerza lo hacían el rey de la selva, pero a menudo se
sentía solo. Un día, mientras buscaba agua cerca de un lago, escuchó un canto
melodioso. Intrigado, levantó la vista y vio a una pequeña alondra volando entre los
árboles.

La alondra, llamada Lira, era conocida por su dulce canto. A pesar de su


pequeño tamaño, su voz llenaba el aire con alegría. Tambo, curioso, le preguntó: “¿Por
qué cantas tan felizmente, pequeña alondra? ¿No temes a los depredadores que
rondan la sabana?”.

Lira, al posarse en una rama cercana, respondió: “Canto porque disfruto de la


vida. Cada día es una nueva oportunidad para celebrar, sin importar los peligros que
puedan existir”. Tambo se sintió conmovido por su respuesta. A pesar de su grandeza,
a menudo se preocupaba por los peligros que acechaban a su alrededor.

“¿Cómo puedes ser tan valiente?” preguntó Tambo. “Yo tengo la fuerza, pero tú
pareces tener algo más poderoso”. Lira sonrió y dijo: “La valentía no siempre se mide
por el tamaño. A veces, es la actitud y la perspectiva lo que realmente importa. Yo elijo
ver la belleza en cada día”.

Inspirado por las palabras de Lira, Tambo decidió que debía aprender a disfrutar
de la vida como ella lo hacía. Desde ese día, cada vez que se encontraba con la
alondra, se detenía a escuchar su canto. Juntos exploraron la sabana, Lira volando
alrededor de Tambo mientras él se movía lentamente, disfrutando del paisaje.
Un día, mientras caminaban, se encontraron con un grupo de animales
asustados. Un fuego había comenzado a propagarse por la sabana, y todos temían por
su seguridad. Tambo, con su gran tamaño, se dio cuenta de que podía ayudar. “Voy a
usar mi fuerza para abrir un camino y ayudar a los demás a escapar”, dijo.

Lira, volando alto, guió a los animales hacia un lugar seguro, mientras Tambo se
aseguraba de que todos estuvieran a salvo. A través de su valentía combinada,
lograron salvar a muchos animales.

Desde aquel día, se formó un vínculo inquebrantable entre Tambo y Lira. El


elefante aprendió a ver la vida con los ojos de la alondra, encontrando alegría incluso
en los momentos difíciles, mientras que Lira descubrió que a veces, la fuerza y el coraje
podían venir en formas inesperadas.

Así, en la sabana, unieron sus diferencias y crearon un hermoso canto de


amistad que resonó en todo el lugar, recordando a todos que la verdadera grandeza se
encuentra en la valentía del corazón.

También podría gustarte