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Secretos y Sombras de Un Amor I - Mercedes Franco

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Secretos y Sombras de Un Amor I - Mercedes Franco

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Tiempo presente. Saint Tropez, Francia


Hace dos meses atrás. Ciudad Santa María
Sábado 29 de abril. Ciudad Santa María
Domingo 30 de abril. Ciudad Santa María
Hace un mes atrás. Ciudad Santa María- Puerto Santo
Tiempo Presente. Saint Tropez, Francia
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Tiempo presente.
Saint Tropez, Francia.

Esa noche tuve otra pesadilla, nuevamente vi los rostros que me


perseguían, grotescos y sucios, trataba de gritar pero no podía, me
tocaban y desgarraban, nadie venía a ayudarme, me hundía en ese fango,
una y otra vez. Me desperté sobresaltada en la penumbra sin recordar
donde estaba, y sólo cobré conciencia al escuchar el suave sonido de su
respiración a mi lado.
Aún sentía mi corazón agitado y la respiración entrecortada por el
incómodo sueño, esas sombras vagas venían a espantarme como
fantasmas cada noche, de cada maldito día, sin compasión ni
misericordia. Tocaba con fuerza mis sienes para espantar esos recuerdos
oscuros, mientras mantenía mis ojos cerrados con fuerza.
- Calma, calma, me dije con insistencia, calma, todo está bien, ¡sólo
fue un sueño!
Sentí la calidez de las sábanas, suaves y tersas rozando mi piel, y esa
sensación me devolvió al lugar donde estaba. Abrí lentamente mis ojos,
ahora con el recuerdo de todo lo vivido la noche anterior, con esa
deliciosa sensación de cansancio. Recorrí poco a poco el espacio en el que
me encontraba, las nítidas paredes blancas, decoradas con algunos
cuadros de diseños geométricos en color negro y blanco, todo sencillo y
limpio; un espacio completamente sobrio.
A mi izquierda observé un hermoso ventanal desde donde se
divisaba el paisaje montañoso, de tonos esmeraldas, azules, violetas, y el
mar de un añil vibrante. Me encontraba en un ambiente completamente
diferente a todo lo que yo había conocido, esto era algo verdadero, lleno
de realidad, tanto lo visible como lo que no. Sus ojos me lo decían, así
como la sensación de esos labios que sabían besar con ternura y pasión,
doblegándome como una niña, como alguien quien nunca ha sentido
amor.
Lentamente, me volteé y ahí estaba él, a mi lado, recostado de
espaldas, la sábana parecía jugar caprichosamente con su cuerpo,
dejándome entrever ese universo de intimidad que una vez fue un
misterio o una fantasía, y que ahora era mío. Su espalda expuesta era un
delicioso universo de color moreno claro, sobre el cual yacían un millón
de lunares como constelaciones en el cielo. Por mi mente pasó la loca idea
de unirlos, tenía la teoría de crear mil formas con ellos, caprichosas
expresiones de ese mundo secreto que ahora compartíamos.
Los recorrí suavemente, con cuidado para no despertarlo. Mis manos
iban generando electricidad al contacto con su cuerpo, mientras trataba
de conectarlos en forma de estrellas. Sonreí para mí misma, recordando
todo ¿Puede haber instantes tan perfectos? Seguí poco a poco tocando su
piel, tenía una cicatriz en forma de media luna en la pierna izquierda, me
había contado que se la hizo trepando por una montaña empinada; en
una de sus temerarias excursiones, quien sabe en qué montaña de algún
país cuyo nombre no puedo ni pronunciar.
Su cuerpo, un lugar lleno de accidentes geográficos, cada herida un
testimonio de su vida plena de experiencias hermosas, llenas de
conocimiento, mil historias, lo mejor era que todavía quedaban muchas
por contar, y yo quería ser parte de todas ellas, aunque no lo mereciera.
Ahora lo tenía a él, todo para mí, no sabía por cuánto tiempo, pero eso
me bastaba.
A pesar de mi intromisión, aún dormía profundamente. Observaba su
rostro y en mi cara se dibujaba una tonta sonrisa, esa que no puedes
disimular sin que se te tensen las mejillas ¿será que estoy enamorada de
este hombre? Me congelaba de miedo al considerarlo. Pero hay
momentos en los cuales no puedes pensar, sólo vivir, dejarte llevar, hay
cosas que simplemente suceden, y razonar resulta una pérdida de
tiempo. Mis labios se entreabrieron instintivamente, en ese momento
deseaba besar otra vez esos dulces labios, hasta que se me quitara la
respiración y la sed de él.
Su cara estaba relajada, yo seguí sonriendo, destilaba dulzura, se veía
tan inocente. Su barba crecida era tan negra como el azabache, y
contrastaba hermosamente con el color de su piel, sus cejas gruesas,
pobladas, un tanto arqueadas, eran del mismo color, su cabello de un
castaño oscuro intenso. No sé por qué, pero desde que lo vi me llamó
tanto la atención, aunque nunca me gustaron los hombres de su tipo, con
cara de inocencia y alma de bondad, solamente “los chicos malos”, esos
que de entrada ya sabes que serán un completo desastre. Pero él logró
crear un estándar nuevo, el suyo.
Él se había mostrado tal y como era, con sus defectos y virtudes, ya ni
su cuerpo ni su alma guardaban secretos para mí, o al menos eso creía.
Sin embargo, yo no era sincera, no le había contado quién era, tenía la
llave de sus secretos, pero él ni siquiera se acercaba a mí, solamente a mi
cuerpo ¿Y cómo? No podía imaginar contarle mi vida, todas esas cosas
que sólo me llenaban de un sabor amargo.
Mientras estábamos juntos, parecía llenarme de colores, alejándome
de esas imágenes que deseaba olvidar. En ese instante, sacudí mi cabeza
para quitarme los malos pensamientos y sustituirlos por los momentos
que vivimos la noche anterior.
En esa noche maravillosa, donde nuestras miradas hablaban por sí
mismas, un silencio que decía tantas cosas, pronto nos besábamos
apasionadamente, con una sed proverbial. Mis manos lo recorrieron
todo, eran como mariposas revoloteando en sus tatuajes, y hábilmente le
quitaron la ropa, casi sin esfuerzo. Sentía tanta sed de él, y en un impulso
mis labios lo recorrieron una y otra vez.
- Espérate, espérate, me dijo él asombrado de mi actitud.
Trataba de contenerme, ser la que él creía, y no la real, la verdadera
Lara. Dejé que tomara el control, mientras el piso del cuarto se volvió un
desastre con nuestras ropas y con todo lo que nos llevamos por delante.
No había palabras para ese instante paradójico en el que nuevamente me
mostraba como era, y yo le seguía mintiendo descaradamente.
Las horas pasaron bajo los murmullos que bien pudieron confundirse
con la lluvia y el viento que azotaban fuera. En mi cuerpo las tramas
varoniles de su barba habían dejado las marcas de su ser, todo él era un
lugar de fantasía, donde las pecas reinaban entre mi imaginación y su
espalda. Sus ojos anidaban la pasión gitana, eran como lagos tormentosos
en los que quería zambullirme para nadar, reír y temblar. Sus labios
recorrieron mi cuerpo hasta llevarme al paraíso.
Ahora desde este lugar privilegiado podía recorrerlo, al mismo
tiempo que sentirme culpable por aspirar a alguien como él. ¿Por qué me
creía con derecho de amarlo? ¿Quién era yo para tener algo tan hermoso
después de todo lo que había vivido?
Miré hacia la ventana con lágrimas en mis ojos y, de repente, sentí sus
manos cálidas y suaves acariciando mi espalda desnuda con ternura,
respiré profundo, exhalé tratando en vano que no rodaran por mis
mejillas.
- ¿Qué te pasa? Mi amor ¿te sientes bien?
- Sí, sí, es que... estoy muy emocionada, yo...
Pero, antes de hablar, él calló mi voz con sus besos, apasionados,
desesperados, como si no existiera mañana para ninguno de los dos. Su
fruición me sorprendió, empecé a preguntarme si él también tenía algún
secreto, algo que no me había contado, pero negué con mi cabeza porque
en su alma parecía no haber lugar para las mentiras.
Estuvimos juntos otra vez, pero fue distinto, sin tanta pasión, mucho
más dulce y reposado. Sus labios recorrieron todo mi cuerpo
nuevamente, dejando un beso en cada espacio sensible, yo deseaba
sentirlo todo. Por primera vez quería ser esa niña que se deja llevar por el
hombre que ama, encontrando un mundo nuevo y desconocido lleno de
ternura.
Horas más tarde, mientras me asoleaba en la gigantesca piscina, lo
observaba a mis anchas, su cuerpo bronceado y ataviado sólo con un traje
“La Perla” estaba lleno de perfectas formas, su espalda salpicada de
pecas y ¡esas torneadas piernas! Cada espacio mágico estaba decorado
con un lunar que hermoseaba el conjunto. Caminaba con naturalidad y
elegancia desenvuelta, como quien no teme ni necesita ver nada del
mundo porque ya lo conoce y tiene todo. Su intensa mirada me recorrió
con deseo, y luego sonrió con malicia como diciendo: sí, me estás
mirando, yo también siento lo mismo por ti. Una marejada de calor llenó
mi cuerpo, me hizo un saludo con la mano, volvió a reír y se zambulló en
la piscina.
Uf ¡Qué hombre! ¿Cómo llegué hasta aquí? No dejaba de
preguntármelo, esa bendita casualidad del destino que nos juntó para
llenarme de tantos sentimientos, pero también de problemas e
incertidumbres.
- No, Lara, no, por ahora sólo disfrútalo, sin pensar en más nada, sin
recordar, déjate llevar por este sentimiento, esto es lo único que tienes,
por primera vez en tu vida… amas… no, no, no pienses.
Me sentía como una intrusa asomada a un mundo que no era el mío,
allí estaba con mi sombrero Dior y gafas Chanel, tratando de mantener
un aire natural, como si estuviera acostumbrada a esas cosas. A mi lado,
un cóctel, a la izquierda, la Costa Azul y sobre mí, el sol refulgente.
Respiré profundo, tratando de disipar mis pensamientos fatalistas.
- ¿Te pusiste protector solar amor?
- ¿Qué? Le dije sorprendida.
- Que si te pusiste protector, ya comienza el verano, te puedes
quemar.
Lo miré asombrada, cómo podía este hombre estar pendiente de
tantos detalles prosaicos a la vez, le dediqué una sonrisa aniñada
denotando mi olvido. Sonrió encantadoramente mientras decía:
- Mmmm, no queremos que se queme esa linda piel, linda, linda,
repetía mientras me aplicaba el protector suavemente y me iba besando
el hombro con ternura.
Mientras él seguía nadando, comencé a curiosear por toda la casa, la
sala era inmensa, solamente allí cabría mi pequeño apartamento. El gusto
era exquisito y, a diferencia de la habitación, tenía un estilo ornamental,
con formas abigarradas. Era como si cada espacio de la casa estuviese
hecho para mostrar todas las corrientes artísticas existentes.
El piso tenía un tono caoba muy brillante, tanto que daba miedo
caminar sobre éste. En la mesa principal encontré un conjunto de fotos,
en una aparecía él escalando, una montaña, no sé cuál, soy una completa
ignorante en estos temas; en otra salía abrazado con un hombre tan
atractivo como él, supongo que un hermano, primo, amigo, no lo sé; y,
por último, una mujer sonriente, demasiado sonriente, uno de esos
rostros que podrías fácilmente encontrarte en una revista o publicidad,
de dientes perlados y cutis que parece porcelana.
No sabía por qué sentía una molestia hacia el retrato, me parecía
conocida, no recordaba de dónde. Aquella mujer tan hermosa me
resultaba desagradable, con su piel perfecta y ese cabello lustroso,
parecía una modelo, vestía un traje color plata que combinaba
perfectamente con su pelo rojizo y ojos grises. Tomé la foto entre mis
manos y la miré con detenimiento, escrutando cada detalle, estaba en una
fiesta, y se veía muy segura de sí misma, era ese tipo de mujer que
destilan clase y elegancia; siempre luciendo perfectas y, que, cuando
llegan a un lugar, todo empieza a girar a su alrededor.
- ¿Quién eres? Ah ¿Quién eres? ¿Por qué estás tan sonriente?
- ¿Qué haces? Me increpó una voz.
De la sorpresa y el susto se me cayó la foto y el vidrio se fracturó
completo en el inmaculado piso.
- Oh, Eric, lo siento, no sé…
- No debiste tomar esta foto, me dijo obviamente molesto.
- Disculpa yo... este…
Me sentía como una estúpida, atrapada en mi falacia.
- Vaya, ¡rayos! Voy a tener que enmarcarla otra vez, no debiste, no
debiste, repetía mientras negaba con la cabeza.
- Eric, discúlpame, yo.
- Olvídalo, no importa.
Tomó la foto y se alejó rápidamente, nunca le había visto molesto,
¿esto era una especie de pelea? No sabía descifrar ese tipo de cosas,
porque nunca estuve tan cerca de un hombre para entender la dinámica
de una relación verdadera. Pero, era obvio que estaba molesto, y eso me
intrigaba más, quién era esa mujer y qué significaba para tomar esa
actitud hacia mí.
Claro, me había encontrado esculcando, pero era un accidente, su
reacción más que molestia era la de alguien que parecía aferrarse con
angustia a un tesoro, un objeto muy importante. Sentí una fuerte
punzada en el estómago... y también celos, ¿celos yo? Dios mío, qué me
estaba haciendo este hombre, me sentía orillada a un territorio
desconocido.
De repente, recordé algo, un destello en mi mente, recordé dónde la
había visto y, entonces, la punzada en mi estómago se hizo más fuerte.
Hace dos meses atrás.
Ciudad Santa María.

Eran las 5:00 de la tarde y estaba apurada por ir al gimnasio, andaba


retrasada y detestaba perder mi entrenamiento. Rápidamente metí las
cosas en mi bolso; miré hacia el cuarto deseando que ese hombre
despertara para irse de mi apartamento, no me gustaba salir y dejar a
alguien allí, tal vez mirando o esculcando mis cosas.
Fui a la habitación y ya se había despertado, gracias a Dios, me miró
con una sonrisa ladina, recorriéndome descaradamente:
- Eres muy hermosa ¿lo sabías?
- Gracias…me tengo que ir, ¿te vas o…?
- Vaya, espera, ¿por qué estás tan apurada?
- Tengo que salir.
- Esa es una buena táctica, me dijo sonriente, yo también la he usado
y siempre me funciona.
- No, en serio, tengo que salir, voy al gimnasio.
- Ya veo, se ve que vas mucho, tienes un cuerpo realmente hermoso.
- Sí, ya me lo dijiste.
- Anoche, y ahora… y te lo seguiré diciendo por toda la eternidad.
- No creo que tengamos tanto tiempo, le dije con sarcasmo.
- Jajajajajaa, eres ruda, eso me gusta.
- Y tú eres insufrible, voy a perder mi clase…
- Yo te puedo entrenar aquí, ven, y me hizo un gesto insinuante.
- Mira, ya está bueno de juegos, hablemos claro, fue muy bueno y me
divertí mucho, pero nada más, no quiero nada serio, no es nada personal,
eres una persona muy agradable, pero…
- Ya, ya, tranquila no quiero casarme contigo ni nada parecido, sólo
estaba hablando, me gustas sí, pero está bien, yo tampoco quiero casarme
ni tener nada en serio con nadie.
- Mmmm, bueno estamos de acuerdo entonces.
- Tranquila, ya me visto.
- OK.
Mientras se levantaba lo volví a observar, no tenía el cuerpo más
hermoso del mundo, pero era un hombre increíblemente inteligente, con
mucho potencial para aprender de él. Me gustaba su conversación y todo
lo que podía brindarme intelectualmente. Sin embargo, es increíble cómo
a veces, a pesar de ser tan brillantes, hay hombres que no se dan cuenta
de las cosas, él seguía insistiéndome con la ligera esperanza de lograr
conquistarme.
Yo sentía cierto rechazo. Después de estar con él, experimenté una
sensación extraña, como un escalofrío. Definitivamente, no disfrutaba lo
que había pasado, y eso me llevó a repasar todos los hombres con los que
estuve en el pasado, algunos por necesidad y otros por placer. Ahora esos
recuerdos eran pesados, una gran carga molesta que deseaba olvidar.
Desde hacía un tiempo percibía algo raro en mí, era una especie de
autorrechazo e, incluso, asco. Repasaba mentalmente cada uno de esos
instantes en los que tuve intimidad con algún hombre. Sacudí mi cabeza
para alejar esos pensamientos, y volví otra vez al presente.
- ¿Tendrás algo de comer?
Lo miré de arriba abajo, evaluando su cinismo.
- Jajaja, tranquila, era una broma, ya me voy. Vaya, ¡sí que eres ruda!
no pensé que fueses así, desde afuera pareces tan inocente.
- ¿A qué te refieres?
- Que uno te observa y pareces una niña tímida, pero nada que ver.
- ¿Y entonces?…
- Me alegra que no sea así, detesto las mujeres sumisas, me gustan
como tú, que saben lo que quieren.
- Ok, le contesté secamente. Estaba loca porque se fuera ese hombre.
- Mira, aunque este no es el mejor lugar para hablar de negocios,
quería decirte que ya evaluamos tu manuscrito, y es excelente… No me
quiero adelantarme, pero la junta y yo queremos trabajar contigo.
Sentí una oleada de calor por todo mi cuerpo, la adrenalina
comenzaba a invadirme completamente.
- ¿En serio?
- Sí, ¿por qué te sorprendes? Eres muy talentosa.
- Vaya, es que no sé, siempre es emocionante cuando ocurre.
- Creo que tu anterior editorial perdió este material, es excelente,
tiene todo para ser un éxito comercial.
- Sí, a ese me refiero, que quiero algo más que un éxito comercial.
- No seas tonta, los tiempos han cambiado, ahora todos buscan eso,
después vendrá lo demás, ya verás, y sino no importa, dinero es dinero
amiga mía.
- Bueno, gracias por decirme, de verdad que…
- No, no, no tienes que agradecerme nada, yo no hice nada, sólo lo
presenté y, además, no creas que te vas a salvar de darme mi comisión,
jajaajaja, igual me tendrás que pagar mi porcentaje.
- Por su puesto, pero igual quería darte las gracias.
- Ok, de nada entonces.
Dijo estas últimas palabras dirigiéndose hacia la puerta y colocándose
su chaqueta.
- Entonces te llamo para la reunión con el equipo, y firmar todo,
bueno, ya sabes cómo es esto… Y ¿podríamos salir otra vez? Me dijo con
una sonrisa.
- No creo que sea ético.
- Bah, qué tiene de malo.
- No sé, no siento que esté bien.
- Creo que ya pasamos ese punto hace bastante rato, ¿no crees?
- Sí, pero hace rato no me habías contado que serías mi editor.
- Mmmm, detalles, detalles, bueno lo intenté… ¿puedo darte un beso?
- Ok, está bien.
Se inclinó y me dio un beso muy apasionado, me tomó por la cintura
y no sentí absolutamente nada. La verdad es que, a pesar de ser atractivo
e inteligente, no me gustaba mucho, no había química de mi parte. Así
que traté de alejarme para que eso terminara de una buena vez.
- Me gustas mucho, sabes, que lástima, hace tiempo que no me
gustaba una mujer así como me gustas tú.
- Ya hablamos.
- Sí está bien, tranquila.
Me alegré cuando por fin ese hombre se largó, ahora podía disfrutar
en intimidad de la magnífica noticia que me había dado. Me senté un
momento para calmarme, era demasiado emocionante, no podía creer
todo lo que había pasado para llegar justo hasta ese momento, respiré
hondo y cerré mis ojos por unos segundos. Había olvidado que estaba
apurada por ir al gimnasio, así que tomé mis cosas y salí disparada por la
puerta.
Cuando llegué al gimnasio, mi puesto en el estacionamiento, el que
habitualmente usaba, estaba ocupado por un flamante auto negro,
hermoso y clásico, nunca había visto uno así. No era aficionada a los
vehículos, pero era realmente llamativo. Un grupito de hombres estaban
alrededor emocionados, conversando y evaluándolo, me reí
internamente, ¡qué manía la de los hombres con los autos!
Si no fuese por la molestia de dar vueltas para estacionarme en otro
sitio, también me habría detenido a mirarlo, porque era realmente
espectacular. Pero ese día andaba en mi mundo, emocionada por lo que
me acababa de pasar, por fin nuevamente tenía una oportunidad de
seguir adelante, y no la iba a desaprovechar.
Mientras avanzaba hacia dentro, dos mujeres de mediana edad se
interpusieron en mi camino, y estaban visiblemente emocionadas. Me
miraban sonrientes y casi temblaban de alegría.
- Disculpe, ¿usted es… Lara Rey? Me preguntó una de ellas con
timidez.
- Sí, soy yo.
- Viste, viste, te lo dije, que sí era ella, le dijo la otra mujer a mi
interlocutora.
- No sabe lo emocionante que es encontrarla, Dios, no sabe cuántas
veces he leído su libro, es lo máximo.
- Gracias.
- Ay, siempre le he querido hacer muchas preguntas acerca de “A la
luz del crepúsculo”, de la protagonista, ¿será que me puede responder?
- Ahh, la verdad estoy un poquito retrasada para mi clase.
- Pero es rápido, por favor, por favor, me dijo casi hiperventilando.
- Ok, está bien, dígame.
- Ese personaje de Luna, ¿es verdadero? No sé, es que parece
verdadero, es demasiado real, y no digo que usted no pueda recrear un
personaje, pero es que… es increíble todo, es como si la persona hubiese
estado allí.
- No, no es real, recuerde que como escritora hay que investigar para
llegar a la raíz de las cosas, y poder escribirlas como son o como suceden
en la vida cotidiana. Por lo menos, yo lo hago de esa manera por respeto
a mis lectores.
- Ah, vaya, debe ser demasiado emocionante eso, escribir, así como
usted. Yo lo leo y es como si volara a otro mundo.
- Yo también, dijo la otra, jajaja un mundo lejos de mi esposo jajaja.
- Jajaja, me reí sin ganas, me alegra que les haya gustado, ahora sí las
dejo porque…
- Me podría firmar el libro, ¡por favor!
- Ok, le dije inquietándome, deme una pluma.
- Ya va, ya va, me contestó mientras buscaba nerviosamente en su
bolso.
- Aquí está, gritó con gesto triunfante.
- Ok, para…
- Olivia.
- Para Olivia de Lara... que el crepúsculo siga brillando para ti ¿está
bien?
- Ah, sí, sí, qué linda, qué linda.
- Me habían dicho que usted era muy simpática, pero no tanto,
gracias, gracias ¿la puedo abrazar?
- Eh, sí.
- Ahhhh, ¡qué emoción!
- ¿Y cuándo saca otra novela?
- Pronto, pronto…
- Ohhh, qué emoción.
Luego del encuentro, la energía de esas mujeres me había dejado
agotada. Me dirigí a la máquina que siempre usaba para calentar y me
conseguí con la desagradable sorpresa que estaba ocupada. Dos veces en
el mismo día, ya me estaba exasperando.
Pero eso fue antes de reparar en quien la estaba usando, nunca en mi
vida había visto un hombre más hermoso. Era alto, con un cuerpo
musculoso y armónico. Entendí que tal vez de él se fijaron para hacer
alguna de esas estatuas clásicas.
Me quedé esperando, ya sin impaciencia, pude haber ido a otra, pero
la verdad, prefería quedarme allí para seguir mirándolo mientras hacía
ejercicio, y así deleitarme con su belleza. Cuando paró, se volteó y
entonces vi su rostro. Era la cara más tierna del mundo, uno de esos
hombres que trasmiten dulzura, con ojos grandes y de un color azul
como el cielo.
Me miró y sonrío con dulzura, mientras se secaba con su toalla, yo
recorrí lentamente toda su sexy anatomía, estaba embobada, nunca había
visto algo así en toda mi vida.
- ¿Necesitabas la máquina? Disculpa, es que soy nuevo en este
gimnasio.
- Ah, le respondí volviendo de mi embeleso.
- Que soy nuevo en este gimnasio.
- Ah, sí ya veo, que digo… nunca te había visto por aquí.
- ¿Siempre usas esta máquina?
- Sí, la uso antes de mi clase.
- Disculpa, por entorpecer tu rutina.
- Tranquilo. No es nada.
- Oh mis modales, soy Eric me dijo dándome la mano con una
arrolladora sonrisa.
- Soy Lara.
- Hermoso nombre, me gusta.
- Gracias.
- Bueno te estoy quitando tu tiempo, discúlpame nuevamente. Desde
hoy usaré otra máquina para no obligarte a esperar por mi culpa.
- Jajajaja, no es necesario, le dije coquetamente.
- Bueno, voy a estar por allá.
- Ok.
Mi corazón latía de prisa. Vaya, me gustaba increíblemente este
hombre, y a quién no, con su figura, esa cara tan dulce y su
comportamiento afable. Me extrañé de mí misma, parecía una niñita de
quince años que no sabe cómo comportarse con un hombre.
Cuando terminé con la máquina, traté de divisarlo y estaba haciendo
pesas; se había quitado la camiseta y sus músculos eran impresionantes,
hermosamente torneados. Del otro lado, un grupo de mujeres
cuchicheaban entre sí y reían, no había que ser adivino para saber de
quién hablaban.
Estuve distraída en mi clase de spinning pensando en mi nueva
novela, y cómo terminaría la trama de esa historia. Era la primera vez
que planeaba un final triste, sabía que a la gente le encantaban los
desenlaces rosas, pero quería dar un paso más… quería que fuese parte
de mi vida, la verdadera Lara plasmada allí.
Cuando salí del gimnasio, busqué por todas partes para ver si él
estaba cerca y despedirme o encontrar una excusa para hablarle, pero no
lo divisé. ¡Vaya, que mala suerte! me dije, cuándo voy a encontrar otro
tipo tan atractivo como este, a lo mejor viene a entrenar nuevamente o a
lo mejor no.
Me dirigí hacia el estacionamiento un tanto contrariada y al abrir la
puerta de mi carro volteé y me di cuenta que el auto estacionado en mi
lugar favorito era de él. Allí, estaba su hermosa anatomía, con su
espectacular vehículo adornando mi mundo y el de muchos otros. A su
alrededor se había formado un grupo de hombres y mujeres, los
primeros emocionados haciéndole preguntas del vehículo y las segundas
usando eso de excusa para hablarle y de paso deleitarse mirándolo.
Él respondía pacientemente todas las preguntas, era realmente
simpático, se veía como alguien agradable, era ese tipo de personas que
atraen a otros como la luz a las luciérnagas. Las más audaces, incluso
buscaban excusas para tocarle los brazos, eran realmente descaradas.
Él se volteó y me miró con una gran sonrisa, parecía emocionado, no
podía creerlo, dejó el grupo y se dirigió hacia mí. Mientras caminaba, vi
la cara de molestia en el rostro de las otras mujeres.
- Hola nuevamente.
- Hola, le dije y sentí que me faltaba el aire.
- Te busqué antes de irme para despedirme de ti.
- ¿En serio? Le dije sorprendida.
- Sí, pero no te encontré.
- Ah.
- Y… hacia dónde te diriges.
- Eh, voy a comer algo.
- Ah, ok.
- Sabes, le dije fingiéndome ofendida, ese lugar del estacionamiento
es mío, le dije señalando su auto, es decir, es donde siempre me
estaciono.
- ¿En serio?
- Sí, tuve que dar muchas vueltas para encontrar este otro lugar.
- Guao, jajaja, discúlpame, creo que hoy he sido un gran impertinente
contigo
- Jajajaja, tranquilo cómo podrías saberlo.
- Yo, no creo en las casualidades, sabes.
- ¿No?
- No, así que, para resarcirte por todo esto, qué tal si te invito un café,
¿tomas café?
- Sí, me encanta el café.
- Bueno, entonces problema resuelto. Sígueme en tu auto, conozco un
lugar maravilloso.
- Ok, está bien.
Mientras le seguía, iba pensando en su actitud, su gesto audaz, sin
fingimientos, su seguridad para no generar subterfugios o excusas,
simplemente se mostraba interesado en mí y lo decía, era sincero. Y
realmente decidido, en dos segundos consiguió una cita conmigo sin
ningún esfuerzo, y yo generalmente reacia para hacerme la interesante,
no tuve tiempo de decir siquiera algo medianamente creativo.
El día se había nublado y a lo lejos se percibían las nubes como olas
gigantescas a punto de tragarse las montañas. Otra vez mi mente se
encontraba divagando, y una imagen negativa se cruzó en mis
pensamientos, el rostro de aquella mujer, la que me había desgraciado la
vida, aunque no la recordaba con precisión, podía percibirla como una
sensación negativa y oscura, rodeada de una neblina.
Ese gesto severo disfrazado con sonrisas sarcásticas. Pocas veces
conocí alguien con tanta maldad en el corazón, me daba asco todo lo que
me había obligado a hacer, y cómo aún seguía presente en mi mente,
pese a haber pasado tantos años.
En ese momento, llegamos al lugar y mis pensamientos se
interrumpieron. Él tenía razón, era maravilloso, de un lujo exquisito,
estaba ubicada en una ladera montañosa y desde el estacionamiento se
divisaba todo el paisaje lleno de hondonadas y lomas, además de algunos
caballos pastando aquí y allá, a lo lejos la ciudad, los edificios, avenidas,
era hermoso.
Rápidamente, lo vi dirigirse hacia mi auto, me sorprendí porque no
sabía qué quería, él me hizo señas para que abriera el seguro, entonces
me abrió la puerta y me dio la mano para que saliera. Me extrañó mucho
su gesto, estaba completamente sorprendida.
- Señorita, pase adelante, me dijo con galantería.
Vaya ¡qué hombre! Pensé, ningún otro me abrió la puerta de esa
manera, y percibí que no era fingido, realmente estaba acostumbrado a
ese tipo de gestos.
Al sentarnos, por supuesto me sacó la silla, y yo cada vez estaba más
maravillada con él.
Miré a mi alrededor, había estado en lugares bonitos, pero no como
este, era un ambiente muy lujoso, las mesas preciosas, de caoba pura, y
los centros de mesa estaban formados por encantadoras orquídeas
blancas en arreglos ikebana. Claro, debí sospecharlo por el tipo de auto
que poseía, tenía que traerme a un sitio así.
- Bueno, este es mi lugar favorito para tomar café.
- Me imagino, le respondí observando todo el ambiente.
- Pero, no es por la decoración, ni siquiera por la vista que sí sería
algo motivante para mí, sino por el excelente café que hacen, ahora no
estás en antecedentes, pero cuando lo pruebes, uff, ya verás, ya verás, me
repetía realmente emocionado. Nunca vas a querer probar otros.
- Jajajaa, te creo, te creo.
- Jajajaja, es que ¡ya verás!
El mesero se acercó para tomarnos la orden.
- Primero las damas, me dijo.
- Mmmm, bueno este, creo que ese.
- No, no, jajaja, nunca pidas un café así ¿me permites ayudarte?
- Sí, claro, no sé mucho de esto.
- Por favor, tráigame ese café indonesio, el que me sirvieron el otro
día, ya sabe, el que tiene las notas ligeramente amargas.
- Claro señor, lo tenemos siempre reservado para usted.
- Y… un latte con vainilla y ese cardamomo de la india que me
sirvieron la otra vez que estaba magnífico.
- ¿Qué te gustaría comer?
- Mmmm, ¿qué me recomienda? Le dije al mesero.
- Le recomiendo unos deliciosos roles de canela recién hechos.
- No sé si quiero comer dulces a esta hora.
- También tenemos tartas saladas, si así lo prefiere.
- No, bueno, tráigame el rol de canela, qué más da ¿verdad? Por una
sola vez no pasa nada jajajaa.
- Excelente decisión, yo también quiero ese rol de canela.
- Enseguida señor.
- ¿Café indonesio? Le dije burlonamente.
- Sí, es un café fuerte, excelente, con un gusto caramelizado, pero no a
todos les gusta, por eso te pedí un latte, pero puedes probar el mío y si te
gusta lo cambiamos.
- Ok, está bien, pero igual me intrigó el latte con cardamomo.
- Lara, dijo inclinándose, sabes que desde que te vi en el gimnasio me
gustaste mucho.
- ¿En serio? Este no anda con rodeos pensé.
- Sí, mucho, me pareces muy hermosa, pero…
- Pero ¿qué?
- Es que no sé, tienes algo especial, hay algo en ti que me llama
demasiado la atención.
- ¿Qué será? Le respondí haciendo un gesto coqueto con mi hombro.
- Mmmm, no sé describirlo, es como, y no me malinterpretes, es como
una vulnerabilidad hermosa, algo casi infantil.
- ¿Infantil?
- Sí, tienes una ternura casi infantil, eso me gusta, te hace más
hermosa.
- Vaya, gracias, la verdad es la primera vez que me dicen algo así,
mentí.
- Qué extraño.
- Y tú, aparte de robarle el estacionamiento y la máquina a los demás,
a qué te dedicas.
- Jajajaaj, bueno, trabajo en el negocio familiar.
- ¿Sí? Y ese negocio qué es, y disculpa mi curiosidad.
- Es una constructora.
- Pero les va bien, digo, porque tu carro y me disculpas ¡es
espectacular!
- Gracias, ¿sabes de autos?
- No, la verdad no mucho, pero no hay que saber para darse cuenta
que es un auto… costoso, y me arrepentí de decirlo, porque vi un gesto
incómodo en su rostro.
- Sí, pero vale la pena, es un gran auto... es un Mercedes S, soy un
gran aficionado de los Mercedes, sabes ¿y tú?
- No, yo no.
- Me refiero a qué te dedicas jaja.
- Ahhh, ok, soy escritora.
- ¿En serio? Qué interesante, y qué escribes, es decir, qué género.
- Pues, escribo acerca de muchas cosas; romance, crítica social, ciencia
ficción, manejo diferentes temas, pero, sobre todo, escribo novelas
románticas.
- En serio, debe ser emocionante, cuéntame más.
Su rostro denotaba verdadero interés en lo que hacía, no era una
excusa para mirar mi cuerpo o conseguir algo más de mí. Él realmente le
importaba lo que yo estaba diciendo.
- Bueno, te voy a contar, la verdad no sé por qué te lo digo. Me
inspiras confianza.
- A ver dime, dijo acercándose y haciendo un gesto gracioso como si
le fuese a contar un secreto de estado.
- Ahorita estoy negociando una nueva novela.
- ¡Oh! qué bueno, debes estar muy emocionada.
- Sí, me acabo de enterar, no sé, es muy emocionante.
- Pero, ¿es la primera vez que escribes?
- No, ya he realizado otras publicaciones.
- A ver, dime cuáles.
- Tengo varias novelas, una se llama “A la luz del Crepúsculo”, esa
fue la primera que escribí, también tengo a “La Aurora”, “El hombre del
traje negro” y otras más.
- Mmmm, disculpa, no recuerdo haber oído de ellas, decía haciendo
un verdadero esfuerzo por recordar.
Me decepcionó un poco que no supiera nada de mis libros, pero
¡vamos! tampoco era tan famosa como para eso y, fuera de mi círculo de
aficionadas a la literatura romántica, no creía tener mucho alcance…
hasta ahora.
- No te preocupes, no son tan famosas.
- Pero pronto lo serán.
- Bueno, la verdad espero que ésta sí sea famosa.
- ¿Por qué?
- Porque es diferente, es más… más real, digámoslo así.
- Suena interesante.
Cuando nos trajeron el café, el olor era increíble, y él tenía razón, el
famoso café indonesio era una delicia, pero no para todos los paladares.
Se requería un gusto entrenado para saborear su sabor ligeramente
amargo, el mío estaba delicioso y dulce, una obviedad, nada que ver con
las notas complejas del suyo. Así que hice una comparación entre esos
dos cafés y nosotros, él era el indonesio y yo ese obvio latte con vainilla.
- ¿Y qué construyes en tu negocio?
- De todo, podría decirse, casas, edificios…
- ¿Edificios?
- Sí.
- ¿Como cuáles? Es que quiero saber si conozco alguno.
- Mmmm, a ver, conoces el edificio de la Chrysler, el que queda por la
avenida Monte Verde.
- Sí, claro que sí.
- Bueno ese.
- ¿Lo hiciste tú?
- Bueno, no yo, jajaja, la constructora, yo sólo hice el diseño, soy
arquitecto, no te había comentado eso.
- Ah ¿hiciste el diseño de ese edificio?
- Sí, pero no es muy artístico, es algo más bien comercial, algo
práctico.
- A mí me encanta, sobre todo el lobby, me he inspirado mucho en él,
de hecho, sale en una de mis novelas, jajaja.
- ¡Ohh, vaya! me alegra haber podido servirte de alguna manera.
- Sí, gracias por tu ayuda Eric… ¿Eric qué?
- Eric Zarco, disculpa, no me había presentado debidamente.
- Zarco, Zarco, me suena, oh, ¡eres del Zarco! Zarco de la constructora
Zarco.
- Jajaja, sí de esos mismos.
- Vayaaaa, ahora entiendo.
- ¿Qué cosa?
- El auto y muchas cosas más.
- Vamos a dejar ese auto tranquilo, me dijo un poco amoscado, y sí
soy de esa constructora, pero al igual que tú, siento que todavía no he
tenido mi verdadero éxito, sabes.
- ¿En serio? Si a eso no le llamas éxito, no sé qué lo sea.
- Lara, el éxito no tiene que ver con el dinero. Mi familia tiene dinero
y mi tatarabuelo fundó esa constructora, pero eso no quiere decir que yo
haya logrado mi éxito.
- Bueno, tienes razón.
- Te digo un secreto, y me hizo un gesto con la mano invitándome a
acercarme.
- A ver.
- Estoy haciendo unos diseños para un edifico, que son como tu
novela nueva, con esto sí voy a sentir que lograré el éxito que tanto
deseo, y tampoco sé por qué te lo digo, pero…como tú dijiste, me
inspiras confianza.
Este hombre cada vez me sorprendía más, hermoso, culto y
adinerado, y sin embargo, se consideraba a sí mismo de una manera
humilde; todavía tenía sueños, buscaba su éxito al igual que yo. La
conversación siguió, pasaron varias horas hasta que se hizo de noche y ni
siquiera nos dimos cuenta de ello.
Entre los dos existía una química especial, de esas que se dan una
sola vez en la vida, estaba extasiada con él. Mientras hablaba, seguía
recorriéndolo, mirando sus fuertes manos, cómo sus labios se movían y
me imaginaba sentirlos sobre los míos, admiraba esos ojos tiernamente
azules, llenos de ternura y sensualidad.
- Creo que ya me tengo que ir, le dije.
- Ah, qué lástima
- ¡Ya es de noche!
- Guao, no me di cuenta, jajaja, es que la conversación estaba
demasiado emocionante.
- Sí, yo tampoco me había dado cuenta.
- Sabes, me gustaría volver a verte.
- ¿Sí?
- Sí, de hecho me encantaría.
- Ok, está bien.
- Te doy mi tarjeta, aquí está mi número y la dirección de mis oficinas,
correo, etc.
- Ok.
- Y este que te estoy anotando, es mi teléfono personal. Dame el tuyo
para contactarte
- Ok, espérame, no cargo tarjetas, ya va.
- Aquí tengo una pluma, toma.
Le pasé un papelito con mi número y nombre, una gran falta de clase
comparándolo con los modales refinados de él.
- Voy a guardar esto como un tesoro, me dijo. Lara Rey, ¿y es tu
nombre verdadero?
- Sí, ¿por qué?, le dije nerviosa.
- Porque es bonito, parece un nombre artístico, por eso te lo pregunto.
- No, es mi nombre real.
- Hermoso, muy bien Lara Rey, fue un placer tomar café contigo.
- Yo pienso igual.
Caminamos lentamente hasta el estacionamiento, nos detuvimos un
instante para observar la vista de la ciudad, llena de luces de mil colores,
centelleando deslumbrantemente. Cerré mis ojos y respiré
profundamente el fresco aire de la montaña, y suspiré involuntariamente.
- ¿Y ese suspiro? Me dijo riendo.
- No sé, es que… me gusta este paisaje, es hermoso.
- A mí también, me contestó penetrándome profundamente con su
mirada llena de ternura varonil.
Nos quedamos viéndonos un rato, que me pareció eterno; él no
apartó su mirada ni un segundo y yo tampoco. Sentí una extraña
corriente eléctrica fluyendo por todo mi cuerpo, recorriéndome
lentamente. Esta hizo que se me erizaran todos los poros de la piel.
- ¿Tienes frío?
- No, que digo sí, pero un poco nada más.
- Toma, me dijo ofreciéndome su chaqueta.
- Tranquilo, no es necesario.
Pero ya estaba él allí, colocándomela con cuidado y, en ese instante,
sentí su delicioso perfume y la calidez que emanaba de su piel. Al mismo
tiempo, el calor de la chaqueta me rodeó y fue como un cálido abrazo.
- Gracias, le dije encantada.
- De nada, pero la quiero de vuelta eh, así que forzosamente nos
tenemos que ver, quieras o no.
- Jajaja, ok está bien.
Nos dirigimos hacia mi auto y él me abrió la puerta, al igual que lo
había hecho antes.
- Hasta luego.
- Hasta luego, me dijo con una sonrisa encantadora.
Nos miramos por segundos, no quería irme, y él no se apartaba de la
puerta, hasta que la cerré, y retrocedió aunque sin dejar de mirarme.
Encendí el auto y seguí avanzando hacia la entrada del estacionamiento.
Por el retrovisor pude ver que no se había movido del lugar donde lo
dejé.
Mientras me dirigía a mi apartamento, no podía creer cómo empezó y
terminó mi día. Mientras, en la mañana estuve con un hombre que no me
gustaba y con quien sólo andaba por necedad o conveniencia, ahora iba a
tener una cita con el hombre de mis sueños: Eric Zarco, ¡por Dios, era
hermoso! y a juzgar por lo que oí de su familia, uno de los hombres más
ricos no sólo de la ciudad, sino del país.
Recordaba su sonrisa, ¡uyy! Qué hermoso, todavía sentía la
electricidad en mi cuerpo, y esa chaqueta era como él, suave y masculina,
aromatizada con su perfume, qué delicioso, lo toqué y respiré su sensual
aroma. ¡Qué suerte la mía! Por fin todo estaba cambiando, y lo mejor
tendría un contrato para escribir lo que siempre había soñado.
No cabía de gusto dentro de mí, otra cita con este hombre, y yo
parecía gustarle. En realidad me llenaba de satisfacción el saber que, a
diferencia de otras ocasiones, no había hecho ni planeado nada para
conquistarlo. Él lo hizo todo y eso le daba un plus.
Cuando llegué, me quité los zapatos y puse un poco de música,
estaba de humor para escuchar un poco de romance en baladas. Me serví
una copa de vino, mientras miraba desde la terraza las montañas, donde
tan sólo una hora atrás había estado con ese hombre de ensueño. Por un
segundo creí que lo había soñado todo.
Lara Rey ¿es tu verdadero nombre? Me había preguntado, y le mentí
diciéndole que sí, bueno en realidad mis documentos lo decían, no era
una mentira propiamente, pero tampoco el nombre con el que nací.
Había pasado tanto tiempo desde que fui Laura Montes, que ya casi no lo
sentía como mi nombre verdadero, sino un apodo extraño, de esos
indeseables, que te dicen de niño en la escuela y del que te alegras
cuando al fin se olvida.
Pero no podía decirle mi nombre verdadero a nadie, en ese momento
no quería pensar en cosas desagradables. Tenía una expectativa increíble
de volver a verle, observar de cerca esos hermosos ojos azules como el
cielo. Mmmm mirar sus labios, escuchar todas esas palabras interesantes,
su humildad, esa voz que parecía atraparte en un remolino de dulzura…
En fin, me encantaba ese hombre, debía aceptarlo, lo acababa de conocer
y ya me tenía fascinada.
Fui al baño y me preparé la bañera con sales minerales para relajarme
después del intenso ejercicio. En mi celular tenía un montón de mensajes
de los cuales ni me había percatado, al revisarlos encontré que dos
hombres me escribían un poco molestos porque no los había llamado… y
la verdad es que nunca los volvería a llamar.
- Hola Lara, la pasé increíble contigo ¿por qué no me llamaste? Soy
Diego, escríbeme.
- Hola Lara, es Rodolfo, cuándo nos volvemos a ver, estuve
esperando tu llamada, pero ya veo que no vas a llamarme, así que lo hice
yo, me encantó salir contigo, y todo lo demás… es que, eres espectacular
y…
Borré esos mensajes rápidamente, pues no estaba de humor para
escuchar tonterías, ninguno de esos hombres me hacía sentir nada, sus
nombres eran como un sonido vacío en mis oídos. La verdad solo salí con
ellos por conveniencias, para socializar y obtener algo, ayuda, influencias
o simplemente placer. Sí, ahora me avergonzaba decirlo, los había usado
para lograr mis propósitos, y lo increíble es que hace dos meses atrás no
me habría importado, ni siquiera me fuese inmutado de hacerlo, pero
sentía que algo estaba cambiando dentro de mí.
Fui al baño, y mientras me desnudaba, miré mi figura en el espejo,
luego comencé a desmaquillarme lentamente. Mientras despojaba mi
rostro de todos esos colores, parecía ser la misma de siempre y, sin
embargo, me notaba distinta.
- ¿Qué pasa Laura? Lara, Lara, rectifiqué. ¿Qué te pasa? ¿Los años te
están ablandando? Ah, a ver responde.
Seguí mirándome, mis ojos parecían más claros que antes, de un tono
miel intenso. Observé unos pequeños aritos verdes cerca del iris, eran
unos ojos grandes de largas pestañas, almendrados que me observaban
con curiosidad. Tal vez estaba más delgada, quizá por eso veía mis rasgos
más afilados, o tal fuese la edad.
Mi nariz estaba más perfilada y los labios carnosos, de un tono rojizo
otorgado por los restos del brillo labial. Mis labios, los que probaron
tantas bocas y ahora sólo deseaban a una. A mis treinta años me veía
como de veinticinco, supongo que soy de esas mujeres que envejecen
tarde, porque todo lo que hice en la vida no se veía en mi cara.
Lamentablemente, mi corazón era otra historia, en él se grabaron
todas las pesadillas que en las noches me llenaban de tristeza y
melancolía. En esos rostros negros que me atacaban y dejaban exhausta,
obligándome más de una vez a recurrir a pastillas para dormir.
Miré mi cuerpo, delgado, flexible, de músculos torneados, ese cuerpo
que conoció de maltratos, pero también de pasión, y el amor de hombres
que me querían, pero no supieron cómo ganarse mi corazón. Ellos
desearon mi cuerpo, me quisieron a mí como una posesión, algo que
codiciaban y no una persona, eran más de lo mismo. En mis
pensamientos estaban al nivel de los hombres con los que me acosté por
dinero o favores.
Me metí en la bañera y sentí el agradable calor del agua, así como la
sensación de relajación, moví el vino dentro de la copa, aspiré su olor y
observé el vaivén del violáceo líquido. Eric, Eric Zarco, increíble ¿cómo
no había leído de él o escuchado de este hombre antes?
A veces sólo vemos lo que queremos ver, respondió una voz en mi
cabeza, somos ciegos.
- Sí, así es, respondí en voz alta.
Otra vez la voz me interrogó diciendo: ¿Crees que mereces a alguien
así? Tú, después de todo lo que has hecho.
- Basta, basta, dije golpeando el agua, ya basta, no quiero pensar,
¡quiero ser libre, quiero ser libre! Grité con desesperación.
Comencé a llorar, y así estuve como media hora, hasta que mis manos
arrugadas me dijeron que era tiempo para salir de allí y seguir con mi
vida, como lo había estado haciendo hasta ahora. Tragué duro y me
levanté decidida, sí, ya todo eso había quedado atrás. Al menos eso
pensaba.
Me sequé y coloqué la bata de dormir, revisé mi correo y tenía unos
cuantos, de Tomás, mi editor. Sí, mi nuevo editor, al que ya había
conocido profundamente, al menos en la cama. Me enviaba una serie de
correcciones que consideraba importantes para el escrito y, que, según él,
le otorgaban más realismo de acuerdo a la línea que deseábamos manejar
en la historia.
Leí todo y me parecieron acertadas sus observaciones, puede que
sentimentalmente hablando no quisiera nada con él, pero era un
excelente editor y teníamos química para trabajar juntos. Distraje mi
mente con todos los arreglos que debía hacer, y estuve horas escribiendo
hasta que me venció el cansancio, y todas las impresiones positivas de
ese día.
No me di cuenta cuando me quedé dormida, tuve otra pesadilla, me
desperté asustada, luego miré alrededor y me percaté que todo estaba
bien, entonces me volví a dormir. Cuando abrí los ojos, ya era de día y fin
de semana. Eso me puso de buen ánimo, porque ese día vería a Luci, mi
mejor amiga y cómplice; ella y mi psicóloga eran las únicas personas que
conocían mi secreto, así que era un soplo de aire fresco estar con alguien
con quien podía ser yo verdaderamente.
Corrí las ventanas y entraba una luz maravillosa, me sentí con
energía, así que salí a trotar un rato, nunca un hombre se había
estacionado en mi mente por alguna razón romántica. Pero ahora no
podía dejar de pensar en él, quería saber de su existencia; no obstante, el
orgullo me impedía llamarlo, no era de las que insistían con un hombre.
Tenía otras tácticas para conquistarlos.
Mientras oía la música en mi iPod, pensaba en él y esos hermosos
ojos, en el sonido de su voz, en cómo tocaba mi cuerpo mientras me
colocaba el abrigo, la calidez de su piel y, por supuesto, pensaba cómo
sería hacer el amor con él. Y esta vez anticipaba ese momento,
deseándolo realmente con ardor.
Luego de ducharme llamé a Luci, acordamos el sitio de encuentro y
de repente escuché el timbre del citofono.
- Hola, ¿es la señorita Lara Rey?
- Sí, ella misma.
- Aquí traigo un paquete para usted.
- ¿Un paquete? ¿Qué es?
- Son flores señorita.
- Mmm, bueno espere, ya bajo.
Bajé en el ascensor y, aunque me fastidiaba hacer eso, no me permitía
ser tan confiada para dejar que un extraño subiera a la puerta de mi
apartamento, así que prefería hacerlo de esa forma.
- Hola, buenos días.
- Buenos días señorita, por favor firme aquí.
- Ok, ya listo.
- Tome.
Eran unas hermosas orquídeas blancas, en un delicado y exquisito
arreglo ikebana. Era el ramo más delicado y con mejor gusto que había
visto en toda mi vida. No tenía que ver la tarjeta para saber quién lo
había mandado, ¡tenía que ser él!
Subí feliz con mis flores y, efectivamente, al revisar era Eric, la tarjeta
decía: “Para recordar esos momentos especiales que pasamos juntos
hablando de nuestros sueños, que pronto están por cumplirse”.
Estaba feliz, pero ¿cómo supo dónde vivía para mandarme esas
flores? Este hombre era increíble. Las puse en mi mesa de comedor para
verlas a cada instante. En ese momento sonó mi celular, era él.
- ¿Te gustaron las flores?
- Hola, sí mucho.
- Qué bueno, las orquídeas son lo tuyo.
- Ah, eh… pero, ¿cómo supiste dónde vivo?
- Pues, tienes un teléfono registrado en la guía, ahí sale tu dirección,
mi secretaria lo averiguó fácilmente.
- Vayaaa, y yo que pensé que era precavida.
- Sí, no deberías tener ese teléfono ahí, puede ser peligroso.
- Ok, sí, pero… vaya, son divinas, gracias.
- Me alegra que te hayan gustado, sabes yo… bueno me gustaría verte
¿se puede?
- ¿Ahorita te refieres?
- Sí, ahorita.
- Ahhh, me encantaría pero… tengo un compromiso previo con una
amiga.
- Qué lástima, bueno, pero podemos reprogramarlo. Tú me dices qué
día puedes.
- Mmmm, ¿te parece el lunes en la tarde?
- Ok, ese día tengo reunión, pero el miércoles sí puedo.
- Ahhh, yo tengo reunión jajaja.
- El sábado que viene es muy lejos… ¿Y mañana?
- Creo que sí... en la tarde ¿te parece?
- Perfecto, mañana en la tarde está bien.
- ¡Qué bueno! Entonces quedamos así.
- Sabes.
- ¿Qué? dije nerviosa.
- Voy a estar impaciente porque llegue ese momento.
- Jajajaja, está bien, entonces que pases un hermoso día.
- Tú también Lara.
Y ese nombre en sus labios pareció cobrar vida, como si al
pronunciarlo él, esa Lara se volviera humana y comenzara a existir.
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Sábado 29 de abril.
Ciudad Santa María.

- Tienes que contármelo todo, me dijo Luci impaciente y emocionada.


- Ya va, ya va, ¡qué curiosa eres!
Luci era una de esas personas a las que podías decirle todo, era un
poco mayor que yo, de complexión pequeña, rubia y ojos color castaño.
Tenía una risa encantadora, era abierta, desenfadada y sincera; lo
contrario a una persona complicada, para ella todo tenía una solución,
solamente había que darle tiempo y tener un poco de ingenio. En
resumen, era de esas personas que le caen bien a todo el mundo. Siempre
estaba sonriente y sabía cómo ponerme los pies en la tierra, era mi mejor
amiga, la única.
- ¿Entonces, suéltalo? A ver.
- Mmmm, a ver.
- Yaaa, dilo.
- ¡Es un tipo espectacular!
- Guaoo, nunca te había oído hablar así, jajajaa, con tanta emoción,
me gusta eso.
- Eric Zarco, se llama.
- ¿Eric Zarco? Ahhh, no será de los Zarco de…
- De esos mismos.
- Ohhh, vayaaa.
- Ajá.
- Y cómo es él.
- Es un hombre muy interesante, y no lo digo sólo porque sea muy
guapo, y vaya que sí lo es, sino que… que, ¿cómo te lo digo? ¿Qué? ¿Por
qué me miras así?
- Ayyy Laura Montes, es la primera vez que tienes esa cara al hablar
de un hombre.
- Shhh, no me digas así.
- Disculpa, se me salió, dijo tapándose la boca.
- ¿Cuál cara?
- Esa misma que tienes, te gusta y…
- Y qué
- Tú sabes, yaaa…
- Claro que noo, quién crees que soy.
- Jajajaja, te conozco, te he visto ligar a un hombre en segundos. Por
ejemplo, ¿recuerdas al tipo del resort?
- ¿Cuál?
- No te hagas, el moreno, alto, mmm ¿cómo se llamaba?
- Ahhhh… Walter
- Ese, jajaja Walter, cómo olvidarlo, y creo que él tampoco te debe
haber olvidado.
- Eso era antes Luci, ahora las cosas son distintas.
- ¿Por qué?
- No lo sé, siento la necesidad de cambiar, estoy cansada de lo mismo.
- Vaya, por fin, me alegra por ti, ¿y es por este hombre?
- No, la verdad no, es algo más, algo más poderoso que eso.
- Y… si las cosas se ponen serias ¿le vas a contar…lo que sabemos?
- No lo sé, creo que ningún hombre aceptaría algo así, ni siquiera el
más bueno del mundo, aunque sea un santo.
- Bueno, eso es cierto, pero uno se puede llevar sorpresas.
- Sabes que soy una persona muy realista.
- Patológicamente, diría yo, a veces es válido soñar un poco.
- Yo querría ser como tú, sabes.
- Pero ya, no nos pongamos tristes, sabes que detesto eso, en esta
mesa nada de tristezas, pasado, ni melancolías ¿ok?
- Ok.
- ¿Cómo te ha ido con lo de la novela?
- Vaya, era lo primero que te iba a contar y casi se me olvida.
- Jajaja, claro que sí, claro, pero con Eric Zarco en medio, todo se te
está olvidando ¿verdad?
- Ah, no empieces. Mi editor confirmó que ya casi estoy oficialmente
contratada, sólo falta la reunión con la junta para aprobarlo formalmente
y firmar los papeles.
- Guaooo, amiga ¡qué emoción! Te felicito, por fin, me dijo
levantándose para abrazarme. Esa es mi chica, ves, siempre te dije que lo
lograrías.
- Sí amiga, tú eres la única que nunca pierde la fe en mí.
- Es que eres muy talentosa.
- Estoy emocionada por eso, pero… sigo con las pesadillas.
- Y ¿viste a la psicóloga?
- No, tengo cita para la semana próxima, aunque contigo la verdad no
creo necesitarla, tú eres más efectiva que ella.
- Jajaja, sí estoy perdiendo todo este potencial, dijo señalándose.
Ohhh, yo también tengo novedades.
- ¿Sí? Cuéntamelo todo.
- Recuerdas al tipo este, Daniel.
- Sí claro, el de la clase de escritura ¿qué pasó con él?
- Tuvimos un fin de semana romántico… y eróticooo.
- Jajaja, sí me imagino.
- El tipo es raro, poco común, acampamos en un lugar espectacular,
en la noche observamos las estrellas, y tiene unas teorías muy extrañas de
la vida, para él todo es cuántico, hasta el sexo.
- Bueno, las dos sabemos que ese tipo de hombres siempre te
enloquecen.
- Ya conoces el dicho, para aventuras… pero algo serio es otra cosa.
- Sí, definitivamente.
- Ahhh, algún día, dijo fingiendo un suspiro.
- Jajaja, lo creeré cuando te vea, ¿tú con un solo hombre?
- No seas así, yo también puedo cambiar, pronunció estas palabras
haciéndome un gracioso mohín.
- Ok, está bien, te creo.
- Y volviendo a Eric, ¿ya averiguaste sobre su familia?
- No.
- Ah, de verdad te desconozco.
- Ya te dije, ahora las cosas son distintas.
- Ya veo, me dijo mientras tomaba su segunda copa de oporto de la
tarde.
- Creo que ya es hora de irnos ¿no crees?
- Sí, tienes razón, tengo una cita hoy, y esta belleza necesita arreglarse.
- ¿Con Daniel?
- No, jajaja, con un sujeto que conocí en mi clase de yoga, Fabiooo, el
sensual Fabio.
- ¡Eres incorregible!
- Y tú también.
- No, eso era antes, ahora quiero ser la más corregible del mundo.
- Hoy estás de lo más intensa Laura, que digo Lara.
- No, no es eso.
- Bueno, bueno, recuerda ir a la psicóloga, esas pesadillas tienen que
irse. Igual que todo lo demás.
- Eso espero amiga, eso espero.
Domingo 30 de abril.
Ciudad Santa María.

Ese domingo me sorprendió, esperaba algo como una cena en un


restaurante lujoso, pero lo que hizo fue algo muy diferente. Fue a mi
apartamento en su hermoso auto, era la primera vez que disfruté estar
dentro del vehículo, y tenía razón, valía la pena.
Mi atuendo era sencillo, me puse un vestido en color lila, que
combinaba perfectamente con mis sandalias bajas de tiras y el tono
cobrizo de mi cabello. El cual dejé suelto, cayendo en una cascada de
ondas hasta la parte baja de mi espalda.
- Hola, ¡te ves hermosa!
- Hola, gracias.
- A dónde vamos, le pregunté.
- Ven, déjame abrirte la puerta.
- Me voy a acostumbrar a esto.
- No necesitas acostumbrarte, esa es la manera de tratar a una dama.
- Vaya, este auto es muy cómodo.
- Te dije que valía la pena, jajaja.
- Ya veo. Mira, aquí está tu chaqueta, sana y salva.
- Jaja, gracias.
- Y ¿no me vas a decir a dónde vamos?
- No.
- Eres difícil de convencer.
- En realidad sí, o al menos eso me gusta pensar jaja.
Cuando llegamos al lugar, era un jardín hermoso, estaba cayendo la
tarde y, a lo lejos, comenzaban a divisarse los crepúsculos. Me condujo
hasta un espacio lleno de pétalos de rosas; lo más romántico que había
visto en mi vida. ¡Era un picnic! Completamente original, había colocado
luces, faroles y una mantelería vintage preciosa, en tonos blanco y crema.
El menú consistió en ensalada de rúcula, uvas blancas, nueces y
hongos, seguido de risotto y carne en salsa blanca, de postre, comimos
frutas. Tomamos vino tinto Pinot Grigio, realmente exquisito, pero lo
mejor fue la conversación, profunda e interesante.
- Sabes, esta carne tiene un sabor extraño, es deliciosa, pero no tiene
el gusto de una carne tradicional ¿qué es?
- La verdad no es carne.
- Y ¿qué es entonces?
- Son hongos.
- ¿En serio? Es delicioso, creí que era una carne exótica.
- No, lo que pasa es que soy vegetariano, bueno vegano mejor dicho.
- ¿Sí?, y ¿por qué?
- Soy amante de la naturaleza, no me gusta que lastimen a los
animales.
- Oh, ya veo.
- ¿Te parece extraño?
- No, para nada, al contrario, me parece lindo, nunca había conocido
a un hombre vegano.
- Bueno, aquí me tienes, me dijo con un gesto gracioso, señalándose a
sí mismo.
- Tú eres muy particular.
- Tú también. Nunca había conocido a una escritora.
- Bueno, aquí me tienes, le dije imitando su forma de hablar y gesto.
- Jajajaja, ok te burlas de mí, la verdad déjame informarte que eres
una muy mala imitadora.
- Jajajaja… sabes, esto, esto es hermoso, nunca he tenido un picnic así,
bueno… en realidad nunca he hecho un picnic.
- ¿En serio? ¿Nunca?
- No, nunca.
- Vaya, ¿qué clase de infancia tuviste? Tendré que hablar con tus
padres al respecto.
Automáticamente, me sentí contrariada y él debió notarlo porque
cambió su tono de voz.
- ¿Dije algo malo?
- No, no, tranquilo.
- Es que parece que te pusiste triste.
- No, es que… nunca tuve padres así como los demás, es decir, mis
padres murieron.
- Oh, lo siento, no tenía idea, discúlpame.
- No importa, ya no recuerdo nada de eso.
- Bueno, ahora tendrás todos los picnics que quieras, yo me encargaré
de eso personalmente.
- Ok, eso me hace sentir más tranquila.
Disfrutamos el atardecer juntos, y luego observamos las estrellas,
callados; sentía cómo una suave corriente me hacía vibrar por dentro.
Cuando me dejó en casa, al despedirnos, se acercó para abrazarme. Yo
me quedé mirándolo porque sus ojos me fascinaban, entonces se acercó y
me besó suavemente en los labios, casi rozándolos; su lengua los recorrió
con ternura, desatando mil sensaciones dentro de mí. Estaba
acostumbrada a reaccionar instantáneamente de una manera sexual; pero
en este caso, no quise avanzar, sentí el impulso de esperar para ver qué
haría él.
Se separó de mí y me miró con dulzura, mientras acariciaba mi
cabello suavemente.
- No sabes cuánto deseaba hacer esto.
- ¿Sí?
- Sí, mucho
- ¿Desde cuándo?
- Desde la primera vez que te vi.
- Yo también.
- ¿En serio?
- Sí, en serio.
Nos miramos un rato más, y luego sentí que era momento de
despedirme, aunque no deseaba hacerlo.
- Me divertí mucho, gracias por todo.
- De nada, yo también la pasé muy bien.
- Mmm, ya es hora de despedirnos
- Ok, me dijo. Pero no me soltaba.
- Creo que deberíamos soltarnos, jaja, para poder salir del auto.
- Sí, sería bueno.
- Ok, bueno, nos vemos, que tengas buenas noches.
- Nos vemos, me dijo con una de sus arrolladoras sonrisas.
- Espera, te abro la puerta.
- No, tranquilo, no te bajes, hace mucho frío, yo puedo salir esta vez
sola, por favor.
- Bueno, está bien, pero no te acostumbres.
- Jajajaja, está bien.
Caminé sin ganas hacia la puerta del edificio, pero con cierta
coquetería por si él me estaba mirando, efectivamente al llegar a la puerta
volteé para corroborar y me encontré con su mirada. Esperó hasta que
abrí la puerta, y entonces me despedí con un gesto de la mano y él me
correspondió.
Al llegar al apartamento, me sentía en las nubes, era mi primer picnic,
mi primer beso tierno, la primera vez que estaba ilusionada, como una
niña. Me sentía como una extraña en mi propio cuerpo, hasta mis
pensamientos parecían ser distintos. En otro momento, me reiría de este
tipo de encuentros, que parecían de adolescentes.
Tuve momentos en los cuales conocí a un hombre que me interesaba
y ese mismo día me había ido con él, me parecía normal. Pero ya no
quería estar así, creí que era mentira cuando me decían que deseaba otras
cosas al llegar a cierta edad. Yo siempre detesté los compromisos, sólo me
divertía, mis relaciones eran por placer o negocios.
Esa noche me acosté a dormir y fue la primera vez en mucho tiempo
que no tuve una pesadilla, dormí deliciosamente y desperté con la
agradable sensación de haber descansado.
Ese día lo dediqué a avanzar con mi novela, estaba muy inspirada,
cuando a media mañana sonó el citofono.
- Hola, ¿sí?
- Señorita Lara Rey.
- Sí, ella habla.
- Tengo un paquete para usted.
- Ok, ya bajo.
Al bajar, me encontré con el mismo mensajero del día anterior, y
estaba parado con otro ramo de flores en los brazos. Este era distinto al
anterior, estaba formado por las mismas rosas que Eric había colocado en
el picnic, así que obviamente eran suyas.
- Gracias, ya te firmo.
- Gracias.
Estaba emocionada con mi ramo, igual que una niña pequeña, en la
tarjeta decía: “Por el picnic más maravilloso del mundo… y los que
vendrán”.
Me reí porque tenía mucho ingenio para hacer sus bromas, yo
también lo había disfrutado, y deseé, por un instante, que él pudiese
conocerme verdaderamente, y no sólo a Lara Rey.
Puse mi ramo cerca de la mesa para inspirarme y pareció funcionar,
estuve todo el día escribiendo, cada tanto me levantaba y miraba por la
ventana, tal vez con la esperanza remota de ver su auto en la calle, pero
eso no pasó, tampoco me llamó. Recordé que tenía una reunión, me puse
a imaginar cómo sería su mundo, todas esas reuniones, personas
adineradas, lujos, viajes, era algo surrealista para mí.
Entonces, recordé a Luci, y pensé buscar acerca de él en internet, me
pregunté cómo no se me había ocurrido esa idea. Coloqué Zarco
constructora en el buscador, pulsé “enter”, y salió una lista de
referencias, además de un montón de fotos de sus padres, familia,
empleados, edificios.
Puse Eric Zarco, y aparecía él, allí estaba su hermoso rostro, vaya que
sí era fotogénico, esos ojos azules destellaban en mi pantalla, salía vestido
de traje y debajo decía CEO “Zarco-Omega”. Increíble, era el presidente
de la compañía y nunca me lo dijo, no alardeó de ello, ni siquiera hizo
referencia al respecto.
En otras fotos estaba con su familia, su padre, el dueño de la
compañía, un señor de unos 60 años, cabello entrecano y barba, muy
atractivo; así que era de familia esa belleza física ¿eh? También observé a
su hermana, una beldad de cabello negro como el ébano, casi azulado, y
los mismos ojos azules nuevamente. Todos eran muy parecidos, menos la
madre, ella era una persona totalmente distinta, con cabello súper liso,
pintado de rubio, cortado en un elegante Bob, poseía unos vivaces ojos
de color castaño y tenía un porte muy airoso, aparecía sentada en su
hermoso sillón, como si fuese una reina.
Salía en diferentes revistas, debido a la decoración exquisita de su
casa en Los Ángeles, o por su apartamento en Nueva York o quién sabe
dónde. Mientras la chica aparecía en una portada de Vogue y en otra foto
graduándose en Parsons School. Sentí un nudo en el estómago, ahora
estaba realmente amedrentada por toda esta gente, era un mundo
completamente distinto al mío, no podía ni imaginar el vivir así, con
todos esos lujos, y que fuesen asumidos como algo natural, cotidiano.
Él había dicho: “la felicidad no está solamente en el dinero”. Esto
tenía un significado especial; pero, para mí, era inverosímil, porque
estaba acostumbrada a luchar con uñas y dientes por todo, hasta lo más
obvio. Así que se me hacía difícil entender que no considerara felicidad
todas esas facilidades de las cuales disfrutaban él y su familia.
Definitivamente, su hermana jamás tendría que hacer nada ni
remotamente parecido a mí. Todo lo que hice para llegar donde estaba
ahora y, aun así, ni siquiera podría comprar una de esas sillas que su
madre exhibía con tanto orgullo, ni mucho menos tener esos lujosos
autos, casas o yates.
Observé los edificios que construían y los que Eric había supervisado,
todos eran fantásticos, me di cuenta que sus diseños tenían un estilo
particular, él tenía algo especial ¡y se notaba! Sus trabajos eran muy
diferentes, al verlos con detalle se podía percibir que eran exquisitos.
Me moría por ver ese nuevo diseño que me comentó estaba haciendo,
seguro que sería maravilloso. Esa parte de él me gustaba tanto, cuando
compartíamos nuestros sueños, porque al igual que yo, tenía muchas
ambiciones. Pero, al relacionarlo con ese mundo, donde estaba su familia,
amigos, ese montón de banalidades, me empezaba a incomodar, porque
eran personas muy lejanas a mí en todo sentido.
Miré sus fotos, en una estaba inaugurando un edificio, en otra,
esquiando en unas montañas nevadas, riendo con amigos y, en otra,
aparecía con una mujer que no era su hermana precisamente, ni su
mamá. Sino una rubia muy guapa, de cabello largo y liso, muy sonriente
y lo abrazaba con mucha confianza. Me sentí… celosa, horror, celosa yo.
¡Qué estupidez! apenas lo acababa de conocer, este hombre tenía como 35
años y por supuesto que había tenido novias, amantes, esposa, no sé. No
lo había pensado ¿y si tenía esposa?
Seguí buscando en internet, esposa, esposa uff... vaya, decía que era
viudo, ¡qué alivio! Pero eso no significaba que no tuviera una pareja, no
significaba nada, cómo un hombre así iba a estar solo. Tal vez le gustaba
salir con una y luego con otra, tal vez, su “reunión” era un código secreto
para nombrar esos días en los cuales salía con otras mujeres.
Bueno, bueno, cálmate Lara, deja el ataque psicótico, me dije, no
tienes nada con este hombre, compórtate como siempre has sido,
tranquila, sin perder la calma. ¡Vamos, apenas conoces a este hombre! Me
repetí, no eres como esas locas que conocen a alguien y ya están viendo
revistas de novias. ¡A trabajar! Ya deja de revisarle la vida, si las cosas se
dan, se dan.
Continúe escribiendo, pero con el arrepentimiento de haberle
investigado, sintiendo un peso encima, el de conocer que su mundo era
completamente diferente al mío. Esa noche dormí y soñé que un inmenso
muro nos separaba.
Seguimos saliendo y en cada cita siempre me sorprendía de formas
inimaginables. A veces tenía gestos extravagantes, pero no lo hacía para
impresionar, él no necesitaba de eso; me daba cuenta que estaba
acostumbrado o lo hacía por halagarme. Sencillamente, era algo natural
para él.
Hace un mes atrás.
Ciudad Santa
María- Puerto Santo

- Hola amor, sabes, tengo una sorpresa para ti.


- ¿Sí? En serio ¿qué será? me encantan las sorpresas.
- Si te lo digo no será una sorpresa.
- ¿Y entonces?
- ¿Estás libre esta tarde?
- Sí.
- Voy a mandar mi limosina para que vaya por ti.
- ¿Tu limosina?
- Sí.
- Pero, puedo ir en mi carro, musité.
- No, confía en mí, así va a ser mejor.
- Bueno, está bien.
- Pero, ¿cómo me visto?
- No te preocupes por eso, vístete como te sientas cómoda.
- Mmmm, está bien.
¡Una limosina! Jamás estuve en una, y ese fue el primer gesto
exorbitante para mí, y aún no sabía lo que me esperaba, ni siquiera
estaba preparada para lo que vendría después.
A las cuatro de la tarde la limusina pasó por mí, no tenía idea hacia
dónde iba, pero por la ruta que tomó el chofer, me di cuenta que se
dirigía hacia el aeropuerto. ¿Qué tenía este hombre preparado entre
manos? La cabeza me daba vueltas tratando de adivinarlo.
Efectivamente, la limusina se detuvo frente a un avión, un jet
hermoso, me lo tuve que haber imaginado. ¿Viajaríamos allí? ¿Qué
pretendía?
- Este avión hacia dónde va, le pregunté nerviosa al chofer.
- No sé señorita, yo solamente estoy encargado de traerla.
- Gracias.
Subí al avión y allí me esperaba una asistente, toda sonrisa y me
invitó amablemente un té de jazmín. Me puse a recorrer la salita, era una
cosa espectacular, con decoraciones orgánicas, pantallas de televisor
gigante, cuadros de pintores famosos, alfombras, mesas, todo exquisito y
de un gusto excelente.
- ¿Está bien señorita? ¿Quiere algo más?
- Sí, cuál es su nombre.
- Oh disculpe, mi nombre es Elena, estoy a su servicio.
- Muy bien Elena, podrías decirme hacia dónde se dirige este avión.
- Mmmm, disculpe señorita, no estoy autorizada para darle esa
información.
- O sea, que estoy aquí y ni siquiera sé para dónde voy, o si voy a
algún lugar en específico.
- Puede preguntarle al señor Zarco, señorita.
- Ok, está bien, entiendo. Y ¿qué tipo de avión es este Elena? ¿Puede
hacer vuelos trasatlánticos?
- Usted es mi ingeniosa señorita, este es un Falcón 8X, un muy buen
avión, no tiene que preocuparse por nada, son muy seguros, es exclusivo
y como verá, muy cómodo.
- ¿Y puede viajar largas distancias?
- Sí, señorita, puede hacer vuelos de largas distancias.
- Bueno, muchas gracias Elena.
En ese momento entró Eric con una gran sonrisa en los labios, vestido
con traje de etiqueta y… se veía espectacular, casi me quitó el aliento.
- Hola hermosa, me saludó dándome un ligero beso en los labios.
- Hola, ¿a dónde vamos?
- ¿Por qué lo preguntas con esa cara de susto?
- Tu sobrecargo me dice que este avión hace vuelos de largas
distancias.
- Sí, pero no vamos a hacer un vuelo largo, si fuese así no vendría
vestido de esta manera.
- Ufff, qué alivio porque no tengo papeles, ni estoy preparada para
eso.
- No te preocupes por esas cosas, todo se puede arreglar.
- Entonces dónde vamos.
- Ya verás. Mira, en la habitación hay algo para ti, póntelo y dile a
Elena que te ayude si lo necesitas.
- Está bien.
La habitación era preciosa, blanca con detalles en negro, la cama King
size, con una cabecera hermosa estilo minimalista. En ese lugar se sentía
como estar en una confortable casa, jamás en un avión. Sobre la cama vi
un vestido precioso en color negro, al revisarlo me di cuenta que era un
Valentino vintage, ¡qué lujo! Lo toqué y era suave como la seda, un
sensual vestido largo con una abertura lateral y sexy escote en la espalda.
Parecía conocer mi gusto… y talla, porque al medírmelo me quedó
perfecto, como un guante. Ajustaba mis curvas de una manera muy
sensual.
- Señorita, permiso, disculpe, aquí está su estilista para arreglarla.
- ¿Estilista?
- Sí, para maquillarla y peinarla.
- Ok, dile que pase.
Cuando Eric me vio peinada y vestida se quedó con la boca abierta,
ese era justo el efecto que deseaba tener en él.
- Vaya, guaoo, te ves bellísima.
- ¿Sí? parece que Valentino y yo también nos llevamos muy bien.
- Definitivamente Valentino es lo tuyo.
Cuando al fin llegamos y nos bajamos de la limusina, me di cuenta
que me había traído al Teatro Central, en frente había un gran cartel que
decía: “La Bella Durmiente”. Oh, me traía al ballet, nunca ningún hombre
me había invitado a algo así.
- No sé si te gusta, pero es algo hermoso.
- Nunca había venido, pero estoy segura que me encantará.
Al entrar, todo el mundo nos miraba, se sentía extraño ser observado
de esa forma, no sabía si era mi aspecto o, simplemente, porque estaba
acompañada por Eric Zarco. Me sentí un poco cohibida en esa situación,
pero disimulé lo mejor que pude, estaba dispuesta a disfrutar al máximo
esa experiencia. Observé mujeres maduras hermosamente trajeadas y
arregladas con portes sobrios, encantadoras jóvenes que parecían
modelos, las cuales acompañaban a hombres maduros quienes,
obviamente, eran muy adinerados. No había que pensar mucho para
darse cuenta que todo giraba alrededor de la belleza, el dinero y la
ostentación.
Personalmente, prefería el picnic, pero el ballet en sí fue fantástico,
todas esas bellas bailarinas danzando de forma virtuosa, la música de
Chaikovski y la historia, ¡hermosa! Me sentí tan identificada con ella. Al
terminar me di cuenta que toda mi vida estuve perdiéndome de cosas tan
especiales, mientras me hundía en un mundo oscuro. Pero ahora Eric me
mostraba otro lado, uno que estaba lleno de luz y de verdadera belleza.
Luego del ballet, fuimos a ver las famosas fuentes del teatro, eran
maravillosos los movimientos del agua y todos los colores de las luces.
Las personas pululaban y miraban maravillados el bello espectáculo
acuático.
- ¿Te gustaría conocer mi casa? Me dijo susurrando a mi oído. Sentí
su respiración en mi cuello y, nuevamente, me ericé.
- ¿Tienes casa aquí?
- Sí, tengo una en las afueras, cerca del mar.
- Está bien, me encantaría.
Su casa quedaba efectivamente en las afueras del puerto, me sentía
como una sibarita, pues viajamos hasta el otro lado del país solamente
para ver una presentación de ballet y conocer su lugar especial; una casa
que él mismo había diseñado, según me comentó durante el vuelo.
Cuando llegamos, era preciosa, estaba situada en una colina, y desde allí
se podía ver el mar, un espectacular faro, y toda la costa de Puerto Santo
hasta donde el horizonte lo permitía.
- La hice aquí precisamente por esta preciosa vista, me dijo
completamente emocionado.
Su sinceridad y sentimientos me resultaban totalmente seductores. La
luna llena facilitaba la visibilidad, y al mismo tiempo le otorgaban al mar
un aspecto onírico y salvaje. Él se acercó y me besó suavemente en el
cuello, en ese momento sentí una corriente que se fue desplazando
deliciosamente por todo mi cuerpo.
- Ven, me dijo tomándome de la mano, te la quiero mostrar por
dentro.
Lo seguí sin decir palabras, poco a poco fuimos recorriendo cada
espacio de la hermosa construcción, mientras él me explicaba los detalles
de estilo y varias cosas que no entendía con precisión. Lo cierto es, que
era una construcción de líneas geométricas, masculinas, muy parecida a
él, fuerte y con un toque de sutileza.
Nos sentamos en un hermoso sofá crema, mullido y suave, él me
contaba de sus proyectos y los avances de su nuevo edificio, mientras yo
estaba seducida por sus palabras. Se veía emocionado, pero nunca me
hablaba de su familia ni amigos, supongo que era muy pronto para eso.
Sin embargo, sentía una vaga sensación de duda, la cual era extraña en
mí, porque nunca deseé conocer a ningún amigo o familia de los
hombres con quienes había salido o tenido que ver.
Mientras hablaba, me acariciaba la mano o el brazo, así sentados uno
al lado del otro disfrutábamos de la mutua compañía. Era el hombre más
espectacular con el que había salido y, francamente, el único que
despertaba algo especial en mí, más allá de su belleza física, inteligencia
o su aventajada posición económica.
- ¿Te aburro con mis temas arquitectónicos?
- No, no para nada, me parece interesante y esta casa es preciosa, me
imagino cómo serán los edificios que estás diseñando ahora.
- Sabes, me encanta estar contigo, porque siento que podemos hablar
de cualquier cosa.
- Yo también siento lo mismo.
Sus manos avanzaron hacia mi cuello y sentí que ya no podía
controlarme, había pensado tantas veces cómo sería estar con él. Sentí un
escalofrío en todo el cuerpo y él se quedó mirándome atentamente,
percatándose en segundos de mi reacción. Yo lo miré con deseo,
volviendo a ser por instantes la verdadera yo, aquella que le gustaba
tomar el control de la situación. Entonces mis labios se plegaron
inconscientemente para besar, de mí exhalaba una sensación eléctrica, un
deseo que jamás había sentido por otro hombre.
Él se acercó a mí y en un instante nuestros labios se fundieron
desesperadamente, como dos sedientos que encuentran el oasis, no
podíamos separarnos, era como si bebiéramos el uno del otro. En un
segundo sus brazos me rodearon apasionadamente, sus labios
recorrieron mi cuello, rostro y nariz, bajando lentamente cada tanto,
explorando cerca de mis senos.
Yo, al mismo tiempo, le acariciaba con pasión anhelante y lo besaba
apasionadamente, pegándome a él insinuante, ardiente de deseo. Le
quité la chaqueta y la camisa casi con furia, mientras él se mostraba
asombrado, seguramente pensando quién era esa mujer que, con tanto
furor, le sometía a sus deseos, a esos labios que se habían vuelto una
marejada de fuego, un volcán en erupción.
Entonces me emuló y suavemente me volteó de espaldas para
bajarme lentamente el vestido, el cual cayó en el piso, y mientras me
besaba la espalda sentía suavemente la sensación de su barba, luego de
voltearme, sus manos sedientas se precipitaron hacia mis senos.
Él se detuvo un momento para admirarlos, los observó con pasión y
me susurró:
- Son lo más bello que he visto, tiernos, dulces, apasionados como tú,
me vuelves loco Lara, ¡completamente loco!
Los acarició tiernamente, mientras yo comencé a gemir de placer,
poco a poco estos fueron respondiendo, volviéndose más erguidos y
listos para amar. Suavemente los besó, primero muy despacio, para
después irlos succionando y recorriendo con su lengua, chupándolos con
fruición.
Él me acariciaba sin sosiego, avanzando lentamente hacia el sur, por
encima de mi ropa interior, como un explorador que prueba el mejor
camino hacia el gran tesoro. Me tomó por la cintura y yo lo rodeé con mis
piernas. En ese instante, sentí su erección, era algo duro y muy tibio. Él
me levantó y poco a poco me fue quitando los pantys, despojándome de
todo lo que estorbaba para nuestros propósitos.
Siguió acariciándome lentamente, su mano avanzando hasta
conseguir el lugar justo, y yo me estremecí como si fuese la primera vez
que me tocaban. Él esperó, entonces siguió tocándome primero de forma
suave y luego más fuerte, moviendo su mano de un lado a otro, de arriba
hacia abajo, una y otra vez.
- ¿Te gusta? Me preguntó.
- Sí, le dije con voz entrecortada.
- Voy a hacerlo más fuerte.
Asentí, y él empezó a penetrar en ese bosque de misterios, sus dedos
recorrían mis labios suavemente, ayudados por la humedad, una y otra
vez, desatando un caudal. Sentía cómo mi clítoris se iba irguiendo,
desafiante. Él no dejaba de repetirme que era hermosa en todos los
sentidos, que mi cuerpo era bellísimo y lo mucho que me deseaba.
Me observó por un instante con sus ojos golosos, me recorrió lleno de
pasión y ternura. Él mismo se quitó el pantalón y la ropa interior, su
corazón parecía a punto de explotar. El mío vibraba, y la respiración se
me iba acelerando cada vez más.
Lo vi desnudo, ante mí estaba por fin su maravilloso cuerpo, el cual
era una invitación para la locura, la pasión en cada músculo, tatuaje,
lunar y… en su sexo. Yo estaba esperando al fin por mi recompensa, era
mi regalo, lo quería ya, no podía aguantar el deseo. Me acerqué y lo besé
muy fuerte, succionando su lengua y mordiéndole los labios, hasta
quitarle la respiración.
- Ya va, dijo riendo, espera.
- ¿Qué? ¡Vamos! Le dije inquieta.
- Espera, volvió a repetir, espera.
Mientras me decía esto, seguía acariciándome y besándome con
ternura una y otra vez, tomó su pene y empezó a recorrerme con él. Lo
había imaginado mil veces, era como si mis pensamientos se quedaran
cortos, como si nuestros sueños se fuesen conectando, porque parecía
conocerme toda, sabía cómo volverme loca, tocándome en los lugares
sensibles. Comencé a gemir más fuerte.
- Voy a acariciarte con él, me dijo.
Asentí con la cabeza y empezó a describir formas sobre mi sexo, cada
caricia apasionada me hacía vibrar, gemir y retorcerme. Él lo iba
haciendo cada vez con más fuerza, paseando por los labios mayores,
menores y deteniéndose al acercarse al clítoris, dejándolo inconcluso,
deseoso. Éste se iba coloreando de carmesí intenso, gritando a mil voces
de pasión, buscando la oportunidad de ganarle en la batalla,
derrotándolo en su terreno, donde él se creía victorioso, le demostraría
que no era más que un soldado inexperto.
En ese instante me puse sobre él, llenando de mil estrellas nuestro
firmamento, me plegué encima deseosa. Poco a poco, empezó a
penetrarme, mientras me preguntaba si estaba bien. Yo afirmaba sin
hablar, pues no podía decir palabra, sólo gemir y delirar. Iba abriendo
más y más mis piernas, moviéndome, tratando de adaptarme a ese ser
que me desentrañaba poco a poco, consumiéndome en deseo,
llenándome de placer, con cada movimiento, haciéndome sentir algo
inimaginable, porque era la primera vez que me acostaba con alguien y
mi corazón también estaba allí. Yo lloraba de la alegría, no podía evitarlo.
Dentro de mí, todo pareció conectarse, un mecanismo dormido se
había despertado, coloreando de mil tonos mi ser interno. Me apreté con
fuerza, forzándolo a acomodarse, su pene se encontró atrapado dentro de
mí, casi sin poder moverse, pero al mismo tiempo esto le generaba un
placer inimaginado, lo sabía, conocía muy bien esa expresión.
Mientras hacía esto, él se pegaba más, respondiéndome y esto
terminó de enloquecerme, así que comencé a moverme más rápido, le
mordí el cuello y los labios, gemía muy fuerte, mientras él sonreía
asombrado, y al mismo tiempo se mostraba turbado por el placer, que yo
sabía, nunca había sentido en su vida. Lo estaba exprimiendo desde
adentro hasta desatar un caudal níveo que necesitaba escapar o le iba a
hacer explotar.
Seguí hasta que desde muy dentro sentí el inevitable orgasmo, y era
como una mariposa aleteando, que necesita liberarse para volar. Él sintió
todo, cada succión y contracción deliciosa sobre sí. Al instante, su ser
también se liberó de toda esa presión, un río contenido desde hacía
tiempo. Él pensó que había terminado, pero yo seguía casi igual. Me
recosté y seguí acariciándome, entonces él me ayudó acompañándome
con su mano, así los dos juntos seguimos haciéndolo, consintiéndonos,
dándole por fin a nuestros cuerpos lo que querían desde hacía tanto
tiempo.
Lo hicimos una y otra vez, no pudimos contar cuántas veces fueron.
Así pasamos toda la noche, yo sobre él, él sobre mí, de todas las formas
que el instante y el tiempo nos permitió, hora tras hora, minuto a minuto,
hasta que no pudimos más y caímos rendidos en un delicioso cansancio.
Él se quedó dormido, besándome y acariciando mi espalda,
recorriéndome con ternura. Y yo viéndolo dormir, sin poder conciliar el
sueño, disfrutando de su apolíneo rostro azulenco a la luz de la luna.
Me quedé dormida y no supe cuándo había amanecido, sus suaves
caricias en mi espalda fueron mi despertador. Al cobrar conciencia, en
mis labios se dibujó una sonrisa involuntaria.
- Sabes amor, tengo que ir a la Costa Azul, me dijo suavemente
mientras me acariciaba.
- Qué emocionante, ¿y qué vas a hacer allí?
- Voy a visitar a unos clientes, inversionistas.
- Ok.
- ¿Te gustaría venir conmigo? Son unos días nada más.
- Ohhh, nunca he estado en Francia.
- Mejor, así lo disfrutarás más.
- ¿A qué lugar específico?
- Saint Tropez
- Mmmm, en tu yet ¿supongo?
- Sí, jaja, además…
- ¿Qué?
- Mi familia va a estar allí, es casi verano y suelen pasar días en
nuestra casa.
- Ammm, ¿toda tu familia?
- Sí.
- Y…
- Te los quiero presentar.
- Ohh ¿en serio? Nunca me los mencionaste, pensé que…
- No, espera, no había hablado de ellos porque apenas nos estábamos
conociendo, no suelo involucrarlos con…
- ¿Con tus conquistas?
- No, con mis relaciones, es que me gusta conocer bien a una mujer
antes de presentarla, mi familia es un poco intensa en ese sentido.
- ¿Intensa? Es decir, que están locos por casarte.
- Sí, algo así.
Aunque durante nuestras citas tuvimos conversaciones sobre su
pasado y sus perspectivas de vida, nunca mencionaba exactamente el
tema de su familia o su viudez, así que todo eso era algo que me
intrigaba y preocupaba a la vez ¿Serían tan insufribles que no le gustaba
hablar de ellos?
- Una pregunta.
- Dime.
- ¿Desde cuándo eres viudo y cómo es tu familia exactamente?
- Esas son dos preguntas. A ver, voltéate para que hablemos mejor.
- Bueno, ok, ya, entonces… responde la que quieras.
- Soy viudo desde hace tres años y mi familia es… particular, mi
padre es un hombre de negocios, aislado, tú sabes. Mi hermana, por otro
lado, es una chica especial, ha trabajado como modelo y se pagó sus
propios estudios modelando en Nueva York, es diseñadora de modas,
tiene su propia línea de ropa. Y Amanda, bueno en sus obras de caridad
y fundaciones filantrópicas, es decoradora y se la pasa remodelando
nuestras casas y propiedades, ha salido en diversas publicaciones,
participa en varios proyectos importantes, es una mujer muy astuta.
- Y Amanda es tu… ¿madre?
- Madrastra, en realidad.
- Mi madre… se fue, digámoslo así, cuando mi hermana y yo éramos
pequeños.
- ¿Se fue?
- Sí, pero… disculpa, no me gusta hablar de eso, no tiene importancia.
- Ah, ok, disculpa, le dije extrañada de su reacción.
- Tranquila, pero no me respondiste.
- ¿Acerca del viaje?
- Sí, ¿me quieres acompañar?
- Está bien, sí, te acompaño. Y mentalmente me dije, Lara ¡estás loca!
Completamente loca por meterte en esto.
- Excelente, entonces voy a arreglarlo todo, salimos el lunes 22.
- Sabes, me siento un poco amedrentada por tu familia, yo… busqué
algunas fotos en internet y… no sé si yo encaje bien ahí.
- Jajaja, o sea ¿me estabas espiando?
- Noooo, jajaja, solo tenía curiosidad. Por cierto, eres muy fotogénico.
- Gracias, usted también madame.
- Yo quería hacerte otra pregunta.
- A ver, terminemos con el interrogatorio de una vez, me voy a
arrepentir, pero hazme todas las preguntas que quieras de una vez, amor.
- Bueno… te vi en una foto con una mujer rubia ¿quién es ella?
- Caroline, mi esposa.
- Y… ¿de qué murió?
- De cáncer.
- Lo siento… yo…
- Tranquila, eso lo he ido superando poco a poco. Además, ahora
estás tú, me dijo, besándome en el hombro.
- Siento preguntarte estas cosas que son tan dolorosas, lo que pasa es
que sentí mucha curiosidad.
- No te preocupes amor, contigo puedo hablarlas.
- Entonces ¿conoceré a tu hermana, padre y madrastra?
- Si gustas.
- Y ¿tu mamá? ¿ella no está presente en tu vida?
- No, y como te dije, no quiero hablar de ella ¿sí?
- Está bien, está bien, disculpa. Le dije un tanto contrariada.
Tiempo Presente.
Saint Tropez, Francia

Era inquietante la manera como evadía el tema de su madre, eso me


hacía sentir un poco incómoda. Pero ¿quién era perfecto? ¿Era yo alguien
digna para juzgarle? Por supuesto que no, entre los dos quien tenía más
cosas que esconder era yo, así que supuse sencillamente que estaba
molesto porque los había abandonado.
Pensaba en todas estas cosas mientras, desde la ventana del avión,
observaba el mar coloreado en índigo y la preciosa costa. ¡No podía
creerlo! Este lugar era maravilloso.
La casa de su familia era hermosa, aunque había visto su otro hogar y
era despampanante y original, esta parecía casi un palacete, había
pertenecido a su familia por cinco generaciones. Era bellísima, amplia, de
formas sugerentes y orgánicas. El estilo era distinto a la simplicidad de
las otras construcciones.
Pasamos a uno de los comedores, el más íntimo, pues la casa tenía
tres; uno para las visitas, otro para la familia y este que era más informal.
Era inmenso, el piso en color blanco hueso, tenía un ambiente
elegantemente dividido, entre la cocina y el comedor propiamente dicho,
tenía ventanas de cristal panorámicas, con una hermosa vista marina,
matizada con árboles, palmeras, flores, grama, que le daban un toque
especial y elegante.
Del techo colgaban unas lámparas con diseño geométrico color plata,
todas las paredes eran blanco seda, igual que el cielo raso del techo, la
cocina tenía una barra en color negro, que contrastaba perfectamente con
las paredes, todos los elementos de la cocina tenían acabado industrial. El
comedor era sencillo, pero de líneas ornamentadas y abigarradas, las
sillas parecían muebles, cómodos y mullidos.
Me gustó el contraste entre las paredes y la barra negra de la cocina,
no podía dejar de sonreír, era un ambiente agradable y estéticamente
armónico. En el piso estaban dispuestos unos jarrones simples en negro y
blanco, con ramas secas dentro.
Y me sorprendió que sobre el comedor estaba dispuesto un pequeño
ramo de orquídeas blancas en un delicado arreglo ikebana, igual que en
nuestra primera cita, a semejanza del ramo que me había regalado,
¡increíble! Este hombre no dejaba ningún detalle fuera. No se me había
pasado por la cabeza que él hubiese colocado estas cosas en el ambiente
sólo para halagarme, hasta que él le dijo con una dulce sonrisa:
- Sabes, mandé a colocar este arreglo porque… bueno tú sabes,
porque era el arreglo de nuestra primera cita… y el primer ramo que te
di ¿recuerdas? Me dijo con una encantadora sonrisa ¿Te gusta?
- ¿En serio? ¿Lo dices en serio? Claro que me gusta, me parece
espectacular.
- Sabes, mi familia llega mañana.
- ¿Sí? Qué bien, pero en el fondo me desagradaba la idea.
- Pero… hoy tenemos la casa para nosotros solos.
- Y… ¿qué se te ocurre que podamos hacer en esta inmensa casa tú y
yo?
- Pues, se me ocurren muchas cosas… me respondió con un tono
pícaro.
- A mí también, sabes…
- A ver dime.
Esa noche hicimos el amor llenos de pasión y deseo, como la primera
vez, pero conociéndonos más allá del cuerpo, entregándonos con toda el
alma. Descubrí que estaba enamorada, sólo al mirarlo la mañana
siguiente supe que me encontraba atrapada y, por primera vez, no
deseaba huir del compromiso. Quería estar a su lado, aunque eso
significara adentrarme en ese mundo falso.
Pero, luego de nuestra pequeña discusión, me hallaba en una
disyuntiva, esta mujer, esa maldita mujer ¿qué estaba haciendo en una
foto, precisamente en la casa de Eric? Él estaba molesto, y tenía que
averiguar cuál era la causa y quién era ella para su vida. Sentí una gran
molestia, ¡qué mala suerte la mía!
Caminé por todos lados buscándolo, en cada rincón de la enorme
casa, al fin decidí salir hacia la playa, y en uno de los acantilados lo
encontré, concentrado y pensativo, mirando hacia el horizonte, abstraído
en sus pensamientos, tanto que no me oyó llegar. Me acerqué con
cuidado y me quedé un rato allí para no molestarlo.
La vista era espectacular y el olor de la brisa marina generaba una
relajante sensación de paz. Pero en su entrecejo parecía dibujarse más
bien una gran tormenta. Al fin se volteó hacia mí, y se quedó mirándome
muy serio.
- Eric, discúlpame, no quería dañar tu foto.
- No estoy molesto por la foto, ni estoy molesto contigo, Lara.
- Entonces, qué te pasa.
- Ven, me dijo atrayéndome con su brazo, y después se recostó en mi
pecho.
- Mira a esta mujer ¿es hermosa verdad? Me preguntó con furia.
- Sí, es hermosa, le dije tratando de ocultar mi desagrado por ella.
- Esta mujer era mi madre ¿sabes? Mi madre, jaja, gran madre la mía.
- ¿Tú madre? Le dije exaltándome.
- Sí, por qué te extraña.
- Porque… se ve muy joven allí.
- Es una foto vieja ¿ves?
- Mmmm, me dijiste que se había ido ¿no? En un segundo, un
montón de recuerdos indeseables vinieron a mi mente, conectando
algunos puntos vacíos.
- Sí, se fue, y eso no es todo, esta mujer de la cual todos me hablaban
maravillas, que tenía causas filantrópicas, siempre de punta en blanco,
siempre sonriente, la gran señora Zarco, la más bella, con más clase, no
era más que una mentira, la más sucia y vil mentira ¿sabes? Yo creía que
estaba muerta. Mi padre trató de ocultarme todo, todo, él también es un
mentiroso. Me gritó con lágrimas en los ojos, al mismo tiempo que se
apartaba de mí.
Cuando Eric dijo eso me asusté, porque yo también la conocía, era la
mujer que me había metido en ese sucio mundo, del cual logré escapar
milagrosamente, yo también sabía que era una mentira, su madre, por
Dios, y ¡qué madre! Cuántas vueltas puede dar el mundo, pensé. ¿Cómo
es posible que esa persona fuese su madre? ¿Qué sabía él? ¿Cómo podía
haber nacido alguien así de una arpía como esa?
- Nunca he dicho nada, por mi hermana y mi familia, el buen
nombre, jaja, como le gusta decir a mi padre. Pero ella estaba metida en
cosas bajas, extrañas ¿sabes? Hay personas así, que siempre buscan lo
oscuro, a pesar de tenerlo todo y ella era una de esas.
- Ya va, espera, de dónde sacas todo eso.
- Lo averigüé, no me pidas detalles, porque no lo sé, no quise saberlo,
pero hay pruebas de su abandono, de las cosas que hacía, su muerte…
Detesto los engaños.
Dijo esto casi gritando a la vez que rompía la foto y dejaba que la
brisa se la llevara por los aires.
- Así quiero que te vayas, que te pierdas, para siempre. Le gritó.
De repente me sentí mareada, con náuseas, un sudor helado recorrió
mi frente y todo se nubló a mi alrededor. Cuando desperté estaba en la
cama y Eric me tenía tomada de la mano. ¿En qué me había metido? Al
día siguiente conocería a la familia de este hombre, y ya los primeros
fantasmas de mi pasado comenzaban a salir. ¿Debía irme de allí o seguir
adelante? Yo lo amaba, pero no sabía si estaba dispuesta a enfrentarme a
esas sombras, de las cuales había huido por todos los medios.
Por primera vez, en 10 años, supe que debía llamar a Rex, necesitaba
información, saber a qué me estaba enfrentando. Juramos nunca más
vernos, pero ahora era necesario, mi guardaespaldas y amigo, el único
consuelo que tuve cuando viví en el mundo de la prostitución, como una
de las acompañantes más cotizadas de Sonia, “La gran madame” como le
gustaba que le dijeran, ella era la verdadera madre de Eric, la que creyó
muerta por tanto tiempo.
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