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Aproximación a la Teoría del Derecho
bio, la validez material o sustantiva depende de que el contenido del acto o de la norma sea compatible
con lo dispuesto en normas superiores, de que la autoridad en cuestión haya violado o no alguno de
sus deberes. Mientras que la validez formal es un asunto de conformidad, la segunda lo es de coheren-
cia (Ferrajoli).
Antes de continuar, conviene aclarar que las NSP sólo regulan indirectamente las condiciones de
validez formal de las normas. Lo que regulan directamente son las condiciones de validez formal de
los documentos normativos que las contienen, que son producidos a través de alguna de las fuentes
del derecho del sistema jurídico: la ley, el reglamento, el decreto, la ordenanza municipal, etc. Se habla,
por tal razón, de las condiciones de validez de la ley, del reglamento, de las ordenanzas municipales,
etc. Hay que distinguir, pues, entre los documentos normativos, los enunciados o disposiciones nor-
mativas y las normas. Los primeros son el resultado institucional en forma de texto aprobado por la
autoridad normativa, perteneciente a una determinada categoría normativa o fuente del derecho (ley,
reglamento, etc.). Los segundos son los enunciados que contiene dicho documento, por lo general los
denominados artículos y sus diferentes párrafos. Aunque los juristas se refieren con frecuencia a estos
últimos llamándolos normas, estas serían stricto sensu el significado otorgado a las disposiciones que
lo forman tras su interpretación. Ello presupone un concepto amplio de interpretación, que identifica
esta con la simple comprensión de un enunciado y no solo con la atribución de significado a un enun-
ciado ambiguo o vago mediante alguno de los criterios de interpretación desarrollados por la ciencia
jurídica: literal, teleológico, sociológico, histórico, etc.
Autoridad normativa
Nomen iuris,
Fuentes del Derecho
Documento normativo
(conjunto de disposiciones normativas)
Interpretación
(enunciados interpretativos)
Norma
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Validez, eficacia y Justicia
produce, su modo de aprobación, etc. Por ejemplo, la aprobación del nomen iuris o resultado
institucional ley orgánica exige mayoría absoluta, esto es, una mayoría igual o superior a la
mitad más uno del número total de miembros del órgano en cuestión. La infracción de esta
condición produce un vicio formal de procedimiento.
c) De competencia material (ámbito material de regulación). Cada fuente del derecho a través de
la que, como hemos dicho, se introducen en el sistema jurídico los documentos que contienen
normas no sólo está reservada a una cierta autoridad (la ley, al Parlamento; los reglamentos, al
Gobierno, etc.), y un determinado procedimiento, sino, muy menudo, también a ciertas ma-
terias. Por ejemplo, la regulación del desarrollo de los derechos fundamentales sólo puede ha-
cerse mediante ley orgánica, no mediante ley ordinaria u otra fuente de rango inferior. Cuando
no se observa este límite, existe un vicio de competencia material.
La validez material exige, a diferencia de la formal, una sola condición y juicio. Exige verificar que
el contenido de la norma producida por el órgano competente, siguiendo el procedimiento establecido
y dentro de su ámbito material de competencias, no contradice el contenido de una norma superior
del mismo sistema jurídico. Se trata, no obstante, de un juicio bastante diferente del anterior, sobre
todo en el marco de los actuales Estados Constitucionales de Derecho. Las condiciones de validez
formal constituyen requisitos de hecho en ausencia de los cuales el acto de producción es imperfecto
y la norma no llega a existir. La validez material exige, por el contrario, que la norma respete valores
(la igualdad, la libertad, los distintos derechos fundamentales). Mientras podemos determinar si una
norma ha sido producida de conformidad con las condiciones de validez formal sobre la base de
simples averiguaciones empíricas (si la norma fue publicada, si la aprobó el parlamento o no, etc.), no
cabe sostener lo mismo del juicio de validez material. Este exige realizar no un juicio de hecho, sino
actividad interpretativa de dos normas (la inferior y la superior) y un juicio de valor (acerca de si sus
significados se contradicen o no) que, como tal, no es ni verdadero, ni falso. Por ejemplo, determinar
si cumple el requisito de la validez material una ley que tipifica como delito la negación de la existencia
de un genocidio exige valorar si la expresión de este tipo de ideas está o no amparado por el derecho
fundamental a la libertad de expresión y, de ser así, si tal principio prevalece sobre el de la dignidad
de las víctimas.
Kelsen da cuenta de la distinción entre validez formal y material señalando que en el concepto de
validez intervienen dos clases de criterios: estático (condiciones materiales) y dinámico (condiciones
formales). De acuerdo con el primero, una norma es válida si su contenido se deduce lógicamente o
no contradice el de otra noma valida. Cada norma sería la deducción lógica del contenido otra norma
del sistema, la cual, a su vez, es deducción lógica del contenido de otra norma del sistema y, así, hasta
llegar al final de la cadena de deducciones a un postulado moral autoevidente de cuyo contenido se
derivarían todas las normas del sistema. El contenido que se ha dado a dicho postulado ha sido muy
variado: para Hobbes sería «Pax est querenda», para Tomás de Aquino «Haz el bien y evita el mal»,
para Pufendorf «Hay que garantizar la conservación de la sociedad humana», etc. Kelsen denomina a
los sistemas normativos de este tipo sistemas estáticos, ya que no prevén lo que posteriormente Hart
llamará normas de cambio. La validez de las normas en sistema dinámico es muy diferente. Las nor-
mas jurídicas no son válidas en virtud de su contenido, sino porque su producción ha sido autorizada
por otra norma superior, con independencia de cuál sea su contenido.
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el ordenamiento jurídico atribuye a sus respectivos vicios de invalidez. Puesto que la validez formal
se predica de los actos, mientras que la validez material se predica de los contenidos de los resultados
de tales actos, la consecuencia jurídica de los vicios formales sería la inexistencia de tal acto y la de
los materiales la nulidad de la norma. De modo que, en el primer caso, el ordenamiento daría por no
producido el resultado institucional, mientras que, en el segundo, el resultado se daría por producido
(existente), aunque éste sería irregular y nulo (Ródenas).
La justificación más habitual para esta diferencia entre los efectos de la invalidez formal y material
es que, mientras los vicios de validez formal son fácilmente detectables, los segundos son más difíciles
de verificar ya que exigen, como hemos visto, una labor interpretativa y valorativa. Pensemos en una
ley orgánica producida por un Ayuntamiento (órgano sin competencia para hacerlo de acuerdo con el
artículo 81 CE), o no publicada. Tal defecto formal resulta tan visible que ninguna autoridad política,
ni ningún operador jurídico, llegarían nunca a reconocerla como existente en el Derecho, ni mu-
cho menos considerarían que tiene fuerza obligatoria. Sin embargo, apreciar que el contenido de una
norma general contradice un valor constitucional o un derecho fundamental resulta mucho menos
objetivo. De hecho, muchas normas han estado en vigor durante años antes de que el Tribunal Cons-
titucional las haya declarado contrarias a la Constitución. De ahí la necesidad de sostener que dichas
normas, aunque invalidas ab initio, desde el momento de su promulgación (la declaración de invalidez
tiene efectos ex tunc) han tenido existencia entre este momento y el de la declaración de su invalidez
(en tanto que inconstitucionales), ya que han sido obedecidas por los ciudadanos y aplicadas por los
funcionarios. Por tanto, la razón fundamental para distinguir entre validez y existencia descansa en el
dato de que la mera existencia jurídica no está exenta de efectos jurídicos.
NORMAS VALIDEZ/INVALIDEZ/EXISTENCIA
Vicio de procedimiento y
Invalidas e inexistentes
competencia formal
Vicio de competencia
Invalidas (nulas) y existentes
material o sustantivo
El vicio de competencia material ocupa un lugar intermedio entre el vicio de validez material y los
otros dos vicios de validez formal. A diferencia del de procedimiento y competencia formal, determi-
nar si una autoridad ha extralimitado y regulado materias para las que no tiene competencia exige,
al igual que el juicio de validez material, atribuir significado a las disposiciones que los expresan. No
obstante, más allá de esta semejanza, la interpretación necesaria para determinar la competencia ma-
terial no entra a juzgar la compatibilidad del contenido de la norma con el de otras normas superiores
del sistema, sino que únicamente se centra en comprobar si el órgano en cuestión es competente para
promulgar una norma respecto a una determinada materia.
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gobiernos centrales, que sólo han asumido el veinte por ciento del gasto público en dependencia, fren-
te al ochenta por ciento que soportan actualmente las Comunidades Autónomas.
Una norma goza de eficacia como cumplimiento cuando es obedecida u observada por sus destina-
tarios o, en caso de ser desobedecida, cuando se impone la sanción prevista para su incumplimiento.
Como veremos a continuación, en determinados supuestos se trata de dos aspectos estrechamente
vinculados: la norma es obedecida por sus destinatarios si estos esperan como muy probable que el
incumplimiento sea castigado con una sanción. De lo contrario, muchos de los que inicialmente la
habrían obedecido, dejarían de encontrar razones (prudenciales) para hacerlo (vid. Lección 2, página
13). Decía Bentham que la ley «debe presentarse al espíritu como debiendo ejecutarse, o, a lo menos,
que no deje traslucir razón alguna que haga presumir lo contrario. Si se espera poderse sustraer fácil-
mente a la ley, se forma una esperanza en un sentido contrario a la ley misma» (Tratados de Legislación
Civil y Penal, p. 151). De ahí que, en numerosas situaciones, la no previsión de una sanción para el
incumplimiento pueda ser interpretada como la ausencia de un deseo sincero por parte de la auto-
ridad que formula la norma de que ésta se cumpla, o como un acto meramente ideológico o propa-
gandístico. Se habla de leyes simbólicas (Galiana), de leyes manifiesto (Bettini), para hacer referencia
a aquellas leyes con objetivos imprecisos, muy ambiciosas, votadas por un legislador perfectamente
consciente que estos no podrán ser alcanzados.
La eficacia como cumplimiento es condición necesaria, aunque no suficiente, de la eficacia como
resultado. Una norma puede ser absolutamente eficaz porque todos sus destinatarios la observan (efi-
cacia como respeto o cumplimiento) y, sin embargo, resultar ineficaz para alcanzar los fines hacia los
que debería enderezarse según el sistema jurídico (eficacia como instrumento). Por ejemplo, aunque
la norma que prohíbe traficar con droga sea generalmente obedecida, es dudoso que haya logrado su
objetivo declarado de evitar que exista un mercado negro donde poder conseguirla y/o prevenir que,
en torno a la droga, prospere el crimen organizado. Lo que resulta imposible, por el contrario, es que
una norma pueda alcanzar eficacia política si no es generalmente obedecida.
Hablamos del cumplimiento de las normas jurídicas por parte de sus destinatarios como un ser,
como un hecho que se produce en mayor o menor medida o que, incluso, no se produce, pero no
como un deber ser, como algo que deba producirse. Sin duda, desde el punto de vista de cualquier
autoridad que formula normas, toda norma jurídica debe ser obedecida por sus destinatarios. Por tal
razón, los sistemas jurídicos admiten pocas excepciones o disculpas a la inobservancia de sus normas,
fundamentalmente, el error en el caso de las leyes penales (artículo 14.3 del Código Penal). De ahí
que los sistemas jurídicos continentales basados en un Derecho codificado contengan normas que no
supeditan el deber de observancia de las normas al conocimiento de su contenido: ignorantia iuris non
excusat. Así lo hace al artículo 6.1 del Código Civil español, cuando dispone que «la ignorancia de las
leyes no exime de su cumplimiento». Sin embargo, que las normas jurídicas deban ser cumplidas por
sus destinatarios no significa que siempre lo sean, ni que la sola existencia de una obligación jurídica
sea una razón suficiente para lograr que sus destinatarios la obedezcan.
Por otra parte, aunque dijimos anteriormente, el juicio de eficacia como cumplimiento descanse
en datos empíricos, no existe una aritmética que permita determinar cuándo una norma es o no eficaz,
cuántos actos de desobediencia a la misma la convierten en ineficaz, o cuánto tiempo tiene que haber
sido generalmente observada por sus destinatarios para calificarla de eficaz. De la eficacia de las nor-
mas jurídicas en particular, cabe decir algo similar a lo que dijo Hart de la eficacia general de todas las
normas de un sistema jurídico:
«El problema de saber cuánta gente tiene que obedecer, cuántas de esas órdenes generales tienen que ser
obedecidas y durante cuánto tiempo tienen que serlo, para que haya derecho, es tan poco susceptible de
respuesta precisa como la pregunta sobre el número de cabellos que debe tener un hombre para no ser
calvo» (El Concepto de Derecho, p. 30).
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Las razones por las que una norma es o no cumplida son muy variadas: morales, prudenciales, por
imitación, por inercia, etc. Además, las razones para obedecer no son exactamente la mismas que las
razones para desobedecer la norma. En la Teoría General del Derecho, Bobbio distingue cuatro situa-
ciones de cumplimiento o incumplimiento de las normas jurídicas:
a) Normas cumplidas universalmente de manera espontánea. En aquellos ámbitos de la conducta
humana en sociedad regulada por normas en los que se produce un solapamiento entre las
directivas jurídicas, sociales y morales, la eficacia de las primeras no descansa, salvo en los
casos comentados en la lección segunda de conductas desviadas, en la amenaza de la sanción
en caso de incumplimiento, sino que sus destinatarios las siguen de modo espontaneo, porque
las aceptan. Para decirlo con Hart, estos no dirían que se ven obligados a hacer lo que dice la
norma, sino que tienen la obligación de hacerlo. Directivas como la que prohíbe matar, o la
que exige socorrer a una persona herida, son generalmente observadas por sus destinatarios al
margen de la sanción, y sin que ni siquiera tengan conocimiento de la existencia (en tanto que
normas jurídicas) de tales prescripciones.
b) Normas que se cumplen generalmente solo cuando van acompañadas de la coacción. Esta es la si-
tuación que caracteriza, por lo general, al cumplimiento de aquellas normas cuya conexión con la
moral social resulta menos evidente, así como con las normas meramente procedimentales y, por
tanto, sin dimensiones éticas apreciables. Entre las primeras, las más evidentes son las normas tri-
butarias, cuya observancia rara vez responde a la percepción de estas por parte de los ciudadanos
como un medio redistributivo de la riqueza entre conciudadanos si no, exclusivamente, como un
instrumento con una finalidad recaudatoria por parte de la Administración.
c) Normas que no se cumplen a pesar de la coacción. Este hecho puede producirse en dos situa-
ciones muy diferentes. En la primera, la norma sería desobedecida en los supuestos poco pro-
bables de que la sanción no está bien diseñada y no logra disuadir o prevenir la trasgresión de
la norma por parte de ciertos sujetos a los que, siguiendo a Holmes, calificaríamos de bad man,
de malhechores. Con esta expresión nos referimos a aquellos individuos cuya única razón
para obedecer al derecho es que resulte más rentable hacerlo que no hacerlo. Se trata de una
situación más hipotética que real, ya que muchas sanciones suelen estar configuradas tomando
como referencia el lucro resultante de la inobservancia de las normas. Por ejemplo, la pena por
el contrabando, además de prisión, incluye multa de hasta el séxtuplo del valor de los bienes,
mercancías, géneros o efectos objeto del contrabando. No obstante, existen ciertos ámbitos
donde el precio de trasgredir la norma puede ser inferior al de cumplirla. Se dice que, «quien
contamina, paga», pero a veces, si la sanción no llega a ser de prisión sino exclusivamente de
multa y su cuantía es menor que el coste del reciclaje de los residuos, contaminar sale más ba-
rato que no hacerlo.
Muy distinta es la situación en la que se infringe la norma, asumiendo las consecuencias
de tal incumplimiento a través de la imposición de una sanción, por razones no prudenciales
(resulta más rentable el incumplimiento que el cumplimento) sino como un medio para de-
nunciar la injusticia de dicha norma. Los actos de desobediencia civil responden a esta lógica.
El infractor desobedece la ley o las ordenes de una autoridad superior a sabiendas de que el
resultado será sancionado, incluso con pena de prisión, como una forma de hacer visible a
la ciudadanía la (a su juicio) injusticia, irracionalidad o arbitrariedad de dicha norma. Sería
el caso de la desobediencia civil no violenta y pública, aquella que se lleva a cabo contra una
norma, con intención de frustrarla, aceptando el resto del ordenamiento jurídico y el castigo
consecuente.
d) Normas que se violan sin que ni siquiera de aplique la coacción. En ciertos supuestos, las auto-
ridades con competencia para sancionar las infracciones no pueden o no quieren imponerlas.
Las sanciones a los peatones que no cumplen las normas de circulación sería un ejemplo de
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Validez, eficacia y Justicia
este tipo de situación. De acuerdo con la regulación vigente sobre de la circulación de Vehícu-
los a Motor y Seguridad Vial (Ley de 1990 y Reglamento de 2003), todo peatón debe circular
por la acera de la derecha con relación al sentido de su marcha, y cuando circule por la acera
o paseo izquierdo debe ceder siempre el paso a los que lleven su mano (artículo 121.3 del Re-
glamento). Incumplir esta norma constituye una falta leve, cuya sanción es una multa de hasta
100 euros (artículos 65.3 y 67 de la Ley).
1 Hasta el 14 de marzo de 2020, el artículo 116.2 de la Constitución, que regula la posibilidad de decretar el estado alarma,
no había sido nunca aplicado. ¿Diríamos por ello que, hasta ese momento, había sido una norma ineficaz? Si por eficacia
entendemos su no aplicación, la respuesta sería positiva. Pero si por eficacia entendemos la no aplicación de una norma pu-
diendo y debiendo ser aplicada por darse las circunstancias en ella previstas, la respuesta sería negativa. El 116.2 no había sido
aplicado porque, afortunadamente, no se habían dado hasta ese momento ninguna de las siguientes alteraciones graves de
la normalidad previstas en el artículo cuarto de la Ley Orgánica 4/1981, de 1 de junio, de los estados de alarma, excepción y
sitio: a) Catástrofes, calamidades o desgracias públicas, tales como terremotos, inundaciones, incendios urbanos y forestales
o accidentes de gran magnitud. b) Crisis sanitarias, tales como epidemias y situaciones de contaminación graves. c) Parali-
zación de servicios públicos esenciales para la comunidad, cuando no se garantice lo dispuesto en los artículos veintiocho,
dos, y treinta y siete, dos, de la Constitución, concurra alguna de las demás circunstancia o situaciones contenidas en este
artículo. d) Situaciones de desabastecimiento de productos de primera necesidad. Solo si, habiéndose dado algunas de esas
circunstancias, el 116.2 no hubiese sido aplicado, entonces la norma sí habría sido ineficaz.
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la ineficacia funcionaría como una razón para corregir esta patología del sistema jurídico mediante la
adopción de medidas políticas, económicas y jurídicas que permitan el disfrute universal de tal derecho.
2 Tan vaga y abstracta como para que —cínicamente— los nazis colocaran en la verja de entrada al campo de concentración de
Buchenwald la traducción alemana del «a cada uno lo suyo»: Jedem das Seine.
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nes políticas deben a los ciudadanos. La justicia está relacionada con lo que Rawls denomina
la «estructura básica de la sociedad», con el modo en que las instituciones más importantes
distribuyen los derechos y deberes fundamentales y determinan la división de las ventajas pro-
venientes de la cooperación social. Entre esas instituciones de las que habla Rawls, se encuen-
tran el Derecho y el Estado.
c) Existe una conexión entre la justicia consiste y la aplicación imparcial y sin contradicciones
de las reglas preexistentes (a ello se refiere la expresión «voluntad constante y perpetua»). La
justicia sería, en este sentido, lo contrario de la arbitrariedad. Requiere que, cuando dos casos
sean similares, se les dé el mismo trato. Es lo que se conoce como justicia formal (Hart, Rawls),
que debe ser distinguida de la justicia material, que es la relativa al contenido de las normas
jurídicas.
d) La justicia requiere un agente cuya voluntad altere las circunstancias de su objeto. El agente
puede ser una persona individual, o un grupo de personas, o una institución como el Estado.
Así que no podemos, excepto metafóricamente, describir como injustos los estados de cosas
que ningún agente ha contribuido a provocar. Según esto, no sería correcto hablar de que la
enfermedad es injusta, o que mi equipo fue eliminado injustamente por un gol que no merecía
encajar.
e) La justicia tiene una faceta conservadora y otra crítica. Por un lado, es una cuestión de justicia
respetar los derechos de las personas en virtud de la legislación vigente o de las normas mora-
les, o, en términos más generales, satisfacer las expectativas legítimas que han adquirido como
resultado de la práctica pasada o de ciertas convenciones sociales, etc. Por otro lado, a mendo
la justicia proporciona razones para cambiar radicalmente las leyes, las prácticas y las conven-
ciones, creando así nuevos derechos y expectativas.
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una norma rebasa un cierto umbral de injusticia extrema, pierde su validez jurídica. Por tanto,
según el argumento de la injusticia, el criterio positivista resulta inadecuado para identificar
qué es Derecho, pero también el iusnaturalista, ya que únicamente se reserva el efecto de la
pérdida de validez jurídica para las normas cuya injusticia sea extrema.
b) No cabe pensar que una norma sea jurídica simplemente porque sea justa. La validez de las
normas jurídicas descansa en ciertos hechos y prácticas sociales, no en la moralidad que repre-
senta la justicia.
c) Si la validez jurídica es independiente de la justicia, el simple dato de que una norma sea válida
no proporciona una razón moral para obedecerla. Las razones para obedecer al derecho se en-
cuentran fuera del propio derecho: son razones morales (justicia, lealtad, etc.) o prudenciales
(comodidad, miedo a la sanción). Sostener que una norma jurídica es obligatoria porque la
norma dice que debemos obedecerla nos conduce a preguntarnos por qué debemos hacer lo
que la norma dice, y esta es una pregunta que, salvo que incurramos en una petición de prin-
cipio (afirmar que debemos hacerlo porque la norma es obligatoria), solo puede responderse
señalando que una norma no jurídica (moral o basada en el autointerés) ofrece razones para
que la obedezcamos.
Aunque la separación en abstracto o conceptual entre la validez jurídica y validez moral defendida
por el positivismo es correcta, no puede ignorarse que en los actuales Estados Constitucionales de
Derecho la situación resulta mucho más compleja. Sin duda, detrás de todo sistema jurídico hay y ha
existido siempre una concepción de la justicia, con independencia de que hoy la compartamos o no
(por ejemplo, durante siglos se ha considerado justa la desigualdad en atención a la condición social,
la religión o el género que hoy rechazamos). Las Constituciones actualmente vigentes en Europa,
Estados Unidos, Australia, N. Zelanda y algunos países de Iberoamérica no se limitan a asumir tácita-
mente un punto de vista sobre la justicia, sino que han incorporado expresamente a sus disposiciones
contenidos morales tan exigentes como la dignidad humana o las libertades civiles y políticas. Y, lo
que resulta decisivo respecto al tema que nos ocupa, han introducido mecanismos de control de la
constitucionalidad que supeditan la validez jurídica de las normas inferiores a la coherencia de su con-
tenido con determinados valores morales. Por tanto, aunque no hay duda de que, conceptualmente, es
concebible un sistema jurídico cuyas condiciones de validez no impliquen referencias a la moral, en
el Derecho de los Estados Constitucionales no parece posible separar en muchos supuestos (a la hora
de dotar de contenido a los valores superiores, resolver los conflictos entre los principios que regulan
los derechos fundamentales, etc.) el juicio de validez jurídica de la justicia (Atienza y Ruiz Manero).
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