La Ilustración en el Río de la Plata
La particular recepción de la Ilustración en España y el Río de la Plata, la forma como
circulaban las obras de los filósofos y enciclopedistas del siglo XVIII, el modo como se
plasmaban los debates y el surgimiento de la prensa nos muestran algunas de las más
relevantes configuraciones político-intelectuales del virreinato antes de 1810, cuando
Buenos Aires era apenas una pequeña ciudad perdida en la inmensidad de la pampa.
Si bien la existencia de lo que empieza a ser la Argentina tiene su acta de nacimiento el
25 de mayo de 1810, para comprender los sucesos políticos y culturales es menester
contar con una referencia al momento colonial inmediatamente anterior, que podemos
fechar en la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776. La mencionada creación
del Virreinato es una consecuencia de las reformas borbónicas, que tienen un punto
máximo de desarrollo y gravitación durante el reinado de Carlos III, quien ocupa el
trono español a mediados del siglo XVIII. Esas reformas han sido consideradas por
Halperin Donghi como un "proyecto de modernización defensiva'', para el cual el estado
es llamado "a suplir las insuficiencias de la sociedad" mediante una serie de medidas
destinadas a una nacionalización de la economía interna y colonial, el comienzo de la
explotación de zonas hasta entonces desatendidas, la liberalización del comercio dentro
del régimen colonial y una nueva división territorial frente a las amenazas extranjeras,
especialmente inglesas.
Desde España se impulsan reformas económicas, administrativas y también ideológicas.
Dentro de estas innovaciones se cuenta la introducción de ideas provenientes de la
filosofía de la Ilustración que tenían su principal foco de producción en la Francia del
siglo XVIII. Con el nombre de Ilustración o Iluminismo se conoce un período histórico-
cultural europeo que alcanza su máximo desarrollo en el siglo XVIII en Francia,
Inglaterra y Alemania. Se trató de un movimiento intelectual animado de una gran fe en
la razón humana como instrumento capaz de conocer la realidad y, en función de ese
instrumento y de los hechos sensibles, someter a crítica las nociones heredadas del
pasado en todos los terrenos (el conocimiento, la naturaleza, la historia, la sociedad, la
religión ...).
Jean D'Alembert (1717-1783) Escribió que "nuestra época gusta llamarse la época de la
filosofía". Avaló esta designación con el hecho de que la ciencia de la naturaleza
avanzaba sin cesar, al igual que la geometría, la cual a su vez llevaba sus luces a la
física. D'Alembert describía así el avance en el conocimiento, que en realidad fue visto
por la Ilustración como un aspecto de la idea más amplia del progreso. Es preciso
detenernos aquí un momento, dado que estamos tocando una noción que nos permitirá
ingresar de lleno en la visión sobre la modernidad, esto es, sobre aquella época del
mundo que cubre la historia argentina entera.
Ha ocurrido una revolución: se ha impuesto una nueva noción de la temporalidad. Si
cotejamos la nueva concepción con la de los antiguos, vemos que para los griegos
clásicos el tiempo se definía como un movimiento circular, de eterno retorno de lo
mismo. Los cristianos abrigarán una noción del tiempo que ya se abre al porvenir, en la
medida en que el tránsito del hombre en la tierra (y la misma historia de la pasión y
redención de Cristo) se desarrolla en el tiempo. Pero debemos subrayar que se trata de
un tránsito, de un pasaje del mundo al trasmundo. Por el contrario, para la modernidad,
la historia, el cambio, en suma, el progreso, son intramundanos, transcurren en el siglo,
son "seculares". Por otro lado, la temporalidad de los modernos, que contiene la noción
de progreso, es concebida como un desarrollo lineal, homogéneo, continuo,
acumulativo, sin rupturas. Este desarrollo apuntaba permanentemente al incremento del
saber, la justicia, la bondad, la felicidad. De este optimismo humanista extrajo el
Iluminismo todo un programa de reformas sociales y políticas volcado en una pedagogía
que pretendía llevar al pueblo las luces de la Razón contra las tinieblas de la Ignorancia,
identificada muchas veces con las creencias religiosas. De allí la dura disputa de época
entre el clero y los librepensadores, entre los defensores del dogma proporcionado por la
fe y los militantes de la verdad fundada en la razón.
Para los modernos todo tiempo pasado fue peor, y el hoy es mejor que el ayer pero peor
que el mañana. Sobre estas bases se elaborarán diversas filosofías de la historia, dado
que el progreso está inscripto en la naturaleza misma de la modernidad. A partir de esto
podría decirse que estamos condenados al progreso, siempre y cuando expulsemos las
sombras de la ignorancia, los dogmas y la superstición. De allí la máxima ilustrada que
aún puede verse en el frente de una biblioteca popular del barrio de Saavedra: "El saber
te hará libre". La política de la Corona española incluirá parte de este proyecto
modernizador de la Ilustración, claro que condicionado por sus propias limitaciones y
particularidades. Las reformas que promueve apelan al criterio de lo que conocemos
como el despotismo ilustrado, es decir, a una política que acentúa las tendencias
centralizadoras del absolutismo y apuesta a una modernización desde arriba, una suerte
de revolución pasiva, es decir, una transformación dirigida desde el estado sobre la base
de la pasividad de la sociedad.
Este movimiento ilustrado en la España del siglo XVIII tiene una característica que se
reiterará en el Río de la Plata: se trata de un proyecto de modernización cultural
limitado. Ocurre que el carácter de la Ilustración española es moderado respecto de la
Ilustración inglesa o francesa, por razones fácilmente comprensibles: el pensamiento
ilustrado no puede circular libremente allí donde se opone al pensamiento católico o a
los criterios legitimadores de la monarquía española.
Las ideas de la Ilustración fueron promovidas en torno a prácticas y discursos que no
resultaran conflictivos ni con la monarquía ni con la iglesia. La modernización que
incluye la penetración de la filosofía ilustrada en España tendrá un carácter muy
evidente, muy explícito, prácticamente programático, centrado en el desarrollo de
conocimientos útiles fundados en el raciocinio y la experimentación, pero colocando un
límite muy estricto a la extensión de estos principios metodológicos a terrenos
vinculados con la religión.
Los límites están señalados por la influencia cultural e institucional de la iglesia católica
en España, por la ideología tomista dominante dentro de esa estructura, y por el carácter
monárquico del régimen español. De manera que, tanto en aspectos religiosos como
políticos, estos límites están claramente instalados dentro de la introducción moderada
de la Ilustración en la propia metrópoli española.
Entre las medidas que la Corona adoptó para tener un mejor control de sus territorios
coloniales, una fue la constitución del Virreinato del Río de la Plata, por razones
militares antes que económicas. A partir de este hecho, comenzó a producirse algún tipo
de crecimiento económico, fundamentalmente centrado en la economía ganadera, que
tuvo como consecuencias el ascenso de la Argentina litoral y el cambio del eje de
desarrollo, que había estado colocado en vinculación con el Alto Perú, es decir, con la
zona del noroeste. Entonces, primera evidencia: la Ilustración americana es producto de
una corriente intelectual y de una decisión política adoptadas por la metrópoli. Segunda:
este hecho limita su carácter crítico ante el poder político de la monarquía y el religioso
de la iglesia católica. Por todo ello, no se puede afirmar que la filosofía ilustrada sea una
suerte de ideología de las revoluciones independentistas posteriores. Tampoco lo ha sido
en la propia Francia con respecto a la Revolución de 1789, ya que la Ilustración se
desarrolla durante el Antiguo Régimen.
Suele afirmarse que la presencia de las ideas ilustradas en el Río de la Plata (y en
Hispanoamérica en general) fue un "antecedente" de la Revolución de Mayo. Sin
embargo, estamos diciendo aquí que en los comienzos del movimiento ilustrado no se
encuentran gérmenes de rupturas ni revolucionarias ni independentistas. Sus
pretensiones se hubieran cumplido con los objetivos de modernización defensiva
señalados al principio, perfectamente compatibles con la subsistencia del régimen
colonialista español. Convendría remarcar que la filosofía de la Ilustración no es la
ideología que prepara la Revolución de Mayo, sino que cumple en el Río de la Plata, en
otra escala, aproximadamente la misma función que la que desempeña en España, esto
es, un movimiento limitado de modernización cultural.
En cuanto a la difusión cierta de las ideas ilustradas en el Plata, existe un clásico trabajo
de Caillet-Bois de 1929 titulado Ensayo sobre el Río de la Plata y la Revolución
Francesa, donde a través de la investigación de archivos demuestra la existencia en
bibliotecas particulares de obras ilustradas en el Río de la Plata -esto es, obras de
Voltaire, Montesquieu, etc.- a pesar de la prohibición y del celo de las autoridades
metropolitanas para impedir su ingreso, sobre todo después de la revolución de 1789.
Sobre el aparato cultural, veremos que, cuando los historiadores han mirado el tipo de
enseñanza que se impartía en la principal institución intelectual del período -la
universidad-, han encontrado (mirando los programas de los cursos y la bibliografía
indicada para desarrollarlos) que la penetración de la filosofía de la Ilustración repite las
características que anteriormente señalamos: se trata de un intento de apertura hacia las
"novedades del siglo" -como se decía-, que fundamentalmente tiene como objetivo la
adopción de la física matemática newtoniana. Como contrapartida, postulaban la
necesidad de seguir sosteniendo las verdades del dogma católico y la interpretación
escolástica de las Escrituras.
En el Real Colegio de San Carlos, luego Colegio de Ciencias Morales -una institución
intelectual porteña de enorme peso en la medida en que por allí pasarán futuros
miembros de la elite política, como Belgrano, Moreno, Castelli y Rivadavia-, se
impartían cátedras de latín, teología, moral y filosofía. Esta última seguía el clásico
modelo medieval del trivium: lógica, física y metafísica.
En la última década del Virreinato comienzan a aparecer periódicos. El periódico está
vinculado con la organización moderna de la información, así como con su cada vez
más veloz circulación. Al respecto, los periódicos que aparecen en Buenos Aires tienen
títulos muy significativos: Telégrafo Mercantil; Semanario de Agricultura, Industria y
Comercio; Correo de Comercio, porque indican el espacio a través del cual el
pensamiento de la Ilustración se introduce en el universo hispanoamericano: los
discursos sobre la economía. En general, sus mensajes alegan por reformas correctivas
del lazo colonial, esto es, no se trata de un cuestionamiento global del ornen colonial,
sino de la demanda de reformas que respondan a los intereses de sectores perjudicados
por el régimen monopólico. Es preciso subrayar entonces que no existe en el Río de la
Plata un proyecto encamado en grupos económicos, sociales y con asistencia intelectual
que esté organizando un movimiento independentista antes del derrumbe final de la
Junta de Sevilla en 1810. Esto no implica que no hubiese fricciones o contradicciones
entre españoles y criollos, o que no hubiese cieno sentimiento de diferenciación entre un
"nosotros" y un "ellos". Pero no se comprueba el surgimiento de un grupo que oficie
como sujeto social, político e intelectual que esté propiciando una ruptura con la
Corona. Así, pocos meses antes de la Revolución de Mayo, Manuel Belgrano no duda
de que el lazo colonial durará como mínimo dos siglos más. Para entonces, Belgrano es
funcionario de la Corona, y las reformas que propone en sus escritos económicos son
una continuidad puntual del espíritu de las reformas borbónicas. Un artículo titulado
"Industria" sigue refiriéndose a esta parte del reino de España como "nuestra feliz
provincia". El autor es el mismo Belgrano y la fecha de publicación es del 17 de marzo
de 1810, esto es a dos meses de la revolución de mayo.
En diversos escritos de la época existen afirmaciones o posiciones que, aun dentro de
referencias a cuestiones parciales e incluso técnicas, muestran una penetración ampliada
de las ideas ilustradas. Así, cuando Belgrano publica uno de sus artículos en pro de la
libertad de comercio, está adhiriendo a la teoría económica llamada fisiocracia, teoría
que a su vez forma parte de esa corriente de ideas perteneciente a la filosofía de la
Ilustración.
"Fisiocracia", que significa "gobierno de la naturaleza", en la modernidad, "naturaleza"
no significa sólo el ser físico o material. Como dijo el filósofo alemán Emst Cassirer,
también pertenecen a la naturaleza "todas las verdades capaces de fundarse de manera
puramente inmanente", todas aquellas cosas que descansan sobre sí mismas y no sobre
otras. Cuando los intelectuales de la Ilustración lleven esta concepción al ámbito de la
economía, desembocarán en las teorías de la fisiocracia. Para ésta, la riqueza circula
como la sangre; esto es, la naturaleza tiene leyes que determinan un funcionamiento
espontáneo (natural) que no debe ser interferido por el accionar humano. La consigna
Laissez faire, laissez passer ("Dejar hacer, dejar pasar") quiere decir justamente que no
hay que intervenir en la economía, sino dejar que la libre iniciativa de los productores,
la libertad de empresa, guíe, con su mano invisible, el curso de la riqueza. La
agricultura, como toda actividad humana, necesita ante todo la libertad. Lo que importa
precisamente es eliminar los obstáculos que estorban el juego natural de los intereses.
De este modo la fisiocracia introducía el liberalismo económico dentro de su programa.
Los elementos de esta doctrina fisiocrática se encuentran en el Río de la Plata. En
efecto, para la fisiocracia la riqueza de las naciones reside en la agricultura y en modo
alguno, por ejemplo, en los metales preciosos.
En el primer número del Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, que desde
1802 hasta 1807 editó Hipólito Vieytes, leemos que "es excusado exponer la
preeminencia moral, política y física de la agricultura sobre las demás profesiones".
Aquí llama la atención que una práctica productiva -la agricultura- aparezca no sólo
valorada como productora de bienes económicos sino como objeto de atributos morales
y políticos. Y en rigor, en una historia de las ideas y representaciones es importante
comprender que también las referencias a diversas prácticas suelen moralizarse. Así
ocurre con la visión fisiocrática, en la cual el laboreo de la tierra contribuye a la
constitución de buenos sujetos sociales, a diferencia de otras prácticas económicas que
alientan la ganancia improductiva, la especulación o la usura