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A. Concepto Y Razón de Ser de Los Derechos de La Personalidad

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LOS DERECHOS DE LA PERSONALIDAD

1. CONCEPTO Y CARACTERES DE LOS DERECHOS DE LA


PERSONALIDAD

A. CONCEPTO Y RAZÓN DE SER DE LOS DERECHOS DE LA


PERSONALIDAD.

En primer lugar, cabe definir los derechos de la personalidad, como aquellos


derechos subjetivos en virtud de los cuales se reconocen a su titular las facultades de goce
y protección de los atributos e intereses esenciales e inherentes a su persona (vida,
integridad física, intimidad, honor, propia imagen, libertad ideológica y de expresión,
etc.). Dicho de otro modo, la personalidad, cualidad que ostenta la persona humana desde
que nace hasta que muerte (conforme a lo dispuesto en los arts. 29, 30 y 32 CC), lleva
aparejada una serie de valores esenciales e inherentes que integran la dignidad propia de
tal condición y que el ordenamiento jurídico debe proteger.

La razón de ser última de estos derechos se encuentra en el principio general de tutela


de la dignidad de la persona y del libre desarrollo de su personalidad, consagrado en el
art. 10 de la CE.

El origen de esta categoría de derechos se cifra a finales del siglo XIX, con el
propósito de proteger los valores más esenciales de la persona, no sólo frente a los poderes
públicos, sino también en sus relaciones con los demás particulares, como respuesta a la
falta de adecuada tutela civil de la persona existente hasta ese momento. Pero, su
consolidación definitiva no tiene lugar hasta bien entrado el siglo XX, a raíz de la
convicción de la necesidad de proteger a la persona que siguió a los grandes conflictos
bélicos del siglo pasado y la consagración del "Estado social". Además, en este momento
las Constituciones modernas los elevan al rango de derechos fundamentales,
dispensándoles la máxima protección jurídica.

El reconocimiento por la Constitución Española de los llamados “derechos


fundamentales” suscita la cuestión de si existe diferencia entre éstos y los derechos de la
personalidad o son la misma cosa. En general, se admite que no son la misma cosa, es
decir, que no todos los derechos fundamentales pueden conceptuarse como derechos de
la personalidad, pero que sí ocurre a la inversa; en síntesis, no todos los derechos
fundamentales son derechos de la personalidad, pero sí todos los derechos de la
personalidad son derechos fundamentales. Sólo son derechos de la personalidad aquellos
derechos fundamentales que reúnan las siguientes notas distintivas:

- Que recaigan sobre bienes absolutamente indispensables para reconocer la esencia


misma de la persona, y que por tanto son necesario para que ésta pueda desarrollarse con
la mínima dignidad.

- Que sean derechos subjetivos de naturaleza privada, es decir, que pertenezcan a la


persona en cuanto tal y no como ciudadano o administrado.

Y estas dos notas distintivas únicamente concurren en los derechos fundamentales


reconocidos en los artículos 14, 15 y 18 CE, es decir, en los derechos a la vida, a la
integridad física y moral, al honor, a la intimidad, a la imagen y a la protección de los
datos de carácter personal.
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B. CARACTERES DE LOS DERECHOS DE LA PERSONALIDAD.

Como derechos que recaen sobre los valores más esenciales de la persona, que
configuran su propia dignidad como tal, los derechos de la personalidad tienen una serie
de caracteres peculiares -que los distinguen de otros derechos, y en particular, de los de
carácter patrimonial o económico (los derechos personales o de crédito y los derechos
reales).

Concretamente, la doctrina coincide en afirmar como rasgos propios de estos


derechos (v. gr., BELTRÁN DE HEREDIA, CASTÁN TOBEÑAS, DÍEZ-PICAZO y
GULLÓN, HUALDE, LACRUZ BERDEJO, MONTÉS PENADÉS, PUIG BRUTAU):

a) Son derechos innatos a la persona u orginarios, que los ostenta desde que nace hasta
que muere;

b) Son derechos personalísimos, es decir, son derechos individuales (porque sólo son
propios de la persona física, no de la jurídica), privados (corresponden al sujeto en
sucondición de persona, y no por su condición de ciudadano o administrados) y absolutos,
en el sentido de que son oponibles frente a todos, no en el sentido de que su contenido
sea ilimitado, ya que éste cederá en la medida necesaria para respetar los derechos de la
personalidad de los demás, el orden público, la moral o la ley;

c) Son derechos extrapatrimoniales, es decir, son derechos irrenunciables (su renuncia


sería contraria al orden público y por tanto el art. 6.2 CC sanciona su ineficacia),
indisponibles (aunque el ordenamiento jurídico reconoce a su titular algunos aunque
limitados- poderes de disposición y renuncia a los mismos, que flexibilizan este carácter),
inembargables (dada su inherencia a la persona y su carácter extrapatrimonial, aunque su
lesión sí sea compensable económicamente) e imprescriptibles (es decir, no se extinguen
por su no uso, sino tan sólo con la muerte de su titular).PERSONALIDAD

LOS DERECHOS DE LA PERSONALIDAD Y EL MENOR.

2. ENUMERACIÓN Y CLASIFICACIÓN DE LOS DERECHOS DE LA


PERSONALIDAD.

No es posible hacer una enumeración cerrada o inmutable de los derechos que


integran esta categoría, dada la variabilidad histórica de los valores esenciales de la
persona que en cada momento necesitan ser objeto de atención específica por el legislador
(p. ej., en el siglo XX con ocasión de los avances de la informática y la invasión de la
intimidad de las personas que puede tener lugar a través del manejo y almacenamiento de
los datos relativos a las personas, se ha estimado necesario reconocer como nuevo derecho
de la personalidad el "derecho a la protección de los datos personales" o "libertad
informática"; por otro lado, el cambio de las convicciones sociales y morales ha permitido
afirmar la existencia de un "derecho al cambio de sexo", como nuevo derecho de la
personalidad, en tanto su objeto es proteger la dignidad de la persona y el libre desarrollo
de su personalidad).

No obstante, es tradicional agruparlos en dos categorías según la esfera de la


persona a la que se refieran. Se habla así de bienes y derechos de la personalidad
pertenecientes a la esfera física o corporal de la persona y de los relativos a la esfera moral

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o espiritual de la misma (CASTÁN TOBEÑAS, DÍEZ-PICAZO y GULLÓN, HUALDE
SÁNCHEZ, LACRUZ BERDEJO).

A LA ESFERA FÍSICA O CORPORAL, pertenecen básicamente: el derecho a la


vida, el derecho a la integridad física, el derecho sobre las partes separadas del propio
cuerpo (ej. donación de órganos) y la libertad en su vertiente física.

A LA ESFERA MORAL O ESPIRITUAL DE LA PERSONA, pertenecen: el


derecho al nombre o a la identidad personal, los derechos al honor, la intimidad y la propia
imagen, el derecho a la protección de los datos personales, la mayor parte de las libertades
(en particular, la libertad ideológica y religiosa) y, en su caso, el controvertido derecho
moral de autor.

Esto presupuesto, y sin ánimo exhaustivo, cabe hacer alusión al concepto de los más
elementales derechos de la personalidad:

a.) Los derechos a la vida y a la integridad física.

Ambos derechos persiguen la salvaguarda de la persona en sí misma, en su vertiente


existencial y física, la cual sirve de presupuesto y razón de ser del resto de los derechos
de la personalidad.

Se hallan proclamados al más alto nivel normativo en el art. 15.1 CE: "todos tienen
derecho a la vida". Además, el art. 10.1 CE prohíbe que "en ningún caso puedan ser
sometidos a torturas ni a penas o tratos inhumanos o degradantes". Y abole la pena de
muerte, "salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra".

Aunque hemos destacado, con carácter general, que los derechos de la personalidad
son irrenunciables e indisponibles, conviene matizar que las partes del cuerpo y los
órganos vitales de la persona son limitada y condicionadamente disponibles (donación de
órganos, esterilización, etc.). La validez de estos actos de disposición de la integridad
física está subordinada al respeto de los límites generales de la autonomía privada (es
decir, al respeto a la ley, la moral y el orden público); ello, bien porque persigan la mejora
de la salud propia o la de los demás, bien porque persigan la realización de la dignidad y
el libre desarrollo de la personalidad.

b.) Derechos al honor, la intimidad y la propia imagen.

Si a través de los anteriores derechos se ampara la "esfera física" de la personalidad, a


través de los derechos al honor, la intimidad y la imagen se tutela su "esfera espiritual".

Al igual que los anteriores, estos derechos se encuentran consagrados al más alto nivel
normativo, en el artículo 18.1 de la CE ("se garantiza el derecho al honor, a la intimidad
personal y familiar y a la propia imagen"); y su régimen jurídico se desarrolla en la Ley
Orgánica 1/1982, de 5 de mayo, sobre protección civil del derecho al honor, a la intimidad
personal y familiar y a la propia imagen.

Hay que precisar que no nos encontramos ante un sólo derecho, sino ante tres derechos
independientes, cuyo contenido y forma de lesión es diverso; sin perjuicio de que en
ocasiones una misma conducta pueda atentar simultáneamente contra varios o todos ellos.

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El derecho al honor tiene un aspecto subjetivo, consistente en la estimación que cada
persona tiene de sí misma; y un aspecto objetivo, relativo a la consideración en la que le
tienen los demás. En coherencia con lo cual, la LO 1/1982 no nos define este derecho,
pero nos dice que constituye intromisión ilegítima en el honor "la imputación de hechos
o la manifestación de juicios de valor a través de acciones o expresiones que de cualquier
modo lesionen la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su
propia estimación" (art. 7.7).

El derecho a la intimidad ha sido definido de forma descriptiva por el Tribunal


Constitucional como aquél, vinculado a la dignidad de la persona que reconoce el artículo
10 de la CE, por el que se ampara la "existencia de un ámbito propio y reservado frente a
la acción y conocimiento de los demás, necesario -según las pautas de nuestra cultura-
para mantener una calidad mínima de la vida humana".

Su contenido tiene una vertiente negativa (de exclusión) y una positiva (de libertad).
La primera consiste en el "reconocimiento al individuo de una esfera de vida personal
exclusiva y excluyente, de una zona de actividad que le es propia y en la que puede
prohibir el acceso a otros"; ya que "a nadie se le puede exigir que soporte pasivamente la
revelación de datos reales o supuestos, de su vida privada personal o familiar". La segunda
supone una facultad de control sobre los datos relativos a la propia persona, la facultad
de disponer de los mismos. La forma de lesión de este derecho es diversa a la del honor,
confirmando que se trata de derechos independientes, que tutelan distintos aspectos de la
personalidad. De un lado, no sólo la divulgación o revelación de datos pertenecientes a la
esfera reservada de la persona o de su familia supone una intromisión ilegítima en su
intimidad, sino también el simple conocimiento o intrusión en dicho ámbito. Por otro
lado, el hecho de que la divulgación de datos relativos a una persona no merme su propia
estima, ni atente contra la consideración social de la misma, no excluye que suponga un
atentado frente a su intimidad.

Además, y conforme a la doctrina del TC, la veracidad de la información divulgada


juega de forma diversa en cuanto a uno y otro derecho. Pues, mientras que la falsedad
integra el supuesto de hecho de la difamación y la veracidad excluye la ilegitimidad de la
lesión del honor (es lo que se conoce como exceptio veritatis); sin embargo, la certeza de
los datos relativos a la esfera reservada de la persona que hayan sido divulgados sin su
consentimiento no excluye la lesión a la intimidad, sino que por el contrario constituye el
presupuesto de la misma. Todo ello, sin olvidar que no sólo el consentimiento de su titular
constituye causa de justificación de la intromisión en el derecho a la intimidad, sino
también el interés público de los datos divulgados (art. 8 LO 1/1982).

Por último, a través del derecho a la imagen se protege a la persona "respeto de sus
atributos más característicos, propios e inmediatos como son la imagen física, la voz o el
nombre, cualidades definitorias del ser propio y atribuidas como posesión inherente e
irreductible a toda persona"; imprescindibles para su propio reconocimiento como
individuo. También este derecho tiene una doble vertiente negativa y positiva. La primera
se concreta en la posibilidad de prohibir a terceros la obtención, reproducción o
divulgación por cualquier medio de la imagen de una persona sin su consentimiento; salvo
que su propia y previa conducta o las circunstancias en que se encuentre justifiquen el
descenso de las barreras de reserva de la misma y hagan que prevalezca el interés ajeno
o público. La segunda consiste en la libertad o facultad exclusiva de su titular de difundir
la propia imagen y disponer de ella. La lesión de este derecho, en ocasiones llevará
aparejada la de los anteriores, aunque no necesariamente. Así, por ejemplo, mientras que

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la publicación de la imagen de una persona captada en un lugar privado o que revele datos
relativos a la esfera reservada de la misma podría lesionar conjuntamente la imagen y la
intimidad personal; sólo se lesionará el derecho a la propia imagen cuando, sin
consentimiento del interesado, se divulgue una fotografía captada en un lugar abierto al
público o durante un acto público, sin que el fotografiado sea una persona de notoriedad
pública por su cargo o profesión, ni su imagen sea meramente accesoria a la información
gráfica de un suceso o acaecimiento público.

La LO 1/1982 confiere al titular de estos tres derechos un papel activo en la


delimitación del ámbito legalmente protegido. Más concretamente, la Ley dispone que la
protección civil del honor, la intimidad y la propia imagen quedará conformada no sólo
por la ley y los usos sociales, sino también "atendiendo al ámbito que por sus propios
actos, mantenga cada persona reservado para sí misma o su familia" (art. 2.1). Es decir,
la LO 1/1982 admite que la autorización o el consentimiento del titular de estos derechos
legitime ciertos actos y conductas que, en abstracto, supondrían una intromisión ilegítima
en el contenido esencial de los mismos.

c.) El derecho al nombre.

El derecho al nombre es uno de los derechos básicos de la persona (art. 7 Convención


de Derechos del Niño), tanto desde el punto de vista de la protección de su dignidad
personal, como por el interés público de individualizar a cada persona. El nombre no sólo
es un distintivo de cada persona, sino que también evoca aspectos esenciales de la persona
en cuanto a su estimación social y moral, y sus vínculos familiares o su estado civil, en
tanto denota filiación.

Por todo ello, su protección es protección de la personalidad, desde el punto de vista


de su individualidad física, moral y social.

En Derecho español, el nombre de una persona se compone del nombre propio y de


dos apellidos.

La imposición del NOMBRE PROPIO en principio corresponde a los padres y es


libre, sin más límite que la prohibición de utilizar nombres que objetivamente perjudiquen
a la persona; los aumentativos ni los diminutivos, salvo que hayan adquirido
sustantividad; los que hagan confusa la identificación o induzcan a error en cuanto al
sexo; ni imponer más de dos nombres simples (Juan Pedro) o de uno compuesto (p. ej.
Juan de Dios o María del Mar) [art. 192.1 RRC].

No obstante, si al promoverse la inscripción del nacimiento no se manifiesta el nombre


del nacido o pretende imponérsele un nombre inadmisible, el propio encargado del
Registro Civil le impondrá uno según su criterio, si pasados tres días desde el
requerimiento realizado a quienes promuevan la inscripción no hubieran dado nombre al
niño.

Por último, la legislación del Registro Civil autoriza el cambio de nombre propio al
Juez de Primera Instancia encargado del Registro Civil, siempre que haya justa causa y
no haya perjuicio para terceros, en los siguientes casos: 1) nombre impuesto con
infracción de las normas establecidas; 2) nombre propio no coincidente con el usado
habitualmente; 3) nombre extranjero que tiene traducción a una de las lenguas usadas en
España (p. ej. cabe cambiar los nombres de Javier o Jorge, a su equivalente catalán de

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Xavier o Jordi, y viceversa). Pero los cambios no surten efecto hasta que se inscriban al
margen de la inscripción de nacimiento.

Por lo que se refiere a los APELLIDOS, tradicionalmente, en nuestro Derecho el


primero del hijo ha sido el primero del padre y el segundo el primero de la madre.
Actualmente, sin embargo, para evitar discriminaciones se admite que los padres alteren
este orden, con el único requisito de que lo hagan igual para todos los hermanos; o bien,
que lo altere el hijo al llegar a la mayoría de edad.

Si el hijo sólo tiene declarada la filiación de un progenitor (generalmente la madre): el


hijo llevará sus dos apellidos; pudiéndose alterar su orden. Y si se ignora por completo su
filiación, el encargado del Registro Civil le impondrá unos apellidos de uso corriente, que
no revelen su origen desconocido (ej. Expósito).

Además, el Juez encargado del Registro Civil puede cambiar los apellidos en los
siguientes casos: 1.) los que revelen origen desconocido (ej. Expósito) por otro que
pertenezca al peticionario o por uno de uso corriente; 2.) los impuestos con infracción de
normas establecidas; 3.) la conservación por el hijo no matrimonial de los apellidos que
venía usando antes de la determinación de su filiación, siempre que haga la solicitud en
los dos meses siguientes a la inscripción de dicha filiación o, a su mayoría de edad; 4.)
adecuación gráfica al español de la fonética de apellidos extranjeros.

Es competencia del Ministerio de Justicia autorizar el cambio de apellidos, cuando el


apellido en la forma propuesta constituye una situación de hecho no creada por el
interesado, para modificar apellidos contrarios al decoro, o para evitar la desaparición de
un apellido español (ej. para unir apellidos). Será necesario que el apellido que se trata de
unir o modificar pertenezca legítimamente la peticionario (es el caso, del segundo apellido
del padre, madre o abuelos), y provenga de la línea correspondiente al apellido que se
trata de alterar.

El cambio se extiende a los hijos y descendientes que expresamente lo consientan.

La protección del derecho al nombre se puede hacer a través de la acción de


impugnación de la utilización indebida del nombre de una persona por otra. La sentencia
prohibirá el uso del nombre ajeno y obligará a la reparación de los perjuicios que se
acrediten si intervino culpa o dolo. Y también a través de acción de reclamación, frente a
quien lo desconoce o niega a otro el derecho a usar su nombre. En tal caso, la mejor
prueba es, lógicamente, la inscripción del nombre que se pretende hacer valer en el
Registro Civil. Por la vía penal, el art. 401 CP sanciona la usurpación del estado civil de
otra persona.

4. PROTECCIÓN JURÍDICA DE LOS DERECHOS DE LA PERSONALIDAD.

La lesión de los derechos de la personalidad puede ser sancionada por el Derecho a


través de distintas vías:

POR LA VÍA PENAL.- La infracción del deber de respeto a la persona y sus valores
esenciales, es decir, las lesiones contra la mayoría de los derechos de la personalidad se
tipifican como conductas delictivas en el CP, sancionables por los Tribunales penales.

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Siendo muchas de ellas perseguibles de oficio, y llevando consigo no sólo la
imposición de la pena correspondiente al autor/es de la lesión, sino también la
indemnización de los daños causados.

A título ilustrativo, la lesión a la vida se tipifica en los delitos de homicidio, asesinato


y aborto; la lesión a la integridad física se tipifica en el delito o la falta de lesiones; la
lesión al honor y la intimidad se protege a través de los delitos de injurias y calumnias;
etc.

POR LA VÍA CIVIL.- Existe también una tutela estrictamente civil de los derechos
de la personalidad que corresponde a los Tribunales civiles.

Fundamentalmente, a través de esta tutela civil se trata de poner fin a la conducta lesiva
y obtener la indemnización de los daños y perjuicios causados por la lesión de los
derechos de la personalidad, bien porque los hechos no constituyan delito o bien porque
la acción de responsabilidad civil derivada del delito no se haya ejercitado en la vía penal.

La eliminación de la fuente del daño puede consistir, p. ej., en retirar la publicación


donde se divulga una noticia que atenta contra la intimidad o el honor de una persona;
destruir los ejemplares existentes; exigir la publicación de la sentencia condenatoria en el
mismo medio en que se produjo la lesión.

En cuando a la indemnización, el daño a reparar puede ser económico (lesión contra


la fama de una persona que le afecta en su profesión) y puede ser un daño moral (el daño
o sufrimiento que ocasiona a la persona la lesión a un derecho de la personalidad: p. ej.,
la vergüenza que sufre una persona por la difusión de una noticia cierta pero relativa a su
intimidad o incierta y lesiva a su honor). La indemnización será proporcional a la difusión
y gravedad del daño causado (p. ej., no es lo mismo contar datos relativos a la intimidad
de una persona en una cena con amigos; que en un artículo periodístico).

POR LA VÍA CONSTITUCIONAL.- En la medida en que hemos destacado que los


derechos de la personalidad se declaran y protegen en la actualidad con el máximo rango
normativo en la CE, como derechos fundamentales, tienen la protección que la CE
dispensa a tales derechos: sus lesiones se juzgarán a través de un procedimiento basado
en los principios de preferencia y sumariedad ante los Tribunales ordinarios (civiles o
penales); y por el Tribunal Constitucional a través del recurso de amparo, una vez agotada
la vía judicial ordinaria. DE LA PERSONALIDAD Y EL MENOR.

5. EL EJERCICIO Y PROTECCIÓN DE LOS DERECHOS DE LA


PERSONALIDAD DE LOS MENORES DE EDAD.

REMISIÓN A LA JURISPRUDENCIA.

Que los menores son titulares de los derechos de la personalidad desde su nacimiento
es algo que está fuera de toda duda: porque tienen capacidad jurídica y porque estos
derechos son innatos a todos ser humano, como exigencia impuesta al respeto de su
dignidad y de sus valores más esenciales.

El problema se plantea en relación a su ejercicio, sobre todo teniendo en cuenta que


uno de los caracteres peculiares de esta clase de derechos es el de ser personalísimos, lo
que significa que -en principio- sólo su titular está legitimado para ejercitarlos, sin que
sean susceptible de representación.
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En coherencia con ello, hay que recordar que para el ejercicio de los derechos de la
personalidad, desde el año 1981 el CC recoge una regla especial de capacidad de obrar.
Se trata del art. 162.2.1º CC que exceptúa del ámbito de actuación de los representantes
legales de los menores de edad, "los actos relativos a derechos de la personalidad ... que
el hijo, de acuerdo con las Leyes y con sus condiciones de madurez, pueda realizar por sí
mismo".

● En coherencia con ello, y como regla general, todos los actos de disposición de la
propia vida o de la propia integridad física, dada su relevancia, exigen plena capacidad
de obrar: es decir, ser mayor de edad, no incapacitado. Así, p. ej., no se admite a un menor
de edad consentir su esterilización (art. 156 CP) o la donación en vida de órganos o
tejidos, a excepción de la médula ósea, por no suponer una lesión irreversible a su
integridad física, dado su carácter regenerable (art. 7 Real Decreto 411/1996, de 1 de
marzo, por el que se regulan las actividades relativas a la utilización de Tejidos
Humanos).

● No obstante, cfr. la capacidad del menor para consentir actos médicos consagrada
en la Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y
de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica.

● Cfr., también la capacidad para consentir intromisiones en su honor, intimidad o


propia imagen reconocida al menor de edad en la Ley Orgánica 1/1982, de 5 de mayo,
sobre protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia
imagen.

Teniendo en cuenta lo dispuesto en las normas citadas, léase y comente, las siguientes
sentencias: STC 154/2002, de 18 de julio; STS, S. 1ª, 19 de julio de 2000; STC 197/1991,
de 17 de octubre; SAP Madrid de 20 de noviembre de 1995; STS 27- 2-1980, en relación
con la SAP Salamanca de 14-7-1999.

Sólo cuando el menor de edad carezca de madurez suficiente, o cuando por la


trascendencia del acto en cuestión así lo imponga la Ley, podrán ejercitar sus
derechos de la personalidad sus representantes legales.

Además, aún en este caso, los representantes legales deberán ejercitar los derechos de
la personalidad del menor dentro de ciertos límites, dado que se trata de derechos
especialmente vinculados a la dignidad y al libre desarrollo de la personalidad de su
titular. Concretamente, su capacidad para ejercitar los derechos de la personalidad del
menor estará supeditada al dato de que tal ejercicio sea "objetivamente beneficioso para
el menor" o la "pasividad claramente desaconsejable".

Así, p. ej., el artículo 3.2 de la LO 1/1982, de protección jurídica al honor, a la


intimidad personal y familiar y a la propia imagen, supedita al previo control del
Ministerio Fiscal (y, en su caso, a autorización judicial) el ejercicio de estos derechos por
el representante legal del menor de edad. Se pretende evitar, de este modo, que los padres
o tutores puedan malbaratar la intimidad o la imagen del menor carente de capacidad
natural por razones económicas, con menoscabo para los intereses personales de aquél.

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