El petróleo
El petróleo cuenta una historia de eras y materia orgánica en descomposición,
cuando, hace millones de años, restos de plantas, algas y plancton se hundieron en
los lechos marinos. El tiempo avanzó y quedaron enterrados bajo el peso sedimentos
y capas sucesivas de estratos, a unas temperaturas enormes.
En un ambiente tan extremo como esa trampa geológica, el oxígeno desaparece y la
materia orgánica se transforma en una sustancia llamada kerógeno, una especie de
proto-crudo. “Con todo ese calor, esa presión y el tiempo, el kerógeno sufre un
proceso denominado catagénesis y se forman los hidrocarburos”, explican en la
petrolera Galp.
Se trata de compuestos orgánicos formados por hidrógeno y oxígeno cuya
combinación da lugar a ilimitados tipos de moléculas y a las diferentes clases de
petróleos (Brent, West Texas Intermediate y Dubai-Omán) y gas. Es decir,
la diversidad de hidrocarburos dependerá de las variaciones de calor y presión
sufridas. El carbón y el gas natural son combustibles fósiles que comparten ese
mismo origen.
El petróleo incluye hidrógeno, con el 13% del peso, carbono (el 85%), además de
sulfuros (0,5%), oxígeno (1%), nitrógeno (0,5%) y metales como el cobre o el níquel
(menos del 0,1%).
Su historia
El petróleo cuenta otra trayectoria también épica: la de sus usos. El científico y
analista Vaclav Smil la aborda en su libro ‘Energy in the modern world: fossil-fueled
civilization’. “El petróleo se conoce desde la antigüedad, aunque solo está
documentado su uso para calentar en los baños romanos de Asia Menor”. “La
extracción moderna del ‘oro negro’ se vio favorecida por la búsqueda de un sistema
de iluminación más barato que reemplazara la cara, y cada vez más escasa, grasa
procedente del esperma de las ballenas (...) El keroseno, un líquido incoloro y muy
inflamable que se separa del crudo entre 150 y 275 grados centígrados, cumplía ese
cometido y quizá haya contribuido a evitar la extinción de uno de los mamíferos más
grandes del mundo”.
La técnica cerró esta cicatriz y pronto los pozos estadounidenses penetraron más de
dos kilómetros, justo cuando la topografía descubría yacimientos, uno tras otro.
Campos petrolíferos en California, Texas, México, Venezuela, Rusia, Sumatra,
Indonesia, Oriente Medio... el mundo parecía flotar sobre crudo. El 1 de octubre de
1908, Henry Ford cambiaba aún más el presente y el futuro con el Modelo T
producido en cadena. Fue el vehículo que motorizó Estados Unidos e inauguró la
gigantesca industria automovilística (uno de los pilares de la era petrolífera, el modelo
de desarrollo explicado desde su principal fuente energética).La industria petrolera
empieza con el primer pozo estadounidense, inaugurado por el coronel Edwin
Drake en Oil Creek, Pensilvania, 1859. Mucho antes, en China (durante la dinastía
Han, del 206 a.C al 220 d.C) se había desarrollado un sistema de perforación basado
en hierro pesado y bambú. El sistema chino podía alcanzar el kilómetro de
profundidad mientras el de Drake apenas bajaba a los 21 metros.
El crudo proyecta luces y sombras. Es innegable su aporte al avance
económico gracias a su versatilidad de usos. Incluso ayudó a evitar la deforestación
que alimentaba las máquinas de vapor. Pero también es incuestionable su
contribución, junto con otros combustibles fósiles, al cambio climático, además de su
protagonismo en la geopolítica global con fluctuaciones de precios capaces de
condicionar la economía de naciones enteras.
“Hoy habitamos una encrucijada”, apunta César Rodríguez, del Instituto de Ciencias
del Mar en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (ICM-CSIC) español. El
petróleo es a fin de cuentas energía del sol concentrada, muy eficiente. Con un litro de
gasolina —explica el investigador— se puede desplazar de 10 a 20 kilómetros un
coche de dos toneladas. Ninguna otra energía genera tal rendimiento por ese
precio. De ahí la encrucijada entre el paradigma energético anterior y uno nuevo que
necesita tiempo: las baterías eléctricas todavía dependen demasiado de elementos
escasos y extraídos con minería contaminante como el litio, el hidrógeno está aún en
una fase incipiente, la electrificación no puede aplicarse a sectores de industria
pesada como la fundición o del transporte (grandes buques, aviación…).
La era de los nuevos hábitos
“El futuro pasa por adaptarnos y dejar de consumir tanta energía. Por decirlo de una
forma gráfica: no tiene sentido irse de vacaciones todos los años a Tailandia. Hay que
concienciarse, cambiar de hábitos. Viene otra revolución tecnológica y de nosotros
depende hacer esa transición hacia las energías verdes en tiempo y forma”, reflexiona
el científico.
“La combustión de los carburantes provoca la emisión de dióxido de carbono (CO2) y
gases contaminantes, lo cual tiene un impacto negativo en el cambio climático y en
la calidad del aire”, reconocen en la Asociación Española de Operadores de
Productos Petrolíferos (AOP). “Por ello existe un compromiso sensato con el futuro de
ir reduciendo este tipo de emisiones, para luchar contra el calentamiento global y
mejorar la calidad del aire”. Su estrategia es la transición, no la eliminación, de los
hidrocarburos y apostar por los eco-combustibles (combustibles líquidos bajos en
carbono que provienen de materias alternativas al petróleo) como una de las opciones
más eficientes para limitar las emisiones.
Porque todavía hará falta el petróleo durante décadas. Sobre todo en las economías
en desarrollo que no pueden hacer frente a las energías alternativas.
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