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PARSIFAL

Parsifal plot in four languages

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PARSIFAL

Lugar: el recinto de Monsalvat, en las montañas del noreste de España, y el castillo


mágico de Klingsor, en el sur de España. Las destacadas alusiones a lo místico, con
Parsifal en un trasunto de Mesías y su relación con Kundry, una mujer pecadora
caracterizada por su risa, que parece despertarle una pasión, ha dado a la obra
gran cantidad de perspectivas dramáticas.

Acto I
Gran preludio orquestal en el que se presentan los principales leitmotiven del
Festival Sacro.

Escena 1

En un bosque cerca del castillo de Monsalvat, sede del Grial y sus caballeros,
Gurnemanz, el mayor de los caballeros del Grial, despierta a sus
jóvenes escuderos y los guía en la oración. Ve a Amfortas, rey de los caballeros del
Grial, y su séquito que se acercan. Amfortas ha sido herido por su propia lanza, que
no es sino la Lanza Sagrada con que Longinos abrió la llaga del costado de Cristo, y
la cual debía custodiar, y cuya herida no se cura.

Gurnemanz pide a su caballero principal noticias de la salud del rey. El caballero


dice que el rey ha sufrido durante la noche y que se va temprano a bañar en el lago
sagrado. Los escuderos piden a Gurnemanz que les explique cómo la herida del rey
puede sanarse, pero él elude la cuestión. Entra una mujer enloquecida, Kundry, que
entrega a Gurnemanz un vial de bálsamo, traído de Arabia, para aliviar el dolor del
rey, y luego se derrumba, agotada.

Llega Amfortas, tumbado en una camilla que sostienen Caballeros del Grial. Llama a
Gawain, que no ha conseguido aliviar el dolor del rey. Le dicen que este caballero
se ha vuelto a marchar, buscando un remedio mejor. Alzándose un poco, el rey dice
que marcharse sin permiso („Ohn' Urlaub?“) es el tipo de impulsividad que le llevó a
él al reino de Klingsor, y a su caída. Acepta la poción de Gurnemanz e intenta
agradecérselo a Kundry, pero ella contesta apresuradamente que las gracias no
ayudarán y le insta a que vaya a bañarse.

Se marcha la procesión. Los escuderos miran a Kundry con sospecha y le hacen


preguntas. Después de una breve réplica, ella se calla. Gurnemanz les dice que
Kundry a menudo ha ayudado a los Caballeros del Grial, pero que ella va y viene de
manera impredecible. Cuando él le pregunta directamente por qué no se queda
para ayudar, responde «¡Nunca ayudo!» („Ich helfe nie!“). Los escuderos creen que
ella es una bruja y desdeñosamente comentan que si ella hace tanto, por qué no
encuentra la Lanza Sagrada para ellos. Gurnemanz revela que esta hazaña está
destinada a otra persona. Dice que a Amfortas se le confió ser guardián de la Lanza,
pero que la perdió cuando fue seducido por una mujer irresistiblemente atractiva en
el dominio de Klingsor. Klingsor atrapó la Lanza y con ella atacó a Amfortas:
esta herida causa a Amfortas tanto dolor como vergüenza, y nunca curará por sí
misma.

Los escuderos regresan del baño del rey y le dicen a Gurnemanz que el bálsamo ha
aliviado su sufrimiento. Los propios escuderos de Gurnemanz le preguntan cómo es
que conoce a Klingsor. Solemnemente les dice que tanto la Sagrada Lanza, como
el Santo Grial, en el que se recogió la sangre que fluía, habían llegado a Monsalvat
para ser guardados por los caballeros del Grial bajo la supervisión de Titurel, el
padre de Amfortas. Klingsor anhelaba pertenecer a la congregación de los
caballeros, pero, incapaz de mantener los pensamientos impuros lejos de su mente,
recurrió a la auto castración, haciendo con ello que le expulsaran de la orden.
Klingsor entonces se ha vuelto enemigo del reino del Grial, aprendiendo artes
oscuras. Ha establecido sus dominios en el valle inferior cercano a Monsalvat y lo ha
llenado de bellas doncellas-flores que tratan de seducir y embelesar a los
caprichosos caballeros del Grial para hacerlos perecer. Aquí fue donde Amfortas
perdió a su vez la Sagrada Lanza, conservada por Klingsor, que trama ahora cómo
conseguir también el Grial. Gurnemanz dice que Amfortas más tarde tuvo una
visión santa que le dijo que esperara a un «casto inocente, iluminado por la
compasión» („Durch Mitleid wissend, der reine Tor“), quien finalmente curará la
herida.

Justo en este momento, se oyen gritos de los caballeros („Weh! Weh!“ - «¡Dolor!
¡Dolor!»): un cisne en vuelo ha sido alcanzado por una flecha y ha caído abatido a
tierra. Traen a un joven, con un arco en la mano y un carcaj con flechas que son
iguales a la que alcanzó al cisne. Gurnemanz habla severamente al muchacho
diciéndole que este es un lugar santo. Le pregunta directamente si disparó contra el
cisne, y el muchacho presume de que si vuela, él puede acertarle („Im Fluge treff'
ich was fliegt!“). Gurnemanz le pregunta qué daño le había hecho el cisne, y
muestra al joven el cuerpo sin vida de esta ave benefactora. Ahora con
remordimientos, el joven rompe su arco, arrojándolo a un lado. Gurnemanz le
pregunta por qué está aquí, quién es su padre, cómo encontró este lugar y,
finalmente, cómo se llama. A cada pregunta el muchacho responde «No lo sé». El
caballero mayor aleja a sus escuderos para que vayan a ayudar al rey y ahora
pregunta al muchacho qué es lo que él sí sabe. El joven dice que tiene una madre,
Herzeleide, y que el arco lo hizo él mismo. Kundry había estado escuchando y ahora
les dice que el padre del muchacho fue Gamuret, un caballero muerto en batalla, y
también cómo la madre del muchacho ha prohibido a su hijo usar una espada,
temiendo que tenga el mismo destino que su padre. Ahora el joven recuerda haber
visto caballeros pasar por su bosque, que él salió de casa y dejó a su madre por
seguirlos. Kundry se ríe y le dice al joven que, mientras ella cabalgaba, vio a
Herzeleide morir de pena. Al oír esto, el muchacho se lanza contra Kundry pero
entonces cae conmovido por la pena. La propia Kundry le ofrece agua para
reconfortarlo y, ahora cansada, solo desea dormir y desaparece entre la maleza.

Gurnemanz sabe que el Grial solo dirige a los píos a Monsalvat e invita al muchacho
a observar el ritual del Grial. El joven no sabe lo que es el Grial, pero señala que
mientras ellos caminan, él apenas parece moverse, y aun así parece que viaja lejos.
Gurnemanz dice que en este reino, el tiempo se convierte en espacio („Zum Raum
wird hier die Zeit“). Un grandioso interludio orquestal lleva a la escena 2.

Escena 2

Llegan al salón del Grial, donde los caballeros se están reuniendo para recibir
la Eucaristía („Zum letzten Liebesmahle“ — «Esta última cena santa»). Se oye la
voz de Titurel, diciendo a su hijo, Amfortas, que descubra el Grial. Amfortas está
atormentado por la vergüenza y el sufrimiento („Wehvolles Erbe, dem ich
verfallen“). Es el guardián de estas sagradas reliquias pero aun así ha sucumbido a
la tentación y perdido la Lanza: declara que él no es merecedor de su cargo. Grita
pidiendo perdón („Erbarmen!“) pero solo oye la promesa de la redención futura a
través de un tonto inocente.

Al oír el grito de Amfortas, el joven parece sufrir con él, apretando su corazón. Los
caballeros y Titurel urgen a Amfortas a poner de manifiesto el Grial („Enthüllet den
Gral“), lo que él, finalmente, hace. El oscuro salón queda ahora bañado de la luz del
Grial al tiempo que los caballeros comen. Gurnemanz empuja al joven para que
participe, pero el muchacho parece en trance y no sigue. Amfortas no comulga y, al
finalizar la ceremonia, cae transido de dolor y lo sacan. Lentamente se va vaciando
el salón dejando solo al muchacho y a Gurnemanz, quien le pregunta si ha
comprendido lo que ha visto. Cuando el muchacho es incapaz de responder,
Gurnemanz lo despide considerándolo tonto y le envía una advertencia de cazar
gansos, si debe, pero ha de dejar en paz a los cisnes. Una voz desde lo alto repite la
promesa, «El casto inocente, iluminado por la compasión».

Acto II
Se inicia con un breve como intenso preludio orquestal que hace referencia a
Klingsor, pero en el que se entremezclan otros leitmotiv relacionados con el Grial.

Escena 1

El segundo acto se abre en el castillo mágico de Klingsor, quien conjura a Kundry,


despertándola de su sueño. La llama por muchos nombres: Primera Hechicera, la
Rosa del Infierno, Herodías, Gundryggia y, finalmente, Kundry. Ella se resiste a
obedecerle y se burla de la condición mutilada de Klingsor preguntando
sarcásticamente si él es casto („Ha ha! Bist du keusch?“), pero ella no puede resistir
su poder. Klingsor observa que Parsifal se acerca, y llama a sus caballeros
encantados para que luchen contra el muchacho. Klingsor ve cómo Parsifal derrota
a los caballeros, que emprenden la huida.

Klingsor ve al joven dirigirse al jardín de doncellas-flores y llama a Kundry para que


busque al joven y lo seduzca, pero cuando él se gira, ve que Kundry ya ha salido a
cumplir su misión.

Escena 2

El triunfante joven se encuentra en un jardín encantado, rodeado por bellas y


seductoras doncellas-flores. Lo llaman y se enredan sobre él mientras le riñen por
haber herido a sus amantes („Komm, komm, holder Knabe!“). Pronto luchan entre sí
para ganarse la devoción exclusiva del joven, hasta el punto de que él va a
escaparse, pero luego una voz le llama, „Parsifal!“. Recuerda entonces que es este
el nombre que su madre usa cuando se le aparece en sueños. Las doncellas-flores
retroceden y le llaman tonto mientras le abandonan y le dejan a solas con Kundry,
que aparece bellísima y seductora.

Él se pregunta si este jardín es un sueño y pregunta cómo es que Kundry sabe su


nombre. Kundry le dice que lo aprendió de su madre, en un magnífico monólogo:
(„Nein Parsifal, du tör'ger Reiner“... „Ich sah das Kind an seiner Mutter Brust“ — «Yo
vi al niño alimentado en el seno materno...»). Su madre le había amado e intentado
proteger del destino de su padre; él la había abandonado y ella, Herzeleide, había
muerto de pena. Tras estas revelaciones de Kundry, el joven queda dominado por el
remordimiento, culpándose a sí mismo por la muerte de su madre. Comprende cuán
estúpido ha sido olvidándola. Kundry dice que darse cuenta de esto es un primer
signo de comprensión y que, con un beso, ella le puede ayudar a comprender el
amor de su madre. En ese instante, Parsifal toma conciencia del dolor de Amfortas,
y grita su nombre como si lo llamase: siente el dolor del rey herido ardiendo en su
propio costado, y ahora entiende el sufrimiento físico y moral de Amfortas durante
la ceremonia del Grial („Amfortas! Die Wunde! Die Wunde!“ - «¡Amfortas! ¡La
herida! ¡La herida!»). Lleno de compasión, Parsifal rechaza las proposiciones de
Kundry.

Furiosa al ver que sus intentos fracasan, Kundry le dice a Parsifal que si puede
sentir compasión por Amfortas, debería entonces ser capaz de sentir compasión por
ella también. Ella ha sido maldita durante siglos, incapaz de descansar, porque vio
al Salvador portando la Cruz camino del Calvario y se rio de su dolor. Ahora ella
nunca puede llorar, solo reírse, y está también esclavizada por Klingsor. Parsifal la
rechaza de nuevo y le pide que lo guíe hasta Amfortas. Kundry le ruega que se
quede con ella aunque solo sea por una hora, y luego le llevará ante Amfortas. La
vuelve a rechazar, y entonces Kundry le maldice a vagar sin encontrar jamás el
Reino del Grial. Finalmente ella llama a su maestro para que la ayude.

Klingsor aparece y arroja la Lanza a Parsifal, pero se detiene en mitad del aire, por
encima de su cabeza. Parsifal la coge y hace el signo de la Cruz. El castillo se
desmorona y mientras él emprende su marcha, le dice a Kundry que ya sabe dónde
podrá encontrarle de nuevo.

Acto III
Escena 1

Tras un nuevo preludio orquestal, sereno y armónicamente complejo, que simboliza


el retorno de Parsifal, el tercer acto se abre como el primero, en el dominio del
Grial, pero muchos años después. Gurnemanz aparece envejecido y doblado. Oye
lamentos cerca de su cabaña de ermitaño y descubre a Kundry inconsciente en la
maleza, como había ocurrido años atrás („Sie! Wieder da!“). La revive usando agua
del Santo Manantial, pero ella solo pronuncia la palabra «servir» („Dienen“).
Gurnemanz presiente que hay algún significado en su reaparición en este día.
Mirando al bosque, ve que se acerca un personaje, recubierto de armadura negra y
el rostro cubierto por el yelmo. Trae consigo una lanza, pero no puede saber quién
es. Gurnemanz se lo pregunta, sin obtener respuesta. Finalmente el recién llegado,
desprovisto del yelmo, es reconocido por el anciano Gurnemanz como el muchacho
que disparó al cisne, y con alegría observa que la Santa Lanza es la que ha traído
consigo.

Parsifal habla de su deseo de encontrar a Amfortas („Zu ihm, des tiefe Klagen“).
Relata su largo viaje, vagando durante años, incapaz de encontrar un camino de
vuelta al Grial: a menudo se ha visto obligado a luchar, pero nunca rindió la Lanza
en batalla. Dice a Gurnemanz que la maldición que le impedía encontrar el camino
correcto ya no surte efecto. Gurnemanz reconoce empero que en su ausencia
Amfortas nunca ha vuelto a oficiar para los caballeros del Grial y que Titurel ha
muerto. Parsifal se encuentra sobrecogido por el remordimiento, culpándose a sí
mismo de esta situación. Gurnemanz le dice que hoy es el día de los funerales por
Titurel y que tiene que cumplir un gran deber. Kundry lava los pies de Parsifal y
Gurnemanz lo unge con agua del Santo Manantial, reconociéndolo como el casto
inocente, ahora iluminado por la compasión, y como él será el nuevo rey de los
caballeros del Grial. A su vez Parsifal bautiza a Kundry, que permanece en silencio
respetuoso.

Parsifal mira alrededor y comenta la belleza de la naturaleza primaveral.


Gurnemanz explica que hoy es Viernes Santo, cuando toda la creación se renueva
por la Muerte del Salvador. Son los «encantamientos del Viernes Santo». Se oyen a
lo lejos las campanas del templo de Monsalvat; Gurnemanz anuncia: «Mediodía, ha
llegado la hora. ¡Mi señor, permite que tu siervo te guíe!» y los tres emprenden el
camino hacia el castillo del Grial. Un interludio orquestal, que se inicia con
majestuosos acordes y ritmos que se interfieren (Mittag), los acompaña a la
solemne reunión de los caballeros en la escena 2.

Escena 2

Los caballeros traen a Amfortas ante el santuario del Grial y el féretro donde reposa
su padre Titurel, a quien invoca para ofrecerle descanso de sus sufrimientos, y
desea unirse a él en la muerte („Mein Vater! Hochgesegneter der Helden!“ —
«¡Padre mío! El más bendito de los héroes») Los caballeros del Grial urgen
apasionadamente a Amfortas que descubra el Grial de nuevo, pero iracundo, dice
que nunca más realizará el oficio ante la sagrada Copa, ordenando a los caballeros
que lo maten si así lo desean y acaben de una vez por todas con su sufrimiento y
con la vergüenza que les ha aportado. En ese momento, Parsifal se adelanta y dice
que solo un arma puede sanar la herida („Nur eine Waffe taugt“ — «Sólo sirve un
arma»): con la Lanza toca el costado de Amfortas, que queda curado y absuelto de
su culpa. El mismo Parsifal ordena que se descubra el Grial, reemplazando a
Amfortas como celebrante. Mientras todos los presentes se arrodillan, Kundry,
liberada de su maldición y redimida, cae sin vida al suelo, al tiempo que
una paloma blanca desciende sobre el Grial y sobre Parsifal. El coro entona un
canto de acción de gracias.
PARSIFAL

Antefatto
Sulla cima di una montagna, detta Monsalvato, il vecchio Titurel ha fondato un
inaccessibile eremo di pace. I puri di cuore vi trascorrono una vita ritirata e
casta, attingendo forza dalle sacre reliquie che Titurel custodisce nel
monastero: il Graal - il calice con cui Cristo bevve nell'Ultima Cena - e la Lancia
Sacra che ferì il Salvatore sulla Croce. Con questi tesori, i cavalieri difendono il
bene nel mondo e accolgono coloro che si dimostrano capaci di comprendere la
virtù.
Anche Klingsor avrebbe voluto arruolarsi nella pia congregazione, ma non
riuscendo a reprimere dentro di sé il richiamo del desiderio ha conservata la
castità mutilandosi con un gesto terribile; ciò ha determinato la sua condanna.
Trovandosi preclusa la strada della salvezza, Klingsor è stato sedotto dal lato
oscuro della fede, convertendo in magia nera la virtù dello spirito cristiano. Egli
ha quindi trasformato le pendici del monte in un giardino pieno di delizie, dove
donne di grande bellezza attirano i cavalieri del Graal soggiogandoli al loro
potere.
Anche il figlio di Titurel, Amfortas, è caduto miseramente nella trappola,
abbandonandosi tra le braccia della più insidiosa tra le donne del giardino,
"Kundry", la cui doppia identità è misteriosamente sospesa tra il bene e il male.
Klingsor ha ferito Amfortas con la Lancia Sacra, ripromettendosi di conquistare
un giorno tutto il Graal. Tornato al monastero Amfortas è torturato dalla piaga
insanabile e i cavalieri sono condannati a languire con lui. Tutti attendono il
redentore che dovrebbe arrivare per salvarli: il "puro folle", insipiente di Dio.

Atto I

Scena 1° L'introduzione sinfonica espone con straordinaria ampiezza il motivo


dell'Ultima Cena, articolato con il tema della Fede in un discorso interrotto da
lunghi silenzi. L'atmosfera di altissima sacralità si rivela fin dalle prime battute
del preludio, collegandosi direttamente alla scena del primo atto. In una radura
boscosa nei pressi del monastero, i cavalieri si destano al sorgere del sole; tra
di loro è l'anziano Gurnemanz, il più saggio custode della virtù e della storia del
Santo Graal. Giunge al galoppo la selvaggia Kundry, che appare nelle sincere
vesti di amica dei cavalieri. La donna ha con sé un'erba medicamentosa
proveniente dall'Arabia, pensando che possa servire per lenire la piaga di
Amfortas. Dopo un accenno alla profezia del Salvatore, Amfortas viene condotto
sul lago per l'abluzione giornaliera, mentre la natura sorride al sole del mattino.
Scena 2° Il lungo monologo di Gurnemanz svela goccia a goccia tutto
l'antefatto del dramma, raccontando a quattro giovani scudieri il mistero di
Kundry, le sue improvvise assenze e le sciagure che si abbatterono sulla
confraternita. Il racconto è dominato dai cromatismi dei temi di Klingsor e della
Magia, intercalati da una suggestiva variazione del tema della Fede sulle
parole "scesero a lui, in notte santa e solenne..." ("la notte di Natale" secondo la
traduzione ritmica di Giovanni Pozza).
Scena 3° All'improvviso un cigno cade ucciso da una freccia. Il cacciatore,
Parsifal, viene catturato dai cavalieri e rimproverato severamente da
Gurnemanz, che decanta la tenerezza degli animali in un commovente brano
poetico. Quindi interroga il ragazzo:
"Chi sei? Come ti chiami?"
Parsifal non risponde. Egli non conosce nulla del mondo e di se stesso, a parte il
vago ricordo di sua madre Herzeleide. Colpito da tanta ingenuità, Gurnemanz
pensa di metterlo alla prova: che sia lui il tanto atteso Salvatore?
Scena 4° L'ingresso alla sala del Graal è illustrato da una grande pagina
sinfonica. Risuonano le campane mentre i cavalieri si dispongono lentamente
intorno all'altare. Un coro di voci bianche scende dalla cupola:
"Vive la fede, si libra la colomba, nobile messaggera del Salvatore: gustate il
vino che scorre per voi, prendete del pane della vita" (tema della Fede).
La voce di Titurel risuona dalla profondità di una cripta. Egli invoca la forza del
Graal che lo tiene miracolosamente in vita e chiede a suo figlio di scoprire la
coppa.
"No!" grida Amfortas sollevandosi contro i cavalieri, "non si scopra ancora!..."
Il suo terribile lamento sgorga dalla ferita sanguinante e contrasta vivamente
con la mistica atmosfera della cerimonia.
"Le onde del mio sangue peccatore, in una folla fuga, da me devono ancora
fluire, per riversarsi nel mondo con torbido orrore..."
Nell'orchestra aleggia continuamente il tema della Cena, arcano monito che
dalla ferita di Amfortas si propaga a tutta l'umanità. Ed è ancora la Cena che
risuona come all'inizio del preludio, mentre il Graal - taciuto Amfortas - brilla di
abbagliante luce rossastra. I cavalieri celebrano l'eucaristia e si stringono la
mano. Intanto, defilato in un angolo, Parsifal resta immobile come un semplice
spettatore; Gurnemanz gli chiede:
"Lo sai cos'hai visto?"
Il ragazzo allarga le braccia con espressione confusa.
"Non sei che uno sciocco!"
Seccato, il vecchio sacerdote lo allontana richiudendo la porta, mentre dalla
cupola scende nuovamente la voce della Profezia:
"Sapiente per pietà, il puro folle."

Atto II
Scena 1° I temi di Klingsor e della Magia commentano il breve preludio
orchestrale, mentre la scena rivela l'interno di un favoloso palazzo arabo:
Klingsor, guardando nel suo specchio magico, osserva Parsifal venire verso il
castello. Solo il nemico del Graal riconosce il puro folle che potrebbe redimere i
cavalieri, e lo attira dunque nell'abbraccio mortale di Kundry. L'evocazione della
donna ne rivela il passato reincarnato: non fu già l'Erodiade che rise in faccia al
Battista? Così Klingsor la chiama e la obbliga ad adempiere al proprio castigo.
Ma pur preda di terribili sofferenze, Kundry ride in faccia anche a lui,
beffeggiando la castità che lo accomuna ai cavalieri del Graal.
"Orribile angoscia!" grida Klingsor, "m'irride il demonio perché un giorno volli
essere santo? Tormento di brama indomabile, impulso dei più terribili istinti, che
in me costrinsi al silenzio mortale, ora si ride e si beffa di me!..."
Egli ricorda brevemente il passato, il mancato raggiungimento della virtù,
l'umiliante esclusione che dovette subire da parte dei cavalieri.
"Già un altro espiò il suo disprezzo: il superbo, forte della sua santità, io colpii
nel tronco!..."
Così apprendiamo la storia vista dall'altra parte, con gli occhi dell'antagonista,
pure lui sofferente di una ferita provocata dall'incapacità di reprimere il
desiderio. Ma Klingsor gioisce della sua vendetta, gioisce dei lamenti di Kundry
e osserva l'arrivo di Parsifal affacciandosi alla soleggiata terrazza.
Scena 2° Il giardino magico prende il posto del palazzo. Tra fiori e colori
d'oriente spuntano gruppi di belle fanciulle, che si rincorrono allegramente
giocando con Parsifal.
"Che dolci profumi... Siete voi fiori?"
"Siam del giardino gli spiriti aulenti... Cresciamo nel sole d'estate... Sii il nostro
tenero amico..."
La musica, nella scena più leggera del dramma, assume le cadenze di un valzer
lento, tanto caro al critico Eduard Hanslick - antiwagneriano - che proprio qui
credette di individuare il momento più bello di Wagner. Ma quando Parsifal
cerca timidamente di fuggire, si leva sensuale la voce di Kundry:
"Parsifal!"
"Parsifal? Così in sogno mi chiamò mia madre."
Scena 3° La trappola che Kundry tende al ragazzo è chiara: privato dell'amore
materno, egli ritroverà la gioia perduta nell'amore erotico: premonizione
freudiana di straordinaria modernità. Sparite le fanciulle, la bellissima donna
muove la seduzione su parole indugianti, quasi sussurrate, in una musica
straordinariamente avvolgente. Gli parla della madre che lo accarezzava, gli
parla della madre che lo cercava quando era lontano, che moriva nell'attesa del
suo ritorno. Ascoltandola, Parsifal viene preso da un turbamento profondo,
cedendo sempre più nello sconforto:
"La Madre, la madre potei scordare... Tuo figlio dunque t'uccise?... Che altro
ancora scordai? Sol cupa follia resta in me."
"Ceda la follia all'amore, quale ultimo saluto di materna benedizione."
Kundry gli cinge le braccia al collo, mentre le sottili spire del tema della Magia si
insinuano tra i corpi ora abbracciati. Un lungo bacio.
"Amfortas!!" grida Parsifal all'improvviso. "La piaga!!"
Tutto è compiuto. Un'ondata di "cosmica chiaroveggenza" inonda lo spirito di
Parsifal, suprema rivelazione percepita al tocco del bacio di Kundry. Ora Parsifal
sente di comprendere "l'inspiegabile", sulle note del tema della Cena e
dell'Agonia di Cristo, come simboli di un misterioso ricordo. Kundry lo guarda
con stupita ammirazione, presa dal sincero desiderio di essere redenta e
cercando quindi di attirarlo a sé:
"Se nel cuore senti gli altrui dolori, senti ora anche i miei! Se sei il Redentore,
cosa ti vieta di unirti a me per la mia salvezza?... Lo vidi, vidi Lui, Lui, e risi! Ora
lo cerco di mondo in mondo, per incontrarlo ancora, e posso solo gridare, urlare,
nell'ombra cieca della mia follia... Lasciami piangere sul tuo petto, lasciami
unirmi a te affinché in te io sia purificata!... "
Ma Parsifal la respinge con dolce violenza, ben sapendo che se acconsentisse il
suo desiderio cederebbe sempre alla sua seduzione. La strada della Salvezza
deve essere compiuta in un altro modo. Kundry inveisce allora contro di lui,
piena di violenta passione, chiamando aiuto affinché Parsifal non possa
ritrovare la strada del suo Graal.
"Fermo!" grida Klingsor apparso improvvisamente, "t'inchiodo con la giusta
arma! Arresti il folle la lancia del suo padrone!"
Il momento culminante del dramma è risolto con un'estrema riduzione di mezzi:
un tremolio di archi, il tema del Graal, un glissando d'arpa. Klingsor scaglia
contro Parsifal la Sacra Lancia, che resta miracolosamente sospesa sul capo di
lui. Parsifal la afferra e traccia in aria il segno della croce. Subito il giardino si
trasforma in deserto e il potere di Klingsor si dissolve nel nulla. Prima di
allontanarsi, Parsifal si volge verso Kundry:
"Tu sai dove mi puoi trovare ancora!"

Atto III

Scena I L'apertura del terzo atto è simboleggiata dall'idea del deserto. Il


deserto che ha preso il posto del giardino magico, il deserto e la solitudine
interiore dei cavalieri del Graal, il deserto in cui Parsifal si è perso nella via del
ritorno. Quest'immagine è descritta in un lento preludio strumentale, che
costituisce una della pagine più drammatiche conosciute (citazione da Manuale
wagneriano, di Gualtiero Petrucci).
Aperta campagna nei pressi di Monsalvato, all'alba del Venerdì santo.
Gurnemanz si prende cura della povera Kundry, che giace intirizzita sotto un
cespuglio di spine; umile penitente, le sue uniche parole sono "dienen, dienen"
(servire), da qui fino alla fine. Ma è proprio lei, poco dopo, a notare un cavaliere
misterioso profilarsi nel fondo.
"Lo riconosci?" sussurra Gurnemanz a Kundry. "È colui che un giorno uccise il
cigno."
Il tema della Cena riappare presentando Parsifal, mentre la Fede inonda il cuore
del vecchio sacerdote riconoscendo la Sacra Lancia perduta. Dopo un accenno
al Deserto, ha luogo il lungo rituale evangelico: Gurnemanz asperge il capo di
Parsifal versando il contenuto di una fiala, mentre Kundry gli lava i piedi
asciugandoli con i suoi capelli.
"I fiori del prato l'uomo risparmia con lieve passo. Ciò che fiorisce e che muore,
oggi conquista il suo giorno d'innocenza."
"Già vidi appassire coloro che mi sorrisero", dice Parsifal alludendo alle
fanciulle-fiori. "Oggi anelano forse a redenzione? Anche la tua lacrima si fa
rugiada di benedizione. Tu piangi... Vedi? Ride il prato!"
Parsifal si china su Kundry e la bacia sulla fronte. La natura brilla ai raggi del
Sole. Risuona l'Incantesimo del Venerdì santo.
Scena II È ora di raggiungere il monastero. Cambiamento di scena come nel
primo atto: la musica si fa solenne e tragica, pesantissima al ritmo di
una marcia funebre che contrasta con la dolcezza della scena precedente. Il
corteo dei cavalieri procede con passo lento, tra le buie arcate della sala,
portando nel feretro il cadavere di Titurel.
"Chi ha colpito colui che protesse lo stesso Dio?"
"Lo ha colpito il peso dell'età, che più non contemplava il Graal."
"Chi gli vietò di contemplare la grazia del Graal?"
"Lo vietò il colpevole custode, che là scortate!"
Il corteo si sdoppia tra coloro che recano Titurel e coloro che recano Amfortas,
in un coro dall'empito spettrale e sempre più ossessivo. Alla fine, la bara di
Titurel viene scoperchiata. Amfortas si solleva lentamente e fissa il cadavere del
padre:
"Padre mio, tu che ora contempli il Salvatore, la tua benedizione riconforti i
fratelli e a me conceda la morte. Morte, unica grazia..."
I violini ripropongono il tema della Fede mentre Amfortas si lascia cadere tra
vuote pause di dolore. Ma i cavalieri si levano minacciosi:
"Scopri il Graal! Tuo padre lo impone! Lo devi! Lo devi!"
"No!" grida Amfortas scagliandosi contro di loro. "Ah! Sento la morte farsi
tenebra e dovrei ancora tornare alla vita?! Pazzi!..."
Egli si strappa le vesti e indica la piaga che gli strazia le carni, mentre il tema di
Klingsor turbina tra le sue frasi scomposte.
"Ecco la ferita, immergete le vostre armi e uccidete il peccatore!... Brillare da
solo il Graal si vedrà!"
Allora Parsifal allunga la Sacra Lancia verso di lui e, non appena la punta tocca
la ferita, il viso di Amfortas si inonda di luce.
"Sia benedetta la tua sofferenza, che donò la forza della pietà e il potere della
conoscenza..."
Questo canto supremo è accompagnato dal tema della Profezia, ora esaudita,
che sembra avvolgere l'intero universo. Tutto il finale è impregnato di altissima
sacralità, con i motivi le cui note sembrano fluire da una dimensione
sovrumana. La melodia della Fede riappare più volte mentre Parsifal sale
sull'altare quale nuovo Re del Graal. Kundry ritrova il Nirvana e cade
trasfigurata ai piedi del Salvatore. Una bianca colomba scende dalla cupola.
"Redenzione al Redentore."
PARSIFAL

L'action se déroule au Moyen Âge, dans les Pyrénées, alternativement, dans le


domaine et au château des gardiens du Graal (Montsalvat, sur le versant
septentrional de l’Espagne wisigothe), et au château enchanté de Klingsor (sur le
versant méridional, du côté de l’Espagne arabe)29.

Le Saint Graal, calice où Joseph d'Arimathie recueillit le sang du Christ en croix, et


la Sainte Lance, qui causa la blessure d'où s'écoula ce sang, ont été placés sous la
garde du roi Titurel, aidé par les chevaliers du Graal. Dans une contrée voisine
habite le sorcier Klingsor. Il voulut autrefois devenir chevalier du Graal mais ne
pouvant s'imposer à lui-même le devoir de chasteté, il voulut supprimer en lui le
désir charnel en se châtrant lui-même. Rejeté de la communauté du Graal par
Titurel, il se tourna vers l'esprit du mal et voua à la communauté du Graal une haine
inexpiable. Il réussit à attirer, grâce à la séduisante Kundry qu'il a envoûtée,
quelques gardiens du calice sacré qu'il retient captifs en son château maléfique et
retourne contre leurs anciens frères d'armes. Quand Titurel devenu vieux, mais
maintenu en vie par la grâce du Graal, transmet ses pouvoirs à son fils Amfortas, ce
dernier se rend à son tour chez Klingsor armé de la Sainte Lance pour essayer de le
détruire. Mais, tombé sous le charme de Kundry, il oublie sa mission, cède lui aussi
au désir charnel, et laisse choir la Sainte Lance. Klingsor s'en empare et le frappe.
La maléfique blessure ne guérira jamais, seul le contact de l'arme sacrée pourrait la
refermer ; mais seul un être jeune et innocent, au cœur pur, totalement ignorant
du péché, pourrait reconquérir l'objet. Amfortas est condamné à souffrir sans
rémission aussi longtemps qu'il célèbrera le service du Graal qui maintient en vie
toute la communauté de Montsalvat.

Herzeleide (« Cœur douloureux »), de la maison royale des gardiens du saint Graal,
a élevé son fils Parsifal dans une forêt isolée, pour l’empêcher de suivre la même
voie que son père, Gamuret, mort prématurément après être parti en quête
d’aventures héroïques. Ignorant tout du monde, Parsifal grandit comme un innocent
sans guide. Un jour, ayant vu par hasard un groupe de chevaliers, son amour de
l’aventure s'éveille et il part à leur suite. Herzeleide en meurt de chagrin.

Acte I
Une forêt aux environs du château du Graal situé sur une montagne inaccessible.
Gurnemanz attend, entouré de jeunes chevaliers, l'arrivée du roi Amfortas.
Gurnemanz, chevalier du Graal, compagnon d'armes de Titurel le fondateur de la
confrérie, raconte comment on en est arrivé à la situation présente :

« Amfortas, roi des Chevaliers du Graal et fils de Titurel qui vit toujours, essaya un
jour de tuer le magicien Klingsor à l’aide de la Sainte Lance que gardent les
Chevaliers de l’Ordre du Graal en même temps que le Saint Graal lui-même. La
Sainte Lance est celle qui infligea la blessure au flanc du Christ sur la croix.
Amfortas succomba au charme d’une femme très belle et, tandis qu'il était dans ses
bras, Klingsor lui arracha la Sainte Lance et la lui plongea dans le côté. Ainsi fut
perdue la Sainte Lance et Amfortas reçut-il une blessure qu'aucun remède ne peut
guérir. »
Apparaît Kundry, condamnée à ne jamais mourir, qui fut Hérodiade, et celle qui rit
du Christ tombant sous la croix sur le chemin du Golgotha, et tant d'autres ensuite ;
sa présence bien qu'un peu hostile est toujours de bon augure. Accompagnée par
les cris des chevaliers, elle se précipite vers Gurnemanz et lui fait don d'une fiole
contenant un baume qu'elle est allée quérir en Arabie, pour le roi, que l'on porte au
bain afin de tenter d'apaiser ses souffrances.

Gurnemanz leur apprend que Klingsor voulut, un jour, devenir membre des
Chevaliers de l’ordre du Graal ; mais ne pouvant rester fidèle au vœu de chasteté
par la seule force de sa volonté, il tenta d'éradiquer de lui-même ses penchants
pour la chair en se châtrant lui-même. Titurel le rejeta alors de l'Ordre. Klingsor
alors s'adonna à la magie noire, construisit un jardin magique où il installa des
femmes d’une grande beauté et d'une irrésistible séduction, les Filles-Fleurs, tout
appliquées à la perte des Chevaliers du Graal. Amfortas fut au nombre de ceux qui
succombèrent et cette chute coûta à l'Ordre la perte de la Sainte Lance. Désormais
un seul homme peut la reconquérir, « l'innocent au cœur pur » – der reine Tor
– dont la venue fut autrefois annoncée à Amfortas par une voix céleste.
Soudain, un cygne percé d'une flèche s'abat au sol, mort. Consternation de
Gurnemanz, des chevaliers et des pages : les animaux, en particulier les cygnes,
sont sacrés sur les terres du Graal. Un jeune étranger apparaît, l'arc à la main : c'est
lui le coupable. Le jeune homme est rapidement saisi, traîné devant Gurnemanz. Le
vieux chevalier lui fait voir toute l'horreur de son acte, puis, se radoucissant, tente
d'interroger l'adolescent sur ses origines, son nom : le jeune homme ignore tout,
sauf qu'il a une mère nommée Herzeleide. Kundry raconte l'histoire de sa
naissance : son père Gamuret étant parti courir l'aventure et ayant été tué, sa mère
l'éleva seule, loin de tout, pour lui éviter le même sort. L'adolescent raconte
comment il vit un jour passer des hommes en tenues scintillantes montés sur de
magnifiques animaux inconnus ; il voulut les suivre, tentant de les rattraper sans
jamais pouvoir les rejoindre ; il parcourut monts et vallées, se confectionna un arc
qui le nourrit et le protégea. Il devint fort et redouté de tous ceux qui l'attaquèrent.
Kundry lui apprend abruptement que sa mère est morte. Fou de douleur, le jeune
homme se jette à la gorge de Kundry, Gurnemanz intervient ; le jeune homme alors
défaille : Kundry se hâte de puiser de l'eau, lui asperge le visage et le fait boire : le
jeune homme revient à lui. Pendant que Gurnemanz lui prodigue des soins, Kundry
s'éloigne dans la forêt, soudain prise d'une sorte de transe d'envoûtement : elle est
saisie d'une irrésistible envie de dormir, et elle disparaît, envoutée, dans le taillis.

Les cloches de Montsalvat appellent à la cérémonie du service du Graal. Gurnemanz


propose au nouveau venu de l’accompagner, ils s’éloignent ensemble.

Scène 2

Dans la grande salle du château, les chevaliers se réunissent. Amfortas aimerait ne


plus devoir officier, dévoiler le Graal, et ainsi entretenir la force vitale qui l'empêche
de mourir comme il le souhaite ardemment. Mais sous la pression de l'assemblée
des chevaliers, et de son père Titurel qui ne vit plus que par la vue du Graal, il cède.
Brisé de souffrance, il procède à l'exposition rituelle du Saint Graal. Le jeune
homme suit le rituel, impressionné, mais sans y rien comprendre. À la fin de la
cérémonie, alors que tous s'en vont, Gurnemanz s'adresse à l'adolescent en lui
demandant s'il a compris ce qu'il a vu. Le jeune homme fait signe que non ;
Gurnemanz qui croyait voir en lui « l'innocent au cœur pur » est cruellement déçu,
et sous le coup de la colère expulse alors brutalement le jeune homme. Mais la voix
céleste rappelle la prophétie : « L'innocent au cœur pur accédera à la connaissance
par la compassion : attends celui que j'ai élu. »

Traditionnellement le public n'applaudit pas à la fin du premier acte pour prolonger


le recueillement de la cérémonie d'exposition du Graal.

Acte II

En haut d'une tour de son château, Klingsor se tient à côté de ses instruments de
magie. Il tire de son sommeil Kundry, qui était revenue jusqu'à lui, et qui s'éveille
en poussant un hurlement. Klingsor sait qu'un jeune héros dangereux approche : il
ordonne à sa créature de le séduire et de le perdre, comme tous les autres
auparavant. Les chevaliers déchus prisonniers de Klingsor tentent d'arrêter
l'arrivant, mais ils ne peuvent résister à sa force et à sa fougue. Le château
disparaît, laissant place à un luxuriant jardin peuplé des Filles-Fleurs de Klingsor.
Elles assistent à la défaite de leurs amants qui, blessés, meurtris, s'enfuient.

Les Filles-Fleurs se jettent alors à l'assaut du jeune homme, tentant à qui mieux
mieux de le séduire et d'obtenir sa perte. Mais il ignore tout des jeux amoureux,
leurs manigances et chamailleries l'indisposent, et il les envoie paître. Kundry
apparaît soudain, en l'appelant du nom de « Parsifal » — l'adolescent est pétrifié : il
se rappelle brusquement un rêve où sa mère le nommait ainsi. Kundry congédie les
Filles-Fleurs : Parsifal ne leur est pas destiné. Kundry lui rappelle son enfance près
d'Herzeleide, et la mort de celle-ci causée par le chagrin du départ de son fils.
Parsifal est effondré, dévoré par le remords. Mettant à profit le désespoir du jeune
homme, Kundry, prétextant de lui faire connaître ce qu'est l'amour, l'attire à elle et
lui donne un baiser.

Ce baiser transperce Parsifal d'une douleur folle : « Amfortas ! La blessure ! » : dans


un dévoilement, il comprend tout. La compassion pour la souffrance du roi du Graal
lui apporte la révélation de la connaissance. Il comprend le manège de Kundry, et il
la repousse.

Cette attitude laisse Kundry face à un véritable dilemme, car bien que Parsifal soit
l'homme qui doit lui apporter le salut, elle le voit encore comme sa proie légitime.
Elle lui propose alors un compromis : que Parsifal lui donne un baiser seulement et
la malédiction qui l'a poursuivie sans cesse depuis qu'elle a ri du Christ souffrant
sera levée. Le jeune homme refuse, car ce geste les condamnerait tous deux à la
damnation éternelle. La seule voie de rédemption pour Kundry est le remords, la
pénitence, et de le conduire sur le chemin qui le ramènera à Montsalvat et à
Amfortas.

Kundry comprend qu'elle a perdu la partie : folle de rage, elle appelle Klingsor à
l'aide. Le magicien apparaît, brandissant la Sainte Lance, qu'il jette violemment
contre Parsifal : celui-ci tend la main et l'arme s'arrête miraculeusement dans les
airs, à sa portée. Il s'en empare et fait le signe de croix. En un instant, le château de
Klingsor disparaît et le jardin merveilleux se transforme en désert aride. Kundry est
effondrée : « Tu sais où me retrouver », lui dit Parsifal, qui s'en va pour tenter de
retrouver Montsalvat.
Acte III
Une prairie en fleurs, en lisière d'une forêt, dans la gloire du printemps ; une source,
une hutte appuyée sur un amas de rochers. C'est le Vendredi saint.

Un ermite sort de la hutte : c'est Gurnemanz, encore vieilli, pauvrement vêtu de la


robe en ruines de chevalier du Graal. Il a entendu un grognement, et se rend
jusqu'aux buissons d'où il provient : c'est Kundry, inanimée et engourdie.
Gurnemanz s'efforce de la ranimer, elle finit par s'éveiller avec un grand cri. Elle a
perdu son air farouche et sauvage, son allure guerrière. Elle voit Gurnemanz, se
lève, remet de l'ordre dans ses haillons, et se met à l'ouvrage d'une servante, sans
un mot. À Gurnemanz qui lui reproche de ne pas même avoir un mot de
remerciement, elle répond juste : « Dienen… dienen… » (« Servir… servir… »). Ce
seront ses seules paroles de tout l'acte.

Un homme sort de la forêt, en armure noire, heaume fermé, lance à la main. Il


s'assoit sans un mot près de la source. Gurnemanz l'accueille et tente de savoir s'il
peut l'aider, qui il est, d'où il vient. Mais l'homme reste muet. Gurnemanz, agacé, lui
enjoint d'au moins mettre bas les armes en ce jour sacré de la mort du Christ.
Parsifal dépose son épée, son bouclier, son heaume, plante le talon de la lance dans
le sol, s'agenouille devant elle et entre en prière en en fixant la pointe du regard.
Gurnemanz reconnaît alors et Parsifal, et la Sainte Lance.

Parsifal raconte avoir erré des années à la recherche du chemin menant à


Montsalvat, qu'il vient donc enfin d'atteindre mais où tout semble différent.
Gurnemanz narre le triste sort de la confrérie du Graal : Amfortas a fini par renoncer
à célébrer le culte du Graal, des chevaliers sont morts, les survivants sont dans une
misère physique et morale absolue, plus personne ne part pour les missions sacrées
d'autrefois dans le reste du monde. Titurel lui-même, le vieux héros légendaire, est
mort.

Parsifal se reproche de n'avoir pas su éviter ce désastre. Étreint par la douleur et


l'épuisement, il est au bord de l'évanouissement ; Gurnemanz le soutient, Kundry
puise de l'eau pour le ranimer, puis ils lui ôtent son armure. Kundry lui lave les
pieds. Parsifal demande à Gurnemanz de l'ondoyer. Kundry tire de son vêtement un
baume qu'elle verse sur les pieds de Parsifal, qu'elle essuie ensuite de ses cheveux.
Parsifal demande à Gurnemanz de l'oindre : avec le reste du baume, le vieux
chevalier lui confère alors l'onction royale et sacerdotale qui fait de Parsifal le roi et
le grand-prêtre du Graal. Parsifal accomplit son premier acte sacerdotal en puisant
de l'eau dans sa main et en baptisant Kundry, qui éclate alors en sanglots : son
péché lui est remis. Parsifal regarde alors la magnificence du paysage autour d'eux,
qui lui semble si merveilleux et gai en ce jour de la mort du Christ où tout devrait
n'être que tristesse : Gurnemanz lui explique que c'est le miracle du jour sacré
du Vendredi Saint.

Les cloches de Montsalvat résonnent : Amfortas a promis qu'en ce jour il célébrerait


à nouveau et pour la dernière fois le service du Graal. Parsifal prend la Sainte
Lance, et tous trois se dirigent vers le château.

Scène finale :

La grande salle de Montsalvat.

Deux cortèges y entrent. D'un côté, des chevaliers portant le cercueil où gît la
dépouille de Titurel ; de l'autre, des chevaliers portant le tabernacle voilé du Graal
et la litière où est prostré Amfortas.
Amfortas pleure la mort de son père, s'accusant d'en être le responsable. Il appelle
une fois de plus la mort et la délivrance. Les chevaliers le somment d'accomplir son
office comme il l'a promis. Mais non ! Alors qu'enfin il sent la mort possible il ferait
ce qu'il faut pour reprendre vie ? Plus jamais ! Qu'ils le percent de toutes parts de
leurs épées, et alors, une fois lui mort, peut-être le Graal s'illuminera-t-il pour eux
de lui-même !

Parsifal, Gurnemanz et Kundry étaient arrivés depuis peu, inaperçus dans le


tumulte. Parsifal s'avance, portant haut la Lance, seule arme à pouvoir détruire la
souffrance et le malheur. Il touche de la pointe de la Lance le côté d'Amfortas, la
blessure et la douleur disparaissent, le visage d'Amfortas s'illumine d'extase.
Parsifal ordonne que le Graal soit maintenant découvert et offert à la vue de tous.

Une lueur apparaît dans le Graal, de plus en plus intense. Une colombe descend du
dôme et vient planer au-dessus de Parsifal. Kundry glisse doucement aux pieds de
Parsifal et meurt, le regard levé vers lui. Gurnemanz, Amfortas et l'assemblée
s'agenouillent, Parsifal élève le Graal et en bénit l'assistance, tandis que des voix
célestes chantent doucement « Rédemption au Rédempteur ! »

L'opéra s'achève dans une extase mystique grandiose.

Rideau [sans applaudissement d'après Wagner].


PARSIFAL

Vorgeschichte
König Titurel, von Gott zum Hüter der Reliquien Gral und Heiliger Speer
bestimmt, hatte den Gralstempel errichtet. Der Gral diente als Trinkbecher beim
letzten Abendmahl und fing das Blut Christi am Kreuz auf. Mit dem Speer wurde
Jesus am Kreuz die Seitenwunde beigebracht. Titurel versammelte Ritter um
sich, die, von den Reliquien gestärkt, in die Welt zogen, um für das Gute zu
kämpfen. Auch Klingsor bemühte sich, der Gralsgemeinschaft anzugehören,
wird jedoch wegen seiner Unkeuschheit abgelehnt. Deshalb entmannt er sich
selbst, wird nun aber erst recht abgelehnt. Daraufhin schafft er sich in der
Wüste ein Gegenreich: einen Zaubergarten mit verführerischen Frauen. Zu
diesen Frauen gehört auch Kundry, eine Reinkarnation einer der Frauen, die
Jesus auf seinem Kreuzweg verspottet hatten, und die dafür von diesem
verflucht worden war, für immer unerlöst die Welt zu durchstreifen.
Nachdem Klingsor mittels seines Zaubergartens mehrere Ritter verführt und so
der Gralsgemeinschaft abspenstig gemacht hat, beschließt Titurels Sohn
Amfortas, zugleich dessen Nachfolger als Gralskönig, mit dem heiligen Speer
bewaffnet gegen Klingsor in den Kampf zu ziehen. Er unterliegt jedoch Kundrys
Verführungskünsten und verliert so den Speer an Klingsor, der ihm mit dem
(vergifteten) Speer[5] eine Wunde schlägt, an welcher er seitdem entsetzlich
leidet. Denn die Wunde schließt sich nicht mehr: Mit jeder neuen Enthüllung des
Grals, wodurch die gesamte Ritterschaft genährt wird, bricht sie von neuem auf.
Eine Prophezeiung verspricht Amfortas, dass ein durch Mitleid wissender reiner
Tor ihn einst von seinen Qualen erlösen wird. Kundry, die ihre Taten in Klingsors
Dienst bereut, stellt sich in den Dienst der Gralsritter, um für ihre Schuld zu
büßen.

I - Aufzug, Waldlichtung und Gralsburg

Auf einer Waldlichtung nahe der Gralsburg weckt Ritter Gurnemanz einige
Knappen. Er fordert sie auf, zu beten und das Morgenbad für den
dahinsiechenden jungen Gralskönig Amfortas vorzubereiten. Kundry, die
geheimnisvoll wilde Helferin der Gralsritter, kommt eilig herbeigeritten. Mit
letzter Kraft überreicht sie Balsam für den König. Halb verzweifelt, halb
spöttisch bemerkt sie, es werde genauso wenig helfen wie das Heilkraut, das
Ritter Gawan bereits gebracht hat. Kundry wird von den Knappen als „Heidin“
und „Zauberweib“ verhöhnt. Nur Gurnemanz nimmt sie in Schutz, als die
Knappen spottend fordern, Kundry solle losziehen, um den verloren
gegangenen heiligen Speer zurückzuholen. Jetzt erzählt Gurnemanz, dass nach
einer Prophezeiung nur ein „durch Mitleid wissender“ reiner Tor den Speer
zurückgewinnen und Amfortas damit heilen könne. Denn die Wunde schließe
nur derjenige Speer, der sie geschlagen habe.
Die Szene wird durch Lärm vom nahen See gestört. Die Ritter haben einen
Knaben gefangen, der mit Pfeil und Bogen einen heiligen Schwan getötet hat.
Es ist Parsifal, der Sohn der Herzeleide und des vor seiner Geburt im Kampf
gefallenen Ritters Gamuret. Der Knabe wuchs unter alleiniger Obhut seiner
Mutter im Wald ohne jeglichen Kontakt zur Außenwelt auf. Er selbst kennt
weder seinen Namen, noch weiß er, woher er kommt und wer sein Vater ist.
Kundry kennt seine Geschichte und erzählt vom Tod seiner Mutter. Gurnemanz
hofft, in ihm den in der Vision des Amfortas angekündigten „reinen Toren“
gefunden zu haben, und nimmt ihn mit zur Gralsburg, während Kundry in einen
hypnotischen Schlaf fällt.
In der Gralsburg wird Parsifal stummer Zeuge, wie sich die Ritter mit Amfortas
um dessen im Grab lebenden Vater Titurel zur Enthüllung des Grals
versammeln. Amfortas beklagt seine Schmerzen, die der Anblick des Grals nur
kurz lindern kann. Titurel und die Ritter fordern ihn auf, den Gral zu enthüllen.
Der Kelch mit dem Blut Christi leuchtet in einem magischen Lichtschein. Die
Ritter nehmen daraufhin das Mahl, Brot und Wein, und verlassen danach
gestärkt den Tempel. Parsifal ist nicht fähig, zu all dem, was er sah, etwas zu
sagen, und wird von Gurnemanz, der glaubt, sich in ihm getäuscht zu haben,
vor die Tür gesetzt. Eine Stimme aus der Höhe wiederholt mit den letzten
Klängen der Gralsglocken die Worte der Prophezeiung: „Durch Mitleid wissend,
der reine Tor.“

II. Aufzug, Klingsors Zaubergarten

Der zweite Akt spielt in Klingsors Zaubergarten. Klingsor, der aufgrund seiner
Impotenz gegenüber Kundrys Reizen immun ist, hat es wieder geschafft,
Kontrolle über Kundry zu gewinnen, muss sich aber dafür von ihr verspotten
lassen. Klingsor beobachtet in seinem Zauberspiegel Parsifal, der sich seiner
Burg und dem Zaubergarten nähert, und fordert Kundry auf, ihn zu verführen.
Parsifal wird, als er den Zaubergarten betritt, zunächst von einigen verführten
Gralsrittern angegriffen, die er aber im Kampf erschlägt. Klingsors
Blumenmädchen beklagen den Tod ihrer Geliebten und fordern Parsifal auf, mit
ihnen zu spielen. Parsifal ist zwar von den Blumenmädchen zunächst fasziniert,
beschließt dann aber, ihren Verlockungen zu entfliehen. In diesem Moment ruft
Kundry ihn bei seinem Namen. Gebannt lauscht der Knabe ihrer Erzählung vom
traurigen Schicksal seiner Eltern. Parsifal ist zutiefst erschüttert. Tröstend, aber
mit der Absicht, ihn in die Liebe einzuführen, schließt sie ihn in ihre Arme.
Während eines langen Kusses erkennt Parsifal blitzartig die Ursache von
Amfortas’ Qualen und seine eigene Bestimmung; er wird „welthellsichtig“. Er
stößt Kundry zurück, die ihm daraufhin von ihrem Fluch berichtet und ihn
anfleht, sie durch seine Liebe zu erlösen. Parsifal widersteht ihrem Werben und
verspricht ihr Erlösung vom Fluch, wenn sie ihn zu Amfortas führt. Daraufhin
verflucht Kundry ihn und seine Wege – nie soll er den Weg zurück zu Amfortas
finden. Ihr Ausbruch von rasendem Lachen und Schreien ruft Klingsor herbei,
der den heiligen Speer gegen Parsifal schleudert. Der Speer bleibt über Parsifals
Haupte schweben. Er ergreift ihn und schlägt mit ihm das Kreuzeszeichen,
woraufhin Klingsor und mit ihm der gesamte Zaubergarten der Zerstörung
anheimfallen. Kundry blickt im Zusammensinken auf Parsifal, der ihr im Enteilen
noch zuruft: „Du weißt, wo du mich wiederfinden kannst!“

III. Aufzug, Waldlichtung und Gralsburg

Das Orchestervorspiel beschreibt die Irrfahrten Parsifals, der zur Gralsburg


zurückzufinden sucht, aber dank Kundrys Fluch jahrelange Irrfahrten erlebt.
Viele Jahre sind vergangen. Amfortas, der nur noch sterben will, hat sich seit
den Ereignissen des I. Aufzuges geweigert, den Gral zu enthüllen. Die Gralsritter
haben darüber ihre Kräfte verloren, und Titurel ist gestorben. Gurnemanz lebt
nunmehr als Einsiedler im Wald. An einem Karfreitag findet er Kundry in tiefer
Ohnmacht im Gestrüpp. Von ihm erweckt erscheint sie völlig gewandelt: sanft,
hilfsbereit und schweigsam. Sie will von nun an nur noch dem Gral stumm
dienen.
Da erscheint ein Ritter in schwarzer Rüstung. Gurnemanz heißt ihn, mit dem
Hinweise auf den heiligen Tag, seine Waffen abzulegen. Nachdem der Ritter
seine Waffen und die Rüstung abgelegt hat, erkennt Gurnemanz hocherfreut,
dass er Parsifal mit dem heiligen Speer vor sich hat, der zur Gralsburg
zurückgefunden hat. Er begrüßt ihn und erzählt vom Zerfall der
Gralsgesellschaft. Parsifal bricht daraufhin in verzweifelten Selbstanklagen
zusammen, Gurnemanz segnet ihn und salbt ihn zum neuen Gralskönig. Als sein
„erstes Amt“ spendet er der heftig weinenden Kundry die Taufe. Staunend
nehmen Parsifal und Gurnemanz die in der Vormittagssonne erstrahlende,
miterlöste idyllische Natur wahr.
Gegen Mittag kündet Glockengeläut die anstehende Totenfeier für Titurel an,
aus deren Anlass Amfortas an diesem Tag noch ein letztes Mal den Gral
enthüllen will. Alle drei machen sich auf den Weg zur Gralsburg. Im Tempel hat
sich die Gralsritterschaft, den Leichnam Titurels begleitend, versammelt.
Amfortas klagt um seinen toten Vater, der durch seine Schuld, weil er den
lebenspendenden Gral – zur Beschleunigung seines eigenen Ablebens – nicht
mehr enthüllt habe, gestorben sei. Er verweigert erneut die vorgesehene
Gralsenthüllung und erfleht verzweifelt seine Erlösung von den Qualen seiner
unheilbaren Verwundung: die Ritter mögen ihn töten, dann werde ihnen von
selbst der Gral leuchten. Da erscheint der von Gurnemanz und Kundry
begleitete Parsifal und schließt endlich mit dem heiligen Speere jene Wunde,
die Amfortas einst von Klingsor zugefügt worden war.
Als neuer Gralskönig enthüllt Parsifal endlich wieder den Gral, und aus der Höhe
schwebt eine weiße Taube als Zeichen göttlicher Gnade auf ihn herab. Amfortas
und Gurnemanz huldigen dem neuen Gralshüter; Kundry sinkt – endlich von
ihrem Fluch erlöst – entseelt zu Boden.

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