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La Historia de un Arroyo

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El texto, dividido en capítulos cortos, da cuenta sucesivamente de los

cambios de configuración que va sufriendo el arroyo al tiempo que ofrece


permanentes consideraciones sobre el papel que ocupa el hombre en la
naturaleza; todo ello con un lenguaje sencillo que sabe alternar los detalles
científicos con las metáforas y las bellas imágenes.

[Link] - Página 2
Élisée Reclus

Historia de un arroyo
ePub r1.0
nadie4ever 06.11.13

[Link] - Página 3
Título original: Histoire d’un ruisseau
Élisée Reclus, 1869
Traducción: Antonio López Rodrigo
Diseño de portada: Simón Frugoni

Editor digital: nadie4ever


ePub base r1.0

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I. La fuente
La historia de un arroyo, hasta la del más pequeño que nace y se pierde entre el
musgo, es la historia del infinito. Sus gotas centelleantes han atravesado el granito, la
roca calcárea y la arcilla; han sido nieve sobre la cumbre del frío monte, molécula de
vapor en la nube, blanca espuma en las erizadas olas. El sol, en su carrera diaria, las
ha hecho resplandecer con hermosos reflejos; la pálida luz de la luna las ha irisado
apenas perceptiblemente; el rayo la ha convertido en hidrógeno y oxígeno, y luego,
en un nuevo choque, ha hecho descender en forma de lluvia sus elementos primitivos.
Todos los agentes de la atmósfera y el espacio y todas las fuerzas cósmicas, han
trabajado en concierto para modificar incesantemente el aspecto y la posición de la
imperceptible gota; a su vez, ella misma es un mundo como los astros enormes que
dan vueltas por los cielos, y su órbita se desenvuelve de cielo en cielo eternamente y
sin reposo.
Toda nuestra imaginación no basta para abarcar en su conjunto el circuito de la
gota y por eso nos limitamos a seguirla en su curso y su caída, desde su aparición en
la fuente, hasta mezclarse con el agua del caudaloso río y el océano inmenso. Como
seres débiles, intentamos medir la naturaleza con nuestra propia talla; cada uno de sus
fenómenos se resume para nosotros en un pequeño número de impresiones que
hemos sentido. ¿Qué es el arroyo, sino el sitio hermoso y apacible donde hemos visto
correr el agua cristalina bajo la sombra de los álamos, balancearse sus hierbas largas
como serpentinas y temblar agitados los juncos de sus islitas? La orilla florida donde
gozábamos acostándonos al sol, soñando en la libertad, el sendero tortuoso que
bordea el margen y que nosotros seguimos con paso lento contemplando el curso del
agua, la arista de la piedra desde la cual el agua unida en apretado haz se precipita en
cascada o se deshace en espuma; he ahí lo que en nuestro recuerdo es el arroyo, casi
con toda su infinita y compleja naturaleza, puesto que lo restante se pierde en las
obscuridades de lo inconcebible.
La fuente, el punto donde el chorro de agua, oculto hasta allí, se manifiesta
repentinamente, es el paraje encantador hacia el cual nos sentimos invenciblemente
atraídos; que ésta parezca adormecida en un prado como simple balsa entre los
juncos, que salga a borbotones de la arena arrastrando laminitas de cuarzo o de mica,
que suben y bajan arremolinándose en un torbellino sin fin, que brote modestamente
entre dos piedras, a la sombra discreta de los grandes árboles, o bien que salga con
estrépito de una abertura de la roca ¿cómo no sentirse fascinado por el agua que
acaba de salir de la obscuridad y tan alegremente refleja la luz? Gozando nosotros del
espectáculo encantador que el manantial nos ofrece, nos es fácil comprender por qué
los árabes, los españoles, los campesinos de los Pirineos y otros muchos hombres de
todas las razas y de todos los climas han creído ver en las fuentes «ojos» de seres

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encerrados en las tenebrosas entrañas de las rocas, con los cuales contemplan el
espacio y la verdura. Libre de la cárcel que la aprisionaba, la ninfa alegre mira el
cielo azul, los árboles, las hierbas, las cañas que se balancean; refleja la inmensa
naturaleza en el hermoso zafiro de sus aguas, y, sugestionados por sus límpidas
miradas, nos sentimos poseídos de misteriosa ternura.
La transparencia de las fuentes fué en todo tiempo el símbolo de la pureza moral;
en la poesía de todos los pueblos, la inocencia se compara con el agua cristalina de
las fuentes, y el recuerdo de esta imagen, transmitido de siglo en siglo, se ha
convertido para nosotros en atractivo.
No cabe duda que esta agua se enturbiará más lejos; pasará por rocas que le
dejarán materias impuras y arrastrará vegetales en putrefacción; se escurrirá por
sucias tierras y se cargará de inmundancias por los animales y los hombres; pero aquí,
en su balsa de piedra o en su cuna de juncos, es tan pura, tan luminosa, que parece
aire condensado: los reflejos movibles de la superficie, los repentinos borbotones, los
círculos concéntricos de sus rizos, los contornos indecisos y flotantes de las piedras
sumergidas, es lo único que revela que ese fluido tan claro, es agua lo mismo que los
ríos cenagosos. Inclinándonos sobre la fuente y viendo en ella reflejada nuestra cara
fatigada y con frecuencia nada buena sobre su límpida superficie, no hay nadie que
no repita instintivamente, hasta sin haberlo aprendido, el antiguo canto que los
güebros enseñaban a sus hijos:
Acércate a la flor, pero no la deshojes,
Mírala y di en voz baja: ¡Oh, quién fuera tan bueno!
En fuente cristalina no arrojes nunca piedras;
Contémplala y exclama: ¡Oh, quién fuera tan puro!
¡Qué hermosas son esas cabezas de náyade con la cabellera coronada de hojas y
flores que los artistas helénicos han burilado en sus medallas y esas estatuas de ninfas
que han elevado sobre las columnatas y los templos! ¡Cuán encantadoras son esas
imágenes ligeras y vaporosas que Goujon ha sabido, no obstante, fijar para los siglos
en el mármol de sus fuentes! ¡Cuán graciosa y alegre no es esa fuente que el viejo
Ingres ha casi esculpido con su pincel! Nada parece ser tan fugitivo, tan indeciso
como el agua corriente vista entre juncos; es cosa de preguntarse cómo una mano
humana puede atreverse a simular la fuente, con sus rasgos precisos, en el mármol o
la tela; pero pintor o escultor, el artista no tiene más que mirar esta agua transparente,
dejarse seducir por el sentimiento que le invade, para ver que aparece ante su vista la
imagen graciosa y de redondeces abultadas y hermosas. Héla ahí, bella y desnuda,
sonriendo a la vida, fresca como la onda en la que su pie se baña; es joven y no
envejecerá jamás; aunque las generaciones pasen rápidas ante ella, sus formas serán
siempre igualmente suaves, su mirada igualmente pura, y el agua que se extiende
como perlas en su urna encantada, brillará siempre al sol con iguales resplandores.

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¡Qué importa que la ninfa inocente, desconocedora de las miserias de la vida, no
tenga en su cabeza un torbellino de ideas! Feliz ella, no sueña en nada; pero su dulce
mirada nos hace soñar a nosotros y, a su vista, nos prometemos ser sinceros y buenos
hasta ser su igual, y su virtud nos fortalece contra el mundo odioso del vicio y la
calumnia.
La leyenda romana nos dice que Numa Pompilio tenía como consejera a la ninfa
Egeria. Penetraba solo en el interior de los bosques, bajo la sombra misteriosa de las
encinas; se aproximaba confiadamente a la gruta sagrada y con su sola presencia, al
agua pura de la cascada, con su ropaje bordado de espuma y el flotante velo de vapor,
irisado, adquiría la forma de una mujer hermosa y le sonreía con amor. Numa, el
mísero mortal, la hablaba como a su igual, y la ninfa le contestaba con voz cristalina,
a la que se mezclaban como un coro lejano el murmullo del follaje y los ruidos del
bosque. El legislador aprendió allí su sabiduría. Ningún anciano con su barba blanca
hubiera pronunciado palabras tan juiciosas como las que salían de los labios de la
ninfa, inmortal y eternamente joven.
¿Qué nos dice esta leyenda, sino que sólo la naturaleza y no la baraúnda de las
multitudes puede iniciarnos en la verdad?, ¿qué para iniciarse en los misterios de la
ciencia es preciso retirarse a la soledad y desarrollar su inteligencia por la reflexión?
Numa Pompilio, Egeria, no son más que nombres simbólicos que resumen todo un
período de la historia del pueblo romano, lo mismo que la de toda sociedad naciente:
a las ninfas, o, por mejor decir, a las fuentes; a los bosques, a los montes deben los
hombres la inspiración de sus costumbres y sus leyes en el origen de la civilización.
Y aun cuando fuera cierto que la discreta naturaleza hubiera dado así consejos a los
legisladores, transformados bien pronto en opresores de la humanidad, ¡cuánto bien
no ha hecho sobre ella en favor de los que sufren en la tierra, para darles energía,
consolarlos en las horas de desgracia y fortalecerlos para la gran batalla de la vida! Si
los oprimidos no hubieren tenido donde templar las energías y crearse un alma fuerte
contemplando la tierra y sus grandes paisajes, la iniciativa y la audacia hubieran
muerto ha muchos siglos. Todas las cabezas se hubieran inclinado ante unos cuantos
déspotas y todas las inteligencias hubieran caído en una indestructible red de sutilezas
y mentiras.
En nuestras universidades e institutos, muchos profesores, sin saber lo que hacen
o creyendo hacer bien, intentan disminuir el valor de la juventud educando la fuerza y
la originalidad según sus propias ideas, imponiendo a todos la misma disciplina y
mediocridad. Existe una tribu de pieles rojas en la que las madres intentan hacer hijos
para consejeros y para la guerra haciéndoles inclinar la cabeza hacia adelante o hacia
atrás por medio de sólidos instrumentos de madera y vendajes apropiados; lo mismo
que esta tribu existen pedagogos que se consagran a la obra funesta de fabricar
cabezas de funcionario y otros cargos, lo cual consiguen, desgraciadamente, con harta

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frecuencia. Pero pasan los diez meses de cadena, los diez largos meses de estudios, y
llegan los días felices de vacaciones: la juventud adquiere su libertad; vuelve al
campo, ve nuevamente los álamos del prado, los árboles del bosque, y la fuente sobre
cuyas aguas flotan ya las primeras hojas amarillas que el otoño marchita; llenan sus
pulmones con el aire puro de la campiña, renuevan su sangre, fortalecen un cuerpo y
todos los aburrimientos de la escuela serán insuficientes para hacer que desaparezcan
del cerebro los recuerdos de la naturaleza libre. Que el colegial salido de la cárcel,
escéptico y extenuado, se aficione a seguir el tortuoso sendero que bordea al arroyo,
que contemple los remolinos de las aguas, que separe las hojas o levante las piedras
para ver salir el agua de los pequeños manantiales, y este ejercicio le hará muy pronto
sencillo de corazón, jovial y cándido.
Y lo mismo que sucede a los jóvenes sucede a los pueblos en su adolescencia. A
miles, los sacerdotes y directores de las naciones, pérfidos o llenos de buenas
intenciones, se han armado del látigo y la mordaza, o bien, con mayor habilidad se
han limitado a hacer repetir en todos los siglos las ideas de obediencia con objeto de
matar las voluntades y envilecer los espíritus; pero, afortunadamente, todos esos
pastores que han querido esclavizar al hombre por el terror, la ignorancia o la
aplastante rutina, no han conseguido crear un mundo a su imagen, no han podido
hacer de la naturaleza un gran jardín de olorosos naranjos, con árboles retorcidos en
forma de monstruos y de enanos, con valles cortados como figuras geométricas y
rocas talladas a la última moda. La tierra, por la magnificencia de sus horizontes, las
frescuras de sus bosques y la pureza de sus fuentes, ha sido y continúa siendo la gran
educadora y no ha cesado de llamar a las naciones a la armonía y a la conquista de la
libertad. Tal monte cuyas nieves y hielos aparecen en pleno cielo por encima de las
nubes, tal bosque en el que el viento ruge, o tal riachuelo que corre susurrante por
prados y valles, han hecho con frecuencia mucho más que formidables ejércitos por
la libertad de un pueblo. Así lo sintieron los antiguos vascos, nobles descendientes de
los íberos, nuestros abuelos: por el anhelo de libertad y altiva valentía, construían sus
residencias al borde de las fuentes, a la sombra de los grandes árboles, y más aún que
su fiereza, el amor a la naturaleza aseguró durante siglos su independencia.
Nuestros otros antepasados, los arios de Asia, adoraban las aguas corrientes, y
desde el origen de las edades históricas, fueron objeto de un culto verdadero. Vivían
en la salida de los hermosos valles que descendían de Palmira, el «techo del mundo»,
sabían utilizar todos los torrentes de agua clara dividiéndolos en numerosos canales,
transformando así en fértiles huertas sus áridas tierras, y si invocaban a las fuentes, si
las ofrecían sacrificios, no era sólo porque el agua fertilizaba sus campos y hacía
crecer sus árboles y calmaba la sed de ellos y sus ganados, sino también, según
decían, porque el agua purifica a los hombres, equilibra las pasiones y calma los
«deseos desmedidos». El agua era quien les evitaba los odios y furias insensatos de

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sus vecinos, los semitas del desierto, y ella era quien les había salvado de la vida
errante fecundando sus campos y alimentando sus cultivos; a ella debían el haber
podido fijar la primera piedra del hogar, y luego, la población y la ciudad,
ensanchando así el círculo de sus sentimientos y sus ideas. Sus hijos, los helenos,
comprendieron la importancia del agua y su influencia decisiva en el origen de las
sociedades, según más tarde demostraron construyendo un templo y levantando la
estatua de un dios al borde de cada una de sus fuentes.
Hasta entre nosotros, últimos descendientes de los arios, subsiste en algunos
puntos un resto de la antigua adoración a las fuentes. Después de la muerte de los
antiguos dioses y la destrucción de sus templos, los pueblos cristianos continuaron en
muchas partes venerando el agua de los manantiales: así en el nacimiento del Cefiso
en Beocia, se ve una al lado de otra, las ruinas de dos ninfeos griegos con sus
elegantes columnas y la pesada arquitectura de una capilla de la Edad Media. En la
Europa occidental algunas iglesias y conventos han sido construídos en la orilla de las
fuentes; pero en muchos más puntos aun, los sitios encantadores en donde
alegremente salen del suelo las aguas cristalinas, han sido maldecidos como parajes
frecuentados por demonios. Durante los dolorosos siglos de la Edad Media, el temor
transformó los hombres, y este sentimiento funesto les hizo ver caras gesticulantes y
ridículas, en donde nuestros antepasados sorprendieron la sonrisa de los dioses,
transformando en antesala del infierno la alegre tierra que para los helenos fué la base
del Olimpo. Los negros sacerdotes, comprendiendo por instinto que la libertad podría
renacer del amor a la naturaleza, habían entregado la tierra a los genios infernales;
habían puesto los demonios y los fantasmas en el mismo punto que antes ocupaban
los dríadas y las fuentes donde en otro tiempo se bañaban las ninfas. Al nacimiento
de las aguas acudían los espectros de los muertos para unir sus sollozos con los
quejidos lastimeros de los árboles y el murmullo del agua al chocar con las piedras;
era también el punto de reunión de las bestias salvajes, en donde por las noches el
siniestro duende se emboscaba detrás de una breña para lanzarse de un salto sobre los
caminantes y convertirlos en cabalgadura suya. En Francia, como en España ¡cuántas
«fuentes del diablo» y «bocas de infierno» existen, no frecuentadas por los
campesinos supersticiosos, y teniendo únicamente de infernal, sin embargo, esas
fuentes temidas y esos antros subterráneos, la majestad salvaje del lugar o la azul
profundidad de sus aguas!
En adelante, a todos los hombres que aman a la vez la poesía y la ciencia, a todos
los que deben trabajar de común acuerdo para el bienestar general, corresponde el
deber de levantar la maldición arrojada sobre las fecundas y encantadoras fuentes por
los sacerdotes de la Edad Media. No adoraremos, es cierto, como nuestros
antepasados, arios, semitas o íberos, el agua transparente que sale a borbotones del
suelo; para manifestar nuestro agradecimiento por la vida y las riquezas que produce

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a las sociedades, no lo construiremos ningún ninfeo, no le dedicaremos ninguna
libación solemne, pero en honor de la fuente haremos más que todo eso.
Estudiaremos en sus aguas, en su espuma, en la arena que arrastra, en las tierras que
disuelve y, a pesar de las tinieblas, remontaremos el curso subterráneo hasta la
primera gota que la roca transpira; a la luz del día la seguiremos de cascada en
cascada, de curva en curva, hasta llegar al inmensa depósito del mar a donde va a
confundirse, y conoceremos con exactitud el papel importante que desempeña en la
historia del planeta. Al mismo tiempo, aprenderemos a utilizarla de un modo
completo en el riego de nuestros campos, convirtiéndola en una de nuestras riquezas,
poniéndola al servicio común de la humanidad, en vez de dejarla arrasar los cultivos
o perderse en pestilentes pantanos. Cuando hayamos, en fin, comprendido a la fuente
con exacta perfección, entonces será nuestra fiel asociada en la obra de
embellecimiento del globo; entonces apreciaremos prácticamente su encanto y su
belleza, y nuestras miradas no serán ya de infantil admiración. El agua, como la tierra
que vivifica, nos parecerá cada día más hermosa en cuanto se haya purificado, no sin
pena, de su larga maldición. Las tradiciones de nuestros antepasados, los ciudadanos
helénicos, que miraban con tanto amor el perfil de los montes, el nacimiento de las
aguas y el contorno accidentado de las orillas del arroyo, han sido vueltas a la vida
por nuestros artistas para la tierra entera como para la fuente, y gracias a esta
resurrección la humanidad florece de nuevo en su juventud y su alegría.
Cuando empezó el renacimiento de los pueblos europeos, un mito extraño se
propagó entre los hombres. Se contaba que lejos, muy lejos, más allá de los límites
del mundo conocido, existía una fuente maravillosa, que reunía las virtudes de todas
las demás fuentes; no sólo curaba los males sino que rejuvenecía y daba la
inmortalidad. El vulgo creyó esta fábula y se puso a buscar la «Fuente dé la
Juventud,» esperando encontrarla, no en la entrada de los infiernos, como la laguna
Estigia, sino al contrario, en un paraíso terrestre, en medio de flores y verdura, bajo
una primavera eterna. Después del descubrimiento del Nuevo Mundo, los soldados
españoles, a millares, se aventuraban con heroísmo inusitado en medio de tierras
desconocidas, a través de los bosques, pantanos, barrancos y montes, y en regiones
pobladas de enemigos; iban siempre adelante, y cada una de sus etapas se marcaba
con la muerte de muchos de ellos; pero los que quedaban avanzaban sin detenerse,
esperando hallar al fin, en recompensa de sus esfuerzos, esa agua maravillosa cuyo
contacto les haría vencer a la muerte. Aun hoy, según se dice, los pescadores
descendientes de los primeros conquistadores españoles dan vueltas alrededor de las
islas del estrecho de las Bahamas, con la esperanza de ver en alguna playa salir a
borbotones la maravillosa agua.
¿Y a qué es debido el que hombres, gozando después, de todo de un excelente
buen sentido y gran fuerza de voluntad, buscaran con tanta pasión la fuente divina

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que debía renovar sus cuerpos y se exponían alegremente a todos los peligros con la
esperanza de encontrarla? Consiste en que nada les parecía imposible a los que
habían visto realizarse las maravillas del Renacimiento. En Italia, los sabios habían
sabido resucitar el mundo griego con sus pensadores y artistas; en la brumosa
Alemania los magos de la verdad habían descubierto la maravilla de hacer grabar el
metal y la madera; los libros se imprimían, y el dominio infinito de las ciencias se
abría así a las masas del pueblo, condenadas en otro tiempo a la obscuridad de la
ignorancia; en fin, los navegantes genoveses, venecianos, españoles y portugueses
habían hecho surgir, como un segundo planeta unido al nuestro, un continente nuevo
con sus plantas, sus animales, sus pueblos y sus dioses. La inmensa renovación de las
cosas había embriagado los espíritus; sólo lo posible parecía quimérico. La Edad
Media desapareció en el abismo de los siglos pasados, y, para los hombres empezaba
una nueva era, más libre y feliz. Los que por el estudio se habían emancipado del
error y las supersticiones, comprendieron que la ciencia, el trabajo y la unión fraternal
podían sólo aumentar el poder de la humanidad y hacerla triunfar definitivamente de
la influencia del pasado; pero los soldados groseros, héroes contra el buen sentido,
iban buscando en el pasado legendario esa gran era de renovación que se abría
precisamente por las conquistas de la observación y la negación del milagro; tenían
necesidad de un símbolo material para creer en el progreso, y este símbolo era el de la
fuente, en donde los miembros del anciano recobraran la fuerza y la belleza. La
imagen que se presentaba naturalmente a su imaginación era la de la fuente, naciendo
a la libertad del fondo tenebroso del suelo y haciendo crecer en seguida sobre sus
orillas frondosas las plantas, las flores y la juventud.

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II. El agua del desierto
Para comprender la importancia que han tenido los manantiales y los arroyos en
la vida de las sociedades, es preciso transportarse, aunque sólo sea con el
pensamiento, a los países donde la tierra avara no deja brotar más que muy raras
fuentes. Acostados blanda y cómodamente sobre la hierba de nuestros prados, cerca
del agua que se escapa a borbotones, es muy fácil abandonarnos a la voluptuosidad de
vivir, contentándonos sólo con los encantadores horizontes de nuestro clima; pero
dejemos nuestro espíritu vagar bastante más allá de los límites donde alcanza nuestra
mirada. Viajemos a capricho lejos de las matas gramíneas que se balancean a nuestro
lado a la otra parte de los álamos que hacen sombra a la fuente, y de los surcos que
rayan la falda de la colina; más allá todavía de las ondulaciones vaporosas de las
crestas que marcan las fronteras del valle y de los blancos jirones de nubes que
festonean el horizonte. Sigamos en su vuelo, al otro lado de los montes y los mares, al
pájaro que se marcha hacia otros continentes. La frente refleja un instante su rápida
imagen pero bien pronto desaparece en el espacio.
Aquí, en nuestros ricos valles de la Europa occidental, el agua corre en
abundancia; las plantas bien regadas, se desarrollan con toda su belleza; las ramas de
los árboles, con su corteza lisa y tierna, están rebosando savia; el aire tibio está
cargado de vapores. Por influencia del contraste, es natural pensar en otras comarcas
menos felices, en las que la atmósfera no produce lluvia, y el suelo, demasiado árido,
da vida raquítica a una insignificante vegetación. En esas regiones es donde las
gentes saben apreciar el agua en su justo valor. En el interior del Asia, en la Península
arábiga, en el Sahara y el desierto del África Central, en las llanuras del Nuevo
Mundo, y hasta en ciertas regiones de España, cada fuente es algo más que el símbolo
de la vida; es la vida misma: que el agua sea abundante y la prosperidad del país se
acrecentará; si la cantidad disminuye o desaparece completamente, los pueblos se
empobrecen o mueren: su historia es la del hilo de agua, cerca del cual construyen sus
cabañas.
Los orientales, cuando tienen ensueños de felicidad, se ven siempre al borde de
un arroyuelo, y en sus cantos celebran, sobre todo, la belleza de las fuentes. Mientras
que en nuestra Europa, con bastante agua para el desenvolvimiento de la vida, nos
saludamos burguesamente preguntándonos por la salud y los negocios, los gallos del
África oriental, se preguntan inclinándose. «¿Has hallado agua?». En el Indostán, al
criado encargado de refrescar la morada rociando el piso, le llaman el «paradisiaco».
En las costas del Perú y de Bolivia, donde el agua pura es muy rara, miran
frecuentemente con desesperación la vasta extensión de las ondas saladas. La tierra
árida tiene un color amarillo, el cielo es azul o de un color de acero. Sucede a veces
que una nube se forma en la atmósfera: inmediatamente, las gentes se juntan para

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seguir con la mirada el hermoso lienzo de vapor que se deshace en el espacio sin
resolverse en lluvia. No obstante, después de meses y años de espera, un feliz
movimiento del aire funde en agua a la nube sobre las arideces de la costa. ¡Qué
alegría, ver caer el chaparrón tanto tiempo esperado! Los niños salen de la casa para
recibir la lluvia sobre sus cuerpos desnudos y se bañan en las charcas lanzando gritos
de alegría; los adultos esperan impacientes el final de la tormenta para salir al aire
libre y gozar del contacto con las moléculas húmedas que flotan todavía en la
atmósfera. La lluvia que acaba de caer va a renacer por todas partes, no en fuentes,
sino cambiada por la maravillosa química del suelo, en verdura, en flores y en
aromas, para transformar durante algunos días el desierto árido en hermoso prado.
Por desgracia, esas hierbas se secan en muy pocas semanas, la tierra se calcina de
nuevo, y los habitantes, afligidos, se ven obligados a ir en busca del agua necesaria, a
las llanuras lejanas cubiertas de eflorescencias salitrosas. El agua se deposita en
grandes tinajas, y les gusta mirarse en ella, lo mismo que en nuestros felices climas
podemos hacer en el mágico espejo de nuestras fuentes.
El extranjero que se aventura por ciertos pueblos del alto Aragón, construídos
sobre las cumbres de los montes que sirven de base a los Pirineos lo mismo que rocas
a punto de rodar hasta el valle, se ve sorprendido por la tierra roja que cimenta las
piedras irregulares de las miserables casuchas. Supone que la roja argamasa se ha
amasado con arena rojiza, pero no es así; los constructores, avaros de su agua, han
preferido hacer el mortero con vino. La cosecha del año anterior ha sido buena, sus
bodegas están llenas de líquido, y si se quiere colocar la nueva cosecha, no tiene otro
recurso que vaciar una buena parte. Para ir en busca del agua, muy lejos en el valle, al
pie de las colinas, sería necesario perder días enteros y cargar numerosas caravanas
de mulas. En cuanto a servirse del agua que cae gota a gota por la hendidura de la
roca inmediata, es un sacrilegio en el cual nadie piensa. Esta agua, las mujeres que
van todos los días a recogerla en sus cántaros, la conservan con un amor religioso.
¡Cuánto más viva todavía debe ser la admiración que por el agua siente el viajero
que atraviesa el desierto de piedras o de arena, y que ignora si tendrá la suerte de
hallar un poco de humedad en algún pozo, cuyas paredes están formadas con huesos
de camello! Llega al punto indicado, pero la última gota acaba de ser evaporada por
el sol; ahonda el húmedo suelo con la punta de su lanza; todo inútil, la fuente que
buscaba no volverá a tener agua hasta la próxima temporada de lluvias. ¿Qué tiene,
pues, de extraño que su imaginación, siempre obsesionada por la visión de las
fuentes, dirigida hacia la imagen de las aguas, se las haga aparecer repentinamente?
El espejismo no es sólo, tal como lo dice la física moderna, una ilusión de la vista
producida por la refracción de los rayos del sol al través de un plano en el que la
temperatura no es en todas partes la misma; es también con frecuencia una
alucinación del fatigado viajero. Para él, el colmo de su felicidad sería ver aparecer a

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sus pies mismo un lago de agua fresca, en el cual pudiera al mismo tiempo que
calmar su sed, refrescar su cuerpo, y tal es la intensidad de su deseo, que transforma
su ensueño en una imagen visible. El hermoso lago que describe en su pensamiento,
se le aparece al fin reflejando a lo lejos la luz del sol y presentando a su vista la orilla
dilatada hasta el horizonte, poblada de tupidas y elegantes palmeras. Dentro de
algunos minutos nadará voluptuosamente en sus aguas, y ya que no puede gozar de la
realidad, disfruta al menos con la ilusión.
¡Qué momento de entusiasmo y alegría aquel en que el guía de la caravana,
dotado de vista más penetrante que sus compañeros, divisa en el horizonte el punto
negro que le revela el verdadero oasis! Lo señala con el dedo a los que le siguen, y
todos sienten en el mismo instante disminuir la laxitud: la vista de ese pequeño punto
casi imperceptible ha sido suficiente para reparar sus fuerzas y cambiar en alegría su
desesperación; las caballerías alargan el paso, porque también ellas saben que la
terrible jornada va a tener pronto fin. El punto negro aumenta poco a poco; ahora se
presenta ya como una nube indecisa, contrastando por su color negro con la
superficie inmensa del desierto de un color rojo deslumbrador; luego la nube se
extiende y se levanta sobre la llanura: es un bosque, sobre el cual empiezan a
distinguirse las redondas cimas de las palmeras, parecidas a bandadas de gigantescos
pájaros. Al fin, el viajero penetra bajo la alegre sombra, y ahora sí que es agua, agua
verdadera, lo que oye murmurar al pie de los árboles. ¡Pero qué cuidado religioso
ponen los habitantes del oasis en utilizar hasta la última gota del precioso líquido!
Dividen el nacimiento en una multitud de pequeños regueros, con objeto de esparcir
la vida sobre la mayor extensión posible, y trazan a todas estas pequeñas venas de
agua el camino más recto hacia las plantaciones y los cultivos. Empleada así hasta la
última gota, la fuente no va a perderse en el arroyo y en el desierto: sus límites son
los del oasis mismo; donde crecen los últimos arbustos, allí acaban las últimas
arterias del agua, absorbida por las raíces para transformarla en savia. ¡Extraño
contraste el de las cosas! Para los que habitan el oasis es este un presidio; para los que
lo divisan de lejos o lo ven sólo con la imaginación, es un paraíso. Sitiado por el
inmenso desierto, donde el viajero desorientado sólo halla hambre, sed, la locura, o
tal vez la muerte, los habitantes del oasis son además diezmados por las fiebres que la
pestilencia de las aguas producen, al pie mismo de las poéticas palmeras. Cuando los
emperadores romanos, modelo de todos los que les han sucedido en la historia de la
autoridad, tenían interés en deshacerse de un enemigo sin necesidad de derramar
sangre, se limitaban a desterrarlos a un oasis, y poco tiempo después tenían la alegría
de saber que la muerte había hecho rápidamente el servicio esperado. Y no obstante,
esos oasis mortíferos, gracias a sus aguas cristalinas y al contraste que ofrecen con las
soledades áridas, hacen surgir en el hombre la idea de un lugar de delicias y han
llegado a ser el símbolo mismo de la felicidad. En sus viajes de conquista a través del

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mundo, los árabes, deseosos de crearse una patria en todas las comarcas a donde les
llevaba el amor de conquista y el fanatismo de la fe, intentaron crear por doquier
pasaban pequeños oasis. ¿Qué son en Andalucía esos jardines encerrados entre las
tristes murallas de un alcázar moro, sino miniaturas del oasis, que les recordaban los
del desierto? Por el lado de la población y de sus calles llenas de polvo, las altas
murallas coronadas de almenas y agujereadas de trecho en trecho por algunas
angostas aberturas, presentan un aspecto terrible; pero cuando se ha penetrado en el
recinto y se han pasado las bóvedas, los corredores y las arcadas, se nos presenta el
jardín rodeado de elegantes columnas que recuerdan los esbeltos troncos de las
palmeras. Las plantas trepadoras se enlazan en los fustes de mármol, las flores llenan
el reducido espacio con su perfume penetrante, y el agua, poco abundante, pero
distribuida con el mayor arte, cae como perlas sonoras en el vaso de la fuente.
En presencia de las hermosas fuentes de nuestro clima, cuya agua nos apaga la
sed y nos enriquece, se nos ocurre preguntar cuál de los agentes naturales de la
civilización ha hecho más para ayudar a la humanidad en su lento desenvolvimiento.
¿Es acaso el mar con sus aguas pobladas de vidas, con sus playas, que fueron los
primeros caminos empleados por el hombre, y su superficie infinita excitando en el
bárbaro el deseo de recorrerla de una a otra orilla? ¿Es acaso el monte con sus altas
cimas, que son la belleza de la tierra, sus profundos valles, donde los pueblos hallan
abrigo, su atmósfera pura, que da a los que la respiran una alma fuerte? ¿O será tal
vez la humilde fuente, hija del mar y de los montes? Sí; la historia de las naciones nos
enseña cómo la fuente y el arroyo han contribuido directamente al progreso del
hombre más que el océano, los montes y toda otra parte del gran cuerpo del planeta
que habitamos. Costumbres, religiones, estado social, dependen, sobre todo, de la
abundancia de aguas corrientes.
Según una leyenda oriental, fué a la orilla de una fuente del desierto donde los
legendarios antepasados de las tres grandes razas del antiguo mundo cesaron de ser
hermanos para convertirse en enemigos. Los tres, fatigados por la marcha a través de
la arena, se sentían morir de calor y de sed. Llenos de alegría al divisar una fuente,
corrieron para arrojarse en sus aguas. El más joven que llegó primero, salió
transformado; su color, negro como el de sus hermanos antes de sumergirse en la
fuente, había tomado el color de un blanco rosado, y sobre sus espaldas brillaban
rubios cabellos. El agua desaparecía por momentos, y el segundo hermano no pudo
bañarse por entero; no obstante, se revolcó sobre la arena húmeda, y su piel se tiñó de
un color dorado. A su vez el tercero se arrojó en la balsa, poro no quedaba ya ni una
gota de agua. El desgraciado se agitaba inútilmente queriendo beber y humedecer su
cuerpo; pero sólo las plantas de los pies y las palmas de sus manos, apretando la
arena se humedecieron un poco y adquirieron un matiz ligeramente blanco.
Esta leyenda relativa a los habitantes de los tres continentes del Antiguo Mundo,

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nos cuenta, tal vez en forma velada, cuáles son las verdaderas causas de la
prosperidad de las razas. Las naciones de Europa han llegado a ser las más morales,
las más inteligentes y las más felices, no porque lleven en sí preeminencia alguna,
sino porque gozan de un mayor número de ríos y fuentes, y sus cuencas fluviales
están más felizmente distribuídas. El Asia, donde muchos pueblos son del mismo
origen ario que las principales naciones de Europa, tiene una historia mucho más
antigua, y ha hecho, no obstante, menos progresos en civilización y poderío sobre la
naturaleza porque sus canales de riego están peor distribuídos, y porque vastos
desiertos separan sus fértiles valles. Y el África, continente informe, poblado de
desiertos, de mesetas, de llanuras tostadas por el sol, y de pantanos, hace largos siglos
que es la tierra desheredada a causa de la falta de fuentes y de ríos. Pero a pesar de
los odios y las guerras, en auge todavía, los pueblos se hacen más solidarios cada día,
y saben ya comunicarse sus privilegios para hacer de ellos un patrimonio común;
gracias a la ciencia y a la industria que se propagan de día en día, saben ya hacer
brotar el agua donde nuestros antepasados no sabían hallarla, y poner en
comunicación unos ríos con otros, aunque estén muy distantes. Los tres primeros
hombres se separaron enemigos en la fuente de la Discordia, pero la misma leyenda
añade que se reconciliaron un día en el manantial de la Igualdad, para ser eternamente
hermanos.
En las regiones predilectas del sol, donde tradiciones y mitos van a buscar la
mayor parte de las causas de la civilización de las naciones, es alrededor de la fuente,
condición principal de la vida, donde afirman que por vez primera se reunieron los
hombres. En medio del desierto, la tribu vive aprisionada en el oasis; forzosamente
agrícola, los límites de su territorio están marcados por el alcance que el agua tiene.
Las estepas de abundante hierba, más fáciles de atravesar que el desierto, no
mantienen en cautiverio a las tribus, y los pastores nómadas conduciendo sus
rebaños, viajan, según la temporada, de un extremo a otro de la llanura; pero los
puntos de reunión son siempre las fuentes, y de la mayor o menor abundancia del
manantial depende el poderío de la tribu. La institución patriarcal de los semitas del
Asia occidental y de las demás razas del mundo, es debida sobre todo a la carencia de
manantiales.
La altiva ciudad griega, y con ella la admirable civilización de los helenos, que
continuará resplandeciente a través de la historia, se explica también en gran parte
por la forma del Hélada, donde numerosos lagos, separados unos de otros por colinas
y elevadas montañas, tienen cada uno su pequeña familia de arroyuelos y de valles.
¿Se puede imaginar Esparta sin el Eurotas, Olimpia sin el Alfeo y Atenas sin el Iliso?
Además, los poetas griegos supieron reconocer lo que debía su patria a esas pequeñas
corrientes de agua que un salvaje de América ni siquiera se dignaría mirar. Los
aborígenes del Nuevo Mundo desprecian al arroyo porque ven correr con su terrible

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majestad los grandes ríos como el Madeira, el Tapajoz y el Amazonas; pero esas
enormes masas de agua no las comprenden ni siquiera lo necesario para apreciar su
potencia, y al contemplarlas se quedan como estúpidos. El griego, al contrario, lleno
de gratitud por el más insignificante hilillo de agua, lo deificaba como una fuerza
natural; le construía templos, le erigía estatuas y acuñaba medallas en su honor. Y el
artista que grababa o esculpía esos rasgos divinizados, comprendía tan perfectamente
las virtudes íntimas de la fuente, que, al ver la imagen los ciudadanos que corrían a
contemplarla, la reconocían inmediatamente.
¡Cuán célebres son los nombres de los pequeños arroyuelos del Hélada y del Asia
Menor así transfigurados por los escultores y los poetas! ¡Cuando el viajero
desembarca en el Helesponto, sobre las mismas playas donde Ulises y Aquiles
sacaron sus embarcaciones sobre la arena; cuando apercibe el llano que en otro
tiempo sostenía las murallas de Troya y ve su propia imagen reflejarse, bien en los
famosos manantiales del Escamandro, o en el agua cristalina del pequeño río Simois,
donde estuvo a punto de perecer el valiente Ajax, bien pobre es su imaginación y bien
rebelde su corazón si no se siente profundamente conmovido en presencia de esas
aguas que el viejo Homero ha cantado! ¿Quién no se sentirá conmovido al visitar esas
fuentes de Grecia, con sus hombres armoniosos de Caliroe, Mnemosina, Hipocrene,
Castalia?… El agua que entonces manaba y que continúa naciendo todavía, es la que
los poetas miraban con amor como si la inspiración hubiera salido del suelo al mismo
tiempo que las fuentes; a esos hilillos transparentes iban a beber, pensando en la
inmortalidad y queriendo leer el destino de sus obras en los rizos de la pequeña
laguna y en las pequeñas ondulaciones de la cascadita.
¡No es posible que haya un viajero que no se deleite recordando esas célebres
fuentes, si ha tenido la felicidad de contemplarlas un día! Yo recuerdo todavía con
verdadera emoción las horas y los minutos en que, cual humilde amante de las
fuentes, pude dirigir mi mirada hacia las aguas puras de los manantiales de la Sicilia
griega, y sor prender en su alegre nacimiento, acariciados por la luz del sol, los
pequeños torrentes Aeis y Amenanos, y los borbotones transparentes de Cianea y
Aretusa. Es cierto que estas fuentes son hermosas, pero me parecían mil vecen más
encantadoras al recordar que muchos millones de hombres ya desaparecidos, las
habían admirado como yo: una especie de piedad filial me hacía participar de los
sentimientos de todos aquellos, que desde el juicioso Ulises, se habían detenido al
borde de esas aguas para satisfacer su sed, o tan sólo para contemplar la profundidad
azul y la cristalina corriente. El recuerdo de los pueblos que se habían unido
alrededor de esas fuentes, y cuyos palacios y templos se habían reflejado temblando
sobre la rizada superficie, se mezclaba para mí con el murmullo de la fuente saliendo
fuera de su cárcel calcárea o de lava. Los pueblos han sido destruidos; diversas
civilizaciones se han sucedido con su flujo y reflujo de progreso y decadencia; pero la

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fuente, con su voz clara, no cesa un instante de contar la historia de las antiguas
ciudades griegas: más aun que la grave historia, las fábulas con las que los poetas han
adornado la descripción de las fuentes, sirven en nuestros días para resucitar ante
nosotros las pasadas generaciones. El riachuelo Acis que festejaban Galatea y las
ninfas del bosque y que el gigante Polifemo medio enterró entre las rocas, nos habla
de una erupción del Etna, el gigante terrible, con la mirada de fuego, encendida sobre
la como el ojo fijo del Ciclope; Cifanelo o el Azulado que se coronaba de flores
cuando el negro Platón vino a llevarse a Proserpina para abismarse con ella en las
cavernas del infierno, nos hace aparecer los dioses jóvenes en la época de sus amores
con la tierra virgen todavía; la encantadora Aretusa que la leyenda nos dice haber
venido de Grecia nadando a través de las olas del mar Jónico, siguiendo la estela de
las embarcaciones dóricas, nos cuenta la emigración de los colonos griegos en su
marcha gradual de progreso hacia Occidente. Alfeo, el río de Olimpia, corriendo en
persecución de la bella Aretusa, había también salvado el mar y mezclado sus aguas,
en las costas de Sicilia, con la onda adorada de la fuente. Según dicen los marinos, se
ve a veces al Alfeo levantarse sobre el mar en grandes borbotones, cerca de los
muelles de Siracusa, y en su corriente arremolina las hojas, las flores y los frutos de
Grecia. La naturaleza entera, con sus aguas y sus plantas, había seguido al heleno a su
nueva patria.
Más cerca de nosotros, en el Mediodía de Francia, pero también sobre esas
vertientes del Mediterráneo que, por sus rocas blancas, su vegetación y su clima se
parece más al África y a Siria que a la Europa templada, una fuente, la de Nimes, nos
cuenta las bienandanzas del agua de los manantiales. Fuera de la población, se abre
un anfiteatro de rocas poblado de pinos, cuyas cimas superiores están inclinadas por
el viento que baja de la torre Magua: en el fondo de este anfiteatro, entre murallas
blancas con balaustres de mármol es donde aparece la balsa de la fuente. Alrededor se
ven algunos restos de construcción antigua. En la orilla misma se levantan aun las
ruinas de un templo de las ninfas que se creía en otro tiempo haber sido consagrado a
Diana, la diosa casta, a causa, sin duda, de la belleza de las noches, en las que se
refleja sobre las aguas el disco de la luna rielante y tembloroso. Bajo la terraja del
templo, un doble hemiciclo de mármol rodea la fuente y sus gradas, donde las
jóvenes iban en otro tiempo a aprovisionarse de agua, bajan hasta hundirse en el
líquido cristalino. La fuente es de un azul insondable a la mirada. Saliendo del fondo
de un abismo abierto como un embudo, la masa de agua se ensancha subiendo y se
extiende circularmente en la superficie. Como un enorme ramo de verdura que
sobresale del jarro, las hierbas acuáticas con sus plateadas hojas que crecen al borde
de la fuente, y las algas de limo con sus largas cuerdas enguirnaldadas cediendo a la
presión del agua que rebasa, se doblan hacia afuera por el borde del estanque; por
entre su espesa capa la corriente se escapa abriendo anchos regueros con su cauce

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adornado de flotantes serpentinas. Al escaparse del tazón de la fuente, el arroyo acaba
de nacer; se sumerge a lo lejos bajo bóvedas sonoras, se precipita en pequeñas
cascadas por entre los troncos sombreados de grandes castaños; luego, encerrado en
un canal de piedra, atraviesa la ciudad, de la que es arteria de vida, y más lejos,
cargado de sedimentos impuros, se corrompe, convertido en canal de inmundicias.
Sin la fuente que le alimenta, Nimes no se hubiera fundado; y si las aguas se
extinguieran, la ciudad dejaría tal vez de existir: en los años de sequía, cuando el
manantial arroja tan sólo un hilito de agua, los habitantes emigran en gran número.
Sin duda, los naturales de Nimes podrían traer de lejos a sus calles y plazas muchas
otras fuentes y hasta un brazo del Ardeche o el Ródano; pero ¡en cuántos trabajos
fútiles no distraen su actividad sin pensar antes en procurarse lo indispensable, es
decir, agua abundante para proporcionarse con ella bienestar e higiene! Como para
burlarse de su propia incuria, los nimeses han erigido en una de sus plazas, la más
árida y llena de polvo, un grupo magnífico de ríos adornados con tridentes y
arroyuelos coronados de nenúfares; pero, a pesar de ese fausto escultural, el único
recurso es siempre la fuente venerada, hermosa y pura como en los días en que sus
antepasados los galos construyeron la primera cabaña al borde mismo de sus aguas.
En los países del Norte, regados casi todos con abundancia por fuentes, arroyos y
ríos, los manantiales no han atraído hacia ellos, como las fuentes del Mediodía, la
poesía de las leyendas y la atención de la historia. Como bárbaros que miramos sólo
las ventajas del tráfico, admiramos el río caudaloso en proporción al número de sacos
o toneladas que transportan durante el año, y apenas si nos ocupamos de los ríos
secundarios que lo forman y de las fuentes que los alimentan. Entre los muchos
millones de hombres que habitan en las orillas de los grandes ríos de la Europa
occidental, sólo algunos millares, en sus paseos o viajes, se dignan desviarse un poco
de su camino para ir a contemplar las fuentes principales del río que riega sus ricas
tierras de la vega donde nacieron, pone en movimiento sus fábricas y mantiene a flote
las embarcaciones. Algunas fuentes, admirables por la transparencia de sus aguas y
por el encanto del paisaje que las rodea, permanecen completamente ignoradas para
los burgueses de la ciudad vecina, que, fieles a las rutinas en boga, van todos los años
a llenarse de polvo por las calles y caminos de las ciudades en moda. Como viven una
existencia artificial, han olvidado completamente a la naturaleza y no saben siquiera
abrir los ojos para contemplar el horizonte, ni mirar lo que existe en donde ponen sus
pies. ¡Poco nos importa! ¿Es acaso la naturaleza menos hermosa porque ellos la
miren con indiferencia? ¿Porque jamás se hayan dignado mirarlas, son menos
encantadoras las pequeñas fuentes que nacen susurrantes en medio de las flores y el
poderoso manantial que se escapa a borbotones de las concavidades de la roca?

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III. El torrente de la montaña
Entre los innumerables arroyos que corren por la superficie de la tierra y se
precipitan en el mar o se reúnen para formar grandes ríos, éste, cuyo curso vamos a
seguir, no tiene nada que particularmente atraiga la atención de los hombres. No sale
de altos montes cubiertos de hielo; sus orillas no aparecen pobladas de una especial
vegetación; su nombre no es tampoco célebre en la historia. No obstante, es
encantador, ¿pero qué arroyo no lo es, a menos de que corra por fétidas tierras
pantanosas, por el desagüe de las ciudades o que sus orillas no hayan sido afeadas por
un cultivo sin arte?
Los montes de donde nacen aguas del arroyuelo son de una mediana elevación:
verdes hasta la cima, aparecen afelpados por los prados de sus hondonadas; las
pequeñas colinas que le rodean están pobladas de bosque, y los terrenos para el
pastoreo, medio cubiertos por los azulados vapores del aire, tapizan las altas
pendientes. Una cima de ancho lomo domina las demás cumbres, que, alineándose en
larga fila, forman una prolongada cadena de colinas entre los valles laterales. Las
bruscas escarpaduras y los promontorios avanzados, no permiten encerrar el paisaje
en una mirada: al pronto sólo se ve una especie de laberinto donde depresiones y
alturas alternan sin orden; pero si voláramos como los pájaros, o si nos
balanceáramos en la barquilla de un globo, se vería que los límites de las vertientes se
redondean alrededor de todas las fuentes del arroyo como un anfiteatro, y que los
barrancos abiertos en la vasta redondez se inclinan y convergen para reunirse en un
valle común. La cadena principal de las alturas forma el borde más elevado del circo;
otros dos lados los forman cadenas laterales que, bajando gradualmente, se alejan de
la grande arista, y algunas pequeñas colinas se aproximan para cerrar el circo
paralelamente a los grandes montes; dejan, sin embargo, una abertura por la cual se
escapa el arroyo.
Los montes, diferentes por su elevación, lo son también por la naturaleza de los
terrenos, el perfil y el aspecto general. La cima más elevada, que parece el pastor del
rebaño de montes, es una ancha cúpula con resistentes bases; la masa de granito,
oculta bajo las plantas, se revela por los majestuosos movimientos de la verdura que
forma su relieve. Otras cimas más humildes, enseñan en las inmediaciones sus largas
crestas como dientes de sierra gigantesca en rápidos declives: son asientos
esquistosos que el cono central de granito ha formado al levantarse. Más lejos
aparecen alturas calcáreas, cortadas verticalmente y se continúan por vastas mesetas
ligeramente redondeadas. Cada cima tiene su vida propia; como un ser distinto, tiene
su osamenta particular y su forma exterior correspondiente; cada arroyuelo que corre
por sus flancos tiene su curso y accidentes particulares y su lenguaje, su murmullo y
su estruendo propio.

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La fuente que nace a mayor altura es la que brota del pico más elevado y la que
por consecuencia recorre más espacio hasta llegar al valle. Con frecuencia, en los días
lluviosos, y hasta en los que están los campos alumbrados por un sol hermoso, hemos
visto, a una distancia de varias leguas, formarse la fuente en las alturas del aire.
Una nube blanca se levanta como una humareda de la cima lejana, crece poco a
poco o rápidamente y cubre los prados, dividiéndose en jirones impelida por el
viento. «El monte se pone el sombrero», dice el campesino, y ese sombrero de nubes
no es otra cosa que la fuente bajo diferente forma: después de haber sido nube, niebla
y lluvia, reaparece ya fuente algunos cientos de metros más abajo de la cima por una
hendidura de la roca o por un ligero repliegue del terreno.
Durante el invierno y parte de la primavera, el viento deposita en las alturas en
forma de nieve el agua que ha de brotar del suelo como fuente permanente. Las nubes
grises que se pegan al suelo de la cumbre, no se evaporan sin dejar huellas de su
paso; en el punto donde antes se veía la verde dehesa se extiende ahora un vasto
lienzo de blanca nieve. Esta blanca capa de copos, es todavía, bajo una nueva forma,
la nube de vapor que se condensaba en el espacio, que bien pronto será el arroyo que
se dirija alegremente hacia la llanura. Mientras que la superficie de la nieve caída se
endurece por el frío del invierno, sobre todo durante las noches, un sordo trabajo se
realiza debajo del gran laboratorio del monte: las gotas que el sol ha fundido durante
el día, penetran en el suelo hasta las rocas de granito y de un grano de arena a otro, y
del cristal de cuarzo a la molécula de arcilla, desciende imperceptiblemente por la
pendiente; se juntan unas gotas a otras, se hacen más gruesas, a su vez éstas se reúnen
y se forman hilillos de agua que corren subterráneamente por entre las raíces del
césped o por las fisuras de la roca subyacente. Luego, cuando llegan los primeros
calores del verano, la nieve se funde rápidamente en agua, para aumentar el caudal de
las corrientes ocultas, y la hierba, que parece abrasada por un incendio, reaparece a la
luz y adquiere nuevamente su color verde.
Si el monte tuviera grietas profundas, las aguas se sumergirían por las hendiduras
y no reaparecerían sino muy lejos en la llanura, o hasta pudiera ser que no renacieran
otra vez; pero no, la roca es compacta y sólo ligeramente hendida en la superficie; el
agua corriente no se introduce mucho en el monte y héla nuevamente, de una
depresión del suelo, salir en pequeños borbotones levantando granillos de arena y
balanceando blandamente las verdes hojas del berro. Es cierto que la hermosa fuente
no es abundante, sobre todo durante los calores del verano, cuando sólo queda en la
tierra la humedad de las nubes y la niebla; acostándose en el suelo para beber en la
fuente, se ve disminuir su recipiente a medida que los labios la absorben; pero el
pequeño depósito medio vacío se llena de nuevo, y el agua pura se desborda por la
pendiente para emprender su viaje por el mundo exterior.
La fuente más alta y el césped que la rodea son el paraje más delicioso de todas

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las montañas. Allí se está en el límite de dos mundos; de un lado, por encima de los
promontorios poblados de vegetación exuberante, aparece el valle frondoso con sus
cultivos, sus casas, sus aguas tranquilas, y la bruma indistinta que allá lejos pesa
sobre la ciudad; por el otro lado, se extienden las laderas solitarias y el pico bañado
en el profundo azul del cielo. El aire es fortificante y suave: se sienten deseos de
lanzarse al espacio, y cuando se divisa el águila volando a lo lejos sostenida por sus
fuertes alas, llegamos casi a preguntarnos por qué nosotros no volamos también,
como ella, sobre los montes y los llanos, mirando desde arriba las pequeñas obras de
los hombres. ¡Cuántas veces, más por la voluptuosidad de ver que por las dulzuras
del reposo, me he sentado cerca del alto manantial del monte, apartando mis miradas
de la discreta fuente para dirigirlas hacia ese mundo que se difuminaba a lo lejos
dentro del gran círculo del horizonte!
De la pequeña laguna de la fuente se escapa un chorrito de agua que desaparece
entre las hendiduras del suelo y por entre las raíces del césped para aparecer y
desaparecer alternativamente, produciendo el efecto de una serie de fuentes
escalonadas. A cada salida, la pequeña corriente adquiere una fisonomía nueva; choca
contra el saliente de una roca y salta en grupos de perlas; se rompe entre las piedras,
luego se extiende en un pequeño rellano arenoso, lanzándose en seguida en una
pequeña cascada cuyas gotas, separadas en el salto, van a mojar las hierbas de la
orilla. A derecha e izquierda, nuevos manantiales vienen a aumentar el caudal
uniéndose a la principal corriente, y muy pronto la masa líquida es bastante
abundante para poder correr por la superficie: cuando en su curso llega a una roca
inclinada, se extiende ampliamente en un vasto lienzo, que se puede ver desde el
llano a algunos kilómetros de distancia. Esa agua que cae resbalando por la piedra, y
que el sol hace brillar, aparece a lo lejos como una placa de pulido metal.
Descendiendo sin cesar y creciendo constantemente, el arroyo se vuelve
estrepitoso; cerca del nacimiento apenas si su arrullo era perceptible; en ciertos
puntos, para oír el susurro de las aguas es preciso prestar mucha atención, escuchando
de un modo indefinido el pequeño estremecimiento de la hierba y el choque
insensible contra las pequeñas piedras; pero he aquí que el pequeño arroyo habla con
voz clara, luego se hace ruidoso, y cuando corre por rápidas pendientes o se arroja en
cascadas, su ruido lo repercuten los ecos del bosque y las concavidades del monte.
Más abajo todavía, sus saltos producen el ruido del trueno, y hasta en los parajes de
su curso donde el cauce es casi horizontal, el arroyo muge y produce sordos
murmullos al rozar en las orillas y arrastrarse sobre el fondo sinuoso. Al principio
sólo arrastra pequeños granos de arena; luego, más fuerte ya, mueve los pequeños
guijarros; y ahora arrastra en su marcha piedras enormes que chocan unas con otras
produciendo sordos ruidos; mina en su base las paredes de la roca que le aprisionan, y
hace caer masas de tierra y piedra, rompiendo las raíces de los árboles que le prestan

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su sombra.
Así, la pequeña hebra líquida, apenas perceptible, se ha cambiado en arroyuelo, y
más tarde en verdadero torrente. Con los nuevos barrancos tributarios aumenta el
caudal de sus aguas, e impetuoso y alborotador, sale al fin de los desfiladeros del
monte para correr más lentamente por el ancho valle dominado sólo por las
redondeadas colinas. El intrépido explorador que ha seguido su curso desde su
nacimiento hasta la superficie menos accidentada del valle, ha visto, durante su largo
descenso, en muchas partes peligroso, las más bruscas desigualdades del terreno, con
sus inesperadas diferencias de inclinación: a los rellanos en donde el agua parece
estancada, suceden repentinamente los precipicios perpendiculares donde el arroyo se
arroja furioso; abismos, declives más o menos rápidos, superficies horizontales,
aparecen sin orden aparente a primera vista; y, sin embargo, cuando el geógrafo, sin
hacer caso de detalles, calcula y traza sobre el papel la curva descrita por el arroyo
desde la fuente situada en la región de los pastos hasta el valle frondoso, se ve que
esta curva es de una regularidad casi perfecta. El torrente trabaja sin descanso para
formarse un cauce, y, rebajando los salientes y llenando de arena y arcilla los
agujeros de la roca, ha conseguido determinar una parábola regular, parecida a la que
describe un carro bajando desde lo alto de una montaña rusa.

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IV. La gruta
Al pie de un promontorio de base escarpada y redonda cima, poblado de grandes
árboles, el torrente de la montaña viene a chocar con otro arroyo, casi tan abundante,
y como él, corriendo y saltando por un plano excesivamente inclinado. Las aguas del
afluente, que se mezclan a las más caudalosas corrientes, formando anchos
torbellinos bordeados de espuma, son de una pureza cristalina; ni una molécula de
arcilla enturbia su transparencia, y por el fondo de limpia roca, ni siquiera se arrastra
un grano de arena. La masa líquida no ha tenido todavía tiempo para ensuciarse,
derribando las orillas y mezclándose con el barro que el suelo rezuma; acaba da salir
del seno de la colina, y lo mismo que corría por un cauce tenebroso, salta ahora
transparente de luz y de alegría.
La gruta de donde sale el arroyo no está lejos del confluente; apenas se han
andado algunos pasos, cuando se ve ya, por entre las ramas que se cruzan, la puerta
grande y negra que da acceso al templo subterráneo. El umbral aparece cubierto por
el agua que se esparce en raudal sobre las piedras amontonadas; pero saltando de uno
a otro saliente de las rocas o sobre las piedras que el agua no llega a cubrir, se puede
penetrar en la gruta y seguir junto a la corriente, una estrecha y resbaladiza cornisa
por la cual se puede ascender, no sin peligro.
A los pocos pasos se siente el curioso transportado a otro mundo. Un frío húmedo
sorprende repentinamente; el aire estancado, donde los bienhechores rayos del sol no
penetran jamás, tiene yo no sé qué de agrio, como si no lo debieran respirar los
pulmones humanos; el murmullo del agua repercute en ecos lejanos por sonoras
cavidades, y parece oírse a las rocas lanzar clamores, unas repercutiendo a lo lejos, y
otras exhalando sordos y delicados suspiros en las subterráneas galerías. Todos los
objetos adquieren formas fantásticas: cualquier orificio practicado en la roca se nos
antoja un abismo; la convexidad insignificante que aparece en la regularidad de la
bóveda adquiere las proporciones de un monte derribado; las concreciones calcáreas
entrevistas aquí y allá toman el aspecto de monstruos enormes; un murciélago que
vuela, cualquier cosa que se desprende, nos produce un extremecimiento de horror.
No es esto el palacio encantado, rico y espléndido que nos describe el poeta árabe de
las Mil y una noches; es, al contrario, un antro sombrío y siniestro, un lugar terrible.
Esta sensación la sentiremos, sobre todo, si para gozar como artistas de la
emoción del espanto, que experimenta hasta el hombre más fuerte y bravo al entrar en
una caverna, nos atrevemos a penetrar sin compañero y sin guía: sin la emulación que
proporciona la compañía de los amigos, sin el amor propio que nos induce a adoptar
una actitud audaz, sin el embriagamiento ficticio que producen las exclamaciones, el
eco de las voces, la luz de las antorchas, sólo osamos marchar con el santo terror del
griego al entrar en el infierno. A cada momento volvemos atrás la mirada para ver la

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hermosa luz del día: como en un cuadro, el paisaje sonriente y vaporoso aparece entre
las sombrías paredes, festoneadas en la entrada de hiedra y de viña virgen.
A medida que se avanza, el foco luminoso disminuye gradualmente; de repente,
una salida de la roca nos oculta la luz, y sólo una claridad mortecina se refleja sobre
las paredes y pilares de la caverna. Luego penetramos en la obscuridad sin fondo de
las tinieblas, y, para guiarnos, sólo tenemos la incierta y caprichosa luz de las
antorchas. El viaje es penoso y parece largo a causa del temor a lo desconocido que
llena las simas y las galerías. En ciertos parajes, sólo se puede avanzar con mucha
pena: es preciso entrar en el cauce de la corriente y tenerse en equilibrio sobre las
piedras resbaladizas; más lejos, la bóveda se rebaja por una curva repentina, y sólo
deja un estrecho paso, que es preciso atravesar arrastrándose. Se sale del paso lleno
de barro, y se sube a una roca escalonada, por cuyas desiguales gradas se asciende
temblando. Las salas, con bóvedas inmensas, suceden a los desfiladeros y éstos a las
salas; montones de piedras desprendidas del techo se levantan como islas en medio
del agua. El riachuelo, siempre variando, diferente siempre, salta sobre las rocas; en
algunos puntos se extiende como tranquila laguna, turbada sólo por las gotas que
caen por las grietas de la bóveda. Más arriba, se oculta por el asiento de una piedra; ni
siquiera se oye el ruido, pero en una curva violenta, aparece de nuevo saltando
rápidamente, hasta que, por fin, se llega ante una estrecha abertura, de donde el agua
sale como por la boca de un tubo. Al llegar aquí, nuestro viaje, siguiendo el curso del
arroyo, se ve forzosamente detenido.
Sin embargo, la gruta se ramifica hasta el infinito en las profundidades del monte.
A derecha e izquierda se abren, como bocas de monstruo, las negras avenidas de las
galerías laterales. Mientras que en el libre valle, corriendo sin cesar, acariciado por la
luz, el arroyo ha derribado y arrastrado los escombros de las enormes masas de piedra
que unían las aristas de los montes, actualmente cortadas, el agua de las cavernas que
con el auxilio del ácido carbónico atacaba a la dura roca para disolverla y agujerearla
paulatinamente, ha practicado también galerías, balsas y túneles, sin haber hecho
hundirse al enorme edificio en cuyas entrañas nace. En cientos de metros de altura y
algunas leguas de largo, la masa de las rocas está agujereada en todos sentidos por
antiguos lechos que el agua ha formado y que luego ha abandonado por haber hallado
una nueva salida. Las cavidades inmensas como salas de fabulosos palacios, se
suceden a estrechos desfiladeros y éstos a aquéllas; chimeneas, abiertas en la roca por
antiguas cascadas, aparecen en la bóveda; al borde de estos pozos siniestros nos
detenemos con horror, en los cuales, las piedras que arrojamos, bajan chocando
contra los salientes de las paredes y sólo después de algunos segundos deja de oírse el
ruido que produce en la caída. Desgraciado del que se desorientara en el laberinto
infinito de las grutas paralelas y ramificadas que suben y bajan; tendría que tomar la
resolución de sentarse sobre un banco de estalagmitas, y contemplar cómo su

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antorcha se apagaba lentamente, lo mismo que su vida, si tenía bastante resignación
para no morir desesperado.
No obstante, esas cavernas sombrías, en donde hasta acompañado de un guía y sin
perder de vista los lejanos reflejos del sol, sentimos el corazón oprimido por el terror,
eran los antros que habitaban nuestros antepasados. Para reverenciar el pasado, nos
dirigimos en peregrinación a las ruinas de las ciudades muertes, y contemplamos con
emoción uniformes montones de piedras, porque sabemos que bajo esos escombros
yacen los huesos de hombres que trabajaron y sufrieron por nosotros, creando
penosamente con la miseria y la lucha la preciosa herencia de experiencias que
llamamos historia. Pero si la veneración a las generaciones pasadas no es más que un
vano sentimiento, ¡con cuánto más respeto todavía debiéramos recorrer estas
cavernas, donde se refugiaban nuestros primeros abuelos, los bárbaros iniciadores de
toda civilización! Buscando detenidamente en la gruta y escudriñando los depósitos
calcáreos, podemos hallar las cenizas y el carbón del antiguo hogar donde se
agrupaba la familia naciente; al lado están los huesos roídos, restos de festines que se
celebraron hace cientos de millares de años, y en un rincón cualquiera se encuentran
los esqueletos de los seres que en él tomaron parte rodeados de sus armas de piedra,
hachas, mazas y venablos. No cabe duda que entre esos restos humanos, mezclados
con los de rinocerontes, hienas y osos de las cavernas, ninguno encerraba el cerebro
de un Esquilo o de un Hiperco; pero ni Hiperco ni Esquilo hubieran existido si los
primeros trogloditas divinizados por los griegos con el símbolo de Hércules, no
hubiesen conquistado el fuego del rayo o del volcán, si no hubiesen fabricado armas
para limpiar la tierra de los monstruos que la poblaban, si no hubieran así, en una
inmensa batalla que duró siglos y siglos, preparado para sus descendientes las épocas
de relativo descanso, durante las cuales se ha elaborado el pensamiento.
La labor de nuestros antepasados fué ruda, y su existencia llena de terrores.
Salidos de la gruta para ir en busca de caza, arrastrábanse por entre las hierbas y
raíces para sorprender su presa, y luchaban cuerpo a cuerpo con las más feroces
bestias; a veces tenían que luchar con otros hombres, fuertes y ágiles como ellos;
durante la noche, temiendo la sorpresa, vigilaban la entrada de la caverna, para lanzar
él grito de alarma en cuanto advirtieran la presencia de un enemigo y tener tiempo
suficiente para que las familias pudieran esconderse en el dédalo de las galerías
superiores. Sin embargo, también ellos debían tener momentos de reposo y alegría.
Cuando volvían de la excursión de caza o de la batalla, se regocijaban oyendo el
murmullo del arroyo y el acompasado y monótono ritmo de las gotas que caían; lo
mismo que el leñador al volver a su cabaña, miraban con piedad nuestros primeros
padres los pilares de la gruta bajo los cuales descansaban sus mujeres y en donde
habían nacido sus hijos. En cuanto a éstos, corrían y jugaban a lo largo del arroyo
subterráneo, en los lagos cristalinos, bajo la ducha de las cascadas; se divertían

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ocultándose en los tenebrosos corredores como los niños de nuestros días en los
andenes de los jardines, y tal vez en medio de sus alegres proezas treparan por las
paredes para sorprender a los murciélagos en sus negros refugios, practicados en la
bóveda.
Ciertamente no seremos nosotros los que afirmemos que la existencia actual sea
menos penosa para el hombre. Muchos de nosotros, desheredados todavía, viven en
las alcantarillas de los palacios que habitan sus hermanos más felices que ellos; miles
y millones de individuos del mundo civilizado habitan chozas estrechas y húmedas,
grutas artificiales bastante más insanas que las cavernas naturales donde se
refugiaban nuestros antepasados. Pero si consideramos la situación en conjunto, nos
es preciso reconocer que los progreses realizados desde aquellos tiempos son bien
grandes. El aire y la luz entran en la mayor parte de nuestras residencias; el sol
penetra por las ventanas; a través de los árboles vemos brillar a lo lejos las perlas
líquidas del arroyo y a nuestra vista se presenta hasta el inmenso horizonte. Es cierto
que el minero habita durante la mayor parte de su existencia las galerías subterráneas
que él mismo ha vaciado, pero esas sombras de muerte donde se deposita el grisú, no
son su única patria; si trabaja en ellas, su pensamiento está en otra parte, arriba, sobre
la tierra alegre, al borde del fresco arroyo que murmura bajo los olmos, festoneado de
juncos.
A veces, cuando nos cuentan escenas de guerras antiguas, horribles episodios nos
recuerdan lo que debió ser la vida de nuestros antepasados los trogloditas, y lo que
sería la nuestra si ellos no nos hubieran preparado días más felices que los suyos.
Muchas tribus perseguidas se han refugiado en las cavernas que sirvieron de morada
común a sus abuelos, y a los perseguidores bárbaros o pretendidos civilizados, negros
o blancos, vestidos con pieles o uniformados con bordados y condecoraciones, no se
les ha ocurrido nada más humano que asfixiar por el humo a los refugiados en ellas,
encendiendo hogueras a la entrada de la gruta. En otras partes, los desgraciados
encerrados han tenido que comerse unos a otros, y luego morir de hambre, intentando
roer algunos restos de huesos; multitud de cadáveres han quedado esparcidos por el
suelo, y durante muchos años se han visto rodar sus esqueletos, antes que el agua
caída de las bóvedas los haya envuelto en un blanco sudario de estalagmitas. Como
símbolo del tiempo que todo lo modifica, la gota, cargada de la piedra que ha
disuelto, hace desaparecer lentamente las huellas de nuestros crímenes.
Hasta las grutas dejan de existir por la acción del tiempo. La lluvia que cae sobre
el monte y penetra en las fisuras de la piedra, se carga constantemente de moléculas
calcáreas. Cuando después de un recorrido más o menos largo, viene a caer
temblando por la bóveda de la caverna, una parte de líquido se evapora en el aire, y
una pequeña partícula de piedra, prolongada como la gota que la tenía en suspensión,
queda suspendida de la roca; una nueva gota deposita otra partícula sobre la primera,

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luego se deposita una tercera y millares de millones hasta el infinito. Lo mismo que
árboles de piedra, los estalactitas crecen por capas concéntricas endureciéndose poco
a poco. Bajo ellas, en el suelo de la gruta, el agua caída se evapora igualmente y deja
en su puesto otras concreciones calcáreas, que, de hoja en hoja, se levantan por
grados hacia la bóveda. Con el tiempo, las irregularidades de arriba y los conos de
abajo, llegan a encontrarse; primero se convierten en pilares y luego acaban por
convertirse en paredes que se extienden a lo largo de la galería, y la gruta así
obstruida, se encuentra dividida en una serie de salas distintas. En el interior del
monte, los rezumamientos y los hilos de agua que se asocian para formar el arroyo,
realizan así dos trabajos inversos: de un lado, ensanchan las fisuras, agujeran las
rocas y forman anchos cauces; y de otro, cierran las hendiduras del monte, apoyan la
bóveda con columnas y llenan de piedra los enormes agujeros que ellas mismas
practicaron miles de años antes.
De otra parte, las estalactitas, como todas las cosas de la naturaleza, varían hasta
el infinito, según la forma de la gruta, la disposición de las fisuras y la más o menos
cantidad de gotas que depositan las revocaciones calcáreas. A pesar de las obscuras
tinieblas que las llenan, infinidad de cavernas se han cambiado así en maravillosos
palacios subterráneos. Verdaderos cortinajes de piedra con innumerables y elegantes
pliegues, coloreados a trozos por el ocre de rojo y amarillo, se extienden como
escaparates de tejidos en las entradas de las salas; en el interior se suceden hasta
perderse de vista las columnas con basamentos y capiteles adornados con relieves
caprichosos; monstruos, quimeras y grifos, se retuercen en grupos fantásticos en las
naves laterales; altas estatuas de dioses se levanten aisladas, y a veces, a la luz de las
antorchas, parece que su mirada se anima y que, con enérgico ademán, alargan sus
brazos hacia nosotros. Esas roperías de piedra, esas columnatas, esos grupos de
animales, esas figuras de hombres o de dioses, las ha esculpido el agua, y cada día,
cada minuto, sin cesar en su obra, trabaja para añadir alguna modificación graciosa a
la inmensa arquitectura.

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V. La sima
No lejos de la caverna, gran laboratorio de la naturaleza, donde se ve la formación
de un arroyo gota a gota, se abre un valle tranquilo en el fondo del cual brota otra
fuente. Sale también de la roca, pero esta roca no se levanta perpendicular como la de
la gran caverna; se ha inclinado a consecuencia de algún desprendimiento. Del césped
que la cubre crecen algunas plantas salvajes; y en su base, alrededor de la cristalina
fuente, se han agrupado grandes árboles, cuyas ramas entrelazadas se balancean
armoniosa y rítmicamente, impulsadas por la brisa. Todo es apacible y encantador en
ese pequeño rincón del universo. La laguna es transparente, casi sin ondas, y el agua,
saliendo por un arco de algunas pulgadas de altura, se extiende sin temor.
Inclinado sobre el agua que centellea por los rayos del sol, medito mirando la
sombra por donde sale, y envidio la pequeña araña acuática que corre patinando sobre
la superficie líquida y va a refugiarse en un agujero de la roca. En la entrada distingo
todavía algunas sinuosidades del fondo; piedras blancas, un poco de arena que se
mueve lentamente, empujada por el agua que sale, produciendo ruidos de hervor; un
poco hacia dentro se distinguen aún los rizos de las pequeñitas ondulaciones, y las
diminutas columnas que soportan la bóveda; alumbradas vagamente por reflejos de
luz, parecen temblar en la sombra: diríase que una redecilla de seda flota sobre ella
con ligeras ondulaciones. Más allá todo está negro; la corriente subterránea no se
revela ya, más que a veces, por el ahogado susurro. ¿Qué sinuosidades son las del
agua más adentro del punto a donde alcanzan los últimos reflejos de luz? Esas curvas
del arroyo son las que yo intenté buscar con la imaginación. En mis ensueños de
hombre curioso, me convierto en un ser pequeñísimo, de algunas pulgadas de alto,
como el gnomo de las leyendas, y saltando de piedra en piedra, insinuándome por
debajo de las protuberancias de la bóveda, observo todos los confluentes de los
arroyuelos en miniatura, y remonto los imperceptibles hilos de agua, hasta que
convertido en átomo, llego por fin al punto donde la primera gota de agua rezuma en
la piedra.
No obstante, sin convertirnos en genios como hacían nuestros antepasados en los
tiempos fabulosos, podemos, paseando tranquilamente por los campos cultivados o
las áridas lomas, reconocer en la superficie del suelo los indicios que revelan el curso
del oculto arroyo. Un sendero tortuoso que empieza al borde mismo de la fuente,
sube por el flanco de la colina, contornando los troncos de los árboles, desaparece
luego cubierto por las altas plantas en un repliegue del terreno, y llega, por fin, al
llano, sembrado de hermoso trigo. Con frecuencia, cuando yo era un colegial libre,
subía corriendo ese sendero para bajarlo después en pocos saltos; a veces, también
me aventuraba alejándome algo por el llano, hasta perder de vista el bosquecillo de la
fuente; pero en un ángulo del camino me paraba sorprendido y sin aliento para ir más

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lejos. A mi lado veía abierto un abismo en forma de embudo, lleno de parras y zarzas
enlazadas. Piedras de bastante peso, arrojadas por los transeuntes o arrastradas por las
lluvias violentas, se veían flotando sobre el follaje polvoriento y mortecino; en el
fondo se entrelazaban algunas ramas gruesas, y por entre sus hojas veía la negrura
temida de un abismo. Un sordo murmullo salía de allí constantemente como quejidos
de algún animal encerrado.
Actualmente me alegro de volver a encontrar el «gran agujero» y hasta me atrevo
a descender por él aunque para ello tenga que asustar a los animales que se refugian
en su maleza. Pero en otro tiempo, ¡con qué horror mirábamos, cuando niños todavía,
se cruzaba en nuestro camino este siniestro pozo en cuyo borde se detenía el arado!
Una noche tranquila, de hermosa luna, tuve que pasar solo cerca del sitio terrible.
Aun tiemblo al recordarlo. El abismo me miraba, me atraía; mis rodillas se doblaban
desobedeciendo mi esfuerzo y los tallos de los arbustos avanzaban para arrastrarme
hacia la negra boca. Pasé, sin embargo, golpeando con mis pies el suelo cavernoso y
ocultando el pavor que me invadía; pero detrás de mí un gigante inmenso, formado de
vapor, surgió inmediatamente: se inclinó para cogerme y el murmullo del abismo
resonó en mi oído durante largo rato como risa de odio o de triunfo.
Ahora ya lo sé; ese abismo es una sima que sirve de respiradero al arroyo, y el
sordo ruido que de ella sale es el que produce el agua chocando con las piedras. En
una época no conocida, mucho antes que fueran redactados por el notario del país los
primeros documentos de propiedad, uno de los asientos de las rocas que forman el
valle subterráneo se hundía en el lecho del arroyo; luego, las tierras, faltas de base,
fueron gradualmente arrastradas hacia el llano; poco a poco el gran agujero se fué
abriendo, y las aguas, corriendo por sus declives, le dieron la forma de un embudo
casi regular. Los campesinos de la comarca que pasan con frecuencia cerca de él, le
llaman el Bebe-todo, porque bebe en efecto, todas las lluvias que podrían fertilizar los
campos. El agua caída en la llanura que la tierra se niega a embeber, corre hacia el
agujero en pequeñas corrientes, coloreadas por la arcilla, para reaparecer luego en la
fuente, cuya cristalina pureza enturbia durante algunas horas.
La sima que me asustaba en mi infancia, no es la única que se ha abierto sobre las
galerías profundas. Siguiendo la parte más baja, determinada por una especie de
repliegue del suelo en la llanura, se pasa por cerca de otras cavidades que indican a
los transeuntes el curso interior de las aguas. Estas cavidades son diferentes en forma
y dimensiones. Algunas son enormes pozos donde desaparecerían enormes ríos; otras
son simples depresiones del suelo, especies de nidos bien tapizados por el césped,
donde en los hermosos días de otoño se puede gozar de las tibias caricias del sol, sin
temor al aire que pasa silbando sobre las hierbas secas del llano. Algunos de esos
agujeros se obstruyen y se llenan gradualmente; pero hay otros que se ensanchan y se
ahondan de año en año visiblemente. Algunas aberturas que nos parecían refugio de

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serpientes, en las que no hubiéramos metido la mano por temor a ser mordidos, eran
un principio del abismo; las lluvias y los derrumbamientos interiores las han
ensanchado tanto, que muchas de ellas son hoy principios con declives de roja arcilla,
surcados por la corriente de las aguas. De estos pozos naturales, los más pintorescos
son los más alejados del nacimiento de la fuente. Donde se encuentran éstos, el llano,
cuyo plano es ya más desigual, termina bruscamente al pie de una muralla rocosa, al
lado de la cual se abre un valle que lleva sus aguas a un río lejano. Las rocas levantan
hasta el cielo sus bellos frontis dorados por la luz; pero sus bases están ocultas por un
bosquecillo de encinas y castaños; gracias a la verdura y variedad del follaje, el
contraste demasiado duro que formaría la abrupta pared de las rocas con la superficie
horizontal del llano, aparece suave. En el paraje más espeso del bosque, es donde se
encuentra el abismo. Sobre sus bordes, algunos arbustos inclinan sus tallos hacia la
superficie azul, que se ve por entre las ramas de la encina; sólo un abedul deja caer
por encima de la sima sus ramas delicadas. Al llegar a estos parajes es preciso tomar
algunas precauciones, porque el suelo está demasiado accidentado y los pozos no
tienen ningún brocal como los que construyen los ingenieros. Avanzamos lentamente
arrastrándonos bajo las ramas; luego, tendidos sobre el vientre, apoyando la cabeza
en nuestras manos, dirigimos nuestra mirada hacia el vacío.
Las paredes del pozo circular, ennegrecidas a trozos por la humedad que destila la
roca, descienden verticalmente; apenas si algún pequeño saliente se insinúa fuera del
plano de los muros de piedra. Matas de helechos y escolopandras crecen en las
anfractuosidades más altas; más abajo la vegetación desaparece, a menos que una
mancha roja que se ve en la obscuridad del fondo, sobre un saliente de la roca, sea un
grupo de algas infinitamente pequeño. A primera vista, en el fondo no hay más que
tinieblas; pero nuestros ojos, acostumbrándose poco a poco a la obscuridad,
distinguen luego una superficie de agua clara sobre un lecho de arena.
Además, puede descenderse al pozo, y yo soy uno de los que han tenido ese
placer. La aventura produce una agradable sorpresa, puesto que es un viaje de
exploración; pero en sí misma no tiene nada de seductora, y ninguno de los que han
hecho estos descensos al abismo quedan en disposición de repetirlo. Una cuerda,
prestada por un campesino de las inmediaciones, se ata fuertemente al tronco de una
encina, y dejándola caer al fondo del abismo, oscila dulcemente por la impulsión de
la pequeña corriente de agua, en la cual se moja la extremidad libre. El viajero aéreo
se coge fuertemente a la cuerda, al mismo tiempo que con las manos, con las rodillas
y los pies, y desciende con lentitud por la boca tenebrosa. El descenso no es siempre
fácil, desgraciadamente; se da vueltas con la cuerda alrededor de sí mismo, se enreda
en las matas de helecho, que el peso del cuerpo rompen, se choca varias veces contra
la roca llena de asperezas, y con la ropa se enjuga el agua fría que las paredes
rezuman. Por fin se aborda una cornisa, se descansa un poco en ella para tomar

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aliento y equilibrio, y luego se lanza nuevamente en el vacío para descansar más tarde
sobre el fondo de tierra firme.
Yo recuerdo sin alegría mi estancia durante algunos instantes en el fondo del
abismo. Mis pies, estaban dentro del agua; el aire era frío y húmedo; la roca estaba
cubierta de una especie de pasta resbaladiza de arcilla diluída; una sombra siniestra
me rodeaba y un resplandor tibio, vago reflejo de la luz del día, me revelaba
solamente algunas formas indecisas y una gruta llena de arrogantes protuberancias. A
pesar mío, mis ojos se dirigían hacia la zona iluminada que aparecía redonda sobre la
boca de la sima; miraba con amor la guirnalda de verdura que adornaba el borde del
pozo, las grandes ramas con su follaje superpuesto, que los rayos del sol doraban
alegremente, y los pájaros lejanos volando con libertad por el azul del cielo. Tenía
vehementes deseos de volver a la luz; di el grito de aviso y mis compañeros me
sacaron fuera del pozo, ayudados por mí, que ascendía apoyando mis pies en las
sinuosidades de las rocas.
Como cándido joven, me creía un gran héroe por haber realizado el pequeño
descenso a los «infiernos», a unos treinta metros de profundidad, y buscaba en mi
cabeza algunas rimas para el poeta que se aventura a bajar al fondo de un abismo para
sorprender la sonrisa de una ninfa encantada, mientras olvidaba a los verdaderos
héroes, que, sin recitar jamás versos por sus frecuentes entrevistas con las divinidades
subterráneas, se relacionan con ellas durante días y semanas enteros. Estos son los
que conocen bien el misterio de las aguas ocultas. Al lado de sus cabezas, la pequeña
gota, suspendida de las estalactitas de la bóveda, brilla como un diamante a la luz de
sus lámparas, y cae sobre el pequeño charco estancado, produciendo un ruido seco
que repercute el eco de las galerías. Pequeñas corrientes de agua, formadas por ese
destilamiento de gotas, corren bajo sus pies, y formando regueros y más regueros se
dirigen hacia la balsa de recepción, donde la bomba a vapor, parecida a un coloso
encadenado, sumerge alternativamente sus dos brazos de hierro, lanzando
prolongados gemidos a cada esfuerzo. Al ruido de las aguas de la mina se mezcla a
veces el sordo rumor de las aguas exteriores que un desgraciado golpe de pico puede
hacer inundar repentinamente la galería. Mineros hay que no tienen temor en llevar
sus trabajos de zapa hasta debajo del mar, desde donde no cesan de oír al terrible
océano arrastrar constantemente los guijarros de granito por encima de la bóveda que
los protege; durante los días de tempestad, sólo a algunos metros de donde ellos
trabajan van a estrellarse los navíos contra las rocas.

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VI. El barranco
Descendiendo por el curso del arroyo, en el que vienen a unirse el ruidoso
torrente de la montaña, el arroyuelo nacido en la caverna y el agua apacible del
manantial, vemos a derecha e izquierda sucederse los valles, diferentes unos de otros
por la naturaleza de sus terrenos, su pendiente, el aspecto que presentan y la
vegetación, distinguiéndose además por el caudal de aguas que aportan al cauce
general del valle.
Casi enfrente de un torrente pequeño y murmurador, que salta alegremente de
piedra en piedra para sumarse a la bastante considerable cantidad de agua del arroyo,
se abre un barranco de rápida pendiente y seco con frecuencia. Es probable que este
barranco, formado por la depresión en un suelo poroso, esté sobre el cauce
subterráneo de un arroyo permanente; este barranco sólo se ve bañado por la corriente
de agua después de chubascos tempestuosos o de grandes lluvias. Como todos los
pequeños valles laterales, el barranco es tributario del cauce central, pero tributario
intermitente. Sin embargo, es curiosísimo el visitarlo, porque paseándose sobre su
seco cauce, se puede estudiar detenidamente la acción del curso de las aguas.
Un pequeño sendero que los surcos del labrador destruye cada otoño, y que el
tránsito de los caminantes marca de nuevo muy pronto, serpentea sobre la ribera del
barranco. Es verdad que las ramas de espino, plantadas por el campesino avariento,
prohíben el paso; pero el humilde obstáculo, simulacro del temible dios Término, no
tiene nada de terrorífico para los agricultores vecinos, y el camino, practicado tal vez
por los hombres desde la edad de piedra, no cesa de reformarse de año en año. Sería,
pues, fácil remontar el barranco en su largo curso sin tener necesidad de servirse de
las manos para salvar los accidentados obstáculos de su cauce, pero quien ama la
naturaleza y la quiere gozar de cerca, abandona el pequeño sendero y se lanza con
entusiasmo por el estrecho espacio abierto entre sus bordes. Desde los primeros pasos
se halla como separado del mundo. Por detrás, una curva de la desembocadura le
oculta el arroyo y los verdes prados que riega; por delante, el horizonte se limita
bruscamente por una serie de gradas que el agua salta en pequeñas cascadas después
de la lluvia; por encima, las branchas de árboles que bordean las riberas se curvan y
entrelazan formando bóveda, y los ruidos de fuera no penetran en este salvaje cauce
casi subterráneo.
Es una gran alegría hallarse así en la naturaleza virgen, sólo a algunos pasos de
los campos arados en surcos paralelos y sentirse obligado a trazarse un camino por
entre las piedras y la maleza, no lejos del honesto burgués que se pasea plácidamente
contemplando sus cosechas. A cada vuelta del tortuoso barranco, la inclinación y la
forma del lecho cambian bruscamente: los saltos y los hoyos se suceden contrastando
de un modo extraño.

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Encima de un grupo de arbustos enlazados por zarzas que el agua invade sólo en
las mayores crecidas, se extiende un pequeño prado de algunos metros de ancho y
frecuentemente bañado por las inundaciones de un momento. Alrededor del prado y
el grupo de arbustos, se desarrolla en semicírculo una playa arenosa, en donde los
materiales finos o gruesos, se han depositado con orden, según la fuerza de la
corriente que los arrastró. El modesto lecho fluvial, de donde el agua ha
desaparecido, es aún tal cual lo trazó el torrente efímero, y revela tanto mejor las
leyes de su formación, por cuanto ni un pequeño charco de agua se halla en su curso.
Una especie de foso con su borde lleno de cieno seco y hojas en descomposición, nos
enseña que en este paraje el curso de las aguas es tranquilo y casi sin corriente; más
lejos, el lecho aparece apenas trazado porque las aguas se resbalan con rapidez por la
gran pendiente; en otra parte, las aristas paralelas de los asientos rocosos atraviesan
oblicuamente el fondo desde una a otra orilla, formando obstáculos sobre los cuales
la corriente se descompone formando pequeñas ondas. Una gran piedra ha hecho
determinar una curva a la corriente, lanzando a ésta contra otra orilla, formando una
brusca sinuosidad, y así gradualmente se ha cavado un cauce según su capacidad:
más arriba, ramas encadenadas; hierbas y piedras, han servido de punto de apoyo para
formar uno o varios islotes rodeados de cauces tortuosos llenos de arena
hermosamente blanca. A unos cuantos pasos de allí, el aspecto del barranco cambia
todavía. Aquí el fondo no es más que un pequeño reguero practicado por el agua en
arcilla dura, casi rocosa; no sin pena, consigo pasar por el desfiladero asiéndome de
algunas ramas que se mecen sobre mi cabeza. El hilo de agua o la columna líquida,
según la fuerza del arroyo periódico, murmura dulcemente o ruge con estrépito por el
estrecho corredor resbalándose rápidamente por una sucesión de grados; luego, al pie
de la caída, ha formado una especie de cubo, ancha balsa donde las piedras
arrastradas ruedan empujadas por la presión de las aguas. Después de haber pasado el
desfiladero, encuentro aún algo que fueron islas en otro tiempo, curvas, rápidas
corrientes, cascadas: hasta encuentro fuentes extinguidas que reconozco por la
humedad de la arena y las fisuras rocosas. El borde desde donde se lanza una cascada
lo forman dos raíces enlazadas, sujetas sólo por un lado, encrustadas en la arcilla.
En este barranco, en el cual penetramos con alegría para contemplar en un
pequeño espacio el cuadro de la naturaleza libre y para huir del aburrimiento de los
campos cultivados con bárbara monotonía, una multitud de animalejos de varias
especies, refractarios como nosotros al exterior, penetran también buscando un
refugio contra el hombre, inflexible perseguidor; desgraciadamente, el tenaz cazador
los persigue hasta este retiro, a pesar de las zarzas y las raíces. Las tierras
recientemente removidas, los negros agujeros practicados en las paredes de la orilla,
nos revelan el sitio donde se ocultan los conejos y los zorros; al notar nuestra
presencia, las serpientes enroscadas desenrrollan rápidamente sus círculos y

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desaparecen en la espesura; las lagartijas, más rápidas, corren haciendo crugir las
hojas caídas; los insectos saltan sobre la arena o se balancean por las hierbas. En las
ramas de los arbustos se ven nidos de pájaros: todo un mundo de fugitivos puebla
este asilo, en donde se encuentra abrigo y comida.
Y es que, en efecto, dentro de este pequeño barranco, de algunos metros de ancho,
la vegetación es muy variada; una multitud de plantas de origen y altitud diversos se
encuentra aquí reunida, mientras que en los campos vecinos la uniformidad del
terreno cultivado deja germinar apenas, además de la simiente arrojada por el
campesino, hasta cuatro o cinco «malas hierbas», trivial adorno de los campos arados.
En esta estrecha hendidura, invisible de lejos, a no ser por la verdura de sus orillas,
todas las cualidades del suelo, todos los contrastes de sequía y humedad, todas las
diferencias de la sombra y el sol se encuentran en yuxtaposición y, como
consecuencia, numerosas plantas, desterradas de vulgares terrenos de cultivo, hallan
en este rincón, respetado por el hombre, el ambiente propio para su desarrollo. La
arena tamizada por las aguas tiene sus plantas especiales, lo mismo que los
amontonamientos de piedras arrastradas, la arcilla color de ocre y los intersticios de
la dura roca. Las tierras vegetales, mezcladas en diversas proporciones, tienen
también su flora y su fauna; las rápidas pendientes expuestas al sol del mediodía, se
encuentran pobladas de hierbas y arbustos que fabrican su savia en terreno seco; el
fondo húmedo donde jamás llega un rayo de sol, da también vida a otra vegetación y
el cieno que el agua cubre aún, aparece cubierto por un mundo vegetal que le es
peculiar.
¡Y, sin embargo, nada aparece desordenado en esta diversidad! Al contrario, las
plantas, libremente agrupadas, según sus secretas afinidades y la naturaleza del
terreno que les da vida, constituyen en conjunto un espectáculo que llena el alma de
una impresión singular de paz y armonía. Nada hay aquí de artificial ni de impuesto
como en un regimiento de soldados con sus movimientos mecánicos y sus uniformes,
sino lo pintoresco, el encanto poético, la libertad de actitud y de vida como en una
multitud de hombres de todos los países, aproximándose por afinidad cada cual a los
suyos. Es cierto que en este barranco, al igual que en toda la tierra, la batalla de la
vida por el goce del aire, del agua, del espacio y de la luz, no cesa un instante entre
las especies y las familias vegetales; pero esta lucha no ha sido regularizada todavía
por la intervención del hombre, y parece que en medio de estas plantas tan diversas y
tan graciosamente asociadas, nos encontramos en una república federativa en la que
cada vida está garantizada por la alianza de todas. Hasta las colonias de plantas
extrañas a la naturaleza libre, son respetadas, al menos por algún tiempo: sobre una
cornisa de tierra rebajada que ha quedado suspendida al flanco de la ribera, veo
balancearse las cañas flexibles de una mata de avena, humilde colonia de esclavos
fugitivos aventurados en un mundo de libres héroes bárbaros.

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Lo mismo que el arroyo del valle y los grandes ríos del llano, el pequeño barranco
tiene sus orillas sombreadas por árboles. El álamo blanco se levanta al lado del haya
y el abedul; las hojas finamente cortadas del fresno, aparecen por entre dos altos
olmos con su ramaje como arreglado por la mano del hombre; el tronco blanco del
abedul resalta al lado de la rugosa y sombría corteza de la encina. En lo más alto de la
ladera, donde el barranco no es más que un repliegue del terreno, los pinos, en actitud
grave y de hojas casi negras, se ven reunidos como en un concilio. Alrededor de
ellos, la tierra sin vegetación ha desaparecido bajo una espesa capa de agujas color de
hierro oxidado mientras que no lejos de allí, un alegre alerce color verde claro,
levanta su cima, hermosamente adornada por clemátides, sobre un grupo de arbustos
y plantas. A causa de la extrema variedad de las condiciones del suelo, el estrecho
barranco es bastante más rico en especies diversas que los grandes bosques que
cubren vastos territorios. En algunos parajes, los troncos están tan juntos que de una a
otra ribera no se ve penetrar ni un rayo de sol; del fondo de las hondanadas, los
árboles suben como columnas amontonadas para un edificio; luego, al nivel de los
bordes, las ramas se extienden ampliamente, cubren la madera con su verdura y se
prolongan sobre las tierras cultivadas buscando ávidamente su alimento de aire y de
luz.
Bajo sus sombrías bóvedas, en las profundidades del barranco, la temperatura es
siempre fresca, hasta en lo más fuerte del verano; las ramas enlazadas impiden a la
húmeda atmósfera su salida hacia el espacio y, gracias al acuoso vapor, los helechos,
con sus grandes hojas caídas y los hongos, agrupados fraternalmente en pequeñas
asambleas, crecen y prosperan en las orillas. El aire está tan cargado de humedad, que
basta cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que se está a la orilla de un arroyo,
cuyas tranquilas aguas corren silenciosas. Después de todo, el agua allí está; si ha
desaparecido es sólo en apariencia. El musgo que tapiza el fondo del barranco y
recubre las raíces de los árboles, se presenta hinchado del líquido absorbido durante
la última inundación: dilatados como esponjas, guardan, durante mucho tiempo, la
fecunda y bienhechora humedad; después, a la más insignificante lluvia, se hinchan
de nuevo, empapándose con avidez de las gotas caídas. Así, de musgo a musgo y de
planta a planta, en la multitud infinita de células orgánicas, se encuentra aún el caudal
de aguas corrientes del arroyuelo, desde, el principio al fin del barranco. Es verdad
que no se ve esta corriente, que no se oye su murmullo, pero se adivina y se goza la
dulce frescura que esparce por la atmósfera.
Sin embargo, hay algo que me encanta y admira. Este arroyuelo es pobre e
intermitente, pero su acción geológica no es menos grande; es tanto más poderosa
relativamente cuanto más insignificante es el agua que por él corre. Una pequeñita
corriente ha cavado el enorme foso, ha abierto esas profundas hendiduras a través de
la arcilla y la dura roca, ha esculpido las gradas de sus pequeñas cascadas, y por los

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hundimientos de tierra ha formado esos amplios círculos en sus orillas. Él es también
quien da vida a la rica vegetación de musgo, hierbas, arbustos y grandes árboles. ¿Es
que el Misisipi, o el Amazonas proporcionalmente a su caudal de agua, realizan en la
superficie de la tierra la milésima parte del trabajo de éste? Si los caudalosos ríos
tuvieran igual fuerza relativa que el pequeño arroyuelo intermitente, arrasarían las
cordilleras, serían sus cauces abismos de algunos millares de metros de profundidad,
alimentarían bosques con árboles cuyas cimas irían a balancearse en las más elevadas
capas atmosféricas. Precisamente, en estos pequeños retiros es donde la naturaleza se
nos muestra en todo su esplendor. Acostado sobre un tapiz de musgo, entre dos raíces
que me sirven de apoyo, contemplo con admiración estas altas riberas, sus
desfiladeros, sus circos, sus gradas y la bóveda de follaje, que me cuentan con tanta
elocuencia la grandiosa obra de la pequeña gota de agua.

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VII. Los manantiales del valle
A todos los arroyuelos visibles e invisibles que descienden de barrancos y
vallecillos hacia el arroyo principal, se unen aún a centenares infinidad de pequeñas
fuentes y venas de agua, todas diferentes por el aspecto y el paisaje de las piedras, los
zarzales, arbustos o árboles que las rodean, diferenciándose también por la cantidad
de sus aguas y por la oscilación de su nivel, según los meteoros y las estaciones del
año.
Algunas de ellas sólo tienen una existencia temporal; después de haber manado
durante cierto número de horas, se secan repentinamente; los pequeños saltos de agua
cesan de susurrar, las paredes de su balsita se secan y las hierbas que humedecía se
doblan lánguidamente. Luego, pasados minutos u horas, se oye un murmullo
subterráneo y he aquí el agua que sale nuevamente de su cárcel de piedra, para
devolver la vida a las raíces y las flores; con sus argentinos sonidos anuncia
alegremente su resurrección a los insectos ocultos entre el césped, a todo un mundo
infinitamente pequeño que esperaba su despertar para despertar ellos mismos. Los
hombres de ciencia nos explican la causa de estas intermitencias; nos dicen el por qué
de ese salir y ocultarse del agua alternativamente en las cavidades subterráneas,
dispuestas en forma de sifón. Todo esto es hermoso, pero a estos juegos de la
naturaleza, a esas fuentes que aparecen y se ocultan en un instante, preferimos los
manantiales permanentes de los que oímos constantemente su alegre murmullo, y en
los cuales, a cualquiera hora, podemos ver cómo se refleja la luz, rielando en su
ondulada superficie. Más encantadora aun me parece la discreta fuente que nace en el
fondo del arroyo a la que sólo contemplan los observadores estudiosos de la
naturaleza. En medio del agua transparente, no siempre se sabe distinguir la columna
líquida del manantial que brota, pero se revela por las ondulaciones de las hierbas que
acaricia su onda ascendente, por las burbujas que salen de la arena y vienen a
deshacerse al contacto del aire, y por el silencioso hervor que se produce en la
superficie del agua y se propaga alejándose en rizos ondulados que disminuyen
gradualmente.
Desiguales por su caudal y por el paisaje que las rodea, no lo son menos por la
gran diversidad de substancias minerales que llevan en suspensión. Por muy pura que
el agua del manantial parezca a nuestra vista, no es esta, como la química dice, una
combinación de dos cuerpos simples, el hidrógeno, que forma, según dicen, los
inmensos torbellinos de las más lejanas nebulosas, y el oxígeno, que para todos los
seres es el gran alimento de la vida; contiene además muchas otras substancias, ya
rodando por su cauce en estado de arena, ya disueltas en su masa líquida y
transparentes como ella. Entre las fuentes tributarias del arroyo, hay algunas que,
surgiendo de la dura peña, arrastran pepitas de oro en sus aluviones. Si arrastraran

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grandes cantidades como ciertos manantiales de California, Colombia, el Brasil o los
Urales, inmediatamente una multitud de hombres se precipitaría con avidez hacia las
fuentes bienhechoras, y las arenas depositadas en sus orillas, serían muy pronto
tamizadas, y hasta la roca sería atacada por los picos y azadones y sus fragmentos
serían sometidos a los martillos de la fundición; poco tiempo después, a las cabañas
de un villorrio, habitadas por mineros, reemplazarían los grandes árboles de los
prados y los valles. Tal vez el país al ser más rico, más populoso y próspero, sería
también, a la larga, más instruído y feliz; no obstante, nos paseamos llenos de noble
alegría por las vírgenes orillas de nuestro Pactolo, desconocido de la multitud, en el
que hallamos la soledad y el silencio, como en los días que vimos brillar por vez
primera las pepitas de oro. En sus alrededores sólo existe, afortunadamente, un solo
buscador de pepitas, viejo geólogo que enseña con orgullo algunos granos brillantes
contenidos dentro de una caja de cartón, donde posee todo el fruto de sus largos
trabajos.
Otro manantial, vecino al pequeño Eldorado, se presenta también pródigo en
pepitas brillantes pero de bien distinta especie. Es un chorro de agua que surge de
rocas micáceas y que arrastra sus partículas hacia la luz. Las pepitas que la corriente
hace rodar por el fondo se arremolinan un momento y luego se depositan llanas sobre
otras láminas, de modo que se ve siempre lucir sus reflejos bajo la temblorosa
superficie. Los niños de la vecindad se divierten en sus juegos, viniendo a sacar con
sus manos esta arena brillante; apilan en montoncitos las pepitas de oro y las de plata,
sabiendo, afortunadamente, los pobres niños, que la masa reluciente no es oro y plata
más que en apariencia; de otro modo, empezarían, tal vez, en la orilla de la apacible
fuente, esa dura batalla por la vida, que más tarde, cuando sean hombres, tendrán que
emprender unos contra otros para arrancarse, en forma de moneda, el pan de cada día.
En un pequeño valle, al pie de rocas calcáreas, nace otra fuentecita que, lejos de
arrastrar pepitas brillantes, recubre, al contrario, de una especie de baño gris las
piedras, las hojas y las ramitas caídas de los arbustos que la adornan. Este baño se
compone de innumerables moléculas calcáreas disueltas por el agua en el interior de
la colina. Contenida el agua por un obstáculo cualquiera, la corriente se desprende de
las partículas de piedra de que estaba saturada. Al lado de la balsita crece un helecho
que balancea sus verdes hojas agitadas por el aire húmedo, mientras que sus raíces,
sumergidas en el agua, están recubiertas de una capa de piedra.
La naturaleza de los manantiales varía por las substancias sólidas y gaseosas que
arrastran o disuelven en su curso subterráneo y que sacan al exterior. Hay algunas que
contienen sal, otras son ricas en hierro, en cobre y en diversos metales, habiendo
alguna que exhala ácido carbónico o emanaciones de gases sulfurosos. La proporción
de mezclas que se operan así en el laboratorio de las fuentes difiere cada una de ellas,
y el químico que quiere conocer esta proporción de un modo preciso, se ve obligado a

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hacer un largo análisis especial, que tiene que repetir varias veces. Luego, cuando ha
pesado las diversas substancias, utilizando los medios prodigiosos que actualmente le
suministra la ciencia, tiene que estudiar los rayos coloreados que el agua del
manantial despide en un espectro luminoso. Estas rayas que permiten al astrónomo
descubrir los metales en los astros, brillan como un punto en el fondo del espacio
infinito y advierten al químico la existencia de cuerpos que se hallan en cantidades
infinitesimales en la pequeña gota de agua del manantial. El día que dos alemanes
señalaron, o mejor dicho, arrancaron a la fuente por la fuerza de la ciencia, metales
que no eran todavía conocidos, es uno de los grandes días de la historia. Comparados
con esta fecha, ¡cuán insignificantes son en los anales de la humanidad las victorias o
la muerte de los más célebres conquistadores!
Las fuentes, diferentes entre sí por las substancias que arrancan en sus viajes
subterráneos, arrastrándolas al arroyo, son también diferentes por sus temperaturas
diversas. En algunas, el calor de sus aguas es la temperatura media del país; otras
están por debajo de este término medio, porque descienden de las nieves o porque
una fuerte evaporación se verifica en sus canales interiores bajo la influencia de las
corrientes de aire; otras también, presentan al exterior tibias o calientes sus aguas; se
encuentran a diversas temperaturas desde la del hielo hasta la del vapor a gran
presión. Por su temperatura, la fuente nos resume su historia subterránea: con sólo
mojar un dedo en sus aguas, podemos saber cómo ha sido su viaje a través de los
ocultos abismos. Desde la orilla de un manantial frío, miramos los montes nevados y
podemos decir: «¡Esta agua baja de allá arriba!». Pero si sale tibia, es, sin duda
alguna, porque ha descendido, saltando de hueco en hueco hasta bajar a grandes
profundidades, habiéndose calentado en esos conductos tenebrosos antes de salir a la
superficie. Y, en fin, cuando la temperatura de una fuente se aproxima a la del vapor a
grandes presiones, sabemos por ello que sus aguas han llegado a dos o tres kilómetros
bajo la superficie del suelo, porque sólo a tal profundidad la temperatura de las rocas
es la misma que la del agua en ebullición.
Sentados sobre el césped, al borde del manantial, con toda comodidad podemos
seguir con el pensamiento el itinerario recorrido por el pequeño canal del agua en las
entrañas del monte antes de salir a la luz, ayudados de los datos científicos que la
dolorosa experiencia del minero ha adquirido habitando las profundas galerías.
Las aguas tibias o termales, mucho más que las frías, contribuyen a disolver las
piedras en el interior de los montes, para depositarla bajo otra forma a su salida. En
muchos parajes, el agua caliente que corre a unirse con el arroyo, se extiende primero
en un gran lago que ella misma ha formado molécula tras molécula; al lado se
encuentran otras lagunas secas, y a uno y otro lado las fisuras abiertas en la piedra
están bordadas por hermosas concreciones parecidas a los adornos de mármol que
vemos ornamentando las fachadas de nuestros edificios. ¡Pero cuán insignificantes

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son esos depósitos silíceos o calcáreos comparados con las enormes construcciones
erigidas en diversos países del mundo por esos ríos termales, como por ejemplo los
de Holly-Springs, en los Estados Unidos! Los viajeros nos cuentan que esas aguas
calientes edifican verdaderos palacios, ciudadelas y murallas de algunos kilómetros
de longitud. Blancos como el alabastro, los pilares y basamentos crecen
incesantemente por el depósito de las cascadas susurrantes que poco a poco ocupan la
llanura. El agua, construyendo sin cesar, se cierra el paso, y, buscando continuamente
un nuevo cauce, deja detrás grandes balsas, puentes no terminados y bosquejos de
admirables columnatas. Montes enteros que el geólogo explora con admiración, han
sido formados por los torrentes de agua caliente al salir de las profundidades.
Pero esas maravillas lejanas y nada numerosas, pocos de nosotros las han podido
contemplar y ver al mismo tiempo esos ríos de agua caliente cómo trabajan en la
construcción de sus marmóreos edificios. Mucho más modesta, la fuente de la
pequeña laguna no cambia los accidentes del terreno ni el aspecto del país en algunos
años; pero empleando siglos y siglos en su trabajo, llega por fin a renovar todo el
espacio que baña; cambian poco a poco la piedra y se trazan un cauce diferente al que
les había preparado la naturaleza. El geólogo y el minero que penetran por la fuerza
con su pico y martillo en las entrañas de la roca, descubren venas de jaspe y otras
piedras transparentes o coloreadas; es el hilillo de agua termal, arrastrando arcilla en
disolución, que lo ha depositado en la fisura por donde corría, y que luego ha
cambiado de curso. Todos esos filones sinuosos que atraviesan las rocas como
arterias de cristal, deben su origen a modestas corrientes de agua. Es cierto que en la
mayor parte de los casos, el agua sale de las profundidades del suelo, no en forma de
líquido, sino en forma de vapor y a elevada temperatura, porque de otro modo no
podría disolver los materiales que tapizan las paredes de sus antiguos lechos. Así los
minerales de oro y plata han sido arrancados de las entradas de la roca por los
vapores de un Pactolo subterráneo.
Fuertes por el enorme poder que les da el tiempo, los manantiales que disuelven
las piedras y oxidan los metales, consiguen también alguna vez hacer temblar los
montes. En una hermosa tarde de otoño, un temblor de tierra se dejó sentir en la
pequeña cuenca del arroyo; las casas se balancearon con gran terror de sus habitantes,
y algunas paredes ya agrietadas se derrumbaron con estrépito. El temblor de tierra no
tuvo otras funestas consecuencias, pero fué el tema que durante algún tiempo
preocupó a los sabios e ignorantes de los pueblos y aldeas. Unos hablaban de un mar
de fuego que llenaría la tierra, y que una tempestad había agitado sus olas; otros
pretendían que un volcán intentaba surgir en las inmediaciones, y que dentro de poco
tiempo, el cráter se abriría; había quien no sabiendo nada de fuego central, ni
habiendo jamás visto cráteres ni corrientes de lava, pensaba en un grupo de fuentes
salinas y yesosas que nacían en un vallecillo al pie de una ladera pedregosa; al notar

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que después del temblor sus aguas se habían enturbiado y arrastraban lodo, y que
algunas de ellas habían cambiado de orificio de salida, se preguntaban si no serían
ellas la verdadera y única causa. Tal vez, los aldeanos tenían razón. Es verdad que ni
en un segundo, estas fuentes arrastraban una pequeña cantidad de sulfato de cal y
otras substancias sólidas; pero en el transcurso de años y siglos, los hilos de agua
subterráneos han ido destruyendo la base de los montes. Debilitados los colosales
cimientos del gigantesco edificio, ceden al peso, las bóvedas se hunden, el monte se
estremece, y la tierra se agita algunos cientos de kilómetros alrededor, como si una
terrible explosión hubiera dislocado sus capas. El gigante Encelado que ha hecho
temblar así los montes, las colinas y los llanos, es el tranquilo manantial que puede
ocultar una mata de hierba.
Afortunadamente, las fuentes saben hacer que las perdonemos los momentos de
terror que nos causan a veces haciendo trepidar el suelo. Ellas nos dan agua para
beber nosotros y abrevar nuestros ganados, fertilizan nuestros campos y hacen
germinar las simientes, alimentan nuestros árboles y nos traen del fondo de la tierra
tesoros que sin ellas jamás hubiéramos conocido; fortifican, en fin, nuestro cuerpo,
nos devuelven la salud perdida y restablecen el equilibrio en nuestro trastornado
espíritu. Tales son al salir de la tierra bienhechora las virtudes curativas de las fuentes
termales y minerales, que en todos los países civilizados se han construído edificios
en los nacimientos de los manantiales, para aprisionar el agua y medir
cuidadosamente el empleo en los baños y piscinas.
Con objeto de recoger hasta la última gota del precioso líquido, los ingenieros
cavan a lo lejos las rocas para sorprender en su curso el pequeño hilo de agua que
corre por las hendiduras interiores y el escape de vapor que sube desde las ocultas
profundidades. Ávidos de salud, los enfermos utilizan todo lo que el manantial lleva
consigo y todo lo que bañan sus aguas; respiran el gas que desprenden, se envuelven
en el lodo negro que forman la arcilla y la arena y llegan a cubrirse como tritones con
el verde limo que se extiendo cual tapiz sobre las aguas. Sin embargo, no llevan la
religión hasta acariciar contra sus cuerpos los animales que nacen y se desarrollan al
dulce calor del agua termal. Existen bonitas culebras, muy numerosas en algunas
fuentes. Cuando el bañista ve al reptil ondulando a su lado sus graciosos anillos, no
cree en la maravillosa aparición de la serpiente de Esculapio, sino que, lleno de terror,
salta sobresaltado prorrumpiendo en grandes gritos.
En otro tiempo, los hechiceros y los adivinos eran los encargados de enseñar a los
enfermos los manantiales donde encontrarían la salud o el alivio de sus males; hoy
los médicos y los químicos reemplazan a los magos de la Edad Media, indicándonos
con mayor autoridad el agua bienhechora que nos ha de devolver las fuerzas y ha de
darnos una segunda juventud. Cuando la ciencia se complete con nuevos
conocimientos, el hombre, sabiendo perfectamente cuál debe ser su género de vida,

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sabrá también qué aguas, qué atmósfera son útiles para curar sus males y entonces
gozará plenamente de la vida hasta el término natural, con la sola condición de que
nuestro estado social no sea el de odiarnos y exterminarnos. En Arabia, los fanáticos
soberanos de Wahabites hacían tapar cuidadosamente todas las fuentes termales y
minerales, por temor a que sus súbditos, convencidos de la virtud de las aguas de sus
manantiales, se olvidaran de poner toda su confianza en el solo poder de Allah. En el
porvenir, al contrario, sabremos utilizar todas las gotas que surjan del suelo, todas las
moléculas que salgan a la superficie y sabremos designar su función para el provecho
de la humanidad.

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VIII. Las corrientes y las cascadas
Mezclándolo todo en su cauce, lo mismo las aguas que bajan del monte que las
fuentes que brotan del suelo, manantiales fríos, tibios y termales, salinos, calcáreos y
ferruginosos, el arroyo crece y crece sin cesar en cada vuelta del valle, a cada nuevo
afluente. Rápido y alegre como joven que entra en la vida, ruge y salta
desordenadamente; ya le llegará la calma y hará más lenta su corriente al llegar a la
llanura horizontal y monótona; en el momento se resbala con alegría por la pendiente
precipitándose hacia el mar. Es que se encuentra todavía en el período heroico de su
existencia.
En esta parte de su curso, las corrientes, las cascadas y los saltos, son los grandes
fenómenos de la vida del arroyo. No siendo todavía bastante fuerte para regularizar
completamente la inclinación de su lecho, y minar las bases de la roca, arrasar los
salientes de la piedra y reducir a polvo los cantos esparcidos, tiene el arroyo que
salvar estos obstáculos saltando por encima o escaparse por los lados.
Los saltos varían hasta el infinito, según la altura de las piedras que ha de
franquear, la inclinación de la pendiente, la abundancia de las aguas, el aspecto de sus
orillas, la vegetación de sus riberas y el volumen de las piedras emergidas. Aunque
diferentes entre sí, todas son igualmente hermosas, ya por su graciosa forma, ya por
su majestad, sintiéndose alegre y satisfecho quien se deja mojar los pies.
Las corrientes son el bosquejo de las cascadas donde toman estas su ímpetu, para
detenerse luego y precipitarse después. Aquí, el agua que choca contra una piedra
musgosa la envuelve como con un globo de transparente cristal, y ciñe su base con
una orla de espuma; allá, la corriente inclinada desaparece rápidamente por entre dos
rocas, y después, por encima de ocultos escollos, se repliega en ondas paralelas; más
lejos, el caudal se divide en varias curvas lanzándose por saltos desiguales. El hoyo
profundo, la sutil capa de agua y la franja de espuma, se suceden con desorden hasta
abajo de la pendiente donde el arroyo recobra su calma y la regularidad de su curso.
¡Y cuán grande es también la diversidad de las cascadas! Yo conozco una,
encantadora entre todas, que se oculta bajo las flores y el follaje. Antes de
precipitarse, la superficie del arroyo es completamente lisa y pura; ni una roca
saliente, ni una hierba en su fondo interrumpen su curso rápido y silencioso; el agua
cae en un canal trazado con igual regularidad que si fuera obra del hombre. Pero en el
punto de la caída, el cambio es repentino. Sobre la cornisa de donde el agua se lanza
en cascada, se levantan macizos de roca parecidos a pilares de un puente derribado,
apoyándose sobre anchos estribos cuya base lame la espuma. Grupos de saponáceas y
otras plantas salvajes, crecen como en jarrones de adorno en las anfractuosidades de
los puntos dominados por las cascadas, mientras que las zarzas y clemátides,
desplegadas como cortinajes, descansan sus guirnaldas sobre los salientes de la piedra

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y velan los distintos despeñaderos de la caída. La espesa red de verdura oscila
lentamente por la presión del aire que arrastra el agua al caer, y las lianas aisladas,
cuyas extremidades se bañan en los remolinos de espuma, se estremecen
incesantemente. Los pájaros hacen su nido en este follaje y se dejan balancear por el
aire. Hermoseado por las flores en primavera, adornado de frutos en verano y otoño,
el cortinaje suspendido delante de la catarata ahoga en parte el estrépito; hasta podría
suponérsele lejana si el sol, penetrando sus rayos por entre las ramas, no hiciera
brillar por diversos puntos el gigantesco diamante que oculta la verdura.
A poca distancia de esta cascada cubierta por las hojas y las flores, otro asiento de
peñascos atraviesa el arroyo, pero estos son tan duros que el agua ha hecho muy poca
mella en ellos y apenas si está trazado su lecho. Ha tenido por consecuencia que
extenderse a lo ancho y, rodeando piedras y arrastrando tierras vegetales, se ha
dividido en numerosos hilos de agua, procurándose cada cual un curso favorable para
llegar al punto de caída. Cortado en su paso por una roca pulida que se levanta en
medio de sus cascaditas, los vemos saltar por todas partes; unos bastante fuertes para
arrastrar las piedras y otros tan débiles que apenas pueden descubrir las raíces del
césped. Aquí una pequeña capa de agua se extiende sobre una roca cubierta de
verdoso limo y luego resbala por un asiento inclinado rodeado de helechos,
ocultándose furtivamente por entre dos ramas de sauce que se inclinan hacia el
líquido. Más lejos un pequeñísimo hilo de agua, contenido en una pequeña hendidura,
corre, centellea y murmura en mi caída. Otro se precipita por una fisura negra y no se
distingue desde fuera más que por centelleos indistintos; otro aun se lanza por aquí y
allá retorciéndose como una serpiente de círculos alternativamente negros y
plateados. A través de las rocas, los arbustos y las hierbas, todos los arroyuelillos,
después de un momento en reposo, se juntan nuevamente como una porción de niños
al grito de la madre. Y todo esto ríe y canta con alegría. Cada cascadita tiene su voz,
dulce o grave, argentina o profunda, produciendo en conjunto un encantador
concierto que adormece el pensamiento, dándole, al igual que la música, un
movimiento acompasado y rítmico. Por fin, todas las fracciones se han reunido en el
cauce común; chocan las corrientes bordadas de espuma y luego juntas emprenden el
camino hacia la llanura.
La catarata es otra cosa distinta. En ella las aguas no se extienden sobre un ancho
espacio para precipitarse luego al azar; se reúnen, al contrario, para lanzarse en masa
compacta por el estrecho paso abierto entre dos puntas de roca. Deprimido en sus
orillas e hinchado en el medio por la presión de la corriente, el arroyo se estrecha y se
curva hasta el corte, desde donde se lanza al vacío. El agua, empujada por rápida
velocidad, ha perdido sus ondulaciones y sus pequeñas olas; todos sus rizos,
prolongados por la rapidez del torrente se han cambiado en otras tantos líneas
perpendiculares como trazadas por la punta de un estilete. Parecida a una tela sedosa

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que se despliega, el lienzo líquido se desprende de la arista de la roca y se curva por
encima de un negro corredor, en el fondo del cual bullen las aguas en torbellino. La
base de la catarata es un caos de espuma. La masa que cae se deshace en olas que
chocan entre sí, dirigiéndose en tumulto hacia el chorro enorme contra el que se
precipitan como para escalarlo. En el estruendoso remolino, el agua y el aire,
arrastrados a un mismo tiempo por la tromba, se confunden en una masa blanca que
se agita incesantemente. Cada torrente, cambiando a cada instante de forma, es un
caos en el caos.
Escapándose del torbellino, el aire aprisionado levanta millares de gotas
pequeñas, que al dirigirse hacia el espacio producen fina niebla que el sol irisa. A
veces también, encerrado bajo la masa del agua, arrastra torrentes espumosos que se
ven entre ella escurrirse a lo largo de la roca como blancos espectros; bastante lejos,
delante de la caída, continúa el torbellino del arroyo. Por cada lado ruedan violentos
remolinos en el fondo de los cuales chocan las piedras, produciendo para las edades
futuras «ollas de gigante». Por la fuerza del huracán que la empuja, el agua, blanca y
chispeante, entra rápida en el canal; sin embargo, poco a poco su marcha se hace
lenta y adquiere un tono de azul calizo como el del ópalo; luego, sólo presenta ligeras
estrías de espuma, y poco después encuentra su calma y su reflejo azul. Nada
recuerda ya la estrepitosa caída del arroyo, si no es la niebla de imperceptibles gotas
que se ve brillar a lo lejos sobre el raudal que cae, produciendo un continuo mugido
que hace vibrar la atmósfera.
Cierto que la modesta catarata del arroyo no es un mar que se despeña como el
salto del Niágara; pero por pequeño que sea, no deja de producir una impresión de
grandeza a quien sabe mirarlo, y no pasa indiferente por su lado. Irresistible e
implacable, como si fuera empujada por el destino, el agua que cae lleva tal
velocidad, que ni el pensamiento puede seguirla: se cree tener ante la vista la mitad
visible de una ancha rueda que gira incesantemente alrededor de la roca.
Contemplando esta corriente siempre la misma y renovándose sin cesar, se pierde
la noción de la realidad. Pero para sentirse poderosamente atraído por el vértigo de la
cascada, es preciso mirar hacia arriba, por encima del sitio donde el agua cesa de
correr y, describiendo su curva, se lanza libre al espacio. Los botones de espuma y las
hojas arrastradas, llagan lentamente a la compacta masa como viajeros cuya quietud
nadie turba; después, repentinamente, se les ve temblar, dar vueltas sobre sí mismos
y, aumentando la rapidez a cada instante, se precipitan en los pliegues del agua para
desaparecer en la caída. Así, en infinita procesión, todo lo que baja por la superficie
del agua obedece a la atracción del abismo; todos estos objetos se ven desaparecer
como rápidas estrías, como pequeñas visiones que desaparecen en el momento de ser
vistas; la mirada misma, arrastrada por la pendiente, por ese pasar desordenado de
hojas y archipiélagos de espuma, tiende a descender al abismo hacia el cual todo

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parece marchar, como si fuese allí, en el rugiente pozo, donde debe hallarse la paz.
Frecuentemente se ve llegar un insecto que hace esfuerzos o que intenta subir
sobre una hoja flotante, arrastrado también hacia el precipicio. Se le ve agitar sus
patas y antenas a la desesperada, se mueve y retuerce en todas direcciones, pero en
cuanto ha sentido la invencible atracción, cuando ha empezado a describir con la
masa de agua la gran curva de la caída, cesa repentinamente todos sus movimientos
abandonándose a su destino. Del mismo modo, un indio y su mujer, remando en su
piragua, a corta distancia de la catarata del Niágara, fueron cogidos en un violento
remolino y arrastrados hacia la caída. Durante largo rato intentaron luchar contra la
terrible presión; los asustados espectadores que estaban en las orillas creyeron
durante un momento que conseguirían dominar la corriente; pero no; la piragua,
vencida en su esfuerzo, cede y cede sin cesar; la arrastra la corriente; se acerca a la
terrible curva, se ha perdido toda esperanza. Entonces los dos indios cesan de remar,
se cruzan de brazos, miran con serenidad el turbulento espacio que les rodea y altivos
hasta en la muerte, como es propio a los héroes, desaparecen en la inmensa tromba.
Contemplada por la mirada de la ciencia en el infinito de las edades, la cascada en
sí no es un fenómeno menos pasajero que los insectos o los seres humanos
arrastrados hacia el abismo, porque también ella ha nacido y desaparecerá. En la
superficie de la tierra todo nace, envejece y se renueva como el planeta mismo. Todo
valle, cuando fué recorrido la primera vez por el río o el arroyo que hoy lo baña,
estaba bastante más accidentado que en la actualidad; la graciosa sucesión de fisuras
y de charcos, no ofrecía más que una serie de lagos unidos y de cascadas que se
sumergían en ellos; pero poco a poco la pendiente se ha determinado, los huecos se
han llenado de aluvión, las cascadas que desgastaban gradualmente la roca se
convirtieron en torrentes y después en arroyos pacíficos. Tarde o temprano la
corriente descenderá hacia el mar, siguiendo un curso tranquilo y regular. Al fin, toda
irregularidad desaparecería si la tierra, al envejecer por un lado, no rejuveneciera por
otro. Si hay montes que desaparecen, roídos por el tiempo y la intemperie, hay otros
que surgen empujados hacia la luz por fuerzas subterráneas; mientras unos ríos se
secan lentamente absorbidos por el desierto, otros torrentes nacen y crecen; unas
cascadas se obliteran, pero otras, después de haber roto las paredes que las retenían,
se desprenden de los altos lagos desplegándose en ligeras velas o se lanzan en
compactas masas sobre las faldas de los montes.

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IX. Las sinuosidades y los remolinos
Puesto que desde la cumbre del monte hasta la llanura baja, el suelo removido por
las aguas durante el curso de las edades se inclina en pendiente regular hacia el
océano, el arroyo, empujado por su peso, debía, al parecer, descender en línea recta;
pero, por el contrario, su curso es una sucesión de curvas. La línea recta es una pura
abstracción del espíritu, otra quimera como el punto matemático, que no existe más
que para los geómetras. En la inmensidad del espacio, el sol y los cometas ruedan en
curvas inmensas; en nuestro globo planetario, arrastrado como los demás en una
espiral de elipses infinitas, los huracanes, las trombas, los aires, el más insignificante
céfiro, se propagan en líneas curvas; las aguas del mar se pliegan y desarrollan, en
curvadas olas; todas las formas orgánicas, animales y plantas, no ofrecen en sus
células y cavidades más que superficies curvas y sinuosidades; hasta los duros
cristales, mirados con el microscopio, no tienen esos planos regulares, esas aristas
inflexibles que aparecen a simple vista. Los dientes, las agujas, las estrías de los
minerales y de los organismos infinitamente pequeños, revelan, bajo la mirada del
instrumento que los analiza, las suaves ondulaciones de sus contornos. Donde se
produzca un movimiento, tanto en la piedra como en otro cuerpo o en la juntura de
los mundos, este movimiento, resultante de diversas fuerzas, se realiza siguiendo una
dirección curvilínea.
Para ver las sinuosidades de los arroyos, no es preciso que nos armemos de un
microscopio. El cauce tortuoso y bajo los árboles que le dan sombra, se desarrolla en
círculos, en remolinos, en espirales; las hierbas del fondo, cabelleras ondulosas, los
rizos de la superficie, las libélulas que revolotean entre los juncos y que se juntan y se
separan para volverse a reunir; los mosquitos que giran en círculos sin fin, el viento
que pasa matizando de obscuro la brillante capa sobre la que dibuja sus circulares
soplos, en todo, en fin, no veo más que curvas graciosamente cruzadas, círculos
enlazados y figuras de contornos flotantes. Tal cual lo indican las inmersiones y
emersiones sucesivas de la hoja arrastrada, el agua que baja al fondo remonta en
nueva curva hacia la superficie, aparece a la luz y desaparece otra vez bajo las curvas
líquidas, que, al mismo tiempo, han descendido hasta el fondo del cauce. Por la
Impulsión de la corriente, las moléculas de agua cambian constantemente su posición
respectiva; dirígense unas hacia la derecha y otras se desvían hacía la izquierda. En el
cauce común cada gota tiene su curso particular, graciosa serie de curvas verticales,
horizontales, oblicuas, comprimidas en las grandes sinuosidades del arroyo: así es
también como el circuito de un planeta se desenvuelve en la órbita inmensa del
sistema solar que lo arrastra.
Estudiado en conjunto, el arroyo se desvía a un lado y a otro como las gotas que
lo componen. Su masa, contenida por una piedra o un tronco de árbol que obstruye su

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lecho, se desvía un poco y va a chocar contra una orilla. Rechazado por el obstáculo,
se dirige hacia la orilla opuesta, la hiere y, nuevamente rechazado, se lanza en sentido
inverso. Así la corriente se dirige sin cesar de un lado a otro trazando curvas
sucesivas: desde el manantial a la desembocadura, el agua no hace más que rebotar
contra los dos ribazos. Las ondulaciones cóncavas y convexas alternan en toda la
longitud de sus bordes: para la mirada es esto un ritmo, una música.
Tampoco la regularidad de las curvas es matemática; las sinuosidades varían de
forma hasta el infinito, según la naturaleza del terreno, el declive del suelo, la
violencia de la corriente y los guijarros que rueden por su cauce. Entre las paredes de
las rocas, los ángulos se redondean ligeramente en las vueltas repentinas; el agua,
impotente para minar los asientos de las piedras, retrocede bruscamente; en los
montes, sobre todo, donde la pendiente del cauce es muy considerable, el torrente
encajonado por los desfiladeros, serpentea a uno y otro lado con ímpetus sucesivos,
como animal perseguido que procura salirse de la puntería del cazador. En el llano,
sus riberas, consolidadas por las raíces de grandes árboles, resisten también durante
mucho tiempo a la acción de la corriente, y en muchos puntos el cauce del arroyo no
ofrece más que ligeras sinuosidades en un gran trecho: asiéndose fuertemente de una
rama e inclinándose por encima de las aguas, se ve a lo lejos la perspectiva de ramas
y troncos reflejados sobre el movible cristal, rayado por la luz de trecho en trecho. No
obstante, también aquí, donde el curso parece casi recto, concluye por determinar una
sinuosidad a la que suceden otros rodeos hasta que el arroyo se mezcla con las aguas
del río para confundirse con las del mar.
Las corrientes que más encantadoramente presentan esta rítmica sucesión de
rincones y pequeñas penínsulas, son los torrentes cuyo cauce se extiende por un
amplio lecho de arenas y guijarros, y los riachuelos o barrancos que corren por
prados, entre orillas arenosas que se hunden fácilmente por la acción de la corriente.
Tales son las orillas de nuestro arroyo en casi todo su curso que empieza en la base de
los montes. Al igual que muchas otras aguas corrientes cantadas por los poetas, esta
despierta en la imaginación la idea de una gigantesca serpiente que se resbala bajo la
hierba reflejando sus círculos. Visto desde la cumbre de una colina, sus curvas brillan
a la luz como los pliegues y repliegues de una culebra con reflejos de plata; sólo que,
mayor que los dragones de la antigua mitología, estas enormes serpientes tienen por
lecho un valle que se extiende hasta perderse de vista, desde los montes hasta la tierra
baja o hasta las arenosas playas del océano. En casi todas las comarcas del mundo,
los campesinos han tenido la natural idea de asimilar el nacimiento del arroyo a la
cabeza de un animal inmenso: para ellos la fuente es el «Jefe del Agua», Ras el Ain.
Lo mismo que nuestro arroyo y todos los riachuelos y ríos del mundo, igual que
el tortuoso Meandro de Asia, que ha dado su nombre a las sinuosidades de su curso,
los arroyuelos de algunos metros de largo que se determinan en las playas del océano,

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después de los reflejos de la marea, tienen también graciosas formas serpentinas.
Cada uno de estos pequeños surcos, con sus afluentes casi imperceptibles que a él
convergen, se dibuja sobre el suelo como la imagen de un arbusto cuyas ramas sacude
el aire. El mar, poderoso, con una sola de sus olas cubre de arena todos esos pequeños
sistemas de ríos en miniatura; pero los hilillos de agua que descienden luego se
practican un nuevo cauce, y sus lechos, de sólo algunos milímetros de ancho, se
determinan otra vez en una serie de ondulaciones regulares. Si se practica un agujero
en la arena por encima de un cuerpo sólido arrastrado tras la corriente, o en el punto
ocupado por una concha marina, el pequeño torrente de unas cuantas gotas, atraído
hacia este hoyo, desaparece dando vueltas en movimiento análogo al de un tornillo.
Cuando el microscopio nos revela los misterios de la simple gota de agua apenas
perceptible a primera vista ¿qué vemos en ella, sino corrientes sinuosas y remolinos
circulares, como en el río y el gran océano? El viaje del agua que baja desde el monte
al mar se verifica por un circuito de curvas que se suceden constantemente. ¿Es tal
vez por esto por lo que la leyenda germánica nos representa las ondinas de los
arroyos volando durante las noches en vastos círculos, tocando con el pie el agua de
las fuentes?
Por encima de los remolinos y torbellinos es donde las danzas de las ninfas, vistas
por la imaginación de los poetas, deben ser interminables porque el agua da vueltos
sin fin en un círculo sin salida. Al pie de una cascada, un promontorio de rocas,
sitiado por el espumoso torrente, protege con su masa un hoyo tranquilo donde
ruedan las aguas que la corriente lanza lateralmente. Nada más alegre a primera vista,
ni más entristecedor que el espectáculo ofrecido por el movimiento de un objeto que
se ha perdido en el remolino al precipitarse con la cascada. Una bellota de encina,
todavía dentro de su cúpula, acaba de ser arrastrada por la caída y reaparece en medio
de la espuma. Durante algunos instantes parece desaparecer con la corriente, pero un
movimiento oblicuo del agua la rechaza y separa; entra nuevamente en el remolino y,
flotando, rozando la base del promontorio, vuelve poco a poco hacia la cascada. Se
encuentra de nuevo en la lucha de las aguas que chocan, pero avanza lentamente, sin
embargo, para llegar bien pronto bajo la masa del arroyo que se despeña; entonces,
como animada de un súbito arranque de la voluntad, se sumerge en el pequeño
abismo, dando una serie de piruetas. Más abajo reaparece en las tranquilas aguas,
pero para continuar su camino y sumergirse de nuevo por la fuerza de nuevas duchas.
A veces se aleja tanto, que se la llega a creer definitivamente libre de la atracción del
remolino y parece decidida a marcharse juntamente con un copo de espuma; pero no;
se detiene todavía y luego, como si fuera un barco obediente al timón, vuelve su
cabeza hacia la cascada y empieza nuevamente su movimiento giratorio. Tal vez estas
vueltas sin fin, durarán hasta que, separada la bellota de su cúpula, ya completamente
impregnada de agua, descienda al fondo del pozo para disgregarse y convertirse en

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lodo. Con frecuencia suelen hallarse sobre las orillas del arroyo extrañas bolas
erizadas de pinchos como castañas en el árbol todavía; son agrupaciones de espinas
que se han aglomerado rodando por el remolino.
Durante las grandes crecidas del arroyo, cuando sus aguas arrastran hacia el mar,
no solamente bellotas de encina y ramitas de espino, sino árboles enteros, en el
torbellino del pozo es donde termina, al menos por algún tiempo, la odisea de los
troncos viajeros.
Una mañana, algunos amigos y yo fuimos a visitar la cascada para ver brillar a los
primeros rayos del sol la espuma matizada de rosa. Un gran pino, desbranchado por
sus choques contra las piedras, rodaba pesadamente por el charco. Jóvenes y muy
ignorantes aún de las cosas de la naturaleza, mirábamos con extrañesa los sobresaltos
e inmersiones del destrozado árbol. Traqueteado el tronco incesantemente por el
movimiento de las aguas, iba desde la cascada a la roca y volvía luego de esta a la
cascada; giraba aquí un momento, se perdía un instante en las olas de agua y espuma,
y luego reaparecía por otro lado, levantándose fuera del abismo como el palo de un
navío naufragado. Volviendo a caer con estrépito, flotaba lentamente hasta la
extremidad del charco y chocaba contra una orilla, haciéndolo retroceder a la
catarata. Símbolo de los desgraciados a quienes persigue el destino inexorable, daba
vueltas y más vueltas con la incesante desesperación de una fiera salvaje encerrada en
una jaula de hierro. Entretanto, nosotros esperábamos cándidamente que saliera del
círculo fatal para verlo flotar sobre la corriente. Secretamente irritados contra él por
su tardanza en continuar su viaje, nos habíamos prometido no marcharnos de allí
hasta su salida para saborear con tal triunfo nuestra comida. Pero ¡ay de nosotros!, el
monstruo no puso término a sus vueltas e inmersiones, y, atormentados por el
hambre, nos hubimos de resignar a marcharnos avergonzados, no sin lanzar una
mirada furiosa al tronco de pino que, impasible, continuaba dando vueltas aún. Antes
de decidirse a partir, esperaba que la corriente cambiara de nivel.
No solamente corre el agua por numerosas sinuosidades, torbellinos, curvas y
remolinos, sino que además toda impulsión que viene de fuera se propaga en la
superficie del arroyo, determinando redondeadas formas. Una hoja que se desprenda
del árbol, un grano de arena que caiga de la orilla, hace rizarse el agua formando
ligeros pliegues. Alrededor de la depresión se levanta un reborde circular rodeado por
un pequeño foso. Un segundo círculo concéntrico, luego un tercero, y otro y otros se
forman alrededor del primero; la superficie entera del arroyo se cubre de redondeces
tanto más anchas y desiguales cuanto más se alejan del centro. Golpeando en la orilla,
cada onda de agua se propaga en sentido inverso cruzando las olitas que la siguen;
otras series de pliegues producidos por la caída de un nuevo grano de arena o por un
estremecimiento de la onda, se confunden con las primeras y una multitud de líneas,
propagándose en todas direcciones, suben y bajan como las mallas de una red cuya

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trama sólo la mirada hábil puede distinguir. Comparadas con el ancho del arroyo, sus
débiles ondulaciones son mil veces mayores que las más formidables e impetuosas
olas del mar. Reflejados en el ondulado cristal de la superficie líquida, los árboles de
la orilla, las ramas cruzadas y las nubes del cielo, se retuercen y desplazan en rítmicas
curvas; el espacio infinito parece danzar sobre el centelleante espejo.
Si la líquida masa del arroyo no se arrastrara hacia el mar y estuviera inmóvil
como la de un lago o estanque, cada ola concéntrica se extendería en círculo con
perfecta regularidad; pero la corriente es rápida, las moléculas de agua cambian de
punto constantemente y, por consecuencia, el círculo regular, como la línea recta, son
una pura abstracción. De esta deformación de círculos resulta una variedad más en el
entrecruzamiento de los líquidos rizos. Las desigualdades de la corriente que arrastra
el sistema entero de ondulaciones, modifica sus curvas, aproximándolas o alejándolas
unas de otras; un obstáculo comprime y frunce las olas, un impulso rápido las separa
y prolonga alisando la superficie: por la duración de cada intervalo entre los rizos de
agua se puede calcular exactamente la velocidad de las pequeñas corrientes parciales
que componen el torrente total. En los sitios en que es mayor la profundidad, cada
piedra sirve de dique para contener la corriente, cada estrecho entre dos guijarros es
una esclusa por la que el agua se precipita y el caudal del arroyo queda dividido en
infinidad de pequeños triángulos esféricos, multitud infinita de ondulaciones que es a
la vez red luminosa que hace vibrar y centellear las bruñidas piedras del fondo.
Además, no son solamente cuerpos inertes los que ondulan la superficie del
arroyo, hay también seres vivos que, cambiando de punto, transforman al mismo
tiempo el centro de las ondulaciones. Un pez que pasa como un dardo da al conjunto
de las vibraciones la forma de un óvalo muy prolongado; el insecto flotante que se
mueve por impulsos sucesivos, deja tras sí dos estelas oblicuas en las que se encierran
círculos desiguales; otro bicho, una abeja tal vez caída de un árbol, se deshace dando
vueltas agitando sus alas con tal rapidez que el agua se riza con una miríada de líneas
vibrantes, entrecruzando sus innumerables círculos: el insecto que se agita con tanta
viveza, es lentamente arrastrado por el curso del arroyo y a veces lo vemos
desaparecer repentinamente; es que un pez, con rapidez incomparable, acaba de
tragarse al insecto, cesando todo su cortejo de líneas circulares.
Y yo también, tranquilo contemplador del arroyo y sus maravillas, puedo variar
hasta el infinito el aspecto de la superficie líquida con sólo sumergir mi mano en la
corriente. Dirigiéndola al azar, lenta o rápidamente, cada uno de mis movimientos
modifica las ondulaciones de la superficie movible. Las ondas, los remolinos y los
torbellinos cambian de punto; todo el régimen del curso líquido varía por mi voluntad
según la posición de mi brazo, y las ondas que se forman ante mí las veo agruparse
hacia la corriente, mezclarse a otras ondulaciones y, cada vez más débiles, pero
siempre visibles, se extienden hasta la inmediata curva del arroyo. La presencia de

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esa superficie rizada, obedeciendo al impulso de mi mano, despierta en mí una
especie de tranquila alegría mezclada con no sé qué de melancolía. Las pequeñas
ondulaciones que yo provoco en la superficie del agua se propagan a lo lejos de ola
en ola a grandes distancias. De igual modo, toda idea vigorosa, toda palabra enérgica
y firme, todo esfuerzo en el gran combate de la justicia y la libertad, repercuten al
salir de nosotros de hombre en hombre, de pueblo en pueblo, y desde los más
remotos tiempos a las edades futuras. Pero si nos colocamos en otro punto de vista, y
observamos la interminable sucesión de las cosas, entonces, la historia entera de la
humanidad no es otra cosa, según la expresión de Heimholz, que una ola casi
imperceptible en el mar sin límites del tiempo.

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X. La inundación
Durante muchas horas seguimos con la mirada el curso del torrente y con sorpresa
observamos que la superficie del arroyo cambia a nuestra vista. Al parecer es en el
mismo punto donde las hojas entran en el remolino y se sumergen dando vueltas; en
esos sitios el agua se extiende en lienzos, se pliega en ondulaciones y se precipita por
rápidas pendientes; a la misma altura, al parecer, se mojan las raíces del álamo y la
flor de miosotis se baña en el agua transparente.
No obstante, el caudal cambia sin cesar; al mismo tiempo cambian también de
sitio los torbellinos, la forma y extensión de los remansos y sus ondulaciones; la
altura de las cascadas y la inmersión dé las plantas y raíces de los árboles. Todas estas
pequeñas variaciones de la corriente serían fáciles de observar si en vez de medir el
agua con una simple mirada, se consignara la altura por medio de un instrumento de
precisión. Las oscilaciones del arroyo, que son apenas perceptibles durante los días
apacibles, cuando gozamos paseando por la orilla de las aguas susurrantes, se vuelven
por el contrario, fuertes y rápidas, después de los bruscos cambios de temperatura y
de las grandes lluvias. Si no tememos a pesar de la lluvia y el viento huracanado,
detenernos en la orilla, protegidos por el pobre abrigo que ofrece el tronco de un
sauce, veremos con cuánta rapidez puede aumentar el caudal del arroyo, cómo se
aumenta la velocidad de su corriente, llena su cauce hasta los bordes y, salvando las
orillas, inunda los campos cultivados.
En las gargantas de los montes las crecidas y las inundaciones son aún más
rápidas. Allí, el agua que cae de las nubes, chocando en las aristas de las piedras corre
inmediatamente por los declives; de todos los pequeños regueros de los vallecillos,
afluyen los hilos de agua y los torrentes para reunirse en enorme masa, en el gran
receptáculo abierto al origen de casi todos los valles.
Al agua de lluvia o las montañas de nieve medio derretida que el tibio chubasco
ha hecho desprender de las laderas, se mezclan los restos fangosos, las piedrecitas y
los fragmentos de roca caídos de los flancos del monte. Por los cauces, donde de
ordinario salta en sonoras cascadas un pequeño torrente de cristalina agua, corre
ahora con estrépito una especie de fango, un líquido semisólido que es al mismo
tiempo que un diluvio un desprendimiento. Estos son los fenómenos que, con el
tiempo, rebajan poco a poco los montes y los extienden en capas horizontales de
aluvión sobre los llanos y en el fondo de los mares. El curso de los torrentes acaba
por allanar las más altas cimas; derribarán los Andes y el Himalaya como han hecho
ya desaparecer montes no menos elevados que los geólogos nos dicen han existido en
otras edades.
Yo recuerdo aún el terror de una noche pasada a orillas del Chiruá, pequeño
torrente de Sierra Nevada, en los Estados Unidos de Colombia. El día había sido

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hermoso; sólo una tempestad había estallado algunas leguas de allí, en las gargantas
superiores de la Sierra, y esta tempestad había contribuido a la hermosura del día. El
sol se había ocultado detrás de un horizonte esplendoroso, cuya púrpura realzaba el
extraño contraste de las nubes sombrías con reflejos de cobre, ocultándonos las cimas
de algunos montes, donde el estruendo del trueno se oía sin cesar. A la caída de la
tarde la violencia de la tormenta había terminado; cesaron los truenos, se apagaron
los relámpagos, e inmediatamente la luna, asomándose por la cumbre lejana, pareció
dispersar por el cielo los jirones de nube, lo mismo que un navío rompe con su proa
las flotantes islas de alga.
Lleno de confianza y fatigado por una larga correría, no me entretuve ni perdí
tiempo en buscar un refugio. La arena del barranco brillaba a los rayos de la luna y
veía con agrado que me brindaba una cama más blanda y menos húmeda que las
hierbas del bosque; además estaba seguro de no encontrar ninguna serpiente
enroscada en la maleza, y contra todo otro animal, tenía la ventaja de encontrarme en
un espacio libre desde donde podía, al menor aviso, distinguir a mi enemigo. Me
desembaracé de mi mochila para convertirla en almohada, me aflojé el cinturón y con
el cuchillo en la mano me tendí para descansar. Afortunadamente, los mosquitos no
cesaron de turbar mi reposo; como durmiendo con sueño intranquilo, mi oído percibía
vagamente todos los ruidos a mi alrededor y oía la charanga enervante de los
mosquitos y el saltar de los monos chillones. Pero, repentinamente, al triste concierto
se unió un murmullo creciente parecido al de una multitud lejana que sollozaba,
gemía y gritaba desesperadamente. Mi sueño se hacía intranquilo por momentos,
cambiándose al instante en pesadilla y despertando sobresaltado. Ya era hora; mis
ojos, extraviados por el terror, distinguieron a corta distancia una especie de muralla
movible precedida de una masa espumosa que avanzaba hacia mí con la velocidad de
un caballo desbocado. Esa muralla de barro, agua y piedras, era la que producía el
terrible estruendo que me había despertado y me amenazaba. Recogí mi bagaje
precipitadamente, y a grandes saltos, conseguí ganar la orilla del torrente. Cuando
volví la vista, el furioso elemento cubría ya el punto donde estaba acostado
momentos antes. Las olas, amontonadas en torbellinos, pasaban silbando; las piedras
del cauce, empujadas por las aguas, cambiaban lentamente de puesto como monstruos
despertados de su sueño y chocaban entre sí produciendo un sordo ruido; árboles
arrancados de raíz, se levantaban fuera del agua y se sumergían pesadamente
rompiéndose las ramas contra las piedras arrastradas; las orillas temblaban sin cesar
por los choques de los enormes proyectiles que el agua furiosa lanzaba contra ellas.
Durante toda la noche, el Chiruá continuó mugiendo, pero el estrépito disminuyó
poco a poco; el agua, negra por el arrastre de materias extrañas, se aclaró un poco, y
las pesadas piedras que arrastraba la corriente se detuvieron en mitad del cauce.
Cuando los rayos del sol esparcieron por la superficie del arroyo sus primeros

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reflejos, me pareció que el agua había disminuido lo suficiente para franquear el
arroyo y continuar mi marcha después de liar mis ropas en una especie de turbante
que rodeaba mi cabeza; me aventuré a franquear la corriente y, no sin peligro,
conseguí llegar a la orilla opuesta. El rápido torrente hacía temblar mis piernas y
doblarse mis rodillas; guijarros de punta me cortaban los pies; pequeñas piedras
arrastradas chocaban aún contra mí, y la corriente me empujaba violentamente.
Cuando llegué al fin, sano y salvo a la parte opuesta, sentí no haber tenido la buena
idea del campesino austríaco, que esperaba cándida y pacientemente sobre las orillas
del Danubio, que el río cesara de correr: algunas horas después de mi paso, el Chiruá
no era más que un débil hilo de agua, serpenteando por entre las piedras, que hubiera
podido franquearse saltando de una a otra orilla.
Afortunadamente, estas crecidas repentinas, que debiéramos llamar avalanchas de
agua, cambian de aspecto en la base de las montañas. En los llanos donde la
inclinación del suelo es relativamente débil, y a veces imperceptible, la masa líquida
del arroyo pierde su fuerza de impulsión y cesa de empujar las materias arrancadas de
las laderas. Las piedras son las primeras que se detienen, luego los objetos pesados, y,
por fin, el torrente, convertido en arroyo, no arrastra por el fondo de su cauce más que
pequeña grava, y sólo lleva en suspensión la fina arena y la tamizada arcilla. Se calma
la furia del diluvio, sobre todo, después de haberse unido a otros cursos de agua
venidos de otras regiones donde no ha llovido, o por lo menos, no al mismo tiempo.
Sin embargo, aun perdiendo su velocidad, el caudal aumenta sin cesar por los
afluentes que descienden de las gargantas superiores, acumulándose así en masa
considerable; gana en anchura y profundidad, se desborda de su cauce demasiado
estrecho, y se extiende lateralmente por encima de los ribazos; a veces transforma los
campos de sus riberas en verdaderos lagos, donde las aguas, llevadas por la crecida,
se clarifican poco a poco, depositando el aluvión. En más o menos tiempo, la
superficie sucia del lago reemplaza a la verdura de los prados, hasta que al fin, la
capa líquida penetra en el suelo y se cambia en vapor, o bien, después de la crecida,
vuelve al cauce del arroyo.
Durante la inundación, el pequeño arroyo, olvidando sus pacíficas costumbres, se
convierte en destructor de cuanto encuentra a su paso. Derrumba sus puentes, ahonda
su lecho, cambia de sitio sus corrientes y remolinos, nivela sus cascadas, arrasa las
partes de la orilla que se oponían a su marcha y vacía profundas grutas en los
basamentos de las rocas. Las hierbas del fondo son arrancadas y saltan a la superficie,
formando largos montones que se posan o deshacen en las ramas de los árboles;
luego se las encuentra a algunos metros de altura del suelo o suspendidas en las
extremidades de las ramas como los nidos de ciertos pájaros de América. Los
agujeros de los terrenos de la orilla se llenan de agua o bien se hunden por la presión
de la corriente; los animales que huyen a la ventura se ahogan o son devorados por

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las aves de rapiña o las fieras del bosque; los cultivos del hombre son devastados o
cubiertos de cieno. Para el «rudo agricultor» que ha concentrado su amor en la
siembra que germina bajo la tierra y en la verde mata acariciada por el sol, la
inundación, tan hermosa e imponente a los ojos del artista, es el más terrible
espectáculo que puede presenciar.
¿Qué son, pues, esas pequeñas oscilaciones periódicas, esas crecidas y descensos
de nivel comparadas con los cambios que se han realizado durante el curso de los
siglos? En un intervalo de miles de siglos los mayores ríos pueden convertirse en
arroyuelos y éstos en ríos caudalosos; las corrientes crecen y disminuyen, aumentan y
se secan, oscilan incesantemente con los continentes y los climas.
Todo cambia en la naturaleza; la forma de los montes y las colinas, las
sinuosidades de los valles, los accidentes de las márgenes y todos los rasgos de la
gran figura de la tierra se modifican de año en año. El calor aumenta unas veces y
disminuye otras; las lluvias caen a torrentes durante un siglo; luego, durante otro
período, son raras o faltan casi completamente en un mismo punto de nuestro planeta.
Así cambian también los cauces de las aguas, cuya dirección y volumen dependen a
la vez de todas las condiciones del relieve y el clima.
En cuanto a nuestro arroyo, fué seguramente en tiempos pasados un ancho y
profundo río. Su valle, cuyos campos y prados ocupan actualmente toda su anchura,
estaban llenos de agua, y sobre las pendientes opuestas de las colinas se ven todavía
las antiguas márgenes esculpidas por la corriente. El espacio en el cual los árboles de
la orilla balancean libremente sus cabezas, estaba ocupado, hasta veinte o treinta
metros del suelo, por una masa líquida enorme, corriendo con una velocidad de diez
kilómetros por hora. Esto es, al menos, lo que nos han dicho los geólogos después de
haber hecho remover el suelo por los campesinos y haber observado durante largo
tiempo en la llanura y las vertientes de las colinas las arenas, las piedras y arcillas
arrastradas en otras épocas por la corriente. Parece que el Sena arrastraba en otro
tiempo en sus grandes crecidas un caudal de agua como el Misisipi. Nuestro río, pues,
era grande como el Danubio; por él hubieran podido navegar grandes escuadras, si en
aquel tiempo hubiera habido hombres que las construyeran.
Para ver hoy el humilde arroyo tal cual fué en otra época de nuestro planeta, nos
hemos de transportar con el pensamiento sobre las márgenes de algún gran río de la
América del Sur. ¡Qué cambio de espectáculo tan repentino! Me encuentro sólo,
olvidado, sobre una isla de arena, un medio del agua. Ni a uno ni a otro lado distingo
la tierra; la curva vaporosa del horizonte une el lienzo gris del río con la bóveda del
cielo. Una de las riberas está tan lejos que ni siquiera distingo las sinuosidades, y los
árboles me parece que se levantan encima de las aguas como una muralla de verdura.
La otra orilla está más próxima, pero el bosque impide ver los accidentes del suelo;
no hay ni un claro entre las ramas que permita ver prados, campos y rocas; los

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troncos de los árboles, tocándose unos con otros, las branchas entrelazadas y las
lianas y los tapices de hojas y plantas parásitas, limitan completamente el paisaje. La
masa verde, uniforme y grandiosa, se presenta como iluminada: parece que bajo el
azul del cielo la tierra está completamente ocupada por árboles y agua. Ante mi vista
corre un río rápido, imponente. Diferente al arroyo que murmura encantador en sus
cascadas de perlas, el gran río se dirige hacia el mar sin estruendo, casi sin ruido, pero
llevando en su seno un ímpetu furioso; si encuentra un obstáculo, inmediatamente sus
aguas lo salvan formando fuertes torbellinos donde se sumergen arrastrados para
reaparecer a una gran distancia de allí. Los árboles flotantes y las hierbas arrastradas
por la corriente se suceden en procesión interminable; a veces se oye el estruendo de
un trueno; es el hundimiento de un trozo de bosque que las aguas habían minado.
Trabajando sin cesar, el río destruye y renueva constantemente sus orillas, sus islas,
sus bancos de arena, y como la tempestad y el huracán, es una fuerza de la naturaleza
que modifica visiblemente la apariencia exterior de la tierra.
Tal vez en el porvenir esta corriente de agua que fué un río y que actualmente es
un arroyuelo, disminuirá su caudal hasta el punto de que un pájaro pueda secarlo. El
cambio de las riberas continentales, el descenso gradual de las alturas que detenían
las nubes de lluvia y de nieve, la dirección distinta que los vientos húmedos seguirán
por el espacio; la división de su cuenca actual en valles distintos, y en fin, la apertura
de canales subterráneos en los cuales desaparecerán las aguas, pueden tener por
resultado la extinción de manantiales y la desaparición completa del arroyo. Así es
como en los desiertos de África y Arabia muchos ríos, considerables en otras edades,
han dejado de existir: sus cauces se han llenado de arena y los indígenas sólo los
conocen por los inciertos datos de las tradiciones. Según ellos, son los cristianos
quienes con sus operaciones mágicas han hecho desaparecer las aguas, y si algún
nigromántico poderoso no hace aparecer nuevamente las fuentes, sus valles estarán
eternamente secos. De esos ríos malditos del Sahara, conocemos algunos cuyos valles
tienen cientos y miles de kilómetros de anchura. En los parajes donde en remotas
edades corría un caudaloso río, la caravana duerme tranquilamente en nuestros días
durante las noches, y cuando quiere calmar su sed no le queda otro remedio que
practicar un hoyo en la arena con la punta de su lanza, para buscar algunas gotas de
agua que no siempre halla.

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XI. Las riberas y los islotes
No es necesario remontarse con la imaginación a miles de siglos atrás para ver al
arroyo, tan modesto actualmente, modificar la forma de sus orillas y cambiar su
centro. Hasta durante el verano, cuando sus aguas están en el más bajo nivel y se
arrastran lentamente por entre matas de hierbas aromáticas medio secas, no cesa de
trabajar para cambiar su cauce, y renovar, en la medida de sus fuerzas, el aspecto de
la naturaleza. Si no es en los puntos donde el hombre interviene para regularizar la
pendiente, limpiar el fondo y reemplazar las orillas de tierra friable por empalizadas y
diques de piedra, el arroyo, siempre deseoso de cambio, halla el medio de destruir
poco a poco sus márgenes para reconstruirlos nuevamente. Hasta en los sitios donde
las murallas lo han dominado, al parecer, no cesa su trabajo de reforma: ataca a la
piedra, roe lentamente sus cimientos, mina los asientos, y, en un momento dado,
hunde la muralla y queda libre errando por los campos.
Esas incesantes transformaciones de sus riberas, las realiza el arroyo por virtud de
un doble trabajo; de un lado, derriba, llevándose granos de arena, moléculas de
arcilla, fragmentos desmenuzados de roca y trozos de raíz corroídos por la corriente;
de otro, edifica, depositando todos esos restos en una capa que se eleva poco a poco
sobre el fondo del agua. Así, la corriente, enturbiada por el aluvión de que se carga en
su carrera, trabaja sin cesar para clarificarse nuevamente, y cuando su curso se
detiene, se filtra.
Pocos espectáculos son más interesantes que el de esas nubes de aluviones que
arrastra la corriente: ocultan el fondo con su suciedad, pero poco a poco se aligera el
color amarillento o rojizo y poco después no son más que brumas casi imperceptibles
que se desvanecen inmediatamente recobrando el agua toda su limpidez.
En los remansos donde el agua da vueltas con lentitud, la purificación se realiza a
la vez que en el fondo en la superficie; los restos de limo, las hojas, las raíces, las
branchas mojadas caen al fondo y se depositan en bancos de cieno; en la superficie
las simientes, el polen de las plantas y las substancias orgánicas en descomposición,
se amontonan en capas grises que aumentan incesantemente los copos de espuma,
llegando en islas, islotes y archipiélagos diseminados. Alrededor de esta capa,
bastante espesa para ocultar la profundidad de las aguas, se extiende una película
transparente de excesiva delgadez, formada por substancias grasosas de origen animal
o vegetal. Por el reflejo de la luz, esta película brilla con todos los tonos del arco iris,
flotando sobre las aguas como vela de oro, de púrpura y azul, no obstante ser casi
imperceptible, pues que algunos físicos que han medido su espesor lo valúan en
algunas millonésimas de milímetro apenas. A veces un repentino remolino rompe la
irisada capa, y pequeñitas manchas de agua pura se destacan en negro como lagos
sobre el fondo colorado. En cuanto a los estratos de espuma, unos se detienen por las

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orillas, otros se ensanchan por el impulso de la corriente, y se curvan formando
semicírculos, espirales y ondulaciones graciosas. Por sus pliegues y repliegues de
espuma, por su diversidad de colores, sus manchas y tonalidades, la superficie del
charco se parece al mármol pulido, el que, por otra parte, no cabe duda que debe sus
colores y dibujos elegantes, lo mismo que otras rocas admirablemente maqueadas, a
los caprichos de la espuma, a los lentos movimientos de las aguas depositando sus
aluviones.
Todos estos depósitos, por ligeros que sean, contribuyen a levantar el fondo, y
tarde o temprano, transcurridos años o siglos, emergen nuevamente, y fertilizando el
terreno, se recubre éste de vegetación. Este trabajo se hace lenta pero continuamente
y cada año, cada día, la forma del cauce cambia por las continuas sedimentaciones.
Dondequiera que un obstáculo contenga la rapidez, el arroyo cesa de empujar los
granos de arena del fondo y abandona las partículas sólidas que llevaba en
suspensión. Si una piedra caída, si un árbol derribado, si un haz de cañas turba la
regularidad del lecho, inmediatamente la tranquila corriente del fondo del arroyo
depositará un pequeño banco de arena delante del dique, que más tarde es probable se
convierta en islote. Sobre todos los puntos bajos donde el agua se arrastre con
esfuerzo, los depósitos se acumulan, nacen los juncos, y las riberas, levantadas sobre
pequeñas penínsulas, avanzan incesantemente sobre la superficie del arroyo.
Clarificándose sin cesar por las asperidades del fondo y de las márgenes, la
corriente que por arriba había enturbiado el violento chubasco o los hundimientos de
tierra, recobraría bien pronto su pureza si en su marcha no derribara continuamente
de un lado para edificar en otro. Contiene su marcha y se purifica contorneando los
cabos arenosos, pero se precipita con furia contra los altos ribazos, los mina por la
base y se carga nuevamente de materias extrañas. De curva en curva y de una a otra
ribera, alterna en su trabajo; deja en la derecha lo que ha tomado en la izquierda: el
ritmo de los meandros se completa por el del trabajo.
En los prados que no están protegidos por un dique o una hilera de árboles contra
el ímpetu del arroyo, las débiles márgenes son fácilmente derribadas. El agua que las
golpea mina su base; pero durante algún tiempo, las raíces entremezcladas en el
césped sostienen la capa superior, saliente como cornisa por encima del agua. Cuando
niños, ha sido la alegría de todos nosotros correr diestramente a lo largo de este borde
tembloroso y hundirlo a patadas en enormes fragmentos, huyendo oportunamente
para no ser arrastrados en la caída, siendo grande nuestra alegría, cuando una enorme
masa de tierra se desprendía y caía con estrépito enturbiando extensamente el agua
del arroyo. Pero más de una vez también, la serie de nuestras aventuras ha terminado
con un imprevisto remojón y el desgraciado náufrago, repentinamente calmado de su
loca alegría, ha tenido que retirarse cabizbajo a la choza inmediata del campesino
para enjuenjuagarse ropas en la hoguera de sarmientos.

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Después de las paredes de dura roca, las riberas que mejor resisten la fuerza de la
corriente son las protegidas por una poderosa plantación de árboles. Los álamos,
chopos y alisos, sirven de baluarte contra la invasión del agua. Sus raíces, que
penetran profundamente en la tierra, hacen el papel de fuertes pilotes, mientras que
las raíces pequeñas, agitándose como extrañas cabelleras y desplegándose en largos
haces, se sumergen hasta el fondo del cauce, y por sus millares de fibras se convierten
en indestructibles tejidos. En las grandes crecidas, cuando la masa de agua ha disuelto
y arrancado la tierra que rodea a esos tejidos de raíces, éstas contienen la rapidez de
la corriente, conservando entre sus mallas las partículas de limo; las obligan a
depositarse en sus intersticios y forman una capa que reemplaza a la orilla anterior.
Protegidos así, los márgenes, amenazados por la violencia del líquido elemento, se
mantienen durante años y siglos mientras que, desprovistos de vegetación,
cambiarían constantemente.
No obstante, el tiempo hace siempre su obra. Como consecuencia de un
desprendimiento o de trabajos subterráneos de algunos animales, la ribera concluye
por presentar un punto débil al que la corriente ataca para destruir las empalizadas
que encajonan el arroyo. Las raíces de los árboles quedan al aire, el agua mina la base
del tronco, y, privado del punto de apoyo, se inclina por encima del agua. Llegado
este momento, el peso del árbol activa su propia ruina; las largas raíces que se
sujetaban al suelo del prado tienen que resistir a un esfuerzo cada vez mayor; ceden
primero por un punto, luego por otro, y el árbol se inclina cada vez más. Grandes
grietas se abren en el suelo violentado por la tensión de los cables subterráneos que
sostienen el gigante caído; el agua de lluvia se introduce por esas fisuras y las
ensancha; alrededor del tronco se forma una depresión circular que facilita más el
desenterramiento de las gruesas raíces. En un día de tormenta o inundación se vence
la resistencia de éstas, se rompen las amarras y el coloso cae con estrépito, rompiendo
las ramas de los árboles de la otra orilla; el árbol que cae, rompiendo sus ramas
pequeñas, llega a descansar en la margen opuesta, convirtiéndose en un gracioso
puente, sobre el cual se puede pasar sin temor. El acceso, no obstante, es algo difícil.
Por un lado, la entrada del puente tiene como obstáculo el enorme abanico de raíces
arrancadas y el montón de tierra y piedras que llenan los intersticios; y por el otro, las
ramas enlazadas y las astillas obstruyen el paso.
En una comarca virgen, donde el hombre deja sin su intervención que se realicen
con el tiempo los fenómenos de la naturaleza, el árbol se quedaría así tendido al
través del arroyo durante años enteros, hasta que el agua cambiara de curso, o que el
tronco, carcomido por los insectos, desapareciese convertido en polvo. En nuestros
países civilizados el campesino se encarga de cortar las raíces a hachazos y llevarse el
tronco del árbol limpiando el suelo hasta de sus más pequeños trozos. La madera,
vendida, se convierte en dinero y el pequeño ramaje lo consume el fuego: sólo

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quedan fragmentos de raíces subterráneas; sin embargo, el agua, cambiando de curso,
concluirá tarde o temprano por arrastrar la tierra que las rodean y por dejarlas aisladas
en mitad del arroyo. Desde hace ya muchos años las ramas pequeñas han sido atadas
en haces y el tronco serrado en tablas pero se ven surgir del fondo del arroyo los
trozos de antiguas raíces parecidas a una hilera de estacas plantadas. La fecunda
naturaleza ha ocultado con su verde envoltura las roturas de la madera; sobre los
viejos pedazos esponjosos, un bosquecillo de musgo vegeta como un grupo de
palmeras sobre un islote del océano. El trozo de raíz se reviste, despojado de su
corteza, de un mundo de plantas alegres y verdosas.
Antes que la inexorable hacha del leñador haya cortado en viguetas, palos y
ramajes el árbol caído, transcurren aún muchos días durante los cuales podemos
aventurarnos a pasar por el singular puentecillo, festoneado de guirnaldas de hiedra
bañada por la corriente. La travesía no ofrece peligro alguno, porque el tronco es
ancho y en caso de necesidad, se puede pasar resbalando con ayuda de las manos;
pero es preferible pasar a la orilla opuesta conservando la posición vertical
sirviéndose de los brazos como de un balancín. Es cosa agradable cambiar así de
orilla, sentarse tan pronto a la sombra de un álamo como de un sauce, ir de la pradera
ya arrasada por la hoz, embalsamada por el olor del heno, al césped matizado de
flores. Y además nos hacemos la ilusión de volver a los primeros siglos de la
humanidad naciente, cuando el salvaje, sin la suficiente destreza para construir
puentes sobre los arroyos, se servía como nosotros de los que le deparaba la pródiga
naturaleza.
El viaje aéreo por encima del agua, viéndola correr bajo los pies, no es más
agradable cuando el árbol caído llega a la ribera opuesta que cuando sólo descansa en
un islote del arroyo. Los convencionalismos de la vida han hecho de la mayor parte
de nosotros seres pretenciosos que nos creemos humillados al sentirnos felices por
poca cosa; por eso nos es necesario remontarnos a nuestra infancia para comprender,
en aquella cándida edad, la alegría que nos producía la excursión, de algunos pasos
solamente, sobre una pequeña isla. Allí adoptábamos actitudes de Robinsón: los
sauces, que nacían en el lodo, alrededor del banco de arena, eran nuestro bosque; los
grupos de juncos eran para nosotros inmensos prados; teníamos también grandes
montes, pequeñas dunas amontonadas por el aire en el centro del islote, y en ellas
construíamos nuestros palacios con pequeñitas ramas caídas, practicando agujeros en
la arena. Los dos brazos del arroyo nos parecían anchísimos estrechos, y para
convencernos más de nuestra soledad en la inmensidad de las aguas, hasta les
dábamos el nombre de océanos: uno era para nosotros el Pacífico; el otro, el
Atlántico. Una piedra aislada sobre la que chocaba la corriente, se llamaba la blanca
Albión, y más lejos, una cabellera de limo detenida por la arena, era la verde Erin. Es
verdad que más allá de las islas y los mares, a través del follaje de los álamos,

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veíamos sobre la colina el rojizo tejado de la casa paterna; pero, encantados en el
fondo de saber que estaba tan cerca, hacíamos como que ignorábamos tal cosa,
creyendo haberla dejado al otro lado del globo.
Con frecuencia, el tronco del árbol separado de la orilla, se queda inclinado por
encima de la corriente y su ramaje no está en contacto con las hierbas de la opuesta
ribera. Este árbol medio caído, es también una especie de isla por la que nos podemos
aventurar sin temor. Como consecuencia del descenso de las tierras, la base del tronco
está sumergida en el agua y ceñida de cañas y brozas flotantes. De un salto puede
posarse uno sobre la isla que se estremece, y luego, extendiendo los brazos para
mantener el equilibrio, se sube con precaución y a cortos pasos por el árbol, que se
mece como un ser vivo. Encima precisamente del punto donde el arroyo es más
profundo y el agua pasa ante la vista con mayor rapidez, las ramas grandes se separan
del tronco y se dividen en ramitas pequeñas curvadas por el peso de sus tiernas hojas.
¡Cuántas veces, ya en plena juventud, buscando la soledad, me he sentado sobre el
espacio libre entre rama y rama, descansando encima del arroyo y balanceando mis
piernas en el vacío! Allí podía tranquilamente encontrar la alegría de vivir o
abandonarme en paz a mis tristezas. Desde lo alto de mi oscilante asiento, seguía con
la vista el hilo de agua, las islas e islotes de espuma, unas veces aislados, otras
agrupados como archipiélagos, las hojas dando vueltas, los largos montones de hierba
y los pobres insectos sumergidos, agitándose en vano contra la inexorable corriente.
De vez en cuando, mi mirada, abandonada al declive como todos esos objetos
flotantes, se remontaba más allá para dejarse arrastrar por una nueva procesión de
trozos de caña y otros fragmentos rodeados de espuma. Alegre o melancólico, me
dejaba así fascinar por la corriente, símbolo de ese curso que nos arrastra a todos
hacia la muerte, y luego, sustrayéndome con pena a la atracción del agua, elevaba mi
mirada a los frondosos árboles, en los que se estremecía la vida, y hacia los ricos
prados y serenos montes inundados de sol.

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XII. El paseo
Si es encantador y variado para el Robinsón tendido en el islote o encaramado al
tronco de un árbol, el aspecto del arroyo, es mucho más hermoso todavía para el
visitante que sigue la orilla de sinuosidad en sinuosidad, caminando tan pronto sobre
las rocas tapizadas de zarzas, como sobre la espesa hierba de la pradera, o bajo la
móvil sombra de las ramas agitadas. No todos, sin embargo, saben gozar de la belleza
de las aguas corrientes. El desgraciado que se pasea por holgazanería y para «matar el
tiempo», que no sabe en qué emplear, ve en todas partes objetos que le aburren, hasta
en las cascadas, en los remolinos, en las hierbas ondulantes del fondo y en los
torbellinos de espuma.
Para saborear todo cuanto ofrece de delicioso un paseo por la orilla del arroyo, es
preciso que el derecho de la pereza haya sido vencido con el trabajo y que el espíritu
cansado tenga necesidad de adquirir nuevo aliento contemplando la naturaleza. El
trabajo es indispensable para quien desea gozar del reposo, lo mismo que el recreo
cotidiano es necesario al obrero para renovar sus fuerzas. No habrá tranquilidad en el
mundo, ni equilibrio inestable en la sociedad, mientras los hombres, condenados en
número infinito a la miseria, no tengan todos, después de la diaria tarea, un momento
de descanso para regenerar el vigor y mantenerse así con la dignidad de seres libres y
pensantes.
Juguetear por la orilla del agua es un reposo agradable y un poderoso remedio
para no llegar al nivel de las bestias. Desde que leí no sé donde, en la prosa de un
autor latino, que Escipión el Joven y su amigo Loelius gustaban de distraerse
paseando por la orilla de los arroyos, siento hacia ellos cierta simpatía. Es verdad que
Escipión era un guerrero que hizo matar y mató muchos hombres honrados que
defendían su patria contra la invasora Roma y saqueó e incendió muchas ciudades;
pero a pesar de sus crímenes, que son los de todos los enemigos del hombre, no era
un conquistador vulgar, puesto que en vez de exhibirse orgullosamente en actitud
majestuosa entre sus conciudadanos, no se creía rebajado divirtiéndose como un niño
de aldea, y se entretenía arrojando pedazos de madera al agua y lanzando piedras
llanas sobre la superficie para verlas resbalar y saltar por encima del arroyo. Los
graves historiadores no creen digno consignar ese título de gloria del gran guerrero,
pero, a pesar de ellos, es el que más acreedor le hace a la simpatía de la posteridad.
Pero no nos es necesario buscar ejemplos en la antigüedad romana para poder
gozar sencillamente de la naturaleza. No es tampoco necesario examinar polvorientos
libros para convencernos de que es agradable y bueno pasear por las márgenes del
arroyo contemplando su variado aspecto. Todas las imágenes graciosas de sus saltos,
de sus rizadas ondas y sus bordados de espuma, nos reponen bien pronto de los
fastidios del oficio o de las laxitudes del trabajo, reanimando nuestro espíritu, hasta

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cuando la mirada, fatigada, vaga errante sobre las aguas sin fijarse en ningún objeto
determinado. Por otra parte, la vista del arroyo nos fortifica y rejuvenece tanto más
cuanto mayor y variado es el espectáculo que nos ofrece, cambiando cada época del
año, cada mes y hasta cada día. Gracias a la variación del paisaje que nos rodea,
nuestras ideas rejuvenecen también; el ambiente que nos rodea satura nuestra vida de
nuevas fuerzas.
Hasta en la temporada en que la naturaleza se muestra más avara de sus riquezas,
el arroyo nos encanta por su nuevo aspecto. Durante los grandes fríos, los hombres
que mejor resisten las bajas temperaturas, pueden asistir a presenciar la lucha
conmovedora que se verifica entre el hielo invasor y el agua que queda líquida. De
cada pequeña piedra y de cada raíz descubierta, parten una serie de agujas de cristal
que, ordenándose unas tras otras, avanzan por la superficie del agua formando
láminas radiantes a derecha o izquierda y una capa de hielo formada por
innumerables láminas, se teje lentamente sobre la superficie líquida. Luego, una
especie de collarete, graciosamente cortado, oscila alrededor de los puntos
prominentes de la orilla, de los juncos y las raíces sumergidas en el agua, y cada una
de esas franjas de hielo, adquiere sucesivamente desde el tono mate del cristal sucio,
al brillo del diamante, según el movimiento de las pequeñas ondulaciones que la
agitan y la hacen contenerse, tan pronto sobre una capa de aire como sobre la misma
masa de agua. Avanzando poco a poco hacia la anchura, el simple collarete de cristal
se agranda, y recubre a una gran distancia de la orilla la tranquila corriente del
pequeño arroyo. Sólo un estrecho camino por donde pasa la corriente rápida, queda
abierta por entre las débiles películas con que termina la helada lámina. Sobre la
superficie de las rocas que bordean la cascada, las gotas de agua forman un tenue
capa de hielo y el líquido que se extiende lentamente por las fisuras de la peña se
endurece en largos regueros transparentes, tan hermosos como las estalactitas de las
grutas. Al fin, si la temperatura continúa bajando, el arroyo se solidifica de una a otra
orilla, y a veces se congela hasta el fondo, convirtiéndose en una calzada de mármol
verdoso manchado de puntos blancos por las vesículas de aire que encierra. Las
cascadas, solidificadas, parecen de lejos cortinajes de seda cuyos pliegues han cesado
de ondular.
Pero en nuestros climas templados, es raro que los inviernos sean bastante fríos
«para helar» completamente el arroyo transformándolo en piedra; se pasan a veces
muchos años durante los cuales sólo se ven sobre la superficie líquida algunas agujas
de cristal. En estos inviernos, ordinarios en nuestras zonas, las capas sólidas no se
extienden de una a otra orilla del arroyo, y a la menor subida del termómetro se
rompen por el empuje de la corriente y los fragmentos, entrechocándose, se funden
muy pronto arrastrados por el torbellino. El hielo desempeña un papel de escasa
importancia en la historia invernal del arroyo de nuestra comarca; el verdadero

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aspecto del curso líquido proviene, pues, de la nieve que cubre los montes y la
llanura.
El efecto de la nieve es admirable, sobre todo durante los días sin sol, cuando el
azul del cielo está enteramente velado por las nubes y hasta adquiere un tono obscuro
por su contraste con la superficie de la tierra, cubierta de resplandeciente blancura. El
arroyo tiene entonces el color gris del hierro; las hierbas del fondo ondulan
tristemente; el agua, tan alegre y susurrante en la época de las flores, parece que en su
masa lleve algo doloroso y sombrío. Algunos viejos raigones situados cerca de la
orilla aparecen cubiertos con mantos de nieve. En los márgenes, los grupos de hierba
se destacan en negro a pesar de los copos blancos de que están cargados, si no están
situados muy cerca del agua, donde la humedad ha producido el desprendimiento de
pequeñas avalanchas de nieve. Los arbustos, algunos deshojados ya desde el otoño y
otros cubiertos de hoja todavía, se balancean débilmente sobre el blanco almohadón
de armiño que les rodea, y con los extremos de sus ramas trazan curvas concéntricas.
Un pino solitario sostiene la nieve sobre sus ramas extendidas como grandes abanicos
horizontales, blancos por encima y verdes por debajo. Otros árboles de corteza
rugosa, cuyos troncos salen de la misma orilla del arroyo, sólo aparecen blancos de
nieve por el lado del viento; el resto del árbol conserva su propio color y las ramas
sólo aparecen salpicadas de algunos copos. Más hermosos tal vez que en la
primavera, porque su fino ramaje no está cubierto por multitud de hojas, estos árboles
se perfilan en el fondo del cielo con sus grandes y pequeñas ramas matizadas de un
ligero y delicado tono violeta, y sus innumerables ramificaciones parecen tanto más
elegantes cuanto más sepultada aparece la naturaleza bajo la monótona capa de nieve.
En la llanura, los campos están por todas partes cubiertos por una capa uniforme: sólo
suele verse algo de verdura en los parajes regados recientemente. A lo lejos, en las
altas colinas, los árboles del bosque dejan entrever a través del follaje y de las ramas,
ya rojizas por los capullos y la savia, algo agradable a la vista como el plumón de las
aves: es la nieve tamizada que pudre los brezos y helechos bajo los grandes árboles.
Al finalizar el invierno, pequeñas flores levantan la tapa de nieve y se nos
presentan modestas y tímidas, como la dulce promesa de un próximo renacimiento.
Es que éste viene en efecto; la nieve se funde por las ráfagas de aire tibio y se infiltra
en el suelo, o bien, mezclada con el barro, se dirige hacia el arroyo por los vallecillos
y regueros; la vegetación, adormecida durante los fríos, despierta lentamente. Todo
parece renacer. Un hálito venido del Mediodía ha renovado la vida en la arboleda, en
el arroyo y en nosotros mismos. El pálido invierno se ha alejado hacia el Norte,
perseguido en el espacio por vivificantes rayos, y desde el hombre al insecto, lo
mismo la gota de agua que las hojas todas, nos sentimos reanimados por el calor
perfumado del sol de primavera. Las yemas de las plantas, tan apretadas durante el
invierno, tan preservadas por su capa de vello y tan sólidamente cubiertas por sus

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escamas de goma, abren con alegría su prisión, y como dardos, aparecen en el vacío
sus tiernas hojitas; el pájaro, cantando, levanta el vuelo de su nido que las hojas
empiezan a abrigar; los mosquitos y las libélulas, salidos de sus larvas, vuelan
alegremente por el espacio; a la orilla del agua, que ríe y centellea, se abren las flores
amarillas de los ranúnculos y jacintos; hasta las desmoronadas ruinas cubiertas de
floridos girofles, parecen rejuvenecidas, como si la primavera, como el invierno, no
trabajara igualmente para consumar su destrucción.
La belleza del cielo, del agua que corre y la verdura de las plantas nos extasía. En
este renacer del año, nos sentimos como transportados hacia la juventud del mundo y
al nacimiento de la humanidad. A pesar de los siglos pasados nos sentimos tan
jóvenes como los primeros mortales, despertando a la vida en el seno de la madre
bienhechora; hasta somos más jóvenes que ellos, puesto que tenemos plena
conciencia de nuestra vida. La tierra es hoy tan bella como el día que nutría a los
Centauros, y nosotros, más que esos monstruos, llevamos en nuestro pecho un
corazón de hombre.
Lo que más nos encanta, es el juego de luz que penetra en las profundidades del
agua y nos ofrece delicadísimos espectáculos, incesantemente modificados por los
rizos y las ondulaciones de la superficie. Inclinándonos sobre la corriente, donde la
sombra de los árboles se retuerce en espirales y se desdobla en delicadas curvas,
miramos al fondo con sus piedras que parecen estremecerse, su arena que bulle, y sus
hierbas ondulantes. Ramitas y hojas se suceden sin cesar por la superficie radiante, y
sus sombras, deformadas por la refracción, resbalan por las arenas y las plantas,
cuyas raíces y hojas brillan como hilos de plata. Cualquiera que sea el contorno del
objeto flotante, aparece siempre modificado por la luz: la hoja, desarrollada en forma
de corazón, o prolongada como el acero de una lanza, toma sobre el fondo el aspecto
de un disco o de un óvalo; la paja o el junco se refleja como hilera de pequeños
círculos, parecido a un collar prolongado; el insecto de agua, patinador insumergible,
que remonta la corriente por repentinos empujes, se representa sobre el lecho de
arena o de cieno por cinco circulitos, de los cuales uno, el más pequeño, lo
determinan las dos patas anteriores, mientras que los otros cuatro, agrupados a pares,
se aproximan o separan según los movimientos del animal. Alrededor de cada disco,
gris o negro, un círculo de luz se determina como anillo de fino oro; sombras y rayos
de luz, cambiados así por las condiciones y circunstancias del medio que atraviesan,
se proyectan sin cesar sobre el fondo, cambiando constantemente de aspecto.
El centelleo de la luz, tan encantador sobre las piedras lisas que cubren el lecho
del arroyo, lo es más todavía en las partes donde el fondo está alfombrado con
multitud de hierbas acuáticas. Los guijarros están tapizados de musgo de un verde
sombrío con plateados reflejos; las delicadas algas que forman el limo, se levantan en
pirámides empujadas por las burbujas de aire que se desprenden de la arena y que,

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parecidas a globos envueltos en inmensos cordajes, brillan como perlas bajo la
temblorosa red de fibras. Manojos de hierbas, desplegadas como largas cabelleras,
ondulan por el impulso del arroyo: agitadas por la rápida corriente se estremecen de
impaciencia, y en los remansos de agua casi inmóvil, se mueven majestuosamente;
pero lentas o precipitadas en sus ondulaciones, se alejan y aproximan a la vista, a
causa de sus variados tonos que cambian incesantemente del blanco mate al verde
obscuro. En otra parte, un grupo de hojas ovaladas, triangulares y en forma de lanza,
sobresalen por encima de otro grupo de plantas, tan bien entremezcladas, que parecen
salir todas de una misma raíz, a las que agita a un tiempo mismo una sola onda del
arroyo. En un rincón, en el fondo del cual los remolinos han depositado una capa de
barro, las nenúfares extienden sus anchos discos, donde el agua produce reflejos de
perlas, y sus hermosas flores blancas que para nuestros antepasados los egipcios e
indostanos, representaban el símbolo de la vida.
Más lejos, los juncos crecen en apretadas líneas en medio del arroyo sobre un
banco que se transformará tarde o temprano en islote: las ramitas inclinadas vibran
por la presión de la corriente en movimientos convulsivos, y cada una de ellas se
rodea de olitas, donde la sombra y la luz forman una red que se agita sin cesar. Hasta
ciertos árboles de la orilla contribuyen a la riqueza de la vegetación acuática por
innumerables radículas flotantes que cubren las gruesas raíces de largos mantos color
de rosa.
En medio de ese mundo de plantas se agita el mundo infinito de los animales.
Peces azulados, rojos, grises y blancos, surcan como rayos la cristalina agua o pasan
bajo las guirnaldas del bosquecillo acuático como si pasaran bajo arcadas triunfales.
La vida está en todas partes; en el fondo, donde las formas graciosas e indistintas se
agitan sobre la arena y el lodo, entre el espeso tapiz de plantas estremecidas
constantemente por las sacudidas de una pululante multitud, oculta en la superficie
por donde corren los girinos y se enlazan los insectos patinadores por entre los juncos
donde brilla el ala matizada de la libélula, y bajo los arbustos de la orilla, donde
resplandece como un zafiro el plumaje del martín-pescador. ¿A quién pertenece, pues,
el arroyo, del cual nos titulamos propietarios como si fuéramos los únicos en gozarlo?
¿No pertenece también, o mejor que a nosotros, a todos los seres que lo pueblan, del
que sacan la subsistencia y la vida? Pertenece a los peces y a las plantas, a los
mosquitos que vuelan en torbellinos encima de los remolinos y a los grandes árboles
que el agua y los aluviones del arroyo hinchan de savia.
Entre estos seres que buscan para ellos la mayor parte de cuanto es de su dominio,
existe una guerra implacable; cada uno, en lucha por la existencia, vive en detrimento
de su vecino. En cuanto a mí, quisiera vivir en paz con todos; procuro respetar, la flor
y el insecto; pero sin apercibirme, ¡cuántos seres destruyo! Aplasto multitudes
infinitamente pequeñas cuando dejo caer mi pesada masa sobre la hierba; arraso y

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produzco cataclismos en la historia de un mundo imperceptible cuando subo a un
árbol para balancear mis piernas por encima del agua. Como un bárbaro, ¡qué de
atrocidades he cometido sin querer, cuando en los primeros años de mi infancia salía
a estudiar por el campo y me instalaba en el tronco cavernoso de un sauce, para leer
cómodamente alguna novela o declamar versos con retumbante voz…!

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XIII. El baño
Cuando se siente amor al arroyo, no produce bastante satisfacción el mirarlo,
estudiarlo y pasear por sus riberas; se siente la necesidad de mayor intimidad con él,
sumergiéndose en sus aguas. Como nuestros antepasados, nos convertimos en
tritones.
Pero no siempre es esto cosa fácil, y durante el invierno, cuando el aire frío silba
en las ramas, cuando la nieve cubre el suelo, o en la superficie del agua se forman
láminas de cristal, son poco numerosos los hombres bastante activos que se atrevan a
bañarse en el agua helada. El contacto con el agua corriente da ciertamente fuerza a
los que no temen rozarse con ella; sin embargo, antes de realizar la ceremonia del
baño nos suele parecer singularmente peligrosa. Es preciso que nos desnudemos
rápidamente detrás del tronco de un árbol, para estar al abrigo del aire helado, que
nos olvidemos del frío que contrae nuestros miembros; todo es en vano; el viento nos
recuerda la dura realidad. A nuestros pies corre el agua, rápida y sombría; sin tocarla,
sentimos que está helada; el soplo de aire que la riza nos hace temblar de frío. Para
sentir menos la violenta caricia del agua tendríamos que obrar con decisión y
arrojarnos bruscamente en el arroyo; vacilamos, no obstante, y antes de realizar el
salto definitivo tomamos aliento dos o tres veces.
Después de haber triunfado de los pueriles temores, describimos una curva por
debajo del agua y sentimos el aire silbar en nuestros oídos; la superficie, abierta por
nuestra cabeza, se agita en derredor; nos sentimos como perdidos en un abismo
rugiente que nos aprisiona. En un abrir y cerrar de ojos, por un movimiento de
ascensión, saltando del fondo con un empuje del pie y un esfuerzo de los brazos,
salimos a la superficie; pero, al menos yo, no ceso de agitarme como para librarme
del escozor que el agua helada me produce: nado a la desesperada igual que si luchara
contra una corriente amenazadora. No obstante, para tranquilidad de mi conciencia,
me sumerjo de nuevo completamente; luego, satisfecho de haber cumplido con mi
deber, me precipito hacia la orilla, que salvo con rapidez, enjugo mi cuerpo
enrojecido por el frío y me cubro de prisa con mis ropas todavía calientes. A mi
inquieta agitación sucede la tranquilidad del alma: por los sufrimientos de un
momento, me he hecho más fuerte, más dispuesto, más feliz, y dirijo una mirada
altiva sobre esa corriente rápida y obscura que un minuto antes miraba aterrorizado.
No obstante, declaro que es más agradable el baño frío que se toma en pleno
verano en las profundas balsas del torrente, por donde pasan las primeras aguas del
arroyo en las gargantas mismas de la montaña. La masa líquida que parece helada, es
nieve apenas fundida que no se ha entibiado todavía absorbiendo abundante aire;
conserva toda la crudeza primera, y su color, de un azul fuerte, tiene yo no sé qué de
hostil. Se tiembla anticipadamente, no sólo de frío, sino también de deseo, y para

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calmar el cansancio de la marcha nos arrojamos voluptuosamente en el agua helada.
Las piedras y arena del fondo brillan con un tono amarillo pálido a través de la capa
líquida; pero en algunas brazadas nos encontramos encima del abismo; el agua
transparente parece aire condensado, y, no obstante, no distinguimos el fondo; parece
que nos hallemos suspendidos en el espacio y nadamos con precaución como si
repentinamente fuéramos a caer en una sima. Después sentimos que el frío nos
domina poco a poco, y dando unos cuantos empujes nos dirigimos a la orilla para
volver al calor de la vida y gozar de nuestro acrecentado vigor.
¡Oh lagos queridos de los Pirineos y los Alpes, Séculejo, Doredom, Lauzannier,
os conservo todavía en mi memoria tal cual os veía cuando yo, con otros amigos,
resbalaba rápidamente sobre vuestra superficie. Veo aún las piedras de granito
amontonadas en la orilla, el bosque de pinos reflejado sobre el agua rizada, los
declives, las altas vertientes de los prados y, más lejos, las grandes explanadas donde
empieza la curva oscilante de la cascada! ¡Os veo también, hermosos manantiales de
los grandes ríos, que vais a perderos en el mar a cientos de kilómetros de vuestro
origen! ¡Con sólo cerrar los ojos, mi pensamiento se transporta hacia un alegre
torrente, al Vesubio, al Gordolarque, al susurrante Embalire, o hacia cualquier otro
sitio de la libre montaña!
En la primavera, el arroyo de la llanura no produce la fuerte voluptuosidad de
reaccionar contra el frío glacial del agua, y las inmersiones producen apenas
impresión. La tibieza del aire se ha comunicado a la masa líquida, y hasta los niños
pueden bañarse y juguetear en el agua fresca. Los muchachos, sentados en los bancos
de la escuela, levantan con frecuencia los ojos de los libros de estudio para mirar con
avidez el camino que conduce al arroyo; luego, cuando al salir se sienten libres, se
dirigen con alegría hacia el charco profundo, donde retozones y alegres van a
bañarse. Rápidamente se desnudan, y cada uno se convierte en un Neptuno
«levantador de olas»; y trabaja con todas sus fuerzas para agitar las ondas y
convertirlas en masa de espuma, produciendo pequeñas tempestades en el arroyo
conquistado para ser su dominio durante una hora.
En el verano, durante los días calurosos en que el aire permanece inmóvil, es
cuando más agradable resulta convertirse en tritón. No es preciso tener doce o quince
años para arrojarse al agua lleno de felicidad como en su elemento propio; cualquiera
de nosotros, si los convencionalismos y falsedades de la vida no nos han corrompido
enteramente, puede volver a las alegrías de la juventud dejando por un momento sus
ropas en la orilla del agua. Por mi parte, declaro que me siento todavía niño cuando
me arrojo en el arroyo querido. Después de haber satisfecho mi primer entusiasmo
atravesando varias veces el charco profundo donde se agitan las aguas, y después de
haber querido remontar la corriente, levantando a mi alrededor un caos de olas
precipitándose unas con otras, descanso abandonándome tranquilamente a la felicidad

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de la vida sobre el agua dulce que me acaricia. ¡Qué alegría sentarme sobre una
piedra bajo el chorro de la cascada, sentir caer el agua sobre mí como sobre una roca
y verme envuelto en un manto de espuma! ¡Qué placer también dejarme arrastrar por
las aguas corrientes hasta un escollo donde me agarro con una mano, mientras que el
resto de mi cuerpo, levantado por las olas, flota de un lado a otro bajo el impulso de
la corriente! Me dejo arrastrar, y voy a parar como un madero sobre un banco de
arena donde cristalitos de mica brillan como pepitas de oro y plata. Por el peso de mi
cuerpo, el banco se hunde, los granos de sílex y las delgadas piedras cambian de
punto. Corrientes parciales, pequeños remolinos, se forman a mi lado como alrededor
de un islote; muellemente acostado, contemplo el espectáculo interesante que bajo la
pequeña capa de agua me ofrece la transformación del banco de arena, disminuyendo
de un lado por la corriente y aumentando del otro por el continuo arrastre de
aluviones.
A veces, el fondo sobre que me arrastra la corriente, está cubierto de verdes y
oscilantes hierbas, muelles sinuosidades que me acarician, me enlazan;
improvisándome un lecho encantador. ¿Es el agua?, ¿es la ondulante cabellera de las
plantas la que me levanta así, haciéndome flotar en la superficie del arroyo? No lo sé;
mi imaginación se pierde además en una especie de ensueño. Hasta me parece que me
he convertido en parte integrante del medio que nos rodea; me siento homogéneo a
las hierbas flotantes, a la arena que se arrastra por el fondo, a la corriente que hace
oscilar mi cuerpo; miro con extrañeza los árboles que se inclinan sobre el arroyo, los
espacios del cielo azul que se ven por entre las ramas, y el escueto contorno de las
montañas que distingo a lo lejos en el horizonte. ¿Es acaso real todo ese mundo
exterior? Yo también, como el pescador de la leyenda, veo la maravillosa sirena
hacerme señas con el dedo, me siento atraído por su mirada que fascina y oigo
resonar el eco de su canto pérfido y melodioso, «¡Ah!, ven, ven conmigo y seremos
felices». A veces me siento envidioso del joven que cede al llamamiento de la sinuosa
ondina, cuya flotante cabellera va a mezclarse con las del verde limo. Pero yo sé que,
desembarazándose de las amargas preocupaciones de la vida, su existencia va a
extinguirse por las caricias del agua pura y las ondulaciones de las estremecidas
hierbas. La naturaleza tiene para sus amantes seducciones de las que es preciso
desconfiar como de la voz de las sirenas o de la belleza de la hada Melusina.
¡Haciéndonos amar demasiado la soledad, nos arrastra lejos del campo de batalla,
donde todo hombre de corazón tiene el deber de combatir por la libertad y la justicia!
La naturaleza es hermosa, sí; todos debemos comprender su encanto, pero hemos de
saber gozarla con prudente alegría, no abandonándonos jamás a sus fatales
sugestiones.
Uno de los grandes placeres del baño, de los cuales no siempre nos damos cuenta,
pero que no por eso deja de ser real, es que momentáneamente se vuelve a la vida de

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nuestros remotos antepasados. Sin ser esclavos por la ignorancia como los salvajes,
somos, como ellos, físicamente libres sumergiéndonos en el agua; nuestros miembros
no sufren el odioso contacto de las ropas, y con nuestro vestido dejamos también
sobre la orilla una parto por lo menos de nuestros prejuicios de profesión o de oficio;
no somos ni obrero, ni comerciante, ni profesor; olvidamos por una hora las
herramientas, libros e instrumentos, y, vueltos al estado natural, podríamos creernos
todavía en las edades de piedra o bronce, durante las cuales los pueblos bárbaros
levantaban sus chozas sobre pilotajes en medio de las aguas. Como los hombres de
remotas edades, estamos libres de convencionalismos; nuestra gravedad de encargo
puede desaparecer para ser sustituída por franca y ruidosa alegría; nosotros,
civilizados, envejecidos por el estudio y la experiencia, nos encontramos hechos
niños como en los primeros tiempos de la infancia del mundo.
Recuerdo todavía con qué extrañeza vi por vez primera una compañía de soldados
tomar el baño en un río. Niño todavía, no podía imaginarme a los militares de otro
modo que con sus vestidos colorados, las hombreras rojas o azules, los botones de
metal, los diversos adornos de cuero, de lana y tela; no los comprendía sino
marchando a paso acompasado en columnas regulares con tambores al frente y
oficiales a los costados, como si formaran un inmenso y extraño animal empujado
hacia adelante por no sé qué ciega voluntad. Pero, fenómeno hermoso; aquel ser
monstruoso al llegar a la orilla del agua, se fragmentó en grupos o individuos
distintos; vestidos rojos y azules se arrojaban en montones como vulgares ropas, y de
todos esos uniformes de sargentos, cabos y simples soldados, veía salir hombres que
se arrojaban al agua lanzando gritos de alegría. No más obediencia pasiva, no más
abdicación de su persona; los nadadores, con voluntad propia por algunos instantes,
se dispersaban libremente por el agua: nada les distinguía a unos de otros. Pero,
desgraciadamente, al poco rato se oyó un silbido, y la salida se operó repentinamente.
Mientras nosotros continuábamos jugando en el arroyo, nuestros compañeros
desaparecieron en sus trajes encarnados con los botones numerados, y bien pronto los
vimos alejarse marchando en línea con paso monótono por la polvorienta carretera.
Desde entonces he tenido ocasión de ver, en otro clima distinto al de Francia,
cómo disminuye la hostilidad repentinamente entre enemigos que acaban de
despojarse de sus vestidos, con los cuales han adquirido la costumbre de verse y
odiarse. Era cerca de una ciudad de las costas de Colombia, en la desembocadura de
un profundo arroyo separado del mar por un estrecho banco de arena, contra el que se
estrellan las olas. Todas las mañanas, cientos de individuos pertenecientes a dos razas
casi siempre en guerra, se encontraban en este punto del arroyo. De un lado, estaban
los descendientes de los españoles, más o menos mezclados, que venían a hacer sus
abluciones cotidianas; del otro, los indios que se aprovechaban de una tregua para
dirigirse al mercado de la playa. De orilla a orilla se lanzaban miradas de odio y

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palabras de insulto, porque se acordaban de combates y degollaciones, de víctimas
estranguladas, ahogadas, enterradas con vida; pero cuando los guerreros rojos,
despojándose de su túnica parecida a la de los antiguos helenos, aparecían con la
resplandeciente belleza de sus formas y al lanzarse al río para atravesarlo de unos
cuantos empujes, se olvidaban del antiguo odio y hasta parecía que nos amábamos. A
pesar de todo, ¿no éramos hermanos? También ellos me parecía que nos miraban sin
ira, pero al salir del agua sacudían su larga y negra cabellera, alejándose altivamente
sin volver la cabeza, desapareciendo muy pronto tras un saliente de la playa.

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XIV. La pesca
El arroyo no es sólo para nosotros el más gracioso ornamento del paisaje y el
lugar encantado de nuestras alegrías; es además para la vida material del hombre un
depósito de alimentación, y su agua fecunda nutre las plantas y los peces que sirven
para nuestra subsistencia. La incesante batalla por la vida, que nos ha hecho enemigos
del animal de los prados y del pájaro del cielo, excita también nuestros instintos
contra los habitantes del arroyo. Al ver la trucha resbalar rápida por la masa líquida
como un rayo de luz, no nos contentamos con sólo admirar la forma prolongada de su
cuerpo y la maravillosa rapidez de sus movimientos, sino que lamentamos también no
poder coger al animal y tener el placer de comérnoslo. Esta terrible boca poblada de
dientes que se abre en medio de nuestra cara, nos hace parecidos al tigre, al tiburón y
al cocodrilo. Nosotros, como estos animales, resultamos bestias feroces.
En siglos pasados, cuando nuestros ascendientes ignoraban el arte de cultivar el
suelo y sembrar el grano alimenticio para convertirlo en espiga, el hombre que no
tenía el recurso de la antropofagia, había de recurrir, para alimentarse, a desenterrar
raíces del suelo, a comerse las matas de hierbas sabrosas, los cadáveres de los
animales cazados en el bosque y los peces cogidos en el mar o en los ríos.
Así llegaron, apremiados por la necesidad, a adquirir una habilidad como
pescadores, que hoy nos maravillaría. No menos hábil que el sollo, se le escapaba
raramente la presa que había divisado. Inmóvil sobre la orilla, parecido a un tronco de
árbol, esperaba pacientemente que el pez pasara a la distancia de su brazo, y,
cogiéndolo con rapidez, le aplastaba la cabeza con una piedra.
Los indios de América, que son todavía salvajes, atraviesan al pez que pasa con
su ayagaza o el dardo salido de su cerbatana, con una seguridad admirable.
Además, los arroyos y los ríos estaban en otro tiempo bastante más ricos de peces
que en nuestros días. Después de haber cogido en las aguas lo necesario para el
sustento de la familia, el salvaje, satisfecho, dejaba los millares y millones de huevos
que se desarrollaran en paz, y gracias a la inmensa fecundidad de las especies
animales, las aguas estaban siempre pobladas y exuberantes de vida. Pero el ingenio
del hombre civilizado ha hallado el medio de destruir esas razas tan prolíficas, que
cada hembra podría en algunas generaciones llenar las aguas de una masa sólida de
carne. Con su imprevisor afán ha llegado a hacer desaparecer muchas especies que
vivían en otros tiempos en nuestros arroyos. No solamente se ha servido de redes que
tamizan la masa líquida y aprisionan todos los seres que la pueblan, sino que ha
recurrido también al veneno para destruir de una sola vez grandes multitudes y hacer
una última captura más abundante que las anteriores.
Sin embargo, los verdaderos pescadores, los que se honran con tal título,
reprueban esos medios vergonzosos de destrucción que no tienen el mérito de la

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sagacidad ni el conocimiento de las costumbres de los peces. De otra parte, por un
contraste que parece extraño a primera vista, el pescador ama a todas esas pobres
bestias de las que es perseguidor; ha estudiado sus hábitos y género de vida con cierto
entusiasmo y procura descubrir sus virtudes e inteligencia. Como el cazador que
habla de los interesantes hechos del chacal y el jabalí, el pescador se exalta contando
las finezas de la carpa y las astucias de la trucha, respetándolos casi como adversario,
los combate con hábil juego y se irrita contra los indignos sujetos que destruyen la
raza.
Paseándome con frecuencia por la orilla del arroyo, he podido estudiar
detenidamente al pescador ideal, al tranquilo pescador de caña, detrás del cual las
arañas tejen tranquilamente su nido. Más de una vez he notado que el pacífico
pescador no agradecía mi presencia que turbaba sus ritos casi religiosos; no
volviendo hacia mí la cabeza ni haciendo un gesto de impaciencia, he comprendido
no obstante, su hostilidad, y, temeroso de excitar su ira, he pasado por detrás de él,
marchando sobre la hierba y conteniendo hasta el aliento. Cuando ya no me veía más
que como una línea del paisaje igual que una piedra o un tronco de árbol, yo,
satisfecho de verlo a él tranquilo, le miraba tranquilamente. En él no hay fraude
alguno. Con fe sincera pone su cebo, lanza su caña y durante minutos y horas espera
que el pez indiscreto tenga la desgracia de morder el anzuelo. Nada consigue
distraerle de su ocupación; con su aguda mirada atraviesa el agua profunda; ve relucir
como imperceptible reflejo la aleta del pez que pasa, distingue la marcha del pequeño
gusanillo sobre el cieno; en ciertos estremecimientos del agua adivina al pez oculto
bajo las hierbas acuáticas; interroga a la vez a las olas y los remolinos, las estrías de
la corriente y las ráfagas de viento. Atento a todos los ruidos, a todos los
movimientos, dirige con su caña el anzuelo por el fondo o lo sube un poco, según le
aconsejan los elementos de la naturaleza que le rodea. Estando tan bien acompañado
¿qué le importan los profanos? Ni se digna dirigirles una sola mirada, dedicado
completamente a vigilar al pez en su madriguera. Un día, un aeronauta, enredado en
el cordaje de su barquilla, asfixiándose por el gas que se escapaba del globo, cayó en
medio del Sena, entre dos hileras de pescadores, inmóviles como estatuas a lo largo
del margen. Ninguno se movió. Mientras los barqueros desamarraban a toda prisa sus
embarcaciones para operar el salvamento del náufrago, los perseverantes pescadores
continuaban esperando tranquilamente el bienhechor movimiento que les advertía de
la captura deseada.
Por otra parte, ningún hombre es más fuerte que el pescador contra las
adversidades del destino. El pez puede maliciosamente no dejarse coger, jugar con el
anzuelo sin engancharse; el hombre de la caña, silencioso y prudente como un airón
sobre su pata, no deja por eso de tener su brazo preparado y su mirada fija; jamás se
desespera: al sentarse en la orilla del agua se halla depositado de las pasiones

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humanas, de impaciencia e ira. Consagrado a su ocupación, espera y espera hasta sin
esperanza. Yo conocía un pescador a quien la desgracia le perseguía por todas partes.
Jamás caía en su anzuelo una trucha ni una tenca; sus dolorosas experiencias
negativas le hacían afirmar que la captura de un pez era cosa imposible y que todas
las historias de pesca, prodigiosas o no, eran invenciones novelescas. Y, sin embargo,
en cuanto disponía de una hora de tiempo, aquel escéptico, consagrado a la desgracia,
cogía su caña, y sin desilusión, suspendía su anzuelo en medio de los burlones peces
que jugaban dando vueltas alrededor del inofensivo instrumento.
En cambio, hay pescadores que parecen fascinar el pescado, atraerlo
irresistiblemente. El público desocupado que los contempla, cree que ejercen una
especie de magnetismo sobre su presa como la culebra sobre las ranas; hasta cuentan
que truchas y carpas, arrastrados a su pesar, van a morder el fatal anzuelo. No es así,
sin embargo, sino a fuerza de ciencia como esos pescadores han llegado a ser para
nosotros especies de magos ordenando a sus víctimas la marcha en procesión hacia su
anzuelo. Si atraen con tanto éxito al pobre pez fuera de su madriguera de hierbas o
roca, es porque conocen todas las necesidades, apetitos y astucias del animal, porque
observan sus costumbres y hasta los vicios particulares: a primera vista saben qué
carácter es el de la pobre víctima. Además, por una larga experiencia, han aprendido
a combinar todos sus movimientos; la mirada, el brazo, la mano, la caña y también la
inteligencia, obran casi siempre de concierto.
Raros son, no obstante, los pescadores geniales, y el adepto los reconoce por no
sé qué rasgo característico emanado de su ser. En 1815, cuando por segunda vez
París, rendido por quince años de servidumbre militar, oía el rodar de los cañones
prusianos por sus calles, dos hombres, indiferentes a la causa pública, estaban
tranquilamente sentados a las orillas del Sena con su caña en la mano. Jamás se
habían visto anteriormente, pero cada uno de ellos había oído celebrar la gloria de un
rival. Sin mirarse siquiera se reconocieron, al ver de reojo cada uno a su compañero
con qué seguridad en la mirada y los movimientos estaba manejado el instrumento y
con cuánta inteligencia hacía que el cebo buscara a los pescados.

—«¿Indudablemente es usted el célebre X?


—Para servirle. ¿Es acaso al famoso Y a quien tengo el honor de
contestar?».

Grandville, caricaturista con frecuencia demasiado ingenioso, se imaginó figurar


los pensamientos íntimos de un pescador de caña, presentando al pobre hombre con
su cráneo abierto y dividido en regiones según el sistema de Gall. En cada una de las
cavidades cerebrales se tramaba un crimen horrible. Y el pobre pescador inofensivo,
con su mirada pura y llena de candor, apareció soñando siempre en perpetrar toda

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clase de atrocidades posibles. Bajo la protuberancia de la «adquisividad» sólo
pensaba en descerrajar puertas y llevarse montones de oro; bajo la de la
«secretividad», falsificaba toda clase de documentos; en la caja de la «combatividad»
asesinaba a un anciano; en cualquier otro rincón de la cabeza raptaba la mujer de un
amigo, y qué sé yo cuántas infamias más. Todas las monstruosidades imaginables se
fraguaban en ese cerebro. El artista calumniaba villanamente al pescador de caña,
atribuyéndole todas esas alucinaciones criminales; mientras tiene su vista fija en el
agua y su brazo presto a levantar su caña, el pobre hombre no tiene conciencia de las
fugitivas imágenes, buenas o malas, que flotan en su cerebro; se encuentra fascinado
por las ondulaciones que brillan, por los hoyuelos variables que sin cesar cambian,
por el agua que le sonríe y el pez que espera.
Tal vez a causa de esta extraña fascinación que ejercen sobre el pescador las
aguas libres del arroyo, haya hecho tan pocos progresos el arte de la piscicultura
desde los tiempos más remotos. Millones de hombres se dedican a sorprender el pez
salvaje que se agita en las aguas: y muy poco numerosos relativamente son los que se
ocupan en coger su presa para cautivarla y devorarla cuando lo crean conveniente. En
los países llamados civilizados, la caza no es otra cosa que un pasatiempo y la
persecución de las bestias salvajes ha sido reemplazada por la cría de animales para el
matadero. Sólo los hombres holgazanes y vanidosos que quieren mantener las
tradiciones de sus antepasados para distraer su ociosidad, han hecho de la caza la
principal ocupación de su vida. Pero desde hace ya miles de años, los pueblos
arianos, de evolución en evolución han cesado de ser cazadores, y se dedican a
cultivar la tierra, tomando a la vez por compañeros o víctimas a los toros
descendientes del urus salvajes que perseguían en el bosque en otras edades, En
nuestros días, los pieles rojas, tan combatidos por los americanos, y que presencian la
dispersión de los ganados al ruido de las locomotoras que pasan silbando por las
praderas, aprenden también a uncir los bueyes al yugo, y pasan sin transición del
estado de cazadores al de pastores y cultivadores del suelo. Pero en lo que se refiere a
la explotación de la fauna de las aguas, los hombres están todavía y en todas partes,
salvo en China, país de las gentes listas, en las prácticas rudimentarias de la barbarie
primitiva. Han reemplazado el simple palo por una caña más flexible y elegante, han
aprendido a torcer hilos más delgados y fuertes, a perfeccionar los anzuelos, a atraer a
cada especie por un cebo especial, y hasta han modificado la forma natural de los
cursos de agua, haciendo en las cascadas peldaños como los de una escalera, por los
cuales el pez salido del mar puede remontar el arroyo hasta la fuente primitiva; no
obstante, es muy excepcional el modo de coger al pez, de fecundarlo artificialmente y
mantenerlo como animal doméstico, pudiendo así presentar al mercado por quintales
y toneladas, la carne exquisita del buen pescado como se hace con la de ternera y
carnero.

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En algunas partes, sin embargo, pescadores e industriales han intentado
reemplazar la pesca por la recría del pescado. Como hombres ociosos la mayor parte,
han obtenido resultados curiosos, completamente inútiles para aumentar nuestros
conocimientos sobre los animales, sus costumbres y naturaleza, y casi insignificantes
bajo el punto de vista económico. En un pequeño establecimiento de piscicultura,
oculto por las murallas de un parque, y vedado a los transeuntes, he podido formarme
una idea de la ciencia y habilidad profundas que debiera tener un buen recriador de
peces para el buen éxito de su empresa.
La piscicultura exige saberlo todo y preverlo todo también. Es preciso conocer la
naturaleza del fondo y de las aguas favorables a cada especie; observar los fenómenos
del aire y las variaciones de la temperatura para elegir el momento favorable de la
extracción artificial de los huevos en las hembras y la materia fecundadora en los
machos; regularizar el impulso de la corriente y darle la fuerza necesaria calculada
anticipadamente; estudiar los huevos con el microscopio y extraer todos los que no
tengan el color y la transparencia necesarias; examinar la materia fecundante y
arrojarla si no tiene el suficiente color y fluido y… ¿qué sé yo cuántas cosas más?
El piscicultor debe además saberse servir de infinidad de instrumentos delicados;
limpia los huevos con un pincel, separa los cuerpos extraños y malsanos por medio de
unas pinzas; se sirve de ampolletas para trasvasar la simiente de uno a otro recipiente,
construye lugares a propósito para los huevos que se adhieren a las hierbas y ramitas
del fondo y muchas otras operaciones entretenidas e inteligentes. Durante la época de
la incubación necesita velar con cuidado para evitar que los enemigos de toda
especie, barbos, mosquitos y setas de agua, ataquen a la población naciente, variando
de hora en hora la corriente y la temperatura. Después de la salida del huevo es
preciso saber alimentar a los animalitos oportunamente y con las, mismas substancias
que ellos mismos se hubieran buscado. Y además de todo esto, tiene aún que prevenir
ciertas terribles enfermedades que repentinamente pueden aparecer en su cultivo y
destruirlo en algunos días.
Entre los piscicultores hay algunos que consiguen así salvar de toda desgracia a la
morralla que ha de transformar en pescado de peso. En presencia de su éxito, ¡qué
triste recuerdo de las cosas humanas se despierta en nosotros pensando en los miles
de criaturas, bien constituidas para llegar a hombres, que perecen todavía en la cuna!
Es cierto que los niños recién nacidos o ya de algunos años están más ligados a
nuestro corazón que el salmonete y la trucha, pero no por eso deja la muerte de
llevárselos a miles también. Nuestros hospicios para la infancia, bastante más
preciosos que todos los establecimientos de piscicultura, no son frecuentemente otra
cosa que el vestíbulo del cementerio. Los huevos de la tenca o del barbo, lo mismo
que los de otros peces más exquisitos, son para nosotros menos preciosos que los
niños confiados a la sociedad por la desgracia y la miseria, y menos dignos de nuestra

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defensa contra las asechanzas de la muerte.
Si alguna vez se llega a domesticar completamente el pescado de agua dulce y
suministrarlo a voluntad para la aumentación pública, será ciertamente motivo de
júbilo, puesto que todas las vidas inferiores se emplean aún para alimentar la del
hombre; pero no se podrá evitar el recordar con tristeza el tiempo en que todos
nadaban en completa libertad. Contemplando las corrientes de agua regularizadas y
reducidas a cajas cuadrangulares, donde los peces se engordan como esclavos,
nuestros descendientes pensarán con cierta tristeza en nuestros arroyos libres todavía.
Lo mismo que a nosotros nos encanta el relato de la vida salvaje en la selva virgen, lo
mismo sentirán ellos el encanto cuando se les hable del libre arroyo, donde multitud
de peces errantes remaban contra la corriente, retozones y alegres, con sus aletas y
cola, o del pez solitario que atravesaba la corriente como un rayo de luz apenas
entrevisto, o bien de las hierbas flotantes estremecidas constantemente por las ocultas
multitudes que las poblaban. Comparado con el guarda del criadero de pescado, el
pescador actual, sentado bajo la discreta sombra de un árbol, les parecerá una especie
de Nemrod, un héroe de remota antigüedad.

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XV. El riego
Consolémonos, no obstante. En el porvenir que nos prepara la explotación
científica de la tierra y sus riquezas, la mayor utilidad del arroyo no será la de ser una
fábrica de carne viva. El agua que entra en tan grandes proporciones en todos los
organismos, plantas y animales, no cesará de emplearse, como actualmente se hace,
en alimentar el mundo vegetal de sus orillas. Bebida por las raíces que se mojan en el
arroyo, el agua sube de poro en poro por los intersticios capilares del suelo, hincha de
savia multitudes sin fin de árboles y hierbas, y sirve así indirectamente a la
alimentación del hombre por tubérculos, matas, hojas, frutos y simientes. En el
trabajo agrícola es donde principalmente el arroyo se hace un poderoso auxiliar de la
humanidad.
Después del sol, que lo renueva todo con sus rayos, el aire, que con sus vientos y
la mezcla incesante de gases puede llamarse «hálito del planeta», el agua del arroyo
es el principal agente de renovación. Por el amor inmenso que hacia todo cambio
sentimos, escuchamos con satisfacción el relato de las metamorfosis, sobre todo,
aquellos de nosotros que son aún niños y que el conocimiento de las inflexibles leyes
no turba todavía su ingenua credulidad. Leyendo las Mil y una noches, se complace
nuestro espíritu viendo cómo los genios se convierten en vapor y los monstruos nacen
de un reguero de sangre; nos gusta contemplar todos los objetos de la naturaleza, bajo
los aspectos y formas que adquieren sucesivamente, lo mismo que en el aire caliente
del desierto distinguimos tan pronto palacios con columnatas como ejércitos en
marcha.
En las fábulas de la antigüedad griega, en los mitos persas y en los viejos cantos
indostanes, lo que más nos seduce son las transformaciones de la piedra y de la
hierba, del animal, del hombre y del dios, símbolos primitivos del encadenamiento
infinito de la vida en el universo. A la vista del niño, cualquier viejo tapiz se puebla
de seres animados. ¡Con qué sencilla fe contempla sobre los viejos y apolillados
lienzos la imagen de Syrinx extendiendo aún los brazos, cuando ya está convertida a
medias en grupo de cañas, Procrios echando raíces para convertirse en álamo, o la
ninfa Byblis fundiéndose en llanto, para correr eternamente en forma de fuente!
Pues bien; cambios parecidos a los que inventaron la imaginación de los pueblos
en su infancia y la ficción de los poetas, no cesan de realizarse en el gran laboratorio
de la naturaleza; sólo que se efectúan por un lento trabajo interior, por transición
gradual de vida y de muerte entre todo lo que muere y lo que nace, y no por súbitos
milagros. La gota de agua se cambia en célula de planta, esta se transforma en
simiente, luego en pan y, en el cuerpo del hombre, en parte de vida.
Parece a primera vista que el arroyo no pueda transformarse así en otras plantas
que en las de sus orillas. Sin duda que la vegetación de los márgenes, aspirando la

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humedad por sus raíces y bebiendo abundante vapor por sus hojas, es bastante más
viva y alegre; las parras salvajes, los álamos blancos y el temblón con sus hojas de
plata constantemente estremecidas, se levantan hacia el espacio altos, derechos,
hinchadas de jugo sus fibras y lisa su corteza, rompiéndose por el impulso de la savia
que se desborda. Las hierbas, en apiñados y compactos grupos, y multitud de
arbustos, llenan los intersticios entre los troncos; el más pequeño espacio vacío se
puebla inmediatamente de plantas deseosas de aproximarse al arroyo bienhechor.
Pero el agua realiza también su obra lejos de sus bordes. Hasta durante la sequía,
extiende su vivificante frescura rezumando por las pedregosas y arenosas márgenes, y
penetra en el subsuelo donde alimenta las raicillas de las plantas. Después de las
lluvias, cuando se eleva el nivel del arroyo, la percolación subterránea se propaga y
se extiende a lo lejos bajo las capas superficiales del suelo de los campos, y durante
las grandes crecidas, las aguas desbordadas renuevan la tierra, la saturan de humedad
y suministran así los elementos de vida a la multitud vegetal.
El espectáculo de los campos inundados es triste ciertamente. Los cercos medio
cubiertos determinan aún los límites bien conocidos que separan la propiedad; los
árboles frutales, inclinados por la corriente, sumergen en el agua fangosa la
extremidad de sus ramas; corrientes y remolinos socavan el suelo donde crecían
hermosas cosechas. Hasta los bordes del lago temporal, todos los surcos abiertos por
el arado, se convierten en otros tantos regueros, y los caballones dibujan en la
corriente largas estelas paralelas.
La inundación, que desvanece la esperanza del campesino, es una desgracia, y, sin
embargo, en sus temidas aguas, lleva el arroyo un tesoro para años venideros. Al
destruir las cosechas del año presente, deposita el aluvión fertilizante que alimentará
las futuras fructificaciones. El suelo de la llanura, removido constantemente por el
trabajo del labrador, se esterilizaría bien pronto si las rocas de la montaña, trituradas y
tamizadas por la corriente, no se extendieran en capas renovadoras y fecundas sobre
los campos de la ribera. Según nos enseñan los sondeos geológicos, la tierra vegetal y
el subsuelo son capas de aluvión sucesivamente depositadas de siglo en siglo y
arrastradas desde las estribaciones de las rocas. En el llano ninguna planta hubiera
podido germinar si la montaña no se deshiciera sin cesar, y si el arroyo no bajara cada
año estos residuos para suministrar un nuevo elemento a la vegetación de sus riberas.
¿Pero qué hacer para evitar que las aguas desbordadas devasten los cultivos y
depositen al mismo tiempo el aluvión fertilizante? ¿Cómo regularizar las oscilaciones
del nivel para aprovechar sus beneficios, sin tener que sufrir sus desbordamientos?
Poco numerosos son los agricultores que han sabido resolver ya ese problema,
hallando el medio de dominar al arroyo, dirigiéndolo a su gusto. Durante el verano la
corriente no es más que un pequeño hilo líquido, y el campesino se queja; en otras
épocas, en la primavera y el otoño, según los climas, el arroyo se sale de madre y el

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campesino se queja también.
Por otra parte, se lamentará siempre, y con razón, hasta que sepa asociarse con su
vecino para utilizar los recursos que ofrece el agua corriente. Actualmente la
explotación de esas riquezas se hace con el mayor desorden y casi al azar, según el
capricho de los propietarios ribereños, siendo el resultado de estos disparates, el
desastre para todos, con muchísima frecuencia. Uno seca terrenos pantanosos,
construyendo canales subterráneos que desembocan en el arroyo y aumentan su
caudal; otro lo empobrece, al contrario, haciéndole sangrías a derecha e izquierda
para regar sus campos; otro aun, rebaja su nivel medio limpiando el fondo,
destruyendo las aristas de las piedras en las corrientes y cascadas, mientras que en
otra parte, los industriales, elevan la superficie del arroyo, construyendo presas para
llevar el agua a sus fábricas. Todo esto son fantasías contradictorias, avideces en
conflicto, que pretenden todas, no obstante, determinar la marcha del arroyo. ¿Qué
sería de un pobre árbol, a cuántas enfermedades monstruosas no se vería condenado,
si, lozano y lleno de vida, fuera repartido entre varios propietarios, si numerosos
dueños pudieran ejercer el derecho de uso y abuso, uno sobre sus raíces, otro sobre su
tronco, sus ramas, sus hojas y sus flores? El arroyo, en conjunto, puede ser
comparado con un organismo vivo como el de un árbol. También él, desde su
nacimiento hasta su desembocadura, forma un todo armónico con sus manantiales,
sus sinuosidades y las oscilaciones regulares de sus aguas, y es una desgracia pública
el que la serie natural de sus fenómenos sea alterada por la explotación caprichosa de
propietarios ignaros. Gracias a la ciencia y a los esfuerzos particulares, podemos
desde hoy vislumbrar la época en que el arroyo será útil al interés común de los
pueblos. Como riqueza perteneciente a todos, el trabajo asociado lo transformará en
una verdadera arteria de vida para la producción agrícola.
Los numerosos trabajos de canalización, presas y azudes ejecutados para el riego
de los campos en muchas partes a orillas de los ríos, nos permiten imaginar cuál será
el régimen de nuestro arroyo en un porvenir más o menos lejano: con la previsión que
nos da la ciencia, lo vemos ya desde hoy. Como en los tiempos antiguos, antes de la
explotación del bosque, pinos y hayas entremezclados, volverán a crecer en las faldas
de la montaña, de donde bajan las primeras aguas; las raíces que brotan, el musgo que
las cubre, las hierbas que la rodean y que la cabra no vendrá a arrasar, contendrán en
su caída las gotas de lluvia y los hilillos de nieve fundida. En vez de convertirse en
corrientes de una hora, el agua se filtrará en el interior del suelo durante las lluvias, y
descendiendo lentamente por los poros, reaparecerá en el lecho inferior del arroyo
durante las épocas de sequía. El caudal medio de la corriente será más igual, y no
pasará súbitamente de la sequía a la inundación. En los abruptos declives no se
ahondarán repentinamente profundos barrancos, y las praderas del valle no
desaparecerán bajo los amontonamientos de piedras y troncos arrastrados desde las

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laderas. Acequias abiertas en líneas paralelas sobre las redondeces, alternativamente
salientes y entrantes de las curvas y promontorios, llevarán la vida y harán germinar
las flores hasta en las áridas pendientes.
Puede suceder que la acción reguladora de los bosques y el empleo de las aguas
del torrente en el riego de las altas huertas, no fuera suficiente para prevenir las
repentinas crecidas por lluvias torrenciales; pero hay otros recursos para evitar este
peligro. El valle no es igualmente ancho en toda su longitud. En ciertos parajes, su
fondo nivelado se extiende en forma de círculo o de óvalo, donde antes hubo un
antiguo lago, llenado gradualmente por sucesivas capas de aluvión; en otras partes,
las alturas rocosas que se levantan a derecha e izquierda del arroyo, se aproximan
unas a otras, y sólo están separadas por una estrecha fisura, por la cual se desliza el
agua rugiendo. En este punto se encontraba antes el dique que contenía las olas del
lago. Durante las grandes lluvias, esta muralla retenía las aguas crecientes, las
obligaba a extenderse hacia arriba hasta los estribos de las colinas, y, lentamente,
salvando la valla inferior, descendían por la llanura, saltando de cascada en cascada.
La naturaleza, con su incesante trabajo, ha concluído por derribar esta presa; los
troncos, arrastrados como palos de buque por la corriente, han conmovido las rocas;
el agua se ha infiltrado por las hendiduras, y más o menos pronto, el lago ha podido
vaciarse, abriéndose paso por la brecha practicada entre las dos colinas. Pues bien;
este lago puede crearlo el hombre nuevamente y determinar a su gusto la altura, la
extensión y el contenido; puede levantar el dique calculando con precisión su fuerza
para resistir la presión de las aguas en las grandes crecidas.
Posesor de este lago artificial y de ese parapeto con sus esclusas movibles, el
agricultor se convierte en director de las lluvias y sequías; impide a las aguas
impetuosas correr en torrentes devastadores sobre los campos cultivados, prohíbe al
arroyo bajar en demasía su nivel durante la época de sequía, y le obliga a alimentar
constantemente los canales de riego, llevando a los campos la frescura y la vida. El
aluvión depositado en el fondo del lago, le servirá además para renovar el vigor de
sus cultivos, y si quiere, encargará al arroyo el transporte de todos esos abonos al
suelo que debe ser fecundado. Esperamos también, puesto que soñamos en el
porvenir y hacia él se dirigen nuestras miradas, que los ingenieros encargados de la
regularización del arroyo, sabrán hacer del gran depósito líquido de alimentación, no
una charca vulgar con sus playas malsanas y aguas corrompidas, sino un lago puro y
encantador, sembrado por grandes árboles y bordado de plantas acuáticas, para que el
artista, lo mismo que el labrador, experimente un gran placer al contemplar las aguas
cristalinas bajadas de la montaña.
El verdadero peligro para el porvenir, es el que el agua, considerada con justicia
por los campesinos como el más preciado de sus tesoros, sea utilizada hasta la última
gota por los primeros en disfrutarla. En vez de amenazar los campos con sus crecidas,

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el arroyo, sangrado por innumerables arterias, puede quedarse seco, dejando en la
pobreza a los ribereños de su curso interior. Tal es la desgracia que ocurre ya en
algunas regiones del Mediodía, en la Provenza, en España, en Italia, en la India. A su
salida de los montes, el susurrante arroyo parece que vaya a salvar de un sólo salto la
distancia que le separa del mar; su espuma choca contra las piedras, corre
precipitadamente por las pendientes y llena las depresiones profundas de un azul
insondable. Como joven que entra en la vida sin desconfianzas, el arroyo encuentra
delante el espacio inmenso y quiere aprovecharlo; pero, a derecha e izquierda,
pérfidas presas y pequeñas esclusas, restan a su caudal porciones de agua que van a
ramificarse a lo lejos por los jardines y las huertas. Empobrecido de azud en azud, el
arroyo se convierte en pequeño torrente, sus aguas sin impulso se arrastran
serpenteando por entre las piedras y luego desaparece bajo la arena, en la que el
campesino practica hoyos para recoger las últimas gotas del precioso líquido. Al
llegar a los primeros campos de la llanura, el alegre arroyo de los montes ha
desaparecido por completo.
Sin embargo, desapareciendo de su cauce el agua corriente y dividida en
pequeñas arterias sin nombre, no cesa un instante de trabajar. Reducida a hilitos
bastante pequeños para ser bebidos a su paso por las raicillas de las plantas, entra más
fácilmente en el torrente de la circulación vegetal para cambiarse en savia, luego en
madera, en hojas y en flores, y esparcirse de nuevo por la atmósfera mezclándose con
los perfumes de las corolas. En el llano, transformado en inmenso cultivo, no se ve
agua en parte alguna y, no obstante, ella es quien da a la tierra la frescura y
fecundidad; la que puebla los jardines de flores, arbustos y follaje; la que multiplica
las ramas dando así a las umbrosas avenidas el profundo misterio que nos encanta.
Bajo otra forma, es también el agua la que nos rodea y nos hechiza. A veces oímos a
nuestros pies un murmullo argentino como ruido de perlas rodando por el suelo; es la
voz del agua que corre por un canal subterráneo, y cuyos fugitivos reflejos nos
aparecen vagamente a través de los intersticios de las losas. Cerca de una casita,
oculta bajo la verdura, un pequeño chorro de agua se lanza al vacío descubriendo una
curva que el viento ondula, y las gotitas de niebla irisada caen a lo lejos sobre las
flores como rocío de diamantes.

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XVI. El molino y la fábrica
El valiente arroyo no se limita sólo a fertilizar nuestras tierras; sabe también
trabajar de otro modo cuando no se le emplea completamente en el riego de los
campos. Es un gran factor en nuestras empresas industriales. Mientras su aluvión y
sus aguas se transforman cada año en trigo por la maravillosa química del suelo, su
corriente sirve para convertir el grano en harina, lo mismo que podría amasar esta
misma harina para convertirla en pan si quisiéramos confiarle este trabajo. Si su masa
líquida es suficiente, el arroyo sustituye con su fuerza la de los brazos humanos para
realizar todo lo que en otros tiempos hacían los esclavos o las mujeres siervas de su
brutal marido: monda el trigo, muele los minerales, tritura la cal convirtiéndola en
mortero, prepara el cáñamo y teje telas. Por eso el humilde molino, aun cuando su
base esté carcomida y sus paredes pobladas de plantas parásitas, me inspira
veneración; gracias a él, millones de seres humanos no están ya tratados como bestias
de carga; han podido erguir la cabeza y ganar en dignidad al mismo tiempo que en
felicidad.
¡Qué recuerdo más encantador conservamos del pequeño molino de nuestra
aldea! Estaba medio oculto, y tal vez lo esté todavía, en un nido de grandes árboles,
álamos, chopos, nogales y sauces; a lo lejos se oía su tic-tac, pero sin ver la casa,
oculta por la vegetación. Sólo en invierno, las paredes sucias y agrietadas se veían
por entre las ramas desprovistas de hoja; pero en cualquiera otra época del año, para
ver el molino, había que penetrar en la plazoleta que se extendía ante su puerta,
espantar el grupo de ocas y despertar de su cuchitril al perro guardián, siempre
gruñendo. No obstante, protegidos por el niño de la casa, compañero nuestro de
colegio y de juego, nos atrevíamos a llegar cerca del leal Cerbero y hasta aproximar
nuestra mano a su terrible boca, acariciándole dulcemente la cabeza. El monstruo se
dignaba al fin reconocernos y meneaba su rabo con benevolencia en señal de
hospitalidad.
Nuestro sitio predilecto era una pequeña isla en la cual podíamos entrar, bien
pasando por el molino, construído transversalmente sobre el arroyo, o resbalándonos
a lo largo de una estrecha cornisa construida en forma de acera en el exterior de la
casa; allí estaban las palas y adonde el molinero iba a regularizar la marcha del agua.
Nuestro camino preferido era este. En unos cuantos saltos llegábamos a nuestro
islote, instalándonos bajo la sombra de un gigantesco nogal can su corteza lisa por los
frecuentes escalos. Desde allí, los árboles, el arroyo, las cascadas y las viejas paredes,
se presentaban a nuestra vista en su aspecto más encantador. Cerca de nosotros, en el
gran brazo del arroyo, un dique formado por fuertes maderos contenía la corriente;
una cascada caía por encima del obstáculo y la espuma iba a chocar contra las pilas
de un puente con sus grietas pobladas de verdura. Al otro lado, el viejo molino

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llenaba todo el espacio desde los árboles de la orilla hasta los del islote. Del fondo de
una sombría arcada, practicada bajo las murallas, el agua agitada salía como arrojada
por un monstruo, y en la negra profundidad del antro abierto distinguíamos
vagamente pilotajes musgosos, ruedas medio dislocadas que daban vueltas
torpemente como ala rota de gigantesco pájaro, y palas que se sumergían en el
torbellino produciendo cada una su pequeña cascadita. Alrededor de la arcada, espesa
hiedra tapizaba las paredes y, trepando hasta el tejado, enlazaba las vigas con su
cordaje nudoso y se estremecía alegremente por encima de las tejas.
En el interior de la casa ¡cuán extraño nos parecía todo, desde el asno filósofo
doblándose bajo el peso de los sacos que descargaban cerca de las muelas, hasta el
molinero mismo con su larga blusa siempre blanca por la harina! En toda la casa ni
un sólo objeto dejaba de agitarse convulsivamente o vibrar por la trepidación de la
invisible cascada que rugía bajo nuestros pies. Las paredes, los tabiques, el techo,
todo temblaba incesantemente por las sacudidas de la fuerza oculta. En un rincón del
molino, el árbol motor rodaba y rodaba como el genio del caserón; ruedas dentadas,
correas tendidas de uno a otro extremo del local, transmitían el movimiento a las
rechinantes muelas, a la tolva oscilante, con ruido seco, a una porción de artefactos de
madera o metal, que cantaban, crugían o gritaban en hermoso concierto. La harina,
que salía como humo de los granos molidos, flotaba en el aire de la casa,
blanqueando todos los objetos con su fino polvillo; las telarañas colgadas en las vigas
del techo estaban rotas por el peso que las cargaba y se balanceaban como blancos
cordajes; las huellas de nuestros pasos se marcaban en negro sobre el piso.
En el inmenso estruendo que producían todos aquellos engranajes, muelas,
aparatos, y hasta las paredes mismas, apenas se podía oír mi propia voz por más que
ni siquiera osaba hablar, preguntándome si el habitante de este extraño caserón no
sería brujo o hechicero. Su hijo, mi compañero de colegio, me parecía menos temible,
y en ciertas ocasiones no tenía miedo de ir con él a todas partes; sin embargo, no
podía remediar el error de ver en mi simpático amiguito un ser misterioso, con cierto
dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. Conocía todos los secretos del fondo del
agua; nos decía el nombre de hierbas y peces; podía distinguir en la arena o el cieno
movimientos imperceptibles a nuestras miradas y revelarnos dramas íntimos sólo por
él visibles. Sus compañeros le creíamos anfibio, no defendiéndose apenas de nuestras
acusaciones. Habíase paseado por el cauce del arroyo hasta en los sitios más
profundos y medía con exactitud extraña los remolinos que nuestras perchas no
alcanzaban a sondear. Conocía también la fuerza de la corriente en todos los puntos
contra la cual había luchado nadando o con los remos; más de una vez había estado
próximo a ser arrastrado por las ruedas y triturado entre los engranajes; pero
familiarizado con el peligro, lo desafiaba resueltamente, contando con su fuerza y con
una cuerda que le arrojarían en último caso. Uno de sus hermanos, menos afortunado,

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halló la muerte en una concavidad de la roca, a donde le arrastró un remolino.
Nosotros mirábamos asustados el paraje siniestro al que el padre, lleno de un horror
sagrado, había hecho arrojar piedra y tierra.
El misterio que para nosotros rodeaba al viejo molino, no envolvía a la gigantesca
fábrica, situada bastante más abajo, en la llanura, donde el arroyo ha recibido ya a
todos sus afluentes. La fábrica, desde luego, es una enorme construcción que, lejos de
estar rodeada de árboles, se levanta en medio de un espacio desnudo casi a la altura
de las colinas cercanas. Al lado del edificio, una chimenea parecida a un obelisco, se
eleva a más de diez metros sobre el edificio y parece aún prolongarse hacia el cielo
por las negras columnas de humo que de ella salen. Durante el día, sus paredes
enjalbegadas la destacan en blanco del fondo verde de la huerta que le rodea; por las
tardes, en cuanto el sol se pone, centenares de cristales se alumbran en su fachada; ya
de noche, las luces del interior irradian su luz por las ventanas, y, como la de un faro,
brillan a diez leguas de distancia.
Tanto en el interior como en el exterior, la fábrica no presenta más que ángulos
rectos y líneas geométricas. Sus grandes salas llenas de la luz que entra a raudales por
las ventanas, tienen no obstante algo de terrible en su aspecto. Pilares de hierro se
levantan a distancias iguales, sosteniendo el techo; máquinas, también de hierro,
hacen dar vueltas a sus ruedas con movimientos regulares, lo mismo que sus bielas y
curvos brazos; dientes de acero cogen la materia que se les echa para dividir, triturar,
moler o amasarla de nuevo, y la convierten en pasta, en hilos o en nube apenas
perceptible, según lo exige la voluntad del dueño. De todos esos monstruos de metal,
el hombre ha hecho sus esclavos; los hace producir la labor para que fueron creados y
los detiene en su furioso triturar cuando ha concluído la tarea; sin embargo, tiembla
ante esa fuerza brutal que ha dominado. Que olvide el desgraciado obrero por un sólo
instante poner en armonía su propio trabajo con el de la formidable máquina, que
bajo la impresión de una idea, de un sentimiento, se detenga en sus movimientos
rítmicos, y tal vez el poderoso mecanismo lo descuartice lanzándolo contra la pared,
convertido en masa sangrienta. Las ruedas dan vueltas con movimiento uniforme, lo
mismo si aplastan a un obrero que si tuercen un hilo apenas visible. De lejos, cuando
nos paseamos por las colinas, oímos el terrible gemido de la máquina que hace vibrar
a su alrededor la atmósfera y la tierra.
Esta fuerza disciplinada y, no obstante, temible, con sus engranajes y brazos de
hierro, no es otra cosa que la fuerza del arroyo transformada en energía mecánica. El
agua, que en otro tiempo no realizaba más trabajo que derribar sus márgenes para
establecer otros y ahondar unas partes de su lecho para elevar otras, es ahora el
auxiliar directo del hombre para tejer ropas y moler granos. Guiado por el ingeniero,
el movimiento torpe del agua sigue la dirección que se le traza, y se la ha distribuído
por las más finas pinzas y delicadas brochas, igual que por los más fuertes engranajes

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de la poderosa máquina. Su impulso indirecto rompe y tritura cuanto ponen bajo el
martillo-pilón y estira los metales pasados por el laminador; pero sabe también elegir
y juntar los hilos casi imperceptibles, amalgamar los colores, afelpar las telas y
realizar a la vez los más diversos trabajos, los que ni siquiera podía soñar un
Hércules, y los que no podrían realizar los hábiles dedos de un Aracneo. Dando su
fuerza a la máquina, el arroyo se ha convertido en un gigantesco esclavo,
reemplazando él solo a los millares de prisioneros de guerra y la servidumbre de
mujeres que llenaban los palacios de los reyes; toda la labor de estos tristes animales
encadenados, sabe el torrente hacerla mejor que jamás fué hecha, ¡y cuántas otras
cosas haría además! Bien utilizada, una catarata como la del Niágara animaría las
máquinas suficientes para realizar todo el trabajo de una nación.
Incalculables son las riquezas con que la fábrica ha enriquecido a la humanidad, y
estas aumentan cada año, gracias a la fuerza que se sabe sacar de los combustibles, y
gracias también al empleo más sabio y general que se da a las aguas corrientes que
ruedan por el inclinado cauce del arroyo. Y, sin embargo, esos productos tan
numerosos que salen de las fábricas para enriquecer a la humanidad entera, e iniciar
de cambio en cambio a los más lejanos pueblos en una civilización superior, no
alcanzan a todos los hombres, dejando en la más negra miseria a los que los
producen. No lejos de la majestuosa fábrica, cuyos monstruos de hierro han costado
tanto; no lejos de esa magnífica residencia señorial, rodeada de hermosos árboles
exóticos, importados con grandes gastos del Himalaya, del Japón y de California,
pequeñitas casas de ladrillo, ennegrecido por la hulla, se alínean en medio de un
espacio lleno de amontonamientos antiestéticos y de charcas de agua fétida. En esas
humildes habitaciones, menos repugnantes, es cierto, que los tugurios de los siervos
dominados por el castillo del señor feudal, las familias se reúnen raramente alrededor
de la misma mesa; unas veces el padre, otras la madre o los hijos, llamados por la
inexorable campana de la fábrica, deben alejarse del hogar y sucederse al servicio de
las máquinas, que trabajan sin tregua ni descanso, lo mismo que la corriente del
arroyo que las pone en movimiento. Con frecuencia, la honrada casita se encuentra
completamente vacía, a menos que en cualquier rincón no quede algún niño de teta,
reclamando inútilmente la presencia de su madre con llantos desesperados o
enternecedores suspiros. La pobre criatura, envuelta en húmedos pañales, crece
raquítica a causa de la falta de aire o de cuidados, y tarde o temprano será roída por el
escrofulismo a menos que una enfermedad cualquiera, tisis, sarampión o cólera no se
la lleve en sus primeros años.
Por esta razón no todo es alegría y felicidad en las orillas del encantador arroyo,
donde la vida parece ser tan agradable, donde parece natural que todos se amen y
gocen de la existencia. También allí la guerra social produce sus estragos; también
allí los hombres aparecen envueltos en ese torbellino de «la lucha por la existencia».

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Lo mismo que en la gota de agua las mónadas y los vibriones procuran arrancarse la
presa unos a otros, igual sobre las márgenes cada planta busca quitar a la vecina su
parte de sombra y humedad. En el arroyo el sollo se arroja sobre la espínola, y ésta a
su vez sobre el gubio: todo animal es para otro un cebo, un plato ya servido. Entre los
hombres, la lucha no ofrece ese aspecto de tranquila ferocidad, pero nos miramos
unos a otros con rencor y odio, envidiosos del manjar que nuestro hermano se lleva a
la boca, al cual no todos tenemos derecho, según parece. Los espectros del hambre y
la miseria se levantan tras nosotros, y para evitar que nosotros y nuestras familias
seamos presas de sus terribles garras, corremos todos tras la fortuna, aunque la
hayamos de conquistar, directa o indirectamente, en detrimento de nuestros
semejantes. Sin duda esto nos entristece a muchos, pero movidos por el engranaje,
igual que el martillo-pilón que se levanta y aplasta, aplastamos también nosotros sin
querer hacer daño.
¿Tendrá fin esta lucha feroz, por la existencia entre los hombres nacidos para
amarnos? ¿Seremos siempre enemigos unos de otros? Los ricos ¿se abrogarán
eternamente el derecho de despreciar a los pobres, y éstos a su vez, condenados a la
miseria, no cesarán de contestar al desprecio con el odio y a la opresión con el furor?
No; no será siempre así.
En su amor a la justicia, la humanidad, que cambia incesantemente, ha empezado
ya su evolución hacia un nuevo orden de cosas. Estudiando con calma la marcha de la
historia, vemos al ideal de cada siglo convertirse en la realidad del siglo siguiente,
vemos el ensueño del utopista adquirir forma precisa, para hacerse necesidad social
en la voluntad de todos.
Con la imaginación podemos ya contemplar la fábrica y los campos que la
circundan tal cual el porvenir los habrá cambiado. El parque se ha ensanchado;
actualmente comprende la llanura entera; grandes columnatas se levantan sobre la
verdura, chorros de agua caen por encima de los macizos de flores, y alegres niños
corren por sus avenidas. La fábrica está allí todavía; ahora más que nunca se ha
convertido en un gran laboratorio de riquezas, pero estos tesoros no se dividen ya en
dos partes, de las cuales una pertenece a uno solo, siendo la otra, la de los obreros,
una miserable limosna; definitivamente pertenece a todos los trabajadores asociados.
Gracias a la ciencia que les hace utilizar mejor el poder de la corriente y otras fuerzas
de la naturaleza, los obreros no son los esclavos desgraciados de la máquina de
hierro; después del trabajo del día, gozan del reposo y de la fiesta, las alegrías de la
familia, las lecciones del anfiteatro, las emociones de la escena. Son iguales y libres,
son dueños de sí mismos y se miran frente a frente con la cabeza erguida, porque
ninguno lleva en su cara impreso el estigma de la esclavitud. Tal es el cuadro que
podemos contemplar anticipadamente parándonos por la tarde cerca del arroyo
querido, cuando el sol poniente se rodea de un círculo de oro con las volutas de vapor

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que se escapan de la fábrica. Esto no es aún más que un espejismo, pero si la justicia
no es una palabra vana, este espejismo nos refleja ya la ciudad lejana, medio oculta
detrás del horizonte.

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XVII. La navegación y la armadía
Al través de los siglos, los progresos materiales de la humanidad pueden medirse
por los distintos servicios que el arroyo ha prestado. Actualmente, el impulso de su
corriente se transforma en fuerza viva para moler el trigo, tejer telas y producir un
sinnúmero de transformaciones en la primera materia. Sus aguas y aluviones se
cambian en savia y tejidos vegetales en los prados y alamedas; en la agricultura y la
industria es nuestro gran auxiliar.
En otro tiempo no sucedía así. El bosque sin límites cubría los montes y llanuras;
las sendas que serpenteaban entre los árboles eran muy raras y mal trazadas,
obstruídas por hierbas y maleza; por eso, los salvajes utilizaban la superficie del
arroyo para ascender o descender por su cauce sobre el tronco de árbol vaciado que
les servía de embarcación.
En nuestros días, gracias a las carreteras, caminos y sendas que atraviesan
nuestras campiñas en todas direcciones, la navegación seria sobre el arroyo es cosa
casi desconocida; sólo se boga ya por el placer de remar y sentirse balanceado
muellemente por las rizadas ondas. Para el hombre es este uno de los más agradables
recreos físicos que pueda proporcionarse. No nos es posible tener un ensueño de
felicidad, sin imaginarnos inmediatamente que flotamos con seres queridos en una
barca que surca las aguas impelida por remos que se sumergen acompasadamente.
Hasta cuando estamos solos, es una voluptuosidad real poder animar con los brazos
uno de esos barquitos afilados que cortan el agua con agilidad de pez. Se cambia de
punto a capricho; tan pronto nos acercamos a una cascada, como descansamos en un
charco tranquilo; aquí nos rozamos con el césped de la orilla, allá con el tronco de un
sauce; se pasa de la obscura avenida, negra de sombra, a la superficie salpicada de
luces que cae como lluvia a través del follaje. Y además, ¿no se forma un mismo
cuerpo con la barquilla, especie de extraño animal a la vez hombre y delfín? Con sus
largos remos, parecidos a poderosas aletas, se producen remolinos en cada lado de la
barca y se hace caer como lluvia de perlas las gotas sobre la superficie del agua; a
voluntad se abre el líquido en surcos espumosos, y detrás se deja una larga estela
donde vibra la luz serpenteando.
Desgraciadamente, sobre el arroyo las embarcaciones no se ven con frecuencia.
Apenas si barquichuelos de uno o dos remos se reflejan en los remansos donde las
aguas se acumulan antes de caer sobre las ruedas de la fábrica y poner en movimiento
muelas y engranajes. A veces suele verse algún viejo barquillo atado con una cadenita
a una rama cualquiera, o a una estaca clavada en la orilla; casi siempre está medio
sumergido en el agua; indudablemente en otro tiempo sirvió a algún pescador, pero
ahora sus tablas están desunidas, el agua penetra por todas partes y los únicos
navegantes que se aventuran a utilizarla son los malos estudiantes en los días que

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hacen novillos; poniendo cada uno de los pies sobre una de las bordas, adelantan con
precaución para mantener el equilibrio; luego, apoyándose en el bichero, empujan la
casi deshecha embarcación al medio de la corriente, y, de un salto vigoroso, alcanzan
la opuesta orilla; a veces se quedan cortos y caen sobre el barro, pero la travesía, bien
o mal, se ha realizado y se marchan alegres a continuar sus proezas por el monte. A
todo esto se reduce para los niños la navegación por el arroyo. No obstante, cuando
llega la primavera, se entretienen construyendo pequeños navíos vaciando un pedazo
de corcho donde plantan un palito cualquiera o a veces el portaplumas, adornado en
su extremidad con una bandera roja o azul; luego, con gritos de alegría, lo arrojan al
agua, dándole por toda tripulación algún insecto, esclavo de los terribles calafates.
Perfectamente inútil para el transporte de viajeros, el arroyo es casi innecesario
para la navegación. Los bosques de la llanura han desaparecido, reemplazados por los
prados, los campos y los pueblos y para los árboles cortados sobre las colinas, los
caminos han facilitado medios de transportes menos caprichosos que la corriente del
arroyo. Para imaginarnos el aspecto de nuestra corriente de agua y los servicios para
que la utilizaron nuestros antepasados en los tiempos de la barbarie primitiva, nos es
preciso atravesar el Océano y desembarcar cerca de las costas del mar de las Antillas,
en uno de esos bosques de Honduras, del Yucatán y el Mosquitos, donde los caribes y
los zambos cortan la acacia, el cedro y el campeche. El arroyo no es más que una
larga calle abierta en el espesor del bosque; la superficie líquida, sombreada por las
bóvedas de árboles, está unida como un cristal; solo los oblicuos rayos de luz que en
algunos puntos agujerean la espesa enramada, hacen brillar como pepitas de oro los
más pequeños insectos y hasta el polen de las plantas; las lianas que se mojan en el
agua la rayan con pequeñitos surcos negros donde vacila un instante la imagen de las
ramas. Repentinamente, en una vuelta aparecen algunos hombres sentados en un
tronco vaciado y seguidos de un gran haz de troncos, medio sumergidos en el agua:
es la armadía de acacia que resbala silenciosa por la superficie del arroyo. La
tripulación no tiene que hacer más que dejar a la deriva el montón que le sigue,
acompañando con su cantinela la cadencia de los remos. Si algún obstáculo se
presenta, si los troncos se detienen sobre un banco de arena o una roca oculta, los
atletas caribes, de músculos poderosos y ancho tórax de bronce, ponen bien pronto a
flote el convoy entero, y cuando llegan a la playa donde los esperan grandes navíos,
un fuerte movimiento con el palo que les sirve de remo basta para abordar.
¡Cuan hermosos resultan, esos hombres de la naturaleza, cuando a la
desembocadura de los ríos, y más heroicos aun en plena mar, se aventuran en su débil
esquife sobre las grandes olas, donde tan pronto parecen sepultados bajo las aguas
como reaparecen rodeados de espuma! ¡Y cuán abnegados y honrados son estos
buenos bárbaros, y qué profunda y grata impresión dejan en el cansado viajero que ha
recibido una sola vez hospitalidad en su cabaña! La historia de su raza es la de las

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grandes degollaciones de su país; en sus antepasados, tal vez no haya uno durante tres
siglos después de la conquista de las Antillas, que no haya sido brutalmente
degollado por algún civilizador; sin embargo, no conservan ningún rencor, y su
honrada bondad se armoniza con su límpido cielo, sus tierras tan fecundas, y sus
arroyos con inmarcesibles y encantadoras riberas.
El trabajo de nuestros madereros de Europa es mucho más penoso. La tala
gradual de los bosques de la llanura les ha obligado a continuar su industria en los
accidentados desfiladeros de las sierras. En vez de dejarse mecer dulcemente por el
curso tranquilo de una corriente sinuosa, es preciso disciplinar el salvaje torrente,
refrenar ese monstruo furioso deteniéndolo unas veces y activando su corriente otras.
El peligro les amenaza a cada instante, y si muchas veces salvan su vida, no es más
que por la fuerza, la agilidad y un continuo heroísmo. El paraje mismo donde
trabajan, tiene en sí algo de terrible; no durante el verano, cuyo ardiente sol dora las
hojas de los árboles y hace sonreír hasta el horror de los precipicios, pero en el otoño,
cuando las nubes pasan corriendo por encima de los sombríos barrancos y dejan en
las cimas de los montes sus jirones como gigantescos lienzos rotos, y el viento, ya
helado, penetra con estruendo en los estrechos valles, produciendo un prolongado
ruido de trueno que repercute a lo lejos.
Luego, la nieve se extiende sobre las alturas, y, con frecuencia, la niebla que sube
por la pendiente del monte, deja tras sí un triple fenómeno de tristeza; en lo más alto
ha teñido de blanco el obscuro bosque; más abajo, un color gris de agua y de nieve, y
en las gargantas de la sierra lluvia fría y abundante. No obstante, en la glacial
atmósfera los cortadores de madera sudan a chorros porque manejan el hacha y cada
golpe descargado sobre el tronco del árbol, pone en movimiento todos sus músculos.
En lucha con el enorme pino, que desde muchos siglos vivía libremente en las faldas
del monte, se sienten poco a poco poseídos de ese furor que se apodera siempre de los
hombres consagrados a destruir otras existencias. Como el cazador persiguiendo su
presa, como el soldado dedicado a matar a sus semejantes, el cortador de árboles
enloquece en su obra de destrucción porque siente tener ante sí a un ser vivo. El
tronco gime por la mordedura del acero, y su lamento se repite de árbol en árbol por
todo el bosque, como si participaran de su dolor y comprendieran que el hacha se
volverá contra ellos también.
Por fin, el pino cae pesadamente sobre el suelo, rompiendo en su caída las ramas
de los árboles vecinos. Los leñadores rodean al coloso caído; cortan las ramas y las
extremidades flexibles, y luego, cuando está limpio el tronco, lo arrastran por las
vertientes que rayan los flancos del monte y por las cuales corren las piedras
desprendidas y las nieves fundidas en la altura. Cientos y a veces miles de palos se
aproximan sucesivamente cerca del precipicio con objeto de que un simple empujón
baste para lanzarlos rodando por la pendiente.

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Cuando todos los preparativos están terminados empieza el arrastre: los troncos se
ponen en movimiento por el plano inclinado; al principio lentos y luego, con
velocidad creciente, terminan su carrera en rapidez vertiginosa, y, embadurnados de
barro y despojados de su corteza, arrastran en la caída tempestades de piedra para ir a
parar al lago de agua que se ha formado por un azud, al pie mismo de la pendiente.
Generalmente, los árboles caen así, sin detenerse, pero a veces la extremidad saliente
de una roca o una punta de palo clavado en el suelo, contiene la avalancha en su
descenso; entonces es preciso que un hombre baje y, con exposición de su vida, pone
en movimiento nuevamente los troncos detenidos.
Por fin, todos los maderos, más o menos enteros, se reúnen en el lago artificial;
amontonados unos sobre otros, se mueven débilmente por la presión del agua. Como
animales cansados que el pastor acaba de encerrar en el parque, descansan los
troncos, esperando el momento de ponerse en marcha. Nada más extraño durante la
noche que ver el espectáculo de esos grandes monstruos tendidos y reflejando luz por
los rayos de la luna.
Una mañana, todos los maderos bajados del monte, se han agrupado sobre la
piedra del desfiladero, al lado de la barricada que contiene las aguas del lago, y sobre
la cual cae el agua sobrante en débil cascada. Los troncos de pino, los pies derechos y
contrafuertes que sostienen sólidamente el dique, se retiran con cuidado; luego, a una
señal, la traviesa que servía de cerrojo a la enorme puerta, es precipitada al fondo, la
compuerta se levanta y la masa impetuosa del agua corre con furor hacia la salida que
le acaban de abrir. Levantada del centro para salir por el orificio en columna
poderosa, se precipita en cataratas para convertir en río tumultuoso el tranquilo
arroyo que corría sin ruido por las profundidades del desfiladero. Pero el nuevo río no
corre solo; arrastra con él toda la madera amontonada en el depósito lacustre. Los
troncos se dirigen hacia la salida como enormes reptiles; se chocan, ruedan y saltan;
luego, inclinándose por la cascada, se juntan y dan vueltas, enseñando a través de la
espuma las rojas manchas del hacha, y desaparecen un instante en el abismo para
surgir más lejos en el hervor del agua, y resbalarse oscilando sobre la corriente
rápida. Así se suceden en una serie de inmersiones los troncos que no ha mucho se
balanceaban en el bosque, produciendo murmullos que eran la voz del monte. Todos
los ruidos aislados se pierden en el estruendo de ese lago y esa selva que desaparecen
juntos por el sonoro valle.
Lanzados por la fuerza de proyección del gran depósito, los troncos corren
precipitadamente unos tras otros, y detrás de ellos, por el pedregoso camino que baja
serpenteando por la ladera, corren los leñadores. Marinos a su modo, tienen que
dirigir la navegación de la flotilla de madera. Al principio les basta con seguir a lo
largo del torrente, pero muy pronto es necesario que intervengan directamente, y
entonces los intrépidos compañeros necesitan todo el vigor de sus agudos ganchos,

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toda la agilidad de sus brazos, toda la habilidad de su mirada y toda la energía de su
voluntad. Si un palo se detiene dando vueltas en un remolino, un leñador lo ha de
sacar de la atracción del torbellino; armado de su bichero salta de saliente en saliente
hasta llegar al margen del agua con grave peligro de caer en el círculo líquido; se deja
entonces caer hasta cerca del agua, casi suspendido de una fuerte raíz, y con su
gancho, empuja al tronco hacia el hilo de la corriente haciéndole salir del círculo
fatal. Más lejos, otro tronco ha sido cogido entre el promontorio y una anfractuosidad
de la piedra, y, aunque vibrando por la presión del agua, no puede continuar su
camino. El leñador tiene que penetrar en el arroyo con agua hasta la cintura y coger
por una extremidad la viga para lanzarla al medio del arroyo. En otra parte, un tronco
se ha atravesado en el cauce, deteniendo como un dique todas las maderas que bajan.
Se forma una presa, presa irregular y graciosa que aumenta sin cesar con todos los
troncos que arrastra la corriente. Allí es donde los conductores del convoy tienen que
desafiar la muerte cara a cara. Las aguas, detenidas por la barrera, aumentando su
nivel y salvando los obstáculos, se desbordan en cascadas; el torrente, fuera de su
curso normal, se lanza en repentinos y gigantescos borbotones; los monstruos se
agitan convulsivamente haciendo temblar y gemir su madera. A este caos movible
tiene que atacar con denuedo el conductor de la armadía. Los valientes leñadores se
han de lanzar sobre ese andamiaje engañador que tiembla bajo sus pies; uno a uno
tienen que arrancar todos los troncos superiores y hacerlos rodar por encima del dique
a la parte libre del arroyo, pero bien un palo medio libre se levanta de improviso, o un
pie resbala sobre la madera lisa y mojada, o un salto de agua, un remolino
repentinamente formado viene a chocar contra la madera donde él flota, o un palo
caído en la corriente salta hacia los leñadores, y algunos de ellos, lívidos y
sangrientos, flotarán también en compañía de los muertos pinos, por el río abajo; los
que a fuerza de energía, destreza y suerte, escapan de todos esos peligros, los que
desde el bosque a la serrería saben conducir la flotilla de pinos sin tener ninguna
desgracia, tienen motivos para creerse afortunados; pero que esperen semanas y
meses porque el cortejo de las enfermedades les sigue con paso incierto.
Algunas veces sucede que son vanos todos sus esfuerzos para conducir los pinos
a la serrería que los ha de cortar; el agua falta en el arroyo, y contra todo el ingenio y
la fuerza de los trabajadores, no pueden conseguir que floten las pesadas masas que
se detienen en todas partes, sobre los bancos de arena, sobre las piedras del fondo y
sobre las puntas de las rocas. Tienen que esperar la crecida que ponga en movimiento
los troncos atascados; pero entonces, éstos, arrastrados demasiado pronto y
demasiado rápidos, suelen salvar las márgenes y se van a lo lejos a correr mundo, a
pesar de los obreros que los miran codiciosos al pasar. En las desembocaduras de los
ríos que bajan de los Apeninos al Mediterráneo, multitud de pinos, sorprendidos de
repente por la inundación, van a perderse en el mar y convertirse en islas flotantes

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que los marinos extranjeros toman por escollos. Los barqueros que se lanzan en busca
de los troncos extraviados, van a pescarlos como cachalotes, y los conducen atados a
la popa de sus barcas.
Más o menos pronto, esta industria de armadía, actualmente relegada a los más
lejanos e inaccesibles montes, dejará de existir. Las carreteras y caminos de fácil
tránsito, van subiendo desde los valles hacia loá mas inaccesibles promontorios, y
llegarán a sitios los más elevados de los montes; los caminos de hierro y todas las
poderosas máquinas inventadas, vienen a ponerse también al lado del leñador para
facilitarle su tarea; los bosques combatidos por los agricultores, se baten en retirada
hacia las altas cimas, y allí donde se mantengan, donde conquisten extensión,
tomarán un aspecto nuevo, porque los árboles en vez de crecer en libertad, se plantan
en todas partes a distancias regulares y crecen bajo la vigilancia de guardabosques
que los cortan antes de la edad.
Nuestros descendientes no conocerán más que por tradición la flota de armadías,
rudo empleo de la navegación, que sin duda inspiró a los salvajes ascendientes de
Cook y de Bougainville la idea de aventurarse sobre las olas del océano.
Disciplinadas en lo sucesivo las aguas del arroyo, ni siquiera nos servirán para
transportar a nuestras poblaciones astillas y leña para el fuego.

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XVIII. El agua de la ciudad
En nuestros países de la Europa civilizada, donde el hombre interviene por todas
partes para modificar la naturaleza a su gusto, el arroyo cesa de ser libre y se
convierte en cosa de los habitantes de sus riberas. Lo utilizan, según les conviene,
para regar las tierras o para moler el trigo. Pero, frecuentemente, no saben utilizarlo
con inteligencia y lo aprisionan entre murallas mal construídas que la corriente
derriba; conducen el agua hacia hondonadas donde se estaciona en charcas
pestilentes; las llenan de basura que debiera servir de abono a sus campos y
transforman el alegre arroyo en lugar inmundo.
A medida que se va acercando a la gran ciudad industrial, el arroyo se llena de
impurezas. Las aguas de las casas inmediatas se mezclan a su curso; viscosidades de
todos los colores alteran su transparencia, repugnantes haces llenan sus orillas
cenagosas y cuando el sol las seca un olor fétido se esparce por la atmósfera. Por fin,
el arroyo, convertido en cloaca, entra en la ciudad, donde su primer afluente es una
repugnante alcantarilla, con su enorme boca ovalada, cerrada con barrotes de hierro.
Casi sin corriente, por la escasa inclinación del suelo, la masa fangosa corre
lentamente por entre dos líneas de casas con sus paredes cubiertas de algas verdosas,
su maderamen roído por la humedad y sus enlucidos cayéndose a pedazos. Por esas
casas, donde trabajan los peleteros, los curtidores y otros industriales, la corriente
cenagosa es aún una riqueza, y sin cesar los obreros aprovechan el agua nauseabunda.
Sus márgenes han perdido toda forma natural; ahora son murallas perpendiculares, en
las que a trechos se ven algunas gradas de escalera; sus orillas están cubiertas de
resbaladizas losas; las curvas son aquí repentinas vueltas; en vez de ramas y follaje,
ropas extendidas sobre cuerdas, se balancean por encima del foso, y tabiques u otras
barreras, pasando de uno a otro lado, indican los límites de propiedad.
Al fin la obscura masa penetra bajo una siniestra bóveda. El arroyo que yo he
visto salir a la luz, tan limpio y alegre en el manantial, no es ahora más que una
alcantarilla, en la que toda una ciudad arroja sus desechos.
En un intervalo de algunos kilómetros el contraste es grande. Allá arriba, en el
libre monte, el agua centellea al sol y transparente, a pesar de la profundidad, deja ver
las blancas piedras, la arena y las hierbas estremecidas de su lecho; murmura
dulcemente entre las cañas; los peces surcan la corriente, rápidos, como flechas de
plata, y los pájaros hacen temblar la superficie al choque de sus alas. En sus orillas
surgen mazos de flores; árboles llenos de savia extienden sus largos brazos, y el que
se pasea a lo largo de su orilla puede tranquilamente descansar a su sombra,
contemplando el espléndido cuadro que se desarrolla entre dos sinuosidades.
¡Cuán diferente es el arroyo bajo las ciudades! El agua es igual en substancia,
pero sólo para el químico. En realidad, aparece cargada de tantas inmundicias, que

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hasta es viscosa. No se ve luz bajo la sombría bóveda, sino de trecho en trecho, en
que algún rayo de sol pasa por entre barrotes de hierro, reflejándose sobre las
viscosas paredes. La vida parece ausente de esas tinieblas, pero existe, no obstante;
repugnantes hongos, alimentados por la podredumbre, crecen en los rincones;
infinidad de ratas se ocultan en sus agujeros. Los únicos seres humanos que se
aventuran por tan tristes lugares son albañaleros, encargados de restablecer la
corriente separando los amontonamientos de barro.
Por fin, la infecta masa llega al río, desembocando en él pesadamente. Negra o
violácea, se prolonga a lo largo de la orilla, sin mezclarse con el agua relativamente
pura de la corriente, y determinando una línea sinuosa francamente trazada. Durante
larga distancia se ve esta masa corriendo por un flanco del río sin mezclarse con él;
pero los remolinos, los reflujos de toda especie causados por los accidentes del fondo
y las sinuosidades de la orilla, consiguen al fin la fusión de las aguas; la línea que las
separaba se borra poco a poco, gruesos y transparentes borbotones surgen del fondo a
través de la masa cenagosa; las materias impuras, más pesadas que el agua que las
arrastra, se depositan en los márgenes. El arroyo se purifica cada vez más, pero al
mismo tiempo deja de ser el mismo, y se pierde en la poderosa corriente del río, que
lo lleva hacia el océano. Su pequeña masa, gota a gota y molécula a molécula, se ha
confundido con la gran masa: la historia del arroyo ha terminado, al menos en
apariencia.
Pero la boca de la alcantarilla no ha vomitado en el río toda el agua que corría
entre las márgenes sombreadas más arriba de la ciudad y de sus fábricas. Mientras
que una parte de la corriente sigue su cauce natural, transformado en foso y luego en
canal subterráneo por la mano del hombre, otra parte del arroyo, arrancado de su
curso normal, entra en un amplio acueducto y se dirige hacia la ciudad, siguiendo el
flanco de las colinas y pasando por enormes sifones por debajo de los barrancos. El
agua, protegida contra la evaporación por las paredes de piedra o de metal, llena a su
entrada en la ciudad un vasto depósito de mampostería, especie de lago artificial
donde el líquido se detiene y purifica. De allí es de donde sale para distribuirse de
barrio en barrio, de calle en calle, por las casas y por los pisos, por conductos y
ramificaciones infinitas y sobre la gran superficie habitada. El agua es indispensable
en todas partes; se necesita para limpiar las calles y las habitaciones; para beber todos
los seres que tienen vida, desde el hombre y los animales domésticos, hasta la
modesta flor que crece en la maceta de la ventana o en el césped que humedece el
vapor emanado de las fuentes. Por esas miríadas de bocas y de poros absorbiendo
incesantemente venillas, gotas o simple humedad derivada del arroyo, la ciudad se
convierte en un inmenso organismo, en un monstruo prodigioso absorbiendo torrentes
de un solo sorbo para calmar su sed. Hay ciudades que no se satisfacen con sólo un
arroyo y se alimentan a la vez de varios, afluyendo de todos lados por acueductos

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divergentes. Una sola ciudad, Londres, la capital más populosa del mundo, consume
cada día más de un millón de metros cúbicos de agua, los suficientes para llenar un
sitio donde pudieran flotar cómodamente cien navíos de gran porte.
Después de infinitas ramificaciones por las calles y casas, el agua de los
acueductos, ya sucia por el uso y mezclada a impurezas de toda clase, emprende
nuevamente su camino para alejarse de la ciudad donde engendraría la peste. Cada
cañería vomita como boca inmunda las aguas de uso doméstico y de las calles, y se
convierte en un torrente nauseabundo; al llegar a una curva se precipita en cascada
por un tragadero. Este torrente impuro es el único que los niños de la ciudad pueden
estudiar y que contribuye, más de lo que parece, a hacernos amar a la naturaleza.
Recuerdo todavía lo que hacía de niño. Cuando la fuerte lluvia había limpiado las
piedras de la calle, llenándola casi de agua, otros amiguitos y yo construíamos vallas,
encerrábamos las aguas en un desfiladero, la hacíamos precipitar en corrientes y
formábamos a capricho islas y penínsulas. Llegados a hombres, los pequeños
ingenieros que chapoteaban en el agua con tanto júbilo, no pueden recordar sin
alegría los juegos de su infancia; a pesar suyo miran con cierta emoción el pequeño
torrente cenagoso que corre junto a la acera. ¡Desde los primeros años de nuestra
niñez, en el espacio de una generación, cuántos y cuán diversos residuos, arrastrados
por la corriente viscosa, han seguido su camino hacia el mar! ¡Hasta la sangre de los
ciudadanos se ha mezclado con el barro!
Todas las impuras corrientes de las calles se dirigen hacia un centro común que,
con frecuencia, suele ser el del antiguo arroyo, de modo que la ciudad se parece a
esos pólipos cuyo único orificio se abre alternativamente para la defecación y el
alimento. Sin embargo, en la mayor parte de las corrientes subterráneas de nuestras
ciudades, se ha tenido el cuidado de establecer cierta separación entre dos distintas
direcciones del agua. Tubos de hierro o de obra superpuestos, sirven de conductos a
distintas corrientes cuya dirección suele ser inversa; unos llevan el agua pura que va a
ramificarse por las casas; otros el agua sucia que sale de ellas. Como en el cuerpo
animal, las arterias y las venas se acompañan; un círculo no interrumpido se forma
entra la corriente que lleva la vida y la que produciría la muerte.
Desgraciadamente, el organismo artificial de las ciudades, está lejos todavía de
parecerse por su perfección a los organismos naturales de los cuerpos vivos. La
sangre venosa, expulsada del corazón a los pulmones, se renueva al contacto del aire;
se limpia de todos los productos impuros de la combustión interior, y, recibiendo de
fuera el alimento de su propia llama, puede emprender de nuevo su viaje desde el
corazón a las extremidades, llevando el calor de la vida desde las mayores a las más
pequeñas arterias. En nuestras ciudades, al contrario; cuerpo informe donde se
bosqueja la organización, el agua sucia continúa corriendo por las alcantarillas y va a
enturbiar los ríos, donde no se purifica sino lentamente, cuando la industria humana

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no la recoge para alimentar la ciudad entrando en la circulación subterránea. Pero en
esta depuración que la ciencia del hombre comete la torpeza de no llevar a efecto, las
fuerzas de la naturaleza trabajan de concierto con los habitantes del agua. En las
desembocaduras de las grandes alcantarillas, donde no sumerge su ávido anzuelo el
pescador de caña, multitud de peces, amontonados en verdaderos bancos como los
arenques del mar, se nutren con los restos del festín arrastrados por el cenagoso
torrente; el limo de las murallas, las márgenes y las hierbas del fondo, detienen
también y hacen entrar en sus propias substancias el cieno que las baña; los residuos
más pesados descienden y se mezclan con la grava del fondo, los objetos flotantes
son arrojados a la orilla o se detienen en los bancos de arena; poco a poco el agua se
clarifica; gracias a su fauna y a su flora hasta se desembaraza de las substancias
disueltas que la desnaturalizan, y si en su curso no fuera ensuciada de nuevo por otras
impurezas arrastradas de otras ciudades, concluiría por volver a su primitiva pureza
antes de llegar al océano.
En la ciudad futura, lo que aconseje la ciencia harán los hombres. Ya muchas
ciudades, sobre todo en la inteligente Inglaterra, ensayan crearse un sistema arterial y
venoso, funcionando con regularidad perfecta y uniéndose el uno al otro, de modo
que se complete un pequeño circuito de las aguas, análogo al que se produce en la
naturaleza entre los montes y el mar por los manantiales y las nubes. Al salir de la
ciudad las aguas de las alcantarillas, aspiradas por máquinas, como la sangre lo es por
el jugo de los músculos, se dirigirán hacia un ancho depósito cubierto, donde se
recogerá el agua mezclada con inmundicias. Allí otras máquinas se apoderarán de
este líquido fangoso y lo lanzarán por caños hacia diversos conductos que correrán
bajo el suelo de los campos. Aberturas practicadas de trecho en trecho sobre la
cubierta de los acueductos, permitirán que salga a la superficie lo que no pueda
contener el canal, pero en cantidades calculadas anticipadamente y sobre todos los
campos empobrecidos que sea preciso regenerar por el abono. Esta cenagosa
corriente, que sería la muerte de la población si se estancase en ella o corriera por los
ríos, se convierte, por el contrario, en vida para las naciones, puesto que se
transforma en alimentos para el hombre. El suelo más estéril y hasta la arena pura,
producen una vegetación exuberante cuando se empapan de este líquido; por otra
parte, el agua que servía de vehículo a todas las materias del albañal, se encuentra así
limpia por la operación química de las hierbas y raíces; recogida subterráneamente en
los conductos paralelos a las cañerías de agua sucia, puede entrar en la ciudad para
limpiarla y proveerla o bien dirigirse hacia el río sin enturbiar la límpida corriente. En
otros tiempos, debajo de la primera ciudad que bañaba, el río no era otra cosa, hasta
el océano, sino un gran canal de inmundicias; en nuestros días recobra la belleza de
los tiempos antiguos. Los edificios de las ciudades y los arcos de los puentes, que
durante siglos no se han reflejado más que sobre turbias ondas, empiezan ahora a

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mirarse en un espejo transparente.

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XIX. El río
El caudal entero del río no es otra cosa que el conjunto de todos los arroyos,
visibles o invisibles, sucesivamente absorbidos: es un arroyo aumentado miles de
veces, y no obstante, difiere singularmente por su aspecto del pequeño curso de agua
que serpentea por los valles laterales. Como el débil tributario que mezcla su humilde
corriente a su poderoso raudal, puede tener también sus saltos y sus corrientes, sus
desfiladeros y sus gargantas, bancos de grava, escollos e islas, playas y rocas; pero,
con todo, es mucho menos variado que el arroyo, y los contrastes que ofrece en su
curso son menos sorprendentes. Como más grande, llama la atención por el volumen
de su cauce, por la fuerza de su corriente, pero su majestuoso aspecto es casi siempre
uniforme. El arroyo, mucho más pintoresco, aparece y desaparece alternativamente:
se le ve correr bajo la sombra, ensancharse como un lago y después caer en cascada
como manojo de rayos luminosos, para ocultarse de nuevo en una obscura caverna. Y
el arroyo no sólo es superior al río por lo incierto de su marcha y la belleza de sus
orillas; lo es también por el ímpetu de sus aguas: relativamente es más fuerte que el
río Amazonas para modificar sus orillas, variar sus sinuosidades, depositar bancos de
arena y emerger islas. La naturaleza revela su fuerza por sus agentes mas débiles.
Vista con el microscopio, la gota que se ha formado bajo la roca, realiza una obra
geológica relativamente más grande que la del océano infinito.
El hombre, por su parte, ha sabido hasta el presente utilizar mucho mejor las
aguas del arroyo que las de los grandes ríos. De estos, apenas la milésima parte de su
fuerza es empleada por la industria; sus aguas, en vez de ramificarse por los campos
en canales fecundos, son, al contrario, encajonadas en diques laterales y detenidas
inútilmente en su cauce. El arroyo pertenece ya en la historia de la humanidad al
período industrial, que es el más avanzado; el río no representa sino una época
remotísima de las sociedades, aquella en la que las corrientes de agua no servían más
que para hacer flotar algunas embarcaciones. Y aun esta utilidad disminuye en
nuestros días, a causa de las carreteras y los caminos de hierro que facilitan el
transporte a los pueblos de las riberas. Antes que el agricultor y el industrial consigan
con entera seguridad hacer trabajos para aprovechar las aguas del río, es preciso que
cesen de temer sus desbordamientos, y sean dueños de distribuirlas según sus
necesidades. Y hasta que la ciencia les suministre los medios de someter al río,
resultarán impotentes para dominarlo, mientras vivan aislados en sus trabajos, sin
asociarse para regularizar en concierto la fuerza, aun brutal, de la masa de agua que
corre casi inútilmente por delante de ellos. Como nuestros antepasados, continuamos
todavía mirando al río con una especie de terror religioso, puesto que aun no lo
hemos dominado. No es, como el arroyo, una graciosa náyade con su cabellera
coronada de juncos; es un hijo de Neptuno que, en su formidable mano, blande el

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tridente.
Para contemplar en toda su majestad una de esas poderosas masas de agua, y
comprender que se tiene ante la vista una de las fuerzas en movimiento de la tierra,
no es necesario hacer un largo viaje, atravesar el Viejo Mundo, o ir a visitar, cerca de
su desembocadura el Brahmaputrah y el Yat-tse-kiang, los dos, hijos del mismo dios;
no es necesario tampoco salvar el Atlántico y viajar por el Misisipi, el Orinoco o el
Amazonas, anchos como mares y sembrados de archipiélagos. Nos basta, en los
límites del país que habitamos, con seguir el margen de uno de esos cursos de agua
que contienen su marcha y se extienden ampliamente al aproximarse a un estuario
donde su masa tranquila va a mezclarse con las olas del océano. ¡Visítese el bajo
Somme o el Sena cerca de Tancarville, el Loira entre Paimbouef y Saint Nazaire, el
Garona y el Dordoña en el punto donde se reúnen para formar el mar de Gironda!
¡Contémplese sobre todo la punta septentrional de la Camarga donde el Ródano se
divide en dos brazos!
El río es inmenso y tranquilo. Su enorme caudal, que ocupa un lecho de más de
un kilómetro de ancho, se distingue en seguida entre las dos corrientes: apenas algún
remolino de espuma rueda al abrigo de una roca que prolonga la punta de la isla en
forma de espuela. Por la izquierda, el brazo menos caudaloso, que llaman el pequeño
Ródano, es, no obstante, una poderosa corriente bastante más fuerte que la del
Garona, el Loira y el Sena; por la derecha, el gran Ródano, se oculta a la vista por una
ribera poblada de sauces que cubren la mitad del vaporoso espacio. En el inmenso
círculo del horizonte no se ve más que agua o tierras arrastradas por el río y
depositadas en capas por partículas sucesivas; sólo al Este se distinguen algunas
cimas rocosas de los montes Alpinos, azules como el cielo, y hacia el Norte aparecen
vagamente las cimas cónicas de Beaucaire, al pie de las cuales empieza el antiguo
golfo marino que los arrastres del río han llenado poco a poco. Islas, penínsulas,
riberas, todo está compuesto de una arena obscura que el Ródano y sus afluentes han
mezclado, después de haber recibido de los torrentes superiores los detritos de los
Alpes, del Jura y de los Cevenas. La gran isla de Camarga, cuyos bordes se ven a lo
lejos entre los dos Ródanos, y que tiene lo menos ochocientos kilómetros de
superficie, es en sí, un presente del río que en otros tiempos formaba parte de los
montes de Suiza y de Saboya. Tal es el trabajo geológico de la corriente, trabajo
colosal que se continúa sin cesar. No obstante, el silencio más profundo impera a su
alrededor. Sentado a la sombra de un sauce, se intentaría en vano percibir el
murmullo de la villa de Arles, de la que se ve, con sólo ponerse en pie, sus arcadas
romanas y torres sarracenas. El único que se oye es el de las locomotoras y los
vagones que ruedan al otro lado del río haciendo trepidar el suelo. No se les ve, pero
su trueno lejano se armoniza tan bien con la inmensidad del Ródano, que parece la
voz del río. Nos parece que el hijo del mar, debe tener, como el océano, su eterno y

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formidable estruendo.
Mas abajo de su bifurcación, los dos ríos presentan largas sinuosidades en su
cauce. Las aguas lanzadas de una a otra orilla bañan el pie de la última colina y
reflejan las torres de la última ciudad. Ya el humo que se levanta de las casas se
confunde con las lejanas brumas, y en las orillas, pobladas de árboles de dorada
corteza, no aparecen más que cabañas y raras quintas medio ocultas en la verdura.
Por fin, la última casa queda detrás, y nos encontraríamos completamente solos si
algunas obscuras embarcaciones, parecidas a grandes insectos, no bogaran por el río.
Los árboles de la orilla no se suceden con tanta frecuencia y son menos altos; un poco
más abajo ya no hay más que maleza, y luego, hasta las plantas desaparecen: no
queda otra vegetación que la de las cañas sobre el suelo aún fangoso, saliendo apenas
por encima del agua terrosa.
En este paraje la naturaleza se presenta tal cual era hace millares de siglos antes
de que el hombre se instalara en la orilla de los ríos y los arroyos que lo alimentan.
Como en los tiempos del pleriosauro, la tierra y el agua se confunden en un caos:
bancos de cieno, islas emergiendo aquí y allá, pero apenas distintas del agua que las
baña, brillan como ella y reflejan las nubes del espacio. Lienzos líquidos se extienden
entre estos islotes, pero no se mezclan con el lodo del fondo: son cieno más líquido
que el barro de las orillas. Por todas partes se está rodeado de tierra en formación y,
no obstante, nos encontramos ya como en medio del mar; tan hermoso es el paraje en
que nos encontramos. Es que, en efecto, todo el espacio abarcado con la mirada era
en otro tiempo mar. El río lo ha llenado poco a podo, pero el suelo, de reciente
formación, no está todavía afirmado. Sin inmensos trabajos de desecación, es
probable que jamás estuviera en condiciones de ser habitado por los hombres, puesto
que de su cieno y agua corrompida se escapan mortales miasmas.
Llegado a estos parajes que fueron antes dominios del mar, el río, gradualmente
contenido, se extiende cada vez más y se hace menos profundo. Por fin, se aproxima
al mar, y sus aguas dulces, resbalando tranquilas, van a chocar contra las ondas
espumosas de agua salada que se agitan con estruendo continuo. En el choque de los
masas líquidas, el agua del río se mezcla pronto con las olas del inmenso abismo,
pero, aun después de confundida, trabaja todavía. Todas las nubes de barro, que había
arrancado de sus orillas superiores y que tenía aun en suspensión, son rechazadas por
las olas hacia el lecho fluvial; no pudiendo ir más lejos, se depositan en el fondo y
forman así una especie de baluarte móvil sirviendo de límite temporal entre los dos
elementos en lucha. Aunque depositándose molécula sobre molécula, el banco, que
obstruye la boca del río, no cesa de trasladarse para formarse más lejos. Empujado
por la corriente fluvial, incesantemente aumentado por nuevos arrastres, el barro es
llevado hacia dentro del mar, y poco a poco la masa entera ha ido progresando.
De siglo en siglo, de año en año, de día en día, ese río que parece débil ante el

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poderoso mar, consigue penetrar en él, y hasta se puede calcular cuánto avanzará en
un período dado por la uniformidad de su marcha. Pues bien, esta victoria del río
sobre el océano, es debida a los mil pequeños arroyuelos y arroyos de las laderas y
los montes. Ellos son los que han roído las paredes de los desfiladeros, los que
arrastran los fragmentos de roca, los que muelen y trituran las piedras, y los que
arrastran la arena y diluyen la arcilla. Ellos son también los que poco a poco rebajan
los continentes para engancharlos hacia el mar en vastas llanuras en donde tarde o
temprano construirá ciudades y practicará puertos.

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XX. El cielo de las aguas
Lo mismo que los grandes ríos, el Ródano, Danubio o la corriente del Amazonas,
el mar está compuesto por millones de arroyos que afluyen a sus tributarios. Una vez
mezcladas en el río sus aguas, afluyendo de todos los puntos de los continentes, se
mezclan de un modo más completo en la inmensa profundidad del abismo marino,
bastante grande para contener toda el agua que todos los ríos arrojarían durante
cincuenta millones de años. Por sus movimientos de flujo y reflujo; sus movimientos
ondulados, sus olas de tempestad y sus corrientes y contracorrientes, pasea el agua de
todos los ríos de una a otra extremidad del globo. La gota salida de una roca en las
entrañas del monte, da la vuelta al planeta, purificada del aluvión que contenía,
disuelve las moléculas salinas, y de onda en onda, según los parajes que atraviesa,
cambia de peso específico, de salinidad, de color y de transparencia; la fauna
infinitamente pequeña que la habita, se modifica también en los diversos climas: tan
pronto son animáculos fosforescentes los que la pueblan y la hacen brillar durante las
noches, como infusorios que la hacen parecerse a una mancha de leche. Su
temperatura varía constantemente. En los mares polares la gota se transforma en un
pequeño cristal de hielo; en los mares ecuatoriales se entibia bastante para que los
corales puedan depositar sus moléculas de piedra.
Comparado con el océano sin límites, el arroyo de la montaña no es nada, y sin
embargo, sus aguas, divididas hasta el infinito, se verían en todos los mares y en
todas las riberas si fuera posible seguirlas con la vista en todo su inmenso recorrido.
Para cada gota marina que corrió en otro tiempo por el arroyo, difiere la duración
del viaje; una, apenas entrada en el océano, es absorbida por las frondas de una alga
marina y sirve para hinchar sus tejidos; otra es absorbida por un organismo animal;
una tercera, retenida por un cristal de sal, se deposita en una playa arenosa y otra aun
se cambia en vapor y vuela invisible por el espacio. Este es el camino que toma más o
menos pronto toda molécula acuosa. Libertada por su expansión repentina, escapa de
los lazos que la detenían en la superficie horizontal de los mares y se levanta en la
atmósfera, por donde viaja como viajaba por el océano, bajo otra forma. El vapor de
agua asciende así por toda la masa aérea, hasta por encima de los ardientes desiertos,
donde en cientos de leguas no corre ni un sólo hilo de agua; sube a los límites
extremos del océano atmosférico, a sesenta kilómetros de altura sobre la superficie
del mar, y, sin duda, una parte de este vapor halla también camino hacia otros
sistemas planetarios porque los bólidos que atraviesan los cielos estrellados formando
flechas luminosas y arrojan sus chispas sobre el suelo, deben, en cambio, llevarse
consigo un poco de aire húmedo que oxide su superficie.
Sin embargo, el vapor de agua que se escapa de la esfera de atracción terrestre
para ir con los bólidos a parar a los lejanos astros, es relativamente bien poco; el gran

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mar de humedad, tenido en suspensión en nuestra atmósfera, está destinado a caer
casi en su totalidad sobre el globo terráqueo en forma de lluvia. Las innumerables
moléculas de agua son invisibles mientras el aire no se encuentra saturado; pero si el
crecimiento de humedad o el descenso de la temperatura determinan el punto de
saturación, inmediatamente las partículas de vapor se condensan, se convierten en
gotitas de niebla o de nube, y se engloban con millones de otras moléculas, formando
un volumen inmenso, suspendido en las alturas. Si son demasiado pesadas, las nubes
se deshacen en lluvia sobre el océano, de donde han salido, o bien, empujadas por los
aires, van a chocar contra las escarpaduras de las colinas, por encima de los
continentes, deteniéndose en los campos de las mesetas o en las aristas y picos de las
montañas. Caen en forma de lluvia o de nieve; luego, gotas y copos, divididos hasta
el infinito, penetran en la tierra por las cavernas, las fisuras de las rocas y los
intersticios del fecundo suelo. Durante largo tiempo el agua queda oculta; después
aparece a la luz en forma de alegre fuente, y empieza de nuevo su viaje hacia el
océano por los lechos inclinados del arroyo, de barrancos y ríos.
Este gran circuito de las aguas ¿no es la imagen de toda vida? ¿No es el símbolo
de la inmortalidad? El cuerpo vivo, animal o vegetal, es un compuesto de moléculas
que cambian sin cesar, que los órganos de la nutrición o respiración han cogido de
fuera para hacerlo entrar en el torbellino de la vida. Arrastrados por el torrente
circulatorio de la savia, de la sangre o de otros líquidos, entran a formar parte de un
tejido, luego de otro y de otros aún; así viajan por todos los organismos, hasta que
son definitivamente expulsadas, y entran en ese gran mundo exterior, donde millones
de seres vivos se empujan y combaten para ampararse de ellas como de una presa y
utilizarlas a su vez. A los ojos del anatomista y del micrógrafo, cada uno de nosotros,
a pesar del duro esqueleto y de las formas definidas de nuestro cuerpo, no somos otra
cosa que una masa líquida, un río por el que corren con una velocidad más o menos
grande, como en un cauce preparado por adelantado, innumerables moléculas que
provienen de todas las regiones de la tierra y del espacio, empezando nuevamente el
viaje infinito, después de un corto paso por nuestro organismo. Parecidos al arroyo
que pasa, nosotros cambiamos a cada instante; nuestra vida se renueva por minutos y,
si nosotros nos creemos ser siempre los mismos, es por una ilusión de nuestro
espíritu.
Lo mismo que el hombre, considerado aisladamente, la sociedad en conjunto
puede compararse con el agua que corre. A todas horas, en todos los instantes, un
cuerpo humano, una simple milmillonésima parte de la humanidad se rinde o se
disuelve, mientras que por otra parte sale un niño de la inmensidad de las cosas, abre
sus ojos a la luz y se convierte en ser pensante. Como en una llanura todos los granos
de arena y glóbulos de arcilla han sido arrastrados por el río y depositados sobre sus
orillas, todo el polvo que cubre el planeta ha corrido con la sangre del corazón en las

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arterias de nuestros antepasados. A través de las edades, las generaciones se suceden
modificándose poco a poco; los bárbaros, con su aspecto bestial y luchando por la
preeminencia con las fieras, fueron reemplazados por seres más inteligentes, a los
cuales la experiencia y el estudio de la naturaleza han enseñado el arte de domesticar
los animales y cultivar la tierra; luego, por el progreso, los hombres llegan a fundar
ciudades, a transformar las primeras materias, a cambiar sus productos, a ponerse en
relaciones con todas las partes del mundo; así se civilizan, es decir, se ennoblece su
tipo, su cerebro es más vasto, su pensamiento más amplio, y, ensanchándose el
círculo de las concepciones, los hechos vienen a agruparse en el espíritu. Cada
generación que perece precede a otra diferente, que a su vez, da impulso a otras. Los
pueblos se mezclan unos a otros como los arroyos entre sí y los ríos con los ríos;
tarde o temprano no formarán más que una sola nación; lo mismo que todas las aguas
de una misma cuenca, concluyen por confundirse en un mismo río. La época en la
que todas esas corrientes humanas se juntarán, no ha llegado todavía: razas y pueblos
diversos, siempre aferrados a la gleba natal, no se han reconocido como hermanos,
pero se aproximan más cada día; cada día también aumenta el amor, y, de concierto,
empiezan a mirar hacia un ideal común de justicia y libertad. Los pueblos que han
llegado a ser inteligentes, aprenderán a asociarse libremente: la humanidad, dividida
hasta aquí en corrientes distintas, no será más que un mismo río, y reunidos en una
sola corriente, descenderemos juntos hacia el mar inmenso donde van a perderse y
renovarse todas las vidas.

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JACQUES ÉLISÉE RECLUS. Nacido en Sainte Foy la Grande, Gironda, Francia, 15
de marzo de 1830 - † Torhout, Bélgica, 4 de julio de 1905, fue un geógrafo francés,
miembro anarquista de la Primera Internacional. Creador de la Geografía Social, y
con innumerables trabajos sobre geografía humana y geografía económica están entre
los mejor elaborados en la historia de estas ciencias.
Segundo de una familia de catorce hijos de un pastor protestante, cuya madre
descendía en línea directa de Enrique I de Inglaterra. Los hermanos de Élisée
alcanzaron también gran notoriedad: Elías, el mayor, mitólogo y etnólogo, profesor
de religiones comparadas en la Universidad Nueva de Bruselas; Onésimo, geógrafo
experto en África; Pablo, notable cirujano, profesor de la Facultad de Medicina de
París, Armando, oficial de la Marina francesa, explorador de la zona del Darién y uno
de los padres del proyecto del Canal de Panamá.
En 1842, cuando Élisée tenía doce años, abandonó la casa paterna con su
hermano mayor Elías para ganarse el pan y conocer el mundo, dirigiéndose a
Alemania, donde encontraron en Nemwied (provincias renanas) un puesto en el
colegio dirigido por los hermanos moravos. La estadía en ese establecimiento, más
bien lánguida, les permite familiarizarse con el alemán y otros idiomas. Los Reclus
conocen en ese internado al futuro novelista británico George Meredith. Cuando
Élisée regresa a Francia en 1847, se matricula, por indicación de su padre, en la
Facultad de Teología de Montauban. En 1848 estalla la revolución en París,
acontecimiento que cambia la orientación intelectual de Élisée, que a sus lecturas

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habituales añade ahora las de Henri de Saint-Simon, Charles Fourier, Augusto Comte.
Elías y Élisée se escapan del colegio con otros compañeros, recorriendo las
provincias francesas del Mediterráneo, donde se mezclan en agitaciones populares de
un marcado carácter socialista. Entonces el padre, que no pierde las esperanzas de
contar con otro pastor en la familia, decide enviar a Élisée a estudiar teología a la
Universidad de Berlín. Pero ya es tarde. Ha de resignarse a la evidencia de la
transformación de su hijo, que desdeña ahora la teología. Élisée cambia las Escrituras
por las clases de Carl Ritter, catedrático de geografía de la Universidad de Berlín,
autor de «La geografía en sus relaciones con la naturaleza y la historia del hombre»,
obra inconclusa en diez tomos, publicada entre 1822 y 1859, uno de los trabajos
fundamentales de la geografía comparada que, en cierta manera, sería
complementado más tarde por la «Geografía universal» de Élisée Reclus, al incluir
estudios de Europa, América y Oceanía.
En 1851 Élisée y Elías vuelven a Francia, a Orthez, a la casa paterna. En
diciembre de ese año se produce el golpe de Estado de Luis Napoleón, presidente de
la República, quien ocupa el trono imperial como Napoleón III. La muerte de la joven
República suscita olas de protesta y un levantamiento armado en la capital y en las
provincias. Mientras Víctor Hugo encabeza la insurrección en París, en Orthez, Elías
y Élisée Reclus fracasan en su intento de tomarse el ayuntamiento. El gobierno
ordena la deportación de los insurrectos. El 1 de enero de 1852, los dos abandonan
Francia. Se instalan en Londres, donde aspiran a desempeñarse como maestros. No lo
consiguen, y marchan a Irlanda donde subsisten como peones agrícolas.
A los 22 años, Élisée Reclus se embarca como ayudante de cocina del John
Howell, velero de tres mástiles que zarpa de Valentía con destino a Nueva Orleans,
donde consigue empleo de preceptor en casa de los Fortier, propietarios de extensas
plantaciones. Entonces descubre la tragedia de la esclavitud. Su capacidad de análisis
y su indignación compasiva le permiten escribir «La esclavitud en los Estados
Unidos», serie de artículos publicados por la Revista de dos Mundos en 1860, cuando
se inicia la guerra de Secesión. Impelido por su deseo de conocer nuevas tierras,
recorre varios países de América Latina y en 1855 llega a la Nueva Granada. En 1867
se afilia a la Internacional de Trabajadores.
La casa de la calle Feuillantines Nº 71 en París, donde viven Elías, Élisée y
Clarisse, su compañera, es centro de reunión semanal de anarquistas y emigrados
rusos, polacos, españoles. En 1868 aparece el estudio de Élisée sobre los continentes,
que constituye el primer volumen de «La Tierra», y luego sus libros «Historia de una
arroyo» e «Historia de una montaña», ejemplos clásicos de geografía viviente. En
Francia y en el extranjero, se afianza su fama como geógrafo. Clarisse, hija de
senegalesa y de un capitán de la Marina Mercante de Sainte-Fay, muere el 28 de
febrero de 1869.

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La guerra Franco-Prusiana estalla en 1870 y Élisée, unido ahora a Fanny
Lherminez, ingresa en la Guardia Nacional. Nadar y Reclus crean un servicio de
correo postal con globos (con personas y palomas mensajeras a bordo), que tanto
alivia el sitio de París. Después de la firma del armisticio con Prusia, con la capital
aún sitiada, es proclamada La Comuna de París, lo que significa la guerra civil.
Reclus aboga por la conciliación en un artículo escrito para El Grito del Pueblo,
diario de Jules Vallés. En una salida de las tropas «federadas» (Guardia Nacional), a
las cuales se había unido como voluntario, es hecho prisionero por las tropas de
Versalles en la explanada de Châtillon.
Detenido, soporta meses de incertidumbre, hasta que el 15 de noviembre de 1871
es sometido a un consejo de guerra en Saint-Germain-en-Laye, que lo condena a
deportación perpetua. Tanto en Brest como en Quelern, prisiones a las que es
sucesivamente trasladado, hace gala de admirable entereza. Corrige en las mazmorras
las pruebas del segundo volumen de «La Tierra» y organiza cursos de geografía e
inglés para los presos que van a ser deportados a Nueva Caledonia. Elías, que durante
La Comuna dirige la Biblioteca Nacional, luego de la derrota debe huir para salvar la
vida.
Gracias a la intervención de algunos europeos notables pertenecientes al mundo
de la ciencia y de las letras, la sentencia de deportación perpetua es conmutada por
diez años de destierro. Entre ellos se encuentra Charles Darwin. Reclus permanece en
Suiza desde 1872 hasta 1890. Fanny Lherminez muere en Lugano en 1874 y Élisée,
que soporta mal la soledad, se une a la botánica y entomologista Ermance Trignant-
Beaumont. Los de Suiza son años de intenso trabajo y en su nueva esposa encuentra
una colaboradora invalorable. En 1872 firma con la casa Hachette un contrato para la
redacción y publicación de la «Nueva geografía universal»: 19 tomos de 800 a 900
páginas cada uno, mil grabados y cuatro mil mapas, obra que se editaría primero en
fascículos de 16 páginas. Reclus emplea veinte años en concluirla. Por su trabajo
recibe 600 francos mensuales, más dos céntimos por cada fascículo vendido.
En 1877, Reclus conoce a Pedro Kropotkin. El anarquista ruso era también
geógrafo y sus trabajos científicos despiertan todavía hoy gran interés. Élisée Reclus
muere en Thouront, Bélgica, el 4 de julio de 1905. Se había trasladado a ese país por
invitación de la Universidad de Bruselas para dictar un curso de geografía.
Diferencias insalvables con las directivas motivaron que el curso no se realizara allí
sino en la Universidad Nueva (conocida también como Instituto de Altos Estudios y
Universidad Libre), fundada por el propio Reclus y por Guillermo de Greet, para
dictar en ella sus clases.

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