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La búsqueda del poder interior de Lía

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Markel Ezkerra
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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, una niña llamada Lía.

Aunque el
lugar era hermoso, con sus campos verdes y cielos despejados, Lía siempre sentía que algo le
faltaba. No podía entender qué era exactamente, pero sabía que su vida no sería completa
hasta que lo encontrara.

Un día, mientras paseaba cerca del bosque, vio algo extraño en el camino: una piedra brillante
que reflejaba los rayos del sol como si tuviera dentro un pedazo de cielo. Intrigada, se agachó
para examinarla más de cerca. La piedra comenzó a vibrar suavemente en su mano, y antes de
que pudiera reaccionar, una voz profunda y cálida resonó en su cabeza:

— **“He esperado mucho tiempo por ti, Lía. Soy el Guardián del Bosque, y esta piedra es la
llave de tu destino. Solo tú puedes desvelar su misterio.”**

Lía, sorprendida, no sabía qué hacer, pero algo en su interior le dijo que debía confiar. Decidió
llevar la piedra a su casa, sin contarle a nadie lo sucedido, y al caer la noche, se acomodó en su
cama con la piedra en su mano.

A medida que se quedaba dormida, la piedra comenzó a brillar aún más intensamente, y Lía se
encontró en un mundo desconocido: un bosque oscuro pero lleno de luz. Árboles enormes, de
troncos plateados y hojas doradas, se alzaban a su alrededor, y en el aire flotaban pequeñas
chispas de fuego como luciérnagas mágicas.

Un ave, con plumas tan negras como la noche y ojos brillantes como estrellas, voló hasta ella y
habló:

— **“Has llegado al lugar donde todo comienza y termina. Aquí, el tiempo no existe y los
deseos se hacen realidad. Pero para poder encontrar lo que buscas, debes recorrer tres
pruebas.”**

Lía, aunque asustada, sintió una gran determinación. La primera prueba fue cruzar un río de
agua cristalina que reflejaba el cielo estrellado, pero al acercarse, las aguas comenzaron a
moverse y a formar figuras que le susurraban dudas y temores. Lía, confiando en sí misma,
miró fijamente el agua y, sin dudar, cruzó con valentía.

La segunda prueba la llevó a un campo cubierto de flores que cantaban melodías tristes. Las
flores le preguntaron si alguna vez había tenido miedo de ser olvidada, y Lía, aunque
sorprendida, respondió con sinceridad: **“A veces, sí.”** Las flores, al escuchar su honestidad,
le regalaron un ramo de pétalos dorados que la guiaron hacia la última prueba.
La tercera prueba consistía en un camino de piedra que se extendía hacia lo alto de una
montaña, donde se encontraba la respuesta que Lía había estado buscando. Sin embargo, a
medida que subía, el camino se volvía cada vez más estrecho y empinado. Lía sintió que sus
fuerzas flaqueaban, pero recordó las palabras del Guardián y no se detuvo. Finalmente, llegó a
la cima, donde un enorme árbol de raíces profundas y ramas que tocaban el cielo le ofreció un
fruto brillante.

— **"Este es tu deseo, Lía. Tómalo y serás dueña de tu destino.”**

Al tomar el fruto, Lía comprendió que lo que había estado buscando no era un objeto ni un
lugar, sino la certeza de que ella tenía el poder de cambiar su vida. Al despertar, se encontró
de nuevo en su habitación, con la piedra brillando en su mano, y supo que, aunque el bosque
mágico había desaparecido, la lección perduraría siempre en su corazón.

Desde aquel día, Lía vivió con una nueva confianza, sabiendo que no necesitaba buscar algo
fuera de ella misma para sentirse completa. El verdadero tesoro estaba en su interior, y con
ello, cualquier camino que eligiera, estaría llena de luz y esperanza.

Y así, el pueblo y las montañas siguieron siendo los mismos, pero Lía ya no era la misma niña
que había partido en busca de algo más. Ahora sabía que lo que siempre le faltó era su propia
fuerza, y con ella, todo lo demás sería posible.

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