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Cuento El Caminante de Estrellas de Beka Laureano

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LEER EN CASA O IMPRIMIR EL CUENTO PARA RESOLVER EL TALLER QUE SE REALIZARA EN

CLASE

El caminante de estrellas
Beka Laureano.

Esperas el autobús y no sabes a qué lugar te diriges, sólo confías en que ese sitio sea tranquilo, deseas un
descanso, es necesario para el trabajo que realizas. El pueblo al que llegas es pintoresco, sus casas son
rojas, azules, amarillas, blancas, colores que les brindan carisma. Cada casa tiene macetas en las puertas y
en las ventanas, que le dan un aire singular. Y ahí vas con la mente abierta, deseando ese gran descanso.

La casa que rentaste es azul, alegre y comparte el terreno con otras tres viviendas. El patio te servirá de
relajante auditivo, pájaros es lo que escucharás. En las mañanas podrás salir a tomar la bebida de tu
elección. Sé que lo disfrutarás, te lo mereces.

El interior de la casa es como lo habías imaginado: con muebles rústicos, con ese aire de pueblito que te
encanta. Suspiras y antes de poner tus cosas en orden, llaman a la puerta

—Buenas tardes, mi nombre es Javier, mi mamá le manda esto.

Te entrega una bolsa llena de dulces artesanales de la región. Javier es un adolescente con ojos saltones y
pelo negro rizado, parece que le das curiosidad. Tu aspecto descuidado, pelo largo, uñas sucias, dientes
amarillos y ropa vieja, le hacen sentir desconfianza. Pero rotundamente le atrae la esfera de cristal del
tamaño de una canica que llevas como collar y que parece muy cara.

—Gracias —le contestas.

Mientras piensas: “deja que la vea, no pasa nada. Has estado mucho tiempo solo y te hace falta platicar con
alguien”. El trayecto ha sido largo, los viajes te han agotado y le preguntas:

—¿La quieres ver?, ¡ten, anda!

Observas cómo Javier la toma, la siente y se da cuenta que es extremadamente pesada. Miras cómo sus
ojos saltones se desorbitan al momento de observar, en la esfera, los miles de estrellas que transitan sin
detenerse.

—¡Parece una galaxia! —exclama.

—Lo es —contestas.

Javier suelta una pequeña sonrisa burlona y te da la canica.

—¡Es verdad!, soy un caminante de estrellas.

—¿Un caminante de qué? —Javier responde.


—De estrellas —contestas.

Javier se burla nuevamente, piensas que es una característica de su edad. Esa juventud que desea creer en
magia, pero es demasiado grande para pensar que existe, pero aún así, quiere indagar y saber qué historia
le contarás.

—¿Y eso qué es? —pregunta.

Tu pensamiento te reclama: “hablar de lo que haces no es bueno, pienso que, si cuentas a lo que te dedicas,
creerá que eres un lunático”. Pero te aventuras.

—El caminante de estrellas es un ser que refugia criaturas de diferentes planetas que son perseguidos por
sus gobiernos y que ya no están a salvo en ningún lugar de su mundo.

—¿Cómo que de otros planetas?, ¿qué clases de criaturas? —Javier se burla nuevamente.

—Sí, soy una persona que viaja por diferentes planetas y galaxias. Los seres que protejo son humanos y
alienígenas. Se podría decir que soy un policía espacial. Esta esfera me permite abrir portales para realizar
mis travesías. Si realmente alguien necesita mi ayuda, ahí estaré.

Javier no ha dejado de reír y aún así te pregunta:

—Y estos seres, criaturas que defiendes ¿por qué los persiguen?

Aprietas la mano derecha, es una señal de estrés, pero contestas:

—Son testigos presenciales de cosas importantes que cambiarían el rumbo de su planeta. —¿Esto quiere
decir que ayudarás a alguien de este planeta? —continúa preguntándote.

—No, realmente vine a descansar —declaras.

Escuchas a Javier lanzar una risotada y te expresa lo que siente:

—¡Qué buena historia! De seguro eres un escritor y por tu apariencia, creo que lo eres.

Reflexionas: “te dije que no mencionaras nada, que te quedaras callado, que hablaras de otras cosas, ahora
se mofa de ti. ¿Te acuerdas de tu infancia?, todos tus compañeros hacían lo mismo; por tu forma de ser,
de vestir, de caminar, se reían, siempre se reían”.

Ahora tu cara se torna roja y Javier se ríe cada vez más fuerte. Sostienes tu esfera. La ira te invade,
sientes cómo tu cuerpo se calienta y tu pierna no deja de temblar. Ha tocado una fibra muy delicada. Sabes
lo que tienes que hacer, sabes lo que pasará. Javier dice:

—El caminante, ¿qué?


Aún lo ves con lágrimas en los ojos por la risa que no puede contener. Lanzas la esfera hacia él, el portal se
abre y se traga a Javier.

Dejas tus cosas sobre la cama, te preparas una bebida y sales al patio. Es tu momento de relajación.

Fin.

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