Filossofía IB. Poderes Políticos
Filossofía IB. Poderes Políticos
Anexo I: El anarquismo.
Anexo II: Texto de George Orwell, 1984.
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1. ORIGEN Y LEGITIMIDAD DEL PODER POLÍTICO.
Los seres humanos vivimos en sociedades. Nunca hemos sido animales solitarios sino todo lo
contrario: las especies que nos han precedido y nuestros antepasados, los primeros homo
sapiens, eran seres gregarios que formaban colectivos de individuos dispuestos a colaborar
entre sí para el sostenimiento del grupo. Ahora bien, cuando diversos individuos conviven y
sus actividades están relacionadas entre sí, inevitablemente surge la necesidad de organizarse
y, para ello, hay que establecer relaciones de dominio y de poder. Este es el origen de lo que
entendemos por política: la organización de la vida en común y la legitimación de las
relaciones de dominio que la posibilitan.
Toda sociedad implica, pues, una forma de organización, un conjunto de reglas de conducta
que definen cómo deben ser las relaciones entre sus miembros. Este orden social no viene
determinado por la naturaleza, sino que son las personas las que lo crean y lo modifican,
dando lugar a diferentes formas de organización social. Estas formas han ido aumentando su
complejidad conforme lo han hecho los problemas a los que cada sociedad debía enfrentarse.
Básicamente podemos distinguir las siguientes formas de organización:
El Estado moderno es hoy la forma más importante de organizar la sociedad, pero no la única.
La familia, las comunidades locales, el intercambio económico, las Iglesias, las organizaciones
cívicas, son también formas de organizar las relaciones sociales. No debemos confundir lo
público con lo estatal. De ahí la importancia de distinguir de forma clara el Estado de la
sociedad civil.
A) Concepto de Estado.
La institución que representa y ejerce el poder político es el Estado, cuya existencia y las
relaciones que mantiene con la sociedad y con el individuo son siempre problemáticas y objeto
de discusión. Cuando hablamos del Estado no nos referimos a la sociedad en general, sino a
una institución concreta dentro de ella, con las siguientes características:
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Es una institución política, impersonal y soberana, con jurisdicción suprema sobre su
territorio, que tiene en exclusiva la capacidad de promulgar leyes que regulan de
modo público y obligatorio los impuestos, cargos, recompensas, privilegios, derechos,
obligaciones, etc.
Tiene una estructura unitaria de poder que pretende ser legítima y que permanece a
través de los cambios de gobernantes y gobernados concretos. Ese poder se ejerce a
través de una burocracia o conjunto de funcionarios encuadrados en una organización
jerárquica específicamente dispuesta para administrar los asuntos públicos
El término “Estado” se empezó a aplicar a la comunidad política a partir del siglo XVI, época en
que nace el concepto de Estado por obra de las teorías de Maquiavelo y de los movimientos de
transformación política de Europa en esta época. Con anterioridad, se utilizaban los términos
polis, entre los griegos, civitas, entre los romanos, y regnum o imperium, entre los medievales,
pero ni la polis griega ni la civitas romana, ni tampoco las organizaciones políticas feudales del
mundo medieval, eran Estados en el sentido moderno, ya que carecían de los atributos
fundamentales del Estado.
Nacido el Estado para proteger la seguridad de los ciudadanos, se le añade pronto como
misión propia la defensa de sus libertades: surge así, durante los siglos XIX y XX, el Estado de
Derecho, o Estado protector de las libertades públicas y del bienestar social, con sus diferentes
posibilidades de interpretación.
El Estado como institución representa, pues, el PODER POLÍTICO; esto es, la potestad y
legitimidad para organizar la sociedad en función de la separación de los diversos poderes que
la integran:
1. Poder legislativo: potestad para crear las leyes por las que la sociedad y los individuos
deben regir su comportamiento colectivo.
2. Poder ejecutivo: poder detentado por el gobierno del Estado que se ocupa de
disponer de los medios para que las leyes que determinan la organización de la
sociedad puedan cumplirse. Se concretiza en una administración que gestiona los
recursos del país y que se divide en diferentes ministerios.
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B) Legitimidad y dominación.
Siguiendo a Max Weber, podemos definir el Estado como «una asociación de tipo institucional que en
un territorio determinado trata con éxito de monopolizar la violencia legítima como instrumento de
dominio». El Estado como institución que ejerce el poder político está relacionado con la
potestad de incidir en la conducta de los ciudadanos, aun contra su voluntad:
2. Para que los individuos actúen en libertad y puedan alcanzarse metas colectivas es
preciso que las acciones estén concertadas, y esto exige, a su vez, la presencia de
sanciones y coacciones que aseguren determinados comportamientos.
Para que la sociedad funcione de un modo más o menos satisfactorio y puedan alcanzarse metas
colectivas es preciso que las acciones individuales estén concertadas y esto exige, a su vez, la
presencia de un poder capaz de influir sobre la conducta de las personas, aun contra su voluntad, y
de imponer sanciones y coacciones que aseguren determinados comportamientos, en especial el
cumplimiento de las obligaciones que establecen las leyes.
Pero este poder tiene que ser aceptado por toda la sociedad, es decir, el derecho de los gobernantes
a imponer su voluntad debe ser previamente reconocido. La aceptación de este derecho por parte de
los demás se llama legitimación e implica que este poder y su ejercicio están justificados.
De acuerdo con Max Weber, podemos diferenciar tres tipos de dominio, es decir, tres procesos a través
de los cuales las formas de dominio político se convierten en relaciones de poder socialmente
aceptadas y, en este sentido, permiten y garantizan que los gobernantes se vean a sí mismos con el
derecho de gobernar y a los demás con el deber de obedecer. Estos tres tipos de dominio son: el
carismático, el tradicional y el racional-legal.
En las sociedades pluralistas actuales, la legitimación del poder político solo puede configurarse como
racional-legal, de modo que se establezcan procedimientos que aseguren el acuerdo de todos los
miembros de la sociedad.
TIPOS DE CLASES DE LEGITIMACIÓN FORMAS DE ORGANIZACIÓN
DOMINIO ADMINISTRATIVA
Carismática Se basa en las características y Poca estructura e inestable,
cualidades personales del líder o jefe. sostenida por seguidores o
partidarios.
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1.3. El poder y su legitimación a través de la historia: teorías del contrato social.
Lo que más han discutido los filósofos que han tratado estas cuestiones es a quiénes debe
confiarse el poder político. Por ejemplo, Aristóteles propuso una clasificación de los regímenes
políticos con arreglo a dos criterios: por una parte, el número de gobernantes y, por otra, si el
gobierno beneficia a todos o más bien a una parte de la sociedad. Este último criterio es la
clave de la legitimidad, según Aristóteles.
Aristóteles argumentó que la elección de uno u otro de los tres regímenes legítimos depende
de las circunstancias históricas y sociales de cada pueblo. También que una sabia combinación
de lo mejor de cada uno es la mejor fórmula de gobierno que se pueda adoptar.
Régimen político
Número de Régimen político legítimo: se gobierna en corrupto: se gobierna en
gobernantes interés de todos interés de algunos, pero
no de todos
Monarquía (etimológicamente «gobierno de
Uno solo Tiranía
una sola persona»)
En contra de la teoría aristotélica del origen de la sociedad como fin pretendido por la
naturaleza, y de su concepción del ser humano como naturalmente sociable, así como frente a
la idea tradicional del origen divino del poder, a partir de la Edad Moderna, el individuo
aparece como la clave del orden social y político. Por tanto, la idea de un contrato o pacto
entre todos los miembros de la sociedad, en su condición de libres e iguales, se convierte en el
modelo de justificación política más utilizado. Las “teorías del contrato social” procuran, pues,
un fundamento racional al poder político, esto es, al hecho de que un ciudadano, o un grupo
de ciudadanos, ejerza un poder sobre otros.
La teoría del pacto social describe una situación inicial, un estado de naturaleza, y a partir de
ahí intenta explicar la necesidad del Estado. No se trata, por tanto, de explicar el origen
histórico de un determinado orden social, sino más bien de aportar razones que justifiquen su
posible aceptación por parte de todos los implicados. El “contrato o pacto social” se puede
definir como un acuerdo entre individuos, por el que, de forma tácita o expresa, determinan
renunciar a los derechos naturales para constituirse en sujetos de derechos civiles.
A lo largo de la historia, han existido diversas versiones de la idea de un contrato social, las
cuales han dado lugar a las distintas “teorías del contrato social”: estas ideas proliferan entre
el Renacimiento y el siglo XVIII, siendo sus defensores más notables Th. Hobbes, J. Locke, J.J.
Rousseau e I. Kant.
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A) Thomas Hobbes (modelo individualista):
• El contrato se muestra así como algo necesario para dar seguridad al ser humano:
mediante él se constituye y legitima un poder absoluto, el Estado, que ejerce su
dominio sobre los firmantes del pacto. Estado como garante de la paz, del orden y de
la seguridad.
• Locke, que no comparte la suposición del homo homini lupus de Hobbes, rechaza la
justificación del poder absoluto. Como él, parte de un “estado de naturaleza”
originario en el que cada uno se toma la justicia por su mano, lo cual produce
incertidumbre e inestabilidad y de aquí la necesidad de un pacto por el que los
hombres renuncian a ser ejecutores por su cuenta de la ley de la naturaleza.
• Así, se pasa del estado de naturaleza al de sociedad civil: mediante un acuerdo que
hace que los individuos se unan y constituyan una comunidad social obedeciendo los
poderes que gobiernan la sociedad.
• El poder se identifica con el gobierno que es elegido por la mayoría. Estado como
agencia protectora que evite que cada individuo tome la justicia por su mano.
Rousseau parte de la idea de que hay un claro contraste entre el hombre actual, producto de
la sociedad civilizada, y el hombre primitivo que vivía en estado natural:
• El hombre primitivo era bondadoso y llevaba una vida pacífica, libre y solitaria, pero las
dificultades de subsistencia le llevaron a reunirse en sociedad, y es de la sociedad de
donde han surgido todos los males que padecemos actualmente.
• Ante esta situación, propone la constitución de un nuevo modelo social que recoja los
aspectos positivos del estado primitivo. Estado como expresión de la voluntad general
cuyo fin es el bien común.
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2. FUNDAMENTOS DEL ESTADO SOCIAL Y DEMOCRÁTICO DE DERECHO.
La primera forma que adoptó el Estado moderno fue la monarquía absolutista del Antiguo
Régimen: una forma de gobierno en la que el monarca representa la voluntad soberana y su
palabra es la ley.
Sin embargo, las revoluciones de carácter liberal llevadas a cabo desde el siglo XVII en adelante
dan lugar a una nueva mentalidad según la cual todos los miembros de la sociedad, incluidos
los gobernantes y el monarca, han de someterse a la ley emanada de la soberanía popular De
este modo se abre paso el concepto de imperio de la ley.
Tal es el caso de Kant, que en su obra La paz perpetua formula los tres principios siguientes
como base del sistema jurídico que corresponde a un Estado moderno:
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Para preservar estos tres principios, dice de nuevo Kant, el soberano, al promulgar las leyes,
debe tener en cuenta la siguiente fórmula: «lo que no puede decidir el pueblo sobre sí mismo
y sus componentes, tampoco puede decidirlo el soberano sobre el pueblo».
B) La tradición liberal.
El liberalismo entiende que, para que sea posible alcanzar estos objetivos, el Estado ha de ser
constitucional: un Estado donde existe un sistema de reglas fundamentales, la Constitución o
unas normas equivalentes, que limitan los poderes estatales con el fin de evitar, en lo posible,
los abusos de los gobernantes.
Según esta tradición, los ciudadanos han de ser iguales ante la ley y han de tener garantizada
la posibilidad de defenderse contra cualquier abuso de poder. Porque la verdadera libertad
consiste en no ser dominado por nadie, y la dominación se produce cuando alguien puede
interferir arbitrariamente en la libertad de otra persona sin tener que pedir permiso a nadie y
sin que nadie le castigue por ese abuso de poder. Por ejemplo, hay una relación de dominación
entre el amo y el esclavo, o entre un dictador y sus súbditos, y en cualquier situación en la que
se acepta públicamente que una persona tiene derecho a reducir a su antojo la libertad de
otras.
Para evitar los abusos de poder, la tradición republicana puso en práctica varios elementos:
el constitucionalismo;
la separación de poderes, que busca la independencia y el control mutuo entre el poder
ejecutivo, el legislativo y el judicial;
y la participación ciudadana en el funcionamiento de cada uno de esos poderes, a
través de mecanismos como las elecciones de cargos públicos, el derecho a apelar a una
instancia superior, el jurado popular en los tribunales de justicia, etc.
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De este modo, el Estado liberal de derecho dio paso al Estado liberal y democrático de
derecho, puesto que poco a poco se estableció el sufragio universal, el sistema representativo
y la regla de las mayorías como los mecanismos más convenientes para controlar al poder
público y para alcanzar aquellos fines.
Dos posiciones clave se distinguen en un primer momento para establecer el ámbito propio del
Estado y el de la sociedad civil: unos la entienden como una sociedad comercial y otros como
un sistema de necesidades.
Adam Smith, en su libro La riqueza de las naciones (1776), sostiene que la economía se ha
convertido en el núcleo y motor de la vida social. Para Smith, el Estado es una institución que
surge del conflicto de intereses entre los miembros de la sociedad, y su fin básico es asegurar
el crecimiento económico del que depende la riqueza de las naciones. De ahí que el Estado
deba limitar su actuación a facilitar la producción, hacer respetar las leyes y el orden, proteger
la propiedad, la defensa exterior, etc.
En cambio, prosigue Smith, la sociedad civil se compone de individuos movidos por su propio
interés y con una propensión al intercambio, surgida a su vez de la búsqueda del mutuo
beneficio. De esta propensión a comerciar deriva la aparición del mercado como lugar para el
libre intercambio de bienes y servicios. Si el mercado consigue llegar a funcionar
correctamente, sin intervención del Estado y asegurando la soberanía del consumidor,
entonces se alcanza la utilidad común, el mutuo beneficio.
En definitiva, según Smith, el Estado surge como instrumento al servicio de la sociedad civil,
para garantizar la integridad de esta esfera, estructurada en torno a la propiedad privada y a la
economía de mercado.
Hegel, en sus Principios de la Filosofía del Derecho (1821), entiende la sociedad civil como un
espacio «donde cada uno es fin para sí mismo y todos los demás no son nada para él. Pero sin
relación con los demás no puede alcanzar sus fines; los otros son, por lo tanto, medios para el
fin de un individuo particular».
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relacionan solo como individuos privados, aislados entre sí, y sin otra motivación que la
satisfacción recíproca de necesidades. De ahí que esta esfera no sea, para Hegel, ningún
ámbito independiente y autosuficiente. Más bien «cuando la sociedad civil funciona sin trabas
se produce, por una parte, la acumulación de riquezas y, por otra, en la clase ligada al trabajo,
la dependencia y la miseria».
Por sus propias tensiones y contradicciones, la sociedad civil carece de capacidad para
organizarse a sí misma y para proporcionar un progreso social. Por eso ha de ser estructurada
por una autoridad pública superior que asegure su funcionamiento. En suma, la sociedad civil
es una esfera incompleta y parcial, y por eso precisa del Estado, verdadero representante del
interés común y del bien público.
Liberalismo político, centrado en la idea de que los seres humanos deben ser libres
para seguir sus propias preferencias en los asuntos religiosos, económicos y políticos, lo
que supone límites y controles al poder estatal. En este aspecto, el liberalismo asume
como propia la insistencia de la tradición republicana en la necesidad de participación
democrática en los asuntos públicos.
Se utiliza el término “fascismo” para referirse a los regímenes políticos de la Italia de Mussolini,
de la Alemania hitleriana y a otros de parecida inspiración, como la España de Franco o el
Portugal de Salazar. El fascismo nace en Italia y Alemania a partir de grupos de antiguos
combatientes como reacción a las humillaciones sufridas por estas naciones tras la I Guerra
Mundial y en una situación caracterizada por el paro y el hambre. Por ello surge como un
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La «mano invisible». Al orientar esa actividad para producir un valor máximo, él busca solo su propio
beneficio, pero en este caso, como en otros, una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que
no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su
propio interés, frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho
intentase fomentarlo. Adam Smith, La riqueza de las naciones.
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movimiento de rebeldía contra el liberalismo: el libre juego de los intereses económicos no
conduce sino a la miseria y frente a él es necesario un nuevo orden social construido desde la
exaltación nacional, el nacional–socialismo.
El fascismo defiende la primacía absoluta del Estado frente al individuo o la sociedad civil: el
Estado es todo y es omnipotente. El Estado constituye una unidad, sustentada en la historia y
la raza, que tiene un “destino”: el dominio sobre las razas inferiores. El fascismo se acompaña
de una concepción anti-igualitaria de la sociedad, mostrando una clara hostilidad a los
principios de la democracia igualitaria y del sufragio universal: defiende la división social entre
élites minoritarias y el resto de la masa popular: éstos deben obedecer los dictados de
aquellos, que son los llamados a dirigir el Estado.
El fascismo es, pues, un régimen totalitario, se caracteriza por los siguientes rasgos:
• Una ideología oficial, es decir, un cuerpo de doctrina que cubre todos los aspectos de
la vida humana.
En las primeras décadas del siglo XIX, como reacción frente al individualismo liberal y a las
consecuencias sociales que el proceso de industrialización y el libre mercado estaban
provocando: las expectativas de libertad, progreso y riqueza que iban unidas a la tradición
liberal, no sólo no se habían cumplido sino que, al contrario, habían producido la explotación y
miseria de la mayoría de la población.
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iguales para todas las personas. El siguiente cuadro recoge las implicaciones de esta diferencia
básica entre ambas tradiciones.
Esta preocupación por las condiciones sociales que hacen posible la libertad conduce al
socialismo a controlar el mercado porque, aunque parece corresponder con la libertad
individual, de hecho, al no existir igualdad de condiciones, oprime a unas personas frente a
otras. El mercado no reconoce aspectos como la dignidad, el respeto o el reconocimiento
recíproco, solo entiende de mercancías.
De ahí que el objetivo básico del socialismo sea interferir en el mecanismo del mercado, si no
eliminarlo. Para ello, los derechos de propiedad y el control de los medios de producción y
distribución de los bienes económicos deberían estar en manos de la sociedad considerada
como totalidad —de ahí el nombre de «socialismo»— y ser administrados en interés de todos
para asegurar la igualdad social. El Estado deja de ser un simple garante de la libertad para
convertirse en el representante del bien común, de los intereses de la sociedad.
Las estrategias para alcanzar esta igualdad social han seguido casi desde sus comienzos dos
caminos diferentes: el socialismo científico o comunismo, y el socialismo reformista, también
conocido como socialdemocracia.
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“El capitalismo del siglo XIX y principios del XX era eficaz desde un punto de vista técnico pero
intolerable desde un punto de vista social. Patrones todopoderosos dictaban su ley a trabajadores que
carecían de todo, y de los que se desembarazaban sin la menor indemnización cuando no los necesitaban
o ya eran muy viejos para el trabajo. Se explotaba a mujeres y niños sin pudor. Los campesinos se veían
expuestos a una miseria crónica. En las ciudades, las viviendas eran espantosas. En medio de tanta
miseria, la libertad se resumía en la consabida expresión: libertad de dormir bajo un puente. Y lo peor
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Estado liberal como un instrumento al servicio de la clase dominante. Por eso el socialismo
científico exige rechazar no solo los principios del libre mercado, sino también la idea liberal de
un Estado con poderes muy limitados.
• Los regímenes comunistas son Estados autocráticos en los que el poder es detentado
por una élite política agrupada en el partido único desde donde se legisla y se dicta la
vida económica y social del país.
• Por ello, el comunismo se propone como fin la aniquilación del Estado burgués y su
sustitución por un Estado en el que no existan clases sociales y en el que unos seres
humanos no estén sometidos y dependan de otros.
eran sin duda las crisis y las depresiones cíclicas que infligían a millares de personas pruebas aún más
duras. Los capitalistas veían todo esto con profunda satisfacción. Eso era el capitalismo”.
(GALBRAIGTH, ¿El capitalismo es universal?)
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Lenin (1870-1924) y otros revolucionarios de principios del siglo XX llevaron a la práctica, con algunas
variaciones, las doctrinas teóricas de Marx y Engels en Rusia y otros países, constituyéndose lo que a
partir de la II Guerra Mundial se llamó el Bloque Comunista (URSS, Polonia, Hungría, Checoslovaquia,
Bulgaria, etc.).
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En la actualidad, tras la caída de los regímenes comunistas europeos a partir de 1989, solo esta
última posibilidad parece viable. Más aún cuando una parte de la tradición liberal se preocupa
también por la igualdad material. El resultado de esta combinación será el Estado social de
derecho.
Como respuesta a las exigencias de la justicia social, para hacer real la igualdad de
oportunidades. Ello lleva a la expansión progresiva de los servicios sociales: educación,
asistencia médica, protección de la vejez, del desempleo, de los grupos más débiles; la
redistribución de la riqueza mediante una política fiscal; la seguridad social y pensiones
de jubilación.
Como respuesta a los problemas propios del sistema económico. La economía
requiere una coordinación estatal para asegurar la eficacia y evitar las tendencias a la
crisis. El aumento de la producción y la expansión de la demanda interna exigen, entre
otras medidas, una política de pleno empleo, la función directiva del consumo
mediante la política fiscal, la creación de empresas públicas y el aumento del gasto
público.
En esta nueva concepción del Estado se trata de asumir, como tarea propia, la protección de
los derechos humanos de segunda generación, es decir, los derechos sociales, económicos y
culturales. Con lo cual, el «imperio de la ley», que define al Estado liberal, incluye ahora una
preocupación central por las cuestiones distributivas y la justicia social. De ahí que a partir de
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la Segunda Guerra Mundial nuestros Estados puedan caracterizarse por una economía mixta
(privada y pública), una política liberal y un sector de bienestar social.
Un Estado social, es decir, que reconoce la igualdad (artículos 9.2 y 14) y se ocupa de
garantizar los derechos económicos, sociales y culturales de la población mediante
normas e instituciones que permitan acceder a todos a los servicios públicos y a las
prestaciones sociales, como la educación gratuita, la atención sanitaria, las ayudas
para vivienda, el empleo en condiciones laborales dignas, etc. También forma parte de
esta dimensión social del Estado la regulación del sistema económico que establece la
Constitución.
Un Estado democrático, en el que la soberanía popular, a la que se considera como
origen de todos los poderes públicos (artículo 1.2), se manifiesta sobre todo a través
de la participación en las elecciones periódicas libres (artículo 23). Por ellas se hace
posible la alternancia en el poder de diversos partidos políticos, con garantías de
transparencia y juego limpio en las contiendas políticas y con efectiva libertad de opi-
nión, asociación, reunión, manifestación, etc. (artículos 15 al 29).
Un Estado de derecho, en el que todas las personas e instituciones se someten a la
Constitución, de manera que se respetan las garantías jurídicas fundamentales
(artículo 9.3), la separación y equilibrio de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), y
cada uno de ellos respeta los derechos humanos y demás límites a sus actuaciones
establecidos en la Constitución.
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¿Es posible realmente avanzar hacia un Estado de este tipo? Algunos teóricos contemporáneos
han afirmado que es imposible mantener al mismo tiempo las tres dimensiones mencionadas,
porque solo se podría avanzar en una de ellas a costa de retroceder en las otras dos.
En cambio, según otros autores, es perfectamente posible avanzar en las tres dimensiones a la
vez, puesto que el sentido último de cada una de ellas es proteger y potenciar a todas las
personas, y para avanzar hacia este objetivo supremo es necesario que el Estado profundice
simultáneamente en los tres aspectos: legalidad, democracia y protección social. Esta tarea de
profundización es necesariamente un proceso dinámico, con altibajos según las circunstancias
históricas, y precisa del compromiso cívico de todos los ciudadanos para ir haciéndose
realidad.
En la actualidad, la idea del Estado soberano, fruto del acuerdo entre todos sus miembros, está
bastante desfigurada. Nuestros Estados sociales y democráticos de derecho se enfrentan a
problemas que obligan a definir de nuevo cuáles son sus funciones y cuáles son las que
corresponden a la sociedad civil. Veamos algunos de esos problemas.
De ahí que existan tanto una opinión pública mundial, que escapa a las fronteras de los
Estados, como también organizaciones supraestatales, que intentan responder a estos nuevos
retos. La Unión Europea y las Naciones Unidas son dos buenos ejemplos.
Todas estas cuestiones conducen a replantear el papel del Estado y a recuperar el concepto de
una sociedad civil como esfera de organización de la vida social.
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Anexo I: El anarquismo.
“Anarquismo”: del griego ánarkhos, sin gobierno, o “acracia”, también del griego: “sin poder”.
Nace como movimiento político en el siglo XIX, pero sus primeras justificaciones teóricas
aparecen en 1793 en William Godwin (1756-1836), escritor político inglés que, en su Ensayo
sobre justicia política (1793), rechaza la injusticia que proviene del Estado y la desigualdad que,
según él, es efecto de la propiedad privada. Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), el llamado
«padre del anarquismo», en su obra ¿Qué es la propiedad? (1840) expone por vez primera una
teoría positiva del Anarquismo como doctrina que se opone al poder, al desorden y a la
violencia que emana del Estado.
A finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, el Anarquismo se difunde sobre
todo por Francia, España e Italia, pero las disensiones entre anarquistas y comunistas, por
rechazar los primeros toda forma de organización estatal y por defender los segundos la
constitución de un partido fuerte comunista en un estado dominado por la dictadura del
proletariado, así como el despertar del nacionalismo que llevaría a las naciones de Europa
occidental a la guerra de 1914, obligan al movimiento anarquista a refugiarse en los
movimientos sindicalistas, dando origen al anarco–sindicalismo.
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• También en los movimientos estudiantiles de la llamada «nueva izquierda» de los años
sesenta.
Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que su entusiasmo
no se enfríe en ningún momento. Se supone que viven un continuo frenesí de odio contra los
enemigos extranjeros y los traidores de su propio país, en una exaltación triunfal de las
victorias y en absoluta humildad y entrega ante el poder y la sabiduría del Partido. Los
descontentos producidos por esta vida tan seca y poco satisfactoria son suprimidos de raíz
mediante la vibración emocional de los Dos minutos de Odio, y las especulaciones que podrían
quizá llevar a una actitud escéptica o rebelde son aplastadas en sus comienzos o, mejor dicho,
antes de asomar a la consciencia, mediante la disciplina interna adquirida desde la niñez. La
primera etapa de esta disciplina, que puede ser enseñada incluso a los niños, se llama en
neolengua paracrimen. Paracrimen significa la facultad de parar, de cortar en seco, de un
modo casi instintivo, todo pensamiento peligroso que pretenda salir a la superficie. Incluye esta
facultad la de no percibir las analogías, de no darse cuenta de los errores de lógica, de no
comprender los razonamientos más sencillos si son contrarios a los principios del Ingsoc y de
sentirse fastidiado e incluso asqueado por todo pensamiento orientado en una dirección
herética. Paracrimen equivale, pues, a estupidez protectora. Pero no basta con la estupidez.
Por el contrario, la ortodoxia en su más completo sentido exige un control sobre nuestros
procesos mentales, un autodominio tan completo como el de un contorsionista sobre su
cuerpo. La sociedad oceánica se apoya en definitiva sobre la creencia de que el Gran Hermano
es omnipotente y que el Partido es infalible. Pero como en realidad el Gran Hermano no es
omnipotente y el Partido no es infalible, se requiere una incesante flexibilidad para enfrentarse
con los hechos. La palabra clave en esto es negroblanco. Como tantas palabras neolin-
güísticas, esta tiene dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario, significa la
costumbre de asegurar descaradamente que lo negro es blanco en contradicción con la
realidad de los hechos. Aplicada a un miembro del Partido, significa la buena y leal voluntad de
afirmar que lo negro es blanco cuando la disciplina del Partido lo exija. Pero también se
designa con esa palabra la facultad de creer que lo negro es blanco, más aún, de saber que lo
negro es blanco y olvidar que alguna vez se creyó lo contrario. Esto exige una continua
alteración del pasado, posible gracias al sistema de pensamiento que abarca a todo lo demás y
que se conoce con el nombre de doblepensar.
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