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El Rapto de Perséfone

MITOLOGÍA

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En aquellos tiempos, Deméter, la hermana de Zeus, era la diosa que se ocupaba de las cosechas, protegía el trigo y

toda planta viviente. Cada año maduraba el trigo dorado y a finales de verano todo el mundo se sentía agradecido
por la generosidad de la Tierra. Vivía en la montañosa Sicilia con su única hija, Perséfone, inteligente y bella. Pero
de repente su vida pacífica y feliz cambió violentamente. Perséfone había salido a pasear un día, y no volvió.

Se hizo de noche y nada, ninguna señal de la joven. Deméter estaba preocupadísima, todos se movilizaron
buscándola, pero nada, ¡ni rastro! Para que la búsqueda no se detuviera, ni de noche ni de día, Deméter encendió
antorchas usando el fuego del volcán Etna. Pero Perséfone seguía sin aparecer. Deméter, en su aflicción, olvidó la
tierra y su vegetación... Se secaron las cosechas, las plantas y los árboles murieron, la tierra se convirtió en un erial.

El día de su desaparición, Perséfone había estado por los campos recogiendo flores. Andaba por ahí cerca un
pastor con su rebaño. Él sí que había visto lo que había pasado, pero quién se atrevía a decírselo a Deméter… ¡el
disgusto que iba a tener! Aunque tal y como estaban las cosas, no quedaba más remedio que hacer de tripas
corazón y contárselo. Así que el pastor fue al encuentro de Deméter y le contó lo que había visto: de repente había
aparecido un hombre conduciendo un carro de oro, tirado por dos caballos negros; agarró a la joven y se alejó tan
deprisa como había venido, hasta desaparecer por una hendidura que se había abierto en la ladera de la montaña.

El pastor no había visto el rostro del hombre pero Deméter adivinó de quién se trataba: era Hades, su hermano, el
señor de los Infiernos, quién había hecho prisionera a su hija. Deméter se irritó mucho contra Hades, pero también
contra Zeus, porque seguro que estaba al corriente y lo había consentido. Triste y enfadada, continuó sus viajes
mientras la Tierra permanecía yerma.

Zeus comprendió que tenía que hacer algo. Envió su hijo Hermes a los infiernos para liberar a Perséfone, algo que
sólo podría ser posible si ella no había comido nada en las tierras infernales, ya que quien comía algo en las tierras
infernales pertenecía ya para siempre al reino de Hades. Hermes encontró a Perséfone, pálida y entristecida,
mirando las sombras.

- Nada he comido desde el día en que fui raptada –aseguró Perséfone-. Cada día me ofrecen deliciosos manjares
para tentarme, pero no he comido nada.

¡Devuélveme a la luz del sol, por favor, Hermes!

Y Hermes llevó a Perséfone hasta la superficie, superando mil peligros y obstáculos. Cuando Perséfone bajó del
carro de Hermes y abrazó a Deméter, fue como si el mundo hubiera vuelto a nacer. Así como se desvanece la
niebla, desapareció el cruel invierno y los campos se mostraron frescos y verdeantes, con el trigo tierno. Las flores
volvieron a tapizarlo todo de colores. Deméter y Perséfone volvieron gozosas a casa.

Su felicidad duró poco. En los infiernos Hades había convocado a sombras y espíritus inquiriendo y preguntando.
Hasta que Ascálafo le dijo que había visto a Perséfone cogiendo una granada para calmar la sed y que,
accidentalmente, se había tragado una semilla. ¡Qué contento se puso Hades! Perséfone le pertenecía y la reclamó.
Deméter se opuso con todas sus fuerzas. Zeus se encontraba ante un grave problema. Convocó a todos los dioses
y tras una agitada discusión, llegaron a un acuerdo. Durante nueve meses al año, Perséfone viviría con su madre,
pero los tres restantes volvería al lado de Hades y reinaría en los infiernos. Deméter tuvo que avenirse a este
compromiso ya que si no, la alternativa era perder a su hija.

Deméter nunca se conformó con esos meses de separación. Cada año, mientras su hija estaba lejos de ella, se
vestía de luto. Las flores se marchitaban, los árboles perdían las hojas y la tierra se enfriaba y quedaba adormecida.
Hasta los pájaros dejaban de cantar. Pero cada año, con la vuelta de Perséfone, la vida estallaba por todas partes.
Las flores crecían a su paso, las hojas brotaban y retornaban los cantos de los pájaros. Sólo cuando las cosechas
habían madurado plenamente, y la vendimia se había llevado a cabo, Perséfone regresaba de nuevo a los infiernos,
para pasar el invierno entre las sombras.

(Adaptación de: M. Gibson. Mitologia grega: Déus, homes i monstres.Barcelona, Barcanova, 1984. pgs. 25-28)

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