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Partitura

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“La música, como el amor, no conoce fronteras de espacio,

tiempo, ni destino; supera a la carne. Y es un lenguaje en sí

misma, capaz de derrumbar barreras que creíamos

insuperables”
“La primera vez que te vi, te amé de inmediato. Eras tan joven, que aún tenías que alzarte en
puntas de pie para mirarme, y la dulzura en tu mirada, en tu risa, fueron el regalo más hermoso que
pude haber recibido sobre la faz de la tierra. Supe desde ese momento que siempre te pertenecería,
en cuerpo y alma. Te sentabas a mi lado y me acariciabas con esas manos tiernas e inocentes que me
hacían sentir inmensamente feliz ¡Ah, fueron buenos tiempos para ambos! Yo adoraba sentir el roce
de tus pasos sobre la alfombra cuando venías a verme en secreto, con el sol aún dormido en el
horizonte; a veces te acurrucabas contra mí, el latido de tu corazón tan fuerte y cercano, que me
hacías sentir vivo por dentro.

Sin embargo el tiempo pasó, como pasa para todas las cosas. Apenas me di cuenta cuando ya no
necesitaste alzarte para mirarme, cuando tu voz se volvió más ronca y tu mirada de niño más dura.
Pero tus manos seguían siendo las mismas, suaves para tocarme, firmes para guiarme. Lo más
importante de todo es que aún seguías a mi lado, y bendije a todas las estrellas del cielo por el
regalo de tu presencia. Fue por entonces que empezaste a escribir nuestra sonata; dedicabas horas y
horas mirando el papel, probando un sonido aquí, otro allí, y yo estaba absorto con tu talento y tu
belleza. Lo hacías en secreto, como antes, cuando no había nadie más en casa que tú y yo, y supe de
alguna manera primitiva que era un secreto que solo querías compartir conmigo. Eso me hizo
infinitamente feliz.
Cuando por fin estuvo completa y la tocamos por primera vez, sentí que el cielo se había abierto
para mí, y si hubiera podido habría llorado de alegría. Me bastó con volver a ver la luz tibia y
hermosa de tu mirada, sentir el calor de tus manos sobre mí para saber que en ese momento eras
mío, y solo mío para siempre.

Creí que siempre estaríamos juntos, que las estaciones pasarían a nuestro lado y nos verían cambiar,
a ti y a mí, lado a lado. Pero ella vino un día de repente y dejaste de pasar tiempo conmigo, y la luz
en tu mirada se volvió distante cuando estabas junto a mí. Yo oía su risa aún a través de la puerta
cerrada del salón, y la tuya cuando estabas a su lado. Esa risa hermosa y pura que una vez había
sido solo mía, ya no lo era, y sentí por primera vez el agudo veneno de los celos corroerme. Ella
parecía hacerte tan feliz, en formas que yo no podía comprender... Y deseé con todas mis fuerzas
que se fuera para siempre, que no te arrebatara de mi lado; pero siguió viniendo, y no hubo nada
que yo pudiera hacer para retenerte.

Un día supe que te habías marchado, así de repente ¡Tan de repente! Que el sonido de tu voz aún
hacía ecos en mi gastada memoria. La soledad y la tristeza fueron mi única compañía ¿Cuánto
tiempo? Es confuso para mí, días, meses, años... Aveces, cuando aún no amanecía y los pájaros
permanecían aún en sus nidos, creía oír la puerta abrirse y el susurro de tus pisadas acercándose a
mí. Pero solo era el viento, que venía para llevarse la esperanza que tantas veces me llenaba, de
volver a verte, de estar otra vez a tu lado.

Creí que no volvería a verte nunca, que el cielo me había castigado por mi deseo egoísta de quererte
solo para mí... Pero un día por fin regresaste, y me sentí tan dichoso de volver a verte, que no
importó nada más, ni siquiera que llevaras ese anillo en tu mano. Tu rostro ya no era el de aquel
niño que había adorado, o el del joven muchacho al que había admirado, sino de un hombre ya
maduro, más cansado, pero de algún modo más satisfecho. Ella regresó contigo y con ella un
pequeño, que parecía tu vivo retrato. La verdad es que al principio no quise quererle, pero se parecía
tanto a ti que no pude resistirme, aunque había heredado la risa de su madre; sin embargo, sus
manos tenían el mismo toque dulce y delicado de las tuyas, tanto, que me hacían sentir como si el
tiempo hubiese regresado por un breve instante de entre el polvo de mis recuerdos. Esos días fueron
claroscuros para mí, dividido entre la felicidad de volver a verte y la nostalgia de contemplarte junto
a ellos, de esa alegría y ese afecto que sentía ya no eran solo míos. Pero a pesar de todo, estabas otra
vez a mi lado, y solo por eso, me sentía capaz de compartirte con aquellos que tú también amabas.

Cuando te sentaste junto a mí a solas esa noche, creí que volvería a oír nuestra sonata; recordaba
aún el lugar donde habías escondido la partitura, la estantería llena de polvo y el viejo libro. Pero
solo me miraste un instante acariciándome con suavidad, como si te despidieras, y sentí un vacío y
un pesar que no puedo explicar. Yo sabía que el mundo estaba cambiando, podía presentirlo en los
sonidos que venían de afuera, pesados golpes de botas, carruajes de metal que exhalaban quejidos
de muerte, susurros de padres, hijos y hermanos que se iban a un campo lejano de batalla y no
regresaban más. No quise que te fueras, quise gritarte que te quedaras allí, por siempre conmigo.
Pero la mañana llegó, y tú ya te habías marchado. Creí que volverías, me negué a creer que te
hubiese tenido a mi lado tan poco tiempo, solo para volver a perderte.

Tu hijo comenzó a visitarme, pero me negué a hablar con él. No quería sentir el toque de sus manos
que me recordaban tanto a las tuyas. Mas él no se dio por vencido, incluso ante mi obstinado
silencio. Siguió sentado a mi lado por días y meses, tal vez esperando tanto como yo esperaba, con
el mismo anhelo doloroso con el que un condenado espera su liberación; en eso eramos iguales, y
casi era un consuelo oír sus pasos cuando se acercaba a mí, escuchar el susurro cálido de su voz
cuando intentaba hablar conmigo. Yo quería resistirme a su dulzura, pero al final no pude ¡Se
parecía tanto a ti! Comencé a añorar su presencia, tanto como había añorado la tuya, y aunque
persistía en mi mutismo, pasar las horas con él comenzaron a hacerme feliz.
Entonces, una tarde no regresó. Temí que se hubiera marchado, que no volvería a verle, como años
antes te había perdido de igual forma. Pero esa noche vino a verme, su cara triste, sus ojos
enrojecidos por el llanto, y vistiendo ese silencio que precede a la fatalidad. Y lo supe. Supe que ya
no existías en este mundo. Algo se rompió dentro de mí, una cuerda conectada de mi corazón al
tuyo, y sentí tanto dolor, como nunca antes había sentido. Tal vez fue eso lo que él escuchó, el
doloroso lamento de mi alma, porque entonces sentí las caricias de sus manos confortame, sus
palabras llenas de consuelo hacía mí, por mí, aún cuando podía oír el dolor en su propia voz y sentir
el calor de las lágrimas que caían de sus ojos. Entonces contesté a sus palabras, hambriento por el
sonido de su voz, su consuelo, su ternura, como si solo él pudiese alejarme de esa terrible pesadilla
de tu ausencia, y por un instante, sentí como si siguieras aquí conmigo. Hablamos toda la noche, y
un lazo se forjó entre nosotros, tal vez de pena, soledad y añoranza, pero también de afecto. Él te
había amado y solo por eso, yo le amaba a él también.

El tiempo pasó implacable y volví a ver al niño convertirse en hombre, y temí que se marchara;
pero eligió quedarse a mi lado. El mundo afuera volvía a ser el mismo de antes, sobreviviente a las
batallas y a la pérdida de tanto. Mas yo no era el mismo; me sentía más viejo y más cansado, pero él
alegraba mi vida, como también tú la alegraste en su momento. Ella insistió en que saliera más de la
casa, quizás celosa porque pasaba mucho tiempo conmigo, pero él se quedó de todos modos.

Un verano consiguió llevárselo lejos, y temí que no volvería a verle, o que si regresaba no me
recordaría entre el polvo y el abandono. Pero volvió, y el toque de sus manos me devolvió a la vida.
Además, no estaba solo. Un joven de cabello negro, como las plumas del cuervo que a veces
picoteaba mi ventana, venía de su mano. Cuando tu hijo se sentaba a mi lado, él le miraba y había
una expresión de tanta dulzura y tanto amor en sus ojos, que sentí una profunda envidia recorrerme.
Él no era cuidadoso, ni talentoso para hablar conmigo como tu hijo, y más de una vez preferí
quedarme mudo a dirigirle la palabra. Pero fue él quien encontró nuestra sonata. Y cuando me miró,
supe que quería aprenderla para él.

Quizás por eso yo había nacido, para que a través del tiempo y la memoria una melodía de amor se
compartiera; porque ese era el lazo que nos unía a todos, a ti, a mí, a tu hijo, a él. Y decidí que le
hablaría, solo para que tu hijo pudiera oír nuestra música, tuya y mía, como un legado de lo mucho
que yo te había amado, y de lo mucho que tú también amaste la vida. Esa sería mi última partitura,
mi último regalo, para ambos...”
Frederich se sentó al piano y tocó para Elian, la vieja partitura que había encontrado en la
biblioteca. Había estado ensayando por semanas en ese viejo y roñoso piano que se caía a pedazos;
a veces se trababan sus teclas, o simplemente era incapaz de sacarle sonido alguno. Pero esos días
había mejorado bastante, y creyó que podría hacerle el hermoso regalo de la sonata el día de su
cumpleaños. Elian siempre había amado la música, desde niño, cuando su padre le llevó a su primer
concierto en Viena antes de la guerra. Y siempre le había contado historias del viejo piano de su
padre, que parecía estar vivo y latir bajo sus manos; quizás el maldito lo estaba, y le odiaba de
alguna manera muy suya, con ese sonido que a veces salía de su interior, como una risa cavernosa
cuando intentaba tocarlo sin éxito. Pero esa noche, la más hermosa melodía salió desde sus teclas,
desde el corazón del viejo e indómito piano, como si quisiera poner lo mejor de sí para interpretar
aquella pieza dulce y llena de sentimientos. Y cuando acabó, sintió, más que oírlo, un crujido como
cuando algo se rompe más allá de toda reparación. Y supo que el piano no volvería a sonar, que su
última nota había sido su forma de decir adiós.
-Viejo roñoso- susurró con cariño, acariciando la madera antes de bajar la tapa sobre las teclas
amarillentas. Elian se sentó a su lado, buscando sus labios para besarlo.
-Gracias, ha sido hermoso... No creí que fueras capaz de lograr tocar la pieza de mi padre- le dijo
con emoción. Frederich movió la cabeza con una sonrisa.
-Para que no vuelvas a dudar de mi talento. Pero esta vez, he tenido algo de ayuda- vio a Elian
acariciar con cariño la vieja y descolorida madera, y sintió un arrebato de tristeza- ¿Qué vamos a
hacer con él? Es viejo, y no creo que sus cuerdas vuelvan a sonar de nuevo...
-Claro que lo harán. Conozco a un reparador de antigüedades muy bueno en la zona antigua de la
ciudad. Pero quizás haya que renovarlo por completo. Y no creo que sea barato- comentó de esa
manera tan suya, como cuando se le metía algo en la cabeza y no había nada en este universo capaz
de hacerle desistir; como cuando dijo que le amaba y que no le dejaría ir por nada, ni nadie en ese
mundo. Le vio contemplar la madera carcomida por el tiempo, pasando un dedo suave por ella con
sonrisa tierna; y supo que allí donde fuera, él siempre estaría a su lado.

-Siempre gastando tu dinero en tonterías- oyó el regaño de Frederich, sintiendo su mano


entrelazarse a la suya, para apretarla con fuerza y mirar sus ojos con profundidad. Elian no pudo
evitar sonreír. Cogió la partitura que su padre había compuesto hacía tantos, tantos años y aún
guardaban las huellas de su afecto y su talento.
-No son tonterías- susurró, llevando la hoja a su nariz para oler el aroma a papel y tinta, a teclas
de piano, a infancia y felicidad. Volvió los ojos, para ver el amor brillar en los de Frederich, y le
alegró que fuese mutuo- Quizás... podamos tenerlo listo para el día de nuestra boda.
-Entonces yo pagaré la mitad- le aseguró con firmeza, haciéndolo inmensamente feliz. Se estrechó
entre sus brazos y al sentir el latido de su corazón contra el suyo, supo que pasara lo que pasara,
todo estaría bien. Dejó la partitura sobre el viejo y querido piano, que por tanto tiempo le había
acompañado, y sonrió, susurrándole un agradecimiento.

El viento movió la cortina en la ventana, donde un cuervo se posó un instante antes de alzar el vuelo
nocturno hacia la lejanía. Una pluma negra y suave flotó por un momento entre el haz de la luna
llena y se depositó sobre el papel en el piano, una vieja y gastada partitura, en cuyo título se leía en
letra temblorosa y delicada: “Sonata de amor”.

FIN
Saludos a Todos mis queridos lectores:

Me han pedido que escriba algo sobre mí, pero ¿Qué decir? Soy una persona sencilla y tranquila,
que como a la mayoría le gusta levantarse tarde cada vez que puede, y tomarse un buen café cuando
no puede; me gusta la lluvia y el mar en invierno; las galletas con chispas de chocolate y la pasta
con boloñesa. Me gusta contemplar la naturaleza como si fuese una obra de arte (porque lo es) y
viajar cada vez que puedo para contemplar las creaciones humanas, ya que son nuestro legado. Si
pudiera pedir un deseo, sería que dejásemos de discriminarnos por cosas como nuestro origen,
estatus, creencia, opinión política u orientación sexual. Todos somos humanos, y siempre he creído
que el mundo tiene espacio suficiente para todos. También pediría que respetásemos más a la
naturaleza, que aprendiésemos a compartir con ella el planeta en que vivimos, sin soberbia, ni
hambre de dominio.
Creo que tenemos mucho que aprender aún como especie, y aquellos de nosotros que transmitimos
nuestro legado a través de las palabras, tenemos una responsabilidad aún mayor para con el futuro.

Os dejo un fuerte abrazo desde la distancia a todos.


Vuestra, como siempre,
C. Leons.
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