Platon
Platon
PLATÓN
Platón nació en Atenas en el año 427 a. C., en el seno de una distinguida familia
aristocrática. Su madre, Perictione, era hermana de Cármides y sobrina de Critias, dos
personajes que figuraron entre los oligarcas del gobierno de los Treinta Tiranos, régimen
instaurado tras la rendición de Atenas al término de la Guerra del Peloponeso y que
interrumpió apenas unos meses la democracia ateniense -404 a.C. al 403 a. C.-.
Platón, que debió recibir una educación refinada, vivió en la época de mayor
florecimiento de la cultura ateniense. Se cree que conoce a Sócrates, su maestro y la figura
más importante del ambiente cultural de aquel entonces, cuando contaba con veinte años -
407 a. C-. Como es sabido, la influencia que Sócrates ejerció en su vida y en su
pensamiento fue determinante, en particular, en relación a las intenciones de toda su
filosofía.
De entre todas las experiencias vividas junto a su maestro, fue su proceso de condena y
muerte –que Platón, junto con otros amigos de Sócrates, intentó revertir- el acontecimiento
que resultó, como luego veremos, más decisivo en su obra.
Otro de los hechos especialmente reseñables de su vida fueron sus estancias en Italia,
especialmente la segunda y la tercera, ya que aquellos viajes tenían como objetivo la
educación de Dionisio II, tirano de Siracusa.
Tal proyecto formativo no llegó a fructificar para disgusto de Platón, que veía en él la
realización del rey filósofo, figura fundamental de su filosofía y por el que fundó la
Academia -388- 387 a. C.-.
La Academia fue otro de los grandes legados que nos dejó, pues, como apuntan
muchos, puede ser llamada con razón la primera universidad europea, ya que los estudios
que en ella se seguían no se limitaban a los filosóficos propiamente dichos, sino que
abarcaban otras ciencias y saberes, como las matemáticas o la astronomía.
Una oferta académica que logró atraer a muchos jóvenes talentosos entre los que
destacó, ya desde muy pronto, Aristóteles.
Platón es el primer gran autor de la historia de la filosofía que nos dejó una gran
colección de escritos. A pesar de la influencia que Sócrates ejerció en su vida y también en
su pensamiento, en este aspecto, es decir, en lo relativo a dejar por escrito su filosofía,
Platón se diferenció de su maestro.
Toda la obra de Platón no se agota, con todo, en los escritos con los que contamos.
Gran parte de su doctrina –la que se enseñaba en la Academia- no fue dejada por escrito
1
porque Platón así lo quiso. Si tenemos conocimiento de ella, es gracias a los escritos de su
discípulo más importante: Aristóteles.
En relación a las doctrinas no escritas de Platón, Aristóteles afirmaba que ellas giraban
en torno a las Ideas, que fueron, como veremos, el concepto fundamental de la filosofía
platónica. Ideas que se aprehenden intelectivamente tras un largo proceso de preparación.
Muchos intérpretes de la obra platónica han entendido que la razón por la cual Platón no
dejó por escrito estas doctrinas (siendo, según Aristóteles, las más importantes de toda su
obra) era porque ellas estaban dirigidas a un público especialista. Nada que ver con los
diálogos, que, con su formato amable y su recurso a los mitos, permitía la difusión del
pensamiento platónico a un público culto aunque no especialista –tenían un carácter
divulgativo-.
Sea como fuere, lo más importante, en relación a la obra platónica –la que conservamos
por escrito- es lo siguiente:
ETAPA DE JUVENTUD: es el período en el que los diálogos tienen como tema las
preocupaciones socráticas, hasta el punto de que resulta difícil distinguir qué es de Sócrates
y qué es de Platón. Los títulos de este período son:
2
6. Protágoras. La virtud es conocimiento y puede ser enseñada.
7. Cármides. Sobre la templanza.
8. Lisis. Sobre la amistad.
9. Libro I República.
ETAPA DE VEJEZ: es el período en el que Platón revisa sus doctrinas más importantes del
período anterior en un intento de superar las dificultades que en ella se encuentran. Los
diálogos de este período fueron:
Aunque esta afirmación es algo exagerada porque supondría entender que todos los
problemas de los que puede ocuparse la filosofía comienzan y acaban con estas dos
figuras griegas, y por ello, que el resto de pensadores no ofrecieron nuevas inquietudes
3
para la cultura posterior, hay en ella una verdad que iremos descubriendo a lo largo de
este curso: la sombra de Platón es alargada; y es que su influencia en la historia del
pensamiento y de la cultura, en general, ha sido grande1.
2
Determinará, así, su epistemología y su pensamiento político, respectivamente.
4
de un líder que dirigiera adecuadamente los intereses de la polis. También, las altas
cargas fiscales sobre las familias más pudientes para financiar la guerra ayudaron a
Platón (de linaje aristocrático) a alimentar la imagen negativa de la democracia
ateniense en aquel período concreto, y, con ello, a no querer formar parte de tal
proyecto político.
Durante el régimen de los Treinta Tiranos -404 a. C. -403 a. C., el grupo de oligarcas
que lo formaron desplegaron una ola de crímenes y de terror: confiscación de bienes
a la población y ejecución de los grandes líderes y partidarios de la democracia.
La restauración de la democracia -403 a. C.- vino acompañada de la condena y
muerte, por parte de sus grandes líderes, de su maestro, Sócrates, “el más justo de
los hombres de su tiempo”, tal y como afirmó en diferentes momentos.
Tras la muerte de su maestro, Platón entendió que todos los regímenes políticos hasta
entonces habidos estaban, sin excepción, mal gobernados. La causa de ello era la falta de
conocimiento del bien y de la justicia, en sentido estricto, por parte de los gobernantes3.
Así, la política necesitaba, en opinión de Platón, una reforma radical y ella pasaba por el
estudio de la filosofía, que desvelará el saber político, esto es, el conocimiento del bien y de
la justicia en sí mismos, en sentido estricto –con independencia de intereses particulares, de
creencias individuales-. Es a ello a lo que consagró la materialización de su vocación
política: a describir ese saber político.
De este modo, Platón entendió que ofrecía las claves del buen gobierno, de un gobierno
cuya gestión recta y justa se debe a su sabiduría, tal y como se recoge en República, la
obra clásica que Platón consagra a la reflexión sobre la política y el Estado.
Su modelo político gira así en torno a la figura del sabio gobernante, del rey filósofo,
figura en la que cabe reconocer, en el terreno de la política, la influencia del intelectualismo
socrático –relación directa entre el conocimiento objetivo del bien y de la justicia y el acierto
político- y por la que fundó la Academia: en un intento de formar hombres sabios capaces
de intervenir en los asuntos de la polis y de dirigir adecuadamente la vida política de las
diferentes ciudades.
Tal y como se recoge en República y como tendremos ocasión de ver más adelante, el
buen gobierno, el gobierno justo, es inseparable del saber objetivo o del conocimiento, en
sentido estricto4 –episteme- del bien y la justicia por parte del filósofo-gobernante.
3
Platón pensaba que, hasta entonces, el poder de la polis había estado en manos de seres egoístas, individuos
que usaban su poder para alcanzar sus intereses individuales, y por ello, el aparato del estado no era más que
la cobertura institucional y legal de los deseos de tales personajes, vistos por algunos sofistas como “los más
fuertes” de la polis. Es en su discusión con Trasímaco, en el Libro I de República, en donde Platón da fe de esta
imagen de la política compartida por algunos sofistas.
4
Conocimiento en sentido estricto es conocimiento científico en Platón, designado con el término episteme.
5
Entre las características de este tipo de conocimiento –episteme- se encuentran la
objetividad, la universalidad –válido para todos los sujetos o individuos- y la necesidad 5 –
que siempre sea así y que no pueda ser de otra manera-. Un ejemplo de un conocimiento
de este estilo puede ser cualquier verdad extraída de la matemática –pienso aquí en dos
más dos, que siempre, y para todos los sujetos, será igual a cuatro-.
Platón era consciente de que esta imagen del saber, tras el relativismo sofista, parecía
difícil: Protágoras afirmaba que el objeto de conocimiento, es decir, la realidad, estaba en
continuo cambio y transformación. Cambiaba no solo el objeto de conocimiento, sino
también su sujeto, luego necesariamente, la sensación, única forma de conocimiento
admitida por el sofista, cambiará igualmente, de tal modo que la imagen de la realidad será
diferente en diversas ocasiones: su verdad no será necesaria.
Además, Protágoras afirmaba que, en razón a las diferencias entre los sujetos
cognoscentes, las imágenes del mundo de las que ellos fueran capaces serían igualmente
diferentes: la verdad solo podría tener un alcance individual.
Platón, ante esta tesitura, entendió que la ciencia o conocimiento en sentido estricto era
posible, pero para ello tenía que cumplir dos requisitos:
Con ella, Platón no solo ofrece su visión general de la realidad, sino que también sienta
las bases para su teoría del conocimiento y, más importante aún, para su teoría política: el
Bien en sentido estricto, conocimiento indispensable del rey filósofo y del buen gobierno, es
una de las realidades descritas en su Teoría de las Ideas y es uno de los objetos de
conocimiento de la episteme.
La Teoría de las Ideas recoge la concepción platónica de la realidad y por ello mismo
conforma su ontología.
Según Platón, dos son los niveles o dimensiones de la realidad: el mundo sensible y el
mundo inteligible.
5
Una verdad necesaria o un conocimiento necesario es aquel que siempre es del mismo modo. Por eso, los
conocimientos necesarios son infalibles –no son susceptibles de error en ningún momento- y absolutos –bajo
cualquier condición, bajo cualquier circunstancia, ese conocimiento será verdadero-.
6
El mundo sensible se corresponde con aquella realidad material que conocemos a través
de los sentidos: es el reino de los seres particulares y concretos, compuestos y corruptibles,
cuyas características son aquellas que Heráclito le atribuyó: multiplicidad, heterogeneidad y
cambio incesante.
Los entes que pueblan este mundo son copias de las Ideas, que son los objetos de la
otra dimensión de la realidad de la que cabe hablar. Su carácter de copia indica que el ser
que los objetos sensibles representan o reproducen es imperfecto e impuro: por ejemplo, la
rosas, seres sensibles, expresan la belleza. Si lo hacen es porque su ser –ser bello- lo
copian o lo reproducen de un original: la Idea de Belleza. Ahora bien, la expresión de la
belleza de una rosa, como copia que es, no es comparable a la que permite el original (Idea
de Belleza): es una imagen degradada e impura del original.
El mundo inteligible, ubicado fuera del tiempo y del espacio, es el terreno en el que se
dan cita las Ideas, que son las esencias de las cosas y que, por tanto, contienen en sí el ser
en un estado puro y perfecto. Las Ideas presentan las características del Ser parmenídeo:
inmateriales, simples, inmutables y eternas. Las Ideas solo pueden ser conocidas a través
de la razón y constituyen el objeto de conocimiento de la episteme.
A pesar de otorgarle ser a las cosas de este mundo, ellas viven separadamente: son
trascendentes. Además, tienen una existencia independiente de todos aquellos entes a los
que les transfieren esencia, de tal modo que ellas seguirían existiendo aunque no lo hicieran
los seres de este mundo (del mundo sensible).
*Imitación: en el Timeo, Platón nos cuenta que la realidad sensible es obra de un Demiurgo
–una especie de artesano- que, con sus manos, dio forma a la materia originaria: una masa
compacta e informe formada por los cuatro elementos de Empédocles 6. Para trabajar ese
compuesto, usó las Ideas como modelos o arquetipos; de ahí que cada una de las cosas de
este mundo sean copias y que, por el mero hecho de existir, cada uno de los entes
sensibles imiten sin querer a las Ideas –es decir, reproducen su ser de un modo imperfecto-.
*Participación: los entes sensibles participan de las Ideas –de su ser- en tanto que estas les
transfieren esencia.
Si las Ideas otorgan ser a las cosas de este mundo, ¿significa que existe una Idea por
cada ser que tenga un nombre común?
En sus diferentes diálogos, Platón presenta las Ideas que existen: Ideas morales (virtud,
justicia, valentía, orden, etc.) Ideas estéticas (Belleza), Ideas de entes matemáticos y de
diverso corte (unidad, dualidad, multiplicidad, semejanza, diferencia, etc.) y la Idea suprema,
objeto de conocimiento por excelencia del filósofo y, por ello mismo, del gobernante: la Idea
de Bien.
6
Cada uno de esos elementos se corresponde con un poliedro regular: fuego-tetraedro, tierra-hexaedro, aire-
octaedro, agua-icosaedro; y así, la realidad material asume un armazón geométrico, una composición
matemática. En época de Platón, la teoría de los poliedros regulares solo contaba cinco poliedros: a los cuatro
anteriores, habría que sumar el dodecaedro. Esta imagen geométrica de la materia muestra la influencia del
pitagorismo en el pensamiento platónico, aunque no es el único tema en el que Pitágoras inspiró a Platón
7
que mantienen que el discípulo de Sócrates terminó asumiendo la existencia de este último
tipo de Ideas y hay otros investigadores que no se atreven a incluirlas en la tipología de
ideas platónicas. Lo que sí dejaron claro los escritos platónicos es que su autor se negó a
asumir que existieran Ideas para realidades que tienen una carga negativa, como barro,
pelo o moco.
IDEA DE
BIEN
a) Las Ideas permiten, como universal, conocer lo singular, lo concreto, es decir, esos
entes y sucesos del mundo sensible.
b) Las Ideas, en tanto depósito de ser puro –lo más real-condición de posibilidad del
conocimiento científico, del saber en sentido estricto, de la episteme. Ofrecen el
objeto que un conocimiento tal exige.
c) Las Ideas –en particular, la Idea de Bien- es la condición de posibilidad o permite el
saber político, y por tanto, la justicia en la polis.
La Teoría de las Ideas es el eje central de la filosofía platónica ya que ella no solo
determinará la estructura de la realidad, sino también los dos grandes tipos de conocimiento
de los que cabe hablar: la doxa, conocimiento propio del mundo sensible y la episteme,
saber en sentido estricto que se liga al mundo inteligible. Con ello, la concepción ontológica
de Platón determina a su vez la travesía que debe recorrer aquel que aspire a gobernar la
ciudad de una manera justa: el camino hacia las Ideas, y, en especial, hacia la Idea de Bien,
a la que apunta la episteme.
7
La relación de imitación está presente en muchas de las cosas de este mundo y, sin embargo, no existe la Idea
de Imitación. Este es otro de los problemas de la Teoría de las Ideas.
8
El dualismo epistémico, dependiente del dualismo ontológico, es ilustrado por Platón en
el libro VI de República, en el conocido símil de la línea:
Para que nos hagamos una idea de estas formas de conocimiento del mundo sensible, y
de la diferencia que existe entre ellas, sigamos con el ejemplo de la rosa. Pistis sería la
representación que tengo de la rosa cuando yo la he conocido directamente –mis sentidos-.
Eikasía sería el conocimiento de la rosa –y, por ello, de su belleza- que yo me formo
cuando, por ejemplo, encuentro una ilustración de una rosa en un libro. O cuando una
amiga me relata y describe lo bonitas que eran las rosas del ramo que le han regalado.
Si las cosas copian a las Ideas, el ser que los seres sensibles imitan y que nosotros
conocemos será imperfecto en el caso de la pistis (porque no conocemos el original sino la
copia) y doblemente imperfecto en el caso de la eikasía (porque conocemos una copia de la
copia).
9
aseguramos los preliminares necesarios para que la razón pueda atrapar las esencias de la
realidad (Ideas).
Por todo lo anotado hasta ahora, podría parecer que la relación que el ser humano
mantiene con el Ser es una relación puramente intelectual. Sin embargo, en opinión de
Platón, la relación que mantenemos con las Ideas es una relación erótica o de deseo: el ser
humano, por la fuerza del amor, tal y como declara en Banquete, tiende hacia las Ideas,
hacia su conocimiento.
Es la Idea de Belleza la que “desencadena” esta tendencia erótica del ser humano y
hace que su camino hacia la verdad, hacia el Ser y las Ideas, no sea puramente intelectual.
¿Cómo?
El acceso al Ser, esta vez por la fuerza del eros, es, al igual que ocurría con el proceso
intelectual que emprendía el filósofo, un camino ascendente y gradual.
8
La verdad que expresan las Ideas no puede depender de que elementos sensibles la corroboren o confirmen
porque, si fuese así, y los datos no la confirmasen, no habría verdad. Entonces, la verdad que describiesen las
Ideas no sería necesaria, lo cual sería contrario a su naturaleza.
10
Para Platón, el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma. Pero, en sentido
estricto, el ser humano es alma, siendo el cuerpo un elemento secundario en el ser del
hombre. ¿Por qué esta primacía del alma sobre el cuerpo? ¿Por qué la esencia de lo
humano se concentra en su alma?
Estas potencias del alma serán las que expliquen su primacía sobre el cuerpo.
Dado este carácter secundario del cuerpo, su unión con el alma es accidental, no es
esencial –de tal modo que el alma puede existir sin el cuerpo, es independiente de él-. Es
más, el alma existe “más allá” del cuerpo o a pesar de él: sigue existiendo cuando el cuerpo
se corrompe, cuando el cuerpo muere. Además de su inmaterialidad, una de las
características fundamentales del alma es, pues, su inmortalidad.
El alma, además, no solo sobrevive al cuerpo, sino que existe con anterioridad a él:
antes de encarnarse, el alma habitaba con las Ideas, de las cuales tenía conocimiento. El
alma, en su preexistencia corporal, conocía el Ser, verdad que olvida cuando da vida a un
cuerpo. Por ello, tal y como relata en Menón y también refiere en Fedón y Fedro, conocer –
el Ser, las Ideas- es recordar(las).
Una vez se encarna en el cuerpo, además de olvidar las Ideas, que es lo que le resulta
más propio a su naturaleza –el fin del alma es la contemplación de las Ideas-, se ve
empujada a alejarse de ellas: el cuerpo en el que habita es fuente de pasiones que le
distraen de su tendencia contemplativa y por ello introduce impurezas en el alma.
Las pasiones son fuente de ignorancia y mal, porque nos alejan de la contemplación de
la verdad. De ahí el rechazo platónico a lo corporal y lo material, y que gustase decir que el
cuerpo es la cárcel y tumba del alma (cuerpo en griego es soma; sema, tumba; muchas
veces, usaba indistintamente ambos términos para referirse al cuerpo).
9
Ese proceso de ascenso a las Ideas que emprende el filósofo –eikasía, pistis, dianoia y noesis-, y que tiene en
la Idea de Bien su objetivo último, tiene lugar como recuerdo; el filósofo, cuando trabaja con hipótesis,
recuerda las posibles “leyes” que pueden deducirse de las Ideas y que pueden explicar la realidad sensible.
Cuando aprehende las Ideas, sin necesidad de hipótesis o supuestos, tiene un recuerdo completo del
conocimiento que de ellas tuvo antes de encarnarse en un cuerpo.
11
c) El alma apetitiva o concupiscible es aquella situada en el vientre; persigue la
satisfacción de deseos mundanos, como el sexo, la comida, el dinero, etc. La virtud
específica de esta parte del alma será la templanza, es decir, el control sobre los
apetitos de tal modo que no desvíe al alma racional de la contemplación de las
Ideas.
En el mito del carro alado, tal y como se recoge en Fedro, Platón describe la naturaleza
tripartita del alma y la tensión o lucha que en ella se produce: la lucha entre el alma racional
y el alma concupiscible, en un intento de controlar el afán de satisfacción de los deseos del
alma apetitiva, y así, contenerse de impurezas.
Dado este panorama que se le abre al alma cuando se encarna en un cuerpo, lo mejor
que puede ocurrirle es la muerte, para así librarse de pasiones y de la degeneración a la
que ellas le conducen.
La filosofía será el “instrumento” que permita al ser humano acercarse a lo que le es más
propio –las Ideas, y finalmente, la Idea de Bien- y desarrollar así el ser virtuoso y racional
que le es propio.
Las almas que durante esta vida filosofan y conocen el mundo eidético volverán a su
lugar de origen, al mundo de las Ideas. Las almas que se han dejado llevar por las pasiones
sufren un juicio y son condenadas a errar y vagar indefinidamente en otros cuerpos,
expiando las culpas de su vida pasada en sucesivas reencarnaciones: es la doctrina de la
metempsícosis, de origen órfico, pitagórico.
Anteriormente dijimos que la justicia era el objetivo fundamental del saber político y, por
ello, la gran meta del gobernante.
Así pues, la justicia será la meta del individuo y también del Estado, que pasa a figurarse
como un gran organismo, como un ser o cuerpo humano a gran escala; de hecho, Platón,
en ese diálogo, y por boca de Sócrates, establecerá una correspondencia entre las partes
del alma y las partes que toda sociedad o polis tiene; este principio de afinidad entre lo
individual y lo social, es posible gracias a la identificación entre ética y política.
Esta identificación tan propia de la Grecia clásica se explica a partir de la centralidad que
los asuntos públicos de la polis tenían en la vida de los individuos. Y es que, el nacimiento y
el desarrollo de la democracia tuvo tal protagonismo e incidencia en la vida de la población
griega, especialmente la ateniense, que tuvo como resultado la comprensión de que ser
individuo era ser ciudadano así como que el mayor bien al que podía aspirar la vida
10
En él, Platón describe también el saber político que ha de alcanzar el gobernante, el rey filósofo, así como la
forma propia del Estado o la polis justa –su estructura y su funcionamiento-.
12
individual –que generalmente suele identificarse con la felicidad- era el bien de la polis, es
decir, su organización justa.
Cuando cada parte del alma desarrolla la virtud que le es propia y entre ellas se da
armonía, florece la justicia. Es la consecuencia del “funcionamiento” racional y ordenado de
nuestro alma.
Descrita la justicia en la ética, esto es, como objetivo del alma individual, definámosla
como meta de la sociedad o del cuerpo social, es decir, como objetivo de la política tal y
como también se recoge en República.
Decíamos antes que Platón establecía una correspondencia entre la estructura tripartita
del alma y la estructura de la sociedad, de tal modo que:
tres serán las partes de la sociedad –tres serán los grupos sociales y cada uno de
ellos atenderá una de las tres necesidades de toda polis-.
11
¿Solo pueden ser felices los sabios, los filósofos, esto es, aquellos que están llamados a gobernar la polis?
13
La excelencia o la virtud de cada uno de esos grupos sociales –en el desempeño de
sus funciones- se corresponderá con una de las virtudes del alma.
El grupo de los productores o artesanos, que tiene como objetivo atender a las
necesidades materiales que toda ciudad tiene: alimento, vivienda, vestimenta, etc.
Entre las profesiones que cabe enumerar, se cuentan todas aquellas que conforman,
por así decir, el motor económico de un estado: agricultores, ganaderos, albañiles,
tejedores, carpinteros, herreros, marineros, comerciantes…Este grupo social se
correspondería con el alma apetitiva o concupiscible.
El grupo de los guardianes o auxiliares, que se correspondería con el alma irascible,
tendría como objetivo salvaguardar la seguridad de la polis, tanto dentro como fuera
de sus fronteras, y así, garantizar el orden y la paz social.
Finalmente, encontraríamos a los gobernantes, grupo social que se correspondería
con el alma racional y cuyas funciones consisten en el gobierno de la ciudad. Por
ello mismo, al igual que ocurría con el alma racional sobre la irascible y la
concupiscible, este tercer grupo social tiene como función dirigir y regular las
funciones de los otros dos grupos restantes –ejerce sobre artesanos y guardianes
una labor directora, reguladora y de control-.
Al igual que ocurría en la ética para con el alma individual, la justicia, en la polis, en el
terreno de la política, es la virtud que resulta del desarrollo y armonía de las virtudes de los
tres grupos sociales.
La virtud o excelencia propia del grupo de los artesanos o productores será la templanza
o la moderación, es decir, el desarrollo contenido de la actividad económica.12
La virtud o excelencia propia del grupo de los guardianes o auxiliares sería la valentía, la
protección valerosa del orden y la paz social de la polis bajo la dirección de los gobernantes.
Ahora bien, para que cada grupo social desempeñe virtuosamente las funciones
asignadas –especialmente, guardianes y gobernantes-, y, con ello, sea posible la justicia en
la ciudad, es necesario de una educación determinada que los disponga para ello; así, el
buen gobierno, y con ello, el buen funcionamiento de las diferentes partes de la sociedad,
es inseparable de una cuidadosa formación.
Para desarrollar la virtud que le es propia –valentía- y otras afines- la fuerza física, el
espíritu de sacrificio- se consideran adecuadas, como disciplinas, la gimnasia y las artes, en
general – dentro de las cuales destaca la música-.
12
Platón alertaba de los desequilibrios que para la polis conllevaría una actividad económica desmesurada,
bien por exceso –riqueza-, bien por defecto –pobreza-.
13
Aquí no hace Platón distinciones, como ocurría en la democracia ateniense; tampoco lo hace entre hombres
y mujeres, de tal modo que, toda la población está llamada a la formación.
14
Aquellos que superen esta fase educativa, pasarán a formar parte del grupo de los
guardianes o auxiliares. Aquellos que no la superen, engrosarán el grupo de los
productores, único grupo social al que le está permitida la propiedad privada y la familia14.
De entre todos aquellos que superen esta primera fase educativa, aquellos que hayan
mostrado especial capacidad para el estudio, así como disciplina y compromiso con la
ciudad, ingresarán en la segunda etapa del proceso educativo, destinada a formar a los
gobernantes. Esta segunda fase se dividirá, a su vez, en dos momentos:
Durante los primeros quince años, los futuros gobernantes se dedicarán al estudio
de las matemáticas –dianoia-.
A partir de los treinta y cinco, y durante cinco años más, los futuros gobernantes, los
filósofos, estudiarán dialéctica –noesis-15. Con ello, se asegura que el futuro
gobernante accederá, a través del conocimiento directo de las Ideas, al
conocimiento de la Idea de Bien; idea suprema que ilumina el ser de cada cosa y
que descubre, por ello mismo, cómo organizar del mejor modo el cuerpo social.
Tras cinco años de estudio de la dialéctica, el sabio habrá de volver a la polis para
comprobar si es capaz de desempeñar la función que de él se espera en un futuro: se
trataría de medir su capacidad como gobernante.
Si logra superar esa prueba positivamente, gobernará la ciudad, solo o con otros sabios,
hasta los cincuenta y cinco años: es el modelo del rey filósofo; un régimen aristocrático
donde aristocracia significa gobierno de los mejores.
Nos preguntábamos si la felicidad solo era posible para el sabio y futuro gobernante, es
decir, para aquel que se dedicase al estudio de las Ideas y al conocimiento del Bien.
En sentido estricto, la felicidad en su forma más pura, se corresponde con la vida del
sabio y, por ello, con la vida del gobernante. Sin embargo, el resto de la población, esto es,
todas aquellas vidas que no se dedicarán al estudio de las Ideas, alcanzarán la felicidad al
subordinarse a los dictados del gobernante; es como si, de forma indirecta, disfrutase de
todo aquello que al sabio, de forma directa, le comporta felicidad, a saber: sus decisiones
sabias y justas, obra del conocimiento del Bien.
15
En el libro VII de “República”, Platón presenta su mito más importante y conocido, el
“mito de la caverna”.
Platón dice expresamente que el mito quiere ser una metáfora “de nuestra naturaleza
respecto de su educación y de su falta de educación”, es decir, sirve para ilustrar cuestiones
relativas a la teoría del conocimiento. Pero tiene también claras implicaciones en otros
dominios de la filosofía como la ontología, la antropología e incluso la política y la ética;
algunos intérpretes han visto en él incluso implicaciones religiosas.
El mito describe nuestra situación respecto del conocimiento: al igual que los prisioneros
de la caverna que sólo ven las sombras de los objetos, nosotros vivimos en la ignorancia
cuando nuestras preocupaciones se refieren al mundo que se ofrece a los sentidos. Sólo la
filosofía puede liberarnos y permitirnos salir de la caverna y acceder al mundo verdadero o
Mundo de las Ideas.
Nos pide Platón imaginar que nosotros somos como unos prisioneros que habitan una
caverna subterránea. Estos prisioneros desde niños están encadenados e inmóviles de tal
modo que sólo pueden mirar y ver el fondo de la estancia. Detrás de ellos y en un plano
más elevado hay un fuego que la ilumina; entre el fuego y los prisioneros hay un camino
más alto al borde del cual se encuentra una pared o tabique, como el biombo que los
titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima de él, los muñecos. Por el
camino desfilan unos individuos, algunos de los cuales hablan, portando unas esculturas
que representan distintos objetos (animales, árboles, objetos artificiales...). Dado que entre
los individuos que pasean por el camino y los prisioneros se encuentra la pared, sobre el
fondo sólo se proyectan las sombras de los objetos portados por dichos individuos. En esta
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situación los prisioneros creerían que las sombras que ven y el eco de las voces que oyen
son la realidad.
Platón nos da las principales claves para la interpretación del mito: debemos comparar
la región visible con la morada-prisión. El ascenso y contemplación de las cosas exteriores
(metáfora del Mundo de las Ideas) es semejante al camino del alma hacia el ámbito
inteligible.
Señala también que el objeto último y más difícil de alcanzar del mundo cognoscible es
la Idea del Bien (simbolizado en el mito con el Sol, último objeto percibido por el prisionero
liberado), causa de todas las cosas rectas y bellas: en el mundo visible ha engendrado la
luz y en el ámbito inteligible es la productora de la verdad y de la inteligencia; es la realidad
que es necesario ver para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.
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