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Cuento 2

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Había una vez, en una aldea costera rodeada de acantilados y aguas

profundas, un joven llamado Leo. Leo era un pescador, como su padre y su


abuelo antes que él, pero tenía un sueño diferente: quería conocer el mundo
más allá del mar que veía cada día.
Un atardecer, mientras arreglaba sus redes, encontró un objeto brillante
atrapado entre las cuerdas. Era una pequeña concha dorada, tan hermosa que
parecía salida de un cuento. Intrigado, se la guardó en el bolsillo y continuó con
su trabajo. Esa noche, al quedarse dormido, soñó con una voz misteriosa que
decía: “Esta concha es mágica. Cada vez que la sientas junto al corazón, te
guiará a donde necesites estar.”
A la mañana siguiente, Leo decidió probar su suerte. Sostuvo la concha contra
su pecho y cerró los ojos, sintiendo un calor suave y reconfortante. Al abrir los
ojos, vio que el mar parecía tener un brillo especial y que las olas parecían
señalar hacia el horizonte, como invitándolo a aventurarse.
Sin pensarlo más, Leo subió a su bote y siguió la dirección de las olas. Durante
días, navegó por aguas desconocidas, enfrentándose a tormentas y momentos
de duda. Pero cada vez que pensaba en rendirse, tocaba la concha y sentía un
impulso renovado.
Un día, cuando el sol estaba a punto de ocultarse, Leo llegó a una isla
desconocida. Era un lugar de belleza indescriptible, con cascadas que brillaban
como plata y árboles que parecían susurrar. Al desembarcar, fue recibido por
los habitantes de la isla, quienes lo llevaron a su líder, una anciana sabia y
amable.
La anciana le sonrió y le dijo: “Te estábamos esperando, Leo. La concha que
llevas ha guiado a muchas almas en busca de su destino. Pero sólo quienes
tienen un corazón valiente y un espíritu curioso logran llegar hasta aquí.”
Leo pasó varios días en la isla, aprendiendo de sus habitantes y conociendo los
secretos del lugar. Le enseñaron a escuchar el viento, a leer las estrellas y a
comprender el lenguaje de la naturaleza. Con cada lección, Leo sentía que su
sueño de conocer el mundo se hacía realidad.
Finalmente, llegó el día de su partida. La anciana le entregó otra concha dorada
y le dijo: “Cuando regreses a casa, esta concha te recordará todo lo que has
aprendido aquí. Y cuando llegue el momento, podrá guiar a alguien más en
busca de su propio destino.”
Leo regresó a su aldea con el corazón lleno de recuerdos y aventuras. Aunque
había vuelto a su lugar de origen, sabía que su espíritu siempre estaría
viajando, descubriendo nuevas maravillas en cada rincón del mundo.

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